Hooligans

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 16 de diciembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

La primera elección verdaderamente significativa para la derecha venezolana en la que resulta vencedora por mayoría de votos, como lo ha sido la del 6 de diciembre, antes que un avance del neoliberalismo es la consagración de una cultura de la disociación psicótica que se ha venido cultivando en el país desde al arribo mismo de la revolución bolivariana.

Para la militancia de a pie de la oposición, lo importante de este evento no era la posibilidad de cambio que ofrecía la escueta campaña de la derecha, sino la oportunidad de acabar con la mayoría revolucionaria conquistada por el chavismo en los últimos 16 años. Ninguna de las ofertas de cambio eran ni siquiera medianamente viables, ni mucho menos sustentables desde el punto de vista argumental. Ni siquiera al más ignaro de los opositores puede resultarle lógico o creíble que los altos precios de los productos puedan bajar mediante una desregulación o liberalización de los mismos.

Nadie en su sano juicio podría aceptar como factible que la reprivatización de las empresas estratégicas pudiera traducirse en rebajas de las tarifas de los servicios públicos. O que la eliminación del control cambiario asegurará la entrega ilimitada de divisas a bajo costo para el público.

Mucho menos podría aspirar ningún venezolano sensato a que la liberación de un golpista contumaz como Leopoldo López garantice de alguna manera un clima de paz y concordia en el país mientras él no sea presidente.

El frenético desgañitamiento en improperios, obscenidades, insultos y amenazas de todo tipo, que vierten por las redes sociales esos militantes de la oposición contra los chavistas desde el instante mismo en que se anunció su triunfo en las elecciones parlamentarias es de un nivel de desquiciamiento solo comparable al de los Hooligans, considerados por el mundo entero como las más demenciales fanaticadas de la historia.

De tanto perder, los escuálidos asumen que esta circunstancial victoria que la democracia venezolana les ha permitido disfrutar, es como el otorgamiento de la presidencia ya ni siquiera de la República sino de Disneylandia.

Ojalá que el “cambio” no se les venga encima tan rápido, y puedan gozar su fantasía fascista de sentenciar a muerte a cuanto chavista se les atraviese antes que la revolución vuelva a derrotarlos.

Mi explicación para la historia (1 de 3) 

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 13 de diciembre de 2015 – 
 (como tan modestamente suele decirse en estos casos)

Por: Alberto Aranguibel B.

Por la naturaleza disparatada de las muchas cosas absurdas que recurrentemente me suceden en la vida, me ocurre la rara circunstancia de no ser invitado a los programas de opinión de los medios de comunicación del Estado sino muy ocasionalmente, casi con la misma frecuencia de los ciclos de aproximación del cometa Halley a la tierra, y por lo general cuando se necesita algún analista que divague sobre el comportamiento veraniego de las marsopas en el sur meridional del trópico de cáncer… o cuando se produce algún revés electoral para la revolución.
Digo disparatada no porque crea en modo alguno la barbaridad de que exista ni siquiera alguna mínima obligación en ese sentido, sino porque infinidad de medios tanto nacionales como internacionales que no forman parte del sistema de medios públicos sí lo hacen con regularidad, y no precisamente para hablar de marsopas. Algo que resulta por lo menos desconcertante cuando uno tiene dedicado todo su esfuerzo profesional a la defensa de la revolución.

La misma moderadora del programa en Venezolana de Televisión al que asistí al día siguiente de las elecciones parlamentarias la semana pasada me hacía complacida la observación del hecho de que la última vez que nos habíamos visto había sido en una circunstancia similar, justo cuando la revolución había sufrido otro revés electoral. Algo que tiene que haber sucedido entonces hace mucho tiempo.

Porque si alguna precisión inicial es absolutamente indispensable hacer en este momento de manera responsable y seria es que no es la de la revolución una historia de fracasos y derrotas, como algunos (incluso muchos desde las filas revolucionarias) quieren ponerla hoy frente al logro circunstancial y perfectamente explicable de la derecha en las elecciones parlamentarias, más allá de las deficiencias y errores que se hayan cometido en la gestión de gobierno y que nadie, empezando por el propio Presidente de la República, negó jamás en ningún momento.

En una circunstancia similar, hace exactamente ocho años con motivo de las elecciones de gobernadores, en un programa en el que compartí con un muy alto funcionario de la revolución, ahí mismo en el canal 8, el periodista nos preguntaba cómo veíamos lo que él llamaba “la recomposición del mapa político”. Algo que le nacía por el retroceso que significaba la pérdida de la gobernación de Miranda, que desde aquel momento pasaba a manos de la oposición, así como la del Táchira y la de Nueva Esparta, que también circunstancialmente fueron recuperadas por la derecha luego de haber sido bastiones de la revolución.

Más que sorprenderme me indignó en aquel momento que el compatriota funcionario se extendiera parsimonioso pero enérgico en su insensata reflexión en la que no solo aceptaba como válido que había habido un supuesto cambio del mapa político, sino que le hacía un llamado público nada más y nada menos que al Comandante Chávez a “repensar el modelo socialista” porque según él, el funcionario, el resultado electoral era demostración de que los venezolanos no querían ese modelo para Venezuela.

Para mi, pues, no es nada extraterrenal ni novedoso la figura de los ultradefensores de la revolución que ante el primer revés automáticamente se convierten en inclementes fustigadores de la misma, casi siempre con los mismos argumentos de la derecha a la que nos toca vencer no solo en el terreno electoral sino fundamentalmente en el comunicacional, de donde surgen la gran mayoría de las causas que nos impiden avanzar y consolidar los alcances de la revolución más allá de las razones estrictamente economicistas que tanto se aducen para intentar explicar los infortunios del proceso, en el cual muchos sucumben igual que la mayoría de los mortales sin importar su estatura académica.

Si nos hubiéramos atenido al infundado análisis de aquel compatriota, y si el comandante Chávez hubiera atendido su desquiciado llamamiento a desmontar la propuesta socialista para hacerla más digerible a los sectores contrarrevolucionarios, habrían sucedido tres cosas.

La primera, que Fedecamaras habría hecho una gran fiesta nacional del regocijo capitalista durante por lo menos un mes, con infinidad de carrozas alegóricas al dios del dinero y del lingote de oro, alentando a la población a embriagarse hasta los tuétanos con la extinción inexorable del socialismo.

En segundo lugar, que habríamos tenido que acostumbrarnos a pasar delante de las estatuas y los retratos del Padre de la Patria tapándonos el rostro y cabizbajos, para medio soportar la vergüenza eterna de no haber sabido estar a la altura del compromiso que ese gran prócer asumió durante una guerra en la que su ejército perdió casi el cuarenta por ciento de las batallas que le tocó librar durante el proceso independentista sin haber pensado jamás en la insensata idea de abandonar o negociar siquiera el proyecto libertario por el que tanta gente del pueblo había dado ya hasta su vida. De las 80 batallas peleadas por el ejército libertador, solo 50 fueron ganadas por quienes se entregaron a la idea de soberanía con verdadero sentido de la lealtad y del compromiso histórico en el que Bolívar los educó.

Y finalmente, pues no habríamos tenido que discutir hoy al respecto, porque no habría existido ni la más remota posibilidad de que la revolución hubiera alcanzado ni siquiera medianamente la infinidad de logros y de avances sustanciales que desde aquel revés circunstancial hasta hoy ha conquistado el chavismo en estos ocho años, no solo en lo social o lo electoral, sino también (y creo que eso es lo más importante) en lo económico.

No se sabe por qué una especie de estrella maléfica alumbra siempre a las mentes del pensamiento de izquierda en los momentos de dificultades que todo proceso revolucionario está obligado a enfrentar, como por ejemplo la derrota circunstancial en una contienda entre los ejércitos enemigos, la pérdida eventual de la mayoría electoral, o la partida física de sus líderes por una causa o por otra, y los pone a terminar de hacer el trabajo que el enemigo mismo no puede alcanzar nunca por su propio pie, como es el de señalar de inmediato a su estamento dirigencial como culpables de su adversidades.

A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido acusar a Bolívar de traidor por su dura decisión de emprender desde Mantecal el Paso de los Andes, en las condiciones tan apremiantes en que lo asumió el Padre de la Patria en 1819, por la cantidad de muertes que aquella gesta causó entre el ejército libertador. Su grandeza como líder, y su claridad de pensamiento, estaban muy por encima de la grandeza de su equipo de oficiales. Por eso las traiciones de los ambiciosos que le adversaron o pretendieron sacar provecho de su gloria cristalizan solamente cuando el gran hombre se encontraba ya disminuido y casi aniquilado por la enfermedad.

A ninguno de esos ignaros arribistas que pretendieron usurpar el genio de los grandes hombres los celebra la historia. Con excepción quizás de los doce apóstoles de la iglesia católica. Los monumentos en las grandes plazas del mundo están destinados a quienes lucharon por sus pueblos y legaron las ideas sobre las que se fundaron las sociedades a través del tiempo. Pero ellos, los oportunistas, han existido siempre.

Fallecido Chávez, saltaron de inmediato al ruedo la infinidad de auto erigidos en ductores del pensamiento chavista sobre el que según ellos debía asentarse el proceso revolucionario, independientemente de la claridad, “como la luna llena”, del Comandante en su postrer llamado al país a respaldar a Maduro y no a “quienes tratarán de aprovechar coyunturas difíciles”. Igual le sucedió a la revolución rusa con la temprana partida de Lenín. Y al mundo entero con la muerte de Marx, ya no tan temprana en términos de su edad, sino de inicio de la transformación que su pensamiento legaba. Con Marx vivo quizás no hubiera sido posible pensar tal vez no en una segunda, ni en una tercera y mucho menos en una cuarta internacional, orientadas todas como lo estuvieron a la tergiversación y distorsión arbitraria de sus planteamientos originales.

En todos y cada uno de esos casos, la revisión que se proponía era la misma: corregir los “errores” o desviaciones del modelo profundizando la revolución, pero examinado siempre tales desviaciones o fallas desde la concepción de eficiencia imperante en la lógica burguesa del desarrollo.

Quienes sostienen hoy que la caída del apoyo popular a la revolución bolivariana en estas elecciones parlamentarias se debe a la falta de medidas económicas por parte del Gobierno del Presidente Maduro, parten del mismo equivocado principio de pretender interpretar en Chávez algo que nunca dijo el Comandante; que la economía debe estar colocada por encima de la razón política.

Pero eso lo explico en mi entrega del próximo lunes.

 

@SoyAranguibel  

 


El tamaño sí importa

– Publicado en el Correo del Orinoco el lunes 23 de noviembre de 2015 –
Por: Alberto Aranguibel B.

En su legendario tratado sobre el origen de los partidos políticos, Maurice Duverger establece la relación directa que hay desde hace más de dos siglos entre el desarrollo de las organizaciones políticas y el de la democracia, a partir de la creciente aspiración participativa de los diversos sectores e intereses grupales particulares de la sociedad en la conducción del Estado.

Por lo general, esos intereses se referían en un principio a necesidades específicas por vecindad geográfica o profesional. Las doctrinas vendrían mucho después, cuando las sociedades del pensamiento elevaron a un nivel más colectivo la aspiración electoral, tal como sucedió en la Revolución Francesa.

“Cuanto más ven crecer sus funciones y su independencia las asambleas políticas –dice el autor- más sienten sus miembros la necesidad de agruparse por afinidades, a fin de actuar de acuerdo; cuanto más se extiende y se multiplica el derecho al voto, más necesario se hace organizar a los electores a través de comités capaces de dar a conocer a los candidatos y de canalizar los sufragios en su dirección.”

Signo imprescindible de la robustez y profundidad de la democracia es su nivel de participación popular. Si los derechos electorales se extienden pero la participación se debilita, la democracia pierde representatividad y carece de todo sentido. De ahí la verdadera razón y necesidad del partido político.

Sostiene Duverger que, aún sin darle una preeminencia superior al aspecto doctrinario, el carácter organizativo es lo que determina hoy por hoy la vigencia del partido en la sociedad. Por eso afirma que, a diferencia de lo que fueron en sus orígenes, “los partidos modernos se caracterizan antes que nada por su anatomía”, ya que “se definen mucho menos por su programa o por la clase de sus miembros que por la naturaleza de su organización; un partido es una comunidad con una estructura particular.”

La diversidad ideológica, la teoría política, es esencial para la democracia. Pero sin la organización social, sin el partido político, ninguna teoría tendrá viabilidad. Marx lo deja claro cuando afirma que la teoría se convierte en fuerza material cuando se apodera de las masas.

En definitiva, el partido es el instrumento mediante el cual la sociedad traduce su propuesta política en poder político. En virtud de ello una obligación impostergable en todo proceso de transformación social es la organización popular para hacer viable la teoría que impulsará y dará soporte ideológico a esa transformación. Al servicio de eso debe colocarse el liderazgo político.

Dialéctico proceso que Perón resume en estos términos: “El conductor no es nada si los elementos de la conducción no están preparados y capacitados para ser conducidos.  Y no hay conducción que pueda fracasar cuando la masa que es conducida tiene en sí misma el sentido de la conducción. Por eso, conducir es difícil, porque no se trata solamente de conducir. Se trata, primero, de organizar; segundo, de educar; tercero, de enseñar; cuarto, de capacitar, y quinto de conducir. Eso es lo que  nosotros debemos comprender.”

Por eso el comandante Chávez en el marco de su propuesta de socialismo bolivariano le otorgó tan especial importancia al proyecto de la construcción del partido, ya no solo para la necesaria tarea de la búsqueda del voto en los eventos electorales, sino como una poderosa maquinaria de organización social permanente al servicio del pueblo.

Un gigantesco salto histórico en esa dirección está contenido en las “Líneas Estratégicas de Acción Política del PSUV”, presentadas por Chávez en enero de 2011, en las que se plasmaba esa innovadora filosofía: “Optar por la lógica del Partido-Movimiento implica posicionarse dentro de las masas populares, estableciendo y desplegando una amplia política de alianzas con las diversas formas de organización popular, incluyendo los sectores patrióticos y democráticos de las clases medias, apoyándolas e invitándolas a poner su talento y conocimiento al servicio de las construcción de una sociedad del buen vivir para todas y todos […] nuestro principal campo de batalla para lograr concretar el Socialismo es el ámbito donde viven los sujetos sociales: el espacio territorial. Para ello, el PSUV debe dotarse de una estructura estable político territorial de dirección que comprenda los estados, los municipios, las parroquias, las comunidades y sus sectores específicos.”

Concepción organizativa con la cual no comulga la derecha porque sus intereses están centrados en las necesidades de un solo sector. Mientras el PSUV trabaja de manera permanente en la construcción del Poder Popular colocando como centro de su accionar al ser humano, la oposición se aleja cada vez más de los electores porque ubica su foco exclusivamente en el bienestar del capital privado.

Al mejor estilo de los concursos de belleza, en los que las candidatas no tienen más nada que hacer sino desfilar y esperar el veredicto del jurado, la oposición no desarrolla propuesta ideológica ni construye organización política alguna al servicio de las comunidades, sino que convoca electores a través de los medios en una suerte de lamentable gran feria de la demagogia radioeléctrica, procurando más el voto contra el chavismo que el suyo propio.

Nunca como hoy la oposición venezolana ha estado tan fragmentada y plagada de contradicciones entre su propia dirigencia. Uno de sus antiguos dirigentes, Felipe Mujica, anunciaba la renuncia de su partido, el Movimiento al Socialismo, al acuerdo opositor, afirmando que la MUD era solo un organismo electorero que ni siquiera para organizar el voto funcionaba ya. Copei, otro de los partidos históricos de la mal llamada “unidad”, fue sacado violentamente de la organización aduciéndose problemas internos y sus miembros excluidos de las listas de candidatos al parlamento. Lo mismo le sucedió a la infortunada exdiputada María Machado a quien la MUD le negó la posibilidad de postular candidatos en sus listas.

Si a eso se le suma la inhabilitación que por una razón u otra ha dejado fuera de la contienda parlamentaria a buena parte del resto de la dirigencia de ese sector, vamos a encontrar que la situación en el antichavismo es de total precariedad en términos estrictamente organizacionales.

Aferrada a la hipótesis del descontento del pueblo por las penurias que la guerra económica le hace hoy padecer de manera inmisericorde, la oposición ni siquiera da a conocer a sus postulados a la Asamblea Nacional, a quienes esconde en una inédita estrategia de campaña política de intriga, con la que reincide en su fallido intento de emboscada plebiscitaria contra la revolución.

El resultado de todo ello es lo que el país ha visto desde hace meses en las calles; en sus procesos de elecciones primarias, la oposición siempre opta por los circuitos donde se concentra el sector de mayor poder adquisitivo de la población, es decir: las clases pudientes, que no alcanzan ni siquiera a un tercio de las circunscripciones electorales. El PSUV, por su parte, llega en sus elecciones primarias hasta el más apartado rincón del país como muestra de su compromiso inquebrantable con el pueblo donde quiera que este se encuentre.

La irrisoria participación de electores en esas primarias de la oposición se corresponde perfectamente con los minúsculos porcentajes que de manera individual obtiene cada uno de sus partidos en todas las elecciones. Lo que contrasta abismalmente con los altísimos resultados del PSUV en cada una de ellas y con la masiva concurrencia a sus primarias.

El fracaso opositor en cada caso no ha podido ser explicado jamás por su dirigencia, así como tampoco lo ha sido la escasísima afluencia a las diversas concentraciones públicas a las que convocan hoy en día, quedándoles grandes hasta las estrechas canchas deportivas en las que eventualmente se reúnen.

Ningún pueblo consciente aceptará jamás perder su voto apostando a candidatos que no respondan a organización popular alguna.

Si la democracia se realiza con el concurso mayoritario del pueblo a través de sus partidos políticos, tal como se ha expresado en más de veinte elecciones desde la llegada de la revolución bolivariana al país, en particular las últimas tres en las que el poderoso partido PSUV creado por el Comandante Chávez ha obtenido triunfos inobjetables aún a pesar de no contar con la presencia física de su líder fundador, entonces es perfectamente fácil concluir que para un reto electoral tan trascendente como el del próximo seis de diciembre el tamaño de la organización sí importa.

 

@SoyAranguibel

El caucho espichado

– Publicado en Últimas Noticias el miércoles 18 de noviembre de 2015 –

Por: Alberto Aranguibel B.

Expresión de la vorágine consumista de aquel legendario “tabaratodamedos” que sembró el neoliberalismo en el país a finales del siglo XX, es el desprecio a una cultura del mantenimiento de los artefactos.

Cualquier estudio sociológico o de antropología medianamente serio arrojaría sin lugar a dudas como conclusión que es en esa vorágine donde se encuentra el verdadero origen del escualidismo nacional. El antichavismo es solo una faceta de un comportamiento sicológico mucho más denso de ese sector de la población que se identifica más por su sed de consumo que por su odio a Chávez.

Por eso en Venezuela es completamente inusual alguien que repare y dé mantenimiento a equipos de cualquier índole. El técnico de reparación promedio en el país es hoy en día un simple representante de ventas cuya única respuesta ante cualquier solicitud de reparación es un lacónico “Eso ya no sirve… Le sale mejor comprarse uno nuevo.”

La MUD basa su aspiración electoral para el 6 de diciembre en esa absurda forma de pensar del escuálido promedio, que cuando se le espicha un caucho en medio del camino en vez de buscar la manera de cambiarlo bota el carro.

Las colas son un tormento, es verdad, que el pueblo padece por la inmisericordia de un sector capitalista voraz e inhumano que pretende obligar a la gente a votar por quien quiere el gran capital que vote y no por quien en verdad necesita o desea votar. Pero ello no significa que las colas se traducirán de manera automática en votos para quienes precisamente generan ese malestar que son las colas y que el pueblo tiene perfectamente claro que son los usureros inmorales que han desatado una guerra brutal contra el gobierno revolucionario para tratar de reinstaurar en el país su hambreador modelo neoliberal.

Pretenden que el pueblo deje de lado las conquistas históricas alcanzadas por la revolución en inclusión social, elevación de la calidad de vida y acceso a la riqueza nacional que hay en las Misiones y programas sociales instaurados por Chávez y continuados por Maduro.

Deliran con que por un caucho espichado el pueblo se deshaga del carro nuevo que nunca antes tuvo la oportunidad de tener y siga a pie por el resto de su vida.

Triste ilusión de los escuálidos, porque el 6 de diciembre… ¡Gana Chávez!

 

@SoyAranguibel