Los triunfos del bochorno

Por Alberto Aranguibel B.

Nunca antes hubo en el país una clase política tan engreída y arrogante como la actual oposición venezolana. El odio que les brota hasta por los poros contra el pueblo chavista es producto no de la intensidad de su convicción política, sino de la prepotencia.

Sentirse superados por los pata en el suelo, los marginales, los del barrio, es para ellos una frustración tan vergonzosa e inaceptable desde todo punto de vista, que el odio termina resultándoles un recurso de piadosa sanación.

Hace poco supe de una señorona de la más alta alcurnia en El Hatillo que prefería botar la comida que estaba por vencérsele en la alacena antes que dársela a la gente pobre, porque ella no iba a “premiar a esos miserables que votaban por el chavismo en cuanta elección había”.

En esos municipios, como El Hatillo, Chacao y Baruta, los escuálidos se creen “dueños y señores de la comarca”, como lo eran sus antepasados en la colonia. Las ínfulas de terratenientes con la que se comportan en cualquier panadería en esos municipios despotricando a voz en cuello contra el gobierno, da hasta risa las más de las veces. Sobre todo cuando se les ve actuando como corderitos asustados apenas pisan territorio chavista en cualquier otra parte del país, donde hasta los buenos días le dan a la gente con la mayor amabilidad.

Por eso el triunfo de los candidatos de la derecha en El Hatillo, Chacao y Baruta, donde se supone que debían arrasar como la más descomunal aplanadora y dejar pulverizados a los candidatos revolucionarios, no puede ser sino vergonzoso.

Creer que triunfaron en esos municipios cuando los chavistas les pisaron los talones con la tan significativa votación obtenida por la revolución en cada una de esas circunscripciones electorales, es penoso.

Que figuras prominentes de esa derecha recalcitrante que ha hecho trabajo político desde hace décadas (donde hay personajes que se han postulado para el mismo cargo hasta tres y cuatro veces en los últimos quince años, y donde se presentaron hasta destacados artistas cómicos de la televisión opositora) hayan sido superados por los chavistas con votaciones que en algunos casos llegó a triplicar la de esas grandes figuras de la derecha, escandaliza.

Como dijera (con mejores palabras) el Comandante: “Midan bien sus pírricos triunfos”.

@SoyAranguibel

¿Quiénes votaron el 10D en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

(publicado el lunes 11 de diciembre de 2017)

Desde siempre resultó chocante la impostura de esos entrevistadores de televisión que de buenas a primeras se erigen en voceros de la gente sin que nadie les haya facultado para tal cosa, interpelando al entrevistado con aquello de “La gente opina que…”, “La gente no está de acuerdo con…”, “La gente reclama que…”.

Lo primero que se le viene a uno a la mente es ¿De dónde sacó tamañas conclusiones ese periodista, que ni un modesto sondeo público tiene en la mano para apoyar lo que dice?

Por lo general no requieren de ninguna encuesta, sino que apelan, cuando mucho, al titular más destacado del día en la prensa nacional, que es a la vez colocado como noticia más importante por jefes de redacción que presumen, siempre a su muy buen saber y entender, lo que según ellos vendría a ser la opinión del total de la sociedad. Más aun si su presunción se parece al pensamiento de los dueños del medio de comunicación donde trabajan.

Lo cierto es que así opera la lógica comunicacional en la actualidad. La gente de la calle, que ha visto todos esos noticieros y programas de opinión durante el día, termina al final de la jornada convencida de que lo que ella piensa no es lo que ella piensa en realidad sino lo que dicen los medios que ella piensa. Aún cuando entre un punto de vista y el otro (el de la gente y el del medio de comunicación) no exista compatibilidad o coherencia alguna.

En virtud de la inevitable orfandad en la que se encuentra el individuo común para verificar si lo que afirma el medio de comunicación es cierto o no, termina por aceptar como verdadera la especie que le están presentando, precisamente porque su fuente de información no le ha dado jamás razón alguna (alternativas u opciones diferentes) para sospechar que pudiera haber alguna otra posibilidad diferente a lo que esos medios le dicen.

Es lo que se conoce en la ciencia contemporánea de la comunicación de masas como “generación de matrices de opinión”.

Un fenómeno que impacta a diario al ciudadano común (la mayoría de las veces sin percatarse) hasta en los eventos más insignificantes. Cada vez es mayor la cantidad de gente que relata la disonancia que ha encontrado en más de una ocasión entre lo que reporta, por ejemplo, el boletín del tráfico en la radio sobre una “inmensa tranca” en alguna vía y lo tranquilo que esa persona iba transitando en ese momento por esa misma ruta sin ningún problema.

Probablemente es mucha la gente que eventualmente se percata de que lo que le dice el medio de comunicación no tiene nada que ver con la realidad. Probablemente es poca. Pero no se sabrá nunca con exactitud hasta tanto no se acuda a un proceso de consulta apoyado en un sistema avanzado, trasparente, inviolable, y perfectamente auditable, que permita lograr un mínimo de confiabilidad entre la población para asegurar que todos tengan la misma oportunidad de expresarse y que puedan hacerlo sin la intermediación de voceros de ningún tipo que puedan alterar o poner en riesgo la verdadera intención o sentido de la opinión del individuo.

El único método hasta ahora alcanzado para lograr tal nivel de perfección en el levantamiento de la opinión pública de manera confiable, es la elección mediante el voto secreto, universal y directo. El evento electoral es, por esa razón, el gran acuerdo de las sociedades civilizadas para asegurar la convivencia pacífica. Ninguna encuesta, sondeo, boletín de prensa o programa de opinión, puede sustituir tal proceso. Si pudieran hacerlo, no existirían las elecciones. Y con toda seguridad, la democracia tampoco.

En Venezuela, a lo lago del proceso revolucionario emprendido por el Comandante Hugo Chávez en 1999, se ha producido la consulta popular más profunda y permanente que se haya visto en el mundo entero, a través de la mayor cantidad de convocatorias a eventos eleccionarios que país alguno haya llevado a cabo en un mismo periodo.

La población venezolana se ha habituado de tal manera a la elección de los cargos públicos que ya las campañas para explicarle al elector la forma de votar son casi innecesarias.

La abstención, que sigue siendo en el país (como en la mayoría de los países democráticos del mundo) un factor importante a superar, más aún de cara al reto que plantea la construcción del modelo de democracia participativa y protagónica que consagra nuestra Carta Magna, no opaca sin embargo el inmenso logro de la sociedad venezolana en la consolidación de una cultura electoral basada en la gran madurez y conciencia política adquirida a lo largo de este periodo por el venezolano.

Esa cultura, que mantiene movilizado al pueblo en las calles de manera casi permanente en función de sus ideas políticas, es la que le imprime mayor valor al proceso de transformación social que, a pesar de los tropiezos y las profundas dificultades económicas, experimenta Venezuela, muy por encima de lo que se ve hoy en términos de movilización social cualquier otra sociedad en el planeta.

Esa movilización popular que se expresa en las asambleas en el barrio, en las fábricas, en los liceos y universidades, en los espacios de la cultura, de las Misiones, y fundamentalmente en las concentraciones políticas, es la que la mediática de la derecha ha querido invisibilizar o distorsionar persistentemente, para hacer ver al pueblo como una masa reducida, informe y desalentada, a la vez que presenta a los sectores de la derecha como “la multitud mayoritaria” que clama por una libertad que supuestamente habría cercenado un régimen despiadado y tiránico que en nada se parece y nada tiene que ver con la realidad del país.

Por esa razón de la distorsión de la realidad en la que ha persistido el medio de comunicación privado para tratar de imponer como verdadera una realidad inexistente, aunada por supuesto a la proverbial ineptitud e incompetencia de la derecha venezolana, es que la oposición terminó convertida en el estercolero que es hoy en día.

Han destruido con su empeño en el falseamiento de la realidad la poca credibilidad que en algún momento pudieron haber alcanzado, incluso entre su propia gente, porque en medio de su arrogancia llegaron a creer que el venezolano es en verdad el incauto y neófito apolítico que dibujó desde siempre la mediocre caricatura mediática.

El evento electoral del 10D, como todos los anteriores, sirvió para constatar una vez más que la realidad no es lo que afirman antojadizamente los medios de la derecha sino lo que evidencia la movilización verdaderamente mayoritaria de un pueblo en la calle, que le dice con total dignidad al imperio norteamericano y al mundo entero que no habrá guerra económica ni saboteo interno de la derecha en los organismos del Estado que fracture el apego de los venezolanos a su democracia.

Que le explica a los fascistas que promueven la violencia la para ellos incompresible circunstancia del fervor democrático, aún en medio de la peor crisis económica, de imposibilidad de acceder a los productos de primera necesidad, de la más severa falta de medicinas por la que haya atravesado jamás nuestro pueblo.

El 10D, en todo caso, quien votó fue el pueblo. No fueron ni los líderes de la derecha atorrante que siempre canta fraude, ni los medios de comunicación a su servicio.

A ese pueblo, chavista o no, es al que debe respetársele su decisión cualquiera que ésta haya sido, en la dependencia que haya sido. Un respeto que debe ser acatado no solo por los chavistas o por la oposición, sino por todos. En especial los medios de comunicación, tal como lo ordena la doctrina universal de la democracia.

Es la democracia verdadera en la que nos educó el Comandante Chávez y que hoy, gracias a la Revolución Bolivariana, le sirve por igual a todas y a todos los venezolanos sin excepción que siguen y seguirán optado cada vez más por la paz y por la vida.

Como lo hicieron ayer.

@SoyAranguibel

El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

Chavismo: la insoslayable presencia de lo sobrenatural

Por: Alberto Aranguibel B.

“No me gustan las ciencias ocultas, porque nunca las encuentro”
Pedro Reyes / El rey del absurdo

Apenas conocidos los resultados de las elecciones regionales, el connotado terrorista Freddy Guevara le salió al paso con su proverbial “inteligencia” a las voces que desde la oposición aceptaban los números que la presidenta del Poder Electoral, doctora Tibisay Lucena, presentaba aquella noche como definitivos.

A esa hora, el único que gritaba “¡Fraude!” sin la más mínima prueba de su infundio, como es ya tradicional en la oposición venezolana, era Gerardo Blyde, jefe del Comando de Campaña de la mal llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD) que agrupa a los inefables líderes del antichavismo en el país.

La recién electa Gobernadora del estado Táchira, jefa máxima de la oposición en esa localidad, vociferaba en su primera declaración frente a la prensa que ella no se había pronunciado antes de ese momento por no poseer evidencia: “Yo reconozco la evidencia que tengo en la mano… Ya tenemos la evidencia; asumimos porque tenemos la evidencia. Y vamos a acompañar todas las denuncias de los Estados donde, a pesar de existir la evidencia (SIC), se haya vulnerado la voluntad el pueblo”, decía en su atribulada declaración, dejando claro que el único lugar donde respetaría los resultados electorales sería sola y exclusivamente aquel donde ella obtuviera el triunfo.

Exactamente los mismos términos usados por el también recién electo Gobernador, pero del Estado Zulia, Juan Pablo Guanipa, quien anunció categórico que se sumará a las impugnaciones de absolutamente todos los procesos electorales, a excepción del que lo favorece a él porque… en su Estado no hubo fraude.

Guevara, cuyo partido no estuvo ni cerca de ganar en ninguna localidad, puso entonces en su cuenta Twitter que “la trampa no está en las actas (las tenemos). La trampa ocurre antes, y es un proceso más sofisticado que requiere auditoría internacional.”

Una idea tan retorcida de ridiculez pura, que me hizo comprender por fin el desespero de los opositores que integran mayoritariamente la mesa en la que me corresponde votar, en el Municipio más opositor del país, cuando saltaron frenéticos para tratar de impedir que yo me tomara la foto que tradicionalmente se toma uno para dejar constancia de su participación en la jornada cívica que representan las elecciones en Venezuela.

La foto (que por supuesto tomé por encima de las berraqueras de los escuálidos que ahí se arremolinaban para obstaculizar mi derecho a hacer lo que absolutamente todo el mundo hace ese mismo día a lo largo y ancho del país) entrañaba para aquellos pobres seres aterrados por el aura diabólica que seguramente veían desprenderse de mi serena humanidad la irrefutable prueba de la perfidia con la que los chavistas alteran los resultados electorales. Por eso tenían que impedir a toda costa que yo me hiciera aquella “peligrosa” selfie.

Votando_1.jpg

No saben cómo, no saben de dónde, no tienen idea de la forma en que el comunismo se multiplica dentro de las máquinas electorales, pero entienden que su deber es acorralar a todo aquel que ellos intuyan como chavista, para frenar mediante cualquier tipo de malabarismo el maléfico artificio de tramposería que ellos, con su más entera convicción, les suponen.

No puede ser sino a través de una triquiñuela muy perversa, dirán para sus adentros, urdida según ellos por la mente cochambrosa de los diabólicos agentes del G-2 cubano, como puede explicarse que en toda elección que se lleve a cabo en el país los números siempre hagan aparecer gente que no existe, gente horrible que ellos jamás han visto en ninguna parte, y desaparezca la que en efecto Dios sí trajo al mundo, con toda seguridad, en forma de sociedad civil. Ningún otro comportamiento humano sobre la tierra es hoy tan arrogante y prepotente.

Deber existir algún prodigio de la lógica cuántica que le permita a la sociedad civil del este del este comprender el absurdo fenómeno de la conversión del voto mayoritario opositor en votos indeseables apenas ingresa a ese pavoroso sistema, que de tantas auditorías que se le hacen ha terminado convertido más en incredulidad del alma que en certeza de los sentidos.

No puede haber tanto “marginal hediondo”, al decir de la señora D’Agostino, ni tanto “malviviente”, al decir de Ramos Allup, ni tanto “negro sudoroso”, al decir de Ocariz, en un mismo territorio. La naturaleza no puede haberse descarrilado tanto como para permitir tan desproporcionada aberración.

Para ellos, tiene que ser obra del demonio. Algún incompresible desequilibrio de lo natural tiene que estar descomponiendo el universo, que la constante más persistente en el sistema electoral venezolano es la de la presencia chavista en cantidades inaceptables para su tan particular capacidad de raciocinio.

Para nada se les pasa por la mente que la imbecilidad de sus líderes cada vez que abren la boca para decir barbaridades o contradecirse de un día para el otro; que cada engaño que les es develado, uno tras otro, día a día; que cada torpeza (como la de prometer “ingeniosos” sistemas para la reutilización de los barriles de petróleo con los que se contabiliza el crudo); que cada ridiculez (entre las miles que acumula ya ese mismo grupito dirigencial), podría tener algo que ver con la desproporción numérica que tanto les alarma.

No se les ocurre ni por casualidad que algo tendría que ver la ineptitud demostrada con sus decenas de convocatorias fallidas a huelgas inexistentes; a trancazos de puro infortunio; barricadas de autosecuestros demenciales; asesinatos de civiles y de funcionarios a mansalva (grabados por cientos de celulares y cámaras que desbordan las calles hoy en día).

Que la feria vendepatria que han montado por el mundo ofreciendo las riquezas del país henchidos de complacencia rastrera, como si de una caja chica de su particular peculio hubiesen brotado, pudiera indignar a uno que otro de sus propios militantes. Incluso a cientos o a miles de ellos.

Que quizás a la gente no le gusta que le liberen los precios a los productos, como clama esa dirigencia en su discurso antichavista cuando habla de “cambiar el modelo”, sino que hasta su propia gente implora por los viejos controles y regulaciones que la derecha se antojó en eliminar con la anarquización de la economía y con la inflación inducida a la que ha jugado por casi un cuarto de siglo para intentar acabar con la Revolución Bolivariana.

Que muy probablemente la gente sepa sacar cuentas y concluya con criterio propio que los culpables de la escases de alimentos y medicinas sean quienes le ruegan permanentemente al mundo el bloqueo económico contra nuestro país.

Exigen reforzamientos de todo el proceso, y reforzamientos del proceso se les conceden. Incluso los más arcaicos métodos de verificación, como el de la marcación con tinta indeleble (hoy totalmente en desuso), han debido incorporarse en algún momento para despejar toda sospecha de vulnerabilidad o posibilidad de alteración de los resultados electorales. Auditorías de constatabilidad y aseguramiento que desbordan infinitamente todo lo científicamente aceptable, antes, durante y después, forman parte integral del sistema. Pero la convicción más absoluta de la oposición es que hay fraude.

Cargan sobre sí la penuria perpetua de lo sobrenatural que no comprenden. Pero que tienen muy claro que hay que desterrar, con su tenaz concurso, de la faz de la tierra y para siempre.

Por eso esta misma semana aprobaron por unanimidad en la Asamblea Nacional un acuerdo en rechazo a los resultados de esa histórica elección de Gobernadores en la cual se desbordaron todos los records de participación para un evento de esa naturaleza en el país.

“¡Hay que cambiar el sistema!”, gritó Guevara en su derecho de palabra, añadiendo tajante: “Las condiciones electorales de este 15 de octubre eran las mismas del 6 de diciembre (del 2015) cuando fuimos electos… ¡Contra eso combatimos!”.

Es decir; solo será perfecto un sistema en el que gane únicamente la oposición. Exactamente igual al del inefable Mariano Rajoy, líder y mentor principalísimo de la oposición venezolana, para quien las elecciones serán válidas y legítimas solo si son para reafirmar a los borbones en el trono. De resto, serán ilegales y como tal debidamente reprimidas por la fuerza pública al servicio del Rey.

Vaya clase de demócratas.

@SoyAranguibel