Sin excusas

Por: Alberto Aranguibel B.

Refistolero y echado pa’lante como ha sido desde siempre el venezolano, no ha habido nunca asunto sobre el cual no elabore siempre una apreciación o un razonamiento analítico sin necesidad de que se le requiera.

El venezolano es monosabio; todo lo sabe, todo lo tiene claro. Cualquier desperfecto o circunstancia anómala encuentra en el diagnóstico inmediato que hace el venezolano la explicación más lúcida de todas cuantas puedan ofrecerse, incluso desde el ámbito de la academia o de la experticia profesional en cada materia.

Ya sea referida a la razón por la que un caucho de la moto se revienta en plena travesía, o a las posibles causas de la explosión del transbordador Columbia, el venezolano no se arredrará jamás para emitir su esclarecido dictamen frente a quien sea con la mayor convicción y contundencia. 

Su eterna actitud sin viso alguno de inseguridad, refleja siempre la reciedumbre de ese carácter sobrado, de completo control, que cree tener sobre lo humano y lo divino.

Hoy ese carácter, esa gran autoestima que lo caracteriza, lo lleva a desbordar en displicencia, en indiferencia total, las medidas de prevención que el gobierno revolucionario ha activado contra el feroz virus que nos amenaza como sociedad, seguramente porque piensa que a él ese virus no lo jode.

A medida que transcurre la cuarentena social, va fortaleciendo la confianza en sí mismo con la certeza de que ya han pasado muchos días sin percibir él, el venezolano sobrado, ni la mortandad de la que hablan los escuálidos ni la amenaza de la que habla el gobierno. Lo que le ha llevado progresivamente a convencerse de que eso de estar encerrados es solo para los incautos que creen lo que lo demás dicen.

Claro que hay mucha gente, la inmensa mayoría, que entiende la gravedad del asunto y considera que salir a la calle será solo por la necesidad impostergable de buscar con esfuerzo y desespero la comida o la medicina que haga falta en la casa.

Pero esa cantidad de irresponsables que se empeñan en contravenir la cuarentena por puro guachafiteros, arriesgando no solo su salud y su vida, sino la del resto de los venezolanos, no tienen ninguna excusa.

Con su insensatez están tentando a un demonio que después ni ellos ni nadie sabrá cómo contener. Por mucho que crean saberlo todo.

@SoyAranguibel

Batallas presidiarias

Por: Alberto Aranguibel B.

El comportamiento claramente desafiante de la gente que sale a las calles en España, Estados Unidos, Brasil y otros países en los que la pandemia de coronavirus literalmente ha diezmado a su población, para reclamar la eliminación de las medidas de control y prevención de un fenómeno que no tiene nada de retórico ni de antojadizo por parte de los organismos rectores de la salud en el mundo, no puede ser menos que alarmante.

Muy distinto al comprensible enfoque de quienes se ven obligados a tomar la calle para resolver el ingreso que les permita asegurar el sustento propio y el de su familia, la mayoría de la gente que vemos en esas protestas es gente pudiente que no reclama derecho al trabajo sino derecho a pasear libremente, ir a la playa, a bares, restaurantes y a fiestas, como si el coronavirus fuera una enfermedad de pobres impuesta por el comunismo.

Evidencia de una irracionalidad latente en la sociedad. Así como latentes han sido siempre fenómenos como el fascismo, la xenofobia, o la intolerancia ideológica o religiosa, por lo general ocultos con el ropaje del recato que la sociedad usa para esconder la enajenación social. Pero que existen, y están ahí como componentes intrínsecos de la personalidad individual y muchas veces colectiva.

A manera de excusa por las atrocidades llevadas a cabo por la inquisición, la iglesia sostiene que tal conducta obedecía no a una lógica tiránica de su institución para imponer su poder mediante el terror, sino a la naturaleza desalmada de una sociedad inculta y atrasada que creía en la tortura y el ajusticiamiento de los impuros como medio para alcanzar la dicha. Por supuesto, jamás ha asumido la iglesia culpa alguna en ese atraso cultural de la gente.

De la misma forma, el mundo capitalista de hoy no halla qué hacer con esa sociedad a la que le inculcó desde los orígenes mismos del capitalismo la irracional idea de la libertad irrestricta como valor supremo e irrenunciable, a costa incluso de la vida misma.

Gente habituada a la lógica de la mezquindad y el individualismo que promueve el capitalismo, que entiende la batalla que libra hoy la humanidad como un presidio contra el cual hay que rebelarse, porque jamás tuvo la oportunidad de comprender el universo de otra forma que no fuera la del consumismo voraz que le hace considerar templos de salvación a los centros comerciales.

@SoyAranguibel