Invasión: El fabuloso videogame de los escuálidos

Por: Alberto Aranguibel B.

“Tropecé de nuevo con la misma piedra”
Julio Iglesias

Ningún otro reconocimiento da por sentado de manera tan categórica el arrasador triunfo que obtendrá el candidato de la revolución bolivariana en la elección presidencial prevista para antes de finalizar el mes de abril en Venezuela, como el desespero de la derecha nacional e internacional porque esa elección no se lleve a cabo.

Un meme en particular, viralizado esta semana en las redes sociales por la oposición, da cuenta de ese desespero, con el llamado que le hacen al jefe del imperio norteamericano para que invada el país cuanto antes, otorgándole por ese medio a los marines una autorización “en nombre de todos los venezolanos” para que ejecuten en nuestro suelo la devastación que tengan a bien esos soldados extranjeros en nombre de la libertad que los escuálidos tanto añoran.

“Presidente Trump; Toda Venezuela lo autoriza para una intervención militar contra el narcorégimen”, dice el candoroso texto opositor, firmado con la consabida etiqueta #SOSvenezuela, más o menos en el mismo tono en el que los presidentes más ultraderechistas del Constinente, Juan Manuel Santos y Mauricio Macri, expresan también su convicción de que el próximo presidente de Venezuela seguirá siendo el actual líder de la revolución, Nicolás Maduro Moros, cuando desconocen de manera tajante los resultados de una elección que todavía no tiene ni siquiera fecha programada.

Acostumbrados como están a hablar en primera persona del plural para dárselas de multitudinarios, asumen cándidamente que su “nosotros” es todo el mundo. Razón por la cual la soledad del cuartico en el que se encierran a escribir su aporte digital a la lucha contrarrevolucionaria no les agobia para nada.

La “mayoría” de la que siempre hablan en sus posts es tan virtual como la realidad que perciben a través de la misma pantalla que los conecta al mundo que creen conocer y dominar a plenitud, pero que en la práctica no es sino el fabuloso escenario que el procesador de cada computador sea capaz de recrear.

En la vida real no son capaces de demostrar jamás esa cacareada mayoría. Por eso están convencidos de que una invasión es lo único que puede “salvarlos”.

Para ellos una invasión es solo un nuevo “nivel” en el gran video juego de la vida donde los distintos escenarios son siempre el territorio enemigo que el jugador tiene la obligación de liberar, usando para ello como arma el teclado (o joystic, según sea el caso), cuya facultad más fascinante es su capacidad de convertirse indistintamente en espada, pistola, metralleta o cañón, con solo pulsar un botón.

En la lógica de esa “realidad” el jugador, por muy genocida que sea, siempre es el bueno. De ahí que nunca muere. Cuando, por alguna rara circunstancia o descuido, llegara a caer en el combate, el programa activa la prodigiosa facultad de revivirlo al instante para que continúe con su heroica lucha por la liberación del territorio oprimido.

Por eso para el escuálido promedio, habituados como sector de mayor poder adquisitivo de la sociedad a esa fantástica lógica del video juego que desde hace más de un cuarto de siglo inunda la vida de la sociedad en el mundo entero, la invasión norteamericana por la que claman es solo un asunto de coser y cantar.

“Compren enlatados y tengan siempre los celulares a la mano”, dicen en tono de alerta sus instructivos de guerra digitales, con un lenguaje que combina el más correcto lineamiento de la planificación estratégica (que la empresa privada conoce y domina a la perfección) con el imaginario opositor de lo que, según ellos, debe ser el arte del apresto militar para la batalla. Para todo buen escuálido una invasión será siempre un evento fastuoso que podrá ser presenciado en vivo y en directo desde la poltrona o el sofá de su casa, a través de la señal satelital de CNN que han logrado captar invirtiendo solo unos pocos de sus muchos dólares en ampliar su ancho de banda, y contando con la animación de alguno de sus animadores favoritos; Fernando del Rincón, Nitu Pérez Osuna o Jaime Bailey.

Pero no hay muchas latas para escoger, porque su inefable liderazgo vendepatria se ha dedicado a gestionar por el mundo el bloqueo del cual es hoy víctima nuestra economía. Eso, por supuesto, no lo incluyen en su ficción.

La estúpida idea de que los marines norteamericanos poseerían alguna sorprendente capacidad para identificar a las personas a través de alguna mirilla digitalizadora que les permita establecer si el sujeto que tienen enfrente de su fusil se llama Diosdado Cabello y no Lorenzo Mendoza o Julio Borges; o discernir si el vehículo al que le están apuntando el lanzagranadas es el de Darío Vivas y no el de algún buen vecino de La Lagunita Country Club, no es sino una pueril y fantasiosa ilusión que los escuálidos se han construido a partir de su ingenua lectura de los códigos que el imperio ha sembrado en la mente de esos sectores desideologizados de la sociedad durante décadas de contenido mediático alienante y embrutecedor.

La fábula del rico que se salva del genocidio que de manera indefectible llevan a cabo las tropas gringas a lo largo y ancho del planeta, existe solamente en el cine norteamericano y en la pueril mente del escuálido promedio venezolano que hoy apuesta a la extinción del chavismo bajo el devastador fuego del ejército gringo.

Por absurdo que parezca, son esos escuálidos los mismos que luego de dos décadas negando la culpabilidad de los EEUU en las dificultades económicas del país, celebran hoy extasiados que todo cuanto dijo la Revolución Bolivariana durante casi un cuarto de siglo acerca de las perversas acciones de los Estados Unidos contra nuestra economía y nuestro derecho a la libre determinación era absolutamente cierto.

Según ha declarado esta semana el Secretario de Estado del imperio en entrevista con la periodista María Molina de Radio Colombia, “La campaña de presión está funcionando. Las sanciones financieras que hemos impuesto al Gobierno venezolano lo han obligado a comenzar a caer en default, tanto en deuda soberana como de PDVSA, su compañía petrolera. Y lo que estamos viendo es un colapso económico total en Venezuela. Entonces nuestra política funciona, nuestra estrategia funciona…”

Reconoce pues el imperio abiertamente que lo que está haciendo padecer al pueblo venezolano la penuria más inclemente y cruel que jamás hayamos conocido, no es de ninguna manera el resultado de alguna mala política del gobierno del presidente Nicolás Maduro, como ellos dicen, sino el efecto de un criminal estrangulamiento económico impuesto por los Estados Unidos contra nuestro país.

Es decir, que las políticas del Gobierno del presidente Nicolás Maduro para mitigar el impacto de esa injusta guerra, han sido las correctas. Y que lo que ha salvado al país de una desoladora acción intervencionista armada ha sido precisamente la extraordinaria capacidad de liderazgo puesta en evidencia por el Primer Mandatario en la consolidación de una poderosa fuerza revolucionaria que sirva de barrera impenetrable a esa pretensión invasora por parte de la más sanguinaria y cruel potencia de la historia.

Algo solo posible por el elevado nivel de conciencia y de compromiso patrio de la gran mayoría de los venezolanos que hoy apuestan al fortalecimiento y consolidación de nuestro avanzado modelo democrático, participativo y protagónico, en el marco del escenario de paz por el que tanto ha luchado el presidente de las victorias, Nicolás Maduro.

Esta vez, con la reelección del primer presidente chavista de nuestra historia, el pueblo venezolano le dará una nueva lección de verdad irrefutable al mundo.

Los escuálidos, con su recurrente fantasía del invasor bueno y sus delirantes campañas de internautas desatinados, quedarán reducidos una vez más al precario e intangible ámbito de sus videojuegos de efímera ilusión.

@SoyAranguibel

Licencia para matar

– Publicado en el Correo del Orinoco el 16 de marzo de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La Canciller de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Rodríguez, denunció esta semana ante el mundo lo que sin lugar a dudas constituye uno de los acontecimientos más alarmantes en el escenario político internacional, y probablemente uno de los más preocupantes de la historia contemporánea, referido a la solicitud ante el congreso norteamericano por parte del Secretario de Estado de esa nación para otorgarle al presidente Barak Obama permiso para accionar militarmente sobre cualquier territorio o nación de manera ilimitada, bajo el absurdo argumento de la supuesta globalización de la amenaza del terrorismo.

La medida (tan irracional como el intento de curar una gripe llevando al paciente a la silla eléctrica) pone al descubierto el desespero de un imperio cada vez más acorralado en su delirante empeño de la dominación mundial, cuya supremacía política, social y económica no es ya definitivamente aquella de la cual podía ufanarse en otros tiempos.

La gallarda posición de nuestro país en la 37 Asamblea General de la OEA, asumida en Panamá por el hoy presidente Nicolás Maduro, quien hiciera abandonar airada el salón de sesiones a la representante de los Estados Unidos que pretendió alterar la agenda de la reunión para promover una injustificable sanción contra Venezuela, anunciaba ya en 2009 el descalabro del poderío imperial en el que hasta aquel momento se conocía como el “ministerio de colonias” de la nación norteamericana. Desde entonces, el esfuerzo común de los latinoamericanos ha estado orientado a la construcción de una nueva arquitectura de integración basada en la cooperación y la hermandad de los pueblos, como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), resguardada expresamente de la presencia o participación de Estados Unidos, asumido cada vez más por la comunidad suramericana y caribeña como una amenaza que ha causado más atraso y miseria que posibilidades de desarrollo en la región a lo largo de los últimos doscientos años.

La conformación de ese poderoso bloque en el cual se congregan 33 naciones del continente, aunado a la fortaleza que constituyen el Grupo de los 77 + China, que hoy en día reúne a 133 naciones, así como el Movimiento de los Países No Alineados (que agrupa a más del 50% de la población mundial cuya filosofía común es la independencia de toda potencia imperialista), pone en evidencia la creciente crisis de liderazgo político de los EEUU hoy en el mundo.

La creación y avance sostenido del BRICS como el más poderoso grupo de economías emergentes del mundo, al cual ha sido invitado Argentina como uno de los más grandes productores del continente suramericano y con una economía en constante crecimiento (con un Producto Interno Bruto que la coloca como la economía número 20 en el ranking mundial), así como el impulso que ha adquirido recientemente el MERCOSUR con la incorporación de Venezuela, la más grande reserva probada de petróleo en el planeta, confirman que, tanto en lo económico como en lo político, Estados Unidos esta siendo dejado cada vez más de lado en la conformación del nuevo orden mundial hacia el cual se dirigen las naciones de manera mayoritaria.

La única ventaja competitiva real que todavía posee los Estados Unidos sobre el resto de los países del mundo es la de su capacidad bélica, en la cual el imperio ha invertido, solamente en el periodo que va desde la finalización de la guerra fría hasta el día de hoy, más de diez veces todo lo que invirtieron los países involucrados en las dos guerras mundiales del siglo pasado. De acuerdo a los informes presentados por el Instituto Internacional de Estudios Para la Paz (SIPRI, por sus siglas en inglés) con sede en Estocolmo, aún cuando Estados Unidos ha disminuido en forma gradual su inversión anual en armamento durante los últimos dos años (en virtud del retiro de tropas de Afganistán e Irak), y que tanto Rusia como China y Arabia Saudita, fundamentalmente, han incrementado de manera sustancial su capacidad bélica de cara a la creciente complejidad de los escenarios geopolíticos que enfrenta cada una de esas naciones, el imperio norteamericano sigue por mucho en la delantera del poderío militar, en el cual se coloca como el más descomunal de toda la historia con cuatro veces más que lo que invierten China, Rusia, Arabia Saudí, Francia, Japón, Reino Unido y Alemania juntos.

“Siguiendo la tendencia al crecimiento, el gasto militar total en el mundo alcanzó 1 millón de millones 531 mil millones de dólares en el 2009 medido a precios constantes del 2008, lo que representa un gasto de 224 dólares por habitante del planeta y el 2,7% del PIB mundial (SIPRI, 2010). Estas cifras revelan un incremento del 49% en relación al año 2000, pero en términos per cápita aumentaron un 88,2%. De tal modo el gasto militar actual supera en un 1,1% al que se alcanzó en 1988, en pleno apogeo de la guerra fría (SIPRI, 2010) y en ese gasto Estados Unidos ha representado en los últimos 20 años más del 50% de las erogaciones.” ( )

Esa gigantesca maquinaria bélica es hoy, junto al inmenso poder de los medios de comunicación privados a lo largo y ancho del planeta, el soporte del modelo capitalista liderado por el imperio norteamericano, no solo en términos de su capacidad de fuego (distribuida en las más de 850 bases militares instaladas en los cinco continentes, sin contar las llamadas SOA, Sitios de Operaciones Avanzadas”, y las “Bases Móviles”, como la IV Flota en Suramérica), sino que ha pasado a ser el sostén fundamental de la cada vez más crítica economía norteamericana.

La inmensa cantidad de recursos invertidos en la guerra por parte de Estados Unidos es justificada hoy por los halcones de Washington a la hora de solicitar presupuesto para armamento con la excusa del impulso económico que el mismo genera aguas abajo en la industria norteamericana de los más diversos rubros, ya no solo en la producción de armas de todo tipo y alcance (pistolas, fusiles, misiles, cañones, etc.), y equipo de transportación y de combate (como porta aviones, tanques de guerra, aeronaves, vehículos militares, etc.), sino que también impacta en la fabricación de una gran infinidad de equipos, maquinarias, alimentos y artículos para la dotación tanto de las tropas como de las infraestructuras y dependencias militares.

Por lo general, el mundo desconoce que empresas como Harley-Davidson deben su desarrollo a la fabricación de motos para el ejército norteamericano. De la misma forma, empresas como la Nestlé, inventora del café instantáneo especialmente concebido para atender las apremiantes necesidades de los soldados tanto en tiempos de guerra como de paz; Revlon galardonada en 1944 con el Premio a la Excelencia del Ejército y la Armada por su aporte en la producción de maquillaje y productos de belleza para las fuerzas armadas de los EEUU; Hersey, el mayor fabricante de chocolates de los EEUU, desarrolladora de una barra especial de chocolate requerida por el gobierno norteamericano como alimento básico para la tropa en el frente de batalla, hasta la producción de morrales, navajas, lentes, linternas, y cientos de miles de artefactos y equipos de todo tipo que son hoy requeridos por los cientos de miles de soldados e instalaciones militares norteamericanas en el mundo entero, deben todas su creación, crecimiento y poderío económico actual a la guerra.

De ahí que el imperio considere impostergable la decisión de intensificar las operaciones bélicas hasta en el último rincón del planeta. Si ciertamente la demencial inversión de dinero llevada a cabo por esa nación en equipamiento de guerra es la más grande de toda la historia, paralizar y desactivar su funcionamiento representaría la más incalculable pérdida que conocerá jamás el capitalismo. Lo que se traduciría inexorablemente, en virtud de ser la guerra su última área de oportunidad, en la inevitable caída definitiva y para siempre del imperio norteamericano.

Por eso Obama apela a la agresión a naciones de paz (pero con grandes recursos energéticos) como Rusia, China, Irán, Siria y ahora Venezuela, amén de todo cuanto ha asolado el norte del África, Europa del Este y el Medio Oriente. Falta saber si habrá tomado en cuenta la naturaleza inexpugnable e infinita de la convicción revolucionaria, patriota y antiimperialista de nuestros pueblos. La misma que ya le hizo morder el polvo en Corea, en Cuba, en Vietnam, y que le hizo llegar de tercero en Berlín, tras Rusia e Inglaterra.

Por eso, por el delirio de postrimería que lo mueve, es que resulta preocupante esa “licencia para matar” al mejor estilo James Bond que hoy con tanto desespero solicita.

) observatoriodelacrisis.org

@SoyAranguibel