Tiranía democrática

Por: Alberto Aranguibel B.

Estados Unidos pretende que el más descomunal invento del ingenio humano, la internet, sirva solamente a sus descabellados y delirantes propósitos de dominación planetaria.

En nombre de la libertad y de la democracia, el imperio acusa de tiránica a cuanta nación desarrolle tecnologías que contribuyan al bienestar de sus pueblos con base en sus propias capacidades para la generación de conocimiento y para la producción de innovaciones en cualquier ámbito de la economía o del saber.

Tal como lo expresa en tono de caricatura la narrativa de Hollywood, el imperio considera que todo avance de la ciencia es susceptible de convertirse en la peor amenaza para la humanidad si llegara a caer en “las manos incorrectas!”.

Con base en esa descabellada premisa, EEUU ha desatado la furia de su inmenso poderío bélico contra infinidad de países que, de acuerdo a esa lógica de la preservación selectiva de la seguridad del mundo, han intentado en algún momento avanzar en la investigación y desarrollo de energía nuclear, siendo que el único país en desencadenar el peor genocidio en la historia de la humanidad con armamento atómico, ha sido el propio Estados Unidos. Que no solo ha arrasado con ciudades enteras probando sus bombas nucleares sobre cientos de miles de víctimas inocentes (como en Hiroshima y Nagasaki) sino que posee nada más y nada menos que más del ochenta por ciento de los misiles que existen en el mundo.

Internet es una muy especial obsesión para ese arrogante imperio que, de acuerdo a su propia lógica de la dominación, es una herramienta que ningún país debería utilizar si no es para favorecer la expansión de los mercados a los que aspiran las grandes corporaciones transnacionales norteamericanas.

Según esa narrativa, cualquier otro país que pretenda hacer uso de internet con tecnología propia que no sea la gringa, estará cometiendo un delito que amenazaría la sobrevivencia misma de la humanidad.

Pero quien controla internet para hacer un uso no autorizado de los datos de la gente, violando así no solo su derecho humano a la privacidad sino su seguridad y hasta su vida, quien encarcela a aquellos que denuncian el uso indebido de esa tecnología, no son esos países sino el propio Estados unidos.

Una verdadera tiranía en nombre de la libertad.

@SoyAranguibel

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La muerte aliada

Por: Alberto Aranguibel B.

La frustración opositora, truncada en odio sempiterno por la persistencia en la derrota frente al chavismo, es solo un lado de una moneda que por la otra cara tiene el rostro de la mayor suma de felicidad posible. Pero no la que Bolívar estableció en el congreso de Angostura como norma fundacional de la República y que el comandante Hugo Chávez elevara en su momento al rango de luminosa consigna revolucionaria.

Esa otra mayor suma de felicidad es la que experimenta el opositor de a pie cada cinco años (en promedio) cuando por alguna sorpresiva y siempre inusitada circunstancia la voz del ansiado triunfo antichavista se pone de moda en las filas de la oposición ante el surgimiento de un nuevo mesías contrarrevolucionario, y comienzan a batirse entre ellos las ínfulas de supremacía que con tanta arrogancia y desparpajo destilan hasta por los poros de las orejas, hinchados de la satisfacción  como todo un César entrando a Roma después de acabar con los espartanos.

“¡Ahora sí!”, se gritan entre ellos mismos, ya no como el convencional consuelo de miserables al que se han acostumbrado, sino como el clarín que anuncia el logro de la conquista definitiva del Olimpo.

“¡Ya están listos!”, se gritan en medio de una tísica euforia, y acotan dichosos de la narcosis emancipadora: “Vamos bien!… Tic, tac… Tic, tac…” cuando en realidad lo que han hecho es fracasar de nuevo.

No importa si ya lo dijeron infinidad de veces y después no pasó nada. La alegría llega a ser tan palpitante que el infortunio que siempre le sucede al arrebato no tiene la menor importancia.

Nadie, absolutamente nadie comentará jamás en las filas opositoras el fracaso, la desilusión reiterada, el desengaño sobrevenido. Ninguno aceptará tan siquiera la posibilidad de haber fallado en pronóstico alguno. Todos se harán los locos y seguirán su camino como si nada, hasta que, por alguna razón, otra vez inesperada y sorpresiva, un nuevo mesías asome en su maltrecho paisaje de sempiternos derrotados.

Al final, su felicidad más perdurable ha sido la muerte.

La muerte del comandante Chávez.

La muerte de los jóvenes que ellos mismos mandan a incendiar las calles.

La muerte de quienes queman vivos para usarlos luego como horroroso argumento político por el mundo.

Por eso ansían tanto las miles de muertes que causaría una invasión extranjera.

En su disociado delirio han llegado al extremo de celebrar la posibilidad de una guerra contra nuestro país, porque calculan (otra vez erróneamente) que la muerte solo alcanzará a los chavistas, porque serían estos los únicos que acudirían a enfrentar al enemigo en la frontera.

Como si las guerras se circunscribieran solamente al ámbito fronterizo de los países que los imperios asolan a fuego y plomo.

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Es decir, aceptan sin titubeo alguno que ellos ni de vaina entregarían jamás la vida en defensa de la Patria. Que por ellos, como candorosamente dice la periodista de Globovisión, que los marines entren hasta dónde les venga en gana, saqueando, destruyendo, violando mujeres y niñas (como hacen invariablemente en todos los países que invaden) y asesinando toda forma de vida a su paso.

Que con solo quedarse en sus casa contemplando todo a través del Whatsap es mas que cómodo y seguro. Porque, según ellos,  la muerte de las guerras no llega a las casas de la gente “decente”.

Vista así, con ese odio tan visceral y recalcitrante de los antichavistas, la muerte es una aliada entrañable y refulgente.

 

@SoyAranguibel

Borges el urogallo

Por: Alberto Aranguibel B.

La derecha venezolana, tal como lo ha puesto en evidencia cada vez que ha tenido la oportunidad, no profesa admiración o respeto alguno hacia los próceres de la Patria. Más bien todo lo contrario, pero no por un asunto de principios doctrinarios sino porque no tienen héroes a quienes rendirle culto.

Son muy contados los protagonistas de la gesta emancipadora que representan de manera más o menos cabal los intereses y valores que hoy encarna la oposición venezolana. Nuestros héroes inspiraron su lucha en la búsqueda incansable de la justicia y la igualdad social que proponía el movimiento emancipador y humanista de aquella gran gesta de libertad y soberanía. Exactamente los principios del chavismo a los cuales se opone hoy la derecha.

En su breve lista, José Antonio Páez es siempre una suerte de gran carta de salvación cuando se ven forzados a la (para ellos) odiosa eventualidad de asumirse patriotas, pero no por sus gloriosas hazañas en la lucha independentista sino por haber protagonizado la mayor confabulación que se conozca de un venezolano contra el Padre de la Patria, y, muy principalmente, por haberle restituido los privilegios a los mantuanos después de la guerra mediante la fórmula de la Cosiata.

La oligarquía criolla es muy estricta en eso del culto a sus héroes (los pocos que tienen). Jamás la admiración hacia ellos debe estar desconectada del simultaneo odio hacia los libertadores y hacia las ideas de emancipación. Francisco de Miranda, por ejemplo, es todavía vituperado en los salones más refinados del Country Club, con la misma saña y desprecio que se le tiene hoy al comandante Chávez en esos recintos. Hábito que les viene desde los orígenes mismos de la venezolanidad, como lo revela aquel bochornoso impasse con el General José Laurencio Silva, a quien el Libertador tuvo que desagraviar en la forma más insólita en medio de un salón de baile, ante el irrespeto del cual el gallardo General era objeto por parte de ese mantuanaje del cual surge el actual.

El asturiano José Tomás Boves, reivindicado por Francisco Herrera Luque como un gran guerrero venezolano, viene a ser quizás el más completo paladín del retorcido concepto de libertad e independencia con el que comulga el antichavismo, porque más allá de la naturaleza anarquista y pendenciera que le caracterizó, Boves es el verdadero arquetipo del empresario privado de medio pelo (vendedor de baratijas de mercería en su caso) que terminó convertido en líder de las revueltas más incendiarias de su tiempo por su sola vocación criminal y asesina.

Quienes exaltan hoy a Boves lo hacen desde la perspectiva supuestamente venezolanista que le inspiraba, porque encarnaba una modalidad de lucha por la independencia que era a la vez una lucha a muerte contra el movimiento libertador que pregonaba la abolición de la esclavitud, así como la justicia social y la independencia de la Patria.

Aquel sanguinario personaje no tuvo conmiseración alguna con los venezolanos que asesinaba en masa a su paso por las poblaciones que asaltaba (más por el regocijo de su sadismo que por ninguna razón política, a las cuales se sublevó en todo momento desconociendo persistentemente el mando de sus superiores en todos los ejércitos en los que peleó). Sin lugar a dudas el perfil que define de manera más perfecta la irracional lógica de la lucha que hoy libran en el país los sectores de la derecha fascista que lidera Julio Borges.

Habiendo sido Páez el autor de la mayor afrenta que se conozca de un venezolano contra Simón Bolívar, Boves es sin embargo el héroe que goza de la mayor admiración por parte de la derecha ultra reaccionaria que hoy se reúne en el antichavismo, porque siendo, como lo fue, un auténtico mercenario de la guerra, sin principios éticos ni morales de ninguna especie, jamás renunció (como sí lo hizo Páez en los inicios de su carrera militar) a las fuerzas realistas que batallaron hasta lo indecible por exterminar el ejército libertador, ni claudicó nunca en su criminal afán de exterminio físico del contrario.

Borges es exactamente eso; un mercenario de medio pelo promovido a la escena pública desde el ámbito de la empresa privada, que ha encontrado en el terreno de la política un espacio para hacerse de grandes negocios (criado en el seno de su hogar como la promesa de una modalidad del derecho para la cual fueron formados muchos venezolanos de los sectores pudientes de la sociedad que concibieron siempre la abogacía no como un instrumento de justicia sino como una herramienta para conseguir mejores oportunidades de esquivar las leyes en la búsqueda de riquezas y posiciones de poder), pero que no tiene, además, el menor prurito en promover y ordenar el exterminio de los venezolanos que no le ayuden a satisfacer sus ansias de gobernar para llevar a cabo la entrega del país al imperio norteamericano (a cuyas órdenes se ha puesto a cambio de una jugosa remuneración en dólares) sin importar si quienes son asesinados por sus sicarios son chavistas u opositores.

Quienes desde la derecha no entienden o repudian a Borges, lo hacen porque no han comprendido ese aspecto tan particular de los asesinos, que, como Boves, no hacen jamás política, sino que urden emboscadas contra la sociedad para sacarle provecho a la política desde una posición de poder.

No supieron leer al Borges auténtico que estaba detrás de la cobarde evasión de responsabilidad en el golpe de abril del 2002, en el que estuvo involucrado hasta los tuétanos pero que negó hasta la saciedad una vez restituido Chávez en la presidencia.

No entendieron su jugarreta en la mesa de diálogo instalada en República Dominicana, en la que él siempre supo desde un primer momento que su presencia ahí tenía la única intención de impedir la firma de algún acuerdo. Por eso es una completa infamia la acusación de “dialogante” que hoy los opositores le hacen.

De ahí que hoy se vea en la obligación de violentar su proverbial cobardía, reconociendo ante el mundo que él ha sido el promotor por excelencia del acoso imperialista que ha provocado la peor crisis económica de nuestra historia, y deba presentarse complacido ante las cámaras por el padecimiento de los millones de venezolanos que hoy sufren las consecuencias de un bloqueo que genera hambre, pobreza y enfermedades sobre todo a los más necesitados, incluso a los miles de opositores que en algún momento creyeron en las falsas promesas de bienestar que les hiciera esa derecha reaccionaria que él encarna.

Exactamente igual a Boves, a Borges no le interesa para nada el bienestar del pueblo, porque el pueblo no tiene nada que ver con su proyecto personal. El pueblo cumple en las batallas de los mercenarios el papel de tonto útil que le asignan siempre los mercenarios. Y eso fue lo que hizo Borges con la esperanza de quienes en algún momento escucharon su promesa del ilusorio bienestar que les depararía la reinstauración del neoliberalismo en el país. Promesa que a la larga terminó convertida en la repulsa que cada vez más gente le tiene, no solo por la impudicia de sus recurrentes errores y fracasos en el terreno de la política, sino por las evidencias de su vil entreguismo. Que van quedando al descubierto a medida que los pozos sépticos de la oposición que él lidera se van destapando y el mundo entero (empezando por los mismos opositores) puede ver con claridad cuánto de asqueroso y repugnante puede llegar a ser este infame personaje.

Hoy Borges se duele por la frustración del genocidio con drones contra el Presidente y las decenas de funcionarios y de gente del pueblo que el 4 de agosto se encontraban en la avenida Bolívar de Caracas, y que él personalmente ordenó desde la mansión que el gobierno colombiano le ha asignado como guarida. Las pruebas que lo incriminan en los celulares y demás evidencias y declaraciones de los terroristas detenidos, son irrefutables. Su plan era la muerte de esos venezolanos para obtener un beneficio político; hacerse del poder para poner el país bajo el control del imperio.

Nada nuevo. Simplemente ha renacido en nuestro suelo el talante exterminador y genocida de un mercachifle de la política devenido en guerrero de la muerte por vocación propia.

Como hace dos siglos, el pueblo de Venezuela, bajo el mismo signo de la justicia y la igualdad por la cual luchó en el pasado hasta conquistar la independencia, derrotará a los mercenarios y a los ejércitos imperialistas, e impondrá la vida sobre la muerte.

¡Juntos, con Nicolás al frente, podemos!

 

@SoyAranguibel    

De drones y de cobardes

Por: Alberto Aranguibel B.

El dron, o aeronave no tripulada de control electrónico a distancia, es una tecnología desarrollada por el ejército norteamericano para alcanzar objetivos de combate con el más bajo nivel de perceptibilidad y con el más alto rango de capacidad de evasión de las leyes internacionales que regulan las confrontaciones armadas en el mundo entero.

Es decir, es un artefacto que debe su origen a la naturaleza cobarde de quienes lo concibieron. Lo del uso recreativo y utilitario que algunos le han dado después, es algo sin importancia para sus creadores. Lo importante del dron es la capacidad que el mismo tiene para atacar a mansalva a la vez que el atacante queda al mejor resguardo evadiendo toda posibilidad de ser descubierto y, en consecuencia, incriminado.

De ahí que el dron haya sido visto como el arma perfecta por la oposición venezolana, que obviamente pensó que ahora sí estaba en verdad en condiciones de hacerse del poder con el descubrimiento de este prodigioso adminículo que le permite hacer lo que hasta ahora nunca había podido hacer en la vida política, que era la posibilidad de obstaculizar, destruir, sabotear, incluso asesinar, sin correr el riesgo de ser acusada de ningún delito.

Seguramente pensaba esa destartalada oposición que por fin aquel deplorable “¡Yo no fui!” que tanto ha tenido que repetir cada vez que la descubren en sus trapacerías contra los venezolanos, iba a entrar en desuso gracias a la innovadora tecnología del control a distancia que comprende el dron.

Quizás pensó que ya no tendría que hacer el ridículo poniéndose “curitas” en los cachetes para aparentar lesiones de evasión de responsabilidades en sus tropelías golpistas, porque el uso de drones le permitiría lanzar la piedra y esconder la mano desde algún estudio de televisión muy bien calculado al efecto.

Pero, como para variar, pues la oposición volvió a pelarse. El primer mandatario nacional salió perfectamente ileso, el gobierno se mantuvo firme a sus órdenes, y en menos de tres horas ya los cuerpos de seguridad tenían precisados y capturados a los sicarios contratados para atentar contra la vida del presidente.

Ni siquiera escondiendo su cobardía tras la más avanzada tecnología esa pobre gente sirve para algo.

¡Vaya capacidad para el fracaso, amigos!

 

@SoyAranguibel

Aranguibel afirma que ataque a Maduro proviene de fuerzas extranjeras

CARACAS.- El constituyente, Alberto Aranguibel, dijo que con los hechos ocurridos el sábado en la avenida Bolívar de Caracas, se constató que se trata de un plan orquestado desde el exterior para atentar contra la estabilidad de la nación, porque a su juicio ya no hay dirigencia opositora actuando en el país.

“Quienes están actuando contra la legitimidad del presidente Nicolás Maduro, son factores externos, particularmente el presidente Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe, que se han expresado abiertamente y sin ningún pudor en ese sentido”, expresó.

En entrevista a Anahí Arismendi, transmitida por Unión Radio, agregó que la actitud de serenidad y de conciencia del pueblo ante el hecho, fue una muestra de solidaridad y apoyo al mandatario.

Oiga aquí la entrevista completa:


Fuente: Union Radio

Autocríticas y drones

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema más importante a resolver en Venezuela, no hoy en día sino desde hace años, no es económico. Lo hemos sostenido reiteradamente por todos los medios, con base en argumentaciones sólidas que hemos expuesto de la manera más fundamentada y extensa posible.

La primera de esas argumentaciones fue el triunfo inobjetable de la Asamblea Nacional Constituyente al conquistar la paz sin disparar ni un solo tiro ni agredir a ningún opositor para lograrlo.

Se demostró con aquella elección de la ANC en medio de la peor violencia desatada por la derecha a lo largo de los últimos años, la mentira que representaba la tesis opositora de que Maduro era un dictador sanguinario y brutal, protegido apenas por la soledad de Miraflores. Que el pueblo no lo acompañaba y que por eso la oposición tenía derecho a exigir su renuncia, o su desalojo del poder por cualquier vía.

Lo que le permitió a esa derecha reaccionaria el espacio para la violencia a la que llegó en 2017, no fueron los elevados precios de los productos de primera necesidad, sino la imposición de una matriz que hacía ver en aquel momento al gobierno acorralado y sin apoyo popular alguno.

Los medios de comunicación, nacionales e internacionales, se articularon como nunca antes para posicionar en la siquis colectiva de los venezolanos y del mundo entero que Maduro era un usurpador del poder (porque Chávez lo impuso, porque era un autobusero sin capacidad para gobernar, porque era colombiano, en definitiva, porque Maduro no era Chávez).

Toda esa patraña de falsedades y manipulaciones se vino abajo con la sola elección de la Constituyente, porque por fin pudo verse en el mundo entero la verdad irrefutable de un pueblo en la calle (incluidos los miles de opositores que votaron en el Poliedro aquel día) apoyando decididamente al verdadero presidente de la República, al modelo democrático que hoy construimos los venezolanos, y a la libertad y la independencia que esa derecha reaccionaria pretende robarle a las venezolanas y los venezolanos para instaurar en nuestro suelo su perverso modelo neoliberal capitalista.

Desde aquel momento, los líderes opositores, que desde tiempo atrás venían siendo repudiados por su propia gente, por su ineptitud, su inconsistencia y su fariseísmo político, se quedaron completamente solos y ni en las muy esporádicas manifestaciones de descontento contra el gobierno (como la de las enfermeras, por ejemplo) quisieron aceptarlos ni como acompañantes siquiera.

El presidente, con el tino político que le ha caracterizado enfrentando a la peor y más brutal guerra que gobierno alguno haya podido sortear, fue consolidando ese triunfo sobre la oposición con acciones políticas cada vez más contundentes, como las elecciones de gobernadores, alcaldes y la de su propia reelección, en las cuales ha reafirmado la solidez del innegable respaldo popular que lo consagra como líder indiscutible de la revolución.

Pero la “autocrítica” no quiso esperar de ninguna manera ningún espacio de tranquilidad que le brindara alguna holgura al presidente para instrumentar las acciones económicas que el país reclamaba, y decidió lanzarse a la calle para sustituir a la ya derrotada e inexistente oposición en sus ataques, casi siempre sin fundamento, al gobierno revolucionario.

De la noche a la mañana, todo cuanto trató de demostrarle la revolución al país y al mundo que era de culpable en el padecimiento del pueblo la cruenta guerra neoliberal desatada por el imperio norteamericano, fue echado abajo por la obtusa intransigencia de una “élite pensante” de la revolución, que se dedicó a acusar sin descanso ni piedad al gobierno por todos los males que padece el pueblo.

La verdad de un país sometido a las penurias del hambre y la pobreza por culpa del accionar de una derecha entreguista y apátrida, no fue desconocida en ningún momento ni por el presidente, ni por nadie de su gobierno. Sin embargo, esa “autocrítica” pendenciera se dedicó a acusar a todo aquel que pretendiera apenas responderles, llegando a colocar a quienes aparecían defendiendo la labor del gobierno revolucionario como “farsantes”, “indignos”, “burócratas”, “corruptos” o como simples “jalabolas”.

Defender al gobierno era entonces un riesgo para cualquier revolucionario. Con lo cual lo que iba gestándose paulatinamente era un proceso de reposicionamiento comunicacional de la imagen del gobierno, en el que todo lo que había dicho la oposición durante años sin que nadie le creyera, terminaba siendo verdad por obra y gracia de los mismos revolucionarios que criticaban la gestión, o de los que se quedaban callados para no enardecer a los que criticaban.

Producto de toda esa absurda enajenación, es que se estaba revitalizando gratuitamente a una oposición que tenía ahora la posibilidad de reoxigenarse y renacer en su búsqueda del poder por cualquier vía. Lo que Maduro hacía con las manos, los “autocríticos” lo destrozaban con los pies. Por eso el atentado contra la vida del presidente mediante el uso de drones teledirigidos, fue denominado por sus perpetradores como “Operación Fenix”, el ave muerta de la mitología que renació de sus cenizas.

Desconociendo el esfuerzo del jefe del Estado no solo en la gestión del gobierno para impedir el colapso del modelo de Misiones y Grandes Misiones que aseguran la inclusión social, sino en la creación de poderosos instrumentos de protección al pueblo pensados para mitigar de la mejor manera el severo impacto de la crisis inducida por el imperio, como los Claps, los Bonos de Protección Social, y el Carnet de la Patria, así como todo el inmenso esfuerzo por la recuperación económica llevado adelante, los “autocríticos” se dedicaron a objetar todo cuanto se hace desde el gobierno, en un claro ejercicio de irracional oportunismo político que pareciera más bien orientado a ubicarse en la posición más cómoda de la confrontación, que es la del denunciante que procura el aplauso popular sin necesidad de embarrarse los zapatos en la trinchera de la batalla.

Esa “autocrítica”, diametralmente opuesta en su fundamentación y su orientación a lo que ha defendido en todo momento el presidente Maduro como ejercicio de revisión del proceso, y por la cual el comandante Chávez abogó siempre alertando sobre el necesario apego a los principios de lealtad y de compromiso revolucionario que deben orientar la autocrítica, ha llegado al extremo de negar la perniciosa infiltración de la derecha en los organismos del Estado, el sabotaje sistemático de los servicios públicos por parte de esa derecha mercenaria, y el daño que hace sobre la población la manipulación mediática, que banaliza la guerra contra el pueblo y direcciona la responsabilidad de los males hacia el gobierno, llegando finalmente a colocar al presidente como enemigo de los campesinos que marcharon este mes a la capital de la República para hablar con él.

Convertido en un festín de acusadores, el evento de los campesinos fue vulgarmente usado por TODOS Y CADA UNO de esos inflexibles autocríticos para hacer aparecer al gobierno revolucionario del presidente Nicolás Maduro como un gobierno de burócratas enzapatados, insensibles y entregados al más abyecto reformismo. Que el solo hecho de ser recibidos en Miraflores era muestra de un poder excepcional del pueblo contra ese “desalmado gobierno”, que de no haber sido por esa presión jamás habría atendido las necesidades del campo. Ninguno de los marchistas acusaba al gobierno. Solo aspiraban a una reunión con el jefe del Estado. Quienes acusaban al gobierno (usando la marcha para ello) fueron siempre los “autocríticos”.

En términos estrictamente políticos, pero fundamentalmente comunicacionales, muchas de las afirmaciones destempladas de esa “autocrítica” irresponsable y egocéntrica, que no mira el daño ulterior que sus palabras pueden ocasionar más allá del legítimo reclamo que intenten hacer, son mucho más desestabilizadoras que todo cuanto haya podido decir en su momento alguien como la ex fiscal Luisa Ortega Díaz contra la revolución. Pero los “autocríticos” insisten en que no son ellos los causantes de los problemas sino el gobierno.

Ahora el hervidero político está de vuelta. Los drones, puestos a volar por quienes han visto en la guerra de acusaciones “autocríticas” más reyertas internas que unidad y cohesión revolucionarias y más ineficiencia en los servicios públicos referida por esos mismos revolucionarios al modelo socialista que a los ataques del capitalismo contra el país, reavivan los titulares mundiales originados por la “crisis política venezolana” que ya habíamos sofocado y que hoy vuelve a renacer de la nada. Así lo han puesto ya ante el mundo entero.

Los únicos que saldrán indemnes de esta nueva vorágine hacia la que nos dirigimos serán los “autocríticos”. Cómodamente se refugiarán en un muy inocente “¡Yo lo dije!” y ahí quedará todo para ellos.

¿Qué fácil, no?

 

@SoyAranguibel

La CIA y la contrarrevolución en Venezuela

Por: Atilio Borón

La sociedad capitalista tiene como uno de sus rasgos principales la opacidad. Si en los viejos modos de producción precapitalistas la opresión y la explotación de los pueblos saltaba a la vista y adquiría inclusive una expresión formal e institucional en jerarquías y potestades, en el capitalismo prevalece la oscuridad y, con ella, el desconcierto y la confusión. Fue Marx quien con el descubrimiento de la plusvalía descorrió el velo que ocultaba la explotación a la que eran sometidos los trabajadores “libres”, emancipados del yugo medieval . Y fue él también quien denunció el fetichismo de la mercancía en una sociedad en donde todo se convierte en mercancía y por lo tanto todo se presenta fantasmagóricamente ante los ojos de la población.

Lo anterior viene a cuento de la negación sobre el papel de la CIA en la vida política de los países latinoamericanos, aunque no sólo en ellos. Su permanente activismo es insoslayable y no puede pasar desapercibido para una mirada mínimamente atenta. Peso a ello al hablarse de la crisis en Venezuela –para tomar el ejemplo que ahora nos preocupa- y las amenazas que se ciernen sobre ese país hermano a la “Agencia” nunca se la nombra, salvo pocas y aisladas excepciones. La confusión que con su opacidad y su fetichismo genera la sociedad capitalista se cobra nuevas víctimas en el campo de la izquierda. No debería sorprender que la derecha alentara ese encubrimiento de la CIA. La prensa hegemónica –en realidad, la prensa corrupta y canalla- jamás la menciona. Es un tema tabú para estos impostores seriales. Ni a ella, la CIA, ni a ninguna de las otras quince agencias que constituyen en conjunto lo que en Estados Unidos amablemente se denomina “comunidad de inteligencia”. Eufemismos aparte, es un temible conglomerado de dieciséis pandillas criminales financiadas con fondos del Congreso de Estados Unidos y cuya misión es doble: recoger y analizar información y, sobre todo, intervenir activamente en los diversos escenarios nacionales con un rango de acción que va desde el manejo y la manipulación de la información y el control de los medios de comunicación hasta la captación de líderes sociales, funcionarios y políticos, la creación de organizaciones de pantalla disimuladas como inocentes e insospechadas ONGs dedicadas a inobjetables causas humanitarias hasta el asesinato de líderes sociales y políticos molestos y la infiltración en – y destrucción de- toda clase de organizaciones populares. Varios arrepentidos y asqueados ex agentes de la CIA han descrito todo lo anterior en sumo detalle, con nombres y fechas, lo que me excusa de abundar sobre el tema. [1]

Que la derecha sea cómplice del encubrimiento del protagonismo de los aparatos de inteligencia de Estados Unidos es comprensible. Son parte del mismo bando y protege con un muro de silencio a sus compinches y sicarios. Lo que es absolutamente incomprensible es que representantes de algunos sectores de la izquierda –notablemente el trotksismo-, el progresismo y cierta intelectualidad atrapada en los embriagantes vapores del posmodernismo se inscriban en este negacionismo donde no sólo la CIA desaparece del horizonte de visibilidad sino también el imperialismo. Estas dos palabras, CIA e imperialismo, ni por asomo irrumpen en los numerosos textos escritos por personeros de aquellas corrientes acerca del drama que hoy se desenvuelve en Venezuela y que, ante sus ojos, parece tener como único responsable al gobierno bolivariano. Quienes se inscriben en esa errónea – insanablemente errónea- perspectiva de interpretación se olvidan también de la lucha de clases, que brilla por su ausencia sobre todo en los análisis de supuestos marxistas que no son otra cosa que “marxólogos”, esto es, cultos doctores embriagados por las palabras, como a veces decía Trotsky, pero que no comprenden la teoría ni mucho menos la metodología del análisis marxista y por eso ante los ataques que sufre la revolución bolivariana exhiben una gélida indiferencia que, en los hechos, se convierte en complacencia con los reaccionarios planes del imperio.

Toda esta horrible confusión, estimulada como decíamos al comienzo por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, se disipa en cuanto se recuerda el sinfín de intervenciones criminales que la CIA llevó a cabo en América Latina (y en donde fuera necesario) para desestabilizar procesos reformistas o revolucionarios. Una somera enumeración a vuelo de pájaro, inevitablemente incompleta, subrayaría el siniestro papel desempeñado por “la Agencia” en Guatemala, en 1954, derrocando al gobierno de Jacobo Árbenz organizando una invasión dirigida por un coronel mercenario, Carlos Castillo Armas, quien luego de hacer lo que le fuera ordenado sería asesinado tres años después en el Palacio Presidencial. Sigamos: Haití, en 1959, sosteniendo al por entonces amenazado régimen de François Duvalier y garantizando la perpetuidad y el apoyo a esa criminal dinastía hasta 1986. Ni hablemos del intenso involucramiento de “la Agencia” en Cuba, desde los comienzos mismos de la Revolución Cubana, actividad que continúa hasta el día de hoy y que registra como uno de sus principales hitos la invasión de Playa Girón en 1961; o en Brasil, 1964, asumiendo un activísimo papel en el golpe militar que derribó al gobierno de Joao Goulart y sumió a ese país sudamericano en una brutal dictadura que perduró por dos décadas; en Santo Domingo, República Dominicana, en 1965, apoyando la intervención de los marines luchando contra los patriotas dirigidos por el Coronel Francisco Caamaño Deño; en Bolivia, en 1967, organizando la cacería del Che y ordenando su cobarde ejecución una vez que había caído herido y capturado en combate. La CIA permaneció en el terreno y ante la radicalización política que tenía lugar en Bolivia conspiró para derribar el gobierno popular de Juan J. Torres en 1971. En Uruguay, en 1969, cuando la CIA envió a Dan Mitrione, un especialista en técnicas de tortura, para entrenar a los militares y la policía para arrancar confesiones a los Tupamaros. Mitrione fue ajusticiado por estos en 1970, pero la dictadura instalada por “la embajada” desde 1969 perduró hasta 1985; en Chile, desde comienzos de los años sesenta e intensificando su acción con la complicidad del gobierno democristiano de Eduardo Frei. La misma noche en que Salvador Allende ganara las elecciones presidenciales del 4 de septiembre de 1970 el presidente Richard Nixon convocó de urgencia al Consejo Nacional de Seguridad y ordenó a la CIA que impidiera por todos los medios la asunción del líder chileno y, en caso de tal cosa ser imposible, no ahorrar esfuerzos ni dinero para derrocarlo. “Ni un tornillo ni una tuerca para Chile” dijo ese patán que luego sería desalojado de la Casa Blanca por un juicio político. En Argentina, en 1976, la CIA y la embajada fueron activas colaboradoras de la dictadura genocida del general Jorge R. Videla, contando inclusive con la desembozada ayuda y consejo del por entonces Secretario de Estado Henry Kissinger; en Nicaragua, sosteniendo contra viento y marea a la dictadura somocista y, a partir del triunfo del sandinismo, organizando a la “contra” apelando inclusive al tráfico ilegal de armas y drogas desde la misma Casa Blanca para lograr sus objetivos; en El Salvador, desde 1980, para contener el avance de la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional, involucrándose activamente durante los doce años que duró la guerra civil que dejó un saldo de más de 75.000 muertos. En Granada, liquidando al gobierno marxista de Maurice Bishop. En Panamá, 1989, invasión orquestada por la CIA para derrocar a Manuel Noriega, un ex agente que pensó que podía independizarse de sus jefes, ocasionando al menos 3.000 muertos en la población. En Perú, a partir de 1990, la CIA colaboró con el presidente Alberto Fujimori y su Jefe del Servicio de Inteligencia, Vladimiro Montesinos para organizar fuerzas paramilitares para combatir a Sendero Luminoso y, de paso, cuando izquierdista se les pusiera a tiro, o dejando un saldo luctuoso que se mide en miles de víctimas. Dados estos antecedentes, ¿alguien podría pensar que la CIA ha permanecido de brazos cruzados ante la presencia de las FARC-EP y el ELN en Colombia, donde Estados Unidos cuenta con siete bases militares para el despliegue de sus fuerzas? ¿O que no actúa sistemáticamente para corroer las bases de sustentación de gobiernos como los de Evo Morales y, en su momento, de Rafael Correa y hoy Lenín Moreno? ¿O que se ha retirado a cuarteles de invierno y dejado de actuar en Argentina, Brasil, y en toda esta inmensa región constituida por América Latina y el Caribe, considerada con justa razón como la reserva estratégica del imperio? Sólo por un alarde de ignorancia o ingenuidad podría pensarse tal cosa.

¿Puede, por lo tanto, alguien sorprenderse del protagonismo que la CIA está teniendo hoy en Venezuela, el “punto caliente” del hemisferio occidental? ¿Puede la dirigencia norteamericana –la real, el “deep state” como dicen sus más lúcidos observadores, no los mascarones de proa que despachan desde la Casa Blanca- ser tan pero tan inepta como para desentenderse de la suerte que pueda correr la lucha planteada contra la Revolución Bolivariana en el país que cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo del mundo? Puede que para el trotskismo latinoamericano y otras corrientes igualmente extraviadas en la estratósfera política la MUD y el chavismo “sean lo mismo” y no provoque en esas corrientes otra cosa que una suicida indiferencia. Pero los administradores imperiales, que saben lo que está en juego, son conscientes de que la única opción que tienen para apoderarse del petróleo venezolano –objetivo no declarado pero excluyente de Washington- es acabar con el gobierno de Nicolás Maduro dejando de lado cualquier escrúpulo con tal de obtener ese resultado, desde quemar vivas a personas a incendiar hospitales y guarderías infantiles . Saben también que el “cambio de régimen” en Venezuela sería un triunfo extraordinario del imperialismo norteamericano porque, instalando en Caracas a sus peones y lacayos, los mismos que se enorgullecen de su condición de lamebotas del imperio, ese país se convertiría de facto en un protectorado norteamericano, montando una farsa pseudodemocrática –como la que ya hay en varios países de la región- que sólo una nueva oleada revolucionaria podría llegar a desbaratar. Y ante esa opción, imperio versus chavismo, no hay neutralidad que valga. No nos da lo mismo, ¡no puede darnos lo mismo una cosa o la otra! Porque por más defectos, errores y deformaciones que haya sufrido el proceso iniciado por Chávez en 1999; por más responsabilidad que tenga el presidente Nicolás Maduro en evitar la desestabilización de su gobierno, los aciertos históricos del chavismo superan ampliamente sus desaciertos y ponerlo a salvo de la agresión norteamericana y sus sirvientes es una obligación moral y política insoslayable para quienes dicen defender al socialismo, la autodeterminación nacional y la revolución anticapitalista. Y esto, nada menos que esto, es lo que está en juego los próximos días en la tierra de Bolívar y de Chávez, y en esta encrucijada nadie puede apelar a la neutralidad o la indiferencia. Sería bueno recordar la advertencia que Dante colocó a la entrada del Séptimo Círculo del Infierno: “este lugar, el más horrendo y ardiente del Infierno, está reservado para aquellos que en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad”. Tomar nota.

Atilio-Boron Atilio Borón Fuente: http:atilioboron.com.ar

Nota:
[1] Ver John Perkins, Confesiones de un gángster económico. La cara oculta del imperialismo norteamericano (Barcelona: Ediciones Urano, 2005). Edición original: Título original: Confessions of an Economic Hit Man First published by Berrett-Koehler Publishers, Inc., San Francisco, CA, USA. Ver también el texto pionero de Philip Agee, de 1975, Inside the Company,y publicado en la Argentina bajo el título La CIA por dentro. Diario de un espía (Buenos Aires: Editorial Sudamericana 1987).

J.M. Rodríguez: LA CELEBRACIÓN (una digresión)

Por: José Manuel Rodríguez

Lo más terrible de la guerra es que en ella la muerte se celebra. Me sobrecogió el video de un cruel disparo que mataba a un palestino armado con una piedra. Una exclamación de júbilo salió de los soldados israelíes. Celebraban el tiro certero. No los moderó la inutilidad de la piedra a tan larga distancia. Era un enemigo. Gritos así se han escuchado siempre del lado de cada trinchera. Quiero creer que no es por placer de matar, presumo que festejan la posible derrota de sus contrarios y su pronto regreso a casa.

A diario vemos documentales y fotos sobre estos horrores bélicos. De tanto ser pasivos espectadores de tales dramas, terminamos sustituyendo el horror explícito, por el logro técnico. Y hay premios para quien congela las llamas o el grito de dolor. Congelada así quedó aquella niña vietnamita que corría desnuda abrazada por el napalm. Su cuerpo quemado, sus ojos asombrados, su boca preguntando por qué. También recuerdo otra imagen merecedora de un premio similar: un niño muy pequeño, sudanés, igualmente desnudo yace, aún vivo, entre escombros y basura. A pocos metros detrás de él, un buitre expectante. Un año después el fotógrafo premiado se suicidó. Dejó una nota: Estoy atormentado por los recuerdos vívidos, por los asesinatos y los cadáveres, la ira y el dolor… del morir de hambre o los niños heridos, de los locos del gatillo fácil, a menudo de la policía, de los asesinos verdugos… 

Fue diferente con los periodistas de la Agencia France Press en Caracas. Celebraron con fanatismo futbolístico su galardón. En este caso, por la foto donde un participante de las guarimbas venezolanas del 2017 es envuelto por las llamas de su imprudencia. La reseña de este premio en un periódico catalán dice: se cumple con la famosa frase de Robert Capa: “Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es porque no te has acercado lo suficiente”.

Un horror por donde se lo vea
“El manifestante venezolano en llamas” Tomada por Ronaldo Schemidt. https://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2018

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Tal vez sea así, no soy experto en ese arte. Me interesan más los hechos sociales que los valores de su registro documental, pero lo entiendo. Sin embargo, aún tengo impresa en mis retinas aquella otra imagen, captada por un aficionado anónimo, y celosamente ocultada por los medios, entre ellos la propia AFP. Era un joven negro desnudo que corría convertido en antorcha. Va seguido por manifestantes que celebran enardecidos el linchamiento y lo golpean. Altamira se convirtió en Charlottesville. Y escuché luego a una líder opositora, también supremacista, hablar de la inevitabilidad de la muerte. Es justo separar a los ciudadanos de las perversiones de sus líderes, porque aceptar eso como inevitable, los une a los linchadores.

jmrodriguez J.M. Rodríguez

 

Buen Abad: Estética de lo macabro… un horror por donde se lo vea

Un horror por donde se lo vea
“El manifestante venezolano en llamas” (entre las imágenes nominadas al premio World Press Photo) Tomada por Ronaldo Schemidt. https://www.worldpressphoto.org/collection/photo/2018

 

Por: Fernando Buen Abad

¿Alguien cree que esta persona fue incendiada por la “dictadura de Maduro”? Así como la ven, la persona incendiada es José Víctor Salazar, tenía 28 años. Ocurrió el 3 de mayo 2017 en las condiciones que el propio fotógrafo Ronaldo Schemidt de France Press relata[1] y que el gobierno venezolano explicó con detalle[2]. Un horror por donde se lo vea[3]. Tan horrible como la manipulación mediática que conlleva la exhibición de un “resultado” sin explicar sus causas. A este hombre lo quemó la derecha pagada por USA. ¿Increíble?

Hacer del horror un “espectáculo”, con premios y aplausos, es otra de las perversiones inicuas de la ideología dominante. Todo sirve al regodeo de lo macabro convertido en didáctica disciplinadora. Se borran los márgenes de la obscenidad, el dolor es un condimento del relato burgués y se barniza con espectacularidad los más ofensivos ejemplos de la crueldad y la humillación. Levantarán sus copas de champaña.

Esta fotografía es signo de un crimen en proceso que no se reduce al incidente ígneo. Muchos meses y años de ofensiva imperial detrás de ese fuego, explican cómo se llegó a esto. Son las llamas del “golpismo” financiado por el imperio yanqui. Es el fuego de la maldad que quiere el petróleo venezolano y sus recursos naturales. La paradoja cruel es ser incendiado por un derivado del petróleo que quieren robarle al pueblo venezolano. Es la viva imagen de lo que el imperio sueña contra la humanidad que estorbe a los fines del saqueo y la explotación de la mano de obra. Es signo del capitalismo incinerando a la humanidad. La barbarie ardiente.

¿Representa a todos los incinerados por la derecha venezolana (y sus terroristas asalariados) ésta víctima?[4] ¿Es uno y todos al mismo tiempo? Si y no. Ni las razones ni el método de las protestas “guarimberas” tienen lógica democrática ni beneficio popular. Condensan todas las aberraciones de una iniciativa terrorista que ha supuesto todo el tiempo que la del golpe de estado es la única posible para hacerse con el poder. Pero todo les ha fallado siempre porque esa derecha jamás ha podido concebir un proyecto de país cuando lo único que les importa es un proyecto de negocios. Es el síndrome del empresario que sueña con el gobierno y cree que “hace un bien”. Sólo que estos recurrieron a paramilitares terroristas. La historia los ha desnudado ente el pueblo venezolano que respondió con victorias electorales contra la derecha, una tras otra.

Nada de eso se ve en la foto. Esos son los limites de un discurso gráfico preñado de ambigüedad mercantil y oportunismo “informativo”. Esa fotografía no hace honor a la historia de aquella tradición fotográfica que ha sabido ponerse al lado de la emancipación y humana y de su dignidad. Es una fotografía hija del azar y del lugar que consiguió el fotógrafo al lado de los terroristas, donde abundaban cámaras serviles a la calumnia y a una de las ofensivas mediáticas más descomunales que se conozcan.

El autor de esta fotografía debería renunciar a cualquier premio. Por su bien y por la profesión de los fotógrafos que no quieren convertir en héroes a terroristas (“manifestantes” les llama la prensa oligarca) financiados por USA. Debería rechazar ese premio que premia la nada misma, premia el accidente de la impericia y la irracionalidad de la violencia asalariada. Debería decirle no a un circo de premiaciones cuya base vender morbo fotográfico para “espantar al burgués”. Después de todo ese foto-periodista ha de entender bien qué papel juega el medio para el que trabaja en la tarea de incentivar injerencias y golpismos en todo el mundo. Debe saber que a eso se prestan, también, muchas de las premiaciones que no son más que máquinas de guerra ideológica.

Otra fotografía es posible y es necesaria. Contra el efectismo amarillista y el fetichismo mercantil de la imagen “oportunista”, hace falta la fotografía que “revele” las fuerzas en lucha contra el imperio del dinero y la subordinación de las personas. Hace falta una catarata de imágenes emancipadas y emancipadoras cuya fuerza radique en ser correa de trasmisión en el “motor de la historia”, que es la lucha de los pueblos por su libertad, por su dignidad y por su felicidad. Eso no aparece en la fotografía de Schemidt aunque debería porque, a pocos metros de donde la tomó, había un pueblo repudiando al terrorismo golpista que poco después votó por una Asamblea Nacional Constituyente que pacificó al país en unas horas. Mientras tanto, la “fotografía” de los 9 millones de votantes venezolanos el 30 de julio por la ANC y contra el terrorismo, nunca será premiada. ¿Cuál es el verdadero premio?

[1] http://www.abc.es/cultura/arte/abci-hombre-llamas-venezuela-increible-historia-ronaldo-schemidt-201802151039_noticia.html

[2] https://www.youtube.com/watch?v=1QvFJNKE_dI&feature=youtu.be

[3] http://www.el-nacional.com/noticias/protestas/manifestante-quedo-envuelto-llamas-luego-una-explosion-altamira_180399

[4] http://minci.gob.ve/wp-content/uploads/2017/06/Victimas-fatales-de-la-violencia-pol%C3%ADtica-en-Venezuela.pdf

FernandoBuenAbad.gif  Dr. Fernando Buen Abad Domínguez / Director del Instituto de Cultura y Comunicación / Universidad Nacional de Lanús

Cuando la posverdad no ayuda sino que ciega

Por: Alberto Aranguibel B.


“Una imagen dice más que mil palabras”
Kurt Tucholsky

Nada pudo haber sido más inoportuno y contraproducente para la banda terrorista caída en combate contra las fuerzas de seguridad del Estado venezolano la semana pasada, que la difusión desde el celular de su cabecilla de una serie de videos “falso-en-vivo” (como se les conoce en el argot televisivo a las emisiones que se transmiten en diferido pero haciéndole creer a la audiencia que salen al aire en directo) que pretendían mostrarle al mundo lo que estaba sucediendo en los predios de su guarida en El Junquito.

Para todo el que posea un celular de la llamada generación de “smartphones” o teléfonos inteligentes, es perfectamente claro que lo que estaba mostrando el terrorista en las cuatro ocasiones en que difundió aquellos pequeños videos a través de las redes sociales, no eran emisiones en vivo sino grabaciones que le llegaban a la gente bajo el formato de “archivo adjunto” y no como transmisión en continuo o por secuencias, universalmente conocida como “streaming”, es decir, bajo el formato específico de aplicaciones como Periscope, Fecebook Live, Youtube, Facetime, o cualquier otra con tal función.

Este significativo hecho es factor determinante en todo lo que desde ese momento ha inundado no solo a las redes sociales en el país y más allá de sus fronteras, sino a las salas de redacción de los medios de comunicación privados, tanto nacionales como internacionales, que con tanto furor y frenesí tratan de capitalizar los acontecimientos ahí sucedidos como el detonante definitivo de la tan ansiada por ellos caída de la Revolución Bolivariana.

¿Por qué el terrorista, perfecto conocedor de la diferencia entre una grabación y una transmisión en vivo, escogía el formato de la grabación que muy bien podía hacer en directo, si la situación por la que atravesaba era tan apremiante que todo segundo era decisivo? Pues porque su intención no era mostrar lo que sucedía sino manipularlo.

Si algo amenaza hoy la sobrevivencia misma de la sociedad es el proceso de extinción de la objetividad como base de la ética. Algo que avanza cada vez con mayor fuerza en las sociedades mediatizadas de nuestro tiempo, debido fundamentalmente al secuestro del que han sido objeto los medios de comunicación y las redes sociales por parte de las grandes corporaciones al servicio de los intereses del gran capital y al cercenamiento de las posibilidades del ciudadano común a acceder a la verdadera realidad del conocimiento y del universo que le rodea.

El imperio norteamericano, empeñado como está en la dominación arbitraria y antojadiza del planeta, conoce a la perfección esa infinita verdad del poder de los medios de comunicación sobre las masas, y en razón de ello ha trazado su perversa estrategia de manipulación intensiva a través del contenido mediático que es capaz de producir para lograr la desmovilización y la sumisa alienación de los pueblos.

Las redes sociales forman parte de ese entramado de medios que las grandes corporaciones de la comunicación ponen al servicio de esa lógica de la dominación. Los actores políticos del mundo capitalista, alienados como están a ese modelo imperialista de libertad y de democracia que EEUU pretende imponer a costa de lo que sea, simplemente siguen un formato preestablecido en el cual las reglas, los códigos y las simbologías, son invariables e inamovibles.

Solo que en el caso de estas nuevas tecnologías de la comunicación esos códigos y esas simbologías no son manejadas ya de manera exclusiva por el dueño todo poderoso de las grandes corporaciones mediáticas, el imperio, sino por cada uno de los portadores del terminal personal de esa gigantesca red, el celular inteligente, que “postean” a su buen saber y entender (y sin necesidad de haber cursado una carrera universitaria especializada en comunicación) lo que según su particular criterio es lo que tiene que difundirse al mundo, así como la manera en que, de acuerdo a lo que piense cada quien, debe o puede decirse.

Es exactamente de ahí, de la naturaleza arbitraria de la génesis de las informaciones que dan cuenta de la realidad hoy en día a partir de imprecisiones, tergiversaciones, distorsiones o manipulaciones, de donde surge el término “posverdad”, no referido ya a la verdad fabricada por los dueños de los medios de comunicación, sino a la que surge de la amalgama de todas esas “verdades” colocadas (“posted”, en inglés) a su buen saber y entender por los usuarios de las redes sociales según su estado de ánimo o creencias particulares.

La subjetividad es entonces un elemento esencial en la lectura que el antichavismo (nacional e internacional) le ha dado a los videos de los terroristas de El Junquito. Desde su óptica pro imperialista, alienada y servil, la derecha encuentra en esos videos una luz de revelación divina porque sicológicamente están habituados a que “todo aquello que diga o haga un antichavista” será siempre santa palabra.

Pero las irrefutables imágenes de los videos decían exactamente todo lo contrario de lo que el terrorista trataba de hacer ver en su burdo y muy torpe intento de manipulación de la realidad. De ahí el error de transmitir imágenes y no audios o simples textos.

Los videos dicen con la más perfecta claridad que jamás hubo ni siquiera un mínimo intento de rendición en la refriega. Apertrechados como estaban; enfundados en gruesos chalecos antibalas; protegidos férreamente con cascos militares y empleando armamento sofisticado de alto poder, como se ve en todos esos videos, no hay posibilidad alguna de que ningún funcionario entendiera, en medio de la lluvia de balas que recibían desde la guarida, el símbolo universal de la rendición, como lo es la bandera blanca y las manos en alto que señalan los tratados internacionales, empezando por el Acuerdo de Ginebra.

Dicen esos videos que hubo en ese tugurio de insurrectos la irracional subestima que todo opositor tiene contra el chavismo en general. Creyeron que no iban a ser capaces de atraparlos porque en su petulante imaginario se asumen superiores a todo cuanto tenga que ver con la Revolución Bolivariana.

De ahí la tragedia opositora de verse en la obligación de considerar “héroes” a matones y drogadictos sin esperanzas. De naufragar siempre en el fracaso sin liderazgo ni capacidad de conducción, teniendo que conformarse con esperpentos intelectuales de la más baja estofa, como sus Venesas Senior, sus Robert Alonsos, sus Luis Chataing, y sus Jaime Bailys, como sus “próceres”.

Lo que quiso hacer el malhadado terrorista transmitiendo videos meticulosamente calculados y seleccionados, fue peor que si no hubiera hecho nada. La sola duda que habría surgido acerca de cómo habría sido el desenlace final de esos acontecimientos si no hubieran existidos esos videos, le habría servido mucho más, incluso en las filas del chavismo que de no haberlos visto habría podido ser presa fácil en la campaña de la derecha internacional que hoy, siguiendo el formato de la manipulación mediática pro imperialista, pretende vender a los criminales como benefactores y a los redentores como malhechores.

Fue él, el propio terrorista, quien embarró lo que hacía cuando en vez de transmitir en forma continua decidió grabar y escoger las tomas que transmitiría. La excusa de la falta de batería es hoy ridícula y hasta insolente, cuando el mundo entero sabe que los teléfonos siguen funcionando si se mantienen conectados a la toma eléctrica en cualquier enchufe. Era su covacha. Por supuesto que tenía dónde enchufar el celular.

Ni qué hablar de la estupidez de la supuesta falta de megas; un celular financiado por el Departamento de Estado norteamericano no tiene jamás problema de megas.

Pero no. Dejar la toma continua habría significado que se entregaba al juicio de la opinión pública a través de un discurso que no era el suyo sino el de la verdad. Y la verdad para la oposición es la peor afrenta.

La verdad habría impedido la interpretación acomodaticia de una derecha que cree en lo que le da la gana y en más nada.

Que cree en democracia buena y democracia mala; en ciudadanos con derechos políticos y en plebe sin importancia; en violencia digna y violencia inaceptable; en terrorismo heroico y en terrorismo chavista.

Como dicen las Sagradas Escrituras; No hay peor ciego que el que no quiere ver.

Su ceguera nos duele, porque de ella surgen el hambre y el padecimiento del pueblo que no encuentra hoy cómo comprar sus alimentos ni sus medicinas.

Como venezolanos, nos mueve la angustia porque algún día esos desolados seguidores de la derecha abran los ojos y dejen de ver heroicidades en tantas estupideces.

@SoyAranguibel

Gobierno español echa gasolina a la situación venezolana en vez de favorecer el diálogo

Diputado catalán Joan Tardá preguntó al canciller español:

El diputado Catalán Joan Tardá, de Esquerra Republicana de Catalunya, encaró hoy con varias preguntas “incómodas” sobre Venezuela, al canciller español, Alfonso Dastis durante su comparecencia ante la Comisión de Asuntos Exteriores del congreso de ese país, la tarde de este lunes.

Tardá comenzó preguntándole al jefe de la diplomacia española que cuál era el beneficio para el estado español “el hecho de que en vez de fomentar el diálogo en Venezuela, (el gobierno de Mariano Rajoy) se haya dedicado a echar gasolina a un problema que existe en la sociedad venezolana, como los hay en buena parte del mundo”.

Así mismo Tardá inquirió al jefe de la diplomacia ibérica de por qué reclaman sanciones
económicas contra Venezuela, “se creen que esto es ayudar al pueblo de Venezuela y a sus ciudadanos, al margen de su ideario político.”

Como se recordará el gobierno español del PP ha encabezado una ofensiva ante la Unión Europea para pedir sanciones contra Venezuela, al tiempo que ha brindado un apoyo sobredimensionado a los partidos de la ultraderecha autores intelectuales y materiales de los sucesos violentos de calle que dejaron este año, 100 muertos y más de 600 heridos.

Tardá se refirió al último suceso que involucra al partido Voluntad Popular, relacionado con la confiscación de 200 millones de bolívares en efectivo, en una camioneta propiedad de la esposa de Leopoldo López, Lilian Tintori, y por lo cual ha sido imputada para que explique el origen y destino de dichos fondos.

“¿Cómo se explica que un embajador fuese enviado a acompañar a salir del país a la ciudadana Lilian Tintori, una persona que está citada por los tribunales venezolanos?. Es evidente que no se puede condenar a un gobierno porque no la dejen salir si ha sido citada por los tribunales, ¿o acaso esto es distinto en el estado español?

“Lo pregunto por esa doble vara de medir, ¿por qué tanta hipocresía?, ¿acaso ustedes conocen los procedimientos habituales aquí y allí, respecto al funcionamiento de la justicia. Ustedes no están firmando un cheque en blanco para la impunidad?”, inquirió el diputado.

“Independientemente de que a esta persona se le encontrara una gran cantidad de dinero, por cierto en cajas precintadas, dinero que todavía no tenía su curso, atendiendo al problema que ustedes saben que existe en Venezuela de la falta de dinero circulante, ¿acaso la justicia no tiene que actuar en Venezuela? ¿Por qué no dicen la verdad; que incluso algunos partidos de la oposición que fomentaron la violencia ya están preparándose para elecciones próximas a gobernadores?”

Finalmente Tardá reclamó al canciller español “en qué beneficia a la democracia española, el estar saboteando, dinamitando a un estado democrático, que tiene problemas, supongo que no es un paraíso, ¿acaso lo es el estado español?, ¿acaso en el mundo no hay estados que vulneran de forma sistemática los derechos humanos y además lo hacen desde hace muchos años, que no son sociedades democráticas como lo es Venezuela?.”

Fuente: Correo del Orinoco

Marcelo Colussi: “Venezuela: no creer ni el 1% de lo que se dice”

Por: Marcelo Colussi

En Venezuela no hay una narco-dictadura. En Venezuela no hay una dictadura castro-comunista. ¡En Venezuela hay mucho petróleo! Así de simple. Esa es la clave para entender lo que está sucediendo en el país caribeño. Y hay un proceso nacionalista que desde hace años creó un proyecto alternativo, con proyección socialista, que tiene enloquecidos a la derecha nacional y, fundamentalmente, a los grandes capitales globales, estadounidenses en principio, que ven perder un gran negocio (el petrolero ante todo, junto a otros no menos lucrativos, como el hierro, nuevos minerales estratégicos (coltán, bauxita), el gas, el agua dulce, la biodiversidad de la selva amazónica).

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La 1ra. reserva mundial de petróleo
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El Arco Minero venezolano

¿Y qué está sucediendo? Una terrible guerra psicológica y mediática que intenta preparar las condiciones para una posible intervención extranjera (Operación Venezuela Freedom-2 / https://kenzocaspi.wordpress.com/2017/04/05/el-plan-de-eeuu-para-intervenir-a-venezuela-documento-de-comando-sur-operacion-venezuela-freedom-2/), militar probablemente, disfrazada de “operación para rescatar la libertad y la democracia perdidas”.

La idea pertinaz, repetida enfermizamente hasta el cansancio, es que en Venezuela tiene lugar hoy una feroz dictadura que hambrea a su población y la reprime brutalmente. Eso se complementa con la imagen de un país en crisis, al borde de la guerra civil, ingobernable. En otros términos: todo aquello que para la visión de Washington constituye un “Estado fallido”, y que, por tanto, clama por la intervención extranjera para salir de la crisis.

Recientemente, los días 12, 13 y 14 de junio, tuvo lugar en Caracas el Primer Foro Internacional “Violencia y Operaciones Psicológicas en Venezuela”, donde se debatió acerca de la guerra particular a la que está siendo sometida la nación, buscando las alternativas del caso. Definitivamente, la realidad no tiene nada que ver, ¡en modo alguno!, con la imagen virtual que se ha ido construyendo del país, y que es la que recorre el mundo. Imagen, por cierto, que va quedando fijada como la única realidad de la patria de Bolívar. Por eso mismo, como dice el título del presente escrito: ¡no creer ni el 1% de lo que se dice!

Sin dudas, no es posible afirmar que Venezuela está en paz, que sigue su vida cotidiana normal libre de inconvenientes. Por el contrario, se la ha llevado a un clima de zozobra inusual. La vida cotidiana del ciudadano venezolano término medio se está viendo afectada, golpeada, enrarecida. El miedo y la desconfianza del otro se han instalado, junto a una situación de incomodidad creciente en la resolución del aprovisionamiento básico.

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Encapuchados opositores aterrorizan a la sociedad venezolana

Pero a ello se suma, desde inicios del mes de abril, una provocación con características de operaciones bélicas de baja intensidad. En realidad, no son muchas las personas involucradas en esos actos de desestabilización, pero sí suficientes para provocar la angustia social, el pánico a veces, la incertidumbre. Jóvenes, generalmente provenientes de los sectores más humildes y pagados como mercenarios (a veces pagados con drogas), según las informaciones disponibles: preparados militarmente en Colombia en técnicas de “guerra callejera”, están llevando a diario acciones de disturbios en distintas ciudades del país. Montaje de barricadas, cobro de impuesto de circulación a los ciudadanos que deambulan por allí, quema de dependencias gubernamentales, ataques contra las fuerzas de seguridad bolivarianas, agresiones contra puntos sensibles como hospitales, guarderías infantiles, en todos los casos apoyados por francotiradores debidamente apostados, estas acciones vienen cobrando un promedio de no menos de un muerto diario desde hace ya más de dos meses.

Con todo ello se crea un clima de inseguridad y caos que termina por “enloquecer” a los habitante, básicamente, en los sectores no chavistas, difundiéndose rumores atemorizantes, siempre en clave de violencia, de lógica de guerra. Pero sirven para “enloquecer” también a la sociedad en su conjunto.

Está claro que esta bien pensada y elaborada guerra psicológica tiene como objetivo final abonar para un clima de desasosiego total que pueda terminar llevando a una guerra civil. La zozobra generalizada ya se está logrando. Si las muertes diarias y las agresiones vandálicas continúan, la matriz mediática se encargará de mostrar eso como el caos más mayúsculo de la historia, que obliga a intervenciones externas que puedan garantizar la más.

Lo repetimos con la mayor y enérgica contundencia: ¡¡no se debe creer ni el 1% de lo que los medios masivos de comunicación propalan sobre Venezuela!!

El desabastecimiento, el mercado negro, la crisis financiera, las muertes cotidianas, el temor inducido de la población, el clima paranoico con el que se vive dividiendo el país en forma visceral entre chavistas (“malos”) y antichavistas (“buenos”) es una monstruosa campaña mediático-psicológica orquestada por quienes ansían no perder sus negocios ni su cuota de poder.

Masacre
Terroristas opositores linchan a efectivo de la Guardia Nacional Bolivariana

Es imprescindible dejar claro por todos los medios posibles que en Venezuela ¡¡no existe el caos que se quiere presentar!! En Venezuela se ha inducido una enfermiza, “loca” polarización que puede servir para justificar el robo de sus recursos, tal como se hizo en otros países: Libia, Irak, Afganistán. En Venezuela no hay dictadura; ¿cuándo un gobierno dictatorial permitiría ser insultado en la cara por la oposición sin reaccionar? ¡¡En Venezuela hay cuantiosos recursos naturales que la voracidad capitalista de grandes empresas no quiere perder!! Y para ello apela a esta guerra psicológico-mediática que está volviendo locos a los venezolanos, enfrentándolos y desquiciándolos.

Una prensa veraz, seria y profesional debe denunciar enfáticamente estas calumnias.

marcelo_corlussi2 Marcelo Colussi

 

La falacia de la guerra responsable

Por: Alberto Aranguibel B.

En la historia de los ejércitos el uniforme no nace como fórmula para el establecimiento del orden jerárquico o el régimen disciplinario, sino como una necesidad de identificación clara de los integrantes de las fuerzas de distinto signo o territorio.

Por naturaleza propia el ser humano no es propenso a la violencia contra el otro salvo por razones de instintiva sobrevivencia. La violencia en la sociedad surge de la avaricia y la voracidad de los poderosos, los terratenientes o señores feudales, cuyo poderío se erigió precisamente a partir de la sed por la dominación territorial y de sus riquezas.

De ahí que los ejércitos no se concibieran inicialmente como fuerzas defensivas al servicio de la sociedad sino como medio para la ejecución del control y sometimiento de los pueblos por parte de los poderosos.

En ello, la persuasión (el temor a la autoridad de la fuerza armada) debía jugar un papel determinante, porque permitiría ejercer esa dominación sin necesidad de recurrir en una primera instancia a la violencia sobre la gente.

Pero una vez desatada la conflagración, saber con la mayor exactitud a cuál bando pertenecía cada quien en medio de las hostilidades, era definitivamente indispensable. Se trataba de la posibilidad de visualización clara de una masa coherente que pudiera ser cuantificada y movilizada con relativo orden y control desde los puestos de mando.

El uniforme vino a ser, entonces, en esencia, un medio de diferenciación entre civiles y militares.

Por eso se les llama “civiles” a las guerras entre los ciudadanos de una nación que terminan confrontándose mutuamente mediante la violencia para solventar sus diferencias de tipo político o ideológico, a pesar de que por su crudeza, crueldad y naturaleza anárquica, la civilidad sea lo que menos se consiga en tales guerras.

Precisamente por no obedecer a régimen disciplinario alguno, la guerra civil es la más cruenta y espantosa de cuantas puedan concebir las mentes guiadas por la sed de violencia.

Ciertamente la regulación de las guerras es quizás el absurdo más elaborado del género humano. Intentar darle un sentido de responsabilidad a la barbarie en vez de suprimirla es la declaración de la incompetencia suprema de la sociedad para evitar el infierno al cual sus mismos  integrantes la arrojan por no saber dirimir sus diferencias en paz.

Sin embargo, lo que conocemos hoy como el Derecho Internacional Humanitario, surgido como respuesta de las naciones a la crueldad de las guerras (tanto nacionales como internacionales), y que tiene su precedente más emblemático en el Tratado de Regularización de la Guerra firmado entre la Gran Colombia y el Reino de España por el Libertador Simón Bolívar y el Capitán Pablo Morillo, en 1820, viene a ser de alguna manera una fórmula de contención de los niveles de crueldad que podría alcanzar hoy el mundo en virtud de los avances tecnológicos de los que dispone la industria armamentista.

Pero son muchos los que difieren del verdadero espíritu de buena fe de las potencias que impulsaron en sus orígenes ese importante acuerdo común para la mayoría de las naciones, y que se resume en los llamados Acuerdos de Ginebra que desde 1949 son la referencia fundamental del derecho internacional en el mundo.

El principio humanista de la asistencia a los enfermos o heridos, del respeto y tratamiento adecuado a los que estén fuera de combate o que hubieran depuesto sus armas,  pareciera no ser lo único que mueve los intereses de los más poderosos alrededor del Derecho Internacional Humanitario.

En dichas confrontaciones los civiles que mueren por efecto de las bombas en escuelas y hospitales suelen ser el número más elevado de víctimas que no alcanzan a ser protegidas jamás por las Leyes. A ellas se les asigna la siniestra categoría de “daño colateral”.

Estados Unidos, por ejemplo, apela siempre al carácter supuestamente multidisciplinario de sus Fuerzas Armadas para llevar a cabo los más fastuosos despliegues militares cuando se le requiere en auxilio cualquier tipo de ayuda humanitaria desde cualquier parte del mundo, lo que conlleva una grave amenaza a la soberanía de las naciones, toda vez que por lo general se convierte dicha asistencia no en una operación de apoyo sino en una ocupación militar de territorio extranjero que de humanitaria no tiene sino el nombre.

Pero las guerras civiles, aún siendo guerras internas de los países, suelen ser también susceptibles de esa invasión a la soberanía, precisamente porque su razón de ser no es la de la lucha entre ejércitos de distintas nacionalidades, sino de sectores con posiciones ideológicas o políticas contrapuestas, por lo cual es normalmente aceptada la intervención en ellas de combatientes extranjeros identificados con uno u otro bando.

En Venezuela estamos hoy a las puertas de una guerra civil signada por la irresponsabilidad de quienes han promovido la insensatez del odio como instrumento de movilización política, con visos claros de un fascismo embrionario inoculado a la sociedad de manera sistemática, fríamente calculado para desatar una guerra no de pueblo contra ejército sino de pueblo contra pueblo.

La rectitud del Presidente Nicolás Maduro Moros en hacer valer el más riguroso respeto a los derechos humanos en el uso de la fuerza pública para contener las manifestaciones violentas, ha impedido que la oposición pueda sustentar ante organismos internacionales sus infundadas acusaciones de tiranía contra el gobierno, lo cual ha evitado la pretendida injerencia extranjera en nuestro territorio.

La estrategia de enfrentar pueblo contra pueblo (que queda perfectamente evidenciada en la persistencia en el llamado de los grupos violentos a la Guardia Nacional Bolivariana a desobedecer a la superioridad y abandonar así su función de orden público, a la vez que se ensaña en la persecución y procura de linchamiento de todo aquel que sea o parezca militante del chavismo) tiene el único propósito de propiciar el ingreso al país de fuerzas mercenarias que por lo general financia y están al servicio del Departamento de Estado del gobierno norteamericano o forman parte de las Autodefensas Unidas de Colombia (pero que no son de ninguna manera ejércitos regulares de nacionalidad alguna) con las cuales puedan invertir de alguna manera la correlación de fuerzas que hoy los tiene en desventaja frente al poder del Estado.

El deseo expreso de esa oposición terrorista es que el mundo perciba una realidad de guerra civil entre venezolanos, y que la frontera, en particular el Estado Táchira, donde concentra su accionar en la forma más intensiva, sea la puerta de acceso expedita para el ingreso de contingentes de vehículos 4×4 artillados, con decenas de mercenarios masacrando sin miramiento ni conmiseración a cuanto ser viviente se les atraviese en el camino, y que nos resultan tan familiares a través de las imágenes que desde hace más de una década vimos siempre en las noticias sobre Irak, Libia y ahora sobre Siria, bajo la simple denominación de “resistencia”.

Es así como se explica la inaudita desfachatez en el accionar de la dirigencia opositora que, sin importarle en ningún caso las decenas de cámaras que captan a cada instante tal atrocidad, aparece arengando y felicitando en todas las protestas a los grupos terroristas que atentan de manera indiscriminada contra instalaciones públicas (particularmente hospitales y escuelas) y contra la vida misma de las personas.

La orden ha sido dada. La señora Liliana Ayalde, jefa civil del Comando Sur estratégico de los EEUU, la ha impartido desde que se produjera su nombramiento en ese cargo en febrero de este año, fecha en que “muy casualmente” el Secretario General de la OEA, habiendo sido derrotado ya un año antes en ese mismo organismo en su pretensión injerencista contra nuestro país, retoma sus ataques contra Venezuela y la oposición venezolana activa sin justificación alguna su fase más irracional y violenta.

Solo le faltó anotar en su fallida ecuación la indoblegable gallardía del pueblo de Simón Bolívar, que atravesó miles de kilómetros de penurias liberando naciones en todo el Continente Suramericano, y que hoy emprende junto a su presidente Nicolás Maduro el venturoso sendero de la definitiva independencia de la Patria, bajo el signo de la Asamblea Nacional Constituyente como paso fundamental y decisivo para la consolidación del modelo de justicia e igualdad social que nos legó el Comandante Hugo Chávez Frías.

Por eso… ¡No pasarán!

@SoyAranguibel

 

El efímero botín de los inconscientes

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela hay una guerra. Pero no una en la que se confronten visiones económicas o posiciones ideológicas, sino una en la que la sociedad toda se enfrenta a mercenarios asalariados que engañan, aterran y someten a la gente.

Quienes desde el ámbito de la historia argumentan la supuesta falsedad de la leyenda que atribuye a los conquistadores el engaño al que habrían sometido a los indígenas de lo que ellos llamaron el “nuevo mundo” entregándoles espejos y baratijas a cambio de oro, justifican de manera inmoral el saqueo del que fue objeto nuestro continente con la genocida invasión de la corona española.

A través del tiempo se ha corroborado el inequívoco carácter codicioso de los imperios, que precisamente en su afán expansionista expresan su supremo interés por las riquezas que persiguen, sin importarles en lo más mínimo los padecimientos que con la destrucción y los estragos que dejan a su paso le ocasionan al ser humano y a la naturaleza misma.

La compra de la sumisión y el entreguismo de los pueblos ha sido una constante de impudicia en la conducta imperialista de los sectores poderosos, que usan la fuerza de sus capitales ya no solamente como medio al servicio de la supremacía y la dominación sino como instrumento para la ignominia y el sometimiento más inmisericorde de los pobres y desvalidos de la sociedad.

El saqueo del oro amerindio con el cual Europa salió de su condición medieval para ingresar a la era de la modernidad, no fue sino una operación financiera al mejor estilo capitalista, definida por exactamente los mismos parámetros del libre mercado que rigen  para la sociedad neoliberal actual.

Para el imperio norteamericano, la tierra se divide en dos únicos territorios; el de los Estados Unidos, centro de la cultura capitalista donde reinarían la libertad y la democracia, y el resto del planeta, fuente inagotable de recursos y riquezas por controlar, cuyos regímenes de gobierno son, según su particular óptica, de una u otra manera inconvenientes o contrarios a los sagrados intereses del imperio.

Esa otra parte del planeta más allá del suelo estadounidense, es la que pretende someter bajo el rigor infernal de las armas, o bajo la perversa dictadura del capital.

La compra de conciencias que desde milenios ha padecido la humanidad por disposición de los poderosos, es la modalidad de primer orden a la que recurre el imperio para derribar las barreras de soberanía que erigen los pueblos del mundo. El dinero que en ello se gasta es asumido siempre por el gran hegemón del norte como una simple inversión. Una transacción financiera en la que se adquiere a bajo precio lo que en realidad es infinitamente más costoso, como la dignidad de los pueblos, y donde la mercancía ya no son bienes o productos transables sino seres humanos de carne y hueso que servirán de quinta columnas asalariados para alcanzar el preciado botín de las riquezas que persiguen en cada nación del mundo.

La base ideológica de esa modalidad de contratación de vende patrias, es la pérfida máxima capitalista según la cual “todo el mundo tiene su precio”. La misma que sustentó el despojo ideado por Cristóbal Colón contra nuestros ancestros. Con la sola diferencia de que los pueblos originarios de este Continente no estaban movidos por la codicia que hoy perturba el alma y la mente de la sociedad de consumo en la que nos ha convertido ese mismo imperio que hoy pretende saquear nuestras riquezas y adueñarse de nuestros recursos y de nuestra economía toda, sublevando a la gente del barrio mediante pagos que se tabulan según el nivel del crimen que cada asalariado esté dispuesto a cometer en la guerra terrorista contra el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro.

Una codicia que envilece sin distingo de raza, credo o condición social ni política, amenazando más que ningún otro factor de agresión la soberanía de las naciones del mundo, y que hoy atenta contra el humanista proyecto bolivariano emprendido por el Comandante Chávez hace casi dos décadas, al convertir a un número importante de la gente del pueblo en carne de cañón para los planes de la entrega de nuestro país al imperio a cambio de un efímero puñado de dólares, que por lo general se difumina con la misma velocidad con la que se consume la droga que les entregan sus mismos contratistas como parte del costoso kid de guerra con el que los dota.

Quienes salen hoy del barrio a incendiar y destruir todo a su paso, incluyendo hospitales materno infantiles y preescolares, atentando sin miramiento ni conmiseración alguna contra la vida de las personas, funcionarios o no del Estado, no lo hacen por convicción política alguna. Su propuesta no es la de alcanzar el bienestar mediante el derrocamiento de un gobierno para abrirle paso a otro de signo contrario.

La anarquía que promueve el capital en pos de la extinción del Estado como instancia de control y regulación de la economía, no procura la politización de la sociedad en modo alguno. La sola idea es incongruente. Por eso quienes orientan las acciones desestabilizadoras en Venezuela no son los líderes de la oposición. Su papel en la guerra contrarrevolucionaria es el de simple fechada referencial, que si asisten a las movilizaciones de calle del antichavismo bien y si no también. Su patético caso es el de los bueyes detrás de la carreta, la mayoría de las veces abucheados o desatendidos por quienes debieran ser sus seguidores naturales.

Lo que promueve el capital entre esos auténticos desclasados en puntos muy contados y precisos del país, en los que efectivamente logran el propósito de aterrorizar y desesperar a la población, es la cultura de la riqueza fácil que sirva al propósito de intentar derrocar al gobierno a la vez de sembrar y expandir el espíritu del neoliberalismo en la sociedad para perpetuar así el antinacionalismo que le es tan indispensable al imperio en nuestro suelo.

Esos desclasados son los que a lo largo de la historia han perturbado el avance sostenido de los procesos revolucionarios, plegándose al enemigo por la ilusión de una fortuna que jamás recibió el pobre de ningún régimen oligarca que ayudara a instaurar con la traición a su clase. La fábula del bienestar por la que optaron aquellos que por inconciencia y falta de amor propio vendieron su patria por unas cuantas monedas de oro, fue siempre tan falsa como falsos han sido los ofrecimientos de redención del pueblo con los cuales el capitalismo ha estructurado el discurso demagógico tras el que oculta su verdadera condición rapaz.

Una simple interrogante que esos engañados que hoy se ponen al servicio de sus enemigos de clase se respondan a sí mismos los salvaría de la tragedia en la que por inconsciencia están sumidos y sumen hoy al resto del país que los repudia…  ¿Qué hay para ellos el día después, en el supuesto negado de lograr su infame cometido?

¿Será posible en un gobierno neoliberal algún mecanismo que le asegure al pobre alimentos a precio justo? ¿Por qué pide entonces la derecha la eliminación de la regulación de los precios de los alimentos?

¿Se le respetará al trabajador su estabilidad laboral y los aumentos salariales que hoy consagra la Constitución? ¿Para qué exige entonces Fedecámaras la derogación de la Ley del Trabajo promulgada por el Comandante Chávez?

¿Habrá dinero suficiente en el país para impulsar el desarrollo de la producción nacional que desde hace más de cien años el capital privado ha impedido? ¿Por qué insisten entonces todos los dirigentes y economistas de la oposición en que hay que eliminar el control cambiario de divisas? El control cambiario no impide traer capitales al país, impide su fuga hacia el exterior. ¿Por qué no los traen, si son ellos quienes se los han llevado fuera del país desde hace décadas como quedó demostrado en la revisión de las cuentas de los bancos suizos, en los bancos de Andorra y en los Papeles de Panamá?

Si responde con sensatez y honestidad todas estas preguntas, la gente pobre que hoy cae presa del engaño al que es sometida por quienes le venden la idea de que con esa guerra participa de alguna lucha heroica, entenderá de inmediato la urgencia de atender el llamado del Presidente Nicolás Maduro a la elección de una Asamblea Nacional Constituyente que abra el camino a la perfección del modelo profundamente humanista que nos trajo el Comandante Chávez y por el cual el país ya estaba enrumbado hasta que la derecha y el Departamento de Estado norteamericano decidieron frustrar ese hermoso sueño de verdadera democracia popular que el pueblo quiere recuperar.

@SoyAranguibel