La quimera del oro

Por: Alberto Aranguibel B.

En su proverbial pero muy mordaz e incisivo lenguaje mudo, Charles Chaplin parodiaba en 1925 la avaricia y las trágicas consecuencias que la fiebre del oro podía generar en el ser humano, porque desde siempre el hombre del mundo capitalista fantaseó con la vana ilusión de alcanzar el medio más expedito para enriquecerse y, a partir de ahí, gozar del confort y de los lujos más deslumbrantes y maravillosos.

Esa fantasía de la felicidad individual alcanzada a través de la riqueza fácil, y no mediante el esfuerzo creador de los trabajadores como fuerza productiva, fue lo que impulsó la engañosa promesa del capitalismo en la sociedad contemporánea.

Desde esa óptica, el trabajo como base del bienestar ha sido siempre desdeñado. Las fórmulas maravillosas que el poder hegemónico logró imponer a través de la cultura del dinero, fueron aquellas que colocaban a la empresa privada como generadora por excelencia de la riqueza y al ser humano apenas como una herramienta accesoria del proceso de producción de la misma.

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Según esa narrativa hegemónica, como la del cine de ficción, por ejemplo, el oro en manos del individuo común es solo un objeto de enajenación y de perdición. Se inocula a la sociedad la sed del “vil metal”, como se le llama, pero se transmite a la vez que su obtención, cuando se trata de la gente normal, es producto del crimen, del asalto a los blindados, a los bancos, etc.

Desde la más remota antigüedad, el oro fue siempre sinónimo de poder más por su escasez que por ninguna otra razón. Arrancado de las entrañas de la tierra, su valor surgía del inmenso costo de la esclavitud usada para obtenerlo. De modo que quien lo poseía no podía ser solo un gran potentado, sino un gran imperio.

Por eso su precio (como el del acero, el hierro, el aluminio, y tantas otras materias primas) no se decidió jamás donde se produce, sino en las grandes metrópolis imperiales. Solo la arbitraria asignación de importancia desde los centros hegemónicos fue lo que le imprimió el valor relativo que fue adquiriendo en el mundo.

De ahí que el empeño de esos imperios fue siempre apropiarse de un oro que no es suyo (porque no lo producen, sino que se lo despojan al mundo) y hacer con él lo que les venga en gana según sus intereses.

Un afán de saqueo contra el cual se levanta hoy un pueblo digno, como el venezolano, que jamás se rendirá ante el descarado robo de más de treinta toneladas de oro que forman parte substancial de las reservas del Estado venezolano, a través de una operación de vulgar asalto al erario público de nuestro país que el vetusto imperio británico pretende hacer aparecer como una acción apegada al derecho.

Son los mismos piratas, los mismos asaltantes de siempre, que envueltos en los mismos  engañosos atavíos de la nobleza, quieren hacerle creer al mundo en una rectitud y una decencia que jamás han tenido.

@SoyAranguibel

Batallas presidiarias

Por: Alberto Aranguibel B.

El comportamiento claramente desafiante de la gente que sale a las calles en España, Estados Unidos, Brasil y otros países en los que la pandemia de coronavirus literalmente ha diezmado a su población, para reclamar la eliminación de las medidas de control y prevención de un fenómeno que no tiene nada de retórico ni de antojadizo por parte de los organismos rectores de la salud en el mundo, no puede ser menos que alarmante.

Muy distinto al comprensible enfoque de quienes se ven obligados a tomar la calle para resolver el ingreso que les permita asegurar el sustento propio y el de su familia, la mayoría de la gente que vemos en esas protestas es gente pudiente que no reclama derecho al trabajo sino derecho a pasear libremente, ir a la playa, a bares, restaurantes y a fiestas, como si el coronavirus fuera una enfermedad de pobres impuesta por el comunismo.

Evidencia de una irracionalidad latente en la sociedad. Así como latentes han sido siempre fenómenos como el fascismo, la xenofobia, o la intolerancia ideológica o religiosa, por lo general ocultos con el ropaje del recato que la sociedad usa para esconder la enajenación social. Pero que existen, y están ahí como componentes intrínsecos de la personalidad individual y muchas veces colectiva.

A manera de excusa por las atrocidades llevadas a cabo por la inquisición, la iglesia sostiene que tal conducta obedecía no a una lógica tiránica de su institución para imponer su poder mediante el terror, sino a la naturaleza desalmada de una sociedad inculta y atrasada que creía en la tortura y el ajusticiamiento de los impuros como medio para alcanzar la dicha. Por supuesto, jamás ha asumido la iglesia culpa alguna en ese atraso cultural de la gente.

De la misma forma, el mundo capitalista de hoy no halla qué hacer con esa sociedad a la que le inculcó desde los orígenes mismos del capitalismo la irracional idea de la libertad irrestricta como valor supremo e irrenunciable, a costa incluso de la vida misma.

Gente habituada a la lógica de la mezquindad y el individualismo que promueve el capitalismo, que entiende la batalla que libra hoy la humanidad como un presidio contra el cual hay que rebelarse, porque jamás tuvo la oportunidad de comprender el universo de otra forma que no fuera la del consumismo voraz que le hace considerar templos de salvación a los centros comerciales.

@SoyAranguibel

Max Boot: “El peor presidente estadounidense de todos los tiempos”

Por: Max Boot
(The Washington Post)

Hasta ahora, había sido reacio a etiquetar a Donald Trump como el peor presidente en la historia de Estados Unidos. Como historiador, sé cuán importante es permitir el paso del tiempo para obtener un sentido de perspectiva. Algunos presidentes que les parecieron espantosos a sus contemporáneos (Harry S. Truman) o simplemente mediocres (Dwight D. Eisenhower y George H.W. Bush), lucen mucho mejor en retrospectiva. Otros, como Thomas Jefferson y Woodrow Wilson, ya no se ven tan bien como solían hacerlo.

Ya había escrito, el 12 de marzo, que Trump es el peor presidente de los tiempos modernos, pero no de todos los tiempos. Eso dejó abierta la posibilidad de que James Buchanan, Andrew Johnson, Franklin Pierce, Warren Harding o algún otro don nadie, pudiera ser juzgado con mayor severidad. Pero en el último mes, ya hemos visto lo suficiente como para eliminar la clasificación “de los tiempos modernos”. Con su catastrófica gestión ante el coronavirus, Trump ya es el peor presidente en la historia de Estados Unidos.

Su único gran competidor por ese dudoso honor sigue siendo Buchanan, cuya indecisión contribuyó a que termináramos en la Guerra de Secesión, el conflicto más letal en la historia de Estados Unidos. Buchanan podría seguir siendo el perdedor más grande. Sin embargo, hay buenas razones para creer que la Guerra Civil se hubiera desatado de cualquier manera. En cambio, no hubo nada inevitable acerca de la magnitud del desastre que enfrentamos actualmente.

La situación es tan crítica que es difícil aceptarla. The Atlantic destaca: “Durante la Gran Recesión de 2007 a 2009, la economía sufrió una pérdida neta de aproximadamente 9 millones de empleos. La recesión de la pandemia ha visto casi 10 millones de solicitudes de prestaciones por desempleo en apenas dos semanas”. The New York Times estima que el índice de desempleo está alrededor de 13%, el más alto desde el fin de la Gran Depresión, hace 80 años.

Mucho peor que eso es la mortandad. Ya tenemos más casos confirmados de coronavirus que cualquier otro país. Trump declaró el 26 de febrero que la epidemia pronto estaría “casi en cero”. Ahora sostiene que si el número de muertos es de 100,000 a 200,000 —una cantidad mayor que todas las muertes estadounidenses en todas nuestras guerras combinadas desde 1945— será una demostración de que ha hecho “un muy buen trabajo”.

No. Será una señal de que él es un miserable fracaso, porque el coronavirus es la catástrofe más previsible en la historia de Estados Unidos. Las advertencias sobre los ataques de Pearl Harbor y el 11 de septiembre fueron evidentes solo en retrospectiva. Esta vez, no se requirió de ninguna inteligencia ultrasecreta para ver lo que se venía. La alarma fue activada en enero en los medios por expertos y por líderes demócratas como el ahora candidato presidencial, Joe Biden.

Algunos funcionarios del gobierno ofrecieron advertencias similares directamente a Trump. Un equipo de reporteros del Post escribió el 4 de abril: “El gobierno de Trump recibió su primera notificación formal sobre la epidemia del coronavirus en China el 3 de enero. En cuestión de días, las agencias de espionaje estadounidenses le confirmaron la seriedad de la amenaza a Trump, incluyendo una advertencia sobre el coronavirus —la primera de muchas— en el informe diario presidencial”. Pero Trump no estaba escuchando.

El artículo del Post es la disección más minuciosa del fracaso de Trump en prepararse para la tormenta inminente. Trump fue informado por primera vez sobre el coronavirus por el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, el 18 de enero. Sin embargo, de acuerdo con la nota del Post, “Azar le comentó a varios allegados que el presidente creía que estaba siendo ‘alarmista’ y Azar tuvo dificultades para captar la atención de Trump para que se concentrara en el problema”. Cuando se le preguntó públicamente por primera vez a Trump sobre el virus, el 22 de enero, afirmó: “Lo tenemos totalmente bajo control. Es una persona que viene de China”.

En los días y semanas siguientes a que Azar lo alertara sobre el virus, Trump habló en ocho mítines y se fue a jugar golf seis veces, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

La incapacidad de Trump en enfocarse en el problema, señala el Post, “sembró una importante confusión en el público y contradijo los mensajes urgentes de los expertos en salud pública”. También permitió que varios errores burocráticos no fueran atendidos como fallas graves, como realizar suficientes pruebas de diagnóstico o almacenar suficientes equipos de protección y respiradores.

Países tan diversos como Taiwán, Singapur, Canadá, Corea del Sur, Georgia y Alemania lo han hecho muchísimo mejor, y sufrirán muchísimo menos. Corea del Sur y Estados Unidos descubrieron sus primeros casos el mismo día. Corea del Sur tenía el 8 de abril 200 fallecidos , cuatro muertes por cada millón de personas. La tasa de mortalidad en Estados Unidos (25 por cada millón de habitantes) es seis veces peor y está aumentando rápidamente.

Este fracaso es tan monumental que hace que nuestros recientes presidentes fallidos —George W. Bush y Jimmy Carter— luzcan dignos del Monte Rushmore en comparación. El anuncio de Trump del 3 de abril sobre el despido del inspector general de los servicios de inteligencia que reveló su intento de extorsión a Ucrania, demuestra que él combina la ineptitud de un George W. Bush o un Carter con la corrupción de Richard Nixon.

Trump, como lo hace característicamente, está trabajando más duro que nunca en culpar a otros —China, los medios, los gobernadores, el expresidente Barack Obama, los gestores del juicio político demócrata, todo el mundo menos su caddie de golf— de sus equivocaciones. Su mantra es: “No asumo ningún tipo de responsabilidad”. Queda por ver si los votantes se creerán sus excusas. Pero pase lo que pase en noviembre, Trump no podrá escapar del implacable juicio de la historia.

En algún lado, un aliviado James Buchanan debe estar sonriendo.

Max Boot  Max Boot / The Washington Post

María A. Díaz: Mala captura, buena detención

Por: María Alejandra Díaz

No hay que olvidar que el Estado de derecho norteamericano ha sido caracterizado como un Estado de derecho judicial (Tocqueville).  Su modelo constitucional de 1787, marcado por la independencia del continente fue una clara protesta contra las leyes del Parlamento británico. No compartían el enfoque del legislador virtuoso y omnipotente, ciego sordo y mudo frente a las transformaciones sociales. Asumen la Constitución como pacto, acto de manifestación de voluntad superior de manera consciente.

El lema de este constitucionalismo podría ser el triunfo de la razón sobre la historia frente al naturalismo determinista de la historia. Esta es una obra premeditada que se quiere perfecta y definitiva, enfrentada a la naturaleza consuetudinaria e insegura de un orden basado en la tradición. Frente a unos privilegios singulares decantados en el transcurso del tiempo, los derechos naturales son conquistados de una vez y para siempre; en fin, frente a la legitimidad que suministra el pasado porque es viejo, la Constitución reposa en la legitimidad de lo que se proclama racional descubierto por las luces. (Zaglebelsky).

Herencia constitucional asumida desde nuestros países, como beneficiosa:  figuras como el método del control de constitucionalidad, Doctrina de la Judicial Review of Legislation, en Marbury vs Madison, fundamenta el poder que tiene cualquier juez en aplicar controles a los actos estatales a la luz de la Constitución, privilegiando a ésta, o como el carácter vinculante de las decisiones de estos jueces en resguardo de la Constitución, denominada doctrina del precedente o stare decisis.

Juez creador de derecho. Así sucedió cuando eliminó restricciones al voto femenino, o eliminó la segregación racial, o protegió el plan de recuperación de Roosevelt en 1929 para enfrentar la crisis económica de entonces. Juez constitucional, no como boca de la ley, sino como actor social que acompaña los cambios sociales o los impulsa. 

Sin contrapesos o límites, esta herencia beneficiosa del constitucionalismo norteamericano también tiene sus sombras: una de ellos es el precedente legal conocido como Mala captus, bene detentus, una captura ilegal, ilegítima, por la fuerza, deviene en apresamiento válido y subsiguiente juzgamiento también válido. 

Precedente que un dudoso Fiscal, sometido a investigaciones por su participación en la justificación legal del apresamiento de Noriega en Panamá y su consecuente invasión, pretende aplicarle a un grupo de venezolanos, judicializándolos. Nefasto antecedente para el constitucionalismo y las relaciones internacionales, sentado tempranamente en 1886 (Ker vs Illinois), donde tribunales, con la complacencia de su Cancillería, toleran y alientan el secuestro como mecanismo “legítimo” de captura de supuestos perpetradores de delitos graves cometidos en o contra ese país, pero guarecidos en territorio extranjero. Ejemplos sobran: Frisbie vs Collins en 1952; United States vs Toscanino; US vs Rauscher; Jaffe v. Smith, 825 F.2d 304 (1987); Verdugo-Urquidez; United States vs Najohn, Lujan vs Gengler, Sosa vs Alvarez-Machain, en 2004.

Ilógica e ilegal conducta aplicada a las autoridades venezolanas: derecho interno aplicado para justificar arrestos y secuestros extraterritoriales, acciones incompatibles con el derecho internacional consuetudinario, la Carta de DDHH, incluso con la Cuarta Enmienda de su propia Constitución, todo ante la mirada complaciente de la ONU, esperpento de supuesta protección y unión de las naciones, que merece desaparecer para dar paso a una verdadera unión democrática de naciones. 

Grave error de la administración norteamericana, tomada por neoconservadores antipatriotas, globalistas, que junto con Obama, destruyeron su economía. Enemigos del pueblo norteamericano, también lo son del pueblo venezolano. Somos pueblos de patriotas, no de globalistas nihilistas.

Recordando el significativo aporte constitucional hecho desde EEUU, apartando precedentes desdichados como el de “mala captura, buena detención”, comprendamos que el equilibrio del mundo necesita una patria estadounidense con sus equilibrios internos (Jalife). Hagamos grandes nuestras naciones, sin aplastar a nadie.

Desde Venezuela, exigimos respeto por el Derecho internacional,  a las instituciones y a nuestro liderazgo honesto y luchador, a una justicia no plegada a los amos del poder, aberrada de flagrantes irrespeto de las leyes por pura animosidad personal. Es hora de cesar la martirización y persecución de los venezolanos y venezolanas, sin cometer ningún crimen somos objeto de castigos y sanciones.

En esta amarga hora  planetaria el globalismo no sólo aspira a la disminución del Estado Nación y de la población mundial sino a su aniquilamiento, convirtiéndolo en un sujeto inmoral de infinitas pretensiones moralizadoras, unamos esfuerzos para evitar el vaciamiento moral, financiero, político, social, expresado en un catálogo de normas que dejan de lado la visión ética y bondadosa alcanzada desde la democracia y la humanidad. Hoy es tarea de todos ser mejores.

Maria Alejandra Díaz  María Alejandra Díaz Marín / Constituyente

 

Si tu asesino te llora

Por: Earle Herrera

Ahora fue en la milenaria India donde Donald Trump expresó su tristeza por Venezuela. Le duele al magnate la patria de Bolívar. Les recordó a políticos y periodistas de ese país que la República Bolivariana fue muy rica y próspera y ahora no tiene comida ni medicina. Casi enjugando una lágrima, como diría el autor de El derecho de nacer, anunció más sanciones para sacar a la nación suramericana de tanta miseria.

Los medios de la derecha desplegaron el dolor de Trump y su eficaz receta para llevar la felicidad al sufrido pueblo de Venezuela: sanciones y más sanciones. Sus lacayos criollos aplicaron un remedio parecido durante las llamadas guarimbas: a las víctimas diurnas de su violencia, por las noches les hacían misas y rendían homenajes los fines de semana. Con los muertos que causaban, engrosaban el “expediente” para llevar al régimen a la Corte Internacional de Justicia. La elección de la Asamblea Nacional Constituyente los paró en seco.

La moral imperial –perdonen el oxímoron- permite convertir a tu verdugo en tu salvador. Estados Unidos destruye países completos –Irak, Afganistán, Libia- y luego reconstruye sus infraestructuras con oneroso amor. Las mismas transnacionales que le alquilan ejércitos de mercenarios, luego obtienen los contratos para la “reconstrucción”.

Los criminales de guerra se convierten en diligentes albañiles de buena voluntad. Y las víctimas de ese letal amor de destrucción masiva, deben agradecerlo. Como muchos venezolanos agradecen hoy las sanciones criminales y, no saciados, ruegan por más.

Quienes se babean pidiendo arreciar las medidas coercitivas contra su país, son los mismos que reciben dólares de la Usaid y euros de la Unión Europea. Lo que parece un masoquismo, en lugar de dolor, les rinde pingües beneficios. Aparte, manejan los recursos de Citgo y de cuanta empresa y otros activos le ha robado el imperio a Venezuela. ¿Qué les importa entonces al autoproclamado y a sus adláteres que le bloqueen las medicinas y los alimentos al pueblo venezolano?

Los remedios o la comida que a ti te faltan, son dólares que a ellos les entran. Es la ecuación macabra del imperio y sus lacayos, una maldita simbiosis que convierte en salvador a tu verdugo y arranca lágrimas por la muerte que te causa tu asesino.

Earle 1  Earle Herrera

Fuente: Ultimas Noticias

¿Salvar al enemigo?

Por: Alberto Aranguibel B.

Circulan textos por las redes sociales pidiéndole a la gente cordura en el uso del dólar porque, al parecer, el hábito especulador instalado en el mercado venezolano estaría afectando a la divisa con la cual se desató la vorágine alcista que hoy padece la economía del país.

Irónico, en verdad, que sean los mismos sectores que apostaron desde siempre a la quiebra de nuestro signo monetario para hacer fortunas con el diferencial cambiario, quienes hoy claman al cielo por algo de sindéresis en un mercado que ellos mismos desquiciaron.

Sacarle provecho a la renta petrolera convirtiéndola en dólares para multiplicar sin ningún esfuerzo su riqueza en bolívares a medida que éste se fuera devaluando, ha sido desde siempre el único plan económico de esa burguesía inepta y parasitaria como es.

Llegado ahora el momento de esa megadevaluación a la que condujo inevitablemente la fórmula especuladora instalada a lo largo de estos últimos cinco años por esa misma burguesía en nuestra economía, el retorno de esos dólares que ella fugó durante décadas al exterior no era sino la fase final de aquel viejo proyecto de saqueo nacional que tenía pendiente.

Solo que ese proyecto, además de pérfido, era defectuoso. Por obtusa e incompetente, la burguesía no contempló nunca que una vez que se instaura un hábito, una forma de comportarse, en la siquis de un sistema económico, es muy difícil erradicarlo de la noche a la mañana.

Luego de años de “educar” a la economía en la demencial estrategia del incremento de precios sin justificación alguna, haciendo que el mercado se desbordara en su afán alcista sin importarle ya ni siquiera los indicadores que inducían la inflación de manera artificial, era inevitable que una vez llegado ese dólar con el que perseguían acabar con el bolívar también esa divisa sufriría los embates devaluadores de tan disparatada lógica económica.

De ahí que a lo que estamos asistiendo es al insólito fenómeno de la devaluación del dólar, en una absurda economía donde hacerse una radiografía, incluso en dólares, cuesta más que la máquina de rayos X.

Piden ahora esos sectores controles para salvar el valor de una divisa que implantaron como medio de pago acabando con los controles que protegían al bolívar y que generaron durante la revolución el bienestar social y económico que tanto añoran hoy los venezolanos.

La insensata idea es algo así como proponerse “salvar al enemigo”.

@SoyAranguibel

Constituyente: el respaldo de Trump a Guaidó demuestra su desesperación por Venezuela

CARACAS (Sputnik) — El respaldo del presidente estadounidense, Donald Trump al líder opositor Juan Guaidó, demuestra el desespero de su Gobierno por Venezuela al fracasar en su intento por derrocar al mandatario Nicolás Maduro, dijo a Sputnik el integrante de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), Alberto Aranguibel.

Lo que ha demostrado es el desespero que tiene Donald Trump porque no ha podido derrotar al Gobierno del presidente Nicolás Maduro; el acto de anoche [el discurso del Estado de la Unión] parecía más bien lastimoso, y así fue visto por la gran mayoría de los venezolanos; como una gran vergüenza“, expresó el constituyente.

El 4 de febrero, Trump expresó su apoyo a Guaidó, quien asistió en calidad de invitado al discurso del Estado de la Unión, un informe de gestión que realiza el mandatario ante el Congreso de EEUU.

Durante su alocución, el mandatario de EEUU se refirió a Guaidó como al “presidente único y legítimo” de Venezuela y destacó que todos los estadounidenses se unen al pueblo venezolano en su “justa lucha por la libertad”.

En ese sentido, Aranguibel manifestó que Guaidó se convirtió en el “payaso” de EEUU a cambio de recibir dinero.

Lo que vimos anoche no es nada nuevo, es una muestra más de la deplorable conducta de este pobre sujeto, que se ha convertido en el payaso de Estados Unidos, que ahora gira por el mundo mostrando desvergonzadamente esa condición ruin y miserable a la que se somete para recibir un puñado de dólares de Estados Unidos a cambio de esa actuación circense que está llevando a cabo“, sostuvo.

Guaidó inició el 19 de enero una gira que lo llevó a Colombia, Europa y EEUU, tras salir de forma clandestina del territorio venezolano. En su paso por EEUU, sostuvo un encuentro con venezolanos migrantes en Miami; mientras este 5 de febrero se reunió con el vicepresidente de esa nación, Michael Pence; y será recibido por Trump en la Casa Blanca.

El integrante de la ANC le restó importancia al encuentro de Trump con Guaidó, pues consideró que solo buscan hacer ver que el opositor venezolano es reconocido a nivel internacional.

Esa reunión no tiene ninguna importancia; que un pelele sea recibido en la Casa Blanca es una corroboración de la decadencia de la Casa Blanca. Es para tratar de aparentar que tiene algún tipo de estatura internacional; una jugarreta de baja estofa que trata de hacer Donald Trump para tratar de torcer el curso de la historia en Venezuela“, sostuvo.

Por su parte, el Gobierno venezolano rechazó este 5 de febrero las declaraciones del presidente Trump y calificó su discurso como “injerencista”.

En un agonizante esfuerzo por revivir la ya fracasada estrategia de cambio de Gobierno por la fuerza, apegada a un guión prefabricado, en medio de un espectáculo electoral circense, y haciendo uso de un discurso lleno de mentiras y declaraciones supremacistas, Trump ofende e irrespeta al pueblo venezolano al proferir violentas amenazas“, indicó el canciller Jorge Arreaza, a través de un comunicado.

La crisis política de Venezuela se agravó en enero de 2019 cuando el opositor Guaidó se autoproclamó presidente interino del país. Varios países occidentales liderados por EEUU reconocen a Guaidó, mientras que China, Rusia, Turquía y otros estados continúan respaldando a Nicolás Maduro.

Fuente: Sputniknews.com

Aranguibel: “Así hubiese sido de reconocimiento, la nave norteamericana estaba invadiendo nuestro territorio.”

Caracas, 24_07_2019.-  Alberto Aranguibel sostiene en el programa Cafe en la Mañana, que transmite Venezolana de Televisión, que la defensa que hace la oposición venezolana de la incursión de una nave espía en la zona exclusiva de Venezuela, es tan ilegal como si fuera una nave de combate, porque en ninguna parte del mundo son permitidos los vuelos no autorizados por el país que sobrevuela, sin importar si su función es de “reconocimiento”, como lo argumenta la derecha venezolana para tratar de exculpar a los agresores norteamericanos, o de cualquier otro tipo.

Tiranía democrática

Por: Alberto Aranguibel B.

Estados Unidos pretende que el más descomunal invento del ingenio humano, la internet, sirva solamente a sus descabellados y delirantes propósitos de dominación planetaria.

En nombre de la libertad y de la democracia, el imperio acusa de tiránica a cuanta nación desarrolle tecnologías que contribuyan al bienestar de sus pueblos con base en sus propias capacidades para la generación de conocimiento y para la producción de innovaciones en cualquier ámbito de la economía o del saber.

Tal como lo expresa en tono de caricatura la narrativa de Hollywood, el imperio considera que todo avance de la ciencia es susceptible de convertirse en la peor amenaza para la humanidad si llegara a caer en “las manos incorrectas!”.

Con base en esa descabellada premisa, EEUU ha desatado la furia de su inmenso poderío bélico contra infinidad de países que, de acuerdo a esa lógica de la preservación selectiva de la seguridad del mundo, han intentado en algún momento avanzar en la investigación y desarrollo de energía nuclear, siendo que el único país en desencadenar el peor genocidio en la historia de la humanidad con armamento atómico, ha sido el propio Estados Unidos. Que no solo ha arrasado con ciudades enteras probando sus bombas nucleares sobre cientos de miles de víctimas inocentes (como en Hiroshima y Nagasaki) sino que posee nada más y nada menos que más del ochenta por ciento de los misiles que existen en el mundo.

Internet es una muy especial obsesión para ese arrogante imperio que, de acuerdo a su propia lógica de la dominación, es una herramienta que ningún país debería utilizar si no es para favorecer la expansión de los mercados a los que aspiran las grandes corporaciones transnacionales norteamericanas.

Según esa narrativa, cualquier otro país que pretenda hacer uso de internet con tecnología propia que no sea la gringa, estará cometiendo un delito que amenazaría la sobrevivencia misma de la humanidad.

Pero quien controla internet para hacer un uso no autorizado de los datos de la gente, violando así no solo su derecho humano a la privacidad sino su seguridad y hasta su vida, quien encarcela a aquellos que denuncian el uso indebido de esa tecnología, no son esos países sino el propio Estados unidos.

Una verdadera tiranía en nombre de la libertad.

@SoyAranguibel

Verdad acomodaticia

Por: Alberto Aranguibel B.

El capitalismo se orienta mucho más por razones de tipo religioso que por razones políticas. Su fin último no es el gobierno o la administración del Estado como medio para alcanzar privilegios que le permitan acumular riquezas y propiedades, sino controlar totalmente la vida misma sobre la tierra, tal como lo dicta el fundamentalismo sobre el cual se apoya su modelo social, económico y político.

Por eso la línea editorial de los grandes medios de comunicación capitalistas, más que a cualquier ideología, está sometida a la lógica del bien y del mal que surge de la Biblia como doctrina esencial de un modelo que ve en la lucha de los pueblos por la justicia y la igualdad al demonio que atenta contra el orden natural del universo.

De modo que la “misión” de los editores capitalistas, más allá de las razones pro imperialistas que los inspiren, es asegurar la vigencia de esa verdad de Dios en el mundo. Para ellos, Maduro no es enemigo porque así se los dicten Barack Obama o Donald Trump. Es su enemigo porque Maduro, además de presidir un país muy rico, lucha por una justicia social que el fundamentalismo capitalista no acepta.

De ahí que el New York Times haya sostenido en un principio, a pesar de todas las evidencias difundidas intensivamente por infinidad de periodistas y testigos de excepción, que las gandolas en la frontera fueron incendiadas por el presidente Nicolás Maduro. Según la verdad capitalista, lo lógico era que el mal proviniera de quien ellos asumen como “el demonio”.

Dos semanas después acepta que la verdad fue la que registraron y difundieron al mundo esos otros medios que no se rigen por la quimérica verdad Divina sino por la que afirman las pruebas.

Exactamente igual a lo que hace CNN meses después del atentado teledirigido contra la vida del Presidente Nicolás Maduro, y que el mundo entero vio en su momento en vivo y en directo en cadena nacional de televisión, sosteniendo ahora de manera “reveladora” que lo sucedido fue un atentado, como si nadie lo supiera.

¿Por qué cambiaron de opinión y por qué lo hicieron semanas y hasta meses después?

Porque si el gobierno de Maduro caía, al día siguiente (o los subsiguientes) de esos hechos, la noticia por ellos difundida habría servido en cada caso de perfecta explicación y justificación al derrocamiento.

Pero no cayó. Se dieron entonces un lapso prudencial para ver si caía. Pero tampoco cayó.

Tuvieron, pues, que asumir a la larga la verdad verdadera. Porque, de tanto esperar que su mentira se convierta en verdad, lo que puede terminar cayendo son sus acciones en la Bolsa de Valores. Y ahí sí es verdad que Cristo empieza a padecer.

@SoyAranguibel

El más grande negocio capitalista de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

El imperialismo no lucha contra las drogas sino que las administra
Hugo Chávez

Como todo en el capitalismo, el ranking de los negocios supuestamente más rentables es casi siempre un soberano embuste.

Los famosos anuarios que dan cuenta de las estadísticas del dinero en cualquiera de sus formas, como los que publica la afamada revista Fortune, por ejemplo, suelen estar orientados a convencer a la opinión pública mundial de una realidad ilusoria y sin sentido, que establece que el capitalismo sería el modelo correcto para asegurar el éxito individual de las personas, pero en el cual los millonarios son siempre los mismos.

Publicaciones como Fortune aseguran que los mejores negocios en el mundo van desde la industria farmacéutica, la inversión especulativa de capitales, las innovación y desarrollo de aplicaciones para internet, las bebidas gaseosas, fabricación de productos para el hogar y para el cuidado e higiene personal, hasta el ensamblaje de vehículos, e incluso la exploración y producción petrolera.

Pero Estados Unidos, la más grande potencia capitalista de todos los tiempos, demuestra hoy por hoy con el sentido que le imprime a la demencial guerra económica que ha decidido desatar contra el propio capitalismo más allá de sus fronteras, que el mejor negocio del mundo no es ninguno de los anteriores, sino uno en el cual el imperio ha venido adquiriendo cada vez una mayor capacidad de control y predominio casi absoluto.

La más poderosa máquina de propaganda que jamás haya conocido la humanidad, está hoy al servicio de la promoción de ese gran negocio que EEUU quiere convertir en la perfecta forma de hacer dinero, por encima incluso de las estructuras del sistema financiero sobre el que se asienta el capitalismo.

El consumo de drogas (de todo tipo) se ha instalado en la narrativa cinematográfica norteamericana como un componente esencial de la vida en todo género fílmico. Lo que fue de escandaloso en la década de los 60 y 70 del siglo veinte el cigarrillo como objeto de placer y de seducción, lo es ahora la desquiciante presencia de las drogas hasta en las situaciones más inverosímiles de la fílmica hollywoodense, abarcando todos los ámbitos de la sociedad que son meticulosamente recreados en toda clase de películas, en las que no existe jamás ninguna situación placentera que no esté precedida por la ingesta alcohólica profusa y el consumo de drogas indiscriminado. Con especial preeminencia de esta última.

¿Por qué el mismo país que ha establecido la certificación arbitraria de los países según su grado de lucha contra las drogas, promueve de manera tan intensiva el consumo de todo género de estupefacientes a través de su poderoso aparato comunicacional, siendo tan evidente la contradicción entre una cosa y la otra?

¿Por qué Uruguay, Argentina, Canadá, y el propio Estados Unidos, presentan como un civilizatorio avance de sus sociedades la legalización de la marihuana (ya no para uso medicinal, como fue en un momento la excusa, sino para usos netamente recreativos) sin que ninguno de esos países sea susceptible de ser incluido en esas listas de descertificación con las cuales el imperio se erige una vez más en policía del mundo?

Por una sola y muy particular razón; el gigantesco negocio detrás de las drogas.

Tal como lo comentamos en estas mismas páginas en el año 2015, “La ilegalización del alcohol en los Estados Unidos entre 1920 y 1933, por ejemplo, fue considerada una de las más grandes violaciones a la libertad que se haya perpetrado en esa nación en toda su historia, pero también (por esa misma razón) uno de los más lucrativos negocios llevados a cabo en tiempos de severa recesión económica.

En ambas prohibiciones, la del alcohol y la de las drogas, la represión a la población estuvo determinada siempre por la necesidad de incrementar el flujo de presos hacia las cárceles privadas (más de un millón por causas del consumo o tráfico de drogas, en su mayoría afrodescendientes pobres), así como de elevar el precio de dichos productos ilícitos en las calles.

De ahí que la saña contra el narcotráfico de la que hace gala hoy Estados Unidos no es sino una fachada para todo un andamiaje económico cuyos capitales son los más redituables que existen hoy en día en el mercado financiero mundial, en virtud de ser capitales libres de pasivos contables, costos financieros y de cargas impositivas.” (¿Por qué los imperios sí pueden drogarse? Correo del Orinoco 01/06/2015)

El narcotráfico es un negocio que no entra en la contabilidad de ninguna empresa legalmente establecida, en virtud de lo cual tampoco es legalmente bancarizable. Sus inmensas posibilidades de rentabilidad están determinadas fundamentalmente por dos factores esenciales que aseguran el altísimo nivel de capitalización de ese excepcional negocio para el imperio. En primer lugar; la implacable persecución contra un negocio que es muy estratégicamente presentado como ilícito, lo cual eleva su precio en el mercado de manera exponencial. Y, en segundo término, que el policía que supuestamente lo persigue (léase EEUU) es el mismo que capitaliza la ganancia más cuantiosa del descomunal negocio, evitando su ingreso al sistema bancario convencional como producto de una actividad susceptible de obligación tributaria alguna. Con la droga, todo ingreso es ganancia neta y segura. Pero por los caminos verdes… de los dólares.

La acusación de país forajido contra aquellas naciones que no sirvan a los intereses del imperio, es el recurso perfecto para elevar artificialmente el precio del producto en un mercado que es netamente controlado por quien aparece descertificando, toda vez que es quién administra y resguarda los grandes centros de producción mediante sus más de 830 bases militares en el mundo. País que a la vez es, no solo el que promueve el consumo a través del aparato comunicacional con mayor penetración en el planeta, sino el que recibe los capitales que genera la droga, a través de las miles de opciones para el lavado de dinero que existen en el sistema bancario norteamericano, y que hoy los organismos internacionales como la ONU calculan en cerca de 400 mil millones de dólares al año.

Tal acusación contra los pueblos cumple el doble propósito de atacar y someter a las economías soberanas que no se plieguen a los designios del imperio, paliando así la inminente e inevitable caída del dólar como moneda de referencia en el mercado internacional. Pero a la vez sirve para confundir a la opinión pública, haciéndole creer al mundo que quien acusa es el bueno de la película. La vieja estratagema de “¡Agarren al ladrón!”

Al respecto, decíamos entonces: “Ese cinismo es exactamente el que impuso como norma los Estados Unidos en su accionar contra el narcotráfico desde 1930, cuando creó el Federal Bureau of Narcotics para supuestamente frenar el consumo de marihuana, a la vez que estimulaba la producción y el tráfico de estupefacientes en el mundo entero por razones de naturaleza estrictamente geopolítica y financiera. O lo que pretendió Richard Nixon cuando desaprobaba el informe de la Comisión Shafer en 1972 (que recomendaba legalizar el consumo y venta de marihuana en el país) mientras que en el sur del Asia los soldados norteamericanos se erigían en los más grandes narcotraficantes de su tiempo.

El revelador artículo de Peter Dale Scott, “El opio, la CIA y la administración Karzai”, publicado en la Red Voltaire en 2010, da cuenta de las implicaciones de la CIA a través del tiempo en el surgimiento y desarrollo de los más grandes mercados de narcóticos hoy en día en el mundo. En dicho artículo el autor refiere con total exactitud cómo los cultivos de precursores de drogas se incrementan en aquellos países donde hace presencia militar los Estados Unidos, como Afganistán, Colombia, Paquistán y México.” (Art. Cit.)

Las drogas estupefacientes, que con toda razón Barack Obama considera infinitamente menos dañinas que el alcohol, no son sino una trampa multiforme instalada hoy sobre las sociedades del mundo entero por un imperio inmoral e insaciable, cuyos linderos éticos son diametralmente opuestos al tamaño de su codicia y a su sed de acumulación de riqueza sin importar el hambre o el padecimiento de los pueblos. Una lujuria sicotrópica que combina la naturaleza salvaje del capitalismo con la abyecta idea de la dominación y el sometimiento de los miles de millones de seres humanos que se niegan y se negarán por los siglos de los siglos a rendirse a su repugnante e ilegítimo mandato.

@SoyAranguibel

El imperio conspiranoide

Por: Alberto Aranguibel B.

Galileo Galilei fue condenado por la inquisición a confinamiento perpetuo por sostener que los planetas giraban en torno al sol. El fundamento de la condena era tan bochornoso como que la cuestionada teoría no había sido escrita en latín (que era la lengua usada por la iglesia para impedir que el conocimiento terminara siendo eventualmente del dominio público) o que aún cuando pudiera sostenerla como hipótesis no podía hacerlo como verdad, a lo cual Galileo, como era de esperarse, se negó siempre.

En la premisa del ocultamiento de la verdad se basa la institucionalización a la que asistimos hoy en día de una figura contra-ideológica ampulosamente denominada “teoría de la conspiración”. Una forma sui generis de esconder la verdad que se ha convertido en doctrina de sobrevivencia para la estructura del poder hegemónico.

Como hizo el imperio romano contra Jesucristo, o la inquisición contra Galileo en la Edad Media, el imperio norteamericano proscribe sistemáticamente el conocimiento avanzado que no esté bajo su control, porque las ideas sobre las cuales se sostiene su modelo capitalista son insostenibles desde una concepción abierta del pensamiento. Una nación cuyo poderío se debe al sudor de los millares de esclavos que la construyeron, y al saqueo de los pueblos y naciones del mundo a los que atropella y somete arbitraria e injustamente, no tendrá jamás argumentación de ningún tipo para rebatir las acusaciones en contra de su inhumano y depredador sistema económico.

Con ese método del desecho de las ideas inconvenientes, Estados Unidos impone hoy su dominio planetario sobre el conocimiento, obligándolo mediante la más inmisericorde amenaza de descalificación y escarnio público a mantenerse dentro de los linderos de lo “social y políticamente aceptable”, sin importar la consistencia e irrefutabilidad de las ideas que el poder hegemónico considera revolucionarias.

Pero la teoría de la conspiración no es un asunto de ideas controversiales nada más, sino que se constituye en un atentando contra todo evento o realidad verificables, cuya proscripción es lleva a cabo por el imperio sin respetar siquiera la más elemental fuerza probatoria de sus argumentos.

Ni la prueba científica ni los llamados elementos de convicción revisten la más mínima importancia para ese arrogante imperio, que sostiene con la misma intolerancia y desvergüenza el carácter supuestamente conspiranoico de quienes alertan, por ejemplo, sobre el calentamiento global, como de quienes demuestran de la manera más incontrovertible la falsedad de la llegada del hombre a la luna; la participación de la CIA en el asesinato de John F. Kennedy y en el derribamiento de las torres del Word Trade Center en Nueva York; o el uso de la tecnología informática para el control social, como ha sido demostrado hasta la saciedad por expertos más que calificados en la materia.

Como policía del mundo, que cree en el sometimiento y la subordinación de todas las naciones a sus designios, Estados Unidos no acepta la autoridad de tribunales extraterritoriales de ninguna naturaleza, incluida la mismísima Corte Penal Internacional, a cuyos magistrados un alto vocero del gobierno del presidente Donald Trump se ha atrevido recientemente a amenazar con la cárcel, siendo el mismo tribunal al que Estados unidos amenaza con llevar a todo aquel que no se someta a la voluntad del imperio.

Persiguiendo todo aquello que le resulte amenaza, Estados Unidos ha terminado convertido en un verdadero “estado conspiranoico”, al que ya nadie le cree las fábulas del horror carcelario que existirían tras los muros del Kremlin, ni las paranoicas predicciones del colapso de la economía mundial supuestamente provocado por China, o la extinción de la humanidad a la que nos conducirían Irán o Corea del Norte.

Así como ninguna persona medianamente sensata en el mundo le ha creído la patraña de la crisis humanitaria que, según Donald Trump, habría en Venezuela.

@SoyAranguibel

La CIA y la contrarrevolución en Venezuela

Por: Atilio Borón

La sociedad capitalista tiene como uno de sus rasgos principales la opacidad. Si en los viejos modos de producción precapitalistas la opresión y la explotación de los pueblos saltaba a la vista y adquiría inclusive una expresión formal e institucional en jerarquías y potestades, en el capitalismo prevalece la oscuridad y, con ella, el desconcierto y la confusión. Fue Marx quien con el descubrimiento de la plusvalía descorrió el velo que ocultaba la explotación a la que eran sometidos los trabajadores “libres”, emancipados del yugo medieval . Y fue él también quien denunció el fetichismo de la mercancía en una sociedad en donde todo se convierte en mercancía y por lo tanto todo se presenta fantasmagóricamente ante los ojos de la población.

Lo anterior viene a cuento de la negación sobre el papel de la CIA en la vida política de los países latinoamericanos, aunque no sólo en ellos. Su permanente activismo es insoslayable y no puede pasar desapercibido para una mirada mínimamente atenta. Peso a ello al hablarse de la crisis en Venezuela –para tomar el ejemplo que ahora nos preocupa- y las amenazas que se ciernen sobre ese país hermano a la “Agencia” nunca se la nombra, salvo pocas y aisladas excepciones. La confusión que con su opacidad y su fetichismo genera la sociedad capitalista se cobra nuevas víctimas en el campo de la izquierda. No debería sorprender que la derecha alentara ese encubrimiento de la CIA. La prensa hegemónica –en realidad, la prensa corrupta y canalla- jamás la menciona. Es un tema tabú para estos impostores seriales. Ni a ella, la CIA, ni a ninguna de las otras quince agencias que constituyen en conjunto lo que en Estados Unidos amablemente se denomina “comunidad de inteligencia”. Eufemismos aparte, es un temible conglomerado de dieciséis pandillas criminales financiadas con fondos del Congreso de Estados Unidos y cuya misión es doble: recoger y analizar información y, sobre todo, intervenir activamente en los diversos escenarios nacionales con un rango de acción que va desde el manejo y la manipulación de la información y el control de los medios de comunicación hasta la captación de líderes sociales, funcionarios y políticos, la creación de organizaciones de pantalla disimuladas como inocentes e insospechadas ONGs dedicadas a inobjetables causas humanitarias hasta el asesinato de líderes sociales y políticos molestos y la infiltración en – y destrucción de- toda clase de organizaciones populares. Varios arrepentidos y asqueados ex agentes de la CIA han descrito todo lo anterior en sumo detalle, con nombres y fechas, lo que me excusa de abundar sobre el tema. [1]

Que la derecha sea cómplice del encubrimiento del protagonismo de los aparatos de inteligencia de Estados Unidos es comprensible. Son parte del mismo bando y protege con un muro de silencio a sus compinches y sicarios. Lo que es absolutamente incomprensible es que representantes de algunos sectores de la izquierda –notablemente el trotksismo-, el progresismo y cierta intelectualidad atrapada en los embriagantes vapores del posmodernismo se inscriban en este negacionismo donde no sólo la CIA desaparece del horizonte de visibilidad sino también el imperialismo. Estas dos palabras, CIA e imperialismo, ni por asomo irrumpen en los numerosos textos escritos por personeros de aquellas corrientes acerca del drama que hoy se desenvuelve en Venezuela y que, ante sus ojos, parece tener como único responsable al gobierno bolivariano. Quienes se inscriben en esa errónea – insanablemente errónea- perspectiva de interpretación se olvidan también de la lucha de clases, que brilla por su ausencia sobre todo en los análisis de supuestos marxistas que no son otra cosa que “marxólogos”, esto es, cultos doctores embriagados por las palabras, como a veces decía Trotsky, pero que no comprenden la teoría ni mucho menos la metodología del análisis marxista y por eso ante los ataques que sufre la revolución bolivariana exhiben una gélida indiferencia que, en los hechos, se convierte en complacencia con los reaccionarios planes del imperio.

Toda esta horrible confusión, estimulada como decíamos al comienzo por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, se disipa en cuanto se recuerda el sinfín de intervenciones criminales que la CIA llevó a cabo en América Latina (y en donde fuera necesario) para desestabilizar procesos reformistas o revolucionarios. Una somera enumeración a vuelo de pájaro, inevitablemente incompleta, subrayaría el siniestro papel desempeñado por “la Agencia” en Guatemala, en 1954, derrocando al gobierno de Jacobo Árbenz organizando una invasión dirigida por un coronel mercenario, Carlos Castillo Armas, quien luego de hacer lo que le fuera ordenado sería asesinado tres años después en el Palacio Presidencial. Sigamos: Haití, en 1959, sosteniendo al por entonces amenazado régimen de François Duvalier y garantizando la perpetuidad y el apoyo a esa criminal dinastía hasta 1986. Ni hablemos del intenso involucramiento de “la Agencia” en Cuba, desde los comienzos mismos de la Revolución Cubana, actividad que continúa hasta el día de hoy y que registra como uno de sus principales hitos la invasión de Playa Girón en 1961; o en Brasil, 1964, asumiendo un activísimo papel en el golpe militar que derribó al gobierno de Joao Goulart y sumió a ese país sudamericano en una brutal dictadura que perduró por dos décadas; en Santo Domingo, República Dominicana, en 1965, apoyando la intervención de los marines luchando contra los patriotas dirigidos por el Coronel Francisco Caamaño Deño; en Bolivia, en 1967, organizando la cacería del Che y ordenando su cobarde ejecución una vez que había caído herido y capturado en combate. La CIA permaneció en el terreno y ante la radicalización política que tenía lugar en Bolivia conspiró para derribar el gobierno popular de Juan J. Torres en 1971. En Uruguay, en 1969, cuando la CIA envió a Dan Mitrione, un especialista en técnicas de tortura, para entrenar a los militares y la policía para arrancar confesiones a los Tupamaros. Mitrione fue ajusticiado por estos en 1970, pero la dictadura instalada por “la embajada” desde 1969 perduró hasta 1985; en Chile, desde comienzos de los años sesenta e intensificando su acción con la complicidad del gobierno democristiano de Eduardo Frei. La misma noche en que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970 el presidente Richard Nixon convocó de urgencia al Consejo Nacional de Seguridad y ordenó a la CIA que impidiera por todos los medios la asunción del líder chileno y, en caso de tal cosa ser imposible, no ahorrar esfuerzos ni dinero para derrocarlo. “Ni un tornillo ni una tuerca para Chile” dijo ese patán que luego sería desalojado de la Casa Blanca por un juicio político. En Argentina, en 1976, la CIA y la embajada fueron activas colaboradoras de la dictadura genocida del general Jorge R. Videla, contando inclusive con la desembozada ayuda y consejo del por entonces Secretario de Estado Henry Kissinger; en Nicaragua, sosteniendo contra viento y marea a la dictadura somocista y, a partir del triunfo del sandinismo, organizando a la “contra” apelando inclusive al tráfico ilegal de armas y drogas desde la misma Casa Blanca para lograr sus objetivos; en El Salvador, desde 1980, para contener el avance de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, involucrándose activamente durante los doce años que duró la guerra civil que dejó un saldo de más de 75.000 muertos. En Granada, liquidando al gobierno marxista de Maurice Bishop. En Panamá, 1989, invasión orquestada por la CIA para derrocar a Manuel Noriega, un ex agente que pensó que podía independizarse de sus jefes, ocasionando al menos 3.000 muertos en la población. En Perú, a partir de 1990, la CIA colaboró con el presidente Alberto Fujimori y su Jefe del Servicio de Inteligencia, Vladimiro Montesinos para organizar fuerzas paramilitares para combatir a Sendero Luminoso y, de paso, cuando izquierdista se les pusiera a tiro, o dejando un saldo luctuoso que se mide en miles de víctimas. Dados estos antecedentes, ¿alguien podría pensar que la CIA ha permanecido de brazos cruzados ante la presencia de las FARC-EP y el ELN en Colombia, donde Estados Unidos cuenta con siete bases militares para el despliegue de sus fuerzas? ¿O que no actúa sistemáticamente para corroer las bases de sustentación de gobiernos como los de Evo Morales y, en su momento, de Rafael Correa y hoy Lenín Moreno? ¿O que se ha retirado a cuarteles de invierno y dejado de actuar en Argentina, Brasil, y en toda esta inmensa región constituida por América Latina y el Caribe, considerada con justa razón como la reserva estratégica del imperio? Sólo por un alarde de ignorancia o ingenuidad podría pensarse tal cosa.

¿Puede, por lo tanto, alguien sorprenderse del protagonismo que la CIA está teniendo hoy en Venezuela, el “punto caliente” del hemisferio occidental? ¿Puede la dirigencia norteamericana –la real, el “deep state” como dicen sus más lúcidos observadores, no los mascarones de proa que despachan desde la Casa Blanca- ser tan pero tan inepta como para desentenderse de la suerte que pueda correr la lucha planteada contra la Revolución Bolivariana en el país que cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo? Puede que para el trotskismo latinoamericano y otras corrientes igualmente extraviadas en la estratósfera política la MUD y el chavismo “sean lo mismo” y no provoque en esas corrientes otra cosa que una suicida indiferencia. Pero los administradores imperiales, que saben lo que está en juego, son conscientes de que la única opción que tienen para apoderarse del petróleo venezolano –objetivo no declarado pero excluyente de Washington- es acabar con el gobierno de Nicolás Maduro dejando de lado cualquier escrúpulo con tal de obtener ese resultado, desde quemar vivas a personas a incendiar hospitales y guarderías infantiles . Saben también que el “cambio de régimen” en Venezuela sería un triunfo extraordinario del imperialismo norteamericano porque, instalando en Caracas a sus peones y lacayos, los mismos que se enorgullecen de su condición de lamebotas del imperio, ese país se convertiría de facto en un protectorado norteamericano, montando una farsa pseudodemocrática –como la que ya hay en varios países de la región- que sólo una nueva oleada revolucionaria podría llegar a desbaratar. Y ante esa opción, imperio versus chavismo, no hay neutralidad que valga. No nos da lo mismo, ¡no puede darnos lo mismo una cosa o la otra! Porque por más defectos, errores y deformaciones que haya sufrido el proceso iniciado por Chávez en 1999; por más responsabilidad que tenga el presidente Nicolás Maduro en evitar la desestabilización de su gobierno, los aciertos históricos del chavismo superan ampliamente sus desaciertos y ponerlo a salvo de la agresión norteamericana y sus sirvientes es una obligación moral y política insoslayable para quienes dicen defender al socialismo, la autodeterminación nacional y la revolución anticapitalista. Y esto, nada menos que esto, es lo que está en juego los próximos días en la tierra de Bolívar y de Chávez, y en esta encrucijada nadie puede apelar a la neutralidad o la indiferencia. Sería bueno recordar la advertencia que Dante colocó a la entrada del Séptimo Círculo del Infierno: “este lugar, el más horrendo y ardiente del Infierno, está reservado para aquellos que en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad”. Tomar nota.

Atilio-Boron Atilio Borón Fuente: http:atilioboron.com.ar

Nota:
[1] Ver John Perkins, Confesiones de un gángster económico. La cara oculta del imperialismo norteamericano (Barcelona: Ediciones Urano, 2005). Edición original: Título original: Confessions of an Economic Hit Man First published by Berrett-Koehler Publishers, Inc., San Francisco, CA, USA. Ver también el texto pionero de Philip Agee, de 1975, Inside the Company,y publicado en la Argentina bajo el título La CIA por dentro. Diario de un espía (Buenos Aires: Editorial Sudamericana 1987).

Aranguibel: La agresión de EEUU contra Venezuela es una agresión contra el mundo