El viejo y descabellado mito del zamuro que cuida carne

Por: Alberto Aranguibel B.

“Una cosa es dar agua y otra es pedirla”
Aristóbulo Isturiz

Warren Buffet es un decrépito multimillonario norteamericano que lo único que ha hecho en su vida desde que era muchachito es acumular dinero gracias a su proverbial destreza para la especulación en el mercado bursátil.

La leyenda de los Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” tiene su origen en la ancestral cultura de la especulación y la explotación del hombre que en ese país en particular se ha instaurado como base fundamental del modelo económico. En la lógica de la especulación no existen la figura del sacrificio ni del apego al trabajo como factores determinantes, sino la astucia y la capacidad para conseguir que otros trabajen para ti al menor costo.

Esa excepcional capacidad para tener mucho sin hacer nada, explica la fascinación que despiertan los ricos entre la gente común. La idea de que para hacer plata lo que se necesita es solo un poco de buena disposición y olvidarse, eso sí, de los problemas de los demás.

Por eso para el promedio de la gente en los Estados Unidos resulta absurdo pretender hacerse rico pensando en el bienestar colectivo. La acumulación de la riqueza es imposible si el dinero se distribuye en muchas manos, de modo que la sola idea del “bien común” termina siendo una abominación a toda costa inaceptable para el capitalismo.

Por eso los rasgos que más definen al capitalista son por lo general la avaricia y la mezquindad. Rasgos invariables de una naturaleza perversa que el capitalismo esconde tras la fingida nobleza de la competitividad empresarial. Una nobleza pensada meticulosamente para maquillar de benevolencia el carácter depredador del capitalismo.

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Por eso Buffet, quien encabeza desde hace un cuarto de siglo junto con su amigo Bill Gates la lista de los hombres más ricos del planeta, anunció que donaría toda su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates, dejando claro ante el mundo que lo más importante para un buen millonario es procurar que el dinero quede siempre en manos de los ricos y jamás en manos de los pobres. Para él es evidente que alterar esa ecuación significaría el derribamiento del capitalismo.

Por eso el norteamericano no ha elegido nunca a un mandatario por su condición de millonario.

A Donald Trump acaban de elegirlo no por magnate sino porque prometió desterrar a los inmigrantes y fortificar las fronteras nacionales. En esa elección prevaleció el terror del norteamericano a la posibilidad de ser atacado por fuerzas extranjeras infiltradas en el país o a quedarse sin trabajo con su sola llegada. Una vez más se les vendió que la pobreza es culpa de los pobres.

El error de creer en el mito del empresario que salvará al país, lo cometen desde siempre los latinoamericanos. Y eso tiene su explicación.

En primer lugar que los latinoamericanos fueron despojados desde hace siglos de su vocación colectivista originaria. Una concepción diametralmente opuesta a la visión imperialista del progreso, en la que el esfuerzo se centraba en la construcción colectiva del bienestar para todos, y que le fue arrebatada con la imposición a sangre y fuego del mesianismo redentor que prometía la religión cristiana, lo que terminó propiciando la dependencia del sueño de la salvación asociada siempre a un caudillo y no a un proyecto de país o a un modelo de sociedad.

Luego, porque la creencia sembrada desde entonces en nuestros pueblos es que el millonario vendría a ser una suerte de genio prodigioso que dominaría como nadie las inescrutables artes de la superación de la pobreza.

Si algo ha logrado el imperio a través de la historia, es convencer a la gente de que su poderío se debe a la gestión de una clase empresarial multimillonaria que habría levantado a esa nación desde sus cimientos a punta de la más estricta disciplina y sumisión al modelo capitalista y no al saqueo a las economías emergentes del mundo.

Por creer en ese mito del millonario redentor muchos han sido los fracasos de los pueblos latinoamericanos. Pablo Kuczynski, el actual presidente del Perú, es solo uno de los más recientes. Hoy la misma sociedad que lo eligió hace un año, le pide la renuncia para iniciarle un juicio por corrupción.

Michel Themer, en Brasil, y Mauricio Macri, en Argentina, completan el desolador panorama del nuevo liberalismo en el Continente, precedidos por los presidentes mexicanos (y uno que otro centroamericano y suramericano) del último cuarto del siglo XX. Todos, sin excepción, amasaron grandes fortunas a costa del sufrimiento de sus pueblos.

En Venezuela, incluido el proverbial fenómeno de la fugacidad dictatorial de Pedro Carmona Estanga en 2002, fueron muchos los casos de los multimillonarios que se asomaban al poder para hacerse cada vez más ricos a la vez que hacían al pueblo cada vez más pobre. Pedro Tinoco, quien fuera en varias oportunidades Ministro de Finanzas y Presidente del Banco Central durante los gobierno del Pacto de Punto Fijo, fue uno. Eugenio Mendoza Goiticoa y Lorenzo Mendoza Fleury, los más avezados aprovechadores con los que en mala hora ha contado la República.

Lorenzo Mendoza Giménez, sobrino nieto y nieto de estos últimos, y dueño de una de las fortunas mas grandes del Continente, es el depositario y máximo exponente criollo de esa cultura del enriquecimiento empresarial basado en la destreza para exprimir al Estado y hacer cada vez más dinero sin matarse mucho. Igual que Warren Buffet, que todos sus ancestros, y que todos los demás multimillonarios del mundo y de la historia, Lorenzo Mendoza Giménez es considerado por mucha gente como un ejemplo de capacidad y tenacidad gerencial en virtud de la inmensa cuantía de su fortuna personal.

Pero Lorenzo no es sino un pobre multimillonario que lo único que tiene es dinero. A lo largo de la peor crisis económica en la historia del país, y en medio del padecimiento más severo del pueblo por la falta de los alimentos que su empresa debiera producir, no ha habido manera de que explique cómo es que mientras el sufrimiento de la gente crece cada vez más buscando la comida que él dice no estar en capacidad de proveerle al mercado venezolano por las supuestas limitaciones económicas que afectarían hoy a sus empresas, su aventajada posición en el ranking de los más acaudalados magnates del mundo crece en la misma proporción.

Pues, por exactamente la misma razón por la que Warren Buffet es uno de los hombres más ricos de la tierra; porque si pensara en el pueblo no sería multimillonario.

De ahí que cuando un millonario asume las riendas del Estado, su trabajo no es nunca a favor de la gente sino todo lo contrario. Porque ni su mente ni su capacidad están entrenadas para la gerencia de procesos diversos y complejos como los que demanda la administración pública. Y mucho menos para la atención a aquellos a quienes el capitalismo ve como vulgares herramientas de producción, que valdrán siempre solo de acuerdo a su capacidad de producir riqueza y no en función de su derecho a la vida.

El capitalismo ordena que el ser humano debe ser expoliado en nombre de las fortunas que necesitan incrementar los ricos. Es lo que sostiene orgullosa de su condición neoliberal Christine Lagard, Presidenta del Fondo Monetario Internacional del cual Lorenzo Mendoza es fervoroso incondicional, cuando exige a los gobiernos del mundo “que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.

La fábula del rico que trabaja para el pueblo conduce exactamente al mismo desengaño del iluso que pone zamuro a cuidar carne. Ese error ya lo cometió el pueblo venezolano en 2015, cuando permitió que la derecha neoliberal se hiciera con el poder legislativo creyendo que por tratarse del sector político de los empresarios las cosas se reencausarían por la senda del bienestar económico que el país logró en toda su historia solamente a lo largo de la Revolución Bolivariana.

Ahí está Chile, a punto de cometer de nuevo el mismo error con Sebastián Piñera. Ahí están, como hemos dicho, las impopulares gestiones de Themer en Brasil, de Macri en Argentina y de Kucshinsky en el Perú.

Ya llega el 2018. Un año en el que estas reflexiones tendremos que hacerlas como pueblo con la mayor madurez y el más profundo compromiso revolucionario. Sin apasionamientos bastardos ni mediciones estúpidas, sino con un alto sentido patriótico y bolivariano de la unidad popular. Tal como la pidió Chávez.

@SoyAranguibel

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Los triunfos del bochorno

Por Alberto Aranguibel B.

Nunca antes hubo en el país una clase política tan engreída y arrogante como la actual oposición venezolana. El odio que les brota hasta por los poros contra el pueblo chavista es producto no de la intensidad de su convicción política, sino de la prepotencia.

Sentirse superados por los pata en el suelo, los marginales, los del barrio, es para ellos una frustración tan vergonzosa e inaceptable desde todo punto de vista, que el odio termina resultándoles un recurso de piadosa sanación.

Hace poco supe de una señorona de la más alta alcurnia en El Hatillo que prefería botar la comida que estaba por vencérsele en la alacena antes que dársela a la gente pobre, porque ella no iba a “premiar a esos miserables que votaban por el chavismo en cuanta elección había”.

En esos municipios, como El Hatillo, Chacao y Baruta, los escuálidos se creen “dueños y señores de la comarca”, como lo eran sus antepasados en la colonia. Las ínfulas de terratenientes con la que se comportan en cualquier panadería en esos municipios despotricando a voz en cuello contra el gobierno, da hasta risa las más de las veces. Sobre todo cuando se les ve actuando como corderitos asustados apenas pisan territorio chavista en cualquier otra parte del país, donde hasta los buenos días le dan a la gente con la mayor amabilidad.

Por eso el triunfo de los candidatos de la derecha en El Hatillo, Chacao y Baruta, donde se supone que debían arrasar como la más descomunal aplanadora y dejar pulverizados a los candidatos revolucionarios, no puede ser sino vergonzoso.

Creer que triunfaron en esos municipios cuando los chavistas les pisaron los talones con la tan significativa votación obtenida por la revolución en cada una de esas circunscripciones electorales, es penoso.

Que figuras prominentes de esa derecha recalcitrante que ha hecho trabajo político desde hace décadas (donde hay personajes que se han postulado para el mismo cargo hasta tres y cuatro veces en los últimos quince años, y donde se presentaron hasta destacados artistas cómicos de la televisión opositora) hayan sido superados por los chavistas con votaciones que en algunos casos llegó a triplicar la de esas grandes figuras de la derecha, escandaliza.

Como dijera (con mejores palabras) el Comandante: “Midan bien sus pírricos triunfos”.

@SoyAranguibel

¿Quiénes votaron el 10D en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

(publicado el lunes 11 de diciembre de 2017)

Desde siempre resultó chocante la impostura de esos entrevistadores de televisión que de buenas a primeras se erigen en voceros de la gente sin que nadie les haya facultado para tal cosa, interpelando al entrevistado con aquello de “La gente opina que…”, “La gente no está de acuerdo con…”, “La gente reclama que…”.

Lo primero que se le viene a uno a la mente es ¿De dónde sacó tamañas conclusiones ese periodista, que ni un modesto sondeo público tiene en la mano para apoyar lo que dice?

Por lo general no requieren de ninguna encuesta, sino que apelan, cuando mucho, al titular más destacado del día en la prensa nacional, que es a la vez colocado como noticia más importante por jefes de redacción que presumen, siempre a su muy buen saber y entender, lo que según ellos vendría a ser la opinión del total de la sociedad. Más aun si su presunción se parece al pensamiento de los dueños del medio de comunicación donde trabajan.

Lo cierto es que así opera la lógica comunicacional en la actualidad. La gente de la calle, que ha visto todos esos noticieros y programas de opinión durante el día, termina al final de la jornada convencida de que lo que ella piensa no es lo que ella piensa en realidad sino lo que dicen los medios que ella piensa. Aún cuando entre un punto de vista y el otro (el de la gente y el del medio de comunicación) no exista compatibilidad o coherencia alguna.

En virtud de la inevitable orfandad en la que se encuentra el individuo común para verificar si lo que afirma el medio de comunicación es cierto o no, termina por aceptar como verdadera la especie que le están presentando, precisamente porque su fuente de información no le ha dado jamás razón alguna (alternativas u opciones diferentes) para sospechar que pudiera haber alguna otra posibilidad diferente a lo que esos medios le dicen.

Es lo que se conoce en la ciencia contemporánea de la comunicación de masas como “generación de matrices de opinión”.

Un fenómeno que impacta a diario al ciudadano común (la mayoría de las veces sin percatarse) hasta en los eventos más insignificantes. Cada vez es mayor la cantidad de gente que relata la disonancia que ha encontrado en más de una ocasión entre lo que reporta, por ejemplo, el boletín del tráfico en la radio sobre una “inmensa tranca” en alguna vía y lo tranquilo que esa persona iba transitando en ese momento por esa misma ruta sin ningún problema.

Probablemente es mucha la gente que eventualmente se percata de que lo que le dice el medio de comunicación no tiene nada que ver con la realidad. Probablemente es poca. Pero no se sabrá nunca con exactitud hasta tanto no se acuda a un proceso de consulta apoyado en un sistema avanzado, trasparente, inviolable, y perfectamente auditable, que permita lograr un mínimo de confiabilidad entre la población para asegurar que todos tengan la misma oportunidad de expresarse y que puedan hacerlo sin la intermediación de voceros de ningún tipo que puedan alterar o poner en riesgo la verdadera intención o sentido de la opinión del individuo.

El único método hasta ahora alcanzado para lograr tal nivel de perfección en el levantamiento de la opinión pública de manera confiable, es la elección mediante el voto secreto, universal y directo. El evento electoral es, por esa razón, el gran acuerdo de las sociedades civilizadas para asegurar la convivencia pacífica. Ninguna encuesta, sondeo, boletín de prensa o programa de opinión, puede sustituir tal proceso. Si pudieran hacerlo, no existirían las elecciones. Y con toda seguridad, la democracia tampoco.

En Venezuela, a lo lago del proceso revolucionario emprendido por el Comandante Hugo Chávez en 1999, se ha producido la consulta popular más profunda y permanente que se haya visto en el mundo entero, a través de la mayor cantidad de convocatorias a eventos eleccionarios que país alguno haya llevado a cabo en un mismo periodo.

La población venezolana se ha habituado de tal manera a la elección de los cargos públicos que ya las campañas para explicarle al elector la forma de votar son casi innecesarias.

La abstención, que sigue siendo en el país (como en la mayoría de los países democráticos del mundo) un factor importante a superar, más aún de cara al reto que plantea la construcción del modelo de democracia participativa y protagónica que consagra nuestra Carta Magna, no opaca sin embargo el inmenso logro de la sociedad venezolana en la consolidación de una cultura electoral basada en la gran madurez y conciencia política adquirida a lo largo de este periodo por el venezolano.

Esa cultura, que mantiene movilizado al pueblo en las calles de manera casi permanente en función de sus ideas políticas, es la que le imprime mayor valor al proceso de transformación social que, a pesar de los tropiezos y las profundas dificultades económicas, experimenta Venezuela, muy por encima de lo que se ve hoy en términos de movilización social cualquier otra sociedad en el planeta.

Esa movilización popular que se expresa en las asambleas en el barrio, en las fábricas, en los liceos y universidades, en los espacios de la cultura, de las Misiones, y fundamentalmente en las concentraciones políticas, es la que la mediática de la derecha ha querido invisibilizar o distorsionar persistentemente, para hacer ver al pueblo como una masa reducida, informe y desalentada, a la vez que presenta a los sectores de la derecha como “la multitud mayoritaria” que clama por una libertad que supuestamente habría cercenado un régimen despiadado y tiránico que en nada se parece y nada tiene que ver con la realidad del país.

Por esa razón de la distorsión de la realidad en la que ha persistido el medio de comunicación privado para tratar de imponer como verdadera una realidad inexistente, aunada por supuesto a la proverbial ineptitud e incompetencia de la derecha venezolana, es que la oposición terminó convertida en el estercolero que es hoy en día.

Han destruido con su empeño en el falseamiento de la realidad la poca credibilidad que en algún momento pudieron haber alcanzado, incluso entre su propia gente, porque en medio de su arrogancia llegaron a creer que el venezolano es en verdad el incauto y neófito apolítico que dibujó desde siempre la mediocre caricatura mediática.

El evento electoral del 10D, como todos los anteriores, sirvió para constatar una vez más que la realidad no es lo que afirman antojadizamente los medios de la derecha sino lo que evidencia la movilización verdaderamente mayoritaria de un pueblo en la calle, que le dice con total dignidad al imperio norteamericano y al mundo entero que no habrá guerra económica ni saboteo interno de la derecha en los organismos del Estado que fracture el apego de los venezolanos a su democracia.

Que le explica a los fascistas que promueven la violencia la para ellos incompresible circunstancia del fervor democrático, aún en medio de la peor crisis económica, de imposibilidad de acceder a los productos de primera necesidad, de la más severa falta de medicinas por la que haya atravesado jamás nuestro pueblo.

El 10D, en todo caso, quien votó fue el pueblo. No fueron ni los líderes de la derecha atorrante que siempre canta fraude, ni los medios de comunicación a su servicio.

A ese pueblo, chavista o no, es al que debe respetársele su decisión cualquiera que ésta haya sido, en la dependencia que haya sido. Un respeto que debe ser acatado no solo por los chavistas o por la oposición, sino por todos. En especial los medios de comunicación, tal como lo ordena la doctrina universal de la democracia.

Es la democracia verdadera en la que nos educó el Comandante Chávez y que hoy, gracias a la Revolución Bolivariana, le sirve por igual a todas y a todos los venezolanos sin excepción que siguen y seguirán optado cada vez más por la paz y por la vida.

Como lo hicieron ayer.

@SoyAranguibel

El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

La importancia de un “mazo” en una revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Pasarán más de mil años, muchos más (como acotaba el bolero), y los estudiosos  del tema político no encontrarán todavía explicaciones lógicas al descalabro de la oposición venezolana, cuyo fracaso no se circunscribe únicamente a la sustancial caída en el respaldo entre su propia militancia, sino al desmantelamiento de ese entente contrarrevolucionario producto de las diferencias y desacuerdos irreconciliables entre sus integrantes, que dilapidaron de la manera más irresponsable el más cuantioso apoyo económico del que haya dispuesto fuerza política alguna en la historia venezolana, y el más amplio respaldo por parte del imperio norteamericano, de toda su maquinaria de desestabilización económica y política, así como de la más poderosa red de corporaciones mediáticas nacionales y transnacionales al servicio del gran capital.

Yon Goicoechea, precursor insigne del modelo incendiario de esa derecha neofascista que sustituyó el uso de las ideas en el debate político venezolano con la violencia y el odio descarnado hacia el prójimo, interviene esta semana en la diatriba opositora con un argumento que se suma a la infinidad de declaraciones de dirigentes opositores en ese mismo sentido, en el que sostiene que “La MUD explotó por falta de coherencia política”. Viniendo de él, que sabe de bombas y de explosivos porque es su especialidad, la afirmación es, en este caso, toda una revelación.

Ya hace algunos años, Felipe Mujica, Secretario General del partido Movimiento al Socialismo (MAS), anunciaba al país la decisión de su agrupación política de separarse de la mal llamada “mesa unitaria”, en razón de haberse reducido ese proyecto a una simple concertación de naturaleza eminentemente electorera, sin ninguna clase de contenido programático para el país.

De ahí en adelante, la pugnacidad entre la dirigencia opositora ha sido una constante de acusaciones mutuas, relegada siempre a un segundo plano por los medios de comunicación privados para privilegiar en sus titulares aquellas noticias contra el gobierno basadas en los códigos de la manipulación, la calumnia y la mentira contra el proceso revolucionario, que pudieran fomentar cada vez con mayor fuerza el odio hacia el chavismo en el que todos los opositores coincidían sin el menor problema.

El odio, que fue la única propuesta discursiva de la oposición a lo largo de más de tres lustros, terminó revirtiéndose contra su dirigencia cuando su propia militancia comprendió que detrás de ese discurso lo único que había eran la falsedad y los intereses mezquinos e individuales de cada uno de ellos, que no tenían nada que ver con ideas de libertad o de emancipación que proclamaban, orientadas más bien a la entrega de nuestra soberanía a cambio de unos cuantos puñados de dólares de los que solo se beneficiarían esos impostores, a costa de la muerte injusta e innecesaria de venezolanas y venezolanos en las cuales esa dirigencia opositora ha estado innegablemente comprometida.

Pero, ¿descubrió esa militancia todo eso ella sola?

Vislumbraba Chávez la imperiosa necesidad de avanzar hacia un nuevo modelo comunicacional, basado en un nuevo constructo ideológico, una nueva forma narrativa, una nueva semántica y unos códigos que no reprodujeran (como muchas veces hacemos en la Revolución) las anquilosadas formas de la comunicación burguesa que el capitalismo ideó para reforzar los valores de la alienación y el consumismo.

En todos aquellos países en los que la derecha ha retomado el poder después de la instauración de las fuerzas populares al frente del gobierno, ya fuese mediante el uso de las armas, como en Irak, Libia, Ucrania, o por la vía de los llamados “golpes institucionales”, como en la Honduras de Zelaya, el Paraguay de Lugo o el Brasil de Dilma, e incluso a través de procesos electorales, como en la Argentina de los Kirchner, la reversión estuvo siempre marcada por el peso del medio de comunicación privado en la opinión pública.

Las atrocidades, las mentiras, las calumnias usadas por esos medios de comunicación al servicio de esos intereses mezquinos de la derecha, seguramente no tuvieron en ninguno de esos países instrumentos de contraataque que desmontaran eficazmente las falsedades que esas campañas de infamias urdían de manera sistemática contra las propuestas progresistas y los movimientos sociales.

“Con el Mazo Dando” es en la Revolución Bolivariana un avance indiscutible en la búsqueda de esa comunicación necesaria de la que habla el Comandante Chávez, por varias razones.

A diferencia de la mayoría de los programas de opinión, el que conduce Diosdado Cabello reúne una serie de particularidades que explican la elevada audiencia que ha alcanzado en tan corto tiempo, tratándose, como se trata, de un programa dedicado exclusivamente al tratamiento del tema político.

En primer lugar porque es un espacio conducido no por un intermediador del mensaje sino por un líder fundamental del proceso, Primer Vicepresidente del partido de gobierno, que tuvo la fortuna de haber sido formado directamente por el Comandante Chávez y que tiene sobre sus hombros, junto a los del Presidente Nicolás Maduro y al conjunto de la dirigencia revolucionaria, la inmensa responsabilidad de la conducción de la revolución. La credibilidad de su razonamiento político es pues un activo de muy alto valor en esa propuesta televisiva.

Luego, porque a lo largo del programa se combinan en un muy cuidado balance las distintas secciones que lo conforman, empezando con la palabra orientadora del líder fundador del proceso, el Comandante Chávez, referida siempre a la coyuntura del momento. Más adelante la exhaustiva revisión de los titulares de la semana. Y finalmente, el desmontaje meticuloso y concienzudo de las torpezas y las perversiones de una oposición que (gracias a ese programa) queda semana tras semana al descubierto ante el país como la inepta y falsaria dirigencia política que es en realidad.

Tal como lo quiso desde siempre en su intento de acallar la difusión mediática de la palabra del Comandante Chávez con su recurrente denuncia contra las “cadenas presidenciales” (que en nuestro país le corresponden al Jefe del Estado de acuerdo a la Ley de Responsabilidad en Radio y Televisión) la oposición venezolana ha intentado infructuosamente hacer callar a como dé lugar la voz del pueblo que expresa semanalmente “Con el Mazo Dando”.

Se le odia desde la derecha (como odian todos los demás programas revolucionarios orientados al desmontaje de la mentira tras la cual la oposición esconde su ineptitud y su vileza), pero también se le teme, principalmente por la fuerza de convencimiento que tienen entre la población las evidencias documentadas que su conductor presenta en el programa semana a semana. Precisamente una de sus más sólidas virtudes es que ninguna de las denuncias hechas en “Con el Mazo Dando” ha sido jamás desmentida por ninguno de los señalados.

Ciertamente la Revolución Bolivariana no se sostiene por la naturaleza irrefutable de las verdades que un programa de televisión pueda decir, sino por los logros que en hechos concretos pueda haber alcanzado en inclusión social, en igualdad y justicia, en aseguramiento de un mejor nivel de vida para la población y en el ofrecimiento de una perspectiva de bienestar y progreso cada vez más cierta para todas y todos los venezolanos, en la medida de su capacidad para enfrentar y superar los embates del capitalismo y los obstáculos que oponen la ineficiencia, la corrupción y el burocratismo en el arduo camino hacia el socialismo.

Así como tampoco es mentira que el estruendoso estallido de la oposición se debe en primer lugar a sus inconsistencias, a su persistencia en la contradicción, a su desatino en la política y a su proverbial ineptitud para conquistar a las masas a través de un desempeño responsable y decente de la política.

Pero, ¿No tiene nada que ver en ese infortunio de la derecha el poder comunicacional del programa “Con el Mazo Dando”?

Si alguien sostuviera que no, estaría negando el valor de la verdad como referente del sistema ético para el conjunto de la sociedad. Lo cual en Venezuela no es hoy una opción, por mucho que lo pretenda esa derecha neofascista que se empeña en erigirse sobre la infamia y la mentira.

Sería tan necio como tratar de tapar el sol con un dedo.

@SoyAranguibel

El fracaso del odio

Por: Alberto Aranguibel B.

Los argumentos de quienes acusan de inconstitucional la Ley Contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia (LCOPCPT), promulgada recientemente por la Asamblea Nacional Constituyente, rayan en lo absurdo por donde quiera que se les examine.

En primer lugar porque atacar una iniciativa que promueve la lucha contra la intolerancia y cualquier forma de discriminación en la sociedad, debiera ser objeto del más unánime aplauso sin ningún tipo de aprehensiones ni condicionantes, independientemente de la inclinación o militancia política de cada quien, porque el supremo propósito en la organización de las sociedades civilizadas es precisamente el logro de la convivencia pacífica entre sus habitantes, para lo cual los Estados y las naciones deberán promover políticas, programas y mecanismos que aseguren su establecimiento efectivo tal como lo manda la ONU a través de la Unesco, su órgano rector en materia de promoción de la paz y el entendimiento intercultural entre los pueblos.

En la “Declaración de Principios sobre la Tolerancia”, aprobada en 1996, la Unesco define el concepto de tolerancia afirmando, entre otras cosas, que “la tolerancia no es indulgencia o indiferencia, es el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos. La tolerancia reconoce los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los otros. La gente es naturalmente diversa; sólo la tolerancia puede asegurar la supervivencia de comunidades mixtas en cada región del mundo.”

Según explica el portal www.un.org de las Naciones Unidas, “La Declaración describe la tolerancia no sólo como un deber moral, sino como un requerimiento político y legal para los individuos, los grupos y los estados, sitúa a la tolerancia en el marco del derecho internacional sobre derechos humanos elaborados en los últimos cincuenta años y pide a los estados que legislen para proteger la igualdad de oportunidades de todos los grupos e individuos de la sociedad.”

Ir, pues, en contra de lo que establece de manera tan categórica e inequívoca un organismo que reúne en su seno el carácter esencialmente civilizatorio que mueve hoy a la gran mayoría de las naciones del mundo, es, aún en el supuesto negado de la inconstitucionalidad de la cual la derecha acusa a esta avanzada Ley, si no un absurdo, al menos un bochornoso desatino político.

Más torpe aún, es el razonamiento según el cual la Ley tendería a coartar o cercenar las libertades de expresión y de información porque, según esa infeliz hipótesis, con las penalizaciones que dicha Ley contempla se estaría amedrentando ya no solo a los medios de comunicación sino al ciudadano común para provocar su inhibición a la hora de verse en la necesidad de protestar contra el Gobierno.

En principio habría que aclarar que, de acuerdo a la norma jurídica universal, toda Ley debe contener en su propio articulado las sanciones que debe acarrear el incumplimiento o la violación de la misma. Una Ley cualquiera sin el aspecto sancionatorio a las contravenciones de las cuales pueda ser objeto, es una Ley chucuta e inoficiosa que carecerá siempre de toda efectividad.

Pero, más allá de eso, es la insensata propuesta que tal razonamiento comprende promoviendo una suerte de “derecho al odio”, para el cual no debería existir restricción ni penalidad alguna.

En la arbitraria lógica de la mezquindad y del individualismo por la que se rige la derecha venezolana, de llegar a existir algún tipo de marco jurídico orientado a limitar ese “derecho al odio” que su argumentación sugiere, tendría que ser, cuando mucho, para penalizar tanto expresa como exclusivamente a los chavistas. Casualmente esos mismos que son objeto del odio que pretenden que se les exonere de pena alguna.

Tal disparate se desprende de la afirmación generalizada entre muchos de los opositores que difunden por los más diversos medios su rechazo a la LCOPCPT, en el sentido de que a los primeros a los que habría que aplicarles dicha Ley sería a aquellos voceros de la Revolución Bolivariana que de una u otra forma se hubieran expresado a través de los medios en un lenguaje subido de tono o abiertamente reprochable contra líderes o voceros de la oposición o incluso contra el conjunto de la militancia opositora.

De ser cierta la infame hipótesis de que habrían sido los chavistas quienes habrían promovido el odio entre la sociedad venezolana (es una creencia unánime entre la oposición la idea de que habría sido Hugo Chávez quien sembró la discordia entre los venezolanos), ¿por qué entonces tanto temor desde la oposición a una Ley que penaliza única y exclusivamente a quienes promuevan o lleven a cabo actos de odio o de violencia contra las personas?

La respuesta es tan simple como la estulticia de la infamante propuesta; porque quienes han promovido el odio entre los venezolanos no han sido los chavistas.

El odio entre los venezolanos se remonta a los orígenes mismos del proceso de exclusión y de atropello al desvalido que se inició con la llegada de las huestes genocidas que desembarcaron en nuestras costas con Cristóbal Colón.

Fue ese proceso de asesinato a mansalva de millones de nuestros ancestros aborígenes lo que sembró en el alma de la raza indoeuropea que se fue creando, el gen del desprecio hacia los pobres que fue inoculado progresivamente a nuestra incipiente sociedad desde hace más de medio milenio, y que sembró entre una clase oligarca inmisericorde y desalmada, como ha sido siempre la oligarquía venezolana, la idea de la supremacía de clase que hoy hace estragos con la tranquilidad y el bienestar del pueblo, alcanzados por primera vez en nuestra historia durante la Revolución Bolivariana.

Esa naturaleza inhumana que caracteriza a la oligarquía venezolana, especuladora, usurera y voraz, fue la causante del estallido social del 27 de febrero de 1989, así como fue también el factor determinante del atraso industrial y tecnológico que nos impidió alcanzar los niveles de desarrollo a los cuales estuvimos llamados siempre en virtud del potencial de nuestras riquezas y de nuestras infinitas posibilidades para el crecimiento económico.

Esa persistencia en la vocación rentista, excluyente y saqueadora que caracterizó a la oligarquía, anidó por décadas el germen del odio entre la población despolitizada que predominó en el pasado en el país.

La llegada de Chávez lo que hizo fue imprimirle direccionalidad a la sed de justicia que ya el pueblo estaba expresando de manera espontánea en las calles. De haber continuado expresándose esa rabia en esa forma, sin liderazgo ni fundamentación ideológica que la orientara, la guerra civil habría sido inevitable y con ello habría sido imposible de detener, tal vez, hasta la desintegración misma de la Patria o la anexión de nuestro territorio a alguna potencia extranjera, tal como lo pretende hoy el imperio norteamericano utilizando a la derecha venezolana para ello.

El interés del odio estuvo siempre en la derecha. El odio fue no solo el instrumento mediante el cual pretendía hacerse del poder sin necesidad de obtener el favor de las mayorías en los procesos electorales, sino que fue la solución a la falta de un basamento ideológico sustantivo que le diera razón de ser en términos políticos. Por eso terminó entendiendo el desprecio hacia el prójimo como un derecho democrático y el exterminio de chavistas en las calles como un deber militante.

Pero esa propuesta fracasó.

La inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos han demostrado, no solo con su voto por la instauración de una Asamblea Nacional Constituyente que rescatara la paz y la estabilidad del país para retomar la senda del crecimiento económico y corregir las distorsiones que han puesto al pueblo a padecer de nuevo las penurias que padeció en el pasado cuartorepublicano, sino mediante la disciplina revolucionaria con la cual ha acompañado al presidente Maduro en la titánica tarea de enfrentar las adversidades con la entereza con la que lo ha hecho.

El pueblo ha dicho reiteradamente de manera mayoritaria que no quiere saber más nunca de esa violencia terrorista que nos trajo el odio acuñado por la derecha. Por eso la mal llamada Mesa de la Unidad terminó atomizada en mil fragmentos; porque Venezuela quiere paz.

La derrota del odio no es sino una más de las decenas de derrotas que la Revolución Bolivariana le ha infligido al neoliberalismo. Y que le seguirá infligiendo. Es 10 de diciembre está a la vuelta de la esquina.

 

@SoyAranguibel

 

Contra el “derecho al odio”

Por: Alberto Aranguibel B.

Ciertamente tiene que ser muy frustrante para la oposición ver derribada de la noche a la mañana la estructura del odio colectivo que por más de tres lustros estuvo labrando entre su gente para acabar con la Revolución Bolivariana.

Nunca antes se sintieron tan cerca del poder como cuando odiaron por fin con todas las fuerzas de su alma. Nunca antes se sintieron tan realizados en la vida, ni tan cerca de la felicidad.

Mucho les costó despertar entre su gente la animadversión intensa que se requiere para quemar gente viva en cualquier calle.

No creían posible, en un principio, tal fuerza de repudio hacia el prójimo.

O nos arrechamos o nos jodemos”, decía una de las pancartas que durante meses presidió el muro del antichavismo en La Trinidad (el mismo a donde fue a parar en su huida el terrorista de la oposición que le lanzó varias granadas al Tribunal Supremo de Justicia).

Sus líderes les ofrecieron el odio como un derecho político, para el cual estaban supuestamente facultados por la Constitución y las Leyes del país, en virtud de lo cual todo acto criminal basado en ese odio hacia el chavista estaba perfectamente justificado y era, además, un deber.

Para la Unesco, “la intolerancia surge de la ignorancia y del miedo; miedo a lo desconocido, al otro, a culturas, naciones o religiones distintas. La intolerancia también surge de un sentido exagerado del valor de lo propio y de un orgullo personal o religioso exacerbado. Nociones que se aprenden a una edad muy temprana, en razón de lo cual hay que poner énfasis en la educación, en enseñar la tolerancia y los derechos humanos a los niños para ayudarles a tener una actitud abierta y generosa hacia el otro.” (www.un.org / ¿Cómo luchar contra la intolerancia?)

Por eso, mientras la oposición defiende lo que ella absurdamente denomina “el derecho a odiar”, en la Revolución Bolivariana nos empeñamos en responder a la persistente preocupación del presidente Nicolás Maduro en favor de la paz, a través de una Ley profundamente humanista como es la Ley Contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia.

Este jueves 16 de noviembre, fecha en que se conmemora el Día de la Tolerancia decretado por la Unesco en 1996, la oposición estará de luto.

La Revolución Bolivariana celebrará la vida.

Internet: Cuando al imperio los tiros le salen por la culata

Por: Alberto Aranguibel B.

“El problema con Chávez fue que él se leyó un poco de libros en la cárcel” (conversación entre un grupo de jóvenes antichavistas)

Con la llegada del medio de comunicación a la historia de la humanidad, los sectores dominantes encontraron la herramienta perfecta para ejercer su dominio en la forma más rentable y socialmente menos traumática jamás alcanzada desde el origen del hombre sobre la tierra.

La posibilidad de llegar a miles de millones de manera simultánea con el poder de convencimiento de una ilusión que solo el medio de comunicación puede hacer realidad, ha sido la oportunidad más valiosa para esos sectores dominantes precisamente por la capacidad de alcance y penetración que esa poderosa herramienta tiene, infinitamente superior a la del más numeroso ejército que pudiera existir para garantizar el sometimiento de los pueblos a los intereses y designios del gran capital. La caída de todos los imperios de la historia estuvo siempre determinada en gran medida por la insostenibilidad del costo de sus ejércitos en la tarea de asegurar el control de los pueblos que se anexionaban.

Hoy el medio de comunicación es imprescindible para la sobrevivencia del modelo capitalista, porque solo así puede exterminar, mediante el engaño y la manipulación, cualquier otro modelo político, social o económico alternativo que le permita al mundo comprobar de manera categórica la insalvable inviabilidad del capitalismo.

Por eso al capitalismo no le interesan en lo más mínimo las muertes de millones de personas inocentes que esos imperios causan en el mundo con sus guerras, dado que lo que las justifica no es la salvación del ser humano sino la de un modelo cada vez más insostenible.

Pero esas guerras, cuyo único saldo es una infinita estela de muerte y destrucción, cada día son más costosas no solo en términos de los inmensos recursos económicos que en ellas se dilapidan, sino en razón del repudio que la humanidad les expresa cada vez con mayor intensidad.

La batalla que debían librar entonces para expandir el poder del medio de comunicación más allá de sus fronteras, más que la militar o económica, era aquella que les permitiera superar las ideas de soberanía que prevalecen hoy en las naciones del mundo, para traspasar territorios y continentes sin mover ni un solo tanque de guerra.

Para eso el instrumento ideal no era ya solamente el medio de comunicación convencional (limitado en principio por los crecientes altos costos y por infinidad de Leyes y regulaciones nacionales a lo largo y ancho del planeta) sino los llamados “medios electrónicos”, es decir; la internet y las redes sociales. Etiquetar como dictaduras a aquellos países que no cedieran a esa soterrada forma de dominación fue desde un primer momento la justificación utilizada para intentar colocarse por encima de toda normativa extraterritorial que limitara el empeño expansionista del imperio.

La vertiginosa carrera por el desarrollo de esos medios electrónicos ha estado determinada muy particularmente por el afán de los Estados Unidos de Norteamérica de hacerse de un mecanismo de control de la sociedad a través de herramientas tecnológicamente tan avanzadas y complejas que su desarrollo y posibilidades resultasen inalcanzables para cualquier otra nación o potencia. En eso, y no en la búsqueda del rendimiento económico del progreso científico, ha consistido el concepto de “supremacía tecnológica” tal como se conoce hoy en día.

Esconder ese despropósito del control de la sociedad tras la figura de la lucha por la libertad y la democracia, ha sido para el imperio una tarea de primer orden para asegurar la sostenibilidad y perdurabilidad de su decadente modelo de sociedad.

Ya que la única forma que tiene el capitalismo para tratar de hacer ver que es un modelo eficiente es impidiendo que el socialismo funcione, entonces su mayor prioridad es la destrucción de toda forma de organización que emerja del poder popular, ya sea persiguiendo a los individuos que las promuevan o sancionando a las naciones cuyos gobiernos se orienten en tal sentido.

De esa forma China pasó de ser el “régimen de opresión política” que era durante la Guerra Fría, a la “dictadura que cercena la libertad de expresión” por no haber abierto las puertas a la internet en la forma irrestricta en que el imperio la pretende.

Cuba, que desde hace más de medio siglo ha visto limitadas sus posibilidades de masificar el acceso a la red en virtud del criminal bloqueo económico impuesto por los EEUU, es también acusada por el imperio de ser una nación sometida a un régimen tiránico, básicamente por la misma razón. Negarle el ancho de banda que se necesita para lograr masificar la internet en la isla es parte del bloqueo del imperio contra el pueblo cubano, porque los servidores y toda la estructura corporativa que conforma la red son en su casi totalidad activos empresariales del poderoso capital privado norteamericano.

Pero la lucha del imperio por extender al planeta sus redes de control hegemónico a través de internet, le ha llevado hoy a tener que redimensionar la concepción misma de libertad y de democracia que hasta ahora le había servido para justificar su insaciable sed de sometimiento de los pueblos del mundo a través del discurso mediático.

De acuerdo a esa nueva lógica, no pueden ser libres los pueblos que se expresen a su antojo a través de las redes sociales, ya no como lo  hacen en Japón, en Bélgica, o en Inglaterra, sino también como lo están haciendo en Rusia, en Venezuela y hasta en Cataluña.

Tal afirmación se desprende del absurdo comportamiento de las noticias internacionales difundidas esta semana por los más importantes noticieros de los EEUU y de Europa, en los que en una misma sección (tal como lo ubicaron los noticieros de Euronews y de la Deutsche Welle, por ejemplo) reportaban jerarquizando casi en los mismos términos redaccionales, por una parte la noticia de la investigación que adelanta el congreso norteamericano para determinar la supuesta intromisión de Rusia en la elección presidencial a través de una cantidad enorme de mensajes en redes sociales; y por la otra, la supuesta protesta de un número no precisado de rusos contra las regulaciones de internet aprobadas por el gobierno de esa nación asiática, mejor conocidas como la “Ley Putin”.

En el primer caso se daba cuenta de la búsqueda norteamericana de sanciones contra la Federación Rusa por permitir que gente no afecta a los Estados Unidos se pronunciara a través de las redes para promover a un candidato contrario al interés de los norteamericanos.

En la segunda información, se acusaba al presidente Putin de coartar la libertad de expresión en las redes sociales.

La única forma de encontrar alguna coherencia entre esas dos notas tan contradictorias en un mismo noticiero, es entenderlas como parte de un discurso hegemónico que busca establecer ahora como norma universal la unidireccionalidad en la libertad de expresión, de acuerdo al criterio y al interés del imperio norteamericano por supuesto.

Es exactamente lo que pretende hacer el gobierno de España para justificar la masacre contra la democracia que ha llevado a cabo mediante la desalmada represión que el señor Mariano Rajoy ordenara las últimas semanas para aplastar la sed de libertad del pueblo catalán.

Ha dicho Rajoy que la rebeldía del pueblo catalán habría sido desatada por un cuerpo de “bots” que actuarían bajo las órdenes del Presidente venezolano. Pero en definitiva, no ha hecho sino acusar a los usuarios de internet por no haber usado las redes a conveniencia del gobierno español. Acusando a la vez a los catalanes de pendejos, por cierto.

Millones de seres humanos en el mundo aprendieron ya a hablar a viva voz por las redes sociales, que el imperio vendió en sus inicios como el mayor salto de la humanidad hacia la libertad. Pero para el imperio no son las voces correctas. Son, según los amos del mundo, voces que hacen un uso indebido de ese poderoso instrumento que los sectores hegemónicos secuestraron para su beneficio propio y no para la causa de la justicia social ni mucho menos.

Algo le está saliendo mal al imperio, que sus guerras invasoras fracasan en todas partes. Que su poderío económico se viene abajo con el surgimiento de nuevos y muy poderosos referentes monetarios para el mercado internacional. Que sus elecciones están siendo determinadas por gente más allá de los océanos a la que ni siquiera ha visto jamás. Y que sus instrumentos electrónicos de dominación se le escapan de las manos, porque la gente ha terminado por usarlas para decir la verdad antes que para ninguna otra cosa.

Descarta el imperio que, si los pueblos fueron capaces de hacer siempre revoluciones que cambiaron la historia, también pueden hacer revoluciones en internet.

En el habla popular más sencilla y descarnada, a eso se le llama “salir el tiro por la culata”.

@SoyAranguibel

 

¿Por qué en la Revolución pensamos tan fácilmente en el enemigo equivocado?

Por: Alberto Aranguibel B.

La misma semana en que aparece en todos los medios del Estado y en las redes sociales que la empresa Venalum produce más de 7.000 toneladas métricas mensuales de aluminio; que se da cuenta del arribo de 842 toneladas métricas de alimentos, medicinas y artículos de higiene al Puerto de La Guaira; que se reporta la incorporación de 2.000.000 de cilindros (bombonas) de gas a la empresa Gas Comunal, en la carretera vieja Caracas – La Guaira, alcanzándose así a más de 20.000 familias que se benefician en todo el país de ese preciado servicio; que se muestra ante los medios de comunicación el avance de más del 75% en las obras de rehabilitación de colectores y sistemas de bombeo para garantizar el suministro de agua a nivel nacional; que el Ministerio Público informa de la incautación de 2.000.000.000 de bolívares en billetes del nuevo cono monetario que estaban siendo usados para la guerra económica contra el pueblo; que la empresa estatal petrolera, PDVSA, cancela sus compromisos con los bonos 2020 aún en medio del criminal cerco financiero impuesto por el imperio norteamericano contra Venezuela; que la SUNDDE, que ha fiscalizado este mes un total de 611 distribuidores de pollo y carne en todo el país, encontró y comisó más de 400.000 kilogramos de pollo acaparados en el Estado Lara, con lo cual se alcanza el total de decomisos y puestos a la venta del pueblo a precios justos la cantidad de 608.705 kilos de pollo y 94.597 de carne de res; que son capturadas más de 500 personas por sabotaje y hurto de equipos estratégicos en las redes telefónicas del Estado; que se alcanzó solo en este mes la cifra de 25 detenidos por robo de cables y saboteo del servicio eléctrico (además de la lamentable muerte de un promedio de 3 saboteadores que mueren en el intento de robar cables del sistema); que se están distribuyendo hasta la fecha más de 71.000.000 de cajas Clap como parte del ataque frontal del Gobierno contra la especulación; que el Presidente de la República aprueba recursos para la rehabilitación de las principales vías y troncales de todo el país; que el próximo mes llegarán al país 73.000 cauchos y 36.000 baterías para ser distribuidos entre los transportistas a nivel nacional; que entran en servicio desde ya 89 aeronaves especializadas en prestar primeros auxilios a los usuarios de las principales autopistas, así como 327 ambulancias y 113 grúas en 240 puntos de control y 144 puntos de atención médica avanzada de Protección Civil y Bomberos, con un despliegue de 107.888 funcionarios en 5.991 vehículos, 6.226 motocicletas y 364 embarcaciones; que continúa el desmontaje de la red de corrupción en Pdvsa, que había venido siendo protegida judicialmente por la ex Fiscal General de la República, con la aprehensión de más de 32 altos funcionarios de esa empresa así como de las filiales Petrozamora, Pdvsa Monagas, Petropiar, Bariven y otras dependencias; que se inicia con muy buen pie el refinanciamiento de la deuda externa venezolana; que el Presidente Nicolás Maduro decreta una nueva elevación del salario mínimo y de las pensiones sociales, así como del Cesta Ticket, para todas las trabajadoras y trabajadores del país, incluyendo los anuncios de incremento en la asignación de beneficios a los planes Hogares de la Patria y Chamba Juvenil, de bono navideño para más de 4.000.000 de titulares del Carnet de la Patria y las bonificaciones para el pueblo con el Clap Navideño y la distribución gratuita de más de 16.000.000 de juguetes, esa misma semana, insisto, sigue habiendo gente que pregunta por esas mismas redes sociales “¿Y el gobierno no piensa hacer nada para ayudar al pueblo?”.

Que se celebren reuniones con los gobernadores recién electos (incluidos los opositores que fueron favorecidos con el voto popular) para articular acciones y asignarles recursos importantes para cada una de sus gestiones; que se sigan construyendo viviendas en forma masiva destinadas para el vivir bien de las venezolanas y los venezolanos; que la población entera pueda seguir disfrutando de una educación gratuita y de calidad, así como de la gasolina más barata del mundo y de una cobertura en pensiones a la casi totalidad de los adultos mayores gracias al subsidio por parte del Gobierno revolucionario, no es para ninguna de esas personas signo alguno de preocupación por el pueblo ni respeto a sus derechos humanos.

Apenas aparece una posibilidad de acusar de ineficiente, o de corrupto, o de tirano, o de malandro, al gobierno, de inmediato se desatan los demonios del tuiter, por muy infundada y sin sentido que sea la acusación, hasta entre las mismas filas de la militancia revolucionaria, de donde salen de la manera más sorprendente y con la mayor facilidad una cantidad de libre pensadores (ofrezco disculpas por el preciosismo, pero les disgusta mucho que se les diga “guerreros del teclado” o algo parecido) a atacar de inmediato y con la más inclemente saña al liderazgo revolucionario como si del peor enemigo se tratara.

Que el Presidente Nicolás Maduro haya convertido, él solito, a la oposición en polvo cósmico en medio de la más cruenta guerra que contra gobierno alguno se haya desatado jamás en nuestro suelo, enfrentado al más poderoso enemigo que pueda enfrentar presidente alguno sobre la tierra, triunfando en los procesos electorales en los que ni siquiera los más ilustrados e insignes analistas daban por favorables a la revolución, aplastando la violencia más sanguinaria y mejor estructurada que país alguno haya padecido, no representan de ninguna manera logros del gobierno para esos bien intencionados camaradas.

La tenacidad en la búsqueda del equilibrio, la objetividad y hasta del perfecto derecho revolucionario que tienen hoy para ejercer la autocrítica, sobrepasa muchas veces en algunos de ellos la capacidad de raciocinio, llevándoles por momentos al terreno de la desmesura y hasta de la más clara contradicción revolucionaria.

Previniendo la indignada reacción de aquellos que se ofenden cuando alguien intenta apenas un comentario al respecto, y atendiendo el llamado persistente e infatigable del Comandante Chávez en relación a la unidad por encima de cualquier otra prioridad en la Revolución, he optado por no comentar aquí en lo absoluto mis opiniones sobre esas reacciones intempestivas de aquellos camaradas que se consideran en la obligación del cuestionamiento por el cuestionamiento en sí mismo sin tomar en cuenta las desproporciones.

Solo quiero compartir en esta oportunidad unas imágenes que se me vinieron a la mente con un texto que algún compatriota publicó a través de un foro revolucionario en las redes, y que fuera aplaudido por uno que otro camarada que por ahí se aparecía replicándolo.

En dicho texto el escribidor le exigía al Presidente y a los Constituyentes que “muevan ese C.U.L.O.” colocado por él mismo así, con signos de puntuación y en mayúsculas.

Insisto, no pretendo acusar a nadie de “traidor”, ni de “talibán”, ni de “ultroso”, ni de “vendido”, ni de “trotskista” siquiera. Mi intención es la de compartir sanamente con los lectores lo que se me vino a la mente con aquel particular texto.

O más bien, lo que NO se me vino a la mente. Porque hay cosas que no son posibles de imaginar.

Uno no imagina, por ejemplo, a ningún londinense increpando con semejante procacidad a alguien como el Primer Ministro de Inglaterra, Sir Winston Churchill, durante los bombardeos nazis sobre Londres, que obligaban a la gente a dormir en los subterráneos en andenes llenos de ratas y aguas negras estancadas por la rotura de las tuberías que las bombas enemigas ocasionaban.

Mucho menos es imaginable un ruso cualquiera gritándole airado al camarada Stalin en medio del terrible asedio que padeció durante meses la ciudad de Leningrado, y que obligaba a sus habitantes a comerse las suelas de sus propios zapatos ante la imposibilidad de acceder a alimentos por el bloqueo del cual eran víctimas, nada de: “¡Camarada Stalin; mueva ese culo!”,  ni nada por el estilo.

Tampoco es posible pensar en ningún cubano en pleno Periodo Especial, que tanta hambre y padecimientos le causó a Cuba a raíz de la caída del Bloque Soviético, y sometidos como estaban al brutal bloqueo económico del imperio contra la isla, gritándole algo parecido a Fidel en medio de la calle.

Cada uno estuvo al frente de sus ejércitos y de sus pueblos a la hora del padecimiento más terrible y frente a los enemigos más implacables. Pero a ninguno se le registra en la historia siendo objeto de una tan extravagante impronta a manera de argumentación revolucionaria.

En la Revolución Bolivariana, de estirpe caribe y guerrera como ninguna otra, parece que sí es perfectamente posible tal fenómeno.

Originales que somos. Más nada.

@SoyAranguibel

A los 100 años de la Revolución Bolchevique ¿fracasada o boicoteada?

Por: Pasqualina Curcio Curcio
(foto: Alberto Aranguibel)

La URSS es un país que supone una seria amenaza para el mundo occidental. No me estoy refiriendo a la amenaza militar; en realidad esta no existía. Nuestros países están lo suficientemente bien armados, incluyendo el armamento nuclear. Estoy hablando de la amenaza económicaGracias a la economía planificada y a esa particular combinación de estímulos morales y materiales, la Unión Soviética logró alcanzar altos indicadores económicos. El porcentaje de crecimiento de su Producto Nacional Bruto es prácticamente el doble que en nuestros países. Si añadimos a esto los enormes recursos naturales de los que dispone la Unión, con una gestión racional de la economía, son más que reales las posibilidades que tiene de expulsarnos del mercado mundial… Por eso siempre hemos adoptado medidas encaminadas a debilitar la economía de la Unión Soviética y a crear allí dificultades económicas.

Margaret Thatcher. Houston, Texas, 1991. [1]

Fue en 1917, cuando obreros y campesinos, bajo el liderazgo de Vladimir Ilich Uliánov, Lenin, iniciaron la Revolución Bolchevique. Casi 70 años después, el 8 de diciembre de 1991, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, suscribieron el Tratado de Belavezha, el cual marcó la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Innumerables intelectuales e historiadores de la época, incluso aquellos que se reconocían comunistas, se dieron a la tarea de recalcar que la Revolución Rusa fracasó, otros simplemente callaron. Centenares de escritos fueron publicados acerca de la “crisis de la URSS” y del fracaso del socialismo, lo que a su vez justificó la Perestroika iniciada por Mijaíl Gorbachov en 1985, y la transición a una economía de mercado promovida y consolidada por Boris Yeltsin a partir de enero de 1992, luego de asumir la presidencia de Rusia.

Confundidos por la situación económica que se vivía en la URSS desde mediados de los 80, caracterizada por la escasez de alimentos, la cual se manifestaba en colas cada vez más largas a las puertas de los establecimientos, los estudiosos, líderes y decisores comenzaron a cuestionar el modelo socialista justificando la necesidad imperiosa y urgente de un cambio y de una transición hacia un sistema similar al de Occidente. Es así como ante la confusión de lo que ocurría, y convencidos de que la causa era el fracaso del socialismo, Gorbarchov inició un conjunto de transformaciones que apuntaron a la liberación de los mercados.

Se preguntarían los intelectuales y líderes políticos de la época ¿por qué tardó 70 años en fracasar el modelo socialista? Se habrán paseado por la interrogante de ¿por qué la Revolución sobrevivió a las dos guerra mundiales y no fue sino hasta finales de los 80 cuando comienzan a manifestarse síntomas de una supuesta crisis?, ¿habrán pensado en revisar los indicadores económicos y sociales que les permitiesen afirmar y sustentar el discurso del fracaso del modelo socialista y la necesidad de transitar hacia el libre mercado?, ¿les habrá pasado por la mente que la Revolución Rusa podía estar siendo asediada y boicoteada por el imperialismo?

Dos semanas antes de la disolución de la URSS, la “Dama de Hierro” no solo reconoció las bondades del modelo socialista al compararlo con el occidental, sino que además confesó que tenían tiempo adelantando acciones para crearle dificultades. Dijo Margaret Thatcher:

Por desgracia y pese a todos nuestros esfuerzos, durante largo tiempo la situación política en la URSS siguió siendo estable durante un largo periodo de tiempo. Teníamos una situación complicada, sin embargo al poco tiempo nos llegó una información sobre el pronto fallecimiento del líder soviético y la posibilidad de la llegada al poder, con nuestra ayuda, de una persona gracias a la cual podríamos realizar nuestras intenciones en esta esfera [debilitar la economía de la Unión Soviética]…
…Esa persona era Mijaíl Gorbachov, a quien nuestros expertos calificaban como una persona imprudente, sugestionable y muy ambiciosa. Él tenía buenas relaciones con la mayoría de la élite política soviética, y por eso su llegada al poder, con nuestra ayuda, fue posible. [2]

El escritor Serguei Kara-Murza, quien se ha dedicado a sistematizar y desmontar con indicadores y gráficos el mito del fracaso de la Revolución Rusa, [3] afirmó de manera tajante: “No hubo ninguna crisis económica en la URSS al inicio de la Perestroika. Cualquiera puede ver esto en los anuarios estadísticos”. [4]

Entre 1917 y 1991, la economía rusa registró un crecimiento continuo. La producción medida en términos per cápita incrementó 378%. Los niveles más altos de producción se registraron a finales de los años 80. Fue a partir de la disolución de la URSS cuando comenzó a registrarse una disminución de la producción. Entre 1991 y 1998, la economía rusa cayó 45%.

Cómo explicar, entonces, la supuesta crisis económica de la década de los 80, cuando durante esos años se registraron los mayores niveles de producción.

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Mientras EE.UU. alcanzó niveles de desempleo que ascendieron al 23% durante la Gran Depresión, en la URSS se registraba pleno empleo, el cual se mantuvo hasta 1988.

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La inversión en la URSS a finales de la década de los 80 superó la de EE.UU., la de Francia, Alemania y Gran Bretaña.

ÍNDICE DE INVERSIÓN (1980=1) [5]

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La URSS creó por primera vez, el sistema de educación gratuito hasta el nivel universitario. La tasa de analfabetismo en 1890, durante el zarismo, era 85%, en 1917, cuando inició la Revolución Bolchevique, era 79%, en 1939 descendió a 19% y en 1959 llegó a 1%. Para el año 1969, la URSS era un país libre de analfabetismo.

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La Organización Mundial de la Salud, en un informe publicado el año 1963, concluyó:

…los servicios sanitarios de la URSS, tanto preventivos como terapéuticos, están gratuitamente a disposición de todos los ciudadanos sin distinciones económicas o sociales. La labor de los sanitarios, tanto de los especialistas médicos más calificados, como de los feldshers, llega a todos los hogares, incluso a los de las localidades más remotas e incomunicadas. Naturalmente, ello solo es posible en virtud del carácter estatal de la medicina soviética y, aunque no se prohíbe la práctica privada, esta es tan restringida que no influye perceptiblemente en la organización general de los servicios sanitarios del país. [6]

La esperanza de vida al nacer de los rusos aumentó durante la Revolución. Pasó de 40 años en 1920 a los niveles más altos (69,4 años) a finales de la década de los 80. Al disolverse la URSS, se desplomó la esperanza de vida en Rusia. En menos de 5 años pasó de 69,4 en 1988 a 64,4 años en 1994.

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La tasa más baja de mortalidad, para el caso de las mujeres, se registró durante la década de los 80. En 1988 morían 110 mujeres por cada 1000. A partir de 1991, y en menos de 5 años, dicha tasa aumentó 62%.

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Los niveles más bajos de casos de tuberculosis se registraron durante la década de los 80. A partir de 1990, una vez disuelta la URSS, se comenzó a evidenciar un repunte.

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Fue Viktor Zhdanov, médico soviético, quien en 1958, siendo viceministro de Salud, propuso a la Asamblea Nacional de la Organización Mundial de la Salud una iniciativa global conjunta para erradicar la viruela. La propuesta fue aprobada en 1959, lo que permitió que por primera vez se lograra erradicar una enfermedad a nivel mundial mediante campañas de vacunación, en las que la URSS jugó un papel protagónico.

El consumo de alimentos por persona en la URSS, para el año 1980, era superior al de EE.UU., a excepción de la carne. Adicionalmente, el consumo de alimentos per cápita en la URSS durante el año 1989 fue mayor al compararlo con el de 1980.

CONSUMO DE ALIMENTOS (Kg por persona al año) [7]

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El consumo de alimentos del pueblo soviético era el más alto al compararlo con Europa, EE.UU. y España. Alcanzó en 1989 las 3.500 kilocalorías diarias por persona. Sin embargo, a partir de 1990 comenzó a descender. En 1991 se ubicó en 2.800 kilocalorías diarias, recordamos que la FAO establece como mínimo, para garantizar seguridad alimentaria, 2.780 kilocalorías.Mucho se dijo acerca del bajo consumo de carne de la población soviética. Al respecto, hay que recordar que por condiciones climatológicas los países de la URSS no son productores de carne bovina, debido a la falta de agua y de pasto para la alimentación del ganado. La URSS importaba 2 kilogramos de carne por persona al año, lo que equivalía al 1% de sus importaciones. Países como Alemania e Italia importaban 4 y 7 veces más de carne que la URSS. Adicionalmente, la importación de carne era más que compensada por la exportación de pescado, la cual ascendía a 20 kilogramos por persona al año.

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Desde el año 1906 y hasta 1990, la estatura promedio del soviético aumentó, pasó de 1,57 cm a 1,75 cm (1978). Para el año 2008 se registró una estatura menor a la de la década de los 60, 1,67 cm.

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Observando el comportamiento de estos indicadores, muchos de ellos tomados de la Organización de Naciones Unidas, del Banco Mundial y de la OECD, no podemos concluir que el socialismo sea un modelo fracasado.

En un informe preparado en diciembre de 1982 por Henry Rowen, presidente del Consejo Nacional de la CIA, y publicado por el comité conjunto de economía del Congreso de EE.UU., se lee: “la economía soviética es altamente autosuficiente y está lejos de experimentar un colapso”. [8] Dicho estudio también indicó que “la URSS experimentó un crecimiento económico continuo y una mejoría en el nivel de vida de su población durante los últimos treinta años”. Destaca el estudio la habilidad de la economía soviética para mantener su viabilidad ante la ausencia de importaciones. Esa habilidad es mucho mayor que la de la mayoría, y posiblemente todas, de las economías de otros países industrializados. [9]

¿Cómo explicar, entonces, que de manera repentina, a partir de 1985, el pueblo soviético se viese sometido a largas colas para adquirir alimentos? ¿Cómo explicar que intempestivamente, luego de 70 años de Revolución, se desatara una supuesta crisis del socialismo?

La respuesta no solo la hallamos en el discurso ofrecido por Margaret Thatcher aquel diciembre de 1991. También lo confesó Mijaíl Gorbachov en un discurso que dio el año 2000 en una universidad norteamericana en Turquía. Dijo Gorbachov:

El objetivo de mi vida fue la aniquilación del comunismo… mi esposa me apoyó plenamente y lo entendió incluso antes que yo […] para lograrlo logré encontrar compañeros de lucha, entre ellos A.N. Yakovlev y E. A. Shevardnadze…Aproveché mi posición en el Partido y en el país, tuve que sustituir toda la dirección del PCUS y de la URSS, así como la dirección de todos los países socialistas de Europa. [10]

Recientemente, la CIA desclasificó algunos documentos donde se afirma que “el magnate financiero George Soros y la CIA ayudaron a Gorbachov a proporcionar la posterior disolución de la URSS”. Sobre ellos el analista y exempleado de la Agencia de Seguridad Nacional, Wayne Madsen, afirmó que el multimillonario George Soros proporcionó en 1987 cobertura económica al gobierno de Mijaíl Gorbachov, a través de una ONG de la CIA conocida como el Instituto de Estudios de Seguridad Este-Oeste, IEWSS, por sus siglas en inglés. [11]

Por su parte, Valentina Rushnikova, economista y exempleada de la comisión agroindustrial del Estado de la URSS, en un artículo publicado en 2011 afirmó:

Mucho antes de 1991 ya se había creado y estaba en pleno funcionamiento la “quinta columna”, inculcando progresivamente en la conciencia de la gente el irrespeto por el modo de vida socialista, a menudo originando problemas de un modo artificial. No solo operaba la propaganda antisoviética, que se servía de determinadas dificultades del sistema socialista, también estaba en marcha la actividad saboteadora, oculta hasta ese momento.
Una de las direcciones fundamentales para exacerbar la tensión en la sociedad fue la creación artificial de problemas relacionados con el suministro de bienes de consumo, en primer lugar con productos de alimentación. Desde mediados de los 80, en muchas ciudades y núcleos urbanos comenzaron a escasear los productos de alimentación en muchos aparadores de las tiendas, y no solo las exquisiteces, sino también los productos de consumo diario. Era un proceso que iba en aumento de año en año, con la única excepción de la capital, donde la variedad de productos de alimentación se mantenía a un nivel decente. [12]

Explicaba Rushnikova que:

En 1987 el volumen de producción de la industria alimentaria, en comparación con los indicadores de 1980, había crecido en un 130%. En el sector cárnico ese crecimiento ‒en comparación con 1980‒ había sido de un 135%, en el sector de lácteos fue de un 131%, en el de pescado de un 132% y en el de derivados de la harina de un 123%. En ese mismo periodo de tiempo, el crecimiento de la población fue de un 6,7%, mientras que el salario medio en la economía creció de media un 19%. En consecuencia, la producción de productos de alimentación en nuestro país iba muy por delante del incremento de población y del poder adquisitivo.
Todas las empresas de la industria alimentaria trabajaban a plena capacidad, estaban garantizados los suministros de productos agrícolas y de otros tipos de materias primas necesarios para su funcionamiento, así como la mano de obra. Significa esto que el desarrollo de la industria alimentaria en modo alguno pudo ser el causante de la escasez de género en las tiendas de comestibles. [13]

Concluye la economista:

Por eso solo cabe hacer una deducción: la escasez fue generada de modo consciente, artificial, pero no en la etapa de la producción, sino en la esfera de la distribución. El objetivo era crear tensión social en el país. Por cierto, que nuestra generación recuerda bien el programa “600 segundos”. En él, en 1990, se mostraron reportajes bastante elocuentes de cómo se destruía embutido, mantequilla, aceite y otros productos que ya eran deficitarios en ese momento. En una de las publicaciones de la época, el entonces alcalde de Moscú y hoy consejero del alcalde, Gabril Popov, reconocía esos casos en que se destruían productos de alimentación con el objetivo de generar escasez en la ciudad. En la prensa se informaba cómo se habían detenido al unísono, para ser “reparadas”, todas las empresas que producían tabaco y detergente. [14]

Los medios de comunicación desempeñaron un rol protagónico a finales de los 80. Afirma Kara Murza:

Si entre la población apareció alguna sensación de crisis, esto fue debido a la insistente campaña de prensa y TV. Un ejemplo: el consumo de leche y productos lácteos en 1989 fue en la URSS de 341 kg por persona (en EE.UU. 260 Kg), pero un 44% respondió en la encuesta de percepción que consumía, a su juicio, poco. Y donde más se prestó la población a la campaña antisoviética, más amargada estaba la gente. En Armenia, donde los radicales le dieron el primer golpe militar a la URSS, desatando la guerra criminal contra los azeríes, el 62% estaba descontento de su consumo de leche, que en realidad era de 480 kg por persona”.

Otro fenómeno se dio en la URSS a finales de los años 80 y está relacionado con la brecha, cada vez mayor, entre el tipo de cambio oficial y el que se marcaba en los mercados ilegales. Para el año 1990, el tipo de cambio oficial era 1,68 rublos por dólar, mientras que en el mercado ilegal, este ascendía a 10 rublos por dólar. En abril de 1991, la tasa oficial del Banco del Estado era de 1,75 rublos por dólar, y la tasa del mercado ilegal era de 30 a 33 rublos, es decir, 19 veces mayor. No solo se evidencia una brecha desproporcionada entre ambas tasas, sino el aumento de 230% del tipo de cambio ilegal entre 1990 y 1991. Al respecto, Kara Murza, al referirse al manejo que los medios de comunicación dieron a la situación de la URSS, afirma:

En un número de 1990 El País dedicó todo un artículo al rublo soviético, demostrando lo mala que era la economía de la URSS. Se dijo: “El rublo ha perdido completamente su valor y se cambia en el mercado negro diez rublos por un dólar”. Pero ¿por qué el valor se mide en el mercado negro en que circulaban sumas míseras, microscópicas en relación con el tamaño de la economía? Evidentemente, hay medidas absolutas, con que se comparan las unidades de recursos independientes del lugar, el orden económico o la ideología. Estas medidas expresan el valor de la moneda en el lugar donde esta funciona. Sabía muy bien el corresponsal de El País estas medidas y el volumen de rublos fluidos en cada una de estas vertientes. He aquí algunas: 1 viaje en metro en Moscú valía 0,05 rublos, y en Nueva York, 1,5 dólares. Esto significa que la misma suma de recursos “absolutos” (maquinaria, construcción, energía, mano de obra, etc.) necesarios para proporcionar 20 viajes en metro se pagaba por 1 rublo o por 30 dólares . Es decir, en términos de transporte el valor de 1 rublo era equivalente al de 30 dólares [lo que equivale a decir que 1 dólar equivale a 0,33 rublos]. En términos de pan, un rublo valía lo mismo que 12 dólares. En comunicaciones (teléfono), unos 20 dólares, en término de medicinas, 30 dólares y en la compra de vivienda, 15 dólares. Este era el valor real del rublo como medio de pago de los bienes básicos.

Cabe preguntarse: ¿Hubo manipulación mediática del tipo de cambio en los mercados ilegales? ¿Qué relación pudo haber tenido esta marcación con los niveles de precios en la economía soviética de finales de los 80 e inicios de los 90, los cuales registraron aumentos importantes durante ese período?

No hubo tal fracaso del socialismo como sistema económico, social y político. No es lo que muestran los indicadores. Por el contrario, el deterioro se observa a partir de 1991, una vez liberados los mercados. En todo caso, de atribuirse un fracaso a la Revolución Bolchevique, fue el no haberse blindado ante los ataques y sabotajes por parte del imperialismo. El capitalismo, desde octubre de 1917 se sintió amenazado, tal como lo confesó Margaret Thatcher, por un modelo alternativo de igualdad y de justicia social, el cual mostró sus logros durante 70 años de Revolución. El imperialismo, ante tamaña amenaza, actuó en consecuencia.

A cien años de la Revolución Bolchevique recordamos a Lenin, quien en su momento lo alertó:

Durante mucho tiempo después de la Revolución, los explotadores siguen conservando de hecho, inevitablemente, enormes ventajas: conservan el dinero (no es posible suprimirlo de golpe), algunos que otros bienes muebles, con frecuencia valiosos; conservan las relaciones, los hábitos de organización y administración, el conocimiento de todos los “secretos” (costumbres, procedimientos, medios, posibilidades) de la administración; conservan una instrucción más elevada, sus estrechos lazos con el alto personal técnico (que vive y piensa en burgués); conservan (y esto es muy importante) una experiencia infinitamente superior en lo que respecta al arte militar, etc., etc.
Si los explotadores son derrotados solo en un país –y este es, por supuesto, el caso típico, pues la revolución simultánea en varios países constituye una rara excepción– seguirán siendo, no obstante, más fuertes que los explotados, porque sus relaciones internacionales son poderosas. Además, una parte de los explotados, pertenecientes a las masas menos desarrolladas de campesinos medios, artesanos, etc., puede seguir y sigue a los explotadores, como lo han probado hasta ahora todas las revoluciones, incluso la Comuna (porque entre las fuerzas de Versalles había también proletarios, cosa que “ha olvidado” el doctísimo Kautsky).
Por tanto, suponer que en una revolución más o menos seria y profunda la solución del problema depende sencillamente de la actitud de la mayoría ante la minoría, es una estupidez inmensa, el más necio prejuicio de un liberal adocenado, es engañar a las masas, ocultarles una evidente verdad histórica. Esta verdad histórica es la siguiente: en toda revolución profunda, la regla es que los explotadores, que durante bastantes años conservan de hecho grandes ventajas sobre los explotados, opongan una resistencia larga, porfiada y desesperada. Nunca –a no ser en la fantasía dulzona del melifluo tontaina de Kautsky– se someten los explotadores a la voluntad de la mayoría de los explotados sin haber puesto antes a prueba su ventaja en una desesperada “batalla final”, en una serie de batallas. El paso del capitalismo al comunismo llena toda una época histórica.
Mientras esta época histórica no finalice, los explotadores siguen inevitablemente abrigando esperanzas de restauración, esperanzas que se convierten en tentativas de restauración. Después de la primera derrota seria, los explotadores derrocados, que no esperaban su derrocamiento ni creían en él, que no aceptaban siquiera la idea de que pudiera producirse, se lanzan con energía decuplicada, con pasión furiosa y odio centuplicado a la lucha por la restitución del “paraíso” que les ha sido arrebatado, en defensa de sus familias, que antes disfrutaban de una vida tan dulce y a quienes la “chusma vil” condena ahora a la ruina y a la miseria (o a trabajo “simple”).
Y detrás de los capitalistas explotadores sigue una gran masa de pequeña burguesía, de la que decenios de experiencia histórica en todos los países nos dicen que titubea y vacila, que hoy sigue al proletariado y mañana se asusta de las dificultades de la Revolución, se deja llevar del pánico ante la primera derrota o semiderrota de los obreros, se pone nerviosa, se agita, lloriquea, se pasa de un campo a otro.

Reconocer los mecanismos mediante los cuales el imperialismo históricamente ha boicoteado y asediado los modelos alternativos que constituyen una amenaza a los grandes capitales, es fundamental no solo para tener conciencia de la otra versión de la historia, aquella que ha estado ausente en el discurso y medios de comunicación hegemónicos, sino para no caer en las manipulaciones que pretenden confundir y hacer ver un supuesto fracaso del socialismo y, por lo tanto, caer en el error de la necesaria transición al libre mercado como orden económico exitoso.

Es imperioso identificar y saber cómo funcionan los mecanismos que durante años ha empleado el gran capital para sabotear los modelos de igualdad y de justicia social. Entre ellos: 1) la alteración de los canales de distribución de bienes esenciales que derivan en colas y en la proliferación de mercados ilegales; 2) la alta dependencia a grandes monopolios productores, distribuidores e importadores de bienes esenciales; 3) la manipulación del tipo de cambio en los mercados ilegales que se traduce en incrementos inducidos y desproporcionados de precios; y 4) así como los bloqueos comerciales, sean estos encubiertos, como ocurrió en Chile (ya develado en los documentos desclasificados) o formales como ha sido el bloqueo genocida contra el pueblo cubano.

Hoy, y desde 1999, Venezuela es considerada una amenaza extraordinaria e inusual para el imperialismo, no porque tengamos armas, sino por la voluntad de un pueblo que decidió transitar hacia un modelo de justicia social e igualdad.

Hoy, y desde 1999, los grandes capitales han puesto en práctica todos los mecanismos para desestabilizar la economía venezolana: han acaparado alimentos, distorsionado los canales de distribución de los bienes esenciales, manipulado el tipo de cambio ilegal, inducido la inflación, bloqueado financieramente y embargado comercialmente al país. Con el apoyo de los medios de comunicación y en un discurso dominante han atribuido las consecuencias de estos actos genocidas al fracaso del modelo revolucionario. Buscan con ello presionar y justificar la transición hacia una economía de libre mercado.

No nos dejemos confundir. No repitamos los errores.


 

Fuente: 15yultimo.com

Pasqualina Prof. Pasqualina Curcio Curcio


Bibliografía y notas:

[1] https://www.youtube.com/watch?time_continue=34&v=GwGCWMEF1xo

[2]http://www.forocomunista.com/t26701-margaret-thatcher-explica-como-acabo-con-la-urss-discurso-de-1991-dado-en-houston-texas-usa

[3] Se recomienda la lectura de uno de los trabajos de este autor El Libro Blanco, en el cual demuestra mediante 300 gráficos que el modelo socialista de la URSS no fracasó.

[4] Kara-Murza Serguei. ¿Qué le ocurrió a la Unión Soviética? P: 6.

[5] Ibídem

[6] Organización Mundial de la Salud. 1963. Los servicios sanitarios en la URSS. http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/41301/1/WHO_PHP_3_spa.pdf

[7] Kara Murza Sergueid. ¿Qué ocurrió en la URSS?

[8] El País. 1983. “La economía soviética es autosuficiente, afirma un estudio realizado por la CIA”. https://elpais.com/diario/1983/01/10/internacional/411001206_850215.html

[9] Ibídem

[10] Costa del Sol, 2017. “Arthur González: Se abre paso la verdad sobre la caída de la URSS”. http://martianos.ning.com/profiles/blogs/se-abre-paso-la-verdad-sobre-la-ca-da-de-la-urss-por-arthur-gonz

[11] Ibídem

[12] La escasez en la URSS se creó de un modo artificial. Valentina Rushnikova/ Pravda / Traducido del ruso por Josafat S. Comín. https://laradiodelsur.com.ve/2011/11/19/la-escasez-en-la-urss-se-creo-de-un-modo-artificial/ . Artículo original en https://kprf.ru/rus_soc/99032.html

[13] Ibídem

[14] Ibídem

[15] Kara Murza Serguei. ¿Qué ocurrió en la URSS? P: 7

[16] Ibídem. P: 4.

[17] Lenin. La revolución proletaria y el renegado Kautsky. Fundación Federico Engels. 2007. PP: 35.

[18]Senado de EE.UU., 1975. Acción encubierta en Chile. https://www.intelligence.senate.gov/sites/default/files/94chile.pdf

¿Ganar qué?

Por: Alberto Aranguibel B.

Producto del intenso debate político que se libra en Venezuela, no solo entre el socialismo y el capitalismo, sino entre las propias filas de la revolución en la búsqueda de priorizar los objetivos del proceso de cara a las exigencias y los retos del futuro, se ha abierto una línea de discusión sobre la pertinencia o no de ganar elecciones mientras los problemas económicos no son todavía del todo resueltos.

Es cierto que la paz es solo una etapa en la construcción del modelo de justicia y de igualdad que busca instaurar en el país la Revolución Bolivariana. Pero es absolutamente indispensable. Su carácter supremo está determinado por la imposibilidad de poner en marcha cualquier plan que persiga corregir las distorsiones económicas en medio de la violencia y la ingobernabilidad que promueve la derecha.

Ahora, ganar la paz no es el triunfo definitivo sobre la guerra. Es parte esencial en la lucha contra el enemigo, pero no su exterminio.

La guerra se gana cuando el enemigo es reducido hasta su rendición definitiva. Y en las actuales condiciones, ese objetivo de la desarticulación del poder contrarrevolucionario de la derecha (expresado en el posicionamiento que ella ha alcanzado en Venezuela y en el mundo como un factor con supuesta capacidad para desplazar a la revolución y tomar el poder en el país) no está logrado del todo, aún a pesar de los resonantes triunfos electorales de la revolución el 30 de julio y el 15 de octubre. Y ni siquiera con la implosión de la unidad opositora y la sustancial pérdida de credibilidad entre sus propios seguidores.

La obligación esencial de la revolución, más allá de la electoral, es derrotar la propuesta de la derecha, que no ha sido ninguna otra que la de tratar de reinstaurar el modelo neoliberal en el país derogando la Ley del trabajo, eliminando el control cambiario y acabando con las regulaciones de precios, tal como ella ha sostenido desde hace más de una década desde sus vocerías partidistas y desde sus gremios empresariales.

Por supuesto que hay que ganar elecciones. Pero un triunfo más valioso y perdurable es demostrar que cuando el país pide por unanimidad control de precios lo que está diciendo en definitiva es que no quiere saber nada de ese modelo de libre mercado que propone la derecha.

Crítica a la “autocrítica”

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un cuarto de siglo luchando para demostrarle al mundo entero que la revolución bolivariana es una realidad abrazada soberanamente por la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, después de enfrentar las más cruentas arremetidas que proceso revolucionario alguno haya jamás enfrentado, por fin la oposición queda en evidencia como un conjunto de grupúsculos carcomidos por las ínfulas de una pequeña cantidad de dirigentes ineptos, mentirosos y manipuladores, tal como se ha dicho desde siempre desde el ámbito del chavismo.

Por fin la revolución tiene frente a sí un panorama provechoso para avanzar a mayor velocidad por encima de las campañas de difamación de la que ha sido víctima en esa lucha perpetua contra la derecha. La desintegración de esa atorrante oposición, producto de las bajas pasiones y la mediocridad que la explican, abre las puertas para la reunificación del país bajo el signo de la paz y la confianza que ahora puede inspirar el proceso bolivariano entre aquellos que fueron presa del engaño opositor durante tanto tiempo.

Pero justo en ese momento la esperada hora de zafarse de ese diabólico freno es desaprovechada por unos cuantos revolucionarios que deciden ocuparse en atacar el activo político con el cual el Presidente Maduro dio el más contundente y sagaz golpe a la derecha nacional e internacional, en el rescate de la gobernabilidad y la estabilidad política del país.

“¡Calladito te ves más bonito!”, le escribe por las redes sociales una compatriota a un Constituyente que por esa misma vía hizo un responsable llamado de atención acerca de la desmesura (por decir lo menos) de algunos comentarios vertidos en los últimos días desde las filas revolucionarias en contra de la Asamblea Nacional Constituyente y de sus integrantes, por la supuesta inacción de estos frente a la carrera inflacionaria que experimentan los precios de los productos de primera necesidad.

 “¡No escuchar al pueblo es un acto contrarrevolucionario de soberbia y de deslealtad a Chávez!”, sentencian otros que abonan sin precaución alguna el discurso subyacente en la destemplada campaña de descalificación que de esa manera se desata, según el cual los precios de los productos suben porque los Constituyentes no atienden al pueblo. Es decir; que no hay guerra alguna de las fuerzas capitalistas contra la Revolución; que los Constituyentes son unos burócratas que no tienen idea de lo que pasa en el país, que son tan inútiles como los diputados opositores, y que en virtud de ello toda maldición y todo insulto tendrían que ser aceptados en el más cerrado silencio.

La crítica y la autocrítica, como lo previsualizó Marx y lo desarrolló Lenín, son consustanciales a todo proceso revolucionario, porque es solo con el impulso de las ideas del colectivo (esencialmente desde las bases revolucionarias) como se genera la fuerza transformadora que va a derruir el viejo Estado para dar paso al que está por nacer bajo el signo de la participación y el protagonismo del pueblo.

En el capitalismo no existe la posibilidad de la revisión, salvo aquella que surge de la antojadiza y arbitraria necesidad o conveniencia del dueño de los medios de producción, porque la naturaleza privada del capital y la concepción elitesca del Estado burgués así lo determinan.

La crítica y la autocrítica revolucionaria son las fórmulas mediante las cuales se realiza de manera concreta la eliminación de la lucha de clases en la sociedad socialista, en virtud de la naturaleza colectiva de un modelo basado en el trabajo común del proletariado en la construcción de la Patria, y no en la búsqueda del bienestar económico a partir de las recurrentes crisis económicas que rigen la lógica explotadora del modelo capitalista.

No puede, pues, hablarse de la existencia de un proceso revolucionario si el mismo no está sustentado en un permanente sometimiento al juicio popular.

Pero los ataques de los que han (hemos) sido víctimas los Constituyentes distan mucho de ser ni siquiera medianamente una autocrítica revolucionaria.

En principio, porque dichos ataques no están desarrollados ni como crítica ni como autocrítica sino como reclamos, cuando mucho. Como quejas o como denuncias, quizás. Y eso es perfectamente válido. Pero en ningún caso (que hayamos visto nosotros, al menos) puede hablarse de un desarrollo argumentativo con el cual se refute la actuación o la propuesta política llevada adelante por la ANC, que permita el ejercicio de la confrontación o el debate de las ideas en la búsqueda del perfeccionamiento del proceso.

Se acusa por lo general (incluso en términos personales) más con el interés de condenar que de promover la búsqueda de soluciones a los problemas, partiendo de supuestos cuya veracidad o sentido lógico no se constata de ninguna manera, sino que se asumen como verdades absolutas que facultarían para sentenciar sin juicio alguno ni permitir derecho a la defensa por parte de los acusados.

Se sostiene desde esa particular apreciación de lo que debe ser la “autocrítica”, que a la misma no debe dársele respuesta alguna sino rendírsele acatamiento, sea cual sea el infundio que se profiera, sin importar si la misma se hace contra una instancia cuyo mérito fundamental es precisamente haber logrado contener el avance de las fuerzas enemigas que apenas hace tres meses estaban decididas a acabar de raíz con todo vestigio de revolución en Venezuela, incluyendo los beneficios sociales y las condiciones de bienestar económico del pueblo que esos “autocríticos” saben que solo en revolución son posibles y que por eso mismo la tarea más impostergable es la estabilización política y la paz de la República.

Todos, sin excepción (gracias a Dios son en realidad muy pocos), extraen descontextualizada la frase del Comandante Chávez que les sirve de licencia para su “autocrítica”, dejando por fuera la contundente acotación del líder de la Revolución respecto a la necesaria lealtad con la que la misma debe ejercerse.

En el inicio del llamado “Periodo Especial”, Fidel alertaba sobre los riesgos de una crítica y una “autocrítica” que equivocara el sentido correcto de la lucha revolucionaria, cuando decía: “Parece increíble que las escuelas estén abiertas en un pequeño país que ha perdido miles de millones de dólares en importaciones de productos, de materias primas y, especialmente, de combustibles […] Puedo asegurar que lo que hemos resistido nosotros no lo podría resistir ningún otro país, no lo habría podido resistir jamás un sistema capitalista […] Hemos tenido que tomar medidas, más medidas y muchas medidas, pero aquí está la Revolución cubana, no se ha derrumbado. Aquí está nuestro pueblo organizado. Hay orden en nuestro país; aquí están el partido, el Estado, la administración y los revolucionarios trabajando en una sola dirección, estrechamente unidos. Podrá haber problemas y dificultades, deficiencias y errores, pero no hay desorganización ni caos […] No ha llegado todavía la hora de hacer el análisis final, pero no hay duda de que si se quiere perfeccionar algo usted no puede empezar por destruirlo […] ¿Cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del partido, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del Estado, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo el prestigio y la autoridad del gobierno, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo los valores esenciales del socialismo?” (*)

Hay que decirlo; no es por falta de Leyes o normas emanadas de la ANC que los precios se disparan por las nubes, sino por el reducido margen de acción que ha tenido el gobierno (producto de la ingobernabilidad y la anarquía desatadas por la oposición desde el ámbito político) para hacer avanzar el modelo socialista, que es lo único, como lo dijo Chávez, que le permite a la sociedad superar las injusticias del capitalismo.

A la ANC le tocará explicar debidamente, sin demagogia, con la mayor claridad y sin formatos panfletarios, cómo es que lo que ha estado haciendo en favor de las venezolanas y los venezolanos sí es importante. Sí es indispensable para recuperar el bienestar económico. Sí es impostergable para retomar la senda de la felicidad que el pueblo alcanzó por primera vez en la historia solamente a partir de la llegada de la Revolución bolivariana.

No es dividiendo a las fuerzas revolucionarias ni amenazando con regresar al neoliberalismo como se consolidan las revoluciones, sino con más socialismo.

Por eso, a pesar de las dificultades (que nadie ha negado o desatendido jamás en la ANC), y no porque sean asumidas como trofeos burocráticos para nadie, es que hay que ganar todas las elecciones que sean posibles.


(*) Comandante Fidel Castro / VIII Congreso de la FEEM / La Habana, 06-12-1991.

 

@SoyAranguibel

“El bienestar económico no se alcanza perfeccionando el capitalismo, sino profundizando el socialismo”

Alberto Aranguibel en el programa Boza con Valdes, transmitido el martes 24 de octubre de 2017 por Venezolana de Televisión.

Chavismo: la insoslayable presencia de lo sobrenatural

Por: Alberto Aranguibel B.

“No me gustan las ciencias ocultas, porque nunca las encuentro”
Pedro Reyes / El rey del absurdo

Apenas conocidos los resultados de las elecciones regionales, el connotado terrorista Freddy Guevara le salió al paso con su proverbial “inteligencia” a las voces que desde la oposición aceptaban los números que la presidenta del Poder Electoral, doctora Tibisay Lucena, presentaba aquella noche como definitivos.

A esa hora, el único que gritaba “¡Fraude!” sin la más mínima prueba de su infundio, como es ya tradicional en la oposición venezolana, era Gerardo Blyde, jefe del Comando de Campaña de la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que agrupa a los inefables líderes del antichavismo en el país.

La recién electa Gobernadora del estado Táchira, jefa máxima de la oposición en esa localidad, vociferaba en su primera declaración frente a la prensa que ella no se había pronunciado antes de ese momento por no poseer evidencia: “Yo reconozco la evidencia que tengo en la mano… Ya tenemos la evidencia; asumimos porque tenemos la evidencia. Y vamos a acompañar todas las denuncias de los Estados donde, a pesar de existir la evidencia (SIC), se haya vulnerado la voluntad el pueblo”, decía en su atribulada declaración, dejando claro que el único lugar donde respetaría los resultados electorales sería sola y exclusivamente aquel donde ella obtuviera el triunfo.

Exactamente los mismos términos usados por el también recién electo Gobernador, pero del Estado Zulia, Juan Pablo Guanipa, quien anunció categórico que se sumará a las impugnaciones de absolutamente todos los procesos electorales, a excepción del que lo favorece a él porque… en su Estado no hubo fraude.

Guevara, cuyo partido no estuvo ni cerca de ganar en ninguna localidad, puso entonces en su cuenta Twitter que “la trampa no está en las actas (las tenemos). La trampa ocurre antes, y es un proceso más sofisticado que requiere auditoría internacional.”

Una idea tan retorcida de ridiculez pura, que me hizo comprender por fin el desespero de los opositores que integran mayoritariamente la mesa en la que me corresponde votar, en el Municipio más opositor del país, cuando saltaron frenéticos para tratar de impedir que yo me tomara la foto que tradicionalmente se toma uno para dejar constancia de su participación en la jornada cívica que representan las elecciones en Venezuela.

La foto (que por supuesto tomé por encima de las berraqueras de los escuálidos que ahí se arremolinaban para obstaculizar mi derecho a hacer lo que absolutamente todo el mundo hace ese mismo día a lo largo y ancho del país) entrañaba para aquellos pobres seres aterrados por el aura diabólica que seguramente veían desprenderse de mi serena humanidad la irrefutable prueba de la perfidia con la que los chavistas alteran los resultados electorales. Por eso tenían que impedir a toda costa que yo me hiciera aquella “peligrosa” selfie.

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No saben cómo, no saben de dónde, no tienen idea de la forma en que el comunismo se multiplica dentro de las máquinas electorales, pero entienden que su deber es acorralar a todo aquel que ellos intuyan como chavista, para frenar mediante cualquier tipo de malabarismo el maléfico artificio de tramposería que ellos, con su más entera convicción, les suponen.

No puede ser sino a través de una triquiñuela muy perversa, dirán para sus adentros, urdida según ellos por la mente cochambrosa de los diabólicos agentes del G-2 cubano, como puede explicarse que en toda elección que se lleve a cabo en el país los números siempre hagan aparecer gente que no existe, gente horrible que ellos jamás han visto en ninguna parte, y desaparezca la que en efecto Dios sí trajo al mundo, con toda seguridad, en forma de sociedad civil. Ningún otro comportamiento humano sobre la tierra es hoy tan arrogante y prepotente.

Deber existir algún prodigio de la lógica cuántica que le permita a la sociedad civil del este del este comprender el absurdo fenómeno de la conversión del voto mayoritario opositor en votos indeseables apenas ingresa a ese pavoroso sistema, que de tantas auditorías que se le hacen ha terminado convertido más en incredulidad del alma que en certeza de los sentidos.

No puede haber tanto “marginal hediondo”, al decir de la señora D’Agostino, ni tanto “malviviente”, al decir de Ramos Allup, ni tanto “negro sudoroso”, al decir de Ocariz, en un mismo territorio. La naturaleza no puede haberse descarrilado tanto como para permitir tan desproporcionada aberración.

Para ellos, tiene que ser obra del demonio. Algún incompresible desequilibrio de lo natural tiene que estar descomponiendo el universo, que la constante más persistente en el sistema electoral venezolano es la de la presencia chavista en cantidades inaceptables para su tan particular capacidad de raciocinio.

Para nada se les pasa por la mente que la imbecilidad de sus líderes cada vez que abren la boca para decir barbaridades o contradecirse de un día para el otro; que cada engaño que les es develado, uno tras otro, día a día; que cada torpeza (como la de prometer “ingeniosos” sistemas para la reutilización de los barriles de petróleo con los que se contabiliza el crudo); que cada ridiculez (entre las miles que acumula ya ese mismo grupito dirigencial), podría tener algo que ver con la desproporción numérica que tanto les alarma.

No se les ocurre ni por casualidad que algo tendría que ver la ineptitud demostrada con sus decenas de convocatorias fallidas a huelgas inexistentes; a trancazos de puro infortunio; barricadas de autosecuestros demenciales; asesinatos de civiles y de funcionarios a mansalva (grabados por cientos de celulares y cámaras que desbordan las calles hoy en día).

Que la feria vendepatria que han montado por el mundo ofreciendo las riquezas del país henchidos de complacencia rastrera, como si de una caja chica de su particular peculio hubiesen brotado, pudiera indignar a uno que otro de sus propios militantes. Incluso a cientos o a miles de ellos.

Que quizás a la gente no le gusta que le liberen los precios a los productos, como clama esa dirigencia en su discurso antichavista cuando habla de “cambiar el modelo”, sino que hasta su propia gente implora por los viejos controles y regulaciones que la derecha se antojó en eliminar con la anarquización de la economía y con la inflación inducida a la que ha jugado por casi un cuarto de siglo para intentar acabar con la Revolución Bolivariana.

Que muy probablemente la gente sepa sacar cuentas y concluya con criterio propio que los culpables de la escases de alimentos y medicinas sean quienes le ruegan permanentemente al mundo el bloqueo económico contra nuestro país.

Exigen reforzamientos de todo el proceso, y reforzamientos del proceso se les conceden. Incluso los más arcaicos métodos de verificación, como el de la marcación con tinta indeleble (hoy totalmente en desuso), han debido incorporarse en algún momento para despejar toda sospecha de vulnerabilidad o posibilidad de alteración de los resultados electorales. Auditorías de constatabilidad y aseguramiento que desbordan infinitamente todo lo científicamente aceptable, antes, durante y después, forman parte integral del sistema. Pero la convicción más absoluta de la oposición es que hay fraude.

Cargan sobre sí la penuria perpetua de lo sobrenatural que no comprenden. Pero que tienen muy claro que hay que desterrar, con su tenaz concurso, de la faz de la tierra y para siempre.

Por eso esta misma semana aprobaron por unanimidad en la Asamblea Nacional un acuerdo en rechazo a los resultados de esa histórica elección de Gobernadores en la cual se desbordaron todos los records de participación para un evento de esa naturaleza en el país.

“¡Hay que cambiar el sistema!”, gritó Guevara en su derecho de palabra, añadiendo tajante: “Las condiciones electorales de este 15 de octubre eran las mismas del 6 de diciembre (del 2015) cuando fuimos electos… ¡Contra eso combatimos!”.

Es decir; solo será perfecto un sistema en el que gane únicamente la oposición. Exactamente igual al del inefable Mariano Rajoy, líder y mentor principalísimo de la oposición venezolana, para quien las elecciones serán válidas y legítimas solo si son para reafirmar a los borbones en el trono. De resto, serán ilegales y como tal debidamente reprimidas por la fuerza pública al servicio del Rey.

Vaya clase de demócratas.

@SoyAranguibel