Capitalismo inepto

Por: Alberto Aranguibel B.

La absurda idea según la cual un empresario, por la sola condición de empresario, estaría mejor dotado de los conocimientos y la experticia necesarios para gobernar eficientemente, es una barbaridad creada a partir del falso supuesto de que la empresa privada se desempeña mejor, lo cual es toda una falacia.

No existe en el mundo ninguna empresa que no dependa de alguna manera de las políticas del sector público para salir adelante, por mucho que el carácter privado sea el factor preponderante en su constitución y desempeño.

El empresario no concibe el universo como un ámbito multisectorial y diverso, tal como debe concebirlo quien esté al frente de cualquier Estado para procurar el bienestar económico para todos, incluidos los empresarios, sino que entiende el mundo solamente como un área de potencial expansión para su negocio particular.

El eje medular de su filosofía, la columna vertebral del capitalismo, es el de la libre competencia, que es aquella que busca liberar a la empresa de toda restricción de tipo legal, para que el crecimiento del capital esté determinado solamente por su astucia para impulsar ese crecimiento y la ganancia, por supuesto, sea totalmente para él. Eso sí, sin dejar nunca de contar con los beneficios que el Estado pueda ofrecerle a través de políticas proteccionistas de toda índole, para que la acumulación de riqueza sea todavía mayor.

En esencia, esa filosofía es la que lo lleva a tratar de destruir a las demás empresas que pudieran eventualmente atentar contra su ansiedad expansionista con productos similares a los que su empresa produce. Canibalismo, le dicen en ciertos ámbitos corporativos.

Una modalidad que es muy necesaria para ese tipo de empresarios a los que no les interesa la economía sino exclusivamente en lo que tiene que ver con sus ganancias, en la medida en que el gobierno deje de ser eventualmente el gran financista de su producción y que, a la vez, los competidores incrementen cada uno a su buen saber y entender su correspondiente porción de mercado.

Eso es exactamente lo que hace un empresario como Donald Trump al frente de la potencia más grande del planeta, los EEUU. Que no procura el equilibrio razonable de los mercados, sino el exterminio de sus competidores, como si su gobierno fuera una simple corporación y las demás naciones un grupo de negocios vecinos en un centro comercial.

Un empresario piensa solo en el bienestar de su empresa. No en el de la sociedad en su conjunto. El bienestar de la sociedad le suena siempre a “comunismo”.

 

@SoyAranguibel

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El glamour añorado por una clase social en decadencia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si alguna falla debe reconocérsele a la izquierda, es la facilidad con la que asume que la derecha se rige exclusivamente por razones ideológicas o, en el mejor de los casos, por intereses meramente capitalistas.

De tanto regodearse en la ventaja que para ella representa que la derecha no disponga de un sustrato teórico denso y profuso (al menos en la profundidad y extensión del instrumental del que dispone el pensamiento revolucionario), termina la izquierda desconociendo y hasta despreciando la sola posibilidad de la existencia de constructos ideológicos, no necesariamente políticos, de alguna significación en el ámbito de la razón contrarrevolucionaria.

Uno de esos constructos, sin lugar a dudas, es el de la lógica clasista como fundamento no solo de su conducta frente al resto de los mortales, sino de su manera de pensar en relación con todos los aspectos más inimaginables de la vida.

Por supuesto que la ideología capitalista (o lo que la derecha asuma como tal) es un referente de especial significación en la vida del contrarrevolucionario común. Pero no es de ninguna manera usual que la influencia que ella pueda llegar a tener en el comportamiento cotidiano del individuo capitalista sea ni siquiera de mediana relevancia. En ello, el peso de la lógica clasista (en una gran proporción de rasgos desclasados más bien, es decir; de la proyección ascendente por encima de su propia clase, del desprecio a la idea comunitaria del colectivo, de odio al sentido de solidaridad y del amor al prójimo) es, antes que ningún otro el factor, el desencadenante de las fuerzas más poderosas del alma capitalista.

Las llamadas “páginas sociales” de los diarios de la prensa burguesa, fueron desde siempre expresión de la importancia que la burguesía le ha otorgado a la ascendencia social en su vida. Aparecer en esas páginas se convirtió en la razón de ser de quienes consideraban que el dinero no tenía el más mínimo sentido si su valor no se traducía en un poder real que los colocara por encima de la demás gen- te, incluso (y muy particularmente) por encima de los de su propia clase.

La casi totalidad del espacio asignado en los diarios a la sección de sociales, está destinado principalmente a la fotografía. De acuerdo a la regla universal de dicha prensa, el texto no debe exceder jamás una octava parte del total de la reseña, y el mismo será siempre para identificar a los asistentes más destacados del evento (graduación, matrimonio, quince años, etc.) y exaltar de la manera más concisa posible su glamour y significación. La fotografía es el medio que realiza y le da concreción tangible a esa ascendencia social que se pretende excepcional y trascendente en el ámbito de la burguesía.

En el caso venezolano, ningún poder se colocaba en esas páginas por encima del poder del acaudalado burgués que montaba el evento. Oligarcas prominentes, artistas de renombre, intelectuales, embajadores, encumbrados jerarcas de la iglesia, ministros y hasta jefes de Estado, solían ser las personalidades que los fotógrafos de sociales buscaban con el mayor frenesí en esas lujosas recepciones.

Que la hermosa hija de un gran banquero celebrara sus quince años bailando con el presidente de la República el vals más importante de la noche, solo era superado por la inmensa emoción que causaba encontrar reseñado al día siguiente ese momento en las páginas sociales, con una gran foto central en la que el presidente apareciera brindando con los padres de la joven y el resto de los asistentes aplaudieran alborozados en un gran círculo de admiración y regocijo en torno al mandatario.

Esas fotos darían vuelta durante meses por los más encopetados círculos de la alta sociedad, encadenando un evento con otros en equiparaciones infinitas sobre la importancia que habría adquirido tal o cual apellido por el solo hecho de haber sido en algún momento asociados a la más alta investidura del poder en esa suerte de tête à tête de fraternidad y francachela entre los ricos y su presidente.

Todo ese glamour, que llegaba a eclipsar las más de las veces la noticia económica del día y solía ocupar mayor volumen que la sección de sucesos (y hasta la deportiva) de sus periódicos, se acabó con la sola llegada de Hugo Chávez a la escena política a finales del siglo XX.

Chávez, que el único daño que le causó a la burguesía fue hacerle inaccesible el poder político ganándole elecciones persistentemente, no asistió jamás a ninguno de esos ágapes de notoriedad burguesa. Nicolás Maduro tampoco. Con ello las páginas de sociales, quedaron vaciadas en su esencia fundamental por casi un cuarto de siglo, sin perspectiva alguna de recuperar su antiguo glamour presidencialista. Por más esfuerzo que hizo la prensa del jet set criollo retratando ricachones en infinidad de cocteles e inauguraciones intrascendentes, no hubo nunca desde que llegó la Revolución Bolivariana la más mínima posibilidad de rescatar aquel deslumbramiento que generaba una foto con el presidente en las páginas sociales.

Veinte años sin aquel roce social con el poder, es toda una eternidad para una clase tan arrogante como la burguesa. Su encono, su odio visceral contra el chavismo, tiene en esa falencia un detonante del más alto poder por encima de cualquier otra razón o ideología. Sus carencias en bienestar y confort no son tales, ni su interés por el padecimiento de los pobres tampoco. Jamás lo han sido.

Su angustia más lacerante es haber padecido durante tanto tiempo ese distanciamiento del poder, que les ha impedido usufructuar a su antojo la inmensa riqueza petrolera del país que han considerado siempre como suya, y que han creído tan fácil de apoderársela como desalojar a un presidente chavista del poder con unas cuantas marchas y unos cuantos muertos en las calles. Pero también lo es la falta de esas fotos tan valiosas para el abolengo familiar burgués.

De ahí la urgencia y el enfermizo desespero por encontrar donde sea y a como dé lugar un sustituto en la presidencia de la República, ya no para que le asegure de ninguna manera alimentación o medicinas a los pobres, sino para que les permita recobrar de alguna forma la vieja sensación de pertenencia de ese poder que un día los realizó y los hizo tan felices.

Para esa clase en decadencia, tener un presidente propio, con el que puedan palmotearse y compartir tragos cordiales en los grandes salones del Country Club o de La Lagunita, es más que un sueño toda una necesidad de tipo existencial que trasciende lo que para ellos es la banalidad de lo económico o de lo patriótico (que en definitiva ven como asuntos que ellos pueden solventar mediante una que otra inversión de capitales allá o aquí, o con el simple esfuerzo interventor del amo imperial al que hoy le ruegan porque les haga realidad su tan largamente postergado sueño de poder).

Tienen perfectamente claro que nadie puede resultarles tan balurdo e insignificante como político (y como persona, incluso) como Juan Guaidó. Saben que su falta de carisma, su origen humilde, su condición de segundón de Leopoldo López, su tez morena, sus ademanes de desquiciado y su psicótico empeño en decir mentiras a diestra y siniestra, no les permite digerirlo como líder. Pero es la única opción a la mano para tener por fin un presidente suyo con el cual figurar de tú a tú en las páginas de sociales que tanto evocan para darle de nuevo la preeminencia que le suponen justa a su clase social.

Quizás no pase de ser lo que un día le escuché a una opositora espetarle a alguien que le preguntaba “¿Y si Chávez sale de Miraflores, a quién van a poner ustedes de presidente?”, a lo que ella, jactanciosa y altanera, respondía: “¡Cualquier cosa, hasta un cerdo que pongamos, es mejor!”.

Probablemente, aunque todavía no lo reconozcan en público, para ellos Guaidó no es más que un cerdo. Pero, en medio de la profunda recurrencia en el fracaso en todo lo que hacen, ese cerdo es la única esperanza, quimérica, sí, pero deslumbrante al fin, de ese enfermo en irreversible estado terminal que es la oposición venezolana.

Es la eventual posibilidad de salir por fin de la eterna amargura que los consume, a través de aquella clara distinción capitalista entre ricos y pobres que prevaleció en el pasado, que haga renacer el esplendor del dinero como instrumento de poder, y sus dueños, los acaudalados capitalistas, puedan volver a entrar en Miraflores (y a todos los demás palacios sedes de los poderes del Estado) como Pedro por su casa sin que ningún “pata en el suelo” pueda tildarlos nunca más de “infiltrados” o de simples “enchufados” en la administración pública, como lo son en realidad todos ellos hoy en día, sino como “la superiorísima gente del poder” que ellos consideran que deben ser.

@SoyAranguibel

No se equivoquen

Por: Alberto Aranguibel B.

Hay quienes explican el resurgimiento del fascismo culpando de ello a la izquierda. En particular en Latinoamérica, con la revelación de Bolsonaro en Brasil, después que se daba por descontado que Lula (o su sucesor) arrasaría en las elecciones en ese país.

Reducir la eficacia de los movimientos populares al simple logro de las mayorías electorales, es perder de vista el sentido de la transformación profunda del Estado y de la sociedad que toda gran fuerza de inspiración popular debe llevar a cabo. Es desconocer la naturaleza fluctuante de los procesos de cambio, signados, por lo general, por marchas, contramarchas y reveses intensos, que determinan la verdadera evolución de las sociedades.

Si reconocemos el auge de los movimientos sociales como el fenómeno latinoamericano del siglo XXI, entonces debemos reconocer con la misma objetividad que lo que sucede en la derecha con el ascenso de figuras paradigmáticas como Temer o Bolsonaro en Brasil, como Piñera en Chile, Macri en Argentina, Fox y Peña Nieto en México, o Kuczynski en Perú, no es precisamente un avance de tipo partidista, sino el crecimiento progresivo de la antipolítica que encarna el sector empresarial hoy en el mundo (liderado por los EEUU y su proverbial presidente empresario), y que en nuestra región se hace más patente precisamente por la intensidad de su confrontación con todos los sectores políticos. No solo con los de izquierda.

Si efectivamente algunos de esos movimientos progresistas en la región han sido desplazados por esa lógica corporativista, no es menos cierto que los partidos políticos tradicionales de la derecha han sido mucho más relegados por esta oleada de la antipolítica cuyo propósito es hacer realidad el viejo sueño empresarial de acabar con el Estado, sin importar su signo ideológico.

Por eso en Venezuela es cada vez más clara la escisión entre el empresariado y la dirigencia de la oposición. Quienes desde el empresariado anhelan la opción de alguien como Lorenzo Mendoza, dueño de la Polar, como candidato a la presidencia de la República, lo hacen desde una posición de desprecio hacia la política, fundamentalmente la de la MUD.

No es, pues, una falla del PT lo que sucede en Brasil (o de las izquierdas en Paraguay, Honduras, Argentina o Ecuador), sino una nueva modalidad de ejercicio del poder, signada por el secuestro de la democracia que lleva a cabo el gran capital tratando de acabar con la política, valga decir; con la democracia, donde quiera que se encuentre.

Pero, así como los triunfos de Maduro en Venezuela y de López Obrador en México, por ejemplo, no representan en sí mismos la extinción de la antipolítica en ninguno de esos países, tampoco la circunstancial derrota electoral de las fuerzas progresistas en ninguna otra parte del Continente significa una reinstauración irreversible del capitalismo. Los pueblos han despertado y por muchos reveses y ataques inmisericordes de los que sean objeto, el triunfo definitivo en esa injusta y desigual batalla les corresponde por antonomasia.

Que nadie se equivoque.

@SoyAranguibel

¿Por qué luchan los escuálidos?

Por: Alberto Aranguibel B.

En la llamada sociedad de consumo el individuo es habituado por la cultura burguesa y el ilusionismo mediático a proyectarse de manera ascendente de modo que su aspiración de un estilo de vida ampuloso no se sacie nunca. De tal insatisfacción depende la sobrevivencia misma del capitalismo en la medida en que la riqueza se concentra cada vez más en menos manos y el sistema se ve en la obligación de inducir a esos sectores específicos en particular a una mayor demanda de productos y servicios.

Por eso los más propensos a considerarse por encima de los demás son siempre los integrantes de esa clase que la mercadotecnia define como de alto poder adquisitivo. Por lo general, los pobres no padecen la irracional alienación al modelo consumista habituados como han estado desde siempre a enfrentar la realidad sin apego a fabulaciones pueriles que los muevan a determinar su vida basados en aspiraciones insensatas o desproporcionadas. El pobre aspira a una vida digna para su familia. El consumista aspira a lujos y posesiones que los conduzcan a otros lujos y posesiones cada vez más estrafalarios, a través de los cuales poder asegurar y perpetuar la constante de su ilusoria ascendencia social.

La Venezuela de hoy, sumida como ha estado desde hace un siglo en la vil cultura del rentismo petrolero que proveyó de confort y riquezas a esa clase social de alto poder adquisitivo, no escapa a la bochornosa realidad del consumismo enajenante (que nada aporta al desarrollo del país, pero que sí afecta definitivamente el desempeño provechoso de la sociedad en su conjunto) fundamentalmente por su naturaleza “cuasi ideológica”, en la que se refugia hoy la inmensa mayoría de la oposición venezolana de a pie.

Una ideología despolitizada que se fundamenta en el principio capitalista del individualismo y que se expresa en el desprecio a todo lo ajeno al interés propio de cada quien, en cuya matriz conviven de manera simultánea el amor a las ideas más nobles y enaltecedoras (generalmente de inspiración religiosa) y la repulsa a toda expresión o acto de solidaridad humana.

Desde esa perspectiva, la razón de ser del individuo es la búsqueda incesante del mayor confort (no del bienestar, porque en su gran mayoría de ese ya disfrutan los de la clase de alto poder adquisitivo) en el que radica la verdadera posibilidad del placer al que aspiran, evitando en todo momento todo aquel racionalismo que atente contra la premisa fundamental del consumismo que es la lealtad a lo efímero.

En el consumismo no puede haber lealtad sino al consumismo. En él, las marcas y los productos están sujetos a la lógica de la moda. Un fenómeno ideado por el capitalismo para venderle varias veces al mismo comprador productos similares pero desechables según lo dicten a los parámetros establecidos por la gran industria para distintas épocas, en las que se mercadean siempre nuevos productos iguales a los ya existentes, pero con alguna mínima modificación que justifique el costo del innecesario canje.

Formados bajo esa lógica del desapego, y sin el más mínimo rubor, los escuálidos cambian de líder político como cambian de marca de zapatos según la pauta consumista establecida para cada temporada. La pasión que le profesan a cada uno de ellos a medida que los van alternando (desechando), no responde a identificación con ideas o principios doctrinarios de ningún tipo sino al mismo fanatismo que inspiran los artículos de moda. Las ideas que defiendan un día y las que defiendan otro pueden ser perfectamente contradictorias entre sí, como les sucede a los escuálidos las más de las veces, porque lo importante no es jamás el contenido doctrinario de sus planteamientos, sino el poder escenográfico de las mismas. La pose supuestamente política del escuálido promedio no es sino un recurso histriónico para justificar toda acción que conduzca a la toma del poder, pero solo para usarlo como plataforma de acceso a esa idílica felicidad que les describe Hollywood.

De ahí que Miraflores no sea para ellos el asiento del gobierno, ni mucho menos, sino el portal que, una vez abierto, permitirá la entrada del imperio norteamericano para hacerse del control del país, y con ello establecer de la manera más expedita el puente hacia la 5ta avenida de Nueva York y sus fascinantes vitrinas de fastuosas marcas, sus grandes y lujosos restaurantes, y, por supuesto, hacia Broadway y su encantadora vida nocturna de teatros y cabarets con coloridos vodeviles en el más perfecto idioma inglés.

Para ellos, la Patria es una entelequia que pasó de moda con la caída de la 1ra República, a partir de la cual lo que hubo en nuestro suelo fue una especie de turbamulta de caudillos y cimarrones envalentonados que alborotaron desde siempre la tranquilidad de la nación, que, bajo su óptica, jamás debió haber cometido la torpeza de la insubordinación a los designios de la corona española.

Por eso no encuentran incongruencia alguna entre el intento de incendiar el país oponiéndose a la promulgación de una Constitución que, años después, usan para intentar incendiar de nuevo el país, pero esta vez para defenderla.

Como tampoco ven contradicción entre el hecho de quemar gente viva para pedir elecciones y tratar de hacer lo mismo meses después para impedir el acto electoral por el que clamaron asesinando gente.

Para esa histriónica que le sirve de insumo a la mediática contrarrevolucionaria, las razones no tienen la menor relevancia porque a la larga esas razones terminarán indefectiblemente conduciendo a la constatación de que la lucha de los escuálidos es completamente insustancial y sin contenido. Que es llevada a cabo por el mero antojo de querer ser ellos quienes mandan (y no los “pata en el suelo”), es decir; para que el supremacismo de clase sea una realidad que se corresponda con las leyes del universo, tal como se conciben en el capitalismo, y no con el “desastroso comunismo” que habría instaurado Chávez en Venezuela.

De ahí que para los escuálidos no sea ninguna insensatez la desquiciada loquetera de acusar ahora de “chavistas enchufados” a los migrantes que cuando salieron del país los bautizaron ellos mismos como “la fuga del talento” que huía del régimen. Y mucho menos la aberrante desfachatez de exigirle al presidente de la República, que ellos llaman “dictador”, un avión para regresar de gratis y cuanto antes a la “dictadura” de la que dicen estar huyendo, justamente en medio de la brutal guerra que la derecha libra contra el gobierno bolivariano por la crisis humanitaria que supuestamente hay en esa emigración, pero que ninguno de los países que la denuncia acepta atender humanitariamente.

Tales dislates son el resultado de una lucha que no tiene fundamentos sino antojos. Como los que trasluce el tono sempiternamente colérico de la mantuana desaforada que la derecha tiene como inexorable candidata nada más y nada menos que a la presidencia de la República, en cuyo verbo destila incontenible la rabieta de no tener cuando quiere lo que a ella se le da su relamida gana.

Para el mundo es un evento insólito que en la tierra que contiene la mayor riqueza fósil del planeta, exista hoy una sociedad donde los pobres respaldan al gobierno y los ricos viven de protesta en protesta.

Pero más descabellado aún, es que quienes protestan son los mismos que siempre tienen el más fácil acceso al bienestar que ese gobierno al que se oponen le provee con el mayor esfuerzo a la población. Por eso sacan sin pudor alguno su Carnet de la Patria después de asquearse del mismo hasta la saciedad. Reciben sin rechistar sus cajas Clap. Recorren el país con sus fastuosos carros Orinoco. Y disfrutan relajados sus cargos de alta nómina en los organismos del Estado.

Viven en una sola quejadera por todo. Para ellos en Venezuela todo es nefasto y deleznable. Principalmente las dificultades que nos hacen padecer los irresponsables líderes opositores con sus súplicas al mundo por cercos económicos cada vez más criminales e inhumanos, pero que ellos sostienen que son culpa del gobierno.

Y al final, por absurdo que parezca, el verdadero desastre que es el capitalismo (que se viene abajo por sí solo, como sucede en Argentina; sin que nadie lo perturbe, sin bloqueos económicos, sin sabotajes a su economía, sin contrabando de alimentos o de billetes, sin sanciones arbitrarias e ilegales, sin violencia terrorista de por medio, y contando con el más irrestricto apoyo del Fondo Monetario Internacional y de la más poderosa potencia de la tierra) es atribuido por esos insensatos al chavismo.

Sin son la nada, como proverbialmente dijera el Comandante Eterno, su lucha es por nada.

@SoyAranguibel   

Kreisel: el inmisericorde toma y dame del capitalismo con los niños

Por: Alberto Aranguibel B.

En la sociedad capitalista, desideologizada como es, existe la creencia de que el quehacer humano estaría determinado por el carácter o la vocación de quienes llevan adelante cualquier actividad.

Los curas, por ejemplo, suelen ser vistos como personas de carácter mesurado y habla amorosa, porque la religión es supuestamente el compendio de la pureza del Ser supremo que veneran.

De ahí la creencia en las sociedades contemporáneas de que un empresario cuya área de negocios sea la de juguetes, deba ser una persona movida indefectiblemente por los más nobles sentimientos de amor hacia los niños.

Walt Disney, cuya trascendental obra dirigida especialmente a los niños lo convirtió en el más emblemático ícono de la bondad sobre la tierra, se erigió a la larga en la referencia del mundo capitalista que mejor expresó la fórmula de hacer negocios milmillonarios explotando sin el más mínimo pudor la sensibilidad del ser humano hacia los más pequeños.

Disney logró ser la persona cuyo trabajo en el ámbito cinematográfico ha sido reconocido más que ningún otro hasta hoy con el prestigioso premio Oscar. Sus películas forman parte del acervo cultural del mundo entero desde hace casi un siglo; con ellas se ha construido el ideario del cuento infantil animado en todos los rincones del planeta.

La noción de diversión y entretenimientoque hoy en día tiene la humanidad, pasa indefectiblemente por el modelo de parque temático concebido y llevado a cabo por Disney con Disneyland (California, EEUU) y Disneyworld (Florida, EEUU), bases de la más poderosa corporación del mundo en la creación y mercadeo de productos de consumo masivo para niños.

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– Walt Disney en 1935 –

Pero el famoso magnate del entretenimiento, fallecido a causa de un cáncer de pulmón en 1966, era en realidad uno de los seres más aborrecibles que pueda recordar la humanidad desde los tiempos de Atila.

Desde siempre Disney fue un miserable explotador que erigió su gran fortuna a costa de escamotear el trabajo de auténticos artistas del dibujo animado, entre ellos Ub Iwerks, creador del ratón Mickey que Disney se atribuyó como creación propia hasta su muerte.

El desprecio del tacaño empresario hacia los trabajadores llegaba a extremos de lo indecible, no solo impidiéndoles las posibilidades de agruparse en sindicato (lo cual hizo durante mucho tiempo hasta que las leyes y la presión social lo hicieron ceder) sino negándoles incluso la sola mención en los créditos de las películas que producía.

Para esconder ante los tribunales su vocación explotadora, Disney argumentaba que los sindicalistas eran “simples comunistas tratando de acabar con la democracia norteamericana”, razón que le granjeaba no solo una mayor simpatía entre la gente sino que le hacía ganar cada vez más dinero, porque esa posición procapitalista le aseguraba el financiamiento fácil de los grandes bancos norteamericanos y le permitía obtener los jugosos contratos que obtuvo para la producción de la propaganda que el Ejército de los Estados Unidos requería para avanzar con su empeño genocida por el mundo durante la II Guerra Mundial.

Contrario a lo que piensa la mayoría de la gente, Disney no le debió nunca su gigantesca fortuna al éxito de los personajes que sus dibujantes crearon y que él presentó al mundo como suyos, sino a los creados por Lewis Carroll y los hermanos Grimm, entre muchos otros grandes creadores de cuentos infantiles, a los que Disney no les pagó jamás ni un centavo por derechos de autor apoyándose en las superficiales modificaciones que hacía a las historias originales que plagiaba para así hacerlas aparecer como propias.

Todo, absolutamente todo lo que hizo Disney como empresario, estuvo basado en la más perfecta y salvaje lógica capitalista. Pero no es solo esa condición la que determina su carácter aborrecible.

Como hombre de derecha que era, apoyó el crecimiento de su empresa ya no solo en su condición de fervoroso militante del partido republicano, sino como funcionario encubierto de la oficina federal de investigaciones (FBI), tal como lo han revelado diversos documentos que evidencian sus actividades desde 1940 como agente de contacto especial (Special Agent Contact) para ese organismo, por órdenes directas de John Edgar Hoover, brazo ejecutor de la razia fascista del macartismo anticomunista en los Estados Unidos.

Aquel “noble buen hombre” que siempre aparentó ser, preocupado exclusivamente por la felicidad de los niños, no fue nunca sino un capitalista perverso y ruin, que llegaba a la peor vileza incluso contra sus propios colaboradores en la búsqueda de acumular cada vez más dinero.

La indecible inmoralidad de ofrecer felicidad a los niños a cambio de cualquier fortuna mal habida está reñida hasta con la palabra de Dios.

Eso es lo que no entienden (o no les da la gana de entender) quienes hoy elevan su más airada protesta en contra del procedimiento de incautación y decomiso por parte de los organismos del Gobierno bolivariano que velan por los intereses del consumidor venezolano, de los más de 4 millones de juguetes que la empresa Kreisel mantenía ocultos desde el año 2009 en sus galpones de varias ciudades del país.

Los juguetes, adquiridos con divisas preferenciales por esos delincuentes, son presentados por los líderes de la oposición venezolana (y por cientos de seguidores de la MUD a través de las redes sociales) como objeto de “un robo al trabajo honesto de un noble y esforzado empresario venezolano”, como dicen ellos que son aquellos que juegan con su empresa a la quiebra económica del país para asaltar el poder y reinstaurar el neoliberalismo en Venezuela.

El propósito de la empresa Kreisel no es otro que el de la especulación para obtener beneficios incalculables, en el marco de una acción contra los consumidores que busca hacerles estallar de ira contra el gobierno.

Nada puede ser más inhumano y cruel que provocar el sufrimiento intencional a los niños para obtener un beneficio económico y ejercer a la vez una acción política que acabe con el derecho de esos pequeños, y de la sociedad toda, a disfrutar de la vida en paz y en armonía, sin las presiones delirantes de quienes con su guerra económica contra el pueblo promueven la convulsión social como medio para hacerse del poder.

Esconder 4 millones de juguetes en temporada de navidad, es la contravención incluso de los mismos principios del capitalismo que dicen promover la Noche Buena como la fecha más hermosa y auspiciosa de la humanidad, y que el mercado neoliberal usa en realidad como hipócrita escenografía para tratar de ocultar la pobreza que el propio capital genera a lo largo del mundo.

Pero nada de extraño hay en todo este acontecimiento.

En los locales de esa empresa estafadora y criminal, se está ejerciendo simplemente una filosofía que se opone a la concepción humanista que inspira a la mayoría de la población venezolana.

Se trata de la insalvable confrontación del capitalismo, y su perversa forma de actuar en la sociedad, frente a un socialismo fundado en la más clara e inequívoca idea de justicia e igualdad social.

No es para nada la persecución del gobierno del presidente Nicolás Maduro contra el empresariado, ni la individual actuación canallesca del miserable dueño de la empresa Kreisel contra el pueblo venezolano.

En la Venezuela revolucionaria de hoy, esa lógica de un capitalismo al mejor estilo de Walt Disney, que se presenta como bondadoso cuando en realidad su credo y su práctica es la del asaltante, ya no funciona.

No funciona porque el pueblo está consciente del carácter criminal de esos usureros que buscan quebrar al país para asaltarlo, y sabe que sus autoridades, en apego estricto a la Ley y en defensa del pueblo, aplicarán siempre la justicia que corresponde para que tal miseria no prospere nunca jamás en nuestro suelo.

 

@SoyAranguibel

Muerte en marcha

Por: Alberto Aranguibel B.

La oposición considera a la desgracia nacional como su mejor aliada. Sin la convulsión social no logra de ninguna manera destacar en los titulares de la prensa, por muy identificada que ella esté con los medios de comunicación privados que le siguen su audaz y temerario juego.

Una revisión somera de la actuación de la derecha en el país desde el arribo de la revolución bolivariana al poder, demostrará que es solo cuando se produce esa convulsión o estallido social cuando la oposición ha adquirido notoriedad y posibilidades para hacerse de algunos espacios de poder político, tal como sucedió recientemente en las elecciones parlamentarias luego del malestar nacional que ha ocasionado la guerra económica desatada por los sectores empresariales especuladores nacional e internacionales contra el pueblo venezolano.

Es evidente entonces que el interés de la dirigencia opositora, en medio de la feroz pugna interna por el cargo de candidato presidencial que se disputa la casi totalidad de sus integrantes, no es otro que la búsqueda de ese estallido o esa convulsión a partir de la incitación a la violencia mediante los mecanismos de los cuales dispone y que están bajo su control más directo. Es decir, a través de la influencia que ella pueda ejercer sobre su propia militancia.

La sensación que queda en todas las movilizaciones convocadas por la MUD en esta nueva fase de su arremetida contra la revolución bolivariana, es la de la falta de conclusión. De cierre magistral del evento, como es usual en todos los actos políticos.

¿Por qué esa persistente sensación de inconclusas que expresan los mismos militantes opositores a través de la prensa y de las redes sociales?

Porque lo que busca la dirigencia, irresponsable e insensata como es, es un hecho de sangre que legitime de manera irrefutable su difamación contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, a quien acusa de dictador ante el mundo entero sin que existan pruebas creíbles para nadie de tan temeraria afirmación.

La oposición necesita que en esas marchas haya muertos. Por eso las extiende de manera cada vez más irresponsable, convocándolas incluso al palacio de gobierno.

Le hacen creer a su gente que con solo llegar a Miraflores alcanzarán el poder, porque esperan que ahí encuentren la muerte.

 

@SoyAranguibel

¿Por qué los escuálidos se comportan como se comportan?

Por: Alberto Aranguibel B.

“Esta actitud de hombre deshumanizado, de hombre que no se preocupa del hombre, que no sólo no es el guardián de su hermano, sino que tampoco es siquiera su propio guardián es una actitud característica del hombre enajenado” Erich Fromm

En la urbanización Los Naranjos, en el este de Caracas, se produjo hace pocos días un hecho que fue desechado como “fiambre” por las mesas de redacción de los medios de comunicación privados.

Muy cerca de la urbanización más opulenta del país, La Lagunita Country Club, organismos del Estado llevaron a cabo un procedimiento de desalojo en un local comercial conocido como La Joyería, donde además de frutas se expenden desde hace varios años todo tipo de productos de consumo a los precios especulativos más elevados que puedan encontrarse hoy en el mercado venezolano. Por eso su nombre no puede ser producto sino de un acto de brutal cinismo.

El operativo encendió las alarmas de los acaudalados vecinos de la zona, quienes de inmediato se activaron a través de las redes sociales para expresar su repudio al hecho y elevar al cielo su grito de rebeldía en contra de la “dictadura” que según ellos impera en el país, en un acto de solidaridad automática con el dueño del local, cuyas precarias instalaciones de improvisación nunca alcanzaron el nivel mínimo de dignidad estructural como para considerarlas en el rango de “edificación”.

Una de las más respingadas exponentes de la clase de nuevos ricos devenidos en oligarcas que pueblan la zona, la ex alcaldesa Ivonne Attas (copeyana), denunció a través de su cuenta tuiter lo que ella insistentemente describió a lo largo de una larga cadena de mensajes sucesivos como “una agresión a la clase media” por parte del Gobierno nacional.

“Ahora mismo están tumbando todo lo que fue la famosa frutería La Joyería, en Los Naranjos, para construir allí una misión vivienda”, aseveró en tono de alerta a la “sociedad decente” del este del este.

“Faltaba la rancherización de la Tahona y Los Naranjos y está lista la futura Misión Vivienda allí donde estaba La Joyería”, siguió persistente en su fascista discurso contra uno de los más emblemáticos programas sociales de la Revolución Bolivariana, como si tuviese en sus manos las pruebas irrefutables de la agresión que denunciaba.

“Paso a paso la Revolución exterminadora va rancherizando el país y arruinando la clase media”, decía en otro mensaje cargado del más ácido y repugnante odio hacia todo lo que tenga que ver con el pueblo, los pobres a quienes la Revolución ha hecho centro fundamental de atención gubernamental.

Exasperada y presa de la ira, gritaba por las redes “¡El fin de la clase media! Misión Vivienda en el Hatillo donde hubo siempre una frutería”.

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Cuando se conoció que el procedimiento obedecía a un litigio legal entre el dueño del local y el propietario del terreno, o sea que se trataba de un pleito entre capitalistas y no de una invasión para instalar ninguna Misión del Gobierno, la virulenta opositora metió el freno.

La lacónica respuesta de la oligarca de marras fue: “Nos alegramos que no hay Misión Vivienda en el Hatillo como afirmaron los propios empleados de la frutería”.

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No existe en las redes ni un solo tuiter de algún empleado de la frutería difundiendo el infundio del supuesto asalto a la clase media. Los únicos que se consiguen son los escritos por la escandalizada burguesía de la zona pidiéndole auxilio hasta al inútil de su alcalde, al que viven reclamándole también por tuiter que no hace nada. Sin embargo, la muy encopetada dama señala como autores de la irresponsabilidad directamente a los humildes empleados del local. Ahora dirá que le jaquearon la cuenta.

La secuencia de textos (y su tono repugnantemente racista) serviría para hacer un denso estudio sobre la disociación sicótica del escuálido promedio en la Venezuela de hoy. Pero nosotros vamos a comentar apenas dos o tres aspectos del mismo que nos resultan harto reveladores de la naturaleza repulsiva del discurso opositor que la derecha ha instaurado en la mente de una porción importante de venezolanos.

En primer término hay que destacar la irresponsabilidad de la acusación al voleo y sin fundamento. Una práctica común en las filas opositoras producto del perverso manejo del engaño y la manipulación que la dirigencia opositora lleva a cabo para tratar de general en sus filas la irracionalidad que le es indispensable para avanzar en el escenario político sin necesidad de presentarle a sus seguidores una propuesta consistente y viable que justifique su terca aspiración de hacerse del poder.

Más ominoso aún que la irresponsabilidad con la que los escuálidos sueltan acusaciones contra el chavismo desde las filas opositoras, es sin lugar a dudas la impudicia y el cinismo con el que siempre pasan la hoja sin rectificar ni asumir culpa alguna cuando las evidencias demuestran lo infundado de sus acusaciones. La figura del “Mea Culpa” cristiano no está contemplada en la conducta del escuálido cuando de pedir perdón a los pobres se trata.

El oligarca tiene como parte de su estructura molecular el gen de la soberbia. Ser rico no es solo el poder de disfrutar, mediante la explotación del hombre por el hombre y la concentración del capital, de los bienes materiales fabricados por el ser humano y los recursos naturales dispuestos por el Creador sobre la tierra. Ser rico es el placer de disfrutar la superioridad de clase. Es poder mirar al pobre de cerca en su condición de oprimido y explotado, ya sea como mesonero, chofer, jardinero o limpiabotas, como quien contempla complacido a los animales en cautiverio en medio del zoológico.

¿Qué lleva a un nuevo rico a eximir a otro de toda culpabilidad cuando las evidencias lo dejan al descubierto en la violación de las leyes que quebrantan incluso los más sagrados intereses del capital privado, como en este caso?

¿Por qué a la hora de todo acto delincuencial la tendencia natural de la burguesía es hacia la descalificación y la condena a priori del pobre y del desvalido?

Desde Aristóteles hasta nuestros días los grandes pensadores de la teoría social se preocuparon por el tema llegando siempre, desde un ángulo o de otro, más o menos a la misma conclusión. La enajenación del ser humano sometido a la presión de su entorno, de sus valores y creencias, termina por ser una condición ineludible en las sociedades altamente consumistas, entregadas a la búsqueda irracional y desmedida de la felicidad a través del confort y la opulencia que se supone disfrutan solamente las clases pudientes.

Erich Fromm consideraba que esa enajenación era el resultado directo de la perversa influencia del capital en la sociedad, que conduce al individuo a sentirse como extraño de sí mismo y hacerse dependiente de sus actos o de las consecuencias de estos en razón de determinados valores de clase.

Quizás eso explique por qué el militante opositor se concentra en sus manifestaciones políticas no para aplaudir y brindarle su afecto y su respeto a sus líderes, a quienes por razones obvias asume como inferiores, sino para echarles en cara su repudio y descargar sobre ellos los insultos más venenosos, tal como los vemos hoy tanto en videos como en la infinita proliferación de desprecio que vierten los opositores por las redes sociales contra todos y cada uno de esos dirigentes.

No se conoce ningún evento político en la historia que esté signado por esa lógica del insulto a la dirigencia a la cual los asistentes van a ver encima de una tarima desde donde nunca se les ofrece una orientación política, un discurso programático o una arenga propositiva que estimule e imprima optimismo a la militancia, sino que más bien se les termina enseñando de manera insolente y soez el trasero pestilente de cualquier notable vocero de ese sector, en clara demostración del poco respeto y estima que esos dirigentes le tienen a su propia gente.

El odio y la repulsa hacia el prójimo en función del interés particular de cada quien (premisa filosófica fundamental de la doctrina neoliberal) reduce al individuo a la condición de escoria humana que rechaza por acto reflejo la existencia misma del otro, y le sume en el delirio ridículo de la supremacía social.

Lo que lleva entonces a la ex alcaldesa a la solidaridad automática con el delincuente de cuello blanco y jamás con el trabajador o el obrero, es la segura convicción de que en cualquier momento ella, como todo burgués severamente disociado, podría encontrarse en la situación del adinerado estafador, pero nunca, ni en la peor pesadilla, en la del pata en el suelo.

@SoyAanguibel

La neurosis como doctrina funesta que conduce al infierno

Por: Alberto Aranguibel B.

En la esquina de la calle Campo Alegre cruce con la avenida principal de La Trinidad, existe una suerte de “muro de los lamentos antichavistas”, donde el talante guarimbero de los vecinos de esa cuadra se expresa con toda la furia de lo que pudiera llamarse ya una auténtica “ideología de la arrechera”.

En sus apocalípticas pancartas, exponen el pensamiento de un sector formado no bajo los dogmas de las doctrinas o las teorías políticas, sino bajo la lógica de una derecha sin discurso alguno que solo puede existir mediante la iracundia y el odio que pueda despertar en la gente.

ro de BerlínQuizás el bueno de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992) no se refirió nunca a la hegemonía del neoliberalismo cuando proclamaba su inefable sentencia sobre la extinción de las ideologías a partir de la caída del bloque soviético y el derribamiento del Muro de Berlín a finales del siglo XX, sino a la incapacidad de la derecha para asumir el compromiso de enfrentarse a la humanidad con un respaldo doctrinario eficiente que se correspondiera con la lógica del pensamiento progresista que el neoliberalismo proclama pero que jamás practica.

Erigido a sí mismo en bastión del pensamiento más ultraderechista del último medio siglo, Fukuyama no descansa desde hace décadas en la búsqueda de una fórmula ideológica que le permita convertir al neoliberalismo en una verdadera teoría política, para que deje de ser la simple síntesis de postulados pro-capitalistas que los sectores hegemónicos usan para justificar su depravación explotadora y usurera en función del dinero y hacerla avanzar hacia un nivel más digno como doctrina.

La doctrina de la libre empresa no es sino la institucionalización de la antipolítica, porque el neoliberalismo carece de fundamentación teórica que le permita a la derecha explicarle a la sociedad su verdadera intencionalidad depredadora y convencerla de la sumisión a la que ella (la sociedad) debe someterse para permitir el más expedito y cómodo desempeño del modelo de acumulación de la riqueza en manos de los ricos y no de la gente.

La peor calamidad para el neoliberalismo a través de la historia ha sido siempre la perturbación de ese orden tan perfecto que solo las ideas de justicia y de igualdad social que encarnan las revoluciones tienden a descomponer. De ahí su repudio a las ideologías y a todo cuanto con ellas tenga que ver.

En Venezuela, Bolívar representa el poder de esas ideas redentoras que inspiraron a la humanidad y que la lucha independentista instauró en Latinoamérica como sustrato cultural de nuestros pueblos. Ese mismo Bolívar que empuñó la espada para acabar con las ideas de esclavitud y dominación de los ricos sobre los pobres no se basó primordialmente en las cualidades combativas de sus ejércitos sino en la necesidad impostergable de la moral y de las luces como herramientas de liberación.

Por eso la derecha venezolana sufre como una asfixiante penitencia del alma el tormento existencial entre el amor a Venezuela pero no a la Patria; entre la bandera de siete estrellas de la 4ta República y la bolivariana de ocho; entre el Bolívar “clásico” de las estatuas inánimes y desideologizadas y el Bolívar revolucionario y filósofo del Monte Sacro que inspira hoy a los revolucionarios venezolanos y del mundo.

Ese terreno baldío de la ambigüedad ideológica es el árido espacio en el que solo germinan el odio, la intolerancia y la irracionalidad como soportes del insulso discurso opositor.

En nombre de los inexpugnables intereses del gran capital y de las transnacionales norteamericanas que acechan las riquezas nacionales, el presidente de la Asamblea Nacional grita a los cuatro vientos en su discurso de salutación en el acto de entrega de Memoria y Cuenta del ciudadano Presidente de la República ante el parlamento, que él es un hombre de pensamiento revolucionario y que tiene “obra escrita” para demostrarlo.

Y en nombre del pueblo, un diputado igualmente opositor, Leomagno Flores, argumentaba furioso en la anterior Asamblea Nacional en contra de la Ley del Trabajo, sosteniendo que “los responsables de la crisis mundial del capitalismo son los sindicatos y partidos de izquierda que exigen aumentos salariales para los trabajadores”.

María Machado, la exdiputada de Panamá, erige hoy su liderazgo de motoneta y chicharrón sobre la férrea defensa de una Constitución contra la cual ella misma ha luchado por todos los medios durante casi un cuarto de siglo, incluida la brutal arremetida golpista que ella convalidó contra esa misma Constitución en 2002 y la masacre de venezolanos desatada por su inconstitucional llamado a La Salida en 2014.

Por donde se le mire, al derecho o al revés, el desparpajo y la desvergüenza en el discurso opositor es un dechado de irresponsabilidad ideológica, que de puro persistente termina por convertirse en toda una doctrina de la insustancialidad y la ignorancia.

Henrique Capriles es probablemente el más perfecto ejemplo de esa insustancialidad elevada por la derecha venezolana al rango de ideología.

Después de más de una década y media instigando la ingobernabilidad y el estallido social mediante llamados a desconocer la legitimidad democrática de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, promoviendo la intolerancia y la desobediencia civil contra los poderes del Estado y haciendo llamados a descargar arrecheras que causaron la muerte de venezolanos, Capriles llegó a comprometerse en campaña electoral a continuar la obra prodigiosa de la revolución que encarnan las Misiones socialistas.

La asquerosa inmoralidad de esa promesa en boca de un conspicuo y contumaz conspirador como Capriles, es ciertamente vomitiva. Pero su carácter acomodaticio y oportunista trasciende los linderos del crimen contra la inteligencia humana.

Esta semana, en conversación con el alcalde Gerardo Blyde en Unión Radio, afirma con pasmosa serenidad que “la oposición no fue mayoría por muchos años…”

“Bueno –dice impúdico- la política es así; un día usted es oposición otro día es gobierno. Efectivamente, el gobierno, el PSUV, tuvo la mayoría. Ahora no la tiene, la política es así.”

Sin explicar de dónde saca él esa absurda y arbitraria cuantificación, ni por qué mandó entonces, bajo engaño, a sus seguidores a que incendiaran el país porque supuestamente ellos eran mayoría cuando en realidad no lo eran, hace una declaración todavía mucho más inquietante, en la que sostiene que “el poder es un préstamo que nos hace el pueblo”.

Asumir el objeto y la razón del poder como un “préstamo” y no como un servicio a la sociedad, es la revelación cruda y sin ambages de las intenciones saqueadoras de quienes ven el ejercicio de gobierno como un botín de guerra y la política como un negocio lucrativo para acceder a él. Lograrlo requiere solamente de la condición irracional de una sociedad despolitizada, neurotizada y violenta, que no perciba tales inconsistencias sino que las celebre y las aplauda.

Y es eso lo que dice el escueto discurso de las pancartas de La Trinidad; que la sociedad pacífica, que no monta en cólera, que no rabia, que no se arrecha como le dicen sus líderes, no es la sociedad a la que ellos aspiran.

Dice, más allá de la escritura, que la falta de una ideología propia que oriente su visión de país puede llegar a ser un flagelo mucho peor que los holocaustos que acabaron con las libertades, el derecho a la paz y a la vida misma que los pueblos reclamaron a través de la historia. Una carencia que tiene a nuestro país en vilo por el empeño de un pequeño grupo de oligarcas intoxicados por la sed de un poder que asumen como trofeo de su exclusiva propiedad, fomentando para alcanzarlo la desunión, la guerra y el antipatriotismo entre los venezolanos.

La paz es la propuesta de la Revolución Bolivariana para enfrentar esa irracionalidad y ese despropósito entreguista del neoliberalismo. Venezuela no será la Colombia sedienta de guerra que acaba de expresarse la semana pasada en el plebiscito que realizara el gobierno del presidente Santos para refrendar la paz y en el cual fue derrotado por los mismos promotores del odio que en nuestro suelo quieren controlar los destinos de la Patria.

Venezuela no se sumirá en la guerra para satisfacer las antojadizas ansias de un sector indolente con el pueblo. Nuestro país tiene en el presidente Nicolás Maduro la fuerza del alma chavista que nos conducirá a la sociedad de bienestar y progreso por la que los venezolanos hemos luchado desde hace siglos y que solo el socialismo bolivariano puede asegurar.

@SoyAranguibel

Retrato de una sociedad exquisita que se ofende con el habla popular pero insulta con el mayor odio

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algún fenómeno retrataba perfectamente la mentalidad desquiciada de cierta élite burguesa venezolana en los años ’70 del siglo pasado, era la acusación que ese sector hacía contra el cine nacional, que por aquel entonces ponía en pantalla al venezolano común de la calle con su forma de ser, sus problemas recurrentes, sus angustias y usando el lenguaje propio de la gente.

Escandalizada e indignada sobre manera, aquella “sociedad decente” repudiaba casi al unísono las “vulgaridades” que exclamaban los personajes de las películas venezolanas. Pero en todos y cada uno de los reclamos que hacían esos respingados de la clase culta (que hoy son el grueso del escualidismo nacional) soltaban decenas de imprecaciones soeces para explicarse, sin percatarse la mayoría de las veces de la bochornosa hipocresía que ello representaba.

No se daban cuenta del disparate porque la dignidad de la burguesía no es sino una pose fingida, sin fundamento filosófico alguno y cargada casi siempre de la más profunda y patética irracionalidad.

Su condición de clase se expresa hoy mejor que nunca en la oportunidad que le ofrece la revolución bolivariana para marcar una clara diferencia con el pueblo de a pie, el “pata en el suelo, desdentado y malviviente”, que señalan en el chavismo los voceros más destacados de la oposición venezolana. Como la esposa del presidente de la Asamblea Nacional, que en su obscena arrogancia habla orgullosa de mujeres del chavismo “sucias, malolientes y desarregladas”.

La argumentación que ese exquisito sector utiliza como obstinante comodín de justificaciones para explicar su desprecio al pueblo es la de la supuesta división que vino a causar Chávez entre los venezolanos “con su lenguaje”, como si hubiese sido el comandante quien inventó el uso del habla popular en el discurso político. Lo que inventó Chávez fue la manera de dirigirse al pueblo de manera auténtica, con honestidad, con el más elevado sentido de la responsabilidad, sin ropajes retóricos de demagogia barata, y en su propia forma de hablar.

Razonan al respecto como si antes de aparecer el comandante en la escena política, llegaron ellos a sentir en algún momento algún mínimo de sincero afecto por los pobres. La asquerosa figura de la limosna, dada muy de vez en cuando a los menesterosos a través de una pequeña rendijita en los semáforos, fue cuando mucho la mayor muestra de expiación de sus culpas frente a la injusticia de la desigualdad social.

Sus líderes son los mismos que se han organizado como bloque político contra la revolución bolivariana. Detrás de esa propuesta no existe ninguna formulación teórica de naturaleza política, sino más bien una suerte de afinidad de intereses de clase, entre los que se cuentan su desagrado con el habla vulgar de los marginales de la calle.

La falsa pose de los ofendidos con los “carajos” que una que otra vez llegó a soltar el líder de la revolución, no les permitió nunca a esos patiquines llegar al barrio. Por eso ahora la dirigencia de la derecha se desgañita en improperios para ver si por esa vía logra embaucar a la gente. De ahí las “arrecheras” de Capriles frente a los medios y las histéricas jactancias de Ramos Allup con sus motores orgánicos y sus “cabrones” gritados de manera destemplada a la Guardia Nacional Bolivariana.

Son esos líderes de la perversión quienes han adiestrado a su propia militancia en el desprecio hacia los pobres (que ellos denominan “colectivos violentos”). Quienes les han “educado” en el insulto procaz como argumento político, y en el deseo de muerte a todo el que exprese de alguna manera una forma de pensar distinta a la estulticia y la insustancialidad del odio fascista que promueve la oposición como discurso político.

Las llamadas “palabras altisonantes” o vulgaridades (que viene del vulgo, es decir del pueblo) son ofensivas a esa clase social respingada, que frunce la punta de la nariz para señalar asco respecto de cualquier cosa, solo si no son ellos quienes las profieren.

El miserable desprecio al gentilicio venezolano que esta gente vomita hoy por las redes sociales contra la delegación que representa al país en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, es simplemente esquizofrénica. Entender el esfuerzo de nuestros atletas como una forma de agresión política a su terco y arbitrario empeño por salir del gobierno revolucionario legítimamente electo, no es sino la muestra irrefutable del desquiciamiento de una sociedad que perdió toda sindéresis ahogándose en su propia putrefacción cerebral.

“Ya perdió Alejandra Benítez y claro que estoy feliz por eso” dice un oligofrénico opositor en twitter. “También espero que pierda Limardo… hay que ser demasiado maldito para ser chavista ahorita” se regodea el nauseabundo internauta.

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Como ese, se cuentan por cientos los insultos opositores en las redes a nuestros jóvenes exponentes de la “generación de oro”, como la bautizara el Comandante Chávez. Perderían la vida útil como atletas si para poder llevar a cabo su carrera como deportistas tuvieran que dedicarse a esperar que la derecha lograse algún hipotético día en el futuro más lejano derrocar a la revolución bolivariana. Frente a una propuesta política tan demencial no tendría sentido alguno ni ser deportista ni considerarse ser humano siquiera.

Médicos muy calificados le llaman “disociación psicótica”. Otros le adjudican el término clínico de “neurosis compulsiva”. Pero en definitiva lo que hay como padecimiento en esa pobre gente es una simple loquetera del cerebro, como le dice el pueblo.

Su comportamiento es el del rebaño domesticado que, a diferencia de los borregos, usan el cerebro para alimentar el organismo con satisfacciones fatuas y sin ninguna propiedad nutricional verdadera, y que solamente mediante el más puro odio inflaman su soberbia y su egolatría como no puede hacerlo ningún otro órgano del cuerpo.

Por eso se aferran con la mayor furia a una insensatez cualquiera, como que el presidente de la república es colombiano, por ejemplo, y a pesar de que todos los organismos públicos del gobierno colombiano con competencia en la materia dictaminen oficialmente desde hace meses que no existe ni la más mínima posibilidad de que tal aberración sea cierta, y aún cuando el propio líder fundamental de la oposición reconozca públicamente que no hay ni el más remoto indicio de veracidad en el disparate (no sin antes amenazar con la barbaridad de pedir revisión de la nacionalidad de los más antiguos ancestros del Presidente, insistiendo en la tozuda osadía en un país de mestizos como el nuestro), continúen hoy los escuálidos maldiciendo con la mayor rabia al Primer Mandatario con el tema de su nacionalidad.

Sin embargo, a quienes desprecian esos opositores desquiciados no es a los colombianos. Cinco millones y medio de esos compatriotas de la hermana república se convierten en la más pesada carga externa que debe soportar la economía de la nación, ya sea por la criminalidad que mucha de esa población desplazada importa al país y que se convierte en fuente de contrabando de extracción, o por la destrucción real de nuestra moneda y de paramilitarismo importado que nos llega desde allá, pero no existe ni un solo reclamo o queja de la oposición al respecto.

Según ellos, en su absurda jerarquización selectiva de la xenofobia, los enemigos de la patria son los cubanos.

La manera desalmada y sin fundamento en que los apenas 27 mil compatriotas cubanos que vienen a brindar salud a los pobres en nuestro país son tratados por esa miserable clase social que se dice ilustrada y culta, no tiene razón alguna de ser que no sea la demencia.

Insultarlos con las expresiones más soeces que en lengua castellana puedan proferirse, es el placer más exquisito para quienes se dicen ofendidos a cada rato por el uso de algún vocablo medianamente fuerte en boca de cualquier revolucionario.

Son desquiciados, es verdad. Adolecen de toda ética y de toda honestidad con su bastarda pose de oligarcas seudo luminosos. Ocultan sin pudor alguno las inmundicias que les salpican en la cara, como la de las violaciones pederastas recurrentes en el más refinado colegio de la burguesía caraqueña, el prestigioso Emil Friedman, pero se dicen escandalizados con el más insignificante “coño” del hombre humilde de la calle.

Fariseísmo puro en estado natural.

@SoyAranguibel

Modelos e ingenuidades

Por: Alberto Aranguibel B.

La única propuesta consistente de la oposición para el país no es otra que la de intentar acabar a como dé lugar con la revolución bolivariana. Todas y cada una de las medidas que recomiendan están orientadas no a la superación de la profunda crisis que ellos mismos, confabulados con sus sectores empresariales y sus medios de comunicación, han orquestado para provocar el estallido social que según ellos los llevaría inevitablemente al poder.

De todas esas medidas (eliminación del control cambiario, derogación de la Ley del Trabajo y desregulación de precios) la que probablemente haya calado más en la opinión pública como impostergable frente al desbordamiento de la usura y la especulación en todo el ámbito del comercio a nivel nacional, es quizás la referida a la regulación de la treintena de productos que el gobierno revolucionario mantiene sometidos a la llamada política de “precios justos”.

El perverso y manipulador discurso de la derecha ha convencido mediante la angustia y la desesperación a miles de venezolanos (tanto opositores como chavistas) que liberar los precios sería la fórmula que haría reducir el alto costo de la vida que esa voraz avaricia capitalista que hoy cunde en el país ha desatado.

Se necesita ser demasiado ingenuo para creer en la propuesta de esos sectores desalmados que por su sed de dinero hacen padecer sin ninguna conmiseración los más inclementes sufrimientos al pueblo.

En Venezuela no existe impedimento legal para que quien así lo desee reduzca los precios para hacer mas competitivos sus productos en el mercado. ¿Por qué necesitan entonces liberar los precios si lo que quieren es rebajarlos?

Pues porque una absurda teoría del modelo capitalista establece que los precios los regula una “mano invisible” que se rige por la lógica de la oferta y la demanda.

Dicha teoría sostiene que si un producto es muy demandado subirá de precio (porque el empresario no está dispuesto a invertir en incrementar su capacidad productiva pero sí lo está para obtener más ganancias).

O lo que es igual, que lo que no se demande bajará de precio (porque el empresario prefiere rebajar que perder la mercancía).

De ser así, la opción que le quedaría a la gente que quisiera comprar a bajo precio sería comprar lo que nadie quisiera comprar.

Por esa razón, salvo en la rara eventualidad en la que el empresario en vez de invertir dinero en campañas publicitarias atrae a los compradores mediante una disminución momentánea de sus márgenes de ganancia a través de alguna muy puntual rebaja promocional, en el capitalismo los productos jamás bajan de precio.

¿Qué tiene la democracia que tanto la defienden los corruptos?

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia es el nombre que le damos al pueblo cada vez que lo necesitamos

Robert Pellevé (Marqués de Flers)

Marx hablaba de la democracia como el sistema a través del cual la burguesía controla a la sociedad y hace perdurable su modelo de dominación con la ilusoria idea de que la beneficia y la protege de los abusos de intereses individuales. Ciertamente, un régimen que se ofrezca como garante de los derechos de todos por igual, terminará legitimando en la misma forma tanto a pobres como a privilegiados y con ello a la opresión y a la explotación del hombre por el hombre.

A lo largo de su obra, en particular el Manifiesto Comunista y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en la que coloca al Estado como una fuerza coercitiva orientada a apaciguar y reprimir los movimientos sociales que propugnan la transformación, Marx describe la relación de interdependencia entre el Estado y la clase dominante, asumida tanto por él como por Engels como una “superestructura” que se erige sobre las inevitables relaciones entre lo económico y lo social del modelo democrático burgués.

De tal manera que en el capitalismo el modelo de democracia “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” del que hablaba Lincoln, es, según Marx, completamente utópico, en virtud de lo cual debe ser definitivamente desplazado para permitirle a la sociedad alcanzar la auténtica igualdad que solo promueve el comunismo.

Cuando el Comandante Chávez definía al socialismo bolivariano como la “verdadera democracia”, establecía, a partir del postulado marxista, una diferencia ideológica sustancial con ese inviable modelo y no un simple perfeccionamiento semántico del mismo. En su propuesta revolucionaria, la democracia representativa burguesa debe ser sustituida de manera radical por el concepto de participación y protagonismo mediante un proceso de transición (como Marx mismo lo denomina) donde ambos modelos se confrontan durante la etapa de construcción de la nueva sociedad, y en la que la burguesía presentará siempre a la democracia como un bien de su exclusiva pertenencia y a los socialistas como bárbaros que solo procuran asaltarla para permitir la imposición de regímenes totalitarios.

De ahí que los revolucionarios, precisamente quienes luchan por la emancipación del pueblo, por la erradicación de la explotación del hombre por el hombre, de la exclusión, del racismo y de todas las formas de discriminación, así como de las perversas formas de degradación ética y moral del ser humano que promueve el capitalismo, sean definidos por la burguesía como tiranos, déspotas, terroristas y hasta como narcotraficantes, por el solo hecho de que persiguen a través del socialismo la superación de ese modelo legitimador de la injusticia y la desigualdad social que es la democracia representativa.

Nada es más falso que el afecto de la burguesía por los pobres, esas grandes mayorías de seres humanos depauperados que constituyen el grueso de la sociedad en el mundo. La historia está repleta de las aborrecibles muestras del desprecio de los sectores dominantes hacia esas mayorías a pesar de lo indispensables que les resultaron siempre para concretar la falsa idea de participación que aparentaba su precaria democracia.

Benedicto XVI lo dejaba claro cuando sentenciaba que “La verdad no la determina el voto de la mayoría”. Algo similar llegó a decir Caldera cuando en 1998 el pueblo ungió a Chávez como presidente.

De las democracias liberales del “viejo mundo” surgieron incontables expresiones de ese desprecio. Rousseau, por ejemplo, afirmaba que “No existió nunca una verdadera democracia, ni existirá jamás, porque va contra el orden natural que la mayoría gobierne y que la minoría sea gobernada”, justamente porque hasta aquel periodo de la ilustración era impensable que la mayoría depauperada pudiera jamás acceder al poder.

Ideas como las de Henry Amiel, quien sostenía que “La democracia descansa sobre la ficción legal por la cual la mayoría no solo dispone de la fuerza sino también de la razón”, o de Gustave Le Bon, quien consideraba que “Un país gobernado por la opinión no lo está por la competencia”, no eran sino las formas en que la burguesía reaccionaba desde lo más avanzado de su pensamiento a la posibilidad de la emancipación social.

Churchill, a quien se le atribuyen sarcasmos de insólito cinismo como que “la democracia es el peor de todos los sistemas políticos, a excepción de todos los demás”, afirmaba que “El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”, con lo cual dejaba perfectamente claro que la democracia por la que él abogaba no estaba concebida para servir a los intereses del pueblo sino de la burguesía. El mismo espíritu recogido por Orwell en su “Rebelión en la granja”.

En Venezuela, esa burguesía desprecia al chavismo no tanto por lo que significa Chávez como ideólogo de un modelo alternativo al perverso capitalismo que defienden, como porque es el líder que hace visible y moviliza a un pueblo al que ella odia incluso desde mucho antes de nuestros orígenes como República y al que solamente se le acercan a la hora de pedirle el voto para la consagración del ritual electoral que les permita legitimarse como sector hegemónico.

Eso explica la incongruente naturalidad y el tono risueño con el que gente como el presidente de la Asamblea Nacional y como su esposa, hablan hoy por igual de “malvivientes”, “sucias” y ”desarregladas” para referirse a los y las chavistas, o la periodista Marianella Salazar, que haciendo esta semana referencia a la revolución popular que se construye en el país escribía que “La Venezuela del siglo XXI es prácticamente un territorio feudal gobernado por sectas, pranes, colectivos, malandros, borrachos, narcotraficantes, y los nuevos CLAP”, o los cientos de dirigentes opositores, oligarcas o simples pequeño-burgueses de a pie, que vociferan pestilencias conminatorias hasta el desquiciamiento contra los chavistas en todos los portales de prensa y redes sociales en internet al mismo tiempo que salen a pedirles casi de rodillas sus firmas de respaldo para derrocar al gobierno chavista del presidente Nicolás Maduro.

En eso consiste su pretensión del mal llamado “revocatorio”; usurpar un mecanismo de consulta popular para instaurar a una élite burguesa en el poder.

Para esa clase dominante el voto no debe ser sino un instrumento más para la reafirmación de su propiedad sobre la democracia, porque bajo su filosofía y su total control el libre desempeño del capital les permite alcanzar el fastuoso nivel de vida en el que la corrupción, la usura, la especulación y el blanqueo de capitales, que les son tan consustanciales, no son considerados delitos sino parte esencial del sistema sobre el cual se sostiene el modelo de la libertad y los derechos de la libre empresa.

Por eso la lista de defensores de la democracia que usan a Venezuela como estandarte para sus campañas de proselitismo contrarrevolucionario incluye cada vez más a corruptos y delincuentes de la peor calaña que no tienen la más mínima vergüenza, ni el más elemental recato, en que sus expedientes sean dados a conocer a la opinión pública, como cada día estamos viendo que prolifera en las filas de esa derecha putrefacta que tanto se rasga las vestiduras contra el modelo bolivariano.

Desde los bochornosos cheques que muestran el robo de dineros públicos para fundar un partido ultraderechista venezolano, hasta el escandaloso affaire del novel presidente argentino explicando con total infortunio los vericuetos de sus andanzas en el blanqueo de capitales mal habidos, pasando por las miles de grabaciones, videos, fotografías y documentos probatorios irrefutables que los muestran de cuerpo entero como lo que son, incluyendo los llamados papeles de Panamá, las cuentas en bancos suizos, en Andorra y otros paraísos fiscales del mundo en los que son ellos quienes siempre aparecen, la lista de corruptos que se presentan como adalides de la democracia y que atacan cada vez con más furia e irracionalidad a la revolución bolivariana en el continente se hace interminable.

La prostitución y distorsión del término por parte de esa derecha degenerada y pendenciera solo conduce a que la democracia pierda todo sentido y se extinga con ello la función redentora que debió haber tenido.

Para diferenciarla de esa abyección capitalista es preciso enarbolar en todo momento el carácter profundamente ético que le imprimió el comandante Chávez con su propuesta de la participación y el protagonismo del pueblo como definición primordial e insustituible.

@SoyAranguibel

María Machado ofrece más muertos para que se logre la intervención extranjera en Venezuela

Caracas.- En un texto publicado por la líder fascista venezolana en su cuenta Twitter, María Machado le pregunta al representante de Derechos Humanos de Venezuela ante los organismos internacionales, Germán Saltrón, si necesita más muertos para acceder a la intervención extranjera en el país.

El embajador Saltrón dijo este jueves 02 de junio en declaraciones a Unión Radio que “no están dadas las condiciones para la aplicación de la Carta Democrática contra nuestro país”, a lo cual la dirigente negativa respondió vía redes sociales preguntando “¿cuántos muertos más necesita?”, dejando ver que las acciones terroristas promovidas por ella en 2014 junto con el líder terrorista Leopoldo López, habrían estado orientadas a provocar muertes violentas con la finalidad de justificar la intervención extranjera en Venezuela, pero que según su particular lectura de los acontecimientos hasta hoy dichas muertes no habrían sido suficientes para lograr tal objetivo.

Maria  muertosDe acuerdo al texto, redactado en perfecto castellano (con lo cual no queda la más mínima duda de lo que dice), la exdiputada estaría ofreciéndose como facilitadora idónea para la consecución de cualquier cantidad de muertos que haga falta para alcanzar el propósito de reinstaurar el modelo neoliberal en el país mediante las acciones fascistas que ella, junto con buena parte de la dirigencia opositora nacional, han escogido como método para hacerse del poder en vista de su recurrente fracaso para hacerlo por la vía democrática, electoral y pacífica.

En otro mensaje difundido en la misma fecha a través de su cuenta pero un poco más tarde, María Machado reafirma lo dicho, esta vez amenazando abiertamente a los cancilleres de la comunidad de la Organización de Estados Americanos (OEA), en el que les dice que “darle más tiempo a Maduro tiene un precio: muertos”.

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CONOZCA MÁS DE LA EXDIPUTADA MARÍA MACHADO EN EL SIGUIENTE VIDEO:

@SoyAranguibel

 

¿Por qué no está preso Álvaro Uribe?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 30 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“El mal no es una deficiencia, sino una eficiencia, un ser vivo, espiritual, pervertido y pervertidor”.

Pablo VI

El estereotipo del malvado, del criminal que roba o asesina tan solo por el morboso placer de sacar provecho fácil de los demás, es una deplorable caricatura que le asigna al delincuente la imagen del rufián menesteroso, ruin y maloliente, con la que se dibuja desde siempre al villano en la iconografía del mundo contemporáneo.

Es la simbiosis pobre-malhechor con la que la burguesía presenta al delincuente.

Ya sea porque se le atribuya la responsabilidad en la elección de los gobiernos ineficientes que el propio capitalismo le obliga a elegir como parte de su estrategia para perpetuar el sistema, o porque se le acuse de ser el causante de la anarquía, la violencia y la criminalidad en las calles, el pobre siempre será visto por los sectores oligarcas como el causante del mal, como parte de los mecanismos culturales de dominación que le permiten mantener sometidos a los pueblos.

De ahí que a los sectores más encumbrados de la oligarquía colombiana les resulte tan incongruente e impensable que un pupilo tan destacado de la más ultra conservadora élite social y política de esa sociedad, un verdadero “gomelo” en el habla neogranadina de mayor alcurnia, pudiera ser de alguna manera el tan prominente criminal que describen las acusaciones que contra Álvaro Uribe Vélez cursan en la infinidad de expedientes que lo certifican como tal en el mundo.

Por esa condición de muy “chirriado” exponente de la ultraderecha es que ha sido electo dos veces presidente de la república en su país y aceptado por la llamada comunidad internacional como abnegado defensor de la democracia y glorioso estandarte del antichavismo.

Sin embargo, el siniestro personaje es quizás uno de los más crueles y sanguinarios genocidas que haya conocido América y el mundo a lo largo de los últimos cincuenta años, al menos.

Lo que pudiera parecer en principio una vulgar exageración, se constata como pavorosa verdad cuando se toma en cuenta nada más la inmensa expansión que logró el narcotráfico a partir del apoyo que como director de aeronáutica del Departamento de Antioquia en los años 70’s le asegurara Álvaro Uribe a los carteles de la droga que convirtieron a Colombia en el primer productor y exportador de estupefacientes del planeta, lo que en sí mismo permite calcular la dimensión del crimen contra la humanidad cometido desde entonces por el ex mandatario hasta hoy en día.

Según cientos de testimonios de testigos, funcionarios de gobierno, magistrados del poder judicial, así como de ex integrantes del narcotráfico y del paramilitarismo (fuerzas creadas por Uribe para someter a la población al más tormentoso horror al que nación alguna haya sido sometida jamás en procura de la estabilidad de su gobierno y del sistema neoliberal que allí impera) la vertiginosa carrera política del ex mandatario estuvo en todo momento signada por el soporte y la connivencia con los sectores criminales más temibles del hermano país, de lo cual existe una descomunal cantidad de documentación fehaciente perfectamente verificable, así como infinidad de evidencias que constituyen las políticas de represión fomentadas por sus gobiernos, tanto como Gobernador de Antioquia como Presidente de la República, tales como las eufemísticamente denominadas “Convivir”, verdaderos grupos de exterminio violatorios de toda clase de derechos humanos y legales contra la población más pobre e indefensa de esa nación a la que exterminaron en masa mediante ejecuciones extrajudiciales para hacerles aparecer como guerrilleros y elevar falsamente sus estadísticas de efectividad en el nefasto Plan Colombia.

Las evidencias que incriminan a Uribe de manera insoslayable en decenas de masacres a lo largo y ancho del territorio colombiano, dan cuenta del carácter genocida de una política que obligó a millones de habitantes a emigrar hacia otros países, fundamentalmente hacia Venezuela, donde a lo largo de los dos períodos uribistas llegaron cerca de seis millones de refugiados, además del dolor que significa la muerte de los cientos de miles de hombres, mujeres, ancianos y niños, que no pudieron escapar con vida a la demencial guerra de falsos positivos desatada por Uribe Vélez contra su propio pueblo y que terminaron sepultados en las decenas de fosas comunes que hasta hoy han aparecido y que todavía faltan por aparecer en ese país.

De acuerdo al padre jesuita Javier Giraldo, activista defensor de los derechos humanos en Colombia, la horrenda realidad de las fosas comunes de desaparecidos se hizo evidente en La Macarena, región del Meta donde se descubrió una de las más grandes fosas, con cerca de 2.600 cadáveres enterrados desde el 2005 hasta el fin de la era uribista, así como en Vista Hermosa, San José del Guaviare, el Putumayo y Villavicencio.

Solamente en la llamada Comuna 13 de Medellín, la segunda ciudad en importancia de Colombia, aparecieron en 2015 más de 300 cadáveres de asesinados en 2002 por los cuerpos paramilitares a la orden del entonces gobernador Álvaro Uribe, exactamente de la misma forma en que se presume fueron asesinados y descuartizados las decenas de miles de desaparecidos reportados por miembros de los grupos paramilitares desmovilizados que hablan de más de 2.000 cementerios clandestinos.

La Dirección de Justicia Transicional del Ministerio de Justicia colombiano estima que el número de enterrados en todas esas fosas por órdenes directas de Álvaro Uribe Vélez, podría sobrepasar en total los 105.000 “NN” (que es como se les denomina a los cadáveres sin identificar), una cifra descomunal que supera con mucho la sumatoria de todos los desaparecidos en Suramérica durante el periodo de las dictaduras latinoamericanas y que podría ser solo comparable al holocausto nazi o a la barbarie de Pol Pot en Camboya a lo largo del siglo XX.

En un país como Colombia, dominado por una élite oligarca que detenta el poder desde sus orígenes como república mediante la cultura del terror y del sicariato ejercido sistemáticamente contra los liderazgos populares, así como contra todo aquel magistrado que cometa la osadía de imputar judicialmente a un connotado jerarca de la burguesía como Uribe, o cualquier periodista que reporte la atrocidad de los delitos por ellos cometidos, el temor a ser vilmente asesinado (como tantas veces ha sucedido) es un muro de contención frente a la justicia. Ahí, más que en ninguna otra parte, el neoliberalismo se apoya en la muerte.

La guerra que ha costado cientos de miles de vidas a Colombia desde hace más de medio siglo, y que le ha abierto las puertas a la injerencia norteamericana en el más oprobioso acto de entrega de soberanía que haya conocido la región, ha sido el oxigeno con el que ha contado Uribe para salir airoso de responsabilidad en ese genocidio por él perpetrado. Sus políticas orientadas a fomentar los crímenes de extorsión y secuestro, asesinatos selectivos de líderes sindicales, campesinos y políticos, así como del narco-paramilitarismo, son en esencia la base de sustentación con la que cuentan la poderosa industria bélica norteamericana y su aparato de control político y económico en Suramérica.

El senador colombiano Iván Cepeda lo ha dicho con perfecta claridad: “Hay una derecha internacional que está empeñada en perpetuar los conflictos armados para que encubran la crisis del modelo neoliberal… Su intención es que el proceso de paz (en Colombia) se venga abajo. Que el conflicto continúe para que a través de él se regionalice la guerra colombiana: entrometerse cada vez en los asuntos de Venezuela, seguir cultivando relaciones de enemistad con Nicaragua, Ecuador… La sensación que da es como si formara parte de una estrategia mucho más global”.

En todo eso Álvaro Uribe Vélez, por su estirpe de profunda convicción ultra derechista, su naturaleza desvergonzadamente fascista, y su talante irrenunciablemente servil y rastacuero, tiene un papel prominente que jugar; el del inmoral vendepatria rendido al interés del imperio sin el más mínimo miramiento ni conmiseración, porque supone que con ello lava el prontuario que lo amenaza con llevarle al corredor mismo de la muerte cuando su amo del norte así lo disponga.

Por lo pronto, el “gomelo” seguirá disfrutando las mieles de su estrellato contrarrevolucionario. El neoliberalismo y la ultraderecha suramericana y del mundo lo necesitan para llevar a cabo el trabajo sucio de intentar aplastar los movimientos progresistas de nuestros pueblos para imponer su fracasado ALCA en el continente.

Algo así como el narcodependiente necesita a la droga con la cual ese criminal hijo de Santander ha intoxicado al planeta.

@SoyAranguibel

Lo que hay que cambiar en Venezuela no es el gobierno sino la oposición

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 23 de mayo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia no es sino el acuerdo o pacto social del que hablaron desde siempre los pensadores e ideólogos del modelo. Es decir, la búsqueda de la armonización y el correcto equilibrio de la sociedad mediante el respeto a la sabia fórmula “Tu derecho llega hasta donde empieza el derecho del otro”.

Que el imperio norteamericano y “sus aliados” del mundo capitalista más desarrollado hayan secuestrado el concepto para adecuarlo arbitrariamente a sus muy particulares intereses es otra cosa. La democracia no tiene absolutamente nada que ver con lo que vende Estados Unidos en el mundo como estadio perfecto de sociedad.

De hecho, lo poco que avanzó la democracia desde sus orígenes en la búsqueda de la igualdad social, ha sido destruido sistemáticamente por esa concepción neofascista que la coloca en la historia contemporánea como bastión ideológico de los sectores pudientes de la sociedad en contra de los intereses de las grandes mayorías depauperadas que el mismo modelo capitalista va dejando a su paso en la casi totalidad de los cinco continentes.

La pretensión imperialista es que políticamente no deberá importar jamás el padecimiento de los pueblos si la democracia está debidamente asegurada. Pero asegurada única y exclusivamente como soporte de un capitalismo que como modelo económico es cada vez más insostenible.

Para la cultura política norteamericana el concepto mismo de la lucha de clases es un adefesio ideológico sin valor alguno. Sin embargo, ahí la sociedad es dividida entre buenos y malos pero ya no desde la óptica marxista que nos refiere a la igualdad y la justicia social, sino desde la concepción que la reduce a la idea de los “buenos” y los “malos” en la forma políticamente aséptica en que lo concibe Hollywood en sus películas.

Los presidentes de esa poderosa nación que es los Estados Unidos dividen al mundo a su buen saber y entender en esos mismos términos, justificando con ello agresiones contra los pueblos a los que arbitrariamente acusan de “enemigos de la humanidad”, en la medida en que afecten particularmente los intereses del imperio. O lo que es igual; del capitalismo.

De acuerdo con esa escueta apreciación políticamente aséptica de la sociedad y del Estado, no sería correcto promover ninguna idea de igualdad social, porque los “buenos” no deben ser confundidos jamás con los “malos”, ni mucho menos considerados “iguales”, dado que ello representaría una violación flagrante de los equilibrios naturales del universo.

Para el capitalismo es perfectamente normal que las voces más recalcitrantes del neoliberalismo en el mundo exijan con toda su fuerza e indignación la liberación inmediata de un asesino como Leopoldo López, instigador directo de las muertes de más de 43 venezolanos y de la agresión contra más de 900 compatriotas a los que el terrorismo les ocasionó heridas graves, mientras en las cárceles norteamericanas se encuentra injustamente condenado a 75 años de prisión (¡tres cuartos de siglo!) un luchador pro independentista portorriqueño como Oscar López Rivera, que jamás agredió a ningún ser humano y por el cual ninguna de esas voces falsamente indignadas reclama libertad ni derecho alguno.

La lista de la obscena discriminación de la cual son objeto siempre los pobres frente a la complacencia del capitalismo con las élites burguesas, es infinita a lo largo de la historia. La esclavitud, el racismo, la explotación y la exclusión social, no son sino expresiones masivas de esa cultura oligarca del desprecio a los pobres.

Para esos voceros del neoliberalismo los muertos que Leopoldo ordenó asesinar no justifican su prisión porque no eran importantes para el sistema. No había forma de que lo fueran; eran pobres.

La esposa de López y los líderes de la derecha nacional e internacional que la usan como estandarte contrarrevolucionario lo repiten sin cesar; “¡Ya, supérenlo!” les gritan insolentes a las viudas y deudos de los asesinados mientras recorren el mundo difamando a nuestro país y dejando muy en claro que ellos sí no están dispuestos a superar la cárcel del terrorista. No tienen por qué hacerlo; ellos son los “buenos”.

Bajo la influencia de esa cultura, que aliena a un sector de la población que se considera perteneciente a una clase “superior” y la convence de la despreciabilidad de la cual deben ser objeto por parte de ellos los sectores populares, es que se puede llegar a comprender la insensatez que rige a la oposición venezolana cuando actúa con tan desquiciado empeño trasgresor de las más elementales reglas ya no solo del comportamiento político sino de la cordura misma, como es invariable en su atrabiliario accionar.

Desde aquel inaudito compendio de torpezas y chapucerías que significó el golpe de abril de 2002 contra el gobierno más legítimo que conoció el país desde sus orígenes, hasta el rocambolesco sainete seudo parlamentario que viene haciendo en la Asamblea Nacional desde hace apenas cinco meses, todo cuanto tiene en su haber como acción política la oposición venezolana es un absoluto atentado contra el más elemental concepto de democracia conocido hasta hoy por la humanidad.

El capricho por imponer en la jefatura del gobierno a un sector político que no logra jamás mayoría en elección presidencial alguna sino que de manera circunstancial la obtiene en el parlamento (tal como lo ha hecho la derecha en Honduras, Paraguay y Brasil), es ya de por sí revelador del esquema antidemocrático por el que se orienta la oposición en Venezuela. Pero tratar de hacerlo tercamente mediante la violencia más irracional y desalmada es demostración del carácter fascista que más allá de lo inconstitucional y antidemocrático guía a ese sector político en el país.

Siguiendo rigurosamente el esquema del modelo de democracia pitiyanqui que promueve el imperio norteamericano en el mundo, la derecha venezolana transmite la sensación de avance hacia el poder gubernamental solamente en la medida en que se incremente el terror que su confrontación política produzca en las calles.

Si los titulares hablan de muertos en protestas (sean del bando de los protestantes o de los cuerpos de seguridad), tal como lo exige el formato de la conflictividad usado por EEUU para promover hoy intervenciones militares en cualquier parte del mundo, entonces la oposición se considerará siempre plenamente favorecida y de ahí en adelante su objetivo pasará a ser el incremento constante de la violencia para generar cada vez más notoriedad noticiosa. El centimetraje de prensa y no la vida de las personas será lo que cuente.

La saña con la que le hemos visto actuar contra las mujeres, el odio misógino que forma parte tan profundamente arraigada de la oposición desde el punto de vista filosófico incluso, y que lo vemos en la grosera exclusión de la presencia femenina en todos los escenarios opositores, es una simple exacerbación de ese desprecio hacia el pueblo, hacia los pobres, hacia los desvalidos, a los que sin distingo alguno la derecha considera enemigos de clase.

Esa bestial agresión de la cual fue objeto la semana pasada un reducido grupo de tres oficiales femeninas de la Policía Nacional Bolivariana (a las que en ningún momento se les vio agredir a los integrantes de la manifestación que la derecha se propuso convertir en una nueva acción golpista, y que terminó siendo evidencia de lo inconveniente que es permitir que los agentes del orden público enfrenten arremetidas violentas y de naturaleza abiertamente terrorista sin armamento de ningún tipo) además de la proverbial cobardía que les caracteriza, solo sirve para demostrar de manera innegable que los problemas de Venezuela no se resolverán cambiando de gobierno sino cambiando de oposición.

La oficial Dubraska Álvarez (PNB) salvajemente atacada por los grupos fascistas entrenados desde hace meses por la derecha para provocar un estallido social en el país, no es sino una más de las tantas funcionarias y funcionarios que han sido víctimas de una forma brutal de hacer política que juega con la vida del ser humano en la búsqueda de notoriedad en el terco empeño por hacerse del poder antojadiza y antidemocráticamente.

Falta saber qué opinan de ello el Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA) y sus acólitos de la derecha internacional que hoy oxigenan con su anuencia y su beligerancia a ese sector tan evidentemente criminal de nuestro país.

@SoyAranguibel