Finol: Latinoamérica hoy: fotorreportaje en blanco y negro

Por: Ildefonso Finol

La tragedia del discurso neoliberal es que de tanto disfrazarse de neutral, de tanto insistir en el fin de las ideologías, de tanto decretar el pensamiento único y la supremacía moral de la competitividad, la ganancia y el individualismo, se vuelve fanfarrón y basta que surja un contradictor para que pierda la paciencia y saque a flote su verdadero rostro: el fascismo. El neoliberalismo no es democrático, ni siquiera liberal; no es representativo, ni legalista ni electoral: su ideología es el fascismo.

Y, ¡ay de aquél que ose disentir!

I

La derecha santanderista lleva años tratando de convertir a Colombia en el Israel de América Latina. Esta semana se aproximó un poco a ese objetivo al abstenerse en la votación para cuestionar el bloqueo de Estados Unidos contra Cuba. Quizás el año que viene ya se atreva a copiar al Brasil de Bolsonaro votando abiertamente a favor del bloqueador.  

La otra hazaña israelí imitada por el uribismo (fase superior del santanderismo) como prerrequisito para ascender al rango del engendro sionista, es el bombardeo de civiles, preferentemente si se trata de niñas, niños y adolescentes. Le faltaría al terrorismo de Estado que gobierna Colombia, entrar en guerra con sus vecinos, porque ya a su propia población la trata sin ninguna consideración humanitaria, como enemigo interno.

Aunque dadas las últimas señales de la sociedad colombiana decente, asqueada por las tropelías de la clase política en el poder e indignada por las muertes de cientos de líderes sociales, indígenas y excombatientes pacificados, el sector paramilitar de la política comienza a sufrir derrotas significativas.

No debe olvidarse que el espíritu bolivariano está sembrado en el pueblo colombiano, y esa semilla tarde o temprano germina haciendo brotar lo mejor del alma colectiva.

II

Este fascismo latinoamericano, heredero de las dictaduras y los prejuicios raciales colonialistas, reproduce constantemente los contenidos simbólicos del pensamiento conservador; es racista, misógino, homofóbico, sectario hasta el extremo de desear la destrucción de todo aquel que sea diferente. Por eso persiguen al hijo del presidente electo de Argentina, honorable Alberto Fernández, o asesinan indígenas que defienden su derecho a la vida y la tierra en el Cauca y la Amazonía.

La violencia desatada por los fascistas en Bolivia, se ensañó bestialmente en la persona de la alcaldesa del municipio de Vinto, María Patricia Arce, a la que humillaron y maltrataron públicamente, vejándola de diversas formas, todas enmarcadas dentro de la actitud machista patriarcal muy típica de épocas coloniales.   

Las hordas derechistas se expresan con términos intrínsecamente violentos; llaman “indio infeliz” al Presidente Evo Morales, mientras anuncian “cruzadas”, como si se tratara de persecuciones religiosas cargadas de odio irracional. En el cuerpo de María Patricia Arce, los cobardes fascistas descargaron la crueldad de alma colonizada, como lo hicieron los invasores europeos con las heroínas Bartolina Sisa en el antiguo Alto Perú y en Maracaibo con Ana María Campos, por sólo citar dos ejemplos. El macho fascista, narcisista y falófilo, se cree con derecho a escarmentar, siente poseer el don de castigar a la mujer pecadora. Es el colmo de la bestialidad humana.

III

El colonialismo tiene su culto y sus feligreses. Piñera para hacerse el gracioso mete la banderita chilena entre la bandera gringa. Duque agradece a los “padres fundadores” de Estados Unidos haberle dado la independencia a Colombia. El defenestrado Kuczynski le mueve (le movía) la colita a Trump, y el pelele presidente de El Salvador se ofrece de cachifo del imperialismo. Gobernantes arrastrados, ignorantes e indignos. Pero arrogantes y represivos contra su pueblo. La mayor arrogancia del ignorante es negarse rabiosamente a salir de la ignorancia.

Es el perfil de lo que necesita Washington: el consenso de los serviles.

La sacralización del mercado capitalista por encima de las naciones y la vida misma, la exacerbación del egoísmo y el carácter depredador del modo de explotación, entran en dialéctica contradicción con los depauperados ingresos de las mayorías trabajadoras, la independencia política de los Estados soberanos y la sobrevivencia de la especie, generándose la confrontación que termina poniendo las cosas en blanco y negro.

Nuevamente la brecha entre propietarios del capital y asalariados se ensancha de manera grotesca incubándose el malestar social como consecuencia del modelo estructural dominante. Al fracaso de la manipulación ideológica cotidiana que permite períodos de paz social, le sigue la movilización espontánea de los sectores oprimidos, a la que responde el sistema con más represión. El estado burgués queda expuesto como lo que es realmente: un aparato de dominación de una clase minoritaria contra toda la población. Caso emblemático el chileno.

IV

Pero los pueblos van pariendo una historia muy distinta de la que esos poderes quieren imponer. La victoria progresista en Argentina ha reconfigurado el mapa geopolítico en la región. El audaz encuentro de López Obrador y Fernández anunciando el relanzamiento del sueño integracionista le da un gran impulso a la autodeterminación nacional frente al hegemonismo imperialista.

Por algo están invirtiendo tanto dinero los poderes fácticos en campañas antibolivarianas, al punto que han convertido en una moda hablar mal de Simón Bolívar. Para ello financian múltiples espacios en medios convencionales y redes tecnológicas de comunicación, patrocinan figurines de la farándula intelectual y comprometen la opinión de academias adictas a las exquisiteces aristocráticas. Son los mismos que nos convidan a olvidar nuestro pasado, pero se postran ante las vetustas leyendas anglosajonas.

Quiero insistir en una idea que ya expuse en textos anteriores: los pueblos que pierden conexión con su ancestralidad, se debilitan espiritualmente dejando carcomer su sentido de pertenencia a una épica colectiva moralizante, así son presa fácil de intereses foráneos que se proponen recolonizarlos. La enseñanza de la historia raigal y contemporánea, es una herramienta de liberación insustituible. Sólo la verdad histórica ofrece el fundamento a la verdadera revolución.

Al retratar la situación de Nuestra América, volvemos al punto donde no hay lugar a medias tintas; hoy se está con la dignidad de los pueblos o se sirve a la opresión.

Emerge con absoluta pertinencia el partido bolivariano.

yldefonso-FINOL  Yldefonso Finol

“Sólo la verdad histórica forma pueblos libres.”

Verdad acomodaticia

Por: Alberto Aranguibel B.

El capitalismo se orienta mucho más por razones de tipo religioso que por razones políticas. Su fin último no es el gobierno o la administración del Estado como medio para alcanzar privilegios que le permitan acumular riquezas y propiedades, sino controlar totalmente la vida misma sobre la tierra, tal como lo dicta el fundamentalismo sobre el cual se apoya su modelo social, económico y político.

Por eso la línea editorial de los grandes medios de comunicación capitalistas, más que a cualquier ideología, está sometida a la lógica del bien y del mal que surge de la Biblia como doctrina esencial de un modelo que ve en la lucha de los pueblos por la justicia y la igualdad al demonio que atenta contra el orden natural del universo.

De modo que la “misión” de los editores capitalistas, más allá de las razones pro imperialistas que los inspiren, es asegurar la vigencia de esa verdad de Dios en el mundo. Para ellos, Maduro no es enemigo porque así se los dicten Barack Obama o Donald Trump. Es su enemigo porque Maduro, además de presidir un país muy rico, lucha por una justicia social que el fundamentalismo capitalista no acepta.

De ahí que el New York Times haya sostenido en un principio, a pesar de todas las evidencias difundidas intensivamente por infinidad de periodistas y testigos de excepción, que las gandolas en la frontera fueron incendiadas por el presidente Nicolás Maduro. Según la verdad capitalista, lo lógico era que el mal proviniera de quien ellos asumen como “el demonio”.

Dos semanas después acepta que la verdad fue la que registraron y difundieron al mundo esos otros medios que no se rigen por la quimérica verdad Divina sino por la que afirman las pruebas.

Exactamente igual a lo que hace CNN meses después del atentado teledirigido contra la vida del Presidente Nicolás Maduro, y que el mundo entero vio en su momento en vivo y en directo en cadena nacional de televisión, sosteniendo ahora de manera “reveladora” que lo sucedido fue un atentado, como si nadie lo supiera.

¿Por qué cambiaron de opinión y por qué lo hicieron semanas y hasta meses después?

Porque si el gobierno de Maduro caía, al día siguiente (o los subsiguientes) de esos hechos, la noticia por ellos difundida habría servido en cada caso de perfecta explicación y justificación al derrocamiento.

Pero no cayó. Se dieron entonces un lapso prudencial para ver si caía. Pero tampoco cayó.

Tuvieron, pues, que asumir a la larga la verdad verdadera. Porque, de tanto esperar que su mentira se convierta en verdad, lo que puede terminar cayendo son sus acciones en la Bolsa de Valores. Y ahí sí es verdad que Cristo empieza a padecer.

@SoyAranguibel

Retrato de una asquerosa guerra contra el pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el periodismo se presta dócil y entusiasta a la rastrera tarea de hacerle el favor a la oligarquía, construyéndole a diario una narrativa que oculte o que justifique su desprecio hacia los pobres y enaltezca sin miramientos la depravación explotadora de los ricos, se incurre sin lugar a dudas en la peor de las ignominias.

Que las guerras sirvan para vender más periódicos y alcanzar mayores niveles de audiencia en la radio y la televisión a partir de la exaltación morbosa de la sangre y de la muerte, es ya de por sí repugnante. Sin embargo, es mentira que esa vocación necrofílica sea la causa de la vulgarización en el ejercicio del periodismo bajo la concepción capitalista que hoy prevalece en las grandes corporaciones mediáticas del mundo.

La verdad es que el contenido mediático, cargado de perversiones que alientan esa lascivia por la crueldad, es lo que conduce a las sociedades a su enajenación progresiva, en la medida en que, por vía del hábito a la exposición cotidiana de lo más perverso del ser humano, convierte toda depravación en cultura.

El afán por la visibilización de la penuria como expresión de la realidad, no es de ninguna manera la fórmula imprescindible para la superación de las calamidades del mundo, como lo ha argumentado desde siempre la gran prensa para aparentar una falsa vocación de contraloría social y de servicio público que jamás ha tenido en la práctica.

El medio se sirve de la calamidad para aumentar sus utilidades a costa del sufrimiento ajeno, y punto.

De ahí que las guerras que se libran hoy en el mundo están determinadas siempre por el mismo factor mediático que las origina y las promueve, a partir de esa particular capacidad para la distorsión y la manipulación de la realidad que ya ha pasado a ser parte consustancial a la vida moderna de las sociedades en todo el planeta, sin distingo alguno de su orientación ideológica o modelo político.

Mediante el secuestro de derechos que le corresponden a la sociedad antes que a las empresas, el medio de comunicación ha violentado desde siempre la posibilidad del ser humano para acceder a la verdad, no solo de su entorno sino del universo mismo. Verdad que le es falseada de acuerdo al poder y a los intereses particulares de los dueños de esos medios que paulatinamente han ido erigiéndose en pontífices inobjetables y eximios tanto del bien como del mal.

Un ejemplo de esta saña morbosa por obtener réditos con el sufrimiento ajeno, sin importar en lo más mínimo la ética que debiera regir el ejercicio del periodismo, es sin lugar a dudas la publicación que recientemente encontramos en la página editorial del ultraderechista diario argentino La Nación, en la que el periódico hace gala de una proverbial capacidad para el retorcimiento de los hechos y el montaje infame de matrices de opinión que atenten a como dé lugar contra la dignidad de un pueblo ,en este caso el venezolano, y en particular de un niño al que con un arbitrario e infundado comentario, urdido por la mente calenturienta de la redactora de turno, se ultraja y se humilla sin conmiseración alguna.

Barbería Migrante

La foto, como la mayoría de las fotos, no necesita explicación. Se trata de un niño que mira a cámara con la curiosidad común en todos los niños del mundo cuando ven a alguien frente a ellos, justo en el momento de ser afeitado por una persona que al parecer integra un equipo de ayuda internacional en algún campamento desconocido (porque no se identifica en la foto) pero que pareciera francés por los colores azul, blanco y rojo, así como las letras que apenas medio se leen, en las capas de los barberos.

No se percibe en la imagen sufrimiento alguno, que no sea el que tenían en mente quienes han querido convertir el fracaso de la oposición venezolana en un show contrarrevolucionario de alcance internacional con el tema de la migración que han protagonizado venezolanos víctimas de las mismas campañas de desinformación y de terror orquestadas a través de los medios por esa misma derecha, y que en virtud del engaño han terminado retornando al país con el mismo desespero con el que se fueron huyendo hacia el exterior hace apenas unos meses.

Bien pudiera ser un “falso positivo”, porque ni los migrantes venezolanos están siendo recibidos en Bogotá por ningún cuerpo de ayuda humanitaria, como explica la nota, ni los que están en Cúcuta son atendidos por ninguna misión francesa. Mas bien pareciera tratarse de algún niño árabe en el norte del Africa, como los hay hoy por decenas de miles en la condición de refugiados.

Pero Diana Fernández Irusta, la periodista de marras, le acomoda un texto de pretendida factura poética (como para ocultar la carga virulenta y ponzoñosa que el comentario lleva como objetivo político soterrado) haciendo alarde de una empalagosa jerga sensiblera que apesta por lo rebuscado y decadente.

Para hacer aparecer al niño como una víctima más de la supuesta “dictadura” que estaría asolando a Venezuela, lo retrata como “Puro ojos, pura belleza”, pero inmediatamente lo conecta con el canallesco discurso de la manipulación que ha preparado, en un punto y seguido que desliza un “Todo interrogantes”, sacado del más nauseabundo baúl de la cursilería.

A modo de “respuesta”, infiere el resto de la escena fotográfica con el veneno que le da a su trabajo el fulgor de la infamia que sus jefes le exigen: “La peluquería, intuimos, tiene algo de improvisada. “Brigada social”, llama el epígrafe de las foto a quienes -ay esos barbijos, esos guantes de plástico- emprende la tarea de rasurar estas cabezas. Cabezas de inmigrantes. El niño es venezolano, está en Bogotá, a metros de la estación de micros. Ignoramos con cuántos integrantes de su familia habrá viajado, durante cuánto tiempo, a través de qué dificultades. Solo tenemos su mirada; descomunal de enorme, abismal en la inquietud, la pregunta, el desconcierto. El niño mira al fotógrafo con algo aún más lacerante que el miedo. Sus labios callan, pero sus ojos dicen que ya no hay casa, ni juegos, ni escuela, ni rumor de dibujos animados por la tarde, con los cuadernos listos para hacer la tarea. No hay nada, salvo este saberse repentinamente sobrante. Objeto incómodo, sujeto de asepsia.

La pestilente nota no alcanza a dar una explicación ni siquiera medianamente cercana a la realidad del fenómeno de la migración venezolana, creado por la derecha latinoamericana a través de los medios de comunicación y su gran poder de influencia sobre la sociedad. Pero sirve para alimentar el ego de la flabistana, quien con toda seguridad así se siente emparentada con la rutilante Angelina Jolie en eso de “velar por los niños que huyen de la barbarie socialista”, razón por la cual no tendrá jamás obligación alguna de escribir ni una línea sobre los verdaderos desplazados latinoamericanos que desde hace décadas abandonan por millones sus países regidos por gobiernos neoliberales que hambrean y pueblan de miseria al continente.

¿Qué es eso de “la mirada descomunal de enorme”? ¿Qué es lo “más lacerante que el miedo” con el que el niño mira al fotógrafo? Nada. Todo en la redacción de los periodistas del neoliberalismo es fatuo, inconsistente y sin esencia.

Su propósito no es desarrollar idea alguna, sino causar dolor, generar odio, hacer sufrir a sus lectores con la rabia que ella cultiva con su verbo repugnante, cargado de falsedades, mentiras y de infamias contra un pueblo que a ella en verdad le sabe al mismo estiércol que sus manos destilan sobre el teclado de la computadora que le presta La Nación.

No son periodistas quienes como ella trafican irresponsablemente con la verdad para imponer la falsedad del mundo capitalista, sino mercenarios de una guerra emprendida por el odioso poder del dinero contra una nación que ha decidido ser libre e independiente, y que no se someterá jamás a los designios ni de las grandes corporaciones norteamericanas, ni de los grandes medios de comunicación que se han confabulado con el imperio para intentar asaltar a nuestro pueblo para robarnos no solo nuestras riquezas y nuestro bienestar sino nuestra esperanza y nuestro futuro.

@SoyAranguibel

Borges el urogallo

Por: Alberto Aranguibel B.

La derecha venezolana, tal como lo ha puesto en evidencia cada vez que ha tenido la oportunidad, no profesa admiración o respeto alguno hacia los próceres de la Patria. Más bien todo lo contrario, pero no por un asunto de principios doctrinarios sino porque no tienen héroes a quienes rendirle culto.

Son muy contados los protagonistas de la gesta emancipadora que representan de manera más o menos cabal los intereses y valores que hoy encarna la oposición venezolana. Nuestros héroes inspiraron su lucha en la búsqueda incansable de la justicia y la igualdad social que proponía el movimiento emancipador y humanista de aquella gran gesta de libertad y soberanía. Exactamente los principios del chavismo a los cuales se opone hoy la derecha.

En su breve lista, José Antonio Páez es siempre una suerte de gran carta de salvación cuando se ven forzados a la (para ellos) odiosa eventualidad de asumirse patriotas, pero no por sus gloriosas hazañas en la lucha independentista sino por haber protagonizado la mayor confabulación que se conozca de un venezolano contra el Padre de la Patria, y, muy principalmente, por haberle restituido los privilegios a los mantuanos después de la guerra mediante la fórmula de la Cosiata.

La oligarquía criolla es muy estricta en eso del culto a sus héroes (los pocos que tienen). Jamás la admiración hacia ellos debe estar desconectada del simultaneo odio hacia los libertadores y hacia las ideas de emancipación. Francisco de Miranda, por ejemplo, es todavía vituperado en los salones más refinados del Country Club, con la misma saña y desprecio que se le tiene hoy al comandante Chávez en esos recintos. Hábito que les viene desde los orígenes mismos de la venezolanidad, como lo revela aquel bochornoso impasse con el General José Laurencio Silva, a quien el Libertador tuvo que desagraviar en la forma más insólita en medio de un salón de baile, ante el irrespeto del cual el gallardo General era objeto por parte de ese mantuanaje del cual surge el actual.

El asturiano José Tomás Boves, reivindicado por Francisco Herrera Luque como un gran guerrero venezolano, viene a ser quizás el más completo paladín del retorcido concepto de libertad e independencia con el que comulga el antichavismo, porque más allá de la naturaleza anarquista y pendenciera que le caracterizó, Boves es el verdadero arquetipo del empresario privado de medio pelo (vendedor de baratijas de mercería en su caso) que terminó convertido en líder de las revueltas más incendiarias de su tiempo por su sola vocación criminal y asesina.

Quienes exaltan hoy a Boves lo hacen desde la perspectiva supuestamente venezolanista que le inspiraba, porque encarnaba una modalidad de lucha por la independencia que era a la vez una lucha a muerte contra el movimiento libertador que pregonaba la abolición de la esclavitud, así como la justicia social y la independencia de la Patria.

Aquel sanguinario personaje no tuvo conmiseración alguna con los venezolanos que asesinaba en masa a su paso por las poblaciones que asaltaba (más por el regocijo de su sadismo que por ninguna razón política, a las cuales se sublevó en todo momento desconociendo persistentemente el mando de sus superiores en todos los ejércitos en los que peleó). Sin lugar a dudas el perfil que define de manera más perfecta la irracional lógica de la lucha que hoy libran en el país los sectores de la derecha fascista que lidera Julio Borges.

Habiendo sido Páez el autor de la mayor afrenta que se conozca de un venezolano contra Simón Bolívar, Boves es sin embargo el héroe que goza de la mayor admiración por parte de la derecha ultra reaccionaria que hoy se reúne en el antichavismo, porque siendo, como lo fue, un auténtico mercenario de la guerra, sin principios éticos ni morales de ninguna especie, jamás renunció (como sí lo hizo Páez en los inicios de su carrera militar) a las fuerzas realistas que batallaron hasta lo indecible por exterminar el ejército libertador, ni claudicó nunca en su criminal afán de exterminio físico del contrario.

Borges es exactamente eso; un mercenario de medio pelo promovido a la escena pública desde el ámbito de la empresa privada, que ha encontrado en el terreno de la política un espacio para hacerse de grandes negocios (criado en el seno de su hogar como la promesa de una modalidad del derecho para la cual fueron formados muchos venezolanos de los sectores pudientes de la sociedad que concibieron siempre la abogacía no como un instrumento de justicia sino como una herramienta para conseguir mejores oportunidades de esquivar las leyes en la búsqueda de riquezas y posiciones de poder), pero que no tiene, además, el menor prurito en promover y ordenar el exterminio de los venezolanos que no le ayuden a satisfacer sus ansias de gobernar para llevar a cabo la entrega del país al imperio norteamericano (a cuyas órdenes se ha puesto a cambio de una jugosa remuneración en dólares) sin importar si quienes son asesinados por sus sicarios son chavistas u opositores.

Quienes desde la derecha no entienden o repudian a Borges, lo hacen porque no han comprendido ese aspecto tan particular de los asesinos, que, como Boves, no hacen jamás política, sino que urden emboscadas contra la sociedad para sacarle provecho a la política desde una posición de poder.

No supieron leer al Borges auténtico que estaba detrás de la cobarde evasión de responsabilidad en el golpe de abril del 2002, en el que estuvo involucrado hasta los tuétanos pero que negó hasta la saciedad una vez restituido Chávez en la presidencia.

No entendieron su jugarreta en la mesa de diálogo instalada en República Dominicana, en la que él siempre supo desde un primer momento que su presencia ahí tenía la única intención de impedir la firma de algún acuerdo. Por eso es una completa infamia la acusación de “dialogante” que hoy los opositores le hacen.

De ahí que hoy se vea en la obligación de violentar su proverbial cobardía, reconociendo ante el mundo que él ha sido el promotor por excelencia del acoso imperialista que ha provocado la peor crisis económica de nuestra historia, y deba presentarse complacido ante las cámaras por el padecimiento de los millones de venezolanos que hoy sufren las consecuencias de un bloqueo que genera hambre, pobreza y enfermedades sobre todo a los más necesitados, incluso a los miles de opositores que en algún momento creyeron en las falsas promesas de bienestar que les hiciera esa derecha reaccionaria que él encarna.

Exactamente igual a Boves, a Borges no le interesa para nada el bienestar del pueblo, porque el pueblo no tiene nada que ver con su proyecto personal. El pueblo cumple en las batallas de los mercenarios el papel de tonto útil que le asignan siempre los mercenarios. Y eso fue lo que hizo Borges con la esperanza de quienes en algún momento escucharon su promesa del ilusorio bienestar que les depararía la reinstauración del neoliberalismo en el país. Promesa que a la larga terminó convertida en la repulsa que cada vez más gente le tiene, no solo por la impudicia de sus recurrentes errores y fracasos en el terreno de la política, sino por las evidencias de su vil entreguismo. Que van quedando al descubierto a medida que los pozos sépticos de la oposición que él lidera se van destapando y el mundo entero (empezando por los mismos opositores) puede ver con claridad cuánto de asqueroso y repugnante puede llegar a ser este infame personaje.

Hoy Borges se duele por la frustración del genocidio con drones contra el Presidente y las decenas de funcionarios y de gente del pueblo que el 4 de agosto se encontraban en la avenida Bolívar de Caracas, y que él personalmente ordenó desde la mansión que el gobierno colombiano le ha asignado como guarida. Las pruebas que lo incriminan en los celulares y demás evidencias y declaraciones de los terroristas detenidos, son irrefutables. Su plan era la muerte de esos venezolanos para obtener un beneficio político; hacerse del poder para poner el país bajo el control del imperio.

Nada nuevo. Simplemente ha renacido en nuestro suelo el talante exterminador y genocida de un mercachifle de la política devenido en guerrero de la muerte por vocación propia.

Como hace dos siglos, el pueblo de Venezuela, bajo el mismo signo de la justicia y la igualdad por la cual luchó en el pasado hasta conquistar la independencia, derrotará a los mercenarios y a los ejércitos imperialistas, e impondrá la vida sobre la muerte.

¡Juntos, con Nicolás al frente, podemos!

 

@SoyAranguibel    

Autocríticas y drones

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema más importante a resolver en Venezuela, no hoy en día sino desde hace años, no es económico. Lo hemos sostenido reiteradamente por todos los medios, con base en argumentaciones sólidas que hemos expuesto de la manera más fundamentada y extensa posible.

La primera de esas argumentaciones fue el triunfo inobjetable de la Asamblea Nacional Constituyente al conquistar la paz sin disparar ni un solo tiro ni agredir a ningún opositor para lograrlo.

Se demostró con aquella elección de la ANC en medio de la peor violencia desatada por la derecha a lo largo de los últimos años, la mentira que representaba la tesis opositora de que Maduro era un dictador sanguinario y brutal, protegido apenas por la soledad de Miraflores. Que el pueblo no lo acompañaba y que por eso la oposición tenía derecho a exigir su renuncia, o su desalojo del poder por cualquier vía.

Lo que le permitió a esa derecha reaccionaria el espacio para la violencia a la que llegó en 2017, no fueron los elevados precios de los productos de primera necesidad, sino la imposición de una matriz que hacía ver en aquel momento al gobierno acorralado y sin apoyo popular alguno.

Los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se articularon como nunca antes para posicionar en la siquis colectiva de los venezolanos y del mundo entero que Maduro era un usurpador del poder (porque Chávez lo impuso, porque era un autobusero sin capacidad para gobernar, porque era colombiano, en definitiva, porque Maduro no era Chávez).

Toda esa patraña de falsedades y manipulaciones se vino abajo con la sola elección de la Constituyente, porque por fin pudo verse en el mundo entero la verdad irrefutable de un pueblo en la calle (incluidos los miles de opositores que votaron en el Poliedro aquel día) apoyando decididamente al verdadero presidente de la República, al modelo democrático que hoy construimos los venezolanos, y a la libertad y la independencia que esa derecha reaccionaria pretende robarle a las venezolanas y los venezolanos para instaurar en nuestro suelo su perverso modelo neoliberal capitalista.

Desde aquel momento, los líderes opositores, que desde tiempo atrás venían siendo repudiados por su propia gente, por su ineptitud, su inconsistencia y su fariseísmo político, se quedaron completamente solos y ni en las muy esporádicas manifestaciones de descontento contra el gobierno (como la de las enfermeras, por ejemplo) quisieron aceptarlos ni como acompañantes siquiera.

El presidente, con el tino político que le ha caracterizado enfrentando a la peor y más brutal guerra que gobierno alguno haya podido sortear, fue consolidando ese triunfo sobre la oposición con acciones políticas cada vez más contundentes, como las elecciones de gobernadores, alcaldes y la de su propia reelección, en las cuales ha reafirmado la solidez del innegable respaldo popular que lo consagra como líder indiscutible de la revolución.

Pero la “autocrítica” no quiso esperar de ninguna manera ningún espacio de tranquilidad que le brindara alguna holgura al presidente para instrumentar las acciones económicas que el país reclamaba, y decidió lanzarse a la calle para sustituir a la ya derrotada e inexistente oposición en sus ataques, casi siempre sin fundamento, al gobierno revolucionario.

De la noche a la mañana, todo cuanto trató de demostrarle la revolución al país y al mundo que era de culpable en el padecimiento del pueblo la cruenta guerra neoliberal desatada por el imperio norteamericano, fue echado abajo por la obtusa intransigencia de una “élite pensante” de la revolución, que se dedicó a acusar sin descanso ni piedad al gobierno por todos los males que padece el pueblo.

La verdad de un país sometido a las penurias del hambre y la pobreza por culpa del accionar de una derecha entreguista y apátrida, no fue desconocida en ningún momento ni por el presidente, ni por nadie de su gobierno. Sin embargo, esa “autocrítica” pendenciera se dedicó a acusar a todo aquel que pretendiera apenas responderles, llegando a colocar a quienes aparecían defendiendo la labor del gobierno revolucionario como “farsantes”, “indignos”, “burócratas”, “corruptos” o como simples “jalabolas”.

Defender al gobierno era entonces un riesgo para cualquier revolucionario. Con lo cual lo que iba gestándose paulatinamente era un proceso de reposicionamiento comunicacional de la imagen del gobierno, en el que todo lo que había dicho la oposición durante años sin que nadie le creyera, terminaba siendo verdad por obra y gracia de los mismos revolucionarios que criticaban la gestión, o de los que se quedaban callados para no enardecer a los que criticaban.

Producto de toda esa absurda enajenación, es que se estaba revitalizando gratuitamente a una oposición que tenía ahora la posibilidad de reoxigenarse y renacer en su búsqueda del poder por cualquier vía. Lo que Maduro hacía con las manos, los “autocríticos” lo destrozaban con los pies. Por eso el atentado contra la vida del presidente mediante el uso de drones teledirigidos, fue denominado por sus perpetradores como “Operación Fenix”, el ave muerta de la mitología que renació de sus cenizas.

Desconociendo el esfuerzo del jefe del Estado no solo en la gestión del gobierno para impedir el colapso del modelo de Misiones y Grandes Misiones que aseguran la inclusión social, sino en la creación de poderosos instrumentos de protección al pueblo pensados para mitigar de la mejor manera el severo impacto de la crisis inducida por el imperio, como los Claps, los Bonos de Protección Social, y el Carnet de la Patria, así como todo el inmenso esfuerzo por la recuperación económica llevado adelante, los “autocríticos” se dedicaron a objetar todo cuanto se hace desde el gobierno, en un claro ejercicio de irracional oportunismo político que pareciera más bien orientado a ubicarse en la posición más cómoda de la confrontación, que es la del denunciante que procura el aplauso popular sin necesidad de embarrarse los zapatos en la trinchera de la batalla.

Esa “autocrítica”, diametralmente opuesta en su fundamentación y su orientación a lo que ha defendido en todo momento el presidente Maduro como ejercicio de revisión del proceso, y por la cual el comandante Chávez abogó siempre alertando sobre el necesario apego a los principios de lealtad y de compromiso revolucionario que deben orientar la autocrítica, ha llegado al extremo de negar la perniciosa infiltración de la derecha en los organismos del Estado, el sabotaje sistemático de los servicios públicos por parte de esa derecha mercenaria, y el daño que hace sobre la población la manipulación mediática, que banaliza la guerra contra el pueblo y direcciona la responsabilidad de los males hacia el gobierno, llegando finalmente a colocar al presidente como enemigo de los campesinos que marcharon este mes a la capital de la República para hablar con él.

Convertido en un festín de acusadores, el evento de los campesinos fue vulgarmente usado por TODOS Y CADA UNO de esos inflexibles autocríticos para hacer aparecer al gobierno revolucionario del presidente Nicolás Maduro como un gobierno de burócratas enzapatados, insensibles y entregados al más abyecto reformismo. Que el solo hecho de ser recibidos en Miraflores era muestra de un poder excepcional del pueblo contra ese “desalmado gobierno”, que de no haber sido por esa presión jamás habría atendido las necesidades del campo. Ninguno de los marchistas acusaba al gobierno. Solo aspiraban a una reunión con el jefe del Estado. Quienes acusaban al gobierno (usando la marcha para ello) fueron siempre los “autocríticos”.

En términos estrictamente políticos, pero fundamentalmente comunicacionales, muchas de las afirmaciones destempladas de esa “autocrítica” irresponsable y egocéntrica, que no mira el daño ulterior que sus palabras pueden ocasionar más allá del legítimo reclamo que intenten hacer, son mucho más desestabilizadoras que todo cuanto haya podido decir en su momento alguien como la ex fiscal Luisa Ortega Díaz contra la revolución. Pero los “autocríticos” insisten en que no son ellos los causantes de los problemas sino el gobierno.

Ahora el hervidero político está de vuelta. Los drones, puestos a volar por quienes han visto en la guerra de acusaciones “autocríticas” más reyertas internas que unidad y cohesión revolucionarias y más ineficiencia en los servicios públicos referida por esos mismos revolucionarios al modelo socialista que a los ataques del capitalismo contra el país, reavivan los titulares mundiales originados por la “crisis política venezolana” que ya habíamos sofocado y que hoy vuelve a renacer de la nada. Así lo han puesto ya ante el mundo entero.

Los únicos que saldrán indemnes de esta nueva vorágine hacia la que nos dirigimos serán los “autocríticos”. Cómodamente se refugiarán en un muy inocente “¡Yo lo dije!” y ahí quedará todo para ellos.

¿Qué fácil, no?

 

@SoyAranguibel

J.M. Rodríguez: LA CELEBRACIÓN (una digresión)

Por: José Manuel Rodríguez

Lo más terrible de la guerra es que en ella la muerte se celebra. Me sobrecogió el video de un cruel disparo que mataba a un palestino armado con una piedra. Una exclamación de júbilo salió de los soldados israelíes. Celebraban el tiro certero. No los moderó la inutilidad de la piedra a tan larga distancia. Era un enemigo. Gritos así se han escuchado siempre del lado de cada trinchera. Quiero creer que no es por placer de matar, presumo que festejan la posible derrota de sus contrarios y su pronto regreso a casa.

A diario vemos documentales y fotos sobre estos horrores bélicos. De tanto ser pasivos espectadores de tales dramas, terminamos sustituyendo el horror explícito, por el logro técnico. Y hay premios para quien congela las llamas o el grito de dolor. Congelada así quedó aquella niña vietnamita que corría desnuda abrazada por el napalm. Su cuerpo quemado, sus ojos asombrados, su boca preguntando por qué. También recuerdo otra imagen merecedora de un premio similar: un niño muy pequeño, sudanés, igualmente desnudo yace, aún vivo, entre escombros y basura. A pocos metros detrás de él, un buitre expectante. Un año después el fotógrafo premiado se suicidó. Dejó una nota: Estoy atormentado por los recuerdos vívidos, por los asesinatos y los cadáveres, la ira y el dolor… del morir de hambre o los niños heridos, de los locos del gatillo fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos… 

Fue diferente con los periodistas de la Agencia France Press en Caracas. Celebraron con fanatismo futbolístico su galardón. En este caso, por la foto donde un participante de las guarimbas venezolanas del 2017 es envuelto por las llamas de su imprudencia. La reseña de este premio en un periódico catalán dice: se cumple con la famosa frase de Robert Capa: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no te has acercado lo suficiente”.

Un horror por donde se lo vea
“El manifestante venezolano en llamas” Tomada por Ronaldo Schemidt. https://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2018

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Tal vez sea así, no soy experto en ese arte. Me interesan más los hechos sociales que los valores de su registro documental, pero lo entiendo. Sin embargo, aún tengo impresa en mis retinas aquella otra imagen, captada por un aficionado anónimo, y celosamente ocultada por los medios, entre ellos la propia AFP. Era un joven negro desnudo que corría convertido en antorcha. Va seguido por manifestantes que celebran enardecidos el linchamiento y lo golpean. Altamira se convirtió en Charlottesville. Y escuché luego a una líder opositora, también supremacista, hablar de la inevitabilidad de la muerte. Es justo separar a los ciudadanos de las perversiones de sus líderes, porque aceptar eso como inevitable, los une a los linchadores.

jmrodriguez J.M. Rodríguez

 

Buen Abad: Estética de lo macabro… un horror por donde se lo vea

Un horror por donde se lo vea
“El manifestante venezolano en llamas” (entre las imágenes nominadas al premio World Press Photo) Tomada por Ronaldo Schemidt. https://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2018

 

Por: Fernando Buen Abad

¿Alguien cree que esta persona fue incendiada por la “dictadura de Maduro”? Así como la ven, la persona incendiada es José Víctor Salazar, tenía 28 años. Ocurrió el 3 de mayo 2017 en las condiciones que el propio fotógrafo Ronaldo Schemidt de France Press relata[1] y que el gobierno venezolano explicó con detalle[2]. Un horror por donde se lo vea[3]. Tan horrible como la manipulación mediática que conlleva la exhibición de un “resultado” sin explicar sus causas. A este hombre lo quemó la derecha pagada por USA. ¿Increíble?

Hacer del horror un “espectáculo”, con premios y aplausos, es otra de las perversiones inicuas de la ideología dominante. Todo sirve al regodeo de lo macabro convertido en didáctica disciplinadora. Se borran los márgenes de la obscenidad, el dolor es un condimento del relato burgués y se barniza con espectacularidad los más ofensivos ejemplos de la crueldad y la humillación. Levantarán sus copas de champaña.

Esta fotografía es signo de un crimen en proceso que no se reduce al incidente ígneo. Muchos meses y años de ofensiva imperial detrás de ese fuego, explican cómo se llegó a esto. Son las llamas del “golpismo” financiado por el imperio yanqui. Es el fuego de la maldad que quiere el petróleo venezolano y sus recursos naturales. La paradoja cruel es ser incendiado por un derivado del petróleo que quieren robarle al pueblo venezolano. Es la viva imagen de lo que el imperio sueña contra la humanidad que estorbe a los fines del saqueo y la explotación de la mano de obra. Es signo del capitalismo incinerando a la humanidad. La barbarie ardiente.

¿Representa a todos los incinerados por la derecha venezolana (y sus terroristas asalariados) ésta víctima?[4] ¿Es uno y todos al mismo tiempo? Si y no. Ni las razones ni el método de las protestas “guarimberas” tienen lógica democrática ni beneficio popular. Condensan todas las aberraciones de una iniciativa terrorista que ha supuesto todo el tiempo que la del golpe de estado es la única posible para hacerse con el poder. Pero todo les ha fallado siempre porque esa derecha jamás ha podido concebir un proyecto de país cuando lo único que les importa es un proyecto de negocios. Es el síndrome del empresario que sueña con el gobierno y cree que “hace un bien”. Sólo que estos recurrieron a paramilitares terroristas. La historia los ha desnudado ente el pueblo venezolano que respondió con victorias electorales contra la derecha, una tras otra.

Nada de eso se ve en la foto. Esos son los limites de un discurso gráfico preñado de ambigüedad mercantil y oportunismo “informativo”. Esa fotografía no hace honor a la historia de aquella tradición fotográfica que ha sabido ponerse al lado de la emancipación y humana y de su dignidad. Es una fotografía hija del azar y del lugar que consiguió el fotógrafo al lado de los terroristas, donde abundaban cámaras serviles a la calumnia y a una de las ofensivas mediáticas más descomunales que se conozcan.

El autor de esta fotografía debería renunciar a cualquier premio. Por su bien y por la profesión de los fotógrafos que no quieren convertir en héroes a terroristas (“manifestantes” les llama la prensa oligarca) financiados por USA. Debería rechazar ese premio que premia la nada misma, premia el accidente de la impericia y la irracionalidad de la violencia asalariada. Debería decirle no a un circo de premiaciones cuya base vender morbo fotográfico para “espantar al burgués”. Después de todo ese foto-periodista ha de entender bien qué papel juega el medio para el que trabaja en la tarea de incentivar injerencias y golpismos en todo el mundo. Debe saber que a eso se prestan, también, muchas de las premiaciones que no son más que máquinas de guerra ideológica.

Otra fotografía es posible y es necesaria. Contra el efectismo amarillista y el fetichismo mercantil de la imagen “oportunista”, hace falta la fotografía que “revele” las fuerzas en lucha contra el imperio del dinero y la subordinación de las personas. Hace falta una catarata de imágenes emancipadas y emancipadoras cuya fuerza radique en ser correa de trasmisión en el “motor de la historia”, que es la lucha de los pueblos por su libertad, por su dignidad y por su felicidad. Eso no aparece en la fotografía de Schemidt aunque debería porque, a pocos metros de donde la tomó, había un pueblo repudiando al terrorismo golpista que poco después votó por una Asamblea Nacional Constituyente que pacificó al país en unas horas. Mientras tanto, la “fotografía” de los 9 millones de votantes venezolanos el 30 de julio por la ANC y contra el terrorismo, nunca será premiada. ¿Cuál es el verdadero premio?

[1] http://www.abc.es/cultura/arte/abci-hombre-llamas-venezuela-increible-historia-ronaldo-schemidt-201802151039_noticia.html

[2] https://www.youtube.com/watch?v=1QvFJNKE_dI&feature=youtu.be

[3] http://www.el-nacional.com/noticias/protestas/manifestante-quedo-envuelto-llamas-luego-una-explosion-altamira_180399

[4] http://minci.gob.ve/wp-content/uploads/2017/06/Victimas-fatales-de-la-violencia-pol%C3%ADtica-en-Venezuela.pdf

FernandoBuenAbad.gif  Dr. Fernando Buen Abad Domínguez / Director del Instituto de Cultura y Comunicación / Universidad Nacional de Lanús

Eduardo Rothe: Para ti que eres decente y pensante.

A Socorro Hernández
Sociopatía del odio y epidemiología de la estupidez

Por: Eduardo Rothe

Bien dijo Voltaire “Quien te hacen creer cosas absurdas, te hará cometer atrocidades”, y la historia está llena de ejemplos. Porque una cosa es reconocer al adversario, contradecirlo, enfrentarlo, y la otra desear su aniquilación, lo que en terminología de los servicios de inteligencia se llama “retórica de la eliminación”.

Con esa retórica eliminatoria fue que Catalina de Médici condujo a los católicos franceses a la “Matanza de San Bartolomé” contra los calvinistas, la noche del 23 al 24 de agosto de 1572; y los españoles acabaron con los Caribes en las Antillas, los antisemitas europeos exterminaron judíos en Alemania y Europa del Este (el último pogromo fue en Polonia después de la II Guerra Mundial), los franquistas fusilaron a centenares de miles de “rojos” en España, y los indonesios intoxicados por la CIA mataron un millón de supuestos “comunistas” en 1965.

Por esa retórica eliminatoria en Venezuela hemos visto degollar y quemar vivos a seres humanos o aplaudir cuando una bomba derriba a un grupo de policías. Aquí la retórica del exterminio no es obra de Estado: corre por cuenta de la oposición, de personas de clase media, “decentes y pensantes”, intoxicadas con lo que la historia conoce como el “terror blanco” de la contrarrevolución. Negando la humanidad del otro, los enfermos de odio pierden su propia humanidad y se vuelven monstruos.

La sociopatia del odio nace de la estupidez. De ideas absurdas: los judíos son culpables de todo y hacen “sacrificios rituales” de niños cristianos, los comunistas nos quieren arrebatar nuestros hijos, o “Maduro es un dictador”. Ideas absurdas que llevan a los espíritus débiles hacia la crueldad. Claro, esas ideas no brotan de la nada, son maquinadas y promovidas por intereses que buscan beneficiarse haciendo aflorar la banalidad del mal, lo siniestro, dar patente de corso a las ensoñaciones violentas que habitan en los seres más pacíficos.

Fue así que algunos venezolanos y venezolanas, reputados por hospitalarios, generosos, tolerantes y pacíficos, pero empujados por un antichavismo enfermo, se vuelven turba salvaje que degüella, quema y mata, o aprueba a quien lo hace. Afortunadamente, los crueles son una minoría comparados con quienes los justifican, aprueban y aplauden.

Lo contrario ocurre con la estupidez, una epidemia que nace de cepas cultivadas en laboratorios mediáticos, transmitidas e inoculadas masivamente, para que sirvan de trampolín al consumismo, la mentira y la frivolidad, y en nuestro caso también al odio. Y esto no es nuevo: en 1963 escuché a una señora de clase media decir que Fidel Castro enviaba marihuana a Venezuela, porque “¿Cómo se explica que un estudiante sea comunista, si no está drogado?”, y siempre me gustó la anécdota (rigurosamente cierta) de una aristocrática dama caraqueña que defendía a una joven a quien “acusaban” de izquierdista: “¿Cómo va a ser comunista una niña con unos ojos tan bellos?”.

La estupidez difusa en la oposición y el odio puntual contra Nicolás Maduro, se volvieron una amenaza real para la democracia venezolana, al punto que la política central del gobierno ha sido y sigue siendo un llamado permanente al diálogo y la paz. Y ahora, con la Constituyente, a esa exhortación a la convivencia se le añaden medidas punitivas para quienes promuevan o ejecuten delitos o crímenes de odio. A Dios rogando y con el mazo dando.

Y ya vemos un cambio saludable: las primeras gotas de una dulce llovizna de inteligencia y humanidad que mitiga las llamas de la violencia, y ojalá termine apagándolas. En las elecciones para la Constituyente, junto a los centenares de miles de personas que no pudieron votar porque se les impidió viajar o acercarse a sus centros de votación, más de medio millón de opositores votaron junto a los chavistas, cansados de la crueldad, el abuso y la delincuencia de las “trancas”.

En el ambiente constituyente cargado de cambios favorables, la agresión que sufrió, por parte de unas opositoras, la rectora del CNE Socorro Hernández, y las medidas punitivas hoy en curso contra las culpables y sus cómplices, podría muy bien ser el último, o uno de los últimos episodios de odio y estupidez de estos tiempos. Es de desear que así sea, y no por miedo chavista, porque donde las dan las toman y a la hora del mal todos somos bien capaces; una guerra se sabe cuándo empieza, pero no cuando termina y, dice el corrido mexicano “no es lo mismo ver morir que cuando a uno le toca”.

No es por miedo, es por inteligencia e instinto social de conservación. Por nosotros y por los que vienen. Por la América y el mundo, que ya soporta más que suficientes guerras y matanzas. El llamado a la paz no es un llamado a la conformidad ni a la resignación o al pensamiento único. Es un llamado a la sociedad abierta y a la democracia.

Eduardo Rothe Eduardo Rothe

El efímero botín de los inconscientes

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela hay una guerra. Pero no una en la que se confronten visiones económicas o posiciones ideológicas, sino una en la que la sociedad toda se enfrenta a mercenarios asalariados que engañan, aterran y someten a la gente.

Quienes desde el ámbito de la historia argumentan la supuesta falsedad de la leyenda que atribuye a los conquistadores el engaño al que habrían sometido a los indígenas de lo que ellos llamaron el “nuevo mundo” entregándoles espejos y baratijas a cambio de oro, justifican de manera inmoral el saqueo del que fue objeto nuestro continente con la genocida invasión de la corona española.

A través del tiempo se ha corroborado el inequívoco carácter codicioso de los imperios, que precisamente en su afán expansionista expresan su supremo interés por las riquezas que persiguen, sin importarles en lo más mínimo los padecimientos que con la destrucción y los estragos que dejan a su paso le ocasionan al ser humano y a la naturaleza misma.

La compra de la sumisión y el entreguismo de los pueblos ha sido una constante de impudicia en la conducta imperialista de los sectores poderosos, que usan la fuerza de sus capitales ya no solamente como medio al servicio de la supremacía y la dominación sino como instrumento para la ignominia y el sometimiento más inmisericorde de los pobres y desvalidos de la sociedad.

El saqueo del oro amerindio con el cual Europa salió de su condición medieval para ingresar a la era de la modernidad, no fue sino una operación financiera al mejor estilo capitalista, definida por exactamente los mismos parámetros del libre mercado que rigen  para la sociedad neoliberal actual.

Para el imperio norteamericano, la tierra se divide en dos únicos territorios; el de los Estados Unidos, centro de la cultura capitalista donde reinarían la libertad y la democracia, y el resto del planeta, fuente inagotable de recursos y riquezas por controlar, cuyos regímenes de gobierno son, según su particular óptica, de una u otra manera inconvenientes o contrarios a los sagrados intereses del imperio.

Esa otra parte del planeta más allá del suelo estadounidense, es la que pretende someter bajo el rigor infernal de las armas, o bajo la perversa dictadura del capital.

La compra de conciencias que desde milenios ha padecido la humanidad por disposición de los poderosos, es la modalidad de primer orden a la que recurre el imperio para derribar las barreras de soberanía que erigen los pueblos del mundo. El dinero que en ello se gasta es asumido siempre por el gran hegemón del norte como una simple inversión. Una transacción financiera en la que se adquiere a bajo precio lo que en realidad es infinitamente más costoso, como la dignidad de los pueblos, y donde la mercancía ya no son bienes o productos transables sino seres humanos de carne y hueso que servirán de quinta columnas asalariados para alcanzar el preciado botín de las riquezas que persiguen en cada nación del mundo.

La base ideológica de esa modalidad de contratación de vende patrias, es la pérfida máxima capitalista según la cual “todo el mundo tiene su precio”. La misma que sustentó el despojo ideado por Cristóbal Colón contra nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que los pueblos originarios de este Continente no estaban movidos por la codicia que hoy perturba el alma y la mente de la sociedad de consumo en la que nos ha convertido ese mismo imperio que hoy pretende saquear nuestras riquezas y adueñarse de nuestros recursos y de nuestra economía toda, sublevando a la gente del barrio mediante pagos que se tabulan según el nivel del crimen que cada asalariado esté dispuesto a cometer en la guerra terrorista contra el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro.

Una codicia que envilece sin distingo de raza, credo o condición social ni política, amenazando más que ningún otro factor de agresión la soberanía de las naciones del mundo, y que hoy atenta contra el humanista proyecto bolivariano emprendido por el Comandante Chávez hace casi dos décadas, al convertir a un número importante de la gente del pueblo en carne de cañón para los planes de la entrega de nuestro país al imperio a cambio de un efímero puñado de dólares, que por lo general se difumina con la misma velocidad con la que se consume la droga que les entregan sus mismos contratistas como parte del costoso kid de guerra con el que los dota.

Quienes salen hoy del barrio a incendiar y destruir todo a su paso, incluyendo hospitales materno infantiles y preescolares, atentando sin miramiento ni conmiseración alguna contra la vida de las personas, funcionarios o no del Estado, no lo hacen por convicción política alguna. Su propuesta no es la de alcanzar el bienestar mediante el derrocamiento de un gobierno para abrirle paso a otro de signo contrario.

La anarquía que promueve el capital en pos de la extinción del Estado como instancia de control y regulación de la economía, no procura la politización de la sociedad en modo alguno. La sola idea es incongruente. Por eso quienes orientan las acciones desestabilizadoras en Venezuela no son los líderes de la oposición. Su papel en la guerra contrarrevolucionaria es el de simple fechada referencial, que si asisten a las movilizaciones de calle del antichavismo bien y si no también. Su patético caso es el de los bueyes detrás de la carreta, la mayoría de las veces abucheados o desatendidos por quienes debieran ser sus seguidores naturales.

Lo que promueve el capital entre esos auténticos desclasados en puntos muy contados y precisos del país, en los que efectivamente logran el propósito de aterrorizar y desesperar a la población, es la cultura de la riqueza fácil que sirva al propósito de intentar derrocar al gobierno a la vez de sembrar y expandir el espíritu del neoliberalismo en la sociedad para perpetuar así el antinacionalismo que le es tan indispensable al imperio en nuestro suelo.

Esos desclasados son los que a lo largo de la historia han perturbado el avance sostenido de los procesos revolucionarios, plegándose al enemigo por la ilusión de una fortuna que jamás recibió el pobre de ningún régimen oligarca que ayudara a instaurar con la traición a su clase. La fábula del bienestar por la que optaron aquellos que por inconciencia y falta de amor propio vendieron su patria por unas cuantas monedas de oro, fue siempre tan falsa como falsos han sido los ofrecimientos de redención del pueblo con los cuales el capitalismo ha estructurado el discurso demagógico tras el que oculta su verdadera condición rapaz.

Una simple interrogante que esos engañados que hoy se ponen al servicio de sus enemigos de clase se respondan a sí mismos los salvaría de la tragedia en la que por inconsciencia están sumidos y sumen hoy al resto del país que los repudia…  ¿Qué hay para ellos el día después, en el supuesto negado de lograr su infame cometido?

¿Será posible en un gobierno neoliberal algún mecanismo que le asegure al pobre alimentos a precio justo? ¿Por qué pide entonces la derecha la eliminación de la regulación de los precios de los alimentos?

¿Se le respetará al trabajador su estabilidad laboral y los aumentos salariales que hoy consagra la Constitución? ¿Para qué exige entonces Fedecámaras la derogación de la Ley del Trabajo promulgada por el Comandante Chávez?

¿Habrá dinero suficiente en el país para impulsar el desarrollo de la producción nacional que desde hace más de cien años el capital privado ha impedido? ¿Por qué insisten entonces todos los dirigentes y economistas de la oposición en que hay que eliminar el control cambiario de divisas? El control cambiario no impide traer capitales al país, impide su fuga hacia el exterior. ¿Por qué no los traen, si son ellos quienes se los han llevado fuera del país desde hace décadas como quedó demostrado en la revisión de las cuentas de los bancos suizos, en los bancos de Andorra y en los Papeles de Panamá?

Si responde con sensatez y honestidad todas estas preguntas, la gente pobre que hoy cae presa del engaño al que es sometida por quienes le venden la idea de que con esa guerra participa de alguna lucha heroica, entenderá de inmediato la urgencia de atender el llamado del Presidente Nicolás Maduro a la elección de una Asamblea Nacional Constituyente que abra el camino a la perfección del modelo profundamente humanista que nos trajo el Comandante Chávez y por el cual el país ya estaba enrumbado hasta que la derecha y el Departamento de Estado norteamericano decidieron frustrar ese hermoso sueño de verdadera democracia popular que el pueblo quiere recuperar.

@SoyAranguibel

 

 

Angel Guerra: Venezuela: la derecha busca un baño de sangre

Por: Angel Guerra Cabrera / la Jornada 

Más de 26 muertos, cientos de heridos y daños materiales estimados en 100 mil millones de bolívares es el saldo provisional de la violencia generada por el demencial clima de odio y violencia desatado por las protestas opositoras en abril.

¿Sus antecedentes inmediatos? Hace poco más de un año la contrarrevolución obtuvo mayoría en la Asamblea Nacional(AN) y se sentía más fuerte que nunca. Por primera vez desde 1998 había superado al chavismo en unos comicios. No hizo más que instalarse el órgano legislativo e inició un camino irracional hacia el golpe de Estado, que es lo suyo.

El nuevo presidente del Legislativo manifestó que en seis meses sacaría del cargo a Nicolás Maduro. Al continuar éste en su puesto, pasado el plazo, los legisladores oposicionistas le hicieron un juicio político en 24 horas y acordaron convocar elecciones en 30 días, decisiones para las que la AN no está facultada por la Constitución. Para no hablar de la ridícula ausencia del mandatario que declararon.

La AN se extralimitaba cada vez más en sus competencias y atropellaba las de otros poderes del Estado, cuando decidió juramentar a tres diputados cuya elección había sido anulada por el Consejo Nacional Electoral, que la consideró fraudulenta. Ante el reiterado atropello de la Constitución, es que el Tribunal Supremo, garante de su observancia, decide declararla en desacato y en el ínterin asumir algunas de sus funciones ante asuntos que requieren resolución urgente por interés social.

Bastaría que revocara la juramentación de los tres diputados para que cesara la situación de desacato. Pero no, prefiere acusar a Maduro de haber dado un “autogolpe”, cuando en realidad es la mayoría opositora la que mantiene una conducta golpista desde la misma instalación de la AN, que se retrotrae al golpe del 11 de abril de 2002, del cual son cómplices todos sus cabecillas más connotados. El “autogolpe” ha sido el pretexto para la nueva ola de protestas violentas, siempre apegadas, al igual que las de febrero de 2014, al “manual” del asesor de la CIA Gene Sharp y a las directivas de la Operación Venezuela Freedom 2 del Comando Sur yanqui.

En concordancia con la violencia opositora, sus exigencias son inaceptables por su carácter golpista: destituir a los jueces del Tribunal Supremo, convocar a elecciones de inmediato, liberar a los presuntos presos políticos y abrir un canal humanitario para asistir a la población. Puro cinismo. Es también el caso de la marcha convocada para el miércoles 26, cuyo supuesto objetivo era entregar una carta en la oficina del Defensor del Pueblo para solicitarle que –bajo descaradas amenazas– declare en falta grave a los jueces del Tribunal Supremo, requisito legal para que la AN los destituya.

El objetivo real era buscar derramamiento de sangre y una vez más lo consiguieron. Tarek Williamn Saab, defensor del Pueblo, ha declarado que la misiva ha sido entregada ya 15 veces por personeros opositores y desestimada por improcedente. Esta marcha, como siete anteriores que la oposición ha intentado conducir al centro de Caracas, no ha sido autorizada, como ocurre en otros países, donde se impide marchar en determinadas áreas. Aquí una explicación de por qué la prohibición.

Con el extremismo de derecha en el poder en Washington, la contrarrevolución tiene tres objetivos: asaltar el poder no importa el costo en vidas humanas y a la economía; impedir la recuperación económica y política de la Revolución Bolivariana en pleno curso, y ocultar su hundimiento político en un momento en que el chavismo ha ganado considerable fuerza, como lo demuestran sus movilizaciones de calle en comparación con las de los adversarios.

La hostilidad de la OEA, de varios gobiernos de derecha o atemorizados y la campaña mediática sin precedente contra Venezuela han contribuido mucho a estimular la demencia opositora. Un individuo mediocre, rencoroso y de baja estofa como Luis Almagro, ha terminado de descalificar a la OEA para tratar cualquier tema relacionado con la Patria de Bolívar.

Al fin y al cabo, el organismo siempre ha sido instrumento de la política injerencista y agresiva de Washington contra los gobiernos soberanos de Nuestramérica. El fin único de la oposición es derrocar el orden constitucional para volver al infierno neoliberal y a la represión masiva contra el pueblo. Mucho peor y más sangrienta que la ejercida después de “El caracazo”.

Angel Guerra  Angel Guerra Cabrera / La Jornada

La mentira que por fin ha muerto

“La propaganda puede ser aprendida. Debe ser conducida solo por un fino y seguro instinto para percibir los sentimientos siempre cambiantes de la gente”

Joseph Goebbels

Por: Alberto Aranguibel B.

La máxima según la cual “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad” ha trascendido a lo largo de más de 60 años como la viva imagen del cinismo propagandístico que puede llegar a ser ejercido desde las esferas políticas, pero a la vez como una de las más ingeniosas y eficientes fórmulas para la construcción de marcas, conviviendo, por cierto, estas dos acepciones filosóficas en un mismo limbo ético que a nadie llegó jamás a perturbar, atribuida generalmente a quien se considera el padre de la propaganda moderna.

Lo cierto es que Goebbels jamás dijo nada semejante. El origen de la equívoca leyenda se encuentra en un artículo del alto dirigente nazi, publicado el 5 de octubre de 1941 en el periódico Das Reich, en el cual Goebbels sentía un particular orgullo de editorializar semanalmente desde 1940 para promover el ideario nacionalsocialista y responder desde ahí a los embates propagandísticos de los enemigos de la Alemania nazi.

En ese texto, Goebbels, cuya filosofía como profesional de la comunicación era la inconveniencia de “la mentira” como instrumento de convencimiento, se expresaba de las campañas de propaganda que Inglaterra y Rusia orquestaban contra Alemania, de la siguiente manera: “la propaganda inglesa y bolchevique pensó que le había llegado su hora. […] siempre hicieron predicciones falsas. Todavía tienen las agallas de mostrarse ante el mundo como puros e incorruptibles fanáticos de la verdad que se presentan como son, mientras alegan que nosotros abolimos la libertad de expresión, envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad” (La materia de la peste, Das Reich, 5 de octubre de 1941).

LA VERDAD VERDADERA

Tal como lo expuso en varias oportunidades, la mentira no debía ser la base de la propaganda política, simplemente porque la gente tiene siempre una muy superior capacidad para reconocer la verdad a través de los hechos. Ya en su discurso anual ante el congreso nazi en 1934, en Nuremberg, decía lo siguiente: “La buena propaganda no necesita mentir, en efecto puede no mentir. No tiene ninguna razón para temer a la verdad. Es un error creer que la gente no puede asimilar la verdad. Lo puede. Es sólo cuestión de presentar la verdad a la gente de manera que pueda entenderla. […] no es sólo cuestión de hacer las cosas correctamente, la gente debe entender que lo correcto es lo correcto” (Der Konfress zur Nürenber, 1934, Munich: Zentralverlag der NSDAP, Frz. Eher Nachf, 1934, pp. 130-41).

En esa misma pieza oratoria de 1934, sostenía claramente que “la propaganda puede ser en favor o en contra. Pero en ningún caso tiene que ser negativa. […] nos hemos auxiliado creando cosas reales, no ilusiones“.

A partir del mito, achacado sistemáticamente por la propaganda occidental a Goebbels con el objeto de detractarlo y disminuir así los alcances que, independientemente de sus convicciones políticas, haya podido tener como estratega de las comunicaciones (fundamentalmente por aquello de que la historia la escriben los vencedores para justificar los horrores de la guerra, atribuyéndole al vencido el carácter de responsable de todos los males que ellas ocasionan a la humanidad), se impuso la creencia generalizada entre los improvisados creadores de mensajes políticos y publicitarios en general, según la cual el uso de la mentira como instrumento excepcional para la modificación de conducta y creación de percepciones en el individuo permitiría siempre obtener el favor de las masas.

Nada más falso desde un punto de vista histórico y científico.

En realidad lo que se conoce como “las leyes de la propaganda” atribuidas al renombrado dirigente nazi, no es sino el resumen que de manera arbitraria elabora el profesor emérito de la Universidad de Yale, Leonard W. Doob, a partir de lo que él mismo señala en su libro “Principios de la Propaganda de Goebbels“, publicado en 1950 por la Universidad de Oxford en cooperación con el Instituto Americano para la Investigación de la Opinión Pública, en plena efervescencia de la Guerra Fría, que “se basa en una lectura cuidadosa de documentos escritos y no escritos por Goebbels, que reposan en la librería del Instituto Hoover para el Estudio de la Guerra, la Paz y la Revolución, de la Universidad de Stanford” que “no necesariamente son una relación exacta y verdadera de su personalidad, ni como persona ni como propagandista“. (Goebbels’ Principles of Propaganda, Doob, The Public Opinion Quarterly, Vol. 14, No. 3, (Autumn, 1950), pp. 419-442)

Leonard W. DoobLeonard W. Doob

La “objetividad” de Doob para la apreciación de las ideas de Goebbels queda completamente en entredicho cuando se sabe que el mismo se desempeñó durante la Segunda Guerra mundial como encargado de la OWI (United States Office of War Information) en Europa, una oficina creada por los Estados Unidos para el trabajo de contrainformación y propaganda cuyo propósito fundamental era precisamente el de operar como una máquina para la producción de materiales que aparentaran ser propaganda nazi para ser distribuidos en Alemania y en el resto de Europa durante todo aquel período. Un verdadero trabajo de guerra sucia llevado a cabo bajo la denominada modalidad de “ataque de bandera falsa” en la cual Doob se convirtió en todo un experto.

propaganda gringa en alemaniaPropaganda usada por los EEUU en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial – Leyenda: “Una nación, un gobierno, un líder, un canal de noticias… FOX News, el canal oficial de las noticias de la Patria” –

En síntesis, tanto el libro de Doob como la obvia subjetividad con la que debe haberse realizado la investigación en la cual se fundamenta, demuestran que el tan difundido manual de propaganda (más parecido a un panfleto anti-nazi que a ninguna otra cosa) jamás fue escrito por Goebbels, quien, como hombre sólidamente formado, como intelectual y como profesional, es evidente que jamás habría llegado a afirmar la sarta de barbaridades que en ese apócrifo documento se le atribuyen. Fue gracias a la libre interpretación del entonces agente de propaganda norteamericano que la frase del editorial “La materia de la peste” escrito por Goebbels en 1941 ( “… envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad”) pasó a ser la infame pero muy conveniente sentencia para los intereses políticos de los EEUU “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad“.

De hecho, Edward Bernays, verdadero inspirador de buena parte del trabajo de Doob en Europa, recogía en su famoso libro “Propaganda” publicado en 1928, mucho antes del ascenso del nacionalsocialismo alemán al poder, su visión de lo que él mismo había practicado desde 1917 en el uso de la propaganda como herramienta para la manipulación de las masas, en su condición de asesor de imagen del Presidente Wilson de los EEUU durante la primera Guerra Mundial, de la siguiente manera: “Fue, por supuesto, el éxito sin precedentes de la propaganda durante la guerra lo que les abrió los ojos  a los más perspicaces en los diferentes campos acerca de las posibilidades de disciplinar a la opinión pública […] La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo  de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.” (Propaganda / E. Bernays / 1928)

De lo cual se desprende sin lugar a dudas que no fue Goebbels en modo alguno el creador de los modelos de manipulación de los cuales es acusado por la propaganda occidental.

Pero mucho más allá de todo eso, está la intensa actividad llevada a cabo por el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst como asesor de Adolph Hitler desde antes de  la Segunda Guerra Mundial, en la manipulación de las noticias que llegaban tanto a Alemania como a Norteamérica desde Rusia para tratar de contener la expansión del comunismo en Europa, en lo cual Hearst aplicó a la más perfecta cabalidad todas y cada de las técnicas de guerra sucia que describe el manual que Leonard Doob redacta y le atribuye maliciosamente a Goebbels veinte años después.hearst_1hearst_2
–  Para atacar a Rusia, Hearst, padre del “amarillismo”, falseó en sus periódicos la realidad usando textos y fotos de sucesos que no se correspondían con lo que se decía en la noticia –

La suerte (buena o mala, según se aprecie de un ángulo o de otro) de Goebbels fue que su desempeño como Ministro de Propaganda coincidió con el surgimiento de un fenómeno nunca antes visto en la historia de la humanidad, como lo fue el nacimiento casi simultáneo de los grandes medios de comunicación que hoy la sociedad conoce, como el cine, la radio y la televisión, los cuales utilizó inteligentemente, tal como lo hacen hoy de manera intensiva todos los gobiernos del mundo con Internet y las llamadas Redes Sociales. Ese lógico aprovechamiento de la comunicación de masas al que se abocara el Ministro nazi, generó el desprecio de las potencias que desde entonces se vieron amenazadas con el inmenso poder de convencimiento que Goebbels podía tener usando los medios para decir la verdad de las ambiciones imperialistas y de dominación que esas potencias escondían tras su fachada de “libertadores” del mundo. Hoy esa verdad es completamente innegable.

LA VERDAD DE LA MENTIRA

Si bien es cierto que la discusión sobre la eficiencia o no de la mentira como herramienta comunicacional no puede aceptarse como resuelta, ni mucho menos el que haya habido por lo menos un mínimo freno en la persistencia de su uso indiscriminado tanto en la propaganda como en la publicidad, si lo es, definitivamente, el hecho irrefutable de la eficiencia de la verdad, entendida como “afirmaciones apoyadas en realidades constatables”, en el logro de credibilidad por parte del público.

Por eso la publicidad comercial suele apelar al uso de “pruebas científicas” para respaldar la calidad de los productos que se anuncian, o de infinidad de componentes pseudo químicos que garantizarían dicha calidad, como las supuestas “partículas de dimeticona que rechazan la caspa” del champú Head & Shoulder, de la empresa P&G, o la “brillolina” de sus ceras para pisos.

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En 1956 Colgate anunciaba el inexistente componente GARDOL para proteger la dentadura

Pero, determinar cuál es la “verdad verdadera” en la formulación de la propuesta comunicacional, suele llevar a un espacio impreciso en el cual la ética es siempre un dilema difícil de resolver.

En el campo político, la solución del dilema ético en el uso de la mentira suele estar referida a si se cumplen o no las promesas que se hagan a los electores, en lo cual el nivel de formación o cultura del ciudadano será siempre determinante para establecer si se le informó correctamente sobre algo o, por lo menos, si hubo o no buena fe en la promesa.

Por eso para los sectores derechistas de la política, la educación masiva es un peligroso factor de perturbación. En el campo de la propaganda comercial, es decir, de la publicidad, la mentira, o la falta de “constatabilidad” de la promesa, es indefectiblemente pagada con el desprestigio de la marca y, por consiguiente, con la indisposición o rechazo a la recompra del producto anunciado.

Una cosa es proponer en un comercial publicitario “que el champú tal elimina la caspa porque está formulado con los más avanzados componentes químicos para el tratamiento del cabello“, por ejemplo, y otra muy distinta es ofrecer que “va usted a hacerse millonario o a cautivar a todas las damas hermosas que se le presenten en su camino si usa ese champú“. Para la publicidad sería muy fácil hacerlo, pero no lo hace (o por lo menos no con ese grado de descaro e irresponsabilidad), porque el interés no es vender su producto una sola vez sino siempre. Y si el consumidor se siente engañado en un primer momento, la segunda compra jamás se produce. El nivel ético que aparentemente se percibe en la publicidad no es otra cosa que el terror a caer en una guerra de medias verdades y mentiras nada veladas entre marcas y productos, en la que, de producirse, ni siquiera triunfaría quien tuviese mayor cantidad de exposición en los medios, valga decir, mayor cantidad de dinero, porque ante una vorágine de descréditos y acusaciones mutuas entre marcas y productos, el desprestigio, más allá de la inevitable afectación a todos ellos en su conjunto, sería inexorable incluso para los medios de comunicación en sí mismos, generándose así una verdadera hecatombe en la industria publicitaria… la base de sustentación actual del capitalismo.

Por eso cualquier gerente de marca debe saber que hasta el más insignificante detergente debe basar sus aspiraciones de vida, en la veracidad o “verificabilidad” de su promesa. Su justificación deberá ser siempre el resultado de complejísimos procesos de análisis de mercados y estudios de gustos y preferencias del consumidor, porque es la única fórmula segura que la empresa privada ha encontrado conveniente, después de décadas de investigación y de incontables recursos invertidos, para sobrevivir al acoso de su propia competencia.

EL FRACASO DE LA MENTIRA

En Venezuela el fracaso de la oposición al gobierno del presidente Hugo Chávez, y ahora al gobierno del Presidente Nicolás Maduro, apoyada como nunca antes se había visto en el gran poder de los medios de comunicación, es un ejemplo más que fehaciente de cómo la mentira no es el camino correcto para convencer a la audiencia, en este caso, al elector. La oposición no presenta una propuesta alternativa desde el punto de vista político o ideológico, sino que centra su discurso en una permanente guerra de infamias y descalificaciones infundadas, dirigidas a crear escepticismo o pérdida de credibilidad en el chavismo. Apoyar el mensaje de una propuesta política en la afirmación antojadiza de verdades inexistentes referidas al gobierno al cual esa propuesta se opone, atenta contra los principios elementales de la buena propaganda.

Pero más allá de eso, es que un proceso basado en tan errada estrategia indefectiblemente se revierte porque, como lo afirmaba Goebbels en 1934 y tal como ha quedado demostrado a través del desarrollo de la publicidad, la gente tiende siempre a constatar la veracidad de cuanto se le vende como cierto. Sostener, por ejemplo, que un país en el que se han producido en un mismo periodo más elecciones que ninguna otra nación del planeta, donde la libertad de expresión es tan amplia que los más importantes medios de comunicación, en manos de los sectores contra revolucionarios y ultra derechistas del país, se encuentran al frente de las acciones que promueven abiertamente el asalto al poder por la vía del golpe de Estado, sería una “dictadura” regentada por un tirano, es un verdadero exabrupto.

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Opositora venezolana protesta por la supuesta “crisis económica” montada en su vehículo de lujo último modelo

Afirmar que existe un régimen totalitario en un país en el que se acusa al gobierno de represor a través de todos medios radioeléctricos impresos disponibles y con el mayor despliegue de espacios de información y de opinión, sin que se produzca por ello represión alguna, es definitivamente una insensatez que tarde o temprano hará derrumbar la credibilidad de quien acuse sobre tan insustanciales bases, porque ello, además de improductivo desde el punto de vista comunicacional, evidencia un profundo irrespeto y una clara ofensa a la inteligencia del espectador promedio. Tal como le ha sucedido a la oposición venezolana.

Obviamente utilizaron a los más improvisados e ineptos asesores de imagen en la formulación de su estrategia. Pensaron que en la descomunal profusión del fácil mensaje que puede construirse con base en mentiras bien estudiadas, habría un éxito que jamás estuvieron ni cerca de obtener. Pero insistieron en ello.

Pretendieron acuñar de manera terca y recurrente la idea descabellada según la cual mientras más posibilidades tenían de expresarse con la más entera libertad, mayor radicalización habría de la supuesta dictadura que con mentiras denunciaban, ilusionándose ingenuamente con lo que ellos creyeron siempre era cada vez un mayor acercamiento a la caída del régimen, cuando en realidad, los resultados electorales, las encuestas y el pueblo chavista en la calle demostraban inequívocamente todo lo contrario.

Nadie en la oposición ha sabido responder hasta hoy por qué, constituyendo ellos el sector con mayor exposición en los medios de comunicación antes y después del triunfo de Chávez, fueron los protagonistas de tan desastrosa caída en el favor de la opinión pública en las elecciones de 1998 como en todas las sucesivas. Cualquier gerente versado de marcas habría visto en eso los severos efectos de una muy torpe y errada estrategia comunicacional, cuya constante fue siempre el uso indiscriminado de “la mentira” como instrumento de aproximación al elector. Entonces ¿por qué  habría de resultar hoy una estrategia comunicacional fundamentada en los mismos irresponsables parámetros de entonces?

La respuesta a esto está en el fenómeno que fue Chávez desde el punto de vista de su mantenimiento en los más altos niveles de popularidad a lo largo de toda su vida pública, según la medición no solo de los resultados electorales de más de 15 elecciones en las que resultó triunfante, sino de todas las encuestas de opinión durante casi 13 años; Debatió ideas y no mentiras, aferrándose siempre a la verdad.

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-Hugo Rafael Chávez Frías, El Comandante Eterno –

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Publicado inicialmente en la Revista Question/Abril de 2003 y revisado por el autor en abril de 2014.

La neurosis como doctrina funesta que conduce al infierno

Por: Alberto Aranguibel B.

En la esquina de la calle Campo Alegre cruce con la avenida principal de La Trinidad, existe una suerte de “muro de los lamentos antichavistas”, donde el talante guarimbero de los vecinos de esa cuadra se expresa con toda la furia de lo que pudiera llamarse ya una auténtica “ideología de la arrechera”.

En sus apocalípticas pancartas, exponen el pensamiento de un sector formado no bajo los dogmas de las doctrinas o las teorías políticas, sino bajo la lógica de una derecha sin discurso alguno que solo puede existir mediante la iracundia y el odio que pueda despertar en la gente.

ro de BerlínQuizás el bueno de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992) no se refirió nunca a la hegemonía del neoliberalismo cuando proclamaba su inefable sentencia sobre la extinción de las ideologías a partir de la caída del bloque soviético y el derribamiento del Muro de Berlín a finales del siglo XX, sino a la incapacidad de la derecha para asumir el compromiso de enfrentarse a la humanidad con un respaldo doctrinario eficiente que se correspondiera con la lógica del pensamiento progresista que el neoliberalismo proclama pero que jamás practica.

Erigido a sí mismo en bastión del pensamiento más ultraderechista del último medio siglo, Fukuyama no descansa desde hace décadas en la búsqueda de una fórmula ideológica que le permita convertir al neoliberalismo en una verdadera teoría política, para que deje de ser la simple síntesis de postulados pro-capitalistas que los sectores hegemónicos usan para justificar su depravación explotadora y usurera en función del dinero y hacerla avanzar hacia un nivel más digno como doctrina.

La doctrina de la libre empresa no es sino la institucionalización de la antipolítica, porque el neoliberalismo carece de fundamentación teórica que le permita a la derecha explicarle a la sociedad su verdadera intencionalidad depredadora y convencerla de la sumisión a la que ella (la sociedad) debe someterse para permitir el más expedito y cómodo desempeño del modelo de acumulación de la riqueza en manos de los ricos y no de la gente.

La peor calamidad para el neoliberalismo a través de la historia ha sido siempre la perturbación de ese orden tan perfecto que solo las ideas de justicia y de igualdad social que encarnan las revoluciones tienden a descomponer. De ahí su repudio a las ideologías y a todo cuanto con ellas tenga que ver.

En Venezuela, Bolívar representa el poder de esas ideas redentoras que inspiraron a la humanidad y que la lucha independentista instauró en Latinoamérica como sustrato cultural de nuestros pueblos. Ese mismo Bolívar que empuñó la espada para acabar con las ideas de esclavitud y dominación de los ricos sobre los pobres no se basó primordialmente en las cualidades combativas de sus ejércitos sino en la necesidad impostergable de la moral y de las luces como herramientas de liberación.

Por eso la derecha venezolana sufre como una asfixiante penitencia del alma el tormento existencial entre el amor a Venezuela pero no a la Patria; entre la bandera de siete estrellas de la 4ta República y la bolivariana de ocho; entre el Bolívar “clásico” de las estatuas inánimes y desideologizadas y el Bolívar revolucionario y filósofo del Monte Sacro que inspira hoy a los revolucionarios venezolanos y del mundo.

Ese terreno baldío de la ambigüedad ideológica es el árido espacio en el que solo germinan el odio, la intolerancia y la irracionalidad como soportes del insulso discurso opositor.

En nombre de los inexpugnables intereses del gran capital y de las transnacionales norteamericanas que acechan las riquezas nacionales, el presidente de la Asamblea Nacional grita a los cuatro vientos en su discurso de salutación en el acto de entrega de Memoria y Cuenta del ciudadano Presidente de la República ante el parlamento, que él es un hombre de pensamiento revolucionario y que tiene “obra escrita” para demostrarlo.

Y en nombre del pueblo, un diputado igualmente opositor, Leomagno Flores, argumentaba furioso en la anterior Asamblea Nacional en contra de la Ley del Trabajo, sosteniendo que “los responsables de la crisis mundial del capitalismo son los sindicatos y partidos de izquierda que exigen aumentos salariales para los trabajadores”.

María Machado, la exdiputada de Panamá, erige hoy su liderazgo de motoneta y chicharrón sobre la férrea defensa de una Constitución contra la cual ella misma ha luchado por todos los medios durante casi un cuarto de siglo, incluida la brutal arremetida golpista que ella convalidó contra esa misma Constitución en 2002 y la masacre de venezolanos desatada por su inconstitucional llamado a La Salida en 2014.

Por donde se le mire, al derecho o al revés, el desparpajo y la desvergüenza en el discurso opositor es un dechado de irresponsabilidad ideológica, que de puro persistente termina por convertirse en toda una doctrina de la insustancialidad y la ignorancia.

Henrique Capriles es probablemente el más perfecto ejemplo de esa insustancialidad elevada por la derecha venezolana al rango de ideología.

Después de más de una década y media instigando la ingobernabilidad y el estallido social mediante llamados a desconocer la legitimidad democrática de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, promoviendo la intolerancia y la desobediencia civil contra los poderes del Estado y haciendo llamados a descargar arrecheras que causaron la muerte de venezolanos, Capriles llegó a comprometerse en campaña electoral a continuar la obra prodigiosa de la revolución que encarnan las Misiones socialistas.

La asquerosa inmoralidad de esa promesa en boca de un conspicuo y contumaz conspirador como Capriles, es ciertamente vomitiva. Pero su carácter acomodaticio y oportunista trasciende los linderos del crimen contra la inteligencia humana.

Esta semana, en conversación con el alcalde Gerardo Blyde en Unión Radio, afirma con pasmosa serenidad que “la oposición no fue mayoría por muchos años…”

“Bueno –dice impúdico- la política es así; un día usted es oposición otro día es gobierno. Efectivamente, el gobierno, el PSUV, tuvo la mayoría. Ahora no la tiene, la política es así.”

Sin explicar de dónde saca él esa absurda y arbitraria cuantificación, ni por qué mandó entonces, bajo engaño, a sus seguidores a que incendiaran el país porque supuestamente ellos eran mayoría cuando en realidad no lo eran, hace una declaración todavía mucho más inquietante, en la que sostiene que “el poder es un préstamo que nos hace el pueblo”.

Asumir el objeto y la razón del poder como un “préstamo” y no como un servicio a la sociedad, es la revelación cruda y sin ambages de las intenciones saqueadoras de quienes ven el ejercicio de gobierno como un botín de guerra y la política como un negocio lucrativo para acceder a él. Lograrlo requiere solamente de la condición irracional de una sociedad despolitizada, neurotizada y violenta, que no perciba tales inconsistencias sino que las celebre y las aplauda.

Y es eso lo que dice el escueto discurso de las pancartas de La Trinidad; que la sociedad pacífica, que no monta en cólera, que no rabia, que no se arrecha como le dicen sus líderes, no es la sociedad a la que ellos aspiran.

Dice, más allá de la escritura, que la falta de una ideología propia que oriente su visión de país puede llegar a ser un flagelo mucho peor que los holocaustos que acabaron con las libertades, el derecho a la paz y a la vida misma que los pueblos reclamaron a través de la historia. Una carencia que tiene a nuestro país en vilo por el empeño de un pequeño grupo de oligarcas intoxicados por la sed de un poder que asumen como trofeo de su exclusiva propiedad, fomentando para alcanzarlo la desunión, la guerra y el antipatriotismo entre los venezolanos.

La paz es la propuesta de la Revolución Bolivariana para enfrentar esa irracionalidad y ese despropósito entreguista del neoliberalismo. Venezuela no será la Colombia sedienta de guerra que acaba de expresarse la semana pasada en el plebiscito que realizara el gobierno del presidente Santos para refrendar la paz y en el cual fue derrotado por los mismos promotores del odio que en nuestro suelo quieren controlar los destinos de la Patria.

Venezuela no se sumirá en la guerra para satisfacer las antojadizas ansias de un sector indolente con el pueblo. Nuestro país tiene en el presidente Nicolás Maduro la fuerza del alma chavista que nos conducirá a la sociedad de bienestar y progreso por la que los venezolanos hemos luchado desde hace siglos y que solo el socialismo bolivariano puede asegurar.

@SoyAranguibel

El drama de Timoteo

Por: Alberto Aranguibel B.

El Catoblepas es el horrendo monstruo mitológico con cuerpo de búfalo y cabeza de cerdo que le cuelga hasta el suelo por la imposibilidad de levantarla, dada la fragilidad de su largo y delgado cuello con apariencia de tripa vacía, que Gustave Flaubert enfrenta a San Antón Abad en “Las Tentaciones de San Antonio”.

En la novela, el monstruo se le presenta en medio de la más absoluta soledad a quien la narración santoral católica reconoce como el primer místico de la apartada región de la Tebaida y fundador de los ermitaños, describiéndose como “gordo, melancólico y que permanezco siempre en el mismo sitio, notando bajo mi vientre el calor del barro.”

El espantoso engendro llega a ser tan repugnante, según el autor, que es capaz de acabar con la vida de quien apenas ose cruzarle la mirada. Y hasta de la suya propia, precisamente por esa condición rastrera que le obliga a terminar comiéndose a sí mismo.

Un monstruo que se coma a sí mismo no podía ser sino una abyección producto de la afiebrada imaginación de un novelista como Flaubert, que hizo revisiones a ese mismo texto durante casi tres décadas antes de considerarlo acabado.

O producto de la mente calenturienta de la dirigencia del antichavismo criollo.

La llamada Mesa de la UNIDAD, como tanto se ufanan en recalcar sus voceros ante las cámaras de televisión, se alimenta, como es sabido, exclusivamente de odio.

El sentido del razonamiento no interesa en lo más mínimo a ninguno de los dirigentes de la oposición, porque han encontrado que las ideas no tienen valor alguno en el ámbito del mercadeo político. Lo mediático es “impacto”, “garra” y “resonancia”. Lo demás es paja.

Nunca ha logrado esa oposición levantar medianamente el vuelo en las pantallas de televisión, como cuando mienta la madre a través de los medios y genera con ello el odio que nutre el entusiasmo de su militancia. Eso para la MUD vale oro.

El problema es cuando el odio es tanto y tan irracional que se los come a ellos mismos. Donde no hay proyecto común que trascienda los personalismos y las individualidades, ni existan propuestas basadas en ideas, el odio se llevará por delante a quien sea.

El 1 de septiembre le dejó a la MUD una clara lección de lo que puede llegar a hacer ese odio entre su misma gente.

Ahora Timoteo Zambrano sabe de eso.

@SoyAranguibel

Memorias del fascismo cotidiano

Por: Alberto Aranguibel B.

“El fascismo ordinario” es el nombre del documental del cineasta ruso Mijaíl Ilich Romm, que describe con magistral capacidad narrativa el proceso de gestación y desarrollo del fascismo desde sus signos más incipientes hasta su fase más acabadamente cruel e inhumana.

La excepcional obra, presentada en 1965 en París por quien fuera uno de los más meritorios discípulos de Einsenstein, es el resultado de una meticulosa labor de edición que tuvo como fuente los archivos originales de miles de materiales fílmicos alemanes encontrados por los rusos durante la toma de Berlín en 1945, por lo cual se convierte en una auténtica radiografía de irrefutable carga histórica acerca de un fenómeno como el fascismo que por lo general la sociedad no percibe sino cuando su furiosa devastación es ya incontenible o irreparable.

Es un documento importante porque advierte el peligro que encarna para la sociedad la indiferencia o subestima con que se asuma la intolerancia política desde su más temprana etapa. Saber reconocer a tiempo el fascismo puede salvar a una sociedad del holocausto.

Con punzante ironía, el cineasta alerta al mundo sobre el proceso de enajenación que hace que un sector de la sociedad desprecie progresivamente las formas democráticas en el debate de las ideas de tal manera que su único argumento válido termine siendo la más irracional violencia hacia el prójimo y de cómo toda una sociedad puede llegar sin darse cuenta a ser sometida por su brutal perfidia, a partir, por lo general, del engaño, la demagogia y la manipulación de la realidad.

Matilde Urrutia, la entrañable compañera de Pablo Neruda, se refiere a esa imperceptibilidad del fascismo incipiente en su libro “Mi vida junto a Pablo Neruda” (Seix Barral 2002).

“Estamos solos –dice- con este inmenso dolor. Seguimos oyendo noticias: nadie puede salir de su casa, quien desobedezca morirá. Son los primeros bandos. Pablo está muy exitado, me dice que habló con unos amigos y que es increíble que yo no sepa nada de lo que pasa en este país […] Estamos aquí, solos, sintiendo toda la amargura del mundo. Salvador Allende asesinado, La Moneda incendiada, muy pronto en la televisión veríamos las llamas, el humo, la destrucción, y nos preguntábamos entonces: ¿Dónde estaban estos chilenos capaces de hacer todo esto? ¿Dónde estaban, que nosotros no sabíamos de su existencia?”

El presidente Nicolás Maduro reflexionaba al respecto en el acto con motivo del lanzamiento de la revista de los Comité Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP) en el Teatro Bolívar de Caracas, casualmente el día en que se conmemoraban 43 años del zarpazo que el fascismo le diera a la democracia en Chile. Señalaba ahí el Primer Mandatario aspectos del proceso que dio origen a la corriente fascista en la Alemania de principios del siglo XX, como consecuencia de la gran crisis mundial del capitalismo a finales de los años veinte y el surgimiento de la ideología nazi apoyada por el sionismo internacional.

Casi desde sus orígenes como nación, Estados Unidos ha necesitado siempre de enemigos que justifiquen la cruzada mundial de sus ejércitos en lo que ellos mismos han dado en llamar eufemísticamente la defensa de su seguridad nacional. Esos enemigos, la mayoría de las veces fabricados por el Departamento de Estado con su política de financiamiento a grupos subversivos en el mundo entero, solo son registrados por la historia en su condición de “peligro para la humanidad” cuando su fuerza destructora es ya un hecho cotidiano instaurado en la sociedad.

Las circunstancias sociales, políticas, y económicas, que crearon las condiciones para la aparición de esos fenómenos que atentaban recurrentemente contra la gobernanza democrática y la paz social de las naciones, fueron relegadas o ignoradas de manera sistemática por la historia, fundamentalmente porque detrás de esas razones que los originaron estuvo siempre el interés de los sectores dominantes que han moldeado a su antojo la dinámica de los sistemas económicos y políticos del mundo.

“¿De dónde surge Hitler?” se preguntaba el presidente Maduro. “Infiltrado –se responde- como parte de una organización de ultra derecha, de ese ejército de Alemania que había sido derrotado en la 1ra guerra mundial, Hitler aprende toda la estética y la forma política del partido obrero de la región donde él se había infiltrado. Y luego, cuando empiezan a impulsarlo como líder, asume el discurso, las formas, el nombre de la lucha obrera, e inclusive de la lucha socialista. Porque en Alemania, como producto del impacto histórico de la Revolución Rusa que dio como resultado la fundación de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, casi hubo una segunda revolución bolchevique.”

“Y es precisamente –concluye- a partir de robarse los símbolos de los movimientos obreros y de izquierda que comienza a surgir el partido nazi. Sembrando odio, intolerancia, primero contra los comunistas y la izquierda… Los primeros campos de concentración se crearon en Alemania y fueron capturados y metidos en esos campos de concentración, en 1934, miles de dirigentes revolucionarios de la izquierda y del partido comunista. Y Europa entonces se quedó callada. La humanidad se quedó callada.”

La sola pronunciación del término eriza la piel de quienes han sufrido los rigores del fascismo en cualquier grado o modalidad. Pero también de aquellos que sin haberlo padecido en carne propia conocen (en razón de sus estudios o conocimientos sobre la materia) la degradación de la condición humana a los que conduce esa fase superior de la intolerancia.

Sobrepuestos al escozor, y en atención a la eventualidad de que los acontecimientos de violencia o de simple tensión política en el país no fuesen ya expresiones aisladas de una que otra parcialidad o individualidad, sino parte de un fenómeno generalizado que nos negamos a reconocer, ¿podemos los venezolanos de hoy en día determinar con alguna certidumbre la posibilidad de que en algún sector de nuestra sociedad se esté gestando una deformación ideológica o una desviación cultural de naturaleza fascista?

Por supuesto que sí.

Cuando se generaliza entre las filas de un sector como el de la oposición venezolana el tono amenazante, cargado del más irracional y desenfrenado odio hacia quienes no comparten su visión entreguista y pitiyanqui de la patria, lleno del más virulento deseo de muerte hacia esos venezolanos cuyo único pecado es soñar para su país el espacio de paz, justicia e igualdad que el mundo capitalista les niega a los pobres y desamparados de la tierra que ese mismo capitalismo genera con su perverso modelo de exclusión, explotación y acumulación de riqueza en pocas manos, se puede decir que se está en presencia de los signos inequívocos de un fascismo embrionario.

Pero cuando se les ve accionar como cuando tuvieron la única oportunidad de hacerse del poder por unas horas apenas en abril del 2002, persiguiendo en jauría sedienta de sangre a cuanto chavista pudieran darle caza; y se les escucha vitoreando frenéticos la asunción de un tirano mediante un bochornoso auto juramento; o se les ve regocijarse con la muerte de un ser humano que cae víctima de un cáncer fulminante porque no se trata de uno de los suyos sino del más grande líder de todo un pueblo; o por las balas asesinas de los francotiradores que su misma gente coloque para acabar con la vida de quienes defienden su derecho a un modelo de sociedad basado en el ideario de sus libertadores; o por las guayas asesinas que sus copartidarios cuelguen en la vía pública para exterminar la dignidad de ese pueblo degollándolo, entonces ya no se presume sino que se puede asegurar que en efecto sí existe un fascismo perfectamente vivo reptando en las entrañas del tejido social.

Con ese fascismo estamos conviviendo desde hace mucho rato. Que no hayamos querido asumirlo con la debida responsabilidad para contener su desarrollo es otra cosa. Pero el fascismo está ahí, junto a nosotros, en cada rincón de Venezuela donde las opciones del diálogo político estén siendo cercenadas o simplemente petardeadas por una derecha obtusa, terca e irresponsable que no tiene ni la más remota idea del monstruo que está engendrando con su necio empeño en ver en la Patria solo un negocio al cual pudieran sacarle buen provecho en forma de unos cuantos dólares.

Ojalá no sea tan tarde para la cordura de quienes todavía ahí puedan tenerla.

@SoyAranguibel