Mariadela Villanueva: Capitalistas del mundo unidos

Por: Mariadela Villanueva / Correo del Orinoco

Marx llamó a los proletarios de todo el mundo a unirse para enfrentar la explotación capitalista y derrocar el orden social existente, tarea que casi siglo y medio después está aun pendiente. Quienes sí se unieron en enormes conglomerados productivos-especulativos fueron las mafias que controlan el mundo pero, como lo vislumbró el tío Carlos, terminaron entrapadas en una indetenible concentración de capital.

¿Cómo lograron que los trabajadores y los cientos de millones de personas que viven en pobreza no hayan tomado conciencia de su rol protagónico en la acumulación de la riqueza ajena y no hayan atendido el mas que razonable llamado de Marx? Muy sencillo, domesticándolos.

¿Cómo los-nos domesticaron? Sumergiéndonos en su cosmovisión e introyectándonos actitudes y conductas acordes con la misma. Sembrando en nosotros el miedo a ser distintos. Convenciéndonos que quien quiere puede; que quien no tiene lo que “necesita” es un perdedor, un looser. Utilizando la educación para abonar terreno a la enajenación, para castrarnos, para satanizar al otro y para convertirnos en ciudadanos útiles al sistema. Creándonos “necesidades” absolutamente innecesarias y bancarizándonos para mantener la economía en movimiento. Asociando el trabajo con el éxito, condenando el ocio e invadiendo nuestro tiempo libre con películas, programas de TV, juegos, espectáculos y cualquier otro material atractivo para mantenernos alineados con la dinámica del sistema. Utilizando las religiones para instarnos a aceptar la dominación y nuestras miserias a cambio de recompensas en el mas allá. Etc. etc. etc. En fin, manipulándonos y llenando nuestras vidas de basura.

Pues basura es la posverdad entendida como una especie de contenedor psíquico. Basura son las TICs, antes lentas y de difícil acceso, hoy “inteligentes” rápidas y pretendidamente masivas. Basura son las medias verdades y los contenidos fabricados en laboratorios, falseados o deformados que se difunden a través de medios convencionales y de las redes 2.0. Basura son las emociones y conductas poshumanas provocadas por la manipulación de la mente y la psique.

Afortunadamente, aun cuando los capitalistas unidos se han dedicado a volcar quintales de basura sobre los venezolanos y otros pueblos, resulta cada vez mas evidente que detrás de los fuegos artificiales tecnológicos y del palabrerío “posmo” se esconde una lucha de clases mundializada y exacerbada por la crisis general del capitalismo.

Afortunadamente, somos cada vez más los que atendiendo, conscientemente o no, el llamado de Marx trabajamos hermanados para desenmascarar a los generadores de basura con el ánimo de contribuir a erradicar el capitalismo y construir un nuevo sistema de organización social comunitario, justo, equitativo, armónico en sí y con la naturaleza.

Mariadela Villanueva  Mariadela Villanueva

La cultura de las guarimbas

jesus-es-mi-amigoPor: Alberto Aranguibel / Últimas Noticias 17 / 05 / 2014

Una amiga, educadora de profesión, colocaba esta semana en su muro de Facebook lo siguiente: “He sentido una particular tristeza esta mañana. La causa: mis estudiantes -venidos todos de sectores opositores- no sabían quién es Jacinto Convit”. Más adelante, otro muralista ponía: “¿Cuántos conocen la obra de Jacinto Convit y cuántos la de Chino & Nacho? La respuesta sabemos cuál es, lo que demuestra la degradación cultural de la sociedad”.

Los orientadores de la ética de la sociedad moderna suelen ser los mismos que promueven su enajenación.

Así nos encontramos con que quienes aterrorizan a la gente como nunca antes en nuestra historia contemporánea, desplazan en popularidad y casi de manera instantánea a los líderes naturales de su sector político.

Una desclasada y muy desvencijada actriz de relleno, que después de cuarenta años de haber abandonado el país con su iluso y fracasado proyecto de estrellato en Hollywood, se arropa las nalgas con la bandera nacional y con ello hace que la militancia opositora le dé la espalda ipso facto a su más impetuosa lideresa, a quien dejan en el olvido sin importar ya si es por fin o no diputada.

Otra compatriota narra crispada de horror el encuentro en el colegio de sus hijos para discutir la resolución 058. “Una ciudadana muy ‘decente’ y perfectamente arreglada afirmó que la educación de antes era la mejor, donde Cristóbal Colón era un “HÉROE” y que el 12 de octubre toda la vida se celebró el DESCUBRIMIENTO DE AMÉRICA, hasta que este gobierno se encargó de llamarlo (en tono de burla) DÍA DE LA RESISTENCIA INDÍGENA”.

Dice la amiga que cuando alguien la refutó señalando el genocidio que los conquistadores llevaron a cabo contra nuestros aborígenes, la mujer respondió airada y a fuerza de gritos “¡Por supuesto que nos hicieron un favor los conquistadores, de lo contrario seguiríamos siendo UNOS INDIOS IGNORANTES Y COCHINOS!”. Lo más aterrador, según comenta la compatriota, era la cantidad de padres y madres que avalaban en esa reunión su miserable discurso. Esa es la sociedad “decente” que luego no sabe de dónde salen los guarimberos. Y que, como quien se niega a reconocer a su hijo como drogadicto, acusa a los demás de echárselo a perder.

Algo así como el necio cuento de “los infiltrados”, con el que ahora pretenden esconder el terrorismo de sus niños lindos.

El “paga peo”

 

Por: Alberto Aranguibel B.

Uno de los más horrendos usos de los mantuanos en tiempos de la colonia era el de hacerse acompañar por alguno de sus niños esclavos durante los servicios religiosos para culpabilizarlos mediante un sonoro “cogotazo” a la hora en que una fetidez inundara repentinamente el área de la iglesia donde les correspondiese sentarse, evadiendo así la posibilidad de ser descubiertos como autores verdaderos de la ventosidad. A esos inocentes esclavos se los conocía simplemente como “los pagapeos”.

Es ese el origen de la tan criolla expresión venezolana “¡Yo no voy a pagar ese peo!”, usada para rechazar la responsabilidad sobre algún asunto comprometedor del que no se tenga ninguna culpa. Incluso si en efecto se tiene.

Hoy, cuando estamos abordando uno de los temas más importantes en la lucha contra la violencia en la sociedad, asistimos de nuevo a una transferencia de responsabilidades, al orientar la búsqueda de soluciones a ese problema enfocándonos en restringir el acceso de los niños a la agresividad de la programación televisiva.

Por supuesto que los niños son la parte más frágil de la sociedad, en la cual se concentra el ataque de los medios privados con su carga alienante y desmovilizadora llena de antivalores y conductas enajenantes. Pero no es solamente a ellos a quienes afecta el pernicioso contenido mediático hoy en día.

Además, no es solo la espectacularidad del crimen, ni mucho menos los desnudos o el lenguaje vulgar, lo que induce a la violencia en la sociedad, sino también (y cuidado si no más que la lasciva dramatización de homicidios) la exaltación de la vanidad, el egoísmo, la sed por la riqueza fácil, el consumismo, el desprecio a los humildes y, en general, la ridiculización de la buena conducta.

Creer que moviendo la programación chabacana y vulgar a un determinado horario, ateniéndose solamente a advertencias en pantalla y a ediciones parciales que eliminen algún porcentaje de imágenes o expresiones ofensivas, se reducen los niveles de descomposición que fomenta el discurso mediático, es desperdiciar la extraordinaria oportunidad que se le abre en este momento al país con el gran paso dado por el gobierno revolucionario en pro de la ansiada concertación nacional para la paz.

No juguemos de nuevo al avestruz con el viejo truco del “pagapeo”.

@SoyAranguibel

Eduardo Galeano: El imperio del consumo

bandera consumo

En virtud de la indiscutible vigencia del tema del consumismo desenfrenado como factor determinante en la actual coyuntura económica venezolana, retomamos este esclarecido y revelador artículo de Eduardo Galeano publicado en abril del año 2005.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales.Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble. La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar. La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza humana de trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: para casi todos esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En la fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica. EEUU consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EEUU apenas suma el cinco por ciento de la población mundial.

«Gente infeliz, la que vive comparándose», lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener. Un hombre pobre es un pobre hombre. «Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada», dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: «Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas».

Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone, en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación. Según la revista científica The Lancet, en la última década la «obesidad severa» ha crecido casi un 30 % entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas… Seguir leyendo “Eduardo Galeano: El imperio del consumo”