Inventiva opositora

Por: Alberto Aranguibel B.

La carencia de un discurso fundamentado, que surja de las ideas o de las propuestas de país debidamente estructuradas, obliga a la oposición a apelar a la inventiva para dotar de justificación viable su sed de poder.

Solo que esa inventiva tampoco se sustenta en elementos válidos, confiables, o tan siquiera creíbles. Es, por lo general, una bravata nacida de la más febril improvisación y nunca de la deducción lógica. Mucho menos del razonamiento de naturaleza científica.

Es así como inventaron lo de esa invasión cubana en Venezuela, que ni siquiera ellos se creen pero que refuerzan con formulaciones descabelladas que convencen solo a los que asumen la absurda hipótesis más por miedo a ser execrados y hasta agredidos por sus copartidarios que por ninguna otra cosa.

La tesis de la “invasión rusa” que ahora incorporan, forjada con el mismo método de la llamada “comunicación perversa” (como se le denomina a la forma discursiva mediante la cual se apela a la mentira más gruesa ya no para convencer sino para destruir al otro) es solo una variante de esa que acusa a los médicos cubanos de invasores.

Pero la que con toda seguridad es la modalidad de discurso opositor más cínico e inmoral, es la que explica su supuesto “derecho” a los beneficios sociales de la Revolución, como los Bonos de la Patria, las cajas Clap, etc., porque, según ellos, los escuálidos pagarían impuestos y esos beneficios (que al decir de los opositores serían un “derecho constitucional”, lo cual es falso) se financiarían con su dinero.

Primero, que es totalmente probable que no exista un solo escuálido que pague, no solo impuestos sino ni siquiera la gasolina, el agua o la electricidad, como para andar reclamando derechos para los cuales no tributa lo que es debido.

Luego, que esos beneficios que con tanto esfuerzo lleva adelante el Presidente Nicolás Maduro no existen de ninguna manera en la Constitución, sino que surgen del empeño del Jefe del Estado por proteger al pueblo de los efectos devastadores de una guerra desatada por la oposición precisamente para generar angustia y padecimiento entre la gente.

Qué sabroso debe ser para esos opositores chulearse esos beneficios gracias a ese febril empeño de andar inventando barbaridades sin la más mínima vergüenza.

@SoyAranguibel

Glosario de significaciones reales en el habla opositora

Por: Alberto Aranguibel B.

Que el lenguaje utilizado por la oposición esté emparentado genealógicamente con el que usamos el resto de los venezolanos, no quiere decir que el mismo sea comprensible para el común de las personas.

Lo que alguien pudiera creer que se trata de su “comprensión”, cuando se refiere al discurso de la oposición, no es sino la adecuación engañosa que (mediante un complejo proceso de emisión y transformaciones enzimáticas) el sistema cognoscitivo hace con los elementos de lenguaje emitidos por la vocería opositora, y que, por su profusión y diversidad (lo que el pueblo llano denomina: “habladera de paja”), resultan familiares a la forma en la que el cerebro humano decodifica y ordena las informaciones que recibimos, pero que no necesariamente tienen significado lógico, ni sirven, por ende, para establecer lo que las ciencias sociales se denomina “proceso comunicacional”.

Aquí sucede exactamente lo que les pasa a lenguas disímiles que utilizan alfabetos similares, pero son, sin embargo, incomprensibles entre ellas. Por esa similitud superficial entre los elementos comunes del lenguaje opositor y el del resto de los venezolanos, es que hay quienes por momentos creen haber comprendido lo que ha querido decir la oposición, cuando en realidad lo que se está produciendo no tiene nada que ver con la intención del emisor sino con la particular capacidad del receptor para la construcción de las ideas. Este fenómeno lo explica la neurología, que estudia la capacidad del cerebro humano para leer correctamente una frase en la que se sustituyen una serie de letras a una o varias palabras y se les cambia por números.

Cuando usted escuche a alguien decirle a un dirigente opositor, algo como: “Ah, ya entiendo”, lo que en verdad estará escuchando siempre es: “Ah, ya mi cerebro acomodó toda esa sarta de sandeces en algo lógico que, de acuerdo a mi capacidad de raciocinio, se me parece a una idea coherente, siendo que, en términos absolutos, no dijiste nada.”

Por razones de economía del lenguaje, esta forma de expresión extendida no es utilizada por el común de las personas, sino más bien aquella escueta: “Ah, ya entiendo”. Lo que a la larga lleva a hacerle pensar a la dirigencia opositora que su mensaje pudo haber sido comprendido y que logró el cometido de convencer a alguien. Algo que indefectiblemente los conduce a conclusiones equivocadas y hasta peligrosas, si se consideran los riesgos a los que esa dirigencia expone hoy a la democracia venezolana.

De ahí que un ejercicio imperativo para llevar adelante cualquier proceso de intercambio de argumentaciones políticas con la oposición, en función de la paz y la estabilidad política indispensables para la superación de las difíciles coyunturas por las que atraviesa el país, sea el uso de eficientes técnicas de descifrado o desencriptación del lenguaje, que faciliten la lectura correcta de sus postulados. Más aún si se sabe que, vista la complejidad del habla opositora, como decimos, pudiera haber más de una idea con más de un significado o contenido semántico, incluso con muchos.

Una idea opositora compleja que urge examinar bajo este criterio de la desencriptación, es la de “posponer la elección presidencial hasta diciembre”, porque obviamente ahí lo expresado no es lo que se quiere decir. Al menos no todo lo que quieren decir.

¿Por qué la oposición pide ahora elecciones, luego de semanas de gritarle al mundo que no existen condiciones en el país para llevar a cabo ningún proceso electoral, si las únicas condiciones que han existido son (y serán en diciembre) exactamente las mismas que han existido siempre y que de ninguna manera han sido modificadas ahora por el rector electoral? ¿Quieren de verdad elecciones, o solamente están jugando de nuevo a la neurotización de la sociedad en procura de un estallido social?

Una primera acepción inequívoca de esa propuesta de posponer la elección hasta diciembre, es, con toda seguridad, la que pudiera resumir la frase extendida: “Hay que darle un mayor margen de tiempo a la guerra económica, porque parece que todavía el pueblo no deja de ser chavista a pesar del sufrimiento que nuestro bloqueo económico le está causando.”

Con esa acepción no habría ninguna necesidad de hurgar mucho más en las entrañas del discurso opositor para encontrar otra que le resulte valiosa a la dirigencia opositora. Pero, una idea tan importante para la oposición no es probable que no sea reforzada con otros elementos discursivos de gran significado. Tiene que tener “ideas implícitas”, como les dicen en mercadotecnia a esos significados no expresamente escritos pero que están en el mensaje.

Una idea implícita (o contenida en la anterior) es, sin lugar a dudas: “Maduro nos volvió a derrotar, esta vez en la guerra de la abstención, y la elección como que sí va a darse sin problemas, pero quedándonos nosotros como la guayabera. Mejor vamos a decir que sí, pero que nos den ahora chance de acomodarnos.

Otra opción, que no puede ser descartada de ninguna manera, es: “¡Qué vaina!… ni siquiera le ganamos al papanatas de Falcón y seguimos creyendo ingenuamente que podemos ganarle a Maduro. Mejor es que rodemos esa elección hasta diciembre a ver si de aquí a allá el imperio se decide por fin a invadirnos y salimos de esto, y además con unos cuantos dolarcitos de ñapa.

Con toda seguridad está inmersa ahí la idea que más define al prodigioso ingenio del intelecto escuálido promedio: “No importa que hayamos pedido elección durante meses y quemado gente para obligar a que se diera, para después acusar de tirano a Maduro por convocar esa misma elección. Vamos a pedir elección de nuevo y después nos volvemos a echar pa’ atrás. Total, como los venezolanos son estúpidos, no se van a dar cuenta.

Y, obviamente, la más poderosa razón ideológica para cualquier buen escuálido uña en el rabo: “Qué Constitución, ni qué Maduro, ni qué Tibisay… ¡Aquí se tiene que hacer lo que a nosotros nos dé la gana, y punto. ¡Y si no ganamos, pues, gritamos FRAUDE y listo!

¿Por qué la oposición no usa los elementos convencionales del habla venezolana común para explicar su punto de vista sobre aquellos aspectos del debate político que les parece importante comunicarle al país? Pues, porque nadie de la derecha en su sano juicio podría enfrentarse a la opinión pública con la desfachatez y el cinismo al que sus convicciones neoliberales le obligan, sin obtener como respuesta el más resonante y contundente repudio.

Es decir; si las verdaderas intencionalidades de las ideas opositoras fuesen expresadas abiertamente, sin los usuales enmascaramientos a los que tiene que apelar el liderazgo opositor, lo más probable es que el discurso opositor sería correctamente comprendido. Y eso de ninguna manera podrá ser aceptado jamás por una oposición que sabe que su propuesta, además de inviable, no es de ninguna manera potable para una sociedad políticamente madura, como la venezolana.

Ante estas evidencias del carácter enfermizamente fraudulento de un sector político inmoral e irresponsable como ha demostrado ser la oposición, le corresponde a las venezolanas y los venezolanos determinar hasta qué punto le interesa al país mantenerse en la zozobra que genera un debate político perturbado con el uso sistemático de la mentira que ese sector contrarrevolucionario se empeña en utilizar como fórmula discursiva, o si, más bien, lo que se necesita es fortalecer con el esfuerzo de todas y de todos la fórmula infatigable de la paz para alcanzar el bienestar económico que propone la Revolución Bolivariana.

Mediante la falsedad es imposible resolver los problemas económicos de ningún país. En Venezuela, la única alternativa contraria a la mentira y al engaño que profesa de manera terca la oposición, es la alternativa de trabajo, honestidad, transparencia y rectitud chavista, que encarna Nicolás Maduro. Ninguna otra.

Esa importante decisión entre ambas opciones, tiene que tomarla el pueblo este 20 de mayo, independientemente de su posición o convicción política. Se trata de un acto de compromiso histórico con la Patria… y con la verdad.

@SoyAranguibel

Retrato de una sociedad exquisita que se ofende con el habla popular pero insulta con el mayor odio

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algún fenómeno retrataba perfectamente la mentalidad desquiciada de cierta élite burguesa venezolana en los años ’70 del siglo pasado, era la acusación que ese sector hacía contra el cine nacional, que por aquel entonces ponía en pantalla al venezolano común de la calle con su forma de ser, sus problemas recurrentes, sus angustias y usando el lenguaje propio de la gente.

Escandalizada e indignada sobre manera, aquella “sociedad decente” repudiaba casi al unísono las “vulgaridades” que exclamaban los personajes de las películas venezolanas. Pero en todos y cada uno de los reclamos que hacían esos respingados de la clase culta (que hoy son el grueso del escualidismo nacional) soltaban decenas de imprecaciones soeces para explicarse, sin percatarse la mayoría de las veces de la bochornosa hipocresía que ello representaba.

No se daban cuenta del disparate porque la dignidad de la burguesía no es sino una pose fingida, sin fundamento filosófico alguno y cargada casi siempre de la más profunda y patética irracionalidad.

Su condición de clase se expresa hoy mejor que nunca en la oportunidad que le ofrece la revolución bolivariana para marcar una clara diferencia con el pueblo de a pie, el “pata en el suelo, desdentado y malviviente”, que señalan en el chavismo los voceros más destacados de la oposición venezolana. Como la esposa del presidente de la Asamblea Nacional, que en su obscena arrogancia habla orgullosa de mujeres del chavismo “sucias, malolientes y desarregladas”.

La argumentación que ese exquisito sector utiliza como obstinante comodín de justificaciones para explicar su desprecio al pueblo es la de la supuesta división que vino a causar Chávez entre los venezolanos “con su lenguaje”, como si hubiese sido el comandante quien inventó el uso del habla popular en el discurso político. Lo que inventó Chávez fue la manera de dirigirse al pueblo de manera auténtica, con honestidad, con el más elevado sentido de la responsabilidad, sin ropajes retóricos de demagogia barata, y en su propia forma de hablar.

Razonan al respecto como si antes de aparecer el comandante en la escena política, llegaron ellos a sentir en algún momento algún mínimo de sincero afecto por los pobres. La asquerosa figura de la limosna, dada muy de vez en cuando a los menesterosos a través de una pequeña rendijita en los semáforos, fue cuando mucho la mayor muestra de expiación de sus culpas frente a la injusticia de la desigualdad social.

Sus líderes son los mismos que se han organizado como bloque político contra la revolución bolivariana. Detrás de esa propuesta no existe ninguna formulación teórica de naturaleza política, sino más bien una suerte de afinidad de intereses de clase, entre los que se cuentan su desagrado con el habla vulgar de los marginales de la calle.

La falsa pose de los ofendidos con los “carajos” que una que otra vez llegó a soltar el líder de la revolución, no les permitió nunca a esos patiquines llegar al barrio. Por eso ahora la dirigencia de la derecha se desgañita en improperios para ver si por esa vía logra embaucar a la gente. De ahí las “arrecheras” de Capriles frente a los medios y las histéricas jactancias de Ramos Allup con sus motores orgánicos y sus “cabrones” gritados de manera destemplada a la Guardia Nacional Bolivariana.

Son esos líderes de la perversión quienes han adiestrado a su propia militancia en el desprecio hacia los pobres (que ellos denominan “colectivos violentos”). Quienes les han “educado” en el insulto procaz como argumento político, y en el deseo de muerte a todo el que exprese de alguna manera una forma de pensar distinta a la estulticia y la insustancialidad del odio fascista que promueve la oposición como discurso político.

Las llamadas “palabras altisonantes” o vulgaridades (que viene del vulgo, es decir del pueblo) son ofensivas a esa clase social respingada, que frunce la punta de la nariz para señalar asco respecto de cualquier cosa, solo si no son ellos quienes las profieren.

El miserable desprecio al gentilicio venezolano que esta gente vomita hoy por las redes sociales contra la delegación que representa al país en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, es simplemente esquizofrénica. Entender el esfuerzo de nuestros atletas como una forma de agresión política a su terco y arbitrario empeño por salir del gobierno revolucionario legítimamente electo, no es sino la muestra irrefutable del desquiciamiento de una sociedad que perdió toda sindéresis ahogándose en su propia putrefacción cerebral.

“Ya perdió Alejandra Benítez y claro que estoy feliz por eso” dice un oligofrénico opositor en twitter. “También espero que pierda Limardo… hay que ser demasiado maldito para ser chavista ahorita” se regodea el nauseabundo internauta.

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Como ese, se cuentan por cientos los insultos opositores en las redes a nuestros jóvenes exponentes de la “generación de oro”, como la bautizara el Comandante Chávez. Perderían la vida útil como atletas si para poder llevar a cabo su carrera como deportistas tuvieran que dedicarse a esperar que la derecha lograse algún hipotético día en el futuro más lejano derrocar a la revolución bolivariana. Frente a una propuesta política tan demencial no tendría sentido alguno ni ser deportista ni considerarse ser humano siquiera.

Médicos muy calificados le llaman “disociación psicótica”. Otros le adjudican el término clínico de “neurosis compulsiva”. Pero en definitiva lo que hay como padecimiento en esa pobre gente es una simple loquetera del cerebro, como le dice el pueblo.

Su comportamiento es el del rebaño domesticado que, a diferencia de los borregos, usan el cerebro para alimentar el organismo con satisfacciones fatuas y sin ninguna propiedad nutricional verdadera, y que solamente mediante el más puro odio inflaman su soberbia y su egolatría como no puede hacerlo ningún otro órgano del cuerpo.

Por eso se aferran con la mayor furia a una insensatez cualquiera, como que el presidente de la república es colombiano, por ejemplo, y a pesar de que todos los organismos públicos del gobierno colombiano con competencia en la materia dictaminen oficialmente desde hace meses que no existe ni la más mínima posibilidad de que tal aberración sea cierta, y aún cuando el propio líder fundamental de la oposición reconozca públicamente que no hay ni el más remoto indicio de veracidad en el disparate (no sin antes amenazar con la barbaridad de pedir revisión de la nacionalidad de los más antiguos ancestros del Presidente, insistiendo en la tozuda osadía en un país de mestizos como el nuestro), continúen hoy los escuálidos maldiciendo con la mayor rabia al Primer Mandatario con el tema de su nacionalidad.

Sin embargo, a quienes desprecian esos opositores desquiciados no es a los colombianos. Cinco millones y medio de esos compatriotas de la hermana república se convierten en la más pesada carga externa que debe soportar la economía de la nación, ya sea por la criminalidad que mucha de esa población desplazada importa al país y que se convierte en fuente de contrabando de extracción, o por la destrucción real de nuestra moneda y de paramilitarismo importado que nos llega desde allá, pero no existe ni un solo reclamo o queja de la oposición al respecto.

Según ellos, en su absurda jerarquización selectiva de la xenofobia, los enemigos de la patria son los cubanos.

La manera desalmada y sin fundamento en que los apenas 27 mil compatriotas cubanos que vienen a brindar salud a los pobres en nuestro país son tratados por esa miserable clase social que se dice ilustrada y culta, no tiene razón alguna de ser que no sea la demencia.

Insultarlos con las expresiones más soeces que en lengua castellana puedan proferirse, es el placer más exquisito para quienes se dicen ofendidos a cada rato por el uso de algún vocablo medianamente fuerte en boca de cualquier revolucionario.

Son desquiciados, es verdad. Adolecen de toda ética y de toda honestidad con su bastarda pose de oligarcas seudo luminosos. Ocultan sin pudor alguno las inmundicias que les salpican en la cara, como la de las violaciones pederastas recurrentes en el más refinado colegio de la burguesía caraqueña, el prestigioso Emil Friedman, pero se dicen escandalizados con el más insignificante “coño” del hombre humilde de la calle.

Fariseísmo puro en estado natural.

@SoyAranguibel

El cambio no va

– Publicado en el diario Últimas Noticias el miércoles 23 de marzo de 2016 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Rafael Caldera basó su campaña electoral en 1968 en la promesa “El cambio va”, pero una vez que ganó las elecciones el cambio no fue nunca.

Una inflación indetenible acabó con el sueño de la gente que votó esperanzado por quien decía que cambiar era solo cosa de proponérselo y que si el país se llenaba de miseria, hambre y exclusión social, era porque nadie había emprendido el cambio como tenía que hacerse.

Pero ganó las elecciones y solo eso bastó para que de ahí en adelante todos los candidatos de la derecha ofrezcan en cada elección el cambio como panacea para alcanzar el bienestar y el progreso al que la gente aspira.

Ninguno presenta jamás planes o programas de gobierno consistentes que expliquen cómo pretenden convertir en realidad esa idílica promesa. Y todos, como Caldera, fracasan cuando llegan al poder fundamentalmente porque el cambio no es una cosa que se decrete y listo.

Ejemplo de ello fue la frustración de los electores que votaron por María Machado para elegirla diputada a la Asamblea Nacional en 2010. Su campaña fue un derroche dispendioso de propaganda en la que ofrecía textualmente que si era electa diputada se acabarían la inseguridad, la corrupción y el hambre. El cambio pleno, pues.

Al final, su paso por el parlamento fue el más gris e improductivo de todos aquellos que desde la derecha hicieron ofertas igual de engañosas.

Hoy la frustración de los que votaron el 6-D por la fórmula opositora, es probablemente el sentimiento que más crece entre los venezolanos. La convicción de haber perdido su voto es tan profunda que ya hay importantes trabajos de investigación de opinión que están reflejando un descontento de esas bases opositoras contra su propio liderazgo, que con toda seguridad rebasará de un momento a otro la propia capacidad de reacción de esa derecha farsante habituada a mentirle a sus electores por su solo afán de alcanzar el poder a como dé lugar.

Ahora, cuando esa inmensa cantidad de compatriotas a los que se les ofreció el cambio, y que hoy ya expresan con contundencia su indignación por la estafa de la que están siendo víctimas, voltee a ver el esfuerzo auténtico que en función de los venezolanos lleva a cabo la revolución bolivariana, las aguas volverán a su cauce y la euforia opositora será solo un mal recuerdo.

@Soyaranguibel