Argentina: el problema de las ideologías

Por: Alberto Aranguibel B.

De manera cada vez mas inusual en la realidad confrontacional que existe en el mundo entre los modelos socialista y capitalista, el problema por el que atraviesa la república Argentina desde hace ya casi un siglo en lo que pudiera asumirse en principio como el terreno político, es cualquier cosa menos ideológico.

Así como no hay una cultura de clases entre esa sociedad (porque, más allá de la bandera obrerista enarbolada circunstancialmente por el peronismo desde sus inicios en 1945, no ha habido jamás en ese país una poderosa organización que desarrolle e impulse la construcción de un movimiento político de masas verdaderamente ideologizado) tampoco hay una cultura de lucha por la construcción de un modelo de justicia y de igualdad social basado en el instrumental teórico, ni del marxismo ni de ninguna otra fuente ideológica de inspiración izquierdista, sino que se promueve, incluso desde el peronismo más radical, mas bien una suerte de eterna promesa de bienestar social en abstracto y sin “contaminación” ideológica, que procura simplemente ser lo suficientemente potable para el país.

De ahí que la derecha tampoco se vea obligada en modo alguno a impulsar en ese país un discurso de carácter propiamente ideológico, que no sea el convencional de exaltación del capital y la empresa privada como los supuestos y únicos motores con capacidad de generar desarrollo y bienestar social, sino que, al igual que el peronismo en sus distintas vertientes y las demás variantes políticas existentes, se circunscriben al formato de la exaltación de las cualidades de quienes desde cada sector sean considerados afines con ese esquema narrativo que solo valora el comportamiento de cada quien frente a la posibilidad del anhelado bienestar al que todo el país aspira, ya sean estos presidentes del país, ministros o dirigentes de partido, de la tolda que sean.

Aún cuando cada sector se inscriba eventualmente en el epítome de “izquierda” o “derecha” que resuma su orientación política, ni el socialismo ni el capitalismo, propiamente dichos, son referentes en la narrativa del debate político argentino como fundamento ideológico de sus propuestas al país. Una forma de despolitización inducida que beneficia principalmente a la derecha pero que afecta al conjunto de la sociedad, lo que termina reduciendo el grueso de la confrontación a las particularidades o atributos individuales de las más resaltantes figuras de la escena política, derivando entre la opinión pública en un torneo eterno por establecer cuál de esas figuras es la mejor opción, de manera individual, para alcanzar el indefinido bienestar que cada político proclama.

En Argentina, un país que se asume a sí mismo como altamente politizado cuando en realidad su sociedad padece una profunda ignorancia en el terreno ideológico, no se discute de política sino de actuaciones políticas. Al espacio que hay entre una posición política medianamente ideológica y la otra se le denomina “grieta social”, lo que equivale a decir; división o desmembramiento de la nación. Todo lo que se salga de ese ámbito de la homogeneización política, tan impreciso desde el punto de vista ideológico, se considera políticamente incorrecto. De ahí que de manera invariable tanto izquierdistas como derechistas en ese país procuren no aparecer en ningún momento como fomentadores de una diferenciación ideológica de fondo en su forma de concebir el gobierno o el Estado, que en todo modelo democrático es considerada no solo natural sino indispensable, lo que termina acabando con cualquier posibilidad de debate auténticamente político y reduciendo el mismo al señalamiento permanente de tipo personal entre unos y otros.

Por esa cultura de la personificación de la política sin referente ideológico, es decir, sin una conexión tangible con una estructura teórica que explique y demuestre con claridad la razón y la justificación de las tesis políticas que se esgrimen en cada caso, la lealtad partidista no es precisamente el rasgo más resaltante de una militancia que por lo general es formada por la lógica del populismo en su expresión más demagógica y retardataria. En lo cual el medio de comunicación ejerce un rol más que determinante en virtud, por una parte, de un afán sensacionalista que procura fomentar la exasperación social como base ya no solo de su insaciable sed de rating sin importar el daño que ocasionen a la sociedad, sino, además, de su labor como instrumento para garantizar desde las cúpulas hegemónicas dominantes del gran capital el aseguramiento de la desmovilización social de las corrientes progresistas, a través de la constante manipulación de la realidad y de la creación de matrices orientadas a la descalificación y el desprestigio de los actores políticos, particularmente de aquellos que encarnan opciones que se presenten como de izquierda.

Razón por la que es tan común encontrar en el militante promedio de Argentina el fenómeno del desplazamiento de una preferencia política a otra, en un eterno ir y venir sin solución de continuidad que explique tal cambio, como no sea el del decisivo efecto del impacto mediático en la psiquis de la población. Algo similar a lo que ocurre con la derecha en Venezuela, exactamente por la misma razón de la falta de fundamento ideológico entre su militancia, con el perpetuo vaivén que le lleva a saltar de un liderazgo a otro en un recurrente ritornello de admiraciones frenéticas a individuos que son asumidos en un momento como auténticos profetas de la redención humana para, mas temprano que tarde, ser aborrecidos por esa misma militancia como la peor lacra de la sociedad, toda vez que nunca son encumbrados al liderazgo por sus ideas sino por sus ofrecimientos, por lo general inviables.

Por eso en esa Argentina esencialmente despolitizada es completamente impensable toda propuesta de transformación o cambio del sistema, dado que el anhelo más arraigado en el país, desde los sectores más leales a los postulados peronistas en sus mas diversas vertientes (que van desde el ultraizquierdismo al centroizquierdismo) hasta el más radical neoliberalismo macrista no es nunca el de la sustitución del modelo explotador, de injusticia y desigualdad social, por ningún otro, sino el perfeccionamiento de la economía. Una economía indiscutiblemente capitalista cuyo mal funcionamiento es atribuido, principalmente por el medio de comunicación, exclusivamente a la corrupción y nada más De modo que el problema no es nunca el modelo económico sino el papel del actor político que eventualmente conduzca la política económica.

Una carencia total de sustentación y confrontación ideológica que abre la peligrosa posibilidad al Poder Judicial de convertirse en actor decisivo en la persecución política indiscriminada contra los liderazgos de izquierda, a quienes la derecha busca convertir en delincuentes mediante estratagemas judiciales prefabricadas para desconectarlos de la masa popular que los respalde (el denominado «Lawfare» que la derecha ha tratado de institucionalizar en Latinoamérica para sobreponerse al avance de las corrientes progresistas en la región) y vacía de contenido el debate político, principalmente porque a la derecha no le interesa una confrontación en la cual está consciente que lleva todas las de perder (porque la exclusión y la injusticia social que ese sector promueve desde un punto de vista doctrinario son conceptos completamente impresentables), sino la destrucción del contrario mediante cualquier mecanismo, no necesariamente democrático, por cierto (en este caso el medio de comunicación) que le permita asegurar su perpetuación en el poder para controlar a su buen saber y entender la economía y lograr de esa manera la realización del supremo postulado del capitalismo que es la acumulación de la riqueza en pocas manos producto de la explotación del trabajador de la ciudad y del campo.

Un secuestro tal de la capacidad colectiva para el desarrollo de un pensamiento crítico verdaderamente basado en el instrumental ideológico, que termina amoldando la narrativa del propio peronismo a la conveniencia de la presión mediática en formas las mas de las veces vergonzosas, como vemos hoy en el discurso siempre acomodaticio del presidente Alberto Fernández, atrapado como está en sus recurrentes contradicciones e inconsistencias ideológicas en virtud de las amenazas que él mismo percibe en el medio de comunicación como arma para la destrucción indiscriminada de trayectorias políticas inconvenientes al modelo del capital que los medios procuran salvaguardar, como por ejemplo el muy paradigmático caso de Cristina Fernández de Kirchner, la eterna perseguida por la derecha argentina, sus jueces y sus medios de comunicación.

@SoyAranguibel

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s