Asamblea Nacional: rumbo a la elección más importante de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

El primero de mayo de 2017, conmocionado todavía el país con la brutal arremetida de la derecha para tratar de acabar con la democracia venezolana, el Presidente Constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, convocaba al pueblo para la elección de una soberanísima Asamblea Nacional Constituyente que diera al traste con la violencia y el terrorismo con el que la oposición pretendió asaltar el poder, y alcanzara la paz tal como lo hizo dos meses después desde el instante mismo de su elección.

A partir de ese momento, y transcurridos casi dos años de aquel excepcional acontecimiento político que transformaría para siempre la idea de la democracia en Venezuela con la puesta en marcha del parlamento más numeroso y de mayor representatividad popular que jamás haya existido en el país (más de quinientos cuarenta constituyentes elegidos no solo territorialmente sino por los más amplios y diversos sectores socioproductivos) la expectativa nacional ha estado centrada en el “producto” que de ese importante actor político debe emanar.

La mayoría piensa que su labor es la de garantizar el buen funcionamiento de la economía mediante Leyes y normativas de control que surjan de su seno. Otros, no menos preocupados, estiman que la labor del órgano constituyente es la de obligar al Poder Ejecutivo a cumplir con dichas Leyes y normativas para asegurar el orden en el ámbito no solo de la economía, sino de funcionamiento mismo del Estado.

Todos, sin excepción, claman por el nuevo texto constitucional que debe redactar y debatir dicha asamblea constituyente, para ser sometida a la aprobación del pueblo en referéndum, porque se considera que es ese el trabajo que en definitiva le corresponde a dicho ente.

Pero la función más importante de la ANC, en medio de la apremiante y particular coyuntura económica, social y política por la que atraviesa el país, es mucho más que todo eso, tal como lo ordena el Artículo 347 de la CRBV que le asigna como atribuciones no solo la redacción de un nuevo texto constitucional, sino también, y con la misma relevancia, la creación de un nuevo ordenamiento jurídico, así como la transformación del Estado.

Evaluadas las prioridades, como corresponde a todo proceso constituyente, fue perfectamente claro desde un primer momento que la tarea más urgente era el rescate de la gobernabilidad, severamente afectada hasta aquel momento por la aviesa acción terrorista llevada a cabo por la oposición no solo en las calles sino a lo interno de las estructuras del Estado, mediante el concurso de miles de opositores infiltrados como funcionarios en todos los organismos públicos desde mucho tiempo atrás para, llegado el momento, intentar hacer implosionar al gobierno desde sus propias entrañas.

Si en ello la idea de la transformación del Estado, para asegurar la paz y la convivencia alcanzada con aquella elección masiva que le daba su legitimidad, aparecía como la más importante, entonces la obligación era atender esa tarea en primer lugar. Porque sin el aseguramiento de la paz, todas las demás acciones que se intentaran en lo económico, en la revisión del ordenamiento legal, en la supervisión y contraloría del estado, etc., habrían sido inevitablemente infructuosas.

La guerra desatada por la derecha nacional e internacional a lo largo de todo este periodo se ha fundamentado en la acusación de dictadura que los medios capitalistas le han acuñado a la Revolución Bolivariana, en virtud de lo cual el rescate de la verdad frente a esa infame acusación era igualmente impostergable. Se necesitaba demostrarle al mundo, mediante la intensificación del ejercicio del voto, que la democracia venezolana es hoy por hoy una de las más sólidas y avanzadas, y reducir con ello al mínimo la eventual duda que pudiera tener algún venezolano al respecto.

Por eso la convocatoria a elecciones adelantadas para renovar los cargos de elección popular en todos los niveles de la administración pública, incluyendo gobernadores, alcaldes, concejales y Presidente de la República, fue definitivamente la más trascendental y determinante de todas las acciones que hubiera podido acometer la ANC en estos dos años. Mientras la derecha se empeñaba en derrocar a uno solo de esos funcionarios, creyendo estúpidamente que de esa forma puede declarar reinstaurado su salvaje modelo neoliberal en el país, el pueblo acudía masivamente a reiterar su vocación democrática, expresada a través del voto universal, directo y secreto constitucionalmente establecido, eligiendo libre y soberanamente a todos sus gobernantes, lo que ha impedido el triunfo de la derecha en los escenarios internacionales donde ha intentado cercar al gobierno bolivariano con el falso expediente de la dictadura.

Lo correcto, entonces, es adelantar igualmente las elecciones para escoger una nueva Asamblea Nacional, tal como lo hemos planteado desde hace varias semanas algunos constituyentes a lo interno de la plenipotenciaria ANC, y como lo ha propuesto este sábado el propio el Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro Moros.

Nada se hacía en la búsqueda de la gobernabilidad y el rescate de la estabilidad económica, social y política que el país necesita para avanzar consistentemente hacia su recuperación y retomar la senda del bienestar y el progreso al que aspiran las venezolanas y los venezolanos, si no se cumplía con la renovación plena de todos los poderes, y se ratificaba de esa manera ante el mundo que el chavismo no es solamente la orientación política personal del Primer Mandatario, sino un sentimiento nacional auténtico, expresado de manera reiterada e inequívoca a través del voto popular mayoritario.

La elección que llevó a la oposición a controlar el Poder Legislativo de 2015 (uno solo apenas de los cinco en los que está constituido hoy el Estado), no fue de ninguna manera crecimiento alguno del antichavismo, sino el traspié más grave que pudo haber dado la Revolución Bolivariana al permitir en aquel momento la desmovilización de más de dos millones de su votación promedio, obtenida consistentemente a lo largo de dos décadas.

Tal distorsión permitió que se desataran desde aquel momento los demonios de una derecha que se sabe inexorablemente derrotada por el movimiento de redención popular más numeroso, comprometido y activo que jamás haya existido en Venezuela (y muy probablemente en el Continente) como lo es el chavismo. En virtud de lo cual se abocó al desquiciado empeño del derrocamiento del Presidente de la República, mediante la utilización de los más inimaginables e insensatos artificios de violencia, terrorismo, criminalidad y entreguismo que nunca antes haya conocido el suelo patrio, llevando al país al borde del más hondo y trágico precipicio al que jamás haya podido asomarse, como lo es la amenaza de una invasión militar por parte de la más cruel y sanguinaria potencia imperialista de la historia.

Frente a esa amenaza. Frente a la infame desvirtuación de la realidad a la que estamos sometidos por la mediática de guerra que apoya a esa derecha golpista. Frente a la pérfida acusación de dictadura que han implantado en el mundo contra el gobierno legítimo del Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro. Frente a la duda que algún venezolano pudiera tener acerca de las perversas intenciones entreguistas de ese liderazgo opositor que hoy se siente oxigenado con la vocería de un arribista insensato y de medio pelo que no tiene ni idea de la barbaridad que protagoniza, la ANC tiene que aprobar dicho Acuerdo de Convocatoria a nueva elección de la Asamblea Nacional, para resolver, no uno sino todos, los graves problemas que afronta hoy el país, derivados casi en su totalidad del irracional delirio golpista de quienes hoy la integran.

Aprobar ese adelanto de elecciones, no será, pues, un tiránico acto de retaliación política (como seguramente dirán), sino un acto de ratificación plena y absoluta de la democracia participativa y protagónica con la cual Venezuela le da hoy lecciones al mundo de verdadero respeto a la libertad y a los derechos humanos.

Respeto al pluralismo político que esa derecha putrefacta y carcomida pretende destruir entregando la Patria y poniéndose de rodillas al imperio. Algo que, salvo las contadas excepciones que representa esa insensata dirigencia opositora, repudian por igual todas y todos los venezolanos en esta crucial hora de nuestra historia.

Pero, sobre todo, será un acto que demostrará sin el menor atisbo de duda que las venezolanas y los venezolanos somos una sólida y poderosa masa humana cohesionada en torno a la más clara e irreductible idea de soberanía y de independencia.

@SoyAranguibel

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Enajenados

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 24 de febrero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde hace ya varios años no encuentro un texto de ningún opositor en las redes sociales que no se refiera a los chavistas calificándoles con denuestos e improperios de toda clase, rematados siempre con la amenaza del sombrío futuro carcelario que le auguran con grosera fruición y hasta con nerviosa lascivia.

Para el opositor común, la cárcel es el destino necesario e ineludible para todo aquel que simplemente difiera de su apátrida, neoliberal y pitiyanqui punto de vista sobre lo que debe ser el país.

Una cultura de auténtica persecución ideológica sembrada en la mente de ese sector desde la instauración de la doctrina betancuriana del “disparen primero y averigüen después” que tanta sangre hizo correr en Venezuela y que tanto dolor dejó sembrado en el alma de los venezolanos.

Desconcertante amenaza la de la cárcel que le deparan al chavismo, cuando se lee con detenimiento la exposición de motivos del esperpento de ley de amnistía que hoy esa misma derecha persecutora propone en la Asamblea Nacional.

En su discurso contra la argumentación de los diputados revolucionarios que denuncian la aberración del proyecto, el presidente de ese cuerpo legislativo amenaza con prisión inexorable nada más y nada menos que a todos y cada uno de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia, como en una suerte de remate glorioso a lo que los integrantes de su propia bancada le ofrecían en sus intervenciones a los parlamentarios de la revolución. Todos, sin excepción, prometieron a diestra y siniestra la cárcel como destino único y final a quienes refutaban en sus desgañitadas intervenciones.

Pedir la liberación de hipotéticos presos políticos amenazando con cárcel a quienes abogan por la justicia, es una barbaridad que pone en evidencia la inmoralidad de la propuesta. De ninguna manera se trata de una búsqueda de la reconciliación (que ellos mismos han destruido a punta de golpe de Estado, guarimbas y guerra económica), sino de la auténtica doctrina de la impunidad que les es tan propia.

Una bancada que ha impuesto el uso de la inmunidad parlamentaria como visa para la excarcelación de criminales ataviados de políticos, no tiene la más mínima catadura moral para hablarle de reconciliación al país.

Su sed de poder a como dé lugar, les lleva a la más brutal enajenación.

@SoyAranguibel

¿Cuánto vale Bolívar?

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 1 de febrero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“Dicen que tuvo en su faz lo que salva y lo que aterra…” Potentini

La única imagen del Libertador Simón Bolívar que no fue realizada por la mano arbitraria y subjetiva de ningún artista, fue hecha por computadora luego de un exhaustivo trabajo de multidisciplinaria investigación científica que contó con lo más avanzado de las técnicas forenses y antropológicas de reconstrucción facial existentes, a partir de la propia osamenta del Padre de la Patria.

Sobre la base metodológica de esas mismas técnicas se investiga hoy el origen del hombre y las circunstancias de su evolución en la búsqueda de respuestas lo más precisas posibles para la ciencia acerca del porvenir de la humanidad y del universo mismo, precisamente para evitar las subjetivas interpretaciones de la creación artística.

De hecho, los grandes saltos del arte pictórico han surgido de la inquietud de los artistas por tratar de reproducir la realidad pero siempre a partir de un lenguaje propio que ha dado origen a las diferentes corrientes del arte a través de la historia. Por eso en los lienzos que recogen la figura humana no se busca la fidelidad de los rasgos del personaje sino la calidad, imponencia y naturaleza particular de la técnica, del trazo, o del estilo del arte que lo contiene. De haberse propuesto Picasso un retrato del Libertador, con toda seguridad habría sido excepcional y valioso como pieza de arte, pero indiscutiblemente horrendo como reflejo del Bolívar verdadero.

En su tiempo Miguel Angel, quizás el más grande artista plástico de la historia, no fue capaz de imaginar el rostro de Dios (y ni siquiera se lo propuso porque su oficio no era el de teólogo) sino que plasmó para la posteridad al anciano bonachón de luenga barba que se aceptaba comúnmente desde que la grandeza se representaba robusta y arropada con las túnicas impolutas que ataviaban a los sabios de la antigüedad.

Con Bolívar los artistas de su época hicieron lo que mejor les pareció y por las más diversas razones. La multiplicidad de rostros diferentes con los cuales lo intentaron reproducir dan fe de ello.

El historiador Jorge Mier Hoffman se refirió a este aspecto de la vida del Padre de la Patria en estos términos: “Simón Bolívar cautivó las mentes creativas de los artistas que encontraban en los cuadros del Libertador un rentable negocio ante la demanda que tenían las pinturas de su rostro… Los campos de Daubingy que bordean la cosmopolita París, era el lugar de encuentro de innumerables artistas plásticos, quienes inspirados en esos parajes pintorescos de primavera, se dedicaban a pintar el rostro de Bolívar de mil maneras, mil batallas y mil ambientes: de perfil italiano, griego, árabe, afrancesado, inglés; en fin, cada artista lo interpretaba en un ideal y un liderazgo de mil formas y mil estilos distintos…”

El gigante de las letras latinoamericanas y premio Nobel de Literatura, Gabriel García Márquez presenta en su novela histórica El General en su laberinto, obra que él mismo afirmó le había costado cientos de horas de investigación y documentación, una esclarecedora revelación. “El más antiguo de sus retratos era una miniatura anónima –dice- pintada en Madrid cuando tenía dieciséis años. A los treinta y dos le hicieron otro en Haití, y los dos eran fieles a su edad y a su índole caribe. Tenía una línea de sangre africana, por un tatarabuelo paterno que tuvo un hijo con una esclava, y era tan evidente en sus facciones que los aristócratas de Lima lo llamaban El Zambo. Pero a medida que su gloria aumentaba, los pintores iban idealizándolo, lavándole la sangre, mitificándolo, hasta que lo implantaron en la memoria oficial con el perfil romano de sus estatuas.”

Sobre el verdadero aspecto del Libertador, el historiador argentino José Luis Busaniche compendia en su libro “Bolívar visto por sus contemporáneos” no una semblanza de antojadizos biógrafos de inspirado albedrío, sino una serie de escritos de muchos de quienes conocieron en persona al prócer independentista, incluyendo textos de aquellos que tuvieron profundas desavenencias con él, como el infame coronel inglés Hippisley, quien relata: “Si consideraba todo cuanto había oído hablar de él, se me hacía difícil identificarlo con la persona que ahora tenía ante mis ojos. Bolívar es un hombre de pequeña apariencia a quien se le darían cincuenta años de edad y no cuenta más que treinta y ocho. Tiene cinco pies y seis pulgadas de estatura ( 1,70 mts); es flaco y pálido, el rostro alargado ofrece todos los síntomas de la inquietud, de la ansiedad, y hasta podría decirse del desaliento y la desesperación. Daba la impresión de haber experimentado grandes fatigas. Sus grandes ojos oscuros que otrora fueron brillantes, aparecían en aquel momento apagados abatidos. Llevaba los cabellos negros atados con una cinta en la parte posterior de la cabeza. Lucía grandes bigotes negros y ostentaba un pañuelo negro alrededor del cuello; vestía casaca militar, pantalones azules y botas con espuelas.”

La descripción del mercenario inglés se acercaba mucho más que las pinturas a lo que Páez describió en sus memorias sobre aquel hombre de carne y hueso: “Sus dos principales distintivos –dice Páez- consistían en la excesiva movilidad del cuerpo y en el brillo de los ojos que eran negros con mirar de águila, circunstancias que suplían con ventaja a lo que la estatura faltaba para sobresalir sobre sus acompañantes. La tez tostada por el sol de los trópicos, conservaba, no obstante, la limpidez y lustre que no habían podido arrebatarle los rigores de la intemperie y los continuos y violentos cambios de latitudes por las cuales había pasado en sus marchas.”

Bolívar, pues, como lo ilustra Potentini, ha podido tener mil rostros. Que el propio Libertador haya tenido que terciar en la polémica que ya en vida suya causaba la disparidad de interpretaciones que los retratistas le hacían, al escoger el cuadro de Gil de Castro que usa como escudo Ramos Allup como “el que más se asemeja” a él, es demostración inequívoca de que ninguno de esos cuadros se le parecía.

Demuestra la bravata del parlamentario sacando de la Asamblea Nacional al Libertador con toda clase de denuestos, que la derecha jamás escuchó razones cuando se incorporaba la octava estrella al pabellón nacional. Y que mucho menos comprendía la necesidad del pueblo cuando quiso conocer si a quien se veneraba en el Panteón Nacional era en verdad a su libertador. Su problema fue en todo momento marcar la mayor distancia posible con lo que desde siempre consideró de manera irracional la simbología chavista.

El soez argumento del parlamentario a tan grave afrenta al padre de la patria (“…ese fue un invento para hacer que Bolívar se pareciera a Chávez”) pone al descubierto el desprecio ya no solo al sentimiento del alma nacional, sino a la más elemental idea del poder. Quizás porque así lo conciben los adecos, Ramos supone que la simbología puede categorizarse de acuerdo a la clase social, y en consecuencia de tal insensatez actúa.

No se trata ya del ancestral desprecio de la burguesía hacia Simón Bolívar por haber dado la libertad a los esclavos y expropiado a los terratenientes del imperio español, o de la exaltación de Páez como el restaurador de los privilegios del mantuanaje y autor de la expulsión de Bolívar del suelo patrio, sino de la delirante pretensión de una oligarquía rastacuero y pendenciera como la venezolana por hacerse de un prócer distinguido no “amulatado”.

En las casonas del Country Club, las figuras de Bolívar y de Miranda estuvieron proscritas desde siempre. Ahora, cuando un gigante de la talla de Hugo Chávez trae de nuevo al verdadero Libertador y lo coloca en el centro del corazón de todos los venezolanos, porque hoy existe entre ellos una perfecta conciencia del sentido de patria, la burguesía se encuentra en una disyuntiva asfixiante y terrorífica. Aceptar al Bolívar verdadero, al que dio su vida por la emancipación del pueblo, es una insolencia a la idea misma de alcurnia que ellos representan, pero ya no les es posible seguir escondiéndolo en un sótano oscuro y maloliente.

Lo que ha hecho el diputado Ramos con esa barbaridad pseudo académica del “Bolívar clásico”, perfectamente engalanado en imponente traje militar y muy lustrosas botas que difiere por completo al que el mismísimo Páez describe en sus memorias, es inventarle a la oligarquía un Padre de la Patria aristocrático medianamente digerible para ellos.

Un Bolívar que no será jamás el que valora el pueblo.

 

@SoyAranguibel

 

El viejo camuflaje de la derecha y el discurso de un presidente verdaderamente revolucionario

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 18 de enero de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia deja de funcionar cuando la gente siente que el sistema está al servicio de los ricos, de los poderosos, o de algún interés específico” Barack Obama

En la modesta tumba de Carlos Marx en el cementerio de Highgate, en la ciudad de Londres, los huesos del creador del socialismo científico tal como lo conocemos hoy deben haber estallado entre una polvareda de células petrificadas y desvencijados ropajes sepulcrales, en el instante mismo en que la betancuriana voz del secretario general de Acción Democrática tronaba amenazadora en la Asamblea Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, proclamando: “Yo no soy neoliberal… ¡Y tengo obra escrita!”.

Sin permitir ni un instante la necesaria recuperación del aliento de la concurrencia y del mundo entero que presenciaba estupefacto por radio y televisión el desafuero del veterano parlamentario luego del mensaje a la nación ofrecido por el primer mandatario, Nicolás Maduro Moros, Ramos Allup (completamente de polizón en la cadena nacional presidencial) remataba su pueril perorata de tartamuda y nerviosa pero divertida egolatría con el apotegma “¡Obra escrita que muchos académicos de izquierda consultan!”

Apenas cuatro días antes, el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica (y máximo exponente del neoliberalismo en el mundo) presentaba su saludo anual al congreso de esa nación, en el que exponía a cabalidad la que perfectamente pudiera denominarse la doctrina Obama de la impudicia y el caradurismo, apoyada en el mismo recurso al que apela el presidente de la Asamblea Nacional de usar un esquema discursivo de izquierda que le permita lograr algún nivel de credibilidad y resonancia entre la audiencia.

Atónita, la humanidad escuchó en boca del primer presidente negro del imperio norteamericano, la grotesca arrogancia de un emperador insolente y desalmado como nunca antes ha conocido la humanidad. A las desconcertantes preguntas de tono claramente socialistoides con las que iniciaba su discurso (“¿Cómo le damos a cada uno una posibilidad justa de tener oportunidades y seguridad en esta nueva economía?¿Cómo haremos para que la tecnología juegue a nuestro favor y no en nuestra contra, especialmente cuando se trata de resolver los desafíos más urgentes como el cambio climático?¿Cómo haremos para garantizar la seguridad de Estados Unidos y liderar el mundo sin convertirnos en la policía mundial? Y por último, ¿Cómo haremos para que nuestra política refleje nuestras mejores virtudes en vez de nuestros peores defectos?”) el mismo mandatario respondía sin ambages de ninguna naturaleza cosas como: “En la economía global, las empresas pueden radicarse en cualquier lugar y están sujetas a una competencia más dura. Como consecuencia, los trabajadores tienen menos influencia para conseguir aumentos de sueldo. Las compañías tienen menos lealtad hacia sus comunidades. Y los ingresos y la riqueza se concentran cada vez más en las capas más altas de la sociedad. Debemos procurar que los trabajadores sean accionistas de las empresas.”

En franco reconocimiento del fracaso del capitalismo, Obama no tiene escrúpulo alguno en afirmar que “A una familia trabajadora se le ha hecho más difícil salir de la pobreza, se le ha hecho más difícil a los jóvenes comenzar sus carreras y más duro para los trabajadores poder jubilarse cuando lo desean.” Exactamente igual a lo dicho por Hugo Chávez durante más de quince años y por lo cual fue proscrito por el imperio hasta conducirle al deceso.

Una tras otra, las consignas de inspiración eminentemente comunistas salpicaban a la incrédula audiencia que no comprendía cómo el más poderoso hombre del imperio más neoliberal de la historia se atrevía a retar al capitalismo con enunciados como “Tenemos que hacer que la universidad sea asequible para todos los estadounidenses. Porque ningún estudiante que trabaje duro debería estar endeudado.” ¿Qué habrá pasado en ese instante por la mente del expresidente de Chile, Sebastián Piñera, que a tanto estudiante reprimió por muchísimo menos que eso?

Con un cinismo sin precedentes en la historia, Obama invita a “sacar el dinero de la política”, pero no explica qué pasará entonces con el descomunal presupuesto armamentista del que él mismo se jacta (“Gastamos más en nuestras fuerzas militares que las siguientes ocho naciones juntas. Nuestras tropas son las mejores fuerzas de combate de la historia del mundo”) ni cómo va a hacer para sostener su política exterior injerencista sin el financiamiento cada vez más cuantioso que su Departamento de Estado hace en desestabilización de gobiernos y regímenes a lo largo y ancho del planeta a través de organismos como la NED y la USAID, por citar solo dos de los más importantes.

El farsante se desgañita en esa misma comparecencia ante el congreso con una delirante exaltación de la guerra y del uso dispendioso de ese presupuesto militar, incluso sin autorización de los senadores y representantes, porque en definitiva su naturaleza imperialista no puede ocultarse. “Estamos entrenando, armando y apoyando a las fuerzas que poco a poco están reclamando territorios en Irak y en Siria […] el pueblo estadounidense debería saber que con o sin la intervención del Congreso, ISIS aprenderá las mismas lecciones que los terroristas que vinieron antes que ellos. Si dudan del compromiso de Estados Unidos —o del mío— para vigilar que se haga justicia pregunten a Osama bin Laden.” El rey Felipe II solía decir que “En España nunca se pone el sol” para referirse a la extensión de su imperio, que en su mayor auge llegó a abarcar hasta los cinco continentes, expresando su poderío con dignidad y estatura pero sin la repulsiva soberbia y la insolente desfachatez del demagogo de la Casa Blanca.

A través del engaño y la usurpación es como la derecha ha pretendido captar el favor del pueblo. En ello la demagogia no es un simple recurso discursivo sino un vulgar camuflaje.

El presidente Maduro lo sabe y por eso lo advirtió en su mensaje al país esta semana, al atajar la previsible cantinela del diputado Ramos y el desatino de toda la bancada opositora que pretende hoy asaltar las conquistas revolucionarias con malabarismos legislativos de seducción mercadotécnica, cuando denunciaba la estrategia de recomposición del discurso de la reacción en Latinoamérica (a la que le reconoce con gallardía que ha tomado un nuevo aire), en los mismos términos en que lo hizo el Comandante Chávez, quien alertó en todo momento sobre la impostura de una oposición inmoral y sin escrúpulos que de manera calculada ofrecía el relanzamiento de las Misiones y el logro del bienestar social alcanzado en revolución como una promesa del modelo neoliberal hacia los pobres, en un claro intento de esconder tras el sofisma del lenguaje izquierdoso la perversión del capitalismo.

Llamar a la paz verdadera (que no la “pax romana”, como dice Ramos) no es concebible sin justicia social ni invocando a los ejércitos para acabar con naciones y civilizaciones enteras que no se arrodillen a los designios de los imperios.

Llamar a la paz es hacer lo que ha hecho el actual gobierno desde el primer día, convocando al país a una auténtica cruzada en pro de la concordia y la armonía entre los venezolanos, sin intervencionismos ni guerras mediáticas o corporativas de por medio que promuevan el odio o el estallido social, y sin falsos discursos populistas que reivindiquen politiqueramente como suyos los grandes logros revolucionarios de un pueblo al que han agredido y humillado con la mayor indolencia durante tanto tiempo.

Frente a la hipocresía y al oportunismo de la derecha, Maduro enrostra la verdad revolucionaria y persiste sin titubeos en la inflexibilidad del proyecto chavista. Con admirable coraje y sentido autocrítico asume el inmenso reto de las dificultades para dejar clara su persistencia en el proyecto chavista de justicia e igualdad más allá de cualquier circunstancia, enarbolando orgulloso el Plan de la Patria y el compromiso irreductible de su gobierno en función de los pobres.

El hijo de Chávez puede hacerlo con la frente en alto porque, tal como lo ha dicho, no usurpa el discurso de nadie. “Los revolucionarios nos caracterizamos por la objetividad, por la fuerza, el optimismo.”

Es la diferencia entre un modelo humanista, fundamentado en la verdad histórica de los pueblos, y la falsedad y la impostura oportunista de un neoliberalismo mentiroso, desvergonzado y sin pudor.

 

@SoyAranguibel

Hooligans

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 16 de diciembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La primera elección verdaderamente significativa para la derecha venezolana en la que resulta vencedora por mayoría de votos, como lo ha sido la del 6 de diciembre, antes que un avance del neoliberalismo es la consagración de una cultura de la disociación psicótica que se ha venido cultivando en el país desde al arribo mismo de la revolución bolivariana.

Para la militancia de a pie de la oposición, lo importante de este evento no era la posibilidad de cambio que ofrecía la escueta campaña de la derecha, sino la oportunidad de acabar con la mayoría revolucionaria conquistada por el chavismo en los últimos 16 años. Ninguna de las ofertas de cambio eran ni siquiera medianamente viables, ni mucho menos sustentables desde el punto de vista argumental. Ni siquiera al más ignaro de los opositores puede resultarle lógico o creíble que los altos precios de los productos puedan bajar mediante una desregulación o liberalización de los mismos.

Nadie en su sano juicio podría aceptar como factible que la reprivatización de las empresas estratégicas pudiera traducirse en rebajas de las tarifas de los servicios públicos. O que la eliminación del control cambiario asegurará la entrega ilimitada de divisas a bajo costo para el público.

Mucho menos podría aspirar ningún venezolano sensato a que la liberación de un golpista contumaz como Leopoldo López garantice de alguna manera un clima de paz y concordia en el país mientras él no sea presidente.

El frenético desgañitamiento en improperios, obscenidades, insultos y amenazas de todo tipo, que vierten por las redes sociales esos militantes de la oposición contra los chavistas desde el instante mismo en que se anunció su triunfo en las elecciones parlamentarias es de un nivel de desquiciamiento solo comparable al de los Hooligans, considerados por el mundo entero como las más demenciales fanaticadas de la historia.

De tanto perder, los escuálidos asumen que esta circunstancial victoria que la democracia venezolana les ha permitido disfrutar, es como el otorgamiento de la presidencia ya ni siquiera de la República sino de Disneylandia.

Ojalá que el “cambio” no se les venga encima tan rápido, y puedan gozar su fantasía fascista de sentenciar a muerte a cuanto chavista se les atraviese antes que la revolución vuelva a derrotarlos.

Mi explicación para la historia (1 de 3) 

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 13 de diciembre de 2015 – 
 (como tan modestamente suele decirse en estos casos)

Por: Alberto Aranguibel B.

Por la naturaleza disparatada de las muchas cosas absurdas que recurrentemente me suceden en la vida, me ocurre la rara circunstancia de no ser invitado a los programas de opinión de los medios de comunicación del Estado sino muy ocasionalmente, casi con la misma frecuencia de los ciclos de aproximación del cometa Halley a la tierra, y por lo general cuando se necesita algún analista que divague sobre el comportamiento veraniego de las marsopas en el sur meridional del trópico de cáncer… o cuando se produce algún revés electoral para la revolución.
Digo disparatada no porque crea en modo alguno la barbaridad de que exista ni siquiera alguna mínima obligación en ese sentido, sino porque infinidad de medios tanto nacionales como internacionales que no forman parte del sistema de medios públicos sí lo hacen con regularidad, y no precisamente para hablar de marsopas. Algo que resulta por lo menos desconcertante cuando uno tiene dedicado todo su esfuerzo profesional a la defensa de la revolución.

La misma moderadora del programa en Venezolana de Televisión al que asistí al día siguiente de las elecciones parlamentarias la semana pasada me hacía complacida la observación del hecho de que la última vez que nos habíamos visto había sido en una circunstancia similar, justo cuando la revolución había sufrido otro revés electoral. Algo que tiene que haber sucedido entonces hace mucho tiempo.

Porque si alguna precisión inicial es absolutamente indispensable hacer en este momento de manera responsable y seria es que no es la de la revolución una historia de fracasos y derrotas, como algunos (incluso muchos desde las filas revolucionarias) quieren ponerla hoy frente al logro circunstancial y perfectamente explicable de la derecha en las elecciones parlamentarias, más allá de las deficiencias y errores que se hayan cometido en la gestión de gobierno y que nadie, empezando por el propio Presidente de la República, negó jamás en ningún momento.

En una circunstancia similar, hace exactamente ocho años con motivo de las elecciones de gobernadores, en un programa en el que compartí con un muy alto funcionario de la revolución, ahí mismo en el canal 8, el periodista nos preguntaba cómo veíamos lo que él llamaba “la recomposición del mapa político”. Algo que le nacía por el retroceso que significaba la pérdida de la gobernación de Miranda, que desde aquel momento pasaba a manos de la oposición, así como la del Táchira y la de Nueva Esparta, que también circunstancialmente fueron recuperadas por la derecha luego de haber sido bastiones de la revolución.

Más que sorprenderme me indignó en aquel momento que el compatriota funcionario se extendiera parsimonioso pero enérgico en su insensata reflexión en la que no solo aceptaba como válido que había habido un supuesto cambio del mapa político, sino que le hacía un llamado público nada más y nada menos que al Comandante Chávez a “repensar el modelo socialista” porque según él, el funcionario, el resultado electoral era demostración de que los venezolanos no querían ese modelo para Venezuela.

Para mi, pues, no es nada extraterrenal ni novedoso la figura de los ultradefensores de la revolución que ante el primer revés automáticamente se convierten en inclementes fustigadores de la misma, casi siempre con los mismos argumentos de la derecha a la que nos toca vencer no solo en el terreno electoral sino fundamentalmente en el comunicacional, de donde surgen la gran mayoría de las causas que nos impiden avanzar y consolidar los alcances de la revolución más allá de las razones estrictamente economicistas que tanto se aducen para intentar explicar los infortunios del proceso, en el cual muchos sucumben igual que la mayoría de los mortales sin importar su estatura académica.

Si nos hubiéramos atenido al infundado análisis de aquel compatriota, y si el comandante Chávez hubiera atendido su desquiciado llamamiento a desmontar la propuesta socialista para hacerla más digerible a los sectores contrarrevolucionarios, habrían sucedido tres cosas.

La primera, que Fedecamaras habría hecho una gran fiesta nacional del regocijo capitalista durante por lo menos un mes, con infinidad de carrozas alegóricas al dios del dinero y del lingote de oro, alentando a la población a embriagarse hasta los tuétanos con la extinción inexorable del socialismo.

En segundo lugar, que habríamos tenido que acostumbrarnos a pasar delante de las estatuas y los retratos del Padre de la Patria tapándonos el rostro y cabizbajos, para medio soportar la vergüenza eterna de no haber sabido estar a la altura del compromiso que ese gran prócer asumió durante una guerra en la que su ejército perdió casi el cuarenta por ciento de las batallas que le tocó librar durante el proceso independentista sin haber pensado jamás en la insensata idea de abandonar o negociar siquiera el proyecto libertario por el que tanta gente del pueblo había dado ya hasta su vida. De las 80 batallas peleadas por el ejército libertador, solo 50 fueron ganadas por quienes se entregaron a la idea de soberanía con verdadero sentido de la lealtad y del compromiso histórico en el que Bolívar los educó.

Y finalmente, pues no habríamos tenido que discutir hoy al respecto, porque no habría existido ni la más remota posibilidad de que la revolución hubiera alcanzado ni siquiera medianamente la infinidad de logros y de avances sustanciales que desde aquel revés circunstancial hasta hoy ha conquistado el chavismo en estos ocho años, no solo en lo social o lo electoral, sino también (y creo que eso es lo más importante) en lo económico.

No se sabe por qué una especie de estrella maléfica alumbra siempre a las mentes del pensamiento de izquierda en los momentos de dificultades que todo proceso revolucionario está obligado a enfrentar, como por ejemplo la derrota circunstancial en una contienda entre los ejércitos enemigos, la pérdida eventual de la mayoría electoral, o la partida física de sus líderes por una causa o por otra, y los pone a terminar de hacer el trabajo que el enemigo mismo no puede alcanzar nunca por su propio pie, como es el de señalar de inmediato a su estamento dirigencial como culpables de su adversidades.

A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido acusar a Bolívar de traidor por su dura decisión de emprender desde Mantecal el Paso de los Andes, en las condiciones tan apremiantes en que lo asumió el Padre de la Patria en 1819, por la cantidad de muertes que aquella gesta causó entre el ejército libertador. Su grandeza como líder, y su claridad de pensamiento, estaban muy por encima de la grandeza de su equipo de oficiales. Por eso las traiciones de los ambiciosos que le adversaron o pretendieron sacar provecho de su gloria cristalizan solamente cuando el gran hombre se encontraba ya disminuido y casi aniquilado por la enfermedad.

A ninguno de esos ignaros arribistas que pretendieron usurpar el genio de los grandes hombres los celebra la historia. Con excepción quizás de los doce apóstoles de la iglesia católica. Los monumentos en las grandes plazas del mundo están destinados a quienes lucharon por sus pueblos y legaron las ideas sobre las que se fundaron las sociedades a través del tiempo. Pero ellos, los oportunistas, han existido siempre.

Fallecido Chávez, saltaron de inmediato al ruedo la infinidad de auto erigidos en ductores del pensamiento chavista sobre el que según ellos debía asentarse el proceso revolucionario, independientemente de la claridad, “como la luna llena”, del Comandante en su postrer llamado al país a respaldar a Maduro y no a “quienes tratarán de aprovechar coyunturas difíciles”. Igual le sucedió a la revolución rusa con la temprana partida de Lenín. Y al mundo entero con la muerte de Marx, ya no tan temprana en términos de su edad, sino de inicio de la transformación que su pensamiento legaba. Con Marx vivo quizás no hubiera sido posible pensar tal vez no en una segunda, ni en una tercera y mucho menos en una cuarta internacional, orientadas todas como lo estuvieron a la tergiversación y distorsión arbitraria de sus planteamientos originales.

En todos y cada uno de esos casos, la revisión que se proponía era la misma: corregir los “errores” o desviaciones del modelo profundizando la revolución, pero examinado siempre tales desviaciones o fallas desde la concepción de eficiencia imperante en la lógica burguesa del desarrollo.

Quienes sostienen hoy que la caída del apoyo popular a la revolución bolivariana en estas elecciones parlamentarias se debe a la falta de medidas económicas por parte del Gobierno del Presidente Maduro, parten del mismo equivocado principio de pretender interpretar en Chávez algo que nunca dijo el Comandante; que la economía debe estar colocada por encima de la razón política.

Pero eso lo explico en mi entrega del próximo lunes.

 

@SoyAranguibel  

 


El tamaño sí importa

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 23 de noviembre de 2015 –
Por: Alberto Aranguibel B.

En su legendario tratado sobre el origen de los partidos políticos, Maurice Duverger establece la relación directa que hay desde hace más de dos siglos entre el desarrollo de las organizaciones políticas y el de la democracia, a partir de la creciente aspiración participativa de los diversos sectores e intereses grupales particulares de la sociedad en la conducción del Estado.

Por lo general, esos intereses se referían en un principio a necesidades específicas por vecindad geográfica o profesional. Las doctrinas vendrían mucho después, cuando las sociedades del pensamiento elevaron a un nivel más colectivo la aspiración electoral, tal como sucedió en la Revolución Francesa.

“Cuanto más ven crecer sus funciones y su independencia las asambleas políticas –dice el autor- más sienten sus miembros la necesidad de agruparse por afinidades, a fin de actuar de acuerdo; cuanto más se extiende y se multiplica el derecho al voto, más necesario se hace organizar a los electores a través de comités capaces de dar a conocer a los candidatos y de canalizar los sufragios en su dirección.”

Signo imprescindible de la robustez y profundidad de la democracia es su nivel de participación popular. Si los derechos electorales se extienden pero la participación se debilita, la democracia pierde representatividad y carece de todo sentido. De ahí la verdadera razón y necesidad del partido político.

Sostiene Duverger que, aún sin darle una preeminencia superior al aspecto doctrinario, el carácter organizativo es lo que determina hoy por hoy la vigencia del partido en la sociedad. Por eso afirma que, a diferencia de lo que fueron en sus orígenes, “los partidos modernos se caracterizan antes que nada por su anatomía”, ya que “se definen mucho menos por su programa o por la clase de sus miembros que por la naturaleza de su organización; un partido es una comunidad con una estructura particular.”

La diversidad ideológica, la teoría política, es esencial para la democracia. Pero sin la organización social, sin el partido político, ninguna teoría tendrá viabilidad. Marx lo deja claro cuando afirma que la teoría se convierte en fuerza material cuando se apodera de las masas.

En definitiva, el partido es el instrumento mediante el cual la sociedad traduce su propuesta política en poder político. En virtud de ello una obligación impostergable en todo proceso de transformación social es la organización popular para hacer viable la teoría que impulsará y dará soporte ideológico a esa transformación. Al servicio de eso debe colocarse el liderazgo político.

Dialéctico proceso que Perón resume en estos términos: “El conductor no es nada si los elementos de la conducción no están preparados y capacitados para ser conducidos.  Y no hay conducción que pueda fracasar cuando la masa que es conducida tiene en sí misma el sentido de la conducción. Por eso, conducir es difícil, porque no se trata solamente de conducir. Se trata, primero, de organizar; segundo, de educar; tercero, de enseñar; cuarto, de capacitar, y quinto de conducir. Eso es lo que  nosotros debemos comprender.”

Por eso el comandante Chávez en el marco de su propuesta de socialismo bolivariano le otorgó tan especial importancia al proyecto de la construcción del partido, ya no solo para la necesaria tarea de la búsqueda del voto en los eventos electorales, sino como una poderosa maquinaria de organización social permanente al servicio del pueblo.

Un gigantesco salto histórico en esa dirección está contenido en las “Líneas Estratégicas de Acción Política del PSUV”, presentadas por Chávez en enero de 2011, en las que se plasmaba esa innovadora filosofía: “Optar por la lógica del Partido-Movimiento implica posicionarse dentro de las masas populares, estableciendo y desplegando una amplia política de alianzas con las diversas formas de organización popular, incluyendo los sectores patrióticos y democráticos de las clases medias, apoyándolas e invitándolas a poner su talento y conocimiento al servicio de las construcción de una sociedad del buen vivir para todas y todos […] nuestro principal campo de batalla para lograr concretar el Socialismo es el ámbito donde viven los sujetos sociales: el espacio territorial. Para ello, el PSUV debe dotarse de una estructura estable político territorial de dirección que comprenda los estados, los municipios, las parroquias, las comunidades y sus sectores específicos.”

Concepción organizativa con la cual no comulga la derecha porque sus intereses están centrados en las necesidades de un solo sector. Mientras el PSUV trabaja de manera permanente en la construcción del Poder Popular colocando como centro de su accionar al ser humano, la oposición se aleja cada vez más de los electores porque ubica su foco exclusivamente en el bienestar del capital privado.

Al mejor estilo de los concursos de belleza, en los que las candidatas no tienen más nada que hacer sino desfilar y esperar el veredicto del jurado, la oposición no desarrolla propuesta ideológica ni construye organización política alguna al servicio de las comunidades, sino que convoca electores a través de los medios en una suerte de lamentable gran feria de la demagogia radioeléctrica, procurando más el voto contra el chavismo que el suyo propio.

Nunca como hoy la oposición venezolana ha estado tan fragmentada y plagada de contradicciones entre su propia dirigencia. Uno de sus antiguos dirigentes, Felipe Mujica, anunciaba la renuncia de su partido, el Movimiento al Socialismo, al acuerdo opositor, afirmando que la MUD era solo un organismo electorero que ni siquiera para organizar el voto funcionaba ya. Copei, otro de los partidos históricos de la mal llamada “unidad”, fue sacado violentamente de la organización aduciéndose problemas internos y sus miembros excluidos de las listas de candidatos al parlamento. Lo mismo le sucedió a la infortunada exdiputada María Machado a quien la MUD le negó la posibilidad de postular candidatos en sus listas.

Si a eso se le suma la inhabilitación que por una razón u otra ha dejado fuera de la contienda parlamentaria a buena parte del resto de la dirigencia de ese sector, vamos a encontrar que la situación en el antichavismo es de total precariedad en términos estrictamente organizacionales.

Aferrada a la hipótesis del descontento del pueblo por las penurias que la guerra económica le hace hoy padecer de manera inmisericorde, la oposición ni siquiera da a conocer a sus postulados a la Asamblea Nacional, a quienes esconde en una inédita estrategia de campaña política de intriga, con la que reincide en su fallido intento de emboscada plebiscitaria contra la revolución.

El resultado de todo ello es lo que el país ha visto desde hace meses en las calles; en sus procesos de elecciones primarias, la oposición siempre opta por los circuitos donde se concentra el sector de mayor poder adquisitivo de la población, es decir: las clases pudientes, que no alcanzan ni siquiera a un tercio de las circunscripciones electorales. El PSUV, por su parte, llega en sus elecciones primarias hasta el más apartado rincón del país como muestra de su compromiso inquebrantable con el pueblo donde quiera que este se encuentre.

La irrisoria participación de electores en esas primarias de la oposición se corresponde perfectamente con los minúsculos porcentajes que de manera individual obtiene cada uno de sus partidos en todas las elecciones. Lo que contrasta abismalmente con los altísimos resultados del PSUV en cada una de ellas y con la masiva concurrencia a sus primarias.

El fracaso opositor en cada caso no ha podido ser explicado jamás por su dirigencia, así como tampoco lo ha sido la escasísima afluencia a las diversas concentraciones públicas a las que convocan hoy en día, quedándoles grandes hasta las estrechas canchas deportivas en las que eventualmente se reúnen.

Ningún pueblo consciente aceptará jamás perder su voto apostando a candidatos que no respondan a organización popular alguna.

Si la democracia se realiza con el concurso mayoritario del pueblo a través de sus partidos políticos, tal como se ha expresado en más de veinte elecciones desde la llegada de la revolución bolivariana al país, en particular las últimas tres en las que el poderoso partido PSUV creado por el Comandante Chávez ha obtenido triunfos inobjetables aún a pesar de no contar con la presencia física de su líder fundador, entonces es perfectamente fácil concluir que para un reto electoral tan trascendente como el del próximo seis de diciembre el tamaño de la organización sí importa.

 

@SoyAranguibel

Si la oposición venezolana fuera francesa…

¿Qué pasaría si la oposición venezolana fuera francesa? El caso de la (ex) diputada María Corina Machado es revelador pues la justicia de Francia sería implacable con ella.

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María Corina Machado con George W. Busch

Por: Salim Lamrani /publicado inicialmente el 11 / 04 / 2014 en Opera Mundi

Desde febrero de 2014, Venezuela sufre algunas violencias orquestadas por la extrema derecha golpista. Contrariamente a lo que presentan los medios informativos occidentales, ésas se limitan a nueve municipios sobre los 335 que tiene el país y la tranquilidad reina en la inmensa mayoría del territorio nacional, particularmente en los barrios populares. Algunos estudiantes procedentes de los barrios acomodados –lejos de manifestarse pacíficamente como afirma la prensa occidental– participan en graves acciones criminales. Pero están lejos de ser mayoritarios. En efecto, la mayoría de las personas arrestadas tienen graves antecedentes criminales y varios incluso son buscados por la Interpol.[1]

La oposición dirige esos nuevos sectores pudientes. Aunque esas violencias se hallan limitadas en términos geográficos, han sido mortíferas. En efecto, al menos 37 personas perdieron la vida, algunas en condiciones particularmente atroces: seis personas que circulaban en motocicleta fueron degolladas por alambre tendido en las calles. Por otra parte, cinco miembros de la Guardia Nacional Bolivariana y un fiscal de la República fueron asesinados por esos grupúsculos y otras ocho personas que intentaban abrir un camino en las calles y desmontar las barricadas fueron ejecutadas. Cerca de 600 personas fueron heridas, entre ellas 150 miembros de las fuerzas del orden.[2]

Los daños materiales son innumerables y han superado los 10.000 millones de dólares, con la multiplicación de actos de terrorismo y de sabotaje que apuntan a todo lo que representa la Revolución Bolivariana democrática y social : autobuses quemados, estaciones de metro saqueadas, una universidad –la UNEFA– completamente destrozada por las llamas, decenas de toneladas de productos alimenticios destinados a los supermercados públicos reducidos a cenizas, edificios públicos y sedes ministeriales saqueados, instalaciones eléctricas saboteadas, centros médicos devastados, instituciones electorales destruidas, etc.[3]

María Corina Machado es una de los autores intelectuales de esos actos criminales. Diputada de la oposición, lejos de respetar la legalidad constitucional del país, lanzó varios llamados públicos a la violencia: “El pueblo de Venezuela tiene una respuesta: ‘Rebeldía, rebeldía’. Hay algunos que dicen que debemos esperar a unas elecciones en unos cuantos años. ¿Pueden esperar los que no consiguen alimentos para sus hijos? ¿Pueden esperar los empleados públicos, los campesinos, los comerciantes, a quienes les arrebatan su derecho al trabajo y a la propiedad? Venezuela no puede esperar más”.[4] Seguir leyendo “Si la oposición venezolana fuera francesa…”

Aranguibel a El Tiempo: “Chantaje es el que tiene la oposición con el tema del diputado 99”

Alberto Aranguibel afirma que la Habilitante haría frente a nuevas formas de delitos informáticos

Alberto Aranguibel afirma que la Habilitante haría frente a nuevas formas de delitos informáticosFoto: AVN

Por IGOR COLINA / ElTiempo.com.ve 

Caracas.- Ocupa ahora la franja horaria más famosa del canal estatal Venezolana de Televisión (VTV), ésa que Mario Silva y Alberto Nolia llevaran, con su “desmontaje de las matrices mediáticas opositoras”, hasta la cúspide del rating… y las imprecaciones: desde las 11 pm a la medianoche.

Esta misma semana debutó allí con su programa “Sin tapujos”, donde -a diferencia de Silva y Nolia- ya no aparece sentado y relajado sino de pie ante una suerte de mesa de coctel que oculta sus zapatos Sebago.

Alberto Aranguibel proyecta una imagen serena y controlada que lo hace parecer más un académico bonachón enemigo de los desplantes que un agitador de esquina pública.

“Aquí tengo que cuidarme. Aquí no estoy entre la espada y la pared sino entre la espada y la espada; es decir, entre la oposición y los nuestros que están bravos”.

Y sube las cejas con el gesto de alguien que sabe que camina sobre la cuerda floja sin red de protección.

“No soy el insultador profesional del gobierno”, afirma rotundamente. “En el nuevo programa hago el trabajo que he hecho fuera de VTV desde hace siete años: formar políticamente a los revolucionarios y a los colectivos, hacer análisis coyuntural desde una óptica de reflexión ideológica propositiva”.

¿Farragoso? Tal vez, en ciertos momentos; como en su segundo programa, en el que no pudo dejar de mencionar a grandes nombres sólo conocidos por el gran público por su fama y no por sus obras: Max Weber, Erich Fromm, Rousseau, Marx. Pero hace el máximo esfuerzo por no serlo. “Yo aspiro a tener una conversación sencilla con la gente”, se ilusiona.

Desde que comenzó el nuevo programa de VTV, el lunes pasado, ha recibido más de 600 tuits, de los cuales apenas 10 o 15% lo insultan. “Para ellos tengo una respuesta contundente”, se ríe. “El espaturraje. Los bloqueo y listo”.
“Sin tapujos”, a diferencia de “La Hojilla” o “Los papeles de Mandinga”, no se transmite en vivo.
“Es que no quiero salir del canal a medianoche con 15 escoltas”.

-Teodoro Petkoff escribió: “La Habilitante de Maduro es de las menos justificadas. La pide sin necesidad. El gobierno tiene cómoda mayoría en la Asamblea Nacional (AN) para aprobar leyes anticorrupción”.

-La similitud tan exacta del argumento con el que han tratado el tema todos los voceros de la oposición, pone en evidencia que el mismo no es sino parte de un plan orquestado, como lo denunció el presidente Maduro esta semana en la AN, para impedir la acción de gobierno. Si se examina a fondo la esencia de ese argumento, se encontrará que no tiene ningún sentido. Si no hace falta esa ley ¿ entonces por qué oponérsele?

-La oposición, para solidificar su argumento, recuerda que el gobierno ya le entró de frente a la corrupción en el Fondo Chino, Ferrominera, Indepabis y el Seniat -y lo hizo sin Ley Habilitante. ¿No tendría, entonces, visos de realidad el argumento opositor?

-No. Si fuera cierta esa tesis de que lo que demuestra el carácter innecesario de la Ley Habilitante es que el gobierno ha actuado, decidida y frontalmente, contra la corrupción, sin distingo de parcialidad política, entonces oponerse a esa ley es bloquear el esfuerzo adicional que está necesitando para avanzar, con mayor rapidez y efectividad, en esa lucha que es una aspiración del pueblo. Fíjate: hoy hay formas delictivas complejas y novedosísimas que no solo no estaban contempladas (o no podían contemplarse) en la Constitución de 1999 sino que, inclusive en las leyes más recientes de hace dos o tres años, no aparecen tipificadas porque están asociadas a tecnologías como la informática que están en constante evolución. Hoy, la mayoría de los delitos contra la cosa pública en todo el mundo, son los que surgen de los delitos informáticos y de la sustitución de personalidad en ellos. Entonces hacen falta leyes nuevas.

¿Y esas leyes nuevas no pueden ser aprobadas sin Habilitante por esa cómoda mayoría que tiene el Psuv en la AN?

-Esa ha sido la pregunta recurrente a lo largo del tiempo desde 1960 para acá, cuando se han solicitado por parte de todos los presidentes.

-El diputado opositor Hiram Gaviria dice que el Psuv tiene doble moral porque la AN mantiene engavetada la Ley Anticorrupción.

-No es una doble moral sino una visión distinta que obedece a exigencias de las nuevas realidades.

-El también diputado opositor de la Causa R, Luis Edgardo Mata, clama que “la Habilitante es el chantaje político más grande de la historia”, agregando que, en base a una lucha muy deseada por el pueblo venezolano, se aprovecha para pedir más y más y más poder para el gobierno.

-Chantaje es el que tiene la oposición con el tema del diputado 99. Si ellos quisieran luchar sinceramente contra la corrupción, no utilizarían ese tema como candado.

-¿Como candado?

-Han tratado de imponer su minoría contra una ley por la que claman todos los venezolanos, acusando al gobierno, al mismo tiempo, de no profundizar esa lucha contra la corrupción. Eso sí es chantaje.

-El hecho de que el presidente Maduro esté decidido a no encubrir la corrupción surgida en el curso de los últimos 14 años ¿no significa eso, al mismo tiempo, una admisión de que la revolución bolivariana ha fallado en un tema crucial como es la honestidad en el manejo de los dineros públicos?

-Lo que sería una falla contrarrevolucionaria sería hacer lo que hacen todos los gobiernos de derecha, que es esconder esos delitos en la sociedad de cómplices que denunció Maduro. Lo que éste reconoce hoy no es que el gobierno es corrupto sino que hay funcionarios que violentan la confianza que se les entregó.

-Pero esos funcionarios pasaban por revolucionarios en altos cargos del gobierno. Entonces es un fallo grave de la moral socialista.

-En Venezuela se está construyendo un modelo de justicia e igualdad social basado en principios éticos del más alto grado, como los del ideario bolivariano y chavista. En todos los procesos revolucionarios de la historia hubo mucho más gente que emprendió la lucha que la que llegó al final. En el camino se van quedando los confundidos, los que no vieron claro el proyecto o saltaron la talanquera.

-Petkoff habla del “modo tracalero de ejercer la política por parte de los próceres del socialismo del siglo XXI. Dice que acusaron a una exdiputada del Psuv por hechos de corrupción en Monagas sucedidos hace 5 años, después de lo cual el mismo partido la postuló sin problema alguno. Y ahora la sacan del juego para traer a su suplente, el célebre diputado Flores que será el voto 99 que les hace falta”.

-Tracalero es tomarse una foto en el Jardín Botánico vestido de guerrillero para que parezca que fue en las montañas de El Bachiller. Lo que demuestra que el diputado 99 no es lo que importa. Es el tono amplio, incluyente y sin distingo político con que el presidente Maduro se dirigió al país, más allá del ámbito político de la AN. Si el diputado 99 y los de oposición, se colocan de espaldas a ese reclamo nacional, ese es su problema.

Fuente: http://eltiempo.com.ve/venezuela/politica/aranguibel-chantaje-es-el-que-tiene-la-oposicion-con-el-tema-del-diputado-99/111011

Aranguibel en Caracol Radio de Colombia: “La Constitución es hija de la revolución bolivariana”

chávez constituciónAlberto Aranguibel, en entrevista concedida este 08 de enero de 2013 a Caracol Radio de Colombia, afirma categórico que “La Constitución bolivariana es hija de la Revolución” y que por ello mal podrían los revolucionarios ser sus violadores, mucho menos cuando quienes acusan de esto son quienes avalaron con su firma, “de un solo plumazo”la derogación de la misma durante el llamado carmonazo ocurrido en Venezuela en abril del 2002.