Problema de soledad

Por: Alberto Aranguibel B.

El poeta se desgarra en íntimo lamento ante el encuentro cercano con la soledad más profunda y lacerante que pueda concebir la mente humana. La del adiós definitivo del mundo de los vivos.

En su verso describe el lúgubre ámbito mortuorio al que se enfrenta, enumerando una a una las impresiones que le causan la quietud del cuerpo, las tenebrosas siluetas que generan los velones dispuestos en pequeños vasos de vidrio en el piso, junto al frío catafalco.

Absorto en sus cavilaciones, detalla el paso de las gentes que conducen el cajón hacia la capilla donde las almas caritativas que le acompañaban le dejarán a solas para que le sean impartidos los últimos salmos.

Es allí, en medio de la sobrecogedora inmensidad de los templos cuando están vacíos, cuando siente el horror de sentirse irremediablemente embargado por la soledad, sin que nada pueda ya permitirte recrear ni siquiera un suspiro de alguna antigua vitalidad.

Entonces es cuando estalla en su cerebro la angustiada revelación que él resume con la suprema fuerza de la poesía… ¡Dios mío… qué solos se quedan los muertos!

De haber presenciado Bécquer la estrepitosa decadencia del otrora presidente de Narnia, que un día, apenas se hubo juramentado como presidente en una plaza, se consideró a sí mismo el centro de universo pero que ahora ni los perros voltean hacia él para mearle las pantorrillas, seguramente habría escrito un texto todavía mucho más desgarrador que aquel impactante poema Rima LXXIII con el que pasó a la posteridad como uno de los más grandes cultores de la lengua de Cervantes.

Tendría que ser así, porque no puede haber sobre la tierra una soledad más dolorosa que la que debe estar sufriendo hoy el autojuramentado.

El estudio de opinión de Polianalítica, difundido esta semana, donde casi nadie lo reconoce ya como presidente, igual que lo desprecian los gobiernos de aquellos países que un día lo reconocieron, y hasta los mismos medios de comunicación que lo encumbraron, pone en evidencia la cruda realidad del abandono en el que ha sido postrado el pobre farsante presidencial.

Al verlo hoy es inevitable recordar al poeta:

Tan medroso y triste

tan oscuro y yerto

todo se encontraba que pensé un momento

¡Dios mío, que solos se quedan los muertos!”.

@SoyAranguibel

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