Cuando el fascismo llega al poder

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 08 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La muerte que yo canto no es cruz de cementerio,
ni ilusión metafísica de las mentes cobardes,
ni lóbrego infinito de profundos filósofos.
Miguel Otero Silva

Pocas sociedades en el mundo han contado con la prodigiosa fortuna de haber podido verle de cerca el rostro verdadero al fascismo y escapar de él sin quedar atrapadas en sus fauces putrefactas y pestilentes a muerte, como le ha tocado en varias oportunidades a la Venezuela de inicios del siglo XXI, en plena efervescencia de ese fragor popular que es la Revolución Bolivariana.

El fascismo cuando llega al poder se instaura apoyado siempre en el terror que las balas siembran en la sociedad mediante la más salvaje y despiadada represión contra el pueblo para inhibir desde la más profunda raíz todo vestigio de resistencia que pueda poner en riesgo el proyecto de dominación que le inspira.

El golpe de abril del 2002 (y toda la atrocidad que en horas desataron las jaurías complotadas con su furiosa cacería de chavistas a lo largo y ancho del país) fue el anuncio apenas de todo cuanto se propone hacer la derecha venezolana en el supuesto negado de alcanzar el poder por cualquier vía. De haberse quedado con el control del Estado en esa oportunidad, la destrucción y la muerte habrían seguido el curso devastador que ya habían emprendido.

En el lenguaje tierno, pero intensamente desgarrador y espeluznante a la vez, con el que Matilde Urrutia, la amante eterna y compañera infinita del gigante de las letras latinoamericanas Pablo Neruda, relata la crudeza de esa furia asesina a la hora del golpe de ultraderecha contra el gobierno socialista de Salvador Allende en el Chile de 1973, se comprende con total exactitud el horror del fascismo en toda su dimensión, porque es visto a través de los ojos de una ciudadana más que cuenta su historia sin afectaciones de rebuscamiento ni dramatismos sensibleros, sino con la voz franca y sencilla del pueblo.

En “Mi vida junto a Pablo Neruda” (Seix Barral 2002), Matilde, con el apoyo del escritor chileno Gustavo Adolfo Becerra, describe con palabras llanas lo que ella presenció junto a Pablo desde el primer momento de la asonada. “Era muy temprano. Encendimos la radio para oír noticias. Entonces todo cambió. Había noticias alarmantes, dadas en forma desordenada. De pronto, la voz de Salvador Allende. Pablo me mira con inmensa sorpresa: estábamos oyendo su discurso de despedida; sería la última vez que escucharíamos su voz. “Esto es el final” me dice Pablo con profundo desaliento. Yo protesto: “No es verdad, esto será otro tancazo, el pueblo no lo permitirá”.”

Como en los presagios más oscuros y demoledores, la pareja sabía que el fin de todo lo hermoso que hasta ese momento conocían de la vida, la esperanza de la justicia y la igualdad social, se les venía encima con un peso de apocalipsis.

Sigue Matilde en su doloroso relato: “Fue así como supimos más tarde, por una radio de Mendoza, la muerte de Salvador Allende. Fue asesinado en La Moneda, que había sido incendiada, comunicaban las radios extranjeras. En Santiago se demoraron horas en informar la muerte de su presidente.”

“Estamos solos con este inmenso dolor. Seguimos oyendo noticias: nadie puede salir de su casa, quien desobedezca morirá. Son los primeros bandos.”

“Chile entero está preso en su casa. Yo tengo la esperanza de que muy pronto nos dirán que el movimiento subversivo ha sido sofocado, pero estoy equivocada y, como siempre, Pablo, con esa intuición profética que comprobé tantas veces, tenía razón. Esto era el fin.”

Más adelante, “Pablo está muy excitado, me dice que habló con muchos amigos y que es increíble que yo no sepa nada de lo que pasa en este país. “Están matando gente –me dice-, entregan cadáveres despedazados. La morgue está llena de muertos, la gente está afuera por cientos, reclamando cadáveres. ¿Usted no sabía lo que le pasó a Víctor Jara? Es uno de los despedazados, le destrozaron las manos.”“

El 23 de septiembre, apenas doce días después del infausto golpe contra la democracia más antigua de Suramérica, Pablo Neruda fallecía vencido por el dolor más grande que probablemente experimentó en toda su vida. Matilde pide que se le traslade a su casa, destruida por la sanguinaria dictadura que acababa de instalarse en La Moneda.

“Llegamos a la casa. Aunque viviera mil años, nunca podría olvidar este momento. Si el mundo entero se hubiera puesto boca abajo, no me habría producido mayor asombro. Vidrios por todas partes, la puerta abierta, la escalera de entrada era un torrente de agua imposible entrar […] Así entró en su casa Pablo, después de muerto. Yo iba detrás de su ataúd, tomada de su urna como para darme valor. No podría describir mi asombro al llegar arriba. ¿Qué se había hecho de esta casa que hasta hace tan poco era alegre y florida? ¿Qué había pasado? ¿Por qué esa destrucción? El ciclón de la furia la había azotado, habían arrasado el jardín, quebrando todo. ¿Por Qué?”

“Entramos al living, acompañados por una música aterradora producida por nuestros pies al pisar los vidrios del suelo. Era como si el horror saliera a la superficie. En aquella casa transparente no quedó un vidrio intacto, montones de ellos por todas partes…”

Aquel día, que debió haber sido de profundo recogimiento y respeto ante la pérdida del más grande poeta del continente suramericano, fue toda una experiencia de terror. Matilde lo plasma con crudeza: “Todos los acontecimientos de ese día y esa noche son muy difíciles de contar, y fue más difícil aún vivirlos. Todo el día desfiló gente por esta casa, todo el día oí relatos de horror. “Señora, mataron a mi hijo –me dijo una pobre mujer angustiada a la que yo no conocía-, quiero que alguien me ayude para que me entreguen el cadáver, yo ahora solo quiero enterarlo.” Me mira con ojos de súplica, ella cree que yo puedo ayudarla. […] Una voz de hombre nos interrumpe en ese momento: “Toda la población donde vivo ha sido allanada; a mi mujer la golpearon porque levantó la cabeza para respirar cuando la tenían boca abajo. Se llevaron lo que encontraron; dicen que no podemos tener radios, todas se las llevan”. Otro hombre, moreno, nos mira con ojos duros y dice con voz enronquecida por la emoción: “No sería nada que lo mataran a uno, pero es que te hacen pedazos porque no confiesas lo que no sabes; nosotros sólo pensábamos en trabajar, tratábamos de arreglar este país, ¿Qué de malo había en ello?”. Yo los miro. ¿Cómo ayudarlos? ¿Quién puede ayudarlos? “

La angustia más dolorosa de aquel crispante relato es quizás la que Matilde resume en un breve párrafo: “Estamos aquí, solos, sintiendo toda la amargura del mundo. Salvador Allende asesinado, La Moneda incendiada, muy pronto en la televisión veríamos las llamas, el humo, la destrucción, y nos preguntábamos entonces: ¿Dónde estaban estos chilenos capaces de hacer todo esto? ¿Dónde estaban, que nosotros no sabíamos de su existencia?”

En la Venezuela revolucionaria de hoy sabemos dónde están los venezolanos que pueden hacer eso en nuestro país.

Cuando escuchamos la voz de un golpista contumaz planificando la muerte de sus propios seguidores bajo las balas de francotiradores; o de un ex alcalde conspirador, postulado hoy al parlamento, amenazando a un funcionario de la Contraloría General de la República con asesinarle a toda la familia, uno por uno, solo porque el funcionario está cumpliendo con su labor de fiscalizar; cuando descubrimos a un alcalde en funciones encapuchado incendiando la ciudad que lo eligió, para ayudar a sus aliados que anhelan asaltar la presidencia de la República a la fuerza; cuando vemos a dueños de medios privados instigando mediante calumnias e infamias a la población al asesinato de dirigentes revolucionarios; cuando vemos la disciplina con la que la dirigencia opositora se rinde sumisa a los ataques del imperio contra nuestro pueblo y se distancia del clamor popular para que cese la agresión; cuando vemos grandes emporios empresariales arruinar la economía escondiendo sistemáticamente los productos que el pueblo busca desesperado, dejando que las medicinas se pudran antes que ofrecerlas a quienes las necesitan, elevando los precios de las mercancías de manera criminal y desalmada, sabemos dónde están los venezolanos capaces de hacer todo lo que el horror del fascismo puede hacerle a un pueblo cuyo único delito ante los ojos del neoliberalismo es procurar la justicia y la igualdad social.

La manera de impedirlo, es evitar que los fascistas lleguen al poder.

@SoyAranguibel

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Raúl Zibechi: Derechas con look de izquierda

anti sistema

Por Raúl Zibechi / Alainet

Las recientes manifestaciones de masas generadas por las derechas en los más diversos países, muestran su capacidad por apropiarse de símbolos que antes desdeñaban, introduciendo confusión en las filas de las izquierdas.

El 17 de febrero de 2003 Patrick Tyler reflexionaba sobre lo que estaba sucediendo en las calles del mundo en una columna en The New York Times: “Las enormes manifestaciones contra la guerra en todo el mundo este fin de semana son un recordatorio de que todavía puede haber dos superpotencias en el planeta: los Estados Unidos y la opinión pública mundial”.

Mira a tu alrededor y verás un mundo en ebullición”, escribe el editor estadounidense Tom Engelhardt, editor de la página ‘tomdispatch’. En efecto, diez años después del célebre artículo del Times, que dio la vuelta al mundo en ancas del movimiento contra la guerra, no hay casi rincón del mundo donde no exista ebullición popular, en particular desde la crisis de 2008.

Se podrían enumerar la Primavera Árabe que derribó dictadores y recorrió buena parte del mundo árabe; Occupy Wall Street, el mayor movimiento crítico desde los años sesenta en Estados Unidos; los indignados griegos y españoles que cabalgan sobre los desastres sociales provocados por la megaespeculación. En estos mismos momentos, Ucrania, Siria, Sudán del Sur, Tailandia, Bosnia, Turquía y Venezuela están siendo afectadas por protestas, movilizaciones y acciones de calle del más diverso signo.

Países que hacía décadas que no conocían protestas sociales, como Brasil aguardan manifestaciones durante el Mundial luego de que 350 ciudades vieran cómo el desasosiego ganaba las calles. En Chile, se ha instalado un potente movimiento juvenil estudiantil que no muestra signos de agotamiento y en Perú el conflicto en torno a la minería lleva más de un lustro sin amainar.

Cuando la opinión pública tiene la fuerza de una superpotencia, los gobiernos se han propuesto entenderla para cabalgarla, manejarla, reconducirla hacia lugares que sean más manejables que la conflagración callejera, conscientes de que la represión por sí sola no consigue gran cosa. Por eso, los saberes que antes eran monopolios de las izquierdas, desde los partidos hasta los sindicatos y movimientos sociales, hoy encuentran competidores capaces de mover masas pero con finas opuestos a los que esa izquierda desea.

Estilo militante

Desde el 20 hasta el 26 de marzo de 2010 se realizó en el departamento uruguayo de Colonia un “Campamento Latinoamericano de Jóvenes Activistas Sociales” (http://alainet.org/active/37263), en cuya convocatoria se prometía “un espacio de intercambio horizontal” para trabajar por “una Latinoamérica más justa y solidaria”. Entre el centenar largo de activistas que acudieron ninguno sospechaba de dónde habían salido los recursos para pagar sus viajes y estadías, ni quiénes eran en realidad los convocantes (Alai, 9 de abril de 2010).

Un joven militante se dedicó a investigar quiénes eran los Jóvenes Activistas Sociales que organizaban un encuentro participativo para “comenzar a construir una memoria viva de las experiencias de activismo social en la región; aprender de las dificultades, identificar buenas prácticas locales aprovechables a nivel regional, y maximizar el alcance de la creatividad y el compromiso de sus protagonistas”.

El resultado de su investigación en las páginas web le permitió averiguar que el campamento contó con el auspicio del Open Society Institute de George Soros, y de otras instituciones vinculadas al mismo. La sorpresa fue mayúscula porque en el campamento se realizaban reuniones en ronda, fogones y trabajos colectivos con papelógrafos, con fondo de whipalas y otras banderas indígenas. Un decorado y estilos que hacían pensar que se trataba de un encuentro en la misma tónica de los Foros Sociales y de tantas actividades militantes que emplean símbolos y modos de hacer similares. Algunos de los talleres empleaban métodos idénticos a los de la educación popular de Paulo Freire que, habitualmente, suelen emplear los movimientos antisistémicos.

Lo cierto, es que unos cuantos militantes fueron usados “democráticamente”, porque todos aseguraron que pudieron expresar libremente sus opiniones, para objetivos opuestos para los que los convocaron. Este aprendizaje de la fundación de Soros fue aplicado en varias ex repúblicas soviéticas, durante la “revuelta” en Kirguistán en 2010 y en la revolución naranja en Ucrania en 2004.

Ciertamente, muchas fundaciones y las más diversas instituciones envían fondos e instructores a grupos afines para que se movilicen y trabajen para derribar gobiernos opuestos a Washington. En el caso de Venezuela, han sido denunciadas en varias oportunidades agencias como el Fondo Nacional para la Democracia (NED por sus siglas en inglés), creada por el Congreso de Estados Unidos durante la presidencia de Ronald Reagan. O la española Fundación de Análisis y Estudios Sociales (FAES) orientada por el expresidente José María Aznar.

Ahora estamos ante una realidad más compleja: cómo el arte de la movilización callejera, sobre todo la orientada a derribar gobiernos, ha sido aprendida por fuerzas conservadores.

El arte de la confusión

El periodista Rafael Poch describe el despliegue de fuerzas en la plaza Maidan de Kiev: “En sus momentos más masivos ha congregado a unas 70.000 personas en esta ciudad de cuatro millones de habitantes. Entre ellos hay una minoría de varios miles, quizá cuatro o cinco mil, equipados con cascos, barras, escudos y bates para enfrentarse a la policía. Y dentro de ese colectivo hay un núcleo duro de quizás 1.000 o 1.500 personas puramente paramilitar, dispuestos a morir y matar lo que representa otra categoría. Este núcleo duro ha hecho uso de armas de fuego” (La Vanguardia, 25 de febrero de 2014).

Esta disposición de fuerzas para el combate de calles no es nueva. A lo largo de la historia ha sido utilizada por fuerzas disímiles, antagónicas, para conseguir objetivos también opuestos. El dispositivo que hemos observado en Ucrania se repite parcialmente en Venezuela, donde grupos armados se cobijan en manifestaciones más o menos importantes con el objetivo de derribar un gobierno, generando situaciones de ingobernabilidad y caos hasta que consiguen su objetivo.

La derecha ha sacado lecciones de la vasta experiencia insurreccional de la clase obrera, principalmente europea, y de los levantamientos populares que se sucedieron en América Latina desde el Caracazo de 1989. Un estudio comparativo entre ambos momentos, debería dar cuenta de las enormes diferencias entre las insurrecciones obreras de las primeras décadas del siglo XX, dirigidas por partidos y sólidamente organizadas, y los levantamientos de los sectores populares de los últimos años de ese mismo siglo.

En todo caso, las derecha han sido capaces de crear un dispositivo “popular”, como el que describe Rafael Poch, para desestabilizar gobiernos populares, dando la impresión de que estamos ante movilizaciones legítimas que terminan derribando gobiernos ilegítimos, aunque estos hayan sido elegidos y mantengan el apoyo de sectores importantes de la población. En este punto, la confusión es un arte tan decisivo, como el arte de la insurrección que otrora dominaron los revolucionarios.

Montarse en la ola

Un arte muy similar es el que mostraron los grupos conservadores en Brasil durante las manifestaciones de junio. Mientras las primeras marchas casi no fueron cubiertas por los medios, salvo para destacar el “vandalismo” de los manifestantes, a partir del día 13, cuando cientos de miles ganan las calles, se produce una inflexión.

Las manifestaciones ganan los titulares pero se produce lo que la socióloga brasileña Silvia Viana define como una “reconstrucción de la narrativa” hacia otros fines. El tema del precio del pasaje pasa a un segundo lugar, se destacan las banderas de Brasil y el lema “Abajo la corrupción”, que no habían estado originalmente en las convocatorias (Le Monde Diplomatique, 21 de junio de 2013). Los medios masivos también desaparecieron a los movimientos convocantes y colocaron en su lugar a las redes sociales, llegando a criminalizar a los sectores más militantes por su supuesta violencia, mientras la violencia policial quedaba en segundo plano.

De ese modo, la derecha que en Brasil no tiene capacidad de movilización, intentó apropiarse de movilizaciones cuyos objetivos (la denuncia de la especulación inmobiliaria y de las megaobras para el Mundial) estaba lejos de compartir. “Es claro que no hay lucha política sin disputa por símbolos”, asegura Viana. En esa disputa simbólica la derecha, que ahora engalana sus golpes como “defensa de la democracia”, aprendió más rápido que sus oponentes.

Raúl Zibechi, periodista uruguayo, escribe en Brecha y La Jornada y es colaborador de ALAI.