Aranguibel en Café Nocturno: EEUU quiere regresar el mundo al siglo XVI

En amena conversación con la constituyente Victoria Mata, en su programa “Café Nocturno“, transmitido por ANTV, Alberto Aranguibel sostiene que la crisis por la cual atraviesa Venezuela en estos momentos, no es más que la continuación de las perversidades de un modelo imperialista que ha tratado imponer Estados Unidos de Norteamérica y con el que pretende llevar al mundo al Siglo XVI, cuando no existía derecho internacional alguno sino que la realidad mundial se imponía por la fuerza.

Asamblea Nacional: rumbo a la elección más importante de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

El primero de mayo de 2017, conmocionado todavía el país con la brutal arremetida de la derecha para tratar de acabar con la democracia venezolana, el Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, convocaba al pueblo para la elección de una soberanísima Asamblea Nacional Constituyente que diera al traste con la violencia y el terrorismo con el que la oposición pretendió asaltar el poder, y alcanzara la paz tal como lo hizo dos meses después desde el instante mismo de su elección.

A partir de ese momento, y transcurridos casi dos años de aquel excepcional acontecimiento político que transformaría para siempre la idea de la democracia en Venezuela con la puesta en marcha del parlamento más numeroso y de mayor representatividad popular que jamás haya existido en el país (más de quinientos cuarenta constituyentes elegidos no solo territorialmente sino por los más amplios y diversos sectores socioproductivos) la expectativa nacional ha estado centrada en el “producto” que de ese importante actor político debe emanar.

La mayoría piensa que su labor es la de garantizar el buen funcionamiento de la economía mediante Leyes y normativas de control que surjan de su seno. Otros, no menos preocupados, estiman que la labor del órgano constituyente es la de obligar al Poder Ejecutivo a cumplir con dichas Leyes y normativas para asegurar el orden en el ámbito no solo de la economía, sino de funcionamiento mismo del Estado.

Todos, sin excepción, claman por el nuevo texto constitucional que debe redactar y debatir dicha asamblea constituyente, para ser sometida a la aprobación del pueblo en referéndum, porque se considera que es ese el trabajo que en definitiva le corresponde a dicho ente.

Pero la función más importante de la ANC, en medio de la apremiante y particular coyuntura económica, social y política por la que atraviesa el país, es mucho más que todo eso, tal como lo ordena el Artículo 347 de la CRBV que le asigna como atribuciones no solo la redacción de un nuevo texto constitucional, sino también, y con la misma relevancia, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico, así como la transformación del Estado.

Evaluadas las prioridades, como corresponde a todo proceso constituyente, fue perfectamente claro desde un primer momento que la tarea más urgente era el rescate de la gobernabilidad, severamente afectada hasta aquel momento por la aviesa acción terrorista llevada a cabo por la oposición no solo en las calles sino a lo interno de las estructuras del Estado, mediante el concurso de miles de opositores infiltrados como funcionarios en todos los organismos públicos desde mucho tiempo atrás para, llegado el momento, intentar hacer implosionar al gobierno desde sus propias entrañas.

Si en ello la idea de la transformación del Estado, para asegurar la paz y la convivencia alcanzada con aquella elección masiva que le daba su legitimidad, aparecía como la más importante, entonces la obligación era atender esa tarea en primer lugar. Porque sin el aseguramiento de la paz, todas las demás acciones que se intentaran en lo económico, en la revisión del ordenamiento legal, en la supervisión y contraloría del estado, etc., habrían sido inevitablemente infructuosas.

La guerra desatada por la derecha nacional e internacional a lo largo de todo este periodo se ha fundamentado en la acusación de dictadura que los medios capitalistas le han acuñado a la Revolución Bolivariana, en virtud de lo cual el rescate de la verdad frente a esa infame acusación era igualmente impostergable. Se necesitaba demostrarle al mundo, mediante la intensificación del ejercicio del voto, que la democracia venezolana es hoy por hoy una de las más sólidas y avanzadas, y reducir con ello al mínimo la eventual duda que pudiera tener algún venezolano al respecto.

Por eso la convocatoria a elecciones adelantadas para renovar los cargos de elección popular en todos los niveles de la administración pública, incluyendo gobernadores, alcaldes, concejales y Presidente de la República, fue definitivamente la más trascendental y determinante de todas las acciones que hubiera podido acometer la ANC en estos dos años. Mientras la derecha se empeñaba en derrocar a uno solo de esos funcionarios, creyendo estúpidamente que de esa forma puede declarar reinstaurado su salvaje modelo neoliberal en el país, el pueblo acudía masivamente a reiterar su vocación democrática, expresada a través del voto universal, directo y secreto constitucionalmente establecido, eligiendo libre y soberanamente a todos sus gobernantes, lo que ha impedido el triunfo de la derecha en los escenarios internacionales donde ha intentado cercar al gobierno bolivariano con el falso expediente de la dictadura.

Lo correcto, entonces, es adelantar igualmente las elecciones para escoger una nueva Asamblea Nacional, tal como lo hemos planteado desde hace varias semanas algunos constituyentes a lo interno de la plenipotenciaria ANC, y como lo ha propuesto este sábado el propio el Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro Moros.

Nada se hacía en la búsqueda de la gobernabilidad y el rescate de la estabilidad económica, social y política que el país necesita para avanzar consistentemente hacia su recuperación y retomar la senda del bienestar y el progreso al que aspiran las venezolanas y los venezolanos, si no se cumplía con la renovación plena de todos los poderes, y se ratificaba de esa manera ante el mundo que el chavismo no es solamente la orientación política personal del Primer Mandatario, sino un sentimiento nacional auténtico, expresado de manera reiterada e inequívoca a través del voto popular mayoritario.

La elección que llevó a la oposición a controlar el Poder Legislativo de 2015 (uno solo apenas de los cinco en los que está constituido hoy el Estado), no fue de ninguna manera crecimiento alguno del antichavismo, sino el traspié más grave que pudo haber dado la Revolución Bolivariana al permitir en aquel momento la desmovilización de más de dos millones de su votación promedio, obtenida consistentemente a lo largo de dos décadas.

Tal distorsión permitió que se desataran desde aquel momento los demonios de una derecha que se sabe inexorablemente derrotada por el movimiento de redención popular más numeroso, comprometido y activo que jamás haya existido en Venezuela (y muy probablemente en el Continente) como lo es el chavismo. En virtud de lo cual se abocó al desquiciado empeño del derrocamiento del Presidente de la República, mediante la utilización de los más inimaginables e insensatos artificios de violencia, terrorismo, criminalidad y entreguismo que nunca antes haya conocido el suelo patrio, llevando al país al borde del más hondo y trágico precipicio al que jamás haya podido asomarse, como lo es la amenaza de una invasión militar por parte de la más cruel y sanguinaria potencia imperialista de la historia.

Frente a esa amenaza. Frente a la infame desvirtuación de la realidad a la que estamos sometidos por la mediática de guerra que apoya a esa derecha golpista. Frente a la pérfida acusación de dictadura que han implantado en el mundo contra el gobierno legítimo del Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro. Frente a la duda que algún venezolano pudiera tener acerca de las perversas intenciones entreguistas de ese liderazgo opositor que hoy se siente oxigenado con la vocería de un arribista insensato y de medio pelo que no tiene ni idea de la barbaridad que protagoniza, la ANC tiene que aprobar dicho Acuerdo de Convocatoria a nueva elección de la Asamblea Nacional, para resolver, no uno sino todos, los graves problemas que afronta hoy el país, derivados casi en su totalidad del irracional delirio golpista de quienes hoy la integran.

Aprobar ese adelanto de elecciones, no será, pues, un tiránico acto de retaliación política (como seguramente dirán), sino un acto de ratificación plena y absoluta de la democracia participativa y protagónica con la cual Venezuela le da hoy lecciones al mundo de verdadero respeto a la libertad y a los derechos humanos.

Respeto al pluralismo político que esa derecha putrefacta y carcomida pretende destruir entregando la Patria y poniéndose de rodillas al imperio. Algo que, salvo las contadas excepciones que representa esa insensata dirigencia opositora, repudian por igual todas y todos los venezolanos en esta crucial hora de nuestra historia.

Pero, sobre todo, será un acto que demostrará sin el menor atisbo de duda que las venezolanas y los venezolanos somos una sólida y poderosa masa humana cohesionada en torno a la más clara e irreductible idea de soberanía y de independencia.

@SoyAranguibel

Aranguibel en 360: “Maduro ha seguido la lógica de Hugo Chávez”

Alberto Aranguibel entrevistado por Boris Castellano con motivo de la conmemoración del primer año de haber sido electa la Asamblea Nacional Constituyente, sostiene que el presidente Maduro ha seguido la línea de pensamiento del Comandante Chávez, apelando a la voluntad del pueblo cuando la Revolución ha necesitado superar las dificultades y las agresiones generadas por la oposición y el imperio norteamericano.

El fracaso del odio

Por: Alberto Aranguibel B.

Los argumentos de quienes acusan de inconstitucional la Ley Contra el Odio, por la Convivencia Pacífica y la Tolerancia (LCOPCPT), promulgada recientemente por la Asamblea Nacional Constituyente, rayan en lo absurdo por donde quiera que se les examine.

En primer lugar porque atacar una iniciativa que promueve la lucha contra la intolerancia y cualquier forma de discriminación en la sociedad, debiera ser objeto del más unánime aplauso sin ningún tipo de aprehensiones ni condicionantes, independientemente de la inclinación o militancia política de cada quien, porque el supremo propósito en la organización de las sociedades civilizadas es precisamente el logro de la convivencia pacífica entre sus habitantes, para lo cual los Estados y las naciones deberán promover políticas, programas y mecanismos que aseguren su establecimiento efectivo tal como lo manda la ONU a través de la Unesco, su órgano rector en materia de promoción de la paz y el entendimiento intercultural entre los pueblos.

En la “Declaración de Principios sobre la Tolerancia”, aprobada en 1996, la Unesco define el concepto de tolerancia afirmando, entre otras cosas, que “la tolerancia no es indulgencia o indiferencia, es el respeto y el saber apreciar la riqueza y variedad de las culturas del mundo y las distintas formas de expresión de los seres humanos. La tolerancia reconoce los derechos humanos universales y las libertades fundamentales de los otros. La gente es naturalmente diversa; sólo la tolerancia puede asegurar la supervivencia de comunidades mixtas en cada región del mundo.”

Según explica el portal www.un.org de las Naciones Unidas, “La Declaración describe la tolerancia no sólo como un deber moral, sino como un requerimiento político y legal para los individuos, los grupos y los estados, sitúa a la tolerancia en el marco del derecho internacional sobre derechos humanos elaborados en los últimos cincuenta años y pide a los estados que legislen para proteger la igualdad de oportunidades de todos los grupos e individuos de la sociedad.”

Ir, pues, en contra de lo que establece de manera tan categórica e inequívoca un organismo que reúne en su seno el carácter esencialmente civilizatorio que mueve hoy a la gran mayoría de las naciones del mundo, es, aún en el supuesto negado de la inconstitucionalidad de la cual la derecha acusa a esta avanzada Ley, si no un absurdo, al menos un bochornoso desatino político.

Más torpe aún, es el razonamiento según el cual la Ley tendería a coartar o cercenar las libertades de expresión y de información porque, según esa infeliz hipótesis, con las penalizaciones que dicha Ley contempla se estaría amedrentando ya no solo a los medios de comunicación sino al ciudadano común para provocar su inhibición a la hora de verse en la necesidad de protestar contra el Gobierno.

En principio habría que aclarar que, de acuerdo a la norma jurídica universal, toda Ley debe contener en su propio articulado las sanciones que debe acarrear el incumplimiento o la violación de la misma. Una Ley cualquiera sin el aspecto sancionatorio a las contravenciones de las cuales pueda ser objeto, es una Ley chucuta e inoficiosa que carecerá siempre de toda efectividad.

Pero, más allá de eso, es la insensata propuesta que tal razonamiento comprende promoviendo una suerte de “derecho al odio”, para el cual no debería existir restricción ni penalidad alguna.

En la arbitraria lógica de la mezquindad y del individualismo por la que se rige la derecha venezolana, de llegar a existir algún tipo de marco jurídico orientado a limitar ese “derecho al odio” que su argumentación sugiere, tendría que ser, cuando mucho, para penalizar tanto expresa como exclusivamente a los chavistas. Casualmente esos mismos que son objeto del odio que pretenden que se les exonere de pena alguna.

Tal disparate se desprende de la afirmación generalizada entre muchos de los opositores que difunden por los más diversos medios su rechazo a la LCOPCPT, en el sentido de que a los primeros a los que habría que aplicarles dicha Ley sería a aquellos voceros de la Revolución Bolivariana que de una u otra forma se hubieran expresado a través de los medios en un lenguaje subido de tono o abiertamente reprochable contra líderes o voceros de la oposición o incluso contra el conjunto de la militancia opositora.

De ser cierta la infame hipótesis de que habrían sido los chavistas quienes habrían promovido el odio entre la sociedad venezolana (es una creencia unánime entre la oposición la idea de que habría sido Hugo Chávez quien sembró la discordia entre los venezolanos), ¿por qué entonces tanto temor desde la oposición a una Ley que penaliza única y exclusivamente a quienes promuevan o lleven a cabo actos de odio o de violencia contra las personas?

La respuesta es tan simple como la estulticia de la infamante propuesta; porque quienes han promovido el odio entre los venezolanos no han sido los chavistas.

El odio entre los venezolanos se remonta a los orígenes mismos del proceso de exclusión y de atropello al desvalido que se inició con la llegada de las huestes genocidas que desembarcaron en nuestras costas con Cristóbal Colón.

Fue ese proceso de asesinato a mansalva de millones de nuestros ancestros aborígenes lo que sembró en el alma de la raza indoeuropea que se fue creando, el gen del desprecio hacia los pobres que fue inoculado progresivamente a nuestra incipiente sociedad desde hace más de medio milenio, y que sembró entre una clase oligarca inmisericorde y desalmada, como ha sido siempre la oligarquía venezolana, la idea de la supremacía de clase que hoy hace estragos con la tranquilidad y el bienestar del pueblo, alcanzados por primera vez en nuestra historia durante la Revolución Bolivariana.

Esa naturaleza inhumana que caracteriza a la oligarquía venezolana, especuladora, usurera y voraz, fue la causante del estallido social del 27 de febrero de 1989, así como fue también el factor determinante del atraso industrial y tecnológico que nos impidió alcanzar los niveles de desarrollo a los cuales estuvimos llamados siempre en virtud del potencial de nuestras riquezas y de nuestras infinitas posibilidades para el crecimiento económico.

Esa persistencia en la vocación rentista, excluyente y saqueadora que caracterizó a la oligarquía, anidó por décadas el germen del odio entre la población despolitizada que predominó en el pasado en el país.

La llegada de Chávez lo que hizo fue imprimirle direccionalidad a la sed de justicia que ya el pueblo estaba expresando de manera espontánea en las calles. De haber continuado expresándose esa rabia en esa forma, sin liderazgo ni fundamentación ideológica que la orientara, la guerra civil habría sido inevitable y con ello habría sido imposible de detener, tal vez, hasta la desintegración misma de la Patria o la anexión de nuestro territorio a alguna potencia extranjera, tal como lo pretende hoy el imperio norteamericano utilizando a la derecha venezolana para ello.

El interés del odio estuvo siempre en la derecha. El odio fue no solo el instrumento mediante el cual pretendía hacerse del poder sin necesidad de obtener el favor de las mayorías en los procesos electorales, sino que fue la solución a la falta de un basamento ideológico sustantivo que le diera razón de ser en términos políticos. Por eso terminó entendiendo el desprecio hacia el prójimo como un derecho democrático y el exterminio de chavistas en las calles como un deber militante.

Pero esa propuesta fracasó.

La inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos han demostrado, no solo con su voto por la instauración de una Asamblea Nacional Constituyente que rescatara la paz y la estabilidad del país para retomar la senda del crecimiento económico y corregir las distorsiones que han puesto al pueblo a padecer de nuevo las penurias que padeció en el pasado cuartorepublicano, sino mediante la disciplina revolucionaria con la cual ha acompañado al presidente Maduro en la titánica tarea de enfrentar las adversidades con la entereza con la que lo ha hecho.

El pueblo ha dicho reiteradamente de manera mayoritaria que no quiere saber más nunca de esa violencia terrorista que nos trajo el odio acuñado por la derecha. Por eso la mal llamada Mesa de la Unidad terminó atomizada en mil fragmentos; porque Venezuela quiere paz.

La derrota del odio no es sino una más de las decenas de derrotas que la Revolución Bolivariana le ha infligido al neoliberalismo. Y que le seguirá infligiendo. Es 10 de diciembre está a la vuelta de la esquina.

 

@SoyAranguibel

 

Crítica a la “autocrítica”

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un cuarto de siglo luchando para demostrarle al mundo entero que la revolución bolivariana es una realidad abrazada soberanamente por la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, después de enfrentar las más cruentas arremetidas que proceso revolucionario alguno haya jamás enfrentado, por fin la oposición queda en evidencia como un conjunto de grupúsculos carcomidos por las ínfulas de una pequeña cantidad de dirigentes ineptos, mentirosos y manipuladores, tal como se ha dicho desde siempre desde el ámbito del chavismo.

Por fin la revolución tiene frente a sí un panorama provechoso para avanzar a mayor velocidad por encima de las campañas de difamación de la que ha sido víctima en esa lucha perpetua contra la derecha. La desintegración de esa atorrante oposición, producto de las bajas pasiones y la mediocridad que la explican, abre las puertas para la reunificación del país bajo el signo de la paz y la confianza que ahora puede inspirar el proceso bolivariano entre aquellos que fueron presa del engaño opositor durante tanto tiempo.

Pero justo en ese momento la esperada hora de zafarse de ese diabólico freno es desaprovechada por unos cuantos revolucionarios que deciden ocuparse en atacar el activo político con el cual el Presidente Maduro dio el más contundente y sagaz golpe a la derecha nacional e internacional, en el rescate de la gobernabilidad y la estabilidad política del país.

“¡Calladito te ves más bonito!”, le escribe por las redes sociales una compatriota a un Constituyente que por esa misma vía hizo un responsable llamado de atención acerca de la desmesura (por decir lo menos) de algunos comentarios vertidos en los últimos días desde las filas revolucionarias en contra de la Asamblea Nacional Constituyente y de sus integrantes, por la supuesta inacción de estos frente a la carrera inflacionaria que experimentan los precios de los productos de primera necesidad.

 “¡No escuchar al pueblo es un acto contrarrevolucionario de soberbia y de deslealtad a Chávez!”, sentencian otros que abonan sin precaución alguna el discurso subyacente en la destemplada campaña de descalificación que de esa manera se desata, según el cual los precios de los productos suben porque los Constituyentes no atienden al pueblo. Es decir; que no hay guerra alguna de las fuerzas capitalistas contra la Revolución; que los Constituyentes son unos burócratas que no tienen idea de lo que pasa en el país, que son tan inútiles como los diputados opositores, y que en virtud de ello toda maldición y todo insulto tendrían que ser aceptados en el más cerrado silencio.

La crítica y la autocrítica, como lo previsualizó Marx y lo desarrolló Lenín, son consustanciales a todo proceso revolucionario, porque es solo con el impulso de las ideas del colectivo (esencialmente desde las bases revolucionarias) como se genera la fuerza transformadora que va a derruir el viejo Estado para dar paso al que está por nacer bajo el signo de la participación y el protagonismo del pueblo.

En el capitalismo no existe la posibilidad de la revisión, salvo aquella que surge de la antojadiza y arbitraria necesidad o conveniencia del dueño de los medios de producción, porque la naturaleza privada del capital y la concepción elitesca del Estado burgués así lo determinan.

La crítica y la autocrítica revolucionaria son las fórmulas mediante las cuales se realiza de manera concreta la eliminación de la lucha de clases en la sociedad socialista, en virtud de la naturaleza colectiva de un modelo basado en el trabajo común del proletariado en la construcción de la Patria, y no en la búsqueda del bienestar económico a partir de las recurrentes crisis económicas que rigen la lógica explotadora del modelo capitalista.

No puede, pues, hablarse de la existencia de un proceso revolucionario si el mismo no está sustentado en un permanente sometimiento al juicio popular.

Pero los ataques de los que han (hemos) sido víctimas los Constituyentes distan mucho de ser ni siquiera medianamente una autocrítica revolucionaria.

En principio, porque dichos ataques no están desarrollados ni como crítica ni como autocrítica sino como reclamos, cuando mucho. Como quejas o como denuncias, quizás. Y eso es perfectamente válido. Pero en ningún caso (que hayamos visto nosotros, al menos) puede hablarse de un desarrollo argumentativo con el cual se refute la actuación o la propuesta política llevada adelante por la ANC, que permita el ejercicio de la confrontación o el debate de las ideas en la búsqueda del perfeccionamiento del proceso.

Se acusa por lo general (incluso en términos personales) más con el interés de condenar que de promover la búsqueda de soluciones a los problemas, partiendo de supuestos cuya veracidad o sentido lógico no se constata de ninguna manera, sino que se asumen como verdades absolutas que facultarían para sentenciar sin juicio alguno ni permitir derecho a la defensa por parte de los acusados.

Se sostiene desde esa particular apreciación de lo que debe ser la “autocrítica”, que a la misma no debe dársele respuesta alguna sino rendírsele acatamiento, sea cual sea el infundio que se profiera, sin importar si la misma se hace contra una instancia cuyo mérito fundamental es precisamente haber logrado contener el avance de las fuerzas enemigas que apenas hace tres meses estaban decididas a acabar de raíz con todo vestigio de revolución en Venezuela, incluyendo los beneficios sociales y las condiciones de bienestar económico del pueblo que esos “autocríticos” saben que solo en revolución son posibles y que por eso mismo la tarea más impostergable es la estabilización política y la paz de la República.

Todos, sin excepción (gracias a Dios son en realidad muy pocos), extraen descontextualizada la frase del Comandante Chávez que les sirve de licencia para su “autocrítica”, dejando por fuera la contundente acotación del líder de la Revolución respecto a la necesaria lealtad con la que la misma debe ejercerse.

En el inicio del llamado “Periodo Especial”, Fidel alertaba sobre los riesgos de una crítica y una “autocrítica” que equivocara el sentido correcto de la lucha revolucionaria, cuando decía: “Parece increíble que las escuelas estén abiertas en un pequeño país que ha perdido miles de millones de dólares en importaciones de productos, de materias primas y, especialmente, de combustibles […] Puedo asegurar que lo que hemos resistido nosotros no lo podría resistir ningún otro país, no lo habría podido resistir jamás un sistema capitalista […] Hemos tenido que tomar medidas, más medidas y muchas medidas, pero aquí está la Revolución cubana, no se ha derrumbado. Aquí está nuestro pueblo organizado. Hay orden en nuestro país; aquí están el partido, el Estado, la administración y los revolucionarios trabajando en una sola dirección, estrechamente unidos. Podrá haber problemas y dificultades, deficiencias y errores, pero no hay desorganización ni caos […] No ha llegado todavía la hora de hacer el análisis final, pero no hay duda de que si se quiere perfeccionar algo usted no puede empezar por destruirlo […] ¿Cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del partido, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del Estado, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo el prestigio y la autoridad del gobierno, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo los valores esenciales del socialismo?” (*)

Hay que decirlo; no es por falta de Leyes o normas emanadas de la ANC que los precios se disparan por las nubes, sino por el reducido margen de acción que ha tenido el gobierno (producto de la ingobernabilidad y la anarquía desatadas por la oposición desde el ámbito político) para hacer avanzar el modelo socialista, que es lo único, como lo dijo Chávez, que le permite a la sociedad superar las injusticias del capitalismo.

A la ANC le tocará explicar debidamente, sin demagogia, con la mayor claridad y sin formatos panfletarios, cómo es que lo que ha estado haciendo en favor de las venezolanas y los venezolanos sí es importante. Sí es indispensable para recuperar el bienestar económico. Sí es impostergable para retomar la senda de la felicidad que el pueblo alcanzó por primera vez en la historia solamente a partir de la llegada de la Revolución bolivariana.

No es dividiendo a las fuerzas revolucionarias ni amenazando con regresar al neoliberalismo como se consolidan las revoluciones, sino con más socialismo.

Por eso, a pesar de las dificultades (que nadie ha negado o desatendido jamás en la ANC), y no porque sean asumidas como trofeos burocráticos para nadie, es que hay que ganar todas las elecciones que sean posibles.


(*) Comandante Fidel Castro / VIII Congreso de la FEEM / La Habana, 06-12-1991.

 

@SoyAranguibel

15 de octubre: La elección con rostro constituyente

Por: Alberto Aranguibel B.

No es por falta de Leyes que la inflación ha sumido al pueblo venezolano en el peor de los sufrimientos que pueda padecerse por la falta de acceso a los alimentos y productos de primera necesidad.

El artículo 114 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, establece como delitos absolutamente todos los excesos que el sector privado especulador comete hoy contra el bolsillo de las venezolanas y venezolanos.

Reza textualmente el Artículo 114: “El ilícito económico, la especulación, el acaparamiento, la usura, la cartelización y otros delitos conexos, serán penados severamente de acuerdo a la Ley.”

La Ley Orgánica de Precios Justos, por su parte, publicada en Gaceta Oficial 40.340 el 24 de enero de 2014, establece que “En ningún caso, el margen de ganancia de cada actor de la cadena de comercialización excederá de treinta (30) puntos porcentuales de la estructura de costos del bien o servicio.”, contemplando sanciones severas para el incumplimiento de la Ley que van desde multas hasta confiscación de bienes y revocatoria de licencias, permisos o autorizaciones para la comercialización.

Pero la demencial lógica de la Ley fundamental del capitalismo, la Ley de la Oferta y la Demanda, ha desatado el más brutal e inmisericorde saqueo al bolsillo de los venezolanos al elevar de manera indetenible los precios de venta al público de los productos de mayor demanda entre la población y dejando baratos solamente aquellos que nadie quiere comprar, con lo cual se hace virtualmente imposible de penalizar uno a uno los miles de comercios que hoy estafan al pueblo con el alza desmedida e injustificada de los precios.

Más de trescientos cincuenta mil (350.000) comercios, entre formales e informales, determinan hoy esa severa distorsión de la economía nacional, a partir de un fenómeno de desestabilización que la profesora Pasqualina Curcio explica de manera brillante en su artículo “Propuestas para detener la inflación inducida en Venezuela”, publicado en el portal 15yultimo.com el pasado 26 de septiembre.

Dice la profesora Curcio: “No hay manera de explicar, por ejemplo, que entre octubre y noviembre de 2016, en menos de dos meses, el tipo de cambio ilegal haya aumentado 272%, pasando de 1070,9 Bs/US$ en septiembre a 3986,48 Bs/US$ en octubre del mismo año. Como tampoco puede explicarse haciendo uso de las teorías económicas, que haya aumentado 573% entre marzo y septiembre de 2017, cuando pasó de 3.790,81 Bs/US$ a 25.542 Bs/US$. No ocurrió absolutamente nada, desde el punto de vista económico, que pueda explicar tal comportamiento. Lo ocurrido durante esos períodos, finales de 2016 y abril-julio 2017, fueron acciones de desestabilización política, promovidas por factores de la oposición local, que estuvieron caracterizadas por altos niveles de violencia y tenían como objetivo la renuncia del presidente Nicolás Maduro o la generación de una situación de caos que justificase la intervención internacional con el argumento de una crisis humanitaria en Venezuela o el levantamiento de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana […] El patrón de comportamiento del tipo de cambio ilegal desde el año 2006, no atiende a variables económicas sino políticas. Manipulación que ha estado acompañada de una campaña de comunicación en la que se pretende mostrar que las causas del aumento de los precios son las políticas económicas del gobierno, entre ellas la expansión de liquidez monetaria o el mismo control cambiario.”(*)

Tal como lo señala de manera esclarecedora la profesora Curcio, el problema económico fundamental en Venezuela es de origen eminentemente político (aún cuando ella se refiere principalmente a los intereses políticos de un sector de la economía y no exclusivamente a la acción directa de un sector de la política), en virtud de lo cual las respuestas más contundentes a las que puede apelar el sector oficial (Gobierno y Asamblea Nacional Constituyente) deben ser de naturaleza indubitablemente política.

La primera de esas respuestas fue la convocatoria al poder originario hecha por el Primer Mandatario nacional el 1ro de mayo pasado. Elegir una Asamblea Nacional Constituyente era una tarea impostergable para asegurar la paz y la estabilidad nacionales, sin ninguna de las cuales podría haberse pensado hoy en soluciones económicas de ningún tipo.

Pero esa paz, como lo hemos dicho hasta la saciedad en este mismo espacio, no es una paz bíblica que podamos considerar tan sólida y robusta como para dejar de atender las razones que obligaron a llamar al pueblo a erigirse en Constituyente. Esas razones, la violencia y el terrorismo desatado por la derecha criolla con apoyo del fascismo internacional y el Departamento de Estado norteamericano, siguen pendiendo como espada de Damocles sobre las cabezas de todas y todas los venezolanos, crean o no en el inmenso logro que representa la paz como escenario propicio para recomponer y relanzar la economía nacional por la senda del bienestar que solo el modelo de justicia e igualdad social que propone la Revolución puede asegurar.

Una paz que se alcanzó en medio de la vorágine criminal y destructiva desatada por la oposición golpista no por la simple instauración de un nuevo y deslumbrante actor político en el país, sino por la contundente verdad que le demostró al mundo entero la descomunal mayoría de mujeres y hombres de todos los rincones del país que alzaron con su voto su grito de repudio a la propuesta contrarrevolucionaria de la derecha saqueadora y entreguista que encarna el antichavismo.

Esa masa gigantesca de venezolanas y venezolanos pidiendo con la fuerza de la democracia verdadera, la democracia participativa y protagónica que nos trajo el Comandante Chávez, el retorno a la tranquilidad y al desarrollo de un modelo inclusivo como nunca antes en la historia hubo en el país, fue lo que detuvo la altanería de una derecha que creyó que su triunfo circunstancial en la elección de diciembre de 2015 para elegir diputados a la Asamblea Nacional, había sido la licencia para hacerse del control del Estado venezolano a punta de bazucas, molotovs y guayas homicidas.

Fue esa insensatez de una derecha demencial y vendepatria lo que hizo que la crisis de los precios se agudizara y la avaricia y la usura del sector más miserable de la economía encontrara el terreno fértil para su felonía, a costa del hambre y del padecimiento del pueblo venezolano.

Por eso la elección del próximo domingo no puede verse de ninguna manera como una nueva competencia entre bandos y candidaturas que logren favoritismos a partir de promesas ilusorias y delirantes, o que aseguren rechazo contra nadie bajo la insustancial lógica del voto castigo.

La elección del próximo 15 de octubre tiene que ser asumida por esa mayoría de venezolanas y venezolanos que apostaron de manera consciente por la paz y la estabilidad del país, como un avance en la lucha por asegurar que ese mismo espíritu constituyentista con el que alcanzó ese gran logro no se pierda, para seguir construyendo entre todas y todos el modelo económico de bienestar y justicia social que el pueblo aspira.

No hay un solo candidato opositor que no haya sido perfectamente claro en cuál es su verdadera intención de resultar electo. Ninguno ha hablado de impulso al desarrollo regional en ninguno de sus Estados. Todos, sin excepción, han hablado de usar la instancia del poder regional como punta de lanza para desatar la furia terrorista contra el presidente Nicolás Maduro.

Su propósito, expresamente anunciado por cada uno de ellos, es el relanzamiento desde sus negados espacios de poder, del terrorismo y la destrucción que solo conducen a la generación de más dolor, más hambre y más miseria entre la población. Esa ha sido hasta ahora su única propuesta. Eso ha sido lo único que han hecho, siempre a costa del padecimiento del pueblo.

Salgamos pues este próximo domingo, todas y todos, a defender con nuestro voto el derecho a la vida, a la felicidad, a la tranquilidad y a la paz que nos permita retomar la senda del bienestar económico que solo un espíritu verdaderamente creador y vigoroso puede alcanzar, porque se trata de la única fuerza capaz de hacer posible todo lo imaginable… el Poder Constituyente Originario del Pueblo.

Que no se repita nunca más el fatídico y costoso error del 2015. No le demos nunca más aliento a los demonios de la guerra y del hambre.

Elijamos a los hijos de Chávez y avancemos con entereza y compromiso patrio hacia el mejor porvenir para todas y todos los venezolanos.


(*) Propuestas para detener la inflación inducida en Venezuela

@SoyAranguibel

 

Dos meses sin guarimbas

Por: Alberto Aranguibel B.

La promesa central del Presidente Nicolás Maduro cuando convocó al pueblo a Asamblea Nacional Constituyente el 1ro de mayo de este año, fue la del aseguramiento de la paz que dicha asamblea garantizaría para tranquilidad de todas y todos los venezolanos.

La paz era absolutamente indispensable en ese momento porque lo que se avecinaba era una guerra civil con el peor desenlace avizorable en el más corto tiempo. Bajo la anarquía del terrorismo guarimbero el país se enrumbaba sin duda alguna hacia el despeñadero más pavoroso de su historia, que no era otro que el de la muerte y la destrucción indiscriminadas que arrojaría la ingobernabilidad que perseguía la dirigencia opositora para alcanzar su objetivo de justificar una invasión por parte de tropas norteamericanas en suelo venezolano.

Ciertamente esa dirigencia no ha cesado en su cabildeo por los pasillos del Pentágono, en la ciudad de Washington, promoviendo el cerco económico contra nuestra economía para matar de hambre a nuestro pueblo y lograr así la crisis humanitaria que ahora les parece mejor atajo para ese siniestro plan de hundir a Venezuela en la vorágine de una invasión armada, solo que ahora le resulta cada vez más cuesta arriba tan infame acción contra Venezuela porque ahora hay un pueblo activado en Constituyente.

A dos meses exactos que hoy se cumplen de haberse instalado esa Asamblea Nacional Constituyente que el presidente le ofreció al país como un seguro de vida para todas y todos los venezolanos, el mayor logro es exactamente el que anunciara aquel 1ro de mayo; la paz y la superación del terror fascista que sometió al país a la peor de todas las violaciones de derechos humanos que se haya llevado a cabo en nuestro suelo.

Cuando aparece alguien diciéndonos que “ya basta de discursos” y que nos aboquemos al tema económico, siempre les respondemos categóricos: “La medida económica más importante que puede tomar la ANC ya la está tomando con el solo aseguramiento de la paz, porque en medio de las guarimbas es absolutamente imposible que exista solución económica alguna.”

La paz es es camino a la solución de los problemas económicos, porque solo en paz se genera el clima de confianza que la economía requiere. Las guarimbas solo aseguran terror, miseria, muerte, destrucción y dolor profundo y permanente.

@SoyAranguibel

Aranguibel: La oposición dejó de ser venezolana cuando pasó a formar parte del ejército agresor contra la Patria

Parte de la conversación con Carlos Sierra y Roberto Mesutti en el programa “Hablando Constituyente”, transmitido por los canales ANTV y TVes el lunes 11 de septiembre de 2017.

¿Economía o política?… ¿Qué anunciará hoy el Presidente en la ANC?

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde mucho antes de la era moderna, la “economía política” se entendió siempre como la rama de las ciencias sociales que estudiaba las relaciones entre los actores económicos de la sociedad y los mercados. El término precedió incluso al concepto mismo de “economía”, a secas, con el cual hoy se conoce a todo lo relacionado con el comportamiento de los factores que inciden sobre el sistema económico en su conjunto.

Pero en la Venezuela actual, desde la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, ha comenzado a surgir una corriente de pensamiento que pretende separar lo político de lo económico, como si lo uno no tuviera nada que ver con lo otro.

Es así como hemos visto cada vez con más insistencia el reclamo de mucha gente a la ANC porque supuestamente no estaría atendiendo el tema económico, y que solamente se estaría dedicando a lo político, haciendo ver que se estaría perdiendo el tiempo en asuntos que no son del interés del pueblo.

¿Es posible en la Venezuela de hoy separar lo político de lo económico?

Cuando vemos el comportamiento de una oposición que ha basado su accionar en una guerra completamente equipada con implementos y armamentos costosísimos y en una campaña mediática y de giras internacionales que alcanza cifras milmillonarias en pasajes, hospedajes lujosos, alimentación y bebidas de las más caras del mundo, para lograr luego de toda esa inversión que Venezuela sea objeto de un bloqueo económico como el que ha sido desatado contra nuestro país desde el imperio norteamericano, entonces no queda duda alguna de que lo político y lo económico sí están perfectamente relacionados.

Pero si encima de eso encontramos a la líder fundamental de la derecha con un alijo de millones de bolívares en efectivo cuyo origen y destino no logra explicar de manera consistente (al día de hoy van tres versiones distintas emitidas por la misma dirigente acerca del origen y destino de la fortuna que le fuera incautada), un echo que revela la forma en que la oposición financió la activación de la violencia que aterrorizó al país durante meses, causando muerte y destrucción a lo largo y ancho del país, con la consecuente afectación que ello ocasionó a la actividad económica en general, entonces la política sí pasa a cumplir un rol definitivamente principalísimo en todo lo que tenga que ver con la economía.

Está claro; la Asamblea Nacional Constituyente no podrá avanzar jamás en lo económico si no resuelve primero lo político. Ambos asuntos son consustanciales. Resolver lo primero es ir a la vez resolviendo lo segundo. Nada se hace con dictar medidas económicas que la derecha apátrida vaya destruyendo simultáneamente desde el terreno de lo político, como lo viene haciendo en sus recorridos por Europa y el resto del mundo para solicitar un bloqueo económico mucho mayor al ya dictado por el imperio norteamericano contra Venezuela.

Por eso los anuncios que hará hoy el Presidente de la República desde la ANC, estarán con toda seguridad concebidos ponderando los aspectos tanto económicos como políticos de manera integral, para asegurar que las soluciones a los problemas que aquejan hoy al pueblo sean no solo efectivas sino sostenibles y perdurables en el tiempo.

Como debe ser.

@SoyAranguibel

¿Para qué sirve un gran diálogo nacional?

Por: Alberto Aranguibel B.

A estas alturas de la peor crisis económica que jamás haya experimentado el país, ya la mayoría de los actores económicos (si no todos) deberían tener perfectamente claros los aspectos más relevantes de la misma.

En primer lugar, que la lógica individualista sobre la cual se asienta el modelo neoliberal capitalista es definitivamente contraproducente, en particular para los mismos capitalistas que la promueven.

Si algo ha determinado el desastre inflacionario en el que hoy nos encontramos, es precisamente la idea según la cual el derecho del empresario a hacer con la empresa privada lo que le venga en gana a su buen saber y entender debe ser sagrado, sin que medie en lo más mínimo la ponderación de los efectos perniciosos que tal concepción puede ocasionar al sistema económico en su conjunto.

No existe política alguna emanada del gobierno Revolucionario que determine el alza desmedida de los precios de absolutamente todos los productos y servicios en el país, ya sean importados o producidos en Venezuela.

El argumento de la “falta de divisas” que sostuvo hasta hace poco la empresa privada nacional fue desmantelado plenamente por ellos mismos con la aparición repentina (casi de manera prodigiosa) de toda clase de productos en las estanterías, empezando por aquellos que supuestamente eran imposibles de producir o de importar sin divisas preferenciales, siendo que hoy hay mucho menos ingreso de divisas y, por ende, mucho menos asignación de las mismas, y las condiciones políticas, salvo la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, siguen siendo exactamente las mismas de hace cinco meses.

¿De dónde salen los dólares con los que se adquieren esas mercancías? ¿No será de las cuentas que por años ha acumulado en el exterior ese mismo sector del gran capital? ¿No es ese mismo sector el que establece de manera arbitraria la tasa de cambio para esos dólares de su exclusiva propiedad? ¿No son entonces esos capitalistas quienes están encareciendo a diario la economía nacional?

Solo los empresarios saben hoy con total certeza cuántos de ellos se montaron de lleno en la guerra de la especulación desmedida que desató la vorágine inflacionaria que padece el pueblo, creyendo que el gobierno iba a caer y que por ello no tendría manera de contener la desbandada de la usura a la cual le han sacado el mayor provecho en los últimos meses.

Solo ellos saben cuánto han dañado las posibilidades y oportunidades económicas del propio capitalismo las perversiones alcistas de aquellos que apostaron más a la política golpista que al trabajo por la construcción de una economía productiva, sana y poderosa.

Saben que “guarimba” es sinónimo de improductividad y caída del ingreso. Que las trochas inconstitucionales que proponen los irresponsables improvisadores de oficio que dirigen a la oposición venezolana solo conducen a la pérdida de valiosas oportunidades de desarrollo. Que la violencia, la desestabilización y el terrorismo, solo fortalecen las posibilidades de las grandes corporaciones transnacionales en desmedro del derecho del capital privado venezolano a crecer en nuestro suelo acorde a su esfuerzo.

Saben, como la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, que el modelo revolucionario propuesto por el Comandante Hugo Chávez y continuado por el Presidente Nicolás Maduro, es una fórmula cierta y segura de apertura de posibilidades a las más diversas formas de propiedad, bajo una idea de convivencia perfectamente favorable para todos los sectores de la sociedad, determinada por el humanista principio filosófico de “de cada quién según su capacidad y a cada cual según su necesidad”.

Los empresarios, colmo el resto de las venezolanas y venezolanos, saben hoy que solamente en el ámbito de la paz y la estabilidad es posible pensar en la búsqueda eficaz de medidas que nos ayuden a superar las dificultades, corregir las distorsiones y tomar acciones concretas, muy contundentes, contra los ilícitos y las desviaciones que afectan a nuestra economía.

Que no es abogando por libertades irracionales y desmedidas que ni siquiera existen en el mundo neoliberal como se puede salir de una coyuntura económica tan compleja como la venezolana. Libertades que se pretenden imponer desde la derecha internacional en Venezuela para acabar con toda posibilidad de cohesión y direccionalidad del capital (tanto privado como del Estado), afectando sin lugar a dudas al pueblo y a la empresa privada como ningún otro factor de riesgo en la actualidad.

Hoy sabemos todo eso.

Ha faltado, eso sí, un espacio de encuentro consciente, que no esté signado por la controversia o el interés político, en el cual los distintos actores de la economía nacional puedan sentarse sin recelos ni aprehensiones de ninguna naturaleza a inventariar con transparencia y alto sentido de la responsabilidad con el país, las condiciones reales de la economía (no las inventadas por ningún sector especulador para obtener beneficios fáciles), así como las opciones válidas para corregir las fallas e impulsar el crecimiento armónico del país.

La propuesta la ha planteado la Asamblea Nacional Constituyente esta misma semana, a través de la convocatoria hecha por la Presidenta de ese organismo, doctora Delcy Rodríguez Gómez, a un gran diálogo nacional de todos los sectores de la vida nacional para articular desde ese espacio excepcional acciones conducentes a la superación de las dificultades que agobian hoy a las venezolanas y los venezolanos, no solo en lo económico, sino en lo social y en lo político.

Nada es más oportuno en este momento para todos y cada uno de esos actores esenciales de la economía que sumarse al espíritu constituyentista que recorre la geografía nacional y que genera tantas expectativas de esperanza incluso más allá de nuestras fronteras en virtud del sentido potencialmente reorganizador y transformador de la sociedad que en él subyace.

Tiene la inmensa virtud esta oportunidad de encuentro nacional, de ser el único espacio posible en el que las distintas visiones, corrientes, o incluso ideologías, puedan sentarse en una misma mesa sin que penda sobre ninguno de ellos la espada de Damocles que representan en los escenarios convencionales los riesgos a claudicaciones o concesiones simbólicas de ningún tipo, porque no se trata de un escenario partidista o gubernamental, sino del Parlamento del Pueblo al cual todos y cada uno de esos sectores se deben.

Es la oportunidad de crear con nuestra propia sabia, de común acuerdo y para bien de todas y todos, el bienestar al cual aspiramos, a partir de la revisión descarnada, honesta y profundamente autocrítica, de nuestro comportamiento en el ámbito de la economía, para corregir así lo que deba ser corregido y permitirnos a nosotros mismos salir adelante sin que ello signifique escarnio o retroceso alguno para nadie, sino todo lo contrario en términos de la dignificación y el fortalecimiento de nuestro rol en el entramado económico del país.

La circunstancia actual es difícil. Pero peor aún, infinitamente peor por lo irrecuperable, sería dejar pasar esta oportunidad histórica a la cual nos convoca la Patria.

Atendamos este llamado a fortalecer la paz con el trabajo productivo que reclama el pueblo. No permitamos que se repita nunca más la fracasada historia de los atajos delirantes que los buscadores de riquezas fáciles pretenden imponerle al país a cada rato mediante la desestabilización y la violencia que hasta ahora han sido su única propuesta.

Hagamos de este acontecimiento sin precedentes el punto de partida de la Venezuela potencia que Chávez visualizó y que hoy sabemos con la más entera propiedad y certeza que es perfectamente posible solamente mediante el concurso mayoritario del pueblo.

Así lo demostró la Asamblea Nacional Constituyente el 30 de julio pasado. No le fallemos a este compromiso con la historia.

@SoyAranguibel   

Constituyente: de la ilusión a la realidad económica

Por: Alberto Aranguibel B.

Creo que toda impostura es indigna de un hombre probo, y que es una bajeza disfrazar la condición en que hemos nacido para presentarse al mundo con un nombre usurpado y queriendo hacerse pasar por lo que no se es.” Dorante / Moliere

Chávez llega al poder en 1998 por una sola razón; Venezuela, según la geopolítica mundial, era una nación del llamado “tercer mundo” aún a pesar de contar con las más grandes potencialidades para ser un país de primer orden.

Era un país subdesarrollado, que lo fue desde el inicio de los tiempos, montado sobre el barril de petróleo más grande del planeta, del cual no se beneficiaba en lo más mínimo la mayoría de la población, que padecía de mengua sumida en la más abyecta miseria.

Jamás estuvo Venezuela ni cerca de llegar a ser un país de ese primer mundo, ni en lo industrial, ni en lo económico. La locura de la llamada era del “’ta barato, dame dos”, no era sino una muestra del desangramiento de nuestra moneda mediante una compulsiva voracidad consumista sin rédito alguno, que alimentaba la ilusión de riqueza a la que la gente aspiraba porque provenía de un país que ha logrado la apariencia de su poderío y de su vida confortable gracias al saqueo de cientos de pueblos y naciones del mundo a través de los siglos.

Toda esa generación de mayameros que le puso la guinda al descalabro de la cuarta república y terminó de hacer fracasar el modelo puntofijista, sembró en el país la pueril idea de que el capitalismo es capaz de generar bienestar social porque por las calles de los Estados Unidos por donde esos mayameros frecuentaban y frecuentan todavía hoy, se respira orden, abundancia y prosperidad.

Una improductiva gastadera en baratijas electrónicas y perfumería barata, que alimentó el delirio en amplios sectores del país según el cual en el gigante del norte se encontraba el paraíso terrenal, donde con unos cuantos dólares, sacados de Venezuela a como diera lugar, se podía alcanzar aquel fastuoso estatus con el que viven los que en esa nación pueden acceder a ese inicuo bienestar, del cual en realidad solo se aprovecha un ínfimo porcentaje de la población norteamericana.

El arribo de Chávez a la escena política lo determinó la pobreza que padecía un pueblo que necesitaba aprender a construir un modelo de justicia e igualdad como nunca antes habíamos tenido, donde la riqueza se usara con equidad y sentido humano y no con la idea de servir a las grandes corporaciones que nos desangraron desde siempre.

Pero a la par de esa titánica lucha que se planteaba el Comandante por hacer realidad lo nuevo, había que asumir la tarea de desmontar lo viejo. En eso, la idea de la fastuosidad del lujo y el confort era un vicio tan enraizado en la cultura consumista de la sociedad que construir el socialismo era casi más fácil que intentar acabar con ese mal que carcomía a nuestra sociedad en todos los niveles. Creímos ser lo que no éramos; Chávez se cansó de alertar en ese sentido.

A la gente había que construirle viviendas, que eran indispensables en un modelo humanista como el que Chávez planteaba. Había que asegurarle servicios gratuitos como la educación y la salud. Había que brindarle justicia social a través del subsidio a las tarifas de los servicios públicos, los alimentos y las medicinas, que en nuestro país terminaron siendo, gracias al a Revolución bolivariana, las más baratas del continente.

A diferencia del capitalismo, en el socialismo el dinero rinde menos (porque se está repartiendo entre toda la población y no entre una pequeña élite de capitalistas acaudalados), y eso hizo que costara cada vez más esa inmensa inversión social que estaba haciendo en Venezuela para que la población pudiera no solo tener acceso a alimentos y medicinas a bajo costo, o a la gratuidad de la vivienda y de la educación o la salud, sino que pudiera optar a lo que en el mundo capitalista es impensable, como el aseguramiento de la estabilidad laboral, el incremento salarial garantizado, así como la posibilidad de contar con pensión de vejez, ente muchos otros beneficios que el neoliberalismo les niega de manera sistemática al trabajador, a la mujer, al anciano y al joven.

Sin embargo hubo mucha gente que no entendió de qué se trataba. Que creyó que viajar por el mundo como si fuéramos ricos, derrochar en exquisiteces y licores refinados como ningún otro país, gastar a manos llenas en cuanto artefacto electrónico se inventara en el mundo, hacer del raspado de cupos electrónicos una industria internacional, acaparar, especular, contrabandear, y fugar capitales, no serían para nada factores tan perturbadores que acabarían con nuestra economía, empezando por acabar la de los propios inconscientes que así actuaban.

Ya no solo desde la derecha, falsaria, embaucadora y miserable como es, sino desde las propias filas revolucionarias, un sector importante de los venezolanos dedujo por cuenta propia que el bienestar que con tanto esfuerzo estaba construyendo el socialismo bolivariano que Chávez proponía, era la cristalización en nuestro suelo de ese idílico paraíso donde el dinero debía correr a raudales en forma incontenible, sin importar de dónde tuviera que salir semejante maná de la locura, ni cómo tendría que hacerse para merecerlo.

En menos de quince años pasamos de la miseria y el hambre más desesperanzadora a la bonanza de la gratuidad y el bajo costo sin precedentes en la historia, y nadie sacó ni la más mínima cuenta de por qué tendríamos que tener derecho a tan disparatada circunstancia, sin aportar ni esfuerzo ni talento, sino simplemente suponer que el gobierno estaba en la obligación de proveerla so pena de sacarlo del poder a punta de violencia.

Mucho menos reflexionamos como sociedad acerca de cuán riesgoso podría llegar a ser el delirio que nos consumía, exactamente en la misma forma en que nosotros consumíamos los dólares que nos llevaban a la crisis que hoy padecemos.

Irresponsables intelectuales de izquierda se plegaron al coro de fariseos que acusaron de reformista al Presidente Maduro porque no liberaba los precios y permitía el libre juego de la oferta y la demanda por la que clamaba el neoliberalismo para acabar con toda posibilidad de justicia social en el país. Una suerte de “socialismo a base de dólares” era lo que pretendían.

Solo en Venezuela se ha producido el insólito fenómeno de la gente que despotrica contra el gobierno que le está asegurando el bienestar en medio de la más inclemente guerra económica que país alguno haya padecido, a la vez que pretende que la vida siga su curso en las mismas condiciones idílicas en las que desde hace décadas ha pretendido que debe ser la vida en una nación que, por mucho que hayamos avanzado en inclusión social y en fomento de nuestra potencialidad productora, no ha dejado de ser una pequeña nación del tercer mundo, sin capacidad industrial ni fortaleza económica que nos permita competir en el ámbito capitalista de las grandes potencias.

Nuestro único activo para esa competitividad, es el petróleo. Y su precio se vino abajo.

No cabe en cabeza alguna que siendo el propietario del más grande yacimiento petrolífero del planeta, nuestro país esté destinado a la ruina económica, ni mucho menos. Pero no entender que esa caída abismal del ingreso afecta severamente la economía de la nación, es toda una insensatez.

Levantarse de una crisis tan implacable en medio de una guerra brutal que persigue acabar con nuestra economía, es la labor más ardua que gobierno alguno pueda enfrentar sin acudir a medidas que pongan en riesgo o den al traste con las conquistas del pueblo en términos de inclusión y justicia social.

Aún así, el gobierno del Presidente Maduro lo ha logrado. Hoy el país avanza gracias a una Asamblea Nacional Constituyente que le permitió al país salir de la vorágine de la violencia en la que estábamos sumidos, en medio de la cual era impensable toda posibilidad de recuperación económica, social o política.

Pero alcanzar la paz no es consolidarla. Ese es solo un primer paso en la titánica tarea de recuperar la senda del bienestar económico que nos deparó por primera vez en nuestra historia la Revolución bolivariana. La recuperación económica necesita de manera impostergable la estabilización plena del país. Necesita la consolidación de esa paz de la cual dependerá el rescate de la confianza de los inversionistas, la estabilidad del mercado, la reducción de las distorsiones.

Se necesita poner las cosas en orden con mucho sentido de la responsabilidad para ayudar efectivamente al presidente Maduro a tomar las decisiones a que haya lugar para acabar con la usura, con la especulación, con los delitos económicos contra los cuales no ha podido luchar el Gobierno por el obstruccionismo y el saboteo impuesto por una oposición vendepatria y golpista.

Es exactamente ese el trabajo que ha venido llevando a cabo a lo largo de estos últimos quince días la Asamblea Nacional Constituyente como poder plenipotenciario emanado del pueblo. El de la estabilización del país, en primer lugar, para pasar de inmediato a la toma de decisiones que faciliten el trabajo del Primer Mandatario en el rescate del bienestar que la Revolución bolivariana le ha asegurado al pueblo desde siempre.

A partir de esta misma semana, esa inmensa mayoría que votó por hacer realidad esa economía posible, no ficticia ni virtual como la que ofrece el neoliberalismo, sino factible y perdurable para todas y todos los venezolanos, verá los primeros resultados del esfuerzo que desde esa instancia estamos librando.

@SoyAranguibel

La Constituyente de la paz

Por: Alberto Aranguibel B.

La Asamblea Nacional Constituyente electa por la inmensa mayoría de las venezolanas y venezolanos el 30 de julio pasado, nace bajo el auspicioso y esperanzador signo de la paz que gracias a esa iniciativa del Primer Mandatario nacional alcanza el país luego de meses de violencia desatada por los sectores de la derecha contra el pueblo en la búsqueda de una intervención militar extranjera que le ayude a lograr por la vía de las armas lo que jamás ha estado ni cerca de lograr por la vía democrática.

No cabe elucubración metafísica o abstracción teoricista de ninguna naturaleza para explicar el fenómeno de la automática desactivación del estado de conmoción al que nos condujo la locura desenfrenada de los sectores más radicales de la oposición venezolana, que no sea el cumplimiento de la promesa hecha por el presidente Nicolás Maduro al país el 1ro de mayo, cuando anunció su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente como el único camino cierto hacia la paz y la reconciliación de las venezolanas y los venezolanos.

Ciertamente la paz no es un estado de la sociedad que se conquiste mediante promulgación de Ley o decreto alguno. Ni mucho menos a través de una simple declaración de buenas intenciones por parte del liderazgo político, tal como se proclama desde la óptica mesiánica de las religiones, que la asumen como una divinidad que es entregada por los dioses como premio a la obediencia y la fe.

La paz es siempre el resultado de intensos y complejos procesos de construcción de gobernanza en los que se involucran una o varias sociedades o naciones, a través de mecanismos intangibles surgidos del intercambio político al que obligan el comportamiento y las particulares condiciones de vida o de desempeño de cada sector en la sociedad en función de sus intereses.

Procesos difíciles para los cuales no existen manuales preestablecidos que orienten ni el orden ni la jerarquización de las agendas a seguir, ni que mucho menos aseguren el éxito de los empeños en procura de la paz.

Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia a quien se le otorgara el Premio Nobel de la Paz en 2016, no logró por iniciativa propia el cese de la cruenta guerra de más de medio siglo de duración en el hermano país que acabó con la vida de unos 200 mil colombianos (según las estimaciones más conservadoras). De no haber sido por la disposición al diálogo por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), todavía el conflicto sin lugar a dudas estaría en pie. Lo que en sí mismo demuestra lo difícil que puede llegar a ser el pedregoso camino hacia la paz.

Tan cierto es que Santos no habría podido alcanzar por sí mismo la conquista de la paz en su país, que el referéndum llevado a cabo para consultar a la población sobre los acuerdos establecidos en las conversaciones lo perdió de manera abrumadora, incluso habiendo obtenido ya el galardón por parte del Comité de Oslo.

De ahí el inmenso logro del Presidente Nicolás Maduro, que en medio de la más incierta y convulsa circunstancia política por la que gobierno alguno pudiera atravesar, corrió el riesgo con la mayor gallardía y perspicacia que hoy pueda reconocérsele a cualquier dirigente en el mundo, colocando en el centro de su propuesta la inequívoca vocación democrática de nuestro pueblo y el talante profundamente pacífico del venezolano.

Para él no era factible la derrota de la paz en nuestro país si la misma se planteaba en el marco del modelo inclusivo, participativo y protagónico, que en buena hora nos propuso el Comandante Chávez con su arribo a la escena política.

La ecuación aparecía infalible desde su sola concepción. Si el electorado elegía a sus Constituyentes del seno mismo del pueblo, la resultante lógica tendría que ser la del triunfo de la paz sobre la violencia que proponía la oposición, fundamentalmente porque el factor determinante sería en todo momento el carácter de imposición de esa violencia sobre la sociedad. Nadie en el país estaba acompañando el terrorismo como expresión política, sino que su accionar era siempre una muestra lamentable de foquismo de mercenarios a sueldo que eran lanzados a las calles como carne de cañón por esa derecha reaccionaria que pretende hoy hacerse del país a punta de terrorismo.

Y exactamente eso fue lo que sucedió el 30 de julio; un país valeroso y decidido asumió el compromiso planteado y selló con su voto abrumadoramente mayoritario en sendero de la paz que desde ese día transita el país, tal como lo había previsto el líder de la revolución.

Tanto los militantes del chavismo como los de la oposición, entendieron que más allá de los ardides de la dirigencia opositora que ha buscado desde siempre el asalto del poder por la vía violenta, la manera correcta de dirimir las diferencias y superar los problemas es mediante el respeto a la norma democrática del voto como expresión de las aspiraciones del pueblo.

Cristaliza así un escenario crucial para el gran debate nacional que se dará desde la Asamblea Nacional Constituyente, de donde surgirán las ideas, las recomendaciones y las propuestas de fondo que el pueblo motu propio desarrollará para hacer que esa paz alcanzada no sea solo un estadio placentero de tranquilidad espiritual para las venezolanas y venezolanos, sino que se convierta en la plataforma que sostenga el despegue definitivo del país hacia su bienestar y su progreso como nación rica y poderosa entre las más pujantes naciones del Continente y del mundo.

No será entonces la Constituyente del ’17, o la Constituyente de la renovación chavista, como pudiera calificarla algún semiólogo empedernido que quisiera etiquetar la naturaleza particular de esta excepcional congregación asamblearia del pueblo en el marco de la épica política que hoy la coloca en la historia. O como la mediática obtusa y retardataria que procura desfigurar todo lo que de la revolución surge podría terminar reduciendo a un simple “La Constituyente de Maduro”, como ya muchos de esos medios al servicio de la burguesía andan tratando de posicionar.

Será, ahora y para siempre, “La Constituyente de la Paz”, porque es el mérito esencial que se ha ganado este inmenso esfuerzo del pueblo venezolano que resume la inédita experiencia en el ámbito universal que viene a ser la Asamblea Nacional Constituyente emanada del pueblo e integrada en su más absoluta plenitud por el pueblo llano y sencillo que la integra, y que con su verbo fogoso, desenfadado y contundente, le viene diciendo al mundo desde hace ya una semana de intensos debates que el país sí tiene una vocería auténtica que lo defienda de toda agresión interna o externa. Que sí tiene una voz profunda que diga las verdades sin rebuscamientos semánticos de ningún tipo. Que sí tiene la fuerza de la pasión por la Patria que no tienen los entreguistas que la negocian. Que sí tiene quien labre el bienestar y el progreso sin arriesgar el preciado bien de la paz que con tanto esfuerzo ha construido ese mismo pueblo a través de siglos de luchas eternas y desvelos infinitos.

Corresponde ahora intensificar cada vez más desde esa Asamblea el compromiso del trabajo necesario para superar las terribles dificultades por las que atraviesa el pueblo al cual se debe, tal como lo ha pedido en todo momento el Presidente Nicolás Maduro.

En eso estamos.

@SoyAranguibel   

 

Constituyente pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

En el anacrónico modelo de democracia representativa, el Estado se entiende como la expresión más acabada de la jerarquización de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad.

Solo los más notables ejercen la conducción de las instituciones y le otorgan supremacía a las estructuras del poder. El dinero, los títulos y los doctorados, son las credenciales que facultan esa preminencia de las élites sobre el pueblo y le otorgan perpetuidad a dicho esquema.

Se reproduce así un modelo excluyente e inhumano que velará siempre por los intereses de los poderosos, los ricos, los más encumbrados en la escala social.

Pero en una revolución como la bolivariana, donde el ser humano es foco y centro de la filosofía que la orienta, ese arcaico y repulsivo modelo de la jerarquización no existe. No porque su abolición se establezca mediante Decreto o Ley alguna, sino porque la nueva correlación del poder se forja al calor de la movilización popular en la cual se sustenta.

A medida que el pueblo adquiere conciencia de su rol en la sociedad (conciencia de clases, en el argot revolucionario) la realidad social tiende a transformarse progresivamente para erradicar la odiosa formulación de la supremacía burguesa y sustituirla por lo que se conoce como “el poder popular”.

Cuando ese poder no se conquista por la vía de las armas sino en el marco de una profunda democracia como la bolivariana, será él el único llamado a modificar las estructuras del Estado para dar paso a una nueva concepción del mismo, con base en el precepto de la participación y el protagonismo consagrado en nuestra Constitución.

De ahí el estado de shock emocional que padecen los sectores pudientes de la sociedad venezolana desde el domingo 30 de julio. Su nivel de comprensión de la realidad no acepta tanto pueblo como el que ha sido electo Constituyente por la inmensa mayoría del país, involucrado directamente en la creación de un nuevo ordenamiento jurídico.

Esos sectores reaccionarios, erigidos en cultores criollos de la filosofía neoliberal burguesa que crea hoy el hambre y la miseria en el mundo, repudian la recién electa Asamblea Nacional Constituyente porque por primera vez en nuestra historia el parlamento no es una asamblea de oligarcas enzapatados sino una auténtica tribuna de la Patria.

@SoyAranguibel

El miedoso miedo opositor

Por: Alberto Aranguibel B.

Que la realidad es indiscutiblemente más fehaciente que la ficción es una verdad de Perogrullo.

Por eso la fatuidad de la realidad que la oposición venezolana se empeña en hacerle creer al mundo que existiría en el país es precaria, frágil e insostenible. Nada de lo que afirma la oposición perdura, precisamente  porque se sustenta en la falsedad con la que pretende engañar siempre a la gente.

El miedo que le ha sembrado a la gente para hacerle creer que ya el gobierno estaría en sus postrimerías y que la derecha está a pocos pasos de Miraflores, se apoya en la insostenible fábula de su supuesta mayoría, inventada a partir de las delirantes disquisiciones estadísticas que tienen dos años sacando con el circunstancial triunfo en la Asamblea Nacional en 2015, mediante una votación que progresivamente ha ido inflando de manera artificial hasta llevarla a los demenciales millones de los que hoy habla.

Todos en la  oposición sostienen que cuentan con más de un 80% de respaldo como si lo hubieran medido con las computadoras de la Nasa y el Papa en persona lo hubiera certificado.

Con ese cuento, bombardeado persistentemente a la población por los mentirosos medios de comunicación de la derecha, le hicieron creer no solo a los militantes de la oposición, sino a muchos chavistas desprevenidos, que lo de su supuesta mayoría sí era una verdad verdadera. Y a muchos les dio miedo la posibilidad de ir a votar el 30 de julio porque los fascistas, como eran muchos, se lo iban a impedir.

Pero en muy buena hora llegaron juntos el plebiscito majunche de la oposición, al que no asistió ni una milésima parte de la gente que esa derecha farsante decía tener, y el estruendoso triunfo del ensayo electoral que sacó a la calle a millones de chavistas en todo el país, y se les acabó la fábula.

Y se les acabó el miedo a los venezolanos que quieren la paz y la democracia y rechazan el terror que propone la derecha.

Ya nadie, ni siquiera sus propios compañeros de barricadas, le tiene miedo a esos guapetones del teclado.

Por eso el pueblo irá a votar masivamente este domingo con la alegría y el compromiso patrio que caracterizó al venezolano desde siempre.

Mi nombre les aparecerá en el Sector: Trabajadores, Economía Popular / Independientes, Lista 1.

Cuento con su voto.

@SoyAranguibel