El Ecuador mecido

Por: Alberto Aranguibel B.

Fue incontable la cantidad de gente que por la década de los 60 creía que la canción “Ansiedad”, que hiciera famoso a su autor Chelique Sarabia, hablaba de “el Ecuador mecido de este lamento”, cuando en realidad lo que decía era “el eco adormecido de este lamento”.

Sin embargo, hoy aquella equívoca frase pudiera ser dolorosamente correcta.

Porque, qué otra cosa que no fuera un lamento pudiera explicar la tragedia de un pueblo que habiendo conquistado en 2007 la posibilidad cierta de su redención, apenas diez años después cae de nuevo en las garras de la derecha para perder ahora, en las elecciones de 2021, la oportunidad de recuperarse.

Ciertamente se ve hoy como un completo y garrafal error del expresidente Rafael Correa el haber creído que las revoluciones se decretan desde el poder o que se instauran mediante simples campañas publicitarias que a través de un eslogan pretendan posicionarse en el corazón del pueblo, en vez de imponerse mediante la verdadera construcción de un sólido poder popular que le dé vida y perdurabilidad al proceso transformador que se persigue.

En la misma lógica de San Martín, que partió hacia Francia luego de su encuentro con el Libertador Simón Bolívar en Guayaquil en 1822, como diciéndoles a los latinoamericanos “Ahí les dejo a los muchachos para que ellos hagan la revolución que les acabo de encomendar”, Correa partió hacia Bélgica apenas abandonó el poder en 2017, suponiendo quizás que la denominada “Revolución Ciudadana” seguiría sola su curso y partiría en dos la historia de ese país por el simple influjo de las fuerzas espirituales de los ecuatorianos.

No haberse abocado con la debida tenacidad a la creación sistemática de una profunda conciencia de participación y protagonismo entre el pueblo, como sí lo hizo Chávez durante más de una década en Venezuela, determina sin lugar a dudas que el poder de la derecha, es decir; el poder del gran capital y de las grandes corporaciones mediáticas a su servicio, junto al inconmensurable poder del Departamento de Estado norteamericano apoyando su estrategia de reinstauración en el poder, se impondrá siempre.

La diferencia con San Martín, es que en Latinoamérica, en vez de un tránsfuga vendepatria como  Lenín Moreno, sí quedaba entonces un verdadero Libertador al frente de un pueblo convencido de su sed de justicia e igualdad, que supo desterrar de nuestro suelo con la más admirable gallardía que la historia recuerde al más poderoso imperio de aquel tiempo.

@SoyAranguibel

Resistir es vencer

Por: Alberto Aranguibel B.

Sorprende la facilidad con la que alguna gente acusa de ineficiente al gobierno revolucionario, porque considera que las cosas debieran suceder en la forma perfecta y expedita en que la anhelan desde sus muy plácidos aposentos autocriticistas.

Categóricos, afirman que ni la pandemia ni el criminal bloqueo al que es sometido el país por las fuerzas del capitalismo imperialista son excusas para el mal funcionamiento de los servicios públicos, ni mucho menos para el tortuoso desempeño de la economía, sobre la cual dictaminan alegremente sentencias recriminatorias de la más disparatada índole sin el menor rubor o atisbo de vergüenza.

Las mismas corporaciones mediáticas que se empeñan en distorsionar y ocultar la verdad de Venezuela ante el mundo terminan reconociendo (meses después de los acontecimientos, como lo han hecho en su momento desde el New York Times, el Washington Post, hasta la mismísima BBC de Londres y el diario EL País de España) que el esfuerzo librado por los venezolanos para salir adelante en medio de las dificultades es un hecho incontrovertible que se constata, así ellos no quieran reconocerlo, con la sola permanencia del presidente constitucional de la República en el poder.

Mientras el amenazado se mantenga erguido en su puesto de batalla, sorteando las balas inclementes del agresor desde todos los flancos habidos y por haber, suyo, y de nadie más, será siempre el triunfo en la contienda porque los asedios y las agresiones que ha conocido la historia contra los pueblos jamás tuvieron la pretensión de asustar apenas al contendor durante un tiempo infinito, sino la de tomar el control, sometiendo al asediado lo antes posible, para hacer cristalizar su triunfo a la mayor brevedad.

El mundo sabe que vencido es solo aquel que cae derrotado frente a la agresión del enemigo. El signo universalmente aceptado de esa derrota es, sin lugar a dudas, la toma de la mayor colina en el sitio conquistado para plantar en ella la bandera del vencedor. Acontecimiento que no ha sucedido, ni está cerca de suceder en Venezuela.

Porque en la Venezuela de hoy, en medio del más brutal asedio de la historia, estamos aprendiendo como nunca a aprovechar las infinitas potencialidades del campo, a hacer de la innovación y el emprendimiento una fórmula de crecimiento cierto y sostenible, y a lograr con el esfuerzo propio de nuestro trabajo lo que antes solo era posible comprando todo lo que necesitábamos para la vida.

Ciertamente, a Dios gracias, son cada vez menos los insensatos y cada vez más los que por puro sentido común arriban de una forma o de otra a conclusiones correctas con el inmenso logro que significa resistir y salir adelante como lo está haciendo el pueblo venezolano.

@SoyAranguibel

Fronteras escuálidas

Por: Alberto Aranguibel B.

El 5 de septiembre de 2019, la Vicepresidenta de la República, Delsy Rodríguez, presentaba en rueda de prensa un audio que registraba la conversación entre Vanessa Neuman, la designada Embajadora de Juan Guaidó en la Gran Bretaña, y un sujeto de apellido Avendaño en la que se revelaba el plan del guaidocismo de entregar la Guayana Esequiba a cambio del apoyo de Inglaterra para su hoy frustrado plan de derrocar el gobierno constitucional de Venezuela.

Las excusas y explicaciones de los conspiradores nunca pudieron ser suficientes ante tan contundente evidencia de traición a la Patria en la que aparecían incursos.

Ya en Febrero de ese mismo año, el líder de la asonada, títere del Departamento de Estado norteamericano cuyo propósito primordial es apoderarse de las ingentes riquezas venezolanas a como dé lugar, encabezaba el montaje del más grotesco y delincuencial intento de invadir el territorio venezolano desde la frontera colombiana, con el ardid de la supuesta “ayuda humanitaria” que pretendían ingresar al país abriéndole un boquete a la soberanía nacional por donde pudieran entrar sin restricción alguna las fuerzas internacionales destinadas a ocupar el territorio venezolano en nombre de la causa contrarrevolucionaria.

Apátridas como son, el suelo patrio no es sino todo aquel pedazo de territorio sobre el cual se asienten las urbanizaciones de lujo en las principales ciudades, así como los más costosos centros comerciales, o en definitiva los aeropuertos desde los cuales puedan partir hacia Miami a disfrutar allá de las mieles que les brinda el inmenso capital fugado por ellos desde hace décadas hacia los bancos norteamericanos.

El resto, como las poblaciones fronterizas de los estados Zulia, Táchira, Apure, además del mencionado territorio Esequibo, son solo “monte y culebras” de los cuales, según ellos, se puede prescindir perfectamente.

Por eso su vergonzosa y repugnante indiferencia ante la agresión de la cual está siendo objeto nuestro suelo en este momento por parte del ejército de irregulares montado por el narcopresidente Iván Duque en su burdo intento por violentar nuestra soberanía y adueñarse de cualquier pedazo de territorio venezolano aprovechando de la manera más obscena la particular circunstancia de desprestigio generada por el imperio norteamericano y el Grupo de Lima contra nuestro país.

Su entreguismo es tan asqueroso que ni siquiera piensan en los seres humanos que ahí son asesinados o heridos injustamente, ni mucho menos en la agresión que eso representa para el honor y la integridad de la Patria.

Es así porque sus fronteras no son aquellas convenciones o líneas que demarcan y delimitan los territorios, sino las barreras que les cercan el cerebro impidiéndoles actuar con un mínimo de dignidad y sentido nacionalista.

@SoyAranguibel

Conflictividad y comunicación

Por: Alberto Aranguibel B.

En la búsqueda de soluciones al fenómeno de la conflictividad política en la Venezuela de hoy, aparecen formulaciones referidas siempre al ámbito de lo estrictamente político o a la diversidad de puntos de vista sobre el deber ser de nuestro sistema económico, pero muy pocas veces (si no, ninguna) se propone un debate serio y profundo sobre el papel que juega el medio de comunicación en toda esta conflictividad que ya muchos denominan “la crisis venezolana”, como si de un Apocalipsis asfixiando al país se tratara.

Habiendo alcanzado niveles de avance como probablemente no lo haya alcanzado ningún otro ámbito del conocimiento humano en las últimas décadas, el medio de comunicación se ha convertido en parte esencial de la vida misma para la humanidad, cuya supervivencia no se concibe hoy en día sin la existencia de ese poderoso mecanismo de difusión de la realidad hasta en lo más recóndito del planeta.

En el mundo entero el medio de comunicación ha pasado a ejercer un rol determinante en la sociedad, modificando o imponiendo conductas a partir del cambio de percepciones que generan en un sentido o en otro los contenidos mediáticos, no solo los informativos o de prensa (como erróneamente suele creerse), sino los de simple entretenimiento, cargados como están de mensajes ocultos tras sus aparentemente inofensivas narrativas. Precisamente los contenidos que más manipulan la realidad inoculando ideas muy bien calculadas y concebidas para favorecer los intereses del inmenso capital que está detrás de las grandes corporaciones mediáticas y del modelo capitalista en general.

El debate iniciado esta semana en la nueva Asamblea Nacional sobre este tema, el de la comunicación, al que han sido convocados todos los sectores representativos de la sociedad, abre una luz de esperanza promisoria en este aspecto tan medular y tan impostergable en la búsqueda de la recuperación definitiva del bienestar al que aspira el país en su conjunto.

El deber común más insoslayable, de todas y todos quienes ahí participen, tiene que estar orientado al logro de una discusión constructiva, sin sesgos ni parcialidades de ningún tipo, que pongan en riesgo esa excepcional oportunidad para nuestro país.

Que no se pierda en posiciones sectarias este importante avance.

@SoyAranguibel

Guaidó residual

Por: Alberto Aranguibel B.

La sicología ha identificado un particular comportamiento del ser humano que se rehusa a aceptar el tránsito hacia nuevos escenarios que por alguna causa o razón no le resulten convenientes o favorables, denominándolo “estado de negación”.

La mayoría de las veces quien padece tal anomalía no se percata de ella, sino que, más bien, la expresa con un alto grado de inconsciencia, usualmente signada por la irracionalidad y la irresponsabilidad en la forma de conducirse, en un proceso de agotamiento o fatiga gradual que va generando la imposición progresiva de la nueva realidad, conocido comúnmente como “ansiedad residual”, a lo largo del cual suelen presentarse las denominadas “patalequeras” o “pancadas de ahogado”, es decir; el estado de negación del que hablamos.

Por lo general, el fenómeno de la “ansiedad residual” aparenta cierto grado de autenticidad en la medida en que suele expresarse con los elementos cognoscitivos propios de la realidad en extinción. La idea de que nada ha cambiado y que todo sigue igual es la primera que trata de imponerse en tales circunstancias, aún cuando los elementos de la nueva realidad sean perfectamente insoslayables e irrefutables.

El caso de Juan Guaidó y su patética campaña de medios presentándose todavía hoy como “presidente de la República” en algunos videítos de lastimosidad que circulan por las redes sociales, es una muestra más que reveladora de esta patología de la negación irracional.

Habiendo culminado el periodo parlamentario para el cual alguna vez fue electo; extinguido ya su cuarto de hora, como en su momento se extinguieron los de Henrique Mendoza, Manuel Rosales, Enrique Capriles, y tantos otros líderes de la oposición que terminaron hundidos en el olvido; no existiendo ya Donald Trump ni aquellos “miles de países” de los que una vez se jactó, Guaidó lo que hace hoy con esas cuñas de falsedades es solo un ridículo mundial de dimensiones incalculables.

Ahí están las cuñas. Pero que nadie se confunda; Quien ahí aparece no es ningún líder de masas ni un redentor promisorio en tránsito hacia ningún paraninfo, como el comercial pretende venderlo. Ese es solo el “efecto residual” de un sainete bochornoso que en mala hora pretendió ser la verdad que ningún venezolano en su sano juicio jamás habría aceptado. Como en definitiva nunca la aceptó.

Guaidó, él mismo es el primero en saberlo, es hoy solo un destartalado residuo de su propio excremento de ilegalidad e inconstitucionalidad.

@SoyAranguibel

Virus mediático

Por: Alberto Aranguibel B.

Consecuencia directa del peso que ejerce hoy en día sobre la sociedad el medio de comunicación, es el hábito de la gente a reaccionar a los acontecimientos ya no en función nada más de su importancia o trascendencia real, sino según la vigencia noticiosa de los mismos.

El medio de comunicación impone matrices que determinan el comportamiento de la sociedad en un sentido o en otro, porque la gente ha sido formada en una lógica según la cual lo pasado suele ser decadente y sin valor alguno. Solo lo presente, por novedoso, es atractivo e interesante en virtud de la expectativa que por lo general se asocia siempre a lo nuevo.

Tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer”, decía el salsero expresando cómo esa idea de la importancia de los acontecimientos según su vigencia noticiosa trasciende el ámbito de la comunicación y se convierte en cultura popular que invade hasta el último intersticio de la vida.

De ahí que quienes más se impacten hoy con las fotos del planeta Marte, por ejemplo, que la NASA ha difundido este mes como “el más grande avance en la historia de la exploración espacial” sean principalmente las nuevas generaciones que no fueron impactadas nunca con aquellas primeras imágenes de los exploradores Mariner, Mars 1, 2 y 3, y Voyager, en las décadas de los 70’s y 80’s, que sorprendieron entonces al mundo con transmisiones televisivas y fotográficas desde el lejano planeta. Los únicos para quienes ese hecho es noticia son los jóvenes. Para los más adultos es simplemente parte de una misma y larga historia cuyo origen se remonta a los tiempos de la guerra fría y la llamada carrera espacial.

Pero la noticia de la pandemia que compromete hoy la vida de la humanidad ha impactado por igual, en un mismo momento y con el mismo poder comunicacional, al mundo entero sin distingos de edad, clase, credo, nacionalidad o raza. Es decir, para todos ese hecho es una misma novedad.

De ahí que el fenómeno de la relajación con las medidas de protección y bioseguridad que se experimenta en el mundo frente a esa pandemia sea cada vez más creciente con el paso de los meses, y cueste cada vez más hacer entrar en razón a quienes de manera temeraria menosprecian tales prevenciones, como si el riesgo ya no fuera algo de qué preocuparse. Todos, por igual, experimentan más o menos al mismo tiempo la misma sensación de agotamiento de la novedad que era hace un año la amenaza mundial de pandemia.

Son víctimas del efecto mediático que ha convertido al virus en noticia vieja… en periódico de ayer.

@SoyAranguibel

Impunidad fabricada

Por: Alberto Aranguibel B.

Con el cinismo propio de los más pérfidos mentirosos de la historia, una organización escuálida que se medio parapeta tras la dudosa sacralidad de una ONG, “Acceso a la Justicia”, cuya labor fundamental (y exclusiva, podría decirse) es la descalificación sistemática de la Fiscalía General de la República a la que, entre otras linduras, acusa de haber sido “desmantelada por el chavismo”, denuncia en su portal WEB el supuesto estímulo a la impunidad que generaría la desconfianza de la gente en el Ministerio Público. Es decir, en la misma Fiscalía General de la República a la cual esa ONG en particular le “desmantela” la credibilidad con sus persistentes e infundados ataques. 

Pero a nadie, de entre la escasa cantidad de visitantes de dicha página (opositores furibundos todos), pareciera perturbarle en lo más mínimo tan absurdo disparate.

¿Es posible reunir en un mismo contexto dos posiciones tan contradictorias surgidas de una misma instancia acusadora contra cualquier organismo público? Pues, sí. Siempre y cuando se trate de un ámbito escuálido, en el que la racionalidad no tendrá jamás cabida porque lo que prevalecerá ahí será siempre el revanchismo visceral, difamatorio y profundamente demagogo que caracteriza en todas sus expresiones al antichavismo, que actúa en el ámbito de las leyes exactamente con la misma irracionalidad con la que entiende o asume su posición y su comportamiento frente a cualquier otro evento social o político en el que crea percibir de alguna manera la impronta de Hugo Chávez. 

Por ejemplo aquello de “luchar” durante meses en las calles contra la octava estrella que hace más de una década el Comandante Chávez pedía incorporar a la bandera nacional, para luego defenderla a capa y espada como todo un símbolo de liberación de la patria puesto en una gorra tricolor. O como lo de librar la más feroz y sostenida batalla contra la aprobación de una Constitución que años después reivindican como suya y por la cual darían hasta la vida, si es que acaso eso fuera posible en un sector tan signado por la cobardía.

Acusar la supuesta falta de credibilidad de un organismo como la FGR como la causal de la impunidad en el país, habiendo sido quien promueve esa falta de credibilidad con tan burdas campañas de descrédito, solo desprestigia y deja al descubierto el talante inmoral de quien acusa.

Evidenciando, por supuesto, una vez más, cuán farsantes y mentirosos pueden llegar a ser los escuálidos en cualquier tema que se les ponga por delante.

@SoyAranguibel

¿Guaidó preso?

Por: Alberto Aranguibel B.

El clamor del pueblo por una medida de cárcel para quien ha causado tanto daño y sufrimiento al país como lo ha hecho Juan Guaidó con su criminal asalto al dinero de los venezolanos a partir de una fábula ilegal e irresponsable de gobernanza ficticia, es cada vez más un sentimiento nacional incontenible.

Con sobrada razón la gente exige que se le aplique la ley con el mayor rigor, tal como se hace con quienes a diario son encarcelados por delitos en los que aparecen involucrados desde delincuentes de poca monta hasta importantes gerentes de empresas del Estado hallados incursos en actos de corrupción, como ciertamente ha sucedido.

Reclaman que cese lo que consideran una muestra de injustificable impunidad, como si dejar libre a Guaidó fuera producto de una supuesta indiferencia o irresponsabilidad del gobierno en una acción que no necesitaría mayor prueba para privarlo de libertad que el padecimiento que sufre el pueblo a raíz de las criminales medidas de bloqueo y cerco económico promovidas por él, así como por el saqueo a los activos de la República en el exterior llevados a cabo por ese delincuente junto a sus secuaces.

Pero no hay tal indiferencia.

Sucede que, a diferencia de lo que dictó desde siempre el pensamiento político, la política no es hoy sino el arte de administrar la comunicación con eficiencia. Por eso en el mundo son cada vez más los comunicadores que surgen a la vida política y menos los líderes a la vieja usanza cuya trascendencia se basaba principalmente en su capacidad para influenciar a las masas con su verbo, sus ideas y su carisma.

Guaidó es solo eso; un insustancial producto mediático que no necesitó de ninguna trayectoria ni ninguna capacidad o talento para el debate ideológico, ni ningún esfuerzo de lucha popular o de construcción de algún importante movimiento social para encumbrarse a los más altos niveles de la escena política, sino de la orquestación de un complejo entramado de sectores de la derecha nacional e internacional apoyados en la más intensa campaña comunicacional jamás llevada a cabo para fabricar un falso líder.

Meterlo preso en esas condiciones, significaría sumarse a la construcción de ese producto mediático y hacerlo entonces más importante que nunca en virtud de los grandes titulares que tal medida generaría colocándolo como la dolorosa víctima de un régimen opresor y despiadado que, como lo han posicionado muy estratégicamente desde los laboratorios de la infamia anticomunista más reaccionaria en contra de la Revolución Bolivariana, no tendría piedad ni siquiera por un líder tan de ensoñación como el que le han vendido al mundo que sería ese delincuente.

Algo que obviamente necesitan como corolario de su macabro plan los arquitectos de ese asalto a la democracia concebido a partir de la pura manipulación mediática.

Para evitar caer en ese error que le costaría al país no solo la pérdida de su democracia, sino la libertad y la independencia que con tanto esfuerzo y sacrificio ha construido nuestro pueblo, hay que esperar que ese poder mediático se disuelva (como ya a todas luces está sucediendo) para que los titulares sobre su encarcelamiento sean, cuando mucho, los de un hecho normal y corriente de la justicia.

Como tiene que ser. Y como muy seguramente será, más temprano que tarde.

@SoyAranguibel

Historia del “yavacaerismo histórico”

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde un principio, la convicción con la que el escuálido promedio se aferró a la idea de la supuesta caída de la Revolución fue siempre todo un rasgo de personalidad, en el que no importaba la persistencia en el fracaso, es decir; la cantidad de años que pasaran repitiendo lo mismo sin que jamás su profecía se cumpliera.

El “ya va a caer” fue la frase madre de la oposición cuando los invadió la convicción de que Enrique Mendoza, por allá por los inicios del siglo, iba a derrocar (según ellos) al Comandante Chávez, mediante una nunca demostrada capacidad de convocatoria para su imaginaria mayoría del 95% de popularidad con la que tanto alardean ilusamente desde entonces.

Exactamente lo mismo se dijeron cuando a Manuel Rosales le correspondió el turno de ese liderazgo rotatorio tan propio del antichavismo. Tal como se lo dijeron (a ellos mismos y al mundo entero) en los diferentes relevos asumidos sucesivamente por Leopoldo López, primero, y Enrique Capriles, Henry Ramos Allup, Julio Borges, Timoteo Zambrano, y Juan  Guaidó, después.

Todos, sin excepción, instauraron en sus filas la fe en que ya la Revolución había llegado a su fin y que el anhelado sueño del antichavismo estaba por realizarse en cosa de días, si no de horas. 

Pero quienes caían eran ellos.

Tan apremiante llegó a ser la inminencia de esa por ellos anhelada caída chavista, que ya ni siquiera se tomaban la molestia de expresarla con palabras, sino que recurrían a aquel sarcástico “Tic, Tac, Tic, Tac” con el que no se cansan de hacer el ridículo todos los años desde hace casi un cuarto de siglo, que les pareció tan apropiado para convertir en ritmo eufórico el ritornelo del “ya va a caer”. Una sentencia a la que, a manera de salvación, le dieron el giro internacional que ameritaba tanta derrota sufrida con sus propios líderes, endosándosela a cada uno de los redentores que fueron sucediéndose uno tras otro para socorrerlos en su desespero por sacar del poder al chavismo; primero Rajoy, luego la OEA, la Unión Europea, el Grupo de Lima, Iván Duque, Piñera, Bolsonaro, Macri, y hasta los mismísimos  Obama y Trump.

Tanto que hoy podría hasta hablarse de una corriente “yavacaerista”, consistente ya no en ideología alguna, sino en el recurrente anuncio del fracaso propio haciéndoles creer siempre a los demás hasta el fin de los tiempos que quien fracasa es otro.

Hoy, con el nuevo fracaso que encarna Juan Guaidó no hallan qué hacer. Se esconden tras el Covid para aparentar una falla sobrevenida, un desperfecto de la historia, un revés pasajero enviado por el cielo como castigo a su demora en derrocar al tirano. 

Argumentarán sandeces, como siempre, hasta un nuevo e ilusorio anuncio de otro “Ahora sí…YA VA A CAER”

@SoyAranguibel

Acosta: El Monstruo se maquilla

Por: Vladimir Acosta

Al fin con Trump fuera del poder, el Monstruo que es el Imperio estadounidense inicia con Biden un nuevo y urgente maquillaje, tratando de recobrar su imagen mundial y buscando de nuevo que ese barniz ilusione a América Latina.

No es la primera vez que ocurre. El Monstruo vive en permanente maquillaje. Y en el sistema bipartidista de su falsa democracia, los protagonistas más recientes de esos maquillajes han sido los demócratas. Señalo varios casos.

Eisenhower, republicano, agresor imperialista, promueve un golpe de estado en Irán para aplastar al gobierno nacionalista de Mossadegh y devolver el poder al shah Reza Pahlevi, otro en Guatemala para derrocar al gobierno progresista de Árbenz y una directa invasión del Líbano. Le sucede el demócrata Kennedy. Joven, elegante y dinámico, éste suscita una gran ilusión. Pero, fuera del maquillaje, nada cambia. Logró su estrecho triunfo electoral gracias a la mafia amiga de su padre, invade Cuba y es derrotado, inicia la guerra de Vietnam y termina asesinado en forma confusa, lo que ha mantenido la ilusión falsa de que iba a cambiar algo.

Nixon, republicano, personaje repulsivo, tramposo y prepotente, provoca el golpe de estado que derroca en Chile al gobierno democrático de Allende para imponer la dictadura asesina de Pinochet, y en Vietnam no solo lleva la guerra a extremos monstruosos, sino que viéndola perdida somete a Laos, Camboya y Vietnam del Norte a bombardeos genocidas que casi destruyen a esos países. Y acaba renunciando al poder, amenazado de impeachment por lo de Watergate.

Su sucesor, Carter, demócrata, devuelve la ilusión al país. Pero el Carter que después de ser derrotado por Reagan en su intento de reelección y que en décadas ulteriores aparece como defensor de la democracia, fue en el poder un presidente imperial. Metió a los sionistas israelíes en Centroamérica, empezó la guerra afgana para provocar a la Rusia comunista armando a los Talibán, enfrentó a la revolución iraní apoyando y protegiendo al shah, apoyó a Somoza en Nicaragua y empezó la guerra de agresión contra la revolución sandinista.

Luego vino la última ilusión, la mayor y más falsa de todas. Al segundo Bush, el aprovechador del más que sospechoso atentado contra el World Trade Center, el de la invasión de Afganistán, de la criminal guerra contra Irak acusado falsamente de tener armas nucleares, de la Ley Patriota, la represión interna, las torturas y el neo mercantilismo, lo sucede Obama.

Obama fue la hipocresía y la mentira en el poder. Recibió un Premio Nóbel de la Paz adelantado, que su gobierno pisoteó impunemente con sus guerras y crímenes. Vendió más armas y asesinó más ciudadanos negros que Bush. Mantuvo al país en guerra perpetua hablando de paz y amistad. Usó a la OTAN para invadir Siria y Libia y su vicepresidenta celebró la nauseabunda forma en que se mató a Gaddafi. Siempre con las manos limpias, hizo asesinar a Ben Laden para que no hablara. Promovió golpes de estado en Honduras, Paraguay y Ucrania. Declaró a Venezuela peligro inusual para Estados Unidos y convirtió en su entretenimiento favorito asesinar a distancia con drones que manejaba desde la Casa Blanca a miles de afganos y pakistaníes, hombres, mujeres y niños, que celebraban bodas y reuniones familiares.

Lo más grave es que esa ilusión sí funcionó. Y no solo eso, sino que todavía perdura. Y perdura por una sola razón, que va en contra de la realidad, pero vale por mil argumentos: el poder de los grandes medios, esos que a base de maniqueísmo acomodaticio, mentiras y medias verdades imponen por doquier, en prensa, radio, TV, redes y celulares esa falsa verdad que llega a todos y que todos repiten. Y es a ella que intenta volver Biden.

Hay empero una poderosa fuerza que se le opone y que va a dificultar el éxito de ese regreso iluso a los Estados Unidos previos a los años de gobierno de Trump. No son por supuesto los ingenuos que creen en Obama y en que el Imperio puede siempre renovarse. Es una fuerza material que ha ido cobrando peso, que choca contra de la falsa verdad mediática del poder profundo que domina Estados Unidos, y que ha puesto a dudar incluso a los gobiernos actuales de la servil Europa, adoradores masoquistas del Imperio gringo que los desprecia, humilla y les da órdenes. Es la fuerza material que Trump desató, y que prendió en una parte grande e importante de la población estadounidense pues es producto directo y sostenido de la crisis terrible que esa población sufre desde hace años en medio de su decepción ante el Estado, el poder y las manipulaciones partidistas. Es una fuerza múltiple que explota a cada paso poniendo en evidencia sus alcances, peculiaridades y hondas contradicciones.

La crisis actual que confronta Estados Unidos es múltiple y profunda y no puede ser resuelta con meros maquillajes dirigidos a ocultar y diferir incómodas y profundas realidades. En tal sentido, las posibilidades de éxito del intento de Biden de volver a Obama son más que remotas. Y es que Trump no creó esa crisis, pues ella viene de antes. Lo que sí logró sin quererlo, con su soberbia, narcicismo, racismo, agresiones, errores y pésima actitud ante la pandemia fue sacarla a flote y hacerla estallar en todos sus diversos planos.

Esa crisis no es sino la decadencia inevitable de un Imperio soberbio y arrogante que empieza a mostrar su lento pero imparable derrumbe, su putrefacción interna y su necesidad de un cambio profundo que nadie va a intentar. Y es que los Imperios se pudren, la decadencia los hace más peligrosos y no es raro que apelen a la guerra aprovechado el enorme poder que conservan pese a esa creciente decadencia.

El Monstruo está enfermo. La crisis de Estados Unidos no se resuelve con parches y aún menos con un gobierno como el de Biden, imperialista servil y mediocre de toda la vida, cómplice activo de todas las guerras del Imperio, ahora un hombre viejo, indeciso y medio gagá rodeado de un equipo que pese a su aparente diversidad y disfraces es más de lo mismo. En lo internacional su discurso es el de Trump, edulcorado con un nombre suave para hacerlo digerible: Hacer América grande otra vez se vuelve Somos el faro que da luz al mundo y aquí estamos de nuevo para dirigirlo. Su discurso de posesión es ejemplo de ello. Biden, católico, habló de unión de todos, de paz y amor, como un viejo cura hipócrita, pero tras acabar pidiendo a Dios bendecir a “América”, pide otra bendición de Dios para sus tropas. Su Secretario de Estado repite lo que fue la despedida de Pompeo: que hay que unir a todo el mundo contra China. Y se inaugura como tal atacando a Venezuela y diciendo que se le impondrán a nuestro país sanciones aún más dolorosas.

Y hay algo más en lo que el gobierno Biden busca obtener un éxito que es clave: destruir no solo a Trump sino al propio Partido Republicano. Mientras montan el impeachment final de Trump, han convertido la payasada del 6 de enero en el Congreso en “la conspiración terrorista y el proyecto criminal de golpe de estado más grave de toda la historia de Estados Unidos”. La investigación manipulada que montan para ello se dirige no solo a liquidar a Trump y sus 75 millones de votos sino al Partido republicano, que dejaría de ser un adversario para el poder demócrata.

Pese a que Biden domina el Congreso, el absurdo impeachment debería fracasar porque coloca a los republicanos en un dilema. No pueden apoyarlo, y si una parte de sus congresistas lo apoyase, el Partido republicano quedaría dividido en dos grupos opuestos y por tanto anulado como competidor por el poder. En eso también los demócratas deberían fracasar, a menos que los republicanos se “auto suicidasen”, como habría dicho Carlos Andrés Pérez.

No hay, pues, cabida para ilusiones con el Monstruo.

Vladimir Acosta.

Fuente: Últimas Noticias

Estado de derecha

Por: Alberto Aranguibel B.

En Estados Unidos, según ellos la cuna de la libertad y la democracia, tropezarse con el Estado es lo más apocalíptico que puede enfrentar un ciudadano cualquiera.

Cada vez que una autoridad lo detenga lo primero que le dirá, después de la insalvable zaparapanda de rolazos por las costillas, por supuesto, es que tiene “derecho” de quedarse callado porque, si habla, todo lo que diga podrá ser usado en su contra. Una forma sui géneris de cercenar absoluta y radicalmente la libertad de expresión de la que tanto se jacta el imperio.

Pero, si por cualquier razón (generalmente injustificada) termina detenido, la primera (y probablemente la única) vez que le permitirán hablarle directamente al Estado será para preguntarle en algún tribunal si se declara culpable o inocente. 

Si acepta la culpabilidad, el proceso seguirá su curso de manera normal y solo purgará la pena que el Juez le acuerde.

Pero, si comete la osadía de declararse inocente, habrá cometido el peor error de su vida porque ello equivaldrá a enfrentarse a la estructura policial y judicial del Estado, que considera que llevarle ante el tribunal es la culminación de un capítulo más en su proceso de aplicación de las leyes. Declararse inocente es cuestionar el desempeño del sistema judicial que lo está procesando. Lo que podría implicar, incluso, que no se somete a los principios constitucionales en la que dicho sistema judicial se asienta.

De ahí en adelante, nada podrá salvarle de la embestida de un Estado inclemente en la tarea de hacer cumplir las Leyes. Salvo que sea muy rico o muy encumbrado políticamente y pueda pagar cualquier fianza que se le imponga, así como al mejor bufete de abogados para enfrentar a ese poderoso e inexpugnable sistema de injusta justicia.

Una libertad ficticia que solo deslumbra a quienes alaban las supuestas bondades de la vida en ese país porque las conocen a través de la sempiterna fabulación del cine y la televisión que tanto les encanta, pero que en la vida real no es más que la brutal presión de un Estado implacable, tan insoportable como la asfixia que ejerce sobre la gente la peor de las cárceles, al que solo viéndolo desde la óptica obtusa e irracional de la derecha puede aceptársele como un ámbito propicio para el disfrute verdadero de alguna libertad.

A la larga termina siendo solo un “Estado de derecha” y nada mas.

@SoyAranguibel

Ojos que no ven…

Por: Alberto Aranguibel B.

La sensatez y el sentido común constituyen la base del refranero popular, cuya sabiduría recoge siglos de vivencias y conocimientos acumulados por los pueblos en el vaivén de la vida de cientos de miles de seres humanos que a través del tiempo experimentaron las más diversas vicisitudes, la mayoría de los cuales llega siempre a conclusiones lógicas en virtud de su buen criterio.

Si alguna máxima recoge esa premisa de la verdad que encierran los refranes para el común de la gente, es sin lugar a dudas la que sentencia que lo que no se ve no genera malestar o sufrimiento en el individuo.

A nadie le perturba de entrada la sola difusión de los rumores, por mucho que ellos alerten acerca de riesgos o amenazas de cualquier naturaleza que pudieran entrañar peligros así fuesen de consideración. El rumor interesa, pero no inmoviliza de miedo. La certeza de las asechanzas se instala en la mente del común con la concreción incontrovertible de los hechos en realidad tangible.

Por eso se ha vuelto tan común el doloroso fenómeno de familias enteras que fallecen por causa del Covid-19, luego de asistir en plena pandemia a una fiesta en la que todos disfrutaron confiados en que a ninguno de ellos les alcanzaría el contagio. No vieron nunca el virus sino la simpaticura y el amoroso afecto de entre los suyos. No usaron mascarilla ni mantuvieron distancia alguna durante la velada, sino que, por el contrario, departieron jubilosos apretujándose indistintamente en abrazos y besos infinitos.

Y es también por eso que aparece cada vez más gente acusando al gobierno de inventar, como si fuera un cuento, lo del asedio imperialista que le genera tanto sufrimiento a nuestro pueblo al hacer colapsar criminalmente nuestra economía y dejar sin posibilidades de acción al Estado para la prestación eficiente de los servicios públicos.

Si no ven los bombarderos yanquis en el cielo, ni los tanques de guerra cruzando las fronteras, entonces para ellos no hay en verdad sanciones ni bloqueo alguno que explique las inmensas dificultades que padece el pueblo.

Cuando los ojos no ven lo que no necesita anteojos, corresponde entonces agudizar el buen juicio y elevar la conciencia, más aún si en ello va el devenir de la Patria. De no ser así, se corre el riesgo de terminar volviendo a la esclavitud, como tan luminosamente alertó Fidel en su momento.

@SoyAranguibel

Cómplices

Por: Alberto Aranguibel B.

Coautor de un delito es todo aquel que promueva, facilite o coopere en su ejecución de manera directa o indirecta, así no conozca las consecuencias legales que esa complicidad acarrea.

En los delitos cometidos por Juan Guaidó contra el patrimonio nacional y los dineros púbicos, otorgados arbitraria y persistentemente por él a terceros en detrimento de los intereses del país basándose en la espuria e inconstitucional figura de presidente autojuramentado que algunos países reconocieron como titular del Ejecutivo Nacional por conveniencia propia en la ejecución de esas acciones, cómplices son todos aquellos que de una u otra manera avalaron ese saqueo perpetrado a Venezuela.

Quienes insistieron terca y reiteradamente en la falsa legalidad del sainete montado por el Departamento de Estado norteamericano, promoviendo a Guaidó como presidente con todas las prerrogativas y atribuciones de un cargo para el cual no fue jamás electo, ni mucho menos proclamado por el órgano competente del Estado para tal función, son de hecho cooperantes en la conspiración contra la Constitución y las Leyes venezolanas que sirve de génesis al despojo del cual ha sido víctima el país, porque sin ese apoyo (fundamentalmente el que le brindaron los voceros de eso que hoy en día se conoce como la opinática comunicacional, es decir; todos esos supuestos analistas políticos de la derecha que a la larga no son más que conmilitones políticos del autojuramentado, a quien le hicieron intencionalmente la imagen de Primer Mandatario que éste necesitaba a nivel internacional para cometer sus fechorías a su antojo sin obstáculos o limitaciones de tipo legal) fue lo que permitió en definitiva que el delincuente pudiera actuar con la más entera libertad y el más perfecto blindaje.

Esos “analistas”, que se escudaron siempre tras la figura del periodismo precisamente para protegerse de las leyes y poder así llevar a cabo su tan decisivo aporte en la comisión de los delitos que a todas luces estaba perpetrando Guaidó, no pueden ahora escapar al juicio, a la evaluación pública que hoy le hace el pueblo venezolano al impostor y a su banda de saqueadores por los daños y el sufrimiento que con su actuación le han causado al país.

A sabiendas no solo de la ineptitud y la mediocridad del impostor y muy fundamentalmente de todo lo que involucraba la inconstitucional farsa del gobierno de transición, lo defendieron hasta con los dientes a pesar de los cientos de señalamientos que desde un primer momento lo dejaban en evidencia. Decir ahora que fueron sorprendidos en su buena fe no es sino una fase más del engaño que ellos mismos urdieron a conciencia y con total intencionalidad.

Así sea una sanción moral les corresponde.

@SoyAranguibel

Derecha onomatopéyica

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el desacertado de Fukuyama diagnosticaba en las postrimerías del siglo XX el supuesto fin de las ideologías por el solo hecho del derrumbamiento del Muro de Berlín y la caída del bloque soviético, cometía el doble error de suponer, por una parte, que el socialismo no era un modelo económico, social y político  sino solo un gobierno (es decir; que se agotaba al dejar de estar en el poder) y que, por la otra, al revés de lo anterior, la derecha se fundamentaba en alguna clase de compendio teórico político de naturaleza ideológica, lo cual es completamente falso.

A diferencia del capitalismo, que incluso en su fase neoliberal más aguda carece de una base teórica sustantiva que no sean los postulados economicistas que de cuando en cuando le sirven acomodaticiamente de sustento o argumentación, el socialismo es un modelo eminentemente ideológico elaborado a partir de la formulación de un vasto pensamiento científico construido por infinidad de pensadores y teóricos políticos de izquierda a través del tiempo y a lo largo y ancho del planeta por más de dos siglos.

Esa falta de referente o fundamentación ideológica más allá de las consignas o fraseologías de la derecha, es lo que ha determinado el comportamiento convulso de la sociedad desde tiempos inmemoriales. La naturaleza impulsiva y arbitraria de sectores que se ubican regularmente en la lógica individualista, inhumana y perversa, del modelo capitalista, conducen indefectiblemente a la violencia irracional de unos contra otros, en función del dinero y de privilegios a los que se consideran con derechos sin importarles jamás el padecimiento de las grandes mayorías excluidas.

De ahí que la derecha jamás argumenta su posición o punto de vista como no sea con mentiras (usando siempre su inmenso poder mediático), así como con descalificativos o insultos infamantes contra aquellos a los que se opone.

Todo aquello que le suene a insulto le resulta perfecto para atacar, sin importar si el término se corresponde o no con lo que persigue describir como rasgo del contrario.

Por eso vemos cada vez más militantes de la derecha acusando a gente como Joe Biden de “socialista”, o a Nicolás Maduro de “globalista”.

No tienen ni la más remota idea de lo que dicen, pero les suena fuerte. Consideran que la efectividad del insulto radica en la intensidad del grito.

@SoyAranguibel