Balbas: ¿Cómo se vive en un país, que no es Cuba, sancionado por U.S.A.?

Por: Nazareth Balbás

Estas son solo algunas de las consecuencias del bloqueo económico que sufren hoy los ciudadanos en la República Bolivariana de Venezuela en su vida diaria:

– Falta de alimentos.
– Escasez de medicinas.
– Limitación severa del dinero efectivo.
– Hiperinflación inducida y desbandada especulativa.
– Deterioro de su calidad de vida.
– La idea recurrente de irse del país.

¿Cuáles son las causas de esta terrible situación?

Los taxistas de Caracas, la capital venezolana hace tiempo que no saben qué es un pago en efectivo porque nadie tiene tanto dinero en el bolsillo para pagar una carrera corta: puede costar 100.000 bolívares, o lo que es lo mismo, los billetes reunidos después de 10 días de visita al cajero automático (ATM) para retirar el monto máximo de 10.000 bolívares diarios. “Mire, mándeme primero el comprobante de transferencia al WhatsApp y después la busco”, dice un taxista caraqueño por teléfono celular a su potencial cliente.

Los kioscos, puestos de buhoneros y hasta los vendedores callejeros de chicha (popular bebida venezolana a base de arroz o pasta) aceptan transferencias bancarias o tarjetas de débito para transar productos que, hace 2 o 3 años, podían comprarse fácilmente con el remanente de la cartera, con un ‘sencillo’, como se dice en la República Bolivariana de Venezuela. La historia se repite a mayor o menor escala en todo el comercio.

La crisis económica que atraviesa el país suramericano se palpa en todas partes: anaqueles vacíos, carros desvencijados, farmacias sin dotación, tiendas con escasísimos inventarios, precios trepidantes. En la calle, las culpas se reparten al mayoreo, casi siempre al gobierno nacional y, en menor medida, a la oposición. Sin embargo, poca gente habla del responsable silencioso y externo que ha impuesto sanciones severas al país bajo el argumento de que solo afectarían a “funcionarios corruptos” del gobierno del Presidente Constitucional Nicolás Maduro Moros. Pero, ¿En realidad es así?

La “ayuda” del imperio yanqui

En 2015, el decreto del ex Presidente gringo Barack Husein Obama, que calificó al país de “amenaza inusual y extraordinaria” para la seguridad de U.S.A., sentó un precedente de política frontal contra la República Bolivariana de Venezuela que ha sido continuado por Donald Trump en la Casa Blanca de Washington.

Después de ese decreto empezó la inclusión de funcionarios venezolanos de alto nivel -incluido el Presidente Nicolás Maduro- en listas de negras y grises del Gobierno gringo e instituciones multilaterales con el objetivo de sentar las bases para un “bloqueo” financiero. ¿El mecanismo? Usar esos datos como medida de coerción a las empresas internacionales para obligarles a rescindir o no firmar contratos de ningún tipo con la República Bolivariana de Venezuela.

La acción de Washington contó con el respaldo de la oposición venezolana y de sus líderes, en especial del diputado opositor Julio Borges, quien emprendió una gira internacional que lo llevó a reunirse con el mismísimo vicepresidente de U.S.A., Mike Pence, para solicitarle sanciones y el aislamiento total de la economía venezolana. La acción del líder del antichavismo incluyó el envío de 14 cartas a organismos financieros para pedirles que no prestaran dinero a Caracas, aunque la crisis económica empezaba a agravarse.

Esa acción de contra patria de Julio Borges, desató la debacle de las finanzas del país petrolero. A los correos de las instituciones públicas empezaron a llegar notificaciones de la cancelación unilateral de contratos de corresponsalía bancaria e interrupción de las operaciones en bancos internacionales, los ‘peros’ de carácter legal y administrativos de empresas internacionales para retrasar o impedir el pago de membresías a organismos multilaterales, así como el “bloqueo de activos financieros”.

Un informe del Ministerio de Finanzas venezolano, al que tuvo acceso RT, revela que hoy día persisten las limitaciones y negativas para transacciones financieras de bancos internacionales desde y hacia la República Bolivariana de Venezuela, que son frecuentes las demoras en operaciones, y que el exceso de rigor en la documentación y millonarios incrementos de costos por servicios de intermediación están a la orden del día.

El cierre del cerco

El 14/04/2016, la banca internacional comunicó a las instituciones venezolanas que tenían prohibido hacerles pagos en dólares, a menos que mantuvieran cuentas en los grandes bancos de U.S.A.

El banco alemán Commerzbank fue el primero en cerrar las cuentas que tenían los principales bancos venezolanos del Estado: el Banco de Desarrollo (BANDES); Banco de Venezuela (universal) y Banco del Tesoro (fiduciario), así como las de Petróleos de Venezuela (PDVSA).

El 10/07/2016, la medida fue imitada por el Citibank, que cesó de manera unilateral el servicio de corresponsalía y solo dejó activas las cuentas utilizadas para pagos del servicio de Deuda que se tienen con la Oficina Nacional del Tesoro de U.S.A., una decisión que ha restringido severamente la capacidad de la República Bolivariana de Venezuela de hacer pagos en la divisa gringa.

Para ensombrecer la situación, el 27/08/2016 el portugués Novo Banco notificó a la República Bolivariana de Venezuela que no podría realizar operaciones en dólares por presiones externas de los bancos corresponsales.

Así como la sencilla operación de pagar un taxi con billetes en Caracas es casi imposible para la mayoría de los venezolanos, la opción de que la República Bolivariana de Venezuela haga sus compras con normalidad o cumpla con sus acreedores a tiempo resulta inimaginable. Las sanciones limitan no solo la capacidad de la respuesta del país en el exterior, sino que afectan severamente la calidad de vida de los venezolanos porque impiden al gobierno nacional adquirir alimentos, medicinas o materias primas para cubrir su consumo interno.

Amenaza a aliados

Si en 2016, el imperio yanqui se dedicó a cercar a la República Bolivariana de Venezuela en el exterior con sus acciones unilaterales, el gobierno del “chiflado” Donald Trump en 2017 arreció la estrategia con medidas destinadas a presionar a los aliados de Caracas.

Las regulaciones del Departamento del Tesoro de U.S.A. y las presiones del Gobierno de Panamá hicieron que el Bank of China (BOC), con sede en el país centroamericano, informara el 01/08/2017, que no podría hacer ninguna operación en divisas a BANDES o a favor de la República Bolivariana de Venezuela.

Esas mismas restricciones impidieron la concreción de transacciones entre bancos venezolanos y rusos en agosto del año pasado. Tiempo después, Caracas intentó hacer un retiro de sus cuentas colectoras en el Banco de Desarrollo de China, pero la corresponsalía del banco en Nueva York no procesó la operación porque se encontraba en “revisión” y tardó más de tres semanas en hacerla efectiva.

En octubre de 2017, el Deutsche Bank cerró las cuentas de corresponsalía del banco Citic Bank de China por haber tramitado pagos a PDVSA, la industria que genera más del 90% de las divisas que recibe Venezuela.

Asfixia a PDVSA

Aunque el tono diplomático entre Caracas y Washington siempre ha sido cáustico, hasta la llegada de Donald Trump la posibilidad de que U.S.A. atacara frontalmente a la economía venezolana parecía lejana. No obstante, el 20/08/2017 ese umbral se cruzó: el presidente gringo restringió la transabilidad de los bonos de la República y de PDVSA en los mercados internacionales.

La medida tenía como claro propósito, impedir que el Gobierno venezolano recurriera a la petrolera para obtener liquidez y así paralizar las negociaciones que había adelantado el país con instituciones financieras para buscar alternativas de crédito. La decisión de la Casa Blanca se tomó justo después de que Nicolás Maduro lograra el triunfo electoral sobre la oposición con el proceso del 30/07/2017, con la Asamblea Nacional Constituyente.

El argumento de Washington para justificar la asfixia financiera a PDVSA, en un momento en que los precios del petróleo empezaban a recuperarse, era que la “dictadura” de Nicolás Maduro privaba a los venezolanos de “alimentos y medicinas” y por eso el gobierno de Donald Trump prefería aplicar medidas “cuidadosamente calibradas para privar” al Gobierno venezolano “de una fuente fundamental de financiamiento” y “evitar ser cómplice de la corrupción en la República Bolivariana de Venezuela y del empobrecimiento de su población; y permitir la asistencia con fines humanitarios”. En ese comunicado, retórica de por medio, U.S.A. admitía abiertamente que iba a impedirle a Venezuela usar sus propios recursos y después, claro, pretendía ofrecerle un “rescate”.

Garrote y zanahoria

El ataque a PDVSA por parte de U.S.A. ocurrió casi a la par con una movida de Euroclear, la empresa encargada de custodiar los bonos de la República. El 25/08/2917, esa firma decidió retener más de 1.200 millones de dólares de la República Bolivariana de Venezuela, sin permitir la movilización de esos activos, para afectar la disponibilidad de recursos a Caracas. ¿La razón? Presiones de la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC) gringa.

“El Departamento del Tesoro de la administración de Donald Trump le ha dicho a todas estas instituciones, que son una manera de dictadura del sistema capitalista mundial, que busquen la forma de ahogar a Venezuela”, denunció el 28/12/2017, Jorge Rodríguez, Ministro de Comunicación venezolano. El Presidente Constitucional Nicolás Maduro calificó la acción de Euroclear como un “secuestro”.

¿Cómo afecta a los venezolanos?

Importaciones de materias primas como torta de soya, indispensable para la elaboración de alimento balanceado para animales, se han paralizado en los últimos meses con el único argumento de que han sido realizadas por la República Bolivariana de Venezuela. Las sanciones de U.S.A. han sido efectivas en infundir temor a los empresarios que desean vender algún producto al país.

El miedo tiene asidero, pues entre el 15/12/2017 y el 28/12/2017, 29.700.000 de dólares fueron paralizados por bancos en Europa porque eran destinados al pago a proveedores de alimentos. A finales de 2017 también se devolvieron 23 operaciones, que sumaban 39.000.000 de dólares, porque los bancos intermediarios no querían recibir recursos de la República Bolivariana de Venezuela. Por su parte, el banco gringo J.P. Morgan, retuvo 28.100.000 de dólares que serían destinados a pagar un buque con alimentos.

El resultado está a la vista: las largas filas en la República Bolivariana de Venezuela para conseguir los productos de la cesta básica son cada vez más largas y las alternativas para llenar la despensa más inaccesible; los rubros de la canasta se expenden a precios especulativos, basados en el “dólar paralelo” de Dólar Today que se transa un 700% por encima de la tasa oficial DICOM.

El panorama en materia de salud no es más alentador. La empresa Euroclear ha retenido más de 1.300 millones de dólares, de los cuales 450.000.000 de dólares eran para el pago de alimentos y otros 40.000.000 de dólares para medicamentos.

En el caso particular de la importación de insulina, ha sido imposible para la República Bolivariana de Venezuela cumplir el cronograma de pago porque el banco gringo Citibank se niega a recibir fondos de Venezuela. La situación se repite en el deporte, con la negativa de los bancos de procesar dinero proveniente del país para los atletas de su selección nacional; en la agricultura, al imposibilitar la compra de semillas para el plan de siembra; y, en resumidas cuentas, se traduce en la inestabilidad financiera de la nación: si el país no puede honrar a tiempo sus compromisos por trabas del sistema bancario, incurre en un impago inducido.

Por ejemplo, el 05/11/2017, la República Bolivariana de Venezuela hizo una transferencia de 27.600.000e dólares al Citibank para pagar un bono de una de sus empresas públicas, pero la operación se hizo efectiva una semana después: un retraso del banco que implicó la declaración de ‘impago’ a pesar de que el dinero estaba allí.

Como el mercado es implacable, aunque la demora en el pago de ese bono haya sido por causas imputables a la institución financiera y no a la nación, la banca no pierde: la acción termina por castigar a la República Bolivariana de Venezuela con el aumento del riesgo país y el incremento de las tasas de interés para que sea inviable pedir financiamiento.

La promesa de la Casa Blanca gringa “de aislar económicamente” a Nicolás Maduro se ha cumplido a cabalidad. “No nos quedaremos quietos mientras Venezuela se desmorona”, reza el comunicado del 28/08/2017, en el que Washington asegura que su único deseo es que en el país se celebren “elecciones libres y justas”. Lo curioso es que minutos después que el gobierno anunciara los comicios presidenciales para el próximo 22/04/2018, el ‘Tío Sam’ fue el primero en oponerse con una clara amenaza: “Continuaremos presionando al régimen”.

Los venezolanos saben de qué habla el imperio yanqui cuando amenaza con ejercer más “presiones” porque son los primeros en sufrir las consecuencias del bloqueo financiero:

– La falta de alimentos.
– La escasez de medicinas.
– El deterioro de su calidad de vida.
– La desbandada especulativa.
– La idea recurrente de irse del país.

En fin, hasta el taxista, que no puede comprar los repuestos para su vehículo porque ya no le alcanza el dinero o ni siquiera los consigue, sabe lo que se avecina. Lo sabe aunque su nombre no figure ni por error en las ‘selectas’ listas de la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC) gringa.

Nazareth Balbás.jpg Nazareth Balbás

Venezuela: ¿escasez de alimentos o chantaje?

Por: Pasqualina Cursio / Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica (CELAG)

En febrero de este año, la Asamblea Nacional, cuya mayoría representa al sector opositor del gobierno nacional, declaró la crisis humanitaria e inexistencia de seguridad alimentaria para la población venezolana. Entre los considerandos se lee: “Que  resulta  inocultable,  tratándose  de  un  hecho  público,  notorio  comunicacional,  la  ausencia  de  disponibilidad  suficiente  y  estable  de productos  alimenticios,  además  de  las  serias  dificultades  de  acceso oportuno y permanente a estos por parte de los venezolanos”.

No hay duda de la dificultad que ha significado para el pueblo venezolano acceder a los alimentos, especialmente desde inicios de 2013. Largas colas deben hacerse a las puertas de los establecimientos para lograr adquirir algunos de los alimentos de la canasta básica. Al tiempo, y debido a que los alimentos no se encuentran en los anaqueles, ha proliferado un mercado paralelo e ilegal en el cual éstos están disponibles pero a precios muy elevados.

No obstante lo anterior, la disponibilidad de alimentos, definida como la cantidad producida y/o importada, no ha disminuido en proporciones equiparables con las manifestaciones de desabastecimiento. Las grandes empresas privadas responsables del abastecimiento no han reportado disminuciones significativas en sus niveles de producción, tampoco han manifestado haber cerrado sus plantas. En consecuencia, las dificultades de acceso oportuno y permanente a los alimentos, tal como se recoge en la declaración de los diputados no necesariamente se debe a la disminución de la disponibilidad. El problema se centra en el hecho de que estos alimentos que han sido producidos, importados y por tanto disponibles, no se encuentran de manera regular, oportuna, permanente y suficiente en los anaqueles, dificultándole al pueblo su acceso.

Una vez superadas las dificultades y luego de haber padecido largas colas o de haber pagado un sobreprecio en los mercados paralelos, o después de haber sido beneficiado de los programas sociales implementados por el Gobierno Nacional orientados a garantizar el acceso a los alimentos, el pueblo venezolano ha logrado consumirlos. Sin duda, lograr adquirirlos ha sido una gran calamidad por la cual atraviesa el pueblo venezolano, pero distante de una situación de inexistencia de seguridad alimentaria, de hambruna o de crisis humanitaria.

El consumo diario de alimentos del venezolano alcanzó las 3.092 kilocalorías el año 2015, nivel que supera el mínimo de seguridad alimentaria plena establecido por la FAO, el cual se ubica en 2.720 kilocalorías diarias por persona (Ver gráfico). Desde 1999 el consumo de kilocalorías diarias ha registrado un franco incremento, a excepción del 2002, año en el que sectores que hacían oposición al Gobierno adelantaron acciones de sabotaje a la empresa Petróleos de Venezuela, la principal del país. Si bien los niveles de consumo en kilocalorías no se ubican en los mismos niveles que en 2011 (año con mayor registro de consumo alcanzando las 3.221 kilocalorías), éstos siguen siendo superiores a las 3.000 kilocalorías diarias, lo que  tampoco se corresponde con las manifestaciones de desabastecimiento y las largas colas.

Venezuela es el segundo país con mayor disponibilidad de calorías para el consumo en América Latina. Con estos niveles de consumo diario, resultará cuesta arriba convencer a la comunidad internacional de la situación de hambruna en Venezuela.

calorías

¿A qué se deben las serias dificultades para que el pueblo venezolano acceda oportuna y permanentemente a los alimentos, si éstos han sido producidos, importados y por tanto están disponibles en cantidades suficientes permitiendo alcanzar los niveles de consumo mostrados? ¿Sobre quiénes recae la responsabilidad de que el pueblo deba padecer tales agravios?

Tanto la producción como la distribución de los 10 alimentos más difíciles de adquirir, por los cuales hay que hacer largas colas (harina de maíz precocida, arroz, pastas alimenticias, leche, aceite, margarina, café, carne de pollo, carne de res y huevos de gallina) están concentradas en no más de 10 grandes empresas privadas.

A manera de ejemplo, el alimento que más consume el venezolano es la harina de maíz precocida, forma parte de sus desayunos y cenas y es utilizada para la preparación de las arepas y bollos. Esta harina ocupa el primer lugar de la lista de alimentos más consumidos, representando el 11,4% del consumo total de alimentos diarios. En promedio, el venezolano consume 115,7 gramos diarios de esta harina. Se requieren alrededor de 97.000 toneladas mensuales para abastecer al pueblo venezolano. La capacidad instalada de producción nacional de harina de maíz precocida es 125.450 ton/mes, de las cuales el 81% está concentrada en ocho (8) empresas privadas. De éstas, solo una cuenta con el 62% de la producción de harina.

Estas 10 grandes empresas privadas, sobre las cuales recae la responsabilidad de abastecer de alimentos al pueblo venezolano no han disminuido sus niveles de producción, no han cerrado las líneas. Por el contrario, en sus reportes se registran incluso aumentos de producción. Siguiendo con el ejemplo, la producción de harina de maíz precocida de una de las empresas con mayor capacidad instalada, pasó de 43.159 ton/mes promedio en 2014 a 49.600 ton/mes en 2015.

Representantes de la industria de alimentos insisten en que la causa de la escasez es la disminución de la producción atribuida a dos aspectos: a la política de regulación de precios de los alimentos, que “no le garantiza ganancias adecuadas” y a la no asignación inmediata y suficiente de divisas por parte del Estado a estos empresarios. El hecho de que los alimentos hayan sido consumidos (luego de superadas las dificultades para el acceso por parte del pueblo venezolano) da muestras de que la producción y/o importación no han disminuido de manera significativa, y por tanto, la política de control de precios y la falta de divisas no están incidiendo sobre los niveles de disponibilidad.

Comparaciones históricas entre los niveles de disponibilidad y de precios regulados evidencian que si bien, para algunos alimentos y en algunos períodos, ha habido un rezago de los precios, esta situación no ha afectado la disponibilidad. Incluso desregulaciones de los precios de algunos alimentos no han garantizado que éstos se encuentren de manera oportuna, permanente y suficiente en los anaqueles. Tal es el caso de la margarina, los granos, la salsa de tomate y la mayonesa, todos muy consumidos por los venezolanos, cuyos precios no están regulados y sin embargo, su acceso se ha hecho difícil. O por ejemplo, alimentos cuyos precios han sido recientemente  revisados y actualizados, como es el caso de los huevos de gallina, el café y el arroz, y sin embargo, tampoco se encuentran en los anaqueles.

El Gobierno Nacional ha estado asignando divisas para importar la materia prima y los insumos necesarios para la producción, o para adquirir en el exterior los alimentos terminados. Al comparar los niveles de importación del 2004 (año en el que no se registraba desabastecimiento de alimentos) con 2014, se observa que en el primero ascendieron a US$ 824.880.750,00 y en 2014 las importaciones sumaron US$ 2.281.712.109,97. La cantidad de divisas que el Gobierno Nacional asignó para la importación de alimentos o sus insumos incrementó 177% durante el mencionado período. A partir del 2015 los ingresos de divisas del país han registrado una disminución consecuencia de la caída de los precios del petróleo, no obstante, eventuales disminuciones en la asignación de divisas no se corresponden con los niveles de consumo y por tanto de disponibilidad de alimentos durante el referido año. Siguiendo con el mismo ejemplo, la mayor productora privada de harina de maíz precocida en Venezuela recibió en promedio, solo en 2014, 367% adicionales de divisas con respecto a los años anteriores.

Las serias dificultades que el pueblo venezolano está enfrentando para acceder a los alimentos no son causa de la disminución de la disponibilidad. Las dificultades se presentan en el proceso de distribución y suministro, en el hecho de que los bienes producidos en cantidades suficientes no se encuentran oportuna y permanentemente en los anaqueles de los establecimientos expendedores de alimentos, generándose de esta manera una percepción de “escasez” que origina largas colas y la proliferación de mercados ilegales en los que se transan estos alimentos a precios muy elevados. La pregunta que surge es en manos de quién están estos alimentos? ¿De quién depende su distribución y suministro?

En el Arte de la Guerra” de Sun Tzu se lee que “La regla general de las operaciones militares es desproveer de alimentos al enemigo todo lo que se pueda”. Es que acaso está el pueblo venezolano siendo sometido a una guerra?

En las guerras militares, convencionales, a quien se busca privar de alimentos es a los ejércitos, a las tropas, no a los civiles, acción que por inhumana igualmente rechazamos, tanto la privación de los alimentos como la guerra misma. Pero en este caso es al pueblo venezolano todo, sin distinción (aunque el de menos recursos siempre es el más afectado) a quien se le está tratando de privar de los alimentos, haciéndole cada vez más difícil su acceso. Será que se trata de un gran chantaje para acceder al poder político de parte de algunos sectores? ¿Será que apuestan al desgaste, desesperación, desesperanza, angustia e incertidumbre del pueblo venezolano? ¿O es que acaso ven en el pueblo venezolano un gran ejército? Necesario es identificar quiénes son los que comandan estas acciones que consideran al pueblo venezolano un enemigo, capaces de intentar desproveerlo, sin piedad alguna, de los alimentos.

Vale la pena recordar uno de los pasajes de El Príncipe de Nicola Machiavelo: “… un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil”.

Fuente: Celag

Para acabar con las colas

– Publicado en el Correo del Orinoco el 23 de febrero de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Para el capitalismo la ideología es un activo no redituable cuyo valor es cuando mucho el de lo que la ingeniería estructural denomina carga muerta. Su confrontación con los modelos alternativos de cualquier signo tiene su origen y única razón de ser en la necesidad de captar mercados, no espacios políticos para la promoción de ninguna doctrina social ni para la consolidación de la democracia o de territorios de libertad como sostienen los imperios.

Su lucha es por hacerse de los recursos energéticos de todo tipo más allá de sus fronteras y por el control de economías que sirvan al propósito expansivo de los mercados para sus grandes corporaciones (lo que equivale a restringir a la vez las posibilidades de crecimiento de las corporaciones competidoras o enemigas, como más gusta llamarles a los Estados Unidos).

Siendo pues que los mercados son inevitablemente finitos, fundamentalmente en virtud del irreparable percance de que la tierra es redonda, la expansión de esos mercados tampoco puede ser infinita y las corporaciones se verán siempre de manera indefectible en la obligación de; o adecuarse al ritmo del crecimiento vegetativo de esos mercados, o crecer no hacia abajo sino hacia arriba, es decir, orientar sus posibilidades de incrementar utilidades mediante el juego especulativo de capitales en las bolsas de valores.

Entre una opción y la otra, la fórmula prodigiosa para el incremento de las ventas para todo tipo de corporación ha sido hasta ahora la comercialización de productos de consumo masivo, incentivada por las posibilidades de multiplicación de los mercados que determinan dos factores específicos; la moda y la obsolescencia programada.

A través del poderoso entramado comunicacional sobre el cual se soporta el modelo capitalista, la publicidad convierte de manera incesante los sueños en necesidades impostergables. De ahí surge el monstruo de la enajenación social que al decir de Erich Fromm alcanza las relaciones de los seres humanos con sus semejantes promoviendo asociaciones instrumentales y egoístas. “Todo el mundo es una mercancía para todo el mundo –dice- incluso en la relación del sujeto consigo mismo posee una orientación mercantil donde nuestro valor depende de vendernos bien.”

La moda no es otra cosa que el proceso de ansiar con frenesí insaciable un determinado objeto, para asumirlo como inútil inmediatamente después de que su modelo es desplazado por el nuevo. La obsolescencia programada, una variante de la moda pero mucho más rigurosa en su comportamiento, es simplemente la planificación de la vida útil de los objetos por parte del fabricante para hacerlos vigentes solo hasta el instante en que este decida, arbitraria y antojadizamente, que se ha completado su ciclo mercadotécnico.

A ese ritmo perverso debe someterse indefectiblemente el ser humano en el capitalismo, so pena de ser arrollado por la vorágine de la exclusión social y del olvido de la historia. Desde que llega al mundo, todo cuanto tiene que ver con sus necesidades más apremiantes y hasta sus deseos más frívolos estará signado por la demoledora lógica de la moda y del consumismo, en lo cual las más de las veces su poder adquisitivo se verá siempre mermado por el mismo conjunto de factores ideados por el modelo para apropiarse de su dinero; la especulación y la inflación.

Más allá de la naturaleza explotadora del capitalismo, una vez superada esa fase de apropiación de la plusvalía que el trabajador genera, su asalto al ser humano se extiende hasta lo más esencial de la vida de una manera tan absorbente que la convierte ya no en vida sino en tortuosa sobrevivencia. El profesor chileno Alvaro Cuadra sostiene a este respecto en su libro De la ciudad letrada a la ciudad virtual que “El consumismo constituye una nueva habla social que ante la bancarrota de los metarrelatos articula una pluralidad de microrelatos efímeros, no trascendentes y despolitizados, que transforman una ideología en sentido común. El consumismo es un nuevo ethos cultural en que las necesidades impuestas por un orden económico devienen impulsos o deseos.”

El deterioro de la integridad mental del individuo en la sociedad capitalista es acelerado permanente e irremediablemente por el sistema, como si el mismo no fuera sino una pulpa vegetal a la que hay que exprimir hasta resecarla bajo la justificación de una filosofía que se presenta como un dogma religioso de carácter inquebrantable. Sobre esto dice Cuadra en su texto: “Al masificarse los comportamientos mercantilistas –el consumismo- se instala en la sociedad una ilusoria igualdad social; el mercado incorpora en una lógica de conjunción a las más amplias capas de la población. El consumismo no es otra cosa que la consagración de la mitología burguesa y su disolución en lo cotidiano”

De esa manera, todo tipo de mercancía o bienes transables, desde cigarrillos hasta mansiones de lujo, pasando por bebidas, alimentos, prendas de vestir, artefactos eléctricos, vehículos, yates y hasta aviones, se convierten en objetos de culto de un modelo decadente que degrada al ser humano para realizar su aspiración de abarcar cada vez más posibilidades de comercialización.

Por eso, antes que por razón alguna asociada a políticas económicas de gobierno, la fuerza que genera las colas que se dan hoy en Venezuela para acceder a la posibilidad de adquirir a bajo costo los productos y alimentos de primera necesidad, son solo el resultado de la agresión sicológica de la que ha sido víctima la población, que no ha dejado en ningún momento de tener garantizado el subsidio del Estado a esos productos, sino que los mismos han sido secuestrados de manera criminal por las mafias especuladoras que los han sacado del mercado para provocar el alza indiscriminada de precios.

Una perturbación que deriva directamente del más crudo capitalismo, con toda la rigurosidad filosófica de la especulación y de la usura más cruel y salvaje, que lleva a la gente a ansiar con desesperanza mercancías que incluso a veces ni siquiera necesita y que provoca la sensación irrefrenable de que todo pudiera resolverse mediante un cambio de gobierno y no mediante la erradicación del verdadero percance que genera la inclemencia de las colas, como lo es el capitalismo, como en efecto tiene que hacerse cuanto antes.

Por supuesto que deberán tomarse cada vez más medidas de gobierno para contrarrestar los efectos perniciosos de esa vorágine de las compras compulsivas que junto al acaparamiento y la desinversión detonan el ciclo recurrente del desabastecimiento, lo que a su vez desata de nuevo la furia consumista hasta el infinito. Pero eso no bastará.

No bastarán tampoco los certeros golpes contra el contrabando de extracción, ni contra el bachaqueo interno de mercancías como se viene haciendo, así como tampoco la sincera reconvención necesaria de los sectores de la empresa privada que apuestan insensatamente a la alteración del sistema político con el concurso de la presión económica sobre el pueblo.

Ni siquiera será suficiente el acuerdo nacional con los sectores políticos que de manera obtusa colocan la solución del problema en un absurdo cambio de modelo económico que a la larga solo persigue la reinstauración del modelo neoliberal que engendró desde hace décadas toda esta tragedia.

Para acabar con las colas será necesario que las venezolanas y los venezolanos, todos por igual y a una sola voz, sin mezquindades ni cartas marcadas, pensemos en el país y no en revanchismos sectarios y pongamos cada quien desde su propia iniciativa y amor propio todo nuestro esfuerzo y nuestra disposición en pasar la página del delirio consumista que solo conduce a nuestro propio padecimiento y favorecen a las mafias hambreadoras.

No hay otra forma que no sea la de la elevación de la conciencia. Y en eso la revolución tiene una obligación histórica impostergable.

 

@SoyAranguibel

Por un puñado de dólares

– Publicado en el Correo del Orinoco el 26 de enero de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La influencia del medio de comunicación capitalista y su contenido profundamente enajenante no puede ser desconectada en modo alguno de la crisis que padece hoy la sociedad venezolana, que no solo atraviesa por una difícil coyuntura inducida por la especulación y el sabotaje económicos sino por una perturbación emocional masiva sin precedentes en nuestro país.

Quienes han desatado la guerra económica que ha colocado a nuestro pueblo en la humillante condición que significa verse forzado a hacer cola por comida en la desesperada creencia de que todo se acabará mañana, saben perfectamente que su activo fundamental en su propósito desestabilizador es el poder alienante de los medios de comunicación. La falta de discurso y de liderazgo político en ese sector hace que el mensaje del medio de comunicación adquiera una relevancia determinante en su lucha por reinstaurar el modelo neoliberal en el país.

¿Por qué arrecia hoy con tanta fuerza esta guerra mediática contra el proyecto de justicia e igualdad social que comprende la revolución bolivariana?

Porque el Comandante Chávez y su excepcional capacidad comunicacional no es ya, según ellos, el eje sobre el cual gravita el juego político venezolano. Para la derecha, la desaparición física del líder de la revolución es principalmente la oportunidad de retomar y relanzar el poder comunicacional que vio disminuido sustancialmente desde el arribo a la escena política del comandante aquel mediodía del 4 de febrero de 1992, cuando con apenas un mensaje de 169 palabras el entonces teniente coronel hizo tambalear las férreas estructuras del poder establecido y partir en dos la historia política contemporánea en nuestro país, demostrando que el enemigo de esos sectores oligarcas que detentaron desde siempre el poder iba a ser de ahí en adelante la capacidad comunicacional del líder que con aquella histórica insurrección estaba naciendo. Sabían, por supuesto, que no se trataba de un militar o de un político más, sino de un gran comunicador con inusual capacidad para la movilización de las masas.

El comandante Chávez, valoró desde siempre ese inmenso poder del medio de comunicación. Por eso le temían. Pero a diferencia de la lectura convencional que del mismo se hace desde la derecha, su comprensión fue la de quien concibe el mensaje como el instrumento de poder mediático y no el medio en sí mismo (como de manera tan perfectamente conveniente a la lógica de la dominación hegemónica burguesa propusiera en 1967 el comunicólogo canadiense Marshall McLuhan, cuya sentencia “El medio es el mensaje”, que hasta en las esferas del pensamiento progresista llegó a considerarse en algún momento como una propuesta esencialmente revolucionaria, no tenía ningún otro propósito que el de la legitimación de la dominación planetaria de las grandes corporaciones capitalistas que han impuesto al mundo su particular visión del universo a través del medio radioeléctrico). Sin lugar a dudas en ello radicó siempre la fortaleza política de quien supo conectarse directamente con el pueblo como nunca antes pudo lograrlo político alguno en la historia. Con su filosofía de la inclusión social como centro de su propuesta política, Chávez demostró que el mensaje era el pueblo y no el medio. Una sustantiva diferencia conceptual ideológica con lo que encarnó siempre el modelo neoliberal que precedió al proyecto bolivariano. De ahí que los viejos “paquetazos” económicos son desde entonces solo un mal recuerdo de ese oprobioso pasado de exclusión social y una añoranza perpetua de esa derecha terca y tozuda que insiste, a costa de su propio exterminio, en reinstaurar en el país un modelo universalmente fracasado como el neoliberal.

La fábula del bienestar económico que generaría ese modelo neoliberal en una economía emergente como la venezolana, es derribada de plano por la incontestable inviabilidad del mismo en las economías avanzadas de los países altamente desarrollados, que cada día se ven más urgidos de la aplicación de recetas del FMI y del Banco Mundial para medio sufragar el inmenso costo de la acumulación de riqueza en pocas manos y de soportar el hambre y la miseria que a su paso dejan las políticas de exclusión social por las cuales se rigen.

En ello, el poder comunicacional para ocultarle al pueblo esa patética realidad de la filosofía capitalista de la explotación del hombre por el hombre, encantarle con la ficción del lujo y del confort como aspectos indispensables para la vida, y venderle la farsa de las inagotables oportunidades para el progreso del pueblo bajo los principios de la burguesía, es determinante. Hacerle pensar al pobre con la mentalidad del rico es el objetivo fundamental del medio de comunicación hoy en día en la sociedad de consumo. Sin esa cultura del desclasamiento que impacta a la sociedad cada vez con mayor intensidad y saña, los sectores hegemónicos perderían su poder de dominación sobre las masas, alienadas y sometidas como todavía están por los antivalores del consumismo. Tanto así que es perfectamente posible afirmar que de no existir hoy los medios de comunicación (cuyos intereses y principios, como es obvio, son diametralmente opuestos a los del pueblo) hace mucho rato habría dejado de existir el capitalismo, al menos en la forma culturalmente invasiva y enajenante en que hoy lo conocemos.

Hacerle creer al pobre que en la operación de compra y venta especulativa de artículos y alimentos de primera necesidad existe una oportunidad expedita para alcanzar la prosperidad, aún a sabiendas de que con su actuación generará un gigantesco malestar social y una profunda distorsión económica que pondrá en riesgo al único proyecto factible de redención popular que conocerá el pueblo en toda su vida, es uno de los más grandes crímenes que un sector puede cometer contra una sociedad y contra una nación. El otro, es secuestrar esos alimentos y esos artículos de primera necesidad para desatar una inusual y delirante sobredemanda que dispare los precios del mercado para promover con ello el estallido social al que insensatamente aspira para saciar su sed de riqueza. Más aún cuando se constate que ni ese pobre saldrá de la miseria mediante esa absurda operación, ni ese sector capitalista que lo engaña desde el medio de comunicación y que lo hace padecer con el acaparamiento y con la usura obtendrá tampoco beneficio alguno cuando la crisis económica creada por su actuación criminal e irresponsable surta sus efectos devastadores para el país en su conjunto.

En la razón perversa del contenido mediático la propuesta de Hollywood para inculcar la adoración al dinero sin el más mínimo miramiento al honor, a la dignidad, a la solidaridad o a la honestidad, ha sido persistente a través del tiempo.

Ejemplo palpitante de esa concepción de la inmoralidad por encima de cualquier otra cosa, es sin lugar a dudas el film “Por un puñado de dólares” (1964), de Sergio Leone, cuya trama es precisamente la disyuntiva a la que es sometido el personaje principal, Joe (Clint Eastwood), entre trabajar a sueldo para una familia o para otra por el control de un pueblo perdido en la orfandad del más árido desierto, terminando por aceptar pagos de ambos bandos para exterminarlos luego sin compasión alguna.

Akira Kurosawa, quien llevó a tribunales a Leone aduciendo plagio de su obra Yohimbo (1961), diría mucho después que se sentía complacido con la película que lanzó a la fama a Eastwood, a Leone y al género mismo del llamado “spaghetti western”, y que creó toda una cultura del cine de culto de los llamados “hombre sin nombre” que se desarrolló desde el John Wayne de los años ‘50s hasta el Bruce Willis de nuestros días con la misma impúdica exaltación de la deslealtad, la inmoralidad y la codicia como único norte, porque según él “a la larga logró recaudar mucho más dinero con el plagio que con la obra original”.

Una sociedad expuesta por décadas a tan demencial lógica y sometida a la crudeza de una guerra sicológica como la que el imperio norteamericano y sus lacayos desatan hoy contra nuestro pueblo a través de sus corporaciones y sus medios de comunicación, terminará siempre por padecer el infortunio de un sector cruel y desalmado al que no le importa en lo más mínimo el sufrimiento de un pueblo ni el futuro de su país, solamente por el vano goce que ansía encontrar en un mísero puñado de dólares.

@SoyAranguibel