J.M. Rodríguez: Pizarro, héroe peruano

Por: José Manuel Rodríguez Rodríguez

Viendo por Tv la refriega entre los diversos patroncitos del Estado peruano para mantenerse en un poder que llena sus bolsillos, veía también lo ausente que estaba el pobre pueblo inca de todo aquello, desasistido inclusive de una guía política resteada en confrontarse con la herencia del virreinato y los illuminiati de Sendero Luminoso. Y recordé el comentario que, en Perú, me hizo un estudioso del patrimonio cultural: aquí no sólo no hay izquierda, tampoco héroes independentistas… Y las señales son evidentes, en el centro de su Plaza de Armas lo que hay es una pileta con un ángel tocando trompeta. El único guerrero que, hasta hace muy poco estuvo allí, fue Pizarro, sustituido ahora por esa curiosa bandera nacional que recuerda demasiado al pabellón del virreinato.

Es significativo observar que durante los últimos sesenta años del siglo XVIII y los quince primeros del siglo XIX, las insurrecciones y levantamientos en esas tierras fueron de indígenas y mulatos luchando por sobrevivir ante esa sociedad de aristócratas y blancos de orilla que ni siquiera los ha reconocido como héroes. Eso explica la llegada de expediciones de ejércitos vecinos, primero desde el sur, con San Martín, y luego desde el norte con Bolívar, quien fue en definitiva el que terminó por sacar a los españoles de esos territorios. Imagino que tal tumbaito monárquico de los blancos peruanos fue el que llevó a San Martín a proponerles la tutela de la Santa Alianza europea, y de ahí el aborrecimiento que tienen por Bolívar.

A pesar de tales antecedentes ese país tuvo a Mariátegui, un avanzado intelectual de izquierda, de los mejores, que hablaba de un socialismo sin calco ni copia… La base política que ayudó a crear se convirtió, luego de su muerte, en el Partido Comunista Peruano por cuyo nombre aún pelean más de quince organizaciones que buscan ser dueñas de ese significante que nunca sirvió para nada, ni siquiera para apoyar las reformas del general Velasco.

Al ver al nuevo gabinete de Vizcarra, con banda cardenalicia en la cintura, arrodillarse ante su presidente escoltado por un Cristo crucificado de tamaño natural; se entiende aquello que el peruano Nugent llamó el tutelaje del incienso y la pólvora.

jmrodriguez J.M. Rodríguez

Anuncios

Finol: Examen histórico a la xenofobia en Perú

Por: Yldefonso Finol

Perú: palabra que en el idioma añún nuku del pueblo ancestral del lago Maracaibo (Tinaja del Sol), significa el punto cardinal “Sur”.

I

No es un mero resentimiento hacia quienes hoy van a sus países a buscar empleos, portando bajo el brazo un currículum académico superior. No es sólo un poco de envidia hacia quienes iban hace poco con tarjetas de crédito cargadas de dólares y eran recibidos con alfombra roja y sonrisas de comerciante. Ni siquiera es la rabia por algún suceso violento protagonizado por un migrante. Es xenofobia masivamente inducida por una campaña sistemática de linchamiento a la venezolanidad.

Adelanto mi conclusión: detrás de las expresiones de odio irracional contra Venezuela que se han producido recientemente en países vecinos, está la arcaica campaña oligárquica contra El Libertador Simón Bolívar, inoculada en los sectores más atrasados de esas sociedades, que tiene por objeto, crear las condiciones psicológicas para una agresión militar que extermine a gran parte de nuestra población y desmiembre el territorio nacional, con una estrategia similar a la aplicada en la Guerra de los Balcanes. O, algo aún peor, un híbrido entre el descuartizamiento de Yugoslavia y el genocidio en Ruanda.

II

La oligarquía que se apoderó del poder en Perú cuando Bolívar tuvo que venir a Bogotá y Caracas a tratar de frenar el mal gobierno y los divisionismos desatados por Páez y Santander; así impuso en aquél país hermano un régimen explotador con ínfulas expansionistas.

Los mismos incapaces de independizar definitivamente a Perú del yugo español, se creyeron ahora con la supremacía militar para agredir a Guayaquil y la recién creada República de Bolivia; todo ello bien azuzado y coordinado por los Estados Unidos a través de su aparato conspirativo que en Lima lideraba el terrible antibolivariano Willian Tudor.

Las calumnias vertidas contra Bolívar vinieron de la animadversión de un puñado de traidores, corruptos y cobardes:

José de la Riva Agüero, calumniador escondido en el anonimato, que habiendo traicionado a su propio país, se dedicó al ruin oficio del chisme. Ya en 1828 el Maestro Simón Rodríguez se encargó de desbaratar las ofensas falsarias de este fracasado.

–  El Marqués de Torre Tagle, ladrón de erarios públicos como Santander, quien se pasó al bando realista degradándose moral y políticamente; lo confesó en textos develados: “he resuelto en mi corazón ser tan español como D. Fernando”…“de la unión sincera y franca de peruanos y españoles todo bien debe esperarse; de Bolívar, la desolación y la muerte”). De este se copiaron tipos como Herbert Morote, Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, siempre plagiando ideas a otros.

Luna Pizarro. Sacerdote católico metido en la política, aplicó sus dos vocaciones a la intriga contra Bolívar. Se puso a la orden del embajador gringo Tudor, para engatusar al general La Mar, con lisonjas estúpidas, para que atacara territorio ecuatoriano que en ese momento integraba la Colombia bolivariana..

–  José de la Mar. General manejado como marioneta por el cura Luna Pizarro y el agente gringo Tudor, se creyó con la capacidad de enfrentar las huestes bolivarianas, cuando éstas se hallaban lejos atendiendo otros asuntos. Pero, se le presentó El Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, y lo despachó en un santiamén en la Batalla de Tarqui.

Riva Aguero y Torre Tagle, que fueron enemigos entre sí, más Luna Pizarro y La Mar, formaron un cuarteto de brolleros contra Bolívar. Todos tuvieron en común, ser unos traidores a la causa patriótica, y opresores del pueblo humilde del Perú.

Esa oligarquía exquisita de modos y descarada de ambiciones, engendró los mitos que siguieron rumiando sus seguidores y descendientes para regar el odio antibolivariano como política de Estado y subcultura de inspiración neocolonial. Dichos mitos alienantes son:

Que Bolívar se erigió en Dictador, cuando fue el congreso de ese país quien le entregó esa condición por la terrible ingobernabilidad que reinaba y la incapacidad de las fuerzas peruanas de expulsar al ejército realista, entre otras razones por las traiciones de Riva Agüero y Torre Tagle.

–  Que Bolívar despilfarró recursos en sus tareas diplomáticas, cuando la verdad es que El Libertador, con su Ejército, con dineros de la Colombia original, con su peculio personal incluso –y superando la obstrucción burocrática de Santander, que consideraba al Perú “cosa ajena”-, financió el arribo de una tropa de seis mil efectivos que fueron los héroes de Junín y Ayacucho que fundaron al Perú independiente. Adicionalmente, el millón de pesos que el Congreso peruano le otorgó, Bolívar no lo aceptó y se lo dejó a ese país, utilizando apenas menos de cien mil de esos pesos en apoyar un proyecto educativo y otros invertidos en los movimientos diplomáticos preparativos del Congreso Anfictiónico de Panamá.

–  Que Bolívar se quería coronar rey, canallada tan falsa como estúpida, mil veces negada por los hechos históricos y por las muchas aclaraciones que El Libertador se vio obligado a exponer, ante impertinentes sugerencias que proliferaron la conseja.

–  Que Bolívar le quitó el territorio de la actual Bolivia al Perú. Falso de toda falsedad. Esa nunca fue idea original del Libertador. Fueron patriotas del Alto Perú (hoy Bolivia), cansados de depender ambivalentemente de los virreinatos de La Plata y Perú, quienes lo propusieron. Querían independizarse del reino de España y de sus gobiernos subsidiarios en Suramérica: los virreinatos. De manera que el surgimiento de la República de Bolivia, y el de todas las demás, no emanan de disposiciones obsoletas del derecho monárquico, como esa división político-territorial invocada por la oligarquía expansionista de Lima, no; todos los nuevos Estados soberanos, son producto de la revolución republicana que puso fin al dominio colonial sobre nuestros territorios indoamericanos. Es un absurdo inaceptable, que se pretenda desempolvar supuestos “derechos coloniales”, para saciar apetencias terrófagas de rentistas parasitarios.

III

Cuando Bolívar utilizó frases fuertes referidas a la sumisión del Perú al dominio español, no estaba para nada equivocado; pero esa caracterización correcta en términos histórico-políticos, no aludía al sentimiento patriótico del pueblo peruano, sino, a la genuflexión de su oligarquía, hecho totalmente probado en las actitudes de personajes como Riva Agüero, Torre Tagle, Luna Pizarro y La Mar.

Sincerando la historia con los inobjetables hechos consumados, podemos afirmar categóricamente, que lo que detestaban los aristócratas peruanos del Libertador, eran sus ideas revolucionarias, plasmadas en actos de gobierno que nadie podrá borrar: propugnar la igualdad establecida y practicada, otorgando la propiedad de la tierra a los pueblos originarios, pidiendo poner fin a la esclavitud, introduciendo el derecho a la educación para niños y niñas sin distingos de piel y de clase, democratizando la actividad económica, imponiendo el salario y el contrato legal para el trabajo indígena, creando condiciones para terminar con la servidumbre, castigando severamente la corrupción, protegiendo las especies animales sobreexplotadas y ordenando reforestar los bosques destruidos por el afán de lucro minero y ganadero. Eso odiaron en Bolívar los gringos y sus cipayos.

Estas verdades las sabe el Departamento de Estado yanqui. Por algo las cartas de Bolívar, Urdaneta y Sucre, celosamente custodiadas por el General Lara, robadas por insubordinados que reportaban al espía William Tudor, por medio de Santander y Luna Pizarro, fueron a parar al archivo del Gobierno de Estados Unidos.

IV

Perú, como Colombia y Venezuela, tras la muerte de Bolívar, cayeron en manos de sus detractores, aquellos que sólo veían en la Guerra de Independencia, la ocasión de ascender a posiciones privilegiadas de poder. Acusar a Bolívar –como lo hacen a diario una jauría de plumíferos tarifados- de los males estructurales que se impusieron en nuestras naciones, no sólo es injusto, sino que es una mentira del tamaño de las miserias humanas que subyacen en tal engendro.

En el Perú –especialmente- el odio contra Bolívar se cultivó en forma tenaz y permanente. Los mismos voceros de este complejo de inferioridad no superado, fanáticos del poder colonial que renuncian a su nacionalidad para ser acogidos como cortesanos aunque sea en el papel de bufones, son quienes han vociferado la retahíla de viles enredos sobre El Libertador.

Estos figurones, mismos que reniegan de su condición mestiza y que practican el racismo contra sus pueblos originarios, son autores intelectuales de la xenofobia deleznable que se está ejecutando en estos momentos contra mujeres venezolanas y hombres venezolanos en Perú. Las autoridades al frente de este crimen horrendo de lesa humanidad, utilizan la fuerza pública como aparato de tortura y tratos degradantes. Han llegado al extremo de grabar mensajes utilizando niños como pregoneros del más grotesco discurso xenófobo.

Estamos, sin duda, ante una patología social con profundas raíces en la historia, que un laboratorio criminal ha desatado como peste, para ir creando las condiciones del genocidio moral (¿y físico?) del gentilicio venezolano. El imperialismo gringo y la cábala sionista lo controlan. El “Cartel de Lima”, lo simboliza.

Para terminar –por ahora- dejo en el aire una pregunta: ¿la gente decente del Perú, las reservas humanistas del pueblo de Gustavo Gutiérrez, el Perú sensible de Chabuca Granda y César Vallejo, permitirá que se continúe cometiendo este fratricidio impunemente?

Estando en Cuzco el 27 de junio de 1825, Bolívar escribió al poeta guayaquileño José Joaquín Olmedo: “los monumentos de piedra, las vías grandes y rectas, las costumbres inocentes y la tradición genuina, nos hacen testigos de una creación social de que no tenemos ni idea, ni modelo, ni copia. El Perú es original en los fastos de los hombres”.

Un espíritu similar encontramos un siglo después en el revolucionario peruano José Carlos Mariátegui: “No queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra propia realidad, en nuestro propio lenguaje, al socialismo indoamericano. He aquí una misión digna de una generación nueva”.

Generación que esperamos renazca en el país que Bolívar y su Ejército Libertador, arrancaron de las garras de los verdugos destructores del País de los Incas.

yldefonso-FINOL  Yldefonso Finol

Apuntes para una buena farsa trotskista

– Publicado en el Correo del Orinoco el 01 de diciembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Siguiendo la más pura lógica del dogma menchevique que obliga a aparentar el mayor compromiso revolucionario que jamás haya conocido la humanidad a través de los siglos, procure iniciar desde el principio mismo de su proyecto con la idea de ampulosidad ideológica con la que debe usted revestirlo, usando siempre, desde el nombre mismo que le asigne a su plan, una terminología rebuscada, lo más críptica posible, que transmita la impresión de emanar de lo más interno de las lajas del grisáceo mármol que sirven de asiento al busto de Marx en el Cementerio Highgate, de Londres, en las que se lee el escueto pero significativo epitafio “Obreros del mundo, uníos”, aún cuando eso de la “unidad” no le parezca a usted en modo alguno relevante.

Aclare, eso sí, cuanto antes, lo disparatado que a usted le resultan esas diletancias de las que hablaron Simón Rodríguez, Bolívar, Lenin, Mao, o Chávez, sobre inventar “lo nuevo” repensando el pasado. Argumente que lo correcto es la consagración a los dogmas que usted mejor domine, sin inclusión de ningún otro por muy avanzado que sea. Solo con eso toda la dirigencia revolucionaria que usted adversa quedará ante los ojos del mundo como la más vulgar y traidora reformista.

Hable de “autocrítica” aunque usted no forme parte en modo alguno de la estructura que critica. Haga saber que usted tiene derecho a criticar a la organización por puro designio Divino. Sea cauteloso. Tenga mucho cuidado del terreno que pisa por ejemplo cuando “autocritique” los acuerdos con los grandes aliados de la revolución, como Rusia y China, porque para cualquiera va a ser muy fácil deducir que en el fondo usted lo que promueve es el fortalecimiento de las posibilidades del imperio norteamericano en la economía nacional. Pero insista en que usted “autocritica”” esas relaciones comerciales porque es usted un gran revolucionario. Sobre todo porque cada vez será más difícil encontrar diferencia alguna entre lo que usted dice y lo que dice gente como María Corina (solo que ella siempre agregará a Cuba en su discurso). En todo caso, busque siempre el aislamiento internacional de la revolución aun cuando eso sea exactamente lo que ha procurado la oligarquía sin lograrlo desde hace más de tres lustros.

Apóyese en construcciones deslumbrantes que connoten luminosidad teórica e infundan a la vez temor a lo supremo, como “¡Fuerza en la Gloria y Tenacidad en la Batalla!”, y cosas por el estilo.

Es decir, deberá procurar hacer ver que solo usted, y más nadie, domina a plenitud el complejo ejercicio de la elaboración ideológica. En eso la retórica recargada de citas grandilocuentes (descontextualizadas o no, ese no es el problema) le ayudarán más que ninguna otra cosa. Cite con la mayor frecuencia posible a autores y teóricos del mayor renombre, pero desglosando sus ideas con tal soltura y naturalidad que parezca en cada caso que esos grandes pensadores quisieron en todo momento corroborarlo a usted cuando desarrollaban sus ideas y jamás a la inversa. El militante revolucionario de hoy en día deberá asumir de una u otra manera, ya sea consciente o inconscientemente, que Marx escribió teniendo en mente que quizás algún día llegaría usted a darle un uso verdaderamente lúcido, como nadie más lo haya logrado antes de usted, a su pensamiento revolucionario.

De alcanzar usted ese primer objetivo, el militante revolucionario debería comprender sin ninguna dificultad que todo cuanto de calamitoso experimente en su vida producto de los embates violentos a los que la burguesía apele en contra del proceso de transformaciones que esa burocracia revolucionaria que usted adversa haya logrado adelantar por encima de las grandes dificultades y obstáculos que el sistema capitalista le coloque en su camino, es el resultado de la tozudez del gobierno en su empeño de no hacer el más mínimo caso a lo que usted considera que debe hacerse en el país para alcanzar el bienestar social. No se detenga en sentimentalismos baratos con el hecho de que, a diferencia de usted (que jamás logró concitar el respaldo popular ni la sublevación de componente militar alguno) esa revolución sí haya alcanzado objetivos importantes en inclusión social y en logro de bienestar para el pueblo. No se desvíe.

Ármese de un buen stock de argumentaciones teóricas en las áreas en las que logre usted obtener algún aporte de algún copartidario suyo que sepa de eso (aunque este se mantenga a la sombra tras bambalinas) y que eventualmente haya tenido que ver aunque sea tangencialmente con las políticas implementadas por el gobierno, y dele con ellas soporte a la fraseología ideológica. Expóngala en cada caso como producto de un supuestamente largo e intensivo trabajo de consultas con las comunidades, en el barrio, en las fábricas o en las universidades, a fin de anular de antemano cualquier respuesta oficial que las ponga medianamente en riesgo y corra entonces usted el peligro de quedarse repentinamente sin argumentaciones teórico/políticas.

Si su copartidario le dice, por ejemplo, que debe usted hablar de macroeconomía (por muy enrevesado que eso sea para usted) y que deje de denunciar la intolerancia y la imposibilidad de la autocrítica que usted tan ingeniosamente ha tenido como centro de su discurso, y lo pone a mostrar algunos gráficos sobre el comportamiento histórico, digamos, del flujo de divisas hacia el exterior, no se le ocurra bajo ninguna circunstancia preguntarle si por alguna casualidad pudiera él estar comprometido en modo alguno como responsable de esa fuga de divisas durante más de diez años, o algo así. Se vería feo y hasta ofensivo, dependiendo de cuán bonachón sea o no su copartidario.

Búsquese otros de similar estirpe que hayan ostentado uno que otro carguito por ahí, que le sirvan para escribir mucho sobre la naturaleza humana del líder máximo. Alguien que haga ver que ese líder no era tan grandioso. Más bien que era muy terrenal… hasta muy ordinario, si le es posible. Póngalo a hablar de cosas chocantes e irrespetuosas hacia ese líder, como por ejemplo la forma en que éste orinaba. Desmitifique al líder y los demás caerán por su propio peso. De hecho, eso fue lo que mejor hizo Trotsky en la Rusia estalinista. Y mire usted lo bien que le salió, que el imperio mismo no ha dejado nunca de agradecérselo.

Eso sí, sea muy precavido. Oculte al máximo el verdadero objetivo de su plan hasta en las eventualidades más difíciles y frente a quien sea, no vaya a ser que termine haciéndole ver al pueblo que el verdadero trotskista, más que usted, es alguna notable figura de la derecha, como Capriles por ejemplo, que también ha dicho durante años y a través de intensas campañas a lo largo y ancho de todo el territorio nacional (y con la más cuantiosa inversión propagandística que se recuerde, además de todo el respaldo del Departamento de Estado que le ha sido brindado) exactamente lo mismo que usted sostiene en cuanto a que la revolución sí sirve, pero que quienes no sirven son sus líderes. Que las Misiones son una conquista del pueblo que lo que necesitan es optimizar su eficiencia sacando de ellas a los corruptos y a los ineficientes. Si usted usa ese mismo discurso (dejando estratégicamente por fuera a los infiltrados, a los especuladores y al imperio) lo más seguro es que Capriles le gane y pierda usted todo su esfuerzo. Quizás eso no le disguste mucho a usted porque a la larga eso vendría a constituir la concreción en la realidad de todo cuanto advirtió en su “autocrítica” acerca del despeñadero sobre el cual alertaba, sin importar cuánto haya contribuido usted a que ese descalabro se hiciera realidad ni con cuánta aviesa intencionalidad lo hizo, pero seguramente le hará pasar un mal rato el sentir que estuvo usted trabajando pa’ lapa sin ser cachicamo.

No deje de tener en cuenta siempre que usted es un verdadero Caballo de Troya; que su objetivo es solo impedir la concreción del proyecto de los “burócratas pequeño-burgueses” que no le permitieron a usted erigirse en conductor supremo del proceso cuando usted vio que con la muerte del líder máximo había un claro chance para la rebatiña. Aférrese a los ejemplos de muchos pero fundamentalmente al de Betancourt, que supo librar como nadie esa misma batalla por la cual hoy entregaría usted hasta su vida, de frenar el ascenso de un modelo revolucionario orientado al logro de la justicia y la igualdad social. Tenga por seguro que nadie lo notará.

Eso sí; no olvide jamás que en lo único en lo que falló Trotsky fue en dejarse ver mucho el bojote. Persevere, resista, aguante, pero mienta. Que usted no necesitará nunca ser absuelto por la historia. Llegado el momento ya estará usted muy por encima de todo eso.

@Soyaranguibel

Cambiar el modelo, esa necia cantaleta opositora

– Publicado en Correo del Orinoco el 13 de octubre de 2014 –
Casa de los Mendoza– Casa de los Mendoza, Veroes a Jesuitas, Caracas. Foto: Alberto Aranguibel B. –

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde los orígenes mismos de la república, una vez culminado el periodo independentista, los sectores oligárquicos venezolanos han pretendido de manera recurrente el control del poder político, causando la mayoría de las guerras intestinas en nuestro país y generándole a nuestra nación la infinita pérdida de recursos y oportunidades de desarrollo que le han ocasionado.

La eterna pugnacidad por el poder que nos llevó a guerras consuetudinarias de uno u otro signo durante más de un siglo, no estuvo determinada exclusivamente por razones de tipo político o rastreras ambiciones personalistas de caudillos delirantes, como se nos hizo ver a través del tiempo, sino que esas razones estuvieron siempre influenciadas por los intereses de los poderosos sectores económicos que fueron moldeando mediante su decisiva intervención en las propuestas y políticas económicas aplicadas por los distintos gobiernos que se sucedieron en nuestra historia desde el primer mandato de José Antonio Páez en 1830.

Por lo general, todas esas guerras, revoluciones y contra revoluciones, que costaron millones de vidas y oportunidades de bienestar a los venezolanos por más de un siglo, se debieron no al fracaso de los modelos políticos de diverso signo que las sempiternas luchas fueron dejando a su paso, sino al fracaso de la concepción del desarrollo que se asumía que en cada oportunidad desde ese obtuso sector oligarca que manejó el poder tras bastidores. El ideal estrictamente capitalista que orientó en todo momento ese empeño, no fue jamás la solución sino el agravante de las profundas carencias y desigualdades que el país aspiró siempre a superar.

La instauración de la libre competencia y el derecho de propiedad privada fue determinante como norma para intentar promover el desarrollo nacional desde el primer gobierno de Páez, a partir del impulso que los sectores pudientes de la naciente república le daban a una muy primitiva pero muy clara concepción liberal de la economía, gracias a la afinidad de intereses de clase que ese sector fue encontrando progresivamente en el caudillo, acostumbrado ya para aquel entonces a las ideas de libre mercado que desde el siglo IXX se esparcían por el mundo y que venían llegado a suelo americano por diversas vías mucho antes de la revolución independentista. Tomás Lander fue uno de sus precursores en el país. El diccionario de Historia de Venezuela, de la Fundación Polar, lo registra así: “Poco a poco se ubican en una línea común, cuya fortaleza reside en la confianza depositada en un programa de transformación nacional. El programa consiste en la liquidación de la sociedad tradicional mediante un cambio del papel del Estado, que en adelante deberá ocuparse de la libre competencia de los propietarios, suceso inédito en la historia venezolana (…) Según las nuevas reglas, la prosperidad pública depende de las condiciones materiales que pueda proveer la autoridad con el objeto de hacer expedito el juego de los patrimonios particulares.” Era ese el espíritu de la “Ley de Libertad de Contratos” que expedía el Congreso en abril de 1834. (1)

Es por eso que la oligarquía asumió y asume a Páez como el auténtico creador de la República, tal como lo afirma el ex-candidato presidencial de COPEI, Oswaldo Alvarez Paz, quien afirma categóricamente: “No podemos permitir que la República de Venezuela como la fundó José Antonio Páez, como se mantuvo en medio de muchas circunstancias en el siglo XIX, en el siglo XX y en parte del XXI, se destruya para darle paso a un Estado socialista…”. Lo que expresa en sí mismo el repudio a Bolívar como Padre de la Patria y el reconocimiento al “Centauro” como legítimo instaurador del modelo neoliberal por el cual hoy aboga la derecha venezolana. (2)

El desprecio al Padre de la Patria es toda una cultura enraizada en el alma de la godarria venezolana, precisamente por los grandes valores de justicia e igualdad social por los que Bolívar luchó en completa contraposición a los obscenos intereses de la clase oligarca. Ello explica la urgencia con la que esa misma oligarquía desalojó del salón Ayacucho del palacio de Miraflores en abril del 2002, durante el golpe de estado contra el Comandante Chávez, el cuadro de El Libertador para depositarlo en un oscuro baño a la hora de la auto juramentación de Carmona. Otro ejemplo de esta chocante discriminación puede apreciarse claramente en la Casa de los Mendoza en el centro de Caracas, verdadero templo de la cultura goda en el país fundado por el viejo Lorenzo Mendoza Quintero (abuelo del dueño del más importante emporio industrial privado en Venezuela), en la cual no es el cuadro del Padre de la Patria el que preside la imponente sala sino el de José Antonio Páez, a quien ubican de manera prominente en todo lo alto de la pared principal, mientras que el Libertador es colocado, un poco como por cortesía, en una condición completamente disminuida en el lado opuesto. (ver foto)

La tragedia de nuestro país, al decir del escritor y filósofo Carlos Rangel, fue que mientras otras naciones latinoamericanas, como México, Perú, Chile y otras, se dedicaban a construir sociedades avanzadas, en Venezuela no salíamos nunca de sempiternas luchas por el poder. Luchas en las que el interés y la miopía política de los grandes hacendados que presionaron siempre al sector militar y político en la búsqueda de imponer un inviable modelo de libertades plenas en el plano económico, fue gestando la condición de pobreza crónica que desde siempre ha castigado a nuestro pueblo, permitiendo a la vez que se institucionalizara el creciente ritmo de atraso que el país acumuló en todos los ámbitos con el tiempo.

Eso que hoy se conoce popularmente como “paquetazo” (término que resume la naturaleza ineficaz e inhumana de fórmulas economicistas que desconocen o subestiman la realidad social, política y estructural del país en función del libre mercado) ha estado presente en la vida económica venezolana en todos los gobiernos que intentaron superar, uno tras otro, las asfixiantes limitaciones que desde siempre tuvo el Estado para asumir por sí mismo los compromisos financieros de los planes y proyectos de desarrollo. Antes que construir esa sólida capacidad de autogestión que demandaba la nación, para los gobiernos que se sucedían en revueltas tras revueltas ceder a las propuestas de la oligarquía siempre apareció como el camino más simple y a la mano, sobre todo a lo largo del periodo no petrolero de nuestra economía.

Las máscaras usadas por ese sector pudiente de la economía para cambiarle el rostro a los distintos proyectos por ellos impulsados para ocultar la verdadera intención depredadora que cada uno de ellos comprendía, han sido muchas a lo largo de la historia, desde el “liberalismo económico” del siglo IXX, la “economía democrática” o el “desarrollismo” del siglo XX, etc., hasta el “capitalismo popular” de María Corina o el “progresismo” del siglo XXI que presenta ahora Capriles.

Todos, sin excepción, han sido siempre reformulaciones de un mismo plan, de una misma idea, de una misma filosofía, que persigue ser percibida en cada caso como opción de futuro, carente de pasado, pero en la cual están implícitas las verdaderas causas del hambre y la miseria que agobia a nuestro pueblo.

Es por ello que la difícil realidad que enfrenta hoy Venezuela, la crisis en el abastecimiento y la cultura del bachaqueo y el alza indetenible de precios, que derivan directamente de la lógica especuladora del capitalismo, antes que económica en modo alguno, es fundamentalmente ideológica.

Es la lógica de un modelo capitalista que lleva a la gente pobre a creer, por ejemplo, que vendiendo el apartamento que con tanto esfuerzo le ha entregado en forma gratuita la revolución bolivariana o incorporándose como mula a la red de contrabando interno o externo a cambio de un insignificante monto de dinero que cada día va a valer menos en la medida en que esa absurda modalidad capitalista siga avanzando, está logrando acabar de alguna manera con la pobreza que solo el socialismo puede ayudarle a superar de manera efectiva y perdurable.

El “vivir bien”, el “vivir viviendo”, como dijo el Comandante Eterno, no es en modo alguno “la buena vida” que ofrece el modelo capitalista, en la cual lo único que se logra inevitablemente es “vivir muriendo”. “El socialismo es lo nuevo”, decía, y la historia así lo confirma.

 Fuentes:

(1) Conservadurismo – Diccionario de Historia de Venezuela – Fundación Polar – ISBN 980-6397-37-1 – 1997

(2) http://youtu.be/iz92CAX5GR4?list=UUAnBVrWZ7MQj7i_nhoNf-qg

@SoyAranguibel