El olvidado pillo que inventó el negocio del bachaqueo

Por: Alberto Aranguibel B.

Nosotros puede ser que especulemos, pero damos fuentes de empleo
Guillermo Zuloaga

Uno de los grandes mitos del modelo de democracia representativa en la que se sustenta el capitalismo, es el que presenta al gobernante (y no al sistema) como el factor que determina en sí mismo la dinámica económica en el Estado.

La idea que el capitalismo necesita instaurar en la sociedad es que si se cambia al gobernante, pero no el modelo económico, social y político, se abrirá siempre para el pueblo un nuevo tiempo de prosperidad y progreso que hará innecesario transformar el sistema y con ello se evitará el riesgo de fracasar en experimentos que siempre son presentados como peligrosos. De acuerdo a eso, con votar cada cinco o seis años será más que suficiente para oxigenar la economía e insuflar una efímera dosis de esperanza y optimismo a la población.

Pero en realidad el actor económico determinante en la democracia de hoy no es el gobernante, sino el dueño del capital. Es él quien determina a su buen saber y entender no solo el funcionamiento del sector privado en los ámbitos de la producción, el comercio y el sector financiero, sino que incide en las políticas públicas de toda índole ya sea a través de la adquisición de bonos de la nación, de la venta de sus servicios al Estado, o del control indirecto que ejerce mediante el pago de comisiones para obtener contratos, que en el mundo capitalista es toda una industria de primer orden, gracias a lo cual se generan los altos índices de corrupción que proliferan a lo largo y ancho de todas las administraciones públicas del mundo.

La especulación es la base de ese modelo que solo piensa en el beneficio del capitalista, a la vez que menosprecia cualquier opción de bienestar común para la sociedad que no sea la que surja de la iniciativa privada en forma de costosa mercancía, y que genere para el empresario la correspondiente tasa de ganancia.

De esa estirpe de usureros doctrinarios es el inefable prófugo de la justicia venezolana Guillermo Zuloaga, de quien seguramente mucha gente no quiere (o no le interesa) acordarse pero que a nosotros nos corresponde la obligación de mencionar aquí como aporte a las conversaciones de diálogo que centran hoy la atención de las venezolanas y los venezolanos en relación a la crisis política por la que atraviesa el país.

Resulta indispensable mencionarlo porque ningún proceso de diálogo puede aspirar al ansiado logro de la paz si no revisa detenida y ordenadamente la cronología de los acontecimientos sociales, económicos y políticos reales que preceden o que conducen a la crisis que se pretende superar, así como el comportamiento particular de sus protagonistas.

Desde el arribo mismo del presidente Nicolás Maduro a la jefatura del Estado en abril de 2013, la derecha ha argumentado que los desequilibrios y distorsiones que desde entonces comenzó a experimentar la economía nacional eran “el resultado de políticas erradas del Gobierno revolucionario”, tal como lo han sostenido persistentemente la cúpula empresarial, los sectores políticos de la derecha y los medios de comunicación privados, tanto en sus líneas editoriales como en los espacios noticiosos y de opinión, en un obsesivo intento por menoscabar la capacidad del Primer Mandatario en el manejo de la administración pública.

Con el fallecimiento del Comandante Chávez la derecha venezolana asumió arbitrariamente que terminaba una etapa dictatorial y que se iniciaba un proceso de recuperación del control de la economía que desde siempre había ejercido el sector privado antes de la llegada de la revolución bolivariana. De ahí la ola especulativa que casi de inmediato se desató en todo el estamento comercial del país. Los exorbitantes aumentos de hasta el 17.000% que llegaron a ser detectados por los organismos del Estado en los precios de muchos productos, eran irresponsablemente justificados por los empresarios como el supuesto resultado de una devaluación de apenas un 42% decretado a principios de 2013 por el gobierno nacional, solicitada expresamente por el mismo sector empresarial desde hacía meses.

La acción económica del gobierno en ese momento, fue la de obligar a algunos comercios a vender aquellos productos que eran objeto de trato preferencial en la asignación de divisas a los precios justos en los que debían ser vendidos al público. A esa acción  se le conoció como “el dakazo”, nombre con el cual empezó la guerra de difamaciones contra el presidente Maduro acusándosele de incitación a la anarquía y al saqueo de negocios.

Pero la vorágine usurera no nació en ese momento sino mucho antes. Y no por causa de medida económica alguna tomada por el Ejecutivo, sino por la voracidad de un sector privado insaciable, habituado a la apropiación de la renta petrolera desde hace casi un siglo.

En 2009, precisamente el primer año de la crisis mundial del capitalismo que se extiende hasta nuestros días y que en los Estados Unidos hizo estragos principalmente en los sectores financiero y automotriz de esa nación, las empresas ensambladoras de vehículos en Venezuela emprendían una carrera desbocada por hacerse del único mercado de ese ramo en ascenso en el continente, que gracias a las políticas sociales revolucionarias estaba incrementando sus ventas en el orden del 300%, pasando a lo largo de ese periodo de un promedio histórico de 115 mil carros al año a cerca de 300 mil, entre importados y ensamblados en el país.

Guillermo Zuloaga fue encontrado en junio de ese mismo año incurso en el delito de acaparamiento de vehículos que se importaban con divisas preferenciales otorgadas por el Estado y que el empresario adquiría, gracias al privilegio del que gozaba como propietario de varias agencias concesionarias, al precio justo al que estaban tasados por el Gobierno, para revenderlos luego a precios especulativos hasta tres o cuatro veces por encima del precio real de venta.

Nacía así, hace más de siete años, en el seno mismo de la oligarquía criolla y bajo la estricta filosofía del más salvaje neoliberalismo, el concepto de “bachaqueo” que prolifera hoy en todo el país como factor determinante de la escasez que padece principalmente la población de bajos recursos.

El esquema de ese siniestro mecanismo, que disparó en Venezuela la inaudita modalidad de mercado de carros de segunda mano que eran varias veces más costosos que los de agencia, expandió su virus inflacionario hacia las ventas de repuestos, luego a los talleres mecánicos, de ahí a las compañías aseguradoras, y después al país entero como una fórmula de enriquecimiento fácil que contaminó a la sociedad y que llegó hasta el raspado de cupos masivos de tarjetas de crédito en el exterior, el contrabando de extracción, la triangulación de facturación en las importaciones en Panamá y finalmente a la economía toda.

María Corina Machado, casualmente (?) sobrina del empresario Zuloaga, hablaba en 2012 de “Capitalismo Popular” como el modelo económico que ella le ofrecía al país y que consistía exactamente en ese mismo principio de la búsqueda del bienestar y el progreso a partir de la lógica del libre mercado en el que solo los más astutos y adinerados sobreviven y los pobres son cada vez más pobres.

El dilema real a dilucidar en la mesa de diálogo entre la oposición y el gobierno, es si el país retrograda a ese escenario de exclusión en el que los productos existían en grandes cantidades porque la mayoría de la población no tenía jamás capacidad económica para adquirirlos (como pasa en general en el mundo capitalista) o si se aúnan esfuerzos entre todos los sectores por tratar de recuperar la senda de la justicia social que Venezuela comenzó a transitar por primera vez en su historia con la llegada de la revolución bolivariana.

Para ello hay que ser verdaderamente responsables, y colocar en su justo lugar (más allá del fraseo demagógico de campaña que hoy signa el discurso político en el país) a quienes han quedado en evidencia como los verdaderos gestores de una crisis que no existió nunca a todo lo largo del proceso revolucionario hasta tanto no actuaron ellos con sus prácticas usureras de asalto al bolsillo de los venezolanos para tratar de compensar la pérdida que les representa la caída del ingreso petrolero del cual vivieron desde siempre.

Guillermo Zuloaga es quizás el más emblemático de ese lote, pero la lista es larga. Todos están en las filas de la oposición y por lo general viven en Miami.

No habrá diálogo que prospere si no se ponen con honestidad estas cartas sobre la mesa.

@SoyAranguibel

Los bachaqueros de la carne

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 07 de marzo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La venezolana es la única nacionalidad de refugiados que llegan a Norteamérica o a cualquier otra parte del mundo no para dormir bajo un puente sino como grandes acaudalados, a veces hasta millonarios, que se van de un país supuestamente en crisis pero en el que han hecho grandes fortunas ya sea vendiendo sus apartamentos en millones de dólares o simplemente saqueando a la nación con negocios ilícitos de toda índole.

En octubre del año 2013, el entonces vicepresidente del área económica, Rafael Ramírez, daba a conocer al país un extenso balance acerca del uso que se había dado a las divisas nacionales entregadas a los sectores público y privado para los diversos requerimientos de la economía, así como a la ciudadanía en general que solicitaba dólares para sufragar estudios de sus hijos en el exterior o simplemente para gastos de viajes de carácter recreacional.

En medio de la relación pormenorizada que hacía con las cifras de asignación de dólares por sector para adquisición de bienes y productos de primera necesidad como medicinas y alimentos, maquinaria, equipos, manutención de estudiantes en el extranjero, etc., el ministro dijo textualmente: “… y hay una cantidad en el orden de los 22 mil millones de dólares que fueron entregados a quienes los solicitaron para distintos usos, fundamentalmente para viajes al exterior, que todavía no han reportado el destino final de esos dólares tal y como deben hacerlo”.

Meses después un exministro de economía coloca la frase en una proclama contra el gobierno y da pie al rocambolesco discurso que la oposición ha armado sobre la supuesta entrega de millones de dólares en divisas que habría hecho el presidente Maduro a empresas chavistas de maletín.

Pero las empresas no eran necesariamente chavistas o de maletín.

Para aquel entonces (hace ya más de tres años) comenzaba a aparecer de manera abierta en la economía nacional el fenómeno del raspado de tarjetas de crédito en el exterior para obtener divisas de manera fraudulenta y afectar así la economía nacional sacando provecho de un mecanismo que la tecnología electrónica de la banca internacional había puesto a la orden del saqueo y que el exministro de la proclama no visualizó ni durante los diez años que estuvo en funciones ni al parecer tampoco después.

Desde meses atrás, las líneas aéreas internacionales habían descubierto también la posibilidad de convertir a nuestro país en un paraíso multiplicador para su dinero, a través de la operación igualmente fraudulenta de la conversión de nuestra moneda en dólares a tasas que ellos mismos establecían, elevando así el precio del boleto vendido en Venezuela (o en el exterior pero con destino hacia o desde nuestro país) hasta tres y cuatro veces su precio real.

La cultura de la especulación se sumaba a la vorágine cundiendo como un virus entre quienes sentían que no estando ya presente el Comandante Chávez, el festín del sálvese quién pueda a punta de desfalcar al país con el desangramiento de las reservas internacionales era un derecho.

De modo que Ramírez hablaba era de esos miles de venezolanos que solicitaron durante años divisas pero no para sufragar necesidades impostergables sino para incorporarse al festín desangrador. Todo el país los vio. Todos viajaron no una, ni dos, ni tres, sino hasta cuatro veces al año y hasta más, en busca de incrementar sus fortunas por vía del raspacupismo de donde nacieron estas distorsiones económicas que hoy todos padecemos convertidas ahora en vulgar bachaqueo.

Entre esos bachaqueros están los empresarios que le robaban la carne al pueblo para sacarle jugosas ganancias vendiéndosela a los restaurantes de lujo del este de Caracas.

De ninguna manera son ellos los “boliburgueses” que inventó la oposición para usarlos cuando le capturaran a alguno de los suyos con las manos en la masa. Boliburgués, esa figura ideada por la derecha para tratar de empatar el juego frente a un chavismo que se rige por principios éticos inculcados por Chávez a los revolucionarios, no es sino un inmoral recurso de distracción usado por la burguesía para ocultar a sus propios delincuentes.

Empresarios habituados a una lógica antichavista que consiste en chulearse a la revolución como forma de lucha política y por lo cual son admirados y hasta respetados en los círculos opositores, precisamente por acumular inmensas riquezas surgidas del delito contra los dineros del Estado.

En ese ambiente de éxito entre la burguesía criolla creció la ambición característica de estos empresarios nuevos ricos por los lujos desenfrenados y dispendiosos que los incontables negociados ilegales de la empresa privada ha producido en el país.

Uno de ellos en particular, ex gerente de una firma de vehículos de lujo, es conocido desde hace varios años como gestor de operaciones a gran escala con el raspado de cupo de tarjetas en el exterior. De acuerdo a estimaciones de algunas agencias de viaje, la mayor parte de las divisas se fue en esas operaciones, en las que incluso se contrataban aviones bajo la figura del chárter para sacar gente pobre del país hacia destinos en los que esas operaciones estaban (y siguen estando en buena medida) montadas, hospedándoles en hoteluchos de mala muerte, casi sin comer durante días, y obtener así el mayor rendimiento de las divisas que de esa forma lograban.

De la noche a la mañana (y gracias al bienestar económico creado durante más de una década por la Revolución Bolivariana), el ahora magnate deslumbró hasta a los más connotados jerarcas de la oligarquía criolla con el fastuoso ritmo de vida que empezó a llevar sin la más mínima discreción o recato. Quienes le conocen dan cuenta de sus múltiples empresas tanto en el país como en el exterior, derroches en avionetas, yates, apartamentos, y actividades de pesca de altura, paracaidismo y esquí, como las más frecuentes. Una de las fotos colocadas por él mismo en su página de Facebook lo deja ver orgulloso con una de sus avionetas en la cúspide de una montaña nevada en Aspen, EEUU, hasta donde han ido ellos a disfrutar los dineros robados a los venezolanos.

Ritmo de vida exactamente igual al que llevaron siempre los burgueses que buscan acaudalarse con el bienestar destinado al pueblo para hacer cada vez más ampulosa su obscena vida a costa del hambre y el padecimiento de los pobres.

Bajo esa concepción del saqueo nacional, en la derecha se han fundado partidos políticos que hoy se presentan como vestales de dignidad; grandes consorcios como el inefable Econoinvest; o se generaron cuantiosas ganancias con infinidad de estafas como las importaciones de piedras en vez de computadoras; se centrifugaron divisas aliándose con las mafias colombianas para acabar con nuestra moneda, y se hicieron incontables contratos con el Estado por parte de quienes en vez de agradecer la convocatoria a incorporarse al esfuerzo del gobierno por elevar la capacidad productiva del país, ven en el gesto una oportunidad de hacer un buen dinero a la vez de sabotear con su mal desempeño la gestión de la revolución y así hacerse definitivamente ya no de unos cuantos contratos sino del poder y de todo cuanto ello comprende en términos de posibilidades de enriquecimiento.

Lo cierto es que no existe un solo acto de corrupción en el país en el que no esté involucrado de una manera u otra el capital privado y el país lo sabe. Claro que el gobierno tiene una responsabilidad ineludible en todo eso. La detención que acaba de serle dictada a los malandros de la carne es solo una muestra de las tantas que evidencian la decisión del Presidente Maduro por combatir a fondo ese flagelo venga de donde venga.

El más reciente informe de la Fiscalía General de la República, presentado la semana pasada, da cuenta de la enorme cantidad de expedientes abiertos a funcionarios de todo nivel y que, así como a esos empresarios inmorales capturados intentando huir del país, les fue dictada medida de prisión por delitos de corrupción.

El problema es que no es con cárcel como se erradica una cultura tan arraigada en la mente de un sector social regido por la norma del saqueo en descampado para acusar siempre al gobierno, porque entre sus cuentas a la hora del pillaje está la infaltable previsión de sacar hacia el exterior el dinero que les permita financiar una prisión de apenas algún breve lapso y disfrutar luego en poco tiempo y sin sobresaltos todo lo sustraído al país ilegalmente.

Así es el fascinante mundo de eso que en Venezuela pretenden seguir llamando “pujante sector privado nacional”… esa es su naturaleza filibustera y parasitaria.

 

@SoyAranguibel

Los invasores… aquí y ahora

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 09 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La tétrica mirada de Daniel Romero leyendo el Decreto de Carmona, sorprendentemente exacta a la del aspecto toxicómano del dirigente opositor común, remitía desde un primer momento a aquella vieja y muy desafortunada serie de televisión norteamericana de mediados de los años sesentas, Los Invasores, con la cual el imperio le ofrecía al mundo una variante lastimosa y muy precaria de su guerra mediática contra el comunismo.

En la serie, el arquitecto David Vincent (Roy Thinnes), debía convencer al mundo de la presencia de seres extraterrestres que venían a la tierra con el plan de acabar con la especie humana, pero la incredulidad de la gente hacía que su alerta jamás fuera atendido porque, mediante no se supo nunca cuál raro sortilegio, los extraños visitantes habían logrado convertirse en copias idénticas de los humanos. La única forma que tenía el arquitecto para demostrar la verdad del amenazante horror, era un desperfecto anatómico de los alienígenas, consistente en la imposibilidad de doblar el dedo meñique. Solo con verles el dedo engatillado, Vincent sabía que eran ellos.

La pregunta ha estado siempre en el ambiente ¿Por qué es tan frecuente en el liderazgo opositor la misma escalofriante mirada de reptil extraterrestre?

Igual que en la ciencia ficción, los integrantes de la banda de golpistas que subieron al escenario aquel día escuchaban inmutables las defenestraciones burocráticas que el orador iba leyendo con pausas calculadas como para capitalizar su efecto en una audiencia enardecida a la que cada uno de los truhanes examinaba con los mismos ojos escrutadores de Romero frente al micrófono. A ninguno de ellos se le escapó un gesto que no fuera de nerviosismo, que, como es de esperarse en cualquier audacia que incluya desplazar a un gobierno del poder, es quizás el más incontrolable de los reflejos condicionados del cuerpo. Romero mismo dio fe de ello apenas unas cuantas horas después de su efímera alocución, en los sótanos de ese mismo palacio, donde le tocó hacerse en los pantalones precisamente por su incapacidad para el control de su cobarde sistema intestinal.

Probablemente sin imaginar que el primer y único Decreto firmado por Carmona en su breve paso por el gobierno contemplaba la reinstauración en el sistema bancario de la modalidad financiera del cobro de intereses sobre intereses (mejor conocida como “Créditos Mexicanos” o indexados), la burguesía que ovacionaba la destitución de funcionarios que enumeraba Romero, estaba convencida de que el paso que se estaba dando en ese aquelarre de ultraderecha, era el salto al progreso y al bienestar que la revolución supuestamente les había robado.

Esa anacrónica burguesía, delirante y necia, es la misma que hoy abriga la pueril esperanza de que un hipotético triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias del próximo seis de diciembre, representará una vez más para ellos alcanzar el nivel de privilegios con los que sueñan, pero que nunca han perdido porque en verdad jamás los han tenido. Al menos como auténtica clase oligarca.

La burguesía venezolana, habiéndose chuleado durante décadas la renta petrolera venezolana a través de políticas proteccionistas dispendiosas y despilfarradoras instauradas en la cuarta república, es una burguesía ramplona, inepta y chapucera, integrada por lo general por desclasados oriundos casi siempre de caseríos recónditos del país y jamás de nobleza o entidad de ninguna alcurnia, como ellos se pretenden, erigidos en oligarcas a punta de un impúdico parasitismo, cínico y vergonzoso, del que ahora se dicen orgullosos en las cuñas de imagen de sus emporios empresariales, y del cual han sacado las inmensas fortunas con las que se jactan de incluirse en las listas de los multimillonarios connotados del mundo. Es decir, lo único que tienen es dinero.

Esos irresponsables se consideran a sí mismos superiores porque no tienen que hacer cola para comprar ni la harina de maíz, ni la mantequilla, ni el papel tualé que ellos esconden en su audaz y demencial juego de “la democracia solo para el mejor postor”, precisamente porque con el dinero que dicen no tener (y por el cual ansían derrocar el gobierno legítimamente electo) compran por tres reales y medio el trabajo de los humildes para que quienes hagan las colas sean ellos, los desposeídos y no los ricos. Una auténtica guerra solo mata pobres, tal como la han concebido, pero que los pone en evidencia como lo que en verdad son; una élite miserable y asquerosamente codiciosa que asalta hasta el modesto bienestar del pueblo, al que le roba las posibilidades que la revolución bolivariana hoy en día les brinda a los más necesitados, como los vehículos Cherys, los productos del programa Mi Casa Bien Equipada, los teléfonos de fabricación nacional, computadoras, etc., todos en manos de contrarrevolucionarios inmorales que han hecho prevalecer la fuerza del dinero sobre la idea de justicia e igualdad que Chávez propuso con la creación de esos programas.

En su delirio, esa élite putrefacta no desea una elección parlamentaria el seis de diciembre, ni más nunca si por ellos fuera, sino una concreción infalible e irreversible de aquel evento fabuloso con el cual fue tan feliz como nunca antes en su vida, en el que se enumeraban en la chirriante enunciación de Romero los cargos que el dictador en ese momento estaba destituyendo.

“Se suspenden de sus cargos a los diputados principales y suplentes a la Asamblea Nacional… Se destituyen de sus cargos al presidente y demás magistrados del Tribunal Supremo de Justicia… así como al Fiscal general de la República… al Contralor General de la República… al Defensor del Pueblo… y a los miembros del Consejo Nacional Electoral…”, decía Romero, y la burguesía hacía retumbar frenética el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, convencida de que con la simple destitución de funcionarios se resolvían ya de por sí todos sus problemas.

Para ellos el carmonazo no fue un error sino una frustración. Un trabajo incompleto que lo que había era que hacerlo bien, sin reveses, sin pueblo en la calle ni retornos chavistas indeseables.

Exactamente como lo plantean hoy.

Con su campaña del fraude preestablecido, esa burguesía se prepara para asaltar el poder no con base en los resultados electorales (porque cualquiera que sean estos su pretensión de embestida contra Miraflores será igual), sino porque, producto de esa misma campaña de terror desatada por sus propios medios, está hoy convencida de que el pueblo ya no cree en las evidencias que el mundo entero conoce cada vez más en cuanto a que su enemigo histórico, único y verdadero, es el capitalismo. Que, según ellos, al pueblo no le interesaría ningún proceso de transformación social que tienda a su propia redención y que lo rescate y lo proteja de la perversión neoliberal que la derecha pretende reinstaurar en el país. Que esa gente humilde que hoy sobrevive gracias a una idea de inclusión social de la cual jamás ni siquiera escuchó hablar hasta que Hugo Chávez se la puso al alcance de sus manos a través de las más de 39 Misiones y Grandes Misiones que hoy en día impiden que la gente pobre retorne como en el pasado a los botaderos de basura a buscar su alimento como cada día lo hacen más en el mundo capitalista, podría terminar votando por esa derecha que tanta hambre y miseria le dejó a los venezolanos.

Para ello, su maquinaria corporativa ha sido activada de nuevo para ejercer el panfleterismo político. Tal como lo vienen haciendo impúdicamente los partidos de la oposición desde hace algún tiempo (en particular Capriles Radonski con su risible oferta de continuación de las misiones sociales), ahora, según sus cuñas publicitarias, la Polar es la empresa que más ha ayudado al pueblo desde siempre. Digitel, por su parte, se lanza a la calle con un programa con el que copia exactamente la misión Mi Casa Bien Equipada. Así, empresa tras empresa, todo el estamento privado de la economía que ha cerrado filas los dos últimos años contra lo que ellos han denominado peyorativamente “el modelo”, ahora centran su atención y su accionar en el pueblo, mediante formulaciones engañosas de corte fingidamente socialistas.

Todo cuanto hace la derecha corrobora que en Venezuela hoy en día es más probable obtener votos desde la sólida propuesta revolucionaria construida por Chávez que desde la fatuidad del discurso neoliberal que ningún líder asume con dignidad en la oposición. Les resulta mejor tratar de invadir, como auténticos alienígenas de la política, el terreno del chavismo antes que dejar ver su verdadero rostro de perversa y decrépita burguesía parasitaria.

 

@SoyAranguibel