La cultura de las guarimbas

jesus-es-mi-amigoPor: Alberto Aranguibel / Últimas Noticias 17 / 05 / 2014

Una amiga, educadora de profesión, colocaba esta semana en su muro de Facebook lo siguiente: “He sentido una particular tristeza esta mañana. La causa: mis estudiantes -venidos todos de sectores opositores- no sabían quién es Jacinto Convit”. Más adelante, otro muralista ponía: “¿Cuántos conocen la obra de Jacinto Convit y cuántos la de Chino & Nacho? La respuesta sabemos cuál es, lo que demuestra la degradación cultural de la sociedad”.

Los orientadores de la ética de la sociedad moderna suelen ser los mismos que promueven su enajenación.

Así nos encontramos con que quienes aterrorizan a la gente como nunca antes en nuestra historia contemporánea, desplazan en popularidad y casi de manera instantánea a los líderes naturales de su sector político.

Una desclasada y muy desvencijada actriz de relleno, que después de cuarenta años de haber abandonado el país con su iluso y fracasado proyecto de estrellato en Hollywood, se arropa las nalgas con la bandera nacional y con ello hace que la militancia opositora le dé la espalda ipso facto a su más impetuosa lideresa, a quien dejan en el olvido sin importar ya si es por fin o no diputada.

Otra compatriota narra crispada de horror el encuentro en el colegio de sus hijos para discutir la resolución 058. “Una ciudadana muy ‘decente’ y perfectamente arreglada afirmó que la educación de antes era la mejor, donde Cristóbal Colón era un “HÉROE” y que el 12 de octubre toda la vida se celebró el DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, hasta que este gobierno se encargó de llamarlo (en tono de burla) DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA”.

Dice la amiga que cuando alguien la refutó señalando el genocidio que los conquistadores llevaron a cabo contra nuestros aborígenes, la mujer respondió airada y a fuerza de gritos “¡Por supuesto que nos hicieron un favor los conquistadores, de lo contrario seguiríamos siendo UNOS INDIOS IGNORANTES Y COCHINOS!”. Lo más aterrador, según comenta la compatriota, era la cantidad de padres y madres que avalaban en esa reunión su miserable discurso. Esa es la sociedad “decente” que luego no sabe de dónde salen los guarimberos. Y que, como quien se niega a reconocer a su hijo como drogadicto, acusa a los demás de echárselo a perder.

Algo así como el necio cuento de “los infiltrados”, con el que ahora pretenden esconder el terrorismo de sus niños lindos.

El “paga peo”

 

Por: Alberto Aranguibel B.

Uno de los más horrendos usos de los mantuanos en tiempos de la colonia era el de hacerse acompañar por alguno de sus niños esclavos durante los servicios religiosos para culpabilizarlos mediante un sonoro “cogotazo” a la hora en que una fetidez inundara repentinamente el área de la iglesia donde les correspondiese sentarse, evadiendo así la posibilidad de ser descubiertos como autores verdaderos de la ventosidad. A esos inocentes esclavos se los conocía simplemente como “los pagapeos”.

Es ese el origen de la tan criolla expresión venezolana “¡Yo no voy a pagar ese peo!”, usada para rechazar la responsabilidad sobre algún asunto comprometedor del que no se tenga ninguna culpa. Incluso si en efecto se tiene.

Hoy, cuando estamos abordando uno de los temas más importantes en la lucha contra la violencia en la sociedad, asistimos de nuevo a una transferencia de responsabilidades, al orientar la búsqueda de soluciones a ese problema enfocándonos en restringir el acceso de los niños a la agresividad de la programación televisiva.

Por supuesto que los niños son la parte más frágil de la sociedad, en la cual se concentra el ataque de los medios privados con su carga alienante y desmovilizadora llena de antivalores y conductas enajenantes. Pero no es solamente a ellos a quienes afecta el pernicioso contenido mediático hoy en día.

Además, no es solo la espectacularidad del crimen, ni mucho menos los desnudos o el lenguaje vulgar, lo que induce a la violencia en la sociedad, sino también (y cuidado si no más que la lasciva dramatización de homicidios) la exaltación de la vanidad, el egoísmo, la sed por la riqueza fácil, el consumismo, el desprecio a los humildes y, en general, la ridiculización de la buena conducta.

Creer que moviendo la programación chabacana y vulgar a un determinado horario, ateniéndose solamente a advertencias en pantalla y a ediciones parciales que eliminen algún porcentaje de imágenes o expresiones ofensivas, se reducen los niveles de descomposición que fomenta el discurso mediático, es desperdiciar la extraordinaria oportunidad que se le abre en este momento al país con el gran paso dado por el gobierno revolucionario en pro de la ansiada concertación nacional para la paz.

No juguemos de nuevo al avestruz con el viejo truco del “pagapeo”.

@SoyAranguibel