El caso Macri

Por: Alberto Aranguibel B.

Ganó sorpresivamente las elecciones en 2015 gracias a las particularidades de un sistema electoral en el que un candidato perdedor en una primera vuelta puede favorecerse en una segunda oportunidad con una votación que no le corresponde. Es decir, puede hacerse de los votos de otros candidatos que quedaron fuera de la contienda en un primer momento.

Con esos votos que pertenecían inicialmente a otros aspirantes, Mauricio Macri remontó la amplia ventaja que logró obtener el candidato del peronismo, Daniel Scioli, que lo había superado en la primera vuelta con más de ocho puntos porcentuales.

Apenas hacerse del poder, en medio de la más chocante arrogancia, comenzó a destruir el estado de bonanza económica que gracias a las políticas de profundo corte nacionalista impulsadas por el kirchnerismo disfrutaban por primera vez en casi un siglo los argentinos.

La elevación de las tarifas de los servicios públicos no esperó ni siquiera un mes para ponerse en marcha.

La misma gente que apenas semanas antes de aquella vorágine alcista que desataba el propio gobierno estaba convencida de la promesa del “cambio” que el nuevo presidente había hecho en su campaña, comenzaba a protestar en las calles desesperada por la brutal traición de la que era objeto.

La ola de despidos no se hizo esperar y la cantidad de gente que ingresaba a las filas de la pobreza empezó a crecer de manera indetenible hasta alcanzar en apenas dos años la alarmante cifra de doce millones de argentinos, según números oficiales, muchos de los cuales (más de tres millones y medio) empezaron a dormir en las calles y a comer de los restos de la basura como única forma de sobrevivencia.

La entrega del país a los cazadores de fondos buitres, el endeudamiento por más de cien años con el Fondo Monetario Internacional y la desfavorable política arancelaria impuesta por su gobierno al sector industrial y del campo, destruyeron en cosa de meses las posibilidades económicas del otrora pujante gigante del sur.

Las tasas de interés y el precio del dólar se dispararon como nunca antes y la economía se vino abajo, causándose así la estruendosa derrota que acaba de sufrir.

Todo un caso digno de los mejores científicos, para estudiar la tragedia que puede llegar a ser para los pueblos el neoliberalismo.

PD: Hoy, miércoles 14 de agosto, a tres días de esa aplastante derrota, el presidente argentino amaneció ofreciendo una rueda de prensa tempranera para pedir disculpas por haber cometido el día lunes el disparate de culpar a los electores por la intempestiva devaluación del peso frente al dólar que produjo el triunfo de la fórmula Alberto Fernández y Cristina Fernández, así como para anunciar que elevaría el salario básico, entregaría unos bonos y congelaría por tres meses las tarifas de la gasolina. En horas de la tarde, 11 horas después de esa insólita rueda de prensa, apareció un comunicado oficial en el que se deroga esa medida de suspensión del precio del combustible. Ni los locos de carretera cometen tantas insensateces juntas.

@SoyAranguibel

¿Por qué el capitalismo no impidió la caída de Mariano Rajoy?

Por: Alberto Aranguibel B.

Porque Rajoy no era un presidente del capitalismo, sino un simple capitalista presidente. Un peón más del sistema, que apostó a las reglas del perverso modelo del capital, que dictan, entre muchas otras aberraciones que el capitalismo asume como filosofía, que en el juego del dinero ganará siempre el más competitivo. Es decir; aquel que tenga mayor capacidad de aplastar con su poder financiero a los competidores.

El capitalismo no es presidido por nadie en el mundo. Ni siquiera el más poderoso presidente capitalista del planeta, como lo es el de los Estados Unidos de Norteamérica, puede arrogarse la facultad de ser él, en sí mismo, el rector (o el ideólogo) por excelencia de un modelo que no acepta rectoría alguna que no sea la del capital.

Por eso la caída de Rajoy no es de ninguna manera la caída del capitalismo. Como no lo fueron en su momento; la defenestración política de Silvio Berlusconi en Italia; la destitución y posterior encarcelamiento de Dominique Strauss-Kahn del Fondo Monetario internacional; o de Pedro Pablo Kuczysnski en Perú, a pesar de ser (cada uno en su espacio y su coyuntura particular) iconos indiscutibles del capitalismo.

Incluso existen quienes opinan que, por el contrario, el capitalismo se fortalecería con la caída dentro del Estado capitalista (monárquico, en el caso de España) de al menos un importante exponente de la doctrina del capital cada cierto tiempo, porque ello patentizaría una supuesta capacidad de autorregulación del modelo de libertades que el capitalismo vende al mundo como propias.

Esa lógica del fingido autocontrol explica con perfecta claridad por qué razón el expresidente del parlamento brasileño, Eduardo Cunha, principal promotor del fementido golpe asestado por la derecha de ese país a la presidenta constitucional, Dilma Rouseff, es finalmente llevado a la cárcel apenas dos años después de aquel asalto, con una condena de veinticuatro años de presidio por aceptación de sobornos de la empresa Petrobras y lavado de dinero, entre otros delitos, siendo que su infundada acusación contra la depuesta presidenta se refería precisamente a hechos de corrupción que, en el caso de Rouseff, jamás fueron probados.

En España, Gürtel, la empresa que detona la salida de Mariano Rajoy del poder, es el equivalente a Odebrech y Petrobras en Latinoamérica. Corporaciones todas que se han erigido en líderes de sus respectivos mercados, a partir del mismo principio del desarrollo corporativo determinado por la destreza y alcance de su tren ejecutivo para distribuir dinero entre los funcionarios del Estado en forma de jugosas “comisiones” para hacerse de grandes contratos.

La “comisión” no es delito en el capitalismo. De hecho, es la base de ese modelo, que sobrevive precisamente por el soporte “estratégico” que ella le da a la forma de expansión del capital que mejor resultados le ha ofrecido a la empresa privada a lo largo de la historia.

La “comisión” es en esencia una forma muy rentable de hacer negocios (la más aceptada y extendida como modalidad mercadotécnica en la empresa privada de cualquier tipo en el mundo entero), porque el dinero invertido en comisiones no es capital que pierde o deja de ganar de ninguna manera la empresa, sino que, a la vez que ella va creciendo, es trasladado directamente al consumidor a través de mecanismos de especulación y de usura en el precio final de venta de sus productos ideados y desarrollados por ella misma.

Llega a ser tan conveniente la práctica de la compra de funcionarios del Estado en el capitalismo, que la caída de un importante aliado de negocios (como un presidente español, o uno peruano, por ejemplo) antes que un sacrificio, termina por ser un negocio muy lucrativo en términos de rentabilidad política, porque le permite al capitalismo poder presentarse como un modelo democrático en el que los mandatarios no estarían nunca colocados por encima del poder de las Leyes.

Un gobierno capitalista como el de Mariano Rajoy, enfrentado a la titánica tarea de intentar exterminar a una revolución de profundo arraigo popular como la bolivariana, tal como le fue específicamente encomendado por los más altos estamentos del capitalismo occidental, y enfrentado a la vez en su propio país al repudio masivo de su pueblo por la brutal agresión a la democracia que significa cercenar el derecho al voto, la cruel represión a las protestas contra las hambreadoras políticas neoliberales, el atentado contra la vida que representan los crecientes índices de desempleo, hambre y miseria en España, además de la prostitución de la política a la que lo llevó la corrupción (todo lo cual destruía todos y cada uno de los argumentos que ese gobierno ha esgrimido contra la revolución chavista para provocar su derrumbe, sin lograrlo), no tenía de ninguna manera difícil que la balanza capitalista se inclinara a favor de salir a como diera lugar de ese ya impresentable vocero que tan mal paradas estaba dejando las muy relativas cualidades de su modelo frente a la opinión pública de todo el planeta.

Si las atroces perversiones que la socio-política le ha atribuido ancestralmente a los regímenes dictatoriales, terminan siendo los rasgos que definen de manera más exacta e inequívoca a los gobiernos capitalistas que debieran ser ejemplos de apego a la norma democrática, pero que, además de no ser para nada ejemplos de tal carácter democrático, dejan al descubierto la corrosión ética a la que llegaron a partir de cierto momento los bandidos del Partido Popular español, cuyo afán por la prevaricación traspasó los linderos del desenfreno, entonces el problema de cargar con lastres como Rajoy es mucho más grave que la lesión que pudiera causarle a la imagen del capitalismo la impostura o el exceso en el empeño de éste por hacerse de grandes fortunas birladas al erario público.

El problema para el capitalismo es que, en la medida en que se expanden esos grandes negociados de las corporaciones que medran en el Estado a costa de coimas, comisiones, y corruptelas de todo tipo con el inmoral funcionariado que va encontrando a su paso como aliado natural de clase, es decir; con los capitalistas infiltrados dentro del Estado, los líderes anti capitalistas (léase; Luiz Inacio Lula Da Silva, Rafael Correa, Cristina Fernández, o Nicolás Maduro) van a ir quedando cada vez más en evidencia ante el mundo como auténticos demócratas, a quienes los pueblos siguen con la más entera devoción principalmente por su solvencia ética, su rectitud y su honorabilidad en el manejo de los dineros públicos.

Dado que la plutocracia, el gobierno de los ricos, carece de un sustrato ideológico que le imprima sustentabilidad social (porque jamás las élites oligarcas han sido más numerosas que las clases desposeídas), todo riesgo de afectación a su imagen es por demás innecesario.

Pero, cuando el capitalismo entra en una fase de franco declive, como en la actualidad, y ciertamente su sostenibilidad es cada vez más precaria en virtud de la inédita proliferación de modelos alternativos (que van desde el poderoso modelo chino de economía mixta, el ruso de producción independiente altamente tecnificada, el iraní o el revolucionario venezolano de participación popular protagónica, entre otros) entonces la solidaridad automática con un personaje perfectamente prescindible como Mariano Rajoy se torna en amenaza.

Rajoy, como ningún presidente capitalista, no puede hundir por sí mismo al capitalismo. Pero, si el capitalismo ya se está hundiendo, es obvio que una carga muerta como la que él representa puede acelerar su inexorable naufragio. Algo que el capitalismo no está dispuesto a aceptar, por ahora, sin tomar al menos las correspondientes medidas de profilaxis a lo interno de su ya maltrecho y herrumbroso sistema.

A la larga, se cumple en la práctica lo que una franquista oligofrénica vocifera por estos días en un delirante audio que circula por las redes sociales, cuando advierte histérica que no cree que el causante del exterminio político de Rajoy sea Pedro Sánchez (a quien califica de “berzas, tonto útil”), sino Nicolás Maduro.

Lo que no quieren que veamos –dice- es cómo Maduro va entrando y se va poniendo en el sillón […] Qué corrupción de Rajoy ni que nada; la corrupción está en que Maduro se está metiendo en España.

Quizás la desquiciada española no esté tan loca como su demencial relato la presenta. Lo que dice es exactamente lo mismo que con toda seguridad pensó el capitalismo cuando sin la menor misericordia ni contemplación decidió lanzar a inefable Rajoy al basurero de la historia.

Allá de aquellos que tanto se afanaron por lo que a la postre sería cuando mucho el más vergonzoso selfie de la historia… el risueño pero pavoso selfie con el corrupto de Rajoy, a quien ni siquiera el propio capitalismo quiso salvarlo.

@SoyAranguibel

“El bienestar económico no se alcanza perfeccionando el capitalismo, sino profundizando el socialismo”

Alberto Aranguibel en el programa Boza con Valdes, transmitido el martes 24 de octubre de 2017 por Venezolana de Televisión.

Aranguibel: Lo que está en crisis hoy en el mundo es el capitalismo

Alberto Aranguibel sostiene en el programa Criterios que transmite Globovisión que lo que están en crisis en Venezuela es el modelo capitalista, tal como lo está en resto del mundo donde es ese modelo el que genera el hambre que padece hoy uno de cada cinco habitantes del planeta.

El fabuloso botín detrás de la vivienda

Por: Alberto Aranguibel B.

La promesa fundamental del capitalismo es sin lugar a dudas el carácter privado de la propiedad. La ilusión de poder que comprende la libertad de hacer con las propiedades lo que mejor le parezca a cada quien es un atractivo insuperable en la oferta de su modelo.

En una sociedad eminentemente consumista como la capitalista, la idea de la propiedad comunal o colectiva es poco menos que despreciable. De ahí la importancia que le otorgó el Comandante Chávez a la formación ideológica del pueblo como factor indispensable para la construcción del Socialismo Bolivariano. Para él el bienestar material, aún siendo un aspecto de suprema importancia para avanzar en la inclusión social, no era lo prioritario. Lo material, asumido de manera inconsciente, envilece y degrada al ser humano y lo hace víctima de su propia necesidad.

Aspecto relevante colocado por el Comandante en el Plan de la Patria para contrarrestar ese envilecimiento, es precisamente el de la ética bolivariana. “Para avanzar y consolidar la democracia participativa y protagónica –dice- se requiere afianzar el valor de la vida humana y su defensa, desde un plano fundamentalmente ético donde prive la solidaridad y el valor del ser por encima del valor capitalista del tener para ser, de consumir para existir”.

Por eso Chávez le imprimió a la vivienda un valor infinitamente superior al de su precio como inmueble al considerarla un Derecho Social en forma de hábitat integral que sirva para el desarrollo no solo del individuo o de su núcleo familiar, sino de la comunidad a partir del principio de vivir viviendo, en espacios urbanos dotados de servicios que aseguren el desarrollo pleno del pueblo y que resulten armoniosos con el medio ambiente.

Bajo esa concepción, Venezuela se ha convertido en una potencia mundial en construcción de viviendas de interés social subsidiadas por el Estado, alcanzando la cifra de un millón de casas y apartamentos destinadas principalmente a los sectores populares de más bajos recursos.

China, por ejemplo, la segunda economía y a la vez el país más poblado del mundo, con un ambicioso plan de construcción de siete millones de viviendas de interés social para el periodo comprendido entre el 2009 y el 2016, alcanza con ese descomunal plan solamente al 0,5 % de su población total (1.369.811.000 hab.), mientras que nuestro país, en apenas tres años y medio, arriba a un 3,2 % de sus casi treinta y un millones de habitantes (30.620.400 hab.). Si lo elevamos al grupo familiar de 4 personas en promedio por hogar, se sobrepasa el 13% de cobertura poblacional con ese plan.

La revolución popular china contempla que el terreno donde se edifiquen esas viviendas de interés social (ya sea mediante financiamiento del Estado o del sector privado) será siempre propiedad de la nación, que cede el derecho al usufructo como espacio para complejos habitacionales por un periodo de 70 años renovables. Es de ahí de donde surge la aviesa versión neoliberal según la cual en el socialismo no existiría la figura de la propiedad sobre la vivienda, lo que ha dado pie a décadas de infamias anticomunistas contra los modelos revolucionarios.

La idea de la preservación de la soberanía de las naciones sobre su territorio es contrario al propósito y razón de ser del modelo capitalista. Pero también lo es el derecho de los pobres a ser dueños de su propia casa.

La revolución bolivariana, que consagra constitucionalmente el derecho a la vivienda mediante varias modalidades de propiedad, ha avanzado en la conformación de un sistema de aseguramiento de la propiedad no solo de la misma sino del conjunto tierra, vivienda y hábitat, tal como lo establece la ley correspondiente: “El Estado desarrollará la naturaleza social de la ley, bajo parámetros de dotación de vivienda y hábitat dignos, trabajo productivo, calidad de vida y progresividad, que se expresará a través de la priorización del acceso a la vivienda según necesidades sociales de la población, la visión sistémica asumiendo la integridad entre tierra, vivienda y hábitat, el establecimiento de parámetros para la construcción de hábitat y viviendas dignos para la población, y una nueva visión de la vivienda como derecho social” (LRPVH/Art. 11).

¿Por qué entonces la derecha venezolana se empecina en la aprobación de una ley a todas luces inconducente e innecesaria como la que hoy propone en el parlamento?

Por supuesto que la razón fundamental es despojar a la revolución bolivariana de uno de sus más grandes logros como proceso de inclusión social único en el mundo, cuya eficacia se constata en la misma negación que durante años ha mantenido esa misma oposición obtusa y retrechera en contra de ese descomunal plan de inversión del ingreso petrolero en obra social.

Mediante el simple mecanismo de poner la facultad parlamentaria al servicio de la demagogia para entregar un papel de propiedad a quienes el gobierno revolucionario les ha entregado el bien material más importante que jamás pudieron ni siquiera aspirar tener durante el periodo neoliberal cuartorepublicano, la derecha procura convencer al pueblo de que quien le benefició en verdad fue el neoliberalismo y no el modelo de justicia e igualdad social que promueve la revolución. La idea es tratar de aprovechar la alienación consumista de la que es víctima la población, que pudiera llevarle a pensar que sería siempre mucho mejor ser propietario que beneficiario, por ejemplo. En la lógica individualista que promueve el capitalismo eso es perfectamente razonable.

Pero más allá del interés político en la aprobación de esa ley, está la naturaleza económica detrás del millón de viviendas que la revolución le ha entregado al pueblo.

Quienes han sugerido la hipótesis de acuerdos soterrados entre los parlamentarios que la proponen y empresas de la construcción o del ramo de bienes raíces, olvidan la naturaleza hipotecaria de ese bien tan preciado para la banca.

Cuando en el capitalismo el pobre adquiere de manera eventual alguna cantidad importante de dinero (producto de su liquidación, prestaciones, ahorros, etc.) irremediablemente se le desvanece en un proceso de gastos de bienes de consumo perdurables y no perdurables, entre los que se incluyen por lo general un vehículo nuevo, algún equipamiento del hogar y hasta el costo de una nueva vivienda. De ahí en adelante, agotado ese pequeño capital, la solución más eficaz a sus nuevas necesidades de liquidez será hipotecar la vivienda. Pero para eso necesita que exista un título de propiedad que pueda usar como garantía ante cualquier banco.

El gran negocio no es la propiedad privada sino la hipoteca de la que puede ser objeto la vivienda en manos de sectores populares que de no poseer ese bien no tendrían ninguna posibilidad de insertarse en el sistema bancario, que es el que debe crecer cada vez más en el modelo neoliberal imperante para lograr consolidarse y hacerse perdurable.

La gran crisis del capitalismo en el siglo XXI tuvo su origen en el estallido de una burbuja inmobiliaria (la llamada “crisis de las subprimes”) en una economía como la norteamericana, cuya sociedad casi mayoritariamente trabaja para cancelar no una sino a veces hasta dos y tres hipotecas por su vivienda. Sucedió que de repente el dinero fiduciario (dinero inexistente) excedía en casi cinco o seis veces el dinero real en el sistema financiero. De acuerdo a estimaciones de organismos internacionales, el dinero real circulante en el mundo, el llamado M0, no excede el 17 o 18 % del total de capitales que se mueven en el sistema bancario mundial. Un sistema de tan alta fragilidad, soportado en más de un 80% básicamente por “papeles” o compromisos de pago (bonos, pagarés, acciones, créditos, dinero plástico, etc.), necesita imperiosamente la liquidez que representa el salario de los trabajadores, la mayoría de los cuales, salvo su vivienda, no poseen bienes de capital que le resulten atractivos a la banca.

En España, como en todos los países del mundo capitalista, la ejecución de hipotecas que los sectores medios y de menores recursos no pueden cancelar, es el detonante de la crisis profunda que desde hace años padece un inviable modelo de sociedad que a medida que produce mayor riqueza para lo ricos genera mayor pobreza para los pobres.

Es el botín detrás de esa ley de propiedad de la vivienda que hoy propone el antichavismo en la Asamblea Nacional. Su fin verdadero es no solo despojar a la revolución de un gran logro, sino convertir a los dueños de un millón de viviendas que hoy tienen asegurado su bienestar para toda la vida con las políticas sociales por las cuales no ha tenido que pagar lo que ese mismo bienestar costaría en el mercado capitalista, en un sector bancarizado al cual poder expropiar a su antojo.

 

@SoyAranguibel