Ayer fui a la Iglesia

Por: Alberto Aranguibel B.

(26 de diciembre de 2017)

Estaba abarrotada de fieles que apretujaban entre sus manos las cuentas de sus rosarios como tratando de extraerles aunque fuera un pedacito de la gloria que el Cristo redentor promete.

A escasos metros, frente a la imagen del Sagrado Corazón, estaba el miserable que apenas ayer pretendió que le pagara medio kilo de queso al triple del precio en que me lo había vendido dos días antes.

Cerca de él, como si no se conocieran, el dueño del supermercado que vive remarcando precios a toda hora sin justificación alguna, suplicándole también al Altísimo, hincado de rodillas.

A un lado, medio oculto por los pendones de la natividad, el sinvergüenza que bachaquea a domicilio los productos de Mercal, que logra obtener con el Carnet de la Patria y que luego revende a diez veces su precio.

Casi frente al altar, como a punto de estallar en llanto por la emoción de ver tan de cerca la Virgen de la Coromoto, la cretina que estafa a la gente vendiendo los puestos en las colas, so pena de meterle cuatro puñaladas a quien no le pague.

Minutos antes de iniciada la misa chateaban por el celular maldiciendo a Maduro y pidiendo la muerte para los chavistas mediante el más cruel método posible.

Pero al empezar a hablar el cura, se concentraron junto a sus familiares en el piadoso ritual que conmemora el nacimiento del Niño Dios.

Solo con verlos se percibía cómo se remontaban a lo que debió haber sido el suplicio de José y María recorriendo los desiertos en búsqueda de alojamiento para dar a luz, porque la respiración se les entrecortaba y los ojos se les aguaban.

Les conmovía hasta el dolor que Dios viniera al mundo sobre la paja de un granero inhóspito, rodeado de animales y embarrado en estiércol.

Gemían de dolor imaginando el sufrimiento de aquella pobre gente y se abrazaban con la mayor fuerza entre los suyos cuando el cura indicó que había que darse la Paz en señal de expiación definitiva de los pecados.

Al salir, secaron sus lágrimas, saludaron con humildad a la feligresía que caminaba junto a ellos, retomaron sus celulares y ordenaron a sus empleados, que habían dejado en el puesto de buhonero, en la panadería, en la cauchera, en la ferretería, en el abasto y en la quesera, mientras ellos acudían a escuchar la palabra salvadora de Cristo, que subieran los precios de todo.

Me importa un coño quien haya nacido”, les decían a sus “empleados” a gritos.

@SoyAranguibel

El cura de la bajada

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 04 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Malayo Ulises Gutiérrez ofició esta vez la misa de la bajada de La Chinita. Haciendo honor a la épica mitológica que encierra su nombre de gladiador irreductible capaz de lidiar contra monstruos, tempestades, sortilegios perversos y ejércitos imbatibles, como lo cantara Homero tanto en su Ilíada como en su Odisea, Ulises (el pedregalero, de Falcón, no el de Joyce) baja personalmente a la Virgen del altar para lanzársela a los demonios del gobierno chavista que en mala hora, según él, le ha tocado al país.

No explica Ulises en su cuartilla panfletaria, que él lee con la voz iracunda y gruesa de los libertadores ya no de naciones sino de continentes enteros, como Bolívar en Angostura mirando hacia el anchuroso porvenir del sur, Lincoln en Gettysburg abogando por el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, o Churchill frente a la Gran Bretaña al momento de su apoteosis y su “no nos rendiremos jamás” del más brillante discurso político que recuerde la historia, conocido hoy como “La Mejor Hora”, cómo es que él es quien dispone lo que venga o no venga a hacer la Virgen a la tierra, ni por qué su iglesia le robó a aquella humilde lavandera que hace más de tres siglos se encontró con la tablilla milagrosa que dio origen a la devoción por la Chinita, para venir a hacer discursos politiqueros con ella en contra de la decisión soberana de ese mismo pueblo que la encontró y de la cual fue despojado y que votó en más de diecinueve elecciones por el gobierno que él, Ulises (el pedregalero) quiere derrocar hoy.

Olvida Ulises (el pedregalero), que fue Chávez quien reivindicó la palabra de Cristo que la iglesia abandonó durante centurias de pederastía, fornicación y concupiscencia soterrada detrás de los altares, amén de los genocidios que ocuparon su ejercicio catequístico, como ese que eufemísticamente denominaron “Evangelización del Nuevo Mundo”, para esconder las atrocidades de la mortandad que con su distorsión de Cristo desataron en este lado del planeta hace quinientos años.

No cuenta en su reaccionario discurso que por esa razón es que el pueblo cada vez que recibe una casa de la Gran Misión Vivienda Venezuela, lo que dice es: “Gracias a dios y a Chávez.” Nadie habla de Ulises (el pedregalero, de Falcón).

@SoyAranguibel

¿Es justa la justicia de Provea?

– Publicado en el Correo del Orinoco el 20 de julio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Si tú juzgas a la Ley, no eres hacedor de la Ley sino juez”  Epístola de Santiago

Si en medio de su liturgia la misa contemplara la exclusión de entre su feligresía a los ateos, a los blasfemos, a los impíos, a los pendencieros, los prevaricadores, los usureros, los truhanes, los promiscuos, los inmorales, los depravados, los vanidosos, los egoístas, los infames, los mentirosos y los estafadores, el templo se quedaría virtual y dolorosamente solo.

La naturaleza congregacional o asamblearia de la iglesia deriva de la expresión bíblica que concibe a los mortales como rebaño de Cristo, que es su pastor, fieles a una misma doctrina; la palabra de dios. Todos son iguales a los ojos del Señor, porque en todos anida la sed de salvación que la justicia divina les depara.

Descendientes de Adán como son, los hombres sobre la tierra son pecadores por naturaleza y su necesidad de redención nace con su alumbramiento, con lo cual todos los demás pecados que acumule a lo largo de su vida son adicionales. El infierno, del cual no habla la Biblia, pero que lo sugiere en cada palabra con cada una de las cuales se adoctrina al creyente en el temor a Dios, es el castigo eterno a pecados tan breves como el desear la mujer del prójimo (que no es lo mismo que poseerla), que en las sociedades contemporáneas es casi una forma universal de la convivencia pacífica y el trato decoroso.

Quizás por eso las más deseadas suelen ser las que más valen la pena tan inmenso sacrificio.

Una vez dentro de la iglesia, la naturaleza particularísima del pecado no importa. Ahí lo relevante es que como pecador has acudido al altar para someterte al dictamen del Altísimo en busca del perdón. Sin el reconocimiento de esa autoridad no operará jamás la absolución.

Pero el juicio divino no sigue la norma del juicio terrenal. Las Leyes y procedimientos que los rigen son en esencia diferentes, porque unas surgen de los designios inapelables del Creador del universo y las otras del acuerdo común del los hombres.

De ese acuerdo (o pacto, según Rousseau) que establece los mecanismos de la armonización del cuerpo social, surge la institución del tribunal que impartirá justicia de acuerdo a la las Leyes que el poder legislativo elabore con el supremo propósito de organizar el desempeño de la sociedad y prevenir los desafueros de la misma. Tanto el juez como el jurado son elementos determinantes en esa distribución de justicia. Mientras el juez encarna la figura del Tribunal de Derecho, el jurado, por su parte, desempeña la del Tribunal de Hecho, porque asume la evaluación de las pruebas que contra el acusado se promuevan durante el proceso y garantiza el juicio entre iguales que consagra la doctrina democrática.

Cuando la noción de lo justo deriva de la concepción burguesa de la sociedad y no de la noción de equidad de los pueblos, la justicia se orientará siempre en favor de los intereses de los poderosos y su distribución entonces por parte de los jueces un dechado de arbitrariedad y despojos. El advenimiento del Estado de Derecho, cuyo fundamento es la separación de poderes, no resuelve el dilema de la iniquidad de la justicia impartida por los poderosos para sociedades que avanzaban progresivamente hacia modelos en los que la preservación de los derechos del ser humano eran una razón fundamental.

Mucho antes de la Revolución Francesa, en Gran Bretaña, Juan Sin Tierra instituía en su Carta Magna la figura del jurado como instancia que velara por los derechos de los individuos a ser juzgados por sus semejantes de acuerdo al sentimiento de la sociedad. Desde la antigua Grecia y ya en el imperio romano, modalidades de esa figura del jurado eran de uso común en los juicios públicos.

Pero el juicio entre iguales no siempre fue el más justo. Los pueblos ignorantes fueron muchas veces copartícipes de las más horrendas atrocidades cometidas contra los seres humanos a través de la historia. Desde la crucifixión de Cristo, hasta el satánico ritual de la inquisición, la algarabía de turbas enardecidas por el discurso de los púlpitos fue el acicate de miles de sentencias. Muchas de esas turbas llenan hoy, como llenaron en el pasado, con su fervor y su devoción a Dios las iglesias del mundo entero.

Estados Unidos lo padece. La impunidad que indigna al mundo por la muerte de un sinnúmero de afrodescendientes a manos de policías blancos, está determinada por jurados que integran ciudadanos la mayoría de las veces negros.

En una sociedad que procura su transformación, a partir precisamente de la evolución del Estado para replantear la idea de justicia y de igualdad como base del mismo, y darle cause a un modelo verdaderamente democrático en el que prevalezca el principio del sentido común y no del sentimiento común, tal como éste se concibe en el modelo burgués, la aplicación de la Ley es un asunto medular que obliga a repensar la doctrina del derecho desde sus más hondas raíces. Los parches o enmiendas de naturaleza superficial o puramente semántica al entramado legal del Estado, por muy revolucionarios que desde el punto de vista del derecho aparezcan, terminarán siempre por reproducir el modelo burgués que se persigue desmontar si lo que obliga a la justicia es el férreo cumplimiento de la norma que lo sostiene.

Por eso frente a un proyecto de transformación de la sociedad como el que encarna la revolución bolivariana en Venezuela, la burguesía va a procurar siempre preservar para sí instituciones como el poder judicial, las leyes de la república y hasta la Constitución nacional (aún a pesar de haber surgido ésta del mismo proceso revolucionario que adversa), precisamente porque asume que es en ese ámbito del Estado donde se ejerce el verdadero poder sobre la sociedad, en la medida en que las Leyes sean expresión de un sentimiento, o una cultura, que a través de la academia, la investigación, los medios de comunicación y el mercado, ella impone a su buen saber y entender.

Sin importar si los abatidos en enfrentamiento policial en la Cota 905 eran criminales o no (… el pecado no importa), Provea abogará por sus derechos humanos acusando al Estado por lo que esa organización no gubernamental de dudosa credibilidad presentará siempre como “masacre” porque lo que le interesa ahí no es en modo alguno el derecho sino el espacio donde puede obtener no solo el beneficio político que los medios de comunicación de la derecha le facilitarán a los suyos de cara a unas elecciones parlamentarias a las que asisten en la condición más depauperada del antichavismo en toda su historia, sino el rescate de un espacio de control social desde el cual los sectores dominantes han ejercido desde siempre su dominio.

Para la burguesía los instrumentos de justicia no son los cuerpos policiales, ni los cuerpos de investigación, ni los tribunales mismos. Montesquieu sostiene en su Espíritu de las Leyes, que “Los jueces de una nación no son sino la boca que pronuncia las palabras de la Ley”.

Provea, aún por encima del clamor mayoritario de una sociedad que aplaude al unísono la actuación del Gobierno revolucionario en el enfrentamiento de los grupos criminales que hoy sumen al país en la angustia y la violencia, no defiende derechos abstractos de individuos cuyo prontuarios los incriminan, sino un Estado de Derecho que sirva para preservar el modelo de la dominación por el cual los sectores de la derecha venezolana hoy abogan.

Acusar a la revolución de represora, cuando precisamente el centro y razón de ser de esa revolución es el ser humano, es parte esencial del discurso de una guerra comunicacional basada en la infamia y la distorsión de la realidad al que esos sectores recurren frente a la evidente incapacidad de lograr el respaldo popular al que aspiran. La campaña de Provea denunciando atropellos a los derechos humanos donde todo el país está viendo salvación, es otro de los clamorosos desatinos de esa derecha torpe y tozuda que todavía cree en la posibilidad de reinstaurar en Venezuela su vetusto y destartalado modelo.

@SoyAranguibel

La misoginia como marca ideológica

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de julio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea.”

San Pablo / Corintios 14: 34-35.

 

¿A quiénes acusaban las representantes de organizaciones feministas de la derecha venezolana cuando solicitaban desde hace meses ante el Consejo Nacional Electoral la obligatoriedad de una cuota de al menos un 40% apenas de participación de mujeres en las listas de candidatos de la oposición a la Asamblea Nacional? ¿Al chavismo? ¿Al gobierno del Presidente Nicolás Maduro?

Cuando se revisa la declaración de la doctora Elys Ojeda, dirigente del Frente Femenino del partido COPEI, refiriéndose a la decisión favorable del Poder Electoral en atención a esa solicitud, pareciera que sí… pero no.

Dice la doctora Ojeda en esa oportunidad: “Esta resolución del CNE no es un regalo que hace el CNE ni el gobierno chavista a las mujeres venezolanas; desde Febrero estamos dirigiéndonos a la MUD para que nos oiga para hacer esa solicitud de paridad. El que no se nos haya escuchado no es nuestra responsabilidad.”

La doctora Isabel Carmona, dirigente nacional del partido Acción Democrática, por su parte, dice en entrevista televisiva que “Esta es una hora en la cual lo que están perdiendo de vista los sectores políticos, incluyendo la oposición, es que el liderazgo más descollante es el liderazgo de las mujeres.”

Para ella, como para el resto de las integrantes del movimiento feminista opositor, resulta difícil articular una posición coherente desde el ámbito de la derecha en torno al tema de los derechos de la mujer.

Que el sector masculino de la derecha venezolana no se haya percatado (o no reconozca) el gran avance que ha tenido la paridad de género en Venezuela gracias al empeño personal del Comandante Hugo Chávez y al carácter feminista de la revolución bolivariana, puede ser entendible. Pero que las voceras de ese sector de la oposición no lo hagan, es simplemente escandaloso.

Según explica la doctora Ojeda, corrobora la doctora Carmona, y lo sabe perfectamente el país, es la oposición quien ha negado de manera persistente toda posibilidad de participación a la mujer en cualquier área del quehacer político, ya no por un interés personalísimo de un grupo de dirigentes del sexo masculino por hacerse de las cuotas de poder que la oposición pueda obtener eventualmente por la vía electoral, sino más bien por un asunto de tipo doctrinario que se remonta a mucho tiempo atrás en la historia y que nada tiene que ver con chavismo ni con madurismo alguno.

Y no podría ser de otra forma. La defensa de los derechos de la mujer jamás surgieron ni de la filosofía ni de la teoría política de la derecha. Todas las revoluciones liberales burguesas a través del tiempo, incluyendo la francesa, consagraron siempre los derechos de igualdad y justicia social y política para los hombres no como el conjunto del género humano, sino en expresa exclusión de la mujer como actor político. El ingreso de las mujeres como fuerza laboral en el ámbito del capitalismo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, que ayudó a crear la percepción de cierto grado de liberación femenina durante todo aquel periodo, estuvo determinada fundamentalmente por la necesidad de suplir los puestos de trabajo que los hombres abandonaban para ir a la guerra.

Fue el pensamiento revolucionario el que abordó de manera científica la paridad de género que desde los inicios mismos de las sociedades organizadas preocupó al ser humano. Ciertamente, tanto Marx como Engels visualizaron que el rol de la mujer era determinante en la sociedad a partir de su emancipación plena (cuyo sometimiento es una forma más de la explotación capitalista) y en función de su aporte en la construcción del socialismo. Casi un siglo y medio antes, en Francia, Condorcet denunciaba desde una posición autocrítica la inconsistencia de los postulados revolucionarios que hablaban de “Libertad, igualdad y fraternidad” pero solo para los hombres y abiertamente negados a la mujer.

La Revolución Bolivariana subsanó esa histórica omisión incluyendo por primera vez en el mundo la paridad de género en la avanzada Constitución impulsada por el comandante Chávez en 1999. La misma que en 2002 la derecha venezolana (con el respaldo pletórico de sus mujeres) derogó durante el llamado “carmonazo”.

Esa condición misógina que prevaleció a lo largo de la historia en todos los ámbitos del quehacer humano, tuvo (y sigue teniendo) su expresión más acabada en las religiones que en muchos casos operaron como forjadoras del conocimiento y de la cultura, particularmente en la sociedad occidental. De ahí que los sectores más proclives a negar a ultranza la participación de la mujer en el escenario político sean precisamente los sectores más atrasados de la sociedad, como los partidos políticos de la derecha.

En Venezuela la misoginia política nos llega desde la fundación misma de la república. El desprecio militante de la oligarquía a Manuela Sanz, por ejemplo, es todavía hoy un rasgo que define el carácter antifeminista, clasista y hasta racista de la burguesía, como lo evidencia el asqueroso monólogo antipatriota de una seudo humorista a la que la derecha apela por estos días para articular de alguna manera un escueto discurso antichavista en el que se ofende la dignidad de nuestros próceres de independencia, incluyendo a la heroína.

La persistencia del carácter misógino de esa derecha, se constata en los debates en el antiguo Congreso Nacional sobre la pertinencia del voto femenino, una vez fallecido el dictador Juan Vicente Gómez.

En sesión ordinaria del 25 de junio de 1936, el diputado ultraconservador Augusto Murillo Chacón, representante del estado Táchira ante aquel parlamento, se oponía al voto femenino en estos términos: “Razones sentimentales suficientes se adujeron para que ella (la mujer) pudiera ocurrir a las urnas electorales. Creo que se ha cometido un grave error, pues esto equivaldría a sustraer a la mujer del hogar, en donde, con justa razón, se le ha considerado como una Diosa, para lanzarla a los azares de la política. Creo que la verdadera y más noble contribución de la mujer al Estado, es el aporte biológico […] Los pueblos en donde la mujer cobra un gran auge en la política, en la inmiscuencia de la cosa pública, son pueblos en decadencia, porque el hombre va degenerando y cediendo el puesto a la mujer.”

Por su parte, el honorable diputado Celis Paredes, de la misma bancada de Murillo Chacón, arrancaba aplausos emocionados y vítores desde la gradería diciendo: “Después de haber meditado esto mucho, estoy por la negativa. A la mujer en Venezuela no debe dársele el derecho al voto. Si lo tiene los Estados Unidos es porque aquella es una verdadera democracia y nosotros todavía no lo somos […] He hablado también con mujeres verdaderamente conscientes, y esas mujeres me han dicho que el derecho de sufragio a la mujer es perjudicial a la República. Y de ello saco como consecuencia que las mujeres verdaderamente conscientes se abstendrían de ir a las urnas electorales, e irían tal vez algunas que no nos convienen.”

Esas mujeres que “no nos convienen” de acuerdo al excelentísimo diputado Celis Paredes, son muy probablemente las mismas de las cuales se precave el pensamiento de los intelectuales de la MUD que sostienen hoy en un audio en el que se les escucha hablando de la polémica resolución del CNE sobre la paridad de género, ideas luminosas como “… o sea que así sea una burra, o así sea una prostituta, o así sea una huele pega, tú tienes que ponerla porque sí, porque tiene una cuchara […] y si les hacen caso, bueno entonces habrá que meter también un 20% de maricos y gays…”

En su irrespeto no solo a las mujeres, sino a esos compatriotas de las etnias indígenas originarias, de los afrodescendientes, de las prostitutas y de los gays, cuyos derechos son garantizados por primera vez en nuestra historia por mandato constitucional, esos obtusos intelectuales de la derecha atentan incluso contra los derechos humanos de su propio líder y candidato presidencial en dos oportunidades, al que aún a sabiendas de su orientación sexual han aclamado y ovacionado hipócritamente por años, solo por su insaciable sed de poder a como dé lugar.

Pretender construir política bajo la medieval doctrina de la discriminación sobre la que se asentó desde siempre el pensamiento de la derecha, en una sociedad que avanza cada vez con más fuerza hacia nuevos paradigmas de inclusión, solidaridad y justicia social, no puede ser sino demostración del estercolero ideológico que es el antichavismo.

 

@Soyaranguibel

De reyes, de magos y de otros dislates

– Publicado en el Correo del Orinoco el 05 de enero de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El proceso de expansión de la fe cristiana, como el de todas las religiones y sectas en general, obedeció desde siempre fundamentalmente a la dominación que la iglesia ejerció sobre la sociedad a través de su manejo del poder político, de las guerras con las que diezmó naciones y continentes enteros, o de los embates ideológicos que contra culturas y civilizaciones llevó a cabo de manera despiadada e inmisericorde a través del tiempo para imponer a toda costa su dios por encima de las milenarias creencias de los pueblos, cualesquiera que ellas fueran.

Un proceso determinado en todo momento por la mediación de un discurso estructurado con una clara y muy bien definida orientación desmovilizadora, cuyo único propósito es el aletargamiento de la capacidad crítica de la sociedad, con base en el uso intensivo de un poderoso lenguaje de la dominación, una semiótica deslumbrante apoyada en ideas, códigos y simbologías más propias de la ciencia esotérica que de la filosofía o la religión, carente por completo de argumentación teórica pero con una excepcional capacidad comunicacional que le ha permitido no solo superponerse por más de dos mil años al juicio meticuloso de la ciencia (y hasta del sentido común), sino incrementar su peso en esa sociedad que, antes que ser emancipada por los avances del conocimiento o por la creciente refundación de las culturas originarias de los pueblos, acepta cada vez más como una realidad inexorable el hecho de la institucionalización de la iglesia como parte esencial del Estado en virtud ya no de la proliferación de la fe (o de su creciente poderío político en el ámbito del modelo neoliberal burgués hoy en el mundo) sino de la difusión y del impacto del medio de comunicación en la sociedad, y que la iglesia usa cada vez más con mayor intensidad.

La iglesia, que vio como nadie en su momento en la imprenta uno de los más valiosos recursos de los que pudiera disponer jamás institución alguna, no ha desatendido nunca a lo largo de los dos últimos milenios el valor del aspecto comunicacional en su propósito de captación de lo que ella llama “almas descarriadas”. Sin lugar a dudas la imprenta le permitió a la iglesia avanzar exponencialmente y con mucho mayor rapidez de lo que hubiera podido alcanzar solamente mediante el ritual de la liturgia y de los sacramentos. Ni siquiera las guerras, o el genocidio en nombre de la evangelización, le habrían facilitado (como tanto lo hicieron en el pasado) el impulso que los medios de comunicación le han brindado a lo largo del último siglo.

Es el medio de comunicación (ya no solo como espacio para la difusión de noticias relacionadas con la iglesia, sino como instrumento que opera bajo su control absoluto para la publicación de su mensaje a través de infinidad de periódicos, emisoras de radio y canales de televisión, de su propiedad) la herramienta que le permite como ninguna otra a la iglesia la posibilidad de articular un mensaje en apariencia denso, consistente y de un profundo contenido ideológico, cuando en realidad es exactamente todo lo contrario, si nos atenemos a la lógica discursiva que debe regir el contenido mediático según los sectores hegemónicos burgueses en el marco del sistema neoliberal capitalista. Los códigos comunicacionales, tanto de la iglesia como del capitalismo, terminan siempre por ser elementos de un lenguaje común en el que la identificación de intereses y propósitos es inevitable; no desarrollo de ideas sino de reglas o normas, sustitución de la doctrina con el uso de la guerra contra el enemigo como medio de realización, exaltación de la ilusión mediante el recurso de la narrativa de ficción y de los efectos especiales (misticismo), y manipulación o falseamiento de la realidad, entre muchos otros.

El propósito de unos personajes como los Reyes Magos, por ejemplo, cuya existencia no ha podido ser comprobada jamás en modo alguno; que ni siquiera son mencionados en la Biblia sino en un escueto pasaje en el que se les describe tangencialmente como errantes viajeros transcontinentales de vago origen; que fueron (si es que en verdad lo fueron) integrantes de una inexplicable caravana de un número y de unos nombres sobre los que no hay acuerdo alguno entre los historiadores, motivada por un raro fenómeno celeste que la astronomía, ni con todo el poder de la ciencia más avanzada, no logra registrar; deja al descubierto una escandalosa inconsistencia bíblica, usualmente no revisada por la teología desde un punto de vista pragmático (como sí lo han sido por ejemplo el purgatorio y hasta el mismísimo pesebre por parte de los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI respectivamente).

Los Reyes Magos (llamados así por su supuesta sabiduría y facultades astrológicas y no por sus destrezas como prestidigitadores) no sanaron a nadie de ninguna enfermedad por muy leve o insignificante que fuera, ni antes ni después de su ofrenda al niño Jesús. Tampoco salvaron a nadie de las garras del demonio ni mucho menos le devolvieron la vida. Ni le resolvieron los problemas económicos o de naturaleza legal a nadie. No hicieron levitar a nadie ni tampoco levitaron ellos, ni al primero ni al segundo ni al tercer día ni a ningún otro. Sin embargo, los apócrifos personajes logran trascender en la historia convirtiéndose en piedra angular de la religión cristiana, llegando a ser por casi dos mil años (desde el siglo IV hasta entrado el siglo XX) el centro de disputas encarnizadas entre las antiguas Constantinopla, Milán y Colonia, ciudades que a lo largo de todo ese periodo se pelearon los restos mortales que supuestamente les pertenecieron.

¿A qué se debe entonces la deslumbrante significación religiosa de estas desconcertantes figuras del evangelio? Sin lugar a dudas a su excepcional capacidad de convocatoria para movilizar a la sociedad en torno a una propuesta consumista. Es decir, su enorme poder para reactivar el afán de compra en el ciudadano común, presa como es de la doctrina cristiana del amor al prójimo y de necesidad de conmemorar la rendición de los reyes magos al hijo de dios.

En todo ello el medio de comunicación ha jugado un papel determinante. Si la finalidad de la iglesia es fortalecer el modelo de la dominación mediante la narcosis a la que la religión induce al individuo, así como la exaltación de los valores del capitalismo más brutal y salvaje, entonces la religión será difundida por los medios de las grandes corporaciones capitalistas.

Pero si quien hace el milagro de la redención social, de la sanación sin costo a través de misiones de salud gratuita en el barrio, de la devolución de la vista a millones de seres humanos dejados al olvido en el pasado por alguna deficiencia visual, del otorgamiento de la luz de la alfabetización a los que nunca se les dio la oportunidad tan siquiera de aprender a leer, de la vuelta a la vida gracias a un prodigioso centro cardiológico que salva gratuitamente a miles de niños, de la superación de la miseria mediante infinidad de programas de dotación de viviendas, equipamiento del hogar, alimentos, útiles escolares, equipos de computación, educación gratuita a todos los niveles, y acceso a productos y bienes de consumo a bajo costo, es un revolucionario comprometido con la idea de la justicia social y de la soberanía de su pueblo, como lo fue Hugo Chávez Frías o como lo es Nicolás Maduro, entonces ese líder no aparecerá jamás en ningún medio, salvo que sea para desvirtuarlo, para deformarlo o para difamarlo.

Es ese el rol del medio de comunicación hoy en día en la sociedad de consumo, en perfecta connivencia con la iglesia reaccionaria y retardataria que rige el desempeño de la cristiandad en el mundo.

Por eso una joven que no tiene sino qué agradecer hasta el día de su muerte al Comandante Chávez y al presidente Maduro el logro maravilloso de la vida de su pequeño hijo, salvado, no una sino dos veces, por la medicina del Cardiológico Infantil Rodriguez Ochoa, termina odiando hasta la irracionalidad a cualquier figura pública asociada al chavismo que se le atraviese por enfrente, como lo demostró la desquiciada opositora que atacó de manera salvaje a la ex Defensora del Pueblo, doctora Gabriela Ramirez, en un restaurante donde ésta (con la libertad y el derecho al respeto y a la integridad que consagran nuestra Constitución) compartía con sus pequeños hijos.

Exactamente como se le garantizan a esa endemoniada agresora, pero que ella no asume como un bien de la sociedad sino como un beneficio para sí misma, simplemente porque ve mucha televisión capitalista, escucha mucha radio capitalista, y lee mucha prensa capitalista.

El Señor se apiade de su atormentada alma.

 

@SoyAranguibel