Mi explicación para la historia (2 de 3)

– Publicado el lunes 28 de diciembre de 2015 – 

Por: Alberto Aranguibel B.

En Venezuela mucha gente que pasó de sobrevivir en la más honda miseria a disfrutar de una calidad de vida digna donde el trabajo y el salario, así como el acceso a bienes y servicios gratuitos subsidiados por el Estado, son derechos conquistados por la revolución, comenzó a delirar de un momento a otro con la idea de que la misión del socialismo no era la transformación de la sociedad, sino la de financiar la importación masiva de cuanto artefacto o producto apareciera en el mercado internacional, el derroche del turismo masivo por el mundo no una sino dos o hasta tres veces al año, el raspado de cupos de tarjetas de manera infinita y la ingesta perpetua del más costoso whisky.

El consumismo se convirtió de repente en la ilusión más insaciable de la población. La depresión del históricamente precario aparato productivo nacional y el incremento progresivo de la calidad de vida del venezolano, abría una brecha cada vez más descomunal entre la oferta y la demanda. Y el sector privado no se preparó para ello. Se dedicó más a la especulación cambiaria que a ninguna otra cosa. Se habla, por ejemplo, de la crisis del sector salud. Pero el capital privado no atiende el crecimiento de la población ni de su poder adquisitivo. Más del 85% de las clínicas privadas se construyó hace 30 o 35 años, y ya entonces era insuficiente.

Un crecimiento exponencial de centros comerciales a lo largo y ancho del territorio nacional durante la última década da cuenta de intensificación de la estrategia de negocios de un sector privado que jamás ha pensado en el desarrollo del país sino en la tasa de ganancia fácil que la importación provee, tal como lo denunció Uslar Pietri el 14 de julio de 1936. El desangramiento de nuestras reservas en la última década llegó a ser descomunal.

El rentismo petrolero ha mantenido en vilo a la economía nacional desde hace casi un siglo. El incremento de esa fiebre derrochadora que hacía ver al socialismo como benefactor y no como transformador, no era sino una burbuja que en algún momento habría de estallar.

El detonante; el “Dakazo”. Una orden presidencial para proteger el salario de los trabajadores penaliza una grosera usura de más del 300% de sobreprecio y se dispara una guerra especulativa que termina convertida en apenas dos años en el grotesco fenómeno del “bachaqueo”, que no es más que una forma burda de capitalismo popular consistente en comprar barato para vender caro. Lo mismo que hacía Daka, pero en mayor escala.

A lo largo de ese proceso cundió la matriz de la derecha neoliberal que acusaba al gobierno de culpable de una inflación a todas luces inducida. ¿Cuál política de Banco Central alguno podía regular tan inusual fenómeno?

Pero además, ¿Es correcto eso de que la economía es lo primero a resolver en revolución y no lo político? ¿Entonces, qué le da direccionalidad a la concepción económica del proyecto y asegura su perdurabilidad en el tiempo?

¿No habrá sido precisamente el haber cedido a la voracidad neoliberal de colocar lo económico por delante de lo político lo que explica el tan alto índice de beneficiados por la revolución que votan por la derecha, antes y después de las colas, así hayan obtenido gratis no solo la casa sino el equipamiento, el vehículo, el trabajo, la educación, la salud y hasta la tableta y el acceso a internet?

A medida que se intensificaba el discurso de la agudización de la crisis, la banca privada crecía a un promedio de 68% anual, particularmente en los dos últimos años. ¿Cuál economía en el mundo de la que se diga que está en una profunda crisis puede mostrar tan altas tasas de crecimiento del sector bancario? Nada es más revelador de que en Venezuela no hay crisis económica sino guerra económica.

Por la derrota electoral hasta los voceros revolucionarios más connotados infieren que el descontento se debió a la falta de medidas económicas (que es exactamente lo mismo que pregonan los voceros del neoliberalismo que procuran el desmantelamiento de la revolución) y se blande el escudo de la “autocrítica” para señalar ya no al presidente Maduro solamente, sino a todo aquel que ejerza el derecho (y el deber revolucionario) de defender a la revolución de los ataques de la derecha, cuando se les pregunta ¿No es medida económica financiar en medio de esa guerra y de la caída más vertiginosa del ingreso petrolero que ha sufrido la revolución en toda su historia, el sostenimiento de las más de treinta y cinco misiones y grandes misiones sociales, mantener el empleo, incrementar los salarios, triplicar el ritmo de construcción de viviendas, sostener el precio de la gasolina y los servicios públicos más baratos del mundo, así como la gratuidad de la salud, la educación y las pensiones, y aún así mantener a salvo al país del estrangulamiento al que somete el FMI a las economías del mundo con el endeudamiento?

¿Es la cantidad de votos que se obtengan o no en una elección el determinante de los aciertos y desaciertos económicos de un gobierno revolucionario? ¿No sería eso demasiado parecido al populismo que rechazamos como etiqueta del proceso bolivariano?

Imagino a los caraqueños marchando en su huida a oriente fatigados y hambrientos detrás del Libertador, en el disparatado y absurdo trance de detener la marcha para exigirle en tono de chantaje al Padre de la Patria una respuesta inmediata a su padecimiento so pena de abandonarlo todo y pasarse al bando realista, y a quienes en verdad veo es a quienes ahora desde nuestra propias filas le dan la razón a lo que hasta ayer denunciaron como guerra sicológica contra el pueblo. Son los que hoy piden con deslumbrante convicción cambio de ministros, de directiva del partido, encarcelamiento de funcionarios a diestra y siniestra (como si no se hubiera destituido y pasado a tribunales a cientos de funcionarios corruptos durante este gobierno) y hasta conminan al presidente a convocar cuanto antes a un referéndum consultivo, sumándose sin solución de continuidad al coro del discurso opositor.

Esos pontífices revolucionarios insisten en que el problema es que hay descontento porque no se consigue nada. Para ellos eso es tan simple como que el gobierno no funciona. Como si el aspecto de la agresión imperialista que incide en la realidad política venezolana no tuviese nada que ver en ello.

Claro que la voz del pueblo es la voz de Dios. Por supuesto que hay muchísimos errores que corregir. ¿Pero es auténtico un sentir popular manipulado como nunca antes por las más poderosas herramientas de la derecha nacional e internacional? ¿No habíamos quedado en que el peligro de esa guerra era precisamente el riesgo de confusión que ella podía generar entre el pueblo?

¿Es la falta de políticas económicas lo que genera el descontento? ¿Y los que creyeron en las patrañas urdidas por la derecha internacional contra la Primera Combatiente, o contra el presidente de la Asamblea y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, o las irresponsables infamias desmovilizadoras promovidas por Marea Socialista, Fedecámaras, Consecomercio, Felipe González, Lilian Tintori y tantos otros actores o “colaboradores” de la derecha, dónde los dejamos?

Salvo un muy minucioso y demoledor documento producido por el economista Luis Salas (muy a última hora y sin ningún apoyo de difusión por parte del sistema de medios del gobierno) no se articuló un mensaje contundente que explicara todas esas falacias y diera a conocer con precisión y claridad los trasfondos neoliberales más sustantivos, los mecanismos y los responsables de la guerra económica, ya no desde una óptica técnica económica o una simple declaración de prensa, sino desde un punto de vista estrictamente comunicacional y político perfectamente sistematizado en una gran campaña central del gobierno que evidenciara que la revolución sí estaba creciendo, pero ya no solo en términos de logros materiales sino también políticos.

La derecha supo conectar comunicacionalmente a Maduro con las colas y nosotros no supimos desconectarlo.

Porque había que “comunicar” y no solamente informar, ya no a través de la television o la radio, sino en la calle, cara a cara con el pueblo, explicando claramente la crisis económica desde el punto de vista político y no desde la concepción publicitaria de los logros.

La comunicación fue, pues, el talón de Aquiles de toda esta batalla librada en la peor desventaja por el camarada Maduro. Pero de eso voy a escribir el próximo lunes en la última entrega de esta reflexión.

@SoyAranguibel

Rosebud o la navidad que nunca fue

– Publicado en Correo del Orinoco el  15 de diciembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Nada es más desconcertante que la inexplicable fascinación que produce la bola de cristal que recrea la síntesis navideña tal como la explica la religión católica desde que el papa Julio I la instituyera por allá por el 350 d.C., reducida en una pequeña burbuja de agua con glicerina que ayuda, según se le agite, a minúsculas motas de plástico a imitar la cadencia de la nieve sobre un paisaje nórdico con casitas de montañas nevadas, renos, trineos, pinos adornados, o muñecos de nieve y a veces hasta de un absurdo gélido pesebre, con niño Jesús, San José, Virgen María y hasta con mula y buey.

De origen impreciso, se dice que el invento data de mucho más de un siglo y que, según el portal “Bolas de Nieve”, en su evolución habría transitado desde Europa hasta América impulsado por el boom del cual el raro artificio habría sido objeto con su aparición en la primera Exposición Universal de París en 1878. En Viena, sin embargo, la familia Perzy, dueña de una famosa casa fabricante de bolas de nieve, sostiene que su abuelo, Erwin Perzy, fue quien en 1900 habría llegado por accidente a la creación del mítico juguete cuando intentaba perfeccionar una lente con luz incorporada para su uso en quirófanos.

De acuerdo a los Perzy, la pequeña empresa familiar vienesa produce un promedio de 200.000 esferas al año, siendo sus clientes más importantes los Estados Unidos y Japón, a quienes atienden con pedidos no solo con motivos navideños sino para toda ocasión, incluso como souvenir para eventos como las inauguraciones presidenciales, para las cuales han producido ediciones especiales con motivo de la juramentación de los presidentes Reagan, Clinton y Obama. Algo perfectamente comprensible en culturas familiarizadas con los elementos con los cuales el sincretismo de la navidad se ha resuelto a partir del entorno natural que les corresponde, como el pino o la nieve, pero que desconcierta en las cálidas regiones tropicales del planeta, como el Medio Oriente, norte de África, el Caribe y Centroamérica, donde la bola de nieve cautiva a millones de niños y adultos por igual, independientemente de su credo o profesión religiosa.

En su afán de dominación la doctrina de la iglesia católica persigue abarcar cada vez más allá, incluso hasta de sus propias fronteras estrictamente religiosas, fundamentalmente en la búsqueda del control social al cual se considera predestinada y en función de la supremacía que su carácter indefectible, con sentido de totalidad y de santidad intrínseca, le confieren por encima de cualquier otra forma de organización social. De ahí su ancestral preocupación por hacerse de ese valioso y poderoso instrumento de captación de la fe que es la Navidad. Con ella ha logrado llegar hasta el último rincón de la tierra sin mediar preocupación alguna de nadie por la infinita cantidad de inconsistencias bíblicas que rodean la liturgia de la Navidad tal como ella nos la presenta.

Sai Baba, en su discurso de Navidad de 1972 en Bangalore, sostiene que “Los grandes maestros pertenecen a la humanidad; es un error creer que Jesús pertenece sólo a los cristianos y que la Navidad es un festival sagrado sólo para Occidente. Aceptar a uno de ellos como propio y desechar al resto por pertenecer a otros, es una muestra de mezquindad. Cristo, Rama, Krishna, son para todos los hombres de cualquier lugar.” La fiesta se impone sin importar credos ni razas.

Los “aconfesionales” en España, por ejemplo, dan un vuelco total al concepto argumentando el asalto de la iglesia católica a una festividad que según ellos data de mucho antes de la cristiandad, acusándola de imponer el nacimiento de Cristo (de quien no se supo jamás la fecha exacta de su nacimiento) en la fecha del solsticio de invierno para aprovechar la popularidad del mismo en la expansión de su religión. Por lo cual celebran la Navidad pero sin la connotación religiosa que la asocia a la iglesia.

Por lo general los ateos de todas partes del mundo celebran durante esas fechas el encuentro familiar, la cena, los regalos, y hasta montan el árbol con adornos alegóricos, obviando sin perturbación alguna el carácter confesional de la Navidad. Según reportaje del portal español Público.es, Ana García, atea junto a su marido y sus dos hijos, e integrante de las asambleas vecinales surgidas en Madrid a raíz del 15-M, es organizadora del movimiento “Otra Navidad es posible”, cuya finalidad es crear consciencia sobre el carácter eminentemente consumista de la celebración. Pero, tal como ella lo dice “No creemos en dios, pero no por eso vamos a renunciar a la fiesta, ¿no?”

Al respecto el mismo Sai Baba concluye en aquel mensaje de 1972: “La forma en que actualmente se celebra la Navidad muestra cuánto se han alejado los hombres de esos ideales, ¡cuánta ignominia están acumulando en su nombre! Se reverencia la hora de medianoche; se adora con luces; se pone el árbol de Navidad y después se pasa la noche bailando y tomando.”

Pero ¿cuál forma de Navidad es la que se ha impuesto definitivamente en la sociedad actual, más allá del carácter religioso o de naturaleza consumista al que en principio se le asocia? La bola de nieve pudiera entrañar una respuesta.

La posibilidad de capturar en la palma de la mano la síntesis de todo lo maravilloso que la Navidad representa en el imaginario del ser humano desde su más temprana edad, construida desde hace dos mil años a lo largo y ancho del planeta por la más poderosa institución de la historia, es sin lugar a dudas una motivación principalísima. Pero su valor fundamental está oculto tras la fascinación y el encantamiento pueril que nos ofrece el (en apariencia) inofensivo juguete.

El cine, que no ha perdido jamás la perspectiva de su rol como instrumento de alienación y de enajenación social, ha registrado de manera memorable esa fascinación que causa en la gente la bola de nieve, elevándola a niveles filosóficos complejos de la mayor significación para la doctrina de la dominación de los sectores hegemónicos sobre los pueblos.

En una de las escenas más empalagosamente cursis que se recuerden, Mary Poppins enternece a los niños a su cuidado con una bola de nieve mientras les arrulla con una canción de cuna que describe a una pordiosera implorándole al gran banquero (el padre de los niños) que le compre unas migas de pan para echárselas a los pájaros. La repugnante discriminación social que el mensaje encierra salta de la pantalla y estalla cual vómito en la cara del espectador.

Pero es en El Ciudadano Kane, considerada todavía hoy como la mejor película de todos los tiempos, donde la simbología oculta del cine con la navidad como respuesta al inmemorial sueño de la felicidad del ser humano se hace patente en la forma más cruda y bochornosa. La angustiosa búsqueda de “Rosebud” a la que es invitado el espectador, concluye en la inevitable solución a la que suele llegar Hollywood en igual disyuntiva entre los ricos y los pobres, según la cual nadie, por muy acaudalado y poderoso que sea, será feliz si no es pobre. En un momento del film, un viejo y agotado Kane le dice a su asistente, el señor Berstein, “De niño no quise nunca ser adinerado ni privilegiado; de no haber sido tan rico quizás habría sido un gran hombre”. El cine es el único espacio del capitalismo donde ser rico es malo.

Al final de la historia, la bola de nieve terminó siendo el único objeto de importancia que Kane encontró en medio de la devastación del fin de sus días, precisamente por la posibilidad que le brindaba de atesorar en esa minúscula farsa de cristal la felicidad a la que solo tuvo acceso cuando era pobre y de llegar de nuevo hasta Rosebud aunque solo fuese con el pensamiento.

Como en toda secta, ya sea religiosa, política o de clases, el dogma es solo el instrumento para el ejercicio del control social que se realiza en el aniquilamiento de la potencialidad intelectual del individuo. La Navidad, desde el ángulo que se le vea, no ha sido nunca conmemoración sublime de la elevación espiritual, sino el dogma de la más abyecta opresión capitalista engalanada de pureza.

 

@SoyAranguibel

Una bestia recorre el mundo; el capitalismo

capitalismo bestia

SI QUEREMOS LAS PAZ CONSTRUYAMOS EL SOCIALISMO

Por Martín Guedez

El esfuerzo inédito por la paz del gobierno revolucionario merece la admiración y el respaldo de todas las personas de buena voluntad. Sin embargo resulta evidente la conexión entre el clima de violencia que se impone a la sociedad venezolana y los fines políticos inmediatos de quienes la están construyendo. No obstante, creo que esta pandemia de  violencia e inseguridad trasciende el momento político y posee unas causas más profundas e integrales.

Estamos persuadidos de que esta cosmovisión responde a las necesidades propias de un sistema económico, político y social que se nutre de la violencia. Estamos arribando a un punto culminante en la construcción consciente del principio de autodestrucción. Es la estructura del sistema la que propicia y necesita de este escenario general. Es la competitividad sin límites la que requiere de este clima erigido en principio.

La competitividad para tener más fortalece preponderantemente el crecimiento de la economía capitalista de mercado. Se presenta como el motor secreto de todo el sistema de producción y consumo. Quien es más capaz (fuerte) en la competencia en cuanto a los precios, las facilidades de pago, la variedad y la calidad, es el triunfador. En la competitividad opera implacable el darwinismo social: selecciona y se imponen los más fuertes. Estos “merecen” sobrevivir, pues dinamizan la economía. Los más débiles son peso muerto, por eso son, desincorporados o eliminados. Esa es la lógica feroz y terrible del sistema capitalista neoliberal. Con esa lógica en marcha quien no tiene, porque ha sido excluido, busca el tener a su aire y manera, por ejemplo, con una pistola colocada en la cabeza de quien posee lo que él desea y no tiene.

Esta competitividad feroz invadió prácticamente todos los espacios sociales: los lugares de trabajo, las universidades, las escuelas, los deportes, las iglesias y las familias. Para ser eficaz, la competitividad tiene que ser agresiva. El que más produzca, el que más consuma, el que más cabezas pise, ese es el Jefe, ese es el que manda. No es de admirarse que todo pase a ser oportunidad de ganancia y se transforme en mercancía, desde los electrodomésticos hasta la religión, desde las cremas adelgazantes hasta la cultura. Los espacios personales y sociales, que tienen valor pero que no tienen precio, como la gratitud, la cooperación, la amistad, el amor, la compasión y la devoción, se encuentran cada vez más arrinconados, como una especie exótica en vías de extinción. Sin embargo, estos son los lugares donde respiramos humanamente, lejos del juego de los intereses. Su debilitamiento nos hace anémicos y nos deshumaniza. El capitalismo es inhumano en esencia. El capitalismo es la mejor representación de Satanás.

En la medida en que prevalece sobre otros valores, la competitividad provoca cada vez más tensiones, conflictos y violencias. Nadie acepta perder ni ser devorado por otro. Cada quien lucha defendiéndose y atacando por su sobrevivencia. Ocurre que luego del derrocamiento del socialismo real, con la homogeneización del espacio económico de cuño capitalista, acompañada por la cultura política neoliberal, privatista e individualista, los dinamismos de la competencia fueron llevados el extremo. En consecuencia, los conflictos recrudecieron y la voluntad de hacer la guerra no fue refrenada. La potencia hegemónica, EE.UU., es campeón en la competitividad; emplea todos los medios, incluyendo el crimen  y las armas, para siempre triunfar sobre los demás. En unos pocos años hemos podido ver esta lógica criminal en plena acción tanto en Afganistán como en Iraq, Libia o Siria. Aplican el genocidio y la violencia generalizada en su ley, para lograr lo que desean…  Seguir leyendo “Una bestia recorre el mundo; el capitalismo”

País electrocutado

colas epa(colas interminables de gente en las tiendas EPA para adquirir electrodomésticos a precio justo)

Publicado en Últimas Noticias el 16/11/2013

¿Cómo no va a haber problemas con el servicio eléctrico en el país si en menos de una década la sociedad ha pasado, de ser el conjunto de la ciudadanía trabajadora preocupada por su bienestar en los términos sensatos en los que incluso la teoría social resumió desde siempre en el modelo de Maslow, conocido como la pirámide de las necesidades sociales, y que el socialismo propuesto por Chávez planteó bajo la máxima filosófica de “De cada quien según su capacidad y a cada cual según su necesidad”, a este desconcertante y absurdo escenario de realismo mágico en el que nos encontramos hoy, donde la población toda se vuelca frenética sobre los centros comerciales a hacerse a como de lugar de un aparato eléctrico cualquiera, la mayoría de las veces sin necesitarlo?

Se oyen en la calle con inquietante frecuencia expresiones referidas a la supuesta responsabilidad del gobierno en la situación de crisis que se vino acumulando en la medida en que esos productos fueron aumentando de precio de manera injustificada y exorbitante, pero muy rara vez se concluye que el responsable verdadero es quien ha estado acudiendo a comprar compulsivamente desde hace meses cuanto artefacto se le pusiera por enfrente, al precio que le viniera en gana al dueño del establecimiento comercial, sin que nadie se percatara de ello en lo más mínimo.  Sin la fiebre consumista no hay producto que se venda solamente por antojo sino por verdadera necesidad. Y eso en sí mismo es exactamente la base del mercado, ya no en el socialismo, sino en el propio capitalismo.

Cada vez es más la gente que no concibe, no digamos ir al cine, sino ni siquiera ir a comer, sin considerar hacerlo en el medio del centenar de tiendas que tiene que atravesar para lograrlo en cualquier centro comercial, convertidos hoy en verdaderos templos de la vida para la mayoría de la gente, con lo cual lo primero a lo que se expone de manera inevitable es a la seducción de esas cientos de vitrinas que se le enfrentan a su paso.

El furor por el aparato eléctrico de cualquier tipo, incluso si no se sabe para que sirve, es la verdadera crisis. La económica, si es que así pudiera denominarse a esa distorsión inducida que tanto le conviene al gran capital, no es sino el resultado de ese delirio electrónico.

 

Eduardo Galeano: El imperio del consumo

bandera consumo

En virtud de la indiscutible vigencia del tema del consumismo desenfrenado como factor determinante en la actual coyuntura económica venezolana, retomamos este esclarecido y revelador artículo de Eduardo Galeano publicado en abril del año 2005.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales.Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas… Seguir leyendo “Eduardo Galeano: El imperio del consumo”