Constituyente pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

En el anacrónico modelo de democracia representativa, el Estado se entiende como la expresión más acabada de la jerarquización de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad.

Solo los más notables ejercen la conducción de las instituciones y le otorgan supremacía a las estructuras del poder. El dinero, los títulos y los doctorados, son las credenciales que facultan esa preminencia de las élites sobre el pueblo y le otorgan perpetuidad a dicho esquema.

Se reproduce así un modelo excluyente e inhumano que velará siempre por los intereses de los poderosos, los ricos, los más encumbrados en la escala social.

Pero en una revolución como la bolivariana, donde el ser humano es foco y centro de la filosofía que la orienta, ese arcaico y repulsivo modelo de la jerarquización no existe. No porque su abolición se establezca mediante Decreto o Ley alguna, sino porque la nueva correlación del poder se forja al calor de la movilización popular en la cual se sustenta.

A medida que el pueblo adquiere conciencia de su rol en la sociedad (conciencia de clases, en el argot revolucionario) la realidad social tiende a transformarse progresivamente para erradicar la odiosa formulación de la supremacía burguesa y sustituirla por lo que se conoce como “el poder popular”.

Cuando ese poder no se conquista por la vía de las armas sino en el marco de una profunda democracia como la bolivariana, será él el único llamado a modificar las estructuras del Estado para dar paso a una nueva concepción del mismo, con base en el precepto de la participación y el protagonismo consagrado en nuestra Constitución.

De ahí el estado de shock emocional que padecen los sectores pudientes de la sociedad venezolana desde el domingo 30 de julio. Su nivel de comprensión de la realidad no acepta tanto pueblo como el que ha sido electo Constituyente por la inmensa mayoría del país, involucrado directamente en la creación de un nuevo ordenamiento jurídico.

Esos sectores reaccionarios, erigidos en cultores criollos de la filosofía neoliberal burguesa que crea hoy el hambre y la miseria en el mundo, repudian la recién electa Asamblea Nacional Constituyente porque por primera vez en nuestra historia el parlamento no es una asamblea de oligarcas enzapatados sino una auténtica tribuna de la Patria.

@SoyAranguibel

Las propuestas las hace el pueblo… ¡Y punto!

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, tal como lo expresa de manera clara e inequívoca su Artículo 5, se establece el principio esencial para el funcionamiento de una sociedad perfectamente democrática.

Pero la realización de la democracia no reside en el acto ritual del voto cada cierto tiempo, sino en la influencia real que el elector tenga sobre los asuntos que tienen que ver con el poder y con las políticas que de éste emanen en función del interés colectivo de la ciudadanía.

Es lo que la misma Constitución bolivariana asume como “Participación y protagonismo”. Un concepto diametralmente opuesto a la idea de democracia como la concibe la sociedad neoliberal burguesa.

Siguiendo estrictamente la letra no solo de ese Artículo 5 sino de todo el texto constitucional en su conjunto, es como puede entenderse hoy la abismal diferencia entre la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el presidente Nicolás Maduro al país, y la negación absoluta que comprende el ilegal llamado de la oposición golpista a desconocer ese derecho soberano del pueblo a ejercer con su voto la participación y el protagonismo para el cual lo faculta nuestra Carta Magna.

En la propuesta hecha por el Primer Mandatario, está contemplada una consulta nacional amplia y profunda acerca de los más diversos temas de interés para todas y todos los venezolanos en la búsqueda de la superación de los problemas económicos, sociales y políticos, que aquejan hoy por hoy a nuestra población.

El inconstitucional llamado de la oposición, por su parte, no es sino una demencial convocatoria a los venezolanos para que se nieguen a sí mismos su derecho al voto.

Un evento que no solo no está contemplado en la Constitución sino que carece de la mínima plataforma tecnológica que asegure la idoneidad del mismo, así como carece de supervisión de organismos imparciales que de fe de su transparencia como no sean los medios de comunicación que hoy se confabulan con ellos en su plan contrarrevolucionario.

Los mismos que hablan de millones cuando reúnen apenas a trescientas o cuatrocientas personas en sus eventos, ahora dirán que lograron catorce millones de votos en los barrios, precisamente donde su campaña de violencia no ha logrado prender durante los más de cien días de terrorismo con los que ha azotado solo a algunos urbanismos del este del este en muy pocas ciudades del país. Una vulgar operación de “pagarse y darse el vuelto”.

Tal plebiscito, un recurso de malabarismo barato con el cual esa derecha retardataria y vende patria pretende disminuir mediáticamente la contundencia y significación del certero golpe político que le asestó el líder der la Revolución Bolivariana con su convocatoria (justamente cuando ella se creía dueña y señora del terreno en su idílico y fatuo camino a Miraflores) viene a corroborar que en la oposición no existe de ninguna manera la disposición a escuchar al pueblo, ya no nada más en sus necesidades (conocidas de sobra por la población entera) sino en algo que para la Revolución ha sido siempre lo más importante, como lo son las propuestas que ese pueblo, hoy altamente politizado gracias al Comandante Chávez, tiene derecho a exigir que sean escuchadas y debatidas en el propicio escenario que viene a ser una Asamblea Nacional Constituyente.

La posibilidad única en la historia, y probablemente en el mundo, en que una Constituyente sirva para que se debatan las ideas y propuestas de los humildes, de los que no tienen acceso al inmenso poder del Estado, de quienes desde los más apartados rincones del país padecen en carne propia el impacto real de las guerras económicas que el gran capital ha desatado desde siempre contra el pueblo, de aquellos a quienes la burocracia menosprecia y ofende con su indiferencia y su despotismo, de quienes no piden más que justicia frente a la impunidad de los delitos que los cultores del neoliberalismo no se cansan de cometer desde dentro y desde fuera de la administración pública, es en este momento el hecho revolucionario más trascendental y valioso para la consolidación del modelo profundamente democrático de sociedad que todas y todos aspiramos.

Por eso el timbiriche plebiscitario de la derecha no despierta entusiasmo alguno de verdadera significación popular en el país. Las cada vez más notorias demostraciones de deslindamiento que la gran mayoría de la militancia opositora le expresa a los llamados de violencia callejera, a la insensatez de los auto encierros inútiles que son las barricadas sin sentido a las que convocan sus líderes, son evidencia irrefutable del fracaso opositor en su nueva y demencial aventura contrarrevolucionaria. Solo que esta vez el fracaso es frente  a su propia militancia.

Esas venezolanas y esos venezolanos que no comulgan con las ideas del chavismo, tienen también en la Constitución bolivariana el derecho a ser escuchados y a que sus planteamientos sean debatidos con entera libertad, tal como lo hace hoy en todo el territorio nacional el pueblo chavista.

A lo largo y ancho del país nos encontramos a diario con el fenómeno prodigioso de la voz del pueblo presentando propuestas de toda índole. Con argumentos sólidos, con conocimiento de causa y experticia en el desempeño de tareas que los políticos ni siquiera imaginan cómo se llevan a cabo. Con una capacidad de análisis sorprendente que deja con la boca abierta por la fuerza de su sentido común y por su clara visión crítica a los científicos y académicos más esclarecidos.

En cada una de esas asambleas populares sentimos la fuerza del entusiasmo de quienes de una forma o de otra nos dicen con su interés y su preocupación que están dispuestos a dar hasta la vida por hacer realidad esta maravillosa oportunidad que Nicolás Maduro nos ha puesto por delante.

Es así como nos hemos persuadido una vez más de que en efecto tenía razón el Comandante Chávez, como siempre la tuvo, cuando puso sobre los hombros de ese pueblo la inmensa carga que comprendía la responsabilidad de continuar el proyecto revolucionario y de preservarlo de quienes pretendieran sacar provecho de situaciones difíciles para tratar de reinstaurar en el país el vetusto y destartalado modelo capitalista.

El pueblo sabe que tiene en sus manos esa responsabilidad y que es solo a través de una vigorosa Asamblea Nacional Constituyente como podrá consolidar y hacer avanzar cada vez con mayor acierto y posibilidades la senda del bienestar económico que logró alcanzar nuestro país por primera vez en toda su historia republicana solamente a lo largo del periodo revolucionario bolivariano.

Ninguna de las propuestas que vamos recibiendo de manos de ese pueblo humilde y trabajador que nos encontramos a lo largo de nuestro recorrido permanente por el país, está orientada hacia la impensable construcción o perfeccionamiento de un modelo de neoliberalismo capitalista de nuevo cuño. Mucho menos hacia un demencial retorno al modelo cuartorepublicano. Todas, sin excepción, enfocan la superación de las dificultades a partir de soluciones inspiradas en las ideas de justicia e igualdad social que nos legara el Comandante Chávez.

Desde el más humilde productor del campo, hasta los trabajadores y empresarios independientes, movimientos religiosos, culturales, de la sexo diversidad, así como las mujeres, los pensionados y los jóvenes, encuentran hoy que ciertamente el camino civilizado y civilizatorio para construir esa sociedad a la cual todas y todos aspiramos, es solo posible a través de un mecanismo democrático y no a través de la guerra y del odio que propone la oposición.

Todas y cada una de sus propuestas serán escuchadas y debatidas, porque lo que está planteado en el llamado del Presidente no es un proyecto para satisfacer la aspiración de un grupo o de una élite, como lo plantea la derecha, sino de una sociedad toda, en la cual podamos reconocernos entre iguales bajo un mismo principio de participación y protagonismo.

@SoyAranguibel

¿Es democrática una elección no partidista?

Por: Alberto Aranguibel B.

 La violenta reacción de la oposición venezolana a la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el Presidente Nicolás Maduro, pone una vez más de relieve la imperfección del modelo de democracia representativa que todavía hoy, luego de casi un cuarto de siglo de la profunda democracia participativa y protagónica que vive el país, la derecha pretende presentar como el modelo más conveniente para una sociedad como la venezolana.

Apenas pronunciada por el Primer Mandatario nacional la frase “Convoco a una Constituyente ciudadana, no una Constituyente de partidos ni de élites…” en su discurso del 1ro de mayo en la Avenida Bolívar de Caracas, la dirigencia opositora pegó el grito en el cielo para denunciar lo que de inmediato calificó de “fraude”, sin entrar ni en lo más mínimo en la esencia doctrinaria de la fórmula invocada por el líder de la Revolución Bolivariana.

Quienes de buena fe dudaron en un primer momento si la propuesta presidencial contaba o no con el debido sustento legal que le permitiera avanzar sin necesidad de llamar primero a Referéndum Consultivo, entendieron luego de las debidas explicaciones técnicas aportadas por los constituyentistas más calificados del país, que tal duda era completamente infundada.

Se trataba de una jugarreta más de la derecha golpista que pretendía capitalizar en esta oportunidad la campaña de difamación que difundió desde el 2015 hasta el pasado año, en la que acusaba al Presidente de negarse a un llamado a Referéndum que permitiera determinar si se revocaba o no su mandato.

Aquel Referéndum, concebido por la Constituyente del 99 como una herramienta para el ejercicio de la participación y el protagonismo del pueblo que nuestra avanzada Constitución consagra, es una opción pero no una obligación. Quien pretenda la revocatoria del mandato de los cargos de elección popular, en este caso el del Presidente, deberá cumplir primero con una serie de requisitos para lograr activar tal consulta. La oposición (aún a pesar de todas las triquiñuelas y marramucias que armó para intentarlo) no logró completar tales requisitos y el Referéndum no se activó.

¿Por qué no logró su cometido la derecha en esa oportunidad? Porque no contó con el respaldo de los electores en la recolección de las firmas. Porque no obtuvo ni siquiera apoyo del electorado para legitimar sus partidos políticos ante el CNE. Porque no tiene discurso ni propuesta que no sea el odio contra todo lo que tenga que ver con Chávez y el chavismo. Y eso no sirve para activar un Referéndum.

Por eso, entre muchas otras razones, la derecha venezolana se opone de manera tan inflexible a todo cuanto contiene nuestra Constitución como mecanismos de participación y protagonismo del pueblo.

Esas élites, que se habituaron en el pasado a la placidez de un sistema electoral diseñado específicamente para asegurar su control sobre las elecciones y perpetuar así el modelo de democracia representativa, no creyeron nunca ni remotamente posible que el pueblo pudiera alcanzar un nivel tal de madurez política que le permitiera escoger con criterio propio quiénes debieran ser sus candidatos y cuáles debieran ser los compromisos que estos asumieran en función del interés de los electores y no de las cúpulas partidistas.

Son muchas las razones que llevan al elector a tomar su decisión definitiva en cada proceso electoral. Pero en la mayoría de ellas, el partido político, componente esencial de la democracia representativa, considera que posee el más perfecto nivel de control a través de la campaña electoral y de la cultura eleccionaria que ella genera.

De acuerdo al estudio de Franklin Guzmán en su Manual de Campañas Electorales (1992), la decisión del voto para la mayoría de los electores está tomada desde mucho antes de la campaña electoral. Sólo un 30%, según él, sería susceptible de ser influenciado por el mensaje publicitario o propagandístico durante ese periodo, lo cual no significa que el 70% restante no amerite “reforzamiento” de su decisión en esa fase.

Ese 30%, que termina siendo el factor decisivo en todo proceso electoral, es el objetivo central de las campañas.

“¿Votan los electores ideológicamente, o por lo menos con cierto sentido clasista del voto? –se pregunta Guzmán- ¿Son capaces los electores de reconocer las ideologías subyacentes en los partidos y candidatos y asociarlas con los problemas del aquí y ahora? ¿Hay una relación lineal entre la ideología y el partido preferido con la decisión del voto? ¿Cómo se reproducen las identificaciones partidistas e ideológicas entre los votantes? ¿Qué factores marcan el comportamiento electoral por largo tiempo y cuáles por corto tiempo? ¿Qué puede hacer que el militante o simpatizante de un partido vote por otro partido en una elección determinada?”

Tal cantidad de inquietudes atormentó desde siempre a los partidos políticos en la medida en que veían avanzar la concientización del pueblo respecto de la verdadera naturaleza y causa de los problemas que agobian a la sociedad. Pero fue muy poco lo que hicieron para adecuarse a esa nueva realidad. Por el contrario, la profundización en la búsqueda de tecnificar cada vez más las campañas electorales para procurar someter al elector a su antojo fue lo que privó en el ánimo de esa élite partidocrática que solo veló por sus intereses particulares y jamás por los del elector.

A través del evento ferial en que los partidos de la derecha convirtieron el debate político durante la campaña, se banalizaron sistemáticamente los temas más relevantes para el elector, convirtiendo incluso el acto mismo de la votación en una suerte de competencia de trivialidades que solo contribuía al secuestro de la democracia que los partidos llevaban a cabo con esa idea de representatividad que jamás representaba al elector, quien, desvalido como estaba frente a aquel asfixiante sistema, terminaba creyendo que la absurda modalidad del llamado “voto cruzado” (una forma de votar por un partido con una tarjeta grande a la vez que votaba contra ese partido con una tarjeta pequeña en un mismo acto de votación) podría haber servido como recurso de salvación para el electorado.

La campaña electoral se convirtió en el Alfa y el Omega de los partidos políticos de la derecha y de sus candidatos, a tal punto que ya su propuesta discursiva es virtualmente inexistente. Tal como lo demuestra la constante variación (y contradicción en la mayoría de los casos) en el discurso del liderazgo promedio de la oposición venezolana respecto de los más diversos temas. Como por ejemplo el tema Constituyente, por mencionar solo uno, en torno al cual esa dirigencia ha pasado sin solución de continuidad desde la solicitud más empecinada y terca por convocar una nueva ANC, al más categórico y desvergonzado rechazo a tal posibilidad.

Fiel a esos principios de la democracia representativa burguesa, la oposición venezolana va a evitar siempre toda elección que sea una consulta directa al pueblo, en la cual no tenga cabida la convencional campaña electoral partidista donde pueda utilizar a su antojo la inmensa cantidad de recursos de la que dispone, su capacidad de movilización, sus poderosas corporaciones mediáticas, sus empresas encuestadoras y sus laboratorios de mercadeo político, para tratar de influenciar a los electores.

Pero en Venezuela no estamos construyendo hoy un modelo de democracia representativa, sino uno donde la participación y el protagonismo del pueblo son los activos esenciales.

Bajo esa visión, el llamado del Presidente Maduro es lo más irrefutablemente democrático que puede hacerse para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, gracias a una Constitución como la bolivariana que permite tal posibilidad por primera vez en nuestra historia, al facultar expresamente al Primer Mandatario para ello a través de los artículos 347, 348 y 349.

El viejo modelo electoral, de las tarjeticas de colores y de la insensata cultura del “voto cruzado”, gracias a Dios ya no existe. Fue superado por la revolucionaria concepción de la inclusión social que nos trajo el Comandante Chávez y que el presidente Maduro hoy pone de nuevo en marcha con la sectorización de la consulta popular a la que nos ha convocado, asegurando así la posibilidad cierta de que la voz del pueblo esté presente de manera directa en la construcción de la Patria a la que aspira.

Algo que será siempre posible solamente en Revolución.

 

@SoyAranguibel

Mitos y falacias anticonstituyentistas

Por: Alberto Aranguibel B.

El empeño de la derecha venezolana en descalificar la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente, está sujeto a varios mitos y falsedades que deben ser desmontados para impedir a tiempo la obstrucción de un proceso que representa no solo la posibilidad de alcanzar plena y definitivamente la paz en nuestro país, mediante la erradicación de la diatriba política pendenciera y sin solución a la que nos ha arrastrado la oposición venezolana como muestra de su ineptitud y su incompetencia para gobernar, sino que entraña en sí mismo el inmenso logro del avance hacia una nueva concepción del Estado, de la sociedad y de la vida misma, de esa gente que mayoritariamente aspira al bienestar y al progreso en el marco de la paz y del respeto a nuestros valores como nación soberana e independiente.

En primer término, el mito según el cual las Constituciones vendrían a ser como camisas de fuerza que tendrían como fin impedir las posibilidades de transformación a la que aspiran siempre los pueblos. Mito que tiene su origen en la particular circunstancia de que la Constitución que sirve de referencia a la derecha en el mundo, la de los Estados Unidos de Norteamérica, no acepta la menor posibilidad de modificación en ninguno de los siete artículos que la integran.

Esa Constitución, que es la base normativa de las sociedades capitalistas, fue el producto de necesidades propias del comercio que tenían nueve de los trece estados que integraban la unión  hace casi un cuarto de milenio. Se trataba de la regulación del intercambio comercial entre esos estados y no de la consagración de derechos humanos o de funcionamiento del Estado en razón de las necesidades de la sociedad, sino de las necesidades de los grandes capitales.

La constitución norteamericana no permite revisión o modificación alguna porque ello significaría revisar el modelo capitalista. Y si hay algo inaceptable en el capitalismo es exactamente la posibilidad de ser sometido a consideración.

Una Constituyente como la que propone la Revolución Bolivariana, tiene que servir como guía de la aspiración del pueblo en función de los cambios que en el seno de la sociedad ocurran desde el punto de vista cultural, económico y político.

Tiene que ser una herramienta viva en permanente evolución, hasta que la sociedad alcance el estadio de justicia e igualdad que se propone el modelo social que la promueve.

Ulises Daal en su trabajo ¿Dónde está la Comuna en la Constitución Bolivariana? lo explica perfectamente: “La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) es la primera en la historia del constitucionalismo mundial que no fue dictada con el objeto de conservar o mantener las instituciones de la sociedad en la cual fue aprobada, como tampoco para establecer condición pétrea o inmutable de las instituciones que ella misma ordena crear. Ello es así porque al establecerse que el fin supremo de la CRBV es el de «refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural», hace de nuestra carta magna instrumento para el desarrollo de un proceso de transformación social en la dirección de alcanzar ese fin supremo”.

Hay quienes sostienen desde la oposición que adecuar nuestra Carta Magna a la nueva realidad social, política y económica, sería atentar contra el legado de Chávez. A Ellos habría que decirles, siguiendo la idea de Daal, que lo contrarrevolucionario sería colocar nuestra Constitución bolivariana de espaldas a las nuevas necesidades del pueblo y asumirla, como asumen los norteamericanos la suya, como un texto inflexible que solo sirve para perpetuar el sistema de opresión contra sus ciudadanos.

Otro mito es que sería un fraude llamar a Constituyente en vez de convocar a elecciones generales.

La elección general que propone la derecha es una flagrante inconstitucionalidad que busca violentar el hilo constitucional con efectismos de ilusionistas que nada tienen que ver con el carácter democrático que intentan imprimirle.

La mega elección (como también se le dice), tiene el único propósito de hacer creíble ante el mundo la versión del fraude que la derecha necesita cantar para acusar al gobierno de “dictadura”. Cosa que le sería imposible de hacer si en vez de una sola elección se llevan a cabo tres o cuatro (incluido el referéndum aprobatorio de la Constituyente) y en cada una tuviera que denunciar fraude.

La elección de una Constituyente, no partidista y desde la base, es un tipo de elección distinta donde el inmenso poder del dinero no tiene la más mínima posibilidad frente a la de los liderazgos locales de cada comunidad.

Por eso cuando el presidente Manuel Zelaya, de Honduras, propuso la instalación de una urna electoral para consultarle al pueblo si estaba de acuerdo con iniciar un proceso constituyentista, esos grandes capitales se confabularon con el imperio norteamericano para sacarlo del poder de inmediato.

La derecha considera que consultarle al pueblo es un fraude a un sistema electoral que ella asume como de su exclusiva propiedad, porque en la democracia representativa las elecciones están destinadas a consolidar el modelo capitalista, no a transformar la sociedad.

Que una constituyente sectorial sería antidemocrática porque no representaría la voluntad popular de la mayoría, dicen desde la derecha. Un argumento descabellado que entiende a la sociedad como el conjunto de la escoria humana que no tiene ninguna utilidad para el Estado sino para las elecciones. Algo que corrige el Libertador Simón Bolívar en su Discurso de Angostura, cuando señala que la Constitución que debemos tener los venezolanos no debe obedecer a la naturaleza de otra sociedad sino a la realidad de la nuestra, con lo cual solo intentaba subsanar el error en el que los libertadores, entre ellos él mismo, habían incurrido en la Constitución de 1811, al consagrar las exclusiones que inspiró en su momento la Constitución de los Estados Unidos en nuestro primer texto constitucional.

En esa Constitución de 1811 se establecía, por ejemplo, lo siguiente: “Todo hombre libre tendrá derecho al sufragio […] si poseyere un caudal libre del valor de seiscientos pesos […] Serán excluidos de este derecho, los dementes, los sordomudos, los fallidos, los deudores a caudales públicos con plazo cumplido, los extranjeros, los transeúntes, los vagos públicos y notorios, los que hayan sufrido infamia no purgada por la Ley, los que tengan causa criminal de gravedad abierta, y los que siendo casados no vivan con sus mujeres, sin motivo legal.”

De haberse impuesto el criterio mercantilista que nuestra primera Constitución copiaba del modelo constituyente norteamericano, y de haber prosperado la tesis del carácter sagrado e inviolable que debía tener la misma, hoy en día más de la mitad de los venezolanos no tendría derecho al voto.

La propuesta sectorial tiene como objetivo asegurar que quienes vayan a adecuar nuestra Constitución a la nueva realidad y fortalecer el avanzado modelo constitucional que exige el país, sean verdaderos representantes del pueblo y no las élites políticas que desde siempre decidieron y comprometieron a su antojo el destino de la Patria.

Por eso los líderes de la oposición, que ya de hecho han secuestrado las aspiraciones de una buena parte del país al erigirse en cúpula sempiterna del poder en los partidos de la derecha, se niegan a reconocer el inmenso logro democrático que la revolucionaria figura de la Constituyente Sectorial convocada por el Presidente Maduro representa.

Otra falacia es el mito según el cual la Constitución estaría diseñada y cosida a la medida del Presidente Maduro para perpetuarse en el poder.

A tan escueto e insustancial argumento, una respuesta breve.

Si convocar el Poder Constituyente Originario del pueblo, para que sea él quien de forma soberana decida el modelo de sociedad que considera mejor para el país, es para la derecha un mecanismo de perpetuación en el poder, entonces bienvenido sea ese mecanismo que hará por fin del ritual electoral un instrumento de redención y de justicia social y no una herramienta para la legitimación de la explotación de la mayoría por parte de unos pocos.

Finalmente la perversa voltereta discursiva que advierte sobre la supuesta inutilidad de una Constituyente para resolver los problemas de desabastecimiento de productos y medicinas que hoy padece el país.

La respuesta es simple; si algo nos trajo a este punto de la crisis económica no fueron las medidas del Gobierno bolivariano, sino el engaño en el que cayeron quienes el 6 de diciembre de 2015 votaron por la derecha venezolana que ha pretendido incendiar al país desde que Nicolás Maduro fue electo Presidente de de la República, permitiendo así el envalentonamiento saboteador y pendenciero de esa derecha desde la Asamblea Nacional.

Para resolver los problemas de los venezolanos, hay que empezar por salir de esa oposición delincuencial y terrorista que ha llenado de destrucción, horror y muerte al país.

Y eso solo se logra hoy con una Asamblea Nacional Constituyente.

@SoyAranguibel

Aranguibel en VTV: Problemas de Venezuela se resuelven con más socialismo

Noticiero Digital / 31 mayo de 2017.- El analista político Alberto Aranguibel insistió este miércoles que la única manera de resolver los problemas del país es “con más socialismo”. En ese sentido, resaltó la importancia de la Asamblea Nacional Constituyente.

Así lo dijo en el programa Encendidos, que transmite VTV.

“Si algo ha sucedido hoy en Venezuela desde hace ya algún tiempo, es que los problemas que se han acumulado, que está padeciendo el pueblo, que efectivamente está pasando por una coyuntura muy difícil, muy dolorosa (…) están determinados fundamentalmente por dos factores”, comentó.

Indicó que uno de los factores es el fallecimiento del expresidente Hugo Chávez. “Eso desató la furia de un sector del capital privado (…) Ellos creían que se había liberado la economía y se desató una ola especulativa espantosa que hizo que todo el sector incurriera en una práctica especulativa que empezó a generar distorsiones muy graves en la economía, y que a su vez fueron generando otras distorsiones sucesivas que se fueron acumulando”.

“Hubo gente que pensó en un momento determinado que la solución era a través del voto en la elección de la AN y ahí se cometió un error gravísimo que llevó al segundo problema (…) Mucha gente creyó que hacía falta un contrapeso al Gobierno desde el punto de vista político. La gran mayoría de la gente no votó por Ramos Allup para que fuera presidente ni votó por Julio Borges para que fuera presidente, votaron para que hubiera una AN que le hiciera contrapeso político al Gobierno, esa fue la visión”, enfatizó Aranguibel.

En su opinión, “lo que resuelve el problema de Venezuela es más socialismo, y la manera expedita, rápida, el camino rápido fue el que creó Chávez; el de la profundización de la democracia (…) y esa es la oportunidad que nos está trayendo el presidente Nicolás Maduro con el llamado a Asamblea Nacional Constituyente”.

Apuntó que el sector opositor “no es democrático” y afirmó que “no quiere elecciones (…) Ellos necesitan una mega elección para cantar un fraude, provocar un estallido social y una intervención extranjera en el país”.

Sentenció: “No debemos aspirar a perfeccionar el capitalismo, porque el capitalismo es el que trae padecimientos a la humanidad que no se han podido solventar sino que por el contrario generan más miseria para poder asegurar el crecimiento empresarial que ellos dicen que es el desarrollo eficiente de la economía”.

Fuente: Noticiero Digital

Revolución es Constitución

Por: Alberto Aranguibel B.

No existe en el país Ley o reglamento alguno que obligue a levantar en alto la Constitución cada vez que se va a hablar de ella frente a un medio de comunicación. Sin embargo es ya una convención generalizada que todo el que va a mencionarla en público sea eso lo primero que procure hacer.

Que los chavistas levanten la Constitución al nombrarla, no tiene nada de extraño o incorrecto. El gesto es una modalidad inventada por el Comandante Chávez como expresión simbólica de triunfo frente a los sectores reaccionarios del país que se opusieron de manera persistente a ella desde antes incluso de iniciado el proceso revolucionario, cuando en la campaña electoral de 1998 satanizaban al Comandante por la sola propuesta que éste hacía por aquel entonces de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente.

Inmoral e infame es que los voceros de la derecha contrarevolucionaria pretendan engañar al país fingiendo algún tipo de respeto hacia nuestra Carta Magna, usando el mismo modo de elevar la Constitución cada vez que van a mencionarla frente a las cámaras.

¿Si no es obligatorio hacerlo, por qué lo hacen?

Porque la doctrina fundamental de la ideología neoliberal capitalista es la de despojar al pueblo de toda posibilidad de riqueza o de activo valioso para ponerlo al servicio de los sectores oligarcas de la sociedad.

Bajo la lógica del modelo neoliberal capitalista, el texto constitucional es una camisa de fuerza que no debe ser intervenida ni alterada jamás por los ciudadanos.

La Constitución de los Estados Unidos, la más antigua del mundo, es considerada por los norteamericanos como un texto sagrado, baluarte e inspiración del mundo capitalista hoy en día, que ningún ciudadano puede objetar o cuestionar so pena de terminar juzgado como traidor a la Patria y condenado a muerte.

Ello es así porque el texto constitucional de esa nación surge de una necesidad de regulación del comercio entre los trece estados que conformaban la unión a finales del siglo XVIII, y no de una necesidad de consagración de derecho humano alguno de las personas. Salvaguardar los intereses y privilegios de los poderosos fue siempre más importante en el capitalismo que la atención a las necesidades de la sociedad. En eso precisamente estriba la esencia de su doctrina del libre mercado.

Por eso los siete artículos que conforman la Constitución norteamericana no pueden ser tocados jamás. Porque para los capitalistas el modelo económico sobre el cual se funda su sociedad no debe ser susceptible bajo ningún respecto de modificación o transformación alguna.

Pero las sociedades orientadas a su transformación están obligadas a revisar su basamento jurídico para adecuarse en cada caso a la evolución de su modelo de país, así como de su realidad y sus circunstancias particulares. Por eso las constituciones avanzadas surgen siempre de los procesos de transformación de las sociedades.

En Latinoamérica, el proceso de gestación de nuestras naciones se inspiró inicialmente en esa particular concepción mercantilista de la sociedad que se asentaba en la Constitución norteamericana y nos llevó a asumir como propios exabruptos como los que contemplaba nuestra primera Constitución en 1811.

En ese texto, redactado por los próceres de nuestra independencia entre los que se encontraba el mismísimo Padre de la Patria, y que fue considerado por el mundo entero como “la más libertaria” de todas las constituciones existentes hasta el momento, se establecía, por ejemplo, que tenía derecho al voto “todo hombre libre, si a esa calidad se le añade la de ser Ciudadano de Venezuela, residente en la parroquia o pueblo donde sufraga, si fuere mayor de veintiún años siendo soltero, o menor siendo casado, y velado, y si poseyere un caudal libre del valor de seiscientos pesos en las Capitales de Provincia siendo soltero, y de cuatrocientos siendo casado, aunque pertenezcan a la mujer, o de cuatrocientos siendo en las demás poblaciones, en el primer caso, y doscientos en el segundo.”

Quizás en la cultura predominante entonces fuese difícil romper de la noche a la mañana con creencias y tradiciones a las que la sociedad, pacata y conservadora como era en su mayoría, estaba habituada. Y tal vez eso determinó que ese aberrante esquema de exclusión se asimilara sin problemas en el texto que estaba proponiéndose como el nuevo pacto común de la sociedad.

Pero Bolívar, que sí tenía perfectamente claro el rumbo emancipador de ser humano que debía tener el proceso independentista, se percata de ello. Pero no es sino casi una década después, en el Discurso de Angostura, cuando encuentra el escenario propicio para hacer una observación política de fondo que da al traste con esa perversa concepción mercantilista de la democracia.

“Ni remotamente -dice el Libertador en el Discurso de Angostura- ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los estados tan distintos como el Inglés Americano y el Americano Español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad política, civil y religiosa de la Inglaterra? Pues aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de América. ¿No dice El Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿que es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos; referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”

Hace dos décadas la realidad social, política y económica del país era completamente distinta a lo que es hoy en día. Lo que demuestra en sí mismo que en efecto estamos transitando por un proceso de transformaciones profundas del Estado y de la sociedad.

La revolución bolivariana ha emprendido desde entonces hasta hoy un arduo camino plagado de obstáculos y barreras, casi insalvables en la mayoría de los casos, para lograr la construcción de justicia e igualdad social que propone el Socialismo el Siglo XXI que impulsó el Comandante Chávez en el país, alcanzando niveles de inclusión social a lo largo de este corto periodo de nuestra historia infinitamente superiores a todo cuanto pudiera haber habido de bienestar para las venezolanas y los venezolanos desde que somos República.

Pero eso no significa que el socialismo haya triunfado definitivamente, ni que haya logrado instaurarse aún como el modelo rector de la economía en nuestro país.

No pudo prever el Constituyente en 1999, las Misiones, por ejemplo, porque ellas surgieron del desacato a las leyes por parte un sector golpista tres años después de promulgada la nueva Constitución.

Tampoco la muerte temprana del líder fundamental de la Revolución que apenas estaba dando sus primeros pasos. Ni mucho menos pudo prever el holocausto de especulación y usura que cientos de miles de empresarios y comerciantes contrabandistas y acaparadores iban a desatar contra el país al unísono y de un momento a otro, cuando creyeron que el fallecimiento de ese líder era la señal de rienda suelta que el neoliberalismo esperaba para hacer de las suyas.

De ese holocausto de avaricia y de desprecio al Estado nos vinieron el desabastecimiento, las infernales colas que obligaron a las venezolanas y venezolanos a someterse a la penuria que hoy padece el pueblo por el cual tanto ha luchado la Revolución Bolivariana. Y los «bachaqueros», el verdadero problema que la gente quiere ver resuelto. Pero eso tampoco podía ser ni imaginado siquiera por el Constituyente en 1999 por muy visionario que fuera.

Si el debate y la confrontación entre el gobierno y la oposición han determinado la naturaleza particular de este nuevo escenario, quiere decir que la sociedad venezolana está transitando por un proceso cierto de transformaciones. Proceso que debe continuar y en ningún caso involucionar hacia el pasado de oprobio, sufrimiento, muerte y dolor ya superados.

La única fórmula de aseguramiento del bienestar al que aspira hoy el pueblo venezolano es la adecuación del poderoso texto constitucional revolucionario a esta nueva y muy exigente realidad.

Asumir ese reto con sentido de responsabilidad histórica, tal como lo hizo el Comandante Chávez en su momento y como lo ha hecho el camarada Nicolás Maduro desde el 2013, es el deber de ese pueblo que tantas glorias libertarias signadas por el deseo de justicia y de igualdad social ha conquistado a través de la historia.

La Revolución Bolivariana es esencialmente constituyentista porque promueve, lucha y se entrega a la construcción de ese sueño inmortal del Padre de la Patria y de nuestro Comandante Eterno, Hugo Chávez Frías.

La derecha terrorista solo procurará, como siempre, asaltar la credibilidad del pueblo mediante engaños como el de elevar la Constitución frente a los medios, para acabar con ese sueño emancipador buscando restituir los privilegios de los capitalistas que tanta hambre y miseria generaron en el pasado.

Exactamente eso fue lo que hicieron el único día que han estado en el poder desde 1998; el infausto día del Carmonazo.

 

@SoyAranguibel