MUD: La quimera del triunfo

Por: Alberto Aranguibel B.

Fracaso tras fracaso, la MUD reincide terca y persistentemente en tropezar de nuevo con la misma piedra, sin que ninguno de sus integrantes les alerte acerca del desatino de aplicar siempre la misma errada lógica de negarse a prevenir la derrota. Su visión es la de una clase prepotente y arrogante que a través del tiempo ha aprendido a regocijarse cada vez más en la insustancial idea de la supremacía que le es tan propia.

Todos, absolutamente todos los opositores, son víctimas del mismo síndrome de Disneylandia, que les hace creer con la mayor pasión que en cada nueva actuación del antichavismo hay una inevitable inminencia de triunfo total y definitivo de quienes han fracasado siempre, precisamente por su empeño en aferrarse obcecadamente al mismo esquema de la ilusión sin sustentabilidad. Exactamente el mismo formato de las comiquitas, donde las soluciones están determinadas más por la magia del deseo que por la certeza ineluctable de la realidad.

La burguesía (y los igualados de la clase media que se asumen como burguesía) no ansía la riqueza para realizar el disfrute del confort al que su doctrina la obliga. Bajo su filosofía, la acumulación de riqueza en pocas manos no está determinada por postulado ideológico alguno, sino que emana de su impostergable necesidad de utilizar el poder del dinero para mantenerse por encima de los demás.

La guerra que esa burguesía ha desatado contra la economía y la democracia venezolana es el escenario perfecto para quienes asumen la ilusión como la fórmula liberadora de las fuerzas telúricas que logren por fin el ansiado reacomodo del orden universal, tal como ellos lo conciben.

A diferencia de sus incontables fracasos anteriores contra el chavismo (en los que llegaron a prometer hasta “hallacas sin Chávez” y decenas de “marchas sin retornos” y “últimas trancas” de manera interminable desde hace casi veinte años) el de esta oportunidad está determinado por un condicionante particular; la arrechera. Aquella de la cual sus líderes dijeron que sería el acicate absoluto e indispensable para desatar la furia incontenible de la supremacía de clase por la que tanto han luchado sin resultado alguno.

No solo en boca de su líder más prominente, sino en cientos de miles de pancartas, carteles, avisos, y millones de mensajes por las redes sociales, insistieron con la más frenética terquedad en la urgencia de activarse todos usando la fuerza desencadenante de la ira como detonante de su redención como clase pudiente del país.

Hoy, cuando en verdad puede decirse que están bien arrechos, los signos de esquizofrenia delirante son más que evidentes entre los opositores. Con lo cual se infiere que en algún momento de ese largo trayecto de penurias debe haberse producido el fenómeno de la sobredosis en la inoculación del odio que desde hace tanto practican entre los suyos.

El problema con ellos no es ideológico, pues, sino neurológico.

Linchar venezolanos en la vía pública, incinerar con gasolina todo aquel moreno que les parezca chavista, degollar indiscriminadamente a quien tenga la mala suerte de pasar frente a una guaya invisible colocada por ellos, hacer saltar por los aires heridos de gravedad a funcionarios que son atacados con explosivos detonados a control remoto, incendiar centros materno infantiles llenos de pacientes y personal médico, matar en turba a batazos a un individuo desarmado y maniatado como a tantos les han hecho en esta ola de demencial criminalidad que ellos insisten en denominar “protestas pacíficas” para esconder su cobardía y su miseria humana, no es un planteamiento político sino una aberración que solo puede derivar de la insania mental crónica y en grado definitivamente terminal.

Sin embargo, para ellos no se trata de una cadena de aberraciones criminales sino del anuncio del triunfo tan añorado y tan largamente postergado por el que tanto han luchado.

En su perspectiva cada muerto es un avance. Cada pierna o brazo desgarrado por la acción del terrorismo que han desatado hasta contra su propia gente, es un nuevo anuncio de la cercanía de la meta anhelada. Cada explosión, cada destrucción de un bien público o privado, es la buena nueva de la asunción al poder.

En Colombia, sin ir muy lejos, las FARC mantuvieron el más cerrado combate contra el ejército de esa nación por más de medio siglo. Más de veintidós mil hombres y mujeres organizados y entrenados, en pie de guerra y armados hasta los dientes con el poderoso armamento del que disponían (y del cual seguramente todavía disponen), jamás pudieron hacerle ni mella a la estructura militar colombiana, ni mucho menos derrocar a ninguno de los trece gobiernos de derecha que se sucedieron mientras duró la insurrección. Más de doscientos veinte mil muertos le costó a Colombia esa guerra.

Quien en las filas opositoras pueda estar pensando que asesinando Guardias Nacionales o incendiando establecimientos públicos con cuarenta o cincuenta terroristas en uno que otro de sus municipios puedan llegar a derrocar un gobierno cuya mayor fortaleza es la férrea cohesión cívico-militar que lo sustenta, es definitivamente un deschavetado de cerebro carcomido por su deliro de supremacía.

Estupidez que se agiganta con la concepción de democracia que han terminado por asumir como su propuesta más consistente al país. La de llevar a prisión a todo aquel chavista que no logren exterminar físicamente en el supuesto negado de llegar a poder, siempre en nombre de la libertad y de la lucha por los derechos humanos que dicen defender.

De ahí que una organización que durante más de quince años se ha presentado como defensora de los derechos humanos, la ONG Provea, sea la primera en amenazar hoy con la más brutal persecución a los trabajadores de la Administración Pública que voten en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente prevista para el 30 de julio, en el quimérico caso de ser la derecha gobierno en el país.

Ni siquiera Hitler, Franco, Mussolini o Pinochet, se dirigieron a la opinión pública en el tono amenazador de muerte y persecución con el que la derecha venezolana, absolutamente todos los líderes y militantes de la oposición, se refieren hoy a lo que harían ellos con el chavismo. Ninguno llegó a abrazarse públicamente con los terroristas a quienes les ordenaban los exterminios en masa que cada uno de ellos perpetró contra su propio pueblo, como lo hacen aquí frente a las cámaras los líderes de Voluntad Popular y Primero Justicia.

“La mejor noticia de esta mañana –bufa un opositor en su cuenta tuiter- logramos que le cerraran la cuenta a Winston Vallenilla”, celebrando el brutal ataque a la libertad de expresión que esa arbitraria medida del gigante de las redes sociales comprende.

Todo ello en función de la misma demencial noción de democracia que supone que no habrá libertad en el país hasta tanto no lleguen al poder los que jamás logran reunir una mayoría verificable en los votos. Algo así como un torneo interminable donde el juego no se acaba hasta que no gane el que siempre pierde.

La manera más acabada de llevar a cabo ese siniestro plan de persecución y exterminio de millones de venezolanos, es la de convertir su lucha en una recreación exacta del mito de los dioses contemporáneos que representan las figuras de los héroes de las tiras cómicas que han alimentado el pueril imaginario de la clase con mayor poder adquisitivo en la sociedad, para que no exista posibilidad alguna de verse confundidos con el pueblo. Disfrazarse de superhéroe no es nada más una ridícula forma de lucha, sino una patética y decadente manera de establecer distancia con el populacho al que engañan y aborrecen.

Se les ha metido en la cabeza (o en lo que pueda quedarles de ella) que a medida que transcurran más días de muerte, destrucción y terrorismo en los dos o tres rincones de sus muy pocos municipios guarimberos, más cercana estará su posibilidad de triunfo.

¿Qué clase de triunfo puede ser para una oposición que después de cien días intentando derrocar a un gobierno, los ministerios, la banca, los comercios, las empresas, las escuelas y universidades, el transporte, los servicios públicos, los restaurantes, las clínicas, los medios de comunicación y los cines sigan funcionando con entera normalidad y el Presidente siga siendo el mismo?

Solo los imbéciles acostumbrados a ver la vida como una tira cómica, no entenderán jamás que ahí lo que hay son más de cien días de costosos fracasos continuados.

@SoyAranguibel

 

Superman: El extraterrestre que se convirtió en una figura propagandística a favor del capitalismo

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Gracias al personaje se creó el negocio de los cómics

Para algunos especialistas, desde finales del siglo pasado este símbolo se han convertido en una plataforma para las agendas o preocupaciones de grupos que marcan cierta distancia de la más extrema derecha

Nadie conoce con precisión la fecha exacta del nacimiento de Superman. Sin embargo, es popularmente conocido que sus aventuras comenzaron a publicarse en junio de 1938, cuando los creadores del hombre de acero, el escritor Jerry Siegel y el ilustrador Joe Shuster, vendieron la primera de sus historias a la editorial estadounidense dedicada a las caricaturas, Detective Comic (DC Comic). Desde entonces el héroe con poderes especiales que llegó a la tierra proveniente de un planeta extinto llamado Kryptón, ha protagonizado un sinfín de episodios en múltiples formatos en la radio, el cine, la televisión, los videojuegos y más.

Para el sociólogo e historietista Jaudiel Martínez, con Superman nació un formato diferente del cómic, pues hasta su aparición esta disciplina se presentaba bajo la forma de “tiras cómicas” a manera de chistes o partes de una aventura repartida en tres viñetas. Luego se hicieron versiones dominicales de una página en color e incluso antologías o recopilaciones llamadas “comics books”.

En el caso del superhombre, en lugar de proponer una tira cómica en blanco y negro que luego tuviera la posibilidad de ser recopilada, Shuster y Siegel se propusieron pasar directamente a una historia en color de varias páginas

En tal sentido, para Martínez, coordinador del proyecto Biblioteca Ayacucho Ilustrada, Superman básicamente creo el negocio de los cómics como lo conocemos hoy: revistas en color dedicadas a las aventuras de uno o varios personajes. Incluso lo considera como el punto de partida de toda una estética, una semiótica, una subcultura y un género narrativo. En tanto los conceptos de color, dinamismo, composición del cómic contemporáneo deben mucho a la industria estadounidense en general “y se puede decir que Superman ha tenido un impacto enorme en los cómics como negocio y como arte”, sentenció.

El ilustrador recordó que la historia inicial aparecida en el número uno de la revista Action Comics es la del sobreviviente de un planeta destruido, obliterado –Kriptón- que debido a su fisiología alienígena es un superhombre en las condiciones de la tierra.

A este niño alienígena lo recoge un chófer de autobús y crece en un orfanato. “Luego se convierte en periodista en un diario llamado The Star. Este Superman no vuela, literalmente salta entre y sobre los edificios y corre sobre las líneas eléctricas, puede ser aturdido con cartuchos de dinamita. Entre sus primeras hazañas está salvar a una mujer golpeada por su marido. Más adelante, las historias tomaron un tono patriótico. De hecho en un principio Superman es una suerte de izquierdista, de campeón popular que combate políticos y militares corruptos, etc. Esta primera fase del cómic recibió una hermosa adaptación por el estudio de los hermanos Fleischer para la historias animadas de televisión”, contó Martínez.

Con respecto a las influencias en la génesis del personaje, el sociólogo explicó que el héroe de acero combina “dos linajes y dos tipos de historias”. Por una parte, las historias populares del hombre secreto, clandestino, enemigo del poder o al menos de la corrupción, un poco bandido y un poco salvador. Estas se remontan a relatos orales del siglo XVIII.

Por otra parte, a decir de Martínez, Superman también toma elementos presentes en un tipo de historias derivadas de la reacción aristocrática a la Revolución Francesa, pagadas de cuentos sobre razas y mundos perdidos y de superhombres del pasado.

Judiel Martínez señaló como un elemento importante el hecho de que Shuster y Siegel eran judíos y en cierto momento su más importante creación se convirtió en el símbolo de la afirmación de los Estados Unidos frente al nazismo primero y la Unión Soviética después.

“El hecho de que Shuster y Siegel siendo inmigrantes judíos hayan creado a la personificación del poder americano –el Capitán América personifica más bien ciertas tradiciones militares- ha llevado a una paradoja o una ironía que muchos han resaltado: el más grande héroe americano es un inmigrante, un alien –en inglés se usa la misma palabra para extraterrestre y emigrante- y esa paradoja a atravesado toda la historia del personaje”, remarcó Martínez.

El sociólogo reconoce en Superman la representación del poder global estadounidense que sirvió como instrumento de propaganda especialmente en los cincuenta y los sesenta. Igualmente, lo incluye dentro del aparatage mediático que busca mantener la hegemonía cultural estadounidense. Sin embargo, considera que el hombre de acero es principalmente una personificación de las fuerzas sobrehumanas de la naturaleza.

UN SÍMBOLO DE PODER

“Ludovico Silva, en su estudio sobre el cómic tiene razón parcialmente al decir que (Superman) personifica el poder del capitalismo en el sentido de que esta ideología incorpora y gobierna las fuerzas naturales. Pero no olvidemos que eso no es solo un atributo solo del capitalismo sino de las fuerzas productivas sociales. Como personifica fuerzas sobrehumanas y le da a esas fuerzas una moralidad, una inclinación al bien, es una figura teológico-política. La idea de que un cuerpo humano personifique el poder cósmico o natural es muy antigua. La historia de las magias y alquimias es en cierto sentido la búsqueda del hombre superior, cósmico, invencible. Esa idea sacada del contexto puede ser muy ingenua y pueril, muy inverosímil en nuestro mundo secular, así que como juego, entretenimiento, fantasía, ficción esa idea retorna. Y al hacerlo toma un sentido teológico político”, reflexionó.

Además, el sociólogo advirtió que el kriptoniano no es un objeto de culto popular, excepto en lo más profundo del “fandom” (gente que dedica por completo su vida a leer y coleccionar cómics). No es, insistió, objeto de veneración en el sentido en que lo es Elvis Presley, el Che Guevara o Jim Morrison, por ejemplo. Empero, sí lo considera un símbolo muy importante y apreciado de la cultura estadounidense.

“Si había algún tipo de mitificación de Superman, esa terminó hace más de treinta años: desde los ochenta los mismos autores de cómics deconstruyeron, criticaron, satirizaron y deformaron a ese personaje: Alan Moore ha hecho por lo menos tres ‘deconstrucciones’ del ‘mito’ de Superman, en Animal Man Grant Morrison lo presentó como un cretino soberbio, Frank Miller lo puso como una especie de sirviente del gobierno americano que acaba apaleado por un Batman subversivo, ha muerto y resucitado, le cambiaron la apariencia y ‘poderes’ en los noventa porque se creyó que no vendería más de otra manera. Fue eclipsado en diferentes momentos por otros héroes más ‘cool’ y más violentos (X-men, Batman), fue versionado y parodiado”, argumentó Martínez.

Siguiendo con el tema de su uso como instrumento de dominación, el historietista sostiene que nigún cómic estadounidense es neutro, pero tampoco son simplemente propaganda. En este sentido, recomienda no leer Superman para conseguirle mensajes cifrados o propaganda. Por el contrario, sugiere leerlo para entretenerse y luego pensar un poco en todas las cuestiones narrativas, políticas y teológicas que tiene el cómic.

“Los cómics americanos, actualmente y desde finales de los ochenta, no expresan una agenda de derecha, al menos no abiertamente. De hecho, desde los noventas se han convertido en una plataforma para las agendas o preocupaciones de cierta centro-izquierda, digámosle así, que apoya el matrimonio gay, se opone a la política exterior de los Estados Unidos y a algunas prácticas neoliberales. Algunos autores célebres de cómics, como Alan Moore, son conocidos por su discurso completamente anticapitalista, aunque obviamente no todos son así. Pero en este punto si un cómic americano toma una posición política es más fácil que sea una ‘progre’ que una reaccionaria y por eso ha habido una reacción muy fuerte de la derecha de allá: indignación por que Superman ya no es un símbolo de la ‘misión de los EEUU’, indignación por el Spiderman latino, por el Linterna Verde gay, por la Miss Marvel Arabe, por la Batwoman lesbiana, etcétera”, advirtió.

SUPREMACÍA SOLO EN COMIQUITAS

De opinión opuesta, el comunicador social, investigador y coleccionista de cómics, Alberto Aranguibel, afirmó enérgicamente que en modo alguno los súper héroes creados a partir de la década de 1930 en Estados Unidos obedecieron jamás al entretenimiento, como lógicamente se pueda pensar.

Por el contrario, Aranguibel sostiene que desde sus inicios la creación de Superman y otros personajes similares responden a “una necesidad del imperio norteamericano” en su lucha por la dominación planetaria.

Para el comunicador no es casualidad que Superman, el máximo de todos los súper héroes, se haya comenzado a desarrollar en el año 1938, justamente es el mismo año en que Orson Welles, a partir de la famosa difusión de una adaptación para radio de la obra Guerra de dos mundos, descubrió “el inmenso poder de dominación” que tienen los medios de comunicación social y el impacto que pueden ejercer sobre la sociedad.

“En lugar de avanzar con tanques de guerra sobre el planeta, resultaba más efectivo ir alienando las sociedades del mundo con la industria cultural y para eso aparecía como muy expedito la creación de personajes como marcianos para inducir temor a las sociedades. En ese contexto, los creadores de Superman comprenden que ahí hay un instrumento poderosísimo para avanzar en un discurso que no había sido desarrollado de la manera como se desarrolló, de una manera muy bien estructurada para influenciar a las sociedades con un personaje que funcionara como un nuevo Dios”, explicó el locutor.

EL INFILTRADO

El comunicador advirtió que en líneas generales Superman plantea la idea de que los pueblos deben aceptar la llegada de alguien de otro mundo el cual les va a salvar. Y la gente debe entender que aun cuando les resulte muy extraño este visitante debe ser entendido como un salvador.

Una vez que Superman llega a la tierra el padre aun después de muerto le sigue hablando como una especie de conciencia que le dice al hijo que tiene que ayudar a los pueblos, “aun cuando ellos no vean esa necesidad de liberación, aun cuando no tengan problemas tienes que ir a salvarlos, aunque sea en contra de su voluntad”.

“El padre le dice al superhéroe que la gente se va a sorprender de sus poderes y por eso debe manejarse con cautela. Y es ahí cuando surge la doble personalidad, del reportero de El Planeta y Superman. Y ese no es más que el agente de la CIA infiltrado en todos los ámbitos de la sociedad”, analizó.

Para Aranguibel, el discurso empaquetado en las historias de Superman es cada vez más evidente, profunda y descaradamente imperialista. A manera de ejemplo recordó que en una de las últimas ediciones cinematográficas del hombre de acero, el padre le dice que deberá ir muy lejos en su lucha por liberar a la gente. Le advierte el progenitor que no podrá estar con él físicamente pero que podrá ver lo que sucede por medio de los ojos del enviado. Esto, a decir del investigador, es una clara alusión a los medios de comunicación norteamericanos en las distintas acciones militares de esa nación.

De tal manera, que en consideración del comunicador, Superman es un instrumento a favor del derrumbe de las barreras del nacionalismo y de la idea de soberanía de los pueblos.

“Cuando eso se analiza cada episodio de Superman desde el punto de vista de la semiología, desde el texto, te das cuenta de que no hay nada al azar, incluso la forma como Superman se presenta viendo a la sociedad siempre en picado y la sociedad mirando contrapicado es como la sociedad ve a los dioses”, apuntó.

Por medio de Superman y toda la industria del entretenimiento en general, según apunta Aranguibel, el imperio estadounidense busca inculcar en el resto del mundo una idea de supremacía de la que no disponen en la práctica, al menos en la dimensión que ellos la muestran.

Así, el personaje vestido de azul y rojo escondido detrás del traje de Clark Kent, al igual que todo el arsenal de los medios de comunicación, son empleados por Estados Unidos para propagar la ideología capitalista.

UNA REPRESENTACIÓN

Por su parte el investigador y docente, José Rafael Gutiérrez, coincide con Aranguibel y describe al hombre de acero como un mito producto de la industria cultural, creado como icono para representar el orden y la justicia de una determinada cultura, que identifica los modelos y las vivencias de su generación. Por tanto, elaborado para adaptarse al imaginario corriente, pues su creación responde a la necesidad de la sociedad estadounidense de representar sus poderes, su invencibilidad y capacidad para imponer sus designios de dominio ante el mundo entero.

En esencia, dice Gutiérrez, Superman refleja esa relación entre producción y consumo creada a partir de la necesidad de dominio de una sociedad sobre otras, que necesita y se vale de cualquier medio para enviar mensajes y posicionarlos en las masas, asegurando a su vez altos índices de rentabilidad.

“Desde su creación, Superman representa a la sociedad estadounidense en dos direcciones, por un lado dejándole sentir al ciudadano estadounidense promedio que puede ser un superhombre predestinado a luchar contra el mal, y por otro lado, dejándole sentir al ciudadano promedio de cualquier parte del planeta que hay un súper héroe estadounidense poderoso, invencible, dominante y, en consecuencia, predestinado para imponer sus designios en cualquier parte del mundo”, declaró el catedrático.

José Rafael Gutiérrez argumentó que, al aplicar el principio de la forma y el fondo presente en toda obra artística, esa dualidad referida anteriormente permite interpretar un discurso integrado por una forma, evidenciada en el color de su vestimenta que identifica la bandera de los Estados Unidos, la actitud dura, imponente y prepotente del personaje, su poderosa estructura física, y también se interpreta un fondo, en el que subyace la finalidad y la intención de posicionar una ideología.

A diferencia de las recomendaciones de Jeudiel Martínez, el docente universitario considera que no es suficiente con ver un cómic para interpretar su sentido, sino que es necesario analizarlo crítica y reflexivamente con el fin de comprender lo que en esencia pretende comunicar, como expresión de ideas, como generador de emociones y como transmisor de valores.

Con base en las características del personaje, Gutiérrez señala que Superman debe leerse como un medio de expresión de la cultura que, con una intencionalidad ideológica, se vale de procedimientos determinados por influencias socio – culturales para desencadenar efectos en la mente de los lectores o espectadores a favor de sus intereses, mediante una producción que es transmitida en una extraordinaria difusión hegemónica de gran poder tecnológico y económico, la cual constituye una forma de coloniaje cultural sobre los pueblos, “en cuyo contexto tienen sentido las ideas por la liberación, la emancipación y la independencia de los pueblos, donde los ciudadanos ejerzan su derecho a pensar de manera autónoma, constituyéndose en sujetos preparados para contribuir por sí mismos al desarrollo económico, social, político y cultural de sus naciones”, agregó.

Inclusive, para José Rafael Gutiérrez, después de casi 76 años Superman no ha sido superado como fiel evidencia del carácter transcultural del cómic producido mediante estrategias de dominación, con la velada intención de influir en la voluntad de los consumidores para que acepten fácilmente aquellas expresiones culturales que manifiestan, refuerzan e imponen las ideas que sustentan las apetencias del poder hegemónico que lo produce.

En sintonía con Jeudiel Martínez, el docente e investigador reconoció que Superman ha influenciado de manera relevante y evidente no solo los procesos artísticos relacionados con el desarrollo tecnológico, pues de tira cómica impresa adquirió carácter masivo al ser llevada al cine y a series televisivas, sino que su impacto en el ejercicio del dibujo y la literatura del cómic en el mundo le otorgó carácter de género, llegando a convertirse en objeto de estudio para semiólogos e investigadores en el área de la comunicación social, la psicología y la sociología.

Toda obra de arte o producto cultural, dijo Gutiérrez, es expresión de su tiempo y del espacio cultural que condicionó su creación. Superman como héroe emblemático del cómic estadounidense personaliza el rol de juez auto-concedido que se arroga el derecho de ejercer esa nación con respecto a sus semejantes en el planeta. Este personaje es expresión de la política, ya no tan encubierta de Estados Unidos hacia el exterior, y su intencionalidad descarta la posibilidad de considerarlo solo como un producto gráfico formal, cuya finalidad no está más allá de sus condiciones materiales para entretener, divertir o generar esparcimiento.

Al contrario, además de eso, contempla también su interpretación como un producto elaborado a base de códigos que requieren de entrenamiento para descifrarlos porque, como manifestación de la cultura, refleja el contexto político y social del momento, así como la afiliación ideológica de quien lo elabora.

Según opinó el catedrático, Superman tiene el mérito de ser un cómic “que logró trascender en la historia más allá de su presentación gráfica como atractivo relato transmitido en dibujos y viñetas, concebido para continuar la guerra por otros medios y convencer al mundo entero de que cualquier resistencia a sus poderes no tendría sentido”.

MAPA ALTERNATIVO PARA CONOCER A SUPERMAN

  • El sociólogo e historietista venezolano Jaudiel Martínez ve en el cómic en general y en Superman en particular un buen entretenido “si se sabe elegir que guionista o dibujante es el mejor”.
  • En este orden de ideas sugirió leer las antologías que muestran cómics de diferentes décadas que mezclan entretenido y elementos interesantes. “Como sea, en nuestra época son más interesantes los análogos o versiones de Superman que Superman mismo”, sentenció.
  • Con base en su experiencia sugirió una suerte de mapa para adentrarse en las aventuras del kriptoniano de traje azul y capa roja.
  • Los cómics originales de Siegel y Shuster o la animación de los años cuarenta de los hermanos Fleischer.
  • Las colecciones Adventure comics, Superboy, Jimmy Olsen el amigo de superman, etcétera, que resumen bien el tono de las historias hasta los años setenta.
  • La versión contemporánea de 1986 de John Byrne “el hombre de acero” y la serie animada de los estudios Warner Superman aventuras animadas basada en esa versión.
  • La novela gráfica de Alan Moore ¿Qué pasó con el hombre del mañana?.
  • La fase del escritor Grant Morrison en la Liga de la Justicia.
  • La novela gráfica kingdoms Come (venga tu reino), de Alex Ross.
  • La novela gráfica Dark Knigth returns, de Frank Miller.
  • La novela gráfica Lex luthor el hombre de acero.
  • La novela gráfica Generaciones que muestra a Superman y Batman en varias décadas.
  • El relanzamiento o nueva versión del personaje y de la serie por la editorial DC Comics en los títulos Adventure Comics de Grant Morrison y Superman hombre de acero.
  • Las tres primeras películas de los setenta y ochenta y la del año pasado (2013).
  • Versiones alternativas, análogos y parodias de Superman:
  • Supreme y Miracleman, de Alan Moore.
  • Thor en la fase, de Jack Kirby y Stan Lee.
  • Red Son (hijo rojo), de Mark Millar.
  • The Authority, de Warren Ellis y su versión gay y violenta de Superman: The Apollo.
T/ Luis Jesús González Cova
F/ Girman Bracamonte -Archivo CO
I/ Vargas