El librito de Bolton

Por: Alberto Aranguibel B.

No se trata de ninguno de los dos tomos de “La Segunda Guerra Mundial” de Winton Churchill, o de alguna antología de Antonio Gramsci. Tampoco de las obras completas de Noam Chonsky o las disertaciones teóricas de Francis Fukuyama prediciendo el futuro de la política.

Nada de eso. Se trata solamente del compendio de reconcomios y añoranzas delincuenciales de un fascista cagalitroso que, curtido ya por su dilatada trayectoria como halcón del imperio,  no quiere morirse sin anotarse una última guerra en su largo historial de genocida insaciable, apostando un último resto de perversión en la misma mesa sobre la cual su antiguo jefe, al que hoy ataca en ese libro con la misma inmoralidad y desvergüenza con la que ambos atacan a los comunistas, ha dicho que tiene puestas encima “todas las opciones”.

No es un texto luminoso de ninguna manera, como incluso los pensadores más preclaros de la izquierda quieren ponerlo por el solo hecho de que supuestamente deja en evidencia al orate que maneja hoy las riendas del imperio más criminal de todos los tiempos.

No revela nada. Solo confirma lo que desde siempre se ha dicho sobre el magnate presidente y su desquiciada manera de conducir a una nación que bajo su mandato ha experimentado la más vertiginosa carrera de su historia hacia el desastre económico, social y político.

Su larga retahíla de chismes mal hilvanados (y pésimamente redactados) tampoco le es útil a nadie, porque, por una parte, por su carácter de obra escrita personalísima, no posee fuerza legal incriminatoria. Y, por la otra, porque en esencia es un texto que, aún desnudando al inquilino de la Casa Blanca en la forma descarnada e incontrovertible en que lo hace, no es de ninguna manera un texto ni “anti Trump”, ni mucho menos “anti imperialista”. En virtud de lo cual no tiene el poder de hacerle perder la elección a nadie. Y mucho menos de hacérsela ganar.

Sembrar esperanzas en ese supuesto poder estremecedor que algunos le atribuyen al librito de John Bolton es tan erróneo como asumir que el problema del hambre y la pobreza en el mundo es un asunto que deriva de la ineptitud de uno o varios individuos y no de la decadencia de un modelo económico y social fracasado como el capitalista.

El librito pudiera ser, eso sí, y cuando mucho, una innecesaria distracción de lo importante.

 

@SoyAranguibel

País a la machimberra

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela hay un grupito, pequeño pero muy ruidoso, habituado a exponer al mundo su inconformidad como único argumento político válido.

Es un grupito que solo sabe pedir y mentir. No sabe armonizar criterios ni llegar a acuerdos, sino patalear porque se les complazca en todo sin importarle en lo más mínimo los derechos de los demás. No le interesa el concepto de conjunto social. Ni mucho menos la idea de justicia e igualdad. Solo busca su satisfacción propia a como de lugar.

Pide elecciones porque dice que la falta de éstas es signo revelador de las tiranías. Pero cuando se hacen las elecciones llama a la abstención y desconoce sus resultados, incluso desde antes de estos obtenerse.

Dice que necesita pruebas irrefutables de transparencia electoral. Dichas pruebas siempre le son concedidas y en señal de conformidad con las mismas firma las actas de certificación de todas y cada una de ellas. Pero, aún así, termina cantando fraude.

Pide entonces conteo total de votos (porque en su obcecación no entiende que la elección es en sí misma un conteo) y cuando se cuentan en su totalidad pide que la gente descargue una arrechera que no tiene, porque ya con su voto dijo lo que quería decir, provocando así que quienes salgan a las calles sean solo los desadaptados que le hacen el juego a la arbitrariedad de ese grupito que ve en la figuración con la que le ayudan los medios de comunicación de la derecha el oxígeno para su terco empeño.

Vuelve a pedir elecciones y vuelve a exponer su nunca explicada inconformidad como único argumento. No muestra jamás señal alguna de satisfacción porque asume que aceptar satisfacción es claudicar a algún principio. Solo que sus principios son tan inexplicables como su terquedad y complacerle se torna en el perpetuo cuento del gallo pelón.

Provocando sin ningún fundamento desconfianza en el rector electoral, ha pedido por años su destitución y el nombramiento de nuevas autoridades. Con esa excusa ha salido a las calles, ha generado violencia, ha expuesto y sacrificado vidas, llegando al extremo de pedir una invasión extranjera en la que deposita su sed de poder eternamente insatisfecha.

Ahora hay un nuevo CNE, pero tampoco lo acepta.

De nuevo queda claro que jamás ha querido democracia sino apropiarse del país a la machimberra.

 

@SoyAranguibel

Inconsistencia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo es contrario a la humildad, es la chocante autosuficiencia que denota la expresión “yo lo dije”, que usa el venezolano para refrendar todo hecho en el que se constate una situación cualquiera que le permita aparecer como más inteligente y previsivo que los demás.

La mayoría de las veces la expresión pasa sin pena ni gloria. Como cuando alguien hace precisiones intrascendentes del tipo “¡Yo dije que iba a llover!” que no afectan para nada la vida de la gente.

Sin embargo, en la Venezuela de hoy un muy particular sector de la población que, paradójicamente, suele considerarse a sí mismo como culto e inteligente por encima del común, ha desterrado por completo de su habla cotidiana dicha fórmula. El “yo lo dije” no es ya un constructo retórico válido para el antichavismo, porque jamás acierta nada de lo que anuncia como inexorable.

En su ya proverbial rosario de fracasos, la oposición tiene encima el sanbenito perpetuo de la predicción incumplida, en la que el tic-tac, tic-tac, y el consabido “ya les queda poco”, son quizás las más recurrentes.

Sus profecías son tan inconsistentes como toda su ideología, si así pudiera llamársele al compendio de insensateces pitiyanquis que los orientan. Y su conducta, en perfecta correspondencia con las disparidades e incoherencias de lo que predican, jamás responde a una misma línea.

No pueden decir nunca “yo lo dije”, porque nada se les cumple. Y porque para colmo hacen siempre lo contrario de lo que dicen. Como eso de ir a poner gasolina que supuestamente iba a destruir los motores de los carros. O ir a sacarse el Carnet de la Patria del cual se burlaron hasta más no poder. O esperar con ansias un Clap del que se rieron por meses, o unas viviendas que por años dijeron que eran solo maquetas.

Nada de lo que hacen es consistente con su antichavismo visceral. Pero son antichavistas.

 “Pero, tú no pareces chavista” suelen decir con asombro cuando se tropiezan con alguien que de entrada les resulta simpático pero que, para su infortunio, termina soltando en algún momento un sonoro “¡Camarada!” que los desconcierta.

A la larga, su odio es solo reflejo de una profunda inconsistencia que nada tiene que ver con el verdadero talante del venezolano que desde siempre fue ante todo afable y cordial por excelencia.

 

@SoyAranguibel

Bumerang panóptico

Por: Alberto Aranguibel B.

Que la cultura norteamericana tiene mucho de la narrativa cinematográfica con la que Hollywood concibe el mundo no es ninguna novedad.

A lo largo de casi un siglo, la llamada “Meca del cine” ha creado una manera no solo de ver la realidad sino de imaginar y entender el universo, convirtiéndose en la más poderosa industria jamás creada para la generación y modificación de conductas en el ser humano, mediante la inoculación sistemática de conceptos e ideologías afines al modelo neoliberal capitalista que rige a la lógica imperialista de los Estados Unidos.

En su empeño de dominación planetaria, su mayor obstáculo ha sido siempre la idea de soberanía que orienta a los pueblos del mundo en la búsqueda de su bienestar y de su progreso. A través del tiempo, Hollywood ha construido toda una cultura de banalización, y estigmatización incluso, de esa idea, a través de un relato perfectamente calculado para hacer que los pueblos la desestimen y la rechacen como perniciosa y hasta atentatoria contra los derechos del ser humano a la libertad y al libre discernimiento.

El tema de la guerra y las revueltas o estallidos sociales fue el escogido por esa industria para escenificar el conflicto que debe sortear la humanidad para alcanzar la utopía del mundo del que hablara siempre la ciencia ficción, en el que la pobreza era desplazada por el maravilloso estadio de la felicidad absoluta, a costa, eso sí, del inevitable sacrificio de millones de seres humanos en favor del desarrollo.

A ese mundo de bienestar para unos pocos surgido del sometimiento o exterminio de millones de vidas, controladas por un despótico líder planetario que ha acabado con toda noción de soberanía, es a lo que se le denomina “mundo distópico”. Que por lo general es finalmente derrocado por el más grande estallido social jamás visto.

Algo así como lo que experimenta hoy Estados Unidos, que, en medio de la explosión de protestas contra la brutalidad policial en ese país, ha tenido que esconder a su presidente en el famoso bunker de la Casa Blanca para resguardarlo de la violencia.

Exactamente como lo planteó siempre el cine para alentar el derrocamiento de gobiernos como fórmula de salvación. Solo que Hollywood no lo vio nunca en la capital del imperio sino en el tercer mundo.

@SoyAranguibel

Sin excusas

Por: Alberto Aranguibel B.

Refistolero y echado pa’lante como ha sido desde siempre el venezolano, no ha habido nunca asunto sobre el cual no elabore siempre una apreciación o un razonamiento analítico sin necesidad de que se le requiera.

El venezolano es monosabio; todo lo sabe, todo lo tiene claro. Cualquier desperfecto o circunstancia anómala encuentra en el diagnóstico inmediato que hace el venezolano la explicación más lúcida de todas cuantas puedan ofrecerse, incluso desde el ámbito de la academia o de la experticia profesional en cada materia.

Ya sea referida a la razón por la que un caucho de la moto se revienta en plena travesía, o a las posibles causas de la explosión del transbordador Columbia, el venezolano no se arredrará jamás para emitir su esclarecido dictamen frente a quien sea con la mayor convicción y contundencia. 

Su eterna actitud sin viso alguno de inseguridad, refleja siempre la reciedumbre de ese carácter sobrado, de completo control, que cree tener sobre lo humano y lo divino.

Hoy ese carácter, esa gran autoestima que lo caracteriza, lo lleva a desbordar en displicencia, en indiferencia total, las medidas de prevención que el gobierno revolucionario ha activado contra el feroz virus que nos amenaza como sociedad, seguramente porque piensa que a él ese virus no lo jode.

A medida que transcurre la cuarentena social, va fortaleciendo la confianza en sí mismo con la certeza de que ya han pasado muchos días sin percibir él, el venezolano sobrado, ni la mortandad de la que hablan los escuálidos ni la amenaza de la que habla el gobierno. Lo que le ha llevado progresivamente a convencerse de que eso de estar encerrados es solo para los incautos que creen lo que lo demás dicen.

Claro que hay mucha gente, la inmensa mayoría, que entiende la gravedad del asunto y considera que salir a la calle será solo por la necesidad impostergable de buscar con esfuerzo y desespero la comida o la medicina que haga falta en la casa.

Pero esa cantidad de irresponsables que se empeñan en contravenir la cuarentena por puro guachafiteros, arriesgando no solo su salud y su vida, sino la del resto de los venezolanos, no tienen ninguna excusa.

Con su insensatez están tentando a un demonio que después ni ellos ni nadie sabrá cómo contener. Por mucho que crean saberlo todo.

@SoyAranguibel

Aranguibel a LaIguanaTV: “La derecha quiere empatar el juego mintiendo sobre Venezuela”

La IguanaTV.com, 27 de mayo de 2020.- Luego de pasar dos meses ocultando los logros de la estrategia venezolana frente la pandemia de Covid-19 y de algunos fallidos intentos por difundir informaciones falsas acerca de contagiados y muertes, la maquinaria mediática del capitalismo hegemónico ha entrado en una fase de mentiras abiertas, desmelenadas, exageradas, hiperbólicas.

Sin la más mínima intención de darle sustento a sus afirmaciones, los medios de la prensa antivenezolana y los influencers que replican esas mismas líneas editoriales, han difundido fake news tan descaradamente exageradas como la de ubicar en 30 mil el número de muertes por coronavirus, lo que es una cantidad 272.727% superior a la cifra oficial de decesos en el país, que apenas llegó a 11 personas el martes 26 de mayo.

Si esa fuese la cifra de personas fallecidas, tendría que haber en el país alrededor de 500 mil contagiados, según la proporción que se registra como promedio en el mundo.

La hipérbole es una figura que consiste en exagerar intencionalmente la realidad. Funciona en la vida cotidiana, como cuando alguien dice “¡toque la puerta un millón de veces!” o “este morral pesa como 500 kilos”. Es válida en los campos de la literatura y la oratoria, pero es un pecado capital en el periodismo pues implica, como en este caso, una grave distorsión de los hechos.

El mecanismo de puesta en circulación de la desproporcionada mentira fue un clásico de la manipulación mediática: lo dijo una supuesta fuente calificada, aunque sin mostrar ninguna evidencia, lo publicó con gran despliegue un medio extranjero (al que poco le importa mentir sobre el tema Venezuela, pues lo viene haciendo desde hace mucho tiempo) y lo replicaron numerosos medios locales y cuentas de redes sociales.

La especie es por completo intragable, pues esa cantidad de fallecimientos en un país de 30 millones de habitantes habría causado una verdadera conmoción nacional y sería del todo imposible de mantener oculta. Pero por más inverosímil que resulten, hay gente dispuesta a hacerse eco de ese tipo de falsas noticias.

“Quieren al menos empatar el juego”

El constituyente y comunicador Alberto Aranguibel, quien ha estudiado a fondo estas modalidades de manipulación informativa, expresó a LaIguana.TV que “la pandemia sorprendió a la maquinaria de propaganda neoliberal capitalista (el gigantesco entramado comunicacional en manos del gran capital) con el impacto de una realidad que por primera vez desbordaba la capacidad de los medios de comunicación para armar antojadizamente la verdad a su buen saber y entender”.

Esta capacidad había sido utilizada siempre por los medios, pero esta vez no funcionó, permitiendo que la gente pudiera ver por fin una verdad no filtrada o modificada por el medio de comunicación. “Esa verdad estaba en las calles, en forma de contagiados, de muertos, de ineptitud de los líderes neoliberales para enfrentar la contingencia y de contraste con la sorprendente capacidad de verdadera ayuda humanitaria de los países socialistas, respondiendo con eficacia a la emergencia, que no podían ocultar los gobiernos ni mucho menos los medios”.

Aranguibel estima que ante esta crisis, surge la necesidad urgente de salvar a toda costa el inmenso poder que están perdiendo frente a la pandemia, y que pone en riesgo la vigencia misma del modelo neoliberal capitalista en el mundo. “El ataque a Venezuela, una vez más con base en infundios y descalificaciones descabelladas y absurdas, es expresión de esa necesidad de la derecha y de sus medios de comunicación para tratar de salvar (o al menos empatar el juego) lo que la pandemia le está costando al capitalismo, y en particular a la lógica imperialista del nuevo orden hegemónico unipolar, dejándolo desnudo en su incompetencia para resolver los problemas de la humanidad”.

La necesidad de “empatar el juego” en las informaciones sobre Venezuela se ha agudizado por las derrotas que EEUU y sus aliados internos y externos a han sufrido en el último mes, con el fallido intento de invasión con mercenarios, paramilitares y desertores, y con la llegada al país de los buques tanqueros de Irán cargados de gasolina y aditivos para reanudar la fabricación local del combustible.

Fuente: Clodovaldo Hernández / LaIguana.TV

El virus que desnudó al terrorismo mediático

Por: Alberto Aranguibel B.

“Los muertos sí salen” Voz popular

Erigida en “cuarto poder” desde los tiempos de Edmund Burke, la prensa se ha arrogado la atribución de orientar a la opinión pública a su buen saber y entender, convirtiendo el universal derecho de la libertad de expresión y de información en propiedad privada de exclusivo uso de los dueños de los medios de comunicación.

Fue así como la humanidad se habituó a la lectura cotidiana de una realidad filtrada, que no necesariamente se correspondía con los hechos verdaderos, pero que resultaba confortable para la comprensión de aquella gente que se formaba bajo los esquemas de esa narrativa y que, en virtud de una autoridad arbitrariamente auto impuesta por el medio de comunicación, no necesitó nunca apelar a recurso alguno de constatación de lo que se le decía en los grandes titulares de la prensa. La verdad es lo que dicen los medios y punto.

En una guerra de terrorismo mediático como la que ha azotado a Venezuela a nivel nacional e internacional, la distorsión de la realidad, la mentira y el infundio convertidos en armas para desacreditar al país, han logrado posicionar matrices sucesivas y recurrentes que obedecen de manera antojadiza a los particulares intereses de una derecha fracasada en sus intentos de hacerse del poder, y en las cuales mucha gente ha creído de una u otra manera precisamente porque en su reconfiguración esas mentiras descaradas y abiertas de las que son víctimas tienen la misma estructura y la misma apariencia a veces de la verdad que la gente siempre ha conocido.

El tema de la muerte como fenómeno resultante de la violencia que imperaría en el país, fue quizás el que con mayor recurrencia fue utilizado por los medios de comunicación privados contra la Revolución Bolivariana. Desde el arribo de Nicolás Maduro a la presidencia de la República, en el años 2013, la matriz más intensamente promovida por esos medios tuvo como su principal fuente noticiosa a la morgue de Bello Monte, desde donde se reportaban a diario los ingresos de cadáveres por decenas. Los grandes titulares se referían invariablemente a estadísticas de horror que daban cuenta del supuesto incremento del riesgo de la población a ser víctima de secuestros, de asaltos, o de asesinatos en la vía pública, generando un insoportable clima de angustia entre la gente que los medios consideraban conveniente a los advenedizos planes de la derecha.

¿Qué pasó con esa morgue? ¿Por qué no es ya una fuente diaria para los titulares? Pues, que los medios están orientados por otra estrategia de generación de matrices. La de exaltar las supuestas cualidades redentoras de un autojuramentado.

Luis Britto García nos lo explica de esta forma: “En 2012 Juan José Rendón (el mismo JJ Rendón del contrato de Guaidó con los mercenarios golpistas de 2020. Nota nuestra) decretó que la campaña opositora debía centrarse en un solo tema: “Inseguridad”. La oligarquía la enfocó en la Guerra Económica, que se le quedó fría; no tiene más remedio que obedecer a su asesor en Guerra Sucia. Síntoma de ello, la aparición en Caracas, Barquisimeto, Mérida y otras ciudades, de tabloides exclusivamente dedicados al amarillismo. Vuelven las portadas horrendas con sangre y los titulares que no reportan noticias sino estados de ánimo”. (Luis Britto García, Otra vez la inseguridad. Enero de 2014)

Cifras descabelladas eran presentadas a diario como auténticos estudios científicos en los que se afirmaban disparates como “El riesgo a morir a manos de secuestradores se ha incrementado en más de 150%”, “Aumentaron los homicidios y el hampa fue más violenta”, “Una investigación de campo establece que la resistencia a denunciar ha ido en aumento. Los casos no registrados llegan a 85% en Mérida y a 67% en la Parroquia Sucre de Caracas. El mayor incremento criminal se reportó en Nueva Esparta, Barquisimeto y Valles del Tuy” (El Nacional, viernes 27 de diciembre de 2013).

¿Cómo se elaboraba esa estadística? ¿Midieron en verdad el porcentaje de “riesgo a ser secuestrado”? ¿Cómo se mide ese riesgo, y a qué factor es atribuible? ¿Entrevistaron a quienes se negaban a denunciar? ¿Denunciar qué; homicidios no llevados a cabo? ¿Cómo llegaron a ellos si no habían hecho denuncia alguna? ¿De dónde salía entonces las cifras de Mérida y Caracas si eran casos no registrados? ¿Cómo supieron que en Margarita, Barquisimeto y Valles del Tuy hubo un mayor incremento de casos no denunciados? Todo sonaba a falso anuncio apocalíptico más que a noticia de hecho cierto y comprobable. Pero esa era la matriz urdida y había que publicarla a como diera lugar.

Como siempre por aquellos días, las más alarmantes cifras eran las referidas a la muerte: “Al menos 471 cadáveres fueron ingresados a la morgue de Bello Monte en lo que va de mes” (El Nacional, viernes 27 de diciembre de 2013).

Independientemente de la avieza manipulación que significaba la omisión del desglose de causas por las cuales esas personas habrían fallecido, incluidas las causas naturales, los infartos, los crímenes pasionales, los accidentes automotrices, etc., que jamás se mencionaban, estaba la desproporción de una cifra imposible de alcanzar sin que tal nivel de mortandad se hiciera evidente más allá de los simples titulares de la prensa.

Hoy el coronavirus nos trae a la vista la contundencia e irrefutabilidad de un hecho que de ninguna manera puede ocultarse tras las cuatro paredes de una pequeña edificación como la morgue de Bello Monte. En Ecuador, apenas aparecida la pandemia del Covid-19 en marzo de este año, lo primero que empezó a aparecer fueron los cadáveres en las calles, a plena luz del día, porque ni los organismos forenses del Estado ni las funerarias privadas se daban abasto para atender tal número de muertes en un mismo lugar y en un mismo momento.

De ahí en adelante, hasta los países más desarrollados y con la mayor capacidad de respuesta a una contingencia de tal magnitud, como Estados Unidos, Brasil, España e Italia, se vieron forzados por la avalancha de cadáveres a cavar gigantescas fosas comunes como nunca antes se había visto en la historia, porque, además de resultar indispensables por razones de salubridad pública, en realidad era que no tenían cómo llevar a cabo tal cantidad de entierros en la forma convencional que todo sepelio exige.

El mundo capitalista comenzó a tambalearse con esa demoledora verdad que ni el inmenso poder de manipulación de los medios de comunicación, al servicio del gran capital como lo están, pudo falsear o adecuar en ningún momento a su particular discurso. El virus no solo desnudó de un solo golpe la incapacidad del capitalismo para resolver los problemas de la gente, sino la naturaleza desalmada de su liderazgo, que subestimó a la pandemia en todo momento.

Tal como sucedió en la Alemania nazi, en la Colombia de Alvaro Uribe, en el México de Vicente Fox y de Peña Nieto, en la España de Franco, en la Argentina de Vilela, en el Chile de Pinochet, y en la Venezuela de la 4ta república, las fosas comunes son hechos reales incontestables que denuncian siempre la atrocidad de la muerte producida en masa.

La pandemia que hoy padece la humanidad impuso en el siglo XXI la modalidad de las muertes en masa producto de una afección contra la cual no existe cura conocida. Lo que puso también de manifiesto, de la manera más cruda y lamentable, que centenares de muertos son imposibles de ser escondidos.

Queda así definitivamente al descubierto la burda manipulación que hicieron durante años los medios de la derecha venezolanos con el tema de la muerte violenta, cuando inventaban escenarios sobredimensionados y pavorosos que hablaban de cientos de cadáveres en un mismo pequeño depósito, con los que perseguían obtener beneficio político simplemente porque hasta entonces hacer afirmaciones escandalosas con base en cifras, pero no en realidades, era suficiente para engañar e incluso para convencer.

Mintió siempre esa guerra mediática con las cifras de muertes violentas, tal como ha mentido con el número de opositores que supuestamente los apoya; con la cantidad de emigrantes que dicen que se han ido del país; con la verdadera condición delincuencial de los presos por ellos llamados políticos. Y con todo lo que denigran del inmenso esfuerzo que libra la Revolución Bolivariana por alcanzar el bienestar y la independencia plena del país.

@SoyAranguibel

Batallas presidiarias

Por: Alberto Aranguibel B.

El comportamiento claramente desafiante de la gente que sale a las calles en España, Estados Unidos, Brasil y otros países en los que la pandemia de coronavirus literalmente ha diezmado a su población, para reclamar la eliminación de las medidas de control y prevención de un fenómeno que no tiene nada de retórico ni de antojadizo por parte de los organismos rectores de la salud en el mundo, no puede ser menos que alarmante.

Muy distinto al comprensible enfoque de quienes se ven obligados a tomar la calle para resolver el ingreso que les permita asegurar el sustento propio y el de su familia, la mayoría de la gente que vemos en esas protestas es gente pudiente que no reclama derecho al trabajo sino derecho a pasear libremente, ir a la playa, a bares, restaurantes y a fiestas, como si el coronavirus fuera una enfermedad de pobres impuesta por el comunismo.

Evidencia de una irracionalidad latente en la sociedad. Así como latentes han sido siempre fenómenos como el fascismo, la xenofobia, o la intolerancia ideológica o religiosa, por lo general ocultos con el ropaje del recato que la sociedad usa para esconder la enajenación social. Pero que existen, y están ahí como componentes intrínsecos de la personalidad individual y muchas veces colectiva.

A manera de excusa por las atrocidades llevadas a cabo por la inquisición, la iglesia sostiene que tal conducta obedecía no a una lógica tiránica de su institución para imponer su poder mediante el terror, sino a la naturaleza desalmada de una sociedad inculta y atrasada que creía en la tortura y el ajusticiamiento de los impuros como medio para alcanzar la dicha. Por supuesto, jamás ha asumido la iglesia culpa alguna en ese atraso cultural de la gente.

De la misma forma, el mundo capitalista de hoy no halla qué hacer con esa sociedad a la que le inculcó desde los orígenes mismos del capitalismo la irracional idea de la libertad irrestricta como valor supremo e irrenunciable, a costa incluso de la vida misma.

Gente habituada a la lógica de la mezquindad y el individualismo que promueve el capitalismo, que entiende la batalla que libra hoy la humanidad como un presidio contra el cual hay que rebelarse, porque jamás tuvo la oportunidad de comprender el universo de otra forma que no fuera la del consumismo voraz que le hace considerar templos de salvación a los centros comerciales.

@SoyAranguibel

¿Por qué Colombia conspira contra Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Demasiado persistente en los medios de comunicación y en la opinión pública en general la pregunta sobre el papel de Colombia en todas las acciones de desestabilización y conjuras golpistas llevadas a cabo desde ese país contra Venezuela en los últimos años.

En un evidente intento por tratar de acorralar con ella al presidente Nicolás Maduro, los periodistas extranjeros, muy particularmente los corresponsales de medios colombianos, conminan insistentemente al mandatario a que diga si tiene pruebas de un fenómeno que ha estado a la vista con total claridad en la infinidad de testimonios de los propios conspiradores, así como en la extensa documentación fehaciente presentada por el gobierno en sus permanentes ruedas de prensa para informar al respecto.

La respuesta, pues, no necesita de complejos sistemas de inteligencia militar o policial, ni de profundos análisis científicos para llegar a conclusiones que dejen claramente al descubierto la proverbial vocación antivenezolanista del poder político colombiano, casi desde nuestros orígenes como república.

No pueden dejarse de lado en una explicación al respecto las causas que privan en la mentalidad oligarca de la élite del poder en el hermano país, en sí mismas condicionantes incontrovertibles en un proceso de larga data que se remonta a los tiempos del conflicto entre neogranadinos por el carácter realista de unos y el independentista de otros, pero que no cedieron en ningún caso el ampuloso estatus que les otorgaba su condición de Virreinato frente a lo que para ellos era el vulgar mantuanaje de la entonces capitanía general de Venezuela.

Que un liderazgo tan trascendental como el de Simón Bolívar haya convertido desde nuestros orígenes a nuestro país en referente latinoamericano, jamás ha sido del agrado de esa élite arrogante y prepotente que ha gobernado siempre a Colombia. El arribo de Hugo Chávez a la escena policía, con su propuesta de justicia e igualdad social no solo para Venezuela sino para el mundo, así como el hecho de pasar a ser Venezuela la mayor potencia petrolera del continente, no vino sino a acicalar esa ya ancestral animadversión colombiana hacia nuestra tierra y todo cuanto ella comprende. Salvo, por supuesto, las riquezas y la privilegiada posición geoestratégica que Colombia le ha envidiado siempre a Venezuela.

El empeño del imperio norteamericano por convertir a Colombia en cabecera de playa de sus planes de dominación y subordinación de nuestro continente, no es tampoco una razón soslayable para explicar el comportamiento avieso de la hermana república hacia nosotros. Como para todo imperio, el propósito primario de su control es someter la voluntad del dominado y orientarla en el mismo sentido de la del dominante. De ahí que su orden para Colombia sea siempre en función del propósito de saqueo que EEUU se ha trazado con Venezuela.

Pero ninguna de esas razones es más importante que la necesidad de sostener el gigantesco negocio que representa la industria de la producción y tráfico de estupefacientes que desde hace décadas se ha convertido en la fuente de ingresos por excelencia del hermano país, y en fuente primordial del lavado de dinero en el cual se sostiene hoy el paquidérmico imperio norteamericano. Un negocio de dimensiones descomunales que solo es posible con el control directo del Estado colombiano en perfecta coordinación y participación de su principal cliente, los Estados Unidos.

Para que un negocio de tales dimensiones funcione es indispensable una superestructura de financiamiento y producción que ningún asentamiento guerrillero puede sostener ni remotamente, como han querido hacerlo ver los distintos gobiernos que han desfilado por el poder en Colombia a lo largo del último medio siglo. Solo desde el Estado es posible manejar sin riesgos significativos de pérdidas la producción y procesamiento de cientos de miles de hectáreas de marihuana y de coca, así como de los millones de kilos de precursores de la droga, su empaquetado y distribución en las miles de inimaginables formas en las que la droga es sacada del país para llevarla de la manera más subrepticia a los mercados del mundo, principalmente los Estados Unidos.

Esa gigantesca empresa, que requiere no solo de terrenos para el cultivo, tal como siempre se le presenta, sino de una compleja red de financiamiento, apoyo bancario, de recursos humanos, diversos y complejos sistemas de transportación, almacenaje y distribución, no podría ser manejada jamás desde unas cuantas covachas en la selva, ni por unos cuantos guerrilleros malnutridos y harapientosos que no tendrían nunca en qué gastar la inmensa fortuna que diariamente depara ese negocio, así vivieran mil años comprando fusiles y lanzagranadas a perpetuidad, que es como lo presenta el gobierno colombiano para explicar la supuesta necesidad de relación entre el narcotráfico y la subversión armada en ese país.

El negocio de la droga en Colombia, el más grande del mundo en su género, se maneja desde hace décadas desde lo más alto del poder político y económico de esa nación, infiltrado como ha estado por el narcoparamilitarismo desde la llegada de Álvaro Uribe Vélez a la escena política. Su recurso, para no aparecer comprometido como narco Estado ante el mundo, ha sido el de señalar siempre como culpable a un enemigo de características muy particulares, como la guerrilla, que le permitió en todo momento justificar en forma más o menos razonable su inoperancia en la persecución del delito de narcotráfico.

Colombia necesita desesperadamente una guerra que permita ocultar su responsabilidad en la producción y tráfico de droga. Por eso la gran batalla librada por Iván Duque desde su llegada a la presidencia fue desde un primer momento contra los Acuerdos de Paz firmados por el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC en La Habana en 2016. La hegemonía oligarca colombiana necesita irrenunciablemente de un enemigo cuya confrontación no solo no implique un costo significativo (porque, más allá del saldo en bajas civiles o militares que el combate pueda dejar eventualmente, la lucha contra la guerrilla no acarrea costos excepcionales de aprestamiento operacional o militar) sino que le resulta altamente rentable toda vez que los terrenos que el Estado debe controlar son aquellos a los que supuestamente no tiene acceso en virtud del conflicto armado.

De tal manera que, con ese conflicto en el cual el Estado siempre aparece desbordado en sus capacidades de control, no hay nunca como paralizar la producción de droga. El único instrumento con capacidad para apoyar al Estado colombiano en el combate a la droga es precisamente el departamento antinarcóticos de EEUU, la DEA, erigida arbitraria y convenientemente en la única fuerza antinarcóticos de alcance transnacional que, de acuerdo a su modus operandi, antes que combatir la droga lo que hace es coordinarla en función de los intereses comunes de Colombia y EEUU.

Es precisamente ahí, en la firma de los Acuerdos de Paz de 2016 (de la cual se genera el gran debate nacional que culmina en el referéndum aprobatorio que convulsionó a toda la nación colombiana durante meses, y que aún ganándolo el gobierno significó un claro revés para los promotores del conflicto armado como fórmula de sobrevivencia) donde aparece Venezuela como el objetivo de la élite del poder colombiano para endilgarle una responsabilidad en un narcotráfico que en realidad es y ha sido siempre de Colombia. Los sectores oligarcas que necesitan un Estado inmune a las leyes nacionales e internacionales en materia de narcotráfico, saben que, si no hay guerrilla a quien culpar de ese flagelo, entonces Venezuela debe ser acusada de narcoestado a como dé lugar, para permitirse Colombia seguir presentándose ante el mundo como el país que honra una lucha que en verdad jamás ha librado.

Si en ello cuenta con el apoyo de las grandes corporaciones mediáticas y del imperio más rapaz de la historia, cuyo propósito de saqueo a nuestras riquezas es perfectamente afín con la saña antivenezolanista colombiana, entonces la disputa contra Venezuela será ya no solo un conflicto muy provechoso para su estamento político, sino el activo de mayor valor para esa poderosa industria que es el narcotráfico.

@SoyAranguibel 

Apocalípticos

Por: Alberto Aranguibel B.

A través de la historia, el pensamiento conservador ha acudido siempre al dogma de la religión como su referente doctrinario por excelencia, porque no ha encontrado jamás argumentos válidos en la teoría política a su visceral empeño de imponer un modelo de sociedad como el capitalista, basado en la injusticia y en la explotación del hombre por el hombre.

Para la derecha venezolana, completamente desbordada por la incapacidad e ineptitud de su liderazgo para asumir la inmensa responsabilidad que comprende la función política, la muerte ha venido a ser exactamente eso; una fórmula de salvación igual a la descrita en los pasajes de la Biblia que se refieren a ella como la puerta al reino de los cielos.

Sin haber estado ni siquiera cerca del martirio (porque más allá de las consignas destempladas de algunos, todavía no existe el opositor que esté dispuesto a ofrecer su vida o la de los suyos en pro de la causa política que defiende) la derecha venezolana se regocija con esa muerte idílica que describen las Sagradas Escrituras porque ha sido en lo único en lo que ha encontrado algún nivel de alivio en la larga cadena de derrotas y fracasos en los que ha estado sumida desde hace casi un cuarto de siglo.

Incendiar vivo a un ser humano, por ejemplo, o asesinarlo lanzándole materos desde lo alto, es para el opositor promedio un piadoso acto de liberación que le acerca a la tan negada gloria del poder que por la vía del ejercicio democrático de la política no ha podido alcanzar jamás. Un acto de liberación igual a la hipotética salvación que espera esa derecha de un ejército extranjero que lleve a cabo la tarea de la muerte necesaria en la cual cree, y a la que asume como una legítima fórmula de redención.

Hoy, frente al inmenso e innegable logro del gobierno revolucionario en la contención y prevención de la peor amenaza que ha existido contra el ser humano en los últimos cien años, la derecha se aferra a la contabilidad de las muertes como su única esperanza de recuperación del desastre que en su haber representa Juan Guaidó.

A nadie en la oposición le interesan las cifras que colocan a Venezuela en el primer lugar en el continente en la efectividad de la gestión contra el coronavirus. Buscan cadáveres por las esquinas y los callejones como quien persigue rampando entre el pajonal el trébol de la fortuna.

Es, de nuevo, la búsqueda desesperada de la muerte como la puerta al cielo.

 

@SoyAranguibel

Liderazgo en muertes

Por: Alberto Aranguibel B.

Un tablero electrónico que refleja en tiempo real la variación de las cifras de fallecidos a nivel mundial por causa del coronavirus, así como la cantidad de contagiados y de recuperados por país, se ha convertido en el centro de la atención como no lo fue jamás ningún otro conteo en la historia de la humanidad, incluidas las estaciones del Vía Crucis de Cristo y la cuenta regresiva de los metros de aproximación de la llegada del hombre a la luna con la que los medios reportaban la inminencia del alunizaje en 1969.

Unidas a las banderas que asocian esa instantánea cuantificación mundial a cada una de las naciones en las que se producen los datos que registra, la tabla del coronavirus permite apreciar el comportamiento de un fenómeno que a todo el mundo interesa, pero ya no como la información inerte que usualmente se obtiene a través de los noticieros, sino como la evolución que ven en una gran pantalla los video gamer con las cambiantes posiciones de los contrincantes en un juego de video.

Al final de todo, un posicionamiento se va consolidando en la siquis de los espectadores; los Estados Unidos de Norteamérica son la potencia número uno del mundo, incluso en las estadísticas de la muerte.

Un efecto nada desdeñable para un imperio cuyo liderazgo en escenarios en los que su poder llegó a considerarse imbatible en otros tiempos aparece tambaleante hoy frente al surgimiento de nuevas potencias y bloques económicos de importancia insoslayable, a las que el desquiciado presidente de los EEUU, en vez de convertir en aliadas, ha tratado con la peor y más irracional saña.

Quien sepa algo acerca del impacto sicológico de la comunicación, sabe la importancia que puede llegar a tener el posicionamiento de una idea o de una imagen como esa (la del liderazgo en todos los ámbitos, incluso en el de las muertes causadas por una pandemia) en la formación de percepciones, así como el valor que eso tiene para el poder hegemónico imperante.

Por eso nadie en las élites políticas del imperio cuestiona o refuta la información de ese tablero. es posible que sean muchos los norteamericanos que se sentirán orgullosos de ella.

Para contrarrestar las falsas percepciones entre el pueblo, a los revolucionarios nos corresponde acotar siempre que el vertiginoso liderazgo de EEUU en esa horrenda estadística no es de glorias alcanzadas, sino de ineptitud y de muerte.

 

@SoyAranguibel

Así de brutal es la guerra del capitalismo contra la humanidad

CRÓNICA

Bérgamo, la masacre que la patronal no quiso evitar

El área de Italia más devastada por la Covid-19 es un gran polo industrial. No se declaró nunca zona roja debido a las presiones de los empresarios. El coste en vidas humanas ha sido catastrófico

Alba Sidera / Roma , 10/04/2020

Hay imágenes que marcan una época, que quedan grabadas en el imaginario colectivo de un país. La que no podrán olvidar en años los italianos es la que fotografiaron los vecinos de Bérgamo desde sus ventanas la noche del 18 de marzo. Setenta camiones militares cruzaron la ciudad en medio de un silencio sepulcral, uno detrás de otro, en una marcha lenta en señal de respeto: transportaban cadáveres. Los llevaban a otras ciudades fuera de Lombardía porque el cementerio, el tanatorio, la iglesia convertida en tanatorio de emergencia y el crematorio en funcionamiento 24 horas al día ya no daban abasto. La imagen plasmaba la magnitud de la tragedia en curso en el área de Italia más afectada por el coronavirus. Al día siguiente, el país amaneció con la noticia de que era el primero en el mundo en muertes oficiales por Covid-19, la mayoría en la Lombardía. Pero, ¿por qué la situación es tan dramática precisamente en Bérgamo? ¿Qué es lo que ha pasado en esa zona para que en marzo de 2020 haya habido un 400% más de muertos que el mismo mes del año anterior?

La Lombardía es la región italiana que más representa el modelo de mercantilización de la sanidad y ha sido víctima de un sistema corrupto a gran escala

El 23 de febrero los positivos en coronavirus en la provincia de Bérgamo eran 2. En una semana, llegaban ya a 220; casi todos en Val Seriana. En Codogno, población lombarda donde el 21 de febrero se detectó el primer caso oficial de coronavirus, bastaron 50 casos diagnosticados para cerrar la ciudad y declararla zona roja. ¿Por qué no se hizo lo mismo en Val Seriana? Porque en este valle del río Serio se concentra uno de los polos industriales más importantes de Italia, y la patronal industrial presionó a todas las instituciones para evitar cerrar sus fábricas y perder dinero. Y así, por increíble que parezca, la zona con más muertos por coronavirus por habitante de Italia –y de Europa– nunca ha sido declarada zona roja, a pesar del estupor de los alcaldes que lo reclamaban, y de los ciudadanos, que ahora exigen responsabilidades. Los médicos de cabecera de la Val Seriana son los primeros en hablar claro: si se hubiera declarado zona roja, como aconsejaban todos los expertos, se habrían salvado centenares de personas, aseguran, impotentes.

La historia es aún más turbia: quienes tienen intereses en mantener las fábricas abiertas son, en algunos casos, los mismos que tienen intereses en las clínicas privadas. La Lombardía es la región italiana que más representa el modelo de mercantilización de la sanidad y ha sido víctima de un sistema corrupto a gran escala liderado por el que fue su gobernador durante 18 años (del 1995 al 2013), Roberto Formigoni, miembro destacado de Comunión y Liberación (CyL). Era del partido de Berlusconi, quien le definía como “gobernador vitalicio de la Lombardía”, pero contó siempre con el apoyo de la Liga, que gobierna la región desde que Formigoni se fue, acusado –y luego condenado– por corrupción en la sanidad. Su sucesor, Roberto Maroni, inició en 2017 una reforma de la sanidad que recortó aún más las inversiones en la pública y que prácticamente ha abolido la figura del médico de familia, sustituyéndolo por la del “gestor”. “Es verdad, en los próximos 5 años desaparecerán 45.000 médicos de cabecera, pero ¿quién va todavía al médico de cabecera?”, dijo impertérrito en agosto del año pasado el político de la Liga Giancarlo Giorgetti, entonces vicesecretario de Estado del Gobierno Conte-Salvini.

La epidemia en la zona de Bérgamo, la llamada Bergamasca, se inició oficialmente la tarde del domingo 23 de febrero, aunque los médicos de cabecera –en primera línea de la denuncia de la situación– aseguran que ya desde finales de diciembre atendían muchísimos casos de pulmonías anómalas en personas incluso de 40 años. En el hospital Pesenti Fenaroli, de Alzano Lombardo, un municipio de 13.670 habitantes a pocos kilómetros de Bérgamo, ese 23 de febrero llegaron los resultados de los tests de coronavirus de dos pacientes ingresados: eran positivos. Dado que ambos habían estado en contacto con otros pacientes y con médicos y enfermeros, la dirección del hospital decidió cerrar las puertas. Pero, sin ninguna explicación, las reabrieron pocas horas después, sin desinfectar las instalaciones ni aislar a los pacientes con Covid-19. Es más: el personal médico estuvo una semana trabajando sin protección; un buen número de sanitarios del hospital se contagió y extendió el virus entre la población. Los contagios se multiplicaron por todo el valle. El hospital resultó ser el primer gran foco de infección: pacientes que ingresaban por un simple problema de cadera acababan muriendo por haberse contagiado de coronavirus.

Los alcaldes de los dos municipios más golpeados de la Val Seriana, Nembro y Alzano Lombardo, esperaban cada día a las siete de la tarde que les llegara la orden de cerrar la población, que era lo que habían acordado. Todo estaba listo: las ordenanzas redactadas, el ejército movilizado; el jefe de la policía les había comunicado los turnos que se harían en las guardias y las tiendas estaban montadas. Pero la orden no llegó nunca, y nadie supo explicarles por qué. En cambio, sí llegaron continuas llamadas de los empresarios y dueños de las fábricas de la zona, preocupadísimos por evitar a toda costa el cierre de sus actividades. No se escondían.

Sin ningún pudor, el 28 de febrero, en plena emergencia por Coronavirus –en 5 días se habían alcanzado los 110 infectados oficiales en la zona, ya fuera de control–, la patronal industrial italiana, Confindustria, inició una campaña en redes con el hashtag #YesWeWork. “Tenemos que bajar el tono, hacer entender a la opinión pública que la situación se está normalizando, que la gente puede volver a vivir como antes”, dijo el presidente de Confindustria Lombardía, Marco Bonometti, en los medios.

El mismo día, Confindustria Bergamo lanzó su propia campaña dirigida a los inversores extranjeros para convencerles de que allí no sucedía nada y de que ni de broma iban a cerrar. El eslogan era inequívoco: “Bergamo non si ferma / Bergamo is running” (Bérgamo no se detiene).

El mensaje del vídeo promocional para los socios internacionales era un despropósito: “Se han diagnosticado casos de Coronavirus en Italia, pero como en muchos otros países”, minimizaban. Y mentían: “El riesgo de infección es bajo”. Echaban la culpa a los medios por un injustificado alarmismo, y mientras mostraban a obreros trabajando en sus fábricas presumían de que todas las fábricas continuarían “abiertas y a pleno rendimiento, como siempre”.

Tan solo cinco días después estalló el enorme brote de contagios y muertes que acabó siendo el más importante de Italia y de Europa. Pero ni así retiraron la campaña, ni mucho menos se plantearon cerrar las fábricas. Confindustria Bergamo agrupa a 1.200 empresas que emplean a más de 80.000 trabajadores. Todos fueron expuestos al virus, obligados a ir a trabajar, en buena parte sin medidas adecuadas –hacinados, sin distancia de seguridad ni material de protección–, poniéndose en peligro a ellos mismos y a todo su entorno.

El hospital Pesenti Fenaroli resultó ser el primer gran foco de infección en Alzano Lombardo: pacientes que ingresaban por un simple problema de cadera acababan muriendo por Coronavirus

El alcalde de Bérgamo, Giorgio Gori, del Partido Democrático, también se había unido al clamor de no cerrar la ciudad y el 1 de marzo invitaba a la gente a llenar los negocios del centro con el eslogan “Bérgamo no se detiene”. Más adelante, frente a la evidencia de la catástrofe, se arrepintió y reconoció que había tomado medidas demasiado blandas para no entorpecer la actividad económica de las potentes empresas de la zona.

El 8 de marzo los contagios oficiales en la Bergamasca habían pasado, en una semana, de 220 a 997. Por la tarde se filtró que el Gobierno quería aislar la Lombardía. Después de horas de caos en que muchos abandonaron Milán en estampida, Giuseppe Conte apareció, ya de madrugada, en una confusa rueda de prensa a través de Facebook para anunciar el decreto. No era lo que esperaban los alcaldes de las poblaciones de la Val Seriana: nada de zona roja, sino naranja. Es decir, se restringían las entradas y salidas de los municipios, pero todo el mundo podía seguir yendo al trabajo.

Al cabo de dos días, el confinamiento se extendió a toda Italia por igual. Y nada cambió en la zona de la Bergamasca, donde los contagios crecían y crecían al mismo ritmo imparable de sus fábricas funcionando a toda máquina. “Cuando todos en la zona, sobre todo en Nembro y Alzano Lombardo, daban por descontado que se iba a declarar la zona roja, algunas empresas importantes de la zona hicieron presión para retrasarla lo más posible”, cuenta Andrea Agazzi, secretario general del sindicato FIOM Bérgamo, en el programa Report, de la RAI. Y añade: “Confindustria jugó sus cartas y el gobierno eligió de qué parte iba a estar”.

Los contagios y las muertes aumentaron imparables, especialmente en las zonas industriales de la Lombardía situadas entre Bérgamo y Brescia. Un mes exacto después del primer caso oficial de coronavirus en Italia, el sábado 21 de marzo, se llegó al triste récord de casi 800 muertos diarios. Los gobernadores de la Lombardía y el Piamonte –otro gran polo industrial– declararon que la situación era insostenible y que era necesario detener la actividad productiva. Conte, que hasta entonces se había mostrado contrario a la medida, apareció por la noche abrumado para decir que sí, que ahora sí, se cerrarían “todas las actividades económicas productivas no esenciales”.

Las fábricas de la Bergamasca continuaron prácticamente todas abiertas hasta el 23 de marzo, cuando los contagios oficiales en la zona ya eran casi 6.500

Confindustria se activó de inmediato e inició una ofensiva de presión al Gobierno. “No se pueden cerrar todas las actividades no esenciales”, decían en una carta al premier detallando sus exigencias. Los industriales lograron que el decreto tardara 24 horas en ser aprobado y que Conte aceptara sus condiciones. En efecto, el Gobierno había elegido de qué parte estar, y no era la de los trabajadores.

Los sindicatos, en bloque, se pusieron en pie de guerra y amenazaron con una huelga general si no se cumplía el cierre real de las actividades productivas no esenciales. Confindustria había conseguido que se añadieran a la lista de actividades que podían seguir funcionando muchas que no eran de primera necesidad, como las de la industria de armas y municiones. Además, incluyeron una especie de cláusula que permitía, en la práctica, que cualquier empresa que declarase que era “funcional” para una actividad económica esencial pudiese permanecer abierta. Esto hizo que solo en un día, en Brescia, la otra provincia lombarda golpeada por el coronavirus, más de 600 empresas que no estaban en la lista de las esenciales iniciasen los trámites para poder continuar en funcionamiento.

”No entiendo los motivos por los que los sindicatos querrían hacer huelga. El decreto ya es muy restrictivo: ¿qué más se tendría que hacer?”, dijo, poco empático, el presidente de Confindustria, Vincenzo Boccia. Y añadió: “Ya perderemos 100.000 millones de euros al mes; no detener la economía conviene a todo el país”. Annamaria Furlan, secretaria general del sindicato CISL, trató de explicárselo: “Hace 40 años que soy sindicalista y no he pedido nunca el cierre de ninguna fábrica, pero es que ahora está en riesgo la vida de las personas”.

Los trabajadores de las fábricas iniciaron protestas y paros mientras los sindicatos negociaban con el Gobierno, que al final recapacitó. Se eliminaron algunas actividades de la lista de las más de ochenta consideradas esenciales, como la industria armamentística o los call-centers que venden por teléfono ofertas no requeridas, y se restringieron las industrias petroquímicas. También se acordó que no era suficiente la autocertificación de una empresa para pasar a ser considerada funcional para una esencial, y el compromiso de tutelar el derecho a la salud de los trabajadores que continuasen en las fábricas. Con todo, quedaron puntos ambiguos en el decreto y hay una zona gris que permite a muchas fábricas continuar abiertas. Del mismo modo, muchos obreros continúan trabajando sin la debida distancia de seguridad ni el material adecuado.

Las fábricas de la Bergamasca continuaron prácticamente todas abiertas hasta el 23 de marzo, cuando los contagios oficiales en la zona ya eran casi 6.500. Una semana después, el 30 de marzo, a pesar del decreto de cierre de “todas las actividades productivas no esenciales”, había 1.800 fábricas abiertas y 8.670 infectados oficiales en la zona.

Ninguna autoridad ha estado a la altura, excepto los alcaldes de las poblaciones pequeñas, los únicos que han reconocido –y denunciado– las presiones de los industriales

Pongamos nombre a las fábricas que no quisieron cerrar. Una de las empresas de la zona es Tenaris, líder mundial en la fabricación de tubos y servicios para la exploración y producción de petróleo y gas, con una facturación de 7.300 millones de dólares y sede legal en Luxemburgo. Emplea a 1.700 trabajadores en su fábrica de la Bergamasca y pertenece a la familia Rocca, con Gianfelice Rocca, el octavo hombre más rico de Italia, de propietario. En la provincia de Bérgamo, como en toda la Lombardía, la sanidad privada es muy potente. En la Bergamasca, en concreto, la mitad de los servicios sanitarios pasan por la privada. Las dos clínicas privadas más importantes de la zona, que facturan más de 15 millones de euros anuales cada una, pertenecen al grupo San Donato –cuyo presidente es nada menos que el ex-viceprimer ministro italiano Angelino Alfano, exdelfín de Berlusconi– y al grupo Humanitas. El presidente de Humanitas es Gianfelice Rocca, también propietario de Tenaris, la industria que no ha querido mandar sus trabajadores a casa. La sanidad privada bergamasca no se activó por la emergencia Coronavirus hasta el 8 de marzo, cuando, por decreto, se tuvieron que posponer todos los servicios no urgentes. Solo entonces empezaron a hacer sitio para los pacientes con Covid-19.

Brembo es otra gran empresa con fábricas en la Bergamasca. Pertenece a la potente familia Bombassei, también metida en política: Alberto, el hijo del fundador, fue diputado por Scelta Civica, el partido de Mario Monti. Tiene 3.000 trabajadores en sus fábricas de la zona de Bérgamo, donde producen frenos para coches. Factura 2.600 millones de euros. No quisieron cerrar.

La Val Seriana fue industrializada en gran parte por empresas suizas hace más de 100 años, por lo que la presencia de fábricas ligadas a Suiza es aún importante. Otra gran empresa que tiene más de 6.000 trabajadores en Italia, más de 850 en la Bergamasca, es ABB, con capital suizo y sueco. Líder en robótica, factura 2.000 millones de euros. El 30 de marzo seguía abierta con total normalidad.

Persico, empresa italiana que produce componentes de automoción, con 400 trabajadores y 159 millones de facturación, tiene sede en Nembro, el municipio con más muertes por Covid-19 por habitante de Italia. Pierino Persico, el propietario, fue uno de los que más se opuso a que se declarase la zona roja.

En Nembro, en marzo de 2019 murieron 14 personas. El mismo mes de este año han sido 123 (un aumento del 750%). Y aun así, los infectados oficiales son solo 200. En Alzano Lombardo, en marzo del 2019 murieron 9 personas; este marzo, 101. En la ciudad de Bérgamo (de 120.000 habitantes) los muertos este marzo han sido 553, mientras que en marzo del 2019 fueron 125. Los datos de infectados no son fiables porque no se hacen tests, y desde la Protección Civil italiana –que ofrece los recuentos– se advierte que los números deberían multiplicarse al menos por diez. Según un estudio publicado por el Giornale di Brescia, en esta provincia lombarda la cifra de infectados sería 20 veces mayor que la oficial, un 15% de la población. Y lo mismo con los muertos. Según este estudio, serían el doble de los oficiales, es decir 3.000 solo en la provincia de Brescia. La falta de tests –a los vivos y a los muertos– hace imposible efectuar un recuento fiable. Lo que sí se sabe es que Italia es el país del mundo con más fallecidos por Covid-19, alrededor de 18.000, y la mayoría son de la zona del norte industrial.

Ahora, frente a los miles de cadáveres y a una población que empieza a convertir su dolor en rabia, todos se sacuden las culpas. El gobernador de la Lombardía, el leghista Attilio Fontana, culpa al gobierno central y asegura que no fue más estricto porque no le dejaron. En realidad, si hubiera querido habría podido serlo, como lo fueron los gobernadores de Emilia Romaña, Lacio y Campania, que decretaron zonas rojas en sus regiones. La verdad es que ninguna autoridad ha estado a la altura, excepto los alcaldes de las poblaciones pequeñas, que son los únicos que han reconocido –y denunciado públicamente– las presiones de los industriales, que les asediaban a llamadas para intentar de todas todas evitar o posponer el cierre de las fábricas. Desde una Bérgamo herida y aún en shock, los ciudadanos empiezan a organizarse para pedir que se esclarezcan los hechos y que alguien asuma, al menos, la responsabilidad de haber permitido que los intereses económicos primasen sobre la salud –es decir, la vida– de los trabajadores de la Bergamasca. Muchos de ellos, por cierto, precarios.

Sidera Alba Sidera / @albasidera

Fuente: Ctxt Contexto y Acción 

Max Boot: “El peor presidente estadounidense de todos los tiempos”

Por: Max Boot
(The Washington Post)

Hasta ahora, había sido reacio a etiquetar a Donald Trump como el peor presidente en la historia de Estados Unidos. Como historiador, sé cuán importante es permitir el paso del tiempo para obtener un sentido de perspectiva. Algunos presidentes que les parecieron espantosos a sus contemporáneos (Harry S. Truman) o simplemente mediocres (Dwight D. Eisenhower y George H.W. Bush), lucen mucho mejor en retrospectiva. Otros, como Thomas Jefferson y Woodrow Wilson, ya no se ven tan bien como solían hacerlo.

Ya había escrito, el 12 de marzo, que Trump es el peor presidente de los tiempos modernos, pero no de todos los tiempos. Eso dejó abierta la posibilidad de que James Buchanan, Andrew Johnson, Franklin Pierce, Warren Harding o algún otro don nadie, pudiera ser juzgado con mayor severidad. Pero en el último mes, ya hemos visto lo suficiente como para eliminar la clasificación “de los tiempos modernos”. Con su catastrófica gestión ante el coronavirus, Trump ya es el peor presidente en la historia de Estados Unidos.

Su único gran competidor por ese dudoso honor sigue siendo Buchanan, cuya indecisión contribuyó a que termináramos en la Guerra de Secesión, el conflicto más letal en la historia de Estados Unidos. Buchanan podría seguir siendo el perdedor más grande. Sin embargo, hay buenas razones para creer que la Guerra Civil se hubiera desatado de cualquier manera. En cambio, no hubo nada inevitable acerca de la magnitud del desastre que enfrentamos actualmente.

La situación es tan crítica que es difícil aceptarla. The Atlantic destaca: “Durante la Gran Recesión de 2007 a 2009, la economía sufrió una pérdida neta de aproximadamente 9 millones de empleos. La recesión de la pandemia ha visto casi 10 millones de solicitudes de prestaciones por desempleo en apenas dos semanas”. The New York Times estima que el índice de desempleo está alrededor de 13%, el más alto desde el fin de la Gran Depresión, hace 80 años.

Mucho peor que eso es la mortandad. Ya tenemos más casos confirmados de coronavirus que cualquier otro país. Trump declaró el 26 de febrero que la epidemia pronto estaría “casi en cero”. Ahora sostiene que si el número de muertos es de 100,000 a 200,000 —una cantidad mayor que todas las muertes estadounidenses en todas nuestras guerras combinadas desde 1945— será una demostración de que ha hecho “un muy buen trabajo”.

No. Será una señal de que él es un miserable fracaso, porque el coronavirus es la catástrofe más previsible en la historia de Estados Unidos. Las advertencias sobre los ataques de Pearl Harbor y el 11 de septiembre fueron evidentes solo en retrospectiva. Esta vez, no se requirió de ninguna inteligencia ultrasecreta para ver lo que se venía. La alarma fue activada en enero en los medios por expertos y por líderes demócratas como el ahora candidato presidencial, Joe Biden.

Algunos funcionarios del gobierno ofrecieron advertencias similares directamente a Trump. Un equipo de reporteros del Post escribió el 4 de abril: “El gobierno de Trump recibió su primera notificación formal sobre la epidemia del coronavirus en China el 3 de enero. En cuestión de días, las agencias de espionaje estadounidenses le confirmaron la seriedad de la amenaza a Trump, incluyendo una advertencia sobre el coronavirus —la primera de muchas— en el informe diario presidencial”. Pero Trump no estaba escuchando.

El artículo del Post es la disección más minuciosa del fracaso de Trump en prepararse para la tormenta inminente. Trump fue informado por primera vez sobre el coronavirus por el secretario de Salud y Servicios Humanos, Alex Azar, el 18 de enero. Sin embargo, de acuerdo con la nota del Post, “Azar le comentó a varios allegados que el presidente creía que estaba siendo ‘alarmista’ y Azar tuvo dificultades para captar la atención de Trump para que se concentrara en el problema”. Cuando se le preguntó públicamente por primera vez a Trump sobre el virus, el 22 de enero, afirmó: “Lo tenemos totalmente bajo control. Es una persona que viene de China”.

En los días y semanas siguientes a que Azar lo alertara sobre el virus, Trump habló en ocho mítines y se fue a jugar golf seis veces, como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo.

La incapacidad de Trump en enfocarse en el problema, señala el Post, “sembró una importante confusión en el público y contradijo los mensajes urgentes de los expertos en salud pública”. También permitió que varios errores burocráticos no fueran atendidos como fallas graves, como realizar suficientes pruebas de diagnóstico o almacenar suficientes equipos de protección y respiradores.

Países tan diversos como Taiwán, Singapur, Canadá, Corea del Sur, Georgia y Alemania lo han hecho muchísimo mejor, y sufrirán muchísimo menos. Corea del Sur y Estados Unidos descubrieron sus primeros casos el mismo día. Corea del Sur tenía el 8 de abril 200 fallecidos , cuatro muertes por cada millón de personas. La tasa de mortalidad en Estados Unidos (25 por cada millón de habitantes) es seis veces peor y está aumentando rápidamente.

Este fracaso es tan monumental que hace que nuestros recientes presidentes fallidos —George W. Bush y Jimmy Carter— luzcan dignos del Monte Rushmore en comparación. El anuncio de Trump del 3 de abril sobre el despido del inspector general de los servicios de inteligencia que reveló su intento de extorsión a Ucrania, demuestra que él combina la ineptitud de un George W. Bush o un Carter con la corrupción de Richard Nixon.

Trump, como lo hace característicamente, está trabajando más duro que nunca en culpar a otros —China, los medios, los gobernadores, el expresidente Barack Obama, los gestores del juicio político demócrata, todo el mundo menos su caddie de golf— de sus equivocaciones. Su mantra es: “No asumo ningún tipo de responsabilidad”. Queda por ver si los votantes se creerán sus excusas. Pero pase lo que pase en noviembre, Trump no podrá escapar del implacable juicio de la historia.

En algún lado, un aliviado James Buchanan debe estar sonriendo.

Max Boot  Max Boot / The Washington Post

Cifras dinámicas

Por: Alberto Aranguibel B.

Una lección que sin lugar a dudas nos deja el coronavirus es la importancia de los números en la vida del ser humano. Chávez, que hablaba siempre de la forma en que Dios obraba a través de las matemáticas, insistía en el uso de esa poderosa herramienta del conocimiento humano para encontrar respuestas y soluciones precisas a los problemas.

Hoy una de las actividades más comunes en todo el planeta es la verificación cotidiana que hacen los organismos multilaterales, los gobiernos y la gente en general, de las cifras de mortalidad que ha ido causando la pandemia en el mundo.

Eso es así, porque el problema más grande que enfrentamos es que el virus es dinámico. Así como dinámicas son sus consecuencias.

La naturaleza cambiante de los números nos permite ver su carácter determinante no solo en el ámbito de la ciencia o de la economía, sino también en la política. Países que ayer se alineaban incondicionalmente al imperio norteamericano, por efecto del coronavirus hoy abrazan a naciones solidarias que antes consideraban enemigas.

La democracia se basa en números. De ahí la importancia del voto como instrumento esencial para la cuantificación de la voluntad popular. Una voluntad que debe ser revisada periódicamente mediante el acto electoral en virtud del carácter cambiante de la opinión pública.

Por eso en uno de los momentos más críticos de la vida democrática venezolana, el presidente Nicolás Maduro convocó al poder constituyente; había un gobierno legítimo surgido del voto, pero la derecha sostenía que el pueblo ya no pensaba lo mismo. La elección fue la manera de corroborar irrefutablemente la verdad que ya se sabía.

Esa derecha, reacia como ha sido siempre a escuchar la voluntad popular, insiste ahora en el supuesto respaldo que sesenta países le dieron hace más de un año a un ficticio presidente autoproclamado. Pero ¿sigue existiendo ese mismo respaldo?

En aquel momento el mundo, que no conoce ni tiene por qué conocer la verdadera realidad política y social de nuestro pueblo, no sabía ni lo mentiroso ni lo tracalero que era el impostor. Ni tenía idea de su capacidad para robarse el dinero de los venezolanos en la forma en que lo hace. Mucho menos conocía sus estrechas relaciones con el criminal mundo de los Rastrojos.

Hoy, esa insoslayable verdad de la farsa que es ese impresentable ser hasta para sus propios seguidores y para la mayoría de los opinadores que hasta ayer lo exaltaban como un excepcional estadista, no descansan insultándolo y reclamándole su bochornosa ineptitud y su fracaso como líder. ¿No es lógico que suceda lo mismo con aquellos países que, más allá de las presiones del imperio, hayan respaldado ese disparatado proyecto de buena fe y creyendo en verdad en ideas democráticas?

¡Hasta cuándo la farsa de los sesenta países!

 

@SoyAranguibel