¿Por qué en la Revolución pensamos tan fácilmente en el enemigo equivocado?

Por: Alberto Aranguibel B.

La misma semana en que aparece en todos los medios del Estado y en las redes sociales que la empresa Venalum produce más de 7.000 toneladas métricas mensuales de aluminio; que se da cuenta del arribo de 842 toneladas métricas de alimentos, medicinas y artículos de higiene al Puerto de La Guaira; que se reporta la incorporación de 2.000.000 de cilindros (bombonas) de gas a la empresa Gas Comunal, en la carretera vieja Caracas – La Guaira, alcanzándose así a más de 20.000 familias que se benefician en todo el país de ese preciado servicio; que se muestra ante los medios de comunicación el avance de más del 75% en las obras de rehabilitación de colectores y sistemas de bombeo para garantizar el suministro de agua a nivel nacional; que el Ministerio Público informa de la incautación de 2.000.000.000 de bolívares en billetes del nuevo cono monetario que estaban siendo usados para la guerra económica contra el pueblo; que la empresa estatal petrolera, PDVSA, cancela sus compromisos con los bonos 2020 aún en medio del criminal cerco financiero impuesto por el imperio norteamericano contra Venezuela; que la SUNDDE, que ha fiscalizado este mes un total de 611 distribuidores de pollo y carne en todo el país, encontró y comisó más de 400.000 kilogramos de pollo acaparados en el Estado Lara, con lo cual se alcanza el total de decomisos y puestos a la venta del pueblo a precios justos la cantidad de 608.705 kilos de pollo y 94.597 de carne de res; que son capturadas más de 500 personas por sabotaje y hurto de equipos estratégicos en las redes telefónicas del Estado; que se alcanzó solo en este mes la cifra de 25 detenidos por robo de cables y saboteo del servicio eléctrico (además de la lamentable muerte de un promedio de 3 saboteadores que mueren en el intento de robar cables del sistema); que se están distribuyendo hasta la fecha más de 71.000.000 de cajas Clap como parte del ataque frontal del Gobierno contra la especulación; que el Presidente de la República aprueba recursos para la rehabilitación de las principales vías y troncales de todo el país; que el próximo mes llegarán al país 73.000 cauchos y 36.000 baterías para ser distribuidos entre los transportistas a nivel nacional; que entran en servicio desde ya 89 aeronaves especializadas en prestar primeros auxilios a los usuarios de las principales autopistas, así como 327 ambulancias y 113 grúas en 240 puntos de control y 144 puntos de atención médica avanzada de Protección Civil y Bomberos, con un despliegue de 107.888 funcionarios en 5.991 vehículos, 6.226 motocicletas y 364 embarcaciones; que continúa el desmontaje de la red de corrupción en Pdvsa, que había venido siendo protegida judicialmente por la ex Fiscal General de la República, con la aprehensión de más de 32 altos funcionarios de esa empresa así como de las filiales Petrozamora, Pdvsa Monagas, Petropiar, Bariven y otras dependencias; que se inicia con muy buen pie el refinanciamiento de la deuda externa venezolana; que el Presidente Nicolás Maduro decreta una nueva elevación del salario mínimo y de las pensiones sociales, así como del Cesta Ticket, para todas las trabajadoras y trabajadores del país, incluyendo los anuncios de incremento en la asignación de beneficios a los planes Hogares de la Patria y Chamba Juvenil, de bono navideño para más de 4.000.000 de titulares del Carnet de la Patria y las bonificaciones para el pueblo con el Clap Navideño y la distribución gratuita de más de 16.000.000 de juguetes, esa misma semana, insisto, sigue habiendo gente que pregunta por esas mismas redes sociales “¿Y el gobierno no piensa hacer nada para ayudar al pueblo?”.

Que se celebren reuniones con los gobernadores recién electos (incluidos los opositores que fueron favorecidos con el voto popular) para articular acciones y asignarles recursos importantes para cada una de sus gestiones; que se sigan construyendo viviendas en forma masiva destinadas para el vivir bien de las venezolanas y los venezolanos; que la población entera pueda seguir disfrutando de una educación gratuita y de calidad, así como de la gasolina más barata del mundo y de una cobertura en pensiones a la casi totalidad de los adultos mayores gracias al subsidio por parte del Gobierno revolucionario, no es para ninguna de esas personas signo alguno de preocupación por el pueblo ni respeto a sus derechos humanos.

Apenas aparece una posibilidad de acusar de ineficiente, o de corrupto, o de tirano, o de malandro, al gobierno, de inmediato se desatan los demonios del tuiter, por muy infundada y sin sentido que sea la acusación, hasta entre las mismas filas de la militancia revolucionaria, de donde salen de la manera más sorprendente y con la mayor facilidad una cantidad de libre pensadores (ofrezco disculpas por el preciosismo, pero les disgusta mucho que se les diga “guerreros del teclado” o algo parecido) a atacar de inmediato y con la más inclemente saña al liderazgo revolucionario como si del peor enemigo se tratara.

Que el Presidente Nicolás Maduro haya convertido, él solito, a la oposición en polvo cósmico en medio de la más cruenta guerra que contra gobierno alguno se haya desatado jamás en nuestro suelo, enfrentado al más poderoso enemigo que pueda enfrentar presidente alguno sobre la tierra, triunfando en los procesos electorales en los que ni siquiera los más ilustrados e insignes analistas daban por favorables a la revolución, aplastando la violencia más sanguinaria y mejor estructurada que país alguno haya padecido, no representan de ninguna manera logros del gobierno para esos bien intencionados camaradas.

La tenacidad en la búsqueda del equilibrio, la objetividad y hasta del perfecto derecho revolucionario que tienen hoy para ejercer la autocrítica, sobrepasa muchas veces en algunos de ellos la capacidad de raciocinio, llevándoles por momentos al terreno de la desmesura y hasta de la más clara contradicción revolucionaria.

Previniendo la indignada reacción de aquellos que se ofenden cuando alguien intenta apenas un comentario al respecto, y atendiendo el llamado persistente e infatigable del Comandante Chávez en relación a la unidad por encima de cualquier otra prioridad en la Revolución, he optado por no comentar aquí en lo absoluto mis opiniones sobre esas reacciones intempestivas de aquellos camaradas que se consideran en la obligación del cuestionamiento por el cuestionamiento en sí mismo sin tomar en cuenta las desproporciones.

Solo quiero compartir en esta oportunidad unas imágenes que se me vinieron a la mente con un texto que algún compatriota publicó a través de un foro revolucionario en las redes, y que fuera aplaudido por uno que otro camarada que por ahí se aparecía replicándolo.

En dicho texto el escribidor le exigía al Presidente y a los Constituyentes que “muevan ese C.U.L.O.” colocado por él mismo así, con signos de puntuación y en mayúsculas.

Insisto, no pretendo acusar a nadie de “traidor”, ni de “talibán”, ni de “ultroso”, ni de “vendido”, ni de “trotskista” siquiera. Mi intención es la de compartir sanamente con los lectores lo que se me vino a la mente con aquel particular texto.

O más bien, lo que NO se me vino a la mente. Porque hay cosas que no son posibles de imaginar.

Uno no imagina, por ejemplo, a ningún londinense increpando con semejante procacidad a alguien como el Primer Ministro de Inglaterra, Sir Winston Churchill, durante los bombardeos nazis sobre Londres, que obligaban a la gente a dormir en los subterráneos en andenes llenos de ratas y aguas negras estancadas por la rotura de las tuberías que las bombas enemigas ocasionaban.

Mucho menos es imaginable un ruso cualquiera gritándole airado al camarada Stalin en medio del terrible asedio que padeció durante meses la ciudad de Leningrado, y que obligaba a sus habitantes a comerse las suelas de sus propios zapatos ante la imposibilidad de acceder a alimentos por el bloqueo del cual eran víctimas, nada de: “¡Camarada Stalin; mueva ese culo!”,  ni nada por el estilo.

Tampoco es posible pensar en ningún cubano en pleno Periodo Especial, que tanta hambre y padecimientos le causó a Cuba a raíz de la caída del Bloque Soviético, y sometidos como estaban al brutal bloqueo económico del imperio contra la isla, gritándole algo parecido a Fidel en medio de la calle.

Cada uno estuvo al frente de sus ejércitos y de sus pueblos a la hora del padecimiento más terrible y frente a los enemigos más implacables. Pero a ninguno se le registra en la historia siendo objeto de una tan extravagante impronta a manera de argumentación revolucionaria.

En la Revolución Bolivariana, de estirpe caribe y guerrera como ninguna otra, parece que sí es perfectamente posible tal fenómeno.

Originales que somos. Más nada.

@SoyAranguibel

Crítica a la “autocrítica”

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un cuarto de siglo luchando para demostrarle al mundo entero que la revolución bolivariana es una realidad abrazada soberanamente por la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, después de enfrentar las más cruentas arremetidas que proceso revolucionario alguno haya jamás enfrentado, por fin la oposición queda en evidencia como un conjunto de grupúsculos carcomidos por las ínfulas de una pequeña cantidad de dirigentes ineptos, mentirosos y manipuladores, tal como se ha dicho desde siempre desde el ámbito del chavismo.

Por fin la revolución tiene frente a sí un panorama provechoso para avanzar a mayor velocidad por encima de las campañas de difamación de la que ha sido víctima en esa lucha perpetua contra la derecha. La desintegración de esa atorrante oposición, producto de las bajas pasiones y la mediocridad que la explican, abre las puertas para la reunificación del país bajo el signo de la paz y la confianza que ahora puede inspirar el proceso bolivariano entre aquellos que fueron presa del engaño opositor durante tanto tiempo.

Pero justo en ese momento la esperada hora de zafarse de ese diabólico freno es desaprovechada por unos cuantos revolucionarios que deciden ocuparse en atacar el activo político con el cual el Presidente Maduro dio el más contundente y sagaz golpe a la derecha nacional e internacional, en el rescate de la gobernabilidad y la estabilidad política del país.

“¡Calladito te ves más bonito!”, le escribe por las redes sociales una compatriota a un Constituyente que por esa misma vía hizo un responsable llamado de atención acerca de la desmesura (por decir lo menos) de algunos comentarios vertidos en los últimos días desde las filas revolucionarias en contra de la Asamblea Nacional Constituyente y de sus integrantes, por la supuesta inacción de estos frente a la carrera inflacionaria que experimentan los precios de los productos de primera necesidad.

 “¡No escuchar al pueblo es un acto contrarrevolucionario de soberbia y de deslealtad a Chávez!”, sentencian otros que abonan sin precaución alguna el discurso subyacente en la destemplada campaña de descalificación que de esa manera se desata, según el cual los precios de los productos suben porque los Constituyentes no atienden al pueblo. Es decir; que no hay guerra alguna de las fuerzas capitalistas contra la Revolución; que los Constituyentes son unos burócratas que no tienen idea de lo que pasa en el país, que son tan inútiles como los diputados opositores, y que en virtud de ello toda maldición y todo insulto tendrían que ser aceptados en el más cerrado silencio.

La crítica y la autocrítica, como lo previsualizó Marx y lo desarrolló Lenín, son consustanciales a todo proceso revolucionario, porque es solo con el impulso de las ideas del colectivo (esencialmente desde las bases revolucionarias) como se genera la fuerza transformadora que va a derruir el viejo Estado para dar paso al que está por nacer bajo el signo de la participación y el protagonismo del pueblo.

En el capitalismo no existe la posibilidad de la revisión, salvo aquella que surge de la antojadiza y arbitraria necesidad o conveniencia del dueño de los medios de producción, porque la naturaleza privada del capital y la concepción elitesca del Estado burgués así lo determinan.

La crítica y la autocrítica revolucionaria son las fórmulas mediante las cuales se realiza de manera concreta la eliminación de la lucha de clases en la sociedad socialista, en virtud de la naturaleza colectiva de un modelo basado en el trabajo común del proletariado en la construcción de la Patria, y no en la búsqueda del bienestar económico a partir de las recurrentes crisis económicas que rigen la lógica explotadora del modelo capitalista.

No puede, pues, hablarse de la existencia de un proceso revolucionario si el mismo no está sustentado en un permanente sometimiento al juicio popular.

Pero los ataques de los que han (hemos) sido víctimas los Constituyentes distan mucho de ser ni siquiera medianamente una autocrítica revolucionaria.

En principio, porque dichos ataques no están desarrollados ni como crítica ni como autocrítica sino como reclamos, cuando mucho. Como quejas o como denuncias, quizás. Y eso es perfectamente válido. Pero en ningún caso (que hayamos visto nosotros, al menos) puede hablarse de un desarrollo argumentativo con el cual se refute la actuación o la propuesta política llevada adelante por la ANC, que permita el ejercicio de la confrontación o el debate de las ideas en la búsqueda del perfeccionamiento del proceso.

Se acusa por lo general (incluso en términos personales) más con el interés de condenar que de promover la búsqueda de soluciones a los problemas, partiendo de supuestos cuya veracidad o sentido lógico no se constata de ninguna manera, sino que se asumen como verdades absolutas que facultarían para sentenciar sin juicio alguno ni permitir derecho a la defensa por parte de los acusados.

Se sostiene desde esa particular apreciación de lo que debe ser la “autocrítica”, que a la misma no debe dársele respuesta alguna sino rendírsele acatamiento, sea cual sea el infundio que se profiera, sin importar si la misma se hace contra una instancia cuyo mérito fundamental es precisamente haber logrado contener el avance de las fuerzas enemigas que apenas hace tres meses estaban decididas a acabar de raíz con todo vestigio de revolución en Venezuela, incluyendo los beneficios sociales y las condiciones de bienestar económico del pueblo que esos “autocríticos” saben que solo en revolución son posibles y que por eso mismo la tarea más impostergable es la estabilización política y la paz de la República.

Todos, sin excepción (gracias a Dios son en realidad muy pocos), extraen descontextualizada la frase del Comandante Chávez que les sirve de licencia para su “autocrítica”, dejando por fuera la contundente acotación del líder de la Revolución respecto a la necesaria lealtad con la que la misma debe ejercerse.

En el inicio del llamado “Periodo Especial”, Fidel alertaba sobre los riesgos de una crítica y una “autocrítica” que equivocara el sentido correcto de la lucha revolucionaria, cuando decía: “Parece increíble que las escuelas estén abiertas en un pequeño país que ha perdido miles de millones de dólares en importaciones de productos, de materias primas y, especialmente, de combustibles […] Puedo asegurar que lo que hemos resistido nosotros no lo podría resistir ningún otro país, no lo habría podido resistir jamás un sistema capitalista […] Hemos tenido que tomar medidas, más medidas y muchas medidas, pero aquí está la Revolución cubana, no se ha derrumbado. Aquí está nuestro pueblo organizado. Hay orden en nuestro país; aquí están el partido, el Estado, la administración y los revolucionarios trabajando en una sola dirección, estrechamente unidos. Podrá haber problemas y dificultades, deficiencias y errores, pero no hay desorganización ni caos […] No ha llegado todavía la hora de hacer el análisis final, pero no hay duda de que si se quiere perfeccionar algo usted no puede empezar por destruirlo […] ¿Cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del partido, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo la autoridad y el prestigio del Estado, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo el prestigio y la autoridad del gobierno, cómo se puede perfeccionar el socialismo destruyendo los valores esenciales del socialismo?” (*)

Hay que decirlo; no es por falta de Leyes o normas emanadas de la ANC que los precios se disparan por las nubes, sino por el reducido margen de acción que ha tenido el gobierno (producto de la ingobernabilidad y la anarquía desatadas por la oposición desde el ámbito político) para hacer avanzar el modelo socialista, que es lo único, como lo dijo Chávez, que le permite a la sociedad superar las injusticias del capitalismo.

A la ANC le tocará explicar debidamente, sin demagogia, con la mayor claridad y sin formatos panfletarios, cómo es que lo que ha estado haciendo en favor de las venezolanas y los venezolanos sí es importante. Sí es indispensable para recuperar el bienestar económico. Sí es impostergable para retomar la senda de la felicidad que el pueblo alcanzó por primera vez en la historia solamente a partir de la llegada de la Revolución bolivariana.

No es dividiendo a las fuerzas revolucionarias ni amenazando con regresar al neoliberalismo como se consolidan las revoluciones, sino con más socialismo.

Por eso, a pesar de las dificultades (que nadie ha negado o desatendido jamás en la ANC), y no porque sean asumidas como trofeos burocráticos para nadie, es que hay que ganar todas las elecciones que sean posibles.


(*) Comandante Fidel Castro / VIII Congreso de la FEEM / La Habana, 06-12-1991.

 

@SoyAranguibel

¿Y los “autocriticistas”, qué?

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el Comandante Chávez decía que la autocrítica era no sólo válida sino necesaria, acotaba siempre con la mayor fuerza que la misma debía hacerse con lealtad.

Pero hubo quienes no lo entendieron así. E incluso ha habido los que hicieron expresamente lo contrario.

Quienes emprendieron desde el instante mismo de la partida física del máximo líder de la Revolución el ejercicio de lo que ellos arrogantemente denominaron “autocrítica”, como si alguna clase de emergencia apocalíptica que solo ellos podrían atender hubiese sido declarada, asumieron que había llegado el momento de intervenir para indicarle al Presidente de la República, de manera hasta insolente en algunos casos, qué era lo que tenía o no tenía que hacerse.

La lealtad a la que se refería Chávez no era la de los juramentos de sumisión o la de los retiros espirituales de los monjes budistas, como gritaron ofendidos a los cuatro vientos los “autocriticistas” que eran los escarnios a los que estaban siendo supuestamente sometidos por el Presidente Maduro y por la dirigencia del PSUV en aquel momento.

La lealtad de la que hablaba era la de la vigilancia que debía tenerse frente al impacto negativo que pudiera causar la práctica del cuestionamiento al voleo entre una militancia que por el solo hecho de formar parte de un movimiento revolucionario va a ser siempre propensa a la rebeldía natural del pueblo si no se preserva el sentido correcto de la disciplina militante.

Por muy esclarecidos que fuesen los argumentos de quienes elevaban su voz en público para hacer señalamientos o solicitar correcciones en el rumbo de la Revolución, el riesgo de la ancestral tendencia al divisionismo de izquierda obligaba a medir con la mayor cautela el sentido de la responsabilidad que debía asegurarse por encima de cualquier otro interés, en un momento de tanto dolor e incertidumbre como los que padecía entonces el pueblo por la partida física de su guía fundamental.

La mayor fortaleza del Comandante era su excepcional capacidad de liderazgo, es decir; de comunicación y contacto estrecho con las masas. Como líder sabía que la idea revolucionaria en sí misma no era suficiente para movilizar a un pueblo. Décadas de fracasos de la izquierda no solo en Venezuela sino en el mundo lo demostraban. Que el líder tiene que ser capaz de convertir esa poderosa idea de la transformación de la sociedad en instrumento que comunique redención y justicia social de manera lo más clara e inequívoca posible. Que la fragilidad de los proyectos revolucionarios radicaba por lo general en la confusión que los debates estériles podían hacer germinar entre la militancia, sobre todo cuando estos pretendían colocarse por encima del interés supremo de todo movimiento revolucionario, que no es ningún otro que el de hacer la revolución.

Y más aún cuando esas ideas tan sagradas para los revolucionarios son tan ferozmente atacadas, tergiversadas y distorsionadas por la derecha contrarrevolucionaria (y por infinidad de desviaciones de izquierda, como las trostkistas), tal como se ha evidenciado hoy más que nunca que pueden poner en marcha los mecanismos de desinformación y guerra mediática al servicio del imperialismo.

De ahí que el alerta que muchos hicimos en ese sentido no fuese nunca un llamado a desconocer el derecho de ningún camarada a expresar su punto de vista. Ni mucho menos una acusación de traición como se empeñaron en hacerlo ver hasta la saciedad. Jamás caímos, quienes recibíamos como respuesta a ese alerta que hacíamos el insulto y la descalificación (“sumisos” fue lo más lindo que se nos dijo entonces) por parte de quienes se presentaban como vestales del ideario revolucionario, en la provocación de la confrontación inconveniente que esa “concha de mango” divisionista entrañaba.

No eran muchos. Ninguno llegó a calzar jamás ni remotamente la talla del conductor de masas que hubiese podido desviar la atención de la militancia hacia opciones ilegítimas o improvisadas del chavismo. Ese no era el riesgo. Precisamente el carácter individualista, mezquino y oportunista que dejaban ver con su irresponsable actuación los presentaba como incompetentes para el compromiso del liderazgo revolucionario.

Pero, ante la falta física del comandante, la obligación no era la de hacer valer a rajatabla los puntos de vista particulares de cada quien, como está todo el mundo en su derecho de hacerlo, insisto, sino trabajar intensivamente por la cohesión de la militancia y por impedir el quiebre de su lealtad al proyecto, cualquiera fuese la propuesta o la visión que se tuviera a la mano, porque esa cohesión y esa lealtad alcanzadas por la revolución hasta ese momento eran definitivamente el único seguro de sobrevivencia y perdurabilidad real del proyecto. Por esa razón, Chávez colocó su llamado a preservar la unidad entre los revolucionarios como el clamor más imperioso de toda su reflexión del 8 de diciembre del 2012. Se trataba de un simple asunto de prioridad política. Algo en lo que tampoco nadie le ganó jamás a Chávez.

El más colosal barco jamás construido por el hombre hasta hace un siglo, el Titanic, no se hundió por el peso de su inmensa carga de pasajeros y equipos, sino por un pequeño boquete que el descuido de su tripulación permitió que se produjera en su estructura externa.

Impedir que a la Revolución se le abriera el boquete por donde se le introdujera a lo interno el germen del divisionismo (que la derecha empezó a trabajar desde mucho antes de asumir Nicolás Maduro la presidencia con frases como “Maduro no es Chávez”) era la prioridad.

Pero en ningún momento los cuestionamientos de la llamada “autocrítica” acusaban al imperialismo ni al modelo neoliberal por la ineficiencia del Estado burgués, sino al presidente Maduro.

En ese sentido era perfectamente claro que el eje medular del “autocriticismo” (“soy chavista pero estoy en desacuerdo con Maduro”) era el más pernicioso de todos los problemas o fallas que ciertamente pudiera tener la Revolución, porque se convertía en el boquete por el cual el pueblo chavista, en medio de las confusiones que la brutal arremetida de la derecha sembraba en la gente, podía encontrar no solo lícito sino correcto direccionar su malestar por la ineficiencia de ese Estado burgués que la Revolución persigue desmontar, ya no contra el capitalismo ni contra el imperio norteamericano (los verdaderos enemigos históricos del pueblo), sino contra el Presidente de la República y contra la dirigencia del partido fundamental de la revolución.

Era obvio que eso, en vez de ayudar a corregir, ayudaba a desestabilizar.

Por eso el triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias de 2015 es uno de los fraudes electorales más descomunales de nuestra historia política. Porque no se trató en ningún momento de un avance de los sectores contrarrevolucionarios en el sentimiento popular, sino de la desmovilización de una parte de la militancia revolucionaria que fue víctima circunstancial de la trampa de la derecha que le hizo creer por un momento que el causante de la especulación, el acaparamiento, el contrabando de extracción y la guerra económica que hoy padece el pueblo, era Maduro.

De no haber sido por ese revés coyuntural, surgido de las confusiones generadas en gran medida entre esa porción de la militancia por el discurso infamante y retaliador de esa autocrítica irresponsable que no midió jamás sus consecuencias, el país no padecería hoy la violencia incendiaria de un terrorismo que vio en esa desmovilización del pueblo la llegada de su hora.

En medio de su tozudez y de sus vetustos dogmatismos de bibliotecas enmohecidas, no faltará el “autocriticista” que quiera ahora explicar esa nueva oleada terrorista de la derecha no como la oportunidad que ese sector minoritario encontró en lo que erróneamente supuso un derribamiento del chavismo, sino como el resultado de las políticas del Gobierno que desde la comodidad de sus teclados cada uno de ellos denunció. Allá ellos con su consciencia.

La inobjetable verdad, que ha determinado la vigorosa reactivación de la fuerza chavista que hoy se desborda entusiasta y comprometida como nunca antes en todo el territorio nacional, es que hay un digno hijo de Chávez, tenaz e indoblegable, que no se ha dejado abatir por los enemigos de la Patria en su lucha por el proyecto de justicia y de igualdad social que encarna el modelo revolucionario bolivariano, como lo es Nicolás Maduro Moros.

Ahí está de nuevo el alma de Hugo Chávez palpitando incontenible en el corazón del pueblo junto a su Presidente, por encima de las mezquindades y las aventuras mercenarias de los diletantes y los filibusteros.

@SoyAranguibel

Carta abierta de Néstor Francia a los disidentes del chavismo

Por: Nestor Francia

Estimados Compatriotas:

No voy a tratarlos con epítetos. No voy a caer en el expediente fácil de llamarlos traidores ni a suponer en ustedes motivos viles o indecentes, aunque no descarto que algunos los tengan, lo que no me daría el derecho a generalizar. No voy a expulsarlos del Paraíso, entre otras cosas porque estoy seguro de que muchos de nosotros nos reencontraremos en este largo camino ¿Por qué no? ¿Acaso no ha ocurrido? Como decía un comentarista deportivo ya ido: las he visto más feas y se han casado. El actual gobernador pesuvista del estado más importante de Venezuela, Arias Cárdenas, fue candidato presidencial “unitario” de la derecha contra Chávez y hasta lo comparó con una gallina. Herman Escarrá fue el principal abogado de la ultraderecha y ahora es el constitucionalista favorito de la Revolución. William Ojeda era un beligerante y bullanguero parlamentario de la oposición y ahora anda de este lado. Como Arias Cárdenas, ensayó el doble salto de talanquera: de aquí para allá y de allá para acá. El actual vicepresidente ejecutivo de la República, Aristóbulo Istúriz, tuvo su aventurilla antichavista y hasta se preguntó alguna vez públicamente si acaso Chávez se había fumado una lumpia.

Acusar a alguien de traidor es establecer una distancia irreversible. Un traidor es, por ejemplo, un delator. O alguien que se vende al enemigo por treinta monedas, como Judas. O un amigo al que le das alojamiento en tu casa y te roba la mujer, los corotos, lo reales y hasta la casa misma. La traición es irremediable y hay que tener mucho cuidado con las palabras que se usa, aunque en política es muy fácil el olvido, si es lo que conviene.

Dicho esto, creo que queda claro que fundamentalmente estoy en desacuerdo con ustedes, lo cual abre la interesante posibilidad de un debate de ideas, que es lo bonito, lo apropiado, lo aleccionador para todos. Voy a intentarlo.

Ustedes, compatriotas, están dejando que los árboles les tapen el bosque. En la naturaleza existe algo que se llama dialéctica, aplicable también, claro está, a la sociedad humana. No es un invento de Marx, es una precisión científica. La principal ley de la dialéctica es la de la unidad y la lucha de contrarios. Todos los fenómenos que ocurren en la Naturaleza son el resultado de la lucha de elementos contrarios, que se hallan unidos en el mismo ser o fenómeno, siendo la causa de todo movimiento y cambio, también en la sociedad y en el pensamiento. Con esta ley se explica el origen del movimiento.

Existe, por otra parte, el concepto de “contradicción principal”, explicado diáfanamente por Mao Tse Tung en su célebre obra “Sobre la contradicción”, donde el líder chino asienta: “En el proceso de desarrollo de una cosa compleja hay muchas contradicciones y, de ellas, una es necesariamente la principal, cuya existencia y desarrollo determina o influye en la existencia y desarrollo de las demás contradicciones… De este modo, si en un proceso hay varias contradicciones, necesariamente una de ellas es la principal, la que desempeña el papel dirigente y decisivo, mientras las demás ocupan una posición secundaria y subordinada. Por lo tanto, al estudiar cualquier proceso complejo en el que existan dos o más contradicciones, debemos esforzarnos al máximo por descubrir la contradicción principal”. Y además, muy importante: “Cuando el imperialismo desata una guerra de agresión contra un país así, las diferentes clases de éste, excepto un pequeño número de traidores, pueden unirse temporalmente en una guerra nacional contra el imperialismo. Entonces, la contradicción entre el imperialismo y el país en cuestión pasa a ser la contradicción principal, mientras todas las contradicciones entre las diferentes clases dentro del país… quedan relegadas temporalmente a una posición secundaria y subordinada”.

¿No está acaso Venezuela, junto a toda Latinoamericana, sometida a una guerra de agresión (no convencional) por parte del imperialismo norteamericano? Esa es la contradicción principal presente en el escenario, no solo en nuestro continente, sino en el mundo todo. La contradicción principal de la sociedad humana actual es aquella que enfrenta al imperialismo norteamericano y sus aliados, por un lado, y las naciones y pueblos oprimidos, por el otro. Todas las demás contradicciones presentes se subordinan a esa y hasta que esa contradicción no se resuelva, no habrá socialismo victorioso. De manera que si acaso Maduro está “más loco que una cabra” (Pepe Mujica) o si se critica que hay corrupción, o que el burocratismo y la ineficiencia colonizan al Estado y al PSUV, o que se cometen errores económicos (en algunas se lleva razón, en otras no tanto), ninguna de esas críticas borra ni puede estar por encima de la contradicción principal, de manera que la gran tarea actual de los revolucionarios venezolanos es defender la Patria y enfrentar la agresión imperialista. Y eso pasa por rodear y apoyar al gobierno de Nicolás Maduro y a la dirigencia revolucionaria, por más críticas que tengamos, que en mi caso no son pocas, como todo el mundo sabe. Y les diré por qué.

El pretexto principal del imperialismo y la derecha en este momento es el llamado a Revocatorio. Eso no lo digo yo, sino el Imperio mismo, concretamente en el documento que se refiere a la injerencista Operación Venezuela Freedom-2, fechado el 25 de febrero de 2016 con la firma del Almirante Kurt W. Tidd Comandante del Comando Sur, y donde se expresa textualmente: “Con los factores políticos de la MUD hemos venido conformando una agenda común, que incluye un escenario abrupto que puede combinar acciones callejeras y el empleo dosificado de la violencia armada. Por supuesto, hay que seguir impulsando como cobertura el referéndum o la enmienda que se apoya en el texto constitucional y que sirve para censar, movilizar y organizar una masa crítica para la confrontación”.

De manera que cuando ustedes se ponen a respaldar el llamado a Revocatorio, en realidad están apoyando, sépanlo o no, quiéranlo o no, el plan intervencionista del imperialismo contra Venezuela. Ustedes parecen creer que el tema del Revocatorio es un asunto jurídico, cuando en realidad es un asunto político. El imperialismo y la derecha se opusieron férreamente, en su momento, a la aprobación de la Constitución Bolivariana y luego la han violado una y otras vez de diversas maneras. Ahora aparecen como adalides en su defensa, con la única intención de utilizarla para derrocar a Maduro, dar al traste con la Revolución Bolivariana e imponer la restauración del régimen neoliberal, arrasar con el chavismo y poner a Venezuela al servicio de los intereses del imperialismo, como están haciendo Macri en Argentina y Temer en Brasil, conjurados con otros gobiernos de derecha para golpear la integración latinoamericana y diluir los avances de ese proceso que fue encabezado por Hugo Chávez. Ya vemos como pugnan por desconocer el derecho que asiste a Venezuela para asumir la presidencia pro témpore del Mercosur.

Se ha puesto en boga el concepto de “progresismo” para definir a los regímenes de izquierda latinoamericanos. A mí me gusta el término. Creo que en el tema de la construcción del socialismo, hay todavía mucha tela que cortar. Yo mismo he caracterizado a Venezuela como un país capitalista con un gobierno popular de tendencia socialista, con un plan de transición al socialismo. Pero esta es una definición demasiado general y limitada, aunque en esencia creo que correcta. Pienso que ninguno de los gobiernos de izquierda latinoamericanos es propiamente socialista (quizá con la excepción del cubano, pero ni siquiera estoy seguro de eso). El socialismo es un desiderátum más que una realidad, falta un largo y sinuoso camino por recorrer. El socialismo parece más bien una escuela primaria donde todavía estamos aprendiendo las primeras letras y aun nos falta muchísimo para alcanzar el grado final.

En todo caso, compatriotas, creo que ustedes están profundamente equivocados. En este momento nuestros pasos se han separado. Tengo la sincera esperanza de que nos volvamos a encontrar en esta dura lucha contra el imperialismo.

nestor francia41@gmail.com

Sobre la crítica según Cortázar

– Publicado en sietealacarta.com.ve el 19 de noviembre de 2014 –

Por: Gipsy Gastello

No cabe duda de que vivimos tiempos huracanados y confusos. Sin la presencia física del Comandante Chávez, una ausencia que jamás dejará de dolernos, nuestros estados de ánimo se revuelven y retuercen. De eso se aprovechan quienes detractan a la Revolución Bolivariana para envolvernos en una polvareda de angustia y decepción.

Somos un pueblo despierto y protagónico, consciente y luchador. Por lo tanto, no somos presa fácil para aquellos que pretenden doblegarnos a punta de guerras económicas y malversaciones mediáticas despiadadas. Y en medio de la lealtad absoluta que nos pidió el Comandante Chávez aquel 8 de diciembre para apoyar a nuestro Presidente Obrero Nicolás Maduro, también está nuestro criterio ejercitado, nuestro libre albedrío, nuestro derecho a opinar y a decidir, nuestro derecho a ser escuchados.

Sin embargo, en estos tiempos huracanados el ejercicio de la crítica y la autocrítica es un terreno movedizo y plagado de fragilidades que pudieran, más que sumar, restar voluntades. La derecha sabe dónde golpear y es allí, en esa certeza del otro que pretende arrodillarnos, donde debemos recordar más que nunca que solos somos una gota y que juntos somos aguacero, tal como decía el Comandante Chávez. Y no me malinterpreten, que no salten los puristas a sentenciarme con que el silencio no es la solución. Callarnos jamás, eso ni imaginarlo. Pero sí ejercitar la crítica y la autocrítica para construir y no para destruir.

No soy quien para definiciones de este tipo y mucho menos en un panorama tan sensible. Pero echo mano al gigante de la literatura, Julio Cortázar, para que me ayude en esta breve nota. En el libro recientemente editado por El Perro y La Rana, bajo el título Testimonios de una escritura política, Cortázar se detiene en este tema. En un capítulo llamado Los grados de la crítica, el argentino dice:

“Me muevo en el contexto de los procesos liberadores de Cuba y de Nicaragua, que conozco de cerca; si critico, lo hago por esos procesos y no contra ellos; aquí se instala la diferencia con la crítica que los rechaza desde su base; aunque no siempre lo reconozca explícitamente. Esa base es casi siempre escamoteada; prácticamente no se niega nunca al socialismo como ideología válida, mientras que se denuncian y atacan vehementemente los frecuentes errores de su práctica. A la cabeza (y a la vez en el fondo cuando se trata de Cuba) está la noción de la URSS vista como un régimen execrable; Stalin borra la imagen de Lenin, y Lenin la de Marx. Esa crítica no acepta el socialismo como ideología viable, y no lo acepta por las mismas razones que el capitalismo enuncia desembozadamente, así como éste supone un elitismo económico dominante e imperialista, esa crítica intelectual supone un elitismo ‘espiritual’ que se alía automática y necesariamente al económico. Pero eso, claro, no se dice nunca. El miedo signa esa crítica: el miedo de perder un status milenario.

Cuando no se tiene en cuenta esta opción básica, ese tipo de crítica puede convencer a muchos, y de hecho los convence, máxime cuando se hace con inteligencia y con el beneficio del prestigio que da una importante obra literaria paralela; ¿cómo echar en saco roto las críticas de un Octavio Paz, de un Mario Vargas Llosa? Personalmente comparto muchos de sus reparos, con la diferencia de que en mi caso lo hago para defender una idea del futuro que ellos sólo parecen imaginar como un presente, mejorado, sin aceptar que hay que cambiarlo de raíz”.

Con el desenlace actual de Mario Vargas Llosa, convertido en protagonista y bandera de la feroz derecha hispanoamericana, resulta interesante leer a un Cortázar militante de la izquierda, crítico constructor y defensor del socialismo. Ojalá tuviéramos todos esa mente brillante de Cortázar y su tino para diferenciar la crítica por el proceso y no contra el proceso. Hay una delgada línea -muy peligrosa- que separa a la una de la otra. Y en esa delgada línea, el miedo de algunos a perder su “status milenario”.

En la última entrevista que concedió Cortázar a la revista Siete Días, en febrero de 1984, hay una frase más que contundente que se las dejo a mis lectores y lectoras para que la guarden por allí: “Tiene que haber una crítica, una crítica generosa, que no sea una crítica desgraciada para jabonarle el piso al gobierno”. Creo que es necesario, hoy más que nunca, reflexionar en frío sobre esta gran afirmación del cronopio mayor.

@GipsyGastello

Fuente: sietealacarta.com.ve

Aranguibel: “Lo que está haciendo Marea Socialista es una acción divisionista”

– Programa “Vladimir a la 1“, transmitido el 12 de noviembre de 2014 por Globovisión –

(Caracas, 12 de noviembre. Noticias24) – El periodista y analista político Alberto Aranguibel se refirió este miércoles a la actualidad política nacional durante el programa “Vladimir a la 1″ que transmite Globovisión.

Ante los planteamientos de diálogo y de posibilidades de acuerdos de coalición, Aranguibel advirtió que estos deben ser examinados con mucho cuidado porque si no “se puede caer en aquella lógica de la ‘conchumpancia’ que privó en el pasado” y que “afectó tanto al país, incluso hasta económicamente”.

En ese sentido, no descartó la posibilidad de que existan quienes traten de “pescar en río revuelto para sacar algún beneficio” en medio de la coyuntura de una “guerra económica de la que el presidente Nicolás Maduro está saliendo con mucho esfuerzo”.

Se refirió a “unas propuestas que han venido siendo muy persistentes en ese discurso de achacar todo lo que sucede a la dirigencia revolucionaria y al presidente Maduro en particular, dejando por fuera elemento que inciden en ello, como el comportamiento de un sector privado especulador que ha quedado al descubierto”.

No descartó la posibilidad de que existan quienes traten de “pescar en río revuelto para sacar algún beneficio en medio de esa coyuntura”.

Al preguntársele cuánto hay de guerra económica y cuánto de errores por parte del Gobierno, Aranguibel sentenció: “Distorsión económica, en términos estrictamente económicos, es aquella en la cual políticas de los gobiernos generan una situación de inflación y de déficit en el balance de las cuentas públicas. Ese no es el caso en Venezuela… Aquí la situación es que hay una ola especulativa que ha impactado a toda la sociedad”.

Por eso, pese al hecho de que los buhoneros sean base social del chavismo, Aranguibel aseveró que estos no tienen derecho a delinquir especulando. Además, agregó que “el proceso de formación ideológica de esas bases no ha sido fácil, pues es un proceso de construcción que se viene dando y que nadie ofreció que se iba a resolver de la noche a la mañana”.

“La supuesta izquierda crítica”

A juicio de Aranguibel, hay frases de Hugo Chávez que “pueden servir para cualquier cosa cuando son sacadas de su contexto histórico original. Hay algunos de la supuesta izquierda crítica que han hecho eso: extraen con pinzas alguna frase del comandante, que habló de tantas cosas que si no las miras en términos de su contexto real, vas a tener fallas”.

En otra idea, opinó que la historia del Muro de Berlín también debe verse desde una óptica ampliada: “Hay una gran hipocresía en todo eso… se trata de crear una percepción en la historia de que el gran triunfador toda aquella Guerra Fría que precedió la caída del Muro de Berlín fue el capitalismo, pero eso no necesariamente es así. ¿Cómo hacemos en este momento con el muro de Israel (…) o el de México? No puede ser que haya un muro de la ignominia y otro del triunfo de la libertad”.

A propósito de ese debate, Aranguibel criticó que la polarización sea vista por la derecha venezolana como “un percance”. Por eso se preguntó: “¿Qué quieren? ¿Que no no haya debate político? ¿Que haya un totalitarismo? ¿Cómo se desarrolla una sociedad democrática sin la posibilidad de que se debata?

Al referirse a las diferencias entre el gobierno y la que llamó “supuesta izquierda crítica”, el analista dijo que sí es posible generar un debate, “pero debe ser honesto”. Por eso consideró que “lo que está haciendo Marea Socialista es un avance de naturaleza divisionista pero “entaparada” (disfrazada)“.

“¿Qué quieren? ¿Que no no haya debate político? ¿Que haya un totalitarismo? ¿Cómo se desarrolla una sociedad democrática sin posibilidad de que se debata?”

Insistió en que la propuesta de Marea Socialista es trotskista, pues “cuando tú revisas la historia de las divisiones en la izquierda, desde los orígenes del pensamiento marxista, te vas a encontrar con que ha sido persistente cuestionar desde esa óptica el desempeño de la dirigencia revolucionaria. Eso no es nuevo… Al mismo Marx le dividieron la I Internacional Socialista“.

En todo caso, valoró aquellas divisiones de la I Internacional Socialista -de las que surgieron el anarquismo y la socialdemocracia- como “honestas” a diferencia del trotskismo que siempre va a insistir en que no es divisionista.

Dijo que el trotskismo, imposibilitado para reunir fuerzas por su poca capacidad de convocatoria, se propuso controlar la fuerza revolucionaria ya constituida “tratando de desplazar a la dirigencia partidista (que ellos denominan burocracia partidista), que es el mismo discurso que tiene ahora Marea Socialista“.

Arguyó que los planes de Marea Socialista son “crear fracturas entre Nicolás Maduro y Diosdado Cabello” y procurar que la militancia se ponga en contra de su dirigencia, “cuando el trabajo, según la doctrina chavista, debe ser todo lo contrario”.

De tal manera que advirtió: “El que se mete en la candela política debe asumir que se puede quemar, y ellos deben asumir que aquí hay gente que los va a combatir desde el punto de vista del debate… los grandes fracasos de la izquierda en América Latina se debieron a las muchas fracturas del chantaje de la victimización con la que siempre se quiso callar ese debate”.

Fuente: Noticias24

¿Autocrítica o regaño?

Aquí nadie está defendiendo la ineficiencia ni abogando por quintacolumnas, que los hay por bojote. Pero las cosas por su nombre. Yo lo que vi fue un soberano regaño.

Chávez fustigó a los ministros porque no han asumido el compromiso de transformar el Estado, sino que buscan cumplir con la gestión que a cada cargo supuestamente corresponde, desatendiendo el propósito fundamental de la revolución que es la construcción del poder popular. Y lo que es peor, disfrazando todo con el etiquetaje de socialista.

Cuando habló del Sistema Nacional de Medios Públicos, tampoco hizo revisión alguna de sus lineamientos originales en ese sentido, sino que reclamó la falta de atención a la profundización del carácter revolucionario que el mismo debe tener.

Pero los que quieren hacerle el trabajo a la derecha, de convertir en política oficial la acusación de ineficientes a nuestros gobernantes en todo el país, dejando de lado el significativo hecho de que los estados con más problemas están en manos de la oposición y no del chavismo, se desbocan tratando de malponer al Comandante como portavoz de sus inoportunos cuestionamientos.

Lo que menos ha sugerido Chávez es algún tipo de revisionismo que conduzca a perfeccionar el modelo burgués que vinimos a derruir. Ahí muchos “autocríticos” parecieran sugerir lo contrario. Se erigen en “voceros del pueblo” en un ensañamiento contra los gobernantes chavistas porque las carencias que se padecen son, según ellos, culpa de la revolución y no del modelo burgués de descentralización heredado del pasado.

Si lo que ha faltado ha sido eficiencia y nada más en nuestras instancias de gobierno, entonces ¿Capriles tenía razón? ¿Lo que no sirve son nuestros gobernantes? Y, si lo que falla es el gobernante chavista, ¿por qué votó por la derecha una buena cantidad de esos millones de venezolanos que se han beneficiado con tantas políticas inclusivas del Gobierno, como la gente de Ciudad Varyná que Chávez ha mencionado? ¿No es eficiencia mantener al país libre de la crisis social y económica que agobia hoy al mundo capitalista?

La pelea ahora es contra una derecha que viene con el tema de la “descentralización” como eje medular de su discurso. Y ahí lo que resuelve es la formación ideológica, no la “autocrítica”.