EEUU: La dominación ya no debe permanecer oculta

Por: Alberto Aranguibel B.

La necesidad de impedir, o de obstaculizar al menos, el retorno de Donald Trump al poder en Estados Unidos por parte del partido demócrata aparece como la más evidente explicación al inusitado fenómeno de la serie de declaraciones recientes de exfuncionarios de su gobierno revelando planes de derrocamiento de gobiernos del mundo mediante golpes de Estado ordenados y dirigidos personalmente por el exmandatario, e incluso de magnicidios como los que se orquestaron durante su gobierno contra el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

Pero existe otra razón más de fondo. 

Habiendo sido denunciados siempre de mil formas por los pueblos sometidos a esa reiterada e ilegal práctica injerencista usada por todos los gobiernos norteamericanos a través de la historia, la política de Estado del imperio ha sido en todo momento la de negarlas, en virtud del carácter violatorio del derecho internacional y de la soberanía de las naciones que la misma comprende. Lo que obviamente compromete el importante rol de liderazgo como supuesto referente de la democracia que pretende ejercer EEUU en el escenario mundial, poniendo en riesgo, además, las actividades y la seguridad de los cientos de miles de agentes que de manera encubierta llevan a cabo esos planes a lo largo y ancho del planeta sin autorización ni conocimiento alguno por parte de los servicios de seguridad de los países en los que ejercen esa ilegal presencia.

De hecho, es esa, la posibilidad de que a través de un medio informativo de alcance mundial sean develadas no solo esas actividades conspirativas sino los nombres de los agentes norteamericanos infiltrados de manera subrepticia en infinidad de países, así como de sus colaboradores en cada nación, la verdadera razón de peso en la persecución de EEUU contra Julian Assange (y contra todo aquel que ose dar a conocer de alguna manera ese tipo de información considerada sensible por el Departamento de Estado) y no el haber revelado crímenes de guerra (que al imperio no le importa en lo absoluto que se sepan) como por lo general se argumenta desde la mediática occidental al servicio de los intereses hegemónicos.

Fue precisamente el ocultamiento sistemático a la opinión pública de esa naturaleza injerencista y manipuladora que le impedía a esa opinión pública ver de manera integral el verdadero comportamiento de las fuerzas en pugna y de los intereses tras bambalinas de cada una de ellas, lo que hizo creer al mundo a finales del siglo XX que toda aquella narrativa del anticomunismo usada por el imperio durante la guerra fría, según la cual mientras existiera el bloque soviético la humanidad estaría amenazada, era no solo auténtica sino legítima y hasta necesaria.

De ahí que lo que celebraba mayoritariamente occidente a la caída del bloque soviético y del muro de Berlín, no era propiamente la extinción del comunismo o el triunfo del capitalismo, como tanto se dijo, sino, más que eso, el logro de la paz y el exterminio de aquella supuesta intangible amenaza que tenía en vilo a la gente como si de un Apocalipsis urdido por pérfidos pero invisibles alienígenas se tratara.

Con aquellos eventos, la caída del bloque soviético y del muro de Berlín, la sensación reinante era que la humanidad podía por fin respirar tranquila y vivir sin la neurosis que representaba la siempre latente inminencia de una guerra nuclear que con toda seguridad acabaría con el mundo.

De ahí en adelante, Estados Unidos calculó erróneamente que, no teniendo ya una potencia enemiga que enfrentar, como lo fue la Unión Soviética, y con una China completamente distante y ajena a la realidad del mundo contemporáneo como se percibía por aquel entonces, el logro del verdadero objetivo de sus planes de dominación mundial, que no es otro que su imposición del capitalismo y el subsecuente control económico del planeta que con ello obtendría, sería solo cosa de apretar algunas tuercas (torcer brazos) en aquellos pocos países que según su óptica eventualmente no se plegaran a los lineamientos del modelo democrático neoliberal que el imperio promueve.

El avance de las economías alternativas, entre otras las de las potencias que el mismo Estados Unidos presentó siempre como enemigos ideológicos, principalmente China, Irán y Rusia, le obliga ahora a modificar tan sustancialmente su discurso hegemónico que hacerlo implicaría aceptar que en realidad su lucha no es contra las ideologías alternativas al capitalismo, sino contra el propio capitalismo.

Un dilema crucial frente al cual no existen muchas opciones para una potencia cuyo poderío está cada vez más amenazado ya no por las fuerzas de los ejércitos, como fue desde siempre el dilema de los imperios a lo largo de la historia, sino por la fragilidad de su propio modelo económico, que en todas partes hace aguas, empezando por la posibilidad cada vez más cierta de que su más poderoso instrumento de dominación, el dólar, sea definitivamente desplazado del mercado mundial como moneda de referencia.

Por eso frente a la galopante decadencia de ese poderío económico (al que le han salido competidores de la mayor envergadura, impensables hasta hace apenas dos décadas) la opción que vuelve a aparecer en escena es la de la dominación armada, que, si bien no fue nunca descartada como medio para imponer su hegemonía, en realidad ha sido usada mas que ninguna otra cosa como mecanismo de aseguramiento del proceso de dominación económica adelantado por EEUU en el mundo.

Es así como el gobierno del demócrata Joe Biden da un salto largo frente a una lógica tradicionalmente más confrontacional y militarista del partido republicano, al desatar abiertamente el demonio de la rusofobia en Europa a través de esa poderosa herramienta de control militar internacional que es la OTAN y que Estados Unidos ha impulsado precisamente para sobrepasar las limitaciones a que obligan el derecho internacional y organismos multilaterales como la ONU, para imponerse militarmente sobre esas potencias que hoy amenazan el poderío norteamericano, aún cuando no lo amenacen en la práctica en el terreno militar sino en el económico.

Una nueva realidad de confrontación que reorienta a la humanidad hacia el viejo esquema de la guerra fría (la pugna por la sobrevivencia frente al peligro de una conflagración nuclear) impulsada por un imperio en decadencia que necesita urgentemente el poder de convencimiento de una nueva narrativa que logre instalar en el imaginario de la opinión pública mundial que solo Estados Unidos es capaz de dominar al mundo. Si no en términos económicos, por lo menos desde el punto de vista militar.

En todo esto, el poder de la propaganda de guerra y del medio de comunicación a la par de la presión ejercida militarmente es más que determinante. Estados Unidos necesita que se sepa que hay un imperio todopoderoso que domina efectivamente al mundo a su buen saber y entender mientras las demás potencias siguen sometidas el rigor de las normas y los tratados internacionales. Se trata de sacar del closet ese activo tan valioso como lo es la imagen imperialista, hasta ahora tradicionalmente escondida tras el falso discurso del liderazgo en libertad y democracia usados por todos los gobiernos norteamericanos.

Por eso de la noche a la mañana, y en un breve periodo de apenas semanas, aparecen no solo varios exfuncionarios del más alto nivel en las esferas del poder norteamericano jactándose tranquilamente frente a los medios de comunicación de su rol en planes de magnicidio y golpes de Estado en el mundo, tal como se denunció desde siempre desde diversas organizaciones, empezando por la misma Wikileaks que dirige Julian Assange, en particular en su informe “The WikiLeaks Files: The World According to US Empire” en el que Alexander Main y Dan Beeton, del Centro para la Investigación Económica y Política, con sede en Washington, describen los planes golpistas de EEUU en Latinoamérica durante los gobiernos de George Bush (h) y Barack Obama, solo que ahora con la sorprendente novedad de que no se trata de denuncias hechas por un medio independiente sino por los mismos ejecutores de dichos planes.

Un giro más que evidente en el tradicional narrativa imperialista que oculta la verdad de su injerencia en el mundo, cuando se constata que no solo exfuncionarios de segundo nivel, como el general Mark Milley, exJefe del Estado Mayor Conjunto de los EEUU, quien ya en 2021 revelaba a los periodistas Carol Leonning y Philip Rucker la lógica golpista de Donald Trump; el exministro de defensa, Mark Esper, quien señala en su libro “Un Juramento Sagrado” los pormenores de las reuniones conspirativas de la oposición venezolana con el exmandatario; John Bolton, el ex asesor de seguridad quien durante años negó lo que hoy afirma en televisión; o Carrie Filipetti, entonces sub secretaria de Estado de EUU para Venezuela y Cuba, quien habla también ante la prensa de su frustración por que el gobierno norteamericano no haya podido derrocar al presidente Maduro; sino el propio actual presidente de esa nación, Joe Biden, quien afirma en un discurso pronunciado con motivo de su visita a Arabia Saudita que: “Estados Unidos no puede crear un vacío en el Medio Oriente que sea llenado por China y/o Rusia, contra los intereses de Estados Unidos”, refiriéndose específicamente a los intereses comerciales del imperio y a la conducta que debe asumir EEUU para evitar ser desplazados de ese mercado.

Es la impúdica pelea que ha librado siempre el imperio para imponer su dominio en el mundo entero, así sea luchando contra el propio capitalismo, solo que ahora lo dice abiertamente y sin vergüenza alguna.

@SoyAranguibel

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