La guerra está aquí… ¿Quién acaba la guerra?

– Publicado en el Correo del Orinoco el martes 13 de octubre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Mentiras que matan es la película de 1997 dirigida por Barry Levison y protagonizada por Robert De Niro y Dustin Hoffman, en la que Hollywood trata en clave de humor los perversos juegos del poder político norteamericano con la opinión pública.

En el film un estereotipado asesor de imagen presidencial se alía con un prestigioso director de cine para desarrollar una estrategia de comunicación que ayude al presidente a superar el escándalo de acoso contra una colegiala en el que es implicado apenas a días de su reelección.

La estrategia ideada por los manipuladores de imagen en la película es la de crear a través de los medios una guerra ficticia con un país recóndito y desconocido para los norteamericanos en la búsqueda de exaltar el patriotismo de la gente y colocarla a favor del mandatario. Pero antes de lograr su objetivo, la CIA (extrañada por no saber nada de esa supuesta guerra) encuentra una fórmula diplomática para decir que no existe tal conflicto y anuncia públicamente que las hostilidades entre las dos naciones han cesado, con lo cual se da por concluida la situación de tensión.

Es justo en ese momento cuando Dustin Hoffman (el director de cine en la película), estalla de la furia y grita “¡Con mi guerra acabo yo!… ¡Ninguna CIA va a acabar con mi guerra!”

La escena, verdadero alarde de síntesis ideológica capitalista, resume el discurso neoliberal de la necesaria supremacía del libre mercado por encima del poder político, que nos recuerda que el capitalismo es mucho más que la sola empresa capitalista. Que hay ahí intereses enfrentados que el capitalismo no puede resolver.

Efectivamente, como lo explica Lenín, el Estado no es sino el producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase con intereses económicos en pugna, que surge para evitar que esas clases se devoren a sí mismas y con ese propósito se coloca por encima de la sociedad.

Es decir, el capital no es el poder sino solo un componente más de un poder más complejo del cual quiere sacar siempre el mejor provecho.

El capital privado no se compromete jamás en la estructuración de sistema económico alguno más allá de la derivada de su propia necesidad de expansión como negocio particular. En virtud del sagrado precepto de la libertad empresarial, no obedece de ninguna manera a planes de desarrollo o políticas económicas promovidos por el Estado. Sus demandas se reducen a la exigencia de oportunidades y condiciones que como sector le harán siempre a los gobiernos de turno, siempre y cuando ello no involucre riesgo o sacrificio alguno para sí mismo.

El principio sobre el cual se apoya esa inmoral filosofía del capitalismo es exactamente el mismo que proclama la tesis de la mano invisible del mercado formulada por Adam Smith en 1776, y que sirve desde entonces hasta nuestros días como el eje de la doctrina del provecho propio.

De acuerdo a esa filosofía, el bienestar de la sociedad surgirá del bienestar individual que logre labrarse cada quien sin importar en lo más mínimo la suerte o el infortunio del resto de la población. Una fórmula escandalosamente simple con la cual el neoliberalismo buscaba dar forma a una teoría de la ciencia económica y a la vez contrarrestar las corrientes humanistas florecientes entonces en el viejo mundo, que promovían las ideas de la organización social y del servicio público del Estado como base del desarrollo armónico de la sociedad.

De ahí la naturaleza parasitaria del sector privado en el capitalismo. El Estado no debe estar al servicio de todos sino de la empresa privada, que es de sus dueños solamente. La fortuna que logren acumular esos dueños de empresas privadas será considerada por el neoliberalismo como el bienestar económico de las naciones. Los pobres que esa acumulación de riqueza en pocas manos genere, deberán buscar la manera de hacerse de su propio espacio. En forma de “bachaqueros”, por ejemplo.

Pero los bachaqueros acaban con la existencia de productos en las estanterías y desatan una indetenible espiral inflacionaria mediante la especulación para la cual están facultados por el carácter privado de su negocio. Con lo cual se demuestra irrefutablemente que lo que afecta hoy a la economía nacional no es la regulación de precios impuesta por el gobierno sobre una treintena de productos de la cesta básica, sino la mano invisible del mercado que predica el sector privado y que coloca al servicio de la usura el poder adquisitivo alcanzado por el venezolano durante la revolución.

A falta de una cultura en el sector privado para la inversión eficiente, el nivel de productividad en el país se fue quedando rezagado frente al crecimiento progresivo de la población y de la economía, tal como lo describe el profesor del IESA Antonio Francés, quien en un exhaustivo recuento de los orígenes del proteccionismo del Estado a la empresa privada en Venezuela, sostiene que desde 1958 con la política de sustitución de importaciones el gobierno de Rómulo Betancourt “promovió el desarrollo de la empresa privada por todos los medios a su alcance”, pero con políticas equivocadas que no generaron el desarrollo necesario.

“Las empresas nacionales –dice- comenzaron a sentir el impacto de la devaluación, la reducción de la demanda y el control de cambios y de precios en la década de 1980. Es, sin embargo, a partir de 1989 cuando se hace plenamente presente el impacto de la crisis sobre las empresas con el desmantelamiento de la anterior política de protección. En ese momento surgieron serias dudas acerca de la capacidad de la empresa privada nacional para sobrevivir sin apoyo del Estado. El gobierno planteó una política de apoyo a la reestructuración, que tuvo escaso impacto real. Sin embargo, las empresas comerciales se adaptaron sin mayor dificultad, convirtiéndose muchas de ellas en importadoras. Gran parte de las empresas manufactureras lograron sobrevivir reduciendo la amplitud de sus líneas de productos, mejorando la calidad de los mismos y la productividad de los procesos. Lo que no lograron fue desarrollar una capacidad importante para la innovación.”

Esa dependencia al subsidio del Estado mediante toda clase de políticas proteccionistas, terminó convirtiéndose en una forma de vida para la empresa privada en el país. Una dependencia a la cual ese sector aspira a regresar para seguir disfrutando la comodidad de la riqueza fácil que esa condición parasitaria le produjo siempre en el pasado. De ahí su aversión al modelo de justa distribución de la riqueza nacional que comprende la revolución bolivariana.

La guerra que ha desatado el capital privado contra la economía nacional tiene, como se sabe, una razón eminentemente política de cara a la elección parlamentaria del seis de diciembre. Pero también tiene un costo muy alto para ese mismo sector empresarial en la medida en que la prolongación del sabotaje económico significa no solo desabastecimiento y precios especulativos para el pueblo, así como pérdidas millonarias para el empresariado, sino pérdida de oportunidades objetivas para el desarrollo de un sector productivo capaz de responder a la nueva realidad de la demanda nacional. Amén, por supuesto, del craso error de cálculo que representa creer que la revolución pueda perder esas elecciones. Con lo cual lo más seguro es que (si la guerra continúa) terminen quedándose sin el chivo y sin el mecate.

El gobierno del presidente Maduro ha actuado correctamente y con coraje en el enfrentamiento de las distorsiones económicas, a través del ataque al contrabando de extracción, aprobación de Leyes que protegen al consumidor, instrumentación de mecanismos de defensa de precios para contener la amenaza de la híper inflación, todo ello en el marco de una abrupta caída del ingreso petrolero y sin detener o reducir la inversión social. Pero la responsabilidad del sector privado en la superación de la crisis no puede ser soslayada.

En Venezuela se está avanzando en la construcción de un modelo socialista de justicia y de igualdad social que no niega el derecho ni las posibilidades para el desarrollo del capital privado, siempre y cuando, por supuesto, ese desarrollo se enmarque en la lógica de la construcción del bienestar común y no en la obsoleta prédica de la avaricia neoliberal capitalista. Esa es la propuesta chavista.

Parafraseando a Dustin Hoffman, podríamos decirles: “Ustedes desataron la guerra, termínenla de una vez ustedes mismos. Usen su inmenso poder económico en función del país y no de ustedes solamente.”

@SoyAranguibel

Clorox, o el mito de la eficiencia capitalista

– Publicado en el Correo del Orinoco el 29 de septiembre de 2014 –

Fraudex
Por: Alberto Aranguibel B.

Rara crisis económica esa de la que habla la derecha en Venezuela, en la que los bancos no solo no quiebran sino que crecen exponencialmente, captando cada vez más dinero (proveniente del caudal de circulante que generan las políticas sociales inclusivas puestas en marcha por la revolución desde hace más de una década) y ampliando su red de distribución como nunca antes se había visto en el país. En medio de la vorágine capitalista por captar esa masa monetaria construyendo cada vez más numerosos y descomunales centros comerciales a lo largo y ancho del territorio nacional, los primeros que se instalan ahí son siempre los bancos.

La expansión bancaria se apoya impúdicamente en la matriz catastrofista que el antichavismo se empeña en sostener como discurso, con acciones como el incremento desmedido del límite de crédito de los tarjetahabientes que de la noche a la mañana ven como un anuncio celestial el correo en el que su banco les informa que su línea de crédito ha sido multiplicada hasta por tres y cuatro veces su monto anterior, con lo cual la banca se convierte en cómplice directa de los sectores especuladores que han instaurado en el país la cultura de las compras compulsivas que hoy son las causantes de la mayoría de las colas en abastos y supermercados para la obtención de productos de todo tipo. El hábito que cultiva esa cultura especulativa no es el de comprar lo necesario sino la mayor cantidad de lo que haya. Desde su perspectiva, el ahorro (base de la intermediación financiera que debería desempeñar la banca) es hoy un concepto caduco. El propósito de la banca con esa virosis consumista es hacerse del dinero de los trabajadores para que las políticas salariales revolucionarias se conviertan en sal y agua de la manera más rápida posible. Pero más que eso, es la fórmula de sobrevivencia a la que apela históricamente el capitalismo para intentar sobreponerse a sus propias crisis. La de la socialización de las pérdidas.

En “El Capital” Marx definía a los bancos como “la forma de contabilidad general y de la distribución de los medios de producción”. Es decir, como una herramienta del capitalismo, más no del Estado. Lenín acotaba: “Los datos que muestran el aumento del capital bancario, el aumento del número de oficinas y sucursales de los bancos más importantes y de sus cuentas corrientes, etc., nos muestran en concreto esa “contabilidad general” de toda la clase capitalista y aun no solo capitalista, pues los bancos recogen, aunque sea no más que temporalmente, los ingresos monetarios de todo género, tanto de los más pequeños patronos como de los empleados y de una reducida capa superior de los obreros”.

De modo que cuando se da rienda suelta a las pretensiones de cada vez mayor intervención (que no intermediación) financiera de la banca en la economía, lo que se genera no es mayor desarrollo económico sino mayor acumulación de riqueza en manos de la oligarquía, como sucede principalmente en las naciones capitalistas, evidenciándose de manera palpable como en ningún otro escenario el fenómeno de la división de las atribuciones y responsabilidades entre el Estado y el sector privado en cuanto al funcionamiento y dinámica de la economía.

Al apropiarse por vía del incremento en su actividad financiera del potencial económico de la sociedad, la economía tiende a mermar sus verdaderas posibilidades de desarrollo y expansión, en virtud de la limitada capacidad de maniobra del Estado para la generación de inversiones por sí solo. A eso, precisamente juega el capital privado en la búsqueda del espacio irrestricto para ampliar sus mercados y para asegurar la acumulación de la riqueza para la cual está concebido.

El Comandante Chávez, en su infinita capacidad para visualizar estos fenómenos, avanzó con propuestas como la nacionalización de aquellos bancos que en un momento determinado decidieron enfrentarse al gobierno aduciendo problemas de caja y otras justificaciones en un intento por obligar al Estado a asumir las pérdidas de esas entidades causadas por su ineficiencia y por su abierta indisposición a invertir en el desarrollo económico de un modelo socialista como el que Chávez planteaba. Según la lógica del modelo neoliberal, la banca no solo debe estar al servicio de la acumulación de la riqueza en pocas manos, sino que ella debe realizarse mediante el control del diseño de modelo industrial, empresarial, económico, social y hasta político de la sociedad, a través de su capacidad discrecional para el otorgamiento de créditos. En el capitalismo, es el sector bancario quien decide cuáles áreas de la industria deberán desarrollarse o no de acuerdo a sus políticas crediticias y de inversión. El carácter privado de la institución financiera y no las regulaciones que imponga el Estado, como aducen los voceros del capital, es ahí lo determinante. Las fórmulas de trueque o intercambio ideados por el Comandante para ser puestas en práctica en los Consejos Comunales (ideas ridiculizadas por la derecha hasta más no poder), son apenas una muestra de su profunda preocupación en este sentido.

Comentando ideas de Fidel y de Borón en las Líneas de Chávez, el Comandante decía (refiriéndose a las causas verdaderas de la llamada “crisis perfecta” del capitalismo), “Pero a estas causas estructurales (de la crisis) hay que agregar otras; la acelerada financiarización de la economía, la irresistible tendencia hacia la incursión en operaciones especulativas cada vez más arriesgadas. Descubierta la “fuente de juvencia” del capital gracias al cual el dinero genera más dinero prescindiendo de la valorización que le aporta la explotación de la fuerza de trabajo y, teniendo en cuenta que enormes masas de capital ficticio se pueden lograr en cuestión de días, o semanas a lo máximo, la adicción del capital lo lleva a dejar de lado cualquier escrúpulo”.

Y la crisis de la trasnacional Clorox en Venezuela es una crisis de escrúpulos. El hábito recurrente del capital por apropiarse de manera absoluta de los logros en su productividad, convertidos en utilidades que por su naturaleza privada jamás se reinvierten en desarrollo sino en riqueza para unos pocos (engrosando, como en este caso, economías extranjeras como la norteamericana y no la nacional), y de evadir sus responsabilidades cuando de problemas se trata, para delegar siempre en el Estado la carga de las pérdidas, es el causante de la quiebra ilegal de esa empresa en el país. Ahora, luego de haberle asignado millones de dólares en divisas para que cumpliera con sus obligaciones, el gobierno nacional tiene que salir a asumir las responsabilidades que ella fue incapaz de asumir.

¿Por qué, si el ineficiente es el Estado, el capitalismo no le sirvió para superar sus dificultades? ¿Por qué ningún banco, nacional o extranjero acudió en su auxilio? ¿Por qué no uso en resolver sus problemas los más de veinte millones de dólares que se le otorgaron oportunamente?¿Por qué quiebran a diario miles de empresas en el mundo capitalista dejando en la calle a millones de trabajadores sin haber allá control cambiario, ni mercados paralelos, ni devaluaciones que, como dicen, les impiden trabajar aquí?

Exactamente por la misma razón por la que las líneas aéreas internacionales se han erigido en un cártel usurero que ha encontrado en la exacerbación que se ha dado en el país de esa lógica neoliberal según la cual el Estado debe sufragar el rescate de la ineficiencia del sector privado el más grande negocio de la historia. La misma que llevó a la empresa Polar a desbocarse esta semana publicando un sorpresivo aviso de cierre de operaciones en la producción de harina de maíz, cuando en verdad no existían en modo alguno razones que justificaran tal alarmante anuncio, tal como se lo demostró el gobierno revolucionario en la reunión a la que fueron convocados de inmediato sus directivos. Un vulgar intento de “robo de base”, pues, con una nada sutil intención desestabilizadora.

La fraudulenta quiebra de Clorox en Venezuela evidencia una vez más que el capitalismo no es un buen sistema social sino un mal modelo económico. No solo no genera por sí mismo desarrollo, ni industrial, ni económico, ni social, ni ambiental, en modo alguno, sino que su tendencia es a destruirlo. Por eso el Estado, con apego a Leyes justas concebidas en función del interés nacional, debe regular el desempeño de la empresa privada.

@SoyAranguibel