Mitos y falacias anticonstituyentistas

Por: Alberto Aranguibel B.

El empeño de la derecha venezolana en descalificar la posibilidad de una Asamblea Nacional Constituyente, está sujeto a varios mitos y falsedades que deben ser desmontados para impedir a tiempo la obstrucción de un proceso que representa no solo la posibilidad de alcanzar plena y definitivamente la paz en nuestro país, mediante la erradicación de la diatriba política pendenciera y sin solución a la que nos ha arrastrado la oposición venezolana como muestra de su ineptitud y su incompetencia para gobernar, sino que entraña en sí mismo el inmenso logro del avance hacia una nueva concepción del Estado, de la sociedad y de la vida misma, de esa gente que mayoritariamente aspira al bienestar y al progreso en el marco de la paz y del respeto a nuestros valores como nación soberana e independiente.

En primer término, el mito según el cual las Constituciones vendrían a ser como camisas de fuerza que tendrían como fin impedir las posibilidades de transformación a la que aspiran siempre los pueblos. Mito que tiene su origen en la particular circunstancia de que la Constitución que sirve de referencia a la derecha en el mundo, la de los Estados Unidos de Norteamérica, no acepta la menor posibilidad de modificación en ninguno de los siete artículos que la integran.

Esa Constitución, que es la base normativa de las sociedades capitalistas, fue el producto de necesidades propias del comercio que tenían nueve de los trece estados que integraban la unión  hace casi un cuarto de milenio. Se trataba de la regulación del intercambio comercial entre esos estados y no de la consagración de derechos humanos o de funcionamiento del Estado en razón de las necesidades de la sociedad, sino de las necesidades de los grandes capitales.

La constitución norteamericana no permite revisión o modificación alguna porque ello significaría revisar el modelo capitalista. Y si hay algo inaceptable en el capitalismo es exactamente la posibilidad de ser sometido a consideración.

Una Constituyente como la que propone la Revolución Bolivariana, tiene que servir como guía de la aspiración del pueblo en función de los cambios que en el seno de la sociedad ocurran desde el punto de vista cultural, económico y político.

Tiene que ser una herramienta viva en permanente evolución, hasta que la sociedad alcance el estadio de justicia e igualdad que se propone el modelo social que la promueve.

Ulises Daal en su trabajo ¿Dónde está la Comuna en la Constitución Bolivariana? lo explica perfectamente: “La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) es la primera en la historia del constitucionalismo mundial que no fue dictada con el objeto de conservar o mantener las instituciones de la sociedad en la cual fue aprobada, como tampoco para establecer condición pétrea o inmutable de las instituciones que ella misma ordena crear. Ello es así porque al establecerse que el fin supremo de la CRBV es el de «refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural», hace de nuestra carta magna instrumento para el desarrollo de un proceso de transformación social en la dirección de alcanzar ese fin supremo”.

Hay quienes sostienen desde la oposición que adecuar nuestra Carta Magna a la nueva realidad social, política y económica, sería atentar contra el legado de Chávez. A Ellos habría que decirles, siguiendo la idea de Daal, que lo contrarrevolucionario sería colocar nuestra Constitución bolivariana de espaldas a las nuevas necesidades del pueblo y asumirla, como asumen los norteamericanos la suya, como un texto inflexible que solo sirve para perpetuar el sistema de opresión contra sus ciudadanos.

Otro mito es que sería un fraude llamar a Constituyente en vez de convocar a elecciones generales.

La elección general que propone la derecha es una flagrante inconstitucionalidad que busca violentar el hilo constitucional con efectismos de ilusionistas que nada tienen que ver con el carácter democrático que intentan imprimirle.

La mega elección (como también se le dice), tiene el único propósito de hacer creíble ante el mundo la versión del fraude que la derecha necesita cantar para acusar al gobierno de “dictadura”. Cosa que le sería imposible de hacer si en vez de una sola elección se llevan a cabo tres o cuatro (incluido el referéndum aprobatorio de la Constituyente) y en cada una tuviera que denunciar fraude.

La elección de una Constituyente, no partidista y desde la base, es un tipo de elección distinta donde el inmenso poder del dinero no tiene la más mínima posibilidad frente a la de los liderazgos locales de cada comunidad.

Por eso cuando el presidente Manuel Zelaya, de Honduras, propuso la instalación de una urna electoral para consultarle al pueblo si estaba de acuerdo con iniciar un proceso constituyentista, esos grandes capitales se confabularon con el imperio norteamericano para sacarlo del poder de inmediato.

La derecha considera que consultarle al pueblo es un fraude a un sistema electoral que ella asume como de su exclusiva propiedad, porque en la democracia representativa las elecciones están destinadas a consolidar el modelo capitalista, no a transformar la sociedad.

Que una constituyente sectorial sería antidemocrática porque no representaría la voluntad popular de la mayoría, dicen desde la derecha. Un argumento descabellado que entiende a la sociedad como el conjunto de la escoria humana que no tiene ninguna utilidad para el Estado sino para las elecciones. Algo que corrige el Libertador Simón Bolívar en su Discurso de Angostura, cuando señala que la Constitución que debemos tener los venezolanos no debe obedecer a la naturaleza de otra sociedad sino a la realidad de la nuestra, con lo cual solo intentaba subsanar el error en el que los libertadores, entre ellos él mismo, habían incurrido en la Constitución de 1811, al consagrar las exclusiones que inspiró en su momento la Constitución de los Estados Unidos en nuestro primer texto constitucional.

En esa Constitución de 1811 se establecía, por ejemplo, lo siguiente: “Todo hombre libre tendrá derecho al sufragio […] si poseyere un caudal libre del valor de seiscientos pesos […] Serán excluidos de este derecho, los dementes, los sordomudos, los fallidos, los deudores a caudales públicos con plazo cumplido, los extranjeros, los transeúntes, los vagos públicos y notorios, los que hayan sufrido infamia no purgada por la Ley, los que tengan causa criminal de gravedad abierta, y los que siendo casados no vivan con sus mujeres, sin motivo legal.”

De haberse impuesto el criterio mercantilista que nuestra primera Constitución copiaba del modelo constituyente norteamericano, y de haber prosperado la tesis del carácter sagrado e inviolable que debía tener la misma, hoy en día más de la mitad de los venezolanos no tendría derecho al voto.

La propuesta sectorial tiene como objetivo asegurar que quienes vayan a adecuar nuestra Constitución a la nueva realidad y fortalecer el avanzado modelo constitucional que exige el país, sean verdaderos representantes del pueblo y no las élites políticas que desde siempre decidieron y comprometieron a su antojo el destino de la Patria.

Por eso los líderes de la oposición, que ya de hecho han secuestrado las aspiraciones de una buena parte del país al erigirse en cúpula sempiterna del poder en los partidos de la derecha, se niegan a reconocer el inmenso logro democrático que la revolucionaria figura de la Constituyente Sectorial convocada por el Presidente Maduro representa.

Otra falacia es el mito según el cual la Constitución estaría diseñada y cosida a la medida del Presidente Maduro para perpetuarse en el poder.

A tan escueto e insustancial argumento, una respuesta breve.

Si convocar el Poder Constituyente Originario del pueblo, para que sea él quien de forma soberana decida el modelo de sociedad que considera mejor para el país, es para la derecha un mecanismo de perpetuación en el poder, entonces bienvenido sea ese mecanismo que hará por fin del ritual electoral un instrumento de redención y de justicia social y no una herramienta para la legitimación de la explotación de la mayoría por parte de unos pocos.

Finalmente la perversa voltereta discursiva que advierte sobre la supuesta inutilidad de una Constituyente para resolver los problemas de desabastecimiento de productos y medicinas que hoy padece el país.

La respuesta es simple; si algo nos trajo a este punto de la crisis económica no fueron las medidas del Gobierno bolivariano, sino el engaño en el que cayeron quienes el 6 de diciembre de 2015 votaron por la derecha venezolana que ha pretendido incendiar al país desde que Nicolás Maduro fue electo Presidente de de la República, permitiendo así el envalentonamiento saboteador y pendenciero de esa derecha desde la Asamblea Nacional.

Para resolver los problemas de los venezolanos, hay que empezar por salir de esa oposición delincuencial y terrorista que ha llenado de destrucción, horror y muerte al país.

Y eso solo se logra hoy con una Asamblea Nacional Constituyente.

@SoyAranguibel

El loco empeño de la derecha en despojar a la revolución

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 15 de junio de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En diciembre de 2013, casi tres lustros después de ser aprobada en referéndum popular la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela con más del 70% de los votos, uno de los líderes del fallido golpe de Estado que se perpetrara en abril de 2002 contra el estado de derecho en el país, Gerardo Blyde, tomaba la palabra en el encuentro por el diálogo convocado por el Presidente Maduro en Miraflores con los alcaldes de la oposición, para exponer lo que él mismo definió en ese momento como su planteamiento más importante en esa reunión: que la Constitución existe solo porque la oposición se opuso a ella. “La Constitución nacional –dijo entonces- ustedes la constituyeron, la defendieron, buscaron que el pueblo la aprobara, y el pueblo la aprobó. Luego buscaron reformarla, y otros nos opusimos a esa reforma. Y fue allí cuando la Constitución fue reafirmada, porque fue aceptada por ustedes y por nosotros; cuando quisieron reformarla la gente dijo entonces “No hay reforma”, y ahí fue cuando la Constitución cuajó.” (1)

El argumento, venido de uno de los diputados de la derecha que más férreamente se opuso en 1999 a la aprobación de la nueva carta magna que Hugo Chávez le había prometido al país, y que apoyó la disolución de todos los poderes públicos durante el llamado carmonazo, que empezó por derogar ese mismo texto constitucional que según él “cuajó” cuando la oposición votó contra ella, es tan disparatado como afirmar que Fernando VII sería tan Libertador de América como Simón Bolívar, porque mientras éste impulsó la independencia aquel luchó con todas sus fuerzas contra ella.

Pero el disparate no es casual.

La razón de fondo de tan absurdo y muy bien calculado razonamiento, no es otra que la de buscar despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más valiosos e importantes logros políticos en el proceso de transformación del Estado.

El gesto mismo que usara en todo momento el comandante Chávez para destacar la importancia de esa gran conquista popular que es la constitución bolivariana, consistente en mostrarla alzándola en su mano cada vez que se refería a ella, es copiado sin la más mínima vergüenza por la dirigencia opositora como si de un gesto común del neoliberalismo se tratara. No existe ninguna normativa que obligue a alzar la constitución cada vez que se mencione, pero la oposición lo hace indefectiblemente porque piensa que con ello le resta al impulsor de ese avanzadísimo texto fundacional el crédito de su autoría.

Con ese mismo loco empeño, el ex candidato de la derecha, Capriles, intentaba en un momento determinado apropiarse de la imagen que Chávez construyó durante años como redentor de nuestra identidad nacional, poniéndose la gorra tricolor de ocho estrellas usada siempre por el comandante y que en todo momento ha repudiado la oposición.

La falsedad de su apego a esa gorra no es evidente nada más en su tozudo empeño en enarbolar simultáneamente la antigua bandera de siete estrellas que con tan ridículo furor enarbolan en las mismas marchas en las que exigen dólares para viajar a Miami, sino en la troglodita sorna de “¡Sí, pero tenemos Patria!” que profieren cuando no consiguen papel tualé. La contradicción ahí no es de ninguna manera relevante (y probablemente ni siquiera perceptible) para ellos. El propósito central es el de despojar a la revolución de un importante activo simbólico, y eso en sí mismo ya constituye una razón más que determinante para perseverar en el dislate.

Desde la óptica del anticomunismo las contradicciones no son elementos de valor en la confrontación con todo aquel modelo que de alguna manera refiera a ideas o postulados de izquierda. A diferencia de lo que suele pensarse, el anticomunismo no es sinónimo de la ideología capitalista. Mientras que el capitalismo es riguroso en la elaboración conceptual de principios y postulados filosóficos propios, el anticomunismo no se basa en cuerpo doctrinario alguno, sino en el odio hacia las ideas de otros. Lo que permite que corrientes de diverso signo (socialcristianos, socialdemócratas, centro izquierdistas, ultraizquierdistas, etc.) puedan converger en un mismo propósito, como es el caso de la llamada Mesa de la Unidad Democrática en Venezuela, que tiene en el antichavismo su único elemento doctrinario común.

La recurrente propuesta del diálogo a la que apela la oposición antichavista de manera terca como fórmula milagrosa para subsanar lo que ella denomina “crisis nacional” (que no es otra cosa que la evidencia de su propia ineptitud para alcanzar el poder por la vía democrática), persigue colocar a la minoría política del país en una posición decisoria de gobierno sin necesidad de haber alcanzado la mayoría que en todo régimen democrático resulta indispensable para la determinación de la responsabilidad en la conducción del Estado. El chantaje que a la larga significa esa propuesta de diálogo (que amenaza persistentemente con incendiar el país si no se le satisface), no es sino otro intento de vulgar saqueo contra el derecho soberano del pueblo a elegir sus gobernantes, y una perversa emboscada política que busca frenar desde una mesa de conciliábulo el avance del Plan de la Patria por el que el pueblo votó mayoritariamente.

Para el anticomunismo todo régimen popular es por excelencia antidemocrático esencialmente porque, según el dogma anticomunista, el poder debe ser ejercido por las élites dominantes y no por las mayorías proletarias (comunismo). Es por ello que, para la retardataria derecha antichavista nacional e internacional que hoy ataca a la revolución bolivariana el voto termina siendo un enemigo de primer orden, porque ha convertido a los venezolanos en actores de un proceso de transformaciones que han impedido mediante el sufragio durante más de dieciséis años la reinstauración del modelo neoliberal que tanta exclusión, hambre y miseria generó en el pasado.

A lo largo de toda la revolución bolivariana, se han llevado a cabo más elecciones que en ningún otro momento de nuestra historia como república. Un promedio de una elección anual así lo evidencia.

Jamás el cronograma que el Consejo Nacional Electoral está obligado por Ley a establecer ha sido postergado. No hay ningún anuncio (y ni siquiera un indicio) que permita afirmar que se está evadiendo en esta oportunidad ese compromiso con la democracia, que la revolución ha honrado sistemáticamente como parte de su propuesta de profundización de la participación y el protagonismo que ella promueve con su proyecto de socialismo bolivariano y chavista. El voto, como instrumento de reafirmación democrática de los pueblos, es consustancial a la concepción chavista del Estado.

De ahí que el objetivo más importante de la huelga de hambre montada por los líderes terroristas recluidos en la cárcel militar de Ramo Verde, presos gracias a sus actos de agavillamiento, conspiración e instigación al asesinato, y por los cuales se ha movilizado tan activamente esa derecha nacional e internacional, no sea ya demandar su liberación sino exigir el establecimiento de una fecha para las elecciones parlamentarias de este año. La observación internacional de las elecciones, otro gran avance en el perfeccionamiento del sistema electoral venezolano que se ha expandido desde Venezuela hacia el mundo entero (menos a EEUU que la prohíbe), y que durante la revolución ha estado incluida en todos los procesos eleccionarios, forma parte del ridículo paquete de solicitudes absurdas de esos huelguistas.

El propósito no es otro que el de hacer aparecer desde ya ante el mundo a la revolución como una dictadura, para preparar el terreno mediático que les permita denunciar fraude en unas elecciones en las que a todas luces saldrán inevitablemente derrotados, tal como lo indican no solo las encuestas sino el estruendoso fracaso de sus primarias y la muy escasa capacidad de convocatoria que apenas logran alcanzar en sus movilizaciones de calle. La realidad de la oposición es el descalabro en el que agoniza.

Exigir lo que inevitablemente se va a dar, lo pidan ellos o no, es una burda forma de engaño que solo busca confundir al pueblo mediante el viejo truco de las profecías autocumplidas, al mejor estilo de los vaticinios de lastimosidad de los videntes de la antiguedad que anunciaban como prodigio propio la salida del sol por las mañanas. Es el recurso último y desesperado de una derecha fracasada y estafadora que solo puede vivir, cuando mucho, del impúdico despojo de los logros ajenos.

(1) Intervención de Gerardo Blyde

@SoyAranguibel

María Corina Machado exige cumplimiento de la Constitución

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– La hoy ex-diputada María C. Machado firmó el Decreto de Carmona en 2002 –

María C. Machado, luego de firmar en contra de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela durante el golpe de Estado del 2002, ha exigido persistentemente al pueblo venezolano el cumplimiento de la Carta Magna que el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías impulsara en el país como parte de su propuesta de socialismo humanista del Siglo XXI, tal como se constata en esta breve pero muy ilustrativa recopilación de videos de la hoy ex-diputada: