Aranguibel en VTV: “Si algo impidió que cristalizaran los intentos del imperio contra la revolución cubana fue el respaldo del pueblo a su proceso”

Caracas, 28 / 11 / 2016.- El analista político Alberto Aranguibel afirmó este lunes en el programa La Pauta que transmite Venezolana de Televisión, que si algo impidió que cristalizaran los intentos del imperio por acabar con la revolución cubana a lo largo de más de medio siglo, fue precisamente el respaldo del pueblo a su proceso.

“Cn esas infames demostraciones -dijo- la llamada “guasanera” cubana le está diciendo al mundo que en Cuba jamás ha habido ninguna dictadura bajo el proceso revolucionario” refiriéndose a la lucha liderizada por Fidel Castro que derrocó al régimen del dictador Fulgencio Batista en 1959.

De acuerdo a lo sostenido por el también investigador en medios de comunicación, en buena medida esa bochornosa irracionalidad que es celebrar públicamente la muerte de un ser humano, es producto de la alienación a la que los medios de comunicación someten a la población para mantenerla en la ignorancia.

“Pero la sociedad es dinámica, está en permanente ebullición. Y cuando hay procesos como el cubano, o el venezolano, y en general de Latinoamérica, de despertar de los pueblos, que elevan su nivel de conciencia, ya hay ahí un determinante que frena la influencia del medio de comunicación” acotó el analista.

 

Rosebud o la navidad que nunca fue

– Publicado en Correo del Orinoco el  15 de diciembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Nada es más desconcertante que la inexplicable fascinación que produce la bola de cristal que recrea la síntesis navideña tal como la explica la religión católica desde que el papa Julio I la instituyera por allá por el 350 d.C., reducida en una pequeña burbuja de agua con glicerina que ayuda, según se le agite, a minúsculas motas de plástico a imitar la cadencia de la nieve sobre un paisaje nórdico con casitas de montañas nevadas, renos, trineos, pinos adornados, o muñecos de nieve y a veces hasta de un absurdo gélido pesebre, con niño Jesús, San José, Virgen María y hasta con mula y buey.

De origen impreciso, se dice que el invento data de mucho más de un siglo y que, según el portal “Bolas de Nieve”, en su evolución habría transitado desde Europa hasta América impulsado por el boom del cual el raro artificio habría sido objeto con su aparición en la primera Exposición Universal de París en 1878. En Viena, sin embargo, la familia Perzy, dueña de una famosa casa fabricante de bolas de nieve, sostiene que su abuelo, Erwin Perzy, fue quien en 1900 habría llegado por accidente a la creación del mítico juguete cuando intentaba perfeccionar una lente con luz incorporada para su uso en quirófanos.

De acuerdo a los Perzy, la pequeña empresa familiar vienesa produce un promedio de 200.000 esferas al año, siendo sus clientes más importantes los Estados Unidos y Japón, a quienes atienden con pedidos no solo con motivos navideños sino para toda ocasión, incluso como souvenir para eventos como las inauguraciones presidenciales, para las cuales han producido ediciones especiales con motivo de la juramentación de los presidentes Reagan, Clinton y Obama. Algo perfectamente comprensible en culturas familiarizadas con los elementos con los cuales el sincretismo de la navidad se ha resuelto a partir del entorno natural que les corresponde, como el pino o la nieve, pero que desconcierta en las cálidas regiones tropicales del planeta, como el Medio Oriente, norte de África, el Caribe y Centroamérica, donde la bola de nieve cautiva a millones de niños y adultos por igual, independientemente de su credo o profesión religiosa.

En su afán de dominación la doctrina de la iglesia católica persigue abarcar cada vez más allá, incluso hasta de sus propias fronteras estrictamente religiosas, fundamentalmente en la búsqueda del control social al cual se considera predestinada y en función de la supremacía que su carácter indefectible, con sentido de totalidad y de santidad intrínseca, le confieren por encima de cualquier otra forma de organización social. De ahí su ancestral preocupación por hacerse de ese valioso y poderoso instrumento de captación de la fe que es la Navidad. Con ella ha logrado llegar hasta el último rincón de la tierra sin mediar preocupación alguna de nadie por la infinita cantidad de inconsistencias bíblicas que rodean la liturgia de la Navidad tal como ella nos la presenta.

Sai Baba, en su discurso de Navidad de 1972 en Bangalore, sostiene que “Los grandes maestros pertenecen a la humanidad; es un error creer que Jesús pertenece sólo a los cristianos y que la Navidad es un festival sagrado sólo para Occidente. Aceptar a uno de ellos como propio y desechar al resto por pertenecer a otros, es una muestra de mezquindad. Cristo, Rama, Krishna, son para todos los hombres de cualquier lugar.” La fiesta se impone sin importar credos ni razas.

Los “aconfesionales” en España, por ejemplo, dan un vuelco total al concepto argumentando el asalto de la iglesia católica a una festividad que según ellos data de mucho antes de la cristiandad, acusándola de imponer el nacimiento de Cristo (de quien no se supo jamás la fecha exacta de su nacimiento) en la fecha del solsticio de invierno para aprovechar la popularidad del mismo en la expansión de su religión. Por lo cual celebran la Navidad pero sin la connotación religiosa que la asocia a la iglesia.

Por lo general los ateos de todas partes del mundo celebran durante esas fechas el encuentro familiar, la cena, los regalos, y hasta montan el árbol con adornos alegóricos, obviando sin perturbación alguna el carácter confesional de la Navidad. Según reportaje del portal español Público.es, Ana García, atea junto a su marido y sus dos hijos, e integrante de las asambleas vecinales surgidas en Madrid a raíz del 15-M, es organizadora del movimiento “Otra Navidad es posible”, cuya finalidad es crear consciencia sobre el carácter eminentemente consumista de la celebración. Pero, tal como ella lo dice “No creemos en dios, pero no por eso vamos a renunciar a la fiesta, ¿no?”

Al respecto el mismo Sai Baba concluye en aquel mensaje de 1972: “La forma en que actualmente se celebra la Navidad muestra cuánto se han alejado los hombres de esos ideales, ¡cuánta ignominia están acumulando en su nombre! Se reverencia la hora de medianoche; se adora con luces; se pone el árbol de Navidad y después se pasa la noche bailando y tomando.”

Pero ¿cuál forma de Navidad es la que se ha impuesto definitivamente en la sociedad actual, más allá del carácter religioso o de naturaleza consumista al que en principio se le asocia? La bola de nieve pudiera entrañar una respuesta.

La posibilidad de capturar en la palma de la mano la síntesis de todo lo maravilloso que la Navidad representa en el imaginario del ser humano desde su más temprana edad, construida desde hace dos mil años a lo largo y ancho del planeta por la más poderosa institución de la historia, es sin lugar a dudas una motivación principalísima. Pero su valor fundamental está oculto tras la fascinación y el encantamiento pueril que nos ofrece el (en apariencia) inofensivo juguete.

El cine, que no ha perdido jamás la perspectiva de su rol como instrumento de alienación y de enajenación social, ha registrado de manera memorable esa fascinación que causa en la gente la bola de nieve, elevándola a niveles filosóficos complejos de la mayor significación para la doctrina de la dominación de los sectores hegemónicos sobre los pueblos.

En una de las escenas más empalagosamente cursis que se recuerden, Mary Poppins enternece a los niños a su cuidado con una bola de nieve mientras les arrulla con una canción de cuna que describe a una pordiosera implorándole al gran banquero (el padre de los niños) que le compre unas migas de pan para echárselas a los pájaros. La repugnante discriminación social que el mensaje encierra salta de la pantalla y estalla cual vómito en la cara del espectador.

Pero es en El Ciudadano Kane, considerada todavía hoy como la mejor película de todos los tiempos, donde la simbología oculta del cine con la navidad como respuesta al inmemorial sueño de la felicidad del ser humano se hace patente en la forma más cruda y bochornosa. La angustiosa búsqueda de “Rosebud” a la que es invitado el espectador, concluye en la inevitable solución a la que suele llegar Hollywood en igual disyuntiva entre los ricos y los pobres, según la cual nadie, por muy acaudalado y poderoso que sea, será feliz si no es pobre. En un momento del film, un viejo y agotado Kane le dice a su asistente, el señor Berstein, “De niño no quise nunca ser adinerado ni privilegiado; de no haber sido tan rico quizás habría sido un gran hombre”. El cine es el único espacio del capitalismo donde ser rico es malo.

Al final de la historia, la bola de nieve terminó siendo el único objeto de importancia que Kane encontró en medio de la devastación del fin de sus días, precisamente por la posibilidad que le brindaba de atesorar en esa minúscula farsa de cristal la felicidad a la que solo tuvo acceso cuando era pobre y de llegar de nuevo hasta Rosebud aunque solo fuese con el pensamiento.

Como en toda secta, ya sea religiosa, política o de clases, el dogma es solo el instrumento para el ejercicio del control social que se realiza en el aniquilamiento de la potencialidad intelectual del individuo. La Navidad, desde el ángulo que se le vea, no ha sido nunca conmemoración sublime de la elevación espiritual, sino el dogma de la más abyecta opresión capitalista engalanada de pureza.

 

@SoyAranguibel

El inmenso reto de liberar la libertad

Por: Alberto Aranguibel B.

El 30 de octubre de 1938, con un inesperado acontecimiento comunicacional que aterraría hasta el paroxismo a los norteamericanos, se trastocaba sin que nadie lo percibiera así el concepto de democracia que hasta entonces conocía la humanidad.

A partir de la transmisión en vivo de una adaptación para radio de la novela de H.G. Welles, La Guerra de los Mundos, en la que el joven director y actor cinematográfico Orson Welles narraba desde los estudios de la Columbia Broadcasting System en Nueva York la llegada de los marcianos a la tierra, los norteamericanos ponían en evidencia con su histeria colectiva el inmenso poder de los medios de comunicación ya no solo para entretener o vender productos, como eran vistos hasta entonces por las grandes corporaciones norteamericanas, sino para modificar la realidad a su antojo y ponerla al servicio de los intereses de los poderosos sectores capitalistas en su afán de dominación imperial del planeta.

La manipulación de la realidad con propósitos propagandísticos ha existido desde tiempos inmemoriales. Solamente en la Biblia, uno de los más elaborados y extensos compendios de fantasías y anécdotas delirantes que jamás haya conocido la humanidad, se reúne en un mismo texto la fábula del hombre que caminó sobre las aguas y que multiplicó el pan y los peces con tan solo un gesto; el profeta que abrió el mar en dos mitades sin mayores perturbaciones; el mítico levantamiento de los muertos apenas con una palabra; la conversión del agua en vino en un santiamén; la elevación del hombre a los cielos con retorno intacto al tercer día; y así hasta lo inaudito, con el solo propósito de perpetuar comunicacionalmente el poder de una institución sin cuya “divina palabra” la propuesta y el martirio de Cristo no habría pasado jamás de interesante y, cuando mucho, doloroso evento histórico.

La perpetuación de esa virtualidad del universo, ya fuese en forma de creencias religiosas, de leyendas, o de simple literatura de ficción, inculcada desde el poder por las élites dominantes a través del tiempo, tiene su asiento en la regla de oro de la inteligentzia burguesa en cuanto al conocimiento humano se refiere. La doctrina será siempre la de estudiar solo lo académicamente conocido. El modelo aceptado. La creación será siempre sospechosa de subversiva. Por eso la gran mayoría de los pensadores de la historia, los grandes inventores e innovadores de las más diversas corrientes científicas y filosóficas, fueron por lo general aquellos cuyas prodigiosas mentes se desarrollaban a partir de la intuición y de la capacidad analítica propia y no de la educación académica formal. Los que rompían siempre con los dogmas preestablecidos desde las élites burguesas y le daban cauce a su ímpetu creador.

Contra esa tendencia natural del ser humano a evolucionar el conocimiento fue que la oligarquía se vio obligada a imponer a sangre y fuego su visión del hombre y su sociedad, usando las más de las veces los propios códigos de la sabiduría popular como arma contra su enemigo más temible, la capacidad de discernimiento propio de los pueblos, pero en la forma dispersa y descoordinada en que lo hizo hasta la llegada de los medios radioeléctricos de comunicación de masas, el cine, la radio, la televisión, la computación y la internet, que, a diferencia de la prensa escrita, en un primer momento se consideraron simples objetos de divertimento, pero que a la larga devinieron en soporte fundamental del modelo neoliberal capitalista.

El prodigioso fenómeno que revelaba Welles con el pánico que causaba su estremecedora narración aquella noche de Hallowen del año 1938, era el de poder lograr por un mismo medio y de manera simultánea alcanzar a millones de personas con el contenido alienante que hasta aquel entonces las grandes corporaciones se veían en la necesidad de promover de manera segmentada a través de distintas formas de difusión. Y lo que probablemente era lo más importante, por un mismo precio y con un mensaje impactante con mucho más poder de convencimiento que el de un simple spot publicitario.

De ahí en adelante la manipulación dejó de ser exclusivamente la inclusión o no de hechos noticiosos de acuerdo al interés editorial de las grandes corporaciones mediáticas, o la redacción o cobertura sesgada de sus noticias. El amarillismo que tantos beneficios le trajo hasta entonces al establecimiento de la cultura imperialista en los Estados Unidos y en su esfera de influencia, ya no era indispensable como herramienta única de propaganda, porque la dramatización de la realidad virtual que debía imponer la hegemonía oligarca ya era perfectamente posible a través del medio radioeléctrico. Mientras los movimientos de izquierda se dividían y se atomizaban a lo largo y ancho del planeta, la fuerza de la derecha se organizaba y se concentraba en el secuestro y control del más poderoso instrumento jamás concebido desde la invención del fuego. Pocos fueron los grandes revolucionarios de la historia que acertaron en la visualización de este fenómeno. Bolívar, Lenin y el Che Guevara, fueron algunos de ellos. Chávez, sin lugar a dudas, el más grande comunicador de todos los tiempos.

El Comandante comprendió como nadie en la historia la importancia de concentrar el esfuerzo de la construcción del modelo socialista y de la unidad revolucionaria del pueblo en la comunicación, privilegiada en importancia por encima de cualquier otro instrumento, en virtud precisamente del inmenso poder de la derecha en el control de ese medio que puede elevar al ser humano hacia su redención espiritual definitiva, como él lo sostuvo desde siempre, o hundirlo en la oscuridad de la ignorancia, como lo procura el modelo neoliberal burgués.

Hoy, cuando asistimos a la arbitraria realidad que nos venden las grandes corporaciones mediáticas del mundo capitalista, en la cual se esconden los crímenes de lesa humanidad que se cometen en nombre de la libertad y se sataniza brutalmente a todo aquel que denuncie el atropello que eso representa, o se coloca a más de tres continentes en contra de una nación como la nuestra, donde el gobierno procura contener a estudiantes que asesinan a guardias nacionales, mientras se oculta que en otra nación hermana la guardia nacional sí asesina, incinera y entierra estudiantes y a cientos de ciudadanos que va apareciendo día tras día en fosas interminables sin que ninguno de los que claman al cielo en infinitas campañas de SOS contra Venezuela se expresen en modo alguno por el horror de muerte que sí padece México, entonces entendemos que el reto más urgente de una revolución como la bolivariana es recomponer el sentido de la democracia como activo de la sociedad y retomar el carácter antropológico de la libertad que nos fue robada por unos cuantos magnates que en mala hora pensaron que al comprar un medio de comunicación estaban también adquiriendo la propiedad sobre el derecho de la humanidad a la verdad y a la autodeterminación de los pueblos.

Las naciones del mundo no pueden, ni deben, renunciar jamás a su derecho a una cultura, a una idiosincrasia, a valores y creencias religiosas o políticas propias, ni mucho menos a su independencia política y económica, en aras de una libertad que no es sino la imposición de un modelo cultural exógeno que legitima la injusticia, la explotación y la destrucción sistemática de la soberanía de los pueblos.

Pretender, como pretende hoy los Estados Unidos, que la sociedad asuma que libertad es la irrestricta posibilidad de penetración de la televisión norteamericana hasta el último rincón del planeta, así como de internet y de las redes sociales, con todo su contenido manipulador, distorsionador, alienante y contra revolucionario, así como con el poder de control de la información y de la privacidad que su Departamento de Estado ejerce a través de la red, cada día más que demostrado, es una aberración que atenta incluso contra la razón de ser misma de la humanidad. Más aun si tal libertad está fundada bajo los principios de la dominación hegemónica de la burguesía y los abyectos valores del capitalismo.

Nos corresponde ahora liberar la libertad.

@SoyAranguibel

– Publicado en el Correo el Orinoco el 03 de noviembre de 2014 –

El Planeta de los Gringos: La confrontación

Correo del Orinoco 11 de agosto de 2014

Por: Alberto Aranguibel B.

A principios de 1968 el mundo entraba en una fase de convulsión social como no se experimentaba desde finales de la Segunda Guerra Mundial, principalmente atizada por la desmedida crueldad ejercida por el ejército imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica contra el gallardo pueblo de Vietnam.

Luego de la masacre perpetrada ese año por los gringos al finalizar la celebración del año nuevo vietnamita, cobrándose la vida de al menos 40.000 seres humanos en una sola operación, la “Ofensiva del Tet”, se pudo conocer el verdadero horror oculto tras la intensa campaña propagandística articulada por el imperio y sus corporaciones mediáticas en el mundo entero. Cientos de miles de civiles, mujeres, ancianos y niños, habían sido sistemáticamente asesinados en operaciones similares, como la de My Lai, donde el comportamiento del ejército gringo fue exactamente igual al del ejército nazi, que el mundo acababa de destruir apenas unas dos décadas antes en nombre de la libertad.

Las protestas que por diferentes razones estaban manifestándose en diversos escenarios desde hacía meses, y que encontraron su punto más álgido en el estallido social que se produce en Francia a mediados del mes de mayo, repercutiendo en movimientos similares en Europa, América Latina y hasta el mismo Estados Unidos, terminaron solidarizándose con la idea antiimperialista que fue cobrando cuerpo en dichos movimientos, desatado ya desde principios de aquella década por la revolución cubana, convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza para los Estados Unidos aquella idea de libertad por la cual el imperio decía luchar.

La respuesta de Hollywood, la más poderosa máquina de propaganda jamás conocida por el ser humano, a toda aquella efervescencia social que ponía en peligro la supremacía política del imperio, fue la realización de tres filmes emblemáticos de la época, caracterizados todos por el mismo propósito desmovilizador social subyacente en cada uno de ellos.

“2001; Odisea del Espacio” rescata en 1968 la vieja e intrascendente novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke, El Centinela, para presentar de la manera imponente como el cine nunca antes hubiera logrado, el tema de la “inteligencia artificial” como la peor amenaza para el ser humano. De ahí en adelante, todos los enemigos de la humanidad, según Hollywood, serán siempre los más perversos científicos o las naciones con tecnología avanzada o superior, colocada siempre por ellos al servicio del mal y del cual solo los grandes héroes norteamericanos podrán librar al mundo en cada caso.

Alternativamente, se presentaba aquel año de 1968 el inicio de una de las sagas fílmicas más absurdas concebidas por el ingenio cinematográfico, como es la de “El Planeta de los simios”, basada en la novela homónima de Pierre Boulle publicada en 1963, cuya inspiración sin lugar a dudas es el mismo planteamiento de Orwell en su pequeña obra “Rebelión en la granja” de 1945, según el cual una clase inferior no puede tomar las riendas del poder sino para imponer la más horrenda y feroz tiranía.

“Las Fresas de la Amargura”, un modesto esfuerzo cinematográfico cuyo propósito era mostrar la inevitable sumisión a la que están destinados los rebeldes de la sociedad bajo el poder de los cuerpos de represión del Estado, completaba el trío de películas con las cuales la máquina de propaganda gringa intentaba aplacar las corrientes antiimperialistas a finales de los 60’s, colocándolas como inspiradas por ideas frugales y sin justificaciones de fondo.

Tres planteamientos, en apariencia inofensivos y sin significaciones ocultas, se resumen inequívocamente en una sola filosofía persistente hasta nuestros días en el discurso mediático hollywoodense, que sirve al imperio norteamericano para avanzar cada vez con más fuerza y sin discriminación alguna en su empeño por acabar ya no solo con líderes o gobiernos del mundo que no le son afectos, sino con naciones y hasta civilizaciones enteras, en su afán de dominación planetaria.

La idea según la cual los pobres, la clase inferior en el capitalismo, o las naciones del tercer mundo, no deben acceder a los avances de la ciencia y de la tecnología porque ello acarrearía riesgos de destrucción para la humanidad, en virtud de lo cual todo intento en esa dirección deberá ser aplacado por las fuerzas de seguridad que garantizan la libertad en el planeta, es hoy la filosofía que explica la desfachatez y el cinismo conque el imperio norteamericano avala genocidios como el de Israel contra el pueblo palestino o toma la decisión de ordenar el lanzamiento inmisericorde de bombas sobre poblaciones enteras en Irak mediante el uso de aviones no tripulados, a la vez que financia desestabilizaciones en el mundo entero.

“El Planeta de los simios”, en el que la inusual inteligencia de unos seres inferiores despiadados y sin alma es usada para desatar el más brutal odio hacia los seres humanos, es exactamente la imagen que el imperio norteamericano ha querido vender al mundo a través del tiempo, de todos aquellos pueblos que en algún momento deciden organizarse para luchar por su independencia y su soberanía. La clase y la categoría del presidente de los Estados Unidos, cualquiera que sea (incluso si es afrodescendiente), representa el poderío de una nación cuya nobleza, sus conocimientos y su ciencia, son legítimos y provechosos para el ser humano, porque están puestos al servicio de la libertad y en contra de la barbarie que los pueblos “inferiores” encarnan.

Nadie deberá preguntarse entonces en el mundo por qué un sanguinario criminal como el Primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, es exonerado en la justicia internacional de los juicios que se le siguieron a los nazis en Núremberg durante la posguerra, o a Sadam Huseim luego de la caída de su gobierno, o las condenas públicas y el linchamiento a Benito Mussolini o Muhammar Kadafi, cuyos procesos políticos, completamente diferentes, no merecieron ni siquiera un juicio sumario.

Nadie deberá cuestionar la barbarie de un genocidio cometido bajo la excusa de la destrucción de unos túneles que perfectamente pueden ser destruidos del lado israelí de los mismos, si es que en efecto el propósito fuese el de evitar la infiltración subrepticia de palestinos terroristas en territorio de Israel y no como dicta el sentido común, que son túneles para buscar la comida que el criminal cerco les tiene vedada. No es posible creer de manera sensata que un pueblo muerto de hambre y sin medicinas, usará cualquier vía de escape para ir a colocar bombas en vez de usarla para alcanzar el alimento que necesitan sus hijos.

Nadie deberá sugerir tan siquiera la más remota posibilidad de que el pueblo palestino, o el sirio, o el iraní, o el libio, o el venezolano, tengan derecho a su territorio y a su autodeterminación. El cine norteamericano estará siempre ahí para establecer la naturaleza contranatura de tales principios cuando de pueblo soberano alguno se trate.

Por eso asistimos una vez más al incierto espectáculo de una nueva versión de la archiexplotada saga de esa oscura sociedad distópica que Hollywood presenta hoy en la pantalla de todas las salas de cines del mundo. “El planeta de los simios: la confrontación”, estrenada mundialmente el 11 de julio de 2014, justamente al inicio de los rebrotes de violencia en Egipto, en Irak y en la Franja de Gaza, es el retorno a un discurso que a través del tiempo se reedita, cada vez con mayor fastuosidad e imponencia, para intentar convencer a los humildes, a los excluidos de siempre, a los más pobres de la tierra, de la inevitabilidad de su triste destino de sometimiento y de opresión bajo el yugo de un capitalismo salvaje y de un imperialismo cruel y sanguinario que se ocultan cobardemente tras el deslumbrante resplandor de las pantallas de cine.

Solo faltará saber si el despertar de la conciencia de esos pueblos, como el bolivariano, se los permitirá.

 

@SoyAranguibel

Nicolás y el Hombre Araña

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Publicado en Últimas Noticias el 21/09/13

La mención hecha por el Presidente de la República a un personaje de las mal llamadas “tiras cómicas”, que de cómicas no tienen sino el término, es motivo del más repugnante choteo por parte del antichavismo visceral que corroe a la oposición venezolana, como si del ataque de un perro a la luna se tratara.

De esa gente hay que esperar conductas así de miserables porque es de ellos de quienes precisamente habla el Primer Mandatario cuando se refiere al daño que en general causa el contenido mediático a la psiquis de la población, no solo en nuestro país sino en el mundo entero.

Ya hoy resulta imposible desde todo punto de vista negar la influencia perniciosa de la violencia cinematográfica en la vida de la gente, como lo reflejan las particulares formas delictuales que van apareciendo en la sociedad contemporánea, casi siempre calcadas a la exactitud con lo que recrea, cada vez con mayor perfección, crudeza y realismo, el cine de Hollywood.

El presidente Maduro ha visto con claridad este perverso fenómeno de la “educación” en la violencia al que es sometida la población, y ha puesto apenas un solo ejemplo de los miles de personajes fastuosos que inundan hoy las pantallas de TV y de las salas de cine con su siniestra carga de antivalores.

El más simple análisis crítico permite demostrar de manera irrefutable cómo el cine es hoy en día una de las más poderosas armas de promoción de violencia asociada al ideario imperialista de dominación y sometimiento de los pueblos soberanos del mundo, ya no solo a través del degradante y absurdo contenido de las historietas de superhéroes, sino por medio de la vasta categorización de personajes y situaciones de todo tipo a los que recurre sin pudor alguno la industria cinematográfica para difundir de manera velada o abierta, pero siempre muy bien desarrollado, su discurso prohegemónico.

Se trata de un gran ejército cuyo poder de fuego para generar desmovilización social no surge de las armas convencionales, sino de la fuerza devastadora de las imágenes y los efectos más glamorosos. De ahí la importancia de otorgarle cuanto antes a este tema la mayor atención y relevancia, en el marco de una revolución que se asume transformadora y muy principalmente liberadora, al servicio del verdadero interés del pueblo.