¿Por qué viaja el liderazgo opositor?

– Publicado en Últimas Noticias el 25 de octubre de 2014 –
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Por. Alberto Aranguibel B.

Desde la elemental lógica de la derecha, que reduce todo interés humano a la capacidad adquisitiva del individuo, la ética no es un asunto ideológicamente relevante porque la misma no genera rentabilidad tangible que pueda ser convertida de alguna manera en bienes transables.

De ahí que la noción de militancia es casi inexistente en el ámbito de la oposición, cuyo interés político por lo general no contempla la formación de una poderosa organización de masas que le dé sustento a su proyecto, sino que persigue aprovechar hasta donde le sea posible la capacidad electoral que en cada caso pueda expresar un sector antichavista de la población.

Por eso, una acusación recurrente de la oposición contra el gobierno bolivariano es que el respaldo mayoritario del que goza la revolución desde hace quince años se debería, según ellos, a prácticas populistas o de clientelismo político ejercido desde el poder a través de los beneficios que le brindan al pueblo los programas sociales. Según esa escueta apreciación, la gente es movida por el interés y no por sus propias convicciones (lo que deja ver, además, el carácter neoliberal de una derecha que considera todo programa social como un injustificado desperdicio de recursos). Una forma más de irracional menosprecio al liderazgo de Chávez y del pueblo mismo, que pone a la vez en evidencia la cultura crematística que rige la razón de ser del liderazgo opositor y del antichavista de a pie.

El objetivo de los viajes de esos líderes de la derecha al exterior es, pues, buscar plata. En la oposición no existe lealtad a ideología alguna que no sea la del dinero. Fue así como pudieron activar sus guarimbas porque la estrategia usada por la Usaid, la NED, Otpor y las demás organizaciones no gubernamentales que operan bajo las directrices del Departamento de Estado norteamericano de promover gobiernos afectos a sus intereses, vía rebeliones sociales, ha convertido la participación en el hecho político en un extraordinario negocio que mueve miles de millones de dólares en el mundo entero.

Una muy significativa diferencia entre el desalmado capitalismo que promueve la derecha y el humanista modelo socialista que nos trajo el Comandante Eterno como fórmula de verdadera redención del pueblo.

@soyAranguibel

El negocio de la muerte

– Publicado en el Correo del Orinoco el 06 de octubre de 2014 –
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Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando se habla de las diferencias entre las concepciones de modelos de sociedad que se confrontan hoy en el debate político venezolano, el aspecto ético es uno de los ejes fundamentales.

No puede concebirse esquematización teórica alguna que no considere este aspecto como medular, porque lo ético es probablemente uno de los ámbitos en los que la participación del ser humano en su condición de tal tiene preeminencia por sobre todas las demás áreas estructurales de la política. Lo ideológico, por ejemplo, va siempre a estar circunscrito al espacio de lo conceptual, es decir; el sistema político al que se acoge la nación, la orientación del cuerpo social según el régimen que adopte, la valoración y desempeño en la sociedad que otorga el Estado al ser humano, así como en lo económico a lo estrictamente estructural, o sea; el orden y el funcionamiento del sistema financiero, la naturaleza de la banca, de las inversiones y las áreas prioritarias de desarrollo, etc.

Todo ello, con las particularidades propias de cada modelo, se resume en la visión de país, en el proyecto de nación o simplemente en la propuesta programática que cada sector político deberá presentar en cada caso a la sociedad como su oferta de gobierno. Hasta ahí alcanza lo puramente ideológico.

Pero es en el terreno de la ética donde la política va a adquirir en definitiva su verdadera dimensión propiamente humana y en la cual la diferenciación tenderá a ser cada vez más evidente y reveladora entre lo que propone en esencia un modelo u otro, según la filiación política de cada individuo. Cuando se examina al ser humano desde el punto de vista de su concepción del universo, de la vida y del hombre en su entorno cultural y social, se puede apreciar con mayor precisión y con el menor margen de error su dimensión real y su valía como persona y, en consecuencia, todo cuanto ella promueve como modelo ideal de sociedad.

Por eso quienes se forman bajo la égida del modelo socialista tienden fundamentalmente a la preservación del ser humano (socialista=sociedad=social=ser humano), de su calidad de vida, de su felicidad, es decir; de la sociedad armoniosa y de paz que la mayoría de la gente lucha por alcanzar a través de la historia. En el socialismo la ética adquiere una connotación humanista porque se refiere al marco moral que regula el respeto a la vida, al buen vivir.

Y por eso quienes surgen como integrantes de las sociedades capitalistas nacen formados bajo la lógica del capital (capitalismo=capital=dinero), de la acumulación irrefrenable de riquezas y de objetos materiales como único propósito de realización en la vida. En el capitalismo, la ética es la del culto al libre mercado y con ello a la barbarie contra el ser humano que la caracteriza.

Ese es el fondo y esencia real del debate que hoy se libra en nuestro país y que se ha librado en el mundo desde que esa concepción salvaje y depredadora de la condición humana que es el capitalismo comenzó a desarrollarse en la sociedad organizada.

Dado que en el capitalismo el ser humano no es lo relevante sino lo material, la mercancía adquiere un valor superior al del individuo, con lo cual el rol que éste desempeña en la sociedad estará siempre determinado por una parte por su capacidad para la negociación de objetos materiales, ya sea como productor o como comerciante, y como comprador de esos bienes o productos por la otra. En la Venezuela de hoy, lo que se enfrenta más allá de la política son los sectores de la sociedad que se rigen por cada una de esas concepciones de modelos de sociedad. De un lado está la gente, la sociedad en su conjunto, es decir, los consumidores. En el otro, los productores y los vendedores, los que poseen la infinidad de bienes de consumo que la sociedad necesita, es decir; los capitalistas.

Si para obtener muchos más beneficios los capitalistas deciden en un momento determinado negarle a la sociedad los productos que ellos poseen, y para acceder a entregárselos ésta deberá despojarse progresivamente de sus logros laborales, de su salario, de su calidad de vida de una manera injusta y desalmada que la sociedad no esté dispuesta a aceptar, entonces habrá una confrontación. Pero si esa confrontación no se traduce en triunfo de los poderosos en un lapso perentorio que no exceda la capacidad de inversión de cuantiosos recursos del capitalismo en esa batalla y la misma comienza a salirle más cara que lo que cuesta producir esos bienes de consumo y la acumulación de riqueza en pocas manos comienza a estar en riesgo, entonces ese sector capitalista, con base siempre en su lógica inhumana y mercantilista, considerará que está obligado a profundizar la pelea y la convertirá en guerra apelando a métodos más radicales de presión y de reducción de la resistencia que le oponga su contrincante.

Para ese propósito de pasar a una fase más intensa de la guerra, con el objetivo de reducir hasta agotar la capacidad de aguante de los consumidores, el sicariato es una herramienta expedita y de alto impacto que tiende a fracturar rápidamente la solidez moral de ese pueblo que se niega a ser doblegado por la especulación, el acaparamiento y el contrabando de extracción al que se ha volcado de manera brutal y salvaje el sector capitalista.

Por eso buena parte del esfuerzo del sector capitalista que ha desatado esa guerra económica contra nuestro pueblo, además del acaparamiento, el contrabando de extracción, la especulación y el sabotaje económico, ha estado orientado durante años a generar convulsiones financieras, sociales y políticas, importando hacia nuestro país todas las formas inimaginables de desestabilización, entre las que se encuentran el paramilitarismo y ese horrendo fenómeno de la criminalidad colombiana que es el sicariato; una perversa modalidad de negociación cuya filosofía es estrictamente la del capitalismo, en la cual la muerte se negocia como cualquier otra mercancía y se paga con dinero, porque el capitalismo es cobarde y contrata todo lo que no se atreve a hacer por sí mismo. En esa contratación la vida del ser humano no vale nada. Menos aún si ella, la vida, es la de un combativo revolucionario forjador precisamente de esa gran muralla ética del pueblo que impide que los capitalistas obtengan y acumulen cada vez más riquezas.

Asesinar a líderes del pueblo buscando aterrorizar y acobardar a esos millones de venezolanos que no valoran la vida en los mismos términos despreciables en que lo hace el capitalismo, al que no le importa en lo más mínimo matar en la búsqueda de beneficios políticos que le ayuden a reinstaurar su inhumano modelo en nuestro país, es para los capitalistas (para el Departamento de Estado norteamericano, las corporaciones trasnacionales, los medios de comunicación de la derecha y para sus operarios políticos, por supuesto) la forma más efectiva de intentar superar el inmenso poder que tiene una fortaleza ética que no acepta ni aceptará jamás que a los verdaderos líderes del pueblo, como el glorioso Robert Serra, se les coloque por debajo de ninguna necesidad comercial ni mercantil.

Robert Serra vivirá ahora mucho más que lo que hasta ayer vivió, por culpa de un sector miserable, desalmado, criminal y asesino tan imbécil y estúpido que creyó que matándolo lo callaría y que lo que hizo fue convertirlo en los millones de aguerridos combatientes que de hoy en adelante multiplicarán aún más la lucha de Robert por alcanzar más temprano que tarde la justicia y la igualdad social que nos legara el Comandante Eterno y por la cual él tan brillantemente luchó.

Los capitalistas seguirán buscando hacer negocios contratando a la muerte para ponerla a su servicio. Es lo único que saben hacer y lo único que les queda, porque pueblo nunca han tenido y nunca lo tendrán. En nombre de Robert, se lo juramos con toda la fuerza de nuestra profunda convicción revolucionaria.

¡ROBERT VIVE! ¡LA PATRIA SIGUE!

@SoyAranguibel

Candidatura y sexo… la rabieta de Capriles.

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La teoría social coloca a la familia como base fundamental de la sociedad porque ella, en sí misma, resume el carácter nuclear de sus componentes; hombres, mujeres y niños, y consagra la naturaleza institucional del cuerpo social más que ninguna otra fórmula de asociación o nexo entre sus integrantes.

Por muy avanzada que sea la sociedad, la familia no será jamás susceptible de obsolesencia porque de ella surge la noción de la ética, la moral, las buenas costumbres y la cultura filial (amor, hermandad, solidaridad, comprensión, etc.) tan determinantes para el desarrollo armonioso de los pueblos. Y con eso, por supuesto, la reducción de los factores desencadenantes de la criminalidad que surge del odio, la falta de principios, orientación y valores, que además de las razones asociadas a la cultura de la riqueza fácil y del voraz consumismo que promueve el modelo capitalista, aparecen hoy como los detonantes principales de la inseguridad y la violencia. En el ámbito del capitalismo, es precisamente esto último lo que se refuerza a a través de casi todo el contenido mediático que Hollywood produce en la actualidad; series de televisión que exhaltan la homosexualidad, el lesbianismo y la desintegración familiar como valores admirables, cuyo propósito definitivo es la desmovilización social y la subsecuente inhibición del potencial revolucionario o transformador de la misma.

Por eso aparecer ante el país tratando de descalificar al candidato de la revolución a la Presidencia de la República con el chantaje de la homofobia, tal como lo hizo Capriles esta semana, por haber aquel presentado públicamente a su familia; a su esposa, hijos y nietos, durante la inscripción de su candidatura, además de absurdo es un verdadero atentado a la inteligencia del pueblo y a la moral que debe regir la conducta de las figuras públicas.

Acusar de homófobo a quien no ha expresado descalificación o discriminación alguna hacia los homosexuales, sino que exalta en el momento adecuado la importancia de la familia en el marco de una candidatura que persigue lograr la confianza del electorado con base en el reconocimiento no solo de su programa de gobierno, sino de sus credenciales como dirigente político, como persona y como ser humano, es poco menos que descabellado y estúpido.

Mucho más cuando quien hace la acusación arrastra sobre sí el pesado expediente de la ocultación de su orientación sexual, dejando entrever con tan inexplicable actitud que quien se avergüenza de la homosexualidad como fenómeno que hoy, por primera vez en nuestra historia y gracias a la amplitud y espíritu democrático de Chávez, se puede ejercer con la más entera libertad en nuestro país, es él mismo.

Entonces, ¿Quién discrimina a quién?