Colombia no dejará de ser Colombia

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando se habla de la posibilidad de un renacer de las relaciones bilaterales entre Colombia y Venezuela a partir de la asunción de Gustavo Petro a la presidencia de la república en el país neogranadino, las expectativas se centran por lo general en el restablecimiento de relaciones diplomáticas o la reapertura de la frontera entre ambas naciones, cerrada o restringida en diversos grados por el presidente Nicolás Maduro desde 2015, en razón de las crecientes actividades de contrabando de extracción, tanto de mercancías como de la moneda venezolana hacia el vecino país, en lo que se constituía entonces en un claro plan de ataque sistemático contra la economía venezolana, así como del creciente ingreso de elementos desestabilizadores asociados al terrorismo y al narcotráfico provenientes del otro lado de la frontera, como los que se produjeron en el intento de ingreso de la mal llamada “ayuda humanitaria” en 2019 desde ese país con el soterrado objetivo de promover el derrocamiento del gobierno bolivariano, tal como los reseñó meses después el diario Wall Street Journal, de Estados Unidos.

A lo largo de más de doscientos años, desde los orígenes mismos de ambas naciones como repúblicas soberanas, la tirantez ha sido el signo que ha marcado las relaciones bilaterales entre estos dos países que, aún naciendo del mismo proyecto libertador de Simón Bolívar, se consideraron desde siempre como “hermanas con diferencias”, la mayor de las veces profundas e insalvables, pero sin llegar nunca a la conflagración bélica que se ha temido en infinidad de ocasiones, no solo en este periodo de Revolución Bolivariana venezolana, abiertamente opuesta al modelo neoliberal imperante en Colombia, sino también en tiempos de la llamada cuarta república durante buena parte del siglo XX.

Sin embargo, la percepción generalizada es que las diferencias entre Colombia y Venezuela surgen del antagonismo entre los dos modelos por los que se rige la política de cada país, capitalismo y socialismo, con lo cual el arribo de una opción izquierdista al poder en Colombia, como la de Gustavo Petro y Francia Márquez, significaría la automática solución a los desencuentros que hasta ahora ha habido entre los gobiernos derechistas y ultraderechistas colombianos, en particular los de Alvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque, y los gobiernos revolucionarios de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela.

Se deja de lado (intencional o inconscientemente) que la raíz verdadera de los problemas entre estas naciones no es la controversia política en sí entre sus gobiernos, sino la crisis del modelo capitalista, inhumano, excluyente, explotador, que generó durante décadas en Colombia, y sigue generando, no solo los más altos índices de pobreza y desigualdad social en el Continente, sino la más prolongada, cruel y devastadora guerra civil que haya habido en la historia de los pueblos latinoamericanos, mas de sesenta años y doscientos mil muertos de saldo, con la subsecuente ola de emigración que jamás se haya producido en la región y que solo hacia Venezuela alcanza hasta un poco más de seis millones de emigrantes que huyeron despavoridos de aquella barbarie y que han sido recibidos en la Patria de Bolívar y Chávez con los brazos abiertos como no lo han sido los venezolanos que han salido hacia Colombia en busca del mismo trato humano que Venezuela les dio siempre a los colombianos.

La verdadera dimensión de ese drama de desigualdad y pobreza reinante en Colombia la expresaba en aquel mismo año 2015, la entonces Canciller del país neogranadino, Angela Holguín, quien en una visita a Venezuela, precisamente para tratar la escalada de violencia y contrabando que se estaba generando en la frontera, decía ante la  prensa que “El problema es que en Venezuela las cosas son más baratas”.

Asentado como está el imperio norteamericano en Colombia desde la instauración del llamado Plan Colombia hace más de dos décadas, llegando a alcanzar la instalación en suelo colombiano de siete o más bases militares y lograr la penetración de toda la estructura del poder en ese país por parte del Departamento de Estado y sus brazos operativos; principalmente la CIA y la National Endowment for Democracy (NED), resulta hoy más que cuesta arriba que la política de Colombia hacia Venezuela se modifique de manera sustantiva más allá de la simple reapertura de la frontera. Esa tan determinante presencia de Estados Unidos en ese país tiene un claro propósito de ser utilizada como cabeza de playa para frenar (y en lo posible exterminar) la expansión de los gobiernos progresistas en la región y profundizar en ella la penetración del modelo neoliberal capitalista. Algo que no pudieron detener ni las FARC ni los demás movimientos en conflicto durante casi un cuarto de siglo desde que se firmó el acuerdo del Plan Colombia y que mucho menos podrá revertir un gobierno como el de Petro, que siendo un izquierdista declarado no estará, sin embargo, en capacidad de derruir en los apenas cuatro años que durará su mandato el inmenso poder económico que hoy controla la reaccionaria oligarquía colombiana, y que, quizás lo más importante, no cuenta con una poderosa organización revolucionaria de carácter popular, como el PSUV venezolano, verdaderamente comprometida a luchar contra el imperio por lograr la soberanía plena de su país y erradicar de una vez por todas ese flagelo que es para la humanidad entera la inmensa industria de producción de drogas que ese país alberga.

Si algún signo hace falta para dejar claro que Colombia, aún con los avances que ojalá pueda llegar a impulsar el nuevo gobierno en el desarrollo de programas de reordenamiento económico, de inclusión, justicia, e igualdad social, será orientada por lo «políticamente correcto«, ahí está el de la nueva Vicepresidenta, Francia Márquez, quien en su gira oficial por Suramérica para estrechar lazos con los mandatarios y líderes progresistas del Continente (además del contacto que ya ha establecido con la vicepresidente Kamala Harris de EEUU para entablar a la mayor brevedad reuniones de trabajo) deja por fuera, de manera evidentemente muy estudiada, nada más y nada menos que a Venezuela. 

Un signo nada alentador en verdad, que dice mucho de la cordial pero muy prudente distancia con la que, con toda seguridad, serán orientadas por la Casa de Nariño las relaciones entre ambos países de ahora en adelante.

El nuevo gobierno se ha comprometido de manera tajante a ser el impulsor del cambio para ese país y desde Venezuela apostamos porque así sea. Pero estamos claros en que no por eso Colombia va a dejar de ser Colombia.

@SoyAranguibel

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