Comunicación: la guerra que no debe dejarse de lado en función de lo económico

Por: Alberto Aranguibel B.

A partir de 1999 se inicia en Venezuela uno de los procesos políticos más importantes de toda su historia como República. El triunfo del comandante Hugo Chávez en las elecciones presidenciales apenas unos meses antes, fue solo el preámbulo para una nueva etapa política signada por el impulso de una concepción del Estado diametralmente opuesta a lo que el país conoció hasta entonces desde las esferas del poder, y que Chávez fundamentaba en una idea de justicia e igualdad social que los venezolanos anhelaron desde siempre sin alcanzar nunca el logro de aquella victoria definitiva a la que aspiraban.

Lo que hizo la derecha, tanto nacional como internacional, desde el momento mismo de aquel triunfo inicial de Chávez hasta el último día de su vida, fue llevar a cabo exactamente la misma lucha ancestral por la que se ha enfrentado desde sus orígenes la sociedad; la lucha de los ricos contra la igualdad social que encarna la avanzada Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, que Chávez impulsó, primero para lograrla y que luego defendió para impedir que esa derecha, que tanto intentó destruirla, la secuestrara y la desfigurara.

No fueron nunca diferencias de parecer en cuanto a medidas económicas o políticas sociales de ningún tipo, ni desacuerdos sobre el mal o buen funcionamiento de la economía o los servicios públicos, lo que determinó la animadversión de los capitalistas contra el presidente Chávez sino un irracional temor de clase a la posibilidad de la emancipación del pueblo, ya no solo en el sentido material de la redención sino en la perspectiva política más peligrosa para las clases burguesas, como lo es la del establecimiento perdurable de la igualdad y la justicia social mediante una carta magna votada democráticamente.

Para los capitalistas el problema a enfrentar no era un gobierno de signo contrario electo por el pueblo, porque de ese podría salirse eventualmente mediante un nuevo proceso electoral que revirtiera la correlación de fuerzas. El problema era el carácter supra constitucional de una sociedad que reconociera al lumpen proletario, y cuyas decisiones tendrían siempre el valor de Ley suprema con vigencia plena e imperecedera a través de una Constitución popular.

La realidad actual venezolana está determinada fundamentalmente por el elevado valor que le otorgan los venezolanos a su Constitución, como herramienta de aseguramiento de la inclusión social. De ahí el carácter violento al que ha apelado en todo momento la oposición para intentar exterminar el proceso revolucionario. La imposibilidad de desmontar por la vía legal esas conquistas populares alcanzadas con la Constitución del ’99 (dado que los derechos no tienen carácter regresivo), obliga a la derecha a posicionar como “dictadura” al gobierno revolucionario, en la suposición de que ello les permitiría, en un eventual asalto suyo al poder, derogar sin problemas el estamento jurídico vigente y lograr, por vía de facto, la reinstauración del viejo modelo neoliberal sin correr el riesgo que le representaría enfrentarse a una consulta electoral democrática.

El error más grave de la derecha (tanto nacional como internacional) fue intentar sustituir esa realidad histórica de la inmensa movilización popular en favor de su revolución, al inexistente escenario de una supuesta rebelión nacional contra un “dictador desquiciado y solitario”, cuando en verdad de lo que se ha tratado siempre es de la lucha de millones de venezolanas y venezolanos contra los deseos de rapiña de una élite que se escuda en una decena de exiguos partidos políticos, más cuantiosos en la cantidad de siglas de sus nombres que en la cantidad de gente que los respalda.

Nicolás Maduro así lo ha entendido, y de ahí la razón del por qué da el paso crucial de entregarle el poder al pueblo, para que sea éste quien asuma la responsabilidad de definir en los términos claros e inequívocos de los que solo es capaz el pueblo, quién tiene o no el derecho a decidir y a usufructuar el bienestar que pueda derivar de ese valioso recurso nacional que es petróleo.

La confrontación no es, pues, ni ha sido nunca, entre los venezolanos y su presidente, como ha querido posicionarlo la derecha en el mundo, sino que se trata de la lucha de un pueblo que construye y defiende su Revolución contra una famélica oligarquía, obtusa y retardataria, que se niega a aceptar ser desplazada definitivamente del control de nuestras riquezas. El objetivo de esa derecha es el de sacar al pueblo de la ecuación política intentando convencerlo de que es un simple espectador de la realidad, como lo fue en el pasado. Por eso su discurso es esencialmente “antimadurista”.

Y de ahí la importancia de considerar prioritario el tema comunicacional, que en la revolución es eternamente relegado a las acciones secundarias (detrás de las proselitistas o estrictamente políticas o, en el mejor de los casos, reducido exclusivamente al espacio de los medios noticiosos o de opinión) para que empiece definitivamente a ser tratado como factor determinante de todos y cada uno de los procesos involucrados en la transformación social que se propone la revolución.

En esos términos lo propuso el Comandante Chávez en lo que con toda seguridad (aún sin ser la idea más elaborada en ese momento) era la materia más relevante considerada por él en el “golpe de timón”, pero que para muchos no pasó de ser la reflexión accesoria de aquella importante disertación ideológica del líder supremo. Mientras la mayoría refirió el mítico tema del golpe de timón a las tareas pendientes en el plano de la reforma del Estado, Chávez estaba enfocado en la urgencia de la formación del individuo para hacer comprensible la necesidad de internalizar en el alma del pueblo el compromiso revolucionario y que el proceso no se quedara en la simple satisfacción del logro materialista del proyecto. Él sabía que la vieja cultura adeca del clientelismo y la lógica capitalista del consumismo voraz que hacía estragos entre los venezolanos, eran enemigas de primer orden en la batalla, porque de ellas brotaban los vicios y distorsiones éticas que ponían en riesgo la sustentabilidad y perdurabilidad de la revolución.

Se trata de los pasos que hemos venido dando, por eso hablamos del tránsito, transición, etapa. Nada de esto existía en Venezuela y nada de esto existiría en Venezuela si se impusiera el capitalismo, que nos convertiría de nuevo en la colonia que éramos. Por eso la revolución política es previa a la económica. Siempre tiene que ser así: primero revolución política, liberación política y luego viene la revolución económica. Hay que mantener la liberación política, y de allí la batalla política que es permanente; la batalla cultural, la batalla social […] Por eso el socialismo en el siglo XXI que aquí resurgió como de entre los muertos es algo novedoso; tiene que ser verdaderamente nuevo. Y una de las cosas esencialmente nuevas en nuestro modelo es su carácter democrático, una nueva hegemonía democrática, y eso nos obliga a nosotros no a imponer, sino a convencer, y de allí lo que estábamos hablando, el tema mediático, el tema comunicacional, el tema de los argumentos, el tema de que estas cosas sean, lo que estamos presentando hoy, por ejemplo, que lo perciba el país todo; cómo lograrlo, cómo hacerlo. El cambio cultural. Todo esto tiene que ir impactando en ese nivel cultural que es vital para el proceso revolucionario, para la construcción de la democracia socialista del siglo XXI en Venezuela.” (Golpe de timón – octubre de 2012)

En esos términos de profundización efectiva del carácter participativo y protagónico del pueblo en que lo ha colocado hoy el Presidente Maduro, siguiendo la más pura lógica del pensamiento chavista, debe colocarse entonces la acción política del proceso en esta etapa tan decisiva para el proyecto revolucionario.

Si algo ha quedado claro luego de cinco años y medio de violencia política, distorsiones económicas, institucionalización de la ineficiencia en el Estado, y resquebrajamiento moral de buena parte de la población venezolana, es cuánta razón tenía el Comandante en su alerta sobre el peligro de la influencia perniciosa del medio de comunicación sobre nuestra sociedad.

Como lo ha demostrado con perfecta claridad la profesora Pascualina Curcio, el origen de los males que padece hoy la economía nacional es eminentemente político. De ahí que lo mediático haya sido en todo momento el factor determinador por excelencia.

En ningún momento debemos dejarlo de lado.

@SoyAranguibel

El Pollito Bachaquero

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El ancestral desprecio y subestima hacia el pueblo por parte de los sectores burgueses, ha llevado de derrota en derrota a ese arrogante y elitesco sector pudiente de la sociedad desde que el Comandante Chávez apareció en la escena política a finales del siglo XX con su propuesta de justicia e igualdad social conocida hoy como Socialismo del Siglo XXI, que ha permitido a la inmensa población de excluidos incorporarse no solo a los beneficios que el Estado les asegura a través de infinidad de programas sociales que elevan su calidad de vida, sino a través de la liberación que comprende la elevación de la conciencia de clase y el compromiso con la Patria que este modelo de redención de los pobres les brinda.

La guerra económica desatada desde principios de año por ese sector privado, golpista y profundamente reaccionario, en contra del pueblo venezolano, ha querido basarse en el desprecio a la inteligencia de la gran mayoría de gente humilde del país, a quien le suponen incompetente para saber detectar con claridad y precisión quién es el verdadero responsable de la especulación, el acaparamiento, la escasez de productos y el contrabando de extracción que tanto malestar ha causado en los últimos meses. El pueblo sabe sin ninguna duda que el causante de todos esos males es ese sector privado, usurero, explotador y apátrida, que pretende presentarse ante la opinión pública como víctima de un proceso de distorsión económica del cual es en verdad el único victimario. Y sabe, porque lo ha visto y lo ha constatado en la acción decidida del Gobierno contra los grandes intereses que se mueven detrás de todo ese entramado conspirador, que el Presidente Nicolás Maduro está luchando a brazo partido por evitar que esa burguesía parasitaria reinstale en el país el nefasto modelo neoliberal que tanta hambre y miseria nos dejó en el pasado.

Prueba de esa claridad del venezolano es el siguiente video en el que el humor es el hilo conductor de una contundente y reveladora denuncia contra esos especuladores y acaparadores de los productos de primera necesidad, así como también contra aquella gente de los sectores populares que, en razón del terror que la burguesía inyecta a la sociedad a través de sus medios de comunicación y de sus aliados políticos de la derecha, caen en la trampa del desespero consumista y terminan por hacerle el juego a los ricos en contra de los intereses de clase del propio pueblo, con las compras compulsivas que en definitiva terminan siendo el eslabón que soporta toda esa cadena de distorsión y saqueo económico del gran capital contra el país. El video del grupo zuliano “Madero Show” deja claro que no hay más escasez que la que la propia gente ocasiona con las compras compulsivas que hoy signan el absurdo ritmo del mercado en Venezuela.

El imperio de papel

Tres acontecimientos en particular signan hoy la nueva realidad por la que transita el mundo, en medio de una confrontación de carácter ideológico que muchos vaticinaron erróneamente como imposible hace apenas una década, que hace crujir de extremo a extremo un planeta cada vez más agobiado por las inclemencias del cambio climático, el hambre, la miseria y la incertidumbre que hoy se padece producto de una crisis económica sin solución a la vista, que ya ha rebasado todos los parámetros de lo imaginable.

El primero de ellos, en términos estrictamente cronológicos, es sin lugar a dudas la elección de Venezuela como miembro del Consejo de Derechos humanos de la ONU respaldada por la casi totalidad de los países miembros de ese organismo. Un acontecimiento que echa por tierra de manera tajante e irrefutable la infame y putrefacta campaña de desprestigio emprendida desde hace ya más de una década por el imperio norteamericano y sus medios de comunicación contra la Patria de Bolívar, con el argumento de la supuesta institucionalización de las violaciones a derechos humanos en el país de la Revolución Bolivariana.

El segundo de esos acontecimientos, en orden secuencial, es la aprobación, una vez más, en la ONU, del repudio virtualmente unánime en contra del criminal e ilegítimo bloqueo de los Estados Unidos contra la hermana República de Cuba. Un grito de todos los pueblos del mundo que a una sola voz le dicen al imperio que ya no atemoriza a nadie en el planeta con su arrogante pretensión hegemónica sobre las naciones del orbe.

Y finalmente, la nueva arremetida de Israel contra el pueblo palestino, en una horrenda cruzada genocida que persigue expandir su territorio sobre una alfombra de terror, muerte y desolación, amparándose en la protección de unos Estados Unidos de Norteamérica cada vez más desprestigiados y repudiados por su voracidad y su naturaleza sanguinaria y asesina.

Tres eventos que dicen a los cuatro vientos que ya el imperio no es lo que pretendió ser en el pasado. Que su poderío se diluye progresivamente como la sal en el agua, a medida que su crisis se acrecienta y que los pueblos despiertan para hacerse cada vez más independientes y solidarios en su lucha contra la nefasta tiranía imperial del norte.