¡Chao, Almagro!

Por: Alberto Aranguibel B.

A Luis Almagro la oposición venezolana le ha salido más cara que tener un muchacho bobo estudiando en la universidad de Oxford.

Primero le puso como tarea, por allá por el 2014, cuando se destapó como el miserable traidor que es, que alborotara el país para poder acusar al presidente Maduro en la OEA de haber acabado con la libertad en Venezuela.

No le funcionó porque la oposición decidió postularse ese mismo año para un proceso electoral parlamentario que echaba por tierra toda hipótesis de tiranía en el país. Ganar ese proceso y que el supuesto tirano le aceptara el triunfo, fue el colmo del desastre.

Decidido a actuar por cuenta propia, Almagro acusa meses después al gobierno bolivariano de inconstitucionalidad porque, según él, mantenía sometidos a los Poderes del Estado bajo su control.

Pero la oposición se enfrentó tan abiertamente al Presidente a partir de ese momento desde la Asamblea Nacional, lo que desbarató también la infundada tesis de la supuesta inexistencia de separación de Poderes.

Creyendo que la gente no tenía memoria, Almagro retoma un año después exactamente el mismo tema de la inexistencia de separación de Poderes en Venezuela, y a la oposición no se le ocurrió nada más y nada menos que soltar a la Fiscal General como perro rabioso en contra del Primer Mandatario.

Sí había entonces separación de Poderes. No uno sino dos, el Legislativo y el Moral, estaban peleados con Maduro. Peor no podía haber puesto la torta la oposición.

Como un último recurso de salvación, Almagro decide entonces que acusará a Maduro de dictador y punto. Que de esa sí que no puede salvarse.

Y viene Maduro y convoca la más grande y entusiasta elección popular que haya tenido lugar en el país y lo revienta en seco.

Creyendo que tenía todavía una carta bajo la manga, Almagro le ordena finalmente a la oposición desconocer la Asamblea Nacional Constituyente para así poder denunciar a Maduro en el senado norteamericano y lograr su ansiada invasión militar de EEUU contra Venezuela.

Pero la oposición, en vez de eso, se inscribe en pleno para la elección a Gobernadores desbaratando ante el mundo el discurso según el cual ya no habría ni una pizca de democracia en Venezuela y dejando claro que el sistema electoral sí es perfectamente confiable.

De modo que en Venezuela no hay tiranía, no hay dictadura, existen las más amplias libertades públicas y la democracia funciona perfectamente.

Almagro ya no existe. No se le ve ni se le escucha por ninguna parte. Se convirtió en “polvo cósmico”, como todo el que se mete con Chávez.

Y como todo el que cree en la oposición venezolana.

@SoyAranguibel

Constituyente: de la ilusión a la realidad económica

Por: Alberto Aranguibel B.

Creo que toda impostura es indigna de un hombre probo, y que es una bajeza disfrazar la condición en que hemos nacido para presentarse al mundo con un nombre usurpado y queriendo hacerse pasar por lo que no se es.” Dorante / Moliere

Chávez llega al poder en 1998 por una sola razón; Venezuela, según la geopolítica mundial, era una nación del llamado “tercer mundo” aún a pesar de contar con las más grandes potencialidades para ser un país de primer orden.

Era un país subdesarrollado, que lo fue desde el inicio de los tiempos, montado sobre el barril de petróleo más grande del planeta, del cual no se beneficiaba en lo más mínimo la mayoría de la población, que padecía de mengua sumida en la más abyecta miseria.

Jamás estuvo Venezuela ni cerca de llegar a ser un país de ese primer mundo, ni en lo industrial, ni en lo económico. La locura de la llamada era del “’ta barato, dame dos”, no era sino una muestra del desangramiento de nuestra moneda mediante una compulsiva voracidad consumista sin rédito alguno, que alimentaba la ilusión de riqueza a la que la gente aspiraba porque provenía de un país que ha logrado la apariencia de su poderío y de su vida confortable gracias al saqueo de cientos de pueblos y naciones del mundo a través de los siglos.

Toda esa generación de mayameros que le puso la guinda al descalabro de la cuarta república y terminó de hacer fracasar el modelo puntofijista, sembró en el país la pueril idea de que el capitalismo es capaz de generar bienestar social porque por las calles de los Estados Unidos por donde esos mayameros frecuentaban y frecuentan todavía hoy, se respira orden, abundancia y prosperidad.

Una improductiva gastadera en baratijas electrónicas y perfumería barata, que alimentó el delirio en amplios sectores del país según el cual en el gigante del norte se encontraba el paraíso terrenal, donde con unos cuantos dólares, sacados de Venezuela a como diera lugar, se podía alcanzar aquel fastuoso estatus con el que viven los que en esa nación pueden acceder a ese inicuo bienestar, del cual en realidad solo se aprovecha un ínfimo porcentaje de la población norteamericana.

El arribo de Chávez a la escena política lo determinó la pobreza que padecía un pueblo que necesitaba aprender a construir un modelo de justicia e igualdad como nunca antes habíamos tenido, donde la riqueza se usara con equidad y sentido humano y no con la idea de servir a las grandes corporaciones que nos desangraron desde siempre.

Pero a la par de esa titánica lucha que se planteaba el Comandante por hacer realidad lo nuevo, había que asumir la tarea de desmontar lo viejo. En eso, la idea de la fastuosidad del lujo y el confort era un vicio tan enraizado en la cultura consumista de la sociedad que construir el socialismo era casi más fácil que intentar acabar con ese mal que carcomía a nuestra sociedad en todos los niveles. Creímos ser lo que no éramos; Chávez se cansó de alertar en ese sentido.

A la gente había que construirle viviendas, que eran indispensables en un modelo humanista como el que Chávez planteaba. Había que asegurarle servicios gratuitos como la educación y la salud. Había que brindarle justicia social a través del subsidio a las tarifas de los servicios públicos, los alimentos y las medicinas, que en nuestro país terminaron siendo, gracias al a Revolución bolivariana, las más baratas del continente.

A diferencia del capitalismo, en el socialismo el dinero rinde menos (porque se está repartiendo entre toda la población y no entre una pequeña élite de capitalistas acaudalados), y eso hizo que costara cada vez más esa inmensa inversión social que estaba haciendo en Venezuela para que la población pudiera no solo tener acceso a alimentos y medicinas a bajo costo, o a la gratuidad de la vivienda y de la educación o la salud, sino que pudiera optar a lo que en el mundo capitalista es impensable, como el aseguramiento de la estabilidad laboral, el incremento salarial garantizado, así como la posibilidad de contar con pensión de vejez, ente muchos otros beneficios que el neoliberalismo les niega de manera sistemática al trabajador, a la mujer, al anciano y al joven.

Sin embargo hubo mucha gente que no entendió de qué se trataba. Que creyó que viajar por el mundo como si fuéramos ricos, derrochar en exquisiteces y licores refinados como ningún otro país, gastar a manos llenas en cuanto artefacto electrónico se inventara en el mundo, hacer del raspado de cupos electrónicos una industria internacional, acaparar, especular, contrabandear, y fugar capitales, no serían para nada factores tan perturbadores que acabarían con nuestra economía, empezando por acabar la de los propios inconscientes que así actuaban.

Ya no solo desde la derecha, falsaria, embaucadora y miserable como es, sino desde las propias filas revolucionarias, un sector importante de los venezolanos dedujo por cuenta propia que el bienestar que con tanto esfuerzo estaba construyendo el socialismo bolivariano que Chávez proponía, era la cristalización en nuestro suelo de ese idílico paraíso donde el dinero debía correr a raudales en forma incontenible, sin importar de dónde tuviera que salir semejante maná de la locura, ni cómo tendría que hacerse para merecerlo.

En menos de quince años pasamos de la miseria y el hambre más desesperanzadora a la bonanza de la gratuidad y el bajo costo sin precedentes en la historia, y nadie sacó ni la más mínima cuenta de por qué tendríamos que tener derecho a tan disparatada circunstancia, sin aportar ni esfuerzo ni talento, sino simplemente suponer que el gobierno estaba en la obligación de proveerla so pena de sacarlo del poder a punta de violencia.

Mucho menos reflexionamos como sociedad acerca de cuán riesgoso podría llegar a ser el delirio que nos consumía, exactamente en la misma forma en que nosotros consumíamos los dólares que nos llevaban a la crisis que hoy padecemos.

Irresponsables intelectuales de izquierda se plegaron al coro de fariseos que acusaron de reformista al Presidente Maduro porque no liberaba los precios y permitía el libre juego de la oferta y la demanda por la que clamaba el neoliberalismo para acabar con toda posibilidad de justicia social en el país. Una suerte de “socialismo a base de dólares” era lo que pretendían.

Solo en Venezuela se ha producido el insólito fenómeno de la gente que despotrica contra el gobierno que le está asegurando el bienestar en medio de la más inclemente guerra económica que país alguno haya padecido, a la vez que pretende que la vida siga su curso en las mismas condiciones idílicas en las que desde hace décadas ha pretendido que debe ser la vida en una nación que, por mucho que hayamos avanzado en inclusión social y en fomento de nuestra potencialidad productora, no ha dejado de ser una pequeña nación del tercer mundo, sin capacidad industrial ni fortaleza económica que nos permita competir en el ámbito capitalista de las grandes potencias.

Nuestro único activo para esa competitividad, es el petróleo. Y su precio se vino abajo.

No cabe en cabeza alguna que siendo el propietario del más grande yacimiento petrolífero del planeta, nuestro país esté destinado a la ruina económica, ni mucho menos. Pero no entender que esa caída abismal del ingreso afecta severamente la economía de la nación, es toda una insensatez.

Levantarse de una crisis tan implacable en medio de una guerra brutal que persigue acabar con nuestra economía, es la labor más ardua que gobierno alguno pueda enfrentar sin acudir a medidas que pongan en riesgo o den al traste con las conquistas del pueblo en términos de inclusión y justicia social.

Aún así, el gobierno del Presidente Maduro lo ha logrado. Hoy el país avanza gracias a una Asamblea Nacional Constituyente que le permitió al país salir de la vorágine de la violencia en la que estábamos sumidos, en medio de la cual era impensable toda posibilidad de recuperación económica, social o política.

Pero alcanzar la paz no es consolidarla. Ese es solo un primer paso en la titánica tarea de recuperar la senda del bienestar económico que nos deparó por primera vez en nuestra historia la Revolución bolivariana. La recuperación económica necesita de manera impostergable la estabilización plena del país. Necesita la consolidación de esa paz de la cual dependerá el rescate de la confianza de los inversionistas, la estabilidad del mercado, la reducción de las distorsiones.

Se necesita poner las cosas en orden con mucho sentido de la responsabilidad para ayudar efectivamente al presidente Maduro a tomar las decisiones a que haya lugar para acabar con la usura, con la especulación, con los delitos económicos contra los cuales no ha podido luchar el Gobierno por el obstruccionismo y el saboteo impuesto por una oposición vendepatria y golpista.

Es exactamente ese el trabajo que ha venido llevando a cabo a lo largo de estos últimos quince días la Asamblea Nacional Constituyente como poder plenipotenciario emanado del pueblo. El de la estabilización del país, en primer lugar, para pasar de inmediato a la toma de decisiones que faciliten el trabajo del Primer Mandatario en el rescate del bienestar que la Revolución bolivariana le ha asegurado al pueblo desde siempre.

A partir de esta misma semana, esa inmensa mayoría que votó por hacer realidad esa economía posible, no ficticia ni virtual como la que ofrece el neoliberalismo, sino factible y perdurable para todas y todos los venezolanos, verá los primeros resultados del esfuerzo que desde esa instancia estamos librando.

@SoyAranguibel

Germán Sánchez Otero: ¿Por qué es legítima la Asamblea Nacional Constituyente en Venezuela?

Por: Germán Sánchez Otero

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Derrotados en las urnas el 30 de julio por más de 8 millones de infantes de la paz, el imperio y sus adláteres en Venezuela y en otros sitios han iniciado la nueva etapa de su arremetida para destruir la Revolución Bolivariana.

Intentaron boicotear el proceso más democrático que pueda realizarse en cualquier país: la elección por la gente, a través del voto secreto, libre y directo de una asamblea nacional constituyente con poderes soberanos plenos.

Desde 1999 el imperio y la oligarquía venezolana no han parado mientes en su empeño de destruir el proyecto emancipador bolivariano y chavista. Pero nunca como ahora actuaron con tanta alevosía y desenfreno. Las tropelías recientes son conocidas. El emperador acaba de sancionar al digno presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro Moros. Cayeron todas las máscaras. Incluso las de varios presidentes latinoamericanos, que se han convertido en cómplices del plan imperial, cargado de imprevisibles consecuencias para la paz regional y los principios sagrados de soberanía y autodeterminación de las naciones.

Luego de la elección de la ANC, han comenzado a utilizar el subterfugio previsto para escalar la agresión. Pretenden deslegitimar a la ANC con el argumento de que la abstención superó el 58 %. Y los más torpes, como Henry Ramos Allup, Henrique Capriles Radonski, Julio Borges y otros voceros de la contrarrevolución aducen que solo votaron algo más de 2 millones de electores

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La noticia no es el monto de la abstención. Lo extraordinario es que ejercieran el voto más de 8 millones de personas, a pesar de los estragos provocados por la inhumana guerra económica, y a contrapelo de miles de acciones violentas, más de 100 crímenes horrendos, cientos de heridos, sanciones contra figuras del Estado, y las campañas mediáticas fascistas ejecutadas por el imperio y la contrarrevolución.

Hubo presiones insólitas vísperas de los comicios, como la amenaza del presidente Trump de que adoptaría sanciones económicas “rápidas y firmes”, si el gobierno de Venezuela seguía adelante con la Asamblea Nacional Constituyente. También aplicaron castigos a varios funcionarios del Estado y jefes militares e hicieron la advertencia pública al personal diplomático estadounidense en Venezuela, para que abandonara urgente el país ante la inminencia de acontecimientos imprevisibles en un país supuestamente anarquizado.

Tal cruzada para aterrorizar al pueblo venezolano a fin de que no saliera a votar, en verdad reflejó el temor a que este ejerciera el poder de modo directo y soberano por medio de la ANC.

El acoso, los crímenes y las amenazas levantaron aún más la hidalguía de mucha gente. Ocho millones 69 mil 320 venezolanas y venezolanos nadaron a contracorriente del maremoto de violencia y falacias mediáticas generado por el imperio. Y triunfaron. A pesar de tales circunstancias sufragó el 41,5 % de los electores. Una proeza histórica.

Al ejercer el voto y no sucumbir ante el terror y la coerción, ellos reafirmaron el coraje y la sabiduría del pueblo bolivariano. Enviaron un mensaje inequívoco al mundo: Votaron por la paz, y por el derecho de decidir por sí mismos su destino.

¿Acaso la abstención del 58,5% hace ilegítima la elección de la ANC? ¿Es inusual ese nivel de abstención en Venezuela? La respuesta podemos hallarla al comparar el actual proceso constituyente con el de 1999.

Es asombroso que dieciocho años después, luego que el imperio empleara contra la Revolución Bolivariana buena parte de su arsenal, en esta ocasión el pueblo venezolano, con más madurez política, organización, experiencia y conciencia de su rol histórico, ha tenido una participación numérica y cualitativa más elevada que en 1999.

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Recordemos los tres eventos comiciales del proceso constituyente de 1999. Entonces la Revolución daba sus primeros pasos y el gobierno de los Estados Unidos suponía que el joven presidente electo Hugo Chávez no era un peligro para sus intereses en Venezuela y menos a escala continental y global.

Los presidentes de los Estados Unidos (Bill Clinton), Gran Bretaña (Tony Blair), España (José María Aznar), Colombia (Andrés Pastrana), Argentina (Carlos Saúl Menem), Brasil (Fernando H. Cardoso) y otros, todos defensores del neoliberalismo y de la democracia burguesa tradicional se acercaron a Chávez y buscaron comprometerlo. Adoptaron una postura de apariencia neutral y en buena medida respetaron el proceso político venezolano, hasta que en septiembre de 2001 el nuevo gobierno estadounidense (G.W. Busch) decidiera derrocar a Chávez y destruir a la Revolución Bolivariana.

Vinieron después los numerosos sucesos e intentos conocidos: golpe de Estado de abril de 2002, golpe petrolero de diciembre 2002 y enero 2003, financiamiento y asesoría electoral a ONG’s y partidos opositores para derrotar a Chávez en el referendo revocatorio de 2004 y en posteriores elecciones, guarimbas, intentos para asesinar al líder bolivariano, uso de paramilitares colombianos, presiones y maniobras diplomáticas, sanciones a figuras bolivarianas, acciones subversivas copiadas de las llamadas revoluciones de colores, campañas contra la figura de Chávez acusándolo de dictador y populista, desconocimiento del gobierno de Nicolás Maduro, declaración de que Venezuela representa una amenaza inusual para la seguridad nacional de los Estados Unidos, guerra económica despiadada, presiones en la OEA para aplicarle a Venezuela la Carta Democrática, boicot al proceso constituyente y al diálogo de paz promovidos por el presidente Maduro. Y todo lo demás que acontece en nuestros días…

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Pero regresemos a 1999, a fin de poder hacer algunas comparaciones.

El primer evento comicial ocurrió el 25 de abril, cuando fue necesario preguntarle a los electores si estaban de acuerdo en que se convocara una ANC, consulta necesaria porque tal variante no estaba incluida en la Constitución de 1961. La abstención ascendió a 62,2%.

Al sumar la cifra de los que no votaron (6’850,747) y los que votaron en contra (300,233) resulta que del total de electores inscritos (11’022,031), se aprobó activar el proceso constituyente por el 35 % de los votantes (4’129,547). ¡El 35%!

El segundo acto comicial se realizó el 25 de julio, para elegir a 128 integrantes de la ANC. O sea, es la elección equivalente a la que acaba de celebrarse.

En aquella ocasión la abstención ascendió a 53,8%. De los 128 escaños a elegir, la alianza chavista (Polo Patriótico) obtuvo 123 y la oposición solo cinco. En porcentaje de votos, el Polo Patriótico sumó 78 % y la oposición 22%.

De los 10’ 986 871 electores, sufragaron a favor de los candidatos del Polo Patriótico 3’ 961 967. De tal modo, el 36 % de los votantes inscritos dieron la inmensa mayoría de los escaños a la alianza chavista. ¡El 36%!

El tercer evento fue el referendo del 15 de diciembre, para aprobar el proyecto de Constitución Bolivariana. Esta vez la abstención ascendió a 55,62%. La Constitución fue respaldada por el 72% de los electores y la rechazó el 22%, entre ellos Julio Borges, Henry Ramos Allup, Henrique Capriles, Antonio Ledezma, Leopoldo López, la cúpula de la iglesia católica, y toda la amalgama de entes políticos que hoy dicen defenderla.

Del total de electores (10’940,596) ejercieron el voto 4’819,056 (44,38%) y se abstuvieron 6’041,743 (55,62%). Por el NO votaron 1’298,105. La suma de esta cifra con los que no votaron, alcanza 7’339,848 (67% de los electores).

En resumen, la Constitución resultó aprobada por el 33 % del total de los votantes inscritos. ¡El 33%!

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Durante el proceso constituyente de 1999 los partidos y otros sujetos políticos de la IV República, al igual que casi todos los medios de comunicación privados de Venezuela y del mundo occidental, y la jerarquía católica, actuaron contra el empeño constituyente. Primero para evitar que fuera convocada la ANC, después para ganar el control de esta y, finalmente, oponiéndose al proyecto de la nueva Constitución y llamando a votar contra él.

Fueron muchísimas las acciones mediáticas al mejor estilo de la Guerra Fría para engañar al pueblo. Por primera vez se acusó a Chávez de ser un dictador por promover el poder soberano de la ANC y se quiso presentar a la Constitución Bolivariana como una copia de la cubana. Hasta Fidel Castro tuvo que ofrecer una conferencia de prensa en La Habana, con medios venezolanos, para desmentir tal absurda campaña.

No es casual, que el 12 de abril de 2002, el dictador Carmona Estanga pisoteara la Carta Magna bolivariana, aplaudido por casi todos los que hoy, de manera impúdica, proclaman ser defensores de ella.

El proceso constituyente de 1999 marca un hito primordial en la historia de la Revolución Bolivariana: de su vientre nació la República Bolivariana de Venezuela. Las cifras que he evocado sobre la baja participación del electorado en los comicios aludidos, resultan intrascendentes ante tal hecho medular. Ese 33% de patriotas que en 1999 legitimaron con sus sufragios la Constitución Bolivariana, encarnan el legado de la nación. Aquel 15 de diciembre muchos salieron a votar en medio de intensas lluvias, que provocaran ese día el desastre natural más grande de la historia venezolana.

El 30 de julio pasado, ese mismo pueblo, ahora más consciente, politizado, unido y organizado, lanzó una ráfaga luminosa de 8 millones de mensajes en defensa de la paz, la justicia y la soberanía nacional. Chávez diría, sonreído, “el que tenga ojos que vea…”. Su admirado pueblo otra vez demostró ser el valladar contra la escalada violenta e intervencionista del imperio y sus acólitos, que no va a cesar.

Agresión vasta y sucia, cada vez más peligrosa, que como ha reiterado el presidente Nicolás Maduro no debe ser subestimada. De nuevo el látigo de la contrarrevolución provoca que el pueblo bolivariano, con la guía de sus líderes, avance por el derrotero liberador tan caro y hermoso, que iluminan Bolívar y Chávez.

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En la retórica pública, los voceros de los Estados Unidos y de la contra venezolana no se cansan de repetir que defienden la vía democrática y pacífica. Sin embargo, todo cuanto hacen desnuda el verdadero objetivo: arrasar con la Revolución Bolivariana. No menos. Se conocen los motivos: adueñarse del petróleo, extirpar el ejemplo emancipador de Venezuela y eliminar uno de los gobiernos con mayor influencia en la nueva etapa liberadora que viven los pueblos de nuestra América.

El imperio promueve elecciones cuando resultan convenientes al afán superior de socavar la Revolución, pero no representan su principal medio para lograr el fin último. Están concebidas sobre todo para coronar la victoria, o sea el control total del poder. No importa si ello se consigue sobre miles de cadáveres y víctimas que resulten de la actual escalada de violencia –todavía impredecible–, y de las armas inhumanas de efectos masivos empleadas en la guerra económica –que van a continuar utilizándose y es previsible que estrenen otras.

También es predecible que a partir de que se instale la ANC, van a acelerar y arreciar todos los componentes del plan contrarrevolucionario. El gobierno de los Estados Unidos ha decidido darle jaque mate al proceso bolivariano, y no va a sellar la partida ni aceptar tablas.

La ANC es una pieza fundamental del tablero. Su fortaleza va a depender de cómo se desplace, de la legitimidad que gane ante la opinión pública –sobre todo la nacional, que es la decisiva–, de los temas que aborde y del consenso que logre, y de su capacidad para identificar asuntos medulares y adoptar acuerdos tendentes al desmontaje del plan imperial en sus ejes fundamentales.

El enemigo hará todo para desprestigiar a la ANC y castrarla. Las campañas de mentiras y manipulaciones serán bestiales. Y centrarán el esfuerzo en desconocer su autoridad y en lograr una alta abstención en el referendo destinado a aprobar la nueva Constitución, o tal vez, llamen a votar en contra. Y con seguridad, luego que el pueblo la refrende con su voto mayoritario, dirán que todo el proceso es írrito, y las elecciones amañadas. Por eso lo más sensato es prepararse y actuar para encarar las peores variantes.

Los dirigentes bolivarianos y el pueblo chavista, junto a la FAN, tienen experiencia y capacidad para implementar acciones que derroten tales argucias y propósitos. El mejor antídoto es el prestigio de los integrantes bolivarianos de la ANC, el debate democrático en su seno, la permanente consulta a las bases populares, y los acuerdos del cónclave. Sus mayores retos son derrotar la violencia, lograr el mayor consenso posible de la ciudadanía en torno a la paz, la defensa de la soberanía, la justicia social y jurídica, la democracia para todos, basada en el poder comunal y la solución radical de las causas que provocan la guerra económica.

Del éxito de la ANC dependerá en buena medida el desenlace estratégico de la actual lid y el futuro de la Revolución Bolivariana. Ello está en la base de la audaz y exitosa iniciativa del presidente Maduro. No puede haber espacio para errores o deslices. La fuerza de la ANC es enorme, y por ello sus artífices saben que debe ser conducida desde el pueblo, por el pueblo y para el pueblo, con equilibrio, firmeza y sabiduría. Y sin levantar expectativas mágicas, incumplibles, pues los problemas existentes son muy complejos, el enemigo imperial es poderoso, y habrá que seguir enfrentándolo hasta derrotarlo plenamente.

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La modalidad de cualquier variante de guerra irregular, solo tiene una respuesta lógica: crear fuerzas especiales contrainsurgentes, apoyarse en el pueblo organizado y evitar a la vez caer en el desfiladero de una guerra civil, como muy bien ha logrado la dirección bolivariana.

Los dos ejercicios militares previstos por el Comando Sur de los Estados Unidos, bajo su dirección y con la participación respectiva de un grupo de países caribeños y otro formado por Perú, Colombia y Brasil, no obstante sus objetivos hipotéticos de apariencia inofensiva para Venezuela, representan una amenaza bélica cuya intencionalidad extrema es conveniente registrarla y actuar en consecuencia. Sin alarmismo ni ingenuidad. Y si tales ejercicios militares solo fuesen una acción desestabilizadora bajo el concepto de “amenaza creíble”, el tiempo lo dirá.

La declaración de la Celac suscrita en la cumbre de La Habana, que define a la América Latina y el Caribe como zona de paz, debiera ser esgrimida con más firmeza por los gobiernos que en efecto la profesan. Y convertirse en bandera de los movimientos sociales y de todas las fuerzas interesadas de veras en evitar que Estados Unidos convierta a nuestra América en pasto del terrorismo, y un escenario de guerras sucias, intervencionismo de grandes potencias occidentales y caos, como ha hecho en el Medio Oriente.

Venezuela es hoy el “caso prueba”, que debe definir el predominio de la paz y el respeto a la soberanía, la independencia y la autodeterminación de nuestras naciones.

Felicitemos al bravo pueblo venezolano por la proeza del 30 de julio y bajo el estímulo de esa victoria redoblemos la solidaridad nuestra americana, que urge hacerla más versátil y efectiva. En cada país lo yanquis tienen que sentir el rechazo medular de la gente a sus pretensiones recolonizadoras y los gobernantes cómplices de sus fechorías deben pagar muy alto su entreguismo. Porque el imperio cree que esta vez podrá borrar del mapa el proceso revolucionario que iniciara en 1999 la nueva fase histórica de nuestra América, hacia la conquista de su segunda independencia.

Con seguridad van a surgir escenarios más complejos y peligrosos. Los seguidores de Bolívar y Chávez son mayoría en Venezuela, poseen la fuerza de la razón histórica y enfrentan con tenacidad, unión e inteligencia los embates de la contrarrevolución. Desarrollan sus acciones sin dejarse arrastrar por las provocaciones y no rehúyen encarar sus propios errores y debilidades, ni enfrentar a los traidores.

La Revolución Bolivariana dispone del potencial necesario para vencer y avanzar en el camino del Plan de la Patria trazado por Chávez. Y ante los crecientes ataques enemigos, su dirección cívico-militar pareciera que se guía por un conocido axioma: a grandes problemas, grandes soluciones… Sea.

Germán Sánchez Germán Sánchez, reconocido escritor cubano, fue embajador de su país en Venezuela. Es el autor, entre otros, del libro Hugo Chávez y el destino de un Pueblo.

Eduardo Rothe: Para ti que eres decente y pensante.

A Socorro Hernández
Sociopatía del odio y epidemiología de la estupidez

Por: Eduardo Rothe

Bien dijo Voltaire “Quien te hacen creer cosas absurdas, te hará cometer atrocidades”, y la historia está llena de ejemplos. Porque una cosa es reconocer al adversario, contradecirlo, enfrentarlo, y la otra desear su aniquilación, lo que en terminología de los servicios de inteligencia se llama “retórica de la eliminación”.

Con esa retórica eliminatoria fue que Catalina de Médici condujo a los católicos franceses a la “Matanza de San Bartolomé” contra los calvinistas, la noche del 23 al 24 de agosto de 1572; y los españoles acabaron con los Caribes en las Antillas, los antisemitas europeos exterminaron judíos en Alemania y Europa del Este (el último pogromo fue en Polonia después de la II Guerra Mundial), los franquistas fusilaron a centenares de miles de “rojos” en España, y los indonesios intoxicados por la CIA mataron un millón de supuestos “comunistas” en 1965.

Por esa retórica eliminatoria en Venezuela hemos visto degollar y quemar vivos a seres humanos o aplaudir cuando una bomba derriba a un grupo de policías. Aquí la retórica del exterminio no es obra de Estado: corre por cuenta de la oposición, de personas de clase media, “decentes y pensantes”, intoxicadas con lo que la historia conoce como el “terror blanco” de la contrarrevolución. Negando la humanidad del otro, los enfermos de odio pierden su propia humanidad y se vuelven monstruos.

La sociopatia del odio nace de la estupidez. De ideas absurdas: los judíos son culpables de todo y hacen “sacrificios rituales” de niños cristianos, los comunistas nos quieren arrebatar nuestros hijos, o “Maduro es un dictador”. Ideas absurdas que llevan a los espíritus débiles hacia la crueldad. Claro, esas ideas no brotan de la nada, son maquinadas y promovidas por intereses que buscan beneficiarse haciendo aflorar la banalidad del mal, lo siniestro, dar patente de corso a las ensoñaciones violentas que habitan en los seres más pacíficos.

Fue así que algunos venezolanos y venezolanas, reputados por hospitalarios, generosos, tolerantes y pacíficos, pero empujados por un antichavismo enfermo, se vuelven turba salvaje que degüella, quema y mata, o aprueba a quien lo hace. Afortunadamente, los crueles son una minoría comparados con quienes los justifican, aprueban y aplauden.

Lo contrario ocurre con la estupidez, una epidemia que nace de cepas cultivadas en laboratorios mediáticos, transmitidas e inoculadas masivamente, para que sirvan de trampolín al consumismo, la mentira y la frivolidad, y en nuestro caso también al odio. Y esto no es nuevo: en 1963 escuché a una señora de clase media decir que Fidel Castro enviaba marihuana a Venezuela, porque “¿Cómo se explica que un estudiante sea comunista, si no está drogado?”, y siempre me gustó la anécdota (rigurosamente cierta) de una aristocrática dama caraqueña que defendía a una joven a quien “acusaban” de izquierdista: “¿Cómo va a ser comunista una niña con unos ojos tan bellos?”.

La estupidez difusa en la oposición y el odio puntual contra Nicolás Maduro, se volvieron una amenaza real para la democracia venezolana, al punto que la política central del gobierno ha sido y sigue siendo un llamado permanente al diálogo y la paz. Y ahora, con la Constituyente, a esa exhortación a la convivencia se le añaden medidas punitivas para quienes promuevan o ejecuten delitos o crímenes de odio. A Dios rogando y con el mazo dando.

Y ya vemos un cambio saludable: las primeras gotas de una dulce llovizna de inteligencia y humanidad que mitiga las llamas de la violencia, y ojalá termine apagándolas. En las elecciones para la Constituyente, junto a los centenares de miles de personas que no pudieron votar porque se les impidió viajar o acercarse a sus centros de votación, más de medio millón de opositores votaron junto a los chavistas, cansados de la crueldad, el abuso y la delincuencia de las “trancas”.

En el ambiente constituyente cargado de cambios favorables, la agresión que sufrió, por parte de unas opositoras, la rectora del CNE Socorro Hernández, y las medidas punitivas hoy en curso contra las culpables y sus cómplices, podría muy bien ser el último, o uno de los últimos episodios de odio y estupidez de estos tiempos. Es de desear que así sea, y no por miedo chavista, porque donde las dan las toman y a la hora del mal todos somos bien capaces; una guerra se sabe cuándo empieza, pero no cuando termina y, dice el corrido mexicano “no es lo mismo ver morir que cuando a uno le toca”.

No es por miedo, es por inteligencia e instinto social de conservación. Por nosotros y por los que vienen. Por la América y el mundo, que ya soporta más que suficientes guerras y matanzas. El llamado a la paz no es un llamado a la conformidad ni a la resignación o al pensamiento único. Es un llamado a la sociedad abierta y a la democracia.

Eduardo Rothe Eduardo Rothe

La Constituyente de la paz

Por: Alberto Aranguibel B.

La Asamblea Nacional Constituyente electa por la inmensa mayoría de las venezolanas y venezolanos el 30 de julio pasado, nace bajo el auspicioso y esperanzador signo de la paz que gracias a esa iniciativa del Primer Mandatario nacional alcanza el país luego de meses de violencia desatada por los sectores de la derecha contra el pueblo en la búsqueda de una intervención militar extranjera que le ayude a lograr por la vía de las armas lo que jamás ha estado ni cerca de lograr por la vía democrática.

No cabe elucubración metafísica o abstracción teoricista de ninguna naturaleza para explicar el fenómeno de la automática desactivación del estado de conmoción al que nos condujo la locura desenfrenada de los sectores más radicales de la oposición venezolana, que no sea el cumplimiento de la promesa hecha por el presidente Nicolás Maduro al país el 1ro de mayo, cuando anunció su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente como el único camino cierto hacia la paz y la reconciliación de las venezolanas y los venezolanos.

Ciertamente la paz no es un estado de la sociedad que se conquiste mediante promulgación de Ley o decreto alguno. Ni mucho menos a través de una simple declaración de buenas intenciones por parte del liderazgo político, tal como se proclama desde la óptica mesiánica de las religiones, que la asumen como una divinidad que es entregada por los dioses como premio a la obediencia y la fe.

La paz es siempre el resultado de intensos y complejos procesos de construcción de gobernanza en los que se involucran una o varias sociedades o naciones, a través de mecanismos intangibles surgidos del intercambio político al que obligan el comportamiento y las particulares condiciones de vida o de desempeño de cada sector en la sociedad en función de sus intereses.

Procesos difíciles para los cuales no existen manuales preestablecidos que orienten ni el orden ni la jerarquización de las agendas a seguir, ni que mucho menos aseguren el éxito de los empeños en procura de la paz.

Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia a quien se le otorgara el Premio Nobel de la Paz en 2016, no logró por iniciativa propia el cese de la cruenta guerra de más de medio siglo de duración en el hermano país que acabó con la vida de unos 200 mil colombianos (según las estimaciones más conservadoras). De no haber sido por la disposición al diálogo por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), todavía el conflicto sin lugar a dudas estaría en pie. Lo que en sí mismo demuestra lo difícil que puede llegar a ser el pedregoso camino hacia la paz.

Tan cierto es que Santos no habría podido alcanzar por sí mismo la conquista de la paz en su país, que el referéndum llevado a cabo para consultar a la población sobre los acuerdos establecidos en las conversaciones lo perdió de manera abrumadora, incluso habiendo obtenido ya el galardón por parte del Comité de Oslo.

De ahí el inmenso logro del Presidente Nicolás Maduro, que en medio de la más incierta y convulsa circunstancia política por la que gobierno alguno pudiera atravesar, corrió el riesgo con la mayor gallardía y perspicacia que hoy pueda reconocérsele a cualquier dirigente en el mundo, colocando en el centro de su propuesta la inequívoca vocación democrática de nuestro pueblo y el talante profundamente pacífico del venezolano.

Para él no era factible la derrota de la paz en nuestro país si la misma se planteaba en el marco del modelo inclusivo, participativo y protagónico, que en buena hora nos propuso el Comandante Chávez con su arribo a la escena política.

La ecuación aparecía infalible desde su sola concepción. Si el electorado elegía a sus Constituyentes del seno mismo del pueblo, la resultante lógica tendría que ser la del triunfo de la paz sobre la violencia que proponía la oposición, fundamentalmente porque el factor determinante sería en todo momento el carácter de imposición de esa violencia sobre la sociedad. Nadie en el país estaba acompañando el terrorismo como expresión política, sino que su accionar era siempre una muestra lamentable de foquismo de mercenarios a sueldo que eran lanzados a las calles como carne de cañón por esa derecha reaccionaria que pretende hoy hacerse del país a punta de terrorismo.

Y exactamente eso fue lo que sucedió el 30 de julio; un país valeroso y decidido asumió el compromiso planteado y selló con su voto abrumadoramente mayoritario en sendero de la paz que desde ese día transita el país, tal como lo había previsto el líder de la revolución.

Tanto los militantes del chavismo como los de la oposición, entendieron que más allá de los ardides de la dirigencia opositora que ha buscado desde siempre el asalto del poder por la vía violenta, la manera correcta de dirimir las diferencias y superar los problemas es mediante el respeto a la norma democrática del voto como expresión de las aspiraciones del pueblo.

Cristaliza así un escenario crucial para el gran debate nacional que se dará desde la Asamblea Nacional Constituyente, de donde surgirán las ideas, las recomendaciones y las propuestas de fondo que el pueblo motu propio desarrollará para hacer que esa paz alcanzada no sea solo un estadio placentero de tranquilidad espiritual para las venezolanas y venezolanos, sino que se convierta en la plataforma que sostenga el despegue definitivo del país hacia su bienestar y su progreso como nación rica y poderosa entre las más pujantes naciones del Continente y del mundo.

No será entonces la Constituyente del ’17, o la Constituyente de la renovación chavista, como pudiera calificarla algún semiólogo empedernido que quisiera etiquetar la naturaleza particular de esta excepcional congregación asamblearia del pueblo en el marco de la épica política que hoy la coloca en la historia. O como la mediática obtusa y retardataria que procura desfigurar todo lo que de la revolución surge podría terminar reduciendo a un simple “La Constituyente de Maduro”, como ya muchos de esos medios al servicio de la burguesía andan tratando de posicionar.

Será, ahora y para siempre, “La Constituyente de la Paz”, porque es el mérito esencial que se ha ganado este inmenso esfuerzo del pueblo venezolano que resume la inédita experiencia en el ámbito universal que viene a ser la Asamblea Nacional Constituyente emanada del pueblo e integrada en su más absoluta plenitud por el pueblo llano y sencillo que la integra, y que con su verbo fogoso, desenfadado y contundente, le viene diciendo al mundo desde hace ya una semana de intensos debates que el país sí tiene una vocería auténtica que lo defienda de toda agresión interna o externa. Que sí tiene una voz profunda que diga las verdades sin rebuscamientos semánticos de ningún tipo. Que sí tiene la fuerza de la pasión por la Patria que no tienen los entreguistas que la negocian. Que sí tiene quien labre el bienestar y el progreso sin arriesgar el preciado bien de la paz que con tanto esfuerzo ha construido ese mismo pueblo a través de siglos de luchas eternas y desvelos infinitos.

Corresponde ahora intensificar cada vez más desde esa Asamblea el compromiso del trabajo necesario para superar las terribles dificultades por las que atraviesa el pueblo al cual se debe, tal como lo ha pedido en todo momento el Presidente Nicolás Maduro.

En eso estamos.

@SoyAranguibel   

 

Constituyente pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

En el anacrónico modelo de democracia representativa, el Estado se entiende como la expresión más acabada de la jerarquización de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad.

Solo los más notables ejercen la conducción de las instituciones y le otorgan supremacía a las estructuras del poder. El dinero, los títulos y los doctorados, son las credenciales que facultan esa preminencia de las élites sobre el pueblo y le otorgan perpetuidad a dicho esquema.

Se reproduce así un modelo excluyente e inhumano que velará siempre por los intereses de los poderosos, los ricos, los más encumbrados en la escala social.

Pero en una revolución como la bolivariana, donde el ser humano es foco y centro de la filosofía que la orienta, ese arcaico y repulsivo modelo de la jerarquización no existe. No porque su abolición se establezca mediante Decreto o Ley alguna, sino porque la nueva correlación del poder se forja al calor de la movilización popular en la cual se sustenta.

A medida que el pueblo adquiere conciencia de su rol en la sociedad (conciencia de clases, en el argot revolucionario) la realidad social tiende a transformarse progresivamente para erradicar la odiosa formulación de la supremacía burguesa y sustituirla por lo que se conoce como “el poder popular”.

Cuando ese poder no se conquista por la vía de las armas sino en el marco de una profunda democracia como la bolivariana, será él el único llamado a modificar las estructuras del Estado para dar paso a una nueva concepción del mismo, con base en el precepto de la participación y el protagonismo consagrado en nuestra Constitución.

De ahí el estado de shock emocional que padecen los sectores pudientes de la sociedad venezolana desde el domingo 30 de julio. Su nivel de comprensión de la realidad no acepta tanto pueblo como el que ha sido electo Constituyente por la inmensa mayoría del país, involucrado directamente en la creación de un nuevo ordenamiento jurídico.

Esos sectores reaccionarios, erigidos en cultores criollos de la filosofía neoliberal burguesa que crea hoy el hambre y la miseria en el mundo, repudian la recién electa Asamblea Nacional Constituyente porque por primera vez en nuestra historia el parlamento no es una asamblea de oligarcas enzapatados sino una auténtica tribuna de la Patria.

@SoyAranguibel

Resurrección

Por: Alberto Aranguibel B.

En la tradición cristiana, la resurrección aparece como uno de los acontecimientos más controversiales. Justamente el evento que sucede al más minuciosamente detallado del Nuevo Testamento (la pasión de Jesús en la Cruz en el que los hechos se relatan casi minuto a minuto como no sucede con ningún otro relato de la Biblia) pero que sin embargo no le queda claro a ninguno de los teólogos y los científicos que han estudiado el tema desde el origen mismo del cristianismo.

Quienes sostienen la tesis de la reencarnación física de Jesús de Nazaret, se aferran a la hipótesis del Poder de Dios como factor determinante del prodigio que permitió a su Hijo elevarse al cielo unos 40 o 50 días después de crucificado.

Quienes descartan tal posibilidad, argumentan que posiblemente el fenómeno sea solo el resultado de una metáfora referida inicialmente al resurgimiento de la fe entre los judíos años después del padecimiento que condujo a Jesús a la muerte.

Para la iglesia católica, la necesidad de una reencarnación de quien era asumido por sus seguidores como un auténtico mesías, era indispensable para la perpetuación de la fe. De no existir Cristo, su impulsor más poderoso, la extinción del cristianismo sería inexorable. Como inexorable sería la pérdida de credibilidad de los fieles en el Poder de Dios.

En la teología paulina, la resurrección tiene un significado mucho más trascendental y valioso que el del milagro que pudiera representar la vuelta a la vida después de la muerte, atribuyéndole a ese deslumbrante acontecimiento un carácter fundacional. De ahí que Pablo sostenga en sus epístolas: “Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”

De modo que lo más cercano a una coincidencia de puntos de vista entre incrédulos y creyentes de la reencarnación de Jesús, es la posibilidad de que en cualquier caso (verdad o metáfora) tal hipótesis estuviera determinada por la fuerza de la fe antes que por ningún otro factor.

Tal posibilidad es factible cuando se constata la persistencia del ser humano a lo largo de la historia en la creencia en una fuerza superior cuya lógica imprecisa y hasta inexplicable serviría sin embargo para dar coherencia y justificación a todo aquello que le resulta incompresible.

Si algo define el término “religión” es precisamente la capacidad del hombre a través del tiempo para reunir en un esfuerzo común la fuerza de esa fe que le es tan particular como la especie más prominente sobre la tierra. Poderosa no es la iglesia (en términos estrictamente espirituales) sino el ser humano que la integra. La misión de la iglesia es hacerle creer a ese ser humano lo contrario, utilizando la esperanza como instrumento de convicción.

En el venezolano es fácil reconocer ese comportamiento ancestral del hombre en muchos eventos que signan la vida y el quehacer de la gente, que sirven a la vez para explicar muchos de los fenómenos por los que hemos venido atravesando como nación desde la llegada de Hugo Chávez al poder.

Ciertamente nada fue más semejante al anuncio de un mesías que aquel revelador “Por ahora” del 4 de febrero de 1992, que el pueblo entendió en su momento como una auténtica anunciación.

Nada más parecido a la devoción de los humildes por aquel que solo por la fuerza de su palabra consideraban su redentor, que lo que sintieron los venezolanos que en buena hora emprendieron su andar tras aquel Comandante que se se entregó a su pueblo para recorrer junto a él los caminos de la Patria en busca de justicia para los pobres.

Su temprano paso al plano de la eternidad estuvo signado por el dolor más intenso que haya sufrido ese pueblo. Se trataba de la despedida de aquel que vino a salvarle ya no solo en el ámbito de la tierra sino en los espacios más profundos del alma. Lo que partió la historia del país en un antes y un después definitivo.

Fue exactamente de esa particular circunstancia de donde surgió la sensación de desasosiego que embargó al pueblo durante meses y años, en los que la aviesa campaña de infamantes detracciones contra la Revolución Bolivariana, y en particular contra el Presidente Nicolás Maduro, intensificó su ataque para tratar de quebrar la devoción de aquellos que habiendo abrazado la causa que predicó aquel excepcional líder, llegaron a pensar, en medio de la incertidumbre y los agobios de la más cruenta guerra económica que se haya lanzado contra un pueblo, que todo lo que el sueño bolivariano comprendía se había frustrado para siempre.

Nada ha sido más arduo, sin lugar a dudas, para el Presidente Maduro que tratar de convencer a esos millones de venezolanas y venezolanos que el sueño podía continuar bajo el signo del ideario chavista, sorteando los perniciosos efectos de la vorágine neoliberal que la derecha nacional e internacional desató contra la Revolución desde aquel triste momento de la partida del Comandante.

Pero era muy poco el crédito que se le daba a la posibilidad de un gobierno de corte chavista pero con rasgo propio, que respondiera a las particulares exigencias y realidades del tiempo histórico que le correspondía enfrentar. La gente seguía aferrada a la idea de que lo que se estaba haciendo por salvar al país de la arremetida capitalista era solo un acto de compromiso militante en memoria del Comandante, que ya no estaría más entre nosotros sino en el recuerdo amoroso que el pueblo en todo momento le ha profesado.

De ahí los tropiezos y reveses que la Revolución ha tenido a lo largo de todo ese tan complejo periodo de nuestra historia. Como el del 6 de diciembre de 2015, día en que la derecha se hace de un Poder del Estado gracias a la desmovilización de buena parte de la militancia revolucionaria que en aquel momento cayó presa de la desconfianza inoculada por los sectores contrarrevolucionarios.

Se le hizo creer a buena parte de esa población, que gracias al modelo impulsado por el Comandante Chávez fue redimida por primera vez en la historia desde que somos República, que la única opción que quedaba era regresar al modelo de alternabilidad al que apelaba el pueblo en el pasado como único recurso de salvación frente al hambre y la miseria que la democracia representativa generaban inevitablemente.

Hasta que la voracidad y las torpezas de esa derecha atrabiliaria e irresponsable colocó al país frente al espejo del fascismo, y nos tocó experimentar la crudeza y el horror del odio y de la muerte como el escenario de confrontación que esa irracional derecha proponía como única posibilidad de expresión política.

Ahí entonces el pueblo reaccionó con la proverbial sabiduría que lo ha hecho grandioso desde siempre, percatándose del error cometido con la incomprensión del momento y de la realidad por los que atravesábamos.

El sueño debía continuar construyéndose ya no como un homenaje de sentida nostalgia hacia su Comandante, sino como un compromiso impostergable de lucha permanente, tal como se lo había advertido su líder aquella dolorosa noche del 8 de diciembre de 2012, en el más sorprendente paralelismo con la “ultima cena” en la que Jesús bendijo a sus apóstoles a la hora de su despedida.

Había que replantear el dolor que millones sentían por la ausencia física de su redentor, para imprimirle, con el renovado esfuerzo por avanzar hacia el bienestar y el porvenir al cual como revolucionario se había comprometido el pueblo, el carácter de elevación a la gloria imperecedera que le debía más allá del jurado amor eterno.

Dos eventos en especial marcaron esa maravillosa impronta; el ensayo electoral del 16 de julio y la elección de la Asamblea Nacional constituyente el 30 del mismo mes.

La gigantesca y entusiasta movilización de millones de venezolanas y venezolanos a lo largo y ancho del país en dos grandes compromisos con la Revolución, que dieron al traste en menos de quince días con las ínfulas de una derecha embustera y arrogante que se pretendió mayoría durante meses sin siquiera estar cerca de ello, selló el despertar de una poderosa fuerza revolucionaria que hoy retoma su curso de la mano de un líder como Nicolás Maduro que se ha revelado como el gran estadista y estratega político del continente en lo que va de su mandato, en el cual la gente ha encontrado que puede confiar como verdadero hijo de Chávez y como gobernante que sabe exactamente lo que tiene que hacer en una coyuntura tan difícil como la actual.

Atravesando ríos e intrincadas montañas en defensa del sagrado derecho a votar para vivir en paz y con soberanía, ese pueblo que aprendió a amar a Chávez como a ningún otro líder de nuestra historia, lo hizo renacer como inspiración, como guía y como fuerza enaltecedora para avanzar con brío y convicción revolucionaria hacia el futuro y no para quedarse en los himnos y los relatos de su gloriosa gesta emancipadora.

Chávez ha renacido para comenzar a transitar la senda del futuro convertido en millones desde lo más alto.

@SoyAranguibel

 

Tibisay Lucena anunció ganadores sectoriales de la Constituyente

NoticiaAlDía/Caracas.- La presidenta del Consejo Nacional Electoral (CNE), Tibisay Lucena, ofreció la tarde de este martes 1 de agosto, el segundo boletín en relación a los candidatos electos sectoriales por la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), que será instalada en un lapso de 72 horas luego de que sean proclamados todos los constituyentes.

Por el sector campesinos y pescadores:

Braulio Álvarez, Jesús Marcano, José Valero, Rafael Enrique Colmenárez, Emma Ortega, Gerardo Rivas, Blondy Sangronis y Maire Castillo.

Por el sub sector social: Oswaldo Vera, Carlos Sánchez, Octavio Solórzano, Orlando Pérez, Sandino Primera, Rodbexa Poleo, Telémaco Figueroa, Rafael Torrealba, Esther Quiaro, Caridad Laya, Zulay Maestre y Alcides Castillo.

Por los pueblos indígenas de las regiones occidente y sur:

Lucena detalló que por la Región Occidente encabeza la lista Noeli Pocaterra, quien formó parte de la Asamblea Nacional Constituyente en 1999.

Por las personas con discapacidad: 

Emilio Colina Paz, Linda Barbosa, Tirsa Martínez, Ludyt Ramírez Pineda y María Gabriela Vega.

Por el sector empresarial:

Orlando Camacho, Oscar Schemel, Gerson Hernández y Keila. Aún falta un cargo por adjudicar.

Por el sub-sector Administración Pública: 

Frankiln Rondón, Alexis Corredor Pérez, Nicolás Maduro Guerra, Gerdul Gutiérrez Azuaje, Jacobo Torres, Roberto García Messuti, Diva Guzmán, Willian Gil, Euclides Campos, Ricardo Moreno Sosa, Emigdio Iriarte, Luis Enrique Araujo, David Freites Garrido, Elbano Sánchez, Esteban Arvelo Ruiz, Fernando Osuna, y Pedro Arias Palacios.

Por el sub-sector Construcción:

Marco Tulio Díaz, Francisco Javier García, Raúl Ernesto Román y José Orlando Bracca.

Por el  sub-sector Servicios:

Jose David Mora, Mercedes Gutiérrez, Juan Salazar Ágreda, Raúl Ordoñez, José Novoa Jiménez, Ernesto Rodríguez, Luz Chacón Mendoza, Richard Verde Briceño, Wiliams Golindano, Laura Alarcón, Luis Carrero, Nelson Herrera, Fernando De Sousa y Bettsy Rivero.

Por el sub-sector Industria:

Angel Marcano Castillo, José Gregorio Gil, Ernesto Rivero Cañas, Yahirys Rivas, Gleiman Vanegas y Frank Márquez.

Por el sub-sector de Economía Popular / Independientes:

Mario Silva, Gino González, Alexis Tovar, Alberto Aranguibel, Orlando Castillo, María Alejandra Díaz, Carmen Márquez, Sol Mussett, Loa Daniela Rivas Díaz, Emma Cesin Centeno y José Chauran Hernández.

Por el sector trabajadores, sub sector Petróleo y Minería:

Will Rangel y Sandra Nieves.

Para  el sector estudiantes de la educación pública:

Yasnedi Guarnieri, Yzamary Matute, José Parra, Domiciano Graterol , Eduardo Pérez, Heison García , Antonio Galindez, Eirimar Malave, Noel Jover, Joel Cedeño y Merwin Gollarza.

Para  el sector estudiantes de la educación privada:

Taina Gonzalez Rubio, Oliver Guzman Aguirre y Frank Mendez.

Para el sector estudiantes de educación de las misiones:

David Villalobos, Lilibeth Campos, Vanesa Montero, Elvis Mendez, Jordan Pareles , José Pérez, Roberto Naranjo, Carmen Rodríguez, Rusmel Sotillo y Eulices Madriz.

Por el sector pensionados:

Por la región Capital, conformada por los estados Distrito Capital, Vargas y Miranda; fueron adjudicados los constituyente Gladys Requena, Julio Escalona Ojeda, Rafael Argotty, Israel López, Néstor Francia, David Paravisini y Aleydis Manaure.

En la región Central, integrada por los estados Carabobo, Cojedes y Aragua; los electos por el poder popular son: Clenticia Matos, Diogenes Linares, Rafael Rodríguez y María León.

De igual forma, la región Centro-Occidente, conformada por las entidades Lara, Zulia y Yaracuy; será representada en la Asamblea Nacional Constituyente por Blanca Romero, Lilia Marrufo, Ida Elena León, Adán Áñez, Miriam Rodríguez y Luis Soto Rojas.

Por su parte, la región de Guayana, integrada por los estados Bolívar, Amazonas y Delta Amacuro; estará representada por la constituyente Florentina Córdova; mientras que por la región Insular fue adjudicada la ciudadana Macrina Mata.

En la región de Los Llanos, conformada por los estados Apure, Portuguesa y Guárico; los adjudicados fueron los constituyentes Freddy Castro y María Mercedes Martínez.

Asimismo, los representantes de la región Oriental serán los ciudadanos Lenin Oliveros, Hidalme Bastardo y Marelis Pérez.

El pasado domingo, más de ocho millones de venezolanos eligieron a 537 diputados a la ANC, entre ellos los del sector campesinos y pescadores que fueron seleccionados entre 97 candidatos, identificados por nombre y apellido, en circunscripción nacional.

Noticia al Día

Aranguibel con Padilla. “El problema más grave en Venezuela es comunicacional”

En conversación con el periodista Iván Padilla Bravo en el programa Todos Adentro, Alberto Aranguibel reflexiona acerca de la importancia del medio de comunicación en la sociedad actual y el rol que desempeñan las redes sociales en esa nueva realidad mediática que atenta más que ningún otro factor contra la noción de democracia que ha conocido la humanidad hasta ahora.

Asamblea Nacional Constituyente: El ahora o nunca de todo un país

Por: Alberto Aranguibel B.

El deporte es una de las creaciones más inexplicables del ingenio humano. Su origen, que se remonta hasta los tiempos más antiguos de la civilización, tiene su razón de ser en el afán de superación del hombre ya no frente a la adversidad de la naturaleza y del entorno como fue desde siempre, sino frente a sus propios semejantes no por una necesidad de sobrevivencia sino por la satisfacción del triunfo por el triunfo en sí mismo.

La sed de competir es la esencia de una lucha que busca la supremacía del individuo (o del grupo afín) por encima de quienes aspiran exactamente a lo mismo y por las mismas razones o deseos. Es, en definitiva, la búsqueda perpetua de la desigualdad entre los iguales.

Pero, si el evento se libra a partir de la igualdad en las condiciones físicas de los atletas, entonces el triunfo de uno solo de ellos por encima de los demás es en el fondo una severa contradicción en la naturaleza altruista del deporte.

Fue en virtud de esa semejanza de principios y derechos que el deporte les otorga a los individuos y a los grupos de deportistas para diferenciarse del resto en “igualdad de condiciones”, que surgió la inevitable necesidad de regular la competencia y establecer los límites de la misma.

De no ser así, la sed indetenible del hombre por su superación frente al resto de los mortales no se habría expresado jamás a través de una actividad enaltecedora como el deporte, sino mediante las fórmulas de exterminio del prójimo a las que habría apelado para saciar su innata aspiración de supremacía.

En la política, fruto de la aspiración humana por alcanzar el bienestar común surgido de una valoración de derechos que deberían ser iguales para todos, la racionalidad de los pensadores en la búsqueda del perfeccionamiento de la sociedad condujo a una solución de armonización semejante, en la que todos tenían las mismas prerrogativas y deberes a partir de normas y límites perfectamente establecidos. A esa solución, los teóricos la denominaron “democracia”; el poder del pueblo.

En la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela vigente, emanada del voto popular en 1999, un Artículo en particular, el 20, establece perfectamente los alcances y límites para el ejercicio del derecho de cada individuo en la sociedad venezolana. Dicho artículo, segundo del capítulo referido a los Derechos Humanos y Garantías y Deberes, establece con total claridad que “Toda persona tiene derecho al libre desenvolvimiento de su personalidad, sin más límites que las que derivan del derecho de las demás y del orden público y social.”

Quienes quebranten este principio, esencial para el desempeño armónico de toda sociedad democrática, atentan contra su propia vida como ciudadanos, y como seres humanos incluso, porque afectan y enajenan el espacio vital que le es común a todos y cada uno de los integrantes del cuerpo social en su conjunto.

El problema hoy en Venezuela es por qué existe gente que se considera con derecho a quebrantar esa sagrada norma de la convivencia democrática, mucho menos por razones políticas verdaderas que por el simple deseo de hacerse del poder como un trofeo de campeonato.

Para nosotros es perfectamente claro que factores nacionales e internacionales interesados en generar la destrucción del entramado social en nuestro país están detrás de la neurosis que ha llevado a sectores importantes de venezolanos a expresarse mediante la violencia, asaltando el derecho al libre desempeño de los demás y hasta de la vida misma de la gente inocente que no comulga con su forma de entender la política.

Sabemos que mucha de esa gente que hoy es presa del paroxismo inoculado durante años para provocarle la ira que le conduzca a la conflagración contra sus propios compatriotas, lo hace sin ninguna otra razón que no sea el empeño antojadizo de quienes desde las élites todo poderosas del gran capital y de sus partidos políticos entienden el poder como un vulgar botín de guerra y usan a sus seguidores como carne de cañón en tan miserable despropósito.

Haberles hecho llegar a esos venezolanos que se han expresado en contra del proyecto de justicia e igualdad social que hoy impulsa la Revolución Bolivariana al extremo del odio irracional que los puso a enfrentarse incluso entre ellos mismos en la forma brutal en que han terminado haciéndolo en sus propias barricadas de la demencia y la insensatez, que solo son instrumentos de su propio auto secuestro y su auto engaño, no puede ser sino un crimen de indolencia.

Hacerles creer en la la supuesta dignidad patriota que implicaría el sueño de entregarle el país al imperio más genocida y depredador de la historia, colocando como un anhelo maravilloso el estrago que causaría la invasión de nuestro territorio con las tropas sanguinarias de un ejército extranjero, es en definitiva un crimen de indolencia.

A toda esa barbarie había que ponerle coto.

Había que cerrarle el paso al terror en el que las fuerzas oscuras de la intolerancia, la irracionalidad y la anarquía estaban sumiendo al país acabando no solo con la tranquilidad y la vida de venezolanas y venezolanos, sino con nuestra economía, con nuestras posibilidades y oportunidades como nación en el área de la productividad y el crecimiento industrial, en el ámbito del desarrollo humano, social y político.

Era un deber impostergable con el país ir más allá de lo que con tanto esfuerzo, sufrimiento y dolor hemos intentado para superar las diferencias que desataron los demonios del odio y la intemperancia entre nuestro pueblo.

La Constituyente que hoy ha elegido ese pueblo mediante el voto secreto, universal y directo, es el evento que abre la posibilidad cierta de ponerle fin a esa locura sin solución a la que nos llevó una desquiciada e irresponsable dirigencia opositora que no entendió al país ni supo comunicarse con él sino mediante la violencia.

Una dirigencia que no puede seguir secuestrando el deseo de paz de la gran mayoría de sus propios militantes, que saben que solo siguiendo las normas y límites que impone la democracia para asegurar la convivencia armónica de la sociedad es posible reclamar el derecho a ser reconocido, respetado y valorado como ciudadano.

Por eso esta nueva experiencia civilizada y civilizatoria que encarna la Asamblea Nacional Constituyente que hoy entra en funciones no puede ser entendida ni como el fastuoso logro de una poderosa fuerza política como la que definitivamente es el chavismo en el país, ni como el punto de partida de una nueva y demencial arremetida de la oposición para evolucionar su violencia hacia ningún otro nivel en su escalada.

La oportunidad fundamental que abre como escenario provechoso y esperanzador esta ANC, es la posibilidad de hacer una recomposición profunda de nuestro entramado como sociedad para replantear la confrontación política bajo el signo de la sensatez y la racionalidad de los argumentos y las propuestas sustantivas de fondo que sirvan de base a un panorama tangible de prosperidad en el que se estimule el reencuentro entre las venezolanas y venezolanos no en razón de los intereses partidistas sino de una verdadera e inquebrantable unión nacional.

Las venezolanas y los venezolanos tenemos que entender que no quedan ya más escenarios o eventos de aquí en adelante para sellar ese acuerdo común en función de la paz sin claudicaciones o entregas de principios ni para uno ni para otro sector. Si no lo entendemos así, en lo sucesivo vendrán jornadas de enfrentamiento político cada vez más intensas y dolorosas de las cuales no vamos a poder salir sino mediante la inmisericorde crudeza de la guerra entre nosotros mismos. De ello solo sacarán provecho quienes persiguen despojarnos de nuestras riquezas y potencialidades como nación.

No cometamos el error de la arrogancia con la historia. No despreciemos la oportunidad que se nos abre como nación para asumir los exigentes retos del futuro con consciencia, madurez y buen juicio.

Entendamos que quien ganó hoy fue Venezuela.

Que no perdió nadie, que no hubo fraude contra nadie, ni nadie se ha impuesto sobre nadie. Que lo que se impuso fue la lógica del funcionamiento de la sociedad que no hemos debido perder de vista jamás. Que se impuso la democracia, y que si a ella nos atenemos, ganaremos todos porque de nada le sirve a nadie triunfar en la aridez de la postguerra a la que nos enrumban la intolerancia y la anarquía.

Venezuela no puede seguir en guerra hasta que gane el que siempre pierde. Menos aún si el que siempre pierde no da muestras de apego alguno a la regla esencial de toda competencia, como es la de respetar el resultado final de la contienda.

Vamos todos a construir juntos el país que queremos.

@SoyAranguibel     

El miedoso miedo opositor

Por: Alberto Aranguibel B.

Que la realidad es indiscutiblemente más fehaciente que la ficción es una verdad de Perogrullo.

Por eso la fatuidad de la realidad que la oposición venezolana se empeña en hacerle creer al mundo que existiría en el país es precaria, frágil e insostenible. Nada de lo que afirma la oposición perdura, precisamente  porque se sustenta en la falsedad con la que pretende engañar siempre a la gente.

El miedo que le ha sembrado a la gente para hacerle creer que ya el gobierno estaría en sus postrimerías y que la derecha está a pocos pasos de Miraflores, se apoya en la insostenible fábula de su supuesta mayoría, inventada a partir de las delirantes disquisiciones estadísticas que tienen dos años sacando con el circunstancial triunfo en la Asamblea Nacional en 2015, mediante una votación que progresivamente ha ido inflando de manera artificial hasta llevarla a los demenciales millones de los que hoy habla.

Todos en la  oposición sostienen que cuentan con más de un 80% de respaldo como si lo hubieran medido con las computadoras de la Nasa y el Papa en persona lo hubiera certificado.

Con ese cuento, bombardeado persistentemente a la población por los mentirosos medios de comunicación de la derecha, le hicieron creer no solo a los militantes de la oposición, sino a muchos chavistas desprevenidos, que lo de su supuesta mayoría sí era una verdad verdadera. Y a muchos les dio miedo la posibilidad de ir a votar el 30 de julio porque los fascistas, como eran muchos, se lo iban a impedir.

Pero en muy buena hora llegaron juntos el plebiscito majunche de la oposición, al que no asistió ni una milésima parte de la gente que esa derecha farsante decía tener, y el estruendoso triunfo del ensayo electoral que sacó a la calle a millones de chavistas en todo el país, y se les acabó la fábula.

Y se les acabó el miedo a los venezolanos que quieren la paz y la democracia y rechazan el terror que propone la derecha.

Ya nadie, ni siquiera sus propios compañeros de barricadas, le tiene miedo a esos guapetones del teclado.

Por eso el pueblo irá a votar masivamente este domingo con la alegría y el compromiso patrio que caracterizó al venezolano desde siempre.

Mi nombre les aparecerá en el Sector: Trabajadores, Economía Popular / Independientes, Lista 1.

Cuento con su voto.

@SoyAranguibel

Imagen

La Página Alberto Aranguibel Constituyente

(Para visitar la página web de Alberto Aranguibel para la Constituyente, haz “click” sobre la imagen)

¿Qué propongo llevar a la Constituyente?

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de infinidad de encuentros, asambleas, conversatorios y charlas en los que hemos participado a lo largo de toda esta jornada como candidatos a la Asamblea Nacional Constituyente (ubicado en el Sector: Trabajadores, Sub-sector: Economía Popular / Independientes, LISTA 1), una interrogante en particular destaca entre todas aquellas con las cuales la gente nos aborda con la misma preocupación e interés; ¿Cómo puede una Constituyente asegurar el retorno del país a la paz y al bienestar económico que veníamos experimentando gracias a la Revolución Bolivariana?

Hemos sostenido en todos los escenarios en los que hemos reflexionado al respecto, que los problemas por los que hoy atraviesa nuestra economía, y que desataron la furia depredadora de las corrientes más fascistas de la derecha neoliberal en el país, derivan directamente de dos factores; el fallecimiento del Comandante Chávez, que hizo creer a ese sector de la derecha que su hora para la especulación y la usura había llegado; y el triunfo circunstancial de la oposición en la elección de la Asamblea Nacional en 6 de diciembre de 2015, que derivó del daño que le causó a la población esa voracidad desatada por el capital privado.

La idea que tiene hoy un sector importante de la población venezolana de que todo eso ha sido causado por ineficiencia o ineptitud del gobierno del presidente Nicolás Maduro, es consecuencia directa y exclusiva de la manipulación mediática, que como nunca antes en ninguna parte del mundo se ha montado en una guerra sistemática de desinformación y distorsión de la verdad para tratar de acabar con la democracia y abrirle así paso a una derecha fracasada que no logra concitar por sí misma el respaldo popular que se requiere en todo modelo democrático para acceder al poder.

Las venezolanas y los venezolanos sabemos de manera mayoritaria, tal como se demostró fehacientemente en el ensayo electoral del pasado 16 de este mismo mes, que tal versión de los medios de comunicación privados es completamente falsa. Que obedece a la necesidad de los dueños de esas empresas privadas que son los medios radioeléctricos e impresos del país y del mundo, por acabar con la idea de justicia e igualdad social que impulsó el Comandante Chávez con el modelo bolivariano y que hoy continúa batallando por profundizar el presidente Maduro.

Esa falacia contra la Revolución Bolivariana alcanza hoy el escenario internacional haciendo estragos en la imagen impecable de nuestro país como promotor de la paz, el bienestar de los pueblos y el fortalecimiento del derecho a la autodeterminación y a la soberanía, porque es difundida a través de poderosas maquinarias de la información que trabajan a su más perfecto antojo, fundamentalmente porque no están sujetas a ningún control o poder regulatorio de ningún Estado. Salvo en los Estados Unidos de Norteamérica, que es quien controla la línea editorial de todo ese entramado de injerencia e intervencionismo que se expande por el mundo para direccionar sus ataques contra las naciones soberanas del mundo.

Infinidad de trabajos de destacados investigadores de la comunicación, dejan al descubierto el carácter tiránico de esos medios que pretenden dominar a las sociedades a su buen saber y entender, ejerciendo presión sobre ellas de la manera más perversa e impúdica, en donde el periodismo ya es completamente inexistente y termina sustituido por el trabajo de perfectos mercenarios de guerra que se mueven como verdaderos ejércitos de ocupación en todos los rincones del planeta para cumplir su objetivo de rendir los pueblos a los designios del imperio norteamericano.

En nombre del derecho a la información y la libertad de prensa que le han secuestrado a la ciudadanía, los medios atentan contra el derecho a la vida de naciones enteras amparados únicamente en el poder del dinero que les permitió convertirse en propietarios de esas empresas que se erigen cada vez más en rectoras del destino de los pueblos sin haber sido electos de ninguna manera para tal función. Es decir, son instancias eminentemente antidemocráticas que ejercen un rol esencialmente dictatorial sobre la gente esgrimiendo derechos que no les corresponden para sobrepasar sin limitación alguna las barreras de soberanía de las naciones e imponer su verdad mediante la distorsión arbitraria de la realidad.

Ernesto Vera, presidente de Honor de la Federación Latinoamericana de periodistas, lo expuso en forma brillante algunos años, con motivo del Encuentro Latinoamericano versus Terrorismo Mediático realizado en Caracas. “Lo primero de todo –decía entonces Vera- es tener bien claro que no existe otro argumento más válido para proclamar la verdadera libertad de prensa que reconocer, respetar y responder ante el derecho colectivo ¿Es que el dinero con el que el empresario compra los medios lo exime del derecho de la sociedad a ese principio y de ese modo puede privatizar lo que no está ni puede estar en venta? ¿Es que se pueden promover y organizar golpes de Estado contra gobiernos democráticos sin otro riesgo que el del derecho sólo individual de no adquirir la publicación y no ver o escuchar espacios en la radio y la televisión?”

Como comunicador sostengo con la más entera responsabilidad que en una sociedad verdaderamente participativa, como debe serlo la sociedad venezolana, la línea editorial de los medios de comunicación no debe estar en manos de los dueños de los medios sino del Poder Popular, mediante la figura del Consejo Editorial electo popularmente.

Parte importante del proceso de construcción del Poder Popular avanzado hasta ahora por la Revolución Bolivariana, es la ampliación del concepto de “propiedad”, que en el modelo neoliberal capitalista se limita a una sola forma, pero que en nuestra Constitución es elevado a cinco, que incluyen la propiedad privada tal como se concibe en la lógica del libre mercado, así como las propiedades mixta, social, comunal y el Estado.

Una revolución que persiga transformar a fondo el Estado para garantizar el establecimiento de la justicia y la igualdad social, debe avanzar en la creación de nuevas formas de propiedad sobre aquellos medios, como los de comunicación, que influyan de manera determinante en la vida de la nación. Así lo pensó Chávez y así debe ser.

El antiguo criterio del aseguramiento de la propiedad social sobre el espectro radioeléctrico a través de la figura de la concesión, es definitivamente caduco e inoperante frente al peso tan determinante que ejerce hoy esa poderosa instancia que son los medios de comunicación sobre la sociedad, cuyo rol actual no tiene en lo absoluto nada que ver con el carácter informativo y de entretenimiento para el cual fue concebido.

Así como la soberanía debe ser ejercida sobre los recursos naturales renovables y no renovables, como el petróleo, el hierro, la bauxita y los demás minerales, así como sobre las empresas básicas, como las del aluminio, las estratégicas como las de telefonía, etc., sin que ello signifique eliminación del espacio que le corresponde al capital privado, también debe entenderse hoy como un área altamente sensible el ámbito del medio de comunicación.

La única manera de alcanzar la paz en la Venezuela de hoy es mediante la recuperación de la sindéresis de la población que hoy ha estallado como producto de una guerra inclemente que ha promovido su neurotización y su irracionalidad hasta llevarla al extremo de la violencia terrorista más desalmada y sanguinaria.

Solo así, podrá encontrarse a sí misma la Venezuela productiva y trabajadora, bajo un mismo propósito de proyecto nacional sin sectarismos y sin intolerancia, para abocarse a la recuperación definitiva de la senda de bienestar que le proporcionó a todas y todos las venezolanas y venezolanos la Revolución Bolivariana, y que en mala hora vino a detenerse por el afán usurero y especulador de unos pocos, aunados a aquellos que fueron presa de las campañas de infamia, difamación y mentiras que vertieron sobre la población los medios de comunicación privados que han jugado desde siempre a la desestabilización y al estallido social.

Existe una infinidad de experiencias y fórmulas de cogestión que deben explorarse para avanzar hacia ese esperanzador modelo de comunicación social basado en la elección popular democrática, participativa y protagónica, para que la verdad verdadera, si cabe la expresión, salga a relucir por fin como herramienta que inspire y asegure la construcción de la paz y la prosperidad común de las venezolanas y los venezolanos.

Las juntas directivas de los medios de comunicación deben ser electas popularmente. Así lo propondré en la Asamblea Nacional Constituyente que vamos todas y todos a elegir la próxima semana.

@SoyAranguibel  

MUD: La quimera del triunfo

Por: Alberto Aranguibel B.

Fracaso tras fracaso, la MUD reincide terca y persistentemente en tropezar de nuevo con la misma piedra, sin que ninguno de sus integrantes les alerte acerca del desatino de aplicar siempre la misma errada lógica de negarse a prevenir la derrota. Su visión es la de una clase prepotente y arrogante que a través del tiempo ha aprendido a regocijarse cada vez más en la insustancial idea de la supremacía que le es tan propia.

Todos, absolutamente todos los opositores, son víctimas del mismo síndrome de Disneylandia, que les hace creer con la mayor pasión que en cada nueva actuación del antichavismo hay una inevitable inminencia de triunfo total y definitivo de quienes han fracasado siempre, precisamente por su empeño en aferrarse obcecadamente al mismo esquema de la ilusión sin sustentabilidad. Exactamente el mismo formato de las comiquitas, donde las soluciones están determinadas más por la magia del deseo que por la certeza ineluctable de la realidad.

La burguesía (y los igualados de la clase media que se asumen como burguesía) no ansía la riqueza para realizar el disfrute del confort al que su doctrina la obliga. Bajo su filosofía, la acumulación de riqueza en pocas manos no está determinada por postulado ideológico alguno, sino que emana de su impostergable necesidad de utilizar el poder del dinero para mantenerse por encima de los demás.

La guerra que esa burguesía ha desatado contra la economía y la democracia venezolana es el escenario perfecto para quienes asumen la ilusión como la fórmula liberadora de las fuerzas telúricas que logren por fin el ansiado reacomodo del orden universal, tal como ellos lo conciben.

A diferencia de sus incontables fracasos anteriores contra el chavismo (en los que llegaron a prometer hasta “hallacas sin Chávez” y decenas de “marchas sin retornos” y “últimas trancas” de manera interminable desde hace casi veinte años) el de esta oportunidad está determinado por un condicionante particular; la arrechera. Aquella de la cual sus líderes dijeron que sería el acicate absoluto e indispensable para desatar la furia incontenible de la supremacía de clase por la que tanto han luchado sin resultado alguno.

No solo en boca de su líder más prominente, sino en cientos de miles de pancartas, carteles, avisos, y millones de mensajes por las redes sociales, insistieron con la más frenética terquedad en la urgencia de activarse todos usando la fuerza desencadenante de la ira como detonante de su redención como clase pudiente del país.

Hoy, cuando en verdad puede decirse que están bien arrechos, los signos de esquizofrenia delirante son más que evidentes entre los opositores. Con lo cual se infiere que en algún momento de ese largo trayecto de penurias debe haberse producido el fenómeno de la sobredosis en la inoculación del odio que desde hace tanto practican entre los suyos.

El problema con ellos no es ideológico, pues, sino neurológico.

Linchar venezolanos en la vía pública, incinerar con gasolina todo aquel moreno que les parezca chavista, degollar indiscriminadamente a quien tenga la mala suerte de pasar frente a una guaya invisible colocada por ellos, hacer saltar por los aires heridos de gravedad a funcionarios que son atacados con explosivos detonados a control remoto, incendiar centros materno infantiles llenos de pacientes y personal médico, matar en turba a batazos a un individuo desarmado y maniatado como a tantos les han hecho en esta ola de demencial criminalidad que ellos insisten en denominar “protestas pacíficas” para esconder su cobardía y su miseria humana, no es un planteamiento político sino una aberración que solo puede derivar de la insania mental crónica y en grado definitivamente terminal.

Sin embargo, para ellos no se trata de una cadena de aberraciones criminales sino del anuncio del triunfo tan añorado y tan largamente postergado por el que tanto han luchado.

En su perspectiva cada muerto es un avance. Cada pierna o brazo desgarrado por la acción del terrorismo que han desatado hasta contra su propia gente, es un nuevo anuncio de la cercanía de la meta anhelada. Cada explosión, cada destrucción de un bien público o privado, es la buena nueva de la asunción al poder.

En Colombia, sin ir muy lejos, las FARC mantuvieron el más cerrado combate contra el ejército de esa nación por más de medio siglo. Más de veintidós mil hombres y mujeres organizados y entrenados, en pie de guerra y armados hasta los dientes con el poderoso armamento del que disponían (y del cual seguramente todavía disponen), jamás pudieron hacerle ni mella a la estructura militar colombiana, ni mucho menos derrocar a ninguno de los trece gobiernos de derecha que se sucedieron mientras duró la insurrección. Más de doscientos veinte mil muertos le costó a Colombia esa guerra.

Quien en las filas opositoras pueda estar pensando que asesinando Guardias Nacionales o incendiando establecimientos públicos con cuarenta o cincuenta terroristas en uno que otro de sus municipios puedan llegar a derrocar un gobierno cuya mayor fortaleza es la férrea cohesión cívico-militar que lo sustenta, es definitivamente un deschavetado de cerebro carcomido por su deliro de supremacía.

Estupidez que se agiganta con la concepción de democracia que han terminado por asumir como su propuesta más consistente al país. La de llevar a prisión a todo aquel chavista que no logren exterminar físicamente en el supuesto negado de llegar a poder, siempre en nombre de la libertad y de la lucha por los derechos humanos que dicen defender.

De ahí que una organización que durante más de quince años se ha presentado como defensora de los derechos humanos, la ONG Provea, sea la primera en amenazar hoy con la más brutal persecución a los trabajadores de la Administración Pública que voten en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente prevista para el 30 de julio, en el quimérico caso de ser la derecha gobierno en el país.

Ni siquiera Hitler, Franco, Mussolini o Pinochet, se dirigieron a la opinión pública en el tono amenazador de muerte y persecución con el que la derecha venezolana, absolutamente todos los líderes y militantes de la oposición, se refieren hoy a lo que harían ellos con el chavismo. Ninguno llegó a abrazarse públicamente con los terroristas a quienes les ordenaban los exterminios en masa que cada uno de ellos perpetró contra su propio pueblo, como lo hacen aquí frente a las cámaras los líderes de Voluntad Popular y Primero Justicia.

“La mejor noticia de esta mañana –bufa un opositor en su cuenta tuiter- logramos que le cerraran la cuenta a Winston Vallenilla”, celebrando el brutal ataque a la libertad de expresión que esa arbitraria medida del gigante de las redes sociales comprende.

Todo ello en función de la misma demencial noción de democracia que supone que no habrá libertad en el país hasta tanto no lleguen al poder los que jamás logran reunir una mayoría verificable en los votos. Algo así como un torneo interminable donde el juego no se acaba hasta que no gane el que siempre pierde.

La manera más acabada de llevar a cabo ese siniestro plan de persecución y exterminio de millones de venezolanos, es la de convertir su lucha en una recreación exacta del mito de los dioses contemporáneos que representan las figuras de los héroes de las tiras cómicas que han alimentado el pueril imaginario de la clase con mayor poder adquisitivo en la sociedad, para que no exista posibilidad alguna de verse confundidos con el pueblo. Disfrazarse de superhéroe no es nada más una ridícula forma de lucha, sino una patética y decadente manera de establecer distancia con el populacho al que engañan y aborrecen.

Se les ha metido en la cabeza (o en lo que pueda quedarles de ella) que a medida que transcurran más días de muerte, destrucción y terrorismo en los dos o tres rincones de sus muy pocos municipios guarimberos, más cercana estará su posibilidad de triunfo.

¿Qué clase de triunfo puede ser para una oposición que después de cien días intentando derrocar a un gobierno, los ministerios, la banca, los comercios, las empresas, las escuelas y universidades, el transporte, los servicios públicos, los restaurantes, las clínicas, los medios de comunicación y los cines sigan funcionando con entera normalidad y el Presidente siga siendo el mismo?

Solo los imbéciles acostumbrados a ver la vida como una tira cómica, no entenderán jamás que ahí lo que hay son más de cien días de costosos fracasos continuados.

@SoyAranguibel