Acevedo: Ahorcar primero a Venezuela, y después “salvarla”

Por: Alberto Acevedo / Semanario Voz

Nunca como hoy, la opinión pública internacional había asistido a un escenario de conspiración y desprecio por las normas del derecho internacional, de arrasamiento de los principios de la no intervención en los asuntos internos de una nación, y de desconocimiento a su derecho a la autodeterminación y a la soberanía nacional, como se vio en el marco de las deliberaciones de la 73 Asamblea General de las Naciones Unidas, donde todos los poderes imperiales se confabularon, en satánico aquelarre, contra la Revolución Bolivariana de Venezuela y el gobierno que la encarna.

Ahorrando cortesías y disimulos, convergieron en su interés por derrocar al gobierno legítimo de Venezuela y apoderarse de sus ricos yacimientos minerales, el presidente de los Estados Unidos, el de Canadá, el de Francia, el de Colombia, y los instrumentos internacionales de cooperación internacional que controlan, ya no de cooperación sino de coloniaje.

El tono más alto del coro, desde luego, salió de la garganta del titular de la Casa Blanca, quien no tuvo empacho en asegurar, en un foro internacional de paz, que el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, podría ser “derrocado rápidamente” por militares de ese país, si existiera voluntad paran ello. Dijo que un golpe militar contra el gobierno de Maduro podría triunfar “rápidamente” si las Fuerzas Armadas venezolanas deciden organizarlo, y confirmó que Washington mantiene la opción militar sobre la mesa.

En la casa de la paz

El tono destemplado de semejante ‘diplomacia’, contrarrestó con el mensaje sosegado, inteligente y valiente de la delegación venezolana asistente al evento de las Naciones Unidas. El primero en responder fue el canciller Jorge Arreaza, al pedir respeto para Venezuela y calificar como injerencista y amenazador el discurso de Donald Trump, quien utilizó un lenguaje belicista, “en vez de hablar de paz en la casa de la paz; en vez de hablar de respeto al derecho internacional en la casa del derecho internacional”.

De ese talante fue el discurso del mandatario colombiano, que, tras reunirse con Trump en su despacho, y con el vicepresidente Mike Pence, asume como suyo el discurso imperial y convoca en las Naciones Unidas a una alianza global contra la “dictadura” y el éxodo de venezolanos por el mundo. Sometido a los manejos del titiritero mayor, se hace eco de una ‘indignante’ crisis humanitaria, a la que el presidente Maduro calificó como fabricación de occidente para ambientar un clima de intervención militar directa por parte de Estados Unidos y sus aliados.

Coro destemplado

Los días que rodearon a la Asamblea General de las Naciones Unidas, fueron intensos en actividades antivenezolanas. Inicialmente, provocaron indignación las declaraciones del secretario general de la OEA, Luis Almagro, durante una visita a Cúcuta, en la que afirmó que la opción militar contra Venezuela no está descartada. En ese tono estuvieron las afirmaciones del recién nombrado embajador colombiano ante la Casa Blanca, Francisco Santos, y las del jefe del partido de gobierno en Colombia, Álvaro Uribe Vélez.

Una de esas voces destempladas, en un desborde de delirio intervencionista, pidió desde Miami la creación de un escudo antimisiles en el cielo colombiano, apuntando su arsenal contra el hermano pueblo venezolano. La histeria injerencista fue más allá, y cinco países latinoamericanos, liderados por Colombia, pidieron a la Corte Penal Internacional el juzgamiento del mandatario venezolano por presuntas violaciones a los derechos humanos en su país y eventuales delitos de genocidio.

En este concierto, sobresale, no solo por lo destempladas, sino por temerarias, las afirmaciones del vicepresidente norteamericano Pence, quien al tiempo que anunció una partida de 48 millones de dólares para que Colombia atienda los gastos de la inmigración venezolana, advirtió que el gobierno colombiano tendría todo el respaldo militar en caso de una agresión por parte de Venezuela.

Voces sensatas

En el mediano tiempo, esta andanada estuvo precedida de tres intentos de golpe de estado contra el gobierno bolivariano, un intento de magnicidio, cuando drones con explosivos intentaron llegar hasta la tarima presidencial en un acto público en Caracas, el anuncio de nuevas sanciones económicas contra el gobierno de Maduro y su entorno personal y familiar. Esto llevó al secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, a afirmar en su discurso ante el foro, que hoy “la gente se siente cada vez más insegura y no confía en las instituciones” de la diplomacia internacional.

Otras voces, que la prensa internacional ocultó, denunciaron la estrategia imperial de pretender arrasar con los gobiernos de signo progresista en el continente latinoamericano.

El canciller venezolano Arreaza, dijo que “la etiqueta de la crisis humanitaria es para facilitar la intervención”. ¿Cómo se provoca la crisis humanitaria?, preguntó el diplomático. “Bloqueando a un país. Si bloqueas a un país, no hay insumos para la producción y se dificulta el acceso a la comida y a las medicinas”, dijo el funcionario.

El presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, que asistió por primera vez a las Naciones Unidas en su condición de jefe de Estado dijo que el gobierno y el pueblo de la isla caribeña “rechazamos los intentos de intervención y las sanciones contra Venezuela, que buscan asfixiarla económicamente y dañar a las familias venezolanas. Repudiamos los llamados a aislar a esa nación soberana, que no hace daño a nadie”, puntualizó el gobernante cubano.

Detener a los agresores

Al margen de esta puja diplomática en la OUN, un analista militar recordó que dentro de las diferentes estrategias, muchas de ellas fallidas, aplicadas por la Casa Blanca, hay una de corte militar, ya puesta en escena en Siria y en otros escenarios de conflicto y que hoy se quiere trasladar a Venezuela, y que se conoce como RP2, que para el caso del país latinoamericano se traduce en: “Ahorquemos primero a Venezuela y después la salvamos”.

En el recinto de las Naciones Unidas, todavía queda el eco de las palabras del presidente Maduro, que al intervenir en la sesión de la Asamblea General, aseguró que “intereses extranjeros intentan detener el curso de un proyecto revolucionario, que se basa en la reivindicación social del pueblo”. Dijo que Venezuela “es víctima de una agresión permanente en el ámbito económico, político y mediático, impulsada por el gobierno estadounidense de Donald Trump”.

Señaló que su país tiene vocación de paz, llama al diálogo, propicia una salida negociada a sus dificultades internas, pero tiene la fuerza, el valor y la decisión necesarias para enfrentar cualquier agresión externa.

Alberto-Acevedo  Alberto Acevedo

Fuente: Semanario Voz

¿Por qué Melania se eriza cuando ve de cerca a Putin?

Por: Alberto Aranguibel B.

La sociedad norteamericana es probablemente la más inculta y alienada que haya conocido la historia de la humanidad, como resultado de una filosofía de la dominación y el sometimiento intelectual de la gente, instaurada a sangre y fuego por las élites del poder en los Estados Unidos y extendida al mundo entero a través de la más poderosa herramienta comunicacional que jamás haya existido, teniendo siempre al ciudadano común de esa nación como su primera gran víctima.

No existe sobre la tierra religión, credo, o ideología alguna, que desencadene tan profundo y arraigado sentimiento de terror hacia algo, como lo hace la narrativa anticomunista sobre la cual se erige el modelo imperialista norteamericano y su idea de la dominación planetaria a la que estaría destinada esa nación por designio Divino.

El comunismo no es para el norteamericano promedio una ideología inviable, o tan siquiera inconveniente desde un punto de vista político, sino la más siniestra y terrorífica amenaza contra toda posibilidad de vida que pueda existir.

Para la primera dama de los Estados unidos, ver de cerca (¡y recibir un apretón de su mano!) al presidente de los mismos rusos que durante décadas han sido vistos por todos los estadounidenses como los demonios más espantosos que el cerebro humano haya podido imaginar, tiene que haber sido obligatoriamente el momento de mayor tensión física para su frágil sistema nervioso, acostumbrado desde siempre a amenazas mucho más manejables, como el personal inmigrante de su servicio doméstico, los negros de los suburbios de Washington, o los marcianos que vuelan en ovnis únicamente sobre los EEUU.

Aún con su flamante estilo de vida, Melania no es sino una norteamericana, como cualquier otro ciudadano norteamericano, que cree en la existencia de alienígenas perversos que están a punto de llegar a la tierra con el único y muy infame propósito de destruir sin la más mínima conmiseración a los Estados Unidos, mediante el pavoroso y fulminante rayo incendiario que hará cenizas en cuestión de milisegundos todo cuanto se conoce de democracia y de libertad perfectas sobre la tierra, y con ello todo cuanto de seres humanos felices y amorosos ha existido en el mundo.

Seguramente piensa ella que la única forma de salvación frente a la telúrica amenaza está en el legendario “botón rojo” que solo el presidente del imperio más poderoso de la tierra está facultado para oprimir a la hora de la conflagración final frente a los rusos, o en el refugio oportuno e inexpugnable al cual solamente una cierta élite de privilegiados norteamericanos tiene acceso en el fondo de una caverna en el estado de Nevada, conocida universalmente con el código militar de “Área 51” que identifica a la fortaleza más desconocida del mundo, y en donde, según la creencia común del norteamericano promedio, el gobierno tiene guardado, no se sabe para qué ni para cuándo, el cuerpo momificado de un marcianito de ojos achinados que mide unos 57 centímetros de altura, con una masa cerebral que duplica el tamaño de su tórax y sus dos pequeños bracitos de bebé recién nacido, parecido más bien al arquetipo del niño mexicano que tanta repulsa les causa a los texanos.

Por eso Melania seguramente ve con una grácil complacencia que su marido encierre como bestias a centenares de niños mexicanos que a él no le agradan porque les resultan asquerosos por su sola condición de inmigrantes, y quizás hasta le aplauda el candoroso gesto de dejarlos en libertad después de hacerlos pasar por el horror de la tortura sicológica que su atropello comprende, sin pagar por ello ni siquiera la más mínima condena penal.

Ella no se horroriza con las barbaries que le ordena su marido al ejército norteamericano. Se horroriza con las que no ha visto nunca que le haya ordenado a nadie el presidente ruso, que ella supone por el solo hecho de que ese presidente ruso es oriundo del país de donde emana “la peor amenaza contra la humanidad”, aun cuando esa amenaza jamás haya sido fundamentada con ningún argumento o prueba ni siquiera medianamente sustentable o creíble. El cine, forjador por excelencia de la fábula anticomunista, solo ha dicho en su aterradora narrativa que los rusos someten a la gente de la manera más despiadada y cruel, pero jamás han mostrado sino las imágenes que Hollywood ha creado a su buen saber y entender para darle corporeidad a la leyenda del horror que esa supuesta “amenaza rusa” representa.

Durante décadas, la familia de Melania vio y sufrió el espeluznante relato que escenificaban esas películas, en las que se explicaba sin el menor escrúpulo la forma en que los comunistas sometían y hacían sufrir a los pueblos que caían bajo el influjo del pensamiento revolucionario, y bajo esa cultura del temor a la proximidad o el contacto con el comunismo creció la buena niña que hoy es flamante esposa del “líder del mundo libre” (como a los norteamericanos les fascina llamar a sus presidentes sin importar lo genocidas que estos sean).

A partir de esa manera de entender el mundo, Melania no ve problema alguno en que, por ejemplo, absolutamente todos los obispos chilenos hayan tenido que ser destituidos por el mismísimo Papa en persona, dada la descomunal tasa de crímenes de pedofilia cometidos por todos y cada uno de esos obispos. Melania se habría angustiado si algún presidente antiimperialista hubiera sido encontrado culpable de hacer llorar tan siquiera a un niño (como lloran aterrados los niños de las guarderías que visita su marido, pero que ella no ve).

Ella quizás vería muy mal (y probablemente iniciaría una campaña por las redes sociales para pedir auxilio para esa nación) si al presidente de un país llamado Venezuela (“o algo así”) se le encontrara alguna cuenta personal en cualquiera de los paraísos fiscales donde siempre se le encuentran dineros estafados a sus países a los líderes neoliberales del continente, como sucede a cada rato con los presidentes de Argentina, de Perú, de Brasil, de España, y hasta de su entrañable Colombia, pero con los cuales ella no tiene por qué preocuparse porque son los “amigos” de su esposo. Y su esposo no es ningún demonio como el presidente ruso de los pérfidos rusos que tanto la atemorizan a ella y a toda su familia.

Seguramente se aterraría si alguien le llegara con la noticia de que en Rusia hace décadas que no gobierna el comunismo. Que en las elecciones en las que fue electo por primera vez ese presidente ruso al que ella tanto teme, el mismo obtuvo la victoria con un 64% de respaldo popular, cuando el candidato del partido comunista llegó apenas al 17%. Y que en las que acaba de ser reelecto, por segunda vez, obtuvo un descomunal logro del 76%, frente al significativo bajón del candidato comunista, que cayó a un 12% apenas de apoyo electoral. Con lo cual lo que queda más claro que ninguna otra cosa en las elecciones rusas es que lo que menos hay hoy en día en esa potencia asiática es un régimen comunista como el que ella y todos los norteamericanos tanto temen.

Un temor que nadie en la cúpula del imperio está dispuesto a corregirle, ni a la primera dama ni a ningún otro norteamericano, porque además de traumático para sus pobres cerebros alienados, eso pudiera significar el descalabro de la base de sustentación de un modelo que solo existe por el temor que el anticomunismo logra infundir en su propia población y en el resto del mundo, sin importar si ese temido comunismo existe o no existe.

Por eso debe ser que el Servicio Secreto (como llaman los gringos a su servicio de protección presidencial) no le informa debida y oportunamente a esa buena señora los más elementales datos que ella debiera manejar a la hora de emprender una gira diplomática hacia cualquier parte del mundo.

Para el modelo neoliberal del imperio norteamericano, interesa más una primera dama muy temerosa haciendo el ridículo frente a un mandatario ruso, que un insignificante e inconducente saludo protocolar más.

@SoyAranguibel

El sanguinario negocio del “Destino Manifiesto”

Por: Alberto Aranguibel B.

“Nunca interferiré en el derecho del pueblo a portar armas”
Donald Trump

El imperio norteamericano es sumamente precavido. Jamás ha invadido una nación poderosa, o que cuente con un ejército importante no solo en términos de su arrojo sino en cuanto a su dimensión.

Por lo general, sus maniobras de asalto se llevan a cabo durante la madrugada, como en Panamá, en Irak, en Libia, en Honduras, o en Siria. Nunca a plena luz del día ni a cielo abierto, como fueron planificadas por los grandes generales las guerras importantes de la historia. Como Austerlitz, cuyas acciones de combate dieron inicio a las 8 en punto de la mañana. Ni un minuto antes.

O incluso la ya legendaria guerra anglo-zanzibariana, que borró del mapa a aquella pequeña nación del África Oriental, sobre la cual los historiadores todavía no se ponen de acuerdo acerca de si se inició a las 9:00 en punto de la mañana, o a las 9:02 minutos de aquel 27 de agosto de 1896.

Atacar durante la madrugada no tiene ninguna justificación, al menos desde un punto de vista estrictamente estratégico militar, que no sea la cobardía.

Cobardía no por el muy comprensible “culillo” que genera la inminencia de toda aquella confrontación de la cual pudiera resultar la muerte, hay que decirlo, sino en el sentido más perverso de la crueldad humana de todo el que planifica con la más desalmada frialdad la muerte del prójimo al que procura cercenarle la vida sin permitirle siquiera la oportunidad de defenderse.

Por eso, por su sed de muerte sin riesgo alguno para los suyos, es que el imperio ataca de madrugada. Procurando, además, que la nación a atacar sea siempre un país pequeño, con escasa o ninguna población armada, y con los más exiguos recursos financieros a los que pueda apelar para apertrecharse debidamente frente a la agresión.

Nunca se ha visto, ni se verá seguramente, al imperio norteamericano atacando individualmente a ninguna gran potencia, del signo que sea, de manera frontal. El rebuscado e ilegal recurso de la “sanción económica” al que apela ahora contra sus enemigos, no es sino una vulgar técnica de captación de solidaridad entre las naciones, para convertir así al mundo en enemigo de sus enemigos y hacer con él causa común en el eventual asalto armado contra los pueblos a los que amenaza.

De ahí su empeño en mantener activo a como dé lugar, ese abominable e injustificado esperpento bélico que es la OTAN, usado por Estados Unidos como fachada para esconder sus atrocidades tras el sofisma de “operaciones armadas de la comunidad internacional en pro de la liberación de los pueblos”.

Sus “triunfos” no son, pues, los de los épicos gladiadores romanos que construían su gloria arriesgando la vida en cada combate cuerpo a cuerpo. Ni los de los Libertadores que nos legaron la independencia del Imperio español a costa de sufrir a lo largo de todo el Continente las peores calamidades que ser humano pueda padecer.

No. Sus glorias son las de la arrogancia imperial que desprecia toda forma de vida que no sea la de su élite dominante y todopoderosa. Que se jacta de aplastar con sus tanques y arrasar con sus bombas “solo matagente”, pueblos, naciones y civilizaciones enteras incluso, en pro de una causa imprecisa y etérea que jamás ha sido debatida con ningún pueblo arrasado, sino que le ha sido impuesta como castigo supremo; que no acepta ni discusión ni se somete a condiciones de ninguna naturaleza. La causa de la “seguridad nacional de los EEUU” con la cual el imperio castiga al mundo desde hace ya más de dos siglos.

De esa épica del asalto y la destrucción de países pequeños contra los cuales se envalentona, ha surgido su portento industrial y comercial, casi todo engendrado con la sangre de millones de seres humanos asesinados en las más sanguinarias operaciones genocidas que recuerde la historia contemporánea.

Timor Oriental, Camboya, Las Filipinas, Haití, Nicaragua, Panamá, República Dominicana, Corea, Vietnam, Omán, Afganistán, Grenada, Somalia, Bosnia Herzegovina, Irak, Pakistán, Yemen, Sudán, son solo algunos de esos pequeños países cobardemente asaltados en algún momento sin la menor contemplación por el arrogante imperio norteamericano. Pero son incontables las naciones que, sin ser sometidas, en principio, por medio de las armas, han sido sin embargo agredidas de la manera brutal en que lo hace también con el chantaje económico y la presión política, orientado siempre por el mismo beneficio económico que sus operaciones armadas de saqueo internacional le deparan.

Es incontable la lista de grandes emporios empresariales norteamericanos que se han beneficiado y alcanzado su mayor auge a partir de los contratos con el ejército de los EEUU. Desde la fabricante de motocicletas Harley Davidson, hasta la poderosa fabricante de misiles Lockheed Martin, la Exxon Mobil, Standard Oil, Halliburton, pasando por la no menos prestigiosa Bausch and Lomb, (creadora de los lentes Ray-Ban que tanto identifican al militar de los EEUU), ensambladoras de vehículos y fábricas de autopartes, el parque industrial norteamericano desarrollado gracias a la guerra, además del armamentista, probablemente el más grande del mundo y de la historia, es infinito.

Si a ello se añade el inmenso negocio que le ha deparado a los productores y fabricantes de alimentos, bebidas, chocolates, cigarrillos, ropa de todo tipo, artículos (desde maquillaje, hasta tiendas de campaña) equipos de telecomunicaciones, industria satelital, y de investigación científica, se podrá tener una clara noción de la dependencia que ha tenido y tiene hoy en día los Estados Unidos de la guerra.

Una guerra que debe que ser llevada a cabo en la oscuridad para poder sorprender en la mayor indefensión al atacado y lograr asesinarlo “limpiamente” sin las bajas que el sanguinario ejército atacante pueda sufrir, lo que le permite evitar el repudio de su propia sociedad, que es la que, en definitiva, aprueba o desaprueba las cuantiosas sumas que son destinadas a la industria militar del cual depende el poderío del imperio.

Las armas en los Estados Unidos son un factor esencial para la libertad individual de las personas, más que ningún otro elemento moral o material, porque las élites que han gobernado esa nación desde sus orígenes encontraron que el culto de la gente hacia las armas era el medio expedito para subordinar a la población a la idea de la supremacía a toda costa que ordenaba la lógica de “Destino Manifiesto”, autoimpuesta por esas élites desde mucho antes de creada la nación. Incluso desde mucho antes de nacer el periodista John O’Sullivan, a quien se le atribuye la primera mención escrita de la idea.

Elevar a rango Constitucional, como lo ha hecho Estados Unidos en su Segunda Enmienda, la lógica del poder que transmite la facultad personal de decidir por encima de toda ley la vida de los demás, ha sido la forma de conseguirle apoyo popular a esa vocación genocida que ha movido desde siempre al imperio.

Hoy ningún norteamericano acepta como razonable la posibilidad de que su derecho a portar armas sea controlado por el Estado. Lo que constituye un verdadero “Blowback” (palabra norteamericana para denominar lo que en español se conoce como “tiro por la culata”) para esa misma élite imperialista que, guiada por el afán de la guerra no midió nunca las consecuencias de su demencial apuesta por la admiración a la lógica de las armas y de la muerte.

En virtud de ese excepcional derecho a la supremacía que ellas otorgan, cualquier político que se atreva a cuestionar siquiera el libre porte de armas en esa nación, será irremediablemente execrado por la sociedad. Por el contrario, quien lo refuerce y lo promueva, tendrá siempre abiertas las puertas del poder.

De esa forma, el “Destino Manifiesto”, antes que la expansión norteamericana bajo el signo libertador que soñaron los imperialistas, terminó siendo apenas el inmenso territorio del regocijo con la muerte del prójimo, al que sus Padres Creadores los condujeron con su desquiciada fantasía de la dominación planetaria que coronaría su grandeza.

No le ha quedado a ese vetusto y decadente imperio ninguna otra cosa que hacer dinero con esa bochornosa fantasía. Por eso no le importan en lo absoluto los millones de seres humanos que mueren bajo las armas, ni los pavorosos padecimientos que ocasionan a los pueblos que con ellas son arrasados.

Por eso es cada vez más repudiado por el mundo.

Por eso, más temprano que tarde, ese imperio de la muerte se vendrá abajo.

@SoyAranguibel    

De Cuba a Siria

Por: Alberto Aranguibel B.

La mañana del 15 de febrero de 1898, el acorazado Maine de los Estados Unidos estallaba en pleno centro de la Bahía de La Habana, en Cuba, dando pie a la Guerra Hispano-estadounidense con la cual el imperio norteamericano interfería la lucha independentista del pueblo cubano contra el imperio español, para quitar a España del camino y hacerse del control de la isla.

Diez meses después, en diciembre de ese mismo año, Estados Unidos interfiere de nuevo en una guerra, esta vez la de las Filipinas contra España, presentándose falsamente como “aliado” de los independentistas filipinos, para imponer en definitiva su dominio sobre el archipiélago del Pacífico.

El presidente de los EEUU, William McKinley, declaró entonces: “En verdad, no quería las Filipinas, y cuando las recibimos como un regalo de los dioses, no sabía qué hacer con ellas. Caminé por la Casa Blanca noche tras noche hasta la medianoche; y no me da vergüenza confesar que me arrodillé y más de una vez apelé al Todopoderoso en busca de guía y guía. Y una noche tarde me di cuenta: primero, que no podíamos devolverla a España; eso sería cobarde y deshonroso; en segundo lugar, que no podíamos dejarlos a Francia o Alemania, nuestros rivales comerciales en el Este; eso sería un mal estilo de negocios y un descrédito; tercero, que no podríamos simplemente dejarlos a ellos mismos; no estaban listos para el autogobierno, pronto habrían tenido anarquía y una peor mala administración allí que el español; En cuarto lugar, que no había nada más que hacer que educar, elevar, civilizar y cristianizar a los filipinos, y hacer lo mejor para ellos con la gracia de Dios, así como también para nuestros semejantes por quienes Cristo también murió. Luego me fui a la cama y me quedé dormido y dormí profundamente. A la mañana siguiente, convoqué al ingeniero jefe del Departamento de Guerra, nuestro cartógrafo, y le ordené que pusiera a las Filipinas en el mapa de los Estados Unidos, y ahí están. Y permanecerán ahí mientras que yo sea presidente.”

Seguramente esa misma inspiración Divina le vino a Donald Trump en medio de sus cavilaciones nocturnas sobre qué hacer con el planeta, y lo puso a lanzarle una noche cualquiera de abril 110 misiles a un centro de investigación científica a nueve mil quinientos kilómetros de distancia de la Casa Blanca.

Como les vino a todos los presidentes del imperio que masacran con bombas a los pueblos del mundo en el nombre de Dios.

@SoyAranguibel

Bilbao: La derrota del imperio en Lima

Por: Luis Bilbao

Hay un significado estratégico determinante en el resultado de la cumbre de las Américas llevada a cabo en Lima el 13 y 14 de abril. Dicho en pocas palabras: la balanza hemisférica se volcó, otra vez, en contra de Washington y sus súbditos.

Adelantábamos en América XXI con fecha 19 de febrero último: “Tal vez al vetar la presencia de Venezuela los gobiernos de Argentina, Colombia y México completen la saludable tarea de demolición definitiva de ese esperpento anacrónico denominado ‘Cumbre de las Américas’”.

Ocurrió. El esperpento no volverá a levantarse. Si acaso, será un cadáver insepulto, como la OEA. Su caída es el símbolo de lo que estuvo en juego y del resultado. Ante la derrota, la prensa comercial del continente carece incluso del sentido del deber y la valentía necesaria para admitirla. Al día siguiente de clausurada la cumbre de las Américas en Lima, los comentarios políticos de los tres diarios principales en Argentina omiten el tema. Ni una palabra.

Comprenden el significado demoledor del hecho a la vista: los presidentes fueron arrastrados por una fuerza para ellos desconocida hacia la asunción de su insignificancia en el gran juego que siquiera entienden. Y el jefe, que tampoco entiende, no estaba presente. Dudoso Estado Mayor para ganar una guerra.

Sus panegiristas no pueden admitir que a ese encuentro presidencial fueron 14 de ellos. Que del total de votos posibles apenas una tercera parte apoyó lo exigido por la Casa Blanca.

No pueden admitirlo porque el saldo muestra como ganador al gobierno de Venezuela. Ganador en la coyuntura interna. También ante la historia. Pero en primer lugar en la feroz lucha continental por la correlación de fuerzas entre revolución y contrarrevolución.

En nombre de la tolerancia y la democracia, los organizadores prohibieron la participación del presidente Nicolás Maduro. Decíamos con fecha 26 de marzo: “Hay un plan internacional en marcha para deslegitimar la elección presidencial del 20 de mayo en Venezuela”. Las múltiples artimañas desplegadas para lograr ese objetivo convergieron en el encuentro de Lima. Allí fracasaron todas. La inmoral campaña contra Venezuela en primer lugar.

Trump fugó del oprobio inexorable y encargó la misión imposible a Mauricio Macri. Michel Temer (5% de aprobación en Brasil), Juan Santos (en vías de salida, despreciado por las fuerzas políticas que podrían sucederlo y por el conjunto de la población) y Enrique Peña Nieto (perdedor en cualquier hipótesis en las cercanas presidenciales de México), acompañaron al presidente de Argentina. Antes Macri recibió la asesoría del talentoso y exitoso presidente español Mariano Rajoy, quien viajó especialmente a Buenos Aires y completó el empujón que llevó a la hoguera al presidente argentino.

Con exacto sentido de la dimensión estratégica de la coyuntura, el presidente Evo Morales llevó a Caracas su balance del encuentro: “Hay una enorme contradicción en algunos presidentes de Suramérica”, dijo tras la reunión con Maduro. “El pueblo boliviano está con la Revolución Bolivariana de Venezuela (…) Estamos convencidos de que vamos a continuar con nuestras revoluciones democráticas en América Latina (…) Los presidentes revolucionarios no necesitamos reconocimiento de gobiernos sumisos al imperio”.

Maduro concluyó: “si la Cumbre de las Américas en Mar de Plata representó el entierro del Alca, la Cumbre de Lima representa el final de las Cumbres de las Américas”.

Con Canadá como vicario y Macri como mano ejecutora del imperio en retirada, la cumbre debía denunciar con credibilidad y peso práctico a la Revolución Bolivariana de Venezuela, aislar a Nicolás Maduro y deslegitimar las elecciones del próximo 20 de mayo.

He defendido la idea de que la estrategia imperial, desde los tiempos de Obama, ante la evidencia de la debacle en Brasil y sus imprevisibles consecuencias, consistía en fortalecer un eje Washington-Buenos Aires. Ese plan tambalea ahora. Macri no se atrevió a condenar el ataque estadounidense a Siria. Pero pidió que no siguiera la escalada. Insuficiente para alinearse con el extendido rechazo de la población argentina al crimen de Washington. Suficiente para ser repudiado por Trump: su vicepresidente le negó la reunión bilateral en el último minuto. El trémulo discurso del presidente argentino no alcanzó para obtener apoyo de la cumbre contra Maduro.

En enero de 2004, al término de la cumbre extraordinaria en Monterrey, México, tras una contundente participación de Hugo Chávez, quienes lo acompañábamos supimos que el avión de regreso no enfilaría a Caracas. Iba a La Habana. Cuba no podía participar de esas reuniones. Fidel fue al aeropuerto a recibir a Chávez. Allí, en una tensa madrugada, se hizo un rápido balance que continuaría después hasta el día siguiente.

La curva de los acontecimientos tuvo un largo trayecto antes de llegar a esta repetición simbólica. Como resultado de otra derrota estratégica del imperio, Cuba podía estar presente en Lima. Raúl Castro devolvió la moneda a Washington y declinó su asistencia.

Evo hizo allí un discurso demoledor. En un encuentro titulado “Gobernabilidad democrática frente a la corrupción”, dijo el presidente boliviano: “El verdadero desafío está en desmontar el sistema mismo en el que prospera la corrupción: el sistema capitalista”. Y agregó: “El capitalismo es el peor enemigo de la humanidad y del planeta, sus crisis no son coyunturales, son propias de este modelo de producción y consumo”. Faltaba algo y Evo no retrocedió: “Hay que decirlo con toda claridad: la principal amenaza contra la libertad, la democracia, contra la madre tierra y contra el multilateralismo es el gobierno de Estados Unidos. No tengo miedo de decirlo, de frente y abiertamente”.

Después enfiló hacia Caracas. Los intelectuales orgánicos del capital todavía no han reaccionado, para medir hasta qué punto este golpe pone en peligro los planes de Macri en Argentina. No se atreven: Maduro ganará las elecciones; Temer, Santos y Enrique Peña Nieto saldrán del escenario por la puerta trasera. Ahora el saldo regional puede volvérsele contra Macri fronteras adentro. Sólo le queda confiar en que no hay alternativa revolucionaria. Razón insuficiente para ser la contraparte continental de Venezuela y el Alba.

Giros y contragiros de la historia. No es preciso leer a Homero para saber lo inconsistente que es detenerse en medio de una batalla y darse por vencido.

luis bilbao Luis Bilbao @BilbaoL

Propaganda, arte contemporáneo y el presidente del reality show

Por: Baynard Woods 

No muy lejos de la Casa Blanca, en el Hirshhorn Museum y Sculpture Garden en D.C., el exitoso espectáculo retrospectivo de Yayoi Kusama “Infinity Mirrors” ha estado atrayendo multitudes dementes que hacen fila, ansiosos por los 20 segundos de desorientación dentro de las salas de infinidad de Kusama.

Las habitaciones usan espejos retrovisores, luces colgantes y lunares para crear vistas de regresión infinita. Como arte, es tal vez decepcionante: un espectáculo vacío sin profundidad real, ofreciendo a la inspección larga nada invisible en un vistazo.

infinit mirrors

Pero mientras estaba parado en “Las almas de millones de años luz”, tomé una foto y me di cuenta de que era mucho más convincente en mi pantalla que en la vida, el arte perfecto para la época del selfie.

En mi teléfono, me vi en un mundo tipo Blade Runner de “naves de ataque en llamas desde el hombro de Orion” mientras las luces creaban altísimas agujas psicodélicas rodeadas de réplicas de mí mismo. Era imposible decir cuál era real, porque ninguno de ellos lo era. Todos fueron reflejos en la pantalla.

Sentí la misma sensación de vértigo unos días antes en la audiencia del Comité de Inteligencia del Senado sobre las medidas activas rusas, o propaganda, destinadas a utilizar los espejos refractarios de internet para interrumpir nuestra elección.

“Lo que es difícil de distinguir a veces es que los rusos lo apagaron primero, o lo dijo Trump y los rusos lo amplificaron”, dijo Clint Watts del Foreign Policy Research Institute y del Centro de Seguridad Cibernética y Seguridad de la Universidad George Washington a los periodistas después de su testimonio. en el abrazo de Trump a las conspiraciones de propaganda. “Él en realidad repite la propaganda difundida por RT o fuentes rusas y, viceversa, como un loro”.

Reflexiones que reflejan reflejos una y otra vez para que nada sea cierto.

Esto no debería ser sorprendente. La estrategia de propaganda de Rusia fue diseñada y perfeccionada por Vladislav Surkov, quien trajo la teoría posmoderna al Kremlin, creando y administrando la realidad política rusa como el arte del performance. Cuando fue sancionado por su papel en la invasión del este de Ucrania, que orquestó en gran parte, dijo que no le importaba. “Lo único que me interesa de los Estados Unidos son Tupac Shakur, Allen Ginsberg y Jackson Pollock. No necesito una visa para acceder a su trabajo. No pierdo nada”.

En el libro de Peter Pomerantsev “Nada es cierto y todo es posible: El corazón surrealista de la Nueva Rusia“, escribe que “el genio de Surkov ha sido … casarse con el autoritarismo y el arte moderno, utilizar el lenguaje de los derechos y la representación para validar la tiranía, recortar y pegar el capitalismo democrático hasta que signifique lo contrario de su propósito original “.

Pomerantsev dice que Surkov convirtió la política rusa en un reality show. Entonces, como en un nuevo tipo de carrera armamentista, los nortemaericanos elegimos una verdadera estrella del reality show como presidente.

Escribí eso justo antes de escuchar que Trump bombardeó una base aérea siria después de que fotos de niños con gases en ese país cambiaron la mentalidad del presidente sobre la intervención allí.

El presidente explicó a la nación el golpe que estaba dando, en un comunicado grabado en su club de campo. Nuestro país está tomando una de las decisiones más serias posibles, y sin embargo, encerrados en nuestras salas espejo de constante conspiración, no tenemos manera de saber qué está sucediendo realmente.

No sabemos si Trump está tratando de demostrar que él es independiente del Kremlin o si esta es otra de las estratagemas de Putin mientras manipula a Trump. El mismo Trump nos ha dicho que no confiemos en la comunidad de inteligencia, y nadie tiene ninguna razón para confiar en Trump. En “Sin cielo”, una historia breve seudónima generalmente atribuida a Surkov y ambientada después de la “quinta guerra mundial”, describe “la primera guerra no lineal”, una guerra “de todos contra todos”. “Algunas provincias se unirían a un lado”, escribe. “Algunas otras, una diferente. Una ciudad o generación o género se unirían a otra. Luego podrían cambiar de bando, a veces a mitad de la batalla. Sus objetivos eran bastante diferentes. La mayoría entendía que la guerra era parte de un proceso. La parte más importante “.

Esto suena exactamente como la situación en la que nos estamos metiendo: Assad, ISIS, Rusia, los rebeldes respaldados por Estados Unidos, Irán y ahora los Tomahawks de Trump. Todos los lados cambiando. Cualquier otra cosa, los objetivos de este ataque, el espectáculo y la confusión son buenos para Trump. Y malo para el pueblo sirio que seguirá muriendo.

Aquellos que escapen se les negará la entrada a los Estados Unidos como refugiados. “Vemos estas bellas imágenes de noche en las cubiertas de estos dos buques de la Armada de los EE. UU. En el este del Mediterráneo”, dijo el famoso fabulista de NBC Brian Williams. “Estoy tentado de citar al gran Leonard Cohen: ‘Me guía la belleza de nuestras armas'”.

Surkov no pudo haber escrito mejor. Es muy desorientador, pero de alguna manera se siente familiar. Tenía 18 años la noche en que entramos en la Guerra del Golfo en 1991.

Esos lanzamientos de misiles fueron impulsados ​​en parte por la firma de relaciones públicas Hill & Knowlton, que colaboró ​​con uno de los presidentes del Comité de Derechos Humanos del Congreso para presentarle al resto del comité testimonios fabricados sobre supuestas atrocidades cometidas por soldados iraquíes en Kuwait. Pero todos estábamos hipnotizados por los misiles verdes de visión nocturna que atravesaban las puertas en una estética más tarde adoptada por la cinta de sexo de Paris Hilton.

En 2003, volvimos a Iraq sobre la base de otra campaña masiva de relaciones públicas.

Tal vez la mejor manera de saber ahora si algo es propaganda es cuando dicen que no es así. Marco Rubio, que por cierto está en el Comité de Inteligencia del Senado, fue a la CNN para elogiar a Trump y llamar al ataque “un paso decisivo importante … no un mensaje”.

¿Pero un paso hacia qué? ¿Queremos sacar a Assad? En este momento, nadie sabe. Pero la gente se está alineando detrás de Trump. Se dará cuenta de que la guerra, el mejor potenciador de imagen, es bueno para él. “Trump se convirtió en presidente de los Estados Unidos [anoche]”, dijo Fareed Zakaria de CNN a la mañana siguiente del ataque a Siria.

Es como si estuviéramos todos atrapados en una de las habitaciones infinitas de Kusama, esperando que el misil saliera por la puerta. Pero no sabemos dónde está la puerta. Perdimos toda orientación.

baynard woods.jpg Baynard Woods es el editor en general en el Baltimore City Paper. Ganó el premio Alternative Newsmedia a la Mejor Columna en 2015.

 

La más grande farsa de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un tercio de siglo de desaparecida la Unión Soviética y derribado el Muro de Berlín, el descomunal aparato propagandístico del imperio norteamericano persiste en su afán de intentar convencer al mundo de la amenaza que representaría la Federación Rusa para la humanidad, cuando en realidad la amenaza que somete hoy en día a pueblos y países enteros al pavoroso horror de la destrucción y la muerte es precisamente los Estados Unidos, la nación más genocida de todos los tiempos.

¿Si hace treinta años el peligro era el comunismo, cuál es entonces la razón del cerco con el que se pretende asfixiar hoy al gigante euroasiático?

El discurso anticomunista que tuvo vigencia hasta aquel momento, basaba su argumentación en el peligro que supuestamente se cernía sobre el mundo porque, de acuerdo a la lógica que desde los Estados Unidos se construía, la barbarie y la opresión serían la norma en los regímenes que siguieran la doctrina de la justicia y la igualdad que el socialismo proclamaba.

El capitalismo acusó siempre al socialismo de lo que en realidad era él el único culpable, solo que lo ocultaba detrás del aparataje comunicacional en el que se sostiene. La inevitable capacidad para la generación de hambre, miseria y exclusión social, que es consustancial e inseparable del inhumano modelo capitalista, es apenas una de esas infundadas y recurrentes acusaciones.

Cercar con medidas económicas arbitrarias e ilegales a las naciones que no le resultan afectas, someter a países enteros al totalitarismo capitalista que promueve Estados Unidos violando flagrantemente el derecho internacional, violentar soberanías imponiendo sanciones unilaterales a su buen saber y entender, son demostraciones más que palpables del miedo que el capitalismo le tiene al desarrollo incontenible de las fuerzas productivas del pueblo cuando estos se aferran a la idea de la emancipación.

Desde siempre el propósito del imperio fue desvirtuar el poder transformador del pueblo mediante la más infame propaganda jamás conocida, y en eso no pareciera que aceptará ceder nunca ni el más mínimo espacio.

A través de la línea editorial de las grandes corporaciones de la información a su servicio, el imperio se encargó de defenestrar con la mayor saña no solo las virtudes redentoras de un modelo cuya fortaleza fundamental radicó en todo momento en la facultad democratizadora de los medios de producción y la consecuente generación justa de riqueza que le es inherente, sino que se ocupó de destruir de manera sistemática y con la mayor mezquindad la significación y la grandeza de los liderazgos más emblemáticos de las luchas populares a través de la historia.

¿Fue en verdad Joseph Stalin el sanguinario engendro del demonio que presenta el capitalismo como líder de aquella Unión Soviética que amenazaba, según el anticomunismo, la sobrevivencia misma de la raza humana?

¿Es en la actualidad Vladimir Putin (que no es comunista) el perverso líder que se propone acabar con el mundo civilizado, tal como lo dibuja la propaganda capitalista que dirige el Departamento de Estado norteamericano?

Si algo podemos afirmar hoy enfáticamente los venezolanos con la más entera convicción y certidumbre, es que toda esa imagen perversa de líderes nacionalistas que solo perseguirían la destrucción de la humanidad pudiera ser solo producto de la más vulgar patraña propagandística, porque los venezolanos estamos padeciendo en carne viva el atroz proceso de desvirtuación que puede poner en marcha la gigantesca maquinaria comunicacional al servicio del imperio para presentar como tirano a quien no lo es.

Ciertamente asistimos en la actualidad a uno de los más brutales y deleznables procesos de construcción de una imagen falsa que se le pretende imponer a un líder revolucionario que, con sus fallas, como seguramente tiene como ser humano que es, no es sin embargo el cruel dictador que han querido hacer ver los medios de comunicación de la derecha, que procuran convencer al mundo de que Nicolás Maduro sería hoy el tirano que pervertiría como nadie los valores y principios de la democracia.

Quiéralo o no la derecha nacional e internacional que se ha confabulado en ese miserable plan de desfiguración del líder de la Revolución Bolivariana, Nicolás Maduro Moros es el segundo presidente más votado en la historia de los procesos electorales venezolanos, después del comandante Hugo Chávez. Con lo cual se convierte de manera indiscutible en el presidente más legítimo de un Continente en el que la proliferación de mandatarios que llegan al poder a través de maquinaciones leguleyas o acuerdos de conveniencia con factores fácticos, pero jamás como producto del respaldo mayoritario del pueblo, es el estándar que el imperio trata hoy de imponer.

La mediática al servicio de aquel mismo esquema de falseamiento que ha convertido en criminales a los más prominentes revolucionarios de la historia, pretende hacer realidad la infamia de un perfil infundado que el mundo entero sabe que es mentira, aun cuando algunos prefieran no reconocerlo públicamente.

Lo que hace hoy la propaganda imperialista deformando el talante profundamente demócrata del presidente Maduro, es exactamente lo mismo que hizo a través del tiempo en sociedades que no contaban con los avances tecnológicos de los que se dispone hoy para la comunicación de masas, habituadas como estuvieron en el pasado a la “verdad” que vertían a su antojo los sectores dominantes que lograron preservar su omnímodo dominio en virtud precisamente de esas distorsiones de la realidad a las que acostumbraron desde siempre a los pueblos.

Es exactamente lo que pretendieron hacer en todo momento con Hugo Chávez, al que no dejaron ni un minuto en paz en la inclemente persecución que le montaron para buscar destruir a través de la mentira y la calumnia contra su figura el inquebrantable afecto que el pueblo le profesó desde el primer instante de su aparición en la escena política.

No tiene fundamento alguno el descrédito contra Nicolás Maduro, como seguramente no lo tuvieron nunca las inclementes campañas contra el modelo soviético, ni como lo tienen las que se urden a diario desde el Departamento de Estado y del Pentágono contra Rusia y contra su presidente.

Para un imperio voraz e inescrupuloso como el norteamericano, no son dictaduras las monarquías europeas que a estas alturas del siglo XXI continúan presentándose como democracias sin haber sido electas jamás por nadie.

Ni son tampoco actos tiránicos los genocidios que se cometen bajo el amparo de la más repugnante oligarquía en Colombia, México, Paraguay o Perú, para exterminar los liderazgos populares y asegurar así su perpetuación en el poder.

Mucho menos son ilegítimos esos mandatarios que, como la mayoría de los integrantes del ridículo grupo de Lima, son “electos” con porcentajes tan exiguos que en la mayoría de los casos son infinitamente más multitudinarias las manifestaciones populares de repudio a sus inhumanas políticas neoliberales que la cantidad de votantes que los eligieron.

Para ese imperio arrogante, farsante y manipulador, solo son dictadores quienes defienden a sus pueblos de las agresiones internas y externas que pugnan por someter a sus economías. Los que buscan fortalecer las barreras de soberanía que le les son tan preciadas a la luz del derecho internacional y a la libre determinación de los pueblos y que procuran el bienestar de los desasistidos, los excluidos e invisivilizados de siempre.

Aquella gran farsa que podía urdirse impunemente desde la Casa Blanca para destruir los auténticos liderazgos populares de la historia, tendrá cada vez menos espacio en el alma de los pueblos emancipados del mundo.

La infamia difundida hoy desde los cenáculos del poder imperial contra el líder de la revolución bolivariana terminará revirtiéndose más temprano que tarde contra sus propios gestores, porque los pueblos conscientes de Venezuela y del mundo que conocen la calidad irreductible del compromiso de lucha de los hijos de Chávez, saben de la entereza, la rectitud y la convicción profundamente democrática de Nicolás Maduro.

Es exactamente así como lo demostrará el bravío pueblo venezolano el próximo 20 de marzo, cuando con la más contundente mayoría reelija en la presidencia de la República al conductor de las grandes victorias, Nicolás Maduro Moros.

@SoyAranguibel

Aranguibel en Encendidos: “De no ser por la ANC, la situación económica sería hoy mucho más difícil”

Caracas, 22 de septiembre.- El analista político venezolano Alberto Aranguibel sostuvo hoy en el programa “Encendidos” que transmite Venezolana de Televisión, que si la Asamblea Nacional Constituyente no estuviera trabajando intensamente para resolver junto al Gobierno del presidente Nicolás Maduro los problemas que aquejan hoy a los venezolanos, la realidad económica sería mucho más difícil que la actual, y que hasta una invasión de fuerzas militares extranjeras podría haberse llevado a cabo ya de no haberse puesto en marcha una política de contención de los efectos devastadores que conllevan las guerras económicas, como las que ha desatado el imperio norteamericano contra los venezolanos.

Así mismo señaló el también Constituyentista que de haber existido en el seno de la ONU la posibilidad de votar por la aprobación o rechazo de las propuestas que los mandatarios de las naciones del mundo hacen desde esa tribuna, el discurso del presidente Donald Trump contra los países progresistas (Venezuela en particular) habría sido repudiado por la inmensa mayoría de los Delegados, “tal como se demostró en la aprobación unánime que tuvo al día siguiente de ese discurso el respaldo a nuestro país en el seno del Movimiento de los No Alienados (Minoal), la mayoría de los cuales están en contra de la pretensión hegemónica imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica”, según dijo.

Finalmente el analista acusó al Jefe del Gobierno español, Mariano Rajoy, de violar el Estado de Derecho al encarcelar a trece dirigentes políticos en Cataluña que solamente pedían el voto para su pueblo, después de haber dirigido durante meses una guerra frontal contra el Presidente Nicolás Maduro por supuestamente haber ordenado la puesta en prisión de un dirigente opositor venezolano, que describió como “producto de un proceso ajustado a derecho” en el cual se le imputó a dicho dirigente una pena por su autoría en el asesinato de más de 43 venezolanos en 2014.

 

¿Qué murió en realidad cuando mataron a Kennedy?

– A 53 años del asesinato de John Fitzgerald Kennedy –

Por: Alberto Aranguibel B.

La infinidad de hipótesis sobre la suerte del planeta que ha inundado los medios de comunicación del mundo entero con la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, solo fue superada hasta ahora por las innumerables conjeturas sobre lo que habría sido el devenir de la historia si las balas que acabaron con la vida de John F. Kennedy no hubieran cumplido su cometido aquel 22 de noviembre de 1963.

Quienes ordenaron su asesinato, ya fuese a Lee Harvey Oswald, a quien la versión oficial presentó como el solitario autor material del magnicidio, o al grupo de asesinos profesionales contratados por la mafia en connivencia con la CIA, como se desprende de las decenas de investigaciones que se han hecho desde entonces para establecer la veracidad del más indescifrable crimen político de todos los tiempos, quizás hayan sido los únicos en saber a ciencia cierta cuáles acontecimientos pretendían modificar o impedir definitivamente con aquel atentado.

¿Por qué llega en un momento determinado el ser humano a la utilización de un recurso tan extremo como la muerte para solventar los asuntos que se supone deben estar en capacidad de resolver los seres humanos mediante el poderoso instrumento con el cual la naturaleza le ha dotado para diferenciarle del resto de los seres vivos sobre la tierra, como lo es el raciocinio… la capacidad de debatir las ideas?

La más probable de todas las razones es, sin lugar a dudas, la falta de argumentos de quienes creen que solo el poder del dinero y de las armas que él puede comprar es suficiente para imponerle al resto de la humanidad una particular visión del mundo.

Cien años antes de aquel infausto acontecimiento que estremeció al mundo en 1865, cayó abatido también por un disparo a la cabeza el primer presidente norteamericano asesinado a mansalva, dejando una estela interminable de interrogantes sobre las razones por las cuales le asesinaban.

El crimen contra Abraham Lincoln, el primero de los cuatro presidentes norteamericanos asesinados en el ejercicio del poder, marcó para siempre la vida de los estadounidenses. Por qué y para qué fue asesinado nunca se supo con exactitud. Su política de emancipación de los esclavos y el llamado “Sistema americano” con el que pretendió regular la economía, factores que a la larga generaron la desunión entre los estados del norte y los del sur, fueron solo conjeturas sobre las causas de su asesinato.

Desde Julio César, en la Roma antigua, hasta John F. Kennedy en Norteamérica, la lista de líderes prominentes cuyos asesinatos impactaron a la humanidad es infinita. Curiosamente, aún cuando no es posible hablar de una constante en este sentido, en su gran mayoría fueron siempre cultores de los derechos humanos, de la paz o de la justicia social en alguna medida.

Ya en 1830 el Abel de América (como le llamó dolido el propio Libertador) Antonio José de Sucre, caía fulminado en Colombia a consecuencia de la bala artera que sus enemigos dispusieran contra él para evitar toda posibilidad de continuación o reimpulso del sueño emancipador emprendido por Bolívar, convirtiéndose en uno de los primeros líderes americanos en morir de esa manera, si no el primero.

Francisco Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, en Mexico; José Santos Guardiola, en Honduras; Ramón Cáceres, en República Dominicana; José Antonio Remon Cantera, en Panamá; Juan Idiarte Borda, en Uruguay; Luis Miguel Sánchez Cerro, en Perú; Gabriel García Moreno, en Ecuador; Carlos Delgado Chalbaud, en Venezuela, fueron algunos de los presidentes de países americanos muertos en el ejercicio del poder producto de atentados que nunca quedaron perfectamente esclarecidos.

Pero la lista se extiende aún más con los nombres de dirigentes o activistas sociales como Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán (Col); Pancho Villa, Emiliano Zapata, Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu (Méx), Martín Luther King y Malcom X (EEUU), Arnulfo Romero (Sal), y los cientos de ministros, diputados, gobernadores, alcaldes o candidatos que han muerto bajo la acción de las balas. Así como la infinidad de atentados fallidos de los que fueron víctimas Fidel Castro y Hugo Chávez, entre muchas otras figuras prominentes de la política en el continente, y de los cuales salieron ilesos casi siempre más por obra de la providencia que por la perspicacia de los cuerpos de inteligencia o la capacidad de respuesta de su seguridad personal.

Sin embargo el atentado a John F. Kennedy ha trascendido a través del último medio siglo, no solo en suelo americano sino en el mundo entero, como el más traumático magnicidio que recuerde la historia. Un fenómeno que se explica en principio por la naturaleza inédita de su difusión televisiva en vivo a todo el planeta, hecho que sin lugar a dudas impactó a una audiencia masiva que jamás se había enfrentado en esa forma a la crudeza de un hecho noticioso de tal magnitud.

Pero en realidad trasciende mucho más por la extraordinaria oportunidad que el imperialismo encontró en aquel momento para instaurar en el imaginario colectivo del norteamericano, así como del resto de la humanidad, la ilusión del líder estadounidense admirado y querido por el mundo entero como lo necesitó desde siempre el imperio norteamericano sin haberlo encontrado jamás hasta que Kennedy murió.

Como una insalvable y trágica constante del destino, los presidentes de los Estados Unidos, incluso aquellos a quienes se les cubre con mantos de pretendida nobleza para imprimirles un falso rostro bondadoso (como el otorgamiento sin mérito alguno para merecerlo del premio Nobel de la Paz que le fuera entregado a Barack Obama apenas asumió su cargo), concitan hasta en los más apartados rincones del planeta el desprecio incontenible de la gente. Donde quiera que lleguen deben ser siempre protegidos por verdaderos ejércitos de fuerzas policiales acantonadas a lo largo de sus recorridos, no tanto por los riesgos de atentados terroristas (que existen) sino por la lluvia de tomatazos y huevo podrido de la que invariablemente suelen ser objeto.

Justo en el momento más álgido de la “Guerra Fría”, cuando los rusos dejaban atrás a los EEUU en la carrera espacial; habiendo Kennedy demostrado una inusual capacidad para la negociación política con sus enemigos históricos durante la crisis de los misiles; en pleno apogeo de las luchas raciales en suelo norteamericano; y con las perspectivas nada promisorias del ya muy avanzado conflicto bélico en Vietnam, las élites del poder veían demasiados peligros asechando sobre el prestigio político logrado por esa nación luego de la Segunda Guerra mundial.

Quedando como quedaron desplazados Francia e Inglaterra como competidores en la dominación mundial, en virtud del desgaste de esas naciones en las dos guerras mundiales, Estados Unidos consideró necesario reafirmar su influencia con el genocida lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, para dejar sentado que no era líder del mundo libre por default de las demás potencias sino por su capacidad real de fuego.

Fue el desespero irracional de quienes asesinaron a Kennedy lo que los llevó a cometer el que probablemente haya sido el más inútil de los crímenes políticos que se haya consumado jamás, porque ninguna de las políticas emprendidas por aquel mandatario, fiel exponente de la más acaudalada aristocracia norteamericana, indicaba de ninguna manera que su gobierno tomaría un rumbo de impensable conciliación o cesión frente a los países comunistas, o que su administración se orientaría hacia modelos de corte social contrarios a los intereses de los sectores hegemónicos del poder en esa nación.

Kennedy no habría sido sino lo que todo presidente norteamericano puede ser; un sanguinario imperialista afanado en controlar el mundo, a través del chantaje y el sometimiento económico y político que pueda ejercer mediante el uso indiscriminado de las armas, el terrorismo, la injerencia y la promoción de la ingobernabilidad en los países que no le son afectos al imperio.

Cuando mataron a Kennedy, acabaron con la vida de un prominente norteamericano y nada más. Un gobernante cuya imagen no se desgastó, precisamente por no haber tenido tiempo, como se habría desgastado indefectiblemente de seguir vivo, y que muerto permitía al mundo especular con la ilusión de que los EEUU contaba no solo con poder militar o económico, sino también con un liderazgo político admirable, capaz de trascender la historia del nuevo orden mundial que estaba emergiendo. Todo lo demás seguiría intacto.

Como seguramente seguirá en el gobierno del recién electo Donald Trump.

Solo falta saber cuánto tiempo más soportará el pueblo norteamericano sin rebelarse definitivamente contra la injusticia que ese decadente modelo comprende, para verle levantar esa nación con base no en las guerras o en la explotación cruel e inmisericorde en las que hoy se apoya, y empezar a construir su futuro a partir de la voluntad y el esfuerzo de su gente. Como debió haber sido siempre.

@SoyAranguibel

Roberto Hernández Montoya: “Trump: ¿rebelión de derecha?”

Por: Roberto Hernández Montoya

¿Cómo llega un país a tener que decidir entre un majareta megalómano y una fría genocida? Es temprano para pronunciarse y me parece que la situación es más compleja. En varias democracias burguesas la parte más desesperada del electorado busca alternativas extremas al neoliberalismo.

A falta de izquierdas unidas, maduras y serias, casi en cada esquina del mundo hay alternativas neonazis, ahora envalentonadas porque Trump es el tercer antisistema que gana. El primero fue el Brexit. El segundo el «no» colombiano.

Decía Jorge Luis Borges que los falsos problemas conducen a falsas soluciones. Y peores son los problemas creados, como las multitudes refugiadas, porque la OTAN les hace la vida imposible en sus países, devastados por el negoción de la guerra.

En su discurso de despedida como presidente de los Estados Unidos, en 1961, el general Dwight Eisenhower advirtió del peligro de que se instaurase como poder omnímodo en su país lo que llamó «complejo industrial-militar». Se instauró también en Europa y hoy la OTAN es un negocio en sí mismo.

En el núcleo de ese complejo está Hilaria. El cimarrón Donaldo también, porque ha prometido aumentar el presupuesto militar, aunque no dice para qué. Y aquí está el punto.

El capitalismo contemporáneo anda tan paranoico que no le gusta ni siquiera un capitalista estrambótico y fanfarrón porque no puede encarrilarlo como perrito faldero, tipo Obama o Hilaria. Por eso el totalitarismo mediático mundial al servicio de Hilaria se abatió sobre él, lo que no fue difícil porque él mismo propicia cualquier campaña maléfica —CNN, o sea.

Por eso el mundo está ahora con el corazón en un puño por esta patada a la mesa planetaria. Si el energúmeno cumple una pizca de sus incoherencias todo se revuelve y revuelca en el establishment. ¿Será el presidente tan estrafalario como el candidato? No creo. Pendejo no es. La universidad de la vida es implacable.

Por ejemplo, el muro que prometió con México es demasiado largo y caro y para obligar a México a pagarlo tendría que invadirlo, lo que sale más caro aún. ¿Se volverá Donaldo una Hilaria más?

Desvergüenza le sobra… Ya bajó el estilacho. En minutos.

¿Por qué la dirigencia opositora venezolana guarda silencio? Es por una duda que tengo.

roberto-hernandez Roberto Hernández Montoya