Va ganando el socialismo

Por: Alberto Aranguibel B.

Apenas instalado el Gobierno del presidente Nicolás Maduro en 2013, la derecha emprendió la batalla del desconocimiento del Estado bajo el pretexto de la extinción de la “dictadura” que desde mucho antes habían desarrollado como matriz de opinión entre sus seguidores, y que (según ellos) con el fallecimiento del Comandante Chávez meses antes se habría acabado para siempre, con lo cual también se habría acabado el proyecto de justicia e igualdad social que impulsó en el país la Revolución Bolivariana.

Centró entonces su discurso en la frase “hay que cambiar el modelo”, refiriéndose en los términos más irresponsables al proceso de inclusión social que el socialismo, desde la óptica particular del ideario chavista, entraña.

El cambio del modelo fue su apuesta definitiva. Todo cuanto hizo para llevarlo a cabo; el desconocimiento del triunfo electoral del actual Presidente, el empeño en “tutear” (y hasta insultar a toda hora) al Primer Mandatario como burdo y soez intento por rebajar su dimensión institucional, las asonadas terroristas de 2014 y 2017, el frenético llamado a la comunidad internacional invitándola a actuar contra nuestro derecho a la autodeterminación, la imploración por un bloqueo económico contra nuestra economía, los muertos, mutilados, heridos, y los miles de deudos impactados por la vorágine antichavista a lo largo y ancho del país, así como la destrucción del bienestar que hasta ese momento fue alcanzado por las venezolanas y los venezolanos gracias a la Revolución Bolivariana, fue en su conjunto solamente una táctica de guerra por etapas con el único objetivo de acabar de raíz con lo que la gente más agradecía del Gobierno revolucionario; el bienestar social.

El empeño de la derecha no ha sido el destruir un ideario político solamente. Lo más importante para ese sector, cuya sed de poder está por encima de cualquier otra meta imaginable, es erradicar del alma del venezolano todo vestigio de satisfacción o agradecimiento hacia cualquier tipo de beneficio material o inmaterial que el socialismo bolivariano haya podido entregarle hasta ahora al pueblo. Su propósito más obsesivo es fomentar el odio del pueblo hacia su proceso revolucionario.

Por eso cuando habló desde el momento mismo del fallecimiento del Comandante Chávez de “cambiar el modelo”, a lo que se refería en concreto no era a otra cosa que al exterminio de la sensación de felicidad que de acuerdo a su lógica burguesa el hombre o la mujer de a pie no tenían derecho a experimentar.

En el capitalismo la pobreza es el condicionante esencial de la subordinación de clase a la que tiene que resignarse el pueblo para que la dinámica capitalista pueda verse realizada. El dinero, en sí mismo, no faculta ni desarrolla capacidad alguna para la determinación de la preeminencia social, porque carece de posibilidades materiales para la estructuración de la jerarquía social (como los ejércitos, las academias, las corporaciones), y es solo a partir de su capacidad para la generación de miseria como se produce la realización plena de la subordinación de la clase pobre a los designios de la clase burguesa.

De ahí la persistencia del más poderoso sector empresarial del país, Fedecámaras, Corpoindustria, entre otros, por exigir de manera invariable exactamente los mismos tres puntos, sobre los cuales no acepta discusión o concesión alguna.

En primer lugar, la exigencia estaba referida a la Ley del Trabajo. Tal como lo planteaba el sector privado, y lo convalidaba permanentemente la oposición que replicaba la tesis empresarial colocándola como punto de honor en el irresponsable debate político que le planteó a la Revolución, basado indefectiblemente en el desconocimiento de la legitimidad del Gobierno, la Ley del Trabajo debía ser derogada de inmediato si se quería contar con el aporte de dicho sector privado en la recuperación de la economía.

En segundo término, puso como condición inalienable la eliminación del control cambiario. La explicación ofrecida por el sector del gran capital en ese sentido también, como las explicaciones de las otras dos demandas, fue invariable durante los últimos cuatro años; ninguna economía del mundo ha prosperado bajo un régimen de control cambiario. Por supuesto, sin mencionar nunca que ninguna de esas economías de las que hablaba estuvo nunca sometida a la brutal lógica del saqueo al que ha estado sometida la economía venezolana desde hace más de un siglo, ni mucho menos mencionar la amenaza que hoy se cierne sobre nuestro país por parte de la más grande y depredadora potencia económica del mundo.

Finalmente, y no menos importante para ese sector, ha sido la de proponer como indiscutible la eliminación de la regulación de precios de los productos esenciales para la población.

En 2014, momento en el que arrecia tal exigencia (formulada reiteradamente desde hace al menos una década por ese mismo sector) la lista de productos esenciales regulados por el Gobierno Nacional no excedía los treinta y dos productos apenas. Aún así, siendo tan escasa la proporción de los productos regulados frente a los cientos de miles de productos susceptibles de ser comercializados a precio de libre mercado, tal como se hacía desde siempre sin ningún obstáculo por parte del Gobierno Nacional, el argumento del sector privado era que la desregulación de precios era lo más urgente e impostergable para la sobrevivencia de la economía.

Hoy, cuando en cada abasto, bodega, supermercado, panadería o frutería del país vemos la lujuria especuladora desatada como nunca antes en la historia de nuestra economía, donde la violación de toda clase de norma regulatoria o de control está a la orden del día hasta en el más insignificante producto de producción nacional (ya no solamente en aquellos sujetos a costos de importación) no cabe ni la más mínima duda de que el problema fundamental de la economía en este momento no es el humanista modelo socialista que le permitió a lo largo de toda la Revolución Bolivariana a las venezolanas y venezolanos disfrutar de infinidad de posibilidades de bienestar que jamás en el pasado pudieron ser ni siquiera imaginables, como la adquisición de productos de primera necesidad y medicinas a bajo costo,  posibilidades de acceso a bienes como equipos electrónicos, electrodomésticos, enseres y muebles casi a precio de costo, facilidades para adquisición de vehículos, viviendas, viajes al exterior, como nunca antes pudo hacerlo la gente pobre, servicios públicos virtualmente regalados, si no gratuitos, como la educación, la salud, la seguridad social, entre muchos otros.

Ahora, cuando se revisa el clamor nacional de todos los sectores del país, en los que se incluyen no solo los sectores del chavismo sino los militantes de la oposición y hasta los sectores mal llamados “ni-ni”, y se constata sin equívoco alguno que absolutamente todos reclaman la aplicación del máximo poder punitivo del Estado en contra de la anarquía inflacionaria que se ha instaurado en la economía nacional como producto de una guerra eminentemente capitalista que ha tenido como único propósito acabar con las regulaciones y los controles del gobierno sobre la economía, entonces es perfectamente claro que el país entero clama a una sola voz por la vuelta al modelo regulatorio socialista que la derecha siempre ha querido exterminar.

Hoy nadie desea en el país la libertad irrestricta por la que clama el neoliberalismo capitalista. La gente pide que se regulen los precios. Y punto.

En términos estrictamente ideológicos, el capitalismo perdió su propia batalla. Y esa, si se considera el esfuerzo en recursos humanos y activos económicos invertidos en esa prolongada guerra contrarrevolucionaria,  es una derrota descomunal.

Nadie pide ya aquella insensata plenitud de libertad para el capital, ni las desregulaciones para los precios de los productos esenciales por los que imploraron los capitalistas desde siempre. Ni siquiera los mismos opositores que padecen como los chavistas y como el pueblo todo los mismos agobios de la perversión capitalista que nos ha traído la penuria del desabastecimiento y la inflación más inmisericorde y desalmada.

El socialismo ha recobrado el profundo valor humanista que le imprimió desde un primer momento el Comandante Chávez, expresado en ese clamor de justicia por la que implora hoy el país entero cuando pide a gritos en todos los rincones “cárcel para los especuladores”, “mano dura en el control de precios”, “más poder al pueblo en las decisiones económicas”.

Se demuestra así que no era el modelo lo que había que cambiar, sino la tozuda y torpe oposición que le hizo al país tan demencial e irresponsable propuesta.

@SoyAranguibel

¡Chao, Almagro!

Por: Alberto Aranguibel B.

A Luis Almagro la oposición venezolana le ha salido más cara que costearle los estudios a un muchacho bobo en la universidad de Oxford.

Primero le puso como tarea, por allá por el 2014, cuando se destapó como el miserable traidor que es, que alborotara el país para poder acusar al presidente Maduro en la OEA de haber acabado con la libertad en Venezuela.

No le funcionó porque la oposición decidió postularse ese mismo año para un proceso electoral parlamentario que echaba por tierra toda hipótesis de tiranía en el país. Ganar ese proceso y que el supuesto tirano le aceptara el triunfo, fue el colmo del desastre.

Decidido a actuar por cuenta propia, Almagro acusa meses después al gobierno bolivariano de inconstitucionalidad porque, según él, mantenía sometidos a los Poderes del Estado bajo su control.

Pero la oposición se enfrentó tan abiertamente al Presidente a partir de ese momento desde la Asamblea Nacional, lo que desbarató también la infundada tesis de la supuesta inexistencia de separación de Poderes.

Creyendo que la gente no tenía memoria, Almagro retoma un año después exactamente el mismo tema de la inexistencia de separación de Poderes en Venezuela, y a la oposición no se le ocurrió nada más y nada menos que soltar a la Fiscal General como perro rabioso en contra del Primer Mandatario.

Sí había entonces separación de Poderes. No uno sino dos, el Legislativo y el Moral, estaban peleados con Maduro. Peor no podía haber puesto la torta la oposición.

Como un último recurso de salvación, Almagro decide entonces que acusará a Maduro de dictador y punto. Que de esa sí que no puede salvarse.

Y viene Maduro y convoca la más grande y entusiasta elección popular que haya tenido lugar en el país y lo revienta en seco.

Creyendo que tenía todavía una carta bajo la manga, Almagro le ordena finalmente a la oposición desconocer la Asamblea Nacional Constituyente para así poder denunciar a Maduro en el senado norteamericano y lograr su ansiada invasión militar de EEUU contra Venezuela.

Pero la oposición, en vez de eso, se inscribe en pleno para la elección a Gobernadores desbaratando ante el mundo el discurso según el cual ya no habría ni una pizca de democracia en Venezuela y dejando claro que el sistema electoral sí es perfectamente confiable.

De modo que en Venezuela no hay tiranía, no hay dictadura, existen las más amplias libertades públicas y la democracia funciona perfectamente.

Almagro ya no existe. No se le ve ni se le escucha por ninguna parte. Se convirtió en “polvo cósmico”, como todo el que se mete con Chávez.

Y como todo el que cree en la oposición venezolana.

@SoyAranguibel