¿Ilegítimo, por qué?

Por: Pasqualina Curcio

¿Se habrán hecho esta pregunta quienes afirman que Nicolás Maduro es un dictador, un usurpador y que el período 2019-2025 carece de legitimidad? ¿O solo repiten lo que escuchan?

Comenzaron a posicionar esta matriz de opinión los 12 países reunidos en Lima. Se lee en su comunicado: “…el proceso electoral llevado a cabo en Venezuela el 20 de mayo de 2018 carece de legitimidad por no haber contado con la participación de todos los actores políticos venezolanos, ni con la presencia de observadores internacionales independientes, ni con las garantías y estándares internacionales necesarios para un proceso libre, justo y transparente.

Los dirigentes de la oposición venezolana, nos referimos a la no democrática, repiten sin descanso, y por supuesto sin argumentación, que Maduro es un usurpador.

En un acto de desespero, el propio Vicepresidente de los EEUU, Mike Pence al verse obligado a convocar personalmente la marcha opositora para el 23 de enero, debido a la incompetencia de la dirigencia opositora, insistió y repitió que el Presidente Nicolás Maduro es un dictador, usurpador e ilegítimo.

La estrategia es clara, repetir mil veces la mentira para convertirla en verdad.

Desmontemos la mentira:

1. Hubo elecciones presidenciales. Se realizaron el 20 de mayo de 2018, es decir, antes del 10 de enero de 2019, momento en el que de acuerdo con los artículos 230 y 231 de la Constitución se vence el período presidencial 2013-2019. Se estuviese violando la Constitución si las elecciones se hubiesen realizado después del 10 de enero de 2019, o peor aún que no se hubiesen realizado.

2. Fue la oposición venezolana la que solicitó el adelanto de las elecciones. Se realizaron en mayo y no en diciembre, como tradicionalmente se hacía, porque fue la oposición la que solicitó, en el marco del diálogo en República Dominicana, que se efectuasen el primer trimestre del 2018.

3. En Venezuela el voto es un derecho, no es un deber. Quienes de manera libre, aunque influenciados por algunas organizaciones políticas no democráticas que llamaron a la abstención, decidieron no asistir a votar están en su pleno derecho, pero en lo absoluto ilegitima el proceso electoral, más aún cuando eso implicaría desconocer e irrespetar a los 9.389.056 que si decidieron votar y ejercieron democráticamente su derecho al sufragio.

4. Participaron 16 partidos políticos en la contienda electoral (PSUV), (MSV), (Tupamaro), (UPV), (Podemos), (PPT), (ORA), (MPAC), (MEP), (PCV), (AP), (MAS) (Copei) Esperanza por el Cambio, (UPP89). En Venezuela no es obligatorio que todos los partidos políticos participen en los procesos electorales. Están en su pleno derecho de decidir si participan o no. Justamente porque nuestro sistema es democrático. El hecho de que 3 partidos (AD, VP y PJ) decidieron libremente no participar, no ilegitima el proceso electoral.

5. Se postularon 6 candidatos: Nicolás Maduro, Henri Falcón, Javier Bertucci, Reinaldo Quijada, Francisco Visconti Osorio y Luis Alejandro Ratti (los dos últimos decidieron retirarse).

6. Maduro ganó con un amplio margen, obtuvo 6.248.864 de votos, el 67,84%; le siguieron Henri Falcón con 1.927.958, el 20,93%; Javier Bertucci con 1.015.895, 10,82% y Reinaldo Quijada quien obtuvo 36.246 votos, el 0,39% del total. La diferencia entre Maduro y Falcón fue 46,91 puntos porcentuales.

7. Acompañaron el proceso electoral unas 150 personas, entre ellas 14 comisiones electorales de 8 países; 2 misiones técnicas electorales; 18 periodistas de distintas partes del mundo; 1 Europarlamentario y 1 delegación técnico-electoral de la Central Electoral de Rusia.

8. Las elecciones se realizaron con el mismo sistema electoral empleado en las elecciones parlamentarias de diciembre de 2015, en las cuales resultó ganadora la oposición venezolana. Sistema que es automatizado y sometido a auditorías antes, durante y después de los comicios. Sistema que garantiza los principios de “un elector, un voto” porque solo con la huella dactilar se desbloquea la máquina de votación; y garantiza el “secreto del voto”.

9. Se realizaron 18 auditorías al sistema automatizado. Los representantes del candidato Henri Falcón participaron en las 18 y suscribieron las actas en las que manifiestan su conformidad con el sistema electoral. Las auditorías son públicas y televisadas en vivo por el canal del Consejo Nacional Electoral. Una vez realizadas las auditorías, el sistema se bloquea y la única manera de acceder nuevamente es con la introducción simultánea de los códigos secretos que tiene cada organización política.

10. Ninguno de los candidatos que participó en el proceso electoral impugnó los resultados. No hay pruebas de fraude, no presentaron ninguna evidencia o denuncia concreta de fraude.

Las elecciones presidenciales del 20 de mayo de 2018 fueron libres, transparentes, confiables, seguras y ajustadas a la Constitución y a las leyes a pesar del llamado antidemocrático a la abstención por parte de un sector de la oposición.

Son otros los que pretenden usurpar el cargo de Presidente de la República con el argumento de un supuesto vacío de poder, figura que no está contemplada en nuestra Constitución y la instauración de un “gobierno de transición”, figura tampoco prevista en la Carta Magna. Por si fuera poco, pretenden ejercer el poder fuera de nuestras fronteras violando el artículo 18 de la Constitución que establece que es Caracas la sede de los poderes públicos.

Así las cosas, son otros los usurpadores, ilegítimos y antidemocráticos.

Es ilegítimo y constituye un intento de usurpación el que algunos sectores de la oposición pretendan sostenerse en el apoyo de sectores extranjeros provenientes de gobiernos imperialistas para ejercer una autoridad que ni el pueblo ni la Constitución les da.

Repitamos mil veces estas verdades.

Pasqualina Pascualina Curcio

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La oposición llega al final del manual de Gene Sharp y clama por un gorila

Por: Clodovaldo Hernández /La Iguana TV

 

Una de las conclusiones preliminares que puede sacarse de estos primeros doce días de 2019 es que el famoso golpe suave tiene que ser, en algún momento, un golpe fuerte. O no es golpe.

Para que una “toma del palacio” sea real debe tener por detrás al menos uno de estos poderes fácticos: las masas alzadas, un grupo de militares con mando sobre tropas y equipos bélicos o una fuerza invasora.

La escena del  presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, clamando por unos militares que lo pongan en Miraflores es tan ilustrativa. Mucho manual de Sharp, mucho Twitter, mucho Grupo de Lima, mucho Almagro (cada vez mas desmelenado), mucho cabildo abierto, pero lo que realmente necesitan -o tal vez sea mejor decir que añoran- es un gorila.

Ese gorila puede ser alguien que esté agazapado en la Fuerza Armada Nacional Bolivariana o un ejército extranjero, aunque esto último -es justo aclararlo- no lo ha dicho abiertamente el diputado de Voluntad Popular.

El punto es que a la oposición la agarró la fecha del 10 de enero sin masas alzadas y sin ningún Pinochet a la vista, pero con una montaña de expectativas creadas a punta de declaraciones de gobiernos enemigos de la Revolución venezolana y de líderes y comentaristas de todo pelaje, en su mayoría actuando desde el exterior del país.

Sobre las masas

La antirrevolución tendría oportunidad de asumir el poder si se hubiese consolidado como un movimiento de masas a lo largo de estos 20 años de enfrentamiento con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Pero no lo ha hecho. Por el contrario, en los momentos de mayor aglutinación de fuerzas han cometido errores estratégicos, casi todos producto del inmediatismo y de la subestimación del adversario.

¿Ejemplos? En 2002 hasta lograron derrocar a Chávez, pero no tardaron dos días en echar todo por la borda; en 2015 ganaron la batalla de las elecciones parlamentarias, se dedicaron a actuar como quien ya ganó la guerra, y en cuestión de seis meses ya habían decepcionado a la mitad de sus seguidores.

Sin embargo, las pifias que han llevado a la oposición a tener actualmente una mínima capacidad de convocatoria de su militancia son las cometidas a partir de 2017. Primero insistieron en la violencia foquista que ya habían intentado en 2004, 2013 y 2014, pero peor. Convirtieron las zonas de clase media en un infierno gobernado por chicos malos de las mismas urbanizaciones o por malandros importados de barrios vecinos.

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Convencidos de que iban a derrocar a Maduro a punta de guarimbas, se negaron a aceptar el reto de medirse en las elecciones de la Asamblea Nacional Constituyente. Pero este cuerpo deliberante logró pacificar al país incluso desde antes de instalarse. Desde entonces, ha habido cuatro jornadas electorales, de las cuales la alianza opositora aceptó participar en la primera y se ha negado en las otras tres, aunque con una buena cantidad de excepciones y disidencias. Una conducción tan errática ha tenido el efecto de desintegrar a las bases antichavistas y dividir a la Mesa de la Unidad Democrática.

Más allá de lo que le han hecho a su propia militancia, la gran falla de la oposición en materia de masas es su ramplón desprecio por el pueblo chavista, algo que durante el período guarimbero tomó un cariz ya netamente criminal. Cuando los voceros de la oposición (incluidos los del partido de los obispos) dicen que “nadie” participó en las elecciones de la ANC y las presidenciales de mayo, demuestran lo que piensan de unos cuantos millones de compatriotas: que no existen.

¿Cómo se puede apelar ahora a unas masas a las que se le niega incluso la condición de ciudadanos? Es una pregunta que, al parecer, esta gente no se hace nunca.

Amor y odio a los militares

Lo que le ha ocurrido a la oposición con las masas civiles también le ha pasado con la oficialidad de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Los líderes de la derecha llevan dos décadas denigrando de ellos, burlándose de los roles que han desempeñado en la llamada unión cívico-militar o haciéndoles desplantes machistas como arrojarles gallinas o enviarles sobres con pantaletas, como si la femineidad fuese sinónimo de cobardía.

En el fatídico 2017 no solo los agredieron verbal y simbólicamente, sino que enviaron a jóvenes y adolescentes a tumbar cercas perimetrales de guarniciones o a dispararles con bazucas caseras o con puputovs, para luego acusarlos de las peores violaciones de los derechos humanos de manifestantes pacíficos y respetuosos de las reglas.

Esa estrategia siguió en marcha en 2018, y alcanzó un punto crucial el 4 de agosto, pues el magnicidio fallido no hubiese cobrado las vidas solo del jefe del Estado, Nicolás Maduro y de buena parte del gobierno civil, sino también las de toda la cúpula militar del país. Ese atentado no puede atribuirse a toda la oposición, pero lo cierto es que ninguno de los líderes importantes de esta tendencia política se atrevió a marcar distancia deplorando lo que bien pudo ser una masacre de los altos mandos.

Todas esas actitudes, acciones y omisiones tienen un peso a la hora en que cualquier personaje opositor pretende darle a la tecla de reset y pedirles ayuda para asumir el poder a esos mismos militares difamados, injuriados, embarrados con excrementos, convertidos en blanco de un atentado.

Para completar el cuadro adverso frente al mundo militar, la entente internacional que apoya a la oposición interna incurrió en un grave error: acusar a la Fuerza Armada venezolana de violar los derechos territoriales de Guyana. Pero si grave fue ese exceso de parte del llamado Grupo de Lima, mucho más grave fue que la AN opositora haya respaldado el documento en el que se hace tan temeraria afirmación.

Solo queda el factor extranjero

Así, pues, la oposición ha llegado al final del manual de Gene Sharp y se ha encontrado con el que siempre será el epílogo del golpe suave: un golpe propiamente dicho.  Como es evidente que no tienen las masas activadas ni el apoyo en los cuarteles, solo queda el factor de una posible invasión extranjera.

No por casualidad, Juan Guaidó le dio expresamente las gracias al Departamento de Estado por favores recibidos y tampoco lo es que el Departamento de Estado ya haya comenzado a tratarlo como si fuera presidente de la República, aunque en materia de tomas de palacio, el presidente de la AN no ha pasado de las inmediaciones del Tolón. Ojalá que no, pero tal vez por ahí vengan los tiros, dicho sea literalmente.

Clodovaldo.jpg Clodovaldo Hernández

Fuente: La Iguana TV

No se equivoquen

Por: Alberto Aranguibel B.

Hay quienes explican el resurgimiento del fascismo culpando de ello a la izquierda. En particular en Latinoamérica, con la revelación de Bolsonaro en Brasil, después que se daba por descontado que Lula (o su sucesor) arrasaría en las elecciones en ese país.

Reducir la eficacia de los movimientos populares al simple logro de las mayorías electorales, es perder de vista el sentido de la transformación profunda del Estado y de la sociedad que toda gran fuerza de inspiración popular debe llevar a cabo. Es desconocer la naturaleza fluctuante de los procesos de cambio, signados, por lo general, por marchas, contramarchas y reveses intensos, que determinan la verdadera evolución de las sociedades.

Si reconocemos el auge de los movimientos sociales como el fenómeno latinoamericano del siglo XXI, entonces debemos reconocer con la misma objetividad que lo que sucede en la derecha con el ascenso de figuras paradigmáticas como Temer o Bolsonaro en Brasil, como Piñera en Chile, Macri en Argentina, Fox y Peña Nieto en México, o Kuczynski en Perú, no es precisamente un avance de tipo partidista, sino el crecimiento progresivo de la antipolítica que encarna el sector empresarial hoy en el mundo (liderado por los EEUU y su proverbial presidente empresario), y que en nuestra región se hace más patente precisamente por la intensidad de su confrontación con todos los sectores políticos. No solo con los de izquierda.

Si efectivamente algunos de esos movimientos progresistas en la región han sido desplazados por esa lógica corporativista, no es menos cierto que los partidos políticos tradicionales de la derecha han sido mucho más relegados por esta oleada de la antipolítica cuyo propósito es hacer realidad el viejo sueño empresarial de acabar con el Estado, sin importar su signo ideológico.

Por eso en Venezuela es cada vez más clara la escisión entre el empresariado y la dirigencia de la oposición. Quienes desde el empresariado anhelan la opción de alguien como Lorenzo Mendoza, dueño de la Polar, como candidato a la presidencia de la República, lo hacen desde una posición de desprecio hacia la política, fundamentalmente la de la MUD.

No es, pues, una falla del PT lo que sucede en Brasil (o de las izquierdas en Paraguay, Honduras, Argentina o Ecuador), sino una nueva modalidad de ejercicio del poder, signada por el secuestro de la democracia que lleva a cabo el gran capital tratando de acabar con la política, valga decir; con la democracia, donde quiera que se encuentre.

Pero, así como los triunfos de Maduro en Venezuela y de López Obrador en México, por ejemplo, no representan en sí mismos la extinción de la antipolítica en ninguno de esos países, tampoco la circunstancial derrota electoral de las fuerzas progresistas en ninguna otra parte del Continente significa una reinstauración irreversible del capitalismo. Los pueblos han despertado y por muchos reveses y ataques inmisericordes de los que sean objeto, el triunfo definitivo en esa injusta y desigual batalla les corresponde por antonomasia.

Que nadie se equivoque.

@SoyAranguibel

¿Por qué fracasa la derecha cada vez que intenta refundarse?

  Por: Alberto Aranguibel B.

Entre las acciones más delirantes que la oposición ha puesto en marcha en su nueva fase de locura terrorista, está la de impedir cuando le venga en gana que la gente vaya a trabajar y que los niños asistan a sus escuelas.

En el trance de encontrarse sin clases por culpa de las “guarimbas”, la hija de mi amiga Karen, de apenas diez años de edad, se halló hace días junto a las pocas compañeritas que alcanzaron a llegar al colegio, en el medio de la modalidad de un nuevo juego que sus amiguitas organizaban para recrear desde su muy infantil perspectiva lo que en la vida real sus padres venían practicando en las últimas semanas… ¡La barricada!

Como la hija de Karen fue la única que se atrevió a preguntar cuál era el sentido de aquel absurdo juego, que consistía solamente en amontonar las cosas en un lugar para luego no hacer nada, de inmediato fue designada por aclamación del grupo como la que haría el papel de “chavista”. El resto haría de “héroes de la resistencia”.

Siguiendo meticulosamente el ejemplo que les inculcan sus padres, el objetivo de la nueva diversión no era otro que insultar y lanzarle corotos a la hija de Karen, e impedirle pasar por encima de la hilera de bultos apilados en forma de barricada. Los gritos de “¡libertad, libertad!” completaban la pavorosa escena lúdica que llevaban a cabo, con la complacencia y la bendición de las monjas y las maestras del colegio que vigilaban el “correcto desarrollo” de la actividad “recreativa”.

En su comprensión de la vida, la burguesía asume el universo como el espacio dispuesto para el pleno desempeño de las élites pudientes y la penuria impostergable y sin solución de los menesterosos.

Las leyes destinadas a regir la vida de los primeros son las del mercado. Ellas deben consagrar siempre las más amplias libertades para el ejercicio del capital, sin restricción alguna que no sea la que dicte el poder del dinero.

Los segundos, los parias de la tierra, deberán atenerse a la incierta eventualidad de la vida después de la vida que prometen por lo general las religiones, y que la cristiandad en particular entiende como el eje doctrinario de su fe, pensadas exactamente para apaciguar la ansiedad de bienestar que pudieran atreverse a desear quienes no posean los recursos para obtenerlo.

Bajo esa lógica, agredir a un pobre no es delito. Amenazar tan siquiera de palabra a un burgués adinerado sí lo es. Y mucho. Por eso el contrarrevolucionario acepta como natural la incineración de chavistas a manos de las hordas opositoras, pero pega el grito en el cielo si a alguno de ellos se les levanta la voz tan siquiera.

El recurso argumental de esa derecha genocida en contra de la Revolución Bolivariana para justificar el talante fascista de su arremetida violenta contra el chavismo, es que el Comandante Chávez, a quien acusaron siempre de culpable de los desmanes que ella comete, habría venido a dividir a la población venezolana con un discurso de odio que habría alimentado la confrontación entre clases sociales en el país.

Una acusación que no es nueva en el lenguaje de la derecha venezolana, porque ha sido la muletilla de los sectores poderosos contra todo aquel gobierno que no les resulte en un momento determinado conveniente a sus intereses particulares como sector hegemónico en la sociedad.

En 1948, por ejemplo, en la declaración del partido social cristiano Copei con motivo del derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, se decía textualmente lo siguiente: “Dentro de lo social, pese a circunstanciales protestas de defensa de la paz social, el régimen se caracterizó por una siembra constante de odios para dividir la familia venezolana. El origen comunista de los principales dirigentes del Partido, se reflejó en la continua propaganda de la división y del odio social. Una crisis profunda en el terreno de la producción se hizo sentir cada vez más, a pesar de los pomposos planes de fomento, en razón de la intranquilidad social, repercutiendo en la elevación del costo de la vida y concluyendo por hacer ilusorias las ventajas adquiridas por los trabajadores. La calumnia, el insulto, fueron el arma constante de los agentes oficiosos. La administración de justicia fue integrada con el espíritu de hacerla progresivamente un instrumento partidista. Mientras para la exportación se utilizaban frases hermosas sobre la estructura democrática del régimen, cada vez corría más en el interior del país la voz de que en Venezuela no se haría otra cosa de lo que voluntariamente quisiera Acción Democrática. Era frase corriente entre ellos, la de que sólo «a plomo» dejarían el mando.”

Si se considera que eso, exactamente igual a lo que se dice hoy desde la derecha contra el gobierno revolucionario, se dijo hace setenta años, se comprende la farsa detrás de la infamia.

La masacre cometida contra los sectores más pobres de la sociedad el 27 de febrero de 1989, tuvo como elemento distintivo el acribillamiento de barriadas enteras a fuego de fusil y ametralladora, que llevó a la muerte a más de tres mil venezolanos indefensos.

Quienes sobrevivieron a la brutal andanada fue porque se apertrecharon como medio pudieron bajo sus camas, único rincón de sus modestas casas de cartón donde no alcanzaba a llegar la lluvia de balas con la que eran rociados por la cruel fuerza armada de la cuarta república.

Al contrario de aquel genocidio, la guerra desatada hoy por la burguesía contra ese mismo pueblo, consiste en ir a buscar a la Guardia Nacional Bolivariana, dónde quiera que ella se encuentre, para arremeter en su contra con la mayor saña mediante el uso de armas y explosivos caseros de todo tipo, mientras sus efectivos resisten estoicos el feroz ataque, solamente medio protegidos por un modesto escudo plástico y ungidos de su valor como abnegados servidores públicos de la Nación.

Para la derecha (una vez como gobierno y otra como oposición) no existe diferencia alguna entre una y otra batalla, porque en ambos casos se ha tratado siempre de la perpetua guerra de los ricos contra los pobres, a quienes el capital ha querido someter bajo el poder del dinero desde los orígenes mismos de la sociedad, tal como lo enuncia Marx en el preámbulo del Manifiesto Comunista.

Una lucha desigual no solo por la desproporción entre las enormes capacidades del rico frente a las muy limitadas del pobre para librar esa eterna contienda, sino por la injusticia que comprende el ensañamiento del opresor, el burgués capitalista, contra la sed de igualdad social del oprimido, el pueblo.

La noción de justicia social no es pues un escenario factible en la lógica de la burguesía, sino un camino maleable que el poder del dinero procurará siempre adecuar a su antojo y conveniencia.

Es lo que intenta explicarle a uno de sus terroristas a sueldo el diputado fascista Juan Requesén, cuando le vocifera desencajado por la narcosis que lo perturba frente a las rejas de la Base Militar de La Carlota: “¡Hoy no es día de esto, compa!”, porque la burguesía que él representa es la que debe decidir el cronograma exacto de la acción incendiaria para la cual ese lumpen al que le grita ha sido contratado.

Se trata del guion que la derecha nacional e internacional ha fraguado para acabar mediante el odio hacia los demás con un modelo humanista que el Comandante Chávez emprendió en el país y que hoy continúa el presidente obrero Nicolás Maduro con el acompañamiento de ese pueblo que la burguesía se niega a aceptar como dueño de su propio destino.

Es el odio que expresa la médica que convoca a sus colegas a asesinar mediante inyección letal a los pacientes chavistas. O la otra, también doctora, que arrolla con su carro a tres guardias nacionales porque ya no soporta ni siquiera verlos frente a ella. O el intelectual que invita a reventarle el cerebro a los chavistas lanzándoles materos desde los edificios. O la histérica que grita a los cuatro vientos en La Lagunita que prefiere quemar la ropa que ya no le sirve antes que regalársela a los pobres, porque ellos son los culpables de que Chávez haya llegado al poder.

De ahí que el patético “juego” de la guarimbita infantil que hoy les inculcan y les aplauden a sus hijos no es de ninguna manera una novedosa fórmula de educación en los principios y valores de algún capitalismo de nuevo cuño, sino la brutal demostración del fracaso de una doctrina de la dominación que no es capaz de ofrecer sino la trágica y eterna regresión de la derecha al vetusto e inservible modelo de exclusión y de desprecio que ha profesado desde siempre contra los pobres.

La derecha no puede avanzar jamás si no es apelando a la violencia porque su propuesta no es más que un eterno retorno al odio.

¿Por qué la oposición necesita asesinar venezolanos?

Por: Alberto Aranguibel B.

Luego de largos años de desaciertos y reveses persistentes, la oposición venezolana logró determinar dónde exactamente estuvo la falla de Leopoldo López con su fracasada propuesta de “La salida”.

Una particularidad sorprendente de la forma de pensar de la oposición venezolana, es la recurrencia en llegar tarde a conclusiones sensatas a las que el chavismo arriba con total rapidez. Su empeño en oponerse a cualquier cosa que surja del chavismo es directamente proporcional a la vehemencia con la que, luego de transcurridos meses y años, defienden aquello por lo cual se oponían antes ardorosamente.

Así defendieron, después de oponérseles con la mayor furia, las máquinas captahuellas que se utilizan en el sistema electoral venezolano. Mucho antes, corriendo el año 2003, se habían rasgado las vestiduras en contra de la extensión del lapso para la inscripción de los nuevos votantes en el Registro Electoral Permanente (REP), aduciendo que era una treta del gobierno para inscribir colombianos que votaran por la revolución. Años después, la lucha opositora era por exactamente lo contrario, cuando exigía al Consejo Nacional Electoral que extendiera el periodo de inscripción de nuevos votantes, porque según ella, era inconstitucional impedir el registro.

Pero lo más emblemático de esa irracionalidad opositora es su contradictoria posición frente a los símbolos de la Patria. Despreciar como lo han hecho desde siempre a los Próceres de la Independencia, a quienes han acusado recurrentemente de bandoleros, asesinos y violadores, para presentarse ahora como “libertadores” (trajeados con el uniforme de Simón Bolívar, tomándose fotos en los monolitos que les rinden culto a nuestros héroes, etc.) es en verdad trágico. Ni que hablar del desquiciado corre y corre entre las siete y las ocho estrellas de la bandera nacional.

Igual a la impudicia de votar durante 17 años contra la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, para ahora pretender presentarse como ardorosos defensores de ese texto al que han repudiado en todas las formas posibles.

No habían transcurrido ni cinco días desde el inicio de las acciones terroristas del plan “La salida” activado por Leopoldo López en 2014, cuando ya casi todo el país (más del 85%, según todos los estudios de opinión realizados entonces) coincidían en la desaprobación del método de las “guarimbas” como fórmula de protesta política. De un lado, el pueblo porque consideraba que eran una violación al libre tránsito de las personas y a la vida misma. Y por el otro los opositores, porque se percataron de inmediato que las barricadas ideadas por el líder terrorista no eran sino una agresión contra los mismos opositores que viven en las urbanizaciones de las clases pudientes del país.

El chavismo se cansó de decírselos, pero no lo creyeron.

Descubrieron, años después del fracaso de Leopoldo, que si no había gente del barrio para apoyar el intento golpista de la derecha contra el gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, el gobierno no iba a caer. Que ni cacerolas ni guarimbas tumban gobiernos.

Fue ahí donde la derecha decidió emprender su plan de infiltración de algunas barriadas populosas del país mediante la importación de contingentes de paramilitarismo colombiano que pasaran a Venezuela bajo la fachada de desplazados, para así activar en la debida oportunidad la fase de “guarimbas populares” que pensaron iban a resolver las torpezas cometidas con “La salida”.

Pero la guarimba popular no cristalizó tampoco en 2017 y la derecha se ha visto en la necesidad de escalar a otro nivel en su guerra contra la Revolución Bolivariana. Los operadores políticos de la derecha (diputados de Primero Justicia y Voluntad Popular principalmente) decidieron convertirse en vulgares contratistas de malandros a sueldo para aparentar una revuelta popular mediante la violencia que compran o que intercambian por anfetaminas en los mismos municipios en los que gobierna la oposición, usando siempre los mismos 30 o 40 malandros que ella traslada de un municipio a otro como en una siniestra caravana de la muerte.

No han logrado imprimirle a su violencia el carácter de guerra civil que pretenden.

De ahí la necesidad imperiosa de incendiar toda oficina de organismos del Estado y de atacar con saña a todo aquel que medio les parezca chavista. Había que apelar al terror, ya no para movilizar a la gente, sino para impedir que ésta expresara su rechazo a esa demencial forma de protesta política y provocar así el silencio del pueblo mediante el terror.

Para el capitalismo, carente de una propuesta ideológica atractiva para los sectores mayoritarios de la población, excluidos y lanzados al hambre y la miseria precisamente por la dinámica depredadora que rige al sistema, la necesidad de la desmovilización popular es la tarea más apremiante e impostergable.

Michael Dobbs, quizás el más claro exponente del pensamiento ultraconservador de la actualidad, quien fuera Secretario General del Partido Conservador en Inglaterra a finales de los años ochenta y mano derecha fundamental de Margaret Thatcher, la creadora de la tesis del “Capitalismo Popular” que en Venezuela retoma, entre otros líderes de la derecha golpista, la inefable María Corina Machado, y de la cual deriva la lógica del “bachaqueo” como fórmula de enriquecimiento individual con la que se ilusiona a los  pobres, expresa mejor que nadie en el mundo esa ideología del terror como instrumento político.

“Ese es el secreto de los grandes hombres –dice Dobbs- Cuando un hombre tiene miedo de que lo aplastes, de que los destruyas por completo, su respeto siempre vendrá detrás. El temor más elemental siempre es embriagador, abrumador, liberador. Siempre es más intenso que el respeto. Siempre”.

Para la derecha la muerte no es solo un elemento estadístico necesario al servicio de la presión internacional contra nuestro país. Desatar el terror es para ella una forma expedita de lograr que la sociedad se sienta presa del pánico para hacerla ceder ante cualquier solicitud o deseo del terrorismo.

Por eso, frente a un pueblo que rechaza masivamente el modelo político de la barricada, que ha aprendido a organizarse para desmontarlas e impedirlas incluso en las zonas tradicionalmente más violentas, y que se niega a acompañar a quienes están cada vez más evidenciados como autores de la destrucción y la muerte, la derecha no ve otra alternativa que procurar que la barricada infunda por sí misma el temor que no puede infundir la gente con la que no cuenta. Si contara con gente que creyera de verdad en su proyecto fascista, sería esa gente la que estaría poniendo el pecho en la acción vandálica que le urge a la dirigencia opositora para crear la impresión de país al borde del abismo.

Pero no cuenta con ella.

Su objetivo entonces es crear la percepción de que quien intente desbaratar esas barricadas solitarias que proliferan hoy en los municipios gobernados por la derecha pudiera ser asesinado, para que a nadie se le ocurra ni siquiera acercárseles. En la falsa democracia fascista, esas barricadas solitarias sustituyen a la gente.

El pavor a la muerte en cualquier esquina producto de un disparo del francotirador dispuesto para tal fin por esa diabólica dirigencia, es la más cruda y brutal evidencia de las formas perversas en que operan quienes se saben sin respaldo popular en su demencial y antojadiza búsqueda del poder.

Así la comunidad afectada por ese infame método de presión social descubre progresivamente que aquellos a los que la derecha les decía que tenían que odiar, como los abnegados efectivos de la Guardia y la Policía Nacional Bolivarianas, son los verdaderos salvadores de quienes a partir de un determinado momento de sensatez y de cordura se ven en la obligación extrema de implorarles su auxilio y protección, después de semanas y meses de desprecio y de difamación sistemática contra ellos.

Una vez más los opositores llegan tarde a una verdad que no quisieron ver nunca en su momento.

Ellos, los militantes de la oposición que hoy se percatan de la ineptitud y la incompetencia de su propio liderazgo, son los primeros que debieran celebrar esa maravillosa posibilidad de Paz a la que invita el presidente Nicolás Maduro con su llamado a Asamblea Nacional Constituyente, y a la que ha convocado a todas y todos los venezolanos sin excepción ni distingos de parcialidad política alguna.

Se trata de una oportunidad única para corregir el desfase trágico que ha marcado la vida de esas venezolanas y esos venezolanos que a la larga terminan convenciéndose siempre de que la Revolución también es para beneficiarlos a ellos, y que también tienen derecho a una vida sin el tormento del terror en el que su dirigencia los ha sumido de la manera más cruel, injusta e inmisericorde.

@SoyAranguibel

Marcelo Colussi: “Venezuela: no creer ni el 1% de lo que se dice”

Por: Marcelo Colussi

En Venezuela no hay una narco-dictadura. En Venezuela no hay una dictadura castro-comunista. ¡En Venezuela hay mucho petróleo! Así de simple. Esa es la clave para entender lo que está sucediendo en el país caribeño. Y hay un proceso nacionalista que desde hace años creó un proyecto alternativo, con proyección socialista, que tiene enloquecidos a la derecha nacional y, fundamentalmente, a los grandes capitales globales, estadounidenses en principio, que ven perder un gran negocio (el petrolero ante todo, junto a otros no menos lucrativos, como el hierro, nuevos minerales estratégicos (coltán, bauxita), el gas, el agua dulce, la biodiversidad de la selva amazónica).

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La 1ra. reserva mundial de petróleo
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El Arco Minero venezolano

¿Y qué está sucediendo? Una terrible guerra psicológica y mediática que intenta preparar las condiciones para una posible intervención extranjera (Operación Venezuela Freedom-2 / https://kenzocaspi.wordpress.com/2017/04/05/el-plan-de-eeuu-para-intervenir-a-venezuela-documento-de-comando-sur-operacion-venezuela-freedom-2/), militar probablemente, disfrazada de “operación para rescatar la libertad y la democracia perdidas”.

La idea pertinaz, repetida enfermizamente hasta el cansancio, es que en Venezuela tiene lugar hoy una feroz dictadura que hambrea a su población y la reprime brutalmente. Eso se complementa con la imagen de un país en crisis, al borde de la guerra civil, ingobernable. En otros términos: todo aquello que para la visión de Washington constituye un “Estado fallido”, y que, por tanto, clama por la intervención extranjera para salir de la crisis.

Recientemente, los días 12, 13 y 14 de junio, tuvo lugar en Caracas el Primer Foro Internacional “Violencia y Operaciones Psicológicas en Venezuela”, donde se debatió acerca de la guerra particular a la que está siendo sometida la nación, buscando las alternativas del caso. Definitivamente, la realidad no tiene nada que ver, ¡en modo alguno!, con la imagen virtual que se ha ido construyendo del país, y que es la que recorre el mundo. Imagen, por cierto, que va quedando fijada como la única realidad de la patria de Bolívar. Por eso mismo, como dice el título del presente escrito: ¡no creer ni el 1% de lo que se dice!

Sin dudas, no es posible afirmar que Venezuela está en paz, que sigue su vida cotidiana normal libre de inconvenientes. Por el contrario, se la ha llevado a un clima de zozobra inusual. La vida cotidiana del ciudadano venezolano término medio se está viendo afectada, golpeada, enrarecida. El miedo y la desconfianza del otro se han instalado, junto a una situación de incomodidad creciente en la resolución del aprovisionamiento básico.

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Encapuchados opositores aterrorizan a la sociedad venezolana

Pero a ello se suma, desde inicios del mes de abril, una provocación con características de operaciones bélicas de baja intensidad. En realidad, no son muchas las personas involucradas en esos actos de desestabilización, pero sí suficientes para provocar la angustia social, el pánico a veces, la incertidumbre. Jóvenes, generalmente provenientes de los sectores más humildes y pagados como mercenarios (a veces pagados con drogas), según las informaciones disponibles: preparados militarmente en Colombia en técnicas de “guerra callejera”, están llevando a diario acciones de disturbios en distintas ciudades del país. Montaje de barricadas, cobro de impuesto de circulación a los ciudadanos que deambulan por allí, quema de dependencias gubernamentales, ataques contra las fuerzas de seguridad bolivarianas, agresiones contra puntos sensibles como hospitales, guarderías infantiles, en todos los casos apoyados por francotiradores debidamente apostados, estas acciones vienen cobrando un promedio de no menos de un muerto diario desde hace ya más de dos meses.

Con todo ello se crea un clima de inseguridad y caos que termina por “enloquecer” a los habitante, básicamente, en los sectores no chavistas, difundiéndose rumores atemorizantes, siempre en clave de violencia, de lógica de guerra. Pero sirven para “enloquecer” también a la sociedad en su conjunto.

Está claro que esta bien pensada y elaborada guerra psicológica tiene como objetivo final abonar para un clima de desasosiego total que pueda terminar llevando a una guerra civil. La zozobra generalizada ya se está logrando. Si las muertes diarias y las agresiones vandálicas continúan, la matriz mediática se encargará de mostrar eso como el caos más mayúsculo de la historia, que obliga a intervenciones externas que puedan garantizar la más.

Lo repetimos con la mayor y enérgica contundencia: ¡¡no se debe creer ni el 1% de lo que los medios masivos de comunicación propalan sobre Venezuela!!

El desabastecimiento, el mercado negro, la crisis financiera, las muertes cotidianas, el temor inducido de la población, el clima paranoico con el que se vive dividiendo el país en forma visceral entre chavistas (“malos”) y antichavistas (“buenos”) es una monstruosa campaña mediático-psicológica orquestada por quienes ansían no perder sus negocios ni su cuota de poder.

Masacre
Terroristas opositores linchan a efectivo de la Guardia Nacional Bolivariana

Es imprescindible dejar claro por todos los medios posibles que en Venezuela ¡¡no existe el caos que se quiere presentar!! En Venezuela se ha inducido una enfermiza, “loca” polarización que puede servir para justificar el robo de sus recursos, tal como se hizo en otros países: Libia, Irak, Afganistán. En Venezuela no hay dictadura; ¿cuándo un gobierno dictatorial permitiría ser insultado en la cara por la oposición sin reaccionar? ¡¡En Venezuela hay cuantiosos recursos naturales que la voracidad capitalista de grandes empresas no quiere perder!! Y para ello apela a esta guerra psicológico-mediática que está volviendo locos a los venezolanos, enfrentándolos y desquiciándolos.

Una prensa veraz, seria y profesional debe denunciar enfáticamente estas calumnias.

marcelo_corlussi2 Marcelo Colussi

 

Tradición, fascismo y propiedad

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando se revisa con detenimiento la historia del debate político en Venezuela a lo largo del último medio siglo, se comprende perfectamente que lo que sucede hoy de terrible en el país se debe más que ningún otro factor a la evolución de una poderosa corriente de pensamiento neofascista que ha venido trabajando de manera subrepticia y sistemática entre los sectores de alto poder adquisitivo desde hace al menos treinta y cinco años, ocupando los espacios que la debacle de los partidos tradicionales de la derecha fueron dejando vacantes a medida que estos, por su propia ineptitud para resolver los problemas de la gente, se fueron quedando sin respaldo popular.

Sin mayor esfuerzo es posible verificar que la lógica de ese pensamiento neofascista es mucho más constante y consistente en el accionar de la nueva derecha venezolana que en el comportamiento de los partidos tradicionales del viejo estatus quo puntofijista.

El partido socialcristiano COPEI, por ejemplo, fundado hace ya casi un siglo en el país, ha transitado impúdicamente de la corriente humanista cristiana propiamente dicha, a la centroderechista tendencia demócrata cristiana, pasando por diversidad de variaciones falangistas y “revolucionarias de derecha”, a lo largo de toda su historia. Lo cual explica en cierta medida la frecuente desbandada  de sus más relevantes figuras, empezando por el mismísimo Rafael Caldera, su fundador y líder fundamental, quien abandonó el partido por desacuerdos doctrinarios justo antes de lograr alcanzar su segunda presidencia en 1993 apoyado por su nuevo partido Convergencia.

Acción Democrática, organización surgida casi a la par del partido COPEI a mediados del siglo XX, es todavía mucho más emblemática como institución política sin sustento ni desarrollo ideológico coherente más allá del precario parafraseo betancuriano al que se habituó desde hace más de cinco décadas. El origen comunista de sus fundadores, y la evolución de estos hacia formas centro izquierdistas primero, y abiertamente pro imperialistas y ultra derechistas más adelante, determinó los altibajos de ese partido hasta su declinación casi total en las elecciones de 1998, cuando la llegada del Comandante Chávez a la escena política selló el derrumbamiento de la partidocracia adeco-copeyana.

Con la irrupción de un grupo de niños ricos que emergían a principios del siglo XXI de las filas social cristianas, y que se agrupaban en torno a las ideas del fanatismo religioso que presentaba la secta Tradición Familia y Propiedad, que por aquel entonces comenzó a reclutar a los hijos de la alta sociedad en Venezuela y en el resto de Latinoamérica para organizar la toma del poder en el Continente, se dio inicio en el país al fenómeno de la parapolitización de la política venezolana que encarnan el partido Primero Justicia y sus adláteres o derivaciones (Voluntad Popular, JAVU, etc.), cuya doctrina del anticomunismo religioso se ha acrecentado en forma incólume sin desviación o reforma alguna desde su nacimiento.

A diferencia de los vaivenes de falsa y muy electorera ideología de los viejos partidos, Primero Justicia y Voluntad Popular han sido coherentes en su propuesta retardataria. Su vocación racista y de naturaleza profundamente oligarca, insertada en su código genético por Tradición, Familia y Propiedad, no ha sido desmentida jamás por ninguno de sus más encumbrados líderes, quienes se han jactado siempre de promover cada vez con mayor odio y ensañamiento contra el pueblo, la intolerancia y la violencia como su única fórmula propositiva.

El libro “Revolución y contrarrevolución”, el texto sagrado para los fanáticos de esa secta, escrito por su fundador Plinio Correa de Oliveira, lo establece con claridad indiscutible.

“Fieles a la doctrina tradicional de los Papas, quienes, desde Pío IX, han proclamado ininterrumpidamente la incompatibilidad entre la doctrina católica, por un lado, y los sistemas ideológicos, como los regímenes comunista y socialista, del otro, las TFPs quieren que el comunismo y el socialismo sean rechazados por todos los hombres”.

Todo el accionar y el discurso de Primero Justicia y de sus líderes, adoctrinados desde su más pueril juventud en los principios de Tradición, Familia y Propiedad, como Leopoldo López y Henrique Capriles Radonsky, gira en torno a la misma reaccionaria filosofía del exterminio del contrario como solución a la diferencia política.

Dice Correa de Oliveira en su libro; “¿Son entonces las TFPs entidades meramente negativas? ¿No presentan un programa positivo, como complemento de su acción saludablemente polémica? Antes de nada, es necesario ponderar que calificar de exclusivamente destructor a todo grupo u organización que quiera polemizar, contestar y refutar al adversario doctrinal o político no deja de ser una simplificación inadmisible. Destruir, por ejemplo, microbios, serpientes venenosas o insectos transmisores de enfermedades que infestan cierta zona, no es destruir, sino construir. En matemáticas, menos por menos da más.”

Como si fuera poco el desparpajo y el cinismo de una filosofía abyecta que basa su razón de ser en el goce por el exterminio del prójimo, la secta de la cual surgen a la vida pública los dirigentes fundamentales de Primero Justicia desarrolla su intencionalidad criminal y fascista como toda una pretendida filosofía. “Hay circunstancias que exigen para la salus populi una suspensión provisional de los derechos individuales y el ejercicio más amplio del Poder Público. La dictadura puede, por tanto, ser legítima en ciertos casos. Una dictadura contrarrevolucionaria y, pues, enteramente guiada por el deseo del Orden, debe presentar tres requisitos esenciales: Debe suspender los derechos, no para subvertir el Orden, sino para protegerlo. Y por orden no entendemos solamente la tranquilidad material, sino la disposición de las cosas según su fin, y de acuerdo con la respectiva escala de valores. Hay, pues, una suspensión de derechos más aparente que real, el sacrificio de las garantías jurídicas de que abusaban los malos elementos en detrimento del propio orden del bien común, sacrificio éste orientado a la protección de los verdaderos derechos de los buenos. El fin primordial de la dictadura legítima debe ser, hoy en día, la Contrarrevolución.”

Todo, absolutamente todo el horror del cual es víctima hoy el país producto de la irracionalidad y la intolerancia de un sector que se niega a reconocer el derecho de un pueblo a darse el gobierno de su preferencia, mediante el mecanismo civilizado del voto universal, directo y secreto, está determinado por la lógica de esa perversa filosofía fascista que la derecha pretende imponerle a Venezuela.

Para ellos, para quienes se han mantenido ceñidos a su pensamiento original como ningún otro partido de la derecha, el “contrarrevolucionario” tiene un deber inquebrantable que cumplir para sentirse realizado como miembro pleno de esa secta que se trazó el logro del poder en Venezuela como meta final de su lucha en el terreno político que le ha usurpado a la democracia.

Según su Dios (como en efecto lo asumen en Tradición, Familia y Propiedad), Plinio Correa de Oliveira, “el contrarrevolucionario es quien: Conoce la Revolución, el Orden y la Contrarrevolución en su espíritu, sus doctrinas y sus métodos respectivos. Ama la Contrarrevolución y el Orden cristiano, odia la Revolución y el “anti-orden”. Hace de ese amor y de ese odio el eje en torno al cual gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades.”

Existe, como en efecto se constata en ese texto, una explicación incontrovertible al invariable carácter incendiario y asesino de ese sector de la derecha que logró desplazar a los partidos de mayor peso y trascendencia histórica de la partidocracia cuartorepublicana, precisamente por su obsesión en el odio y en la intolerancia racial, social y política, como único eje doctrinario a seguir.

El venezolano debe apelar hoy a la más sólida fibra de su madurez intelectual como venezolano que milita en la verdadera causa de la libertad y la redención del ser humano, como es la del socialismo bolivariano que nos legó el Comandante Chávez y que el presidente Maduro reimpulsa con su llamado a Asamblea Nacional Constituyente, para impedir que la vorágine del fascismo nos retorne al oscuro escenario de esclavitud y muerte que encarnan Voluntad Popular y Primero Justicia.

En las manos de ese pueblo libertador al que Chávez le entregó su vida está hoy el destino de la Patria. Perderla no es una opción. Sería el fracaso más inexcusable para la humanidad misma.

@SoyAranguibel

Amenazas democráticas

Por: Alberto Aranguibel B.

Siguiendo una estrategia estrictamente comunicacional, la oposición en pleno ha acordado llamar “dictadura” al gobierno del presidente Nicolás Maduro. Probablemente lo único en lo que estén hoy en día de acuerdo en el ámbito del antichavismo.

El objetivo a comunicar es perfectamente claro. Por una parte, justificar o legitimar toda acción inconstitucional y violenta contra el Gobierno. Y en segundo lugar, viabilizar o hacer expedita la instauración de un régimen que pueda acabar sin ninguna limitación de tipo legal con todo lo avanzado por la Revolución Bolivariana en términos de inclusión y justicia social.

Pero más allá de eso, y quizás lo más urgente para una inmensa mayoría de los opositores, está la intención ampliamente declarada tanto por la dirigencia opositora como por la mayoría de su militancia a través de las redes sociales y de su comparecencia pública en los medios de comunicación, de llevar a cabo (en el hipotético caso de instaurarse un gobierno de derecha en el país) la más brutal y sanguinaria operación de persecución y encarcelamiento de chavistas, culpables o no de delito alguno que pudiera imputárseles.

El linchamiento del cual han sido víctimas numerosos hombres y mujeres del pueblo que en algún momento le parecieron chavistas a esos militantes de la oposición, es muestra de cuán generalizada y enraizada está ya la idea de semejante despropósito en ese sector del país, que aún sin ser gobierno actúa como si en efecto lo fuera.

Parten esos opositores de la misma idea de la que partieron los gobiernos de la cuarta República en el pasado, según la cual ser gobierno es poseer el poder y el derecho de perseguir y exterminar al contrario sin ningún tipo de limitaciones.

Llegar al gobierno para sentirse en libertad de ir a perseguir a las personas hasta el exterminio por su condición social o política, no es exactamente lo más democrático bajo ninguna ideología.

Pero marca una diferencia de dimensiones abismales entre una propuesta que se dice democrática  y una revolución que durante casi dos décadas no ha salido a buscar a esa militancia opositora para lincharla, y no precisamente por cobardía ni por falta de capacidad.

Algo que debieran evaluar con mucho detenimiento los opositores a la hora de sus delirios.

@SoyAranguibel

La falacia de la guerra responsable

Por: Alberto Aranguibel B.

En la historia de los ejércitos el uniforme no nace como fórmula para el establecimiento del orden jerárquico o el régimen disciplinario, sino como una necesidad de identificación clara de los integrantes de las fuerzas de distinto signo o territorio.

Por naturaleza propia el ser humano no es propenso a la violencia contra el otro salvo por razones de instintiva sobrevivencia. La violencia en la sociedad surge de la avaricia y la voracidad de los poderosos, los terratenientes o señores feudales, cuyo poderío se erigió precisamente a partir de la sed por la dominación territorial y de sus riquezas.

De ahí que los ejércitos no se concibieran inicialmente como fuerzas defensivas al servicio de la sociedad sino como medio para la ejecución del control y sometimiento de los pueblos por parte de los poderosos.

En ello, la persuasión (el temor a la autoridad de la fuerza armada) debía jugar un papel determinante, porque permitiría ejercer esa dominación sin necesidad de recurrir en una primera instancia a la violencia sobre la gente.

Pero una vez desatada la conflagración, saber con la mayor exactitud a cuál bando pertenecía cada quien en medio de las hostilidades, era definitivamente indispensable. Se trataba de la posibilidad de visualización clara de una masa coherente que pudiera ser cuantificada y movilizada con relativo orden y control desde los puestos de mando.

El uniforme vino a ser, entonces, en esencia, un medio de diferenciación entre civiles y militares.

Por eso se les llama “civiles” a las guerras entre los ciudadanos de una nación que terminan confrontándose mutuamente mediante la violencia para solventar sus diferencias de tipo político o ideológico, a pesar de que por su crudeza, crueldad y naturaleza anárquica, la civilidad sea lo que menos se consiga en tales guerras.

Precisamente por no obedecer a régimen disciplinario alguno, la guerra civil es la más cruenta y espantosa de cuantas puedan concebir las mentes guiadas por la sed de violencia.

Ciertamente la regulación de las guerras es quizás el absurdo más elaborado del género humano. Intentar darle un sentido de responsabilidad a la barbarie en vez de suprimirla es la declaración de la incompetencia suprema de la sociedad para evitar el infierno al cual sus mismos  integrantes la arrojan por no saber dirimir sus diferencias en paz.

Sin embargo, lo que conocemos hoy como el Derecho Internacional Humanitario, surgido como respuesta de las naciones a la crueldad de las guerras (tanto nacionales como internacionales), y que tiene su precedente más emblemático en el Tratado de Regularización de la Guerra firmado entre la Gran Colombia y el Reino de España por el Libertador Simón Bolívar y el Capitán Pablo Morillo, en 1820, viene a ser de alguna manera una fórmula de contención de los niveles de crueldad que podría alcanzar hoy el mundo en virtud de los avances tecnológicos de los que dispone la industria armamentista.

Pero son muchos los que difieren del verdadero espíritu de buena fe de las potencias que impulsaron en sus orígenes ese importante acuerdo común para la mayoría de las naciones, y que se resume en los llamados Acuerdos de Ginebra que desde 1949 son la referencia fundamental del derecho internacional en el mundo.

El principio humanista de la asistencia a los enfermos o heridos, del respeto y tratamiento adecuado a los que estén fuera de combate o que hubieran depuesto sus armas,  pareciera no ser lo único que mueve los intereses de los más poderosos alrededor del Derecho Internacional Humanitario.

En dichas confrontaciones los civiles que mueren por efecto de las bombas en escuelas y hospitales suelen ser el número más elevado de víctimas que no alcanzan a ser protegidas jamás por las Leyes. A ellas se les asigna la siniestra categoría de “daño colateral”.

Estados Unidos, por ejemplo, apela siempre al carácter supuestamente multidisciplinario de sus Fuerzas Armadas para llevar a cabo los más fastuosos despliegues militares cuando se le requiere en auxilio cualquier tipo de ayuda humanitaria desde cualquier parte del mundo, lo que conlleva una grave amenaza a la soberanía de las naciones, toda vez que por lo general se convierte dicha asistencia no en una operación de apoyo sino en una ocupación militar de territorio extranjero que de humanitaria no tiene sino el nombre.

Pero las guerras civiles, aún siendo guerras internas de los países, suelen ser también susceptibles de esa invasión a la soberanía, precisamente porque su razón de ser no es la de la lucha entre ejércitos de distintas nacionalidades, sino de sectores con posiciones ideológicas o políticas contrapuestas, por lo cual es normalmente aceptada la intervención en ellas de combatientes extranjeros identificados con uno u otro bando.

En Venezuela estamos hoy a las puertas de una guerra civil signada por la irresponsabilidad de quienes han promovido la insensatez del odio como instrumento de movilización política, con visos claros de un fascismo embrionario inoculado a la sociedad de manera sistemática, fríamente calculado para desatar una guerra no de pueblo contra ejército sino de pueblo contra pueblo.

La rectitud del Presidente Nicolás Maduro Moros en hacer valer el más riguroso respeto a los derechos humanos en el uso de la fuerza pública para contener las manifestaciones violentas, ha impedido que la oposición pueda sustentar ante organismos internacionales sus infundadas acusaciones de tiranía contra el gobierno, lo cual ha evitado la pretendida injerencia extranjera en nuestro territorio.

La estrategia de enfrentar pueblo contra pueblo (que queda perfectamente evidenciada en la persistencia en el llamado de los grupos violentos a la Guardia Nacional Bolivariana a desobedecer a la superioridad y abandonar así su función de orden público, a la vez que se ensaña en la persecución y procura de linchamiento de todo aquel que sea o parezca militante del chavismo) tiene el único propósito de propiciar el ingreso al país de fuerzas mercenarias que por lo general financia y están al servicio del Departamento de Estado del gobierno norteamericano o forman parte de las Autodefensas Unidas de Colombia (pero que no son de ninguna manera ejércitos regulares de nacionalidad alguna) con las cuales puedan invertir de alguna manera la correlación de fuerzas que hoy los tiene en desventaja frente al poder del Estado.

El deseo expreso de esa oposición terrorista es que el mundo perciba una realidad de guerra civil entre venezolanos, y que la frontera, en particular el Estado Táchira, donde concentra su accionar en la forma más intensiva, sea la puerta de acceso expedita para el ingreso de contingentes de vehículos 4×4 artillados, con decenas de mercenarios masacrando sin miramiento ni conmiseración a cuanto ser viviente se les atraviese en el camino, y que nos resultan tan familiares a través de las imágenes que desde hace más de una década vimos siempre en las noticias sobre Irak, Libia y ahora sobre Siria, bajo la simple denominación de “resistencia”.

Es así como se explica la inaudita desfachatez en el accionar de la dirigencia opositora que, sin importarle en ningún caso las decenas de cámaras que captan a cada instante tal atrocidad, aparece arengando y felicitando en todas las protestas a los grupos terroristas que atentan de manera indiscriminada contra instalaciones públicas (particularmente hospitales y escuelas) y contra la vida misma de las personas.

La orden ha sido dada. La señora Liliana Ayalde, jefa civil del Comando Sur estratégico de los EEUU, la ha impartido desde que se produjera su nombramiento en ese cargo en febrero de este año, fecha en que “muy casualmente” el Secretario General de la OEA, habiendo sido derrotado ya un año antes en ese mismo organismo en su pretensión injerencista contra nuestro país, retoma sus ataques contra Venezuela y la oposición venezolana activa sin justificación alguna su fase más irracional y violenta.

Solo le faltó anotar en su fallida ecuación la indoblegable gallardía del pueblo de Simón Bolívar, que atravesó miles de kilómetros de penurias liberando naciones en todo el Continente Suramericano, y que hoy emprende junto a su presidente Nicolás Maduro el venturoso sendero de la definitiva independencia de la Patria, bajo el signo de la Asamblea Nacional Constituyente como paso fundamental y decisivo para la consolidación del modelo de justicia e igualdad social que nos legó el Comandante Hugo Chávez Frías.

Por eso… ¡No pasarán!

@SoyAranguibel

 

Cuentas mal sacadas

Por: Alberto Aranguibel B.

Arrogante y engreída como es, la oposición jamás ha acertado en ninguno de sus pronósticos de triunfo, fundamentalmente por lo delirante de sus expectativas.

Supone siempre que es mayoría, pero no lo demuestra nunca en las calles sino con unos cuantos guarimberos en apenas quince de los trescientos treinta y cinco municipios del país. Y las quince o veinte mil personas que, a lo sumo, logró convocar en las dos o tres grandes concentraciones que ha podido reunir en casi dos décadas en el distribuidor Altamira.

Vocifera contra la revolución en cuanto establecimiento se presenta, sin percatarse jamás de que ni siquiera la mitad de quienes le rodean son opositores. No acepta que mesoneros, empleados de tiendas, peluqueras, choferes de taxi o de autobús, son chavistas por convicción, aunque no lo anden gritando por la vía pública.

Ahora creen que los únicos que saben ubicar las direcciones residenciales del contrario son ellos, y mandan a sus hordas fascistas a cazar revolucionarios donde sea.

No toman en cuenta que quien tiene mayor capacidad para saber dónde vive la gente en el mundo entero no son los cuatro publicistas escuálidos de medio pelo con los que ellos cuentan en Miami, sino el SEBIN y los demás organismos del Estado, como el SAIME, el REP, el IVSS y el SENIAT, por ejemplo.

No se percatan que si los chavistas no han salido a buscarlos en masa no es por pendejos o porque se consideren minoría, sino porque hay una ética revolucionaria que los orienta. Pero que en ningún caso significa eso que estén dispuestos a permitir la atrocidad del fascismo opositor cuando de la familia y de la vida misma se trate.

Miguel Henrique Otero, por ejemplo, no toma en cuenta cuando alienta el fascismo contra las embajadas venezolanas, que su casa en Los Chorros podría ser un perfecto centro de tratamiento para los perros de la calle que atiende la Misión Nevado.

César Miguel Rondón, por decir otro alentador cualquiera del fascismo, no visualiza que su inmensa casa en La Floresta, podría servir de Oficina de Ayuda a las víctimas del terrorismo opositor, o algo así.

Como todos los fascistas de la historia, que en virtud de su desprecio al ser humano fracasaron siempre más temprano que tarde, la oposición venezolana saca muy mal sus desquiciadas cuentas.

@SoyAranguibel

La oposición sí tiene ideología

Por: Alberto Aranguibel B.

Uno de los más grandes reclamos del Comandante Chávez a la oposición venezolana fue desde siempre la carencia de una propuesta doctrinaria que permitiera entablar con ella un prolífico debate fundamentado en ideas estructuradas y no en las simples detracciones o difamaciones a las que ha apelado en todo momento ese sector para confrontar el planteamiento de justicia y de igualdad social que comprende el Socialismo Bolivariano.

Cuando habló de la necesidad de “una oposición con moto propia”, Chávez hacía referencia no solo a esa escandalosa orfandad de ideas, sino al sometimiento que el sector opositor le ha rendido permanentemente a filosofías políticas y económicas ajenas a nuestra propia realidad, generalmente dictadas desde el exterior por el poder hegemónico del imperio norteamericano y del gran capital transnacional.

De hecho, durante mucho tiempo se ha pensado que la estulticia e ineptitud de su dirigencia para el liderazgo político (que Chávez describía magistralmente como “la nada”), muy probablemente estaba determinada por la vaciedad ideológica que en todo momento ha puesto en evidencia la oposición, ya no solo en sus discursos y declaraciones públicas, sino en sus documentos, escritos, artículos de opinión y hasta en las conversaciones telefónicas, incluso, en las que frecuentemente se les oye exponer su visión del país, en los cuales jamás ha sido posible establecer con una mínima claridad cuál es en definitiva la corriente ideológica a la cual se ciñen, más allá de las descalificaciones contra el chavismo y los eternos llamados a la población a rebelarse contra el proceso revolucionario.

La pugnacidad entre egos y vanidades particulares que signa la vida interna del cónclave antichavista (cohesionado únicamente por el interés común de superar de esa forma el escaso nivel de respaldo popular que individualmente tiene cada uno de los partidos que lo integran), no es de ninguna manera el debate entre planteamientos ideológicos diversos o contrapuestos, sino la vulgar búsqueda del beneficio o la ventaja individual de cada uno de esos dirigentes en su demencial carrera por el poder.

Su estrategia ha sido la de motivar al venezolano no con una formulación transparente, que ponga como activo doctrinario el modelo neoliberal capitalista (que en todos los casos en que les ha correspondido ser consultado por la prensa o por los electores, han negado nerviosos y sin vergüenza alguna), sino con el empeño en tratar de lograr la neurotización de la sociedad con todo tipo de acciones desestabilizadoras que generen angustia y zozobra permanente en la población, mediante el engaño y la demagogia más perversa y chapucera.

Esa constante en el engaño, cuyo principal eje discursivo ha colocado al militante opositor en el delirio disparatado de creer que su persistencia en la derrota electoral es producto, no del fracaso de sus dirigentes como aglutinadores del fervor popular, sino el resultado de un hecho malévolo recurrente urdido por agentes de Satanás vestidos de rojo, es lo que a la larga ha terminado por construir el basamento ideológico común del que careció en todo momento el antichavismo.

El militante opositor que hoy se manifiesta en las calles y en las redes sociales en la búsqueda de un Golpe de Estado prodigioso que insubordine a las fuerzas militares de la Nación a favor de la entrega del país a los intereses del imperio norteamericano y que adormezca a la vez en estado catatónico milenario a los millones de chavistas que eligieron a el presidente Maduro para impedir así su contraofensiva en el rescate de la Patria y del proyecto de soberanía que nos legó el Comandante Chávez, no lo hace por sujeción a dogma o teoría política alguna, sino por el desquiciamiento al que ha sido sometido por esa irresponsable dirigencia que por infortunio le ha tocado.

Para lograr ese desquiciamiento entre su propia gente, los estrategas del discurso opositor pervirtieron la significación de la terminología sociopolítica universal adecuándola a la lógica del discurso imperialista de los Estados Unidos, para quien todo proyecto progresista o soberano de Nación es un “régimen dictatorial” y “forajido”, lo que en sí mismo deja perfectamente clara la intencionalidad entreguista y vende patria de la propuesta opositora venezolana.

Pero deja también al descubierto el carácter brutal y sanguinario que inspira al conjunto del liderazgo y la militancia opositora que hoy expresa esa ideología forjada al calor del llamado a la rabia y al desconocimiento de toda legalidad o parámetro ético que pudiera regir a la sociedad venezolana, como rige en toda sociedad civilizada en el mundo, a través ya no del insulto o la amenaza en las redes sociales solamente, sino en las acciones directas contra la vida de las personas por el solo hecho de pensar diferente a lo que ellos entienden como su punto de vista político.

Cuando después de quince años de negar relación alguna con grupos violentos, la militancia opositora ve a sus líderes coordinando con el más irresponsable descaro a los mismos grupos de encapuchados armados que desatan la violencia que destruye la propiedad pública y privada a su paso y genera muertes dolorosas entre la misma oposición y entre los cuerpos de seguridad y la gente del común en la calle, y no siente ninguna clase de remordimiento o rechazo sino que se alegra y se emociona cada vez más, hay un serio problema. Y lo más serio es que no lo crea.

Cuando la militancia opositora implora por la salud de un general retirado que ordenó a sus seguidores el degollamiento a mansalva de gente inocente en las calles, se está haciendo solidaria con un brutal asesino. Pero el problema no es nada más que lo haga, sino que no lo crea así.

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Cuando la militancia opositora pide por las redes que se hagan colectas de cepas que producen la Hepatitis C para mezclarlas con heces fecales y lanzarlas a los funcionarios del orden público, con lo cual se generaría el colapso no solo de los cuerpos de seguridad sino de los hospitales, se convierte en asesina. Ahí el problema más grave es, igualmente, que no lo crea.

Cuando la militancia opositora, incluso sus más connotados intelectuales, arengan a sus copartidarios para que lancen macetas que acaben con la vida de las personas, o que les induzcan a asesinar embajadores en el exterior, como aconseja abiertamente una antichavista a través de las redes sociales poniendo como ejemplo el asesinato de un embajador en Turquía, se está en presencia de una mente terrorista despiadada y enferma. Lo grave es que ella no lo crea.

Cuando, además de todo lo anterior, la militancia opositora celebra el asedio de chavistas en la vía pública y grita desaforada e histérica su deseo de muerte para esas personas y para sus hijos, a la vez que alaba en loas frenéticas al funesto dictador Franco, a quien ni siquiera la más repugnante ultraderecha española se atreve a nombrar hoy en público, entonces se está en presencia de una sólida e indiscutible ideología fascista asumida como doctrina única y común entre ese sector del país que hasta ahora se presentaba solo como “la oposición” pero sin apellido.

Sí hay, definitivamente, una ideología clara e inconfundible orientando la lucha de la militancia opositora en su afán por acabar con la democracia y la noción de soberanía en Venezuela. La ideología que llevó a la humanidad a la extinción de millones de seres bajo las armas de la intolerancia, la tiranía y la confabulación con los poderes del capital y de la iglesia para perpetuar la opresión y la muerte. Esa ideología es el fascismo, y el empeño terrorista que expresan hoy extasiados y ansiosos los antichavistas por las redes sociales y en las puertas de las embajadas de nuestro país en el mundo lo demuestran.

Como dijera el doctor José Vicente Rangel al recibir esta semana la distinción Félix Elmuza, otorgada por la hermana República de Cuba en la Casa José Martí, “Le corresponde al indoblegable pueblo venezolano derrotar una vez más a una poderosa agresión como la que hoy se cierne sobre nuestra Patria… Es una hora difícil, pero el pueblo venezolano se impondrá con gallardía, como lo ha hecho siempre a través de la historia.”

Si la falta de ideas, decimos nosotros, hizo aflorar el rasgo más salvaje de esos venezolanos que no creen en los valores de la democracia, tendrán que atenerse a la inquebrantable voluntad bolivariana de un pueblo que sí está ideologizado, pero que no está dispuesto a ceder su Patria a la locura fascista de unos cuantos lacayos del imperio. El entusiasta proceso popular de Asamblea Nacional Constituyente convocado por el Presidente de la República los arrollará con la fuerza de la dignidad chavista y los lanzará al más oscuro foso de la historia.

@SoyAranguibel

Angel Guerra: Venezuela: la derecha busca un baño de sangre

Por: Angel Guerra Cabrera / la Jornada 

Más de 26 muertos, cientos de heridos y daños materiales estimados en 100 mil millones de bolívares es el saldo provisional de la violencia generada por el demencial clima de odio y violencia desatado por las protestas opositoras en abril.

¿Sus antecedentes inmediatos? Hace poco más de un año la contrarrevolución obtuvo mayoría en la Asamblea Nacional(AN) y se sentía más fuerte que nunca. Por primera vez desde 1998 había superado al chavismo en unos comicios. No hizo más que instalarse el órgano legislativo e inició un camino irracional hacia el golpe de Estado, que es lo suyo.

El nuevo presidente del Legislativo manifestó que en seis meses sacaría del cargo a Nicolás Maduro. Al continuar éste en su puesto, pasado el plazo, los legisladores oposicionistas le hicieron un juicio político en 24 horas y acordaron convocar elecciones en 30 días, decisiones para las que la AN no está facultada por la Constitución. Para no hablar de la ridícula ausencia del mandatario que declararon.

La AN se extralimitaba cada vez más en sus competencias y atropellaba las de otros poderes del Estado, cuando decidió juramentar a tres diputados cuya elección había sido anulada por el Consejo Nacional Electoral, que la consideró fraudulenta. Ante el reiterado atropello de la Constitución, es que el Tribunal Supremo, garante de su observancia, decide declararla en desacato y en el ínterin asumir algunas de sus funciones ante asuntos que requieren resolución urgente por interés social.

Bastaría que revocara la juramentación de los tres diputados para que cesara la situación de desacato. Pero no, prefiere acusar a Maduro de haber dado un “autogolpe”, cuando en realidad es la mayoría opositora la que mantiene una conducta golpista desde la misma instalación de la AN, que se retrotrae al golpe del 11 de abril de 2002, del cual son cómplices todos sus cabecillas más connotados. El “autogolpe” ha sido el pretexto para la nueva ola de protestas violentas, siempre apegadas, al igual que las de febrero de 2014, al “manual” del asesor de la CIA Gene Sharp y a las directivas de la Operación Venezuela Freedom 2 del Comando Sur yanqui.

En concordancia con la violencia opositora, sus exigencias son inaceptables por su carácter golpista: destituir a los jueces del Tribunal Supremo, convocar a elecciones de inmediato, liberar a los presuntos presos políticos y abrir un canal humanitario para asistir a la población. Puro cinismo. Es también el caso de la marcha convocada para el miércoles 26, cuyo supuesto objetivo era entregar una carta en la oficina del Defensor del Pueblo para solicitarle que –bajo descaradas amenazas– declare en falta grave a los jueces del Tribunal Supremo, requisito legal para que la AN los destituya.

El objetivo real era buscar derramamiento de sangre y una vez más lo consiguieron. Tarek Williamn Saab, defensor del Pueblo, ha declarado que la misiva ha sido entregada ya 15 veces por personeros opositores y desestimada por improcedente. Esta marcha, como siete anteriores que la oposición ha intentado conducir al centro de Caracas, no ha sido autorizada, como ocurre en otros países, donde se impide marchar en determinadas áreas. Aquí una explicación de por qué la prohibición.

Con el extremismo de derecha en el poder en Washington, la contrarrevolución tiene tres objetivos: asaltar el poder no importa el costo en vidas humanas y a la economía; impedir la recuperación económica y política de la Revolución Bolivariana en pleno curso, y ocultar su hundimiento político en un momento en que el chavismo ha ganado considerable fuerza, como lo demuestran sus movilizaciones de calle en comparación con las de los adversarios.

La hostilidad de la OEA, de varios gobiernos de derecha o atemorizados y la campaña mediática sin precedente contra Venezuela han contribuido mucho a estimular la demencia opositora. Un individuo mediocre, rencoroso y de baja estofa como Luis Almagro, ha terminado de descalificar a la OEA para tratar cualquier tema relacionado con la Patria de Bolívar.

Al fin y al cabo, el organismo siempre ha sido instrumento de la política injerencista y agresiva de Washington contra los gobiernos soberanos de Nuestramérica. El fin único de la oposición es derrocar el orden constitucional para volver al infierno neoliberal y a la represión masiva contra el pueblo. Mucho peor y más sangrienta que la ejercida después de “El caracazo”.

Angel Guerra  Angel Guerra Cabrera / La Jornada

Atilio Borón: ¡Peor que el fascismo!

– La “oposición democrática” en Venezuela –

Por: Atilio Borón

La secuencia de los acontecimientos que tienen lugar en la República Bolivariana de Venezuela demuestran que la estrategia de la mal llamada “oposición democrática” es una conspiración sediciosa para destruir el orden democrático, arrasar las libertades públicas y aniquilar físicamente a las principales figuras del chavismo, comenzando por el mismísimo presidente Nicolás Maduro, su familia y su entorno inmediato. Los opositores están recorriendo metódicamente los pasos indicados por el manual desestabilizador de “no violencia estratégica” (¡sic!) del consultor de la CIA Eugene Sharp.

No puede haber el menor equívoco en la interpretación de las criminales intenciones de esa oposición y de lo que, si llegaran a triunfar, serían capaces de hacer. Si sus jefes lograsen involucrar militarmente a Estados Unidos en la crisis venezolana propiciando la intervención del Comando Sur –con la tradicional colaboración militar de los infames  peones de Washington en la región, siempre dispuestos a respaldar las aventuras de sus amos del Norte-  arrojarían una chispa que incendiaría la reseca pradera latinoamericana. Las consecuencias serían catastróficas no sólo para nuestros pueblos sino también para Estados Unidos que seguramente cosecharía, como en Girón, una nueva derrota en nuestras tierras.

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Opositor invita a exterminar chavistas en acto genocida “al mejor estilo nazi” en caso de llegar la derecha al poder.

Esa es la apuesta de esta oposición, canallescamente exaltada por la prensa hegemónica mundial -como antes lo hiciera con “los combatientes por la libertad” en Nicaragua y, después, en Libia e Irak- y que miente descaradamente al presentar lo que realmente está ocurriendo en Venezuela. La tentación de la derecha venezolana de internacionalizar el conflicto y atraer al músculo militar del imperio cobró nuevos bríos al conocerse las recientes declaraciones del jefe del Comando Sur, Almirante Kurt Tidd, ante la Comisión de Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos, y sobre todo cuando se hizo pública la designación de Liliana Ayalde como Vice Jefa Civil del Comando Sur. Esta se desempeñó como embajadora de Estados Unidos en Paraguay en vísperas del “golpe parlamentario” contra el gobierno de Fernando Lugo, ocasión en que se movió tras bambalinas para garantizar el éxito de los golpistas. Luego de unas breves vacaciones retornó a la región para ocupar el mismo cargo pero esta vez en Brasilia, donde alentó y auspició el “derrocamiento institucional” de Dilma Rousseff. Consumada su obra regresó a Estados Unidos en busca de nuevas misiones desestabilizadoras y la encontró en el Comando Sur.

En otras palabras, la número dos esa organización es mucho más peligrosa que su jefe: hija de un médico colombiano radicado en Estados Unidos, Ayalde es una temible experta en demoliciones políticas, y fue designada (¡seguramente por obra del azar!) para el cargo que hoy ocupa en Febrero del corriente año, en coincidencia con la intensificación de las protestas violentas en contra del gobierno bolivariano. Según puede leerse en el sitio web del Comando Sur su misión es “monitorear el desarrollo y refinamiento de la estrategia regional del Comando Sur y sus planes de cooperación en materia de seguridad”. Lo que la oposición “democrática” venezolana desea es precipitar una violenta “transición” al pos-chavismo, re-editando en la patria de Bolívar y de Chávez la tragedia ocurrida en Libia o Irak.

Ayalde, Liliana
Embajadora Liliana Ayalde, Vice Jefa Civil del Comando Sur

Ese es su plan, el modelo que se desprende de las desaforadas e irresponsables arengas de sus líderes y lo que el Comando Sur y su tenebrosa vice jefa tienen en carpeta. Pocas designaciones podrían haber sido más oportunas que ésta para alentar a los sectores violentistas de Venezuela. Y pocas actitudes serían más suicidas del gobierno venezolano que pretender apaciguar a los violentos con concesiones de distinto tipo. Desgraciadamente ha llegado “la hora de los hornos” y sólo podrá verse la luz, como decía José Martí, si el estado aplica todo el rigor de la ley y apela a la eficacia de su fuerza para someter sin miramientos al vandalismo de la derecha y aplastar el huevo de la serpiente antes de que sea demasiado tarde.

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Enfermera opositora induce al asesinato de chavistas mediante inyección letal subrepticia en los hospitales donde ingresen chavistas heridos

¿Fascistas? Si, por sus métodos, similares a los empleados por las bandas armadas de Mussolini y Hitler para aterrorizar a italianos y alemanes sembrando destrucción y muerte por la nueva oleada terrorista; fascistas por su contenido político, pues su propuesta es intrínsecamente reaccionaria al pretender borrar de un plumazo, como infructuosamente se intentara en el golpe de estado del 11 de Abril del 2002, todas las conquistas populares alcanzadas desde 1999 en adelante. Fascistas también por la absoluta inmoralidad e inescrupulosidad de sus líderes, que alimentan el fuego de la violencia, incitan a sus bandas de lúmpenes y paramilitares a atentar contra la vida y la propiedad de los venezolanos y las agencias e instituciones –hospitales, escuelas, edificios públicos, etcétera- del estado y que no se arredran ante la posibilidad de sumir a Venezuela en una cruenta guerra civil o, en el improbable caso de prevalecer, convertir a ese país en un abominable protectorado norteamericano.

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Intelectual opositor invita públicamente a los opositores a lanzarle materos desde los edificios a los chavistas. Al día siguiente opositores lanzaron un objeto contundente contra un grupo de chavistas impactando en la cabeza a una mujer que falleció luego de cuatro días de agonía. 

Dicho todo lo anterior los opositores venezolanos son peores que los fascistas en la medida en que estos conservaban, por lo menos, un cierto sentido nacional. Sus congéneres italianos y alemanes ni remotamente se arrastraron en el fango de la política internacional para ofrendar sus países a una potencia extranjera como lo hace, hundida para siempre en eterna ignominia, la derecha venezolana que alternativamente gime o aúlla para que su patria, la patria de Simón Rodríguez y Francisco de Miranda, de Simón Bolívar y Hugo Chávez, se convierta en una abyecta colonia norteamericana.

Tratarlos de fascistas sería hacerles un favor. Son mucho peores y más despreciables que aquellos.

Atilio-Boron  Atilio Borón

La muerte que requiere el capitalismo sin importar quién muera

Por: Alberto Aranguibel B.

Desde mucho antes de la masacre de Puente Llaguno, en 2002, un grupo de altos oficiales de la Fuerza Armada (no bolivariana) ensayaba en una oficina de lujo al este de la ciudad, una declaración pública ante las cámaras en la cual se daba por confirmado un número de muertos que no se habían producido aún. Eso lo dio a conocer meses después (obviamente sin percatarse de su exabrupto) un periodista de la cadena norteamericana de noticias CNN.

Por primera vez a lo largo de casi un siglo de vigencia masiva del medio de comunicación, el venezolano podía constatar que para la derecha lo importante no era ya la noticia de los acontecimientos, tal como hasta ese momento se creía, sino la certidumbre de la muerte como elemento esencial del discurso.

En el mundo entero la realidad se construye a partir de esa imperiosa necesidad del medio de comunicación capitalista por elevar su audiencia utilizando el efecto desencadenante de las noticias en cascada, que convierten a la política en prisionera ya no de sus obligaciones doctrinarias sino de los titulares del día a día que tienen en la muerte a su protagonista más estelar.

Ese afán por la muerte como amuleto discursivo de la derecha en el mundo, conduce hoy a la humanidad al borde de una conflagración mundial (que para los más entendidos en la materia pudiera llegar a ser la última en la historia por el poder de devastación que sin lugar a dudas desataría) en la cual los actores principales son movidos por la más intensa y desmedida manipulación mediática de todos los tiempos, articulada precisamente en la búsqueda de esas cifras de muerte que ayuden a elevar la facturación publicitaria de los medios de comunicación.

Bajo ese esquema, la muerte debe ser presentada como un espectáculo impactante de grandes proporciones, en la que el fenómeno del fallecimiento de los seres humanos por causas naturales no merece ni el más mínimo interés.

La muerte que interesa al medio de comunicación capitalista es la que deriva de la violencia, porque es la que más conmoción y terror puede llegar a causar en la sociedad, ya que es una muerte imprevisible, que por lo general deriva de agresiones intempestivas,  irracionales y fuera de control, que injustamente pueden alcanzar a cualquiera. Por eso, siendo un fenómeno tan perfectamente natural e inevitable hacia el cual nos dirigimos todos en la vida, la muerte, cuando es producto de la violencia, resulta siempre alarmante y aterradora.

La derecha venezolana sabe perfectamente todo eso, porque quienes dirigen el accionar opositor en el país son los mismos que desde las esferas del poder imperialista de los Estados Unidos de Norteamérica pretenden adueñarse del mundo para imponer el modelo económico que sirva a sus intereses, y que tienen a su disposición la más grande y poderosa estructura comunicacional que jamás haya conocido el ser humano.

Para esa derecha criminal y sanguinaria, no importa quien muera porque en definitiva su orientación no es en absoluto ideológica sino mediática. Y lo que el medio de comunicación exige (particularmente las cadenas de noticias internacionales de la derecha) es cualquier tipo de muerte violenta, preferiblemente si se trata de aquellas que sean achacadas por esa derecha infamante a gobiernos progresistas o de izquierda.

Es así como puede entenderse el disparate persistente de la oposición venezolana de denunciar a gritos ante el mundo los muertos que ella misma provoca con su accionar terrorista, sostenido de manera recurrente como único comportamiento desde hace más de dieciocho años de antichavismo visceral.

Fue así como Lilian Tintori (quien se atrevió a afirmar públicamente con entera frialdad que no importaban los muertos que quedaran en el camino en la lucha por liberar a su marido) recorrió los escenarios políticos del planeta denunciando los 43 muertos que supuestamente había dejado la represión del gobierno venezolano en 2014, cuando fue perfectamente claro para el país y para el mundo a través de infinidad de fotos y videos inobjetables que quienes dispararon a mansalva desde edificios contra la población indefensa, quienes pusieron guayas para degollar motorizados, quienes armaron barricadas donde se asesinaba sin contemplación a quien pretendiera trasponerlas, fueron los seguidores de su propio marido, para el que ella pide libertad de la manera más impúdica en nombre de esos muertos que él mismo mandó a asesinar.

Por eso para nadie fue un hecho extraño que, luego de dieciocho años de necrofilia sistemática por parte de la derecha venezolana en su afán de ser noticia, el pasado 19 de Abril, cuando se esperaban las concentraciones más grandes tanto de la oposición como del chavismo, las redes sociales amanecieran desde las más tempranas horas del día excitadas por la novedad de un muerto que se habría producido en una urbanización del centro de la ciudad (distante por completo a los lugares señalados por las convocatorias para ese día) en condiciones totalmente confusas que a la larga resultaron ser solo parte de un atraco, pero que sin embargo fueron de inmediato ventiladas por los opositores como “la primera muerte causada por la represión del régimen” ese día.

Esperaban lascivos “las muertes que le dieran vida” a su pretensión de derrocar al gobierno, para lo cual usarían una marcha como detonante del genocidio que “casualmente” una periodista opositora había vaticinado el día anterior por las redes sociales, casi exactamente como aquellos militares del 2002.

El furor frenético desatado por la noticia sin fundamento, difundida como candela por las redes sociales ese día, era solo comparable al de las jaurías salvajes sedientas de cualquier sorbo de sangre en su camino.

Los videos de las primeras horas mostraron sin la más mínima posibilidad de duda, por una parte, al máximo dirigente de la organización terrorista Voluntad Popular dirigiendo a un grupo de encapuchados que a su lado marchaba con la más entera naturalidad, sin que nadie se contrariara en lo absoluto con la atrocidad que significa que esos eran exactamente los mismos encapuchados que durante años han causado la destrucción y la muerte que ha padecido el país y que la oposición ha negado persistente y fogosamente como integrantes de su militancia.

Ahí estaba la evidencia más clara e irrefutable de que en efecto todo lo que se ha dicho desde el gobierno nacional ha sido siempre la más completa e innegable verdad en cuanto al falso carácter pacífico de las manifestaciones de la derecha en el país.

Y mostraban también esos videos, sin ninguna posibilidad de equívoco, la brutal salvajada de opositores criminales que, agrediendo con botellas de hielo a un grupo de pacíficos chavistas que caminaban por una calle, le destrozaron sin piedad el cráneo a una humilde señora que sin perturbar a nadie se dirigía a su trabajo.

Al final de la jornada, la lista de muertos y heridos que contabilizaban las noticias como resultado del violento accionar de la derecha, dejaba un saldo doloroso de agentes que caían cumpliendo con su deber de resguardar la paz y la seguridad de los venezolanos, así como de gente del pueblo que moría sin importarle a sus asesinos de la derecha quiénes eran, pero con los cuales las grandes corporaciones mediáticas al servicio de los intereses contrarrevolucionarios del imperio y de sus lacayos nacionales e internacionales, lograban una vez más los más sensacionales e impactantes titulares que culpabilizaban al gobierno.

La sed de muerte en la que esos criminales dirigentes de la derecha venezolana están tratando irresponsablemente de “educar” a la gente, tendrá a la larga un solo destinatario. Y ese destinatario no es otro que el propio estamento irracional que pretende llegar al poder sin ideología ni propuesta de país alguna, sino basando su posibilidad de sobrevivencia en el odio y la anarquía inoculados a su propia sociedad.

¿Creerá acaso esa dirigencia que, llegada la hora del holocausto al que convoca, podrá sobrevivir a un pueblo adoctrinado en la fórmula del asesinato a mansalva como instrumento de expresión política?

¿Por qué resulta siempre imposible restablecer la paz en los países que son destruidos por los mismos intereses imperialistas que hoy están tratando de destruir la gobernabilidad y la democracia en Venezuela con base en el mismo odio y la sed de muerte que en esos países generaron?

Suponer que el odio es solo posible cuando es contra el chavismo, es tan estúpido como pensar que los cataclismos puedan direccionarse a voluntad solo porque se cuente para ello con el relativo poder del dinero.

Los ruandeses conocieron en 1994 el infierno sin retorno al que conduce esa insensatez.

@SoyAranguibel