¡Venezuela hasta en la sopa!

Por: Jorge Armesto

Tengo que reconocer con vergüenza que yo era uno de tantos españoles que no tenía ni remota idea de la historia de Venezuela. En fin, seamos sinceros, ¿para qué andarnos con tonterías? Ni de Venezuela ni de América Latina en general. Veo una pirámide y yo que sé si es inca o maya. ¿Bolivar? Un indio que nos quitó las tierras. ¿San Martín? Un cura o algo así que sale en el tango Cambalache que cantaba Malevaje. Confundo en el mapa Paraguay y Uruguay. Y Honduras, Panamá, Nicaragua y todos esos…para qué voy a contar. Así todo.

Pero gracias a la prensa española y, especialmente, a El País y su periódico hermano El Mundo, mi burricie empieza a desvanecerse. Cierto es que sobre el resto del continente sigo sin tener ni puta idea pero, ¡ah! ¡Sobre Venezuela! Sobre Venezuela me estoy convirtiendo en una autoridad. No tengo tanto mérito. ¿Y quién no? Hasta el más tonto escribiría una tesis. En la tasca más humilde, los cuatro que juegan al dominó podrían impartir en cualquier parte del mundo una cátedra de estudios venezolanos. Tal es el inabarcable caudal de conocimientos en el que nos han sumergido los periódicos españoles. De hecho, cuando leo estos didácticos artículos empiezo a pensar que son los pobres venezolanos quienes no saben nada de su país en comparación con los españoles. Incluso me aventuro a afirmar que está pronto el día en que los españoles sepan más de Venezuela que de la propia España. Si es que ese día no ha llegado ya.

Qué tiempos aquellos en que vivíamos en la más triste ignorancia sobre nuestro país hermano. A finales de los 80 el gobierno de Carlos Andrés Pérez le entregó el país al FMI. Las medidas “liberalizadoras” trajeron consigo privatización de empresas públicas, congelación de salarios, disminución del gasto público y aumento del precio de productos básicos. Una música conocida. El resultado del empobrecimiento masivo de la población fue el “caracazo”, una revuelta popular que la democracia de Carlos Andrés sofocó provocando una masacre de cerca de 3.500 muertos. En 1996, tras siete años de políticas “reformistas” y según cálculos del Banco Central de Venezuela, el índice de pobreza general era del 54,86% y el de pobreza extrema, el 30,98%. En 2009, tras diez años de gobierno de Hugo Chávez, la pobreza extrema estaba en el 7,20% y la pobreza general en el 28,50% El desempleo en 1999 rondaba el 15%. Diez años después se había reducido a la mitad. Igual reducción que tuvo la mortalidad infantil ¿Pero cómo íbamos a saber algo de esto? Entonces teníamos en España una prensa insensible, eurocéntrica y muy poco atraída por los avatares y desventuras de nuestros hermanos venezolanos. Nada que ver con la actual, cosmopolita y global.

Por supuesto, tampoco entonces nos contaron los turbios asuntillos de Felipe González y Carlos Andrés Pérez (condenado por malversación y prófugo de la justicia, murió millonario en Miami) con su amiguito el aún más multimillonario venezolano Gustavo Cisneros. Ni nos enteramos mucho de quién demonios era este tío cuyo nombre oímos por primera vez en aquellos tiempos en que el gobierno del PSOE saneó y reflotó Galerías Preciados gastando 48.000 millones de dinero público. Luego vendió la cadena por 1.500 millones al Grupo Cisneros quien, a su vez, la revendió por 30.000 a unos inversores ingleses. Resultado de la operación: -48.000 millones para nosotros +28.500 millones para Cisneros en un abrir y cerrar de ojos. Para los que crean que el PP innova: todo está inventado. La única diferencia es que antes se robaba en pesetas y ahora en euros.

Aquella prensa provinciana tampoco mencionaba que ese mismo Gustavo Cisneros era y es el propietario casi en régimen de monopolio de la mayoría de los medios de comunicación venezolanos que, desde 1999, cuando perdió el poder su compañero de negocios, se declararon ferozmente hostiles al gobierno de Chávez. Esos mismos medios que, aunque constantemente se quejan por la falta de libertad de prensa, participaron activamente en el golpe de estado contra Chávez en 2002 auspiciado por, ¡oh! ¡sorpresa!, José María Aznar. En las horas que los golpistas creyeron triunfar declararon su agradecimiento público a las emisoras de Cisneros. Tampoco El País informaba mucho acerca de que el grupo PRISA era accionista junto a Cisneros de algunas de esas emisoras. Con respecto a la participación de Aznar como uno de los promotores del golpe, El País zanjó el asunto diciendo que “quedó sin aclarar”.

Por suerte para todos, esos tiempos de oscurantismo e ignorancia han pasado a la historia. Y en España de hoy no hay día, y digo bien, ni un solo día, en que las cabeceras más importantes no nos revelen nítidamente la mierda de país que es Venezuela y la permanente desgracia en la que viven sus ciudadanos. Hace algunos meses escribí en estas mismas páginas un artículo sobre la línea editorial de El País con respecto a Podemos. Entonces la campaña de insidias aún estaba empezando y la consulta en la hemeroteca era sencilla. Compadezco al pobre desgraciado que hoy tenga que hacer la misma recopilación. No quiero ni imaginar lo que sería bucear en más de una década de mendacidades de la hemeroteca española sobre Venezuela. Esto desanima al más pintado. Dejo para otros esa gloria. Yo soy un vago y me conformo con mirar simplemente lo que publican en la última semana. Total, para qué más.

Pese a todos los esfuerzos pedagógicos de la prensa española reconozco que mi conocimiento de la realidad política latinoamericana –con la salvedad de Venezuela– es bastante exiguo. Valentín Paniagua, Jorge Battle, Ronald Venetiaan, Bharrat Hagdeo, Lucio Gutiérrez, Sebastián Piñera, Alfredo Palacio, Tabaré Vázquez, Eduardo Rodríguez Veltzé, Federico Franco, Fernando Lugo, Ollanta Humala….¿alguien sabe quién es esta peña? Pues jefes de estado sudamericanos de los últimos 15 años. Quién lo diría, eh. Ni me suenan. Sin embargo, de Nicolás Maduro me sé hasta su talla de calcetines. El Mundo nos dice el día 2 de enero que su popularidad ha descendido hasta el 22%. ¿Poco o mucho? Si lo comparamos con la que tenía Hugo Chávez antes de enfermar, cercana al 60%, poco. Pero si la comparamos con la de Mariano Rajoy, que no llega ni al 14%, tampoco está tan mal. Claro que Rajoy, a pesar de no ser chavista, comparte el record con Hollande de ser el dirigente peor valorado del mundo por sus conciudadanos.

Antes, el 30 de diciembre, El País y El Mundo se escandalizaron por la renovación de algunos miembros del Consejo Nacional Electoral y del Tribunal Superior de Justicia de Venezuela. Aunque del funcionamiento del resto de países sudamericanos no sabemos ni palabra, largos artículos hablan sobre estas instituciones venezolanas, así como la Contraloría y la Defensoría del Pueblo. Por otra parte, nada que no supiese ya cualquier venezuelólogo avezado. ¿Y no resulta que han metido a unos chavistas en estas instituciones? ¡Qué escándalo! En la nación en la que PP y PSOE nombran a los miembros del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial, y estos a su vez nombran a los Magistrados del Tribunal Supremo y a los Presidentes de los Tribunales Superiores de Justicia, la desvergüenza chavista resulta indignante.

El mismo día 30 El País nos dice que Venezuela es “el segundo país más peligroso del mundo”. ¿Más que Siria? ¿Más que Iraq? No. Se refiere a la tasa de homicidios. Uno se pregunta: ¿Y no se merecería el titular el que va de primero? Los hondureños, que son líderes, no salen ni en la entradilla.

Lo cierto es que Venezuela es un lugar espantoso para vivir: Si ayer nos enteramos nada menos de que han subido los peajes de las autovías, hace menos de una semana descubrimos espantados que había cerrado una famosa heladería. Hacían helados de garbanzos, spaguetti y hasta de cebolla. Un drama. El día 31 de diciembre El País nos dice que Venezuela está en recesión. En otro artículo aparece como un títere de ..¡Cuba!Y es que los tontainas chavistas son más castristas que los propios castristas. Ya en enero, el día 2 El País augura que el país sudamericano será uno de “los perdedores” de 2015 mientras que el 4 le dedica el editorial “El drama venezolano”. El mismo día Maduro está “en la cuerda floja” dos veces. La primera en “El mundo en 2015” y la segunda en el artículo de Bastenier “Cuatro funambulistas en la cuerda floja”. Al menos Maduro tiene el consuelo de que también Putin comparte funambulismo en ambos textos.

El 4 de enero es el “Día de Venezuela” para El País y en otro artículo describe a Maduro como otro “tirano del oro negro” junto a los tiranos de Arabia Saudí, Rusia e Irán. El articulista se cuida muy mucho de distinguirlos de las “democracias petroleras”, esto es México y Brasil. Por cierto que, con respecto a México, no resulta tan fácil encontrar noticias sobre su situación política y la emergencia de MORENA, un partido surgido de los movimientos sociales, que amenaza el bipartidismo corrupto. ¿De qué nos suena esto? Sin embargo la prensa española se cuida muy mucho de hablar de estos asuntos.

El día 5 El País nos cuenta quién gana o pierde con la apreciación del dólar.¿Adivinamos quién palma? Sí, amigos, Venezuela. El mismo día se nos dice también quién pierde con el petróleo barato. Sorpresa: otra vez Venezuela. ¿Y quién más? Rusia y Cuba. Cuba, la pobre, que no tiene petróleo, pierde de rebote. De las dictaduras del Golfo Pérsico, ni palabra. Es de suponer que están que tiran cohetes. El articulista dice que Maduro ha redoblado sus ataques frente “a los que le critican”. Y por si su postura no nos resultase obvia añade: “como yo”. El mismo día 5 nos enteramos de queVenezuela acude a China para pedir créditos y el día 6 es El Mundo el que nos cuenta las “siete plagas de Maduro”. También el 6 sabemos que Ecuador negocia créditos en China. La diferencia de titular es elocuente: Maduro “busca alivio para la crisis” en tanto que Correa “logra 6.300 millones en créditos”. Unos villanos, otros héroes.

En fin, Venezuela hasta en la sopa. Todo esto únicamente en una semana. Es fácil imaginar lo que nos espera en el año de emergencia de Podemos. Pero, ¿por qué ser desconfiados? También podemos imaginar un futuro en el que los ciudadanos seamos iluminados por esta prensa abierta, universal y con tanta sensibilidad hacia países distintos. En que seamos ilustrados por esta prensa que nos eleva al cosmopolitismo desde la burrez cateta en que ahora vivimos. Quizá llegue el día en que se nos cuente que en Papúa Guinea han subido los peajes. O que en Eslovaquia cerró una heladería. Qué precioso reportaje. Queremos conocer esos pequeños dramas que nos pasan desapercibidos. ¿Montenegro pide un crédito a China? Necesitamos saberlo. ¿Qué tal le irá el 2015 a Moldavia y Polonia? ¿A quién han elegido para el Consejo Electoral de Yibuti? Todo nos interesa, ciudadanos planetarios. Empezaron a educarnos con Venezuela porque con alguno había que empezar. ¿Qué otra razón iban a tener?

A fin de cuentas, hombre soy, y nada de lo venezolano me es ajeno.

Tomado de: Prensa Web RNV

El invariable empeño divisionista del trotskismo

– Publicado en el Correo del Orinoco el 17 de noviembre de 2014 –

Por: Alberto Aranguibel B.

El clamor más angustiado del Comandante Chávez en su dolorosa despedida del 8 de diciembre de 2012 ante el país, no fue solamente la solicitud de respaldo del pueblo a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales que tendrían que hacerse para cumplir con lo establecido en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, en caso de presentarse una “circunstancia sobrevenida” que lo inhabilitara. Esa fue quizás la más inesperada e impactante. La más vehemente súplica de aquella dura proclama fue el llamado a la unidad, por encima de todas las cosas.

Siendo, como hoy se le reconoce más que nunca, el más grande genio político de toda nuestra historia republicana, Chávez sabía que el trabajo más arduo era el de la consolidación perdurable de la unidad del pueblo en torno a una propuesta tan compleja y tan amenazada como la del socialismo, más aun cuando las fuerzas más retardatarias de la sociedad que adversan al chavismo cuentan con tantos recursos y respaldo imperialista como nunca antes en toda la historia. En el logro de esa unidad inquebrantable del pueblo, que impidió durante todo su mandato la arremetida invasora de las grandes potencias, estuvo determinado su liderazgo. Y él lo sabía.

El alerta contenido en la frase “No faltarán los que traten de aprovechar coyunturas difíciles para mantener ese empeño de la reinstauración del capitalismo, del neoliberalismo, para acabar con la Patria”, era más una premonición que una conseja. Su deslumbrante dominio de la historia y su destreza como político excepcional le permitían avizorar con claridad no sólo los riesgos sino las amenazas que se cernirían sobre el proceso bolivariano de no contar con su conducción.

La constante divisionista de la izquierda desde sus orígenes, era también con toda seguridad una preocupación que le mortificaba.

Desde mucho antes de aparecer Leon Trotsky en la escena política rusa a principios del siglo XX, las divisiones en la izquierda con base en la prepotencia y la arrogancia de intelectuales erigidos de la noche a la mañana en ideólogos revolucionarios imprescindibles fueron el fenómeno más recurrente en los grandes momentos de construcción del modelo socialista de justicia e igualdad social que desde siempre reclamaron los pueblos. Desde 1864, año de la instalación de la Ira Internacional, hasta después de la 2da Guerra mundial, las divisiones promovidas por radicales que cuestionaban indistintamente las concepciones del socialismo formuladas por Lenín, Engels o hasta por el mismísimo Carlos Marx, fueron una constante en el quehacer de la izquierda en el mundo. Pero sin lugar a dudas que a Trotsky y al trotskismo se deben las más resonantes, inútiles e irresponsables de todas cuantas ha habido a lo largo de más de un siglo de lucha revolucionaria.

A través del tiempo, los trotskistas han querido presentar una versión de la historia completamente tergiversada y amoldada a sus muy particulares intereses fraccionalistas, que nada tiene que ver con la realidad de los hechos que marcaron el devenir de la propuesta socialista. Hoy puede sostenerse con entera propiedad que el trotskismo, como propuesta revolucionaria, ha sido siempre y es hoy una completa farsa histórica.

Trotsky nunca fue revolucionario. Las dos corrientes fundamentales que promovían la transformación de Rusia a principios del siglo XX fueron los mencheviques, entre los que se encontraba Trotsky, tendencia pequeño-burguesa con una visión reformista de la transformación de la realidad, y los bolcheviques, la tendencia revolucionaria autóctona liderada por Lenin.

Los mencheviques se opusieron desde siempre a la manera revolucionaria en que los bolcheviques hacían política. Ya en 1904, en su texto “Nuestras tareas políticas” Trotsky acusaba a Lenin de “dictador”, “autócrata” y “revolucionario burgués”, dejando ver que sus manidas diferencias contra Stalin no se debían al supuesto “despotismo” con el que éste (según Trotsky) ejercía la política, ni a la supuesta traición de las raíces de la revolución por parte del líder bolchevique, sino que su conflicto era esencialmente contra la propuesta socialista, incluso desde mucho antes del inicio de la revolución bolchevique y, por supuesto, antes de fallecer Lenin. De hecho, esa infamante guerra de Trotsky contra Stalin es uno de los mayores aportes a la cultura anticomunista promovida desde entonces hasta hoy por el imperio norteamericano.

La razón por la que Trotsky se incorpora formalmente a las filas de la Revolución Bolchevique tiene su explicación en la necesidad política del alzamiento de 1917 gracias a la genialidad estratégica de Lenin. En vísperas de aquella rebelión popular contra el zarismo, Lenin entendía la importancia de la unidad de todas las fuerzas, ya fuesen revolucionarias, reformistas o progresistas, para asestar el último golpe al poder zarista en Rusia, pero sin perder de vista jamás el carácter contrarrevolucionario del pensamiento y el accionar de Trotsky. En las conocidas cartas que escribió el líder bolchevique antes de morir, Lenin sostenía la incapacidad de Trotsky para dirigir al partido comunista por su esencia “pequeño-burguesa”.

En los años que siguieron a la muerte de Lenin se llevaron a cabo intensos debates en el seno del Partido Comunista Bolchevique, en donde personajes como Trotsky expresaron de manera abierta sus ideas políticas. No existe ni una sola prueba histórica de que Trotsky fuese “botado arbitrariamente” del partido. Pero sí sobran las pruebas de que ni su propuesta ni él como líder jamás pudieron lograr el respaldo de las mayorías.

Como elemento clave en la farsa histórica que representa el trotskismo, se encuentra el hecho de que Trotsky catalogaba a la dirigencia revolucionaria de entonces como “traidores” al legado de Lenin y como “enemigos” del pueblo, pero cuando personajes como Bujarin y Zinoviev decidieron distanciarse de la propuesta socialista y se declararon enemigos del poder revolucionario establecido, estos fueron recibidos por Trotksy como grandes héroes, conformando con ellos la autodenominada “Oposición de izquierda”.

Desde el seno del partido, militantes y dirigentes combatieron a esa “Oposición de izquierda” con mucha fuerza, no por razones de intolerancia sino por razones políticas: al triunfo de la Revolución Lenin estableció firmemente la necesidad de que no existieran fracciones ni tendencias a lo interno del partido, idea que se plasmó en los estatutos del partido comunista.

La respuesta del trotskismo ante su incapacidad para ganarse al pueblo bolchevique fue entonces la de asumir el camino de la violencia fascista emprendiendo una serie de acciones de sabotajes en las empresas más importantes del Estado Soviético. Como demuestra claramente el autor Ludo Martens en su conocido texto “Otra mirada sobre Stalin”, los inspectores de fábricas conseguían arena, piedras y artefactos ajenos al proceso de producción a lo interno de la maquinaria laboral, colocadas ahí intencionalmente por agentes del trotskismo infiltrados en el movimiento obrero, para deteriorar los equipos y obstruir las labores en dichos espacios.

Sabotaje que alcanzaba dimensiones internacionales con propuestas innegablemente contrarrevolucionarias como las que expresa un manifiesto de la IV Internacional convocada por Trotsky en 1940, en el que se asumía la defensa de Rusia frente a la amenaza nazi de invadir el territorio ruso, pero se combatía a la vez a la “oligarquía de Moscú”, es decir al Partido Bolchevique. En el momento en que la Alemania nazi se proponía invadir a la URSS y masacrar al pueblo ruso, Trotsky proponía luchar contra su gobierno y debilitarlo. Ya entonces se conocían evidencias que demostraban la existencia de una alianza directa entre el nazismo y el trotskismo (el hijo de Trotsky, León Zedov, vivía en Alemania durante el nazismo), amén de las absurdas y torpes propuestas de clara orientación fascista que promovía la fraternización con los ejércitos invasores nazis por considerarles “trabajadores en uniforme”.

Esas y muchas otras razones llevaron a los principales dirigentes revolucionarios del siglo XX, Stalin, Mao Tsetung, Ho Chi Min, entre otros, a rechazar expresamente al trotskismo como corriente pequeño-burguesa, infiltrada siempre a lo interno de las revoluciones socialistas para dividirlas y acabarlas. Por ese afán divisionista, en Latinoamérica, particularmente en Argentina, Brasil, México y Uruguay, el trotskismo ha sido la causa más frecuente del fracaso de las luchas populares.

Pero el trotskismo y su afán divisionista sobrevive y es hoy una amenaza más junto a todas las que penden sobre la Revolución Bolivariana. Desmontar su trampa de la “autocrítica”, que solo persigue desprestigiar el liderazgo revolucionario (acusándolo, como hace 100 años, de “burócratas”, “autócratas” y “revolucionarios burgueses”) para desmovilizar a la militancia y abrirle así el paso al fascismo que pretende poner de nuevo sus garras sobre nuestra Patria, es una obligación impostergable de los hijos de Chávez.

@SoyAranguibel