Historia de mentira

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 11 de mayo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La Guerra Fría no es sino una lucha por la mente de la gente” J. F. Kennedy

El Cementerio Nacional de Arlington, en la capital de los Estados Unidos de Norteamérica, es probablemente el más grande monumento en el mundo a la derrota y al fracaso.

Ubicado en las cercanías del Pentágono, en los que fueran los terrenos del legendario general Lee, jefe del derrotado ejército de los Estados Confederados de América en la guerra de secesión, el cementerio Arlington está reservado en principio a los miembros de las fuerzas armadas de esa nación (aún cuando algunos de los ahí enterrados no lo hayan sido nunca, como el expresidente William Howard Taft quien nunca cumplió servicio militar) en virtud de lo cual la inmensa mayoría de quienes en él reposan tienen en común el sino de la derrota que ha marcado la historia de las guerras del imperio norteamericano a lo largo y ancho del planeta desde hace más de un siglo.

En Arlington se encuentran los restos de los soldados que dejaron sus vidas en las guerras libradas por los Estados Unidos en el mundo, la mayoría de las cuales terminaron en estrepitosos reveses militares si no en abiertos fracasos, como las guerras de Vietnam, Corea, Afganistan e Irak, así como figuras emblemáticas de la historia norteamericana, como el presidente John F. Kennedy (cuya muerte no podrá ser catalogada jamás como un triunfo ni para él ni para los Estados Unidos), los tripulantes de las fallidas misiones de los transbordadores Challenger y Columbia de la NASA, y los desaparecidos en los atentados terroristas contra el avión de Pan Am en Lockerbie, Escocia, y del 11 de septiembre del 2001, en particular el perpetrado contra el Pentágono.

Sin embargo Estados Unidos vende al mundo la imagen de un imperio todo poderoso que cual Atila de la modernidad arrasa a su paso a enemigos de cualquier naturaleza o envergadura, usando en ello incluso el depósito del fracaso que es el cementerio de Arlington, al que convierte por medio de su poder hegemónico cultural en una suerte de gran templo de los dioses de la guerra.

La manipulación de la historia para colocarla a su servicio es inherente a la idea de dominación que mueve a los imperios. En eso Estados Unidos no es la excepción ni en la guerra ni en la paz. Si se acepta el principio de Clausewitz según el cual “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, pudiera ser entonces que la guerra fría sea la política que aparenta a través de los medios ser una guerra.

O por lo menos así lo asume los Estados Unidos desde que los medios de comunicación han venido sustituyendo a los escenarios y los armamentos de guerra por las pantallas de cine y los contenidos mediáticos televisivos con los que el poder hegemónico del capitalismo inunda cada vez más al mundo.

¿Cuál fue en verdad el sentido de una demencial carrera espacial como la librada por Estados Unidos y la Unión Soviética en el marco de la guerra fría si no era el esencialmente propagandístico? Ya desde 1936, con motivo de las fastuosas olimpíadas de Berlín, se dijo siempre lo mismo del deporte cuando todavía su importancia en el ámbito del mercadeo publicitario que tiene hoy en día no era ni medianamente significativa y su justificación estaba relacionada exclusivamente a la necesidad propagandística ya no solo de las grandes potencias sino también de países del tercer mundo, como Cuba entre otros.

A esa impostergable necesidad propagandística se deben las más grandes mentiras que la cultura hegemónica neoliberal le ha vendido al mundo a lo largo del último siglo. La fascinante ilusión del bienestar y la prosperidad infinitas que la gente tendría asegurada en el capitalismo es una de ellas. La otra, la idea del poderío imbatible del imperio norteamericano en todos los ámbitos.

Según esa doctrina de la propaganda como la herramienta para aparentar el triunfo en la guerra a través de los medios, los Estados Unidos no necesita una historia verdadera sino un buen guión y unos buenos actores. Por eso el presidente Barack Obama se esfuerza más en el cálculo meticuloso de la pose de soberbio emperador que debe asumir cuando se declara ahistórico ante el mundo, que lo que debiera esforzarse en estudiar la historia de los pueblos a los que pretende someter bajo su dominio.

Ronald Reagan, uno de los más acérrimos anticomunistas que jamás haya alcanzando la primera magistratura del imperio norteamericano, concibió la Guerra Fría como un escenario en el cual todas las técnicas de la cinematografía, en las cuales él como actor de Hollywood que fue tenía una verdadera ventaja comparativa frente a su par soviético, serían determinantes para colocar la balanza definitivamente a favor de los Estados Unidos. Su famosa “Doctrina Reagan”, que abogaba por el exterminio de todos los gobiernos comunistas del mundo y promovía impúdicamente el surgimiento del yihadismo como arma de baja intensidad para la contención del poderío soviético, ya era evidente varios años antes de ser electo presidente en una entrevista en la que se refería al futuro de la Guerra Fría en estos escuetos términos: «Mi idea de lo que debe ser la política estadounidense en lo que respecta a la Unión Soviética, es simple, y algunos dirán que simplista. Es esta: nosotros ganamos y ellos pierden, ¿qué te parece?»

De ahí en adelante cayeron el bloque soviético y el muro de Berlín, es cierto, así como los gobiernos progresistas que el propio Reagan se empeñó en derrocar (en particular el sandinista, mediante el financiamiento de la contra nicaragüense), pero el famoso poderío del imperio norteamericano comenzó a hacer agua y hasta el día de hoy su hundimiento no se ha detenido, ya no solo en el campo económico sino también en lo político, como lo demuestra el avance en Latinoamérica de un vigoroso bloque antiimperialista que la mediática hegemónica no visualizó oportunamente y que le está significando a los Estados Unidos el más duro golpe contra la realidad que haya tenido en mucho tiempo en virtud ya no solo de su alcance sino de la referencia que esa nueva visión de soberanía está ofreciendo a los pueblos de vocación independentista de todo el planeta.

Con esa inspiración es como ahora puede conmemorarse por todo lo alto un evento de la más relevante significación histórica como lo fue el legítimo triunfo de la Unión Soviética sobre el fascismo, oculto de manera infame desde hace setenta años tras el discurso anticomunista del contenido mediático norteamericano, y en general por la cultura hegemónica pro imperialista del mundo occidental.

Una conmemoración que hace honor a los más de veintisiete millones de soviéticos que dejaron su vida en esa conflagración para salvar a la humanidad del horror del fascismo, y que rescata ese activo tan preciado que comienza a ser hoy la verdad histórica como instrumento de justicia y de igualdad en la lucha por un mundo en el que las naciones puedan ejercer su soberanía y su autodeterminación con entera libertad y sin la presión de los imperios prepotentes que se empeñan en borrar la historia para vender su ilusoria y perversa sociedad neoliberal capitalista.

El empeño de los imperios por sustituir la realidad con la seductora virtualidad capitalista, tiene hoy en la conciencia de los pueblos progresistas y revolucionarios del mundo, el poderoso ariete de la historia que abrirá las puertas al nuevo modelo de comunicación basado en la verdad como un valor sagrado y de verdadera liberación del ser humano, que más temprano que tarde terminará por imponerse.

De ese excepcional proceso mundial de redención del ser humano surgirán los nuevos paradigmas, los nuevos códigos, la nueva simbología y el nuevo lenguaje de la comunicación transformadora que acabará para siempre con la historia de mentira que a través del tiempo inventaron los imperios.

 

@SoyAranguibel

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La verdad de una mentira mil veces dicha

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 27 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La propaganda puede ser aprendida. Debe ser conducida solo por un fino y seguro instinto para percibir los sentimientos siempre cambiantes de la gente”  Joseph Goebbels

Resulta común en cualquier tratado de historia política contemporánea o escuela de comunicación social en el mundo, aseverar categóricamente que la mentira fue el recurso por excelencia utilizado por el doctor Paul Joseph Goebbels, a quien la industria mediática occidental ha presentado por más de siete décadas como el más perverso y despiadado manipulador de masas desde su arribo al cargo de ministro de propaganda del Tercer Reich en la Alemania nazi hasta la caída del régimen en 1945.

Quien fuera considerado como uno de los mejores oradores de todos los tiempos (que pronunciara el famoso discurso “La guerra total” con el que Hitler emprendió la arremetida final de su régimen) ha sido acusado sistemáticamente de ser el autor de una supuesto decálogo cuya máxima filosófica es usualmente resumida en la expresión “Una mentira dicha mil veces se convierte en verdad”.

Lo cierto es que Goebbels jamás escribió ni dijo nada semejante. El origen de la equívoca leyenda se encuentra en un artículo del alto dirigente nazi, publicado el 5 de octubre de 1941 en el periódico Das Reich, en el cual Goebbels sentía un particular orgullo de editorializar semanalmente desde 1940 para promover el ideario nacionalsocialista y responder desde ahí a los embates propagandísticos de los enemigos de la Alemania nazi.

En ese texto, Goebbels, cuya filosofía como profesional de la comunicación era la inconveniencia de “la mentira” como instrumento de convencimiento, se expresaba de las campañas de propaganda que Inglaterra y Rusia orquestaban contra Alemania, de la siguiente manera: “la propaganda inglesa y bolchevique pensó que le había llegado su hora. […] siempre hicieron predicciones falsas. Todavía tienen las agallas de mostrarse ante el mundo como puros e incorruptibles fanáticos de la verdad que se presentan como son, mientras alegan que nosotros abolimos la libertad de expresión, envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad” (subrayado nuestro) (1).

En realidad lo que se conoce como “las leyes de la propaganda” atribuidas al inefable personaje, no es sino el resumen que de manera arbitraria elaborara el profesor emérito de la Universidad de Yale, Leonard W. Doob, a partir de lo que él mismo señala en su libro “Principios de la Propaganda de Goebbels”, publicado en 1950 por la Universidad de Oxford en cooperación con el Instituto Americano para la Investigación de la Opinión Pública, en plena efervescencia de la Guerra Fría, que “se basa en una lectura cuidadosa de documentos escritos y no escritos por Goebbels, que reposan en la librería del Instituto Hoover para el Estudio de la Guerra, la Paz y la Revolución, de la Universidad de Stanford” que “no necesariamente son una relación exacta y verdadera de su personalidad, ni como persona ni como propagandista“. (2) A confesión de parte relevo de pruebas, se dice en derecho.

La “objetividad” de Doob para la apreciación de las ideas de Goebbels queda completamente en entredicho cuando se sabe que dicho profesor norteamericano se desempeñó durante la Segunda Guerra mundial como encargado de la OWI (United States Office of War Information) en Europa, una oficina creada por los Estados Unidos para el trabajo de contrainformación y propaganda cuyo propósito fundamental era precisamente el de operar como una máquina para la producción de materiales que aparentaran ser propaganda nazi para ser distribuidos en Alemania y en el resto de Europa durante todo aquel período. Un verdadero trabajo de guerra sucia llevado a cabo bajo la denominada modalidad de “ataque de bandera falsa” en la cual Doob se convirtió en todo un experto.

En síntesis, tanto el libro de Doob como la obvia subjetividad con la que debe haberse realizado la investigación en la cual se fundamenta, demuestran que el tan difundido manual de propaganda (más parecido a un panfleto anti-nazi que a ninguna otra cosa) jamás fue escrito por Goebbels quien, como hombre sólidamente formado como intelectual y como profesional, es evidente que jamás habría llegado a afirmar la sarta de barbaridades que en ese apócrifo documento se le atribuyen. Fue gracias a la libre interpretación del entonces agente de propaganda norteamericano que la frase del editorial “La materia de la peste” escrito por Goebbels en 1941 ( “… envían mentira tras mentira al mundo, y tanto mienten que ya no sabemos cuál es la verdad”) pasó a ser la infame pero muy conveniente máxima para los intereses políticos de los EEUU “una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad“.

De hecho, Edward Bernays, verdadero inspirador de buena parte del trabajo de Doob en Europa, recogía en su famoso libro “Propaganda” publicado en 1928, mucho antes del ascenso del nacionalsocialismo alemán al poder, su visión de lo que él mismo había practicado desde 1917 en el uso de la propaganda como herramienta para la manipulación de las masas, en su condición de asesor de imagen del Presidente Wilson de los EEUU durante la primera Guerra Mundial, de la siguiente manera: “Fue, por supuesto, el éxito sin precedentes de la propaganda durante la guerra lo que les abrió los ojos  a los más perspicaces en los diferentes campos acerca de las posibilidades de disciplinar a la opinión pública […] La manipulación deliberada e inteligente de los hábitos estructurados y de las opiniones de las masas es un elemento importante en las sociedades democráticas. Aquellos que manipulan este oculto mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder dirigente de nuestro país. Somos gobernados, nuestras mentes están amoldadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas, en gran medida por hombres de los que nunca hemos oído hablar.”(3)

Pero mucho más allá de todo eso, está la intensa actividad llevada a cabo por el magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst, también asesor de Adolph Hitler desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, en la manipulación de las noticias que llegaban tanto a Alemania como a Norteamérica desde Rusia para tratar de contener la expansión del comunismo en Europa, en lo cual Hearst aplicó a la más perfecta cabalidad todas y cada una de las técnicas de guerra sucia que describe el manual que veinte años después Doob redacta y le atribuye maliciosamente a Goebbels.

De todo eso se desprende sin lugar a dudas que no fue Goebbels en modo alguno el creador de los modelos de manipulación de los cuales es acusado por la propaganda occidental. Algo que pone en evidencia al imperio norteamericano y a su poderosa red de corporaciones mediáticas, verdaderos cultores de la mentira, en su propósito de la desmovilización de los pueblos progresistas, soberanos e independientes del mundo.

La suerte (buena o mala, según se aprecie desde un ángulo o de otro) de Goebbels fue que su desempeño como Ministro de Propaganda coincidió en el tiempo con el surgimiento de un fenómeno nunca antes visto en la historia de la humanidad, como lo fue el nacimiento casi simultáneo de los grandes medios de comunicación que hoy la sociedad conoce, como el cine, la radio y la televisión, los cuales utilizó inteligentemente, tal como lo hacen hoy de manera intensiva todos los gobiernos del mundo, no solo con los mismos medios sino también con Internet y las llamadas redes sociales.

Ese lógico aprovechamiento de la comunicación de masas al que se abocara el ministro nazi, generó el desprecio de las potencias que desde entonces se vieron amenazadas con el inmenso poder de convencimiento que Goebbels podía tener usando los medios para decir la verdad que había detrás de las insaciables ambiciones imperialistas y de dominación que esas potencias que él enfrentaba escondían tras su fachada de “libertadores” del mundo.

Hoy, lamentablemente, esa verdad de un modelo imperialista que mediante la manipulación y la mentira pretende rendir a los pueblos del mundo presentándose como redentor de una democracia que en todas partes él mismo violenta, es una realidad absoluta e innegable.

@SoyAranguibel

(1) La materia de la peste, Das Reich, 5 de octubre de 1941.

(2) Goebbels’ Principles of Propaganda, Doob, The Public Opinion Quarterly, Vol. 14, No. 3, (Autumn, 1950), pp. 419-442

(3) http://ia600804.us.archive.org/4/items/Porpaganda/PropagandaedwardBernays1928.pdf

De espaldas al enemigo

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Por: Alberto Aranguibel B.

A ningún británico en su sano juicio se le hubiera ocurrido jamás durante los terribles padecimientos de Inglaterra en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, acusar a su primer ministro Winston Churchill de ser el causante de tales penurias. Menos imaginable aún habría sido algún judío, en medio de las calamidades de los campos de concentración, señalando como responsable de aquellos tormentos a Goldmann, principal líder sionista durante el horrendo período de persecución del pueblo hebreo por los nazis.

De hecho, fue quizás el liderazgo de Churchill para alentar a su gente en esa terrible hora lo que lo catapultó ante la historia universal como el más prominente político de todos los tiempos. La reseña de Wikipedia lo describe así: “Su firme negativa a aceptar la derrota, la rendición o un acuerdo de paz, ayudó a inspirar la resistencia británica, principalmente durante los difíciles primeros años de la guerra, cuando el Reino Unido se quedó solo en su firme oposición a la Alemania nazi. Churchill destacó más que nada por sus discursos y programas de radio, que ayudaron a inspirar al pueblo británico al que lideró como Primer Ministro hasta que fue segura la victoria de los aliados sobre las potencias del eje”.

En medio de la cruenta guerra económica desatada contra nuestro país por las más grandes corporaciones de origen estadounidense en perfecta concertación con el Departamento de Estado norteamericano en su propósito de acabar con el proyecto revolucionario venezolano, al frente de la cual se encuentran la Procter & Gamble, los medios de comunicación privados, y las empresas farmacéuticas, cunde de manera creciente entre la población la manía contranatura de señalar al líder de la revolución como responsable de la crisis que esa guerra genera.

Ineptos “autocriticistas” se empecinaron durante meses en salpicar con su chispita pendenciera el polvorín de la patria. Ahora, cuando su imbecilidad antirreformista enloda todos los espacios de la revolución, aparecen como si nada anunciando reconvención de su idea.

No son líderes de nadie, pero su necia prédica alentó en el pueblo a un absurdo ejército que en medio de la batalla le da la espalda al enemigo para acusar a sus conductores de cuanto horror se atisbe sobre la tierra.

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Publicado en Últimas Noticias el 31 / 05 / 2014