Arrogante pretensión de poder

Por: Alberto Aranguibel B.

El problema de fondo en Venezuela no es económico sino social. Que una clase social se considere superior al resto de la población es una horrible expresión de arrogancia (que inevitablemente deviene en intolerancia) de la que derivan todos los demás percances, entre ellos el económico, y que impide superar cualquier situación difícil por la que atraviese el país.

Esa clase que se cree superior es la que eleva los precios como le da la gana porque es dueña de los más importantes canales de importación, de distribución y de comercialización de la mayoría de los productos que se expenden en el mercado venezolano, toda vez que, en virtud de ese repugnante supremacismo, no le importa en lo más mínimo el sufrimiento que su avaricia y su prepotencia le ocasionan al pueblo.

Por esa razón se considera con derecho a tomar el control del Estado y a manejar a su antojo la economía y los recursos del país, sin haber ni siquiera participado en una elección.

El argumento de su supuesta “mayoría” (jamás probada en las movilizaciones de calle, en las asambleas populares, o en las elecciones) no es sino un pretexto para tratar de hacer válida esa pretensión de poder que tanto le mortifica desde que las venezolanas y los venezolanos de a pie decidieron ser gobierno.

Nunca ha sido verdad esa mayoría de la que se jacta esa clase pudiente y por eso ha rehuido a medirse en la elección del próximo domingo. Su propuesta de la “abstención” no es sino un intento por adueñarse de las cifras normales de apatía que hay en todo proceso electoral, para colocarlas impúdicamente como votos a su favor y fabricar así, unidas esas cifras a los votos de los candidatos de la derecha, la mayoría que nunca ha tenido.

La estrategia “tenaza” con la que esa derecha prepotente persigue robarles la democracia a los venezolanos (la de una mayoría artificial que no se apoya en la verdadera voluntad del pueblo) no prosperará porque la Constitución y las leyes se lo impiden y porque el río humano que saldrá este domingo a defender con su voto la integridad y la soberanía de la Patria será la más grande y entusiasta movilización popular jamás vista en nuestra historia.

Contra esa arrogante y perversa trampa de los ricos, Venezuela votará masivamente por Nicolás Maduro Moros.

 

@SoyAranguibel

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Maduro: la importancia de un voto poderoso

Por: Alberto Aranguibel B.

Es el canto universal cadena que hará triunfar el derecho de vivir en paz
Victor Jara

Si algo les resulta insondable y difícil de determinar a las encuestadoras de opinión, son las razones particulares en la orientación del voto de los electores de manera individual. Establecer la intencionalidad de un universo dado solo es posible a partir de una percepción más o menos uniforme entre la población, obtenida mediante el uso de cuestionarios llevados a cabo por especialistas en opinión pública, que, aun cuando logren alcanzar niveles razonables de probabilidad, no llegan jamás a desentrañar las motivaciones profundas de cada uno de los encuestados, sino, cuando mucho, una tendencia aceptable.

La diferencia (a veces abismal) entre un estudio de opinión y otro, está determinada exactamente por esa razón. Por muy honesta y profesional que sea la encuestadora, son muchas las variables que definirán a la larga el resultado de cada sondeo, y que condicionarán, por supuesto, el criterio de los analistas más allá de lo que diga el elector o la electora. La definición del universo poblacional, el establecimiento del tamaño de la muestra y la unidad estadística para el análisis, la planificación del trabajo de campo, quiénes lo hacen, quiénes supervisan, quiénes y cómo tabulan, quiénes rinden el informe final. Todo, absolutamente todo, introduce elementos subjetivos que pueden influir o alterar la consulta, quiérase o no, en un sentido o en otro, porque la intención de voto no es producto de una condición física inmanente del ser humano, sino una expresión de las percepciones de cada quien, de acuerdo a motivaciones particulares, según la diversidad y diferencia de los factores que las desencadenen.

Por eso es razonable suponer que existen diversas motivaciones para el voto, mucho más allá de la simple preferencia o inclinación hacia uno u otro candidato.

En una sociedad despolitizada, el voto está movido principalmente por la necesidad de vivir mejor. En eso en el ámbito del capitalismo el llamado “voto castigo” suele ser la modalidad más recurrida, toda vez que bajo la lógica del libre desempeño del capital los gobiernos no resuelven jamás el problema de la pobreza y la desigualdad social, porque no está en su naturaleza neoliberal ni siquiera el intentar resolverlo.

Pero en una sociedad politizada, como la venezolana, el voto tiene muchas otras connotaciones y valoraciones, más referidas a la sustentabilidad y viabilidad real de las propuestas políticas, en lo cual hay cada vez menos cabida a la seducción de la demagogia y las ofertas engañosas. De ahí que la encuesta va cobrando progresivamente un papel de actor político, en la medida en que, antes que proveer una información al elector, procura inducir el voto de éste. Es decir que, frente al fracaso del demagógico relato de campaña, termina por sustituir el rol del panfleto político de aquellos sectores carentes de propuestas o proyectos creíbles.

Por su condición de empresas privadas que venden su trabajo al mejor postor, las encuestadoras no incorporan en sus procesos mecanismos externos de constatabilidad y aseguramiento de la pulcritud e idoneidad de la información que procesan, y mucho menos de la que entregan a sus clientes. Como, por ejemplo, un registro, unas máquinas y un software auditados, un conjunto de testigos que representen a los distintos actores políticos, observaduría internacional calificada, etc., lo que hace de las encuestas un trabajo independiente sin poder vinculante alguno.

Por eso en un sistema democrático, como el que hoy rige en Venezuela, la única encuesta veraz, precisa, e irrefutable, es el voto. A través de un sistema altamente tecnificado, de confiabilidad perfectamente asegurada, diseñado para reducir al mínimo la natural aprehensión y las posibilidades de confusión del elector a la hora de ejercer su sagrado derecho al voto, las venezolanas y los venezolanos disponen hoy de una posibilidad extraordinaria de participación como no la hay en ninguna otra parte del mundo con tales características.

Quienes desde el exterior se suman a la campaña de difamaciones de la derecha contra el avanzado sistema electoral venezolano, solo expresan el comprensible desconocimiento que tiene la opinión pública internacional acerca de esas características. Precisamente porque nuestro sistema es único, en términos de sus múltiples atributos y sus fortalezas, lo que convierte hoy por hoy a nuestra democracia en una de las más atacadas, siendo que en realidad es una de las más transparentes del mundo.

El voto no es en la Venezuela revolucionaria el desesperanzador boleto hacia la incertidumbre y a la nada que es en el inhumano modelo capitalista. En Venezuela, a diferencia de lo que ocurre en la sociedad capitalista, el voto representa el poder verdadero de un pueblo activado en permanente batalla por el bienestar colectivo, erigido por fuerza propia en barrera impenetrable contra la voracidad imperialista que persigue derruir nuestra soberanía para adueñarse de nuestras riquezas y reinstaurar en nuestro suelo el reino del hambre, la exclusión y la miseria que reinó aquí en el pasado cuartorepublicano.

La razón de ser de la llamada “alternabilidad” en el modelo capitalista (en el que no se alterna de ninguna manera el modelo económico sino el funcionario de turno, cuando mucho), es hacerle creer al elector que su voto está sirviendo para impulsar transformaciones cuando en realidad es todo lo contrario. En el capitalismo el voto solo sirve para perpetuar el modelo de la explotación, de la injusticia y la desigualdad social, y de la acumulación de la riqueza en pocas manos.

En el pasado, esa alternabilidad sirvió en Venezuela para la legitimación sistemática de gobiernos incapaces, que sumieron al país en la más dolorosa y cruel miseria mientras los ricos se jactaban cada vez más del crecimiento de sus mal habidas fortunas, birladas al erario nacional a través de los subsidios y las comisiones ilegales que el modelo neoliberal ordenaba otorgar a la empresa privada sin tomar jamás en consideración al pueblo.

En la Revolución Bolivariana, el voto adquiere un carácter constituyente porque sirve para la refundación de la Patria bajo la égida de un proyecto de país en el que el ser humano es actor fundamental de la transformación que se impulsa desde el Gobierno, y que se consolida paso a paso desde el Poder Popular que va gestándose en las comunidades a medida que avanza el proyecto revolucionario.

En la Venezuela de hoy, el voto es una herramienta de participación política cada vez más consciente y comprometida, mediante la cual el pueblo ha conquistado los más valiosos logros alcanzados por el país en la búsqueda de su propio bienestar.

Con esa poderosa herramienta, el pueblo ha activado el más singular proceso de emancipación social en nuestro continente desde los tiempos de las luchas independentistas, que con sus fallas y reveses (perfectamente lógicas en todo proceso de verdadera transformación) ha demostrado sin embargo la mayor tenacidad de gobierno alguno en la historia para atender las necesidades de las venezolanas y los venezolanos sin distingos de ninguna clase.

Ha asegurado la paz y la tranquilidad del país, demostrándole al mundo, a través del hecho electoral, que repudia la violencia que la derecha neoliberal propone, salvando al país de la tragedia de una pavorosa guerra entre hermanos que solo favorecería a los insaciables halcones del imperio.

Ha garantizado la sostenibilidad de un proyecto inclusivo, de más de 39 misiones y grandes misiones con las cuales se ha saldado en gran medida la inmensa deuda social acumulada por décadas de desidia puntofijista, y que no tendría posibilidad alguna de existir bajo un gobierno de orientación neoliberal como el que hoy esos mismos sectores de la derecha proponen.

En definitiva, a lo largo de la Revolución Bolivariana el voto ha servido para imprimirle la mayor legitimidad popular de nuestra historia a líderes verdaderamente consustanciados y comprometidos con las necesidades del pueblo, a quienes les ha entregado la responsabilidad de defender la soberanía y la independencia hasta con su vida si fuera necesario.

Este domingo 20 de mayo esa responsabilidad le será entregada de nuevo al presidente Nicolás Maduro Moros, porque en él, gracias a su don de gente buena y honesta, su tenacidad, su valentía, y su extraordinaria capacidad de trabajo por el pueblo, ese inmenso poder que tiene el voto de cada venezolana y cada venezolano no se perderá jamás, sino que estará siempre destinado a engrandecer cada vez más a la Patria.

@SoyAranguibel    

Aranguibel: “No nos quieren regresar a la Guerra Fría, sino al Siglo XVI”

Caracas, 09 de mayo de 2018 .- “Mucha gente dice que en la tensión política que vive el mundo los acontecimientos pudieran estar llevándonos a una nueva Guerra Fría, cuando en realidad pareciera que la intención de algunas potencias es llevarnos al siglo XVI, cuando lo que se imponía era la fuerza de los imperios”, sostiene Alberto Aranguibel en entrevista con la periodista Tatiana Pérez, en Telesur.

Vea aquí la entrevista:

Democracia sin pueblo: el absurdo modelo capitalista

Por: Alberto Aranguibel B.

La democracia le servía al capitalismo cuando la gente no reclamaba sus derechos. Cuando los pueblos no tenían noción ni conciencia de lo que eran la injusticia y la desigualdad, y por ende no sentían necesidad alguna de utilizar el voto como instrumento de lucha por la emancipación de las mayorías oprimidas.

El voto, cuya razón de ser se mantuvo siempre relegada a la lógica de los juegos de azar más que al poder transformador que comprendía de manera ilusoria el ritual electoral, era entonces solo un procedimiento más, un trámite ordinario apenas ante un organismo del Estado.

Se sentía así a sus anchas la oligarquía, que se consideraba dueña del Estado a perpetuidad cada vez que las elecciones en cualquier parte del mundo arrojaban la recurrente novedad de la elección de presidentes que venían a reafirmar la calidad perdurable de un modelo resistente a los vaivenes de la historia, como el de la democracia representativa, que a medida que se fortalecía la ilusión redentora del capitalismo en la mente de esos electores sometidos al ultraje del medio de comunicación en manos de los ricos, terminaban por hacer realidad esa idea de la vida eterna del perverso sistema de la acumulación del capital.

Pero las cosas comenzaron a resultar de otro modo en el universo-mundo al que los ricos se habían habituado, y la democracia empezó a convertirse en un dolor de cabeza insoportable que obligó al sector de mayor poder adquisitivo a repensar la concepción misma de la sociedad para darle paso a nuevas formas de vida que, sin importar las aberraciones ideológicas a las que hubiera que apelar para reconstruir el sentido de la verticalidad en la distribución de género humano que es tan indispensable y sustancial al capitalismo, debían impulsarse para reorganizar aquel equilibrio que ese sector consideraba tan perfecto, y que ya la simple representatividad de la vetusta democracia neoliberal es incapaz de retomar hoy.

Todo cuanto sucede hoy en el mundo capitalista deja ver que la democracia no es ya un sistema con el cual se puedan hacer realidad las opciones de las cuales pueda disponer la oligarquía para asegurar el control social como antaño.

Desde los retorcidos intentos de las monarquías todavía existentes en el mundo por tratar de arribar a rebuscadas fórmulas de gobierno que pudieran ser aceptadas hoy por los millones de seres humanos que repudian ese oprobioso modelo de la consagración eterna de las dinastías al frente de las naciones por esa sola razón, hasta los esquemas seudo institucionales con los cuales la derecha pretende hoy legitimar la exclusión y el desconocimiento de las mayorías para perpetuar en el poder a los sectores dominantes, la realidad del desprecio a la democracia en el ámbito del capitalismo es innegable.

Solamente en Latinoamérica, ensañamientos como el del Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), del Departamento de Estado norteamericano y del depauperado Grupo de Lima, por desconocer la indiscutible legitimidad del gobierno venezolano, así lo demuestran.

La burla en que se ha convertido la democracia en el continente se ve reflejada en el descalabro que ha causado con su descomunal poder corruptor una misma corporación comprando políticos inmorales y filibusteros a diestra y siniestra, como lo es la empresa Odebrecht, cuyo único objetivo ha sido el de hacerse de los negocios más importantes en infraestructura en todos los países de la región, colocando a la vez en cada uno de ellos a los más conspicuos mercenarios del neoliberalismo en el poder.

La tragedia suramericana de nuestros tiempos no está determinada solamente por el hambre y la miseria, como lo advirtió el comandante Hugo Chávez en su momento, sino por las profundas desigualdades que genera el afán capitalista por adueñarse de las economías latinoamericanas, en función de lo cual procura perforar sin miramientos filosóficos ni doctrinarios de ninguna naturaleza toda barrera, todo obstáculo que, en razón de la soberanía, de la justicia o de la legalidad, se le oponga en el camino.

La más grande barrera con la que se topa hoy el capitalismo en el continente suramericano es sin lugar a dudas el avance de la idea de liberación y redención de los pueblos a través de un modelo democrático verdaderamente participativo, en el que los muertos a manos del sicariato político no sean el factor determinante de la contienda como sucede desde hace décadas en Colombia, México, Paraguay, Brasil y Centroamérica.

Por esa fuerza popular emergente e indetenible, es que sale del gobierno expulsado con el mayor repudio de casi toda la sociedad peruana y continental un presidente electo hace apenas un año, para convertirse en el quinto expresidente de esa nación que, si no está siendo investigado todavía por corrupto, al menos está señalado de serlo.

La misma fuerza tectónica que hoy tiene en vilo al también recién electo presidente de Argentina, Mauricio Macri, cuyos niveles de “popularidad” pueden medirse perfectamente por la extraordinaria y monumental demostración de desprecio que significa el voceo multitudinario que resuena como la poderosa voz del Olimpo en todos los espacios públicos, con una consigna emblemática para los argentinos en la que se le recuerda insistentemente al presidente a la señora madre que lo parió.

Es también la fuerza que denuncia de manera masiva (por primera vez en varias décadas) el grotesco fraude electoral con el que el gobierno colombiano pretendió hacerle creer al mundo que la ultraderecha se sostiene en el poder en ese país gracias al respaldo mayoritario del pueblo. Una especie que no pudo sostenerse ni un segundo ante el aluvión de pruebas documentales (infinidad de videos, fotografías, testimonios de la gente, etc.) que dejaron al descubierto la pantomima electoral que fueron las elecciones legislativas de hace dos semanas, a las que, además, no acudió a votar sino un exiguo porcentaje del padrón electoral. Algo que ya de por sí presagia la convulsión que será la inminente elección presidencial colombiana.

Igual a la vigorosa voluntad anti sistema que dejan al descubierto las gigantescas movilizaciones de protestas en México y en Brasil en contra de la cultura del sicariato político que se ha instaurado en cada uno de esos países desde las esferas del poder para intentar cerrarle el paso a los liderazgos populares emergentes y enquistar en el control de las economías a los mismos delincuentes de cuello blanco que en el resto del continente procuran asaltar el poder sin importar cuánto destruyen o exterminan los valores y principios más esenciales de la democracia.

Por eso, porque es la más viva expresión de una democracia sólida que se asienta en la robustez de un sistema electoral inexpugnable, blindado como ningún otro en el mundo con insuperables sistemas de verificación y aseguramiento de su transparencia y confiabilidad, es decir; que no acepta la penetración del capital para abrirle las fisuras que le permitan al capitalismo direccionar las elecciones a su favor ni colocar títeres del neoliberalismo en el poder, es que Venezuela es asediada y atacada hoy desde los centros hegemónicos del gran capital.

Que la derecha nacional e internacional sostenga hoy a una sola voz que convocar al pueblo a elecciones en Venezuela es un fraude, no significa ninguna otra cosa que el repudio a la voluntad popular dicho en los términos más absolutos e irrefutables. El mismo repudio del que fue objeto el presidente Manuel Zelaya en Honduras al pretender consultar la opinión del pueblo mediante el voto.

Un desprecio que queda al descubierto en Colombia con su fraude electoral masivo, pero también en Brasil, donde el voto de cincuenta millones de brasileños que respaldaron a la presidenta Dilma Rouseff no importó en lo más mínimo para imponer a un corrupto como Michel Themer en el poder. Como no importó nunca en los Estados Unidos, donde el actual mandatario obtuvo tres millones de votos menos que su contrincante y sin embargo es juramentado presidente.

Es exactamente el sentido de una doctrina que se extiende desde el imperio hasta la Patagonia para hacerle creer a los pueblos que el voto, como procedimiento de consagración que es para la sociedad, debe servir sola y únicamente para reafirmar el modelo capitalista y no para abrirle posibilidades a ningún otro tipo de expresión popular. Que democracia no significa que el voto pueda ser una herramienta para hacer valer de ninguna manera la opinión del elector más allá de su disposición a respaldar el sistema, y no a transformarlo, porque para el capitalismo esa opinión no tiene relevancia alguna, ni debe tenerla.

Un absurdo modelo de democracia sin pueblo.

@SoyAranguibel

 

 

 

Democracia: la amenaza inusual y extraordinaria

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de tanto batallar para impedir que en Venezuela cristalizara un modelo económico y político orientado hacia la justicia social, los Estados Unidos se enfrentan hoy a una coyuntura crucial en la historia política de nuestro continente.

Las elecciones presidenciales previstas para este mismo año en Colombia, México y Brasil, tres de las naciones más importantes en la visión geoestratégica del gigante del norte y su lógica de la dominación, y ahora las de Venezuela, decretadas por la Asamblea Nacional Constituyente para antes de finalizar el primer cuatrimestre, apuntan a un escenario de severo revés para las pretensiones de retomar el control de Latinoamérica mediante la imposición de serviles gobiernos de derecha que le permitan relanzar el fracasado proyecto del ALCA en la región.

Por vía de procesos eleccionarios perfectamente democráticos, los movimientos sociales que desde hace décadas han levantado su voz en nuestra América para expresar su repudio a las pretensiones neocoloniales de los EEUU avanzan cada vez con mayor vigor y aliento, incluso en países donde hasta hace muy poco era impensable tal surgimiento del poder popular como fuerza electoral mayoritaria.

En Colombia, por ejemplo, donde a través de la historia la derecha se enquistó en el poder mediante el asesinato sistemático de los liderazgos sociales que irrumpieron en la vida política de esa nación con propuestas de profundo arraigo popular (Jorge Eliecer Gaitán, Luis Carlos Galán, y miles de dirigentes más), aparecen hoy candidatos progresistas, como Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Clara López, Rodrigo Londoño, y Piedad Córdoba, entre otros, que encarnan esas mismas ideas por las cuales el pueblo colombiano ha clamado durante siglos de pobreza extrema, de hambre y de padecimientos que le han llevado a convertirse en la segunda población de desplazados del mundo, después de Siria.

Cualquiera de esos candidatos podría alcanzar en mayo de este año la primera magistratura de ese país, incluso sin necesidad de ir a segunda vuelta, dado el desprestigio y el exiguo respaldo popular de los candidatos de la derecha.

Por primera vez en casi un tercio de siglo la izquierda colombiana tiene la posibilidad de presentarse a un proceso eleccionario de manera libre y democrática, gracias a la intensa jornada que significó el Diálogo de Paz en la extinción de la guerra que enfrentó durante más de 50 años a esa nación.

Los colombianos han esperado una oportunidad como esa desde hace mucho tiempo. Más de doscientas mil vidas se perdieron en el intento de hacer valer las ideas de justicia e igualdad social por las que ese pueblo clamó desde siempre. Esa sola estadística debiera ser un campanazo de alerta para la derecha en ese país y en particular para el Departamento de Estado norteamericano.

En México, para los sectores aliados del imperio que desde siempre han sucumbido al entreguismo vendepatria, el panorama no es menos desalentador.

Jamás, desde los tiempos de la Revolución, hace más de un siglo, un presidente de los EEUU fue tan repudiado por los mexicanos como lo es el “presidente amigo” del actual mandatario de ese país, Enrique Peña Nieto.

Nadie ha despreciado e insultado el gentilicio mexicano en la forma tan insolente en que lo ha hecho Donald Trump, y ningún mandatario mexicano había sido tan arrastrado y permisivo con esas ofensas como Peña Nieto, quien, además del largo expediente de corrupción en el que está incurso, tiene en su haber la gestión de gobierno con más crímenes contra dirigentes sociales y violaciones a los derechos humanos que ha habido en ese país.

Andrés López Obrador, a quién le han sido robadas las elecciones en más de una ocasión por un sistema electoral atrasado, que no ofrece ni la más mínima garantía de confiabilidad ni transparencia, es hoy el candidato con mayor opción para la elección del próximo mes de julio, frente a candidatos de la derecha signados por la mediocridad y la falta de arraigo popular.

¿Apelará también la oligarquía mexicana al viejo expediente del magnicidio, tal como lo hicieron ya en 1994 con Luis Donaldo Colosio para tratar de contener el avance de las luchas populares que, al igual que López Obrador, aquel líder encarnaba?

¿O recurrirán al formato del juicio amañado tan en boga en el mundo capitalista para sacarlo del juego como pretenden hacer contra Luiz Inácio Lula da Silva los mismos poderes dominantes de la derecha corrupta que hoy gobierna en Brasil y que creen que de esa manera contendrán el avance de millones de hombres y mujeres que padecen cada vez más las inclementes políticas neoliberales que esos sectores imponen por encima del clamor mayoritario del pueblo en función de la democracia participativa y protagónica a la que ese pueblo aspira?

En Venezuela, frente al bochornoso desplome de la derecha y el indetenible avance de las fuerzas chavistas en los últimos procesos electorales llevados a cabo en el país, la reelección del Presidente Nicolás Maduro pareciera ser más un inminente e inevitable acto de ratificación revolucionaria que ninguna otra cosa.

Maduro, el más duro hueso de roer para el imperio a lo largo de todo su mandato, aparece hoy como uno de los estadistas más completos y de mayor estatura política en la región, precisamente por haber logrado derrotar con el apoyo mayoritario del pueblo la más feroz y criminal campaña de agresiones contra el país, a pesar del sufrimiento que esas campañas han desatado especialmente entre los pobres.

Si a todo ese revelador escenario se le suman las deplorables valoraciones que tienen hoy los presidentes latinoamericanos en los que la derecha cifró sus mayores esperanzas de resurgimiento en el Continente hace apenas meses, empezando por Michel Themer y su vergonzoso 6% de aprobación en Brasil, o por el mismísimo “perro echado” Pedro Pablo Kucshinsky, al borde del impeachment a menos de un año en la presidencia del Perú y, por supuesto, sin dejar por fuera la indetenible caída de popularidad de Mauricio Macri, en Argentina, ganada a punta de despidos masivos de trabajadores, a represión y violación constante de derechos humanos y a la elevación desmedida de tarifas en los servicios públicos, encontraremos que esa guerra contra el modelo de soberanía e independencia impulsado por Venezuela va a requerir mucho más que un simple decreto de amenaza extraordinaria o un arbitrario paquete de sanciones económicas.

En la medida del crecimiento y extensión territorial de esas expresiones populares  de lucha por la justicia y la igualdad que hoy se levantan cada vez con mayor fuerza a lo largo y ancho de todo el continente, la guerra del imperio ya no será contra uno que otro mandatario legítimamente electo en uno que otro país, sino que tendrá que enfrentar a millones de hombres y mujeres dispuestos a dar la vida por la soberanía de sus pueblos. Y eso son palabras mayores, incluso para el más sanguinario y demencial imperio de la historia.

El retorno de la derecha en Chile no es suficiente para decretar la reinstauración del neoliberalismo en Suramérica.

Iniciativas revolucionarias orientadas a la liberación e independencia de nuestras economías, como las del Petro, por ejemplo, destinadas a acabar definitivamente con el yugo al que hemos sido sometidos con una moneda como el dólar, que no ha generado más que hambre y miseria en nuestros pueblos, frustrarán cada vez más esas esperanzas de dominación imperialista en nuestro suelo.

Le tocará a ese decadente imperio emprender la guerra ya no solo contra Venezuela sino contra la democracia misma, como lo ha venido haciendo ya a través del estólido secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien después de centenares de actuaciones y declaraciones solicitando el adelanto de las elecciones presidenciales en nuestro país, emprende ahora el ataque contra el llamado al sufragio hecho por la ANC; y de los necios presidente de Colombia y Argentina, que conforman la cáfila de los cuatro o cinco impúdicos rastacueros pro imperialistas del viejo y del nuevo mundo que anuncian orgullosos su negación a reconocer el proceso electoral venezolano, como si las elecciones requiriesen del visto bueno de badulaques del neoliberalismo para poder considerarse legítimas.

Una guerra contra la democracia en la que Estados Unidos y sus “aliados” ratificarán ante el mundo que su empeño no ha sido jamás por la emancipación de los pueblos, como han pregonado hasta ahora, sino por hacerse del control de nuestros destinos a como dé lugar, tal como lo  advirtió el Libertador Simón Bolívar cuando sentenció: “Los Estados Unidos parecieran destinados por la providencia para plagar de miseria a nuestros pueblos en nombre de la libertad.”

 @SoyAranguibel

El tamaño sí importa

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 23 de noviembre de 2015 –
Por: Alberto Aranguibel B.

En su legendario tratado sobre el origen de los partidos políticos, Maurice Duverger establece la relación directa que hay desde hace más de dos siglos entre el desarrollo de las organizaciones políticas y el de la democracia, a partir de la creciente aspiración participativa de los diversos sectores e intereses grupales particulares de la sociedad en la conducción del Estado.

Por lo general, esos intereses se referían en un principio a necesidades específicas por vecindad geográfica o profesional. Las doctrinas vendrían mucho después, cuando las sociedades del pensamiento elevaron a un nivel más colectivo la aspiración electoral, tal como sucedió en la Revolución Francesa.

“Cuanto más ven crecer sus funciones y su independencia las asambleas políticas –dice el autor- más sienten sus miembros la necesidad de agruparse por afinidades, a fin de actuar de acuerdo; cuanto más se extiende y se multiplica el derecho al voto, más necesario se hace organizar a los electores a través de comités capaces de dar a conocer a los candidatos y de canalizar los sufragios en su dirección.”

Signo imprescindible de la robustez y profundidad de la democracia es su nivel de participación popular. Si los derechos electorales se extienden pero la participación se debilita, la democracia pierde representatividad y carece de todo sentido. De ahí la verdadera razón y necesidad del partido político.

Sostiene Duverger que, aún sin darle una preeminencia superior al aspecto doctrinario, el carácter organizativo es lo que determina hoy por hoy la vigencia del partido en la sociedad. Por eso afirma que, a diferencia de lo que fueron en sus orígenes, “los partidos modernos se caracterizan antes que nada por su anatomía”, ya que “se definen mucho menos por su programa o por la clase de sus miembros que por la naturaleza de su organización; un partido es una comunidad con una estructura particular.”

La diversidad ideológica, la teoría política, es esencial para la democracia. Pero sin la organización social, sin el partido político, ninguna teoría tendrá viabilidad. Marx lo deja claro cuando afirma que la teoría se convierte en fuerza material cuando se apodera de las masas.

En definitiva, el partido es el instrumento mediante el cual la sociedad traduce su propuesta política en poder político. En virtud de ello una obligación impostergable en todo proceso de transformación social es la organización popular para hacer viable la teoría que impulsará y dará soporte ideológico a esa transformación. Al servicio de eso debe colocarse el liderazgo político.

Dialéctico proceso que Perón resume en estos términos: “El conductor no es nada si los elementos de la conducción no están preparados y capacitados para ser conducidos.  Y no hay conducción que pueda fracasar cuando la masa que es conducida tiene en sí misma el sentido de la conducción. Por eso, conducir es difícil, porque no se trata solamente de conducir. Se trata, primero, de organizar; segundo, de educar; tercero, de enseñar; cuarto, de capacitar, y quinto de conducir. Eso es lo que  nosotros debemos comprender.”

Por eso el comandante Chávez en el marco de su propuesta de socialismo bolivariano le otorgó tan especial importancia al proyecto de la construcción del partido, ya no solo para la necesaria tarea de la búsqueda del voto en los eventos electorales, sino como una poderosa maquinaria de organización social permanente al servicio del pueblo.

Un gigantesco salto histórico en esa dirección está contenido en las “Líneas Estratégicas de Acción Política del PSUV”, presentadas por Chávez en enero de 2011, en las que se plasmaba esa innovadora filosofía: “Optar por la lógica del Partido-Movimiento implica posicionarse dentro de las masas populares, estableciendo y desplegando una amplia política de alianzas con las diversas formas de organización popular, incluyendo los sectores patrióticos y democráticos de las clases medias, apoyándolas e invitándolas a poner su talento y conocimiento al servicio de las construcción de una sociedad del buen vivir para todas y todos […] nuestro principal campo de batalla para lograr concretar el Socialismo es el ámbito donde viven los sujetos sociales: el espacio territorial. Para ello, el PSUV debe dotarse de una estructura estable político territorial de dirección que comprenda los estados, los municipios, las parroquias, las comunidades y sus sectores específicos.”

Concepción organizativa con la cual no comulga la derecha porque sus intereses están centrados en las necesidades de un solo sector. Mientras el PSUV trabaja de manera permanente en la construcción del Poder Popular colocando como centro de su accionar al ser humano, la oposición se aleja cada vez más de los electores porque ubica su foco exclusivamente en el bienestar del capital privado.

Al mejor estilo de los concursos de belleza, en los que las candidatas no tienen más nada que hacer sino desfilar y esperar el veredicto del jurado, la oposición no desarrolla propuesta ideológica ni construye organización política alguna al servicio de las comunidades, sino que convoca electores a través de los medios en una suerte de lamentable gran feria de la demagogia radioeléctrica, procurando más el voto contra el chavismo que el suyo propio.

Nunca como hoy la oposición venezolana ha estado tan fragmentada y plagada de contradicciones entre su propia dirigencia. Uno de sus antiguos dirigentes, Felipe Mujica, anunciaba la renuncia de su partido, el Movimiento al Socialismo, al acuerdo opositor, afirmando que la MUD era solo un organismo electorero que ni siquiera para organizar el voto funcionaba ya. Copei, otro de los partidos históricos de la mal llamada “unidad”, fue sacado violentamente de la organización aduciéndose problemas internos y sus miembros excluidos de las listas de candidatos al parlamento. Lo mismo le sucedió a la infortunada exdiputada María Machado a quien la MUD le negó la posibilidad de postular candidatos en sus listas.

Si a eso se le suma la inhabilitación que por una razón u otra ha dejado fuera de la contienda parlamentaria a buena parte del resto de la dirigencia de ese sector, vamos a encontrar que la situación en el antichavismo es de total precariedad en términos estrictamente organizacionales.

Aferrada a la hipótesis del descontento del pueblo por las penurias que la guerra económica le hace hoy padecer de manera inmisericorde, la oposición ni siquiera da a conocer a sus postulados a la Asamblea Nacional, a quienes esconde en una inédita estrategia de campaña política de intriga, con la que reincide en su fallido intento de emboscada plebiscitaria contra la revolución.

El resultado de todo ello es lo que el país ha visto desde hace meses en las calles; en sus procesos de elecciones primarias, la oposición siempre opta por los circuitos donde se concentra el sector de mayor poder adquisitivo de la población, es decir: las clases pudientes, que no alcanzan ni siquiera a un tercio de las circunscripciones electorales. El PSUV, por su parte, llega en sus elecciones primarias hasta el más apartado rincón del país como muestra de su compromiso inquebrantable con el pueblo donde quiera que este se encuentre.

La irrisoria participación de electores en esas primarias de la oposición se corresponde perfectamente con los minúsculos porcentajes que de manera individual obtiene cada uno de sus partidos en todas las elecciones. Lo que contrasta abismalmente con los altísimos resultados del PSUV en cada una de ellas y con la masiva concurrencia a sus primarias.

El fracaso opositor en cada caso no ha podido ser explicado jamás por su dirigencia, así como tampoco lo ha sido la escasísima afluencia a las diversas concentraciones públicas a las que convocan hoy en día, quedándoles grandes hasta las estrechas canchas deportivas en las que eventualmente se reúnen.

Ningún pueblo consciente aceptará jamás perder su voto apostando a candidatos que no respondan a organización popular alguna.

Si la democracia se realiza con el concurso mayoritario del pueblo a través de sus partidos políticos, tal como se ha expresado en más de veinte elecciones desde la llegada de la revolución bolivariana al país, en particular las últimas tres en las que el poderoso partido PSUV creado por el Comandante Chávez ha obtenido triunfos inobjetables aún a pesar de no contar con la presencia física de su líder fundador, entonces es perfectamente fácil concluir que para un reto electoral tan trascendente como el del próximo seis de diciembre el tamaño de la organización sí importa.

 

@SoyAranguibel

La misión de Capriles…

En el mundo capitalista de hoy no se están llevando a cabo en modo alguno formulaciones teóricas para el replanteamiento del modelo. Los mecanismos que se discuten en Bruselas, Washington, Berlín y París, son solamente disquisiciones economicistas, orientadas más bien a la búsqueda de seguros de vida para el sistema financiero mundial, a costa de todo cuanto en lo social o político deba sacrificarse.

Como se sabe, el poder en el mundo capitalista no lo ejercen quienes han sido presentados a través del tiempo como la base del Estado, o sea los sectores políticos, ejecutores de acciones de Gobierno que desde siempre obedecen a los intereses de las hegemonías dominantes, es decir, al gran capital, sino que lo ejercen precisamente quienes concibieron al Estado como la gran maquinaria para el control y la regulación del potencial poder transformador de la sociedad mediante el ritual de las elecciones. En lo cual, el sector político es simplemente un instrumento más de consolidación del modelo.

Este gigantesco mecanismo, concebido para asegurar y perpetuar la desmovilización social, es lo que conocemos como “el Estado burgués”, cuyo propósito es educar a la sociedad en la idea de que no existirá libertad ni progreso en modo alguno si no existe libertad plena para el libre desempeño del capital privado y que para su realización deberán asegurarse ciertas normas de acatamiento común, conocidas como “las Leyes y la independencia de los poderes públicos”.

Bajo la “cultura” del Estado burgués, si de en medio de la sociedad surge la iniciativa de construir el poder popular organizado para asegurar su mayor bienestar, las Leyes (producidas por los sectores políticos burgueses) tenderán a aplacarla y los Poderes Públicos a ejecutar las acciones conducentes a ese aplacamiento. Eso es lo que se conoce como “la Democracia Representativa”.

Pero cuando los pueblos maduran ideológicamente y su conciencia de clase los coloca por encima de la lógica del Estado burgués, produciéndose el avance social en busca de su propia transformación a través del voto universal, secreto y directo (precisamente el ámbito de la democracia concebida por los sectores dominantes para perpetuar su dominación sobre la sociedad), entonces esos sectores dominantes deben apelar a estrategias de choque que permitan no sólo contener sino revertir esos procesos. Solo que bajo la paradójica circunstancia de obligarse a hacerlo en la misma forma electoral pacífica que a través del tiempo se ha ofrecido como el único medio aceptable para construir esa democracia.

Por eso en Venezuela la derecha, luego de su desatinada berraquera de la abstención electoral del 2004, decide retornar al escenario democrático y medirse en las urnas con su contendor más importante de toda su historia… el socialismo.

De acuerdo a todos los estudios serios de opinión, no solo actuales sino los que registran el comportamiento político del venezolano desde hace más de dos décadas,  la única ideología que ha crecido en Venezuela en lo que va de siglo XXI es el socialismo, que ha pasado de un “techo histórico” de un 6% durante la cuarta República, a un 50% en promedio desde que el Comandante Chávez presentó al país la propuesta del Socialismo Bolivariano.

Un porcentaje más que significativo si se toma en consideración que tal crecimiento no se produce propiamente en los sectores ilustrados de la sociedad, sino en los estratos más populares. Justamente los que rescata el Comandante con su visión profundamente humanista del modelo de justicia y de igualdad social que hoy impulsa en el país.

Los estragos que produce el capitalismo hoy en día en el mundo tienen, por supuesto, un peso más que determinante en esta nueva realidad sociopolítica venezolana. Algo que refleja la exigua votación que obtiene dentro del sector de la derecha venezolana que acudió a las urnas en elecciones primarias para elegir su candidato a la Presidencia de la República la precandidata María Machado, la única que ofreció la fórmula del capitalismo como propuesta electoral en esa contienda, alcanzando apenas un 3,6% de la votación. Pero lo más importante en ello ha sido, sin lugar a dudas, el inmenso poder de liderazgo de Hugo Chávez, basado en una extraordinaria capacidad comunicacional sin precedentes en el ámbito político.

De ahí que el candidato de la derecha no tenga en lo absoluto el propósito de ofrecerle al país la opción del desarrollo económico convencional que históricamente se propone la derecha -concebido a partir de la reducción del Estado a su exclusiva función de garantizar la perdurabilidad del modelo democrático y del desarrollo y libre desempeño de la empresa privada-, sino el avance en la construcción del bienestar personal de la gente a partir de la optimización de los logros alcanzados por la Revolución Bolivariana en cuanto a inclusión social.

La candidatura de Capriles es pues, el mayor reconocimiento a la inmensa conquista que ha significado para el venezolano el proceso de transformaciones adelantado por el Comandante Chávez. Reconoce, tanto en su discurso como en toda la puesta en escena de su campaña, que el capitalismo no es hoy en día atractivo para nadie y que el socialismo es una realidad inocultable en la sociedad venezolana y latinoamericana de este nuevo siglo.

Para lograr el propósito de alcanzar el poder, debe buscar captar votantes entre esa inmensa masa de pueblo que hoy sigue con verdadera pasión al líder de una revolución que llegó para salvarle de la destrucción que el neoliberalismo había comenzado a finales del siglo pasado, y que mayoritariamente ha votado en más de quince procesos electorales para ratificar su decisión de no volver al pasado de opresión e injusticia social que la derecha instauró en el país desde nuestros orígenes.

Su misión –ordenada meticulosamente por la derecha nacional e internacional- es procurar doblegar la conciencia de clase del elector del pueblo apoyándose en la seducción que el capitalismo ofrece a través del cada vez más creciente y degradante contenido mediático que las grandes corporaciones de la comunicación le venden a la sociedad. Un proceso de corrupción moral indispensable para romper la ética revolucionaria a partir del acto de vileza que significa presentarle a los pobres la absurda idea de un rebuscado e inviable modelo en el que se mezclarían de manera irresponsable las nobles ideas humanistas del socialismo en las que el pueblo cree, con el perverso materialismo individualista del consumismo. De ahí el grotesco fenómeno de la gente pobre recabando dinero para la campaña del niño rico. El lenguaje amenazante y soez con el que los seguidores de ese modelo agreden hoy a los militantes de la revolución por todos los medios y redes sociales, al mismo tiempo que hacen evidente la hipocresía con la que se le acercan hoy al pueblo, es solo muestra del inmenso intento por generar esa degeneración ética que la derecha persigue.

Capriles no ha venido pues a hacer campaña desde un ángulo ideológico particular, sino a tratar de alcanzar el poder para la derecha mediante la aplicación de esa modalidad de choque que es la prostitución de la política, y retomar así el camino de la generación de hambre y miseria al que está inseparablemente ligado el capitalismo, tratando de pervertir al venezolano a través de un desmedido ejercicio de demagogia jamás visto en la historia, en el cual los cientos de ofrecimientos fabulosos que vende solo son realizables en las mentes fantasiosas de los más incautos, y donde la entrega total de la soberanía y de nuestros recursos sería la única carta a jugar por los sectores burgueses a los cuales responde esa candidatura. Es decir; mediante la aplicación de un auténtico “paquetazo”, al mejor estilo y usanzas del gran poder del capital.