¿Guaidó preso?

Por: Alberto Aranguibel B.

El clamor del pueblo por una medida de cárcel para quien ha causado tanto daño y sufrimiento al país como lo ha hecho Juan Guaidó con su criminal asalto al dinero de los venezolanos a partir de una fábula ilegal e irresponsable de gobernanza ficticia, es cada vez más un sentimiento nacional incontenible.

Con sobrada razón la gente exige que se le aplique la ley con el mayor rigor, tal como se hace con quienes a diario son encarcelados por delitos en los que aparecen involucrados desde delincuentes de poca monta hasta importantes gerentes de empresas del Estado hallados incursos en actos de corrupción, como ciertamente ha sucedido.

Reclaman que cese lo que consideran una muestra de injustificable impunidad, como si dejar libre a Guaidó fuera producto de una supuesta indiferencia o irresponsabilidad del gobierno en una acción que no necesitaría mayor prueba para privarlo de libertad que el padecimiento que sufre el pueblo a raíz de las criminales medidas de bloqueo y cerco económico promovidas por él, así como por el saqueo a los activos de la República en el exterior llevados a cabo por ese delincuente junto a sus secuaces.

Pero no hay tal indiferencia.

Sucede que, a diferencia de lo que dictó desde siempre el pensamiento político, la política no es hoy sino el arte de administrar la comunicación con eficiencia. Por eso en el mundo son cada vez más los comunicadores que surgen a la vida política y menos los líderes a la vieja usanza cuya trascendencia se basaba principalmente en su capacidad para influenciar a las masas con su verbo, sus ideas y su carisma.

Guaidó es solo eso; un insustancial producto mediático que no necesitó de ninguna trayectoria ni ninguna capacidad o talento para el debate ideológico, ni ningún esfuerzo de lucha popular o de construcción de algún importante movimiento social para encumbrarse a los más altos niveles de la escena política, sino de la orquestación de un complejo entramado de sectores de la derecha nacional e internacional apoyados en la más intensa campaña comunicacional jamás llevada a cabo para fabricar un falso líder.

Meterlo preso en esas condiciones, significaría sumarse a la construcción de ese producto mediático y hacerlo entonces más importante que nunca en virtud de los grandes titulares que tal medida generaría colocándolo como la dolorosa víctima de un régimen opresor y despiadado que, como lo han posicionado muy estratégicamente desde los laboratorios de la infamia anticomunista más reaccionaria en contra de la Revolución Bolivariana, no tendría piedad ni siquiera por un líder tan de ensoñación como el que le han vendido al mundo que sería ese delincuente.

Algo que obviamente necesitan como corolario de su macabro plan los arquitectos de ese asalto a la democracia concebido a partir de la pura manipulación mediática.

Para evitar caer en ese error que le costaría al país no solo la pérdida de su democracia, sino la libertad y la independencia que con tanto esfuerzo y sacrificio ha construido nuestro pueblo, hay que esperar que ese poder mediático se disuelva (como ya a todas luces está sucediendo) para que los titulares sobre su encarcelamiento sean, cuando mucho, los de un hecho normal y corriente de la justicia.

Como tiene que ser. Y como muy seguramente será, más temprano que tarde.

@SoyAranguibel

Historia del “yavacaerismo histórico”

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde un principio, la convicción con la que el escuálido promedio se aferró a la idea de la supuesta caída de la Revolución fue siempre todo un rasgo de personalidad, en el que no importaba la persistencia en el fracaso, es decir; la cantidad de años que pasaran repitiendo lo mismo sin que jamás su profecía se cumpliera.

El “ya va a caer” fue la frase madre de la oposición cuando los invadió la convicción de que Enrique Mendoza, por allá por los inicios del siglo, iba a derrocar (según ellos) al Comandante Chávez, mediante una nunca demostrada capacidad de convocatoria para su imaginaria mayoría del 95% de popularidad con la que tanto alardean ilusamente desde entonces.

Exactamente lo mismo se dijeron cuando a Manuel Rosales le correspondió el turno de ese liderazgo rotatorio tan propio del antichavismo. Tal como se lo dijeron (a ellos mismos y al mundo entero) en los diferentes relevos asumidos sucesivamente por Leopoldo López, primero, y Enrique Capriles, Henry Ramos Allup, Julio Borges, Timoteo Zambrano, y Juan  Guaidó, después.

Todos, sin excepción, instauraron en sus filas la fe en que ya la Revolución había llegado a su fin y que el anhelado sueño del antichavismo estaba por realizarse en cosa de días, si no de horas. 

Pero quienes caían eran ellos.

Tan apremiante llegó a ser la inminencia de esa por ellos anhelada caída chavista, que ya ni siquiera se tomaban la molestia de expresarla con palabras, sino que recurrían a aquel sarcástico “Tic, Tac, Tic, Tac” con el que no se cansan de hacer el ridículo todos los años desde hace casi un cuarto de siglo, que les pareció tan apropiado para convertir en ritmo eufórico el ritornelo del “ya va a caer”. Una sentencia a la que, a manera de salvación, le dieron el giro internacional que ameritaba tanta derrota sufrida con sus propios líderes, endosándosela a cada uno de los redentores que fueron sucediéndose uno tras otro para socorrerlos en su desespero por sacar del poder al chavismo; primero Rajoy, luego la OEA, la Unión Europea, el Grupo de Lima, Iván Duque, Piñera, Bolsonaro, Macri, y hasta los mismísimos  Obama y Trump.

Tanto que hoy podría hasta hablarse de una corriente “yavacaerista”, consistente ya no en ideología alguna, sino en el recurrente anuncio del fracaso propio haciéndoles creer siempre a los demás hasta el fin de los tiempos que quien fracasa es otro.

Hoy, con el nuevo fracaso que encarna Juan Guaidó no hallan qué hacer. Se esconden tras el Covid para aparentar una falla sobrevenida, un desperfecto de la historia, un revés pasajero enviado por el cielo como castigo a su demora en derrocar al tirano. 

Argumentarán sandeces, como siempre, hasta un nuevo e ilusorio anuncio de otro “Ahora sí…YA VA A CAER”

@SoyAranguibel

El Monstruo se maquilla

Por: Vladimir Acosta

Al fin con Trump fuera del poder, el Monstruo que es el Imperio estadounidense inicia con Biden un nuevo y urgente maquillaje, tratando de recobrar su imagen mundial y buscando de nuevo que ese barniz ilusione a América Latina.

No es la primera vez que ocurre. El Monstruo vive en permanente maquillaje. Y en el sistema bipartidista de su falsa democracia, los protagonistas más recientes de esos maquillajes han sido los demócratas. Señalo varios casos.

Eisenhower, republicano, agresor imperialista, promueve un golpe de estado en Irán para aplastar al gobierno nacionalista de Mossadegh y devolver el poder al shah Reza Pahlevi, otro en Guatemala para derrocar al gobierno progresista de Árbenz y una directa invasión del Líbano. Le sucede el demócrata Kennedy. Joven, elegante y dinámico, éste suscita una gran ilusión. Pero, fuera del maquillaje, nada cambia. Logró su estrecho triunfo electoral gracias a la mafia amiga de su padre, invade Cuba y es derrotado, inicia la guerra de Vietnam y termina asesinado en forma confusa, lo que ha mantenido la ilusión falsa de que iba a cambiar algo.

Nixon, republicano, personaje repulsivo, tramposo y prepotente, provoca el golpe de estado que derroca en Chile al gobierno democrático de Allende para imponer la dictadura asesina de Pinochet, y en Vietnam no solo lleva la guerra a extremos monstruosos, sino que viéndola perdida somete a Laos, Camboya y Vietnam del Norte a bombardeos genocidas que casi destruyen a esos países. Y acaba renunciando al poder, amenazado de impeachment por lo de Watergate.

Su sucesor, Carter, demócrata, devuelve la ilusión al país. Pero el Carter que después de ser derrotado por Reagan en su intento de reelección y que en décadas ulteriores aparece como defensor de la democracia, fue en el poder un presidente imperial. Metió a los sionistas israelíes en Centroamérica, empezó la guerra afgana para provocar a la Rusia comunista armando a los Talibán, enfrentó a la revolución iraní apoyando y protegiendo al shah, apoyó a Somoza en Nicaragua y empezó la guerra de agresión contra la revolución sandinista.

Luego vino la última ilusión, la mayor y más falsa de todas. Al segundo Bush, el aprovechador del más que sospechoso atentado contra el World Trade Center, el de la invasión de Afganistán, de la criminal guerra contra Irak acusado falsamente de tener armas nucleares, de la Ley Patriota, la represión interna, las torturas y el neo mercantilismo, lo sucede Obama.

Obama fue la hipocresía y la mentira en el poder. Recibió un Premio Nóbel de la Paz adelantado, que su gobierno pisoteó impunemente con sus guerras y crímenes. Vendió más armas y asesinó más ciudadanos negros que Bush. Mantuvo al país en guerra perpetua hablando de paz y amistad. Usó a la OTAN para invadir Siria y Libia y su vicepresidenta celebró la nauseabunda forma en que se mató a Gaddafi. Siempre con las manos limpias, hizo asesinar a Ben Laden para que no hablara. Promovió golpes de estado en Honduras, Paraguay y Ucrania. Declaró a Venezuela peligro inusual para Estados Unidos y convirtió en su entretenimiento favorito asesinar a distancia con drones que manejaba desde la Casa Blanca a miles de afganos y pakistaníes, hombres, mujeres y niños, que celebraban bodas y reuniones familiares.

Lo más grave es que esa ilusión sí funcionó. Y no solo eso, sino que todavía perdura. Y perdura por una sola razón, que va en contra de la realidad, pero vale por mil argumentos: el poder de los grandes medios, esos que a base de maniqueísmo acomodaticio, mentiras y medias verdades imponen por doquier, en prensa, radio, TV, redes y celulares esa falsa verdad que llega a todos y que todos repiten. Y es a ella que intenta volver Biden.

Hay empero una poderosa fuerza que se le opone y que va a dificultar el éxito de ese regreso iluso a los Estados Unidos previos a los años de gobierno de Trump. No son por supuesto los ingenuos que creen en Obama y en que el Imperio puede siempre renovarse. Es una fuerza material que ha ido cobrando peso, que choca contra de la falsa verdad mediática del poder profundo que domina Estados Unidos, y que ha puesto a dudar incluso a los gobiernos actuales de la servil Europa, adoradores masoquistas del Imperio gringo que los desprecia, humilla y les da órdenes. Es la fuerza material que Trump desató, y que prendió en una parte grande e importante de la población estadounidense pues es producto directo y sostenido de la crisis terrible que esa población sufre desde hace años en medio de su decepción ante el Estado, el poder y las manipulaciones partidistas. Es una fuerza múltiple que explota a cada paso poniendo en evidencia sus alcances, peculiaridades y hondas contradicciones.

La crisis actual que confronta Estados Unidos es múltiple y profunda y no puede ser resuelta con meros maquillajes dirigidos a ocultar y diferir incómodas y profundas realidades. En tal sentido, las posibilidades de éxito del intento de Biden de volver a Obama son más que remotas. Y es que Trump no creó esa crisis, pues ella viene de antes. Lo que sí logró sin quererlo, con su soberbia, narcicismo, racismo, agresiones, errores y pésima actitud ante la pandemia fue sacarla a flote y hacerla estallar en todos sus diversos planos.

Esa crisis no es sino la decadencia inevitable de un Imperio soberbio y arrogante que empieza a mostrar su lento pero imparable derrumbe, su putrefacción interna y su necesidad de un cambio profundo que nadie va a intentar. Y es que los Imperios se pudren, la decadencia los hace más peligrosos y no es raro que apelen a la guerra aprovechado el enorme poder que conservan pese a esa creciente decadencia.

El Monstruo está enfermo. La crisis de Estados Unidos no se resuelve con parches y aún menos con un gobierno como el de Biden, imperialista servil y mediocre de toda la vida, cómplice activo de todas las guerras del Imperio, ahora un hombre viejo, indeciso y medio gagá rodeado de un equipo que pese a su aparente diversidad y disfraces es más de lo mismo. En lo internacional su discurso es el de Trump, edulcorado con un nombre suave para hacerlo digerible: Hacer América grande otra vez se vuelve Somos el faro que da luz al mundo y aquí estamos de nuevo para dirigirlo. Su discurso de posesión es ejemplo de ello. Biden, católico, habló de unión de todos, de paz y amor, como un viejo cura hipócrita, pero tras acabar pidiendo a Dios bendecir a “América”, pide otra bendición de Dios para sus tropas. Su Secretario de Estado repite lo que fue la despedida de Pompeo: que hay que unir a todo el mundo contra China. Y se inaugura como tal atacando a Venezuela y diciendo que se le impondrán a nuestro país sanciones aún más dolorosas.

Y hay algo más en lo que el gobierno Biden busca obtener un éxito que es clave: destruir no solo a Trump sino al propio Partido Republicano. Mientras montan el impeachment final de Trump, han convertido la payasada del 6 de enero en el Congreso en “la conspiración terrorista y el proyecto criminal de golpe de estado más grave de toda la historia de Estados Unidos”. La investigación manipulada que montan para ello se dirige no solo a liquidar a Trump y sus 75 millones de votos sino al Partido republicano, que dejaría de ser un adversario para el poder demócrata.

Pese a que Biden domina el Congreso, el absurdo impeachment debería fracasar porque coloca a los republicanos en un dilema. No pueden apoyarlo, y si una parte de sus congresistas lo apoyase, el Partido republicano quedaría dividido en dos grupos opuestos y por tanto anulado como competidor por el poder. En eso también los demócratas deberían fracasar, a menos que los republicanos se “auto suicidasen”, como habría dicho Carlos Andrés Pérez.

No hay, pues, cabida para ilusiones con el Monstruo.

Vladimir Acosta.

Fuente: Últimas Noticias

Estado de derecha

Por: Alberto Aranguibel B.

En Estados Unidos, según ellos la cuna de la libertad y la democracia, tropezarse con el Estado es lo más apocalíptico que puede enfrentar un ciudadano cualquiera.

Cada vez que una autoridad lo detenga lo primero que le dirá, después de la insalvable zaparapanda de rolazos por las costillas, por supuesto, es que tiene “derecho” de quedarse callado porque, si habla, todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Una forma sui géneris de cercenar absoluta y radicalmente la libertad de expresión de la que tanto se jacta el imperio.

Pero, si por cualquier razón (generalmente injustificada) termina detenido, la primera (y probablemente la única) vez que le permitirán hablarle directamente al Estado será para preguntarle en algún tribunal si se declara culpable o inocente. 

Si acepta la culpabilidad, el proceso seguirá su curso de manera normal y solo purgará la pena que el Juez le acuerde.

Pero, si comete la osadía de declararse inocente, habrá cometido el peor error de su vida porque ello equivaldrá a enfrentarse a la estructura policial y judicial del Estado, que considera que llevarle ante el tribunal es la culminación de un capítulo más en su proceso de aplicación de las leyes. Declararse inocente es cuestionar el desempeño del sistema judicial que lo está procesando. Lo que podría implicar, incluso, que no se somete a los principios constitucionales en la que dicho sistema judicial se asienta.

De ahí en adelante, nada podrá salvarle de la embestida de un Estado inclemente en la tarea de hacer cumplir las Leyes. Salvo que sea muy rico o muy encumbrado políticamente y pueda pagar cualquier fianza que se le imponga, así como al mejor bufete de abogados para enfrentar a ese poderoso e inexpugnable sistema de injusta justicia.

Una libertad ficticia que solo deslumbra a quienes alaban las supuestas bondades de la vida en ese país porque las conocen a través de la sempiterna fabulación del cine y la televisión que tanto les encanta, pero que en la vida real no es más que la brutal presión de un Estado implacable, tan insoportable como la asfixia que ejerce sobre la gente la peor de las cárceles, al que solo viéndolo desde la óptica obtusa e irracional de la derecha puede aceptársele como un ámbito propicio para el disfrute verdadero de alguna libertad.

A la larga termina siendo solo un “Estado de derecha” y nada mas.

@SoyAranguibel

Ojos que no ven…

Por: Alberto Aranguibel B.

La sensatez y el sentido común constituyen la base del refranero popular, cuya sabiduría recoge siglos de vivencias y conocimientos acumulados por los pueblos en el vaivén de la vida de cientos de miles de seres humanos que a través del tiempo experimentaron las más diversas vicisitudes, la mayoría de los cuales llega siempre a conclusiones lógicas en virtud de su buen criterio.

Si alguna máxima recoge esa premisa de la verdad que encierran los refranes para el común de la gente, es sin lugar a dudas la que sentencia que lo que no se ve no genera malestar o sufrimiento en el individuo.

A nadie le perturba de entrada la sola difusión de los rumores, por mucho que ellos alerten acerca de riesgos o amenazas de cualquier naturaleza que pudieran entrañar peligros así fuesen de consideración. El rumor interesa, pero no inmoviliza de miedo. La certeza de las asechanzas se instala en la mente del común con la concreción incontrovertible de los hechos en realidad tangible.

Por eso se ha vuelto tan común el doloroso fenómeno de familias enteras que fallecen por causa del Covid-19, luego de asistir en plena pandemia a una fiesta en la que todos disfrutaron confiados en que a ninguno de ellos les alcanzaría el contagio. No vieron nunca el virus sino la simpaticura y el amoroso afecto de entre los suyos. No usaron mascarilla ni mantuvieron distancia alguna durante la velada, sino que, por el contrario, departieron jubilosos apretujándose indistintamente en abrazos y besos infinitos.

Y es también por eso que aparece cada vez más gente acusando al gobierno de inventar, como si fuera un cuento, lo del asedio imperialista que le genera tanto sufrimiento a nuestro pueblo al hacer colapsar criminalmente nuestra economía y dejar sin posibilidades de acción al Estado para la prestación eficiente de los servicios públicos.

Si no ven los bombarderos yanquis en el cielo, ni los tanques de guerra cruzando las fronteras, entonces para ellos no hay en verdad sanciones ni bloqueo alguno que explique las inmensas dificultades que padece el pueblo.

Cuando los ojos no ven lo que no necesita anteojos, corresponde entonces agudizar el buen juicio y elevar la conciencia, más aún si en ello va el devenir de la Patria. De no ser así, se corre el riesgo de terminar volviendo a la esclavitud, como tan luminosamente alertó Fidel en su momento.

@SoyAranguibel

Cómplices

Por: Alberto Aranguibel B.

Coautor de un delito es todo aquel que promueva, facilite o coopere en su ejecución de manera directa o indirecta, así no conozca las consecuencias legales que esa complicidad acarrea.

En los delitos cometidos por Juan Guaidó contra el patrimonio nacional y los dineros púbicos, otorgados arbitraria y persistentemente por él a terceros en detrimento de los intereses del país basándose en la espuria e inconstitucional figura de presidente autojuramentado que algunos países reconocieron como titular del Ejecutivo Nacional por conveniencia propia en la ejecución de esas acciones, cómplices son todos aquellos que de una u otra manera avalaron ese saqueo perpetrado a Venezuela.

Quienes insistieron terca y reiteradamente en la falsa legalidad del sainete montado por el Departamento de Estado norteamericano, promoviendo a Guaidó como presidente con todas las prerrogativas y atribuciones de un cargo para el cual no fue jamás electo, ni mucho menos proclamado por el órgano competente del Estado para tal función, son de hecho cooperantes en la conspiración contra la Constitución y las Leyes venezolanas que sirve de génesis al despojo del cual ha sido víctima el país, porque sin ese apoyo (fundamentalmente el que le brindaron los voceros de eso que hoy en día se conoce como la opinática comunicacional, es decir; todos esos supuestos analistas políticos de la derecha que a la larga no son más que conmilitones políticos del autojuramentado, a quien le hicieron intencionalmente la imagen de Primer Mandatario que éste necesitaba a nivel internacional para cometer sus fechorías a su antojo sin obstáculos o limitaciones de tipo legal) fue lo que permitió en definitiva que el delincuente pudiera actuar con la más entera libertad y el más perfecto blindaje.

Esos “analistas”, que se escudaron siempre tras la figura del periodismo precisamente para protegerse de las leyes y poder así llevar a cabo su tan decisivo aporte en la comisión de los delitos que a todas luces estaba perpetrando Guaidó, no pueden ahora escapar al juicio, a la evaluación pública que hoy le hace el pueblo venezolano al impostor y a su banda de saqueadores por los daños y el sufrimiento que con su actuación le han causado al país.

A sabiendas no solo de la ineptitud y la mediocridad del impostor y muy fundamentalmente de todo lo que involucraba la inconstitucional farsa del gobierno de transición, lo defendieron hasta con los dientes a pesar de los cientos de señalamientos que desde un primer momento lo dejaban en evidencia. Decir ahora que fueron sorprendidos en su buena fe no es sino una fase más del engaño que ellos mismos urdieron a conciencia y con total intencionalidad.

Así sea una sanción moral les corresponde.

@SoyAranguibel

Derecha onomatopéyica

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el desacertado de Fukuyama diagnosticaba en las postrimerías del siglo XX el supuesto fin de las ideologías por el solo hecho del derrumbamiento del Muro de Berlín y la caída del bloque soviético, cometía el doble error de suponer, por una parte, que el socialismo no era un modelo económico, social y político  sino solo un gobierno (es decir; que se agotaba al dejar de estar en el poder) y que, por la otra, al revés de lo anterior, la derecha se fundamentaba en alguna clase de compendio teórico político de naturaleza ideológica, lo cual es completamente falso.

A diferencia del capitalismo, que incluso en su fase neoliberal más aguda carece de una base teórica sustantiva que no sean los postulados economicistas que de cuando en cuando le sirven acomodaticiamente de sustento o argumentación, el socialismo es un modelo eminentemente ideológico elaborado a partir de la formulación de un vasto pensamiento científico construido por infinidad de pensadores y teóricos políticos de izquierda a través del tiempo y a lo largo y ancho del planeta por más de dos siglos.

Esa falta de referente o fundamentación ideológica más allá de las consignas o fraseologías de la derecha, es lo que ha determinado el comportamiento convulso de la sociedad desde tiempos inmemoriales. La naturaleza impulsiva y arbitraria de sectores que se ubican regularmente en la lógica individualista, inhumana y perversa, del modelo capitalista, conducen indefectiblemente a la violencia irracional de unos contra otros, en función del dinero y de privilegios a los que se consideran con derechos sin importarles jamás el padecimiento de las grandes mayorías excluidas.

De ahí que la derecha jamás argumenta su posición o punto de vista como no sea con mentiras (usando siempre su inmenso poder mediático), así como con descalificativos o insultos infamantes contra aquellos a los que se opone.

Todo aquello que le suene a insulto le resulta perfecto para atacar, sin importar si el término se corresponde o no con lo que persigue describir como rasgo del contrario.

Por eso vemos cada vez más militantes de la derecha acusando a gente como Joe Biden de “socialista”, o a Nicolás Maduro de “globalista”.

No tienen ni la más remota idea de lo que dicen, pero les suena fuerte. Consideran que la efectividad del insulto radica en la intensidad del grito.

@SoyAranguibel

Signos de esperanza

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde tiempos inmemoriales, la llegada de un nuevo año trae consigo la expectativa común de un porvenir venturoso, independientemente de la realidad objetiva que le preceda. Asociado al nacimiento del niño Dios y a la conmemoración del arribo de los Reyes Magos en un mismo periodo de apenas pocos días, el carácter del año nuevo es el del alumbramiento de la esperanza.

En la Venezuela actual, esos signos esperanzadores prevalecen más allá de las profundas limitaciones a las que ha sido sometido nuestro pueblo con el criminal asedio que hoy castiga de manera despiadada la irreductible vocación independiente y soberana del mismo.

Hay, claro que sí, muchos problemas que deben resolverse para poder alcanzar el estado de bienestar al que tiene derecho ese pueblo, que con tanto coraje lucha día a día por recuperar y sostener el logro de inclusión y de justicia social que solamente la Revolución Bolivariana le ha deparado en casi dos siglos de lucha, y que vilmente le fue arrebatado por la insaciable sed de poder de una camarilla de dirigentes de la oposición que han trabajado incansablemente durante años por la destrucción y el entreguismo de la Patria.

La elección e instalación de un nuevo parlamento de indiscutible mayoría revolucionaria, es uno de esos signos inequívocos del auspicioso tiempo de buenas nuevas que se avecina, y en el cual el pueblo ha cifrado sus más sentidas esperanzas precisamente por el carácter eminentemente popular de su conformación. Si algo queda claro, es que la nueva Asamblea Nacional ya no es más el centro del poder de la oligarquía vendepatria que tanto daño le causó a las venezolanas y los venezolanos el último lustro.

Otro signo indiscutible de un mejor porvenir es sin lugar a dudas la estruendosa defenestración del abominable presidente de los Estados Unidos que impulsó desde la Casa Blanca la brutal agresión vertida contra nuestro país en ese mismo lapso nefasto en el que la derecha controló el parlamento venezolano. Ya ese demente sin solución pasará a la historia como el desquiciado que puso al mundo al borde de una tercera (y quizás última) conflagración mundial por su sola naturaleza arrogante y supremacista.

Pero, el más alentador quizás, es que ya no habrá un Guaidó perturbando la vida del país.

@SoyAranguibel

El peligroso fracaso en el Capitolio

Por: Alberto Aranguibel B.

La mayoría de los analistas consideran que el asalto y la vandalización del Capitolio de los Estados Unidos de Norteamérica por parte de hordas fascistas alentadas por la irracional sed de poder del mandatario norteamericano saliente, es solo el reflejo de los niveles de enajenación social que ha alcanzado esa sociedad producto de la pérdida del respeto a los valores y derechos más elementales del ser humano y a las instituciones, a la que indefectiblemente conduce el capitalismo. Y no les falta razón. Solo que el fenómeno va mucho más allá de la inevitable descomposición social que genera el perverso modelo de explotación y acumulación de riqueza en pocas manos y su consabida secuela de hambre, pobreza, exclusión social, racismo, violencia y hasta de muerte.

El muy definido perfil de hordas enfurecidas que destrozan todo a su paso rebelándose contra el Estado, completamente distinto al del convencional reclamo de derechos en forma de protestas o manifestaciones pacíficas, demuestra que en el Capitolio se puso en escena un formato de rebelión que ha sido ensayado desde hace décadas en diversos países con el invariable propósito de derrocar gobiernos incómodos para el status quo de la hegemonía neoliberal dominante, y que recurrentemente ha pretendido venderse como manifestaciones de la sociedad civil en procura de libertad y democracia. Solo que, en este caso, en la capital del imperio más poderoso del planeta, se intentó usar para todo lo contrario.

La evolución (o degradación) de las tesis de aquel orate de los “golpes suaves”, Gene Sharp, en las que se han inspirado todas las revueltas llevadas a cabo en las últimas décadas en el mundo, inicialmente orientadas a la propuesta del debilitamiento del Estado mediante la presión social pacífica, pero definitivamente dirigidas al derribamiento de las estructuras del poder a partir de una muy precisa estrategia de deterioro inducido de la economía, quiebre de la lealtad del pueblo a sus instituciones, y fatiga de las fuerzas del orden público, ha terminado por imponer como el eje medular de las mismas la lógica del estallido social y la violencia como los factores determinantes en la lucha contra los gobiernos progresistas.

Lo que en la década de los setentas Sharp presentó como un novedoso instrumento de ingeniería social y política, consistente en el ablandamiento; deslegitimación; calentamiento de calle; combinación de formas de lucha y fractura institucional para derrocar gobiernos supuestamente impopulares, no fue sino un desquiciado retroceso ideológico a los tiempos de la más fascista anarquización y barbarie de la sociedad, a través del cual se busca relanzar y preservar el vetusto y agotado modelo de dominación imperante.

Un formato de lucha social artificial, gestada en los más siniestros laboratorios pro imperialistas de la contrarrevolución, en el que la derecha se disfraza de movimiento popular para alcanzar sus objetivos imponiéndose mediante la violencia a los mecanismos de la democracia universalmente aceptados como norma. En particular a las elecciones, cuya realización ha terminado siendo un dolor de cabeza para las élites del poder hegemónico capitalista cada vez más acorralado por las mayorías desposeídas en el mundo que hacen de su derecho al voto un poderoso instrumento de transformación y de cambio.

Falsificación que queda cada vez más en evidencia a medida que se constata que la inmensa mayoría de las manifestaciones auténticamente populares y pacíficas en todo el mundo son siempre contra el neoliberalismo, como se vio desde las primeras crisis de la deuda soberana a principios del siglo veintiuno, en una larga lista de países en los que el neoliberalismo ha pretendido imponer a trocha y moche su hambreador recetario.

Por eso, salvo en aquellos procesos de ingobernabilidad que son detonados por factores exógenos bajo la modalidad de la incursión de ejércitos mercenarios contratistas (Afganistán, Irak, Libia, o Siria), las revueltas no culminan jamás en triunfos consistentes y perdurables, sino que se prolongan en el tiempo en un demencial ejercicio de desgaste en virtud del poder de la resistencia popular que se les contrapone, como ha sucedido, por ejemplo, en Venezuela y en Nicaragua.

Precisamente, esa modalidad de la utilización de empresas contratistas (amén de las decenas de instrumentos de intervención, ONG’s, infinidad de agencias de inteligencia y medios de comunicación) a las que se ve obligado el poder hegemónico para llevar a cabo su plan de la dominación planetaria, es lo que demuestra de manera indubitable la falta de sustento popular de la derecha neoliberal hoy en el mundo. 

Por mucho descontento que pueda sentir en algún momento un sector cualquiera de la sociedad, la voluntad mayoritaria es siempre categórica y auténticamente pacifista y democrática, como se ha visto en países como Grecia, España, Francia y Chile, a pesar de la brutal represión con las que invariablemente les han respondido los gobiernos neoliberales contra los que esos pueblos han tomado las calles para reclamar mejores condiciones de vida.

Pero, si en algún momento ha podido afirmarse categóricamente que el pretendido modelo de Sharp no es sino un panfleto de inútiles disparates fascistoides, improductivos e inviables, es en ese chapucero asalto al congreso norteamericano protagonizado por esa horda de descerebrados idólatras de las peores y más innobles causas que ahí se dio cita esta semana.

No solo porque el solo hecho de atentar desde la ultraderecha contra el Estado más ultraderechista del mundo expresa en sí mismo una descomunal contradicción hasta ideológica, sino porque en su puesta en escena (en la que apelan a los más disparatados recursos, como las inefables personificaciones de héroes de las tiras cómicas) no aciertan a poner orden de ninguna manera porque no consiguen ubicar al enemigo entre ellos mismos, porque son todos iguales, todos militan en las mismas causas supremacistas, convalidan el racismo y la exclusión social como norma, aprueban las violaciones del derecho internacional y a la libre determinación de los pueblos que sus líderes perpetran en el mundo, ese bochornoso ataque no podrá ser jamás comparado con una Toma de la Bastilla o un asalto al Moncada, sino, cuando mucho, con la trágica e inútil incursión del infortunado teniente coronel Tejero, que secuestró con la más entera pena y sin ninguna gloria el parlamento español en 1981, o el penoso salto de baranda de Juan Guaidó en la Asamblea Nacional en enero de 2020.

Una vez más, y en esta ocasión a manos de sus propios cultores y gestores fundamentales, y, más importante aún, en su propio terreno y sin represión alguna que se le opusiera, el malhadado modelo de Sharp fracasa en un intento de torcer el Estado por la fuerza, reafirmándose así el carácter esencialmente panfletario del postulado seudo teórico de ese orate del Golpe Suave.

Queda solo saber si en la maquiavélica mente de los halcones de la Casa Blanca no se habrá posado la peregrina y muy pérfida idea de haber montado ese evento con un segundo cálculo de fondo que no hayamos considerado debidamente, más allá del evidente intento de violentar la voluntad popular del norteamericano para no soltar la presidencia, como es el de sembrar en la opinión pública mundial la percepción de que una acción de tales características pudiera ser perfectamente normal y hasta plausible en una democracia cualquiera sin importar su nivel de superioridad o perfección, justamente en momentos en que uno de los principales objetivos de guerra de esa agonizante administración, como lo es Venezuela, está instalando su nuevo parlamento, al cual el mandatario saliente se opone abiertamente porque representa la extinción definitiva del mayor proyecto político, Juan Guaidó, en el que él personalmente invirtió su mayor esfuerzo político de los últimos cuatro años, comprometiendo incontables recursos materiales y económicos de los cuales seguramente deberá rendirle cuentas en algún momento a ese mismo parlamento.

Una posibilidad más que preocupante peligrosa, si se considera el carácter demencial de quien ha roto a diestra y siniestra toda norma procedimental política en el ejercicio del poder, como lo es Donald Trump, del cual cualquier cosa puede esperarse menos sensatez y buenas intenciones.

@SoyAranguibel

Los amos del coroto

Por: Alberto Aranguibel B.

Ahora que, después de tanto revuelo nacional e internacional, el tragicómico sainete de la autojuramentación llega a su fin, la gente no deja de preguntarse cuál será el nuevo escenario político venezolano y, muy especialmente, cuál será el destino del títere de la derecha que sirvió como actor principal en esa charada.

Juan Guaidó, como se ha dicho tantas veces, no surgió nunca de las luchas populares como un líder reconocido por el país como tal, sino que apareció en medio de la debacle de una derecha cada vez más destartalada y atomizada como la última carta en un juego de ensayos y errores en el que las figuras más relevantes de la oposición ya habían sido jugadas previamente sin éxito alguno.

Fue un interminable torneo de fracasos en el que la oposición fue descartando progresivamente a sus más importantes cuadros políticos, empezando por Salas Rómer, Enrique Mendoza, Manuel Rosales, hasta llegar a Enrique Capriles, Henry Ramos Allup, Julio Borges, y Henry Falcón, entre muchos otros de una larga lista de cuadros que fueron siempre considerados líderes indiscutidos, y que invariablemente terminaban execrados, uno a uno, por sus mismos seguidores como las peores lacras de la política.

Guaidó, que no logró escapar a esa dinámica perversa, sale sin embargo de la escena con un rasgo diferente en ese perfil del fracaso sostenido de la derecha. Sale con miles de millones de dólares obtenidos de diversa manera, en unos casos birlados a la nación mediante el robo de los activos de Venezuela en el exterior, y en otros a través del trasego de dineros supuestamente destinados al rescate del pueblo venezolano de una miseria que la misma oposición generó a lo largo de años de desestabilización, violencia, inducción de crisis económica y solicitud permanente de sanciones e intervención militar extranjera en el país.

No fue jamás un político inteligente o con algún talento, sino todo lo contrario. Fue una ficha perfecta para esa oposición delincuencial y pendenciera, precisamente por lo idiota y lo inepto para articular incluso la más insignificante idea. Algo muy preciado para quienes, por haberse ganado el repudio de sus propios seguidores, tenían que operar detrás de bambalinas para no soltar lo que en el argot adeco se conoce como “el coroto”.

@SoyAranguibel

La Verdad de Venezuela en Chile

En conversación amena con los moderadores del programa radial “Todas Las Voces”, Tito Carreño e Iván Córdova, que transmite la emisora Radio Control, de Chile, el constituyente Alberto Aranguibel hace una revisión exhaustiva de la realidad económica, social y política de Venezuela, en contraposición a las siniestras, infames y distorsionadas versiones impuestas a la opinión pública internacional por los grandes consorcios de la comunicación capitalistas al servicio del modelo de dominación impulsado por el imperio norteamericano.

@SoyAranguibel

¿Qué hizo la ANC?

Por: Alberto Aranguibel B.

La visión generalizada, no solo del común de la gente sino de los medios de comunicación y hasta de algunos sectores políticos que se proclaman con frecuencia conocedores en la materia, es que la Constituyente debió haber entregado una nueva Constitución al país, para ser sometida a la consideración del pueblo mediante referéndum.

Expectativa fundada en la práctica consuetudinaria de todo cuerpo constituyente, que es la de elaborar un texto constitucional. Pero no en la norma. Por lo menos en su sentido más estricto.

Lo que reza taxativamente el 347 constitucional es que la Asamblea Nacional Constituyente tiene como objeto “transformar el Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico, y redactar una nueva Constitución”. Lo que de ninguna manera permite entender que obliga a llevar a cabo tales tareas de manera integral, absoluta o indivisible. Siendo que, como lo es cada una de ellas, son tareas en extremo complejas en medio de una difícil coyuntura de convulsión política, social y económica, como la actual, jamás contemplada así por el Constituyente a la hora de redactar la Carta Magna en 1999.

La Constituyente nació como fórmula de disipación de un estado de ingobernabilidad desatado por los sectores más ultraderechistas de la oposición, que de no haber sido por la inmensa demostración de apego al modelo democrático del voto que llevó a cabo en aquel entonces la mayoría del pueblo venezolano en leal respuesta al llamado del Presidente de la República, Nicolás Maduro, habría podido terminar perfectamente en guerra civil y hasta en invasión de fuerzas extranjeras en el país.

Es decir, transformó el Estado existente llevando a cabo la tarea más importante y decisiva que cuerpo político alguno podía haberse propuesto en esa difícil circunstancia, como fue lograr la paz y la tranquilidad nacional en cosa de horas y durante tres años.

Acabó así con la amenaza de la desintegración inminente de la Patria conteniendo la furia incendiaria de quienes, no aceptando su clara y persistente condición de minoría, no cejan en su empeño de hacerse del poder a como dé lugar, menos por la vía democrática.

Para saber la respuesta correcta a la pregunta de ¿Qué fue lo que hizo la Constituyente? lo mejor sería preguntarse ¿Qué habría pasado en Venezuela si no hubiese llegado la Constituyente?

@SoyAranguibel

¿A quién acusa en verdad la abstención?

Por: Alberto Aranguibel B.

Es un completo error denominar “abstencionismo” a los números que arroja la elección parlamentaria del pasado domingo, porque el abstencionismo es por definición una corriente doctrinaria, de formulaciones de tipo más bien ideológico, contra el voto como base del modelo democrático. Y ese no es el caso aquí.

Suficientes elementos de constatación en la realidad política del país sirven para establecer que en esta elección en particular lo que se está expresando no es abstencionismo, por lo menos de manera absoluta, sino, más que ninguna otra cosa apatía o desinterés en el ritual del voto como medio de solución a los problemas que tiene el país. 

Algo completamente distinto, que afecta, por supuesto, a todos los sectores políticos por igual en virtud del impacto que ese desinterés tiene para la democracia en su conjunto, pero que, sin lugar a dudas, afecta mucho más a la oposición radical, es decir; al antichavismo ultroso que encarna Guaidó. Y eso es perfectamente constatable. 

El país (y el mundo entero) ha podido establecer una clara diferencia entre un sector y el otro de la política, porque mientras el único trabajo de uno, la oposición, ha sido principalmente la búsqueda de sanciones contra el país, el otro, es decir; el gobierno, si bien no ha logrado superar la crisis y resolver la situación económica, por lo menos ha hecho un esfuerzo titánico que el pueblo ha sabido reconocer en la búsqueda de esa superación de la crisis.

A diferencia de lo que sostiene siempre sin sustento alguno la oposición, a la gente no le agrada de ninguna manera ese comportamiento de una dirigencia que apuesta siempre a la violencia, al chantaje político, al entreguismo del país a cambio de un puñado de dólares, que por lo demás el pueblo nunca ve porque siempre se lo quedan esos dirigentes que además nadie ha elegido para tal función, y eso determina de manera muy directa el escepticismo.

Algo que, por cierto, denuncia ahora con mayor fuerza que los chavistas la misma vocería opinática de la oposición. 

Cuando uno ve la dureza de los cuestionamientos que le hacen a esos que han mercadeado el país como han querido usando la política como excusa, gente como Patricia Poleo, Nitu Pérez Osuna, Daniel Lara Farías, y tantos otros, que eran los que hasta hace apenas semanas exaltaban las supuestas virtudes de ese mismo liderazgo que hoy cuestionan, es muy fácil comprender que lo que hay detrás de las cifras que arroja la elección parlamentaria no es el abstencionismo conductual del que habla la oposición, sino la enorme cantidad del rechazo que ha acumulado entre el electorado venezolano esa desacertada forma de hacer política en la que tan tozudamente insiste la derecha. 

Está cosechando los índices de escepticismo y de frustración contra todo lo que tenga que ver con la promoción de sanciones económicas, de asedio político internacional contra el país, de usufructo de bienes de la República que no les pertenecen, todo lo cual no ha hecho sino desalentar a muchísima gente que creyó en algún momento que en esa oposición podría encontrar una opción diferente a la revolucionaria que representara su visión y sus necesidades. 

Una abstención que puede justificarse de manera fehaciente no solamente por los innegables niveles de “apatía”, o con los factores que inciden en la desmovilización de los electores por diversas otras razones, como el temor o las limitaciones que determina la situación desatada por el coronavirus, por ejemplo, o la falta de gasolina o de transporte, que no pueden dejarse de lado en esa apreciación, sino con el avance que han demostrado otros sectores de la derecha que no atendieron ese llamado y que sí decidieron participar en la contienda.

El solo hecho de esa participación, cualquiera que sea su número, es en sí mismo un signo del estruendoso descalabro de ese maltrecho proyecto de la autojuramentación y del golpismo., porque de ninguna manera esa división tan sustancial de la derecha puede presentarse como triunfo del guaidocismo sino como un gran fracaso de su delirante proyecto, y en definitiva del abstencionismo que propone.

Lo que sucede es que la oposición ha querido habituar al país a que todo aquel que no es chavista automáticamente sería opositor, e incluso guaidocista, como lo pretenden ahora, para tratar de inflar artificialmente su minoritario piso político.

Por eso el nuevo parlamento que surgirá de esta nueva Asamblea Nacional sí será provechoso para el país. Porque de lo que estamos hablando, en definitiva, es del resurgimiento de la política como instrumento de construcción civilizada de la sociedad y del Estado, como debió haber sido siempre, y no como una plataforma para destruirlos como en mala hora se lo planteó la Asamblea Nacional saliente.

Ahora sí habrá debate. Y eso no es malo, sino muy positivo para el país. 

Precisamente por el surgimiento de este sector que hoy retoma el camino correcto de la política, veremos quedar atrás esa absurda lógica que asume el debate como una confrontación a muerte, basada en el odio, como trató de imponer el ultraderechismo que secuestró el parlamento para ponerlo al servicio del golpismo. 

Lo que veremos será necesariamente distinto a lo que hemos visto, porque distinta es la concepción de la política que hay en la inmensa mayoría de los nuevos actores que harán vida en ese parlamento. Lo que de ninguna manera significa que se instaure con ello una era de impunidad o de componendas políticas, como algunos califican la búsqueda de opciones de avance basadas en las fórmulas del diálogo y la concertación impulsadas por el presidente Nicolás Maduro.

La concertación no es negociación ni los acuerdos son concesiones si se asumen en el marco del juego político civilizado, tal como se ejerce el debate en todos los parlamentos del mundo desde que el modelo parlamentario existe. 

Ni la abstención, vista de manera correcta, es mala, si acusa a los vendepatrias y si de ella surge un clamor popular que ahora sí va a ser atendido por quienes asumen la enorme responsabilidad de impulsar la recuperación del país desde ese importante escenario político.

@SoyAranguibel

El maduro reto de Maduro

Por: Alberto Aranguibel B.

Antes que el presidente Nicolás Maduro lanzara este martes el sorprendente reto que le lanzó a la oposición venezolana (prometiendo dejar la presidencia de la República si la Revolución perdía las elecciones parlamentarias del próximo domingo), la contienda electoral prevista estaba planteada en forma claramente desigual, con una confrontación en la que la derecha aparecía injustamente favorecida.

Aún cuando la revolución ha logrado instaurar en el país una verdadera cultura electoral (la materialización de la idea de la participación y el protagonismo) que concita siempre altos índices de participación en toda elección, ciertamente no hay ningún proceso electoral con mayor capacidad de convocatoria que el presidencial.

Eso, sin lugar a dudas, fue lo que determinó en 2017 el éxito para la elección de la ANC; la idea de que era el último cartucho que le quedaba a Maduro, y con ello a la Revolución Bolivariana, frente a una guerra civil inminente.

Ya, previamente, la falta de esa connotación presidencial fue lo que hizo que la Revolución perdiera la AN en 2015. Más allá del evidente índice de desmovilización del chavismo que generó la para entonces todavía muy reciente partida física del comandante Chávez, junto a la vorágine especuladora desatada desde aquel momento en el país por la empresa privada nacional y la página Dólar Today desde el exterior, un fantasma del pasado rondaba los centros electorales.

Como una vieja rémora del puntofijismo, el absurdo “voto cruzado” que durante la 4ta república llevaba a la gente cuyo partido estaba en el gobierno a votar contra él en toda elección parlamentaria pensando que era lo democráticamente sano, hizo que mucho chavista convencido de que en ese momento no estaba en juego la presidencia creyera que era bueno votar poniéndole un contrapeso contralor en la AN a ver si así el gobierno, de un Maduro todavía muy incipiente como el estadista que a la postre ha mostrado ser, se ponía las pilas.

En este momento, hoy, quien está colocando la elección del próximo 6D en un nivel presidencial es la oposición, que por el lado de la participación electoral tiene un combo de excandidatos presidenciales o de figuras con años de presencia mediática intensa, todos cuarto bates fogueados en campañas que los han posicionado como líderes nacionales (Claudio Fermín, Henry Falcón, Javier Bertucci, etc.) y por el lado del abstencionismo nada mas y nada menos que a Juan Guaidó, que ni siquiera tuvo campaña que lo posicionara para que ellos lo consideraran presidente.

La Revolución, salvo contadas excepciones, no tiene gente con esa penetración y trayectoria de liderazgo y de posicionamiento nacional. El grueso de los candidatos y candidatas revolucionarios, la inmensa mayoría, son gente venida de las bases, o escasamente conocidos en ámbitos reducidos de la escena política, precisamente por esa vocación inclusiva y popular que signa al chavismo como ideología.

Sin percibirlo, quizás, se estaba cazando una pelea de tigres contra chivos. Y eso es lo que venían poniendo en evidencia los debates televisivos, en los que los candidatos opositores han estado capitalizando un aspecto medular de la guerra mediática desatada contra la Revolución, como lo es el de la idea de que las cosas funcionan mal no por el bloqueo sino por ineficiencia del gobierno. Lo cual es muy fácil de sostener para candidatos que no han sido expuestos al desgaste del ejercicio de gobierno, porque por lo general no han gobernado en ninguna parte desde hace más de dos décadas, pero sí han ejercido la actividad pública de manera constante a través de los medios nacionales e internacionales. Y si algo está marcando la tónica del debate durante esta campaña, es que los candidatos que tengan mayor aceptación están siendo evaluados por su capacidad de responder convincentemente ya no sobre cuáles son las causas de los problemas que enfrenta la gente, sino qué soluciones se proponen para resolverlos.

Esa larga guerra mediática de manipulaciones y falseamientos de la realidad, es la que hace que cuando un candidato de la oposición afirma irresponsablemente que la falta de bombillos en los hospitales no tiene nada que ver ni con bloqueo ni con sanciones económicas, sino con la falta de disposición del gobierno a atender los problemas, la gente considere que ese candidato opositor es su defensor y no el candidato de la Revolución, que no tiene ninguna otra alternativa que explicar los problemas como consecuencia directa de la agresión que representan ese bloqueo y esas sanciones porque esa es la cruel e insoslayable verdad.

En ese caso, el del elector chavista que no está dispuesto a entregar el proyecto revolucionario pero que comulga con la idea de que votar por un buen diputado opositor no compromete ni pone en riesgo la presidencia de Nicolás Maduro, el voto cruzado se convertiría en un factor desencadenante de una eventual derrota parlamentaria para la revolución. Solo que, en esta oportunidad, habida cuenta del avance de la campaña de desprestigio que presenta a la Revolución en el mundo como una dictadura represora del pueblo, no sería una derrota mas sino una auténtica precipitación al cadalso.

El verdadero activo de la revolución es el fenómeno del “chavismo”. Es decir, la lealtad irrestricta al liderazgo infinito de Chávez, que es lo que determina la insuperable capacidad de movilización del PSUV y el Gran Polo Patriótico. Si algo mueve a la gente es lo que diga Chávez. Algo en lo que la oposición no le llega a la Revolución ni por los tobillos.

Chávez dijo que había que seguir a Maduro y el pueblo ha sido invariablemente leal a su promesa de seguirlo. A Maduro le toca, entonces, explicar ahora que lo que está mal en Venezuela no es el gobierno, sino que no hemos logrado salir todavía de un modelo cruel e inhumano como el capitalista, que especula, acapara, saquea nuestras riquezas y genera explotación, hambre y miseria. Que lo que hace falta no es retroceder hacia el neoliberalismo sino avanzar con mayor velocidad hacia el modelo que por primera vez en nuestra historia trajo inclusión social con bienestar económico para el pueblo; el socialismo de Chávez. Porque aquí la verdadera confrontación es entre capitalismo y socialismo.

Así sí se hace más justa la contienda.

@SoyAranguibel