El discurso cambalache

“¡Todo es igual!
¡Nada es mejor!
¡Lo mismo un burro
que un gran profesor!”

Discépolo / Cambalache

Como era de esperarse, la oposición es de nuevo protagonista de un estruendoso fracaso, en lo que al decir de Julio Escalona “quizás sea el peor discurso de un candidato a la Presidencia de la República en el momento de oficializar su candidatura”. Pero en lo cual probablemente lo más grave no sea el discurso en sí mismo, sino la complacencia que con toda seguridad experimentaron los miles de seguidores que bajo el inclemente sol dominguero lo acompañaron hasta el CNE, precisamente por la vaciedad y pobreza del mismo.

Si algún error ha cometido la Revolución Bolivariana en términos estrictamente comunicacionales es creer que asesta golpes importantes a la oposición cuando denuncia los desmanes de ésta a partir de una condición ética que considera universal y que no necesariamente lo es. Menos aún en el ámbito de una sociedad narcotizada por el veneno mediático que consume cada vez con mayor fruición a medida que avanzan el acceso y la penetración hasta el más apartado rincón de la geografía nacional de las deslumbrantes nuevas tecnologías de la televisión satelital y por cable, precisamente la mayor contrariedad y percance que tiene frente a sí el proceso revolucionario.

Es esa televisión la que ha exacerbado en un importante sector de la población el odio irrefrenable que esa gente expresa contra Chávez y contra todo lo que tenga que ver con él, incluso sin importar si lo que genera Chávez en el país es una consistente recuperación económica de la cual hoy se beneficia todo el país, empezando por esos sectores que le adversan. La impudicia con la que los escuálidos asumen hoy la bonanza económica que particularmente ellos disfrutan en el marco de los avances que las políticas del gobierno bolivariano ha puesto en marcha, es probablemente el rasgo que más los define.

La televisión, como lo ha dicho Correa, se erige hoy en un poder que trasciende los linderos de la función que como herramienta de información y de entretenimiento pudo haber tenido en algún momento, para convertirse en la instancia cuya pretensión fundamental es la capacidad de moldear las sociedades a su antojo, a partir del secuestro y uso irrestricto de las libertades que a través del tiempo le ha venido arrebatando a esa misma sociedad para colocarlas al servicio de sus muy particulares intereses. De manera imperceptible, y en virtud de ese despropósito, el medio de comunicación ha logrado convencer al mundo de las más absurdas falacias que jamás haya podido profesar el ser humano, como esa que sostiene que no existirá democracia en sociedad alguna si sus medios de comunicación no están en manos privadas.

Son esos medios los que, con su contenido plagado de una narrativa básicamente anticomunista, han formado la naturaleza rabiosa e irracional del antichavismo, que conduce al militante promedio de la oposición al desafuero de la aclamación de las hondas y muy vergonzosas flaquezas de su frágil candidato, como si de un auténtico redentor se tratara.

Para esos opositores (los escuálidos de a pie) un personaje repugnante para cualquier persona sensata, como lo es el sujeto aquel que vociferaba como bestia enardecida que los chavistas que él suponía dentro de la embajada de Cuba durante el asedio que la turba opositora llevó a cabo contra esa sede diplomática durante los sucesos de abril de 2002 se iban “a tener que comer los cables y las alfombras”, porque no les iban a dejar pasar comida ni agua hasta que se entregaran, no es en lo absoluto el personaje siniestro que pretende la Revolución que sea.

Para esos miles de antichavistas que acompañaron a Capriles ante el CNE a presentar su candidatura, aquel lamentable sujeto es un auténtico héroe de lo que ellos consideran “la lucha por la libertad y la reconciliación nacional”. Y lo que es más grave, referencia moral de lo que han debido hacer todos para evitar el retorno de la revolución al poder en aquella fugaz coyuntura. Para muchos más de los que suponen algunos en la revolución, la tarea pendiente para esa expresión fascista de nuestra sociedad que se reúne en el antichavismo militante, es corregir el error cometido entonces, que no es otro que el no haber exterminado de raíz el proyecto bolivariano.

Capriles es lo de menos en toda esa historia.

Pero si Capriles expresa, en la forma cabal e irrefutable en que lo expresa, su insuperable condición de opuesto a todo lo que encarne Chávez, empezando por la estatura como estadista y la extraordinaria versatilidad y capacidad oratoria del líder de la Revolución Bolivariana, entonces para ellos será el mejor candidato. Porque lo que en verdad los une es su profunda convicción de que el Presidente, por todas esas notables e innegables cualidades, es poco menos que el demonio.

Si algo necesita borrar de la faz de la tierra ese antichavismo urticante y pendenciero es precisamente el don de la retórica política perfecta y enriquecedora que maneja a su antojo el Comandante Chávez, herramienta con la cual ha logrado cautivar y enamorar hasta el frenesí a los millones de venezolanas y venezolanos que hoy estarían más que dispuestos a dar la vida por el que consideran su salvador. Lo que constituye, en definitiva, la mayor desgracia para los sectores pudientes de la sociedad.

De ahí que lo admirable de Capriles sea para ellos precisamente su mediocridad, su falta de carisma, de capacidad oratoria, de liderazgo y hasta de simpatía. Arriba así este deplorable y lastimoso sector político venezolano al bochornoso estadio de la exaltación de la ignorancia como valor supremo, por el cual se puede llegar incluso al exabrupto de agitar banderas de emoción a través de kilómetros de avenidas importantes sin el menor pudor o vergüenza. Un verdadero logro, si se considera la proverbial ignorancia de sus anteriores abanderados, como lo fueron el inefable Manuel Rosales y el deplorable Enrique Mendoza.

Su discurso de campaña, está claro, no tiene por qué desarrollarlo él en ningún escenario… los medios de comunicación, secuestrados desde siempre por los sectores dominantes del gran capital, se encargan día a día de venderle al desposeído la fabulosa ilusión del modelo consumista, entreguista y depredador que él nos propone. Y lo hace con la impactante fuerza del color y con sonido estéreo.

El otro, el que no es de campaña sino de verdad, no lo dirán jamás ni él, ni las corporaciones que lo respaldan. Ni sus medios de comunicación, que seguirán haciéndole creer a la sociedad que hoy es más valioso ser “flaquito” que competente.

Se trata, después de todo, del logro del viejo disparate que cantaba el tango Cambalache, del inefable Discépolo, que denunciaba la contrariedad de una sociedad pervertida en la que “los inmorales nos han iguala’o.”

La inscripción de la derrota

Para nadie es un secreto que lo que está en juego en la elección del 7 de octubre es mucho más que una alternativa candidatural o de partidos.

La confrontación que mueve hoy al mundo, en términos de los modelos de sociedad que se plantean los diversos sectores en pugna en la búsqueda de un mayor bienestar para sus pueblos, es la misma que mueve a las fuerzas políticas venezolanas desde el inicio mismo de la revolución bolivariana, y que no son otras que la que representa el del capitalismo salvaje, por una parte, generador del hambre y la miseria que agobia a la humanidad, y por la otra, la que encarna el socialismo del siglo XXI, que coloca al ser humano como eje y centro de su acción.

Un debate que, en la medida de la responsabilidad y de la seriedad que asuman sus voceros, será cada vez más valioso para la profundización de la democracia como único sistema garante de las posibilidades de crecimiento efectivo y armónico del cuerpo social en su conjunto.

De ahí la necesidad de evitarle a la sociedad la fatiga y la deshonestidad de las propuestas demagógicas y electoreristas, planteadas únicamente como herramientas de encantamiento del elector, como se hizo siempre en el pasado, y no como fórmulas de auténtico enriquecimiento de ese debate que reclama el país para conquistar el derecho a la libre y verdadera elección de sus gobernantes.

Por eso la inscripción de las candidaturas ante el CNE es un momento crucial en el proceso de construcción de esa democracia a la que todos, independientemente de nuestra posición política, aspiramos. No por la simple medición de fuerzas que puediera eventualmente plantearse, sino por la posibilidad que tendrá el país de conocer a ciencia cierta las verdaderas diferencias entre las propuestas de una y de otra candidatura.

De un lado estará el proyecto de país que representa una candidatura como la de Hugo Chávez, que ya el país conoce con exactitud y suficiencia. Y del otro, una opción vaga, cuya propuesta no ha sido explicada en sus fundamentos y alcances más allá de una confusa y muy pobre fraseología de campaña.

De la primera, se conoce en extenso el inmenso esfuerzo por lograr el bienestar de la población a partir de un trabajo incansable por rescatar la independencia de la Patria y saldar la deuda social acumulada durante décadas de gobiernos neoliberales.

De la otra, solo se sabe que tiene como punto de partida que el candidato se negó a renunciar a su cargo como Gobernador y que solo aceptó la “seaparación temporal” del cargo, obviamente porque desde ya se reconoce a sí mismo como perdedor.

Chávez no renuncia porque va a continuar al frente de la Presidencia. Capriles no renuncia porque luego de las elecciones va a continuar también al frente de su cargo en la Gobernación.

Diría un buen abogado: “A confesión de parte…”