La decepción amorosa del imperio

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de abril de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Para los imperios la verdad no es algo que deba existir de manera natural o espontánea en el universo. Según ellos, la verdad tiene que ser creada porque para la gente es inconcebible y totalmente inaceptable realidad alguna en la que se justifique, por ejemplo, el exterminio de la humanidad por el único afán de dominación de una pequeña porción de ella sobre el resto de su género y del mundo.

La verdad pone al descubierto la injusticia y la maldad de la arbitrariedad y la opresión en las que se fundamentan los imperios, en virtud de lo cual es la principal enemiga de estos. Su contraparte, la mentira, es entonces la herramienta más valiosa para quienes se consideran predestinados a la dominación planetaria bajo el signo del imperialismo. Así, en la medida en que se consolide el poder y la supremacía del imperio, la mentira se convierte progresivamente en la verdad que deberá regir el rumbo de las civilizaciones y del mundo y viceversa, todo ello a lo largo de un infinito proceso de infernal retroalimentación.

Elíades Acosta Matos, en su enjundioso libro El Apocalipsis según San George, se refiere a esta pasmosa idea citando a H. P. Lovecraft: “Cuando se pierde la ingenuidad o la esperanza, cuando se vislumbran los abismos terribles de la barbarie que se disimulan con la escenografía de una sociedad en apariencia progresista y racional, aparece el horror, el horror total que tanto atormentaba a Lovecraft: ‘La vida es una cosa espantosa –escribió- y detrás de los que nosotros sabemos de ella acechan verdades demoníacas, que, a veces, la hacen doblemente espantosa’”.

Ese horror es una realidad que amenaza desde hace doscientos años al mundo, a partir de la idea de supremacía que ha orientado al imperio norteamericano y cuyo fundamento ha sido la recurrente apelación a la “verdad” de una supuesta predestinación, más ajustada a la formulación de los designios satánicos que a la lógica de la teoría social o política en modo alguno, tal como lo advirtió en su momento de manera prodigiosa el Libertador Simón Bolívar.

La doctrina del Destino Manifiesto, tiene su origen en las creencias del puritanismo radical que llegó del viejo mundo a suelo americano asolando a su paso toda forma de vida originaria en el nuevo continente. Para ello los colonos asumían como norma una sentencia casi divina: “Ninguna nación tendrá el derecho de expulsar a otra de su tierra, salvo por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas, a menos que los nativos obraran injustamente con ella. En este caso tendrán derecho a entablar, legalmente, una guerra con ellos así como a someterlos.” (1)

La misma sentencia, en la lógica de los más ortodoxos sectarismos religiosos, se reproduce a lo largo del debate político norteamericano con la precisión de una máquina de relojería. Así, en su discurso ante el congreso de los Estados Unidos de Norteamérica en 1900, el senador por el estado de Indiana Albert Jeremiah Beveridge urgía al presidente en estos términos: “Sr. Presidente: Estos tiempos exigen franqueza. Las Filipinas son, para siempre, “territorio perteneciente a los Estados Unidos”, como la Constitución lo califica. Y más allá de Filipinas están los mercados infinitos de China. No debemos retirarnos de ahí; no debemos repudiar el cumplimiento de nuestro deber en el archipiélago, no debemos desperdiciar esta oportunidad en el Oriente. No renunciaremos a cumplir la parte que nos corresponde dentro de la misión que nos toca a nuestra raza: ser garante de los planes divinos de civilización mundial. Seguiremos adelante con esta tarea, no quejándonos como esclavos, por tener que llevar tan pesada carga, sino expresando gratitud al Todopoderoso por la misión encomendada, y por habernos elegido como pueblo, encargándonos de guiar la regeneración del mundo”. (2)

Exactamente el mismo enfoque del “Proyecto Para el Nuevo Siglo Americano” que a finales de la década de los noventas asumió la rectoría del pensamiento imperialista en los Estados Unidos luego del “Comité Para el Peligro Actual” que operó, a su vez, con la misma finalidad en la década de los setentas. En su Declaración de Principios, se lee: “Hemos olvidado los elementos esenciales que posibilitaron el éxito de la administración Reagan: una fuerzas armadas fuertes y listas para actuar ante desafíos presentes y futuros, una política exterior intencionada y coherente que promueva los principios americanos en el exterior y un liderazgo nacional que acepte las responsabilidades globales de los Estados Unidos”. (3)

Bajo esa premisa, George W. Bush, replanteó la Doctrina del Destino Manifiesto para desacralizarla y dotarla de un contenido todavía mucho más pragmático: el de las armas. Doctrina retomada ciegamente por Obama sin distingos partidistas de ninguna clase.

A falta de una verdad consistente que lo respalde, el camino del armamentismo y el uso de las bombas como argumento ha sido el recurso del imperio norteamericano en su búsqueda por cristalizar una doctrina blindada contra todo tipo de razonamiento que favorezca el derecho a la soberanía de los pueblos. La falsa verdad presentada por los medios de comunicación no ha sido suficiente. El inmenso poder de enajenación con el que han contado no ha podido cumplir a cabalidad como en otros tiempos su perverso cometido alienador, porque ya nos es una tecnología al servicio exclusivo de las élites neoliberales con la cual podía imponerse desde la cúspide del poder hegemónico una verdad de laboratorio que abarcara el planeta de manera unívoca, unidireccional e inapelable.

La insurgencia de nuevos y poderosos escenarios para el relacionamiento de los pueblos, más allá de los tradicionalmente controlados por los Estados Unidos, como el Grupo de los 77 + China, el Grupo de los no Alineados, la Unión Europea, la Celac, la Unasur y el Alba, ha contado con el soporte de medios y agencias de noticias, como Telesur desde Latinoamérica, Russian Today y Xinhua desde Asia, Al Jazeera desde el Medio Oriente, así como cientos de miles de diarios, portales web y emisoras de radio de periodismo alternativo a lo largo y ancho del planeta, que restringen ahora las posibilidades para el secuestro del conocimiento pretendido desde siempre por la oligarquía.

Hoy la reflexión sobre nuestro porvenir puede basarse más que nunca antes en el recurso de la documentación histórica como fuente de conocimiento. La veracidad puede establecerse con mayor amplitud y propiedad a partir de la confrontación de elementos de juicio verificables. El registro de la realidad se apoya cada vez más en una capacidad de raciocinio confiable que gracias a esa nueva realidad mediática, todavía frágil pero muy alentadora, y al impulso de las luchas y conquistas de los pueblos tiene hoy el ser humano a su disposición.

Sin embargo, los esfuerzos de la “élite pensante” neoliberal en la actualidad por borrar la historia como instancia de constatación son cada vez más intensos y desesperados. Un libro del ultra reaccionario alabardero imperialista Andrés Oppenheimer (Basta de historias; la obsesión latinoamericana con el pasado y las 12 claves para el futuro/2010), así lo demuestra. En el texto el autor se empeña en colocar la redención latinoamericana que las ideas del bolivarianismo han impulsado en el continente como un auténtico apocalipsis. Para él, la revisión de la historia es la peor pérdida de tiempo y de oportunidades para nuestros pueblos. Su temor es que la verdadera historia de Latinoamérica no da espacio alguno a la ilusoria versión del progreso civilizatorio que según el discurso mediático de las grandes corporaciones de la comunicación las transnacionales habrían traído a nuestras tierras, y, por el contrario, deja al descubierto sin ninguna duda la horrorosa verdad de la explotación y el saqueo del que han sido víctima desde hace doscientos años nuestras naciones por parte del imperio norteamericano.

Precisamente por esa verdad incontrovertible es que la gran mayoría de los países del continente y del mundo se han pronunciado en rechazo a la insolente y desquiciada orden ejecutiva de Barack Obama contra Venezuela, cuya evidente pretensión no ha sido otra que la de intentar acorralar a la patria de Bolívar en la Cumbre de las Américas a realizarse esta semana en Panamá. La decepción de la inefable contrarevolucionaria Roberta Jacobson por ese duro revés, es la de un imperio que ya ni convence con su necia verdad de doctrinas delirantes, ni mete miedo con sus arrogantes maquinarias de exterminio. Como en los amores fracasados, le tocará asumir que “ya no somos los de antes”.

(1) Destino Manifiesto
(2) En apoyo al imperio norteamericano
(3) Proyecto para el Nuevo Siglo Americano

@SoyAranguibel

La ilusión de la calle

barricada3– En las barricadas hay siempre más objetos que gente protestando –

Por: Alberto Aranguibel B. / Últimas Noticias 22 / 03 / 2014

Es absurdo suponer que los pueblos acepten voluntariamente su sometimiento a la dominación de potencia alguna cualquiera sea su signo. Por eso ningún imperio se ha fundado jamás sobre elecciones democráticas mediante las cuales se pueda determinar la verdadera voluntad de las mayorías.

Estados Unidos no es la excepción. Su concepción del poder, basada en la arbitraria tesis norteamericana del Destino Manifiesto (que ellos asumen como las Tablas de Moisés) los obliga a descartar por principio propio la elección como instrumento para imponer su modelo de democracia capitalista en el planeta, precisamente por la naturaleza intolerante y totalitaria que le define como imperio.

El voto fue hasta hoy para EEUU una herramienta conveniente en la medida en que la democracia aparecía como sistema civilizado y civilizatorio a lo largo de los últimos doscientos cincuenta años, no porque fuera el método de su mayor agrado, sino porque el modelo representativo que prevaleció durante todo ese período servía a sus propósitos hegemónicos.

Por eso hoy, cuando la elección sirve cada vez más a los intereses del elector mediante la avanzada modalidad de democracia participativa y protagónica que se extiende por el mundo, desecha la elección como esencia de ese sistema y promueve el estallido social como mecanismo para implantar su modelo neoliberal, asegurándose siempre que el mismo no esté contaminado con ideas antiimperialistas o de soberanía de los pueblos.

Su propuesta es la de aprovechar el efecto ilusorio de manifestaciones de utilería, que creen en la gente la percepción de ser rebeliones populares reales, cuando en efecto no sean sino la actuación de pequeños sectores antidemocráticos afectos a los intereses de la burguesía, que se apropian para su cometido de la épica, la nomenclatura, el discurso y hasta de los símbolos de las revoluciones auténticas, apoyándose para ello en la fuerza de los poderosos medios de comunicación a su servicio.

A esas manifestaciones de utilería concurren solo quienes se ilusionan con el fracasado modelo neoliberal que la derecha promueve. Y eso funciona eventualmente para una buena foto.

A la verdadera movilización del pueblo en la calle acudirá siempre la gran mayoría que sí sabe valorar la democracia.

@Soyaranguibel