La más grande farsa de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un tercio de siglo de desaparecida la Unión Soviética y derribado el Muro de Berlín, el descomunal aparato propagandístico del imperio norteamericano persiste en su afán de intentar convencer al mundo de la amenaza que representaría la Federación Rusa para la humanidad, cuando en realidad la amenaza que somete hoy en día a pueblos y países enteros al pavoroso horror de la destrucción y la muerte es precisamente los Estados Unidos, la nación más genocida de todos los tiempos.

¿Si hace treinta años el peligro era el comunismo, cual es entonces la razón del cerco con el que se pretende asfixiar hoy al gigante euroasiático?

El discurso anticomunista que tuvo vigencia hasta aquel momento, basaba su argumentación en el peligro que supuestamente se cernía sobre el mundo porque, de acuerdo a la lógica que desde los Estados Unidos se construía, la barbarie y la opresión serían la norma en los regímenes que siguieran la doctrina de la justicia y la igualdad que el socialismo proclamaba.

El capitalismo acusó siempre al socialismo de lo que en realidad era él el único culpable, solo que lo ocultaba detrás del aparataje comunicacional en el que se sostiene. La inevitable capacidad para la generación de hambre, miseria y exclusión social, que es consustancial e inseparable del inhumano modelo capitalista, es apenas una de esas infundadas y recurrentes acusaciones.

Cercar con medidas económicas arbitrarias e ilegales a las naciones que no le resultan afectas, someter a países enteros al totalitarismo capitalista que promueve Estados Unidos violando flagrantemente el derecho internacional, violentar soberanías imponiendo sanciones unilaterales a su buen saber y entender, son demostraciones más que palpables del miedo que el capitalismo le tiene al desarrollo incontenible de las fuerzas productivas del pueblo cuando estos se aferran a la idea de la emancipación.

Desde siempre el propósito del imperio fue desvirtuar el poder transformador del pueblo mediante la más infame propaganda jamás conocida, y en eso no pareciera que aceptará ceder nunca ni el más mínimo espacio.

A través de la línea editorial de las grandes corporaciones de la información a su servicio, el imperio se encargó de defenestrar con la mayor saña no solo las virtudes redentoras de un modelo cuya fortaleza fundamental radicó en todo momento en la facultad democratizadora de los medios de producción y la consecuente generación justa de riqueza que le es inherente, sino que se ocupó de destruir de manera sistemática y con la mayor mezquindad la significación y la grandeza de los liderazgos más emblemáticos de las luchas populares a través de la historia.

¿Fue en verdad Joseph Stalin el sanguinario engendro del demonio que presenta el capitalismo como líder de aquella Unión Soviética que amenazaba, según el anticomunismo, la sobrevivencia misma de la raza humana?

¿Es en la actualidad Vladimir Putin (que no es comunista) el perverso líder que se propone acabar con el mundo civilizado, tal como lo dibuja la propaganda capitalista que dirige el Departamento de Estado norteamericano?

Si algo podemos afirmar hoy enfáticamente los venezolanos con la más entera convicción y certidumbre, es que toda esa imagen perversa de líderes nacionalistas que solo perseguirían la destrucción de la humanidad pudiera ser solo producto de la más vulgar patraña propagandística, porque los venezolanos estamos padeciendo en carne viva el atroz proceso de desvirtuación que puede poner en marcha la gigantesca maquinaria comunicacional al servicio del imperio para presentar como tirano a quien no lo es.

Ciertamente asistimos en la actualidad a uno de los más brutales y deleznables procesos de construcción de una imagen falsa que se le pretende imponer a un líder revolucionario que, con sus fallas, como seguramente tiene como ser humano que es, no es sin embargo el cruel dictador que han querido hacer ver los medios de comunicación de la derecha, que procuran convencer al mundo de que Nicolás Maduro sería hoy el tirano que pervertiría como nadie los valores y principios de la democracia.

Quiéralo o no la derecha nacional e internacional que se ha confabulado en ese miserable plan de desfiguración del líder de la Revolución Bolivariana, Nicolás Maduro Moros es el segundo presidente más votado en la historia de los procesos electorales venezolanos, después del comandante Hugo Chávez. Con lo cual se convierte de manera indiscutible en el presidente más legítimo de un Continente en el que la proliferación de mandatarios que llegan al poder a través de maquinaciones leguleyas o acuerdos de conveniencia con factores fácticos, pero jamás como producto del respaldo mayoritario del pueblo, es el estándar que el imperio trata hoy de imponer.

La mediática al servicio de aquel mismo esquema de falseamiento que ha convertido en criminales a los más prominentes revolucionarios de la historia, pretende hacer realidad la infamia de un perfil infundado que el mundo entero sabe que es mentira, aun cuando algunos prefieran no reconocerlo públicamente.

Lo que hace hoy la propaganda imperialista deformando el talante profundamente demócrata del presidente Maduro, es exactamente lo mismo que hizo a través del tiempo en sociedades que no contaban con los avances tecnológicos de los que se dispone hoy para la comunicación de masas, habituadas como estuvieron en el pasado a la “verdad” que vertían a su antojo los sectores dominantes que lograron preservar su omnímodo dominio en virtud precisamente de esas distorsiones de la realidad a las que acostumbraron desde siempre a los pueblos.

Es exactamente lo que pretendieron hacer en todo momento con Hugo Chávez, al que no dejaron ni un minuto en paz en la inclemente persecución que le montaron para buscar destruir a través de la mentira y la calumnia contra su figura el inquebrantable afecto que el pueblo le profesó desde el primer instante de su aparición en la escena política.

No tiene fundamento alguno el descrédito contra Nicolás Maduro, como seguramente no lo tuvieron nunca las inclementes campañas contra el modelo soviético, ni como lo tienen las que se urden a diario desde el Departamento de Estado y del Pentágono contra Rusia y contra su presidente.

Para un imperio voraz e inescrupuloso como el norteamericano, no son dictaduras las monarquías europeas que a estas alturas del siglo XXI continúan presentándose como democracias sin haber sido electas jamás por nadie.

Ni son tampoco actos tiránicos los genocidios que se cometen bajo el amparo de la más repugnante oligarquía en Colombia, México, Paraguay o Perú, para exterminar los liderazgos populares y asegurar así su perpetuación en el poder.

Mucho menos son ilegítimos esos mandatarios que, como la mayoría de los integrantes del ridículo grupo de Lima, son “electos” con porcentajes tan exiguos que en la mayoría de los casos son infinitamente más multitudinarias las manifestaciones populares de repudio a sus inhumanas políticas neoliberales que la cantidad de votantes que los eligieron.

Para ese imperio arrogante, farsante y manipulador, solo son dictadores quienes defienden a sus pueblos de las agresiones internas y externas que pugnan por someter a sus economías. Los que buscan fortalecer las barreras de soberanía que le les son tan preciadas a la luz del derecho internacional y a la libre determinación de los pueblos y que procuran el bienestar de los desasistidos, los excluidos e invisivilizados de siempre.

Aquella gran farsa que podía urdirse impunemente desde la Casa Blanca para destruir los auténticos liderazgos populares de la historia, tendrá cada vez menos espacio en el alma de los pueblos emancipados del mundo.

La infamia difundida hoy desde los cenáculos del poder imperial contra el líder de la revolución bolivariana terminará revirtiéndose más temprano que tarde contra sus propios gestores, porque los pueblos conscientes de Venezuela y del mundo que conocen la calidad irreductible del compromiso de lucha de los hijos de Chávez, saben de la entereza, la rectitud y la convicción profundamente democrática de Nicolás Maduro.

Es exactamente así como lo demostrará el bravío pueblo venezolano el próximo 20 de marzo, cuando con la más contundente mayoría reelija en la presidencia de la República al conductor de las grandes victorias, Nicolás Maduro Moros.

@SoyAranguibel

Anuncios

Las propuestas las hace el pueblo… ¡Y punto!

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, tal como lo expresa de manera clara e inequívoca su Artículo 5, se establece el principio esencial para el funcionamiento de una sociedad perfectamente democrática.

Pero la realización de la democracia no reside en el acto ritual del voto cada cierto tiempo, sino en la influencia real que el elector tenga sobre los asuntos que tienen que ver con el poder y con las políticas que de éste emanen en función del interés colectivo de la ciudadanía.

Es lo que la misma Constitución bolivariana asume como “Participación y protagonismo”. Un concepto diametralmente opuesto a la idea de democracia como la concibe la sociedad neoliberal burguesa.

Siguiendo estrictamente la letra no solo de ese Artículo 5 sino de todo el texto constitucional en su conjunto, es como puede entenderse hoy la abismal diferencia entre la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el presidente Nicolás Maduro al país, y la negación absoluta que comprende el ilegal llamado de la oposición golpista a desconocer ese derecho soberano del pueblo a ejercer con su voto la participación y el protagonismo para el cual lo faculta nuestra Carta Magna.

En la propuesta hecha por el Primer Mandatario, está contemplada una consulta nacional amplia y profunda acerca de los más diversos temas de interés para todas y todos los venezolanos en la búsqueda de la superación de los problemas económicos, sociales y políticos, que aquejan hoy por hoy a nuestra población.

El inconstitucional llamado de la oposición, por su parte, no es sino una demencial convocatoria a los venezolanos para que se nieguen a sí mismos su derecho al voto.

Un evento que no solo no está contemplado en la Constitución sino que carece de la mínima plataforma tecnológica que asegure la idoneidad del mismo, así como carece de supervisión de organismos imparciales que de fe de su transparencia como no sean los medios de comunicación que hoy se confabulan con ellos en su plan contrarrevolucionario.

Los mismos que hablan de millones cuando reúnen apenas a trescientas o cuatrocientas personas en sus eventos, ahora dirán que lograron catorce millones de votos en los barrios, precisamente donde su campaña de violencia no ha logrado prender durante los más de cien días de terrorismo con los que ha azotado solo a algunos urbanismos del este del este en muy pocas ciudades del país. Una vulgar operación de “pagarse y darse el vuelto”.

Tal plebiscito, un recurso de malabarismo barato con el cual esa derecha retardataria y vende patria pretende disminuir mediáticamente la contundencia y significación del certero golpe político que le asestó el líder der la Revolución Bolivariana con su convocatoria (justamente cuando ella se creía dueña y señora del terreno en su idílico y fatuo camino a Miraflores) viene a corroborar que en la oposición no existe de ninguna manera la disposición a escuchar al pueblo, ya no nada más en sus necesidades (conocidas de sobra por la población entera) sino en algo que para la Revolución ha sido siempre lo más importante, como lo son las propuestas que ese pueblo, hoy altamente politizado gracias al Comandante Chávez, tiene derecho a exigir que sean escuchadas y debatidas en el propicio escenario que viene a ser una Asamblea Nacional Constituyente.

La posibilidad única en la historia, y probablemente en el mundo, en que una Constituyente sirva para que se debatan las ideas y propuestas de los humildes, de los que no tienen acceso al inmenso poder del Estado, de quienes desde los más apartados rincones del país padecen en carne propia el impacto real de las guerras económicas que el gran capital ha desatado desde siempre contra el pueblo, de aquellos a quienes la burocracia menosprecia y ofende con su indiferencia y su despotismo, de quienes no piden más que justicia frente a la impunidad de los delitos que los cultores del neoliberalismo no se cansan de cometer desde dentro y desde fuera de la administración pública, es en este momento el hecho revolucionario más trascendental y valioso para la consolidación del modelo profundamente democrático de sociedad que todas y todos aspiramos.

Por eso el timbiriche plebiscitario de la derecha no despierta entusiasmo alguno de verdadera significación popular en el país. Las cada vez más notorias demostraciones de deslindamiento que la gran mayoría de la militancia opositora le expresa a los llamados de violencia callejera, a la insensatez de los auto encierros inútiles que son las barricadas sin sentido a las que convocan sus líderes, son evidencia irrefutable del fracaso opositor en su nueva y demencial aventura contrarrevolucionaria. Solo que esta vez el fracaso es frente  a su propia militancia.

Esas venezolanas y esos venezolanos que no comulgan con las ideas del chavismo, tienen también en la Constitución bolivariana el derecho a ser escuchados y a que sus planteamientos sean debatidos con entera libertad, tal como lo hace hoy en todo el territorio nacional el pueblo chavista.

A lo largo y ancho del país nos encontramos a diario con el fenómeno prodigioso de la voz del pueblo presentando propuestas de toda índole. Con argumentos sólidos, con conocimiento de causa y experticia en el desempeño de tareas que los políticos ni siquiera imaginan cómo se llevan a cabo. Con una capacidad de análisis sorprendente que deja con la boca abierta por la fuerza de su sentido común y por su clara visión crítica a los científicos y académicos más esclarecidos.

En cada una de esas asambleas populares sentimos la fuerza del entusiasmo de quienes de una forma o de otra nos dicen con su interés y su preocupación que están dispuestos a dar hasta la vida por hacer realidad esta maravillosa oportunidad que Nicolás Maduro nos ha puesto por delante.

Es así como nos hemos persuadido una vez más de que en efecto tenía razón el Comandante Chávez, como siempre la tuvo, cuando puso sobre los hombros de ese pueblo la inmensa carga que comprendía la responsabilidad de continuar el proyecto revolucionario y de preservarlo de quienes pretendieran sacar provecho de situaciones difíciles para tratar de reinstaurar en el país el vetusto y destartalado modelo capitalista.

El pueblo sabe que tiene en sus manos esa responsabilidad y que es solo a través de una vigorosa Asamblea Nacional Constituyente como podrá consolidar y hacer avanzar cada vez con mayor acierto y posibilidades la senda del bienestar económico que logró alcanzar nuestro país por primera vez en toda su historia republicana solamente a lo largo del periodo revolucionario bolivariano.

Ninguna de las propuestas que vamos recibiendo de manos de ese pueblo humilde y trabajador que nos encontramos a lo largo de nuestro recorrido permanente por el país, está orientada hacia la impensable construcción o perfeccionamiento de un modelo de neoliberalismo capitalista de nuevo cuño. Mucho menos hacia un demencial retorno al modelo cuartorepublicano. Todas, sin excepción, enfocan la superación de las dificultades a partir de soluciones inspiradas en las ideas de justicia e igualdad social que nos legara el Comandante Chávez.

Desde el más humilde productor del campo, hasta los trabajadores y empresarios independientes, movimientos religiosos, culturales, de la sexo diversidad, así como las mujeres, los pensionados y los jóvenes, encuentran hoy que ciertamente el camino civilizado y civilizatorio para construir esa sociedad a la cual todas y todos aspiramos, es solo posible a través de un mecanismo democrático y no a través de la guerra y del odio que propone la oposición.

Todas y cada una de sus propuestas serán escuchadas y debatidas, porque lo que está planteado en el llamado del Presidente no es un proyecto para satisfacer la aspiración de un grupo o de una élite, como lo plantea la derecha, sino de una sociedad toda, en la cual podamos reconocernos entre iguales bajo un mismo principio de participación y protagonismo.

@SoyAranguibel

La campaña del terror

capriles-llorón

Por: Alberto Aranguibel B. / noticiasbarquisimeto.com 27 de agosto de 2014

Uno de los rasgos que mejor define al liderazgo opositor (o a lo que pueda quedar de él por ahí), es sin lugar a dudas la desvergüenza con la que asumen su papel en el debate político venezolano, bajo la inmoral premisa de tirar la piedra y esconder la mano.

El yo-no-fui-ismo, común a la cúpula antichavista como norma recurrente de conducta, es ya proverbial en un sector habituado a la condescendencia revolucionaria a la que obligan la naturaleza tolerante del proyecto bolivariano y el carácter humanista del modelo de igualdad y justicia social que el Comandante Chávez promovió en el país desde el primer momento de su aparición en la escena política venezolana a finales del siglo XX.

Un aspecto diferenciador como pocos entre la infinidad de rasgos que distancian de manera diametralmente opuesta al liderazgo opositor con la forma en que se asume la conducción política en las filas revolucionarias es sin lugar a dudas el sentido de la responsabilidad. Ese mismo sentido que determinó desde un primer momento el inusual e indetenible crecimiento del liderazgo político del Comandante y que lo convirtió no solo en Venezuela sino en el mundo entero en una referencia de rectitud y lealtad a los principios que le inspiraron y que perfiló en todo momento su actuación como luchador consecuente con su palabra y con su comportamiento público.

Algo verdaderamente difícil de encontrar en el liderazgo opositor, que pareciera jactarse de su conducta evasiva y contradictoria sobre los asuntos por los cuales le corresponde responderle a ese sector de la sociedad que, en pleno ejercicio de sus derechos constitucionales, decide no militar en la causa revolucionaria y prefiere intentar abrirle cause a su visión del país desde una posición neoliberal o de derecha. Llega a ser tan persistente la conducta ambigua y evasiva del liderazgo opositor frente a los temas de interés nacional, que queda perfectamente claro que, más que deficiencia o muestra de mediocridad en la capacidad política de la MUD, de lo que se trata en el fondo es de una expresión de perversa maquinación para utilizar al pueblo de la manera más inmisericorde, usando siempre la necesidad, el hambre y el dolor de la gente para alcanzar el poder y colocarlo de nuevo al servicio precisamente de los intereses de quienes generaron en el pasado esa miseria, esa hambre y ese dolor que hoy con tanto esfuerzo supera el país gracias a la revolución.

De ahí la inmoralidad de ese siniestro personaje en que se ha convertido el dirigente de Primero Justicia, Henrique Capriles, derrotado como candidato y como jefe de campaña de toda la oposición en los cuatro procesos electorales más importantes de nuestra historia reciente, en los que en apenas un año y medio fue derrotado en dos procesos electorales para elegir Presidente de la República, uno para elegir Gobernadores y otro para escoger Alcaldes y Concejales, quien se ha dedicado ahora a recorrer de manera extemporánea el país en una absurda campaña electoral para tratar de sumar adeptos a una causa que no pareciera ser ninguna otra que la del terrorismo guarimbero.

No hay en este momento declarado periodo alguno de campaña, simplemente porque las elecciones que manda nuestra Constitución ya se realizaron (muy a pesar de quienes desde las filas opositoras coquetean con el golpismo) y porque la gente quiere que así como se respetan en el mundo entero los periodos electorales, también deben respetarse los no electorales para que el país pueda seguir su curso normal de trabajo en la construcción de su porvenir. Como en toda democracia avanzada en el mundo, Venezuela tiene derecho a disfrutar en paz de sus periodos no electorales; no todo es campaña electoral y elecciones, como quiere hacernos creer esa obtusa e inepta dirigencia opositora.

Por eso, la única explicación de la campaña de Capriles por el país, justamente en momentos en que el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro está enfrentando con tenacidad, coraje y mucha eficiencia, la crisis y las expresiones de terrorismo a los que nos ha querido llevar esa misma derecha irresponsable que el fracasado dirigente opositor representa, es que su propósito es el de alentar la conspiración fascista que se esconde tras la fachada de la supuesta lucha social que esos sectores dicen encarnar.

Obviamente para esa tozuda oposición la desestabilización es una oportunidad sin importarle para nada el padecimiento y el dolor por las muertes que por lo general sus acciones terroristas generan, ni mucho menos el daño en términos de pérdidas cuantiosas de recursos que le ocasionan al país con su terco empeño en torcer antojadizamente la voluntad popular.

Que quede claro; si Capriles, en vez de atender sus obligaciones como Gobernador, está recorriendo el país fuera de periodo alguno de campaña, proclamando al mundo su infamante y provocador discurso incendiario contra el Gobierno legítimamente electo, además de darle argumentos alentadores al terrorismo para reincidir en la violencia, está incurriendo inequívocamente en instigación al delito y a la rebelión. Delitos ambos contemplados en la Constitución, de los cuales seguramente dirá luego, como siempre, “yo-no-fui”.

 

@SoyAranguibel

Chávez y Maduro: ¿Se fabrican los liderazgos?

Por: Alberto Aranguibel B.

La polémica carta atribuida recientemente al exministro Jorge Giordani, en la que, entre muchas otras cosas, se cuestiona el desempeño público del presidente Nicolás Maduro, incluye algunas reflexiones muy particulares sobre la calidad del liderazgo del Primer Mandatario, a partir de la comparación de su imagen con la del  comandante Hugo Chávez.

En una parte de la carta se afirma: “Resulta doloroso y alarmante ver una Presidencia que no transmite liderazgo, y que parece querer afirmarlo en la repetición, sin la debida coherencia, de los planteamientos como los formulaba el Comandante Chávez…”. Pero apenas unos cuantos párafos antes se dice: “Con la campaña electoral en plena ejecución desarrollada (SIC) se empezaron a notar elementos muy diferentes a la solidez del liderazgo del Presidente Chávez, mostrando debilidades y diferencias notables en cuanto a su ejecución, los resultados obtenidos favorables al proceso bolivariano, sin embargo no fueron sometidos a un severo y crítico análisis ni por parte del gobierno, ni tampoco por las organizaciones políticas y sociales que acompañaron la solicitud de apoyo a Nicolás Maduro.” Es decir, se reclama por una parte que el actual mandatario no sigue cabalmente el comportamiento del Comandante Chávez, y por la otra se le echa en cara una tendencia a hacer lo contrario, con lo cual se patentiza una clara contradicción en la idea central que evidentemente persigue formularse de manera subrepticia en la misiva, como lo es la de que el liderazgo pudiera ser construido arbitrariamente en un sentido o en otro según se quiera hacer con solo proponérselo, tal como se deduce de la objeción que comprende la afirmación según la cual todos esos procesos de “deformación” de imagen “no fueron sometidos a un severo y crítico análisis ni por parte del gobierno, ni tampoco por las organizaciones políticas y sociales que acompañaron la solicitud de apoyo a Nicolás Maduro”.

La vieja discusión planteada años atrás con el tema del supuesto “hiperliderazgo” del que sería presa la revolución bolivariana porque no controlaba, según los promotores de la idea, los niveles excesivos de presencia de la imagen del Comandante Chávez en la vida pública nacional, es, junto a la tesis del intento de imitación de su liderazgo por parte del presidente Maduro, dos caras de una misma moneda. Aunque no necesariamente de un mismo monedero.

En medio de la vorágine comunicacional que se ha desatado con la emergencia de la intensa confrontación ideológica que propone el modelo bolivariano que nos trajo el Comandante Chávez, las diferencias entre imagen y liderazgo se han ido diluyendo hasta convertirse ambos conceptos en una mezcolanza de imprecisiones e inexactitudes, manejada frecuentemente sin ton ni son por los desentendidos en la materia hasta hacerla aparecer la mayoría de las veces como una misma cosa.

Imagen es lo que surge del proceso de desarrollo creativo de equipos especializados de acuerdo al sujeto, objeto, marca o producto, que se persiga promocionar mediante un planeamiento estratégico específico, comúnmente conocido como “campaña”.

En el terreno político, la imagen se construye a partir de la evaluación concienzuda y metódica de los atributos y ventajas diferenciadores de un determinado candidato o grupo político, filtrados por especialistas a través de una serie de instrumentos que incluyen; investigación de opinión, evaluación de la trayectoria y del trabajo político, análisis de fortalezas y debilidades, oportunidades y amenazas del candidato, del grupo o de las ideas o promesas fundamentales que comprenda el proyecto, así como el levantamiento del perfil comunicacional (priorización de las ideas a comunicar, su diseño, sus símbolos, su música, sus colores, su evolución en el cronograma de campaña, etc.). Toda una compleja planeación que debe llevarse a cabo a partir siempre de los rasgos propios y muy particulares del candidato o de la organización. Cualquier intento de incluir elementos que no surjan de esas características o rasgos intrínsecos, o que pretenda modificarlos arbitrariamente, se conoce con el nombre técnico de “sobre-oferta”, o de “oferta-engañosa”, que por lo general están destinadas al fracaso precisamente por la capacidad del ciudadano común a detectar la falsificación o el mensaje deshonesto que se le presente. La legendaria campaña que llevó a la presidencia a Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno, basó su promesa “Ese hombre sí camina” en un atributo personal hallado como una verdadera mina de oro por los técnicos publicitarios adecos en una fotografía que presentaba al candidato pegando un gigantesco salto sobre un charco. Ningún otro candidato podría haber usado una frase tan impactante en aquella campaña porque ninguno disponía de tan siquiera una imagen personal que se correspondiera tan exactamente con una idea parecida. Por eso CAP ganó en aquel momento la contienda comunicacional y con ello la presidencia.

En el liderazgo, en cambio, no hay cabida a la creatividad. El trabajo no lo hace ningún equipo, sino que su desarrollo se soporta en la “construcción” que va alcanzando en el tiempo el actor político de acuerdo a sus logros como luchador social, a la naturaleza de su capacidad particular para comunicarse con el electorado con transparencia, claridad, rectitud, honestidad y personalidad propia, entre otros elementos. Aquí el trabajo de los especialistas tiene que ceñirse estrictamente a los rasgos propios del líder y en modo alguno a la inversa, porque lo que se persigue desde el punto de vista técnico de los comunicadores en este caso es la potenciación y difusión de las cualidades excepcionales que han labrado ese liderazgo y no la fabricación o adulteración del mismo.

Presentar como preocupante la existencia de “elementos muy diferentes a la solidez del liderazgo del Presidente Chávez”, como se lee en la carta de Giordani, y acusar de impropio el que las supuestas “debilidades y diferencias notables” entre un liderazgo y el otro no fueran “sometidos a un severo y crítico análisis”, sugiere definitivamente, no solo que los liderazgos pueden ser construidos antojadizamente en una mesa de evaluación política cualquiera, sino, mucho más desatinado aún, que la imagen del fallecido líder de la Revolución pudiera haber sido de alguna manera fabricada. Es decir, como si la misma no fuese el resultante de una muy excepcional y personalísima capacidad del Comandante para el desarrollo de las avanzadas ideas de transformación profunda de la sociedad que él encarnó, así como de su extraordinaria e inusual capacidad para la conducción de masas, y que la de Maduro pudiera y debiera ser sometida entonces al mismo procedimiento de manipulación y amalgamiento técnico político para equipararlas.

Todo líder revolucionario que se proponga continuar la obra emprendida por el Comandante Chávez, se verá obligado inevitablemente a usar el lenguaje del Comandante, las ideas del Comandante, a enfocar los problemas desde la óptica en que fueron abordados por el Comandante. Pero ello no significa que se le esté imitando, sino que se está siguiendo su línea de pensamiento y de acción. Pero avanzar en la construcción del modelo chavista con un perfil propio, con una personalidad particular (como la tuvieron todos los líderes que sucedieron a los fundadores de los procesos revolucionarios de la historia) tampoco representa en modo alguno el peligro que ven algunos de traición al proceso.

En ninguna revolución de la historia se ha considerado jamás como un fracaso (o como una desviación siquiera de los postulados originales) que los sucesores de los líderes fundadores de cada una de ellas no hayan calzado con exactitud alguna las botas de sus predecesores, en términos de su capacidad de liderazgo. Solo los teóricos pequeños burgueses, utilizando esa hipótesis de la reencarnación obligatoria y absoluta del liderazgo, encontraron en ello en cada oportunidad argumentos para estructurar un discurso pseudo revolucionario, que a la larga siempre favoreció a los intereses del enemigo, en particular los del imperio norteamericano. Quienes acusaron con saña dogmática a través de la historia a los conductores de las etapas sucesivas de cada una de esas revoluciones, terminaron casi inevitablemente, y más temprano que tarde, en las filas de la más urticante ultraderecha. Y es ahí donde nos resultan preocupantes algunas de las aseveraciones de nuestro querido y respetado profesor Giordani.

Quienes aceptaron el reto de continuar el avance de cada uno de esos proyectos revolucionarios, asumiendo con auténtica pasión revolucionaria los inmensos compromisos a los que las circunstancias los llevaron, han pasado a la historia como verdaderos soldados al servicio de las causas más nobles de la humanidad, como lo es la de justicia e igualdad que Chávez nos trajo y que Maduro continúa impulsando a diario con entrega y lealtad plenas al legado del Comandante eterno. Es la única manera de imitar a Chávez con respeto y de construir a la vez un liderazgo auténtico… sirviendo con verdadero amor y abnegación al pueblo como lo hace Maduro.

Fuente. Correo del Orinoco

Correo del Orinoco Nº 1.713 del 23 de junio de 2014

@SoyAranguibel

Querido amigo opositor…

Por: Manuel Bazó / Aporrea.org

Ven, vamos a hablar un ratico, te invito a conversar de política. No te asustes, no voy a intentar convencerte de que votes por Chávez, no pretendo que a estas alturas saltes la talanquera. Al contrario, tienes todo el derecho a disentir del Gobierno mientras no olvides que fue elegido por la mayoría de los votantes venezolanos. De eso se trata la democracia ¿no?, de respetar la opinión de la mayoría y también de las minorías. Fíjate que es algo que debemos valorar porque muchos países no tienen esta oportunidad. El pueblo de Inglaterra, por ejemplo, tiene el mismo Jefe de Estado desde hace 60 años (la Reina Isabel II) y tampoco puede escoger su Primer Ministro por voto universal.

Te conozco bien porque te veo todos los días: Estás en mi familia, en mi trabajo, en la plaza, en el mercado… Normal, la última vez que nos contamos alcanzaron el 37% de los votos válidos, que no es poca cosa. Sin embargo, durante años te han hecho creer que formas parte de una mayoría virtual, aunque no sea cierto. Por eso son buenas las elecciones, para volver a contarnos cada cierto tiempo y reconfirmar la voluntad de la verdadera mayoría.

Conozco las “razones” o más bien las emociones, de tu furibundo antichavismo. He visto el desprecio, la rabia y hasta el odio visceral, que te produce la sola imagen del Presidente. Te he escuchado maldecirlo, insultarlo y hasta desearle la muerte. Te he visto alegrarte con su enfermedad y lamentar su recuperación. Te he oído despotricar de todas sus decisiones y rechazar automáticamente todo lo que te huela a Gobierno. Te he escuchado quejarse de que Chávez habla demasiado, pero hace años decidiste no volver a escucharlo.

Está bien, no es monedita de oro. Pero aunque no te guste ni un poquito es el Presidente de tu país. Sus decisiones te tocan directa o indirectamente, por lo que deberían importarte. Sin embargo, tú escogiste informarte de mala fuente: a través de rumores y chismes de tus amigos opositores, a través de información tergiversada televisada o impresa, antes que…

Seguir leyendo el artículo completo

El Caso Juan Carlos Caldera o la ética de la oposición venezolana

Por: Jesús Alvarez / Rebelión

La oposición venezolana no abandona su falsa conducta. A lo largo de estos trece años han construido un discurso político lleno de mentiras y manipulaciones ideológicas, las cuales han logrado convertir en paradigmas para sus seguidores. Frases como “aquí no hay democracia”; “queremos un país libre”; “abajo este régimen comunista”; “Chávez es un dictador”; “aquí no hay libertad de expresión”, han alimentado la retórica oposicionista y han logrado convertirlas en representaciones sociales del colectivo que adversa al Comandante Chávez. Con la determinante ayuda mediática, han hecho creer a sus militantes y simpatizantes, que ciertamente vivimos en una dictadura con signos comunistas. Valdría la pena escudriñar en los conceptos y dimensiones ideológicas que constituyen la cotidianidad discursiva de la oposición venezolana, para identificar sus permanentes contradicciones, falsedades y manipulaciones.

Sin lugar a dudas, en este país se vive una profunda democracia, caracterizada por la participación protagónica del pueblo, tal cual lo establece nuestra CRBV. Las libertades públicas se ejercen plenamente, en concordancia con la observancia de la norma y el principio constitucional de la justicia social. El proceso revolucionario y su gobierno asumen la proposición del Socialismo, ejercicio sustentado en una legitimación reiterada por la soberanía popular. La revolución bolivariana ha logrado construir una mayoría, que conjuntamente con el Estado, desarrollan una supremacía democrática respecto del sector opositor. El gobierno bolivariano impulsa y desarrolla un proceso de integración latinoamericana y caribeña, la cual asume como una necesidad estratégica, antiimperialista y democrática para el desarrollo soberano de nuestros pueblos. La libertad de expresión se realiza a plenitud…

Seguir leyendo artículo completo

Chávez en VTV: “Oposición juega el mismo papel de 2006 y seguramente obtenga el mismo resultado que con Rosales”

El Presidente leyó algunos artículos del año 2006, en lo que se refleja de forma extraordinaria el parecido de la estrategia, discurso y forma de la candidatura de Manuel Rosales con la de Henrique Capriles

La derrota podría ser el escenario que le queda a la oposición, pero que se niega a aceptar, y ante esto busca las formas mediáticas para trastocar la realidad del país, en un juego que, a diferencia del pasado, podría costarle más que los beneficios que le traiga, aseguró el candidato Hugo Chávez.

Chávez realizó un contacto telefónico, este domingo, con el programa Debate Socialista, que transmite Venezolana de Televisión, sirvió para compartir con Alberto Aranguibel (comunicador) y Leonel Muñoz (historiador) y el ministro del Poder Popular para Energía Eléctrica, Héctor Navarro.

Afirmó que analizando sobre la realidad del país “si nosotros seguimos haciendo las cosas, mejoramos en los argumentos para convencer a mucha gente de que este es el proyecto para desarrollar al país, y todas las líneas estratégicas funcionan, y seguimos derrotando las campañas de guerra psicológica del enemigo, tenemos razones para pensar, sin ser triunfalistas, que vamos a sacar más de ese 63% del 2006”.

La tertulia de profundo valor para la construcción del pensamiento socialista, sirvió para que Chávez leyera algunos artículos del año 2006, en lo que se refleja de forma extraordinaria el parecido de la estrategia, discurso y forma de la candidatura de Manuel Rosales con la de Henrique Capriles Radonski.

En la conversación, Hugo Chávez también presentó algunos extractos del documento Primeras Ideas de Acciones Económicas a Tomar por el Gobierno de la Unidad Nacional en 2013, presentado en VTV por David de Lima, que muestra lo más agrio de las propuestas de la derecha venezolana, reflejadas en la candidatura de Capriles Radonski.

Chávez aprovechó para volver a felicitar al pueblo y al Consejo Nacional Electoral por el éxito del Simulacro Nacional de Votación realizado este domingo en todo el país.

Capriles: ¿ganador o truhán?

El candidato de la burguesía no hace caso. Chávez le dijo que hablara claro y lo que hace es enredar más lo que probablemente pase a la historia como la más chambona y rocambolesca campaña que jamás haya llevado a cabo sector político alguno.

En vez de hablar con franqueza y de manera abierta sobre su verdadera concepción de lo que debe ser el modelo de sociedad que le propone al país, escoge los caminos más entreverados y contradictorios para articular el pobrísimo discurso de eslóganes con que pretende seducir a la gente.

Como vivo exponente de la generación Pepsi, su discurso no es más que un repetitivo catálogo de gritos destemplados construido a base de frases publicitarias, hilvanadas en un casi demencial disco rayado de ofertas sin sustanciación o desarrollo ni siquiera medianamente lógico, en el cual la gente pueda encontrar al menos un atisbo de viabilidad o factibilidad a tanta fábula vertida en los escasos cinco minutos que en promedio habla el deplorable candidato de la derecha.

En medio de la farragosa perorata populista, le ha dado por decir ahora, en tono de sentencia divina, que él jamás le ha quitado nada a nadie y que nunca ha perdido una elección. Y el rebaño escuálido, dócil y sumiso como es, resplandece de felicidad infinita como quien ve la luz al final del túnel de la muerte.

Pero resulta que Capriles jamás ha ganado nada. Todo lo que ha logrado en política lo ha usurpado o lo ha obtenido de manera fraudulenta o inconstitucional. Como aquello de fundar su partido con dinero robado a la nación.

Arribar al Parlamento nacional como llegó él a finales del siglo pasado, como el insigne desconocido que era, sólo era posible como producto de las perversas componendas financieras de los carteles políticos del puntofijismo.

De resto, todo lo que ha experimentado él es la fortuna de postularse siempre en escenarios que reúnen a lo más granado del antichavismo visceral, que en esos reductos opositores vota siempre contra Chávez sin importar siquiera quién es el candidato ni su catadura moral o la carencia de ella.

Capriles no ha ganado; se ha beneficiado con la fuerza amor-odio que desata el inmenso liderazgo de Chávez.

Pero el 7-O será distinto. Perderá abrumadoramente porque esta vez le toca medirse de manera frontal con ese gigante.