Imbecilidad tiránica

Por: Alberto Aranguibel B.

La sociedad es el conjunto de la diversidad humana reunida en un mismo lugar. En ella convive toda clase de gente, a veces con diferencias tan profundas que no se concibe otra razón que las agrupe que no sea la naturaleza gregaria que transporta el genoma humano.

Así como hay gente blanca hay negra, alta, baja, fea, bonita, gorda, flaca. Y hay gente inteligente y también gente imbécil. Es una condición inevitable si se quiere asumir la diversidad como una característica esencial de la sociedad.

Michael Jackson demostró con su cambio de color de piel, que incluso la más difícil de alterar de todas esas tipologías puede llegar a ser modificada.

Lo que no ha podido modificar ni siquiera la ciencia más avanzada es la imbecilidad.

Prueba de ello es la persistencia por más de medio siglo de una misma imbecilidad en la ciudad de Miami. Más de tres generaciones se han levantado en esa ciudad con la imbécil creencia de aquella gusanera que salió de Cuba en 1959, que sostuvo siempre con igual terquedad que en la isla se había instaurado con el triunfo de la revolución una tiranía, una cruel dictadura que oprimía a los cubanos y que sería derrocada cuando el pueblo se liberara del dictador que ellos siempre han dicho que es Fidel Castro.

Además de las invasiones, los atentados terroristas, los magnicidios frustrados, a los que apelaron para intentar cumplir esa profecía de la supuesta liberación sin poder lograrlo jamás, se cuentan por miles los intentos de derrocar al gobierno cubano mediante guerras mediáticas, bloqueo económico, cercos diplomáticos continentales, y operaciones contrarrevolucionarias de toda naturaleza que persiguieron quebrar la lealtad del pueblo cubano hacia su proceso y hacia su liderazgo revolucionario.

gusanera

Hoy cuatro docenas de apátridas fracasados celebran con champaña la muerte física del líder histórico de esa revolución en las calles del estado de Florida, exactamente igual a como lo hicieron desde hace décadas cada vez que creyeron que el deceso del Comandante había llegado.

Son tan imbéciles que no se percatan de que de esa forma le están diciendo al mundo que nunca hubo en Cuba tal dictadura.

Mientras en Miami salen esos pocos gusanos a exhibir su fascismo con el mayor orgullo, en toda Cuba, así como en el resto de los pueblos soberanos del mundo, hay millones rindiéndole a Fidel el juramento de continuar con su legado por toda la eternidad.

Dictadura es la imbecilidad de esos gusanos.

@SoyAranguibel

Los invasores… aquí y ahora

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tétrica mirada de Daniel Romero leyendo el Decreto de Carmona, sorprendentemente exacta a la del aspecto toxicómano del dirigente opositor común, remitía desde un primer momento a aquella vieja y muy desafortunada serie de televisión norteamericana de mediados de los años sesentas, Los Invasores, con la cual el imperio le ofrecía al mundo una variante lastimosa y muy precaria de su guerra mediática contra el comunismo.

En la serie, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), debía convencer al mundo de la presencia de seres extraterrestres que venían a la tierra con el plan de acabar con la especie humana, pero la incredulidad de la gente hacía que su alerta jamás fuera atendido porque, mediante no se supo nunca cuál raro sortilegio, los extraños visitantes habían logrado convertirse en copias idénticas de los humanos. La única forma que tenía el arquitecto para demostrar la verdad del amenazante horror, era un desperfecto anatómico de los alienígenas, consistente en la imposibilidad de doblar el dedo meñique. Solo con verles el dedo engatillado, Vincent sabía que eran ellos.

La pregunta ha estado siempre en el ambiente ¿Por qué es tan frecuente en el liderazgo opositor la misma escalofriante mirada de reptil extraterrestre?

Igual que en la ciencia ficción, los integrantes de la banda de golpistas que subieron al escenario aquel día escuchaban inmutables las defenestraciones burocráticas que el orador iba leyendo con pausas calculadas como para capitalizar su efecto en una audiencia enardecida a la que cada uno de los truhanes examinaba con los mismos ojos escrutadores de Romero frente al micrófono. A ninguno de ellos se le escapó un gesto que no fuera de nerviosismo, que, como es de esperarse en cualquier audacia que incluya desplazar a un gobierno del poder, es quizás el más incontrolable de los reflejos condicionados del cuerpo. Romero mismo dio fe de ello apenas unas cuantas horas después de su efímera alocución, en los sótanos de ese mismo palacio, donde le tocó hacerse en los pantalones precisamente por su incapacidad para el control de su cobarde sistema intestinal.

Probablemente sin imaginar que el primer y único Decreto firmado por Carmona en su breve paso por el gobierno contemplaba la reinstauración en el sistema bancario de la modalidad financiera del cobro de intereses sobre intereses (mejor conocida como “Créditos Mexicanos” o indexados), la burguesía que ovacionaba la destitución de funcionarios que enumeraba Romero, estaba convencida de que el paso que se estaba dando en ese aquelarre de ultraderecha, era el salto al progreso y al bienestar que la revolución supuestamente les había robado.

Esa anacrónica burguesía, delirante y necia, es la misma que hoy abriga la pueril esperanza de que un hipotético triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias del próximo seis de diciembre, representará una vez más para ellos alcanzar el nivel de privilegios con los que sueñan, pero que nunca han perdido porque en verdad jamás los han tenido. Al menos como auténtica clase oligarca.

La burguesía venezolana, habiéndose chuleado durante décadas la renta petrolera venezolana a través de políticas proteccionistas dispendiosas y despilfarradoras instauradas en la cuarta república, es una burguesía ramplona, inepta y chapucera, integrada por lo general por desclasados oriundos casi siempre de caseríos recónditos del país y jamás de nobleza o entidad de ninguna alcurnia, como ellos se pretenden, erigidos en oligarcas a punta de un impúdico parasitismo, cínico y vergonzoso, del que ahora se dicen orgullosos en las cuñas de imagen de sus emporios empresariales, y del cual han sacado las inmensas fortunas con las que se jactan de incluirse en las listas de los multimillonarios connotados del mundo. Es decir, lo único que tienen es dinero.

Esos irresponsables se consideran a sí mismos superiores porque no tienen que hacer cola para comprar ni la harina de maíz, ni la mantequilla, ni el papel tualé que ellos esconden en su audaz y demencial juego de “la democracia solo para el mejor postor”, precisamente porque con el dinero que dicen no tener (y por el cual ansían derrocar el gobierno legítimamente electo) compran por tres reales y medio el trabajo de los humildes para que quienes hagan las colas sean ellos, los desposeídos y no los ricos. Una auténtica guerra solo mata pobres, tal como la han concebido, pero que los pone en evidencia como lo que en verdad son; una élite miserable y asquerosamente codiciosa que asalta hasta el modesto bienestar del pueblo, al que le roba las posibilidades que la revolución bolivariana hoy en día les brinda a los más necesitados, como los vehículos Cherys, los productos del programa Mi Casa Bien Equipada, los teléfonos de fabricación nacional, computadoras, etc., todos en manos de contrarrevolucionarios inmorales que han hecho prevalecer la fuerza del dinero sobre la idea de justicia e igualdad que Chávez propuso con la creación de esos programas.

En su delirio, esa élite putrefacta no desea una elección parlamentaria el seis de diciembre, ni más nunca si por ellos fuera, sino una concreción infalible e irreversible de aquel evento fabuloso con el cual fue tan feliz como nunca antes en su vida, en el que se enumeraban en la chirriante enunciación de Romero los cargos que el dictador en ese momento estaba destituyendo.

“Se suspenden de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional… Se destituyen de sus cargos al presidente y demás magistrados del Tribunal Supremo de Justicia… así como al Fiscal general de la República… al Contralor General de la República… al Defensor del Pueblo… y a los miembros del Consejo Nacional Electoral…”, decía Romero, y la burguesía hacía retumbar frenética el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, convencida de que con la simple destitución de funcionarios se resolvían ya de por sí todos sus problemas.

Para ellos el carmonazo no fue un error sino una frustración. Un trabajo incompleto que lo que había era que hacerlo bien, sin reveses, sin pueblo en la calle ni retornos chavistas indeseables.

Exactamente como lo plantean hoy.

Con su campaña del fraude preestablecido, esa burguesía se prepara para asaltar el poder no con base en los resultados electorales (porque cualquiera que sean estos su pretensión de embestida contra Miraflores será igual), sino porque, producto de esa misma campaña de terror desatada por sus propios medios, está hoy convencida de que el pueblo ya no cree en las evidencias que el mundo entero conoce cada vez más en cuanto a que su enemigo histórico, único y verdadero, es el capitalismo. Que, según ellos, al pueblo no le interesaría ningún proceso de transformación social que tienda a su propia redención y que lo rescate y lo proteja de la perversión neoliberal que la derecha pretende reinstaurar en el país. Que esa gente humilde que hoy sobrevive gracias a una idea de inclusión social de la cual jamás ni siquiera escuchó hablar hasta que Hugo Chávez se la puso al alcance de sus manos a través de las más de 39 Misiones y Grandes Misiones que hoy en día impiden que la gente pobre retorne como en el pasado a los botaderos de basura a buscar su alimento como cada día lo hacen más en el mundo capitalista, podría terminar votando por esa derecha que tanta hambre y miseria le dejó a los venezolanos.

Para ello, su maquinaria corporativa ha sido activada de nuevo para ejercer el panfleterismo político. Tal como lo vienen haciendo impúdicamente los partidos de la oposición desde hace algún tiempo (en particular Capriles Radonski con su risible oferta de continuación de las misiones sociales), ahora, según sus cuñas publicitarias, la Polar es la empresa que más ha ayudado al pueblo desde siempre. Digitel, por su parte, se lanza a la calle con un programa con el que copia exactamente la misión Mi Casa Bien Equipada. Así, empresa tras empresa, todo el estamento privado de la economía que ha cerrado filas los dos últimos años contra lo que ellos han denominado peyorativamente “el modelo”, ahora centran su atención y su accionar en el pueblo, mediante formulaciones engañosas de corte fingidamente socialistas.

Todo cuanto hace la derecha corrobora que en Venezuela hoy en día es más probable obtener votos desde la sólida propuesta revolucionaria construida por Chávez que desde la fatuidad del discurso neoliberal que ningún líder asume con dignidad en la oposición. Les resulta mejor tratar de invadir, como auténticos alienígenas de la política, el terreno del chavismo antes que dejar ver su verdadero rostro de perversa y decrépita burguesía parasitaria.

 

@SoyAranguibel

El loco empeño de la derecha en despojar a la revolución

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 15 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En diciembre de 2013, casi tres lustros después de ser aprobada en referéndum popular la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela con más del 70% de los votos, uno de los líderes del fallido golpe de Estado que se perpetrara en abril de 2002 contra el estado de derecho en el país, Gerardo Blyde, tomaba la palabra en el encuentro por el diálogo convocado por el Presidente Maduro en Miraflores con los alcaldes de la oposición, para exponer lo que él mismo definió en ese momento como su planteamiento más importante en esa reunión: que la Constitución existe solo porque la oposición se opuso a ella. “La Constitución nacional –dijo entonces- ustedes la constituyeron, la defendieron, buscaron que el pueblo la aprobara, y el pueblo la aprobó. Luego buscaron reformarla, y otros nos opusimos a esa reforma. Y fue allí cuando la Constitución fue reafirmada, porque fue aceptada por ustedes y por nosotros; cuando quisieron reformarla la gente dijo entonces “No hay reforma”, y ahí fue cuando la Constitución cuajó.” (1)

El argumento, venido de uno de los diputados de la derecha que más férreamente se opuso en 1999 a la aprobación de la nueva carta magna que Hugo Chávez le había prometido al país, y que apoyó la disolución de todos los poderes públicos durante el llamado carmonazo, que empezó por derogar ese mismo texto constitucional que según él “cuajó” cuando la oposición votó contra ella, es tan disparatado como afirmar que Fernando VII sería tan Libertador de América como Simón Bolívar, porque mientras éste impulsó la independencia aquel luchó con todas sus fuerzas contra ella.

Pero el disparate no es casual.

La razón de fondo de tan absurdo y muy bien calculado razonamiento, no es otra que la de buscar despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más valiosos e importantes logros políticos en el proceso de transformación del Estado.

El gesto mismo que usara en todo momento el comandante Chávez para destacar la importancia de esa gran conquista popular que es la constitución bolivariana, consistente en mostrarla alzándola en su mano cada vez que se refería a ella, es copiado sin la más mínima vergüenza por la dirigencia opositora como si de un gesto común del neoliberalismo se tratara. No existe ninguna normativa que obligue a alzar la constitución cada vez que se mencione, pero la oposición lo hace indefectiblemente porque piensa que con ello le resta al impulsor de ese avanzadísimo texto fundacional el crédito de su autoría.

Con ese mismo loco empeño, el ex candidato de la derecha, Capriles, intentaba en un momento determinado apropiarse de la imagen que Chávez construyó durante años como redentor de nuestra identidad nacional, poniéndose la gorra tricolor de ocho estrellas usada siempre por el comandante y que en todo momento ha repudiado la oposición.

La falsedad de su apego a esa gorra no es evidente nada más en su tozudo empeño en enarbolar simultáneamente la antigua bandera de siete estrellas que con tan ridículo furor enarbolan en las mismas marchas en las que exigen dólares para viajar a Miami, sino en la troglodita sorna de “¡Sí, pero tenemos Patria!” que profieren cuando no consiguen papel tualé. La contradicción ahí no es de ninguna manera relevante (y probablemente ni siquiera perceptible) para ellos. El propósito central es el de despojar a la revolución de un importante activo simbólico, y eso en sí mismo ya constituye una razón más que determinante para perseverar en el dislate.

Desde la óptica del anticomunismo las contradicciones no son elementos de valor en la confrontación con todo aquel modelo que de alguna manera refiera a ideas o postulados de izquierda. A diferencia de lo que suele pensarse, el anticomunismo no es sinónimo de la ideología capitalista. Mientras que el capitalismo es riguroso en la elaboración conceptual de principios y postulados filosóficos propios, el anticomunismo no se basa en cuerpo doctrinario alguno, sino en el odio hacia las ideas de otros. Lo que permite que corrientes de diverso signo (socialcristianos, socialdemócratas, centro izquierdistas, ultraizquierdistas, etc.) puedan converger en un mismo propósito, como es el caso de la llamada Mesa de la Unidad Democrática en Venezuela, que tiene en el antichavismo su único elemento doctrinario común.

La recurrente propuesta del diálogo a la que apela la oposición antichavista de manera terca como fórmula milagrosa para subsanar lo que ella denomina “crisis nacional” (que no es otra cosa que la evidencia de su propia ineptitud para alcanzar el poder por la vía democrática), persigue colocar a la minoría política del país en una posición decisoria de gobierno sin necesidad de haber alcanzado la mayoría que en todo régimen democrático resulta indispensable para la determinación de la responsabilidad en la conducción del Estado. El chantaje que a la larga significa esa propuesta de diálogo (que amenaza persistentemente con incendiar el país si no se le satisface), no es sino otro intento de vulgar saqueo contra el derecho soberano del pueblo a elegir sus gobernantes, y una perversa emboscada política que busca frenar desde una mesa de conciliábulo el avance del Plan de la Patria por el que el pueblo votó mayoritariamente.

Para el anticomunismo todo régimen popular es por excelencia antidemocrático esencialmente porque, según el dogma anticomunista, el poder debe ser ejercido por las élites dominantes y no por las mayorías proletarias (comunismo). Es por ello que, para la retardataria derecha antichavista nacional e internacional que hoy ataca a la revolución bolivariana el voto termina siendo un enemigo de primer orden, porque ha convertido a los venezolanos en actores de un proceso de transformaciones que han impedido mediante el sufragio durante más de dieciséis años la reinstauración del modelo neoliberal que tanta exclusión, hambre y miseria generó en el pasado.

A lo largo de toda la revolución bolivariana, se han llevado a cabo más elecciones que en ningún otro momento de nuestra historia como república. Un promedio de una elección anual así lo evidencia.

Jamás el cronograma que el Consejo Nacional Electoral está obligado por Ley a establecer ha sido postergado. No hay ningún anuncio (y ni siquiera un indicio) que permita afirmar que se está evadiendo en esta oportunidad ese compromiso con la democracia, que la revolución ha honrado sistemáticamente como parte de su propuesta de profundización de la participación y el protagonismo que ella promueve con su proyecto de socialismo bolivariano y chavista. El voto, como instrumento de reafirmación democrática de los pueblos, es consustancial a la concepción chavista del Estado.

De ahí que el objetivo más importante de la huelga de hambre montada por los líderes terroristas recluidos en la cárcel militar de Ramo Verde, presos gracias a sus actos de agavillamiento, conspiración e instigación al asesinato, y por los cuales se ha movilizado tan activamente esa derecha nacional e internacional, no sea ya demandar su liberación sino exigir el establecimiento de una fecha para las elecciones parlamentarias de este año. La observación internacional de las elecciones, otro gran avance en el perfeccionamiento del sistema electoral venezolano que se ha expandido desde Venezuela hacia el mundo entero (menos a EEUU que la prohíbe), y que durante la revolución ha estado incluida en todos los procesos eleccionarios, forma parte del ridículo paquete de solicitudes absurdas de esos huelguistas.

El propósito no es otro que el de hacer aparecer desde ya ante el mundo a la revolución como una dictadura, para preparar el terreno mediático que les permita denunciar fraude en unas elecciones en las que a todas luces saldrán inevitablemente derrotados, tal como lo indican no solo las encuestas sino el estruendoso fracaso de sus primarias y la muy escasa capacidad de convocatoria que apenas logran alcanzar en sus movilizaciones de calle. La realidad de la oposición es el descalabro en el que agoniza.

Exigir lo que inevitablemente se va a dar, lo pidan ellos o no, es una burda forma de engaño que solo busca confundir al pueblo mediante el viejo truco de las profecías autocumplidas, al mejor estilo de los vaticinios de lastimosidad de los videntes de la antiguedad que anunciaban como prodigio propio la salida del sol por las mañanas. Es el recurso último y desesperado de una derecha fracasada y estafadora que solo puede vivir, cuando mucho, del impúdico despojo de los logros ajenos.

(1) Intervención de Gerardo Blyde

@SoyAranguibel