En busca de una teoría económica del bachaqueo

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 07 de septiembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

“La voluntad del capitalista consiste en embolsarse lo más que pueda. Y lo que hay que hacer no es discurrir acerca de lo que quiere, sino investigar su poder, los límites de este poder y el carácter de estos límites”. Marx

Comiendo en Sabana Grande a mediados de 2013, días después de las medidas ordenadas por el presidente Nicolás Maduro contra la usura y la especulación (lo que la voz popular denominó “el dakazo”), alcancé a oír en una mesa cercana a un sujeto de talante pronunciadamente opositor exclamarle a su contertulio que regular los precios de los productos básicos era una insensatez porque con una medida como esa no habría manera de saber cuáles productos eran de buena calidad y cuáles no.

Sin saberlo, porque su expresión denotaba el desespero de la ignorancia absoluta en los asuntos más elementales de la economía, algo muy común a toda la base militante del antichavismo, el sujeto rozaba uno de los ángulos esenciales del marxismo en el establecimiento de su teoría sobre la determinación de los precios de las mercancías en el capitalismo.

¿De dónde sale el precio de las mercancías? Decía Marx, de la sustancia común a todas ellas; el trabajo social. Su ecuación, de puro simple, era un verdadero alarde de la didáctica “Para producir una mercancía hay que invertir en ella o incorporar a ella una determinada cantidad de trabajo. Y no simplemente trabajo, sino trabajo social. El que produce un objeto para su uso personal y directo, para consumirlo él mismo, crea un producto, pero no una mercancía. Como productor que se mantiene a sí mismo no tiene nada que ver con la sociedad. Pero, para producir una mercancía, no sólo tiene que crear un artículo que satisfaga alguna necesidad social, sino que su mismo trabajo ha de representar una parte integrante de la suma global de trabajo invertido por la sociedad. Ha de hallarse supeditado a la división del trabajo dentro de la sociedad. No es nada sin los demás sectores del trabajo, y, a su vez, tiene que integrarlos.»

Pero según la pueril lógica de aquel atribulado opositor de Sabana Grande, si una mercancía es cara es buena. Lo que traduce la norma no escrita del consumismo de acuerdo a la cual lo que importa es la marca antes que el valor verdadero de la mercancía.

En su legendaria disertación sobre salarios, precios y ganancias, ante la 1ra Internacional, Marx acotaba: “Una mercancía tiene un valor por ser cristalización de un trabajo social. La magnitud de su valor o su valor relativo depende de la mayor o menor cantidad de sustancia social que encierra; es decir, de la cantidad relativa de trabajo necesaria para su producción.”

El fenómeno de la compra de mercancías para revenderlas a precios inflados solo por la sed de especulación, conocido hoy en el mundo como “bachaqueo”, no conoce de Marx ni respeta sus tesis.

Su negocio se fundamenta en una conspiración monetaria orquestada desde los sectores del gran capital contra el bolívar, a través de un mecanismo de devaluación inducida en el que intervienen simultáneamente varios actores en calidad de mercenarios; los medios de comunicación privados, tanto nacionales como extranjeros; la banca privada, la contrarrevolución que financia el imperio norteamericano en el país y en el exterior; y el Departamento de Estado de los Estados Unidos en connivencia con el gobierno y la dirigencia política de la derecha en Colombia y en España. Y los malandros.

El valor de toda esa demencial operación está determinado por el precio de una moneda extranjera a la que se ha volcado fundamentalmente un sector privado cada vez más convencido de la rentabilidad de la importación. La misma que le permite evadir los costos operativos de su negocio ahorrando pagos por impuestos, costos laborales, de inversión en fábricas, maquinarias, servicios, etc.

En ese proceso las mercancías han dejado de tener un valor asociado al trabajo social invertido en ellos para alcanzar precios astronómicos que la gente paga sin racionalidad alguna, movida solamente por el terror a la falta de los productos en el anaquel. Nadie pide rebaja. Todo el mundo compra bajo el supuesto de que el elevado precio que cancela es infinitamente más barato que el que tendrá que pagar mañana por la misma mercancía.

¿Por qué un mercado capitalista como ese violenta de manera tan brutal y riesgosa para sí mismo las leyes más elementales del mercado, como la del necesario equilibrio entre la oferta y la demanda que impida la formación de espirales inflacionarias indetenibles que a la larga conduzcan al colapso y al desmoronamiento de su propio sistema?

Tal como lo ha demostrado el cierre de frontera decretado en agosto por el gobierno revolucionario, el contrabando de extracción de todo tipo de mercancías hacia la hermana república, se basa en el principio de la progresión geométrica de la ganancia cuyo interés único es el del incremento del beneficio sin riesgo alguno de afectación por los desequilibrios que ese mismo contrabando desate, simplemente porque la economía que en virtud de esas distorsiones se vendría abajo no sería la de su país , es decir, la de Colombia, sino la de una nación extranjera, Venezuela. El escudo es que dicha operación toda se lleva a cabo con la moneda venezolana, con lo cual el signo monetario colombiano, por su muy pobre poder, no está en ningún momento bajo riesgo.

Sin embargo el negocio del bachaqueo no es solamente el asunto del contrabando hacia Colombia y el subsecuente daño que le hace a nuestra moneda con el empobrecimiento inducido desde el banco central de ese país mediante la Resolución 8, que legaliza la arbitrariedad cambiaria en la frontera.

El afán de lucro de los sectores especuladores que mediante ese demencial mecanismo juegan hoy al estallido de nuestra economía es tan gigantesco que no solo han edificado su perverso negocio trasgrediendo los linderos de la soberanía territorial del país, sino que se instituyen en víctimas exigiendo a nivel internacional respeto a las normas del libre mercado, de la libre empresa, y hasta de los derechos humanos de los contrabandistas, que se verían supuestamente afectados con las medidas acordadas por el gobierno bolivariano.

El otro derecho tras el que se escudan ahora los saqueadores es el de la libertad de expresión.

Como todos los males del capitalismo, el deterioro al que conduce el bachaqueo es progresivo y alcanza a estratos de la población que, en ejercicio de esas libertades democráticas que enarbolan, ven en el mismo una oportunidad de obtener beneficios fáciles con infinidad de fórmulas ilegales que las nuevas tecnologías, como internet, permiten. Si para algo le sirven al bachaqueo los anaqueles vacíos es para que la gente intente obtener los productos por cualquier vía. Los portales de mercadeo por internet son una de ellas. Pero en la sociedad del libre mercado internet es intocable. De modo que el saqueo continúa.

¿Cómo hacer entonces para salir del infierno del bachaqueo?

Hay quienes han llegado (incluso desde el marxismo) a sugerir hasta la eliminación del dinero como instrumento de cambio para que las transacciones, tanto en la frontera como en el resto del país, se lleven a cabo exclusivamente a través de tarjetas de crédito. Pero desde hace meses ya están apareciendo halcones del neoliberalismo con propuestas como esa para asumir el control económico de las naciones, tal como lo ha propuesto el Club Bilderberg, el Financial Times y gobiernos como el de Dinamarca, que aspira a convertirse en la primera nación del mundo en adoptar esa medida. Brian Lang, presidente de MasterCard en Canadá dijo esta semana “Nuestro objetivo no es acabar con la competencia sino con el dinero en efectivo.”

Sería pues de Perogrullo responder junto con Chávez que solo el socialismo salva al pueblo. Pero, en la realidad consumista a la que ese perverso fenómeno capitalista ha conducido a buena parte de nuestra sociedad, y que coloca a muchos en la creencia de que socialismo sin dólares no es socialismo, por mucha política o programa social que se adelante, por mucha transformación del Estado para construir el verdadero poder popular que se emprenda, pareciera que la tarea más apremiante es ir más a fondo en la profundización del trabajo de formación ideológica del pueblo antes que ninguna otra cosa.

La amenaza del capitalismo no es solo contra el pueblo venezolano. Solo que Venezuela, por su propuesta redentora, es la referencia del bienestar posible para el mundo entero.

@SoyAranguibel

Holguín dijo la verdad: El problema es que Venezuela vende muy barato

Por: Clodovaldo Hernández

En medio de tantas mentiras, la canciller colombiana, María Ángela Holguín, ha dicho una gran verdad: el problema del contrabando se debe a que Venezuela subsidia los productos de primera necesidad.

Claro, que la ministra neogranadina lo dice como una crítica, no como un reconocimiento de que de este lado del Arauca hay un gobierno mucho más justo y preocupado porque los pobres coman, tengan salud y se eduquen. Según la manera de ver el mundo de la derecha colombiana, subsidiar bienes de consumo masivo es un error o, quizá, una estupidez.

No es de extrañar que la clase política colombiana piense así. No es algo exclusivo de ese círculo de poder. Es la naturaleza del capitalismo (sobre todo en esta fase neoliberal) el sacarle hasta la última gota de sangre al prójimo, tan pronto se descuide un poco. En este mundo de fieras carnívoras, cualquiera que muestre un poco de humanidad, de solidaridad es de inmediato sometido al abuso, al chuleo. Una ley no escrita de los negocios dice que quien adopte políticas sociales igualitarias, que se atenga a las consecuencias.

Esa filosofía es seguida con estricto celo por las corporaciones transnacionales y por las empresas grandes y medianas de cada país. Esas compañías solo dedican a los sectores necesitados lo mínimo que les exijan las leyes y de inmediato solicitan exoneraciones de impuestos.  El concepto de “responsabilidad social” que se ha puesto de moda en los últimos tiempos es una muestra de ello. El capitalista inteligente le arranca el hígado tanto a sus trabajadores como a sus clientes y luego monta unos programas ahí para entregar algunas migajas de sus ganancias y, de paso, hacerse propaganda y construirse una imagen positiva: “¡Es que somos tan buenos!”, gritan en la televisión.

Como sucede en todos los órdenes, la ideología implícita en esas conductas de los gobiernos y las corporaciones se traslada a toda la estructura social. Las palabras de Holguín pueden ponerse en boca de cualquier comerciante especulador de allá o de acá y cuadran perfectamente, aunque tal vez lo dirían de un modo menos diplomático. Algo como: “¡Qué culpa tengo yo si este gobierno es gafo!”.

Y esas palabras pueden trasladarse también al decir (con los ajustes estilísticos pertinentes) de las personas sencillas que se dedican al bachaqueo, sea binacional o interno. El principio es el mismo: si el gobierno bolivariano pone estos productos tan baratos, nosotros, que somos muy avispados, estamos autorizados a aprovechar  esa “manguangua”, tenemos derecho a meternos un billete trabajando poco y ganando mucho.

La identificación plena con esa línea de pensamiento es lo que lleva a la dirigencia política contrarrevolucionaria a coincidir plenamente con Holguín. Pregúntele usted a un célebre economista opositor y le dirá que la causa del contrabando y del bachaqueo es el empeño en subsidiar, una cosa pasada de moda y netamente populista. Jurará que la solución es dejar todo en manos de las leyes de la oferta y la demanda. Pregúntele a su vecino escuálido y dirá más o menos lo mismo, aunque cada vez que pueda se meta en la cola de Mercal.

En fin, son los dos modelos, las dos cosmovisiones  que están en pugna. La de Holguín es la voz de la derecha capitalista que tiene eco hasta en el último bachaco.

clodoher@gmail.com