Hablando Constituyente del 01 de noviembre de 2018.

Programa Hablando Constituyente, del 01 de noviembre de 2018 por TVes, moderado por Roberto Messuti, con la participación de Carlos Sierra y Alberto Aranguibel.

 

@SoyAranguibel

No se equivoquen

Por: Alberto Aranguibel B.

Hay quienes explican el resurgimiento del fascismo culpando de ello a la izquierda. En particular en Latinoamérica, con la revelación de Bolsonaro en Brasil, después que se daba por descontado que Lula (o su sucesor) arrasaría en las elecciones en ese país.

Reducir la eficacia de los movimientos populares al simple logro de las mayorías electorales, es perder de vista el sentido de la transformación profunda del Estado y de la sociedad que toda gran fuerza de inspiración popular debe llevar a cabo. Es desconocer la naturaleza fluctuante de los procesos de cambio, signados, por lo general, por marchas, contramarchas y reveses intensos, que determinan la verdadera evolución de las sociedades.

Si reconocemos el auge de los movimientos sociales como el fenómeno latinoamericano del siglo XXI, entonces debemos reconocer con la misma objetividad que lo que sucede en la derecha con el ascenso de figuras paradigmáticas como Temer o Bolsonaro en Brasil, como Piñera en Chile, Macri en Argentina, Fox y Peña Nieto en México, o Kuczynski en Perú, no es precisamente un avance de tipo partidista, sino el crecimiento progresivo de la antipolítica que encarna el sector empresarial hoy en el mundo (liderado por los EEUU y su proverbial presidente empresario), y que en nuestra región se hace más patente precisamente por la intensidad de su confrontación con todos los sectores políticos. No solo con los de izquierda.

Si efectivamente algunos de esos movimientos progresistas en la región han sido desplazados por esa lógica corporativista, no es menos cierto que los partidos políticos tradicionales de la derecha han sido mucho más relegados por esta oleada de la antipolítica cuyo propósito es hacer realidad el viejo sueño empresarial de acabar con el Estado, sin importar su signo ideológico.

Por eso en Venezuela es cada vez más clara la escisión entre el empresariado y la dirigencia de la oposición. Quienes desde el empresariado anhelan la opción de alguien como Lorenzo Mendoza, dueño de la Polar, como candidato a la presidencia de la República, lo hacen desde una posición de desprecio hacia la política, fundamentalmente la de la MUD.

No es, pues, una falla del PT lo que sucede en Brasil (o de las izquierdas en Paraguay, Honduras, Argentina o Ecuador), sino una nueva modalidad de ejercicio del poder, signada por el secuestro de la democracia que lleva a cabo el gran capital tratando de acabar con la política, valga decir; con la democracia, donde quiera que se encuentre.

Pero, así como los triunfos de Maduro en Venezuela y de López Obrador en México, por ejemplo, no representan en sí mismos la extinción de la antipolítica en ninguno de esos países, tampoco la circunstancial derrota electoral de las fuerzas progresistas en ninguna otra parte del Continente significa una reinstauración irreversible del capitalismo. Los pueblos han despertado y por muchos reveses y ataques inmisericordes de los que sean objeto, el triunfo definitivo en esa injusta y desigual batalla les corresponde por antonomasia.

Que nadie se equivoque.

@SoyAranguibel

¿Por qué el capitalismo no impidió la caída de Mariano Rajoy?

Por: Alberto Aranguibel B.

Porque Rajoy no era un presidente del capitalismo, sino un simple capitalista presidente. Un peón más del sistema, que apostó a las reglas del perverso modelo del capital, que dictan, entre muchas otras aberraciones que el capitalismo asume como filosofía, que en el juego del dinero ganará siempre el más competitivo. Es decir; aquel que tenga mayor capacidad de aplastar con su poder financiero a los competidores.

El capitalismo no es presidido por nadie en el mundo. Ni siquiera el más poderoso presidente capitalista del planeta, como lo es el de los Estados Unidos de Norteamérica, puede arrogarse la facultad de ser él, en sí mismo, el rector (o el ideólogo) por excelencia de un modelo que no acepta rectoría alguna que no sea la del capital.

Por eso la caída de Rajoy no es de ninguna manera la caída del capitalismo. Como no lo fueron en su momento; la defenestración política de Silvio Berlusconi en Italia; la destitución y posterior encarcelamiento de Dominique Strauss-Kahn del Fondo Monetario internacional; o de Pedro Pablo Kuczysnski en Perú, a pesar de ser (cada uno en su espacio y su coyuntura particular) iconos indiscutibles del capitalismo.

Incluso existen quienes opinan que, por el contrario, el capitalismo se fortalecería con la caída dentro del Estado capitalista (monárquico, en el caso de España) de al menos un importante exponente de la doctrina del capital cada cierto tiempo, porque ello patentizaría una supuesta capacidad de autorregulación del modelo de libertades que el capitalismo vende al mundo como propias.

Esa lógica del fingido autocontrol explica con perfecta claridad por qué razón el expresidente del parlamento brasileño, Eduardo Cunha, principal promotor del fementido golpe asestado por la derecha de ese país a la presidenta constitucional, Dilma Rouseff, es finalmente llevado a la cárcel apenas dos años después de aquel asalto, con una condena de veinticuatro años de presidio por aceptación de sobornos de la empresa Petrobras y lavado de dinero, entre otros delitos, siendo que su infundada acusación contra la depuesta presidenta se refería precisamente a hechos de corrupción que, en el caso de Rouseff, jamás fueron probados.

En España, Gürtel, la empresa que detona la salida de Mariano Rajoy del poder, es el equivalente a Odebrech y Petrobras en Latinoamérica. Corporaciones todas que se han erigido en líderes de sus respectivos mercados, a partir del mismo principio del desarrollo corporativo determinado por la destreza y alcance de su tren ejecutivo para distribuir dinero entre los funcionarios del Estado en forma de jugosas “comisiones” para hacerse de grandes contratos.

La “comisión” no es delito en el capitalismo. De hecho, es la base de ese modelo, que sobrevive precisamente por el soporte “estratégico” que ella le da a la forma de expansión del capital que mejor resultados le ha ofrecido a la empresa privada a lo largo de la historia.

La “comisión” es en esencia una forma muy rentable de hacer negocios (la más aceptada y extendida como modalidad mercadotécnica en la empresa privada de cualquier tipo en el mundo entero), porque el dinero invertido en comisiones no es capital que pierde o deja de ganar de ninguna manera la empresa, sino que, a la vez que ella va creciendo, es trasladado directamente al consumidor a través de mecanismos de especulación y de usura en el precio final de venta de sus productos ideados y desarrollados por ella misma.

Llega a ser tan conveniente la práctica de la compra de funcionarios del Estado en el capitalismo, que la caída de un importante aliado de negocios (como un presidente español, o uno peruano, por ejemplo) antes que un sacrificio, termina por ser un negocio muy lucrativo en términos de rentabilidad política, porque le permite al capitalismo poder presentarse como un modelo democrático en el que los mandatarios no estarían nunca colocados por encima del poder de las Leyes.

Un gobierno capitalista como el de Mariano Rajoy, enfrentado a la titánica tarea de intentar exterminar a una revolución de profundo arraigo popular como la bolivariana, tal como le fue específicamente encomendado por los más altos estamentos del capitalismo occidental, y enfrentado a la vez en su propio país al repudio masivo de su pueblo por la brutal agresión a la democracia que significa cercenar el derecho al voto, la cruel represión a las protestas contra las hambreadoras políticas neoliberales, el atentado contra la vida que representan los crecientes índices de desempleo, hambre y miseria en España, además de la prostitución de la política a la que lo llevó la corrupción (todo lo cual destruía todos y cada uno de los argumentos que ese gobierno ha esgrimido contra la revolución chavista para provocar su derrumbe, sin lograrlo), no tenía de ninguna manera difícil que la balanza capitalista se inclinara a favor de salir a como diera lugar de ese ya impresentable vocero que tan mal paradas estaba dejando las muy relativas cualidades de su modelo frente a la opinión pública de todo el planeta.

Si las atroces perversiones que la socio-política le ha atribuido ancestralmente a los regímenes dictatoriales, terminan siendo los rasgos que definen de manera más exacta e inequívoca a los gobiernos capitalistas que debieran ser ejemplos de apego a la norma democrática, pero que, además de no ser para nada ejemplos de tal carácter democrático, dejan al descubierto la corrosión ética a la que llegaron a partir de cierto momento los bandidos del Partido Popular español, cuyo afán por la prevaricación traspasó los linderos del desenfreno, entonces el problema de cargar con lastres como Rajoy es mucho más grave que la lesión que pudiera causarle a la imagen del capitalismo la impostura o el exceso en el empeño de éste por hacerse de grandes fortunas birladas al erario público.

El problema para el capitalismo es que, en la medida en que se expanden esos grandes negociados de las corporaciones que medran en el Estado a costa de coimas, comisiones, y corruptelas de todo tipo con el inmoral funcionariado que va encontrando a su paso como aliado natural de clase, es decir; con los capitalistas infiltrados dentro del Estado, los líderes anti capitalistas (léase; Luiz Inacio Lula Da Silva, Rafael Correa, Cristina Fernández, o Nicolás Maduro) van a ir quedando cada vez más en evidencia ante el mundo como auténticos demócratas, a quienes los pueblos siguen con la más entera devoción principalmente por su solvencia ética, su rectitud y su honorabilidad en el manejo de los dineros públicos.

Dado que la plutocracia, el gobierno de los ricos, carece de un sustrato ideológico que le imprima sustentabilidad social (porque jamás las élites oligarcas han sido más numerosas que las clases desposeídas), todo riesgo de afectación a su imagen es por demás innecesario.

Pero, cuando el capitalismo entra en una fase de franco declive, como en la actualidad, y ciertamente su sostenibilidad es cada vez más precaria en virtud de la inédita proliferación de modelos alternativos (que van desde el poderoso modelo chino de economía mixta, el ruso de producción independiente altamente tecnificada, el iraní o el revolucionario venezolano de participación popular protagónica, entre otros) entonces la solidaridad automática con un personaje perfectamente prescindible como Mariano Rajoy se torna en amenaza.

Rajoy, como ningún presidente capitalista, no puede hundir por sí mismo al capitalismo. Pero, si el capitalismo ya se está hundiendo, es obvio que una carga muerta como la que él representa puede acelerar su inexorable naufragio. Algo que el capitalismo no está dispuesto a aceptar, por ahora, sin tomar al menos las correspondientes medidas de profilaxis a lo interno de su ya maltrecho y herrumbroso sistema.

A la larga, se cumple en la práctica lo que una franquista oligofrénica vocifera por estos días en un delirante audio que circula por las redes sociales, cuando advierte histérica que no cree que el causante del exterminio político de Rajoy sea Pedro Sánchez (a quien califica de “berzas, tonto útil”), sino Nicolás Maduro.

Lo que no quieren que veamos –dice- es cómo Maduro va entrando y se va poniendo en el sillón […] Qué corrupción de Rajoy ni que nada; la corrupción está en que Maduro se está metiendo en España.

Quizás la desquiciada española no esté tan loca como su demencial relato la presenta. Lo que dice es exactamente lo mismo que con toda seguridad pensó el capitalismo cuando sin la menor misericordia ni contemplación decidió lanzar a inefable Rajoy al basurero de la historia.

Allá de aquellos que tanto se afanaron por lo que a la postre sería cuando mucho el más vergonzoso selfie de la historia… el risueño pero pavoso selfie con el corrupto de Rajoy, a quien ni siquiera el propio capitalismo quiso salvarlo.

@SoyAranguibel

Arrogante pretensión de poder

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema de fondo en Venezuela no es económico sino social. Que una clase social se considere superior al resto de la población es una horrible expresión de arrogancia (que inevitablemente deviene en intolerancia) de la que derivan todos los demás percances, entre ellos el económico, y que impide superar cualquier situación difícil por la que atraviese el país.

Esa clase que se cree superior es la que eleva los precios como le da la gana porque es dueña de los más importantes canales de importación, de distribución y de comercialización de la mayoría de los productos que se expenden en el mercado venezolano, toda vez que, en virtud de ese repugnante supremacismo, no le importa en lo más mínimo el sufrimiento que su avaricia y su prepotencia le ocasionan al pueblo.

Por esa razón se considera con derecho a tomar el control del Estado y a manejar a su antojo la economía y los recursos del país, sin haber ni siquiera participado en una elección.

El argumento de su supuesta “mayoría” (jamás probada en las movilizaciones de calle, en las asambleas populares, o en las elecciones) no es sino un pretexto para tratar de hacer válida esa pretensión de poder que tanto le mortifica desde que las venezolanas y los venezolanos de a pie decidieron ser gobierno.

Nunca ha sido verdad esa mayoría de la que se jacta esa clase pudiente y por eso ha rehuido a medirse en la elección del próximo domingo. Su propuesta de la “abstención” no es sino un intento por adueñarse de las cifras normales de apatía que hay en todo proceso electoral, para colocarlas impúdicamente como votos a su favor y fabricar así, unidas esas cifras a los votos de los candidatos de la derecha, la mayoría que nunca ha tenido.

La estrategia “tenaza” con la que esa derecha prepotente persigue robarles la democracia a los venezolanos (la de una mayoría artificial que no se apoya en la verdadera voluntad del pueblo) no prosperará porque la Constitución y las leyes se lo impiden y porque el río humano que saldrá este domingo a defender con su voto la integridad y la soberanía de la Patria será la más grande y entusiasta movilización popular jamás vista en nuestra historia.

Contra esa arrogante y perversa trampa de los ricos, Venezuela votará masivamente por Nicolás Maduro Moros.

 

@SoyAranguibel

Los barbarazos que acabaron con todo

Por: Alberto Aranguibel B.

La ineptitud del sector privado para la comprensión de la economía es directamente proporcional a su manifiesta torpeza para gerenciar sus propios negocios.

Un sector cuya única fórmula para asegurar el funcionamiento de sus empresas es el incremento en el precio de los productos que pone a la venta, no puede calificarse jamás como un sector de individuos ni siquiera medianamente lúcidos en asuntos de economía.

Elevar precios puede hacerlo cualquiera. Para ello no se necesitan conocimientos técnicos avanzados ni títulos académicos de ningún tipo, sino la sola condición de propietario de la empresa productora. El problema es hasta dónde el libre albedrío de esa libertad individual para decidir arbitrariamente sobre ese bien público que es el sistema económico, afecta negativamente al resto de la sociedad, incluso a los propios negocios del capital privado.

El grave problema de la economía venezolana ha sido desde siempre que los actores fundamentales del sistema, es decir, los empresarios que conforman el grueso de la economía, ya sea como productores, industriales o comerciantes, sólo ha sido gente que ha estado al frente de empresas particulares (que han dependido casi siempre de los subsidios del Estado para llevar adelante su producción), y que, así hayan adquirido mucha experticia técnica y de conocimientos en su ramo, no tienen sin embargo destreza ni dominio para la toma de decisiones en las complejas áreas de la macroeconomía.

Esa subjetividad es la que termina por limitar la capacidad del empresario para entender las leyes que rigen la economía, llevándole finalmente a creer que su dinámica (de la economía) obedece al simple y arbitrario antojo de un funcionario o de otro.

Por eso el empresario cree en verdad que la inflación es culpa del gobierno, cuando es él mismo quien incrementa a diario los precios sin razón o justificación económica alguna para hacerlo. Argumenta que la crisis económica la generan los aumentos de salarios y los controles de precios, y por eso decide aumentar como le viene en gana el precio de venta al público en todos sus productos, presentándose siempre como la víctima.

Al respecto mucho han reflexionado los analistas del portal “15 y Último”, demostrado fehacientemente cuán falsas o infundadas son esas argumentaciones del capital privado para tratar de explicar la crisis económica que agobia hoy al país.

Luis Salas, uno de esos destacados analistas, se pregunta y se responde a la vez: “¿En qué piensan los empresarios y comerciantes venezolanos, en especial los pequeños y medianos? Pues de los grandes y transnacionalizados especialmente concentrados en los productos más sensibles o de los cuales a la gente por las más diversas razones le cuesta prescindir o sustituir, es fácil saber qué piensan, dado que la especulación les resulta provechosa porque refuerza sus posiciones monopólicas. A mi modo de ver el problema es que los pequeños y medianos empresarios y comerciantes, por un lado, están atrapados en una fantasía gremial que les hace creer que sus intereses son exactamente los mismos que los de Lorenzo Mendoza y compañía, que a la misma “clase” pertenecen el panadero de la esquina y los dueños de Kimberly Clark. Pero también pasa que termina privando en ellos una mentalidad de pulpero que se ve dramáticamente expresada en el famoso diálogo publicado por Alex Lanz entre él y su amigo pizzero, cuando este último le explicaba por qué se veía “obligado” a vender las pizzas cada vez más caras para “protegerse”. Y es que en materia de precios, particularmente en contextos especulativos como el que vivimos, la falta de criterio amplio, la ambición, la costumbre, el miedo o todo a la vez, sumado a la miopía y las peligrosas recomendaciones de los “expertos”, lleva a nuestros comerciantes y productores a emprender una carrera alcista de precios, que puede que en lo inmediato les reporte ganancias extraordinarias, pero a la larga les hará incurrir inevitablemente en pérdidas.”

Apelando a leyes neoliberales absurdas (que muchas veces ni siquiera conoce, sino que considera correctas por ser las leyes del capital privado), el empresario venezolano cava la tumba de su propio negocio a través de la irracional elevación cotidiana de precios, cada vez más convencido de que el responsable del descalabro que al día siguiente encuentra en la economía es el gobierno.

Las tesis del capitalismo que acusan a las regulaciones del Estado de frenar el desarrollo de la economía, surgen de la exacerbación irracional de ese instinto de autodefensa que es tan importante para el capital privado. En la medida en que se exacerba esa preservación a ultranza del carácter privado de la propiedad, se generan las tensiones sociales que a la larga se convierten en la “interminable lucha de clases” de la que hablaba Carlos Marx. De ahí que el modelo sobre el cual tendrá que asentarse una economía para ser capaz de alcanzar los niveles ideales de bienestar a los que aspira toda sociedad, no podrá ser jamás el capitalismo.

Sus propias leyes lo demuestran. La Ley de la Oferta y la Demanda, por ejemplo, columna vertebral del capitalismo, es sin lugar a dudas la más irrefutable prueba del fracaso y la inviabilidad del modelo capitalista basado en el libre mercado. Por donde se le mire, su formulación teórica es todo un dechado de incongruencias e inexactitudes que en ningún sistema económico podrían llevarse jamás a cabo en la forma eficaz en que lo promete.

En primer lugar, porque una ley que para ser cumplida requiere de la agudización perpetua de la confrontación entre los distintos sectores de la sociedad (la ley de la oferta y la demanda dicta que el precio de cada producto surge de la pugna entre el productor por incrementar su ganancia y el deseo del comprador por pagar siempre la menor suma por ese producto), no puede ser, por ningún respecto, una ley conveniente para ninguna economía. Bajo ese aborrecible principio, la confrontación entre los dos más importantes actores sociales de toda nación está condenada a ser eterna.

En segundo término, porque el único resultado posible de esa absurda confrontación a la larga es un modelo en el que el consumidor, si quiere comprar algo a buen precio, deberá conformarse con adquirir el producto que nadie quiera comprar. Es decir, aquel que por ser muy poco demandado podría gozar todavía de buen precio.

De esa manera se termina llegando al escenario de guerra en el que la gente no compra movida por la publicidad o por el prestigio de la marca sino por la necesidad, lo que acaba con el propio concepto neoliberal de la “libre competencia”, que a la larga determina la calidad de los productos, según rezan sus propias leyes, y termina por arruinar la poderosa industria publicitaria sobre la cual se sostiene el capitalismo y de la que viven los medios de comunicación, entre muchas otras empresas, como las productoras de comerciales para la televisión por ejemplo.

Sobre esto concluye acertadamente Salas: “La paradoja keynesiana de los agregados nos ayuda a comprender esto: y es que si en un contexto determinado un actor económico sube los precios puede, en efecto, obtener ganancias extraordinarias. Pero si todos lo hacen se genera el efecto contrario. Y solo podrá ganar la carrera alcista aquel que es más fuerte, por lo general la transnacional hiperconcentrada o monopólica. Pero además, como el único en este contexto que no puede ajustar el precio de su mercancía es el trabajador que vende su fuerza de trabajo y a cambio recibe un salario (que es el precio de su trabajo, que ni fija ni mucho menos puede variar a voluntad), termina resultando que al reducirse su poder adquisitivo por el alza de los precios relativos, forzosamente el trabajador asalariado a la hora de consumir se vuelve más selectivo y disminuye, reorienta o simplemente suspende la compra de determinados bienes y servicios, lo que se traduce en una caída de las ventas que empieza por afectar a aquellos que son vendedores o prestadores de bienes o servicios no esenciales o de los cuales más fácil se puede prescindir. La respuesta automática de los comerciantes y productores ante esta situación, suele ser subir aún más los precios buscando “protegerse”. Pero está claro que por esta vía lo único que se logra es profundizar aún más la tendencia regresiva, que es exactamente lo que está pasando en este momento en nuestro país.”

Como en el viejo merengue dominicano, los empresarios venezolanos son los barbarazos que están acabando con todo. Solo que para ellos es más fácil echarle la culpa al gobierno.

@SoyAranguibel

El “derecho de admisión” capitalista que tanto les gusta a los escuálidos

Por: Alberto Aranguibel B.

Un video, recientemente hecho viral por las redes sociales, da cuenta del bochornoso evento en el que una agente del Departamento de Policía de la ciudad vacacional de Myrtle Beach, en Carolina del Sur, Estados Unidos, conmina a un indigente a abandonar el local de comida rápida McDonald’s, y a dejar de ingerir los alimentos que le habían sido obsequiados por un individuo que pagó previamente por lo que el humilde hombre estaba consumiendo.

El repugnante hecho, publicado en la página del canal de noticias norteamericano Fox News (http://www.foxnews.com/food-drink/2018/03/01/video-homeless-man-kicked-out-mcdonalds-after-customer-buys-him-food-goes-viral.html), muestra la inflexibilidad de la funcionaria en su intento por hacer cumplir con el desalojo para el cual fue llamada por el personal de gerencia del local, a la vez que permite ver la conmovedora mansedumbre con la que aquel pordiosero trataba de explicarle que lo único que pretendía era ingerir un poco de alimento y abandonar el sitio sin causar problema alguno.

Como si las recurrentes masacres desatadas por afiebrados cultores del derecho al porte de armas en escuelas y centros comerciales no fueran suficiente. Como si el odio racial y el desprecio a los inmigrantes fuera todavía poco para esa sociedad enajenada por la codicia y el culto al dinero. La modalidad de segregación que comprende el impedimento al ser humano a desplazarse libremente por los espacios públicos por su sola condición de pobre es, sin lugar a dudas, el desbordamiento de la más demencial noción de supremacía clasista que puede imperar hoy en día en sociedad alguna, y que rige a la norteamericana en los términos del más inquebrantable dogma.

Contenidos por el temor al video que estaba siendo grabado, tanto la mujer policía como el personal de gerencia de McDonald’s aparecen claramente forzados a sobre actuar una exagerada pose de fingida mesura, imposible de ser auténtica ante el atropello a la dignidad humana que evidencia el solo hecho de haberse producido la llamada al cuerpo policial para que desalojaran del sitio al buen hombre, y que la policía la respondiera acudiendo de inmediato al lugar. “La intención es la que cuenta”, reza el dicho popular.

Yossi Gallo, autor del video y cliente del establecimiento que tuvo la bondadosa iniciativa de ofrecerle una comida a aquel pobre norteamericano, que solamente era culpable de haberse dejado ver en la vía pública igual que los millones que como él pueblan las calles de los Estados Unidos ante la inmisericorde y brutal indiferencia de los gobiernos de esa nación, fue enfático en aclararle a la oficial que el pobre no estaba cometiendo delito alguno, porque la comida había sido debidamente cancelada y que por hacer uso de las sillas dispuestas precisamente con la finalidad de servirle de comedor a los clientes el buen hombre no estaba faltando a ninguna Ley o norma.

Finalmente, tal como lo dicta la lógica del capital, ambos hombres fueron desalojados del establecimiento sin argumento legal alguno que soportara el infame atropello y, por supuesto, sin aceptar bajo ningún respecto las protestas ni de Gallo ni del pordiosero.

Es así porque en el capitalismo la supremacía de clase, de raza, o de credo religioso o político, se ejerce de manera estrictamente vertical. Toda tendencia a la horizontalización de la sociedad en el capitalismo es una peligrosa desviación de carácter socialista que pudiera poner en riesgo no solo la estabilidad del sistema sino la supervivencia del mismo.

Por eso, mientras en la “justicia capitalista” todo expresidente ultraderechista debe ser siempre absuelto de toda incursión en delitos de cualquier naturaleza (ya sea con base o no en pruebas tangibles e irrefutables), todo líder popular progresista o de izquierda deberá ser condenado por esa misma “justicia” en la forma más inmediata, aun cuando no existan pruebas o evidencias ni siquiera medianamente creíbles, o juicios que las soporten.

Tal es el abominable caso que le ha seguido la “justicia” brasileña al expresidente Luiz Inacio Lula Da Silva por órdenes del dictador Michel Themer.

Y como pretende hacerle el confeso corrupto de Mauricio Macri a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, en Argentina.

Para esos ilegítimos presidentes de ultraderecha, la dignidad de los millones de ciudadanos brasileños y argentinos que testimonian con su lealtad y su amor la rectitud y la honestidad de esos gigantes de las luchas populares en nuestro continente, como lo son Lula y Cristina, no tiene el menor valor ni la menor significación porque para la democracia representativa capitalista el pobre no es un actor social sino un lastre indispensable en la estructura del Estado burgués, donde el capitalista tiene que ser de manera invariable el escaño predominante y único beneficiario de la riqueza y del bienestar en la sociedad.

Jamás deberá el pobre pretender ascender en forma alguna en el capitalismo, porque eso quebrantaría la Ley fundamental de la supremacía de clase, que no es otra que la de “a mayor pobreza, mayor distancia de los ricos”, como le escuché en alguna oportunidad a una encopetada dama del Country Club.

La sociedad, concebida como idílica por las élites hegemónicas que afloran y se consolidan en el modelo capitalista, es una entidad deslumbrante y pletórica de ilusiones y paradigmas de grandeza que trascienden la comprensión humana y calan en lo más hondo del alma de los capitalistas precisamente por esa cualidad ensoñadora y fantasiosa del modelo.

La fuerza de esa ilusión es la que lleva a los “ofendidos” del exilio venezolano en Miami a indignarse porque alguien use aquí las mismas expresiones que ellos usaron desde siempre contra el oficio de lavar pocetas, para preguntarles por qué razón se vanaglorian hoy en los Estados Unidos de llevar a cabo exactamente esa misma labor de la cual denigraron toda su vida en nuestro país, y que los hace ahora embarrarse de excremento gringo con el más exquisito placer por el solo hecho de tratarse del dulce detritus de quienes ellos veneran como supuestos arquetipos de sociedad desarrollada.

Reciben en promedio una paga de dos dólares por poceta y se creen el cuento del ascenso social en una sociedad que no tolera el ascenso de aquellos que considera marginales, mucho menos si son latinos, porque comparan el valor de ese papel inorgánico que allá sirve de moneda con el costo demencial de los productos en Venezuela que ellos mismos han elevado artificialmente con su criminal empeño de años en hacer de Dólar Today el arbitrario marcador oficial del tipo de cambio de la divisa en el país.

Por ineptos, no vislumbraron nunca que la inflación por ellos inducida terminaría siendo una inexorable espada de Damocles sobre su cabeza. Es decir, que su demencial y estúpida ecuación terminaría en la práctica sin tener sentido alguno, tal como lo vemos hoy en la comercialización de todo tipo de productos en el país, porque… ¿Qué sentido tiene obtener cada vez más bolívares por dólar, si a la par obtienes cada vez menos productos por bolívar?

Es estúpido presentar como triunfo la sobrevivencia a base de propinas cuando argumentaste que te ibas al paraíso de las oportunidades a desarrollarte como científico o como empresario prominente porque allá supuestamente sí se reconocía el valor del talento humano, y luego nos vengas con que el único reconocimiento posible es el de la aptitud para un trabajo que en ese país nadie quiere hacer mientras considere que haya quien por unos cuantos centavos no tenga problema alguno en hacerlo.

Eso no es éxito.

En ese país éxito es el del gringo que se hace millonario a costa de explotar latinos.

Que no te maten a un hijo en la escuela en las prácticas cotidianas del tiro libre callejero que su arcaica constitución consagra.

Que no asesinen a tu esposa en un centro comercial por la misma lotería de la balacera loca.

Que no te maten a un hermano porque un policía descubrió que era negro.

O que no te maten a ti mismo, porque entraste a comerte una hamburguesa en cualquier McDonald’s sin ver el denigrante aviso capitalista de “Se reserva el derecho de admisión”.

Aviso parecido a aquel que había en todos los restaurantes en Venezuela antes de llegar la Revolución Bolivariana con su propuesta profundamente humanista de inclusión y de igualdad social, para permitir que por primera vez en nuestra historia los restaurantes se llenaran de pueblo.

@SoyAranguibel

¿Existe en verdad una oposición política en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá de la incongruencia que resulta el hecho de que un sector de la población venezolana que se dice opositora acuse de incompetente al gobierno del cual ella misma forma parte en ministerios, gobernaciones, alcaldías y demás organismos públicos del Estado, en los cuales tiene participación y responsabilidades en la mayoría de las políticas que cuestiona.

Más allá de la insensatez opositora que comprende reivindicar como símbolo de lucha contra una ficticia dictadura una Constitución negada furiosamente por más de tres lustros por esa oposición, y cuyos promotores (de la Constitución) son exactamente los mismos revolucionarios a quienes acusa de dictadores.

Más allá del demencial exabrupto que significa oponerse en forma frenética a una elección por la cual esa misma oposición recorrió el mundo entero implorando por “libertad” y “democracia”, y que la llevó a tomar las calles para incendiar vivos a seres humanos que supuestamente representaban al gobierno que, según el discurso opositor, impedía la realización de esa elección por la cual tanto luchaban.

Incluso más allá del desquiciado hecho de denunciar como fraudulenta una elección que todavía no se ha llevado a cabo, y a la cual acusa de ventajista por el vergonzoso percance opositor de no haber encontrado entre ellos mismos una figura de consenso que pudieran presentar, para terminar conformándose con un candidato de relleno con el cual hay más desacuerdos que afinidades, la oposición venezolana podría ser definida como cualquier clase de fenómeno sociocultural, pero jamás como un actor político.

La llamada oposición venezolana, además de insustancial, contradictoria e incoherente, como ha sido siempre, ha rehuido de manera sistemática toda posibilidad de identificación con corriente de pensamiento alguno que permita definir con claridad su ubicación en el espectro ideológico.

No existe en los anales de la teoría política el caso de ningún movimiento, organización o agrupación partidista, que asuma como doctrina una propuesta discursiva basada exclusivamente en la difamación y la acusación infundada contra el adversario político, como es el caso de la oposición venezolana. Ni siquiera en las circunstancias en las que la confrontación entre facciones adversas pasó de lo racional a lo violento, como sucedió, por ejemplo, en la guerra de independencia venezolana, donde, a pesar de la crudeza e imprevisibilidad cotidiana del combate, el desarrollo de las ideas del Libertador no cesó ni un instante en su admirable profusión y alcance como pensador y genio de la política.

Una muy particular excepción a la elemental norma de la coherencia y de la sustentabilidad ideológica que debe regir a todo movimiento político, podría ser el caso del insólito “Movimiento Anarquista Organizado”, que en alguna ocasión me topé en la ciudad de Valparaíso, en Chile, porque es perfectamente comprensible que sin una mínima disciplina incluso los anarquistas están condenados al más estrepitoso fracaso.

Aun así, en la incongruencia puede haber legitimidad. La diversidad de las ideas no tiene que ser entendida de ninguna manera como insustancialidad o inconsistencia. En el espacio de la pluralidad ha existido a lo largo de la historia la extensa panoplia de corrientes políticas que surgieron desde la ultra izquierda más recalcitrante hasta la ultra derecha más reaccionaria, pasando por todas las formas de centralismo político que se han conocido.

Pero la autodenominada “oposición venezolana”, revisada escrupulosamente bajo el tamiz de la teoría política, no encaja, ni con mucho, en ninguna de esas variaciones o corrientes ideológicas. Que la denominación de “oposición” sea la más cómoda en términos lingüísticos, es una cosa. Que lo sea en verdad, otra muy distinta.

Cuando se examina con detenimiento el discurso opositor a lo largo de los últimos dieciocho años, se encuentra sin la más mínima dificultad que la ley física que más expresa a la oposición es aquella que enuncia que dos ondas opuestas terminan por anularse mutuamente a medida que aumenta su desfase.

La oposición no ha hecho otra cosa que anularse una y otra vez en cada escenario del debate que ella misma ha planteado en algún momento. En 2001 se opuso furiosa a la extensión de la apertura del registro electoral, aduciendo razones insustanciales. Un año después (el mismo año en que eliminaba en el decreto dictatorial de Carmona todos los cargos de elección popular en nombre de la democracia) protestaba por el cierre de ese mismo registro acusando al gobierno de cercenarle el derecho de inscripción a los nuevos votantes. La octava estrella en el Pabellón Nacional fue otro motivo de aguerridas manifestaciones opositoras que se anularon con el beneplácito por su gorra de ocho estrellas. El repudio al captahuellas en un primer momento, quedó en el olvido a la hora de acusar al gobierno de querer eliminarlo. Hoy piden a gritos que el gobierno imponga los controles de precios a los que se opuso toda la vida y pega el grito en el cielo por una inflación que ellos mismos promovieron desde Miami.

Tal como lo advirtió siempre el comandante Chávez, ideológicamente hablando la oposición es completamente nula. Es “la nada”, según las palabras exactas del líder máximo de la Revolución.

Ahora, si no se comprende que el descalabro actual de la oposición, es sin lugar a dudas un momento de excepcional oportunidad para la Revolución en términos ya no simplemente electorales sino en razón del extraordinario triunfo que significa ver difuminada a una derecha canalla que no cejó ni un segundo en su empeño por intentar exterminar al chavismo, y cuyas profundas divisiones y conflictos internos no son sino el reflejo de la derrota abismal de un sector que se hizo aparecer a sí mismo como el poderoso contendor que estaría siempre a punto de lograr acabar con la revolución, entonces no estaríamos haciendo nada confrontándolo con tanta tenacidad si llegado el momento del verdadero avance no hacemos valer el triunfo como corresponde.

En este aspecto, la Revolución Bolivariana ha mostrado serías debilidades en términos de comunicación política.

Seguir hablando todavía hoy en todos los noticieros, los programas de opinión, en los discursos oficiales y en las declaraciones de los partidos revolucionarios, de una Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que no existe, es una demostración más que innegable de esa recurrencia en el comunicacional, que quizás no tenga tanta importancia desde el punto de vista meramente semántico, pero que sí la tiene en lo que se refiere a la posibilidad cierta de consolidar la paz de la que es partidaria la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos, porque de no ser así solo reforzamos la equivocada percepción que muestra a Venezuela en el mundo como un atolladero de conflictividad política irremediable, estancado, y sin esperanza alguna de superación ni siquiera en el mediano plazo.

No se trata de desconocer con triunfalismos insensatos (como hace la oposición con el chavismo) la innegable existencia de un sector del pueblo que es opositor y que, sin llegar ni de lejos a ser mayoría, existe y se expresa, tal como lo consagra y garantiza la revolucionaria Constitución de la República Bolivariana de Venezuela.

Pero ese pueblo opositor, cualquiera sea su número, no es la MUD. La MUD fue en un momento de nuestra historia el tinglado electorero que un sector de oligarcas mercenarios encontró oportuno para tratar de hacerse del poder y adueñarse así de las riquezas y posibilidades de las venezolanas y los venezolanos e instaurar el neoliberalismo que sumiría al país en la más insondable miseria. Algo en lo que fracasó ya rotundamente.

Si queremos que se admitan universalmente el logro y la legitimidad que representan la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, la paz que con ella se conquista, los avances del gobierno frente al infame bloqueo desatado contra nuestra economía, y el promisorio bienestar que auguran el Petro y las demás acciones revolucionarias en pro de nuestro pueblo, para asegurar así que la reelección de Nicolás Maduro sea verdaderamente incontestable, entonces es imperioso dejar claro ante el mundo que Venezuela sigue avanzando en medio de las dificultades y los obstáculos pero con rectitud y constancia.

Nos corresponde en esta hora de gran impulso revolucionario demostrar que estamos avanzando efectivamente en la construcción de una esperanza cierta de progreso, no solo en términos electorales sino en la medida en que dejamos atrás el aciago escenario de confrontación irracional en el que nos quiso sumir en algún momento una derecha que ficticiamente le hizo creer al mundo que tenía el poder de arrodillar a nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

Desigualdad: ese bien inestimable del capitalismo

Por: Alberto Aranguibel B.

En una de las escenas de mayor tensión en la legendaria película de Hollywood “La invasión de los ladrones de cuerpo” (Invasion of the body snatchers, 1956), los maléficos emisarios de los alienígenas (los comunistas) que quieren acabar con el mundo erradicando el amor del cerebro humano, conminan al doctor Miles Bennell para que acceda a dormir por unas cuantas horas, que es lo único que necesitan los extraterrestres para adueñarse del cuerpo de la gente.

“No te hará ningún daño -le dicen- Antes o después tendrás que dormir. Te equivocas al oponerte, pero a la largan nos estarás agradecido.”

En la película, dirigida por el renombrado anticomunista Don Siegel, el buen doctor Bennell hace esfuerzos sobrehumanos por proteger a su amada Becky de la perversa influencia de los invasores, asegurándoles que el horrible mundo que proponen, donde todos son iguales, será arrasado por el apego de los seres humanos al amor.

“Hace apenas un mes la situación en Santa Mira (el pueblo donde transcurre la historia) era difícil. Pero llegó la solución; sembraremos una semilla en cada ser humano, que sustituirá cada célula de su cuerpo sin dolor alguno. Durante el sueño esas semillas absorberán los recuerdos, los sentimientos, las emociones, y al despertar habremos nacido en un mundo de paz”, le explican al doctor los alienígenas.

“¿Un mundo en el que todos son iguales?… ¡Qué mundo!… Los demás seres humanos os destruirán”, les refuta el galeno.

El discurso de ese grotesco panfleto anticomunista (considerada por los norteamericanos como una de las cien mejores películas de la historia), refleja sin el más mínimo titubeo o rebuscamiento el carácter profundamente reaccionario de la cultura supremacista que el norteamericano cultiva como filosofía en su sociedad. La trama de cientos de miles de filmes cinematográficos y contenidos televisivos difundidos al mundo entero por los Estados Unidos, parten del mismo principio clasista en todos los elementos que construyen su narrativa.

Filmada en pleno apogeo de la Guerra Fría, cuando ya el cine había desarrollado a plenitud las tecnologías del color en la cinematografía, “La Invasión de los ladrones de cuerpos” es sin embargo producida en blanco y negro, para que la sensación de desolación y de angustia que experimentaban los personajes del film fuese padecida en toda su intensidad por el espectador, habituado como está al imperceptible código de condicionamiento que inocula el cine norteamericano desde hace décadas, según el cual los colores brillantes, vivos, deslumbrantes, que conocemos en la naturaleza, solo existen en los Estados Unidos. Si la película transcurre en cualquier otra parte del mundo (en especial tras la llamada “cortina de hierro”, o de lo que ella fue) los colores serán siempre mustios, opacos, y los ambientes lúgubres, destartalados y hasta tenebrosos.

Para Hollywood la imagen del mundo no puede ser igual a la de los Estados Unidos.

La igualdad es un concepto completamente inadmisible en el capitalismo, porque en el ámbito de una doctrina que se fundamenta en la apropiación del trabajo del prójimo, su sola mención conlleva a una insalvable contradicción.

Simón Bolívar fue repudiado por las clases más poderosas de su tiempo no solamente por su sed de independencia y su profunda vocación antiimperialista, sino por su empeño en establecer en el entonces llamado “nuevo mundo” una sociedad donde reinaran la justicia y la igualdad entre sus ciudadanos.

Los problemas más severos del Libertador comenzaron en realidad cuando ya el imperio español (el más grande imperio de su tiempo), comenzaba a declinar en el horizonte americano, y las oligarquías del continente empezaron a ver la oportunidad de hacerse del poder para desplazar del mismo al más terco promotor de la igualdad que ha habido en la historia suramericana.

La doctrina de Bolívar expresada en Decretos como el de Cundinamarca en 1820, en el que se restituían las tierras a sus propietarios legítimos cualquiera fuesen los títulos que alegasen los tenedores de esas tierras; el de diciembre de 1825, en Bolivia, o el de Quito, de julio del mismo año, en el que se declaran extinguidos los títulos y la autoridad de los caciques para dar paso a las formas de gobierno del nuevo Estado bajo el precepto de “que la Constitución de la República no conoce desigualdad entre los ciudadanos”, expresaba la naturaleza profundamente humanista del proyecto libertario que desde hace dos siglos se emprendió en Venezuela.

A lo largo de toda su actuación política, Bolívar dejaba perfectamente claro ante el mundo que las ideas gatopardianas que los oligarcas le atribuían, según las cuales la lucha independentista solo debería servir al rastrero propósito de desplazar del poder al reino español para colocar en el mismo no al pueblo sino al mantuanaje criollo, pero siempre bajo el mismo esquema esclavista y clasista con el que se fundó la colonia, no tenían cabida alguna en la concepción del Padre de la Patria.

Esas ideas de igualdad social desataron desde un primer momento de nuestra historia como repúblicas la furia de una oligarquía retardataria y pendenciera, obcecada con la idea del poder como un botín de guerra, que entiende las inmensas fortunas bajo su control como el arma que definirá siempre la contienda entre los ricos y los pobres.

Es lo que lleva hoy a esos sectores dominantes del gran capital a despreciar con la más virulenta saña al humilde que comulga con las ideas de inclusión e igualdad que propone el socialismo bolivariano impulsado por el comandante Hugo Chávez en el país y continuado hoy por el presidente obrero Nicolás Maduro Moros.

Cuando se examina la catadura moral de cada uno de los líderes de la derecha reaccionaria que hoy se confabulan nacional e internacionalmente contra el legítimo derecho a la autodeterminación de nuestro pueblo, los mismos que promueven para Venezuela el modelo de “democracia” que pretende imponer los Estados Unidos en el mundo a punta de bombas, destrucción, muerte, y cercos económicos, se encuentra sin la menor dificultad el mismo perfil sociológico del energúmeno que repudia la contundencia e irrefutabilidad de las cifras históricas de reducción de la desigualdad social que enrostra hoy Venezuela como uno de los mayores logros de la Revolución Bolivariana en lo que va de siglo XXI, tal como lo expuso el VicePresidente Ejecutivo de la república, Tareck El Aisami, en la rendición de Memoria y Cuenta del Ejecutivo Nacional esta misma semana ante la Asamblea Nacional Constituyente (ANC).

Por esa reducción de la desigualdad se persigue desde el más sanguinario e inmisericorde imperio de todos los tiempos a Venezuela y se pretende acabar con su modelo inclusivo de participación y protagonismo a través de la más criminal y miserable guerra económica jamás desatada contra un pueblo.

Por esa reducción de la desigualdad, labrada con la sangre y el sudor de ese gallardo pueblo que fue capaz de liberar todo un continente padeciendo las mayores penurias y sufrimientos sin pedir nada a cambio, es que la derecha no podrá retornar nunca más al poder en Venezuela.

Es exactamente lo que nos dice con el trueno chavista de su voz la vicepresidente del área política de la Revolución y Presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), Delsy Rodríguez Gómez, cuando proclama que “más nunca entregaremos el poder a un representante de la derecha”.

Entregaremos, por los siglos de los siglos, a una venezolana o a un venezolano que crea a cabalidad en la igualdad y en la justicia.

Es decir; entregaremos siempre a un chavista.

 

@SoyAranguibel 

Ayer fui a la Iglesia

Por: Alberto Aranguibel B.

(26 de diciembre de 2017)

Estaba abarrotada de fieles que apretujaban entre sus manos las cuentas de sus rosarios como tratando de extraerles aunque fuera un pedacito de la gloria que el Cristo redentor promete.

A escasos metros, frente a la imagen del Sagrado Corazón, estaba el miserable que apenas ayer pretendió que le pagara medio kilo de queso al triple del precio en que me lo había vendido dos días antes.

Cerca de él, como si no se conocieran, el dueño del supermercado que vive remarcando precios a toda hora sin justificación alguna, suplicándole también al Altísimo, hincado de rodillas.

A un lado, medio oculto por los pendones de la natividad, el sinvergüenza que bachaquea a domicilio los productos de Mercal, que logra obtener con el Carnet de la Patria y que luego revende a diez veces su precio.

Casi frente al altar, como a punto de estallar en llanto por la emoción de ver tan de cerca la Virgen de la Coromoto, la cretina que estafa a la gente vendiendo los puestos en las colas, so pena de meterle cuatro puñaladas a quien no le pague.

Minutos antes de iniciada la misa chateaban por el celular maldiciendo a Maduro y pidiendo la muerte para los chavistas mediante el más cruel método posible.

Pero al empezar a hablar el cura, se concentraron junto a sus familiares en el piadoso ritual que conmemora el nacimiento del Niño Dios.

Solo con verlos se percibía cómo se remontaban a lo que debió haber sido el suplicio de José y María recorriendo los desiertos en búsqueda de alojamiento para dar a luz, porque la respiración se les entrecortaba y los ojos se les aguaban.

Les conmovía hasta el dolor que Dios viniera al mundo sobre la paja de un granero inhóspito, rodeado de animales y embarrado en estiércol.

Gemían de dolor imaginando el sufrimiento de aquella pobre gente y se abrazaban con la mayor fuerza entre los suyos cuando el cura indicó que había que darse la Paz en señal de expiación definitiva de los pecados.

Al salir, secaron sus lágrimas, saludaron con humildad a la feligresía que caminaba junto a ellos, retomaron sus celulares y ordenaron a sus empleados, que habían dejado en el puesto de buhonero, en la panadería, en la cauchera, en la ferretería, en el abasto y en la quesera, mientras ellos acudían a escuchar la palabra salvadora de Cristo, que subieran los precios de todo.

Me importa un coño quien haya nacido”, les decían a sus “empleados” a gritos.

@SoyAranguibel

El viejo y descabellado mito del zamuro que cuida carne

Por: Alberto Aranguibel B.

“Una cosa es dar agua y otra es pedirla”
Aristóbulo Isturiz

Warren Buffet es un decrépito multimillonario norteamericano que lo único que ha hecho en su vida desde que era muchachito es acumular dinero gracias a su proverbial destreza para la especulación en el mercado bursátil.

La leyenda de los Estados Unidos como “la tierra de las oportunidades” tiene su origen en la ancestral cultura de la especulación y la explotación del hombre que en ese país en particular se ha instaurado como base fundamental del modelo económico. En la lógica de la especulación no existen la figura del sacrificio ni del apego al trabajo como factores determinantes, sino la astucia y la capacidad para conseguir que otros trabajen para ti al menor costo.

Esa excepcional capacidad para tener mucho sin hacer nada, explica la fascinación que despiertan los ricos entre la gente común. La idea de que para hacer plata lo que se necesita es solo un poco de buena disposición y olvidarse, eso sí, de los problemas de los demás.

Por eso para el promedio de la gente en los Estados Unidos resulta absurdo pretender hacerse rico pensando en el bienestar colectivo. La acumulación de la riqueza es imposible si el dinero se distribuye en muchas manos, de modo que la sola idea del “bien común” termina siendo una abominación a toda costa inaceptable para el capitalismo.

Por eso los rasgos que más definen al capitalista son por lo general la avaricia y la mezquindad. Rasgos invariables de una naturaleza perversa que el capitalismo esconde tras la fingida nobleza de la competitividad empresarial. Una nobleza pensada meticulosamente para maquillar de benevolencia el carácter depredador del capitalismo.

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Por eso Buffet, quien encabeza desde hace un cuarto de siglo junto con su amigo Bill Gates la lista de los hombres más ricos del planeta, anunció que donaría toda su fortuna a la Fundación Bill y Melinda Gates, dejando claro ante el mundo que lo más importante para un buen millonario es procurar que el dinero quede siempre en manos de los ricos y jamás en manos de los pobres. Para él es evidente que alterar esa ecuación significaría el derribamiento del capitalismo.

Por eso el norteamericano no ha elegido nunca a un mandatario por su condición de millonario.

A Donald Trump acaban de elegirlo no por magnate sino porque prometió desterrar a los inmigrantes y fortificar las fronteras nacionales. En esa elección prevaleció el terror del norteamericano a la posibilidad de ser atacado por fuerzas extranjeras infiltradas en el país o a quedarse sin trabajo con su sola llegada. Una vez más se les vendió que la pobreza es culpa de los pobres.

El error de creer en el mito del empresario que salvará al país, lo cometen desde siempre los latinoamericanos. Y eso tiene su explicación.

En primer lugar que los latinoamericanos fueron despojados desde hace siglos de su vocación colectivista originaria. Una concepción diametralmente opuesta a la visión imperialista del progreso, en la que el esfuerzo se centraba en la construcción colectiva del bienestar para todos, y que le fue arrebatada con la imposición a sangre y fuego del mesianismo redentor que prometía la religión cristiana, lo que terminó propiciando la dependencia del sueño de la salvación asociada siempre a un caudillo y no a un proyecto de país o a un modelo de sociedad.

Luego, porque la creencia sembrada desde entonces en nuestros pueblos es que el millonario vendría a ser una suerte de genio prodigioso que dominaría como nadie las inescrutables artes de la superación de la pobreza.

Si algo ha logrado el imperio a través de la historia, es convencer a la gente de que su poderío se debe a la gestión de una clase empresarial multimillonaria que habría levantado a esa nación desde sus cimientos a punta de la más estricta disciplina y sumisión al modelo capitalista y no al saqueo a las economías emergentes del mundo.

Por creer en ese mito del millonario redentor muchos han sido los fracasos de los pueblos latinoamericanos. Pablo Kuczynski, el actual presidente del Perú, es solo uno de los más recientes. Hoy la misma sociedad que lo eligió hace un año, le pide la renuncia para iniciarle un juicio por corrupción.

Michel Themer, en Brasil, y Mauricio Macri, en Argentina, completan el desolador panorama del nuevo liberalismo en el Continente, precedidos por los presidentes mexicanos (y uno que otro centroamericano y suramericano) del último cuarto del siglo XX. Todos, sin excepción, amasaron grandes fortunas a costa del sufrimiento de sus pueblos.

En Venezuela, incluido el proverbial fenómeno de la fugacidad dictatorial de Pedro Carmona Estanga en 2002, fueron muchos los casos de los multimillonarios que se asomaban al poder para hacerse cada vez más ricos a la vez que hacían al pueblo cada vez más pobre. Pedro Tinoco, quien fuera en varias oportunidades Ministro de Finanzas y Presidente del Banco Central durante los gobierno del Pacto de Punto Fijo, fue uno. Eugenio Mendoza Goiticoa y Lorenzo Mendoza Fleury, los más avezados aprovechadores con los que en mala hora ha contado la República.

Lorenzo Mendoza Giménez, sobrino nieto y nieto de estos últimos, y dueño de una de las fortunas mas grandes del Continente, es el depositario y máximo exponente criollo de esa cultura del enriquecimiento empresarial basado en la destreza para exprimir al Estado y hacer cada vez más dinero sin matarse mucho. Igual que Warren Buffet, que todos sus ancestros, y que todos los demás multimillonarios del mundo y de la historia, Lorenzo Mendoza Giménez es considerado por mucha gente como un ejemplo de capacidad y tenacidad gerencial en virtud de la inmensa cuantía de su fortuna personal.

Pero Lorenzo no es sino un pobre multimillonario que lo único que tiene es dinero. A lo largo de la peor crisis económica en la historia del país, y en medio del padecimiento más severo del pueblo por la falta de los alimentos que su empresa debiera producir, no ha habido manera de que explique cómo es que mientras el sufrimiento de la gente crece cada vez más buscando la comida que él dice no estar en capacidad de proveerle al mercado venezolano por las supuestas limitaciones económicas que afectarían hoy a sus empresas, su aventajada posición en el ranking de los más acaudalados magnates del mundo crece en la misma proporción.

Pues, por exactamente la misma razón por la que Warren Buffet es uno de los hombres más ricos de la tierra; porque si pensara en el pueblo no sería multimillonario.

De ahí que cuando un millonario asume las riendas del Estado, su trabajo no es nunca a favor de la gente sino todo lo contrario. Porque ni su mente ni su capacidad están entrenadas para la gerencia de procesos diversos y complejos como los que demanda la administración pública. Y mucho menos para la atención a aquellos a quienes el capitalismo ve como vulgares herramientas de producción, que valdrán siempre solo de acuerdo a su capacidad de producir riqueza y no en función de su derecho a la vida.

El capitalismo ordena que el ser humano debe ser expoliado en nombre de las fortunas que necesitan incrementar los ricos. Es lo que sostiene orgullosa de su condición neoliberal Christine Lagard, Presidenta del Fondo Monetario Internacional del cual Lorenzo Mendoza es fervoroso incondicional, cuando exige a los gobiernos del mundo “que se recorten las prestaciones y se retrase la edad de jubilación ante el riesgo de que la gente viva más de lo esperado”.

La fábula del rico que trabaja para el pueblo conduce exactamente al mismo desengaño del iluso que pone zamuro a cuidar carne. Ese error ya lo cometió el pueblo venezolano en 2015, cuando permitió que la derecha neoliberal se hiciera con el poder legislativo creyendo que por tratarse del sector político de los empresarios las cosas se reencausarían por la senda del bienestar económico que el país logró en toda su historia solamente a lo largo de la Revolución Bolivariana.

Ahí está Chile, a punto de cometer de nuevo el mismo error con Sebastián Piñera. Ahí están, como hemos dicho, las impopulares gestiones de Themer en Brasil, de Macri en Argentina y de Kucshinsky en el Perú.

Ya llega el 2018. Un año en el que estas reflexiones tendremos que hacerlas como pueblo con la mayor madurez y el más profundo compromiso revolucionario. Sin apasionamientos bastardos ni mediciones estúpidas, sino con un alto sentido patriótico y bolivariano de la unidad popular. Tal como la pidió Chávez.

@SoyAranguibel

El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

Constituyente: de la ilusión a la realidad económica

Por: Alberto Aranguibel B.

Creo que toda impostura es indigna de un hombre probo, y que es una bajeza disfrazar la condición en que hemos nacido para presentarse al mundo con un nombre usurpado y queriendo hacerse pasar por lo que no se es.” Dorante / Moliere

Chávez llega al poder en 1998 por una sola razón; Venezuela, según la geopolítica mundial, era una nación del llamado “tercer mundo” aún a pesar de contar con las más grandes potencialidades para ser un país de primer orden.

Era un país subdesarrollado, que lo fue desde el inicio de los tiempos, montado sobre el barril de petróleo más grande del planeta, del cual no se beneficiaba en lo más mínimo la mayoría de la población, que padecía de mengua sumida en la más abyecta miseria.

Jamás estuvo Venezuela ni cerca de llegar a ser un país de ese primer mundo, ni en lo industrial, ni en lo económico. La locura de la llamada era del “’ta barato, dame dos”, no era sino una muestra del desangramiento de nuestra moneda mediante una compulsiva voracidad consumista sin rédito alguno, que alimentaba la ilusión de riqueza a la que la gente aspiraba porque provenía de un país que ha logrado la apariencia de su poderío y de su vida confortable gracias al saqueo de cientos de pueblos y naciones del mundo a través de los siglos.

Toda esa generación de mayameros que le puso la guinda al descalabro de la cuarta república y terminó de hacer fracasar el modelo puntofijista, sembró en el país la pueril idea de que el capitalismo es capaz de generar bienestar social porque por las calles de los Estados Unidos por donde esos mayameros frecuentaban y frecuentan todavía hoy, se respira orden, abundancia y prosperidad.

Una improductiva gastadera en baratijas electrónicas y perfumería barata, que alimentó el delirio en amplios sectores del país según el cual en el gigante del norte se encontraba el paraíso terrenal, donde con unos cuantos dólares, sacados de Venezuela a como diera lugar, se podía alcanzar aquel fastuoso estatus con el que viven los que en esa nación pueden acceder a ese inicuo bienestar, del cual en realidad solo se aprovecha un ínfimo porcentaje de la población norteamericana.

El arribo de Chávez a la escena política lo determinó la pobreza que padecía un pueblo que necesitaba aprender a construir un modelo de justicia e igualdad como nunca antes habíamos tenido, donde la riqueza se usara con equidad y sentido humano y no con la idea de servir a las grandes corporaciones que nos desangraron desde siempre.

Pero a la par de esa titánica lucha que se planteaba el Comandante por hacer realidad lo nuevo, había que asumir la tarea de desmontar lo viejo. En eso, la idea de la fastuosidad del lujo y el confort era un vicio tan enraizado en la cultura consumista de la sociedad que construir el socialismo era casi más fácil que intentar acabar con ese mal que carcomía a nuestra sociedad en todos los niveles. Creímos ser lo que no éramos; Chávez se cansó de alertar en ese sentido.

A la gente había que construirle viviendas, que eran indispensables en un modelo humanista como el que Chávez planteaba. Había que asegurarle servicios gratuitos como la educación y la salud. Había que brindarle justicia social a través del subsidio a las tarifas de los servicios públicos, los alimentos y las medicinas, que en nuestro país terminaron siendo, gracias al a Revolución bolivariana, las más baratas del continente.

A diferencia del capitalismo, en el socialismo el dinero rinde menos (porque se está repartiendo entre toda la población y no entre una pequeña élite de capitalistas acaudalados), y eso hizo que costara cada vez más esa inmensa inversión social que estaba haciendo en Venezuela para que la población pudiera no solo tener acceso a alimentos y medicinas a bajo costo, o a la gratuidad de la vivienda y de la educación o la salud, sino que pudiera optar a lo que en el mundo capitalista es impensable, como el aseguramiento de la estabilidad laboral, el incremento salarial garantizado, así como la posibilidad de contar con pensión de vejez, ente muchos otros beneficios que el neoliberalismo les niega de manera sistemática al trabajador, a la mujer, al anciano y al joven.

Sin embargo hubo mucha gente que no entendió de qué se trataba. Que creyó que viajar por el mundo como si fuéramos ricos, derrochar en exquisiteces y licores refinados como ningún otro país, gastar a manos llenas en cuanto artefacto electrónico se inventara en el mundo, hacer del raspado de cupos electrónicos una industria internacional, acaparar, especular, contrabandear, y fugar capitales, no serían para nada factores tan perturbadores que acabarían con nuestra economía, empezando por acabar la de los propios inconscientes que así actuaban.

Ya no solo desde la derecha, falsaria, embaucadora y miserable como es, sino desde las propias filas revolucionarias, un sector importante de los venezolanos dedujo por cuenta propia que el bienestar que con tanto esfuerzo estaba construyendo el socialismo bolivariano que Chávez proponía, era la cristalización en nuestro suelo de ese idílico paraíso donde el dinero debía correr a raudales en forma incontenible, sin importar de dónde tuviera que salir semejante maná de la locura, ni cómo tendría que hacerse para merecerlo.

En menos de quince años pasamos de la miseria y el hambre más desesperanzadora a la bonanza de la gratuidad y el bajo costo sin precedentes en la historia, y nadie sacó ni la más mínima cuenta de por qué tendríamos que tener derecho a tan disparatada circunstancia, sin aportar ni esfuerzo ni talento, sino simplemente suponer que el gobierno estaba en la obligación de proveerla so pena de sacarlo del poder a punta de violencia.

Mucho menos reflexionamos como sociedad acerca de cuán riesgoso podría llegar a ser el delirio que nos consumía, exactamente en la misma forma en que nosotros consumíamos los dólares que nos llevaban a la crisis que hoy padecemos.

Irresponsables intelectuales de izquierda se plegaron al coro de fariseos que acusaron de reformista al Presidente Maduro porque no liberaba los precios y permitía el libre juego de la oferta y la demanda por la que clamaba el neoliberalismo para acabar con toda posibilidad de justicia social en el país. Una suerte de “socialismo a base de dólares” era lo que pretendían.

Solo en Venezuela se ha producido el insólito fenómeno de la gente que despotrica contra el gobierno que le está asegurando el bienestar en medio de la más inclemente guerra económica que país alguno haya padecido, a la vez que pretende que la vida siga su curso en las mismas condiciones idílicas en las que desde hace décadas ha pretendido que debe ser la vida en una nación que, por mucho que hayamos avanzado en inclusión social y en fomento de nuestra potencialidad productora, no ha dejado de ser una pequeña nación del tercer mundo, sin capacidad industrial ni fortaleza económica que nos permita competir en el ámbito capitalista de las grandes potencias.

Nuestro único activo para esa competitividad, es el petróleo. Y su precio se vino abajo.

No cabe en cabeza alguna que siendo el propietario del más grande yacimiento petrolífero del planeta, nuestro país esté destinado a la ruina económica, ni mucho menos. Pero no entender que esa caída abismal del ingreso afecta severamente la economía de la nación, es toda una insensatez.

Levantarse de una crisis tan implacable en medio de una guerra brutal que persigue acabar con nuestra economía, es la labor más ardua que gobierno alguno pueda enfrentar sin acudir a medidas que pongan en riesgo o den al traste con las conquistas del pueblo en términos de inclusión y justicia social.

Aún así, el gobierno del Presidente Maduro lo ha logrado. Hoy el país avanza gracias a una Asamblea Nacional Constituyente que le permitió al país salir de la vorágine de la violencia en la que estábamos sumidos, en medio de la cual era impensable toda posibilidad de recuperación económica, social o política.

Pero alcanzar la paz no es consolidarla. Ese es solo un primer paso en la titánica tarea de recuperar la senda del bienestar económico que nos deparó por primera vez en nuestra historia la Revolución bolivariana. La recuperación económica necesita de manera impostergable la estabilización plena del país. Necesita la consolidación de esa paz de la cual dependerá el rescate de la confianza de los inversionistas, la estabilidad del mercado, la reducción de las distorsiones.

Se necesita poner las cosas en orden con mucho sentido de la responsabilidad para ayudar efectivamente al presidente Maduro a tomar las decisiones a que haya lugar para acabar con la usura, con la especulación, con los delitos económicos contra los cuales no ha podido luchar el Gobierno por el obstruccionismo y el saboteo impuesto por una oposición vendepatria y golpista.

Es exactamente ese el trabajo que ha venido llevando a cabo a lo largo de estos últimos quince días la Asamblea Nacional Constituyente como poder plenipotenciario emanado del pueblo. El de la estabilización del país, en primer lugar, para pasar de inmediato a la toma de decisiones que faciliten el trabajo del Primer Mandatario en el rescate del bienestar que la Revolución bolivariana le ha asegurado al pueblo desde siempre.

A partir de esta misma semana, esa inmensa mayoría que votó por hacer realidad esa economía posible, no ficticia ni virtual como la que ofrece el neoliberalismo, sino factible y perdurable para todas y todos los venezolanos, verá los primeros resultados del esfuerzo que desde esa instancia estamos librando.

@SoyAranguibel

Joseph Stiglitz: “Las élites se equivocaron al ofrecer que la liberalización traería economías más sanas”

Barcelona (España), 18 jun (EFE).- El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz considera que la respuesta de los gobiernos a la crisis económica explica el rechazo actual a la globalización, representado por políticos como el Presidente de EU, Donald Trump, y la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen.

“Las élites dijeron que la globalización beneficiaría a todo el mundo, que desregular y liberalizar el mercado conduciría a un crecimiento más rápido y una economía más estable. Estaban claramente equivocadas”, afirma el economista en una entrevista con Efe.

En su opinión, en Europa ha sucedido lo mismo. “El euro era un proyecto que iba a traer prosperidad a todos los países y, claramente, ha fracasado”, razona Stiglitz.

Para el economista, lo “peligroso” es el “descrédito de las élites”, fomentado por políticos como Trump y Le Pen cuando proclaman que “las élites no saben nada”.

Stiglitz advierte de que esto “mina la fe y la confianza en las instituciones”, órganos que considera que son “necesarios” para que una sociedad funcione.

Según el Nobel, una solución para esta situación consistiría en potenciar los sistemas de “protección social” en contra del proteccionismo que promueven Trump o Le Pen.

Sin embargo, no considera que la renta básica universal que algunos partidos promueven sea la solución, porque no cree que “nadie quiera recibir solo un cheque con dinero sin hacer nada”.

Respecto a España, considera que el hecho de que Europa piense que la salida de la crisis en este país es un éxito, evidencia el fracaso colectivo europeo y relaciona directamente la recesión sufrida por los españoles con las políticas de austeridad impuestas por la eurozona.

Asesor del ex Presidente del Gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero cuando estalló la crisis económica en 2008, reconoce que la “sorpresa” no fue que ésta fuera tan “severa” para España, ya que “se esperaba” por sus desequilibrios previos y la burbuja inmobiliaria.

Pero considera que se vio agravada por las políticas de la eurozona, a las que califica como especialmente “duras” y que alargaron la recesión.

El euro “ha contribuido a la creación de la crisis económica porque los mercados, irracionalmente, pensaron que, como no existían tipos de interés que diferenciaran a los países europeos, no había riesgo. El dinero fluyó hasta España y no había manera de parar ese flujo”, explica el premio Nobel.

“Los gobiernos deberían haber tomado el control de la situación para prevenir abusos, pero la ideología del euro lo impidió”, según Stiglitz.

Por ello, el economista defiende que esta crisis supone una “década perdida” para España y Europa y prevé que pasarán muchos años hasta que se vuelva a la normalidad.

Fuente: sinembargo.mx

Roberto Cobas Avivar desmonta propuesta neoliberal de Víctor Álvarez

Víctor Álvarez: ¡Yo también me sumo, contra la Revolución todo vale …!

Por: Roberto Cobas Avivar

“La economía es algo demasiado serio como para dejárselo sólo a los economistas”

Y cómo mejor darle al Gobierno revolucionario y al pueblo sino donde más le duele, en la economía. El papel, como sabemos todos, aguanta todo lo que se le escribe. Pero el pensamiento crítico revolucionario no aguanta todo lo que lee. Entonces, crucemos espadas por la Revolución Bolivariana.

No es el primer texto dónde el economista Víctor Álvarez intenta la contaminación liberal de la economía bolivariana. Adjetivo de “bolivariana” la economía no para definirle una doctrina que aún no tiene – a ello iré – sino para subrayar que es una economía en revolución, debatiéndose dentro del corrupto modo de producción capitalista “venezolano”, en medio de la brutal lucha de la muy reaccionaria clase burguesa y oligárquica criolla por el poder político del estado que, ahora con la Constituyente, se exacerba porque amenaza con escapársele definitivamente de las manos.

En esta lucha contra la Revolución Víctor Álvarez nos viene con el cuento económico de Noruega. Qué mejor ejemplo que el del “capitalismo escandinavo/nórdico” que, según los frustrados apolegetas anti marxianos de “izquierda”, es donde el postcapitalismo deveras se abre camino. Esa postverdad que nos viene a decir la mentira de que más allá del capitalismo lo que se adviene es un espacio socioeconómico y político desconocido. Sálvenos Dios de insinuar que el materialismo histórico marxiano nos identifica ese espacio como socialismo, es decir, la negación dialéctica del capitalismo.

Noruega le viene a Venezuela como anillo al dedo. ¿Qué hizo Noruega con el petróleo que no ha hecho Venezuela? – cuestiona con el título de su texto a Venezuela bolivariana el economista liberal Víctor Álvarez. Para su no solapado ataque al Gobierno revolucionario tira del cacareado Fondo Noruego de Petróleo. Señalo aquí de paso que la idea de este Fondo no ha sido blandida contra el Gobierno bolivariano sólo por Víctor Álvarez, lo hace también el economista auto considerado marxista Manuel Sutherland, asumiendo el pensamiento liberal de la economía política burguesa que receta como pananceum el llamado instrumentario económico anticíclico: ahorrar en el periodo de las »vacas gordas« para tener cuando llegue el periodo de las »vacas flacas«. Como los precios del petróleo responden a un comportamiento cíclico, según estos economistas, y como Venezuela depende del petróleo, la economía debería someterse a ese juego, cuya perversidad, asumen dichos economistas, no es de naturaleza política, sino puramente económica.

“El petróleo no es una herencia sino una deuda con las generaciones futuras” – nos ilustra Álvarez. Aquí la elemental miopía económica liberal traiciona a este intelectual otrora revolucionario. Sencillamente, no hay tal deuda con las generaciones futuras cuando la renta petrolera se invierte en programas de desarrollo social y económico. Sin esas inversiones esas generaciones estarían endeudas como lo han estado durante todos los gobiernos de la república burguesa. Pero no contento con tan aviesa afirmación, nuestro economista acto seguido ataca: “Desde que apareció el petróleo en Venezuela, la dirigencia política ha demostrado su incapacidad para asegurar un uso inteligente de la renta petrolera”.

Obsérvemos lo que nos dice este economista, nada menos que el uso de la renta petrolera en la inversión social no es un uso inteligente de la misma. “Qué dirigencia más poco inteligente esa dirigencia chavista. Desde Chávez hasta Maduro. Qué incapaces”. Estos economistas de laboratorio pierden la noción de tiempo y espacio. El espacio es Venezuela, sumida en un atraso social que condena a no menos del 80% de la población a la subsistencia en la exclusión socioeconómica, la pobreza y la miseria. En un estado de indigencia socio-material colindando con uno de los sometimientos culturales neocoloniales más aviesos que conocemos en América Latina. El tiempo es el que lleva la Revolución empujando la transformación de esa sociedad, apenas 18 años. Salvar la deuda social con el pueblo en ese espacio y ese tiempo es lo que define a la Revolución bolivariana como un proyecto humanista, un proyecto decididamente progresista.

El Fondo Petrolero Venezolano de la Revolución ha sido un fondo de activos sociales, no de pasivos económicos esperando por los ciclos que dicte la economía capitalista. En el tiempo de estos 18 años la transformación social del espacio venezolano rompe con todo el tinglado teórico-práctico de la economía burguesa a la que se sujetan como a una brocha gorda los mencionados economistas. ¿Cómo se le ve la costura gruesa al ataque contrarrevolucionario economicista?, pues cuando se constata que en la propia certidumbre del pensamiento económico burgués la educación y la salud, su decidida proyección cualitativa al conjunto de la sociedad, constituyen los pilares del desarrollo económico de un país. En un país de analfabetos, famélicos y enfermos no hay desarrollo integral económico que valga. Pero he aquí que el ejercicio económico humanista de la Dirección de la Revolución bolivariana es propio cuasi que de incapacitados mentales para estos supuestos economistas.

El economista anti liberal -sin llegar a ser marxista– Rafael Correa, ex presidente de Ecuador y líder de la Revolución Ciudadana que saca a su país del círculo vicioso de la economía capitalista, atacado con el mismo argumento del fondo petrolero noruego anti cíclico, no dejaba sobre sus pedestales las cabezas liberales que lo increpaban. Vamos a ver, el país está ante una necesidad alarmante de inversiones sociales, entonces decide guardar bajo el colchón un dinerito para cuando lleguen tiempos aún peores, calculando tener entonces con qué responder. Mientras tanto, teniendo esos fondos congelados, no se sabe, tendríamos que acudir a préstamos externos para avanzar las inversiones sociales y económicas que con urgencia necesitamos. De locos los economistas liberales burgueses.

Víctor Álvarez nos dice que no, que no hay que prestarse de nadie. “Los recursos del Fondo Noruego son invertidos en el exterior en bonos, valores, acciones, etc. y sus rendimientos son utilizados como recursos complementarios del Presupuesto Nacional”. De modo que los fondos ahorrados por la renta petrolera los invertimos en el casino financiero esperando que siempre, como afirma en el caso de Noruega, rindan buenos dividendos. Y Álvarez invita a Venezuela a hacerse dependiente de un casino, cuya astronómica acumulación de dinero responde sólo en un 10% a la economía material del mundo. Ese otro 90% es dinero ficticio, especulativo, que mantiene a la economía mundial en estado de implosión latente. Este detallito no llama la atención a los economistas que pretenden dictar cátedra de economía al Gobierno bolivariano.

Y entonces, se concluye alegremente que a los inteligentes noruegos la jugada les sale porque “se cumple a partir de unas reglas muy rigurosas y estrictas que evitan la inyección súbita de la renta petrolera en la circulación doméstica, evitando así el círculo vicioso de sobrevaluación-inflación que caracteriza a la economía venezolana”. Lqqd (lo que queríamos demostrar, en matemática).

Estimados economistas liberales, la economía venezolana no se caracteriza por el “círculo vicioso de sobrevaluación-inflación” que Uds. le achacan. La economía venezolana se caracteriza por la corrupción del modo de producción capitalista rentista que aún pervive. No tenemos un modo de producción socialista en Venezuela. Venezuela, la sociedad, está bajo el maltrato de la economía capitalista. Esa que, Ud. bien lo conoce Víctor Álvarez, es propietaria de las capacidades productivas que generan más del 70% del PIB. Anteriormente esos capitalistas eran los reyes del mercado porque el mercado no era social sino absolutamente privado. Hecho a la medida del poder de compra de la clase burguesa y cada vez menos de la llamada “clase media” que se venía empobreciendo al golpe del enriquecimiento de las clases altas, aristocracia y oligarquía. Pero cuando la Revolución empodera socialmente a las mayorías preteridas con un poder de compra ampliado, resulta que esa economía de mercado capitalista rentista, incapaz de producir como Marx indica, se va rapidito a la especulación anti económica como su Dios mercado manda. La presión inflacionaria que desata el acceso del pueblo a la renta no deviene oportunidad inversionista para los capitalistas venezolanos. Porque la economía capitalista venezolana ha sido y sigue siendo una economía compradora, según la caracterizara y definiera en términos de economía política ya hace mucho Marx. Venezuela ha cosechado el capitalismo comprador. Su burguesía apropiada del capital ha sido lo que sigue siendo: una burguesía compradora. Tuvieron y siguen teniendo el Minotauro petrolero a su favor. Lo que a todas luces dice que la revolución bolivariana aún no se radicaliza.

No es, por consiguiente, un problema de fondos petroleros. Venezuela, a diferencia de Noruega, invierte los ingresos de la renta petrolera en salud, alimentación, inversiones, vialidad y la creación de fondos para los venezolanos, como el Fondo Independencia 200, Fondo Simón Bolívar para la Reconstrucción Integral, el Asfalto y el de Empresas de Propiedad Social (EPS), además de las contribuciones al de Desarrollo Nacional (Fonden) y al Fondo Chino, por sólo indicar el espectro de los fondos venezolanos creados con el aporte de la renta petrolera, sin entrar en sus detalles. Lo que lastra la economía venezolana es un problema estructural. La renta petrolera no ha podido tener mejor uso que el que le está dando la Dirección de la Revolución, el Gobierno Bolivariano. Cuando llegaron las “vacas flacas” con la actual crisis de los precios del petróleo, inducida en esencia por los EEUU, el nivel de la inversión social en Venezuela no disminuyó. Recalquemos que se trata de inversión social y no gasto social, tal como asumen los economistas liberales. Es decir, es aquella inversión que está llamada a dar también los réditos económicos que necesita el país, recomponiendo el tejido social y desenvolviendo su capacidad educacional e intelectual de frente al desarrollo tecnológico de la economía.

Cuando la economista Pascualina Curcio demuestra en sus investigaciones y análisis el entramado de causas y efectos que desequilibran la economía venezolana los economistas liberales tipo Álvarez o Sutherland hacen oídos sordos. No se atreven al debate de mérito. Persisten en sus elucubraciones sobre los ciclos de la economía de mercado y las recetas fondomonetaristas para atemperar los desequilibrios. Hablan de hiperinflación creada por el Gobierno bolivariano, a pesar que la inflación desmedida ha sido una característica de la economía capitalista pre revolucionaria. Sencillamente hacen coro al falseamiento de la realidad económica de Venezuela que promueven los centros de poder financiero con el FMI a la cabeza.

En su artículo “Venezuela’s Inflation – Zero Hedge Repeats the Errors Printed Ad Nauseam in the Financial Press” [La inflación en Venezuela – Zero Hedge repite hasta el cansancio los errores de la prensa financiera], Steve H. Hanke, renombrado profesor en economía especializado en el estudio de los fenómenos de la inflación y la hiperinflación -un fervoroso apologista de la trasnochada economía neoclásica y militante enemigo del proceso bolivariano en tal grado que el libélulo anti económico DolarToday lo tiene como referente para sus especulaciones- demuestra que en Venezuela no existe hiperflación. La tasa anualizada en el 2016 se comportaba realmente algo por debajo del 100%, habiendo tenido un pico de algo más al 800% para agosto del 2015. Este profesor de economía no se inhibe en indicar que en Venezuela la alta tasa de inflación es inducida por la especulación, en lo que viene a coincidir con los análisis de Pascualina Curcio. “A la prensa financiera no se le debe creer el 95% de lo que dice”, remata este estudioso.

“Una entidad de referencia que sigo –expone Hanke– como el Cato Institute usa los tipos de cambio del mercado negro (léase “libre mercado”) y el principio de paridad de poder adquisitivo (PPP en inglés) que se traducen en un estimado de la tasa de inflación altamente preciso”. Fijémonos que aún este profesor acoge en la ecuación la variable del precio del libre mercado, es decir, una variable no-explicatoria como la conocemos en economía matemática, no independiente, sino consecuente, dependiente. Es una variable dependiente puesto que el precio negro, el del llamado “libre mercado”, es producto de la especulación inducida, no del movimiento real de la economía. Aún así el cálculo de la tasa de inflación del Instituto Cato da un resultado muy lejos de la supuesta hiperinflación con que los mercados financieros atacan a Venezuela. Venezuela, no olviden, tiene que ser pase lo que pase un país de alto riesgo para los inversionistas (léase: prestamistas especuladores) extranjeros. Ha de tomarse nota que la introducción del sistema DICOM incorpora un factor nuevo contra la especulación cambiara. De tal modo tendrá que variar la metodología de cálculo de la inflación venezolana del prestigiado Cato Institute, si es que quiere seguir siendo fuente de estimación “altamente precisa”.

“Contrario a lo que ha pasado en Venezuela, el Parlamento noruego legisló para utilizar el excedente del petróleo como estabilizador de la moneda nacional y lograr una baja inflación” -nos cuenta poco menos que fascinado Víctor Álvarez. Vaya, el excedente de petróleo en función de la política monetarista liberal en su lucha contra la inflación. Toda la doctrina liberal de los Bancos Centrales capitalistas que vienen hundiendo hasta las economías de los países más desarrollados industrialmente. ¿Porqué no actúa así el Gobierno revolucionario de Venezuela venezolano?. Pues porque que así lo determina la incapacidad del “gobierno de turno para (poder) gastar discrecionalmente la renta petrolera”, concluye avispado el economista.

Álvarez continúa cuesta abajo en la rodada ya de tufo neoliberal. “Para evitar un impacto negativo, está prohibido invertir en compañías que operen en Noruega” – elogia la política económica de dicho país. Vamos a traducirlo. Lo que se restringe es la inversión directa de capital (ID), es decir, la única que propicia el desarrollo tecnológico de las fuerzas productivas del país receptor, en nuestro caso, Venezuela. A cambio, encomia Álvarez la inteligencia noruega, “las inversiones deben ser realizadas en el exterior (…)”, vaya, en el casino financiero, ya que “solo los rendimientos de las mismas son los que pueden ser inyectados a la circulación interna para complementar el Presupuesto Nacional”. Toda una apología de nuestro economista a la inversión financiera especulativa. Con economistas amigos como estos, la economía venezolana no necesita economistas enemigos. A los economistas liberales venezolanos se les tienen que escapar los detalles, si de Venezuela se trata. El Presupuesto Nacional venezolano se nutre en esencia de la recaudación impositiva de la economía real interna (ca. 90% en 2017). Estos recaudos vienen superando con creces los planes de ingresos fiscales del Gobierno. Puede asegurarse que la renta del petróleo constituye un ingreso extra al Presupuesto Nacional. Es un rubro de exportación que viene a sustituir la incapacidad de la propiedad privada capitalista venezolana, dominante en la producción, para generar las exportaciones del país. De ahí el uso intensivo de la renta petrolera en los programas de desarrollo social y económico.

El grado de manipulación economicista y especulación política de Álvarez es ofensivo contra la inteligencia ajena. “Si el propósito del Fondo (petrolero noruego) es asegurar que la riqueza petrolera asegure la calidad de vida de los pensionados y de las generaciones futuras, las inversiones deben estar en armonía con el desarrollo sustentable, la protección del medio ambiente y la responsabilidad social”, se explaya el economista. Bueno, el hecho es que la economía social venezolana que apenas se edifica viene a asegurar con la Revolución la calidad de vida de los pensionados que por primera vez tienen acceso a una renta de jubilación universal, independiente de lo que mal les aseguraría la dependencia al mercado capitalista de trabajo. ¿Y en cuanto a las generaciones futuras? El economista liberal nos dice que la inversión social nada tiene que ver con eso.

Más aún, estos liberales aseguran que la inversión del estado en la economía solamente genera déficit en sus cuentas, y esto sabemos, para el pensamiento liberal es pecado capital. El pan de hoy es siempre hambre para mañana. Vale la pena una leída del análisis deconstructivista de esta falacia económica burguesa que hace el renombrado economista marxiano Michał Kalecki. Cuando hoy el Gobierno bolivariano invierte en el desarrollo de las infraestructuras con recursos de la renta petrolera y acudiendo a su capacidad de endeudamiento (capacidad demostrada por el estricto cumplimiento de dichos compromisos con la banca internacional, sin que ello afecte los planes de desarrollo socioeconómico), eso es solo gasto insolvente del estado, y no una inversión de futuro para la economía y el desarrollo social de las próximas generaciones. El “keynesismo bolivariano” no tendrá nunca rating para las calificadoras de riesgo y los fondos buitres. El estado revolucionario está llamado a perecer por fuerza de las falsas leyes de la economía de mercado capitalista. La economía venezolana habrá de seguir bajo la bota de la propiedad privada del capital y su instinto especulativo de ganancia.

El capitalismo no cree en lágrimas. No hay fondos que valgan, salvo los de inversiones especulativas promoviendo cuántas burbujas, ciclos y crisis se les antojen. La economía de la Noruega de Álvarez -nos dice un informe encargado a un grupo de expertos por el Consejo Nórdico de Ministros de Finanzas ya en 2015- “padece una suerte de enfermedad holandesa: un camarero cobra el doble de lo que ganaría en cualquier otro país de Europa, la productividad no avanza, el precio de la vivienda se ha disparado y el endeudamiento de las familias es altísimo. El propio gobernador del Banco Central noruego advirtió hace poco de los riesgos provocados por el desplome del crudo. Y con la vista puesta en el medio plazo recetó una devaluación salarial al tiempo que el Estado se ajusta el cinturón (recortes sociales neoliberales) con el fin de compensar el declive de los ingresos del petróleo”. El neoliberalismo, como en su retorno a América Latina, está ahí, sediento.

La economía venezolana está ante la imperiosa necesidad de un cambio revolucionario estructural. No es un cambio cualquiera. Es un cambio de paradigma político. Meterse de lleno en la senda de la revolución socialista. Hacia ese postcapitalismo que sabemos no puede ser otro que socialismo. El paradigma socialista no se consigue hirviendo los trapos capitalistas de la economía burguesa a ver si se desinfectan. El cambio significa la construcción de un nuevo modelo de economía, economía social, donde las leyes del mercado y la propiedad privada del capital dejan de funcionar bajo la lógica interna de reproducción del capital. A esas “leyes” se les suprimen las bases materiales para que mueran por asfixia irreparable.

La transición es de la economía soportada en la propiedad privada a la economía movida por la propiedad socializada. De la economía del capital a la economía del trabajo. De la economía del dinero a la economía de los recursos renovables. De la acumulación capitalista a la acumulación social de capital. Del crecimiento económico consumista al crecimiento equilibrado y sustentable ecológicamente. La transición es del capitalismo al socialismo, tal como puntualiza el líder de la Revolución Hugo Chávez; puesto que “la economía política tiene que abarcar la economía social” (les aclara Chávez al pueblo y a los economistas – discurso en Maracay 2009).

Ese es el horizonte en que debe proyectarse el pensamiento económico revolucionario creador, por el socialismo. No es la lucha por domar los ciclos del capitalismo, la lucha es por eliminar la economía burguesa, por cambiar el modo de producción e intercambio capitalista. De ahí la importancia de la Constituyente convocada por el Presidente. Nicolás Maduro. No puede ser otra que una Constituyente por el socialismo.

Roberto Cobas Avivar Roberto Cobas Avivar