Retrato de una sociedad exquisita que se ofende con el habla popular pero insulta con el mayor odio

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algún fenómeno retrataba perfectamente la mentalidad desquiciada de cierta élite burguesa venezolana en los años ’70 del siglo pasado, era la acusación que ese sector hacía contra el cine nacional, que por aquel entonces ponía en pantalla al venezolano común de la calle con su forma de ser, sus problemas recurrentes, sus angustias y usando el lenguaje propio de la gente.

Escandalizada e indignada sobre manera, aquella “sociedad decente” repudiaba casi al unísono las “vulgaridades” que exclamaban los personajes de las películas venezolanas. Pero en todos y cada uno de los reclamos que hacían esos respingados de la clase culta (que hoy son el grueso del escualidismo nacional) soltaban decenas de imprecaciones soeces para explicarse, sin percatarse la mayoría de las veces de la bochornosa hipocresía que ello representaba.

No se daban cuenta del disparate porque la dignidad de la burguesía no es sino una pose fingida, sin fundamento filosófico alguno y cargada casi siempre de la más profunda y patética irracionalidad.

Su condición de clase se expresa hoy mejor que nunca en la oportunidad que le ofrece la revolución bolivariana para marcar una clara diferencia con el pueblo de a pie, el “pata en el suelo, desdentado y malviviente”, que señalan en el chavismo los voceros más destacados de la oposición venezolana. Como la esposa del presidente de la Asamblea Nacional, que en su obscena arrogancia habla orgullosa de mujeres del chavismo “sucias, malolientes y desarregladas”.

La argumentación que ese exquisito sector utiliza como obstinante comodín de justificaciones para explicar su desprecio al pueblo es la de la supuesta división que vino a causar Chávez entre los venezolanos “con su lenguaje”, como si hubiese sido el comandante quien inventó el uso del habla popular en el discurso político. Lo que inventó Chávez fue la manera de dirigirse al pueblo de manera auténtica, con honestidad, con el más elevado sentido de la responsabilidad, sin ropajes retóricos de demagogia barata, y en su propia forma de hablar.

Razonan al respecto como si antes de aparecer el comandante en la escena política, llegaron ellos a sentir en algún momento algún mínimo de sincero afecto por los pobres. La asquerosa figura de la limosna, dada muy de vez en cuando a los menesterosos a través de una pequeña rendijita en los semáforos, fue cuando mucho la mayor muestra de expiación de sus culpas frente a la injusticia de la desigualdad social.

Sus líderes son los mismos que se han organizado como bloque político contra la revolución bolivariana. Detrás de esa propuesta no existe ninguna formulación teórica de naturaleza política, sino más bien una suerte de afinidad de intereses de clase, entre los que se cuentan su desagrado con el habla vulgar de los marginales de la calle.

La falsa pose de los ofendidos con los “carajos” que una que otra vez llegó a soltar el líder de la revolución, no les permitió nunca a esos patiquines llegar al barrio. Por eso ahora la dirigencia de la derecha se desgañita en improperios para ver si por esa vía logra embaucar a la gente. De ahí las “arrecheras” de Capriles frente a los medios y las histéricas jactancias de Ramos Allup con sus motores orgánicos y sus “cabrones” gritados de manera destemplada a la Guardia Nacional Bolivariana.

Son esos líderes de la perversión quienes han adiestrado a su propia militancia en el desprecio hacia los pobres (que ellos denominan “colectivos violentos”). Quienes les han “educado” en el insulto procaz como argumento político, y en el deseo de muerte a todo el que exprese de alguna manera una forma de pensar distinta a la estulticia y la insustancialidad del odio fascista que promueve la oposición como discurso político.

Las llamadas “palabras altisonantes” o vulgaridades (que viene del vulgo, es decir del pueblo) son ofensivas a esa clase social respingada, que frunce la punta de la nariz para señalar asco respecto de cualquier cosa, solo si no son ellos quienes las profieren.

El miserable desprecio al gentilicio venezolano que esta gente vomita hoy por las redes sociales contra la delegación que representa al país en los juegos olímpicos de Río de Janeiro, es simplemente esquizofrénica. Entender el esfuerzo de nuestros atletas como una forma de agresión política a su terco y arbitrario empeño por salir del gobierno revolucionario legítimamente electo, no es sino la muestra irrefutable del desquiciamiento de una sociedad que perdió toda sindéresis ahogándose en su propia putrefacción cerebral.

“Ya perdió Alejandra Benítez y claro que estoy feliz por eso” dice un oligofrénico opositor en twitter. “También espero que pierda Limardo… hay que ser demasiado maldito para ser chavista ahorita” se regodea el nauseabundo internauta.

roldán

Como ese, se cuentan por cientos los insultos opositores en las redes a nuestros jóvenes exponentes de la “generación de oro”, como la bautizara el Comandante Chávez. Perderían la vida útil como atletas si para poder llevar a cabo su carrera como deportistas tuvieran que dedicarse a esperar que la derecha lograse algún hipotético día en el futuro más lejano derrocar a la revolución bolivariana. Frente a una propuesta política tan demencial no tendría sentido alguno ni ser deportista ni considerarse ser humano siquiera.

Médicos muy calificados le llaman “disociación psicótica”. Otros le adjudican el término clínico de “neurosis compulsiva”. Pero en definitiva lo que hay como padecimiento en esa pobre gente es una simple loquetera del cerebro, como le dice el pueblo.

Su comportamiento es el del rebaño domesticado que, a diferencia de los borregos, usan el cerebro para alimentar el organismo con satisfacciones fatuas y sin ninguna propiedad nutricional verdadera, y que solamente mediante el más puro odio inflaman su soberbia y su egolatría como no puede hacerlo ningún otro órgano del cuerpo.

Por eso se aferran con la mayor furia a una insensatez cualquiera, como que el presidente de la república es colombiano, por ejemplo, y a pesar de que todos los organismos públicos del gobierno colombiano con competencia en la materia dictaminen oficialmente desde hace meses que no existe ni la más mínima posibilidad de que tal aberración sea cierta, y aún cuando el propio líder fundamental de la oposición reconozca públicamente que no hay ni el más remoto indicio de veracidad en el disparate (no sin antes amenazar con la barbaridad de pedir revisión de la nacionalidad de los más antiguos ancestros del Presidente, insistiendo en la tozuda osadía en un país de mestizos como el nuestro), continúen hoy los escuálidos maldiciendo con la mayor rabia al Primer Mandatario con el tema de su nacionalidad.

Sin embargo, a quienes desprecian esos opositores desquiciados no es a los colombianos. Cinco millones y medio de esos compatriotas de la hermana república se convierten en la más pesada carga externa que debe soportar la economía de la nación, ya sea por la criminalidad que mucha de esa población desplazada importa al país y que se convierte en fuente de contrabando de extracción, o por la destrucción real de nuestra moneda y de paramilitarismo importado que nos llega desde allá, pero no existe ni un solo reclamo o queja de la oposición al respecto.

Según ellos, en su absurda jerarquización selectiva de la xenofobia, los enemigos de la patria son los cubanos.

La manera desalmada y sin fundamento en que los apenas 27 mil compatriotas cubanos que vienen a brindar salud a los pobres en nuestro país son tratados por esa miserable clase social que se dice ilustrada y culta, no tiene razón alguna de ser que no sea la demencia.

Insultarlos con las expresiones más soeces que en lengua castellana puedan proferirse, es el placer más exquisito para quienes se dicen ofendidos a cada rato por el uso de algún vocablo medianamente fuerte en boca de cualquier revolucionario.

Son desquiciados, es verdad. Adolecen de toda ética y de toda honestidad con su bastarda pose de oligarcas seudo luminosos. Ocultan sin pudor alguno las inmundicias que les salpican en la cara, como la de las violaciones pederastas recurrentes en el más refinado colegio de la burguesía caraqueña, el prestigioso Emil Friedman, pero se dicen escandalizados con el más insignificante “coño” del hombre humilde de la calle.

Fariseísmo puro en estado natural.

@SoyAranguibel

Democracia, encanto y burguesía

democracia socialista

Una de las más portentosas escenas del cine surrealista de todos los tiempos, en “El discreto encanto de la burguesía“, muestra el desesperado intercambio de palabras entre una angustiada pareja de la clase media parisina y el jefe de la policía al que le denuncian la desaparición de su pequeña hija de apenas diez años de edad, quien según sus padres se habría extraviado cuando se encontraba en el colegio recibiendo sus clases regulares.

A medida que transcurre la larga escena, los personajes exploran los más diversos y descabellados escenarios en la búsqueda de una solución al problema de la niña desaparecida, interrumpidos solamente por las intervenciones de la muchachita en cuestión quien en todo momento estuvo presente en la reunión advirtiéndoles que no estaba desaparecida y que nunca lo estuvo, solo que, de tan preocupados que estaban todos por encontrarla, nadie la tomaba en cuenta y más bien la mandaban a callar de manera persistente.

Exactamente igual de absurdo a la tragedia que experimenta la burguesía criolla buscando desesperada hasta por debajo de las piedras una democracia que segundo a segundo se construye y se extiende a lo largo y ancho del territorio nacional, impactando desde hace más de una década a todos y cada uno de los venezolanos sin excepción, incluidos los urticantes seguidores de esa atolondrada burguesía, que por incauta y por inculta es la única en no percatarse de que en definitiva anda buscando lo que no se le ha perdido.

Venezuela está dando lecciones al mundo entero en materia electoral, no solo en términos de los avances tecnológicos que aseguran la idoneidad, transparencia y confiabilidad del sistema, sino en función del alcance y profundización de la cultura democrática que hoy es realidad en el país, con lo cual el venezolano de a pie se apodera de uno de los activos más preciados para los pueblos democráticos del mundo como lo es el derecho al libre ejercicio de la política.

La elección de este domingo es uno de los eventos cívicos más importante de nuestra historia política contemporánea, no tanto por la naturaleza de la decisión que tendremos que tomar, sino también por la significación que tiene la misma en la construcción de ese modelo de sociedad avanzada que todos aspiramos y que tanto nos enseñó nuestro Presidente que debíamos alcanzar.

Sería ya hora de que esa terca y obtusa burguesía criolla aceptara de una buena vez esta maravillosa realidad y se incorporara al curso de esa democracia que los únicos que no ven son precisamente ellos.

Crónica de una derrota infructuosa…


¿Y si Capriles pierde Miranda?

ORLANDO VIERA-BLANCO | EL UNIVERSAL
domingo 21 de octubre de 2012

El reto de Capriles de ir por Miranda no resiste un análisis preñado
de buenas intenciones. Como creyente de la alternativa de oposición,
quisiera ver un Capriles victorioso en ese desafío. Pero desde la
perspectiva del observador político existen importantes variables que
nos llevan a la conclusión que tal aventura comporta un camino
empedrado y angosto que Henrique ha debido evitar.

Como reconoció el propio presidente Chávez, la campaña de su
contrincante fue a lo menos un obstáculo a las intenciones
avasallantes del caudillo. Recibir una llamada telefónica de Chávez en
el marco de una batalla poselectoral (cuando jamás lo ha hecho, sino
en todo caso, a Fidel o a Lula), no es menos que un gesto elocuente
que valora el esfuerzo humano de Capriles y su actitud ciudadana y
respetuosa en el marco de una contienda que estuvo desbordada de
ofensas y descalificaciones. De tal manera tanto chavistas como
opositores, han dado crédito a un modo de ser y de pensar en política,
que produjo grandes dividendos. Por ello, asumir una candidatura que
se ajusta únicamente a recuperar espacios locales, como Miranda,
arroja varias disonancias que es preciso alertar.

En primer lugar Miranda ya tenía su candidato por lo que reversar esa
decisión popular es una violación expresa a las primarias, lo cual es
delicado desde un interés impostergable de democratizar los espacios
de la oposición. Contrasta con el compromiso de elegir sus candidatos
conforme a la base y no a dedo como lo denunció el propio Capriles. En
segundo lugar, reducir la figura de Capriles a un ámbito regional
degrada el inmenso logro que se había alcanzado para llenar los vacíos
del liderazgo nacional. No es lo mismo defender los intereses de un
país desde Los Teques, que lo contrario.
En tercer lugar, el solo riesgo de perder Miranda, es decir, que sea Henrique quien la pierda, no es el mejor escenario para él, en su titánica tarea de reafirmar el
proceso de aglutinación y rearticulación política logrado con la
unidad, así haya sido como marca. Ir a votar nuevamente, sobre todo en
época que los sectores más voluntariosos (diciembre) de la oposición
se dedican a comer hallacas y ensalada de gallina, tampoco pinta un
buen desenlace.

Perder Miranda no es difícil anticiparlo. Sería una derrota más dañosa
que haber perdido las presidenciales. La gente había redimido el
primer revés, pero un segundo despecho sería fatal. El pueblo asimiló
con madurez la primera pérdida, pero una segunda lo llevaría
peligrosamente a la lona y al letargo. Resistir la tentación de estar
en el poder cuando ello debe estar subordinado al interés superior de
la libertad y la vida, es la virtud que permite al líder llegar
sólidamente al poder.

Ya no hay camino, ni “flaquito”, ni gorrita, ni un carajo

Cuesta aceptar que un fenómeno de enajenación mental tan profunda y severa como la disociación sicótica pueda llegar a sustentarse en una filosofía e incluso en una doctrina que ayude a regir su comportamiento.

La persistencia en el común de los opositores de los signos que reflejan una patología de disociación severa, permite dar por sentado que en efecto, al menos en la realidad social venezolana, la disociación sicótica posee un instrumental filosófico mínimo por el cual se rigen todos y cada unos de los militantes del antichavismo de manera simultánea, no sólo en nuestro país sino más allá de nuestras fronteras.

Las expresiones fascistas, o fascistoides, que son características de los denominados “escuálidos”, no son sino reflejo de una conducta degenerada que tiene su origen (patológicamente hablando) en esa enajenación, que por su propia naturaleza desquiciada, está por encima de cualquier otro padecimiento mental.

Es esa enajenación la que lleva a la escuálida promedio a considerar, por ejemplo, que ser “puta” o “chavista” pueda ser un desiderátum entre elementos o categorías comparables o equivalentes, sin caer por lo general en cuenta que en todo acto de selección se produce siempre una preferencia inconsciente entre valores a los cuales la mente ubica como aspiraciones frustradas. A la larga, sentirse orgullosa de ser puta por encima de chavista (nunca a la inversa), como orden de categorización estrictamente política, revela un profundo apego afectivo, una ansiedad, por ambas categorías, porque desde el mismo momento en que se asumen como tales se revela que no se dispone intelectualmente de ningún otro elemento de raciocinio político sino de esos dos. O quizás esos dos más tres o cuatro recetas de espaguetis o unas cuantas ideas acerca de la forma en que se deben sujetar las prótesis mamarias cada vez que se operan.

Lo demás no amerita reflexión alguna. Según las escuálidas, todo lo existente viene dado por la belleza de la naturaleza, como todo.

Por eso es sumamente difícil encontrar hoy tan siquiera a un solo escuálido, de los cientos de ellos que están infiltrados en la Administración Pública, que no muestre abierta e impúdicamente su tristeza por el triunfo de quien le da de comer y le permite vivir sin las penurias que padecen los trabajadores en el mundo capitalista de hoy, cuando se supone que su principal tarea es mantenerse oculto para no ser sorprendidos por el réeegimen perverso contra el cual votaron en las elecciones del pasado domingo. No pueden seguir fingiendo una cosa que no son, porque perdieron toda esperanza. Ya no hay camino, ni “flaquito”, ni gorrita con banderita de ocho estrellas… ¡ni un carajo!

Tanta es la disociación sicótica de esta pobre y enfermiza gente, que no se percatan del artero atentado que le hacen a la señora Albánez, y al proyecto todo de la llamada “unidad democrática”, dejando ver sus auténticos rostros de sinvergüenzas oportunistas, farsantes e inmorales, que esa señora se empeñó casi hasta la muerte en ocultar quemando los cuadernos de las primarias para que no se supiera que ellos estaban ahí, infiltrados, saboteando la gestión pública y haciendo dinero con los grandes negociados que desde allí dentro hacen. No se percatan porque son disociados in extremis.

Solo a un disociado in extremis se le ocurre la insensatez de cargar ese dolor de luto que arrastran en oficinas, ministerios y organismos del Estado, por la bochornosa derrota de su candidatico de muñequería.

Pobre gente. Dios se apiade de sus miserables almas.