Aranguibel en Contrapunto: La crisis de la oposición es culpa de su militancia

Contrapunto / Texto: José Gregorio Yepez

Contrapunto, 01/07/2019.- Es jueves 27 de junio, día del Periodista en Venezuela, y Alberto Aranguibel llega puntual a la cita para conversar sobre su visión como analista político sobre la coyuntura venezolana.

Saluda con formalidad y amabilidad y tras un breve intercambio de impresiones sobre la dinámica de la entrevista comenzamos la conversa.

Considera con vehemencia que es la “oposición de a pie” la responsable de los problemas que confronta este sector político, ya que escoge liderazgos que a su entender no son los adecuados.

– Las negociaciones necesitan por lo menos dos y la disposición a ceder… ¿En qué debe ceder el Gobierno para ayudar a destrancar el juego?

-Esos conceptos no están bien usados. La negociación es un concepto corporativo. No es negociación lo que debe haber. Lo ideal es que exista un escenario con base en las necesidades de cada sector, detectadas a partir del instrumental político adecuado. Pero cuando intervienen los medios se distorsiona el debate. Eso es lo que ha pasado. La derecha, apoyada sobre el peso de los medios, ha abandonado el trabajo de masas y ha posicionado la matriz de ser una mayoría que no ha podido demostrar.

-¿Qué hacer?

-Lo que se ha hecho. El llamado diálogo. Inclusión e igualdad social. Por eso se hicieron los Clap, por ejemplo, un programa único en el mundo; trabajar en fórmulas económicas para solventar las necesidades de la de gente; contrarrestar las presiones que desde el mundo capitalista nos acechan, etc. Las acciones del gobierno van en el sentido correcto.

¿La guerra económica no es solo una justificación?

-Este gobierno está asediado y está resistiendo. Ellos vienen diciendo que Maduro está caído y perdido desde que asumió el poder y no han podido con él. Entonces… ¿quien está perdiendo la pelea?

– ¿Qué pasa con Guaidó?

-Con Guaidó lo que se ha hecho es lo mismo que se hizo con los militares de Altamira: dejarlos que se cocinen en su propia salsa. A Guaidó hoy lo detestan sus seguidores más que a ningún otro de sus líderes. Hoy lo detractan desde la oposición y ha caído más que nunca. Se acabó Guaidó para siempre. Pero, la derecha jamás reconoce los errores en la escogencia de sus liderazgos.

-¿Entonces es la gente opositora de a pie es la responsable?

El problema de la oposición es la gente de a pie que no aprende de los engaños. Desecha los liderazgos que escoge, pero no aprende.

-Cómo generar un clima de confianza a los sectores que adversan al Gobierno.

Hay que buscar salir del discurso de consignas, de la arenga, y generar una lógica de la reflexión. A Chávez no se le alzaban porque su discurso era siempre una reflexión que llegaba muy profundo en la gente.

-¿Es Maduro el problema?

No. Definitivamente no.

-¿Qué pasa entonces?

Hay una falla en la pedagogía. Hay que retomar el espacio del ideario chavista socialista pero también de la reflexión en los valores de la democracia. Hay que trabajar el alma del sector opositor de pie para hacerle comprender que es víctima de un tragedia que se ha cernido sobre la sociedad con la distorsión permanente que se le inocula desde el medio de comunicación.

-¿Cual es la distorsión?

Los valores universales como la vida. La casi totalidad de la gente opositora de a pie cree que es un derecho matar guardias nacionales. Aún callados se lo dicen a sí mismos. Cuando ven que queman a alguien, dicen cosas como “bueno, y quien mandó a ese chavista a meterse ahí”.

-¿Cree que es así?

Esa alteración de toda la estructura de principios debe ser corregida y es responsabilidad del Estado hacerlo. No solo por chavistas sino porque es un deber del Estado. Desde la ANC trabajamos en ese sentido.

La visita Bachelet

¿Qué le aporta a la idea de conseguir una solución a la confrontación política que existe en el país la visita de Bachelet?

Sostengo desde hace tiempo que el problema más grave de Venezuela no es político ni económico sino comunicacional, porque de éste deriva el grueso de los demás problemas. Las distorsiones que hay en la realidad venezolana surgen fundamentalmente del medio de comunicación. El fenómeno Bachelet no escapa a esta realidad que describo. Lo que hemos visto en la tensión que hay al respecto es cómo cada factor busca colocarlo arbitrariamente a su favor.

¿Entonces no importa lo que la Alta Comisionada haya constatado o lo que coloque en su informe del 5 de julio?

La respuesta apunta a que a ninguno le interesa lo que constató sino cómo le saca provecho para su parcialidad política. Con lo cual es probable que el informe del 5 de julio será tratado de la misma forma.

¿Fue positiva o no?

La visita es positiva porque refuerza la democracia venezolana, que nadie niega que tiene sus problemas, pero es un país donde funciona su institucionalidad. Habla de la atención que el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas le da al país y, como prueba de ello, envía a sus funcionarios para que hagan un diagnóstico con la metodología correcta. Lo hace estableciendo contacto con el Estado venezolano, lo que confirma que no hay un Estado fallido, más allá de las diferencias que ciertamente existen y de la propaganda de la derecha venezolana e internacional. Es un avance; se reunió con todos los poderes públicos y con los sectores de la sociedad civil.

¿Y al debate qué le aporta?

Los intereses de los bandos en pugna son exactamente los mismos, solo que a partir de concepciones diametralmente distintas. Entre el gobierno y la oposición los conceptos de democracia, dictadura y libertad son totalmente opuestos y en ese territorio árido de desencuentro se necesita buscar elementos que favorezcan la sindéresis que ayude a encauzar el diálogo y el entendimiento.

¿La sola visita de Bachelet no evidencia un problema con el tema del respeto a los Derechos Humanos en el país?

No necesariamente. La idea del Gobierno fue traerla para demostrar que la oposición miente con la especie de que en Venezuela se violan los Derechos Humanos. Ella no convalidó su especie y se desmonta así lo que dice la oposición, que ahora la cuestiona y critica. Los factores internos y los internacionales, la derecha y el imperialismo, han tratado de posicionar al Consejo de derechos Humanos como una instancia punitiva y hay quienes lo entienden como una suerte de ente carcelario. Pero no es así. Eso habla de la precariedad del entendimiento de la derecha en el tema. La atribución de Alta Comisionada no es censurar ni condenar, es buscar ayudar en el tema.

Entre sus atribuciones está “verificar el cumplimiento de la normativa internacional en materia de derechos humanos” y queda una comisión de monitoreo de temas, entre ellos el de la tortura…

Ella no habló de que existía tortura, sino que se trabaja para prevenir casos de ese tenor. Por eso hablo de la necesidad de tener mucho cuidado con el lenguaje que debe usarse.

¿No existen problemas con los cuerpos de seguridad del Estado y el tratamiento a las personas. Problemas en la cárceles con los presos?

Parto de lo que tengo comprobado. Abogo por la verdad. Yo no tengo elementos para decir que aquí se tortura. Las cárceles son un infierno, es verdad, por eso hay que portarse bien.

Usted afirma que “el Consejo de Derechos Humanos de la ONU no tiene entre sus atribuciones la de calificar o certificar la legitimidad de los gobiernos”, así que la visita de la Alta comisionada no implica el reconocimiento de la legitimidad de Maduro.

Es verdad. No está entre sus atribuciones. Allí está la sobre dimensión de la visita. Para algunos lo que se declare hoy es una manera de prepararse usando los medios para tener una mejor posición en coyunturas futuras y así adelantarse a lo que pueda darse. Como analista político percibo que esa es la actitud de los bandos en pugna.

Fuente: Contrapunto

Carta abierta al Frente Amplio de Chile

Por Atilio A. Boron

Días pasados, Pablo Vidal, uno de los diputados del partido Revolución Democrática que integra el Frente Amplio de Chile, manifestó en una entrevista ante La Tercera que el presidente Nicolás Maduro era un dictador. Lo que podría haber sido el desafortunado exabrupto de un novel legislador tardó unas pocas horas en revelarse como el síntoma de una grave enfermedad que, de no combatirse de inmediato, clausuraría por largos años la posibilidad de ofrecer una alternativa pos-neoliberal al desprestigiado sistema de partidos políticos imperante en Chile, vástago de la funesta dictadura de Augusto Pinochet. En efecto, sin meditar sobre el significado y los alcances de las palabras de Vidal otros dirigentes del FA salieron en tropel a respaldar sus dichos poniendo en evidencia que su profundo desconocimiento de la historia chilena y de las categorías más elementales del análisis político es una falencia compartida por igual con sus compañeras y compañeros de partido. Porque, ¿cómo es posible que alguien que se propone como una alternativa de izquierda asuma por completo el discurso y la propaganda urdidas por el imperio y la derecha vernácula? Por si hubiera dudas al respecto Vlado Mirosevic, un representante del Partido Liberal –una derecha pura y dura, mal disimulada por una delgada pátina de posmodernismo combinada con un eficaz marketing político- saltó al ruedo para expresar su total acuerdo con el extravío de Vidal. Desgraciadamente en pocas horas el “efecto manada” hizo presa de muchos dirigentes del FA que de modo irreflexivo arrojaron por la borda buena parte de su identidad de izquierda.

Se requiere un elevado nivel de analfabetismo político -para decirlo diplomáticamente- para que un ciudadano o una ciudadana de un país como Chile, que ha sufrido una de las más horrendas dictaduras de que se tenga noticias en el siglo veinte, pueda calificar con los mismos términos a Augusto Pinochet y Nicolás Maduro. No sólo Vidal y sus cofrades han demostrado tener un olímpico desconocimiento de la realidad venezolana sino que, peor aún, otro tanto ocurre con la historia de su propio país. Si la conocieran, porque es su obligación como legisladores o como dirigentes políticos conocerla muy bien, jamás podrían haber cometido una grosería como la que estamos comentando y que no por casualidad fue recibida con enorme alborozo por la canalla mediática, comenzando por la CNN y siguiendo por los demás medios hegemónicos. Como lo comenta con sensatez en su tuit una joven comunista chilena, Florencia Lagos Neumann, “Dictadura es dictadura. Pinochet era dictador, Videla era dictador, Somoza era dictador, Franco era dictador. Si en sus dictaduras hubiera aparecido un loco autoproclamándose presidente a las 2 horas era fusilado y tirado a una fosa común. ¿Se entiende?” La elocuencia de este razonamiento ahorra muchas palabras.

Se pueden decir muchas cosas de Juan Guaidó (la mayoría de las cuales poco honorables) menos que haya padecido inconveniente alguno en su continua prédica sediciosa, o en su convocatoria a la población y las fuerzas armadas para quebrar el orden constitucional o en su infame pedido al gobierno de Estados Unidos para que se inmiscuya activamente en la resolución –sin duda violenta y sin ninguna clase de diálogo político, como lo ha manifestado más de una vez la Casa Blanca- de la crisis que afecta a Venezuela. Su demagógica pregunta, formulada en un acto público callejero, de si alguien le tiene miedo a una guerra civil (y que el público asistente contestó con un resonante no) es de una irresponsabilidad criminal. En cualquier país del mundo –y Chile no es la excepción- un sujeto que obra de esa manera es de inmediato apresado y juzgado perentoriamente a cumplir una larga condena en una cárcel de máxima seguridad. En Estados Unidos podría inclusive ser pasible de la pena capital. Pero nada de eso ocurre en la “dictadura” de Maduro denunciada con un ardor digno de mejores causas por algunos sectores del FA. Una extraña dictadura –como decía Eduardo Galeano hablando de los días de Hugo Chávez en el poder- que permite que un fantoche como Guaidó circule por todo el país sin ser perseguido, que cite a exministros chavistas y se reúna con ellos, a plena luz del día, en el Palacio Legislativo en el centro de Caracas para intercambiar ideas sobre la constitución de un gabinete de su ilusoria “transición”. O que permite que un dirigente responsable de ser el inspirador y autor intelectual de las dos guarimbas que en el 2014 y 2017 dejaron una estela de centenares de muertos, miles de heridos e inmensos daños a la propiedad, nos referimos a Leopoldo López, aparezca regularmente en diversos programas de radio reproducido y viralizados por las redes sociales y en donde desde su confortable prisión domiciliaria se exhorta a las fuerzas armadas bolivarianas a permitir el ingreso de la “ayuda humanitaria” enviada por Washington. ¿No son éstos, acaso, ejemplos rotundos de la libertad de prensa y de reunión que existe en la Venezuela bolivariana y que ninguna dictadura jamás admitió? ¿Pudo hacer esto la oposición a Pinochet en Chile, o de Videla en la Argentina o de Somoza en Nicaragua? ¿Es posible ignorar una verdad tan elemental como ésta? ¿Cuál es el concepto de “dictadura” que manejan algunos líderes del FA? Confieso mi curiosidad por conocerlo y por saber cuál es el teórico que produjo tan extravagante definición por la cual el venezolano es un dictador y el déspota de Arabia Saudita que masacra al pueble yemení y manda asesinar a un periodista de su país en la sede de su embajada en Turquía no lo es; o que un régimen neofascista y genocida como Israel sea considerado como una ejemplar democracia con la cual Chile debe estrechar sus vínculos sin ninguna clase de reserva pese a su flagrante y sistemática violación de los derechos humanos en los territorios ocupados y su rechazo a todas las resoluciones de Naciones Unidas.

La conclusión inescapable de esta toma de posición de algunos dirigentes del FA es que su referencia a la cultura de la izquierda y sus centenarias luchas es un lamentable malentendido; o, en caso de que exista mala fe, un artilugio discursivo y electorero para adquirir respetabilidad ante los sectores dominantes. Una identidad de izquierda tan frágil que se disuelve tan pronto sus representantes deben plantarse frente a los candentes desafíos de la realidad política, esa “lucha de dioses contrapuestos” a la que se refería Max Weber y en la cual no caben las mediatintas ni los “ni-ni” del posmodernismo sea en sus variantes de derecha o de (pseudo)izquierda. Recuerdo unos versos de Víctor Jara cuando cantaba, en los años de la Unidad Popular: “usté no es ná, ni chicha ni limoná”. Quienes en estos días se unieron alegre e irresponsablemente al discurso del imperialismo y la reacción autóctona corren serio riesgo de convertirse en “ná”, y eso políticamente es un seguro camino al desastre. O, peor aún, convertirse en su contrario y abandonar la empresa histórica de rescatar a Chile de las garras del neoliberalismo. Porque quienes ingresan ruidosamente al ágora con el discurso de “Maduro dictador” ya se colocan, objetivamente y más allá de inconsecuenciales gestos de rebeldía, del lado del imperialismo y la reacción. Tienen que tomar conciencia que al hacerlo se han asociado a lo peor de la política latinoamericana. Están codo a codo con Uribe y Duque, Macri y Bolsonaro, con Hernández y Lenín Moreno, con Almagro y con Santos, con Bolton y Abrams, todos entonando el relato concebido en Estados Unidos y difundido en nuestra lengua por el inigualable maestro en el arte de decir mentiras que parezcan verdades: Mario Vargas Llosa. Ese sector del FA, porque no creo que sea toda esa organización, ingresa en la política latinoamericana de la mano de los herederos de los que ahogaron a sangre y fuego la experiencia pionera de Salvador Allende, y este no es un dato menor ni una simple anécdota. Tomaron partido por ellos, por los vástagos de quienes bombardearon la Moneda, asesinaron a Orlando Letelier, René Schneider, Carlos Prats González, a Pablo Neruda, a Eduardo Frei y condujeron a la muerte a Salvador Allende; también por los que torturaron, mutilaron y ejecutaron cobardemente a Víctor Jara y a miles de chilenas y chilenos; los que organizaron siniestros campos de concentración y caravanas de la muerte, desaparecieron a miles, mataron a otros tantos y enviaron a cientos de miles de sus compatriotas al exilio.

En su asombrosa ignorancia este sector de la dirigencia frentista demuestra desconocer el abc de la filosofía política, ¡y pretenden con tal rudimentario arsenal teórico conducir a Chile por la senda del progreso y la justicia social! Incapaces de distinguir lo que es una dictadura, de reconocer la omnipresencia del imperialismo –palabra prohibida en su discurso- o de conocer el dolor y la destrucción que éste provoca con su agresión económica, política, diplomática y mediática a la Venezuela bolivariana se rinden ante el pensamiento único en su fatal empeño por constituirse como una alternativa “moderada” ante la “inmoderada” injusticia que campea en Chile.

Ante el crisol de la crisis venezolana ese sector del FA se funde con la derecha en su maniqueísmo propio de la Guerra Fría, en su cruzada contra los gobiernos que no se arrodillan ante los mandatos de la Casa Blanca (Noam Chomsky dixit) y que son invariablemente caracterizados por ésta como “dictaduras”. Una izquierda que en su infantilismo cae en la trampa de creer que va a poder resolver la deuda social de la “democracia de (muy) baja intensidad” de Chile, o de su “democradura”, sin enfrentarse con todos los demonios del infierno que saldrán en tropel para aplastar a sangre y fuego a quienes tengan la osadía de pretender cambiar el mundo. Gentes que, en su inexperiencia, creen que la política es un juego caballeresco en donde los reformadores sociales, ni digamos los revolucionarios, van a ser enfrentados con las armas de la legalidad y la institucionalidad por los partidarios del status quo. No basta con que Donald Trump le confiera el rango de presidente legítimo de Venezuela a un fantoche como Juan Guaidó, en abierta violación de la Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional. Tampoco que John Bolton haya declarado que quiere el petróleo de Venezuela para las empresas estadounidenses. Aunque Trump y Bolton les griten en la cara que en su momento vendrán a apoderarse de los recursos naturales de Chile en su ebriedad posmoderna los que vociferan “Maduro dictador” seguirán pensando que el imperialismo es una fábula de la vieja izquierda, un mito que sobrevive increíblemente en tiempos de la posmodernidad líquida en donde, como decían Marx y Engels en el Manifiesto Comunista(que esos sectores del FA harían muy bien en leer) “todo lo sólido se disuelve en el aire”. Todo, sí, menos la lucha de clases y la dominación imperialista. Y si no comprenden esto no han comprendido nada y se disolverán en el aire sin dejar más que un borroso recuerdo, una juvenilia pasajera que prometió ser una brisa renovadora en la política chilena y acabó siendo más de lo mismo.

Admito que algunos sectores de la izquierda puedan ser duros críticos del gobierno de Maduro. O decir que éste no supo contrarrestar efectivamente la brutal ofensiva que Estados Unidos lanzó para acabar con la Revolución Bolivariana. O que su manejo de la política económica fue desacertado o que el combate a la corrupción careció de la energía requerida. Pero decir que Maduro es un dictador es un gigantesco error conceptual grávido de lesivas consecuencias prácticas para el futuro del movimiento popular chileno. Este difícilmente podrá hallar una ruta de salida a las injusticias e inequidades producto de casi medio siglo de políticas neoliberales cuando una fuerza política que se pretende de izquierda piensa y actúa como si fuera de derecha. Olvidándose, además, ¡torpes sociólogos quienes la asesoran!, que los pueblos, dondequiera que sea, y no sólo en Latinoamérica, siempre prefieren el original a la copia. Y una izquierda que se presenta como una caricatura de la derecha decreta su propia obsolescencia y lleva agua al molino de aquélla. El Frente Amplio aún está a tiempo de sortear tan lamentable desenlace. Una discusión franca, rigurosa y con mucho fundamento puede salvar un proyecto de recambio, tendencialmente pos-neoliberal, que Chile necesita impostergablemente. Sería imperdonable que esa oportunidad se frustrara.

Atilio-Boron Atilio Boron

Fuente: Resumen Latinoamericano