¿Es democrática una elección no partidista?

Por: Alberto Aranguibel B.

 La violenta reacción de la oposición venezolana a la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el Presidente Nicolás Maduro, pone una vez más de relieve la imperfección del modelo de democracia representativa que todavía hoy, luego de casi un cuarto de siglo de la profunda democracia participativa y protagónica que vive el país, la derecha pretende presentar como el modelo más conveniente para una sociedad como la venezolana.

Apenas pronunciada por el Primer Mandatario nacional la frase “Convoco a una Constituyente ciudadana, no una Constituyente de partidos ni de élites…” en su discurso del 1ro de mayo en la Avenida Bolívar de Caracas, la dirigencia opositora pegó el grito en el cielo para denunciar lo que de inmediato calificó de “fraude”, sin entrar ni en lo más mínimo en la esencia doctrinaria de la fórmula invocada por el líder de la Revolución Bolivariana.

Quienes de buena fe dudaron en un primer momento si la propuesta presidencial contaba o no con el debido sustento legal que le permitiera avanzar sin necesidad de llamar primero a Referéndum Consultivo, entendieron luego de las debidas explicaciones técnicas aportadas por los constituyentistas más calificados del país, que tal duda era completamente infundada.

Se trataba de una jugarreta más de la derecha golpista que pretendía capitalizar en esta oportunidad la campaña de difamación que difundió desde el 2015 hasta el pasado año, en la que acusaba al Presidente de negarse a un llamado a Referéndum que permitiera determinar si se revocaba o no su mandato.

Aquel Referéndum, concebido por la Constituyente del 99 como una herramienta para el ejercicio de la participación y el protagonismo del pueblo que nuestra avanzada Constitución consagra, es una opción pero no una obligación. Quien pretenda la revocatoria del mandato de los cargos de elección popular, en este caso el del Presidente, deberá cumplir primero con una serie de requisitos para lograr activar tal consulta. La oposición (aún a pesar de todas las triquiñuelas y marramucias que armó para intentarlo) no logró completar tales requisitos y el Referéndum no se activó.

¿Por qué no logró su cometido la derecha en esa oportunidad? Porque no contó con el respaldo de los electores en la recolección de las firmas. Porque no obtuvo ni siquiera apoyo del electorado para legitimar sus partidos políticos ante el CNE. Porque no tiene discurso ni propuesta que no sea el odio contra todo lo que tenga que ver con Chávez y el chavismo. Y eso no sirve para activar un Referéndum.

Por eso, entre muchas otras razones, la derecha venezolana se opone de manera tan inflexible a todo cuanto contiene nuestra Constitución como mecanismos de participación y protagonismo del pueblo.

Esas élites, que se habituaron en el pasado a la placidez de un sistema electoral diseñado específicamente para asegurar su control sobre las elecciones y perpetuar así el modelo de democracia representativa, no creyeron nunca ni remotamente posible que el pueblo pudiera alcanzar un nivel tal de madurez política que le permitiera escoger con criterio propio quiénes debieran ser sus candidatos y cuáles debieran ser los compromisos que estos asumieran en función del interés de los electores y no de las cúpulas partidistas.

Son muchas las razones que llevan al elector a tomar su decisión definitiva en cada proceso electoral. Pero en la mayoría de ellas, el partido político, componente esencial de la democracia representativa, considera que posee el más perfecto nivel de control a través de la campaña electoral y de la cultura eleccionaria que ella genera.

De acuerdo al estudio de Franklin Guzmán en su Manual de Campañas Electorales (1992), la decisión del voto para la mayoría de los electores está tomada desde mucho antes de la campaña electoral. Sólo un 30%, según él, sería susceptible de ser influenciado por el mensaje publicitario o propagandístico durante ese periodo, lo cual no significa que el 70% restante no amerite “reforzamiento” de su decisión en esa fase.

Ese 30%, que termina siendo el factor decisivo en todo proceso electoral, es el objetivo central de las campañas.

“¿Votan los electores ideológicamente, o por lo menos con cierto sentido clasista del voto? –se pregunta Guzmán- ¿Son capaces los electores de reconocer las ideologías subyacentes en los partidos y candidatos y asociarlas con los problemas del aquí y ahora? ¿Hay una relación lineal entre la ideología y el partido preferido con la decisión del voto? ¿Cómo se reproducen las identificaciones partidistas e ideológicas entre los votantes? ¿Qué factores marcan el comportamiento electoral por largo tiempo y cuáles por corto tiempo? ¿Qué puede hacer que el militante o simpatizante de un partido vote por otro partido en una elección determinada?”

Tal cantidad de inquietudes atormentó desde siempre a los partidos políticos en la medida en que veían avanzar la concientización del pueblo respecto de la verdadera naturaleza y causa de los problemas que agobian a la sociedad. Pero fue muy poco lo que hicieron para adecuarse a esa nueva realidad. Por el contrario, la profundización en la búsqueda de tecnificar cada vez más las campañas electorales para procurar someter al elector a su antojo fue lo que privó en el ánimo de esa élite partidocrática que solo veló por sus intereses particulares y jamás por los del elector.

A través del evento ferial en que los partidos de la derecha convirtieron el debate político durante la campaña, se banalizaron sistemáticamente los temas más relevantes para el elector, convirtiendo incluso el acto mismo de la votación en una suerte de competencia de trivialidades que solo contribuía al secuestro de la democracia que los partidos llevaban a cabo con esa idea de representatividad que jamás representaba al elector, quien, desvalido como estaba frente a aquel asfixiante sistema, terminaba creyendo que la absurda modalidad del llamado “voto cruzado” (una forma de votar por un partido con una tarjeta grande a la vez que votaba contra ese partido con una tarjeta pequeña en un mismo acto de votación) podría haber servido como recurso de salvación para el electorado.

La campaña electoral se convirtió en el Alfa y el Omega de los partidos políticos de la derecha y de sus candidatos, a tal punto que ya su propuesta discursiva es virtualmente inexistente. Tal como lo demuestra la constante variación (y contradicción en la mayoría de los casos) en el discurso del liderazgo promedio de la oposición venezolana respecto de los más diversos temas. Como por ejemplo el tema Constituyente, por mencionar solo uno, en torno al cual esa dirigencia ha pasado sin solución de continuidad desde la solicitud más empecinada y terca por convocar una nueva ANC, al más categórico y desvergonzado rechazo a tal posibilidad.

Fiel a esos principios de la democracia representativa burguesa, la oposición venezolana va a evitar siempre toda elección que sea una consulta directa al pueblo, en la cual no tenga cabida la convencional campaña electoral partidista donde pueda utilizar a su antojo la inmensa cantidad de recursos de la que dispone, su capacidad de movilización, sus poderosas corporaciones mediáticas, sus empresas encuestadoras y sus laboratorios de mercadeo político, para tratar de influenciar a los electores.

Pero en Venezuela no estamos construyendo hoy un modelo de democracia representativa, sino uno donde la participación y el protagonismo del pueblo son los activos esenciales.

Bajo esa visión, el llamado del Presidente Maduro es lo más irrefutablemente democrático que puede hacerse para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, gracias a una Constitución como la bolivariana que permite tal posibilidad por primera vez en nuestra historia, al facultar expresamente al Primer Mandatario para ello a través de los artículos 347, 348 y 349.

El viejo modelo electoral, de las tarjeticas de colores y de la insensata cultura del “voto cruzado”, gracias a Dios ya no existe. Fue superado por la revolucionaria concepción de la inclusión social que nos trajo el Comandante Chávez y que el presidente Maduro hoy pone de nuevo en marcha con la sectorización de la consulta popular a la que nos ha convocado, asegurando así la posibilidad cierta de que la voz del pueblo esté presente de manera directa en la construcción de la Patria a la que aspira.

Algo que será siempre posible solamente en Revolución.

 

@SoyAranguibel

Imperfecciones de una democracia vetusta y destartalada

Por: Alberto Aranguibel B.

“Para ser realmente grande hay que estar con la gente, no por encima de ella” Montesquieu

Como era de esperarse, el discurso de cada uno de los representantes de los países reunidos la semana pasada en sesión extraordinaria de la Organización de Estados Americanos (OEA) para conocer el informe del Secretario General de ese organismo contra Venezuela, estuvo siempre saturado con la empalagosa fraseología diplomática tan usual en esos encuentros, en los que las ideas (en la muy rara eventualidad en que las hubiere) no deben nunca traspasar el lindero del consabido formalismo protocolar y del edulcorado engalanamiento de las formas de cortesía propias del lenguaje institucional burgués.

El verbo fogoso, lúcido, franco, directo y sin poses acartonadas con el que se expresa contundente en esos escenarios la voz de la revolución bolivariana a través de nuestra flamante Canciller Delsy Rodríguez, no es para nada habitual en espacios como esos.

Aparentar mesura, juicio ponderado y amplitud de criterio por encima de todo, es obligación impostergable de todo buen diplomático de carrera, así sea para exaltar el más indefendible e imperfecto sistema de organización social jamás conocido por la humanidad, como lo es el de la democracia representativa.

La democracia es hasta hoy el único modelo de auténtica organización de la sociedad. Los regímenes monárquicos, feudales o de naturaleza liberal, no se corresponden con la aspiración de igualdad y de justicia que da origen a través de la historia a la idea de democracia, que solamente el comunismo en su concepción más acabada supera.

Presionada por esa aspiración ancestral de los pueblos es como llega la oligarquía a aceptar finalmente la democracia. Pero intentando adecuarla a una modalidad que responda de manera lo más cabal posible a sus intereses de élite dominante. De ahí surge la llamada “democracia representativa”, que supone que el poder sigue en manos de los sectores hegemónicos supuestamente para representar los intereses de la sociedad.

Lo cierto es que lo único defendible hoy como modelo avanzado y eficiente de organización de la sociedad es la llamada “democracia participativa y protagónica”, por ser aquel que supera de manera eficaz y tangible las profundas limitaciones y precariedades del vetusto y destartalado modelo representativo, en función de la verdadera justicia e igualdad social que exige una auténtica democracia.

La democracia, según el luminoso criterio del Barón Charles de Montesquieu, quien tanto se desveló por estos asuntos que datan como preocupación de los grandes pensadores desde la más antigua filosofía helénica, es la que responda a las necesidades de la gente y no a la de las élites políticas que decidan en su nombre, basadas en una intangible y relativa capacidad intelectual o de dudosa experticia política de los dirigentes circunstanciales que más por eventualidades de la historia que por el legítimo mandato popular controlen en un momento determinado los hilos del poder en la sociedad.

Pero la élite diplomática del mundo (y en particular del continente americano, hoy tan influenciado por la hegemonía del imperio más tiránico de todos los tiempos) pareciera aferrada solo a aquellos aspectos de la filosofía de Montesquieu que inequívocamente favorecen al sistema que más se ajusta a esos atrasados modelos sociales en los que una minoría privilegiada siempre resulta ser la única beneficiaria de las riquezas y oportunidades de cada país.

La maltrecha figura de la llamada división o separación de poderes, es el ritornelo infaltable en la definición burguesa de la democracia que pretende instaurar hoy en el mundo los estados Unidos y que el Secretario General de la OEA pareciera decidido a imponer precisamente en el continente que tantos logros ha alcanzado en lo que va de siglo XXI dando al traste con esa decadente concepción burguesa.

Todos los representantes ahí reunidos, incluso aquellos que de manera mayoritaria intervinieron para repudiar las pretensiones golpistas de los lacayos del imperio contra nuestro país, se refirieron de manera recurrente (como siempre lo hacen) a ese aspecto particular de la doctrina democrática que pretende colocar la calidad del modelo por encima de su cualidad verdaderamente funcional en pro de la justicia y la igualdad. La división de poderes –decían- es el pilar del sistema de garantías de los derechos fundamentales de la sociedad.

En esa reunión Almagro se centró de forma obsesiva en la supuesta falta de independencia de poderes en Venezuela, tal como lo sostiene de manera igualmente terca la derecha venezolana.

¿Qué es para la burguesía atrabiliaria y decimonónica que representa Almagro la llamada “división de poderes” sobre la cual él considera que se asienta la igualdad social?

¿No le resulta suficiente muestra de división y autonomía de poderes en Venezuela que el presidente de la Asamblea Nacional en persona (a quién él atiende en su oficina en Washington para recibir de sus manos su solicitud de apoyo para derrocar el gobierno legítimo de los venezolanos) jure persistentemente ante los medios de comunicación que su único propósito al frente de ese organismo es destituir al presidente de la república, es decir al representante de otro poder del Estado?

¿Necesita acaso el Secretario Almagro una confrontación a pescozada limpia entre el presidente del poder legislativo y el presidente del poder ejecutivo para aceptar que efectivamente sí hay división de poderes en el país?

En la más poderosa democracia del mundo, los Estados Unidos, el presidente designa motu propio a los jueces del tribunal supremo de justicia y jamás se ha escuchado a ningún constitucionalista de ese país ni de ninguna otra parte del mundo contrariarse por tal aberración.

Tampoco existe en esa nación que tanto se jacta de dar lecciones de democracia al mundo, una instancia del Estado a nivel de las demás ramas o poderes del mismo, de carácter independiente y autónomo, como el Poder Electoral que sí existe en la democracia participativa y protagónica que rige en Venezuela y que es ejemplo y referencia en el mundo por su robustez, transparencia e inviolabilidad en el resguardo de la voluntad popular.

Ni se acercan, ninguna de esas naciones supuestamente avanzadas en cuanto a modelos de democracia, a la moderna concepción del Poder Ciudadano que en nuestro país concentra de manera articulada los mecanismos para la defensa efectiva de los derechos y garantías sociales.

Al respecto Almagro se hace la vista gorda no solo porque es un vulgar peón del imperio, sino porque en realidad la separación de poderes no es lo que él supone.

La autonomía no es (ni debe ser de ninguna manera) la confrontación fratricida entre representantes de las distintas instancias del poder (como lo propone el burdo y necio esquema de la oposición venezolana), sino la distribución armoniosa y eficiente de la administración del Estado en función de un mismo y promisorio proyecto de país.

En Venezuela, esa concepción omnímoda del poder que prevaleció en el pasado exterminó a miles de venezolanos disidentes del entreguismo que las élites puntofijistas llevaban a cabo con el país, y acabó con las infinitas oportunidades que tuvimos siempre para alcanzar el bienestar y el progreso al que aspirábamos y que fueron pulverizadas por la ineptitud, la corrupción y el desprecio hacia el pueblo por parte de esas élites indolentes y vendepatria.

Como se los ha dicho en sus caras de manera valiente nuestra Canciller, pareciera que el sistema americano de naciones no se orienta hoy a la concreción de la idea de hermandad y cooperación entre los pueblos, y ni siquiera al perfeccionamiento de la democracia como lo pregona jactancioso su arrogante Secretario General, sino al secuestro de nuestro país para hacer retrogradar nuestra avanzada democracia, referencia de inclusión social hoy en el mundo, para intentar reinstaurar el viejo esquema de élites entreguistas a espaldas del sufrido pueblo venezolano que tantas veces ha reafirmado su voluntad de conquistar su redención definitiva y más perdurable a través de la revolución bolivariana.

Por eso, porque son solo maquinaciones perversas de demagogia barata que ya los pueblos no compran ni aceptan de ninguna manera, es que terminan fracasados frente a un televisor rumiando, como siempre, sus derrotas recurrentes.

¿Cuánto nos habrá costado a los venezolanos la factura en pasajes aéreos, whisky del caro y limusinas de lujo en Washington, de toda esa caterva de engreídos contrarrevolucionarios que fueron al la OEA a hacer ese bochornoso ridículo?

@SoyAranguibel

¿Qué tiene la democracia que tanto la defienden los corruptos?

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia es el nombre que le damos al pueblo cada vez que lo necesitamos

Robert Pellevé (Marqués de Flers)

Marx hablaba de la democracia como el sistema a través del cual la burguesía controla a la sociedad y hace perdurable su modelo de dominación con la ilusoria idea de que la beneficia y la protege de los abusos de intereses individuales. Ciertamente, un régimen que se ofrezca como garante de los derechos de todos por igual, terminará legitimando en la misma forma tanto a pobres como a privilegiados y con ello a la opresión y a la explotación del hombre por el hombre.

A lo largo de su obra, en particular el Manifiesto Comunista y El 18 Brumario de Luis Bonaparte, en la que coloca al Estado como una fuerza coercitiva orientada a apaciguar y reprimir los movimientos sociales que propugnan la transformación, Marx describe la relación de interdependencia entre el Estado y la clase dominante, asumida tanto por él como por Engels como una “superestructura” que se erige sobre las inevitables relaciones entre lo económico y lo social del modelo democrático burgués.

De tal manera que en el capitalismo el modelo de democracia “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” del que hablaba Lincoln, es, según Marx, completamente utópico, en virtud de lo cual debe ser definitivamente desplazado para permitirle a la sociedad alcanzar la auténtica igualdad que solo promueve el comunismo.

Cuando el Comandante Chávez definía al socialismo bolivariano como la “verdadera democracia”, establecía, a partir del postulado marxista, una diferencia ideológica sustancial con ese inviable modelo y no un simple perfeccionamiento semántico del mismo. En su propuesta revolucionaria, la democracia representativa burguesa debe ser sustituida de manera radical por el concepto de participación y protagonismo mediante un proceso de transición (como Marx mismo lo denomina) donde ambos modelos se confrontan durante la etapa de construcción de la nueva sociedad, y en la que la burguesía presentará siempre a la democracia como un bien de su exclusiva pertenencia y a los socialistas como bárbaros que solo procuran asaltarla para permitir la imposición de regímenes totalitarios.

De ahí que los revolucionarios, precisamente quienes luchan por la emancipación del pueblo, por la erradicación de la explotación del hombre por el hombre, de la exclusión, del racismo y de todas las formas de discriminación, así como de las perversas formas de degradación ética y moral del ser humano que promueve el capitalismo, sean definidos por la burguesía como tiranos, déspotas, terroristas y hasta como narcotraficantes, por el solo hecho de que persiguen a través del socialismo la superación de ese modelo legitimador de la injusticia y la desigualdad social que es la democracia representativa.

Nada es más falso que el afecto de la burguesía por los pobres, esas grandes mayorías de seres humanos depauperados que constituyen el grueso de la sociedad en el mundo. La historia está repleta de las aborrecibles muestras del desprecio de los sectores dominantes hacia esas mayorías a pesar de lo indispensables que les resultaron siempre para concretar la falsa idea de participación que aparentaba su precaria democracia.

Benedicto XVI lo dejaba claro cuando sentenciaba que “La verdad no la determina el voto de la mayoría”. Algo similar llegó a decir Caldera cuando en 1998 el pueblo ungió a Chávez como presidente.

De las democracias liberales del “viejo mundo” surgieron incontables expresiones de ese desprecio. Rousseau, por ejemplo, afirmaba que “No existió nunca una verdadera democracia, ni existirá jamás, porque va contra el orden natural que la mayoría gobierne y que la minoría sea gobernada”, justamente porque hasta aquel periodo de la ilustración era impensable que la mayoría depauperada pudiera jamás acceder al poder.

Ideas como las de Henry Amiel, quien sostenía que “La democracia descansa sobre la ficción legal por la cual la mayoría no solo dispone de la fuerza sino también de la razón”, o de Gustave Le Bon, quien consideraba que “Un país gobernado por la opinión no lo está por la competencia”, no eran sino las formas en que la burguesía reaccionaba desde lo más avanzado de su pensamiento a la posibilidad de la emancipación social.

Churchill, a quien se le atribuyen sarcasmos de insólito cinismo como que “la democracia es el peor de todos los sistemas políticos, a excepción de todos los demás”, afirmaba que “El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante promedio”, con lo cual dejaba perfectamente claro que la democracia por la que él abogaba no estaba concebida para servir a los intereses del pueblo sino de la burguesía. El mismo espíritu recogido por Orwell en su “Rebelión en la granja”.

En Venezuela, esa burguesía desprecia al chavismo no tanto por lo que significa Chávez como ideólogo de un modelo alternativo al perverso capitalismo que defienden, como porque es el líder que hace visible y moviliza a un pueblo al que ella odia incluso desde mucho antes de nuestros orígenes como República y al que solamente se le acercan a la hora de pedirle el voto para la consagración del ritual electoral que les permita legitimarse como sector hegemónico.

Eso explica la incongruente naturalidad y el tono risueño con el que gente como el presidente de la Asamblea Nacional y como su esposa, hablan hoy por igual de “malvivientes”, “sucias” y ”desarregladas” para referirse a los y las chavistas, o la periodista Marianella Salazar, que haciendo esta semana referencia a la revolución popular que se construye en el país escribía que “La Venezuela del siglo XXI es prácticamente un territorio feudal gobernado por sectas, pranes, colectivos, malandros, borrachos, narcotraficantes, y los nuevos CLAP”, o los cientos de dirigentes opositores, oligarcas o simples pequeño-burgueses de a pie, que vociferan pestilencias conminatorias hasta el desquiciamiento contra los chavistas en todos los portales de prensa y redes sociales en internet al mismo tiempo que salen a pedirles casi de rodillas sus firmas de respaldo para derrocar al gobierno chavista del presidente Nicolás Maduro.

En eso consiste su pretensión del mal llamado “revocatorio”; usurpar un mecanismo de consulta popular para instaurar a una élite burguesa en el poder.

Para esa clase dominante el voto no debe ser sino un instrumento más para la reafirmación de su propiedad sobre la democracia, porque bajo su filosofía y su total control el libre desempeño del capital les permite alcanzar el fastuoso nivel de vida en el que la corrupción, la usura, la especulación y el blanqueo de capitales, que les son tan consustanciales, no son considerados delitos sino parte esencial del sistema sobre el cual se sostiene el modelo de la libertad y los derechos de la libre empresa.

Por eso la lista de defensores de la democracia que usan a Venezuela como estandarte para sus campañas de proselitismo contrarrevolucionario incluye cada vez más a corruptos y delincuentes de la peor calaña que no tienen la más mínima vergüenza, ni el más elemental recato, en que sus expedientes sean dados a conocer a la opinión pública, como cada día estamos viendo que prolifera en las filas de esa derecha putrefacta que tanto se rasga las vestiduras contra el modelo bolivariano.

Desde los bochornosos cheques que muestran el robo de dineros públicos para fundar un partido ultraderechista venezolano, hasta el escandaloso affaire del novel presidente argentino explicando con total infortunio los vericuetos de sus andanzas en el blanqueo de capitales mal habidos, pasando por las miles de grabaciones, videos, fotografías y documentos probatorios irrefutables que los muestran de cuerpo entero como lo que son, incluyendo los llamados papeles de Panamá, las cuentas en bancos suizos, en Andorra y otros paraísos fiscales del mundo en los que son ellos quienes siempre aparecen, la lista de corruptos que se presentan como adalides de la democracia y que atacan cada vez con más furia e irracionalidad a la revolución bolivariana en el continente se hace interminable.

La prostitución y distorsión del término por parte de esa derecha degenerada y pendenciera solo conduce a que la democracia pierda todo sentido y se extinga con ello la función redentora que debió haber tenido.

Para diferenciarla de esa abyección capitalista es preciso enarbolar en todo momento el carácter profundamente ético que le imprimió el comandante Chávez con su propuesta de la participación y el protagonismo del pueblo como definición primordial e insustituible.

@SoyAranguibel

La ilusión de la calle

barricada3– En las barricadas hay siempre más objetos que gente protestando –

Por: Alberto Aranguibel B. / Últimas Noticias 22 / 03 / 2014

Es absurdo suponer que los pueblos acepten voluntariamente su sometimiento a la dominación de potencia alguna cualquiera sea su signo. Por eso ningún imperio se ha fundado jamás sobre elecciones democráticas mediante las cuales se pueda determinar la verdadera voluntad de las mayorías.

Estados Unidos no es la excepción. Su concepción del poder, basada en la arbitraria tesis norteamericana del Destino Manifiesto (que ellos asumen como las Tablas de Moisés) los obliga a descartar por principio propio la elección como instrumento para imponer su modelo de democracia capitalista en el planeta, precisamente por la naturaleza intolerante y totalitaria que le define como imperio.

El voto fue hasta hoy para EEUU una herramienta conveniente en la medida en que la democracia aparecía como sistema civilizado y civilizatorio a lo largo de los últimos doscientos cincuenta años, no porque fuera el método de su mayor agrado, sino porque el modelo representativo que prevaleció durante todo ese período servía a sus propósitos hegemónicos.

Por eso hoy, cuando la elección sirve cada vez más a los intereses del elector mediante la avanzada modalidad de democracia participativa y protagónica que se extiende por el mundo, desecha la elección como esencia de ese sistema y promueve el estallido social como mecanismo para implantar su modelo neoliberal, asegurándose siempre que el mismo no esté contaminado con ideas antiimperialistas o de soberanía de los pueblos.

Su propuesta es la de aprovechar el efecto ilusorio de manifestaciones de utilería, que creen en la gente la percepción de ser rebeliones populares reales, cuando en efecto no sean sino la actuación de pequeños sectores antidemocráticos afectos a los intereses de la burguesía, que se apropian para su cometido de la épica, la nomenclatura, el discurso y hasta de los símbolos de las revoluciones auténticas, apoyándose para ello en la fuerza de los poderosos medios de comunicación a su servicio.

A esas manifestaciones de utilería concurren solo quienes se ilusionan con el fracasado modelo neoliberal que la derecha promueve. Y eso funciona eventualmente para una buena foto.

A la verdadera movilización del pueblo en la calle acudirá siempre la gran mayoría que sí sabe valorar la democracia.

@Soyaranguibel