Atilio Borón: “Esta izquierda que rasga vestiduras con Maduro es de jardín infantil, están castrados políticamente”

Por Camilo Espinoza

14 de Agosto, 2019

Atilio Alberto Borón (76 años) es una de las voces más relevantes de las ciencias sociales en América Latina y es precisamente todo lo que uno se imagina: un intelectual argentino de izquierda, muy culto, con acento bonaerense y vozarrón gastado por el exceso de cátedras. Eso sí, sorprende su conocimiento de Chile y manejo del Twitter. Su más reciente obsesión es Mario Vargas Llosa, a quien le dedicó 224 páginas en “El hechicero de la tribu”, una especie de respuesta política a la autobiografía del peruano. Sin embargo, no tarda en meterse rápido en la contingencia y dispara a discreción contra la indolencia norteamericana, el fraude del macrismo y la ingenuidad de la izquierda progresista. En Chile, sus dardos apuntan principalmente contra Michelle Bachelet y Gabriel Boric.

¿De dónde surge la idea de escribir un libro sobre Vargas Llosa? ¿Hubo alguna provocación?

– Es probablemente uno de los más notables escritores en la lengua española de los últimos 50 o 60 años. Pero yo no lo analizo desde ese punto de vista, sino cómo Vargas Llosa desempeña su papel de intelectual público y gran difusor de las ideas neoliberales. Es un personaje absolutamente único, no hay otro como él a nivel mundial, ¿eh? Ni siquiera en EE.UU. tenés un divulgador que tenga una proyección internacional como él. Es un divulgador del sentido común del liberalismo: “Arréglate como puedas, deja de lado la acción colectiva, cada cual progresa si es trabajador, honrado, eficiente, educado, olvídate de los sindicatos, asociaciones, partidos, déjate de pedirle todo al Estado”. Todos esos lugares que tanto daño han hecho. Y lo expresa muy bien, porque los pone en palabras muy seductoras, es un gran escritor. Para mí fue siempre un objeto de estudio permanente, de disfrute. Leía sus novelas y las disfrutaba. Leía sus análisis políticos y me daba mucha rabia.

¿Podemos decir que Vargas Llosa se enmarca en cierta intelectualidad latinoamericana de derecha o es más bien un outsider?

– Vargas Llosa es el gran intelectual orgánico de la derecha latinoamericana y yo te diría de la derecha mundial. Es un tipo al que el Rey Juan Carlos lo “honra” como marqués. Estamos hablando de un personaje único. No hay otro. Un hombre con una formación en lo suyo muy sólida, pero no en filosofía política. En su libro explica por qué se convirtió al liberalismo. Presenta a los autores que le abrieron los ojos, porque de jovencito era un marxista de la línea de Jean Paul Sartre y luego permanece en el campo del socialismo hasta junio de 1971, cuando se declara socialista y dice que la Revolución Cubana es “un ejemplo para América”. No estamos hablando de un intelectual momio clásico de los que tanto abundan acá en Chile, en Argentina o en Brasil. Estamos hablando de un hombre que viene de un pensamiento crítico y de izquierda, y que de repente, al cabo de un tiempo, abandona sus ideas, deserta de sus concepciones del mundo y se convierte en un apologista de la derecha.

Acá también ha tocado esta irrupción de “los conversos”, como el excanciller Roberto Ampuero, que tiene una trayectoria parecida, ligada a la literatura y termina siendo ministro de Piñera. ¿Qué tan común es ese fenómeno?  

– No tanto. Pasa que Vargas Llosa es absolutamente excepcional. Con todo respeto a Ampuero, no ha tenido ni siquiera en Chile la gravitación que tuvo Vargas Llosa. Él es un personaje universal. Su historia es muy dolorosa. Él estaba en una célula comunista en la época de la dictadura de Odría, que a los comunistas los agarraba, los degollaba y los tiraba al mar. Él es un tipo de carácter, de temple, no es cualquier cosa y ahora tiene una influencia enorme. Sin embargo, vende un producto defectuoso que es la idea de que si quieres la democracia, su único camino es construir una sociedad de libre mercado y yo compruebo la flaqueza de este argumento, desmentido no solamente en el plano teórico. Liberalismo y democracia son dos corrientes de pensamiento completamente diferentes. La Constitución de los EE.UU., que es el prototipo de la Constitución liberal, en ningún momento habla de democracia. No se identifica ni se define como una democracia.

RETROCESO DE LOS GOBIERNOS PROGRESISTAS

¿Cómo se entronca el pensamiento de Vargas Llosa con esta ofensiva de la derecha latinoamericana a nivel continental?

– Es el gran argumentador. Cuando vino todo este proceso de los nuevos gobiernos progresistas y de izquierda en América Latina, él fue el que se encargó de decir que eran malos gobiernos, estatistas, colectivistas, intervencionistas y todos iban a terminar en un fracaso, y acusando a los principales líderes injustamente, de una manera chabacana por momentos, con una manipulación torpe de los datos más elementales. Sin embargo, eso al cabo de cinco años se transforma en sentido común.

Pero más allá del plano de las ideas y la prensa. ¿Cuáles son las explicaciones suyas del retroceso de los gobiernos progresistas y el auge de la derecha?

– En algunos casos, esos gobiernos han estado en un plazo bastante largo y evidentemente hay un desgaste. En segundo lugar, el clima económico internacional ha sido muy desfavorable. Entonces, sostenerse en el gobierno y poder gobernar en función de un proyecto, si tú quieres, redistribucionista e igualitario, se transforma en algo cada vez más difícil. Fíjate en las preocupaciones que hay aquí en Chile ahora por la baja en el precio del cobre. Imagínate países que tienen una gran debilidad desde el punto de vista de sus exportaciones, Venezuela con el petróleo, Bolivia con el litio, la soja en Argentina y Brasil, evidentemente ha restado impulso. En tercer lugar, porque son gobiernos que han cometido errores como todos los gobiernos del mundo. Yo tengo un doctorado en ciencia política, si tú me dices que mencione un solo gobierno que no haya cometido errores con cierta frecuencia, soy incapaz. Lo cometieron los noruegos, los suecos, los suizos, los finlandeses. Pero de todas maneras, son gobiernos que están siendo sometidos a un ataque permanente. Me resultaría mucho más convincente la crítica a esos gobiernos si se los dejara solos a ver qué tal funcionan. A ver, ¿cómo resultaría Cuba si no tuviera que resistir 60 años de bloqueo?. Porque así es muy difícil gobernar bien. Es como si tuvieras un negocito aquí en Plaza Italia, te pongo cinco matones que no dejan entrar a nadie que pueda irte a comprar, que no te dejan salir, te roban el autito que tienes afuera, se dan cuenta que tienes un depósito en una cuenta del banco, van y te la incautan. Cada vez vas a tener más dificultades para sostener tu negocio. Pese a todo, yo no diría que se inicia un ciclo de derecha en América Latina. No hay evidencia. Al menos, no todavía. Macri está con gravísimos problemas, una economía devastada, un PIB que ha decrecido en los últimos dos años. Brasil está en un proceso acelerado de desindustrialización, de caída del PIB, en medio de explosiones de autoritarismo y opresión. En las favelas la vida se ha transformado en un infierno.

¿Y qué pasa con la situación venezolana, que en su momento era el paladín del socialismo del siglo XXI con Hugo Chávez  y ahora está complicada? 

– Está muy complicada. Para entender lo de Venezuela hay que entender la génesis de todo esto. Estados Unidos nunca aceptó que un gobierno como el de Chávez recuperara el petróleo para los venezolanos. Entonces, montó el Golpe de Estado del 11 de abril del 2002 que fue reconocido por el gobierno de Ricardo Lagos en Chile, en el que era ministra Michelle Bachelet. Chávez se recompuso porque la gente lo reinstaló en el poder y se inició un ciclo donde se le sacó del juego. A partir de ahí hay una agresión en contra de Venezuela, un país muy dependiente, monoexportador, ellos exportan petróleo, nada más. Evidentemente el gobierno tiene muchos problemas. A todo esto, viene Jimmy Carter y dice que el sistema electoral venezolano es más transparente, más puro y más confiable que el de los EE.UU., pese a lo cual se instala la idea de que ahí no hubo elecciones libres, que hubo fraude, que esto, que lo otro, cosa que nunca han logrado probar. Imagínate que después aparece un loco que sale a Plaza Italia y dice “yo soy el nuevo Presidente de Chile, me autoproclamo Presidente de Chile”. A los cinco minutos hay un tweet de Donald Trump en persona diciendo que reconoce a este loco. A Juan Guaidó no lo conoce nadie en Venezuela, yo averigüé, estaba allá. ¿Quién es este tipo?. A partir de ahí se intensifica una ofensiva brutal y evidentemente Venezuela está sufriendo gravísimos problemas humanitarios. Encima, tienes una oposición que no aceptó el veredicto de las urnas en el 2014 y en el 2017, que destruyó buena parte de las instalaciones físicas del país, que agarraba gente en la calle que, por portar caras chavistas, les rociaban gasolina, les prendían fuego y los mataban. Cosa que el informe de la señora Bachelet ni menciona, para su eterno deshonor. Puedes mencionar la represión de Maduro que ha ejercido contra manifestantes. Muchos de ellos híper violentos, que venían de lanzar una bomba incendiaria en una sala infantil de un hospital, por ejemplo. ¿Qué haces con esa gente? ¿Te sientas a rezarle o usas el poder del Estado para restablecer el orden?

IZQUIERDA LATINOAMERICANA

En ese marco, ¿cuál es el rol que le corresponde al resto de la izquierda latinoamericana, entendiendo que Venezuela ha generado debate y hace poco Pepe Mujica la calificó de “dictadura”?

–  Bueno, tiene que ganar las elecciones y tiene miedo a que el electorado de clase media del Uruguay se le dé vuelta. Como ya se ha instalado la idea esa -de pronto abre su bolso y saca una serie de imágenes-. Cuando empiezan a decir lo de la dictadura, es un argumento que tiene un impacto muy fuerte. Te voy a mostrar esta foto -me muestra la imagen de un hombre con una polera que dice “Maduro, Coño e’ tu madre”-. ¿Sabes quién es este señor?

No, no sé.

– Este es un alcalde que llegó así a cumplir sus funciones. Después volvió a su casa, sale con sus chicos. Este tipo no tiene ningún problema. ¿Qué clase de dictadura es esa? ¿Qué hubiera pasado si en Chile, no un alcalde, salías vos con una camiseta que dijera “Pinochet Hijo de Puta”? ¿Cuánto durabas? ¿O en Argentina con Videla? Cinco minutos y desaparecías de inmediato. Los que dicen que Venezuela es una dictadura están hablando tonterías o hacen un cálculo para quedar bien con los poderes dominantes. ¿Por qué la izquierda se pliega a esa campaña? Me gustaría que esta izquierda confundida que hay en toda América Latina deje de repetir el discurso de la derecha. Ellos piensan que abuenándose con la derecha, los van a dejar gobernar. Es de una inocencia… está bien para un niño de jardín de infantes. Ellos tienen el poder firmemente en sus puños, dominan el capital financiero, los medios de comunicación y tienen la justicia en el bolsillo. Es de una ingenuidad terrible.

Acá en Chile, la izquierda democrática se ha articulado en torno al Frente Amplio. Uno de sus diputados, Gabriel Boric, ha hecho declaraciones sobre Venezuela. Él fue dirigente estudiantil…

– Sí, lo conozco.

Le cito textual lo que dijo: “Tengo la convicción de que tal como condenamos la violación de los DD.HH. en Chile durante la dictadura, los golpes blancos en Brasil, Honduras y Paraguay, la ocupación israelí sobre Palestina, o el intervencionismo de EE.UU. desde la izquierda debemos condenar con la misma fuerza la restricción de las libertades en Cuba, la represión del gobierno de Ortega en Nicaragua, la dictadura en China y el debilitamiento de las condiciones básicas de la democracia en Venezuela”. ¿Qué le parece?

– Dile que le recomiendo que haga una licenciatura en serio en ciencias políticas antes de hablar tonterías. Lo que está diciendo él me lo está diciendo un alumno de primera unidad, inmediatamente lo mando a marzo a estudiar. No tiene sentido. Mezclar en ese paquete China, Venezuela, Cuba, habla de una falta absoluta de profesionalismo. No sé qué profesión tiene, debe ser veterinario…

Estudió derecho…

– Bueno, los abogados hablan de todo y no saben de nada. Lo que él dice es una aberración. Lo desafío a que vaya a algún debate en serio para hablar con gente que sepa para que pueda decir esa barrabasada. ¡Por favor! Es una pena, porque Boric de joven prometía ser algo diferente, lamentablemente ha envejecido 50 años de golpe al decir eso.

EL FUTURO DE AMÉRICA Y LA ULTRADERECHA

¿Sus proyecciones sobre Venezuela son optimistas o pesimistas?

– Muy pesimistas. En 2017, Rodríguez Zapatero estuvo haciendo una mediación entre la oposición y el gobierno de Venezuela en República Dominicana. Duró casi todo el año y se llegó a un acuerdo para pacificar la situación, normalizar, institucionalizar, una agenda de elecciones, etc. Se pusieron de acuerdo. Cinco minutos antes de que llegara a firmarse, llega una llamada del presidente Duque de Colombia diciendo que había recibido instrucciones de la Casa Blanca y que no había que firmar ningún acuerdo. La pregunta que yo le hago a Boric y a alguna gente de izquierda en Chile: ¿están de acuerdo que un presidente de América Latina pueda quedarse en el mando, solo si cuenta con el aval y el apoyo del gobierno de EE.UU.? ¿No les dice nada la historia de Chile? ¿No aprendieron nada de la historia de la Unidad Popular? ¿El papel siniestro de EE.UU. acá? ¿Cuánta gente murió por la intervención de EE.UU.? Esto no lo digo yo, son informes de la comisión Church que se llama “Covert Action In Chile 1963-1973” que demuestra cómo intervino la CIA para desbarrancar el gobierno de Allende antes de que fuera designado por el Congreso pleno. Estos críticos… ¿no conectan? ¿de dónde salió esta gente? Son extraterrestres, no viven en este mundo. No viven en Chile para empezar, o desconocen olímpicamente la historia chilena. Y si la desconoces, no podés hacer política en serio en Chile. Dedícate a otra cosa, lo digo cariñosamente y con todo respeto.

Pasando a otro tema, ¿qué pasa con Cuba que ha vuelto a una posición desventajosa posterior a la elección de Donald Trump?

– Cuba está preparada para resistir un endurecimiento del bloqueo, que ya está ocurriendo. El bloqueo en el derecho internacional es un crimen de lesa humanidad, porque estás produciendo muerte, estás impidiendo que lleguen alimentos, medicamentos, acceso al agua, ante la indiferencia de la comunidad internacional. O sea, practicas una especie de genocidio de “guante blanco” ¡Esto es una dictadura a nivel mundial! Por eso digo estos amigos, todos estos que son tan duros en la crítica a la supuesta dictadura de Maduro, ¿por qué no hablan de la dictadura de Trump, que impide que terceros países elijan su destino? Acá hay un problema muy grave de formación teórica de una izquierda que por momentos parece analfabeta. O por lo menos, totalmente amnésica, desmemoriada de lo que ha pasado en su propio país. Un hombre como Pepe Mujica que estuvo 13 años metido en un aljibe, ¿cómo puede ignorar el papel que el imperialismo desempeñó en Uruguay en su momento y no conectarlo con lo que pasa en el mundo de hoy? Es parte de un problema de formación de una izquierda que, por su incapacidad de llegar al poder, se entretiene con este tipo de especulaciones y conjeturas. Pero volviendo a lo de Cuba, creo que va a resistir igual. Hace 60 años que los vienen bloqueando y no les han podido quebrar la mano…

Se ha hablado mucho de apertura…

– Sí, Cuba abre, pero Estados Unidos cierra. Cuba está abierta a que llegue inversión extranjera, a recibirla en función de las normas nuevas. Incluso la Constitución cubana da nuevas garantías para que pueda haber inversión productiva, que genere empleo, actividad económica y produzca más bienes. Pero Trump sanciona a las empresas que comercian e invierten en Cuba. Eso es lo que hay que denunciar. Trump es un tirano mundial y un genocida. A ver si lo decimos. Yo no puedo entender que hay una izquierda que se entretiene hablando de Maduro y no dicen ninguna palabra de los chicos refugiados que Donald Trump pone en una jaula y los separa de la familia. Quisiera encontrarme con alguno de estos y decirle: “¿Esto no te conmueve?, ¿No es un problema de Derechos Humanos, la izquierda no debe decir nada de niños enjaulados en la frontera norteamericana? ¿No debe decir nada que te matan cada dos días un líder indígena, negro, mulato o supuesto guerrillero en Colombia, en una operación de limpieza étnica brutal?”. No he visto nunca a ninguna de esta gente rasgarse las vestiduras ante lo que es un crimen interminable. ¿La señora Bachelet no considera que debe hacer algo o es que los Derechos Humanos son solo en Venezuela, y en Colombia no hay problemas, ni en Haití, ni en Paraguay, ni en Brasil, ni en Honduras?

¿Y en Argentina? ¿Cómo se ve el escenario, de cara a las elecciones presidenciales?

-Creo que hay chances razonables de que Macri pueda ser derrotado en las elecciones de octubre, en la primera vuelta. El gobierno que ha hecho ha sido desastroso, con problemas de todo tipo, megaendeudamiento externo, depresión económica, caída en los haberes de pensionados y jubilados, desempleo en alza, Pymes que cierran a diario, un país realmente estancado económicamente con una inflación que es el doble de lo que tenía Cristina. Se presentan con la locura del apoyo de Donald Trump, que ha obligado al Fondo Monetario Internacional a desembolsar la mayor ayuda en la historia del FMI a un solo país. Una cosa de locos y que demuestra que no es ninguna entidad económica independiente. Lo dijo Zbigniew Brzezinski, que fue gran estratego de Estados Unidos, quien dijo que el fondo es un departamento del gobierno de EE.UU. Efectivamente, Trump dijo “ayuden a Macri” y le dieron una ayuda del orden de los 57 mil millones de dólares. Una locura. ¿Crees que con eso hicieron una cantidad de obras públicas? No, la fugaron los amigos del rey. Fue un saqueo a gran escala. Ladrones de guante blanco como pocas veces he visto en mi vida. La corrupción es universal, más en el capitalismo que se potencia por el papel del dinero y la ganancia. Pero en Argentina, la corrupción de estos tipos no tiene precedentes.

¿Y las elecciones en Estados Unidos?

– Va a ganar Trump, desgraciadamente. Los demócratas están muy desprestigiados. Hillary Clinton no es mejor que Trump, vamos a ser claros. Hay nueve segundos que la condenan para toda la eternidad. Seguramente la habrán visto que ella está sentada y le comunican que mataron a Gadafi. “Fue, llegué y murió”, dijo ella. Es una hiena al servicio de los peores intereses del complejo militar-industrial norteamericano. Trump también, pero menos. Al tipo le interesa construir campos de golf, hacer construcciones. Pero Hillary Clinton es una lobbista. No hay alternativa. Bernie Sanders que tiene un proyecto bien interesante, pero está muy mayor, tiene 80 años. Habla de socialismo, tiene toda la prensa en contra, va a ser muy difícil. Joe Biden es un personaje anti-carismático. Me parece que tenemos Trump para rato.

¿Cuánto miedo hay que tenerle a la ultraderecha en el poder, como Trump o Bolsonaro en Brasil, o lo que intenta José Antonio Kast en Chile?

– Son personajes muy siniestros. Gente que es capaz de hacer cualquier cosa. Las cosas que está haciendo Bolsonaro en Brasil no tienen nombre. Una agresión desembozada a todo lo que huela a populismo, recortó gastos en educación, le transfirió a empresas norteamericanas grandes laboratorios hechos por Petrobras, con fondos públicos a través de la Universidad de Rio de Janeiro ¡Se los entregó en bandeja! Además, avanza en la deforestación de la Amazonía, propone que cada niño tenga un arma y aprenda a disparar. ¿Esa es la propuesta que nos hacen para tener una sociedad mejor? Por eso te digo, esta izquierda que rasga vestiduras con Maduro es una izquierda de jardín de infantes. O se vende totalmente al poder o se resigna a quedar permanentemente como elemento decorativo de los gobiernos de derecha para demostrar que hay pluralismo en Chile. Están castrados políticamente de toda capacidad de hacer los cambios que hay que hacer.

Fuente: TheClinic.CL

Revolución Bolivariana: ¿comenzar de nuevo o ir más allá?

Por: Alberto Aranguibel B.

En su discurso de salutación al país con motivo de su reelección como Presidente Constitucional de la República, el presidente Nicolás Maduro alerta sobre el carácter histórico del proceso iniciado hace ya 18 años por el comandante Hugo Chávez, convocando a una fase de revisión profunda que condujera a retomar los principios ideológicos de la Revolución Bolivariana, para acabar definitivamente con las distorsiones que han obstaculizado el avance de la misma.

“Estamos haciendo historia –dice- todo esto es historia nueva, porque en Venezuela hay una revolución democrática, profunda, pacífica, constitucional; hay una revolución en etapa constituyente, creando y canalizando las fuerzas de la Nación por la vía política, democrática, pacífica.”

Su llamado, sin embargo, pareciera chocar una vez más contra el mismo muro de incomprensión contra el cual ha chocado desde siempre el discurso progresista en el mundo, erigido por una sociedad profundamente reticente a una verdadera transformación a fondo del sistema democrático que la humanidad ha conocido desde hace más de quinientos años.

Desde que el comandante Chávez diera aquel audaz paso de convocar al liderazgo revolucionario a emprender hacia lo interno una etapa de revisión intensiva, que él mismo denominó de las 3 erres; revisión, rectificación y reimpulso, la revolución ha asumido que las deficiencias que anidan en las estructuras de sustentación institucional del gobierno revolucionario, son solo producto de vicios endémicos que corroen la integridad ética de la dirigencia y la hacen incapaz de comprender la verdadera dimensión del compromiso.

Por supuesto que hay que reconocer la enajenación en las convicciones de aquellos que ciertamente consideran lograda la emancipación del pueblo cuando los “emancipados” son apenas ellos mismos, apoltronados como están muchos en los ampulosos despachos que circunstancialmente se les han asignado para llevar adelante una labor de servicio que a la larga devienen nada más en más problemas.

Pero reducir el mal que padece la revolución solamente a la relajación moral de la dirigencia, pareciera estar todavía muy lejos de alcanzar el nivel de una diagnosis exhaustiva del problema, que sin lugar a dudas padece el proceso, y que sin lugar a dudas debe ser extirpado desde su misma raíz si de verdad se persigue la transformación de la sociedad y no una simple recuperación de la eficiencia en la gestión pública.

“Venezuela necesita un nuevo comienzo en revolución, con revolución y para hacer revolución” ha dicho el presidente y ese debe ser el punto de partida de la reflexión necesaria a la que está llamando. Los postulados, los retos y los objetivos revolucionarios, han sido perfectamente establecidos. El comandante Chávez los expuso de mil maneras a lo largo de tres lustros de intenso debate ideológico con el pueblo. Pero, ¿está clara la hoja de ruta para alcanzar ese utópico horizonte que nos hemos propuesto desde este punto de partida que significa el modelo democrático participativo y protagónico que la misma revolución propuso como base de la transformación por construirse?

Bajo ese modelo democrático, el presidente Nicolás Maduro se ha convertido, tanto en términos absolutos como en términos porcentuales, en el presidente más votado en la historia política venezolana, después del comandante Chávez, no solo una vez sino en dos ocasiones, colocándose en las dos oportunidades muy por encima del apoyo popular alcanzado por todos los presidentes de la cuarta república.

Sin embargo, el mandatario venezolano es asumido hoy por los voceros más emblemáticos de la democracia occidental como un dictador, brutal y sanguinario, y de esa forma es presentado por los grandes medios de comunicación al servicio de esa democracia que dice responder a la más elevada aspiración de justicia social concebida por la humanidad.

No solo el espurio presidente de los Estados Unidos arremete hoy contra el mandatario que mayor respaldo popular legítimo tiene en el continente, sino personajes que jamás han sido electos por nadie, como los representantes de la Unión Europea o el Secretario General de La OEA, sobre quienes ha recaído la bochornosa responsabilidad de responder a las necesidades genocidas del imperio norteamericano contra nuestro pueblo, en nombre de esa democracia que tanto reivindican.

¿Será acaso en verdad la Revolución Bolivariana la que está fallando, o será más bien que el origen del problema está en la génesis misma de lo que pretendemos reparar para intentar hacerlo funcionar bien?

En su enjundioso libro “Una Constitución para todos”, Marcelo Koenig describe con perfecta claridad el origen del problema que enfrenta hoy no solo la Revolución Bolivariana sino la humanidad entera.

Citando a Ernesto Sampay, dice: “La burguesía consiguió la adhesión activa del pueblo bajo para derrocar al despotismo que, con los procedimientos característicos de esta institución viciosa, defendía el régimen socio-político feudal en su trance crítico; pero en seguida, a fin de contener a ese aliado circunstancial que perseguía objetivos allende a los suyos, se vio forzada a tranzar con los elementos sobrevivientes del enemigo derrotado. Tal avenencia, iniciada con el Thermidor, se consolidó en el Congreso de Viena de 1815, cuando la burguesía, salvando sus libertades económicas, aceptó compartir el gobierno con las dinastías feudales de Europa.”

“En Europa –sigue diciendo Koenig- la situación de predominio absoluto de la burguesía se extendió engendrando sus propios antagonistas: los obreros. La irrupción de los trabajadores en la historia, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIX, aprovechando las libertades democráticas que había instaurado la burguesía en beneficio de sí misma, fue cambiando la escena de la Constitución real en los países europeos. Pero la amenaza de la aparición de estas luchas –de ampliación de derechos de civiles a económicos en las clases oprimidas- fue lo que hizo que la burguesía se tornara cada vez más reaccionaria, llegando incluso en muchos países a apoyar regímenes autoritarios que iban en contra de las libertades que fueron sus banderas”.

La democracia contemporánea no es sino el residuo calamitoso de un modelo ambicioso concebido por las clases dominantes para ampliar su dominio económico sobre la sociedad, pero que jamás tuvo en sus genes la sed de justicia del pueblo. Solo así es posible comprender el abominable injerto entre monarquía y democracia que en pleno siglo XXI todavía subsiste con total vigor en el continente europeo.

En defensa de esa democracia que se le vendió siempre al mundo como el modelo que aseguraría de manera perfecta la armonización de intereses colectivos e individuales en la sociedad, se han cometido y se cometen las peores atrocidades en contra del ser humano para preservar los intereses económicos de sus opresores.

Para esa burguesía que ataca hoy a la Revolución Bolivariana el problema no es de ninguna manera si el modelo democrático es representativo o participativo y protagónico, y mucho menos si su funcionamiento se ajusta o no a los criterios de la eficiencia y la idoneidad en el ejercicio del gobierno, sino que la democracia debe estar siempre al servicio de los ricos y jamás en las manos del pueblo.

En Venezuela el pueblo lo tiene perfectamente claro y eso explica la persistencia inquebrantable en su respaldo a la revolución. El presidente Maduro lo sabe y en ese sentido ha orientado la estrategia. “No creo que ninguno de nosotros vaya adelante del pueblo. No, aquí va adelante ese pueblo hermoso (y no lo estoy sublimando o mitificando, no). Es una realidad venezolana porque es un pueblo, es el pueblo glorioso de los libertadores. Además, es el pueblo que captó, que recibió la siembra espiritual de nuestro comandante Chávez.”

Ciertamente, no quepa la menor duda, hay que retomar el proyecto original bolivariano y chavista para refundar el inédito proceso de inclusión y de bienestar social alcanzado por la revolución en su primera fase. “Hace falta una gran rectificación profunda, hace falta un reaprendizaje profundo, hace falta hacer las cosas de nuevo, mejor. Hay que hacer las cosas de nuevo y mejor, más allá de la consigna, más allá del aplauso.”, ha dicho el presidente.

Hagámoslo, pues. Pero empecemos por revisar si lo que vinimos a hacer fue a satisfacer las ancestrales aspiraciones de la burguesía en procura del perfeccionamiento de una vetusta democracia que jamás resolverá los problemas de la humanidad, o si por el contrario nuestro papel en la historia es abrirle posibilidades ciertas a una nueva forma de vida, en la que los retos surjan de una nueva concepción de lo que en su momento se denominó el “pacto social”.

Es a eso a lo que aspira el pueblo.

@SoyAranguibel

Yldefonso Finol: Venezuela 20 de mayo 2018: la razón histórica

Por: Yldefonso Finol

Cuando el domingo 20 de mayo el pueblo venezolano vote masivamente y elija a Nicolás Maduro para su segundo mandato presidencial, se habrá producido un acto de rebelión bolivariana contra la intervención extranjera y la arrogancia imperialista.

Debe saber el mundo que el pueblo chavista es quien más sufre la crisis que vivimos. Nosotros padecemos tres veces los graves problemas que aquejan a Venezuela: como asalariados, la mayoría chavista cargamos con el peso de la hiperinflación y la carestía; tenemos que combatir contra el enemigo externo como contra quienes no quieren a la patria, y peor aún, aquellos que disfrazados de revolucionarios se han enriquecido robando dineros de la nación, o medran entre la burocracia ineficiente e indolente. Dolor material y moral. No hemos luchado tanto para que tipos como Luisa Ortega y Rafael Ramírez –y otros muchos roedores en evidencia o entaparados- vivan en el extranjero como magnates. Tampoco para que el país esté tan fregado.

Contra todo eso votaremos el próximo domingo: contra la impertinencia del “Cartel de Lima”, pandilla de mandaderos del patrón gringo; contra la injerencia depravada del imperialismo con sus tentáculos visibles e invisibles; contra la grotesca manipulación monetaria que ha destruido nuestra moneda, los raspacupos, cadivistas, comisionistas, banqueros, corruptos, matraqueros; contra todo cuanto ofenda la ética a que estamos obligados los bolivarianos. Porque ante los desmanes de la elite corrupta que recién se va “descubriendo”, muchos fuimos marginados o estigmatizados por haber hecho las críticas oportunamente, o por no ser del agrado de enseñoreados entornos adulantes.

II

La militancia chavista conocemos perfectamente la difícil situación del país y sabemos concienzudamente sus causas. Nadie crea que logra engañarnos. Ni el discurso de algunos oportunistas “gobierneros” de que “don’t worry, be happy”; ni los augurios apocalípticos que a diario bombardea la mediática transnacional antibolivariana.

Hay claridad más allá de las limitaciones. Puede fallar la electricidad, pero no la luz que emerge como flama liberadora desde las cavernas de nuestra historia. Escasean víveres que una imposición consumista convirtió en necesidades, pero nunca falta el huerto solidario que heredamos de los amores más puros. Desconfiamos de la burocracia a la vez que requerimos lo mejor de servidores públicos comprometidos. Nunca renunciamos al derecho de exigir lo justo y cuestionar lo desacertado. Luchamos por el buen vivir, y nos mueve el deseo del bien común. Es el rango de nuestro socialismo.

III

Cuando el domingo 20 de mayo de 2018 vayamos a votar por la tarjeta más roja que lleve el rostro de Nicolás Maduro, seguro estaremos votando contra todo lo que representa nuestro principal y más peligroso adversario: Donald Trump.

Votaremos por la dignidad mancillada de México, a cuyos ciudadanos llaman “violadores”, los deportan en masa y les hacen un muro para tildarlos de indeseables. Votaremos por el México de Villa y Zapata, contra estos mequetrefes de hoy que lo arrodillan al “pinche gringo”; para que renazcan 43 jóvenes y no masacren decenas de periodistas. Para que se acabe la “ley de Herodes”.

Sufragaremos en forma democrática, segura y tecnificada, contra los que mataron a Sucre y atentaron contra Bolívar aquella noche septembrina; estos mismos que ansían vernos de rodillas y parecen no conocernos estando allí tan cerca. Recuerden algo malos vecinos, cuando vuestro acomplejado leguleyo dijo “hasta este riachuelo no más”, nuestro Libertador apenas afilaba su espada para tallar tras sobre las cimas del universo, un nuevo mundo.

Marcaremos votos como claveles rojos para Berta Cáceres, contra los cobardes asesinos criados en bases militares gringas. Nuestro voto es un grito de protesta contra todo patriarcado, todo machismo, toda traición de la hermandad del hombre. Votamos por Milagros Sala haciendo una casa común para los desterrados, por Santiago Maldonado rescatando territorio del mapuche originario invencible.

El chavismo vota contra el genocidio en Palestina invadida por un engendro imperialista, cuya fuente de poder es estar sustentado por el capital financiero global. Votamos contra todo apartheid, racismo, fascismo, nazismo, sionismo, capitalismo. Votaremos para seguir aupando patrias saharauis y boricuas; sufragio que reivindica la utopía de una mejor humanidad.

IV

Es nuestro voto un canto para alimentar la lucha que tenemos por delante. No es un domingo para el reposo, sino una carga de energía para la batalla al despertar. Los enemigos de nuestros sueños chillarán su maledicencia previsible. Nosotros tornaremos al hogar, a la modesta mesa, con la calma del vencedor que sabe que cada combate es sólo una mínima jornada en la causa constante e inmortal de sembrar futuro.

Somos conscientes que nuestra victoria se construye con días de entrega colectiva, no con furias ni arrebatos charlatanes, sino con paciente ternura, audaz tenacidad. Seremos manos trenzadas en tricolor cadena de amaneceres; el almanaque que suma vidas sin tiempo, esperas sin cansancio, edades sin renuncia.

Ritual incomprensible para momios. Las nuestras son victorias magnánimas. Nada de venganzas, nada de vetustos enconos. Tenemos mucho por hacer: todo cuanto soñaron –y aún no lograron- los mejores hijos de la humanidad.

V

Por eso votamos por el rojo más rojo del pentagrama electoral. Porque somos incorregiblemente rojos como la victoria roja contra el nazismo, como los rojos poemas del rojo poeta Neruda, o Alberti, o Dalton, o Machado, o Nazoa, o Valera Mora, o Guillén, o Gelman, como todos los mejores poetas que son rojos todos sin excepción; rojos como el canto de los rojos cantores, nuestro Alí Primera, nuestro Víctor Jara, nuestro Biglietti, nuestro Silvio Rodríguez, nuestra Gloria Martín, nuestra Lilia Vera, nuestra Yolandita Delgado; rojas canciones que nos alumbran los Techos de Cartón, que nos llaman A Desalambrar, que nos hicieron Asaltantes del Poder, que nos convocan a la perseverancia eterna.

Para lo que nos requiera la revolución en cualquier circunstancia, votaremos con los bolsillos vacíos, sin prebendas indignas, sin ofertas electoreras, sin “dando y dando”, con renuencia a las promesas, con renuncia de expectativas personales, con un cheque en blanco a la vida, sin condiciones ni más garantías que las que emanan de nuestras propias convicciones, votaremos por la inmarcesible gloria del ejército emancipador que aún lidera El Libertador Simón Bolívar.

No necesitamos más justificación que estar del lado correcto de la historia: contra el imperialismo siempre; siempre con el pueblo trabajador.

yldefonso-FINOL

Yldefonso Finol

Maduro: la importancia de un voto poderoso

Por: Alberto Aranguibel B.

Es el canto universal cadena que hará triunfar el derecho de vivir en paz
Victor Jara

Si algo les resulta insondable y difícil de determinar a las encuestadoras de opinión, son las razones particulares en la orientación del voto de los electores de manera individual. Establecer la intencionalidad de un universo dado solo es posible a partir de una percepción más o menos uniforme entre la población, obtenida mediante el uso de cuestionarios llevados a cabo por especialistas en opinión pública, que, aun cuando logren alcanzar niveles razonables de probabilidad, no llegan jamás a desentrañar las motivaciones profundas de cada uno de los encuestados, sino, cuando mucho, una tendencia aceptable.

La diferencia (a veces abismal) entre un estudio de opinión y otro, está determinada exactamente por esa razón. Por muy honesta y profesional que sea la encuestadora, son muchas las variables que definirán a la larga el resultado de cada sondeo, y que condicionarán, por supuesto, el criterio de los analistas más allá de lo que diga el elector o la electora. La definición del universo poblacional, el establecimiento del tamaño de la muestra y la unidad estadística para el análisis, la planificación del trabajo de campo, quiénes lo hacen, quiénes supervisan, quiénes y cómo tabulan, quiénes rinden el informe final. Todo, absolutamente todo, introduce elementos subjetivos que pueden influir o alterar la consulta, quiérase o no, en un sentido o en otro, porque la intención de voto no es producto de una condición física inmanente del ser humano, sino una expresión de las percepciones de cada quien, de acuerdo a motivaciones particulares, según la diversidad y diferencia de los factores que las desencadenen.

Por eso es razonable suponer que existen diversas motivaciones para el voto, mucho más allá de la simple preferencia o inclinación hacia uno u otro candidato.

En una sociedad despolitizada, el voto está movido principalmente por la necesidad de vivir mejor. En eso en el ámbito del capitalismo el llamado “voto castigo” suele ser la modalidad más recurrida, toda vez que bajo la lógica del libre desempeño del capital los gobiernos no resuelven jamás el problema de la pobreza y la desigualdad social, porque no está en su naturaleza neoliberal ni siquiera el intentar resolverlo.

Pero en una sociedad politizada, como la venezolana, el voto tiene muchas otras connotaciones y valoraciones, más referidas a la sustentabilidad y viabilidad real de las propuestas políticas, en lo cual hay cada vez menos cabida a la seducción de la demagogia y las ofertas engañosas. De ahí que la encuesta va cobrando progresivamente un papel de actor político, en la medida en que, antes que proveer una información al elector, procura inducir el voto de éste. Es decir que, frente al fracaso del demagógico relato de campaña, termina por sustituir el rol del panfleto político de aquellos sectores carentes de propuestas o proyectos creíbles.

Por su condición de empresas privadas que venden su trabajo al mejor postor, las encuestadoras no incorporan en sus procesos mecanismos externos de constatabilidad y aseguramiento de la pulcritud e idoneidad de la información que procesan, y mucho menos de la que entregan a sus clientes. Como, por ejemplo, un registro, unas máquinas y un software auditados, un conjunto de testigos que representen a los distintos actores políticos, observaduría internacional calificada, etc., lo que hace de las encuestas un trabajo independiente sin poder vinculante alguno.

Por eso en un sistema democrático, como el que hoy rige en Venezuela, la única encuesta veraz, precisa, e irrefutable, es el voto. A través de un sistema altamente tecnificado, de confiabilidad perfectamente asegurada, diseñado para reducir al mínimo la natural aprehensión y las posibilidades de confusión del elector a la hora de ejercer su sagrado derecho al voto, las venezolanas y los venezolanos disponen hoy de una posibilidad extraordinaria de participación como no la hay en ninguna otra parte del mundo con tales características.

Quienes desde el exterior se suman a la campaña de difamaciones de la derecha contra el avanzado sistema electoral venezolano, solo expresan el comprensible desconocimiento que tiene la opinión pública internacional acerca de esas características. Precisamente porque nuestro sistema es único, en términos de sus múltiples atributos y sus fortalezas, lo que convierte hoy por hoy a nuestra democracia en una de las más atacadas, siendo que en realidad es una de las más transparentes del mundo.

El voto no es en la Venezuela revolucionaria el desesperanzador boleto hacia la incertidumbre y a la nada que es en el inhumano modelo capitalista. En Venezuela, a diferencia de lo que ocurre en la sociedad capitalista, el voto representa el poder verdadero de un pueblo activado en permanente batalla por el bienestar colectivo, erigido por fuerza propia en barrera impenetrable contra la voracidad imperialista que persigue derruir nuestra soberanía para adueñarse de nuestras riquezas y reinstaurar en nuestro suelo el reino del hambre, la exclusión y la miseria que reinó aquí en el pasado cuartorepublicano.

La razón de ser de la llamada “alternabilidad” en el modelo capitalista (en el que no se alterna de ninguna manera el modelo económico sino el funcionario de turno, cuando mucho), es hacerle creer al elector que su voto está sirviendo para impulsar transformaciones cuando en realidad es todo lo contrario. En el capitalismo el voto solo sirve para perpetuar el modelo de la explotación, de la injusticia y la desigualdad social, y de la acumulación de la riqueza en pocas manos.

En el pasado, esa alternabilidad sirvió en Venezuela para la legitimación sistemática de gobiernos incapaces, que sumieron al país en la más dolorosa y cruel miseria mientras los ricos se jactaban cada vez más del crecimiento de sus mal habidas fortunas, birladas al erario nacional a través de los subsidios y las comisiones ilegales que el modelo neoliberal ordenaba otorgar a la empresa privada sin tomar jamás en consideración al pueblo.

En la Revolución Bolivariana, el voto adquiere un carácter constituyente porque sirve para la refundación de la Patria bajo la égida de un proyecto de país en el que el ser humano es actor fundamental de la transformación que se impulsa desde el Gobierno, y que se consolida paso a paso desde el Poder Popular que va gestándose en las comunidades a medida que avanza el proyecto revolucionario.

En la Venezuela de hoy, el voto es una herramienta de participación política cada vez más consciente y comprometida, mediante la cual el pueblo ha conquistado los más valiosos logros alcanzados por el país en la búsqueda de su propio bienestar.

Con esa poderosa herramienta, el pueblo ha activado el más singular proceso de emancipación social en nuestro continente desde los tiempos de las luchas independentistas, que con sus fallas y reveses (perfectamente lógicas en todo proceso de verdadera transformación) ha demostrado sin embargo la mayor tenacidad de gobierno alguno en la historia para atender las necesidades de las venezolanas y los venezolanos sin distingos de ninguna clase.

Ha asegurado la paz y la tranquilidad del país, demostrándole al mundo, a través del hecho electoral, que repudia la violencia que la derecha neoliberal propone, salvando al país de la tragedia de una pavorosa guerra entre hermanos que solo favorecería a los insaciables halcones del imperio.

Ha garantizado la sostenibilidad de un proyecto inclusivo, de más de 39 misiones y grandes misiones con las cuales se ha saldado en gran medida la inmensa deuda social acumulada por décadas de desidia puntofijista, y que no tendría posibilidad alguna de existir bajo un gobierno de orientación neoliberal como el que hoy esos mismos sectores de la derecha proponen.

En definitiva, a lo largo de la Revolución Bolivariana el voto ha servido para imprimirle la mayor legitimidad popular de nuestra historia a líderes verdaderamente consustanciados y comprometidos con las necesidades del pueblo, a quienes les ha entregado la responsabilidad de defender la soberanía y la independencia hasta con su vida si fuera necesario.

Este domingo 20 de mayo esa responsabilidad le será entregada de nuevo al presidente Nicolás Maduro Moros, porque en él, gracias a su don de gente buena y honesta, su tenacidad, su valentía, y su extraordinaria capacidad de trabajo por el pueblo, ese inmenso poder que tiene el voto de cada venezolana y cada venezolano no se perderá jamás, sino que estará siempre destinado a engrandecer cada vez más a la Patria.

@SoyAranguibel    

Democracia sin pueblo: el absurdo modelo capitalista

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia le servía al capitalismo cuando la gente no reclamaba sus derechos. Cuando los pueblos no tenían noción ni conciencia de lo que eran la injusticia y la desigualdad, y por ende no sentían necesidad alguna de utilizar el voto como instrumento de lucha por la emancipación de las mayorías oprimidas.

El voto, cuya razón de ser se mantuvo siempre relegada a la lógica de los juegos de azar más que al poder transformador que comprendía de manera ilusoria el ritual electoral, era entonces solo un procedimiento más, un trámite ordinario apenas ante un organismo del Estado.

Se sentía así a sus anchas la oligarquía, que se consideraba dueña del Estado a perpetuidad cada vez que las elecciones en cualquier parte del mundo arrojaban la recurrente novedad de la elección de presidentes que venían a reafirmar la calidad perdurable de un modelo resistente a los vaivenes de la historia, como el de la democracia representativa, que a medida que se fortalecía la ilusión redentora del capitalismo en la mente de esos electores sometidos al ultraje del medio de comunicación en manos de los ricos, terminaban por hacer realidad esa idea de la vida eterna del perverso sistema de la acumulación del capital.

Pero las cosas comenzaron a resultar de otro modo en el universo-mundo al que los ricos se habían habituado, y la democracia empezó a convertirse en un dolor de cabeza insoportable que obligó al sector de mayor poder adquisitivo a repensar la concepción misma de la sociedad para darle paso a nuevas formas de vida que, sin importar las aberraciones ideológicas a las que hubiera que apelar para reconstruir el sentido de la verticalidad en la distribución de género humano que es tan indispensable y sustancial al capitalismo, debían impulsarse para reorganizar aquel equilibrio que ese sector consideraba tan perfecto, y que ya la simple representatividad de la vetusta democracia neoliberal es incapaz de retomar hoy.

Todo cuanto sucede hoy en el mundo capitalista deja ver que la democracia no es ya un sistema con el cual se puedan hacer realidad las opciones de las cuales pueda disponer la oligarquía para asegurar el control social como antaño.

Desde los retorcidos intentos de las monarquías todavía existentes en el mundo por tratar de arribar a rebuscadas fórmulas de gobierno que pudieran ser aceptadas hoy por los millones de seres humanos que repudian ese oprobioso modelo de la consagración eterna de las dinastías al frente de las naciones por esa sola razón, hasta los esquemas seudo institucionales con los cuales la derecha pretende hoy legitimar la exclusión y el desconocimiento de las mayorías para perpetuar en el poder a los sectores dominantes, la realidad del desprecio a la democracia en el ámbito del capitalismo es innegable.

Solamente en Latinoamérica, ensañamientos como el del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), del Departamento de Estado norteamericano y del depauperado Grupo de Lima, por desconocer la indiscutible legitimidad del gobierno venezolano, así lo demuestran.

La burla en que se ha convertido la democracia en el continente se ve reflejada en el descalabro que ha causado con su descomunal poder corruptor una misma corporación comprando políticos inmorales y filibusteros a diestra y siniestra, como lo es la empresa Odebrecht, cuyo único objetivo ha sido el de hacerse de los negocios más importantes en infraestructura en todos los países de la región, colocando a la vez en cada uno de ellos a los más conspicuos mercenarios del neoliberalismo en el poder.

La tragedia suramericana de nuestros tiempos no está determinada solamente por el hambre y la miseria, como lo advirtió el comandante Hugo Chávez en su momento, sino por las profundas desigualdades que genera el afán capitalista por adueñarse de las economías latinoamericanas, en función de lo cual procura perforar sin miramientos filosóficos ni doctrinarios de ninguna naturaleza toda barrera, todo obstáculo que, en razón de la soberanía, de la justicia o de la legalidad, se le oponga en el camino.

La más grande barrera con la que se topa hoy el capitalismo en el continente suramericano es sin lugar a dudas el avance de la idea de liberación y redención de los pueblos a través de un modelo democrático verdaderamente participativo, en el que los muertos a manos del sicariato político no sean el factor determinante de la contienda como sucede desde hace décadas en Colombia, México, Paraguay, Brasil y Centroamérica.

Por esa fuerza popular emergente e indetenible, es que sale del gobierno expulsado con el mayor repudio de casi toda la sociedad peruana y continental un presidente electo hace apenas un año, para convertirse en el quinto expresidente de esa nación que, si no está siendo investigado todavía por corrupto, al menos está señalado de serlo.

La misma fuerza tectónica que hoy tiene en vilo al también recién electo presidente de Argentina, Mauricio Macri, cuyos niveles de “popularidad” pueden medirse perfectamente por la extraordinaria y monumental demostración de desprecio que significa el voceo multitudinario que resuena como la poderosa voz del Olimpo en todos los espacios públicos, con una consigna emblemática para los argentinos en la que se le recuerda insistentemente al presidente a la señora madre que lo parió.

Es también la fuerza que denuncia de manera masiva (por primera vez en varias décadas) el grotesco fraude electoral con el que el gobierno colombiano pretendió hacerle creer al mundo que la ultraderecha se sostiene en el poder en ese país gracias al respaldo mayoritario del pueblo. Una especie que no pudo sostenerse ni un segundo ante el aluvión de pruebas documentales (infinidad de videos, fotografías, testimonios de la gente, etc.) que dejaron al descubierto la pantomima electoral que fueron las elecciones legislativas de hace dos semanas, a las que, además, no acudió a votar sino un exiguo porcentaje del padrón electoral. Algo que ya de por sí presagia la convulsión que será la inminente elección presidencial colombiana.

Igual a la vigorosa voluntad anti sistema que dejan al descubierto las gigantescas movilizaciones de protestas en México y en Brasil en contra de la cultura del sicariato político que se ha instaurado en cada uno de esos países desde las esferas del poder para intentar cerrarle el paso a los liderazgos populares emergentes y enquistar en el control de las economías a los mismos delincuentes de cuello blanco que en el resto del continente procuran asaltar el poder sin importar cuánto destruyen o exterminan los valores y principios más esenciales de la democracia.

Por eso, porque es la más viva expresión de una democracia sólida que se asienta en la robustez de un sistema electoral inexpugnable, blindado como ningún otro en el mundo con insuperables sistemas de verificación y aseguramiento de su transparencia y confiabilidad, es decir; que no acepta la penetración del capital para abrirle las fisuras que le permitan al capitalismo direccionar las elecciones a su favor ni colocar títeres del neoliberalismo en el poder, es que Venezuela es asediada y atacada hoy desde los centros hegemónicos del gran capital.

Que la derecha nacional e internacional sostenga hoy a una sola voz que convocar al pueblo a elecciones en Venezuela es un fraude, no significa ninguna otra cosa que el repudio a la voluntad popular dicho en los términos más absolutos e irrefutables. El mismo repudio del que fue objeto el presidente Manuel Zelaya en Honduras al pretender consultar la opinión del pueblo mediante el voto.

Un desprecio que queda al descubierto en Colombia con su fraude electoral masivo, pero también en Brasil, donde el voto de cincuenta millones de brasileños que respaldaron a la presidenta Dilma Rouseff no importó en lo más mínimo para imponer a un corrupto como Michel Themer en el poder. Como no importó nunca en los Estados Unidos, donde el actual mandatario obtuvo tres millones de votos menos que su contrincante y sin embargo es juramentado presidente.

Es exactamente el sentido de una doctrina que se extiende desde el imperio hasta la Patagonia para hacerle creer a los pueblos que el voto, como procedimiento de consagración que es para la sociedad, debe servir sola y únicamente para reafirmar el modelo capitalista y no para abrirle posibilidades a ningún otro tipo de expresión popular. Que democracia no significa que el voto pueda ser una herramienta para hacer valer de ninguna manera la opinión del elector más allá de su disposición a respaldar el sistema, y no a transformarlo, porque para el capitalismo esa opinión no tiene relevancia alguna, ni debe tenerla.

Un absurdo modelo de democracia sin pueblo.

@SoyAranguibel

 

 

 

Democracia: la amenaza inusual y extraordinaria

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de tanto batallar para impedir que en Venezuela cristalizara un modelo económico y político orientado hacia la justicia social, los Estados Unidos se enfrentan hoy a una coyuntura crucial en la historia política de nuestro continente.

Las elecciones presidenciales previstas para este mismo año en Colombia, México y Brasil, tres de las naciones más importantes en la visión geoestratégica del gigante del norte y su lógica de la dominación, y ahora las de Venezuela, decretadas por la Asamblea Nacional Constituyente para antes de finalizar el primer cuatrimestre, apuntan a un escenario de severo revés para las pretensiones de retomar el control de Latinoamérica mediante la imposición de serviles gobiernos de derecha que le permitan relanzar el fracasado proyecto del ALCA en la región.

Por vía de procesos eleccionarios perfectamente democráticos, los movimientos sociales que desde hace décadas han levantado su voz en nuestra América para expresar su repudio a las pretensiones neocoloniales de los EEUU avanzan cada vez con mayor vigor y aliento, incluso en países donde hasta hace muy poco era impensable tal surgimiento del poder popular como fuerza electoral mayoritaria.

En Colombia, por ejemplo, donde a través de la historia la derecha se enquistó en el poder mediante el asesinato sistemático de los liderazgos sociales que irrumpieron en la vida política de esa nación con propuestas de profundo arraigo popular (Jorge Eliecer Gaitán, Luis Carlos Galán, y miles de dirigentes más), aparecen hoy candidatos progresistas, como Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Clara López, Rodrigo Londoño, y Piedad Córdoba, entre otros, que encarnan esas mismas ideas por las cuales el pueblo colombiano ha clamado durante siglos de pobreza extrema, de hambre y de padecimientos que le han llevado a convertirse en la segunda población de desplazados del mundo, después de Siria.

Cualquiera de esos candidatos podría alcanzar en mayo de este año la primera magistratura de ese país, incluso sin necesidad de ir a segunda vuelta, dado el desprestigio y el exiguo respaldo popular de los candidatos de la derecha.

Por primera vez en casi un tercio de siglo la izquierda colombiana tiene la posibilidad de presentarse a un proceso eleccionario de manera libre y democrática, gracias a la intensa jornada que significó el Diálogo de Paz en la extinción de la guerra que enfrentó durante más de 50 años a esa nación.

Los colombianos han esperado una oportunidad como esa desde hace mucho tiempo. Más de doscientas mil vidas se perdieron en el intento de hacer valer las ideas de justicia e igualdad social por las que ese pueblo clamó desde siempre. Esa sola estadística debiera ser un campanazo de alerta para la derecha en ese país y en particular para el Departamento de Estado norteamericano.

En México, para los sectores aliados del imperio que desde siempre han sucumbido al entreguismo vendepatria, el panorama no es menos desalentador.

Jamás, desde los tiempos de la Revolución, hace más de un siglo, un presidente de los EEUU fue tan repudiado por los mexicanos como lo es el “presidente amigo” del actual mandatario de ese país, Enrique Peña Nieto.

Nadie ha despreciado e insultado el gentilicio mexicano en la forma tan insolente en que lo ha hecho Donald Trump, y ningún mandatario mexicano había sido tan arrastrado y permisivo con esas ofensas como Peña Nieto, quien, además del largo expediente de corrupción en el que está incurso, tiene en su haber la gestión de gobierno con más crímenes contra dirigentes sociales y violaciones a los derechos humanos que ha habido en ese país.

Andrés López Obrador, a quién le han sido robadas las elecciones en más de una ocasión por un sistema electoral atrasado, que no ofrece ni la más mínima garantía de confiabilidad ni transparencia, es hoy el candidato con mayor opción para la elección del próximo mes de julio, frente a candidatos de la derecha signados por la mediocridad y la falta de arraigo popular.

¿Apelará también la oligarquía mexicana al viejo expediente del magnicidio, tal como lo hicieron ya en 1994 con Luis Donaldo Colosio para tratar de contener el avance de las luchas populares que, al igual que López Obrador, aquel líder encarnaba?

¿O recurrirán al formato del juicio amañado tan en boga en el mundo capitalista para sacarlo del juego como pretenden hacer contra Luiz Inácio Lula da Silva los mismos poderes dominantes de la derecha corrupta que hoy gobierna en Brasil y que creen que de esa manera contendrán el avance de millones de hombres y mujeres que padecen cada vez más las inclementes políticas neoliberales que esos sectores imponen por encima del clamor mayoritario del pueblo en función de la democracia participativa y protagónica a la que ese pueblo aspira?

En Venezuela, frente al bochornoso desplome de la derecha y el indetenible avance de las fuerzas chavistas en los últimos procesos electorales llevados a cabo en el país, la reelección del Presidente Nicolás Maduro pareciera ser más un inminente e inevitable acto de ratificación revolucionaria que ninguna otra cosa.

Maduro, el más duro hueso de roer para el imperio a lo largo de todo su mandato, aparece hoy como uno de los estadistas más completos y de mayor estatura política en la región, precisamente por haber logrado derrotar con el apoyo mayoritario del pueblo la más feroz y criminal campaña de agresiones contra el país, a pesar del sufrimiento que esas campañas han desatado especialmente entre los pobres.

Si a todo ese revelador escenario se le suman las deplorables valoraciones que tienen hoy los presidentes latinoamericanos en los que la derecha cifró sus mayores esperanzas de resurgimiento en el Continente hace apenas meses, empezando por Michel Themer y su vergonzoso 6% de aprobación en Brasil, o por el mismísimo “perro echado” Pedro Pablo Kucshinsky, al borde del impeachment a menos de un año en la presidencia del Perú y, por supuesto, sin dejar por fuera la indetenible caída de popularidad de Mauricio Macri, en Argentina, ganada a punta de despidos masivos de trabajadores, a represión y violación constante de derechos humanos y a la elevación desmedida de tarifas en los servicios públicos, encontraremos que esa guerra contra el modelo de soberanía e independencia impulsado por Venezuela va a requerir mucho más que un simple decreto de amenaza extraordinaria o un arbitrario paquete de sanciones económicas.

En la medida del crecimiento y extensión territorial de esas expresiones populares  de lucha por la justicia y la igualdad que hoy se levantan cada vez con mayor fuerza a lo largo y ancho de todo el continente, la guerra del imperio ya no será contra uno que otro mandatario legítimamente electo en uno que otro país, sino que tendrá que enfrentar a millones de hombres y mujeres dispuestos a dar la vida por la soberanía de sus pueblos. Y eso son palabras mayores, incluso para el más sanguinario y demencial imperio de la historia.

El retorno de la derecha en Chile no es suficiente para decretar la reinstauración del neoliberalismo en Suramérica.

Iniciativas revolucionarias orientadas a la liberación e independencia de nuestras economías, como las del Petro, por ejemplo, destinadas a acabar definitivamente con el yugo al que hemos sido sometidos con una moneda como el dólar, que no ha generado más que hambre y miseria en nuestros pueblos, frustrarán cada vez más esas esperanzas de dominación imperialista en nuestro suelo.

Le tocará a ese decadente imperio emprender la guerra ya no solo contra Venezuela sino contra la democracia misma, como lo ha venido haciendo ya a través del estólido secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien después de centenares de actuaciones y declaraciones solicitando el adelanto de las elecciones presidenciales en nuestro país, emprende ahora el ataque contra el llamado al sufragio hecho por la ANC; y de los necios presidente de Colombia y Argentina, que conforman la cáfila de los cuatro o cinco impúdicos rastacueros pro imperialistas del viejo y del nuevo mundo que anuncian orgullosos su negación a reconocer el proceso electoral venezolano, como si las elecciones requiriesen del visto bueno de badulaques del neoliberalismo para poder considerarse legítimas.

Una guerra contra la democracia en la que Estados Unidos y sus “aliados” ratificarán ante el mundo que su empeño no ha sido jamás por la emancipación de los pueblos, como han pregonado hasta ahora, sino por hacerse del control de nuestros destinos a como dé lugar, tal como lo  advirtió el Libertador Simón Bolívar cuando sentenció: “Los Estados Unidos parecieran destinados por la providencia para plagar de miseria a nuestros pueblos en nombre de la libertad.”

 @SoyAranguibel

El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

La Constituyente de la paz

Por: Alberto Aranguibel B.

La Asamblea Nacional Constituyente electa por la inmensa mayoría de las venezolanas y venezolanos el 30 de julio pasado, nace bajo el auspicioso y esperanzador signo de la paz que gracias a esa iniciativa del Primer Mandatario nacional alcanza el país luego de meses de violencia desatada por los sectores de la derecha contra el pueblo en la búsqueda de una intervención militar extranjera que le ayude a lograr por la vía de las armas lo que jamás ha estado ni cerca de lograr por la vía democrática.

No cabe elucubración metafísica o abstracción teoricista de ninguna naturaleza para explicar el fenómeno de la automática desactivación del estado de conmoción al que nos condujo la locura desenfrenada de los sectores más radicales de la oposición venezolana, que no sea el cumplimiento de la promesa hecha por el presidente Nicolás Maduro al país el 1ro de mayo, cuando anunció su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente como el único camino cierto hacia la paz y la reconciliación de las venezolanas y los venezolanos.

Ciertamente la paz no es un estado de la sociedad que se conquiste mediante promulgación de Ley o decreto alguno. Ni mucho menos a través de una simple declaración de buenas intenciones por parte del liderazgo político, tal como se proclama desde la óptica mesiánica de las religiones, que la asumen como una divinidad que es entregada por los dioses como premio a la obediencia y la fe.

La paz es siempre el resultado de intensos y complejos procesos de construcción de gobernanza en los que se involucran una o varias sociedades o naciones, a través de mecanismos intangibles surgidos del intercambio político al que obligan el comportamiento y las particulares condiciones de vida o de desempeño de cada sector en la sociedad en función de sus intereses.

Procesos difíciles para los cuales no existen manuales preestablecidos que orienten ni el orden ni la jerarquización de las agendas a seguir, ni que mucho menos aseguren el éxito de los empeños en procura de la paz.

Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia a quien se le otorgara el Premio Nobel de la Paz en 2016, no logró por iniciativa propia el cese de la cruenta guerra de más de medio siglo de duración en el hermano país que acabó con la vida de unos 200 mil colombianos (según las estimaciones más conservadoras). De no haber sido por la disposición al diálogo por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), todavía el conflicto sin lugar a dudas estaría en pie. Lo que en sí mismo demuestra lo difícil que puede llegar a ser el pedregoso camino hacia la paz.

Tan cierto es que Santos no habría podido alcanzar por sí mismo la conquista de la paz en su país, que el referéndum llevado a cabo para consultar a la población sobre los acuerdos establecidos en las conversaciones lo perdió de manera abrumadora, incluso habiendo obtenido ya el galardón por parte del Comité de Oslo.

De ahí el inmenso logro del Presidente Nicolás Maduro, que en medio de la más incierta y convulsa circunstancia política por la que gobierno alguno pudiera atravesar, corrió el riesgo con la mayor gallardía y perspicacia que hoy pueda reconocérsele a cualquier dirigente en el mundo, colocando en el centro de su propuesta la inequívoca vocación democrática de nuestro pueblo y el talante profundamente pacífico del venezolano.

Para él no era factible la derrota de la paz en nuestro país si la misma se planteaba en el marco del modelo inclusivo, participativo y protagónico, que en buena hora nos propuso el Comandante Chávez con su arribo a la escena política.

La ecuación aparecía infalible desde su sola concepción. Si el electorado elegía a sus Constituyentes del seno mismo del pueblo, la resultante lógica tendría que ser la del triunfo de la paz sobre la violencia que proponía la oposición, fundamentalmente porque el factor determinante sería en todo momento el carácter de imposición de esa violencia sobre la sociedad. Nadie en el país estaba acompañando el terrorismo como expresión política, sino que su accionar era siempre una muestra lamentable de foquismo de mercenarios a sueldo que eran lanzados a las calles como carne de cañón por esa derecha reaccionaria que pretende hoy hacerse del país a punta de terrorismo.

Y exactamente eso fue lo que sucedió el 30 de julio; un país valeroso y decidido asumió el compromiso planteado y selló con su voto abrumadoramente mayoritario en sendero de la paz que desde ese día transita el país, tal como lo había previsto el líder de la revolución.

Tanto los militantes del chavismo como los de la oposición, entendieron que más allá de los ardides de la dirigencia opositora que ha buscado desde siempre el asalto del poder por la vía violenta, la manera correcta de dirimir las diferencias y superar los problemas es mediante el respeto a la norma democrática del voto como expresión de las aspiraciones del pueblo.

Cristaliza así un escenario crucial para el gran debate nacional que se dará desde la Asamblea Nacional Constituyente, de donde surgirán las ideas, las recomendaciones y las propuestas de fondo que el pueblo motu propio desarrollará para hacer que esa paz alcanzada no sea solo un estadio placentero de tranquilidad espiritual para las venezolanas y venezolanos, sino que se convierta en la plataforma que sostenga el despegue definitivo del país hacia su bienestar y su progreso como nación rica y poderosa entre las más pujantes naciones del Continente y del mundo.

No será entonces la Constituyente del ’17, o la Constituyente de la renovación chavista, como pudiera calificarla algún semiólogo empedernido que quisiera etiquetar la naturaleza particular de esta excepcional congregación asamblearia del pueblo en el marco de la épica política que hoy la coloca en la historia. O como la mediática obtusa y retardataria que procura desfigurar todo lo que de la revolución surge podría terminar reduciendo a un simple “La Constituyente de Maduro”, como ya muchos de esos medios al servicio de la burguesía andan tratando de posicionar.

Será, ahora y para siempre, “La Constituyente de la Paz”, porque es el mérito esencial que se ha ganado este inmenso esfuerzo del pueblo venezolano que resume la inédita experiencia en el ámbito universal que viene a ser la Asamblea Nacional Constituyente emanada del pueblo e integrada en su más absoluta plenitud por el pueblo llano y sencillo que la integra, y que con su verbo fogoso, desenfadado y contundente, le viene diciendo al mundo desde hace ya una semana de intensos debates que el país sí tiene una vocería auténtica que lo defienda de toda agresión interna o externa. Que sí tiene una voz profunda que diga las verdades sin rebuscamientos semánticos de ningún tipo. Que sí tiene la fuerza de la pasión por la Patria que no tienen los entreguistas que la negocian. Que sí tiene quien labre el bienestar y el progreso sin arriesgar el preciado bien de la paz que con tanto esfuerzo ha construido ese mismo pueblo a través de siglos de luchas eternas y desvelos infinitos.

Corresponde ahora intensificar cada vez más desde esa Asamblea el compromiso del trabajo necesario para superar las terribles dificultades por las que atraviesa el pueblo al cual se debe, tal como lo ha pedido en todo momento el Presidente Nicolás Maduro.

En eso estamos.

@SoyAranguibel   

 

Constituyente pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

En el anacrónico modelo de democracia representativa, el Estado se entiende como la expresión más acabada de la jerarquización de las clases dominantes sobre el resto de la sociedad.

Solo los más notables ejercen la conducción de las instituciones y le otorgan supremacía a las estructuras del poder. El dinero, los títulos y los doctorados, son las credenciales que facultan esa preminencia de las élites sobre el pueblo y le otorgan perpetuidad a dicho esquema.

Se reproduce así un modelo excluyente e inhumano que velará siempre por los intereses de los poderosos, los ricos, los más encumbrados en la escala social.

Pero en una revolución como la bolivariana, donde el ser humano es foco y centro de la filosofía que la orienta, ese arcaico y repulsivo modelo de la jerarquización no existe. No porque su abolición se establezca mediante Decreto o Ley alguna, sino porque la nueva correlación del poder se forja al calor de la movilización popular en la cual se sustenta.

A medida que el pueblo adquiere conciencia de su rol en la sociedad (conciencia de clases, en el argot revolucionario) la realidad social tiende a transformarse progresivamente para erradicar la odiosa formulación de la supremacía burguesa y sustituirla por lo que se conoce como “el poder popular”.

Cuando ese poder no se conquista por la vía de las armas sino en el marco de una profunda democracia como la bolivariana, será él el único llamado a modificar las estructuras del Estado para dar paso a una nueva concepción del mismo, con base en el precepto de la participación y el protagonismo consagrado en nuestra Constitución.

De ahí el estado de shock emocional que padecen los sectores pudientes de la sociedad venezolana desde el domingo 30 de julio. Su nivel de comprensión de la realidad no acepta tanto pueblo como el que ha sido electo Constituyente por la inmensa mayoría del país, involucrado directamente en la creación de un nuevo ordenamiento jurídico.

Esos sectores reaccionarios, erigidos en cultores criollos de la filosofía neoliberal burguesa que crea hoy el hambre y la miseria en el mundo, repudian la recién electa Asamblea Nacional Constituyente porque por primera vez en nuestra historia el parlamento no es una asamblea de oligarcas enzapatados sino una auténtica tribuna de la Patria.

@SoyAranguibel

Revolución es Constitución

Por: Alberto Aranguibel B.

No existe en el país Ley o reglamento alguno que obligue a levantar en alto la Constitución cada vez que se va a hablar de ella frente a un medio de comunicación. Sin embargo es ya una convención generalizada que todo el que va a mencionarla en público sea eso lo primero que procure hacer.

Que los chavistas levanten la Constitución al nombrarla, no tiene nada de extraño o incorrecto. El gesto es una modalidad inventada por el Comandante Chávez como expresión simbólica de triunfo frente a los sectores reaccionarios del país que se opusieron de manera persistente a ella desde antes incluso de iniciado el proceso revolucionario, cuando en la campaña electoral de 1998 satanizaban al Comandante por la sola propuesta que éste hacía por aquel entonces de convocar a una Asamblea Nacional Constituyente.

Inmoral e infame es que los voceros de la derecha contrarevolucionaria pretendan engañar al país fingiendo algún tipo de respeto hacia nuestra Carta Magna, usando el mismo modo de elevar la Constitución cada vez que van a mencionarla frente a las cámaras.

¿Si no es obligatorio hacerlo, por qué lo hacen?

Porque la doctrina fundamental de la ideología neoliberal capitalista es la de despojar al pueblo de toda posibilidad de riqueza o de activo valioso para ponerlo al servicio de los sectores oligarcas de la sociedad.

Bajo la lógica del modelo neoliberal capitalista, el texto constitucional es una camisa de fuerza que no debe ser intervenida ni alterada jamás por los ciudadanos.

La Constitución de los Estados Unidos, la más antigua del mundo, es considerada por los norteamericanos como un texto sagrado, baluarte e inspiración del mundo capitalista hoy en día, que ningún ciudadano puede objetar o cuestionar so pena de terminar juzgado como traidor a la Patria y condenado a muerte.

Ello es así porque el texto constitucional de esa nación surge de una necesidad de regulación del comercio entre los trece estados que conformaban la unión a finales del siglo XVIII, y no de una necesidad de consagración de derecho humano alguno de las personas. Salvaguardar los intereses y privilegios de los poderosos fue siempre más importante en el capitalismo que la atención a las necesidades de la sociedad. En eso precisamente estriba la esencia de su doctrina del libre mercado.

Por eso los siete artículos que conforman la Constitución norteamericana no pueden ser tocados jamás. Porque para los capitalistas el modelo económico sobre el cual se funda su sociedad no debe ser susceptible bajo ningún respecto de modificación o transformación alguna.

Pero las sociedades orientadas a su transformación están obligadas a revisar su basamento jurídico para adecuarse en cada caso a la evolución de su modelo de país, así como de su realidad y sus circunstancias particulares. Por eso las constituciones avanzadas surgen siempre de los procesos de transformación de las sociedades.

En Latinoamérica, el proceso de gestación de nuestras naciones se inspiró inicialmente en esa particular concepción mercantilista de la sociedad que se asentaba en la Constitución norteamericana y nos llevó a asumir como propios exabruptos como los que contemplaba nuestra primera Constitución en 1811.

En ese texto, redactado por los próceres de nuestra independencia entre los que se encontraba el mismísimo Padre de la Patria, y que fue considerado por el mundo entero como “la más libertaria” de todas las constituciones existentes hasta el momento, se establecía, por ejemplo, que tenía derecho al voto “todo hombre libre, si a esa calidad se le añade la de ser Ciudadano de Venezuela, residente en la parroquia o pueblo donde sufraga, si fuere mayor de veintiún años siendo soltero, o menor siendo casado, y velado, y si poseyere un caudal libre del valor de seiscientos pesos en las Capitales de Provincia siendo soltero, y de cuatrocientos siendo casado, aunque pertenezcan a la mujer, o de cuatrocientos siendo en las demás poblaciones, en el primer caso, y doscientos en el segundo.”

Quizás en la cultura predominante entonces fuese difícil romper de la noche a la mañana con creencias y tradiciones a las que la sociedad, pacata y conservadora como era en su mayoría, estaba habituada. Y tal vez eso determinó que ese aberrante esquema de exclusión se asimilara sin problemas en el texto que estaba proponiéndose como el nuevo pacto común de la sociedad.

Pero Bolívar, que sí tenía perfectamente claro el rumbo emancipador de ser humano que debía tener el proceso independentista, se percata de ello. Pero no es sino casi una década después, en el Discurso de Angostura, cuando encuentra el escenario propicio para hacer una observación política de fondo que da al traste con esa perversa concepción mercantilista de la democracia.

“Ni remotamente -dice el Libertador en el Discurso de Angostura- ha entrado en mi idea asimilar la situación y naturaleza de los estados tan distintos como el Inglés Americano y el Americano Español. ¿No sería muy difícil aplicar a España el código de libertad política, civil y religiosa de la Inglaterra? Pues aún es más difícil adaptar en Venezuela las leyes del Norte de América. ¿No dice El Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿que es una gran casualidad que las de una nación puedan convenir a otra? ¿que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos; referirse al grado de libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de Washington!”

Hace dos décadas la realidad social, política y económica del país era completamente distinta a lo que es hoy en día. Lo que demuestra en sí mismo que en efecto estamos transitando por un proceso de transformaciones profundas del Estado y de la sociedad.

La revolución bolivariana ha emprendido desde entonces hasta hoy un arduo camino plagado de obstáculos y barreras, casi insalvables en la mayoría de los casos, para lograr la construcción de justicia e igualdad social que propone el Socialismo el Siglo XXI que impulsó el Comandante Chávez en el país, alcanzando niveles de inclusión social a lo largo de este corto periodo de nuestra historia infinitamente superiores a todo cuanto pudiera haber habido de bienestar para las venezolanas y los venezolanos desde que somos República.

Pero eso no significa que el socialismo haya triunfado definitivamente, ni que haya logrado instaurarse aún como el modelo rector de la economía en nuestro país.

No pudo prever el Constituyente en 1999, las Misiones, por ejemplo, porque ellas surgieron del desacato a las leyes por parte un sector golpista tres años después de promulgada la nueva Constitución.

Tampoco la muerte temprana del líder fundamental de la Revolución que apenas estaba dando sus primeros pasos. Ni mucho menos pudo prever el holocausto de especulación y usura que cientos de miles de empresarios y comerciantes contrabandistas y acaparadores iban a desatar contra el país al unísono y de un momento a otro, cuando creyeron que el fallecimiento de ese líder era la señal de rienda suelta que el neoliberalismo esperaba para hacer de las suyas.

De ese holocausto de avaricia y de desprecio al Estado nos vinieron el desabastecimiento, las infernales colas que obligaron a las venezolanas y venezolanos a someterse a la penuria que hoy padece el pueblo por el cual tanto ha luchado la Revolución Bolivariana. Y los “bachaqueros”, el verdadero problema que la gente quiere ver resuelto. Pero eso tampoco podía ser ni imaginado siquiera por el Constituyente en 1999 por muy visionario que fuera.

Si el debate y la confrontación entre el gobierno y la oposición han determinado la naturaleza particular de este nuevo escenario, quiere decir que la sociedad venezolana está transitando por un proceso cierto de transformaciones. Proceso que debe continuar y en ningún caso involucionar hacia el pasado de oprobio, sufrimiento, muerte y dolor ya superados.

La única fórmula de aseguramiento del bienestar al que aspira hoy el pueblo venezolano es la adecuación del poderoso texto constitucional revolucionario a esta nueva y muy exigente realidad.

Asumir ese reto con sentido de responsabilidad histórica, tal como lo hizo el Comandante Chávez en su momento y como lo ha hecho el camarada Nicolás Maduro desde el 2013, es el deber de ese pueblo que tantas glorias libertarias signadas por el deseo de justicia y de igualdad social ha conquistado a través de la historia.

La Revolución Bolivariana es esencialmente constituyentista porque promueve, lucha y se entrega a la construcción de ese sueño inmortal del Padre de la Patria y de nuestro Comandante Eterno, Hugo Chávez Frías.

La derecha terrorista solo procurará, como siempre, asaltar la credibilidad del pueblo mediante engaños como el de elevar la Constitución frente a los medios, para acabar con ese sueño emancipador buscando restituir los privilegios de los capitalistas que tanta hambre y miseria generaron en el pasado.

Exactamente eso fue lo que hicieron el único día que han estado en el poder desde 1998; el infausto día del Carmonazo.

 

@SoyAranguibel

 

Aranguibel en CNN: “La revolución no la hace la Asamblea Nacional sino el pueblo”

El analista político venezolano Alberto Aranguibel en conversación con la periodista Alejandra Oraa en el programa Café CNN sobre el panorama electoral previo a la elección parlamentaria del 6 de Diciembre, sostiene que en Venezuela, además de una revolución de corte socialista, se está construyendo un avanzado modelo de democracia participativa y protagónica, en lo que la Asamblea Nacional, como todos los demás poderes del Estado, juega un papel importante. Tener un parlamento adverso a esa transformación -sostiene- significaría una degradación y un retroceso a todo lo avanzado hasta ahora en ese sentido.

Aranguibel con Mari Pili Hernández: “La oposición no solo no tiene mujeres para postular a la AN sino que tampoco tiene hombres”

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En entrevista con Mari Pili Hernández este lunes por Unión Radio, Alberto Aranguibel sostiene que la paridad de género no es un tema que obedece a la coyuntura electoral sino que forma parte de la confrontación de modelos que debate la sociedad desde sus orígenes y que la revolución bolivariana ha reivindicado por el carácter feminista que el Comandante Chávez le dio siempre a la misma.

Sostuvo el analista que las dificultades por las que atraviesa la oposición en este momento en relación a ese tema derivan de su incapacidad para abarcar todo el territorio nacional más allá de su presencia mediática, señalando que “No solo no cuentan con mujeres para postular a la Asamblea Nacional en las próximas elecciones, sino que tampoco cuentan con hombres porque a ellos la democracia participativa que hoy está construyéndose en Venezuela les queda muy grande.”

Oiga aquí la entrevista completa:

La imbecilidad al poder

– Publicado en Últimas Noticias el 06 de diciembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

En un foro realizado recientemente en Carabobo bajo el alarmante nombre “Censura, caricatura y humor”, un grupo de eminentes caricaturistas del país declara públicamente que “los caricaturistas no pueden ser amigos del Gobierno constituido. Su misión es criticarle todo lo malo que hace porque no son amigos del poder. Cuando la oposición pase a Gobierno, la cuestionaremos y no al gobierno actual, que será oposición”.

Días después, un cantante de rock, reincidente en su adicción a la denuncia infundada contra los integrantes del Gobierno (anteriormente arremetió contra José Vicente Rangel, entonces vicepresidente de la República, llamándolo “ladrón”), pide frente a miles de personas y en transmisión de televisión en vivo que “si van a seguir robando, al menos que le cambien los ladrones”.

En ambos casos se erigen en voceros plenipotenciarios de una sociedad que, según ellos, desea ver tras las rejas a los integrantes del Gobierno como mecanismo de superación de los males que padece el país.

Pero ¿cuándo eligió el pueblo a un caricaturista de esos o a un roquero mal fumado como representante del sentimiento popular? ¿Por qué hay que asumir que ellos son los que saben qué es lo que le conviene o no al país? ¿De dónde sale ese derecho a estar por encima de la gente?

Según sus propias palabras, la denuncia permanente contra el Gobierno surgida desde esa vocería autoproclamada no tiene fundamento alguno. Se basa en el puro afán de oponerse por oponerse. Sin argumentación de ningún tipo y sin el más mínimo sentido de la responsabilidad ante el país.

Un partido de oposición se crea con dinero sustraído ilegalmente de Pdvsa. Sus diputados aparecen incursos en delitos de corrupción con evidencias irrefutables. Videos, grabaciones, copias de cheques, aparecen y aparecen incriminando a destacados dirigentes de oposición. Documentos de Interpol certifican depósitos de cuantiosas sumas de dinero en el exterior por parte de uno de esos dirigentes, con la complicidad de su padre, a nombre de un criminal internacional.

Nada de eso comentan esos indignados voceros de la nada, que piden llegar al poder con el objetivo, como ellos dicen, de oponerse por oponerse y para robar mejor.

Si así es la “dictadura” que denuncian, ¿cómo será la democracia que promueven?

@SoyAranguibel

MUD: remiendos de una vieja colcha de retazos

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Por: Alberto Aranguibel B. / Correo del Orinoco 18 de agosto de 2014

Los medios de comunicación fueron determinantes en el aplacamiento de la rebelión del 4 de febrero de 1992. Lo que la derecha quiso vender como el fracaso del movimiento cívico-militar que insurgía entonces para abrir los causes de la revolución popular que años después llevaría a Chávez al poder, no fue sino el logro circunstancial de una élite política que de manera sorprendentemente sincronizada, y casi por acto reflejo, imponía ante el país aquella madrugada una imagen de férrea cohesión a través de las pantallas de televisión por donde fueron desfilando uno a uno los dirigentes de los principales partidos políticos del estatus, así como prominentes representantes de los organismos empresariales y de la sociedad civil que aquella noche se expresaron contra la insurgencia, como dijeron entonces, en defensa de la democracia.

De no haber sido por aquella comparecencia mediática en bloque de los defensores del modelo neoliberal que la revolución se proponía desplazar del poder, muy probablemente el curso de los acontecimientos habría sido distinto. El país había visto a través de sus televisores una inusual unidad de sectores diversos, e incluso en algunos casos antagónicos, repudiando la expresión popular y eso hizo dudar al pueblo por algún tiempo de la conveniencia o viabilidad de aquella fórmula de transformación que los valientes insurrectos planteaban.

Algo de lo cual la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática no se percató jamás en la actual coyuntura, en una clara demostración de ineptitud y de torpeza para leer la realidad política del país. Las mezquindades e intereses individuales de la serie de grupos ahí reunidos obnubilaron por completo la capacidad de asimilación de las oportunidades que le presentaban los acontecimientos que uno a uno fueron desbordando la frágil estructura de naturaleza eminentemente electoralista de ese proyecto hasta llevarle al inexorable naufragio del que nunca estuvo en condiciones de salvarse, sobre todo a partir del 12 de febrero de 2014, fecha en la cual el tsunami que ellos mismos denominaron “La salida” terminó por derruir la precaria estabilidad que ya tenía.

No haberse deslindado, ya fuese por cobardía o por simple cálculo oportunista, del plan terrorista que evidentemente se proponía dar al traste con la democracia venezolana que acababa de proclamar a Nicolás Maduro como Presidente Constitucional de la República, tal como lo hicieron aquella madrugada de febrero del ’92 en defensa de Carlos Andrés Pérez, no solo los puso en evidencia como solidarios con el terrorismo, sino que les restó respetabilidad hasta en su propia base como sector político cuya responsabilidad es desempeñar un papel de contrapeso en la institucionalidad del Estado. Prolongar ese mutismo durante las semanas que el fascismo de la derecha mantuvo en zozobra a la población los hizo receptores directos del repudio masivo a esas acciones de violencia indiscriminada que se iba acumulando en el país. Es decir; a la MUD la acabó la guarimba como detonante al menos de una implosión anunciada desde mucho tiempo atrás por el largo proceso de contradicciones internas que entre ellos mismos, por esa proverbial cobardía para asumir sus derrotas, se negaron a aceptar desde siempre. Por esa ineptitud fue que nunca entendieron que buena parte del liderazgo de Chávez se debió muy particularmente a su excepcional capacidad para asumir la responsabilidad de sus actos, cualesquiera que fueran.

Esas diferencias, la mayoría de las veces insalvables, signaron desde sus orígenes el destino trágico de la MUD, porque impidieron en todo momento la construcción de un piso político que capitalizara efectivamente el sentimiento antichavista que expresaba electoralmente una parte considerable de la población, pero que jamás lograron ellos convertir en militancia activa. La juntura de siglas, por lo general de minúsculas parcelas políticas, como es el caso de la MUD, no significa construcción de fuerza política si ello no va acompañado del trabajo ideológico y organizacional que le cohesione y le de sustentabilidad.

Incluso en el capitalismo, el desprecio a la construcción política se paga caro, porque en el fondo se traduce en desprecio al carácter participativo que reclama hoy en día el electorado al cual como sector político pretenden convocar.

Descrito en su momento por el Comandante Hugo Chávez como “la nada”, precisamente por la insustancialidad de su propuesta discursiva, el ex candidato presidencial y líder fundamental de la MUD, Henrique Capriles, sostiene ahora en un programa de televisión que en la MUD “Hay visiones distintas, y si hay visiones distintas que por lo visto no hay forma de engranar, que no hay disposición de respetar, bueno tratemos de llegar a un acuerdo electoral”, remedando la miopía de quien se entusiasma con el curso veloz del bote que impulsan las aguas de un gran río sin presentir el trágico destino que le aguarda en la caída de agua hacia la que de manera inexorable se aproxima. Insistir en despreciar la formación ideológica en función del interés meramente electoral es sin dudas perseverar en la torpeza.

Es la misma miopía, opacada únicamente por su proverbial arrogancia, que les impide percatarse de lo errado que resulta en un país sumido en la mayor polarización política de su historia, orientar sus esfuerzos de reestructuración hacia el sector más insignificante del electorado venezolano, en términos cuantitativos al menos, como lo es el de los independientes (tal como lo propone el sector que lidera la exdiputada María Machado). Una especie en franco proceso de extinción a medida que se profundiza la confrontación entre el chavismo y el antichavismo que hoy, ante la ausencia física del Comandante Chávez, adquiere visos inequívocamente ideológicos y hasta de tipo cultural.

De ahí que no perciban como oportunidad para un sector que aspira confrontar con relativas posibilidades de éxito al partido fundamental de la revolución bolivariana, el PSUV, cuya base de sustentación ideológica es el chavismo, la de fundar una organización abiertamente antichavista como el P.A.N., por ejemplo, (Partido Antichavista Nacional) en el cual, con toda seguridad, se aglutinaría sin titubeos ese elevado número de electores que jamás han sido caprilistas, ni ledezmistas, rosalistas o allupistas, en modo alguno (por mucho que a ellos les duela), pero que sí han demostrado de manera consistente en cada elección su vocación contrarevolucionaria e irrenunciablemente antichavista. (Además, por supuesto, de la posibilidad de capitalizar con ello el inmenso posicionamiento que tiene hoy entre el venezolano la marca P.A.N., como resultado de las aviesas manipulaciones de la empresa Polar en el marco de la guerra económica desatada por el sector privado contra el gobierno del presidente Maduro).

No lo harán jamás porque la valentía que exige antes que eso asumir frente al país la responsabilidad del fracaso del fallido proyecto unitario que tantas expectativas sembró en el corazón de venezolanos de buena fe que de manera ingenua creyeron en la insustancial oferta política de la MUD, escapa a las posibilidades de una dirigencia caracterizada por el narcisismo y por su recurrente falta de tino, y porque sus asesores, presentados por ellos de manera inaudita como poseedores de una sabiduría superior a la de su propio liderazgo, suelen ser más expertos en el desarrollo de marcas de champú que de imagen política.

Por eso, a pesar de las operaciones de remozamiento o cambio de identidad que a lo sumo terminen aplicándole a la destartalada MUD, lo que en definitiva resultará de la traumática coyuntura por la que hoy atraviesan no pasará de los simples remiendos de consolación que cuando mucho puedan hacerle a esa vetusta colcha de retazos, sin alcanzar a resolver el problema político de fondo que portan en las entrañas mismas de su código genético.

@SoyAranguibel